26/09 - La Dormición del Santo Apóstol y Evangelista Juan el Teólogo


Juan es definido en su Evangelio como el discípulo a quien Jesús amaba (cf. Jn 13,23). Gracias a los signos especiales de predilección que Jesús le manifestó en momentos muy significativos de su vida, Juan fue estrechamente ligado a la Historia de la salvación. El primer signo que le demostró el grande afecto de Jesús consistió en que fue llamado a ser su discípulo junto con Andrés, el hermano de Pedro, por medio de Juan el Bautista que bautizaba en el río Jordán y de quien ya eran discípulos. En efecto, cuando Jesús pasaba, el Bautista se lo presentó como "el Cordero de Dios" y de inmediato lo siguieron. Juan se quedó tan impresionado por su encuentro personal con Jesús que nunca olvidó que fue hacia las cuatro de la tarde que Jesús los invitó a seguirlo (cf. Jn 1,35-41). La segunda señal de predilección fue el haber sido un testigo directo de algunos hechos de la vida de Jesús, que luego él reelaboró en el cuarto evangelio, en un modo teológico muy distinto a los evangelios sinópticos (cf. Jn 21,24 ). Y el tercer momento en el cual Jesús mismo le hizo sentir su amistad y su hermandad tan particular fue cuando Jesús, a punto de entregar su espíritu (cf. Jn 19,30), lo quiso asociar de un modo privilegiado al misterio de la Encarnación, confiándolo expresamente a su madre: "aquí tienes a tu hijo"; y encargándole expresamente a su madre: "aquí tienes a tu madre". (cf. Jn 19,26-27).


Algunos datos históricos sobre la vida de Juan


Las fuentes de las que se han extraído los datos de la vida de Juan como apóstol, como evangelista y como "hijo adoptivo" de María, no siempre coinciden. De los evangelios sabemos que junto con su hermano Santiago -que también será un apóstol- los dos eran pescadores originarios de Galilea, de una zona del lago Tiberíades, y que juntos fueron apodados "los hijos del trueno" (cf. Mc 3,17). Su padre era Zebedeo y su madre Salomé. A Juan lo encontramos en el círculo estrecho de los apóstoles que acompañaron a Jesús cuando realizó algunas de las "señales" más importantes (cf. Jn 2,11) de su progresiva revelación como un tipo de Mesías muy distinto del que el pueblo de Israel se esperaba (Lc 9,54-55). En efecto, cuando Jesús resucitó a la hija de Jairo (cf. Lc 8,51), cuando se transfiguró en el Monte Tabor (cf. Lc 9,28 ), y durante la agonía en Getsemaní (cf. Mc 14,33), Jesús trataba de hacerles entender que debían transformar su mentalidad ligada a la esperanza en un Mesías violento, semejante a Elías pues, en cambio, él era el Hijo amado del Padre (cf. Lc 9,35), él era el Mesías venido del cielo para comunicar la vida divina en abundancia (cf. Jn 10,10), y que también iba a sufrir el rechazo y las injusticias de parte de los jefes religiosos de su pueblo (cf. Mt 16,21). En el evangelio de Juan, Jesús aparece como el Maestro que también intenta, inutilmente, hacer comprender a los judios la lógica paradójica del Reino de Dios (cf. Jn 8, 13-59). Los discípulos, por su parte, son invitados a nacer de nuevo (cf. Jn 3,1-21) para adorar al Padre en Espíritu y en Verdad (cf. Jn 4,23-24); Jesús ora por ellos para que permanezcan unidos por el Amor divino (cf. Jn 17,21) y para que sean alimentados por el Pan de la Vida (cf. Jn 6, 35).


Juan, testigo de Jesús crucificado y resucitado


Durante la Última Cena, Juan se había recostado sobre el pecho de Jesús y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? (cf. Jn 21,20). Juan fue el único de los apóstoles que acompañó a Jesús al pie de la Cruz con María (cf. Jn 19, 26-27). Juan fue el primero que creyó en el anuncio de la resurrección de Jesús hecho por María Magdalena (cf. Mt 28,8): corrió de prisa a la tumba vacía y dejó entrar primero a Pedro para respetar su precedencia (cf. Jn 20,1-8). La tradición añade que algunos años después se trasladó a Éfeso, desde donde evangelizó el Asia Menor. También parece que sufrió la persecución de Domiciano y que fue desterrado a la isla de Patmos. Finalmente, gracias al advenimiento de Nerva como emperador, (96-98) volverá a Éfeso para terminar allí sus días como ultracentenario, hacia el año 104.


"La flor de los Evangelios"


El Evangelio atribuido a Juan fue llamado así por Orígenes. También ha sido llamado el "Evangelio espiritual" o "Evangelio del Logos". Su estilo y su género literario está lleno de "señales", de símbolos y de figuras que no deben ser interpretados literalmente. En el prólogo de su evangelio, Juan usa un refinado lenguaje teológico para mostrar como al inicio de la Nueva creación, en el Nuevo principio ya preexistía el "Logos" divino; logos que significa la Palabra eterna creadora del Padre, que luego fue traducida al latín como "Verbum". En el prólogo del cuarto evangelio Jesús es presentado como la "Palabra divina", la "Luz de de la vida" y "la Sabiduría de Dios preexistente" (cf. Jn 1,1-18). Este evangelio invita a aceptar por medio de una fe llena de estupor y de agradecimiento, la sorprendente revelación que el Verbo de Dios, que nadie había visto, se hizo carne y ha puesto su morada en medio a su pueblo. (cf. Jn 1,14). Por ello, la palabra "creer" se repite casi 100 veces, pues Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4) y tengan vida abundante por la fe en Jesucristo, Dios hecho carne (cf. Jn 11,25).


La identidad de María y la relación filial de Juan hacia ella


El Evangelio de Juan también nos presenta en dos episodios muy emblemáticos la identidad de María y la especial relación de Juan como su "hijo adoptivo": en las bodas de Caná y en el Calvario. En la narración de la señal del agua transformada en el Vino nuevo durante las bodas de Caná, se nos muestra a María como la potente intercesora que anticipa la hora de la revelación de Jesús a su Pueblo (cf. Jn 2,1-12). En el Calvario, en el momento de la glorificación de Cristo, María es presentada como la Mujer que es transformada en la Nueva Eva o Madre de los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,25-27). Si se considera la estrecha relación filial de Juan con María, no es difícil imaginar que la revelación de la figura del Mesías en el evangelio de Juan se haya nutrido también del directo testimonio de María, pues ella mejor que nadie, en sus últimos años de soledad, recogió en su corazón y en sus recuerdos las "señales", los "signos" y las palabras de vida de Jesús. Es pensable pues que las experiencias únicas que ella conservaba en su memoria, las haya compartido luego a los discípulos de Jesús, y en particular a Juan. Por ello, se puede considerar que también María misma fue acogiendo e interpretando progresivamente en la fe, la revelación de que el Hijo de sus entrañas era a la vez el eterno Hijo del Padre, (cf. Jn 10,30), el único Pan de la vida (cf. Jn 6,34), la Luz del mundo (cf. Jn 8,12), la Puerta (cf. Jn 10,7), el Buen pastor (cf. Jn 10,11), la Resurrección y la vida (cf. Jn 11,24), la Vid verdadera (cf. Jn 15,1) y el Camino la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6).


Las tres Epístolas y el Apocalipsis


A la tradición de los discípulos de Juan se le atribuyen las tres "cartas", que tienen también un sabor de breves homilías. El Apocalipsis es un libro canónico, reconocido como inspirado que nació en los ambientes de las iglesias de tradición joánica que sufrían los ataques de las doctrinas gnósticas. Éste, que es el último libro de la Biblia, usa un género literario semejante al de algunos libros proféticos del Antiguo Testamento, como el libro de Daniel (cf. Dn 7), de Ezequiel o de Zacarías. La palabra apocalipsis es la transcripicón de un término griego que significa revelación y no destrucción, como a veces se piensa. Juan dirige siete cartas a las siete iglesias (cf. Ap 1-3) para transmitirnos por medio de personajes y de símbolos muy fascinantes, un mensaje muy concreto de esperanza en que el Cordero degollado (cf. Ap 5,12), o sea, Cristo Salvador triunfará sobre todas las persecuciones y las oposiciones de las fuerzas del mal al Reino de Dios y hará nuevas todas las cosas. Esto sucederá cuando Dios establecerá su Reino de justicia, de amor y de paz al final de los tiempos. En este libro se muestra, con numerosos y sugestivos símbolos, como los siete sellos (cf. Ap 6-8,1), las siete trompetas (cf. Ap 8.6-11,19), los siete ángeles con las siete copas (cf. Ap 15,5-16,21), el fatigoso camino y la lucha que los creyentes de todos los tiempos tienen que afrontar para que un día se realice la edificación de la Nueva Jerusalén (cf. Ap 21-22), hoy diríamos la Civilización del Amor, de la fraternidad y del cuidado de la vida, cuando Jesús, el Alfa y Omega (cf. Ap 22,13), regrese al final de los tiempos. En este sentido, el Apocalipsis es también un libro profético que interpreta la acción de Dios en la historia, asegurando que el Testigo fiel y veraz (cf. Ap 3,14), regresará pronto (cf. Ap 22,20) y vencerá definitivamente al mal, al dolor y a la muerte (cf. Ap 22,1-5).


LECTURAS


En Vísperas


1 Jn 3,21-24;4,1-6: Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha.


1 Jn 4,11-16: Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


1 Jn 4,20-21;5,1-5: Queridos, si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?


En Maitines


Jn 21,14-25: En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Amén.


En la Liturgia


1 Jn 4,12-19: Hermanos, a Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero.


Jn 19,25-27;21,24-25: En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.



Fuente: news.va / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Sábado de la I Semana de Lucas


Lc 4,31-36: En aquel tiempo, bajó Jesús a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz: «¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño. Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Sábado de la XVII Semana


1 Cor 14,20-25: Hermanos, no seáis niños en vuestros pensamientos, antes bien, comportaos como niños en lo que toca a la maldad, pero en lo que toca a los pensamientos, sed adultos. En la ley está escrito que por medio de gente que habla lenguas extranjeras y por medio de labios de extraños hablaré a este pueblo; pero ni aun así me escucharán, dice el Señor. Así pues, las lenguas son un signo no para los creyentes sino para los no creyentes, mientras que la profecía es un signo no para los no creyentes, sino para los creyentes. Por tanto, si se reúne toda la comunidad en el mismo lugar y todos hablan en lenguas, y entran en ella personas no iniciadas o no creyentes, ¿no dirán que estáis locos? En cambio, si todos profetizan y entra una persona no creyente o no iniciada, esta es convencida por todos, examinada por todos, quedando al descubierto lo que hay oculto en su corazón; y así, postrada rostro en tierra, adorará a Dios, proclamando que «Dios está verdaderamente entre vosotros».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

25/09 - Nuestro Justo Padre Sergio de Rádonez


Entre los santos rusos, el más conocido e importante es sin lugar a dudas el monje San Sergio de Rádonez.


En los primeros tiempos, los grandes centros del monasticismo ruso se encontraban en las ciudades o cerca de ellas, pero las invasiones de los tártaros en el siglo XIII, que acabaron con la civilización urbana en la región sur del país, desquiciaron también, naturalmente, a los monasterios y su funcionamiento. Muchos de ellos se mantuvieron en existencia, pero su actividad se debilitó y degeneró, y los monjes que verdaderamente buscaban una vida más perfecta, comenzaron a emigrar de los monasterios a la campiña, sobre todo a las vastas soledades de los bosques del norte. A aquellos ermitaños rurales se les llamó ‘pustiniky’, es decir, hombres de los bosques o desiertos.


A San Sergio de Rádonez se le considera como el iniciador de ese movimiento. En realidad, la emigración de los monjes del sur no fue más que la primera etapa de un movimiento general que se realizó simultáneamente en varios lugares y dio origen a gran número de nuevos centros de vida monástica. Pero, comoquiera que haya sido, San Sergio descolló como el personaje más distinguido de aquel período, y muchos le consideran como la figura más brillante del santoral ruso. Y no solo fue un buen monje, sino también un magnífico civilizador.


La imposición de la soberanía de los tártaros y las continuas oleadas de invasiones, matanzas y saqueos (que se prolongaron durante un siglo, a partir de 1237) hundieron al pueblo ruso en las profundidades de la miseria y la desmoralización. En aquel caos, un solo hombre, San Sergio, con las únicas armas de su influencia y su ejemplo, logró algo magnífico: unificar al pueblo ante el opresor, restablecer su respeto propio y su confianza en Dios. El historiador Kluchevsky admite decididamente que los rusos deben su liberación a la educación moral y a la influencia espiritual de Sergio de Rádonez.


Alrededor del año de 1315 vino al mundo este santo en el seno de una noble familia que residía cerca de Rostov, y en la pila bautismal recibió el nombre de Bartolomé. Entre los tres hijos varones del matrimonio, Bartolomé parecía el menos inteligente y continuamente se le echaba en cara su lentitud para aprender, lo cual le hacía sufrir mucho, de manera que cierto día en que paseaba por el campo y se encontró con un monje que mantuvo una larga charla con él, le propuso que le enseñara a leer y escribir con el propósito especial de estudiar la Biblia. Según nos dicen los cronistas y los biógrafos, el monje le dio al niño a comer un trozo de pan con sabor dulzón, y desde aquel momento Bartolomé pudo leer y escribir como una persona adulta y mucho mejor que sus hermanos.


Por aquel entonces, comenzaba a formarse y crecer el principado de Moscú. Una de las primeras consecuencias de aquel crecimiento fue la destrucción del poder y la influencia de Rostov; entre las víctimas de esa política estuvieron los padres de Bartolomé, Cirilo y María. Aún no salía aquel de la infancia cuando el resto de la familia tuvo que huir hasta encontrar refugio en la pequeña aldea de Rádonez, ciento ochenta kilómetros al noroeste de Moscú, donde los arruinados aristócratas de Rostov tuvieron que vivir de su trabajo, como campesinos. Así entró Bartolomé en su juventud, y, al ver que sus obligaciones se limitaban a cuidar de sí mismo, puesto que sus hermanos se bastaban solos y ya no tenía padres, decidió realizar el proyecto, largamente acariciado, de vivir en la soledad. En 1335, abandonó su casa en compañía de su hermano Esteban, que acababa de quedar viudo.


El lugar que eligieron para construir sus ermitas era un prado llamado Makovka, en un claro del bosque, a varios kilómetros de distancia de cualquier sitio habitado. Ahí edificaron una cabaña y una capilla con troncos de árboles y, a solicitud de los hermanos, el metropolitano de Kiev envió un sacerdote para que bendijera la pequeña iglesia y la dedicara a la Santísima Trinidad, una advocación que era muy rara en la Rusia de aquel entonces. Poco tiempo después, Esteban se fue a vivir en un monasterio de Moscú y, durante años, el solitario Bartolomé desapareció de la vista de los hombres.


Sus biógrafos se refieren a aquel período desconocido y nos hablan de terribles asaltos del demonio victoriosamente rechazados, de ataques de fieras salvajes y hambrientas que fueron domesticadas con un signo, de privaciones sin cuento y trabajo agotador, de noches enteras de plegaria y de un constante progreso en el camino de la santidad. Todo lo que se cuenta de aquella época, recuerda mucho las experiencias de los primeros padres del desierto. Solo que hay una diferencia muy importante: en el occidente se asocian las penurias de la vida eremítica con San Antonio y otros santos de Egipto y Siria y se piensa en seguida en las extensiones de arena, en las rocas desnudas, el calor sofocante y la falta de agua. Para Bartolomé o Sergio, como le llamaremos de ahora en adelante, ya que cierto abad, Metrófanes, que le visitó en su ermita le impuso la tonsura y ese nombre, las penalidades eran de un tipo muy distinto: el hielo, la nieve, las tempestades, las lluvias torrenciales y las manadas de lobos hambrientos. La actitud de todos estos ermitaños ante la naturaleza salvaje se ha vinculado con la de San Francisco de Asís en Occidente. Así como Pablo de Obnorsk se hizo amigo de las aves, Sergio domesticó a los osos y llamaba "hermanos" al fuego y a la luz. Pero en lo físico, había una enorme diferencia entre la figura de San Francisco y la de San Sergio que, según se advierte en sus representaciones más antiguas, era un hombrazo alto y fornido, de luenga barba y gesto rudo, como cualquier campesino ruso.


San Sergio no pasaba ninguna hora del día en vano o en la ociosidad. Combinaba sabiamente la oración y el trabajo, el canto de los Salmos y la lectura de los libros sagrados; cada vez más iba en aumento su erudición y cada día de su vida se acercaba más y más a Cristo.


Cada paso en su vida monástica procuraba llevarlo a cabo tomando ejemplo de lo escrito por los devotos de los primeros siglos del cristianismo, tales como los Santos Antonio y Macario los Grandes; san Juan Clímaco, el abad Doroteo y muchos otros. San Sergio también era muy devoto de los primeros prosélitos del monaquismo ruso: Antonio y Teodosio de las Cuevas de Kiev y sus innumerables seguidores. El Santo se esforzaba por lograr en su vida aquel ideal de santidad, que habían logrado todos ellos, marchando siempre hacia Dios por el camino riguroso de la concordancia con las enseñanzas de nuestro Salvador. Valerosamente, resistió toda tentación con su mirada fija en el Cristo celestial, y se entregaba con todas sus fuerzas en la búsqueda de Dios, objetivo único en la vida de todo hombre.


Como ha sucedido con muchos otros personajes similares, llegó el momento en que la reputación de santidad del ermitaño de Makovka se extendió por todas partes y comenzaron a reunirse los discípulos en torno suyo. Cada uno construyó su propia choza, y así nació el monasterio de la Santísima Trinidad. Cuando fueron doce, y tras muchos ruegos, incluso los del obispo de la ciudad más próxima, Sergio accedió a ser el abad que gobernase a aquella comunidad. Recibió las órdenes sacerdotales en Pereaslavia Zalesky y ahí mismo ofició su primera Liturgia. "Hermanos -dijo durante su sermón, resumiendo un capítulo entero de las reglas de San Benito-, orad por mí. Soy un hombre ignorante y, si he recibido de lo alto el talento para ser sacerdote y abad, debo rendir cuenta cabal de él y del rebaño que me ha sido confiado."


El monasterio floreció rápidamente, no tanto en bienes temporales como en los espirituales. Entre sus primeros reclutas figuró el archimandrita de un monasterio de Smolensk. El claro del bosque fue ampliado; en torno a las cabañas y la iglesia se construyeron otras casas; surgió una aldea y, no obstante las protestas de Sergio, se abrió un camino real por donde comenzaron a llegar los visitantes. En el curso de todas aquellas tareas, el abad tenía siempre presente que él era el primero entre sus iguales, y en todo momento, ya fuera en el trabajo o en la iglesia, imponía el ejemplo de su asiduidad.


En la biografía del Santo, compuesta por su discípulo, Epifanio el Sabio, hay muchas referencias a la humildad que adornaba a San Sergio; veamos uno de esos relatos.


En una ocasión, en vida de san Sergio, llegó al convento un campesino que había oído acerca de las proezas y la gloria del padre superior. El hombre pidió a un hermano que le mostrara al padre Sergio. Los monjes le señalaron a un hombre de edad avanzada con vestiduras remendadas y muy sencillas que estaba arrimando unas tablas al lado de la barda del monasterio. El campesino, incrédulo y exaltado, exclamó: “¡Se burlan de mí! Yo he venido hasta aquí para ver a un ilustre padre opulentamente vestido, rodeado de servidumbre, y ustedes me enseñan a un campesino cualquiera, seguramente el más ínfimo del monasterio!”. San Sergio al escuchar las quejas del visitante, abandono su tarea, amablemente lo saludó y lo invitó a pasar al comedor. Le dijo entonces: “No te aflijas hermano, –lo consoló el Santo– Dios es tan benevolente en su casa, que nadie sale de ella con angustia. Y muy pronto Él te mostrará a aquél al que buscas”. En el momento de su charla, al monasterio llegó un príncipe rodeado de un numeroso séquito. El príncipe se tiró a los pies del hombre de Dios, pidiendo su bendición. Entonces el campesino entendió de quien se trataba ese humilde hortelano. Después de la partida del príncipe, con lágrimas rogaba a san Sergio le perdonara por su osadía e ignorancia. “No te aflijas, hijo mío –le dijo el humilde padre–, solamente tú me has juzgado cabalmente, ya que más bien los equivocados son ellos”.


No tardó en presentarse el problema de elegir entre las dos formas de vida monástica que se observaban en el Oriente para seguirla en la Santísima Trinidad. Hasta entonces, los monjes habían observado una norma individual de "ermitaños en comunidad," donde cada uno tenía su propia cabaña y labraba su propia porción de tierra. Sin embargo, San Sergio estaba en favor de la vida en común, cenobítica, y en 1354 impuso la deseada reforma, debido en parte a una recomendación en este sentido por parte de Fileteas, el Patriarca Ecuménico. Por desgracia, aquella reforma ocasionó trastornos. Algunos de los monjes, descontentos con el cambio, manifestaron sus protestas y, en su movimiento de rebelión, encontraron un jefe en la persona de Esteban, el hermano de San Sergio, quien había dejado su monasterio de Moscú para ingresar al de la Santísima Trinidad. El asunto llegó a mayores: hubo incidentes penosos y discusiones desagradables hasta que cierto sábado después de las vísperas, para evitar mayores pendencias con su hermano, San Sergio partió calladamente de su monasterio con la intención de no volver nunca y fue a instalarse como ermitaño en las riberas del Keryach, no lejos del monasterio de Makrís. No tardaron en seguirle numerosos monjes de la Trinidad, y así la casa original comenzó a degenerar hasta el extremo de que el metropolitano Alejo de Moscú envió a dos archimandritas con apremiantes mensajes a San Sergio para que retornara a hacerse cargo de su puesto de abad. Al cabo de muchos ruegos, Sergio accedió y, luego de nombrar un abad para su nuevo establecimiento de Keryach, reanudó sus funciones. Su ausencia había durado cuatro años, y los monjes salieron a recibirle y le tributaron toda suerte de homenajes, "con tan sincero regocijo, que todos le besaron las manos, muchos se postraron en tierra para besarle los pies y otros besaron sus vestiduras."


Como había ocurrido con San Bernardo de Claraval dos siglos antes y con muchos otros santos monjes de Oriente y de Occidente, antes y después, acudieron a consultar a San Sergio los más encumbrados personajes de la Iglesia y del Estado. Con frecuencia se le confiaron misiones para gestionar la paz o para que fungiera como árbitro y, en más de una ocasión, se hicieron vanos intentos a fin de convencerle de que aceptara el cargo de primado de la Iglesia de Rusia. Fue por aquel entonces, entre los años 1367 y 1380, cuando se produjo la gran ruptura entre Dimitri Donskói, príncipe de Moscú, y el jan Mamaí, jefe absoluto de los tártaros. Dimitri se vio obligado a lanzar un desafío que, si fracasaba, habría de acarrear a Rusia mayores catástrofes de cuantas había conocido a lo largo de su historia. Antes de tomar cualquier decisión, el príncipe fue a pedir consejo a San Sergio. Este bendijo a Dimitri y le advirtió: "Es vuestro deber, señor, cuidar del rebaño que Dios ha confiado en vuestras manos. ¡Adelante entonces contra los herejes y conquistadlos en nombre del poder divino! ¡Dios permita que tornéis con bien para dar a Él toda la gloria de vuestra hazaña!"


De manera que el príncipe Dimitri partió a la guerra y se llevó consigo a dos monjes de la Santísima Trinidad que habían sido soldados. Cuando se enteró del enorme poder de su enemigo, volvió a titubear y se hallaba a punto de volverse y abandonar la empresa, pero llegó un mensaje de San Sergio con estas palabras: "No temáis, señor. Marchad armado de confianza en vencer la ferocidad del adversario. Dios estará a vuestro lado." Así, el 8 de septiembre de 1380, se libró la batalla de Kulíkovo que para Rusia tuvo el mismo significado que tuvieron para Europa occidental, las batallas de Tours o de Poitiers. Los tártaros fueron vencidos y huyeron en desorden. "Y en aquel preciso instante -dicen las biografías-, el bendito Sergio, al frente de sus hermanos, oraba a Dios para pedirle la victoria. Y, una hora después de que los herejes habían sido expulsados del suelo de Rusia, a muchas leguas de distancia, el abad anunció a los monjes la derrota del enemigo, porque San Sergio era vidente."


De esta manera, San Sergio de Rádonez desempeñó un papel decisivo al iniciarse el derrumbe del poder de los tártaros en Rusia. Desde entonces no se le dejó permanecer en paz en su monasterio y continuamente se requerían sus servicios para misiones políticas o eclesiásticas; las primeras, sobre todo para restablecer la paz y la concordia en las rivalidades entre los príncipes rusos; las segundas, particularmente en relación con la fundación de nuevos monasterios. Se afirma que sus frecuentes viajes a través de enormes distancias los realizaba a pie.


Uno de los biógrafos habla en términos generales de los "muchos milagros incomprensibles" que obró Sergio y sólo se detiene en algunas de las maravillas, no sin advertir que el propio santo recomendaba que se guardase silencio respecto a sus poderes sobrenaturales. Sin embargo, hay un relato muy detallado, claro y convincente sobre una visión de la Madre de Dios (una de las primeras apariciones de la Santísima Virgen de las que se registran en la hagiografía rusa) que se presentó ante Sergio y otro monje acompañada por los apóstoles Pedro y Juan, para asegurarle que su monasterio florecería extraordinariamente en un futuro no muy lejano. La objetividad de aquella visión es característica de la hagiografía de Rusia, donde rara vez ocurren los raptos o los éxtasis, pero en cambio, el Espíritu Santo desciende sobre los elegidos y les permite ver auténticas apariciones, terrenales o celestiales, ocultas a los ojos de los menos santos.


Seis meses antes de su muerte, San Sergio supo que el fin se acercaba. Renunció a su cargo, nombró a un sucesor y, enfermo por primera vez en su vida, permaneció recluido en su celda. Antes de su muerte, dispuso a los hermanos, ante todo, preservar con rigurosidad la fidelidad a la ortodoxia de la fe. El Santo encomendó también preservar la vida en comunión, la pureza espiritual y corporal, alejarse de los malos deseos, la abstención en la comida y la bebida, tener la aplicación hacia la humildad y el peregrinaje. Cuando su alma estaba a punto de abandonar el cuerpo, recibió el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sostenido en el lecho por los brazos de sus discípulos. Alzó sus manos al cielo, se movieron sus labios para musitar una plegaria y entregó su espíritu puro y santo en manos de su Señor el 25 de septiembre de 1392, posiblemente a la edad de setenta y ocho años."


De acuerdo con lo que dice el Dr. Zernov, es difícil definir exactamente la razón por la cual se agrupó la gente en torno a San Sergio. No era un predicador elocuente ni un hombre de gran saber y, a pesar de que se registraron varias ocasiones en que algunas personas quedaron curadas por las oraciones del santo, no se le puede describir como un curandero popular. Era, en primer lugar, su personalidad lo que atraía a la gente. Era el calor de su afectuosa atención lo que le hacía indispensable para los demás. Poseía esos dones que tan rara vez se encuentran en las personas: una confianza ilimitada en Dios y en la bondad de los hombres, a quienes nunca dejó de consolar y alentar. Lo mismo que otros muchos monjes, San Sergio consideraba como parte de su vocación monástica el servicio activo y directo para bien del prójimo. Por eso el prójimo, tanto el noble como el plebeyo, lo consideró siempre un maravilloso y poderoso médico del alma y del cuerpo, un amigo de los que sufren, el que da de comer al hambriento, defiende al desamparado y da buen consejo al que lo necesita. Una de las características de aquellos monjes del norte era su amor por la pobreza personal y común y por la soledad en cuanto lo permitieran sus deberes comunales y sus atenciones a los necesitados. Sergio instaba a sus hermanos a "tener siempre presente el luminoso ejemplo de aquellos grandes monjes de la antigüedad, verdaderos portadores de la antorcha del cristianismo, que vivieron en este mundo como ángeles: Antonio, Eutimio, Sabas... Los monarcas y las gentes del pueblo acudían a ellos; curaban las enfermedades y ayudaban al necesitado; alimentaban al hambriento y eran como el arcón de las viudas y los huérfanos."


El cuerpo de San Sergio fue sepultado en la iglesia mayor de su monasterio, donde permaneció hasta la revolución de 1917. Los bolcheviques clausuraron el monasterio y las reliquias del santo fueron exhibidas en el "museo antirreligioso" que se estableció allí. En 1945 se autorizó a los jefes de la Iglesia rusa a reabrir el monasterio, y los restos de San Sergio volvieron a su sepultura. Los rusos mencionan a San Sergio de Rádonez en los preparativos para la consagración de la liturgia eucarística.


Curiosamente, San Sergio fue canonizado antes por la Iglesia Latina (1449), siendo Papa de Roma Nicolás V, que por la Iglesia Rusa (1452) a la que pertenecía.



Fuente: ec.aciprensa.com / vidas-santas.blogspot.com

Adaptación propia

25/09 - Memoria del gran terremoto de Constantinopla y del Himno del Trisagio


Durante el reinado del emperador Teodosio el Joven (437), nuestro Dios lleno de bondad y rico en misericordia quiso advertir al pueblo cristiano para que se preparara para el Gran Día en el que los muertos resucitarán, los cielos y la tierra se transformarán en una nueva forma, y ​​todos los hombres comparecerán para ser juzgados por la rectitud de su fe y la pureza de su vida. Entonces el Señor hizo temblar la tierra de manera formidable, durante casi cuatro meses, hasta el punto de que los temblores se sintieron hasta en Alejandría. Presa del miedo, el emperador, el arzobispo San Proclo [20 de noviembre] y todo el pueblo de Constantinopla abandonaron la ciudad para ir, descalzos, en procesión al campo de Marte del Hebdomón, para dirigir oraciones insistentes a Dios por su salvación.


Hacia la tercera hora, cuando la tierra había comenzado a temblar de nuevo, un joven fue repentinamente levantado en el aire por una fuerza divina, mientras el pueblo asustado aumentaba su fervor exclamando: «Kyrie eleison». Al bajar de las nubes, el niño declaró que había sido transportado entre los coros angelicales que cantaban: «¡Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal, ten piedad de nosotros!» y que una voz le había ordenado anunciar al patriarca que el pueblo debía dirigir así sus súplicas a Dios, sin añadir nada. El patriarca ordenó entonces a los cantores y al pueblo que cantaran este himno, que combina la confesión de las tres Personas divinas con el canto de los Serafines de la visión de Isaías (Is 6,3). El terremoto cesó inmediatamente y el joven entregó su alma a Dios. Por iniciativa de la emperatriz Pulqueria, San Proclo instituyó el canto de este himno en la Liturgia de manera solemne. Durante el santo Concilio de Calcedonia (451), fue con el canto del Trisagion como los Padres de la diócesis de Oriente saludaron la proclamación de la verdadera fe y, desde entonces, el himno del Trisagio se ha convertido en un elemento esencial de toda oración bizantina, tanto privada como pública.


Cuando el patriarca usurpador de Antioquía, Pedro «el Batanero», quiso difundir el veneno de la herejía del teopasquismo (alrededor de 468), variante del monofisismo, hizo añadir la fórmula al himno del Trisagio: “…que fue crucificado por nosotros». Los ortodoxos recordaron que, durante el milagro del rapto del niño al cielo, la voz divina le había ordenado no añadir nada al himno y lucharon encarnizadamente para preservar el Trisagio en su sentido trinitario y no cristológico. Por tanto, gracias al testimonio de esta revelación celestial se pudo preservar la fe recta y la justa glorificación del único Dios en tres Personas.



Fuente: Sinaxario

Traducción del francés: Google Translate