13/03 - Traslación de las Reliquias de Nicéforo, Patriarca de Constantinopla


Tras el cese de la iconoclasia y la restauración de las imágenes sagradas, el Patriarca Metodio de Constantinopla (842-846 d.C.) sugirió en el año 843 a los emperadores Miguel y Teodora (842-867 d.C.) que no era justo que las reliquias de San Nicéforo se encontrasen tan lejos de su tierra, solicitando que fuesen llevadas a Constantinopla. Así, fueron enviados de parte del Patriarca -quien también acudió a la exhumación- y de los emperadores clérigos y monjes para que realizasen tal labor.


Abriendo la tumba del Santo en el Monasterio de San Teodoro, encontraron los santos restos enteros e intactos después de diecinueve años desde su dormición. Con sagradas salmodías y magnificencia los colocaron en la embarcación imperial y los llevaron a la capital. Cuando el barco se acercaba por el estrecho a la ciudad, fueron con antorchas el Emperador y el Senado a recibir la  sagrada reliquia, la cual acompañaron hasta Santa Sofía. Hicieron una vigilia y por la mañana la llevaron a la Iglesia de los Santos Apóstoles el día trece de este mes; allí se celebra su Sinaxis.


El día 2 de junio conmemoramos la santa dormición en el Señor de San Nicéforo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogsport.com / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Viernes de la III Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 13,2-13: Así dice el Señor: «Sobre un monte pelado izad una enseña, alzad la voz hacia ellos, agitad la mano para que entren por la puerta de los nobles. Yo he dado órdenes a mis consagrados he convocado a los guerreros de mi ira, que exultan por mi grandeza». Escuchad el tumulto en las montañas, como de gran multitud. ¡Escuchad! Un tumulto de reinos, de naciones conjuradas. El Señor del universo pasa revista a sus tropas de combate. Vienen desde una tierra lejana, desde el confín del cielo, el Señor y los instrumentos de su ira, para devastar toda la tierra. Dad alaridos: el Día del Señor está cerca, llega como la devastación del Todopoderoso. Por eso los brazos desfallecen, desmayan los corazones de la gente, son presas del terror; espasmos y convulsiones los dominan, se retuercen como parturienta, estupefactos se miran uno al otro, los rostros encendidos. El Día del Señor llega, implacable, la cólera y el ardor de su ira, para convertir el país en un desierto, y extirpar a los pecadores. Las estrellas del cielo y las constelaciones no irradian su luz. El sol desde la aurora se oscurece, la luna no ilumina. Pediré cuentas al mundo de su maldad, y a los malvados de su culpa; acabaré con la insolencia de los soberbios y humillaré la arrogancia de los tiranos. Haré a los hombres más escasos que el oro fino, a los humanos más raros que el oro de Ofir. Haré temblar los cielos y moverse la tierra de su sitio, por el furor del Señor del universo, el día del incendio de su ira.


En Vísperas


Gén 8,4-21: El día diecisiete del mes séptimo, el arca encalló sobre las montañas de Ararat. El agua continuó disminuyendo hasta el mes décimo, y el día primero de ese mes asomaron los picos de las montañas. Pasados cuarenta días, Noé abrió la claraboya que había hecho en el arca y soltó el cuervo, que estuvo saliendo y retornando hasta que se secó el agua en la tierra. Después soltó la paloma, para ver si había menguado el agua sobre la superficie del suelo. Pero la paloma no encontró donde posarse y volvió al arca, porque todavía había agua sobre la superficie de toda la tierra. Él alargó su mano, la agarró y la metió consigo en el arca. Esperó otros siete días y de nuevo soltó la paloma desde el arca. Al atardecer, la paloma volvió con una hoja verde de olivo en el pico. Noé comprendió que el agua había menguado sobre la tierra. Esperó todavía otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió. El año seiscientos uno, el día primero del mes primero se secó el agua en la tierra. Noé abrió la claraboya del arca, miró y vio que la superficie del suelo estaba seca. El día veintisiete del mes segundo la tierra estaba seca. Entonces dijo Dios a Noé: «Sal del arca con tu mujer, tus hijos y tus nueras. Haz salir también todos los animales que están contigo, todas las criaturas: aves, ganados y reptiles; que se muevan por la tierra, sean fecundos y se multipliquen en ella». Salió, pues, Noé con sus hijos, su mujer y sus nueras. También salieron del arca, por familias, todos los animales, todos los ganados, todas las aves y todos los reptiles que se mueven sobre la tierra. Noé construyó un altar al Señor, tomó animales y aves de toda especie pura y los ofreció en holocausto sobre el altar. El Señor olió el aroma que aplaca.


Prov 10,31-32;11,1-12: De boca honrada brota sabiduría, la lengua tramposa será cercenada. Labios honrados destilan agrado, de la boca del malvado brota el engaño. El Señor detesta la balanza engañosa, los pesos exactos lo complacen. Tras la soberbia llega la vergüenza, con los humildes está la sabiduría. La integridad guía a los honrados, la falsedad descarría a los malvados. La riqueza es inútil el día del castigo, pero la justicia salva de la muerte. La honradez del justo le allana el camino, el malvado caerá en su propia maldad. La rectitud salva a los honrados, la codicia acaba con los ruines. Muere el malvado y muere su esperanza, acaba la confianza que puso en las riquezas. El honrado se libra del peligro, y el malvado entra en su lugar. La boca del malvado arruina a su prójimo, el honrado se pone a salvo porque lo sabe. Si el justo prospera, se alegra la ciudad, y si se arruina el malvado, hace fiesta. Por la bendición de los rectos prospera la ciudad, por la boca de los malvados se arruina. El insensato desprecia a su prójimo, el hombre prudente se calla.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

12/03 - Gregorio el Dialoguista, Obispo de Roma


El papa de Roma Gregorio I, con más justicia llamado «Magno» (es decir, «el Grande»), el primer papa que fue monje, ascendió a la sede apostólica cuando Italia se hallaba en una condición deplorable, como consecuencia de las luchas entre los ostrogodos y el emperador Justiniano, que terminaron con la derrota y muerte de Totila, en el año 562. Roma era la que más había sufrido: en siglo y medio fue saqueada cuatro veces y conquistada otras tantas en veinte años, sin que nadie se hubiera ocupado en restaurar los daños ocasionados por el pillaje, el fuego y los terremotos. San Gregorio escribió sobre esta situación, hacia el año 593: «Nosotros vemos lo que ha llegado a ser aquélla que antes fue señora del mundo. Abatida por las inmensas y múltiples desgracias que ha sufrido... ruinas sobre ruinas por doquier... ¿Dónde está el Senado?... ¿Dónde está el pueblo?... Nosotros, los pocos que hemos quedado, estamos amenazados cada día por la espada e incontables pruebas... Roma desierta está en llamas...»


La familia que ya había dado a la Iglesia dos papas, Agapito I y Félix III, tatarabuelo de Gregorio, era una de las pocas familias patricias que aún quedaban en Roma. Poco se sabe de Gordiano, el padre de Gregorio, aparte de que poseía extensas propiedades en Sicilia, así como una casa en la colina Coeli; a su esposa Silvia se le reconoce como santa en el Martirologio Romano. Gregorio parece haber recibido la mejor educación de ese tiempo, y haber escogido la carrera de funcionario. En el año 568, una nueva calamidad cayó sobre Italia: la primera invasión lombarda. Tres años después, las hordas bárbaras se acercaron a Roma y cundió la alarma. Gregorio, a los treinta años de edad y con mucha de la prudencia y energía que le caracterizaron, ejerció el cargo civil más encumbrado: el de prefecto de la ciudad, un puesto en el que se ganó el respeto y estimación de los romanos, desarrollando su aprecio por el orden en la administración de los negocios.


Aunque Gregorio cumplía fiel y honrosamente sus funciones, desde hacía tiempo se sentía llamado a una vocación superior, hasta que por fin resolvió apartarse del mundo y consagrarse al servicio de Dios. Era uno de los hombres más ricos en Roma, pero lo dejó todo para recluirse en su casa del distrito de Clivius Scauri, convirtiéndola en monasterio bajo el patrocinio de San Andrés y poniéndola al cargo de un monje llamado Valentius, a quien Gregorio calificó en sus escritos como «el superior de mi monasterio y de mí mismo». Los pocos años que el santo pasó en su retiro fueron los más felices de su vida, aunque el exceso de sus ayunos le acarreó complicaciones gástricas, que originaron la dolencia que lo atormentó por el resto de su vida.


No era posible que un hombre con el prestigio y el talento de san Gregorio permaneciera en la oscuridad en aquellos tiempos agitados, y no tardaron en ordenarle séptimo diácono de la Iglesia Romana para enviarle como "apocrisiarius" papal o embajador ante la corte bizantina. El contraste entre la magnificencia de Constantinopla y la condición miserable de Roma no podía dejar de impresionar al santo; pero encontró la etiqueta de la corte fatigosa y las intrigas repugnantes. Tuvo la gran desventaja de no saber griego y cada vez más se entregó a una vida de retiro junto con varios monjes de San Andrés que la acompañaban. En Constantinopla conoció a san Leandro, obispo de Sevilla, con quien trabó una amistad de por vida y a cuya petición comenzó un comentario sobre el Libro de Job, que más tarde terminó en Roma y que generalmente se conoce como su «Moralia». La mayoría de las fechas en la vida de San Gregorio son inciertas, pero probablemente fue a principios del año 586 cuando le llamó a Roma Pelagio II. Se reinstaló inmediatamente en su puesto de diácono en su monasterio de San Andrés, del cual pronto se convirtió en abad; parece ser que este período es al que se refiere la famosa historia que cuenta el Venerable Beda, basado en una vieja tradición inglesa:


San Gregorio caminaba un día por el mercado, cuando advirtió a tres niños de pelo rubio y tez blanca que se exhibían para ser vendidos como esclavos. El santo se interesó por su nacionalidad. «Son anglos (o angli)» fue la respuesta. «Su nombre es apropiado -dijo el santo- porque tienen rostros de ángel y se necesita ser así para gozar de la compañía de los ángeles en el cielo». Cuando supo que eran paganos, preguntó de qué provincia venían. «Deira», le respondieron - «¡De ira!» exclamó san Gregorio; «Sí; ciertamente han sido salvados de la ira de Dios y llamados a la misericordia de Cristo. ¿Cómo se llama el rey de ese país?», «Aella», le dijeron; «Entonces el aleluya debe cantarse en la tierra de Aella». Quedó tan fuertemente impresionado por la belleza de las criaturas y tan conmovido por su ignorancia de Cristo, que resolvió predicar el Evangelio en Bretaña y partió en seguida con varios de sus monjes. Sin embargo, cuando el pueblo romano supo de su partida, elevó tales protestas, que el papa Pelagio mandó enviados para hacerlo regresar.


Gregorio se interesó profundamente por la misión de san Agustín en Inglaterra.


Las “Misas Gregorianas” para difuntos de la Iglesia Latina tienen su origen en este período. Justus, uno de los monjes que estaba enfermo, confesó haber guardado tres coronas de oro y el abad prohibió severamente a los hermanos tener contacto con él y visitarlo en su lecho de muerte. Cuando murió, fue excluido del cementerio de los monjes y enterrado en un muladar junto con las piezas de oro. Sin embargo, como murió arrepentido, el abad ordenó que se ofrecieran misas durante treinta días para el reposo de su alma y se tiene el propio testimonio de san Gregorio de que, al término de ese período, el alma del difunto se le apareció a Copiosus, su hermano natural, asegurándole que había estado atormentado, pero que ahora se encontraba libre.


Entre tanto, en Roma se sucedían las calamidades: a las frecuentes inundaciones causadas por el desbordamiento del Tíber, siguió una terrible epidemia de peste que diezmó a la población y, en el año 590, arrebató la vida al papa Pelagio. El pueblo escogió a Gregorio como nuevo Pontífice y el santo, como primera medida para acabar con la peste, organizó una grandiosa procesión litúrgica por las calles de Roma. De siete iglesias de la ciudad salieron las gentes para reunirse en Santa María Mayor. San Gregorio de Tours, basado en los informes de un testigo, describió así la procesión: «Había sido organizada para que durara el día miércoles, pero se prolongó durante tres días sucesivos: las columnas caminaban por las calles, cantando el Kyrie eleison, en tanto que la peste seguía en su apogeo; mientras caminaba la gente había unos que caían muertos. Gregorio les infundía valor, hablándoles sin cesar para pedirles que no dejaran de orar». La fe de la población se vio recompensada, porque después de aquel acto, la plaga disminuyó rápidamente, hasta desaparecer. Así nos lo informan los escritores contemporáneos, y el pueblo erigió sobre el mausoleo de Adrián la estatua del Arcángel que, hasta nuestros días remata la torre del castillo de Sant´Angelo, nombrado así en honor de San Miguel, desde el siglo X.


Aunque Gregorio desde entonces se dedicó a asistir a sus conciudadanos, sus inclinaciones seguían la dirección de una vida de contemplación y no tenía ninguna intención de ser papa, si lo podía evitar: le escribió al emperador Mauricio pidiéndole que no confirmara la elección; pero según nos cuenta Gregorio de Tours: «Mientras estaba preparándose para huir y esconderse, fue detenido y llevado a la Basílica de San Pedro y allí se le consagró para el cargo pontificio; fue presentado como papa al público que lo aclamaba». Lo anterior tuvo lugar el 3 de septiembre de 590.


La correspondencia cruzada con Juan, arzobispo de Ravena, quien modestamente lo censuró por tratar de evadir el cargo, originó que Gregorio escribiera la Regula Pastoralis, un libro sobre las funciones episcopales. En él reconoce al obispo como el primero y principal doctor de almas, cuyas obligaciones primordiales son las de catequizar y hacer cumplir la disciplina. La obra obtuvo éxito inmediato y el emperador Mauricio mandó que fuera traducida al griego por Anastasio, patriarca de Antioquía. Más tarde, San Agustín la llevó a Inglaterra, donde 300 años después fue traducida por el rey Alfredo; en los concilios convocados por Carlomagno, el estudio del libro se hizo obligatorio para todos los obispos, quienes recibían un ejemplar al ser consagrados. Los ideales de Gregorio fueron en adelante los del clero de occidente y han seguido inculcándose a los obispos en los tiempos modernos.


Desde el momento en que asumió el cargo de papa de Roma, Gregorio se impuso el doble deber de catequizar y cumplir con la disciplina. Rápidamente destituyó al archidiácono Laurencio, el eclesiástico más importante de Roma, «cuyo orgullo y mal comportamiento sería mejor mantener en silencio», como dice la antigua crónica. En su lugar, designó un «vice dominus» para vigilar los asuntos seculares de la casa papal, ordenó que sólo se designaran clérigos para el servicio del papa, prohibió el cobro injusto de primas por entierros en iglesias, por ordenaciones o por conferir el palio y no permitió a los diáconos dirigir la parte cantada de la misa, a menos que fueran escogidos por sus voces más que por su carácter. También como predicador se destacó san Gregorio. Gustaba de predicar durante la misa, escogiendo de preferencia temas del Evangelio del día y, hasta nosotros han llegado algunas de sus homilías, llenas de elocuencia y sentido común, terminadas con una enseñanza moral que podía adaptarse a cada caso.


En las instrucciones a su vicario en Sicilia y a los supervisores de su patrimonio, Gregorio insistía constantemente en un trato más liberal hacia sus vasallos y campesinos; aconsejaba que se les facilitara dinero a los que estuvieran en dificultades. Por cierto que fue un excelente administrador de la Sede Pontificia: todos los súbditos estaban contentos con lo que les tocaba en la distribución de bienes y aún entraba dinero a la tesorería. Después de su muerte, lo culparon de haber dejado las arcas vacías a sus sucesores, pero sus generosas caridades -que llegaron a tomar la forma de una asistencia estatal- salvaron tal vez del hambre a miles en aquel período de tanta pobreza. Utilizó fuertes sumas para rescatar prisioneros de los lombardos; alabó la actitud del obispo de Fano que arrancó las láminas de oro de los altares para venderlas y obtener dinero para los rescates y recomendó a los demás prelados que hicieran lo mismo. Ante la amenaza de escasez de trigo, llenó los graneros de Roma y llevó una lista regular de los pobres a quienes se les entregaba periódicamente el grano. A las «damas en decadencia» les dispensaba una consideración especial. Su sentido de justicia se mostró en su trato suave hacia los judíos, a quienes protegía de los ataques personales o contra sus sinagogas. Declaró que no debía obligárseles, sino ganárselos por la humildad y la caridad. Cuando los hebreos de Caguán, en Cerdeña, se quejaron de que su sinagoga había sido ocupada por un judío converso que la transformó en iglesia, san Gregorio ordenó que fuera restituida a sus legítimos propietarios.


Desde el comienzo de su pontificado, el santo tuvo que enfrentarse a las agresiones de los lombardos, quienes desde Pavía, Spoleto y Benevento hicieron incursiones a diversas partes de Italia. No podía obtenerse ayuda alguna de Constantinopla o del exarca de Ravena y recayó sobre Gregorio, el hombre fuerte, no solamente organizar la defensa de Roma, sino prestar ayuda a otras ciudades. Cuando en 593 Agilulfo apareció ante los muros de Roma con un ejército lombardo, provocando el pánico general, no salió a entrevistar al rey lombardo únicamente el prefecto civil o el jefe militar, sino también el Vicario de Cristo. Tanto por su personalidad y prestigio, como por la promesa que hizo de pagar un tributo anual, Gregorio indujo al rey lombardo a retirar su ejército y dejar en paz a la ciudad. Durante nueve años luchó en vano para llegar a un arreglo entre el emperador bizantino y los lombardos; Gregorio procedió entonces por su cuenta a negociar un tratado con el rey Agilulfo, y obtuvo un armisticio especial para Roma y sus distritos circundantes. Pero solamente los últimos días en la vida de san Gregorio fueron alegrados por las noticias del restablecimiento de la paz. Sin duda que fue un alivio para el santo poder apartar su pensamiento del ajetreado mundo para concentrarlo en sus escritos.


Hacia fines de 593, publicó sus célebres «Diálogos», uno de los libros más leídos en la Edad Media. Es una colección de relatos, profecías y milagros, extraídos de la tradición y expuestos en tal forma, que muestran los esfuerzos de los fieles italianos por alcanzar la santidad. Las historias eran las que transmitían de boca en boca las gentes que, en muchos casos, fueron testigos de los hechos ocurridos. Los métodos de san Gregorio no son críticos. La evidencia en favor del autor parece concluyente.


De toda su labor religiosa en occidente, la que estaba más cercana a su corazón era la conversión de Inglaterra y el éxito que coronó sus esfuerzos, encaminados hacia esta dirección fue para él, como necesariamente lo es para los ingleses, el mayor triunfo de su vida. Parece probable que el primer intento de enviar una misión provino de Inglaterra misma. Esto se infiere en las dos cartas de san Gregorio que aún se conservan. Al escribir a los reyes franceses Thierry y Teodeberto, dice: «Tenemos noticias de que la nación de los anglos desea ardientemente ser convertida a la fe; pero los obispos de las comarcas vecinas no hacen caso (a su deseo piadoso) y se niegan a secundarlo enviando sacerdotes». A Brunilda le escribió casi en los mismos términos. Los obispos aludidos eran probablemente los del norte de Francia y no los ingleses galeses o escoceses. Respecto a este problema, la primera medida del papa fue la de ordenar la compra de varios esclavos ingleses, sobre todo, jóvenes de 17 o 18 años, con objeto de educarlos cristianamente para el servicio de Dios. Aún así, no eran ellos a quienes quería encomendar en principio la labor de conversión. De su propio monasterio de San Andrés, seleccionó un grupo de cuarenta misioneros, a quienes puso a las órdenes de Agustín. Podemos decir, junto con el Venerable Beda: «Si Gregorio no es apóstol de los demás, lo es para nosotros, puesto que somos su sello de apostolado ante el Señor».


Durante casi todo su pontificado, san Gregorio estuvo en conflicto con Constantinopla, a veces con el emperador, otras con el patriarca y ocasionalmente con ambos. Protestó siempre contra los tributos injustos de los funcionarios bizantinos, cuyas despiadadas extorsiones redujeron a los campesinos italianos a la miseria; protestó también ante el emperador, por un edicto que prohibía a los soldados abrazar la vida religiosa. Con Juan el Abstemio, patriarca de Constantinopla, sostuvo una correspondencia mordaz sobre el título de ecuménico o universal que se había otorgado el jerarca. Sólo significaba una autoridad general o superior de un arzobispo sobre muchos, pero el uso del título «Patriarca Euménico» parecía en aquella época dar lugar a la arrogancia, y Gregorio lo resentía. Por su parte, aunque era uno de los más activos defensores de la dignidad papal, prefería asignarse el orgullosamente humilde título de «Servus Servorum Dei» (Siervo de los siervos de Dios, un título que aún ostentan sus sucesores). En 602, el emperador Mauricio fue depuesto por una revuelta militar capitaneada por Focas, quien asesinó al anciano emperador y a su familia. Haber escrito una carta, en términos diplomáticos a este cruel usurpador, fue el único acto que expuso al papa a críticas hostiles. La carta habla principalmente de la esperanza de que la paz quede asegurada. Por el interés de su pueblo indefenso, a Gregorio no le convenía lanzar acusaciones.


En sus trece años de pontificado, Gregorio realizó el trabajo de toda una vida. Su diácono, Pedro, aseguró que nunca descansaba y por cierto que no se cuidaba, aunque sufría de una gastritis crónica que le hacia padecer mucho y le dejó en los huesos; pero el papa no se concedía reposo y, pese a sus males, siguió dictando cartas y atendiendo los asuntos de la Iglesia hasta el fin. Una de sus últimas acciones fue la de enviar una gruesa manta a un obispo pobre que sufría de un catarro. San Gregorio fue enterrado en San Pedro y el epitafio en su tumba dice así: «Después de haber llevado al cabo sus acciones, conforme a sus doctrinas, el gran cónsul de Dios fue a gozar de sus triunfos eternos».


Se le reconoce a san Gregorio la compilación del Antifonario, la revisión y reestructuración del sistema de música sacra, la fundación de la famosa ‘Schola cantorum’ de Roma y la composición de varios himnos muy conocidos. Aunque esos derechos le han sido discutidos, ciertamente que tuvo una influencia considerable en la liturgia romana. Pero su verdadera obra se proyecta en otras direcciones. Se le venera como el cuarto Doctor de la Iglesia Latina, por haber dado una clara expresión a ciertas doctrinas religiosas que aún no habían sido bien definidas. Por varios siglos, la última palabra en teología era la suya, aunque más que teólogo era un predicador popular, catequista y moralista. Quizá su mayor labor fue el fortalecimiento de la Sede Romana. Como escribe el anglicano Milman en su «History of Latín Christianity»: «Es imposible concebir cuál sería la confusión, la falta de leyes, el estado caótico de la Edad Media sin el papado de esa época y, de éste, el verdadero padre es Gregorio Magno». No sin razón la Iglesia le asignó el título, raras veces otorgado, de Magnus, »Magno».


Como ya se dijo, el rey Alfredo Magno hizo una traducción de la Regula Pastoralis y dio un ejemplar a cada uno de sus obispos; le agregó un prefacio y un epílogo escritos por él, así como unos versos anglo-sajones de los cuales puede darse una idea con la siguiente traducción en prosa:


Este mensaje lo trajo Agustín a través del salado mar, desde el sur a las islas, tal como el papa de Roma, el Campeón del Señor, lo decretó previamente. El sabio Gregorio era versado en muchas doctrinas verdaderas, mediante la sabiduría de su mente y su tesoro de meditaciones continuas. Porque sobresalió de entre los hombres hasta alcanzar al guardián del cielo (San Pedro); fue el mejor de los romanos, el más sabio de todos, el más gloriosamente famoso. Posteriormente, el rey Alfredo tradujo cada palabra al inglés y me envió a sus amanuenses del sur y del norte, y ordenó traer aun más ejemplares, después del primero, para enviárselos a sus obispos, pues muchos que sabían poco latín lo necesitaban.


Las propias cartas y escritos de San Gregorio son las fuentes de información más fidedignas para la historia de su vida, pero además tenemos una breve biografía en latín de un monje de Whitby, que probablemente data de principios del siglo VIII; otra del diácono Paulo, de fines del mismo siglo y una tercera del diácono Juan, escrita entre el 872 y el 882. Tenemos también noticias valiosas en Gregorio de Tours, Beda y otros historiadores, especialmente en el Líber Pontificalis. Para las cartas de San Gregorio debe consultarse la edición del P. Ewald y L. M. Hartmann en MGH. Una biografía moderna y valiosa, dentro de una pequeña edición es la de Mons. Batiffol en la serie Les Saints. Ver también el Acta Sanctorum, marzo, vol. II; Lives of the Popes, vol. I, de Mann; Life of St. Gregory the Great, de Snow; Histoire de l'Eglise, vol. V, (1938), de Fliche y Martín; y, entre los escritores anglicanos, el cuidadoso trabajo del Dr. J. H. Dudden St. Gregory the Great (1905). La literatura sobre el particular es muy vasta.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

12/03 - Teófanes el Confesor


San Teófanes, que nació en el año 760, era hijo de padres ilustres. Fue en la corte del emperador Constantino V donde creció. Su padre murió a temprana edad, dejándole en herencia una gran propiedad y nombrando tutor al emperador, de cuya Guardia de Corps Ceremonial se hizo miembro Teófanes.


Lo obligaron a casarse, pero por convenio mutuo, los esposos guardaron su castidad, se separaron y se retiraron a la soledad.


Parece que Teófanes construyó dos monasterios, uno en el Monte Sigriana, cerca de Cícico, y el otro en la Isla de Calónimo, que era parte de su herencia. Ahí estableció su residencia y permaneció seis años. Eventualmente regresó al Monte Sigriana, donde ejerció el cargo de abad.


En el 787, Teófanes participó en el segundo Concilio de Nicea, que sancionó el uso y veneración de imágenes sagradas. Pero más tarde, en el 814, León el Armenio rechazó la decisión de sus predecesores e intentó suprimir el culto a las imágenes. Reconociendo la autoridad y reputación de san Teófanes, trató de ganárselo mediante cartas corteses y astutas, pero el santo estaba bien armado contra todas las artimañas que pudieran ser utilizadas para inmiscuirlo. A la edad de 50 años, comenzó a verse afectado de graves dolencias, pero, cuando el emperador lo llamó a Constantinopla, obedeció, a pesar de que sufría intensamente por sus enfermedades.


A los mensajes halagadores o amenazantes de León el Armenio, el santo respondió de esta manera: «Mi avanzada edad, el quebrantamiento de mi salud y la debilidad de mi cuerpo, no me dejan inclinación para todas aquellas cosas que yo desprecié, por gracia de Dios, en mi juventud. Si tú piensas asustarme para tener mi complacencia, como le sucede a un niño con la vara, pierdes tu tiempo». El emperador envió a varios emisarios para discutir con él, pero permaneció inflexible. Se le condenó a recibir 300 azotes y luego fue enviado por dos años a un calabozo solitario y hediondo, donde apenas se le daba lo necesario para vivir. Su enfermedad se agravó y cuando por fin fue puesto en libertad y desterrado a la Isla de Samotracia, murió el 12 de marzo del 817, diecisiete días después de su llegada.


Dejó una cronografía o historia breve del mundo hasta el año 813, comenzando desde el 284 d.C., fecha en que terminaba una historia escrita por su amigo Jorge Sincelo, auxiliar del patriarca san Tarasio; por ello también se le conoce como «El Cronógrafo».



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Jueves de la III Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 11,10-12,2: Así dice el Señor: «Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada». Aquel día, el Señor tenderá otra vez su mano para rescatar el resto de su pueblo: los que queden en Asiria y en Egipto, en Patros, Cus y Elán, en Sinar, Jamat y en las islas del mar. Izará una enseña hacia las naciones, para reunir a los desterrados de Israel, y congregar a los dispersos de Judá, desde los cuatro extremos de la tierra. Cesará la envidia de Efraín, se acabará la hostilidad de Judá: Efraín no envidiará a Judá, ni Judá será hostil a Efraín. Caerán contra el flanco de los filisteos a Occidente, juntos despojarán a los hijos del Oriente: Edón y Moab son su propiedad, los amonitas son sometidos. El Señor secará la lengua del mar de Egipto, agitará su mano contra el Nilo, con su soplo ardiente lo dividirá en siete brazos, lo cruzarán en sandalias, y habrá una calzada para el resto de su pueblo que quede en Asiria, como la calzada de Israel cuando subió de Egipto. Ese día dirás: «Te doy gracias, Señor, porque estabas airado contra mí, pero ha cesado tu ira y me has consolado. Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación».


En Vísperas


Gén 7,11-8,3: En el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes, reventaron las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo, y estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches. Aquel mismo día entró Noé en el arca con sus hijos, Sem, Cam y Jafet, su mujer y sus tres nueras; y con ellos toda clase de fieras, de ganados, de reptiles, que se arrastran por la tierra, y de aves (pájaros y seres alados), según sus especies. Entraron con Noé en el arca parejas de todas las criaturas con aliento vital; de todas las criaturas entraron macho y hembra, como se lo había mandado Dios. Y tras él cerró el Señor la puerta. El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra; el agua creció y levantó el arca, que se alzó por encima de la tierra. El agua se hinchaba y crecía mucho sobre la tierra y el arca flotaba sobre la superficie del agua. El agua se hinchaba más y más sobre la tierra, hasta cubrir las montañas más altas bajo el cielo; unos siete metros por encima subió el agua, cubriendo las montañas. Perecieron todas las criaturas que se movían en la tierra: aves, ganados, fieras y cuanto bullía sobre la tierra; y todos los hombres. Todo lo que exhalaba aliento de vida, todo cuanto existía en la tierra firme, murió. Así fueron exterminados todos los seres de la superficie del suelo, desde los hombres hasta los ganados, los reptiles y las aves del cielo; todos fueron exterminados de la tierra. Solo quedó Noé y los que estaban con él en el arca. Las aguas llenaron la tierra durante ciento cincuenta días. Entonces Dios se acordó de Noé, de todas las fieras y de todo el ganado que estaban con él en el arca; Dios hizo soplar el viento sobre la tierra y el agua comenzó a bajar. Se cerraron los manantiales del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia del cielo. El agua se fue retirando poco a poco de la tierra y decreció.


Prov 10,1-23: Hijo sensato, alegría de su padre; hijo necio, tristeza de su madre. Tesoros injustos de nada sirven, mas la justicia libra de la muerte. El Señor no deja que el justo pase hambre, pero rechaza la codicia del malvado. Manos perezosas generan pobreza; brazos diligentes, riqueza. Hombre prudente recoge en verano, quien duerme durante la cosecha se abochorna. La cabeza del honrado atrae bendiciones, la boca del malvado encubre violencia. El recuerdo del justo es bendito, el nombre del malvado se extingue. El hombre juicioso acepta el mandato, el que habla necedades se pierde. Hombre sincero camina seguro, hombre retorcido queda al descubierto. Guiñar el ojo acarrea pesares, reprender con franqueza es buen remedio. Manantial de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre violencia. El odio provoca reyertas, el amor disimula las ofensas. En labios prudentes hay sabiduría, la espalda del necio se mide con la vara. El sabio atesora saber, la boca del necio es ruina inminente. La fortuna del rico es su baluarte, la miseria es la ruina del pobre. El salario del honrado es la vida; la ganancia del malvado, el fracaso. Quien se deja instruir se encamina a la vida, quien rechaza la reprensión se extravía. Labios embusteros encubren el odio, quien difunde calumnias es un insensato. Quien mucho habla no escapa al pecado, quien refrena los labios se llama sensato. Plata de ley la boca del honrado, mente perversa no sirve de nada. Labios honrados apacientan a muchos, la falta de juicio mata a los necios. La bendición del Señor enriquece, junto a ella el esfuerzo no es nada.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española