18/10 - Lucas el Evangelista


Autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Se ignoran los detalles de su biografía, si bien la tradición indica que nació en Siria y que fue discípulo de San Pablo, quien se refiere a él como su ayudante e iluminador. De sus obras se infiere que acompañó a San Pablo a lo largo de toda su vida, que dedicó a la enseñanza y a la predicación. Se le atribuye la autoría del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles, obras que en realidad conforman un mismo libro.


La prosa de San Lucas, muy rica, denota una alta formación académica y es, sin duda alguna, la más literaria de los autores del Nuevo Testamento. Escrito en griego, su evangelio relata la predicación y los hechos de Jesús de Nazaret, aunque afirma que no fue testigo de sus obras; por ello, y también por el estilo y vocabulario utilizado, la crítica suele fechar sus escritos alrededor del año 70 d.C. Patrón de pintores y de médicos, puesto que la tradición lo describe como amigo de artistas y con conocimientos de medicina, la Iglesia lo conmemora el 18 de octubre.


Biografía


Son escasos los datos que se conocen acerca de San Lucas. Contra la tradición, que lo supone oriundo de Antioquía (Siria), parece haber nacido en la ciudad de Filipos, o al menos en Macedonia; los pasajes donde habla en primera persona se refieren, precisamente, a acontecimientos de estos lugares, por él mejor conocidos que los restantes. El nombre de Lucas, seguramente abreviación de Lucano o Lucio, puede ser el de un liberto entregado al estudio.


Las primeras referencias a su persona están contenidas en las epístolas de San Pablo, en las que se le cita como «colaborador» y como «querido médico». En los Hechos de los Apóstoles, San Lucas habla de sí mismo usando el plural «nosotros». En ese mismo libro aparece acompañando a San Pablo en su segunda misión, en el viaje que éste hizo de Troas a Filipos. Después de permanecer en aquella ciudad por espacio de unos seis años, volvió a acompañar a San Pablo en un viaje a Jerusalén, y nuevamente cuando aquél fue conducido prisionero a Roma. En la víspera de su martirio, San Pablo recordó que «sólo Lucas está conmigo» (II Timoteo 4:11).


La tradición lo considera médico de profesión. Su símbolo como evangelista es el toro.


El propio San Lucas se excluye a sí mismo de las personas que fueron testigos directos de Cristo. Interesado por la verdad histórica, San Lucas reprodujo en su Evangelio aquello que había oído directamente a los apóstoles y discípulos de Jesús: «... según nos lo transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y luego servidores de la palabra, también yo, después de haber investigado con exactitud todos esos sucesos desde su origen, me he determinado a escribírtelos ordenadamente...» (Lucas 1:2-2).


El Evangelio de San Lucas es el más extenso de los Evangelios y también es el de expresión y composición literaria más culta y elegante, debido a la preparación cultural de su autor, aunque éste huye del lenguaje clásico para hacerlo más comprensible al pueblo, acomodándose al lenguaje común. Aunque no fue testigo de todos los acontecimientos, su relato es exacto y está lleno de afecto y sentimiento. Después de una breve introducción, Lucas inicia su relato con el nacimiento y los primeros años de la vida de Jesucristo, y lo finaliza con la ascensión de Cristo a los cielos, enlazándolo de esta forma con el versículo inicial de los Hechos de los Apóstoles, obra imprescindible para el conocimiento del cristianismo primitivo.


El evangelista de la Misericordia


Es posible percibir la característica más original del Evangelio de Lucas gracias a los seis milagros y a las dieciocho parábolas que no se encuentran en los demás Evangelios. Vemos una atención particular hacia los pobres, las víctimas de injusticias, los pecadores arrepentidos y acogidos dentro de la misericordia y el perdón de Dios: es él quien narra de Lázaro y el rico Epulón, es él quien habla del Hijo pródigo y el Padre misericordioso que lo recibe con los brazos abiertos, es él quien refiere de la pecadora perdonada que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y los seca con sus cabellos, es él quien cita las palabras de María en el “Magnificat” cuando dice que Dios “derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”. (Lc 1, 52-53).


Al lado de María


La relación particular con la Santa Madre de Dios es otra de las características principales del Evangelio de Lucas. Gracias a él, presuntamente por el testimonio directo que le hizo María, conocemos las palabras de la Anunciación, de la visita a Isabel y del “Magnificat”, gracias a él conocemos detalles de la Presentación en el Templo y el retrato preciso de la angustia de María y José, que no consiguen encontrar a su hijo de doce años. Se debe probablemente a esta sensibilidad narrativa, descriptiva y también iconográfica, la idea de que Lucas era pintor: una tradición muy antigua muestra a San Lucas como el iconógrafo que habría escrito el conocido retrato de la Virgen María. Esta tradición se basa en himnos de la Iglesia bizantina.


Según los historiadores bizantinos y el documento imperial ("bula de oro") expedido al Monasterio de la Gran Cueva ("Mega Spileon") en Calabrita del Peloponeso en Grecia, el Apóstol Lucas escribió su Evangelio en esta cueva quince años después de la Ascensión de Cristo. Muchos creen que el Teófilo a quien se dirige el Evangelio de Lucas y los Hechos de los Apóstoles fue el gobernador de esta región de Acaya. Aquí también el apóstol Lucas celebró la Divina Liturgia en un altar de piedra y dejó una imagen de la Virgen María que hizo de cera, masilla y otras sustancias. Este ícono Sagrado fue descubierto aquí por revelación divina en el siglo IV por una joven pastora llamada Eufrosina de Gálata y dos hermanos de Tesalónica llamados Simeón y Teodoro establecieron allí un monasterio. Aunque el monasterio fue arrasado por el fuego cuatro veces (en 840, en 1400, en 1640 y en 1934), el Icono Sagrado se salvó. El Monasterio de hoy, que es una impresionante estructura de ocho pisos, es  admirable y contiene muchas reliquias sagradas, entre las cuales se encuentra el milagroso Icono Sagrado.


Las noticias sobre su muerte son inciertas: algunas fuentes hablan de su martirio, mientras que otras dicen que vivió hasta una edad avanzada. Simeón el Traductor dice que desde Roma Lucas viajó a Occidente, cruzó Libia y llegó a Egipto. Allí habría sido consagrado Obispo en la región de la Tebaida, donde más tarde habría muerto. Otros escritores y padres de la Iglesia dicen que murió en Tebas de Beocia (San Máximo Margunio), mientras que San Gregorio el Teólogo argumenta que fue martirizado. San Isidoro de Sevilla escribe que murió a la edad de 74 años y San Nicéforo Cálistos, a los 80 años. En todo caso, la tradición más antigua narra que murió en Beocia, a los 84 años después de haberse establecido en Grecia para escribir su Evangelio.


LECTURAS


En Vísperas


1 Pe 1,3-9: Hermanos, bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final. Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas. 


1 Pe 1,13-19: Queridos míos, ceñid los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia. Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo. Y puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, la de Cristo.


1 Pe 2,11-24: Queridos míos, como a extranjeros y peregrinos, os hago una llamada a que os apartéis de esos bajos deseos que combaten contra el alma. Que vuestra conducta entre los gentiles sea buena, para que, cuando os calumnien como si fuerais malhechores, fijándose en vuestras buenas obras, den gloria a Dios el día de su venida. Someteos por causa del Señor a toda criatura humana, lo mismo al rey, como soberano, que a los gobernadores, que son como enviados por él para castigo de los malhechores y aprobación, en cambio, de los que hacen el bien. Porque esa es la voluntad de Dios: que haciendo el bien tapéis la boca a la estupidez de los hombres ignorantes. Como personas libres, es decir, no usando la libertad como tapadera para el mal, sino como siervos de Dios, mostrad estima hacia todos, amad a la comunidad fraternal, temed a Dios, mostrad estima hacia el rey. Que los criados estén, con todo temor, a disposición de los amos, no solo de los buenos y comprensivos, sino también de los retorcidos. Pues eso es realmente una gracia: que, por consideración a Dios, se soporte el dolor de sufrir injustamente. Porque ¿qué mérito tiene que aguantéis cuando os pegan por portaros mal? En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios. Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.


En Maitines


Lc 24,12-35: En aquel tiempo, Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido. Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.


En la Liturgia


Col 4,5-11;14-18: Hermanos, con los de fuera, proceded con tacto, aprovechando las ocasiones. Vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal, sabiendo cómo tratar a cada uno. De todo lo que a mí se refiere, os informará Tíquico, hermano querido, servidor fiel y compañero en el servicio del Señor. Os lo mando precisamente para eso, para que sepáis de nosotros y os dé ánimos. Con él va Onésimo, fiel y querido hermano, que es uno de los vuestros. Ellos os pondrán al corriente de todo lo de aquí. Os saluda Aristarco, que está preso conmigo, y Marcos, el primo de Bernabé. Ya tenéis instrucciones sobre él: en caso de que vaya a visitaros, recibidlo. Y también Jesús, por sobrenombre Justo. Estos son los únicos judíos que trabajan conmigo por el reino de Dios, y han sido un alivio para mí. Os saludan Lucas, el querido médico, y Demas. Saludad a los hermanos de Laodicea, a Ninfa y a la Iglesia que se reúne en su casa. Cuando hayáis leído vosotros esta carta, haced que se lea también en la Iglesia de Laodicea, y la de allí, leedla también vosotros. Decid a Arquipo que considere el ministerio que recibió del Señor, y que lo cumpla. El saludo, de mi mano: Pablo. Acordaos de que estoy en la cárcel. La gracia esté con vosotros.


Lc 10,16-21: Dijo el Señor a sus discípulos: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado». Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien».



Fuente: biografíasyvidas.com / news.va / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XX Domingo


Gál 1,11-19: Hermanos, os hago saber que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Porque habéis oído hablar de mi pasada conducta en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y aventajaba en el judaísmo a muchos de mi edad y de mi raza como defensor muy celoso de las tradiciones de mis antepasados. Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles, no consulté con hombres ni subí a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, sino que, enseguida, me fui a Arabia, y volví a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí quince días con él. De los otros apóstoles no vi a ninguno, sino a Santiago, el hermano del Señor.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

17/10 - Andrés el Justo Hosiomártir de Creta


San Andrés era cretense; sin embargo, para distinguir a este mártir de otro san Andrés de Creta, obispo muerto unos veinticinco años antes, se le llama «el Calibita» o «de Crisis», por el sitio donde fue sepultado.


Era hijo de padres piadosos y virtuosos, y tras haber sido bien educado, se convirtió en un ferviente trabajador de los mandamientos de Dios como monástico.


Cuando el emperador Constantino V Coprónimo desató la campaña contra las sagradas imágenes, y al ver el rebaño de Cristo completamente destruido por la malvada herejía iconoclasta, san Andrés se transladó a Constantinopla para participar en la lucha. Cuando vio la violencia contra los ortodoxos, sintió la necesidad de reprender al propio emperador con sagrada indignación. En cierta ocasión en que el propio emperador asistió en persona a la tortura de unos cristianos, San Andrés protestó violentamente en público; se acercó valientemente a él y le preguntó: “¿Y tú te llamas cristiano?”, acusándolo de hereje, mientras que este le acusaba a él de idólatra. Constantino se sintió avergonzado al principio, pero luego enfurecido ordenó arrestarle. Al punto, los presentes se arrojaron sobre él y le golpearon. Uno de los asaltantes golpeó a Andrés, mientras le preguntaba: "¿Así te han enseñado a deshonrar al rey? " Y Andrés respondió con la siguiente razón inmortal: "nadie peca reprochando a un rey injusto”. Enojado el rey, ordenó que le azotasen cruelmente.


Al día siguiente defendió de nuevo el culto a las sagradas imágenes ante el emperador. Dijo lo siguiente: "Ustedes, emperadores, con terribles castigos disciplinan a aquellos que deshonran sus estatuas reales, como si se estuvieran deshonrando a sí mismos; ¿cuánta ira y disciplina divina, por lo tanto, van a recibir quienes insultan al icono del Cristo Maestro?". Cuando los guardias le conducían, cubierto de sangre, a la prisión, Andrés gritó todavía al emperador «¡Ved cuán poco podéis contra la fe!». Esto encendió la ira del tirano, e inmediatamente ordenó que el santo fuera despojado de su ropa. Y habiéndolo atado fuertemente con cuerdas, fue golpeado hasta que el suelo se enrojeció por con la sangre del mártir. Le rasgaron sus costados y le golpearon en la boca, y luego le arrojaron en la cárcel.


Finalmente el Emperador le hizo recorrer las calles de la ciudad atado por los pies para escarmiento público. Al pasar por el mercado, un fanático iconoclasta, pescadero, movido por el diablo, aprovechó la ocasión para cortarle con un cuchillo que blandía un pie al mártir, quien falleció en la Plaza del Buey.


Los que lo arrastraron decidieron echarlo en un lugar sucio, una cloaca, donde llevaban los malvados y asesinos condenados. Permaneció allí durante algún tiempo entre los cadáveres de los delincuentes. Luego doce hombres poseídos por demonios vinieron de varias partes de Constantinopla, como si actuaran al unísono, y juntos fueron y tomaron la reliquia santa, y la enterraron en un lugar sagrado llamado Crisis («Juicio»), donde se construyó más tarde el monasterio de San Andrés; por haberlo encontrado y sepultado, fueron liberados de los demonios.



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
Adaptación propia

17/10 - Oseas el Profeta


Oseas (Hôsheá‘ – Salvación), hijo de Beerí, fue uno de los profetas menores, y es súbdito del Reino Efrainita, al cual él llama “la tierra”, cuyo rey es para él “nuestro rey”, y cuyas localidades le son familiares, mientras que apenas habla de Judá y ni siquiera menciona a Jerusalén.


Época de su Ministerio


Según el título del libro, Oseas profetizó durante el reinado de Jeroboam II en Israel, y en tiempos de Ozías, Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá, por lo tanto, desde alrededor de 750 a 725 a.C. Sin embargo, el título no es muy satisfactorio y no parece ser el original o, por lo menos, de haber sido conservado en su forma primitiva. Ninguna de las alusiones históricas de la cual está llena la profecía parece estar conectada con eventos posteriores al reinado de Menajem (c. 745-735 a.C.); no hay nada referente a la guerra siro-efrainita contra Judá, ni la terrible intervención de Tiglatpileser III (734-733). Por lo tanto, la época del profeta debe ser juzgada a partir de sus escritos, debe ser situado alrededor de 750-735; quizás fue contemporáneo con los últimos años de Amós y ciertamente con la aparición inicial de Isaías. El reinado de Jeroboam II estuvo marcado por una grande y gloriosa prosperidad externa; pero ésta contribuyó a acelerar la decadencia política y religiosa. La disolución política se acercaba. Zacarías, hijo de Jeroboam, fue asesinado después de un reinado de seis meses. Su homicida, Sallum, retuvo el cetro sólo por un mes, y fue asesinado por Menajem, quien ocupó el trono de 745-735. Israel se apresuraba a su ruina, que sería completada por la toma de Samaria por Sargón II (722).


El Libro de Oseas


Siempre ocupa el primer lugar entre los doce profetas menores, muy probablemente debido a su extensión. En términos cronológicos, le precede Amós. El libro está dividido en dos partes distintas: capítulos 1 a 3, y 4 a 14.


(a) En la primera parte, Oseas relata cómo, por orden de Yahveh, se casó con Gómer, una “esposa de fornicación”, hija de Dibláyim, para tener con ella “hijos de fornicación”: símbolos, por un lado, de Israel, la esposa infiel que le dio a Baal el homenaje debido a Yahveh solamente; y, por otro lado, figuras de los hijos de Israel, que ante los ojos de Yahveh son sólo hijos del adulterio. El indignado esposo incita a los hijos contra su culpable madre, a la cual se prepara a castigar: mientras que para los hijos mismos está reservada una suerte acorde con su origen. El primero se llamó Yizreel---la dinastía reinante está próxima a expiar la sangre derramada por su antepasado Jehú en el valle de Yizreel. La segunda es una hija, Lô-Rajamah, “No Compadecida”---Yahveh no se compadecerá más de su pueblo. El tercero se llamó Lô- ‘Ammi, "no-mi-pueblo"---Yahveh ya no reconocerá más a Israel como su pueblo. Sin embargo, la misericordia tendrá la última palabra. A Oseas se le ordenó recibir de nuevo a Gómer y prepararla, mediante un retiro temporal, para renovar la relación conyugal---Israel se prepararía en el cautiverio para reasumir su relación de marido y mujer con Yahveh.


¿Es el matrimonio de Oseas histórico y puramente alegórico? La hipótesis más favorecida actualmente es que el matrimonio es histórico, y las bases para ello son: (1) el sentido obvio de la narrativa; (2) la ausencia de ningún sentido simbólico en los nombres Gómer y Dibláyim; (3) que la segunda es una hija. Sin embargo, nos parece con Davidson (Hastings, “Dicc. de la Biblia”, II, 421 ss.) y Van Hoonacker, que la primera razón no es convincente. Una lectura cuidadosa de los capítulos 1 a 3 revela el hecho de que la acción es sumamente rápida, que los eventos se relatan solamente para expresar una doctrina, y además ellos parecen tener lugar dentro del requisito de tiempo único de uno o dos discursos. E incluso, si estos eventos fueron reales, el profeta debió haber pasado una gran parte de la vida en estas circunstancias desagradables. Y de nuevo, los nombres de los hijos parecen haber sido puestos justo en el tiempo en que su significado fuese explicado a la gente. Este es especialmente el caso respecto al último hijo: “Ponle el nombre de ‘No-mi-pueblo’, porque ustedes no son mi pueblo…” Otra razón para dudar de esta hipótesis es que es difícil suponer que Dios le ordenó a su profeta tomar una esposa infiel solamente en vista a que ella le fuera infiel y tuvieran hijos del adulterio. Y ¿cómo podemos explicar el hecho de que el profeta la retuvo a pesar de su adulterio aún después del nacimiento del tercer hijo, y luego la recibió de nuevo después que estuvo en posesión de otro? Que el segundo vástago fuera una hija puede ser explicado por el instinto dramático, o por algún otro motivo suficientemente plausible. Todavía quedan los nombres de Gómer y Dibláyim. Van Hoonacker propone como posibles traducciones: consumación (ruina inminente), sentenciado a terribles tormentos; o tope (de perversidad), adicto a las tortas de higo (oblaciones ofrecidas a Baal). Nestle también traduce Bath Debelaim por hija de las tortas de hijos, pero en el sentido de una mujer que se puede obtener a bajo precio (Zeitsch. für alttest. Wissenschaft, XXIX, 233 ss.). Éstas son sólo conjeturas; la oscuridad puede deberse a nuestra ignorancia. Es cierto que por lo menos el sentido alegórico adeptado por San Jerónimo satisface las exigencias críticas y está más en conformidad con el sentido moral. El sentido doctrinal es idéntico en ambos casos y esa es la única consideración verdaderamente importante.


(b) La segunda parte del libro es una aplicación práctica y detallada de la primera. Van Hoonacker la divide en tres secciones, cada una terminando con una promesa de salvación (4-7,1a; 7,1b-11; 12-14). Podemos aceptar esta división si también admitimos su ingeniosa interpretación de 6,11 - 7,1a: “También para ti, Judá, hay preparada una cosecha, cuando yo cambie la suerte de mi pueblo. Cuando yo quiero sanar a Israel…” En la primera parte él habla casi exclusivamente de corrupción moral y religiosa. Los príncipes, y especialmente los sacerdotes son mayormente responsables por esto y es sobre ellos que recaerá el castigo; y mientras habla simplemente de la “casa del rey” parece como si la dinastía de Jehú todavía ocupara el trono. Es diferente en los siguientes capítulos. En 7,1a - 8 se enfatiza especialmente los desórdenes políticos y sociales. En la casa hay conspiraciones, regicidios, anarquía, mientras que se buscan alianzas con poderes extranjeros. No hay duda de que Menajem todavía reinaba. Y aún así los desórdenes religiosos permanecen como el principal objeto del reproche del profeta. Y a pesar de todo, la misericordia todavía retiene sus prerrogativas. Yahveh algún día reunirá a sus hijos dispersos. En la última sección se siente como si la catástrofe final estuviese muy cerca; y sin embargo, de nuevo, el amor resulta victorioso. El libro termina con una exhortación conmovedora al pueblo a volverse hacia Dios, quien promete las más tentadoras bendiciones. Por último un epifonema le recuerda a todos que al final los malvados recibirán la retribución que merecen.


Estilo y Texto


San Jerónimo describió en pocas palabras el estilo de nuestro profeta: "Osee commaticus est, et quasi per sententias loquens." (P.L., XXVIII, 1015.) Una intense emoción embargo al profeta al ver su tierra agonizante. Manifiesta su dolor en frases cortas y desiguales con poca secuencia lógica, pero en las cuales se revela un corazón tierno y afligido. Desafortunadamente, en nuestra opinión, la notoria obscuridad del profeta esconde muchos detalles; esta oscuridad es también debida a muchas alusiones que no podemos captar, y a la condición imperfecta del texto. Ha surgido la pregunta de si por lo menos lo poseemos en su integridad substancial. Algunos críticos reclaman que han descubierto dos series de interpolaciones: la primera, de poco alcance, consiste de textos relativos a Judá; la segunda, de más importancia, consiste de los pasajes mesiánicos que, según se dice, están fuera de la esfera de visión del profeta. Es posible detectar varias glosas probables en la primera serie: la segunda afirmación es puramente arbitraria. Los textos mesiánicos tienen todas las características del estilo de Oseas; están cercanamente relacionados con el contexto y están completamente de acuerdo con sus doctrinas generales.


Enseñanzas


Fundamentalmente es la misma que la de Amós: el mismo monoteísmo estricto, la misma concepción ética que allana el camino para el Beati pauperes y el culto que debe ser en espíritu y en verdad. Sólo Oseas pone mucho más énfasis sobre la idolatría que quizás ha aumentado en el intervalo y en cualquier caso era más conocida para el profeta efrainita que para su predecesor judío. Y en cambio Amós tenía un horizonte geográfico mucho más extenso. Oseas sólo ve al Israel agonizante. Su punto de vista característico es el vínculo entre Yahveh e Israel. Yahveh es el cónyuge de Israel, la novia de Yahveh, una imagen profundamente filosófica y mística que aparece aquí por primera vez y que encontramos de nuevo en Jeremías, Ezequiel, el Cantar de los Cantares, el Apocalipsis, etc.


La Antigua Alianza


Yahveh ha tomado su esposa para sí al redimirla del yugo de Egipto; se unió con ella en el Sinaí. La novia debía fidelidad, amor exclusivo y obediencia al esposo; pero ¡ay! ¿cómo ha observado ella el pacto conyugal? Fidelidad. Ella se ha prostituido con los baales y astartés, degradándose hasta el nivel de las prácticas infames de los lugares altos de los cananeos. Adoró el becerro de Samaria y se ha dado a toda superstición. Sin duda que también rindió homenaje a Yahveh, pero un homenaje completamente externo y carnal en lugar de la adoración que debe estar por sobre todas las cosas y que Él mismo exige: “con su ganado mayor y menor irán en busca de Yahveh, pero no lo encontrarán…” (5,6). “Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos”. (6,6). La confianza ha fallado de manera similar. Se buscó alianzas costosas con otras naciones como si la protección del esposo no fuese suficiente: “Efraín se ha comprado amores (8,9). “Hacen alianza con Asiria y llevan aceite a Egipto.” (12,2) (Vulgata, 12,1). En su ingratitud le adscribe a falsos dioses los favores que ha recibido de Yahveh. Ella dijo: “Me iré detrás de mis amantes, los que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas.” (2,7) Obediencia: Todas las leyes que gobiernan el pacto de unión han sido violadas: “Aunque yo escriba para él las excelencias de mi ley, por cosa extraña las considera” (8,12). Aquí es asunto de por lo menos primariamente la legislación mosaica. A pesar de la opinión contraria, Oseas y Amós conocían por lo menos en substancia el contenido del Pentateuco. Por lo tanto la anarquía es común en política y religión: “Han puesto reyes sin contar conmigo, han puesto príncipes sin saberlo yo. Con su plata y su oro se han hecho ídolos” (8,4).


La raíz de todos estos males es la ausencia del “conocimiento de Dios” (4-5), por el cual el sacerdote especialmente y los príncipes tienen la culpa, una ausencia de conocimiento teórico sin duda, pero primordialmente del conocimiento práctico que tiene el amor como su objeto. Lo que Oseas lamenta principalmente es esta ausencia del conocimiento práctico. El profeta emplea incluso otro símbolo para el vínculo de unión. Él establece en algunas líneas exquisitas el símbolo del hijo escogido. Yahveh ha engendrado a Israel al redimirlo de la esclavitud de Egipto. Lo ha cargado en sus brazos, ha guiado sus primeros pasos vacilantes y lo ha sostenido con lazos de amor, lo ha criado y nutrido (11,1 ss) y la única correspondencia de Efraín ha sido la apostasía. Tal es la historia de la alianza. El día de la retribución está a la mano; incluso ha amanecido en anarquía, guerra civil y toda clase de saqueo. La consumación es inminente. Parece como si el arrepentimiento no la pudiera evitar. Como hizo Jeremías luego, ahora Oseas anuncia a su pueblo con indescriptible emoción la ruina final: Yizreel “desgraciado”. “No mi pueblo.” Los hijos de Israel están a punto de ir al exilio, allí “durante muchos días se quedarán sin rey, ni príncipe, sin sacrificios ni estela, sin efod ni terafim.” (3,4) La autoridad nacional llegará a su fin y la religión nacional pública ya no será mas.


El Nuevo Testamento


Sin embargo, el amor de Yahveh cambiará incluso este mal en remedio. Los príncipes espirituales ahora separados de su pueblo, ya no los llevarán más al pecado. La desaparición de la religión nacional externa hará que desaparezcan al mismo tiempo los sacrificios idolátricos, los símbolos y los oráculos. Y el camino estará expedito para la salvación; ella vendrá “al final de los días”. Yahveh no abandonará a su hijo escogido para siempre. Al pensar en él, Él se llena de compasión y su corazón se le conmueve en el pecho. En consecuencia, después de haber sido el león rugiente contra su pueblo culpable, Él rugirá contra sus enemigos, y al oír su voz sus hijos vendrán desde todas las tierras de su exilio. (11,10s). Será como un nuevo éxodo desde Egipto, Judá será reinstalada y un resto de la tribu de Efraín se unirá a él (6,11 – 7,1a). “Después volverán los hijos de Israel; buscarán a Yahveh su Dios, y a David su rey” (3,5). La nueva alianza nunca se quebrará; será pactada en justicia y en derecho, en compasión y en amor, en fidelidad y conocimiento de Dios. Habrá reconciliación con la naturaleza y paz entre los hombres y con Dios. Vendrá la prosperidad y extensión ilimitada del pueblo de Dios, y los hijos de este nuevo reino serán llamados los hijos del Dios Vivo. Grande será el día de Yizreel (el día cuando “Dios sembrará”); (cap. 2), cap. 1,1-3 (Vulgata 1,10 – 2,1) probablemente colocado al final del capítulo 2. Cf. Condamin en "Revue biblique", 1902, 386 sqq. Este es un esquema admirable de la Iglesia que Cristo fundará siete y medio siglos después. La doctrina de Oseas, como la de Amós, manifiesta una trascendencia que su ambiente histórico y religioso no puede explicar.


LECTURAS


Rom 9,18-33: Hermanos, Dios se compadece de quien quiere y endurece a quien quiere. Pero tú me dirás: entonces ¿por qué aún se queja? En realidad, ¿Quién podrá oponerse a su voluntad? Más bien habría que preguntar: Oh hombre, ¿quién eres tú para enfrentarte a Dios? ¿Acaso dirá la vasija al que la modela, «por qué me has hecho así»? ¿O acaso no puede el alfarero modelar con la misma arcilla un objeto destinado a usos nobles y otro dedicado a usos menos nobles? ¿Y si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia objetos de ira destinados a la perdición, con el fin de dar a conocer la riqueza de su gloria en favor de los objetos de misericordia preparados para la gloria…? Y estos tales somos nosotros, a los que ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles, según afirma también en el profeta Oseas: Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada; y en el lugar donde se les dijo: no sois mi pueblo, allí mismo se los llamará hijos del Dios vivo. Isaías, por su parte, clama acerca de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mar, se salvará un resto. Pues el Señor cumplirá su palabra sobre la tierra perfectamente y pronto. Y según predijo Isaías: Si el Señor del universo no nos hubiera dejado una semilla, habríamos llegado a ser como Sodoma y nos habríamos asemejado a Gomorra. Entonces, ¿qué diremos? Que los gentiles, que no buscaban la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia de la fe, mientras que Israel, que buscaba la ley de la justicia, no alcanzó la ley. ¿Por qué? Porque la buscaba no en virtud de la fe, sino como si se pudiera alcanzar en virtud de las obras: tropezaron en la piedra de tropiezo, según está escrito: He aquí que pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca de escándalo; pero el que crea en ella no será confundido.



Fuente: Enciclopedia Católica / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Sábado de la IV Semana de Lucas


Lc 6,1-10: En aquel tiempo, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos. Unos fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?». Respondiendo Jesús, les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él». Y les decía: «El Hijo del hombre es señor del sábado». Otro sábado, entró él en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo. Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada: «Levántate y ponte en medio». Y, levantándose, se quedó en pie. Jesús les dijo: «Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?». Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo: «Extiende tu mano». Él lo hizo y su mano quedó restablecida. 



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española