Madrid - Recepción de una reliquia del Hieromártir Basilio Velychkovsky


La Asociación Cultural Cristianismo Bizantino informa con mucha alegría de que ha recibido una reliquia de tercer grado del Beato Hieromártir Basilio Velychkovsky traída desde su santuario de Canadá a través de los Estados Unidos de América.


El Obispo Basilio Velychkovsky nació en 1903 en la actual ciudad de Ivano-Frankivsk (Ucrania). Estudió en Leópolis y entró en la Orden Redentorista en 1925. En 1942 se convirtió en Hegúmeno de un monasterio en Ternópil. En 1945 fue detenido por las autoridades de la Unión Soviética y pasó 10 años de encarcelamiento en Kiev. Fue consagrado Obispo en 1963. En 1969 pasó otros tres años en la cárcel en Leópolis. Tras su liberación en 1972, se exilió de la Unión Soviética y al año siguiente se durmió en el Señor en Winnipeg (Manitoba, Canadá) a consecuencia de las torturas sufridas en la prisión. 30 años después de su fallecimiento, su cuerpo apareció prácticamente incorrupto, y hoy sus reliquias se veneran en la Catedral de San José de Winnipeg. Fue beatificado en el año 2001 junto con 24 Compañeros Mártires por el Papa de Roma San Juan Pablo II.



La reliquia del Beato Basilio ha sido colocada en una teca metálica (ver imagen) para su veneración.


Damos gracias al donante por este inestimable regalo y por su generosidad.


¡Gloria a Dios por todo!

09/10 - Andrónico y su esposa Atanasia de Egipto


Su "vita" se halla insertada en una colección de vidas ejemplares de los Padres del Desierto.


Vivían Andrónico y Atanasia en Damasco, Siria, donde él ejercía de platero. Eran piadosos y caritativos, y cuando tuvieron numerosas ganancias, ambos las dividieron en tres, de las cuales dieron una parte a los pobres, una segunda la usaron para prestar a aquellos que estaban en necesidad, aunque sin pedir intereses por ello. Y la tercera parte, la reservaron para el sustento de su familia.


Tenían dos hijos, un niño y una niña, a los que, como todos los padres, amaban hasta el extremo. Pero un día, los niños murieron y ambos esposos se sumieron en la tristeza. Andrónico se refugió en su oficio de platero, mientras que Atanasia pasaba el día llorando junto a la tumba de sus hijos en la iglesia de San Julián, diciéndose – "moriré aquí junto a mis hijos y me reposaré a su lado para siempre". Un día llegó a ella un venerable abad y le preguntó: – "Mujer, ¿qué te pasa? ¿Por qué no dejas que los muertos duerman en paz?" Atanasia le replicó: – "Mi Señor, no te enojes con tu sierva, porque estoy abrumada por el dolor. Tuve dos hijitos y los perdí a ambos en un día, y aquí yacen". Entonces el anciano le dijo: – "No llores por ellos, porque te aseguro que como la naturaleza humana anhela y clama por el alimento, y languidece si no la encuentra; así también tus hijos anhelan y claman a Cristo donde están, por la bienaventuranza de las cosas futuras, diciendo: 'Juez justo, danos el descanso celestial en lugar de aquellas alegrías terrenas de las que fuimos desposeídos'", y se alejó en la oscuridad. Cuando Atanasia reflexionó, toda su tristeza se convirtió en gozo y fue en busca del abad. Preguntó al portero y este le dijo que aquella iglesia no tenía dignidad abacial. Entonces ella entendió que había sido el glorioso San Julián quien se le había aparecido, dándole paz a su corazón.


Con esta certeza, se fue a casa, contó a su marido lo ocurrido y ambos decidieron que lo mejor era vivir una vida de entrega a Cristo para llegar algún día adonde estaban sus hijitos. Reunieron a sus esclavos, les dieron la libertad entregaron sus posesiones a los pobres. Cuando se alejaban, Atanasia se volvió a su antigua casa y clamó: – "Oh Señor Dios, que dijiste a Abraham y a Sara: 'Sal de tu tierra y de tu familia, a una tierra que yo te mostraré', guíanos, te lo ruego, en el camino de tu temor. Ya que dejamos nuestra casa por amor a Ti, y tú no nos cierres tu casa en tu Reino". Y se fueron a Jerusalén, donde veneraron los Santos Lugares. Luego se fueron a la Tebaida, en cuyas soledades hallaron al abad Daniel, y le pidieron consejo. Este envió a Andrónico al monasterio de Tabenna, y envió a Atanasia a una laura de Esceta, donde debía vestir como un eremita y vivir alejada de los monjes, solo reuniéndose con ellos los domingos para la Eucaristía.


Doce años pasaron cada uno en su lugar, en oración, trabajo y penitencias, anhelando el cielo. Al cabo de ese tiempo, brotó en el corazón de Andrónico, que ya era un venerable anciano de larga barba blanca, el anhelo de volver a visitar los Santos Lugares. Pidió permiso a su abad, y este se lo concedió. De camino a Jerusalén, Andrónico encontró a otro anciano de pelo gris y rostro quemado por el sol, apoyado contra el tronco, exhausto por el calor y cansado de andar. Y aquel anciano… ¡era Atanasia!, la cual reconoció a su marido y aunque tuvo una gran alegría, no quiso revelar quién era. Andrónico, sin embargo, no la reconoció, porque su belleza había sido destruida por la penitencia y el ayuno. 


Entonces Andrónico le preguntó: – "¿Cómo te llamas, hermano?" Y ella respondió: – "Me llamo Atanasio". – "¿Hacia dónde vas, hermano mío?", volvió a preguntar Andrónico. – "Voy a visitar los Santos Lugares", fue la respuesta de Atanasia. Andrónico se alegró de la respuesta y dijo: – "Mi corazón anhela tu compañía, santo eremita, caminemos juntos hasta Jerusalén". Y así, ambos visitaron Jerusalén, hicieron oración en los Santos Lugares, y al terminar su peregrinación, decidieron volver juntos a Egipto. Cuando regresaban, llegaron al mismo árbol bajo el cual se habían encontrado y Andrónico pidió a "Atanasio" vivir juntos en las soledades de la Tebaida, ya que eran ancianos, y así podrían cuidarse uno al otro y cuando el primero muriera, el otro podría sepultarle. Atanasia accedió, y así vivieron varios años, en oración y trabajo, con gran júbilo de Atanasia, que amaba muchísimo a su marido.


Y llegó un día en que Atanasia se sintió morir. Entonces Andrónico fue adonde vivía un anciano presbítero, para que asistiera al viejo "Atanasio". Cuando ambos llegaron, Atanasia lloraba, y el viejo eremita le dijo: – "¡Qué! ¿Lloras en lugar de alegrarte de estar en camino al encuentro del Señor?". Atanasia replicó: – "Lloro por mi amigo Andrónico, porque sé que echará de menos mi compañía". Y además, le dijo en secreto: – "Cuando muera, mete tu mano bajo mi cabeza, hallarás un trozo de escritura, y se la darás a Andrónico". Y Atanasia recibió el Cuerpo del Señor y expiró alegremente, pues ¡al fin! estaría con sus hijitos amados. Entonces, antes de ser sepultada, los monjes entregaron a Andrónico el pergamino, este lo leyó y se arrojó sobre el cadáver clamando: – "¡Esta es mi mujer Atanasia!". Pronto se corrió la voz, y muchos monjes acudieron con palmas en las manos, para celebrar a Atanasia, que siendo mujer había vivido varonilmente. 


Andrónico pasó a vivir junto a la sepultura de su amada mujer, hasta el día en que Dios quiso llamarle a renuirse con ella y sus hijos. Antes de morir, hizo oración y murió dulcemente. Fue sepultado junto a Atanasia.



Fuente: Religión en Libertad

09/10 - Santiago el Apóstol, hijo de Alfeo


Según una tradición, el Santo Apóstol Jacobo sería hijo de Alfeo y hermano del Apóstol y evangelista Mateo, quien anteriormente era publicano.


Cuando nuestro Señor Jesucristo, durante su permanencia física en la tierra, escogió a hombres sencillos y piadosos para la dignidad del apostolado a fin de enviarlos a predicar el Evangelio por el mundo entero, también escogió a Jacobo y lo incluyó en el coro de los Apóstoles como digno de ello. Jacobo se convirtió en uno de los doce Apóstoles, testigo y ministro de Cristo, predicador de sus misterios y seguidor suyo.


Luego de recibir junto con los demás Apóstoles el Espíritu Santo, que descendió sobre ellos en forma de lenguas de fuego, fue donde los gentiles a predicar a Cristo y guiar a los descarriados por el camino de salvación. Inflamado por la llama del celo divino, destruyó quemando las espinas de la impiedad, destrozó en pedazos los ídolos, derribó sus templos, sanó diversas enfermedades, expulso de la gente espíritus malignos y convirtió a una gran cantidad de personas a Cristo, por lo que se le otorgó un nuevo hombre -la “Divina Semilla”- porque sembró la semilla de la Palabra de Dios en el corazón de los hombres, plantó la fe y cultivó la piedad.


Al visitar muchas tierras (Gaza, Eleuterópolis), sembró la semilla del cielo juntó la cosecha de salvación de los hombres y concluyó su tarea terrenal siguiendo los pasos de Cristo; emulando los sufrimientos de Cristo, entregó su espíritu en manos de Dios al ser clavado en una cruz en Egipto.


Después esta “Semilla Divina”, el Santo Apóstol, fue reunida en el granero celestial con los frutos que él produjo cien veces. Allí, regocijándose al presenciar el semblante de Dios, él intercede por nosotros con sus súplicas, para que nosotros también podamos ganar dicho regocijo.


LECTURAS


1 Cor 4,9-16: Hermanos, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy. No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús. Así pues, os ruego que seáis imitadores míos.


Mt 9,36-38;10,1-8: En aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».



Fuente: www.crkvenikalendar.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la III Semana de Lucas


Lc 7,31-35: Dijo el Señor: «¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: “Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado” Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón». 



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la XIX Semana


Flp 1,27-30;2,1-4: Hermanos, lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, de modo que, tanto si voy a veros como si tengo de lejos noticias vuestras, sepa que os mantenéis firmes en el mismo espíritu y que lucháis juntos como un solo hombre por la fidelidad al Evangelio, sin el menor miedo a los adversarios; esto será para ellos signo de perdición, para vosotros de salvación: todo por obra de Dios. Porque a vosotros se os ha concedido, gracias a Cristo, no solo el don de creer en él, sino también el de sufrir por él, estando como estamos en el mismo combate; ese en que me visteis una vez y que ahora conocéis de oídas. Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española