02/03 - Hesiquio el Mártir


El Santo Mártir Hesiquio vivió durante el reinado del rey Maximiano en el año 302. Era el líder el Palacio Real y el Senado debido a su oficio de magistrado.

Cuando Maximiano ordenó que todos los cristianos que eran soldados reales debían ser privados de sus cinturones (signo de su mérito real) y vivir como civiles y sin honra, muchos cristianos prefirieron esto a ser honrados y perder su alma. San Hesiquio se contaba entre ellos. Cuando el Rey se enteró, ordenó que el Santo fuera privado de las caras vestimentas que llevaba, que fuera vestido con un raído manto de pelo sin mangas y que fuera degradado y desdeñado hasta el punto de tener trato con mujeres.

Cuando esto se llevó a cabo, el Rey lo invitó y le preguntó: «¿No te da vergüenza, Hesiquio, haber perdido la honra y el oficio de ‘magistrianus’ y haber sido rebajado a este género de vida? ¿Acaso no sabes que los cristianos, cuyo género de vida has preferido, no tienen poder para restaurarte a tu antigua honra y oficio?», a lo que el Santo respondió: «Tu honra, oh Rey, es temporal, pero la honra y gloria que Cristo da es eterna e infinita». Ante estas palabras el Rey se enfureció y ordenó a sus hombres que ataran una piedra de molino alrededor del cuello del Santo y lo lanzaran al río Orontes, que se encuentra en Celesiria. Así este santo varón recibió del Señor la corona del martirio.


Fuente: goarch.org
Traducción del inglés y adaptación propias

Lunes de la II Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 4,2-5,7: Así dice el Señor: «Aquel día, el vástago del Señor será el esplendor y la gloria, y el fruto del país será orgullo y ornamento para los redimidos de Israel. A los que queden en Sión y al resto en Jerusalén los llamarán santos: todos los que en Jerusalén están inscritos para la vida. Cuando el Señor haya lavado la impureza de las hijas de Sión y purificado la sangre derramada en Jerusalén, con viento justiciero, con un soplo ardiente, creará el Señor sobre toda la extensión del monte Sión y sobre su asamblea una nube de día, un humo y un resplandor de fuego llameante de noche. Y por encima, la gloria será un baldaquino y una tienda, sombra en la canícula, refugio y abrigo de la tempestad y de la lluvia. Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña. Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. La entrecavó, quitó las piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar. Esperaba que diese uvas, pero dio agrazones. Ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán, allí crecerán zarzas y cardos, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido».


En Vísperas


Gén 3,21-4,7: El Señor Dios hizo túnicas de piel para Adán y su mujer, y los vistió. Y el Señor Dios dijo: «He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros en el conocimiento del bien y el mal; no vaya ahora a alargar su mano y tome también del árbol de la vida, coma de él y viva para siempre». El Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Echó al hombre, y a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida. Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y ella dijo: «He adquirido un hombre con la ayuda del Señor». Después dio a luz a Abel, su hermano. Abel era pastor de ovejas, y Caín cultivaba el suelo. Pasado un tiempo, Caín ofreció al Señor dones de los frutos del suelo; también Abel ofreció las primicias y la grasa de sus ovejas. El Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda; Caín se enfureció y andaba abatido. El Señor dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?; pero, si no obras bien, el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo».


Prov 3,34-4,22: El Señor se burla de los burlones y concede su gracia a los humildes. Los sabios heredan honores, los necios acumulan deshonra. Escuchad, hijos, la instrucción paterna; prestad atención y adquirid inteligencia. Os transmito un saber excelente, no abandonéis mi enseñanza. También yo fui un hijo para mi padre, querido cual unigénito para mi madre; mi padre me instruía diciéndome: «Guarda mis palabras en tu corazón, observa mis mandatos y vivirás». Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia; no la olvides, ni dejes mis consejos; no la abandones y ella te cuidará, ámala y te protegerá. El comienzo de la sabiduría es adquirirla, con todos tus haberes compra prudencia; conquístala, y te hará noble; abrázala, y te colmará de honores; te tocará con hermosa diadema, te ceñirá una espléndida corona. Escucha, hijo mío, recibe mis palabras, y aumentarán los años de tu vida. Te instruiré en el camino de la sabiduría, te guiaré por la senda recta; al caminar, serán ágiles tus pasos; cuando corras, no tropezarás; agárrate a la instrucción, no la sueltes; consérvala, que en ello te va la vida. No transites por rutas de malvados, no pises el camino de los perversos; déjalo a un lado, no cruces por él; apártate de él, pasa de largo. Los malvados no duermen si no hacen el mal, pierden el sueño si no acaban con alguien; se hartan de crímenes como de pan, se embriagan de violencia como de vino. La senda del justo es aurora luminosa, crece su luz hasta hacerse mediodía; mas los malvados caminan en tinieblas, y no saben dónde tropiezan. Hijo mío, atiende a mis palabras, presta atención a mis razones; nunca las pierdas de vista, guárdalas en tu corazón, pues dan vida a quien las encuentra, proporcionan salud a su cuerpo.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

01/03 - La Santa y Justa Mártir Eudocia (Eudoxia) la Samaritana


Eudocia era una samaritana que vivía en Heliópolis en la época de Trajano (98-117). Con sus vestidos sencillos y su gran belleza, había conseguido innumerables amantes e inmensas riquezas, pero por casualidad escuchó al monje Germán en la casa de enfrente antes de ir a dormir y quedó impresionada. Eudoxia se levantó y se fue a su balcón para oírle. Al terminar de escucharle, se metió en la cama y se pasó la noche llorando. Al día siguiente por la mañana, fue a tocar a la puerta de su vecino rogándole que le dejara ver al que cantaba.


Habló de ello con el monje y con un sacerdote de Heliópolis y se convirtió al cristianismo, dando todas sus cosas a los pobres y llevando una vida de penitencia y oración. Eudocia le preguntó sí podía ser salvada en el Juicio Final y Germán la instruyó a que permaneciera en su alcoba durante una semana orando; al final de la semana, tuvo una visión del arcángel Miguel luchando con el Diablo por la posesión de su alma y Dios le perdonó sus pecados. Fue bautizada por Teodoto, obispo de Heliópolis, otorgó la libertad a todos sus esclavos, ofreció toda su riqueza a la Iglesia y se encerró en un monasterio femenino unido al de Germán que mandó a construir cerca de Baalbek a los treinta años.


Filostrato, un antiguo amante suyo, que con hábiles maniobras había logrado hablar con ella para inducirla a volver al pecado, se suicidó ante ella por su negativa, pero Eudocia lo resucitó y lo convirtió. El prefecto Aureliano mandó arrestarla y sus soldados quedaron inmóviles por tres días, hasta que un gran reptil los mató a casi todos con su aliento pestilente.


El hijo de Aureliano se hizo cargo de la empresa, pero se cayó de su caballo y murió. El rey quedó consternado y decidió enviar a su tribuno, Babila, para pedirle ayuda a la santa. Eudocia respondió con una carta y, al tocarlo con esta, el joven se levantó de nuevo. Aureliano se convirtió y con él toda su familia y sus magistrados: su hija Gelasia ingresó al monasterio de Eudocia y su hijo resucitado se convirtió en diácono y luego en obispo de Heliópolis. Diógenes, el exprometido de Gelasia, mandó arrestar a Eudocia; antes de ser arrastrada fuera de su monasterio, logró llevar consigo un fragmento de la Eucaristía.


Fue interrogada extensamente sobre su fe y sus intenciones, pero se mantuvo firme en su fe. Cuando estaban a punto de someterla a tormentos, la partícula de la Eucaristía cayó sobre Eudocia, que fue arrojada por los paganos al fuego, y fragmentos del fuego quemaron a los verdugos y a los espectadores. Por la intervención de Eudocia, todos resucitaron; incluso una matrona que murió en ese momento resucitó y también un niño asesinado por un reptil. Muchas personas se convirtieron al cristianismo a la vista de muchos milagros, y entre ellos Diógenes. Después de su muerte definitiva, Diógenes fue sucedido por Vicente, un hombre extremadamente cruel con los cristianos, que mandó a decapitar a Eudocia al negarse a adorar a los ídolos; el martirio ocurrió sin más incidentes en el año 107.



Fuente: goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

I Domingo de la Santa y Gran Cuaresma (Domingo de la Ortodoxia)


Durante más de cien años la Iglesia de Cristo se vio atribulada por la persecución de los iconoclastas -de reprobable creencia-, que comenzó en el reinado de León el Isáurico (717-741) y terminó en el reinado de Teófilo (829-842). Tras la muerte de este último, su viuda, la Emperatriz Teodora (celebrada el 11 de febrero), junto con el Patriarca Metodio (14 de junio), estableció de nuevo la Ortodoxia.


Esta memorable reina -Teodora- veneró el icono de la Madre de Dios en presencia del Patriarca Metodio y los demás confesores y justos, y exclamó abiertamente estas palabras: «Si alguien no tributa adoración relativa a los santos iconos, no como si fueran dioses, sino venerándolos por amor como imágenes del arquetipo, sea anatema». Luego, con la oración común y el ayuno durante toda la primera semana de la Santa y Gran Cuaresma, pidió el perdón de Dios para su marido. Después de esto, en el primer domingo de Cuaresma, ella y su hijo, el Emperador Miguel, hicieron una procesión con todo el clero y el pueblo y restauraron los santos iconos, adornando de nuevo con ellos a la Iglesia de Cristo.


Este es el santo hecho que los cristianos bizantinos conmemoramos hoy, y llamamos a este radiante y venerable día «Domingo de la Ortodoxia», es decir, del triunfo de la verdadera doctrina sobre la herejía. Aunque los iconoclastas eran apoyados por emperadores, no obstante, los fieles -monjes y casados, clero y pueblo- conservaron la veneración de los iconos como un tesoro precioso y los defendieron: algunos con palabras y refutaciones, y otros con sangre y martirio.


La visión de Dios


En la lectura evangélica de hoy Felipe le dice a Natanael: «Hemos encontrado a Aquél de quien escribió Moisés en la Ley y anunciaron los profetas: Jesús el hijo de José, el de Nazaret.»


¿Qué relación une el pasaje evangélico de hoy (el llamado a Natanael) con el recuerdo de la Restauración de los santos Iconos que hoy celebramos?


Si observamos el tema de la discusión entre los dos discípulos («Hemos encontrado a Cristo») y la frecuencia con la que aparece el verbo «ver» y sus sinónimos en el texto (siete veces), entendemos cómo la Iglesia relaciona la lectura de hoy con los iconos: ¡es un pasaje que santifica la visión!


La visión de Dios era siempre el deseo fervoroso del hombre del Antiguo Testamento, aunque este anhelo no se le cumplía aún. Las revelaciones divinas más claras en el Antiguo Testamento han sido otorgadas a Moisés y a Elías. Cuando Moisés pidió ver la divina gloria, Dios le dijo: «Al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado [...] pero mi Rostro no se puede ver.» (Ex 33:21-23). Elías, por su parte, nada más escuchó su voz «en el susurro de una brisa suave», y «cubrió su rostro con el manto» (1Re 19:12-13). Es así como Dios comenzó a revelarse, cada vez más, hasta llegar la plenitud de los tiempos.


En el Antiguo Testamento, Dios no fue visto sino que se reveló al hombre por medio de sus acciones, intervenciones y orientaciones en la historia de la Salvación. Y con la prohibición del Decálogo: «No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos ni de lo que hay abajo en la tierra [...] No te postrarás ante ellas ni les darás culto» (Ex 20:4-5), procuraba impedir que el hombre se hiciera víctima de la idolatría al querer hacer la representación de lo que no había visto ni conocido. Pero con la Encarnación del Hijo, Dios se nos ha revelado en cuerpo; lo hemos visto, «lo hemos encontrado», como lo dijo Felipe a Natanael; entonces, conforme a las palabras de san Juan Damasceno: «Esta prohibición no pertenece a la Iglesia del Nuevo Testamento ya que Dios ha aceptado la naturaleza humana y ha vivido en la tierra como hombre [...] Ya que el Invisible se hizo visible por su encarnación, pueden pintar a quien se ha contemplado: pueden pintar a mi Salvador, su Nacimiento, Pasión, Crucifixión, Resurrección.»


El icono es un instrumento que nos enlaza con Dios, a Quien solemos olvidar durante la mayor parte del día. El icono nos coloca en la Presencia de Él y nos recuerda su llamado: «Estoy a la puerta y llamo» (Ap 3:20). Entonces, ¡cómo no venerarlo y exaltar su lugar en nuestra vida!


¡Ante Ti, oh santo Icono del Padre, Jesucristo, nos postramos en adoración!, pues «al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo servirás.»


¡Ven y verás!


¡Qué confianza tan grande es la que llevó a Felipe a decirlo!


Natanael le estuvo hablando con la lógica: «¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?», ya que no hubo antecedentes. Y además estuvo fiel en su comentario a lo que ambos habían aprendido del estudio del Antiguo Testamento: el Mesías vendría de la ciudad de Belén conforme a las profecías. Pero Felipe no retrocedió. Su encuentro con Cristo le dejó una certeza que no podía explicar ni defender más que con la expresión «¡Ven y verás!» Sabía que a su amigo Natanael le iba a suceder lo mismo que a él. Como si le dijera: No voy a discutir contigo, ven y te convencerás no con la razón sino con todo tu ser.


Algo parecido pasó con un anciano en el Monte Athos (la cuna del monaquismo ortodoxo). Llegaron con él unos filósofos alemanes, casi ateos, con el fin de analizar en su laboratorio el modo de pensar de los monjes. Le preguntaron al padre Paísio: «¿Qué pruebas tienes de que Dios existe?» Él, después de una pausa, les contestó: «Lo único que sé es que sí existe y provee a todo, ¿verdad que sí?», preguntó a una lagartija que paseaba en el jardín, y el animalito movió la cabeza confirmando lo dicho.


¡Ven y verás! ¡Una certeza poderosa! ¡Una fe milagrosa!


Conforme a la lectura evangélica de hoy hay tres etapas en la vida cristiana, tres modos de conocimiento:


• Un conocimiento didáctico «religioso»: Felipe y Natanael indagaban las lecturas del Antiguo Testamento; buscaban descifrar el tiempo y el lugar de la llegada del Mesías. Se trata de un entendimiento racional, informaciones necesa- rias, catecismo instructor.


• Un conocimiento por el encuentro: el encuentro con Jesús y la convivencia con él es un conocimiento que dio a Felipe la certeza, y que convirtió a Natanael: antes hablaba del Mesías según lo que había aprendido de sus lecturas, ahora, después del encuentro, confiesa: «Tú eres el Hijo de Dios, el Rey de Israel». Una vida cristiana no consiste en recopilar anécdotas sobre Cristo, los Apóstoles y los Santos sino, más bien, en convivir con Él y con ellos, hacer que sus palabras sean nuestras, y su compañía, una alegría constante. Este conocimiento es adquirido a través de la oración, vida virtuosa y todo lo que nos hace percibir su Presencia amorosa: Comunión, incienso, iconos, velas... Y el encuentro nos guía al tercer conocimiento que el Señor lo describe así:


• «En verdad les digo: verán abierto el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sirviendo al Hijo del hombre.» Es la vida de los santos que llegan, después de un camino largo de lucha que todos hemos de cruzar, a vivir el cielo aún estando en el mundo: una unión total con el Señor. El día de hoy recordamos la Restauración de los Santos Iconos, defendemos y anunciamos nuestro cariño y devoción hacia ellos, que nos instruyen en los tres conocimientos antes mencionados:


• El icono nos catequiza: lo mismo que las palabras dicen, los colores enseñan. ¿Cuántos analfabetos, en la historia, conocieron la Palabra a través de la iconografía?


• El icono nos coloca al encuentro del Señor: cuando observamos el icono de Cristo Pantocrátor, percibimos que estamos en su Presencia, que Él está escuchando nuestra súplica e interviene por nuestra Salvación. Recuérdese que Jesús veía a Natanael desde «cuando estaba bajo la higuera», pero éste no lo comprendió, no asimiló su omnipresencia hasta que se encontró con el Rostro de Jesús.


• Y, finalmente, el icono nos une a Dios: es una ventana en nuestro mundo desde la cual nos asomamos a la eternidad donde están todos los Santos y los Ángeles sirviendo al Señor: ¡verán abierto el cielo!, dijo el Señor a los dos discípulos. La luz que brilla de todo detalle de la iconografía bizantina nos invita a participar de la Luz divina que el Señor hace resplandecer en nuestra vida.


¡Ven y verás! ¡Ven y ora verdaderamente ante su Rostro! Entonces no querrás entrar en discusiones de que si existe o no, sino que dirás como el profeta Elías: «¡Vive el Señor ante Quien estoy de pie!» (1Re 17: 1). Amén.


GRAN SINODICÓN DE LA ORTODOXIA


(Leído el I Domingo de la Santa y Gran Cuaresma o Domingo de la Ortodoxia)


¿Quién es un Dios tan grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace Maravillas (3 veces).


¡Nosotros, los ortodoxos, que hoy celebramos este Día de la Ortodoxia, glorifiquemos especialmente a Dios, el Autor de toda bondad!


Bendito sea por siempre.


Este es nuestro Dios, que adquirió y estableció su amada heredad, la Santa Iglesia, cuyos cimientos puso incluso en el Paraíso, consolando así con su Palabra infalible a nuestros antepasados caídos por la desobediencia.


Este es nuestro Dios, que, dirigiéndonos a su promesa salvadora, no se dejó a sí mismo sin testimonio, sino que primero anunció la futura salvación por medio de los antepasados y profetas, y por múltiples medios dio vívidas descripciones de ella.


Este es nuestro Dios, que muchas veces y de muchas maneras habló en la antigüedad a los padres por los profetas, y en estos postreros días nos habló por el Hijo, por quien también creó todos los siglos: quien declaró su buena voluntad para con nosotros, reveló los misterios celestiales, nos aseguró la verdad del Evangelio por el poder del Espíritu Santo; envió a Sus apóstoles a predicar el Evangelio del Reino a todo el mundo, y lo confirmó con varios poderes y milagros.


Siguiendo esta saludable revelación, y sosteniendo este Evangelio, creemos:


El símbolo de la fe


Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible.


Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, Unigénito, engendrado del Padre antes de todos los siglos: luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma esencia del Padre, por quien todos las cosas fueron hechas;


Que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó del Espíritu Santo y de la Virgen María, y se hizo hombre.


Y fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato, y padeció y fue sepultado.


Y al tercer día resucitó según las Escrituras; y subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre.


Y vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.


Y en el Espíritu Santo, el Señor, dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, que ha hablado por los profetas.


Y en la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.


Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados.


Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero.


Amén.


Esta es la Fe Apostólica. Esta es la Fe de los Padres. Esta es la fe de los ortodoxos. Esta es la Fe que ha establecido el universo.


Además, recibimos y confirmamos los Concilios de los Santos Padres y sus Tradiciones y escritos que están de acuerdo con la revelación Divina.


Y aunque haya enemigos de la Ortodoxia y adversarios de la revelación providencial y saludable del Señor hacia nosotros, el Señor consideró los vituperios de Sus siervos: porque cubrió de vergüenza a los blasfemos de Su gloria, y mostró a los pervertidores y enemigos de la ortodoxia como timoratos y fugitivos.


Así como bendecimos y alabamos a los que han sometido su razón a la obediencia de la revelación divina y han luchado por ella, siguiendo las Sagrada Escrituras, y manteniendo las Tradiciones de la Iglesia primitiva, rechazamos y anatematizamos a todos aquellos que se oponen a Su verdad si, en espera de su conversión y arrepentimiento, se niegan a arrepentirse ante el Señor. A los que niegan la existencia de Dios y afirman que el mundo existe por sí mismo y que todo lo que hay en él fue hecho por casualidad, sin la providencia de Dios: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que dicen que Dios no es Espíritu, sino carne; o que no es justo, ni misericordioso, ni sabio ni omnisciente, y pronuncian tales blasfemias: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que se atreven a decir que el Hijo de Dios, y asimismo el Espíritu Santo, no son uno en esencia con el Padre, y confiesan que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son un solo Dios: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que neciamente dicen que la venida del Hijo de Dios al mundo en la carne y su voluntaria pasión, muerte y resurrección no fueron necesarias para nuestra salvación y expiación del pecado: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que rechazan la gracia de la redención predicada por el Evangelio como único medio de nuestra justificación ante Dios: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que se atreven a decir que la purísima Virgen María no fue Virgen antes del parto, durante el parto y después del parto: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que no creen que el Espíritu Santo inspiró a los profetas y apóstoles, y por medio de ellos nos instruyó en el verdadero camino de la salvación eterna, y lo confirmó mediante milagros, y ahora mora en los corazones de todos los cristianos fieles y verdaderos, y los guía en toda verdad: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que rechazan la inmortalidad del alma, el fin del mundo, el juicio futuro y la recompensa eterna de las virtudes en el cielo, y la condenación de los pecados: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que rechazan cualquiera de los Santos Sacramentos de la Iglesia de Cristo: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que renuncian a los Concilios de los Santos Padres y a sus Tradiciones que son conformes a la revelación Divina y piadosamente preservadas por la Iglesia Católica Ortodoxa: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


A los que insultan y blasfeman contra los santos Iconos que recibe la Santa Iglesia en recuerdo de las obras de Dios y de los que le agradaron para inspirar a los que los contemplan piedad e incitarlos a imitar sus ejemplos, y a los que dicen que son ídolos: ¡ANATEMA!


Pueblo: ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Anatema!


Pero a todos los que han luchado por la Ortodoxia mediante sus palabras, mediante sus escritos, mediante sus enseñanzas, mediante sus sufrimientos y su vida religiosa, así como a sus protectores y defensores, la Iglesia de Cristo los conmemora anualmente y proclama:


A los Santos Padres, Grandes Jerarcas y Maestros Ecuménicos: Atanasio, Cirilo, Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo, Juan Crisóstomo, Metodio, Cirilo y demás Pastores de la Iglesia: ¡MEMORIA ETERNA!


Pueblo: Memoria eterna (3 veces).


Al santo y piadosísimo Emperador Constantino, Igual a los Apóstoles, y a su madre, Elena: a los Emperadores Ortodoxos Teodosio el Grande, Teodosio el Joven y Justiniano, y a todos los piadosos Gobernantes Ortodoxos: ¡MEMORIA ETERNA!


Pueblo: Memoria eterna (3 veces).


A los Santísimos Patriarcas y Reverendísimos Metropolitanos, Arzobispos y Obispos Ortodoxos: ¡MEMORIA ETERNA!


Pueblo: Memoria eterna (3 veces).


A todos los que han sufrido y caído en varias batallas en defensa de la fe ortodoxa y de sus países; y a todos los cristianos ortodoxos que han muerto en la Verdadera Fe y piedad, y en la esperanza de la resurrección: ¡MEMORIA ETERNA!


Pueblo: Memoria eterna (3 veces).


A los fieles fundadores de nuestras santas parroquias, que han ido al descanso en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna: ¡MEMORIA ETERNA!


Pueblo: Memoria eterna (3 veces).


La Iglesia Ortodoxa de Cristo recuerda así triunfalmente a aquellos que en tiempos pasados lucharon en la piedad para excitar así a todos sus cristianos a seguir sus ejemplos, y tiene también el deber de ensalzar a los que ahora trabajan por la Ortodoxia y por la fe y la virtud saludables se preparan para la bienaventuranza eterna:


A Sus Santidades los Patriarcas;

A Sus Eminencias los Arzobispos;

A Sus Gracias los Obispos; ¡Por muchos años!


Pueblo: ¡Dios les conceda muchos años!


A todos los que están en autoridad civil, concédeles, oh Señor, paz, salud y salvación, prosperidad en todas sus empresas públicas, y consérvalos en verdadero honor ¡POR MUCHOS AÑOS!


Pueblo: Dios les conceda muchos años.


A todos los cristianos ortodoxos que mantienen correctamente la fe salvadora y viven en obediencia a la Iglesia de Cristo concédeles, oh Señor, paz, tranquilidad, prosperidad y abundancia de los frutos de la tierra, ¡y MUCHOS AÑOS!


Pueblo: ¡Dios les conceda muchos años!


Glorifica a todos estos, oh Santísima Trinidad, y confírmalos en la Fe correcta hasta el final; y convierte a los corruptores y blasfemos de la fe ortodoxa y de la Iglesia de Cristo que le son desobedientes: para que lleguen al conocimiento de vuestra eterna verdad; por la intercesión de nuestra Santísima Señora, la Madre de Dios y siempre virgen María, y de todos los santos.


Amén.


LECTURAS


Heb 11,24-26;32-40: Hermanos, por fe, Moisés, ya crecido, renunció al título de hijo de una hija del faraón, y prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios al disfrute efímero del pecado, estimando que la afrenta de Cristo valía más que los tesoros de Egipto, y atendiendo a la recompensa. ¿Para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección.


Jn 1,43-51: En aquel tiempo, determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme». Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: «Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». Natanael le replicó: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?». Felipe le contestó: «Ven y verás». Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño». Natanael le contesta: «¿De qué me conoces?». Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel». Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores». Y le añadió: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».



Fuente: goarch.org / Sacra Metrópolis Ortodoxa de España y Portugal (Patriarcado Ecuménico) / iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Traducción del inglés y adaptación propias