27/09 - Calistrato el Mártir y sus 49 Compañeros


Calistrato nació a mediados del siglo III de padres cristianos que vivían en Calcedonia, una antigua ciudad en la costa opuesta a Bizancio (actual Kadiköy, Turquía). Ocoro, uno de sus antepasados, que también era soldado en el ejército romano bajo Poncio Pilato, estuvo en Jerusalén en el momento de la crucifixión, el entierro y la resurrección de Cristo.


Habiendo presenciado estos eventos de primera mano, y al escuchar la predicación de los apóstoles, creyó y fue bautizado en Pentecostés. Ocoro regresó a casa e instruyó a su familia -y a cualquiera que quisiera escuchar- en la fe cristiana. Cada generación enseñó y siguió a Cristo y Sus enseñanzas. Entre ellos se encontraba Calistrato.


Siendo voluntario para servir en el ejército romano, Calistrato se encontró a sí mismo como el único cristiano en la unidad de Calcedonia. En secreto se levantaba tarde por la noche para orar, y, secretamente, les enseñaba a otros soldados acerca de Cristo. Después de servir durante varios años, su unidad se estacionó en Roma en el año 288. Esto ocurrió durante el reinado de Diocleciano (284-305), que pasó sus primeros quince años como emperador purgando su ejército y gobierno de cristianos, lo cual fue seguido por su "Gran Persecución " de los cristianos en el año 303.


Una noche, mientras estaba en Roma, algunos de sus compañeros soldados le oyeron rezando a Jesús y trataron de convencerlo de que le ofreciera incienso y sangre a Zeus, pero fue en vano. Estando bajo las órdenes del emperador, informaron al Capitán Presentino a la mañana siguiente. Inmediatamente, Presentino hizo que Calistrato fuera llevado ante él, lo interrogó y le ordenó que obedeciera, que cumpliera con el edicto de Diocleciano y le hiciera un sacrificio a Zeus, no fuera que él, el capitán, fuera obligado a destruirlo cruelmente. Manteniéndose firme, Calistrato respondió que, si negaba a Cristo, Cristo lo negaría a él, sería excluido del Reino de los Cielos (Mateo 10:33) y sufriría el tormento eterno. El capitán rápidamente ordenó que Calistrato fuera retenido y golpeado con palos. Mientras ocho hombres se turnaban para golpearlo, Calistrato oró a Cristo para que lo fortaleciera y para que permaneciera fiel contra el maligno.


Al ver brotar ríos de sangre, Presentino ordenó a sus soldados que dejaran de golpear a Calistrato, y una vez más le dio la oportunidad de adorar a los dioses romanos para que no sufriera más. Calistrato se negó y oró para que otros de su unidad también se levantaran y alabaran a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Enfurecido por su respuesta, el Capitán Presentino hizo que sus hombres hicieran añicos fragmentos de cerámica, los esparcieron por el suelo y estiraran a Calistrato sobre las piezas afiladas para que su parte posterior fuera lacerada aún más. Luego ordenó que le colocaran un embudo en la boca y le vertieran agua en la garganta hasta que se hinchara como un odre lleno. Continuamente orando para permanecer indomable en su fe, Calistratos amonestó al capitán como un desvergonzado combatiente de Satanás y profetizó que Cristo convocaría hombres de su propia unidad, los iluminaría en la Verdadera Fe y construiría una iglesia cristiana en la ciudad. 


Presentino respondió a estas palabras que era ridículo que Calistrato pensara que podía llevar a otros a su Dios y fundar una iglesia, mientras que él mismo era un impío y se enfrentaba la muerte. Habiendo recibido órdenes de ahogar a Calistrato, el capitán ordenó meterlo en un gran saco de lino, cargarlo en un bote, transportarlo lejos de la costa y arrojarlo al mar. El Capitán Presentino y sus soldados observaban desde la orilla mientras los hombres remaban regresando hacia tierra. Mientras tanto, Calistrato oró fervientemente. Quedó atrapado entre algunas rocas afiladas que rompieron el saco. En ese momento, por orden de Dios, dos delfines lo flanquearon y lo llevaron a la orilla. Calistrato comenzó a cantar un salmo de acción de gracias, observándolo los soldados con su capitán con gran asombro.


Al llegar a Calistratos a tierra, cuarenta y nueve de los soldados se postraron ante él y profesaron su fe en Jesucristo. Entonces, Calistrato oró para que el Señor los preservara y fortaleciera. Sin embargo, Presentino juró por sus dioses y acusó a Calistratos de utilizar la hechicería para embrujar a estos hombres. Ordenando que estos cincuenta soldados fueran atados y llevados de vuelta a su base militar, Presentino se sentó en el tribunal y ordenó que cada uno de los cuarenta y nueve fuera brutalmente golpeado con varas y encarcelados junto con Calistratos. Esa noche, el capitán Presentino se preguntó qué hacer, porque la pérdida de cincuenta soldados bajo su mando era una reducción considerable de hombres en su unidad. En la prisión, los cuarenta y nueve hombres suplicaron a Calistrato que les convirtiera en cristianos y les enseñaran la palabra de Dios. Después de orar por ellos, Calistrato comenzó a instruirlos y responder sus preguntas. Un escriba que estaba cerca de la prisión escuchó y grabó sus palabras en taquigrafía. Cuando, finalmente terminó y todos callaron, Calistrato pasó el resto de la noche en oración.


Al amanecer, el capitán Presentino se sentó en el tribunal, en un gran salón donde se habían instalado estatuas de los diversos dioses romanos. Los soldados de la unidad de Calcedonia y un buen número de soldados con sus capitanes se reunieron allí. Presentino ordenó que los cincuenta fueran llevados ante él. Entonces el capitán le preguntó a Calistrato dónde había aprendido a embaucar a sus soldados, y si estaba listo para instruirlos a sacrificar a los dioses romanos y salvarse. Calistrato respondió que él ya había dado su respuesta y que no negaría a Cristo, pero que, en cuanto a los demás, eran adultos y podían responder por sí mismos. Afirmando que habían sido engañados, Presentino les preguntó si querían dejar de seguir al que consideraba un hechicero o no. A una sola voz, profesaron su fe en el Dios Trino.


Una vez más, el capitán Presentino ordenó que fueran azotados con varas verdes, atados de pies y manos y arrastrados hasta el borde de un lago. Allí Presentino les dio una última oportunidad de sacrificar a los dioses romanos o ser ahogados. Cada uno confesó su fe en Cristo y su disposición a morir por él. Justo antes de ser arrojados al lago, Calistrato suplicó al verdadero Dios que este fuera su bautismo y entrada en Su Reino para que pudieran llegar a ser colaboradores con el Espíritu Santo. Habiendo dicho simultáneamente «Amén», fueron arrojados al lago. Inmediatamente al entrar en el agua, sus ataduras se soltaron, salieron a la superficie, caminaron sobre la orilla y resplandecieron con la gracia del Espíritu Santo. Cuando salieron del agua, una luz apareció sobre sus cabezas y una voz del Cielo habló, diciendo: «¡Estad de buen ánimo, mis amados, porque yo estoy con vosotros; alegraos, porque he aquí he preparado para vosotros un lugar en Mi reino. Alegraos, porque he escrito vuestros nombres en el Libro de la Vida"». Al mismo tiempo, hubo truenos y un gran terremoto que hizo que los ídolos cayeran y se rompieran en pedazos. Al presenciar estas maravillas, ciento cinco soldados más creyeron en Jesús el Cristo.


El temeroso Presentino siguió siendo duramente insensible e incrédulo, y ordenó que los cincuenta regresaran a la prisión. Allí rezaban y, una vez más, Calistratos les enseñaba. Mientras tanto, el capitán Presentino buscó el consejo de un “vir ducenarius”, un comandante de doscientos hombres. Siguiendo su consejo, Presentino envió soldados a la prisión con órdenes de decapitar a los cincuenta. Por lo tanto, el día 27 de septiembre, se convirtieron en mártires de Cristo y recibieron coronas de gloria y vida eterna.


Los otros ciento cinco fueron bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Secretamente, por la noche, reunieron las reliquias de los cincuenta santos y les dieron un sepelio apropiado en el lugar donde más tarde construyeron una iglesia dedicada a San Calistrato. Muchas curaciones de almas y de cuerpos se produjeron en este santuario. Posteriormente se supo que esos ciento cinco soldados fueron decapitados más tarde.


LECTURAS


Gál 6,11-18: Hermanos, mirad con qué letras tan grandes os he escrito de mi propia mano. Los que buscan aparecer bien en lo corporal son quienes os fuerzan a circuncidaros; pero lo hacen con el solo objetivo de no ser perseguidos por causa de la cruz de Cristo. Pues ni los mismos que se circuncidan observan la ley, sino que desean que os circuncidéis para gloriarse en vuestra carne. En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

I Domingo de Lucas


Reclamos de la pesca milagrosa


El lugar es la orilla del lago de Genesaret. Jesús encuentra a unos pescadores que lavan sus redes, uno de ellos es Pedro; El Señor entra en una de las dos barcas y dice a Pedro: «Lleva la barca mar adentro, y echa tus redes para pescar.» Pedro contesta: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; mas, (confiando) en tu palabra, echaré las redes.»


Hoy, a la palabra dulce del Señor, la tenemos en la Biblia: ¿Quién de nosotros confía en ella? ¿Quién es conciente de que es «palabra de vida», que ha de acompañarnos, sea cual sea la ocasión?


Simón y sus compañeros, cuando correspondieron al mandato del Señor, alcanzaron gran cantidad de peces; así que llamaron a los de la otra barca para que les ayudaran. Felipe también, uno de los discípulos, apenas encontró a Jesús el Mesías, se apresuró a llamar a su amigo Natanael (Jn 1: 46).


¿Has cosechado tú algún fruto de las palabras del Señor, para llamar a tus amigos a que participen contigo de la Gracia?


Las dos barcas se llenaron a tal grado que casi se hundían. Cuando Pedro lo vio, se postró ante el Señor y dijo: «Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador.» Se dio cuenta de la incompatibilidad de sus pecados con la pureza de Jesús, se advirtió de la distancia entre su propia indignidad y la abundancia de la misericordia del Señor. ¿Quién de nosotros ha sido tan tajante en asimilar que no se trata de hacer convivir nuestros pecados con algunas ideas o ética cristianas? Nuestra religiosidad light no quiere detenerse de pedir, exigir y reclamar a Dios peces, grandes y pequeños, sin importarle que estemos en su Presencia. De tal manera los israelitas, en el Antiguo Testamento, reclamaban a Moisés y murmuraban contra su Dios: «¿Qué vamos a beber? ¿Qué vamos a comer?», en vez de bendecirlo por todo lo que les había hecho cuando los sacó de Egipto, y de llorar la pequeñez de su comportamiento ante la ternura de Dios para con su pueblo. No así Pedro. Él valoró y se prosternó.


El asombro se había apoderado de él (Pedro) y de cuantos con él estaban: La penitencia provoca también una admiración parecida; de hecho, admirar la belleza de Dios, su amor y su cercanía a nosotros forman la parte esencial de nuestra postración penitencial. San Teófano el Recluso dice: «Mientras la habitación esté inmersa en la oscuridad, jamás advertiremos su inmundicia; pero en cuanto sea iluminada con una luz vigorosa, podremos ver hasta el grano de polvo más minúsculo. Lo mismo pasa en la habitación de nuestra vida, la luz de Cristo que penetra en ella nos hace percibir de un modo verdadero nuestro pecado personal.»


A Pedro, purificado por su confesión, el Señor le dice: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Como si le dijera: «Como yo te he atraído a ti, tú atraparás a muchos... No temas el ambiente pecaminoso que te rodee: eres enviado de parte del Señor: Él te dará fuerza, paz y compasión para que conquistes al alma necesitada, y la atraigas a la presencia del Cristo, y quede admirada.»


Cuando los discípulos llegaron a tierra, dejándolo todo, lo siguieron. ¿Qué son las redes, y qué las barcas, ante la belleza y la luz de este Hombre? Y tú, oh alma, ¿acaso todavía sigues cautivada en las redes de tus deseos y vanagloria, o quieres ser capturada por Cristo, pescador de hombres?


La fe del pescador y del apóstol


En el evento de la pesca milagrosa, el Señor, conforme a su costumbre, encamina al hombre del acontecimiento histórico a la esencia didáctica, de la experiencia al objetivo: para Él no es un mero acto milagroso sino una ocasión oportuna para convertir a Pedro, un pescador sencillo, en un apóstol. ¿Cuál fue la experiencia que Simón vivió, y cual fue el resultado?


Generalmente la pesca se lleva a cabo durante la noche, cuando el pescador ataca la tranquilidad del mar y sorprende a los peces con su red. Aquí Pedro, un pescador profesional, confiesa su fracaso: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada.» Mas la palabra de Dios es capaz de atraer a los peces sin consideración alguna de la hora: la red del Señor los atrapará aun a pleno día. Ésta es la experiencia del pescador Pedro. La exclamación «en tu palabra, echaré las redes» lo convierte en un pescador de hombres. Se trata de un cambio en su fe: de un judío que ve en Jesús a un rabí (maestro) cuya palabra es digna de obedecer, a un hombre que mira a Cristo como a Dios ante Quien se presenta con humillación y por Quien se deja todo.


La primera fe, la del pescador –que considera a Cristo como un maestro de religión a quien se debe dar el timón del barco para «enseñar a la muchedumbre» (Lc 5:1)– es una fe aceptable, primaria y básica para acceder a la que es más profunda, que hace de la apostolicidad nuestra constante preocupación: «la profesión del cristiano es ser cristiano», nos dice san Gregorio el Teólogo. Desde luego, esto no significa abandonar nuestros trabajos dado que el mismo Pedro no dejó la pesca. Nuestra vocación es que, estemos donde estemos, y en cualquier lugar o profesión que ocupemos, seamos siempre apóstoles y sigamos a Cristo sin interrupción.


Es bueno que demos a Cristo el timón de nuestra vida convirtiéndonos de la fe del pescador a la fe del apóstol, quien, como luz en el faro, da testimonio del deseo del Señor: «Que todos los hombres se salven y hacia el conocimiento de la verdad adelanten» (1Tim 2:4). Amén.


LECTURAS


Lc 5,1-11: En aquel tiempo, estando Jesús de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.



Fuente: iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XVII Domingo


2 Cor 6,16-18;7,1: Hermanos, ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? Pues nosotros somos templo del Dios vivo; así lo dijo él: Habitaré entre ellos y caminaré con ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por eso, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. No toquéis lo impuro, y yo os acogeré. Y seré para vosotros un padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor omnipotente. Teniendo, pues, estas promesas, queridos, purifiquémonos de toda impureza de la carne o del espíritu, para ir completando nuestra santificación en el temor de Dios.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

26/09 - La Dormición del Santo Apóstol y Evangelista Juan el Teólogo


Juan es definido en su Evangelio como el discípulo a quien Jesús amaba (cf. Jn 13,23). Gracias a los signos especiales de predilección que Jesús le manifestó en momentos muy significativos de su vida, Juan fue estrechamente ligado a la Historia de la salvación. El primer signo que le demostró el grande afecto de Jesús consistió en que fue llamado a ser su discípulo junto con Andrés, el hermano de Pedro, por medio de Juan el Bautista que bautizaba en el río Jordán y de quien ya eran discípulos. En efecto, cuando Jesús pasaba, el Bautista se lo presentó como "el Cordero de Dios" y de inmediato lo siguieron. Juan se quedó tan impresionado por su encuentro personal con Jesús que nunca olvidó que fue hacia las cuatro de la tarde que Jesús los invitó a seguirlo (cf. Jn 1,35-41). La segunda señal de predilección fue el haber sido un testigo directo de algunos hechos de la vida de Jesús, que luego él reelaboró en el cuarto evangelio, en un modo teológico muy distinto a los evangelios sinópticos (cf. Jn 21,24 ). Y el tercer momento en el cual Jesús mismo le hizo sentir su amistad y su hermandad tan particular fue cuando Jesús, a punto de entregar su espíritu (cf. Jn 19,30), lo quiso asociar de un modo privilegiado al misterio de la Encarnación, confiándolo expresamente a su madre: "aquí tienes a tu hijo"; y encargándole expresamente a su madre: "aquí tienes a tu madre". (cf. Jn 19,26-27).


Algunos datos históricos sobre la vida de Juan


Las fuentes de las que se han extraído los datos de la vida de Juan como apóstol, como evangelista y como "hijo adoptivo" de María, no siempre coinciden. De los evangelios sabemos que junto con su hermano Santiago -que también será un apóstol- los dos eran pescadores originarios de Galilea, de una zona del lago Tiberíades, y que juntos fueron apodados "los hijos del trueno" (cf. Mc 3,17). Su padre era Zebedeo y su madre Salomé. A Juan lo encontramos en el círculo estrecho de los apóstoles que acompañaron a Jesús cuando realizó algunas de las "señales" más importantes (cf. Jn 2,11) de su progresiva revelación como un tipo de Mesías muy distinto del que el pueblo de Israel se esperaba (Lc 9,54-55). En efecto, cuando Jesús resucitó a la hija de Jairo (cf. Lc 8,51), cuando se transfiguró en el Monte Tabor (cf. Lc 9,28 ), y durante la agonía en Getsemaní (cf. Mc 14,33), Jesús trataba de hacerles entender que debían transformar su mentalidad ligada a la esperanza en un Mesías violento, semejante a Elías pues, en cambio, él era el Hijo amado del Padre (cf. Lc 9,35), él era el Mesías venido del cielo para comunicar la vida divina en abundancia (cf. Jn 10,10), y que también iba a sufrir el rechazo y las injusticias de parte de los jefes religiosos de su pueblo (cf. Mt 16,21). En el evangelio de Juan, Jesús aparece como el Maestro que también intenta, inutilmente, hacer comprender a los judios la lógica paradójica del Reino de Dios (cf. Jn 8, 13-59). Los discípulos, por su parte, son invitados a nacer de nuevo (cf. Jn 3,1-21) para adorar al Padre en Espíritu y en Verdad (cf. Jn 4,23-24); Jesús ora por ellos para que permanezcan unidos por el Amor divino (cf. Jn 17,21) y para que sean alimentados por el Pan de la Vida (cf. Jn 6, 35).


Juan, testigo de Jesús crucificado y resucitado


Durante la Última Cena, Juan se había recostado sobre el pecho de Jesús y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? (cf. Jn 21,20). Juan fue el único de los apóstoles que acompañó a Jesús al pie de la Cruz con María (cf. Jn 19, 26-27). Juan fue el primero que creyó en el anuncio de la resurrección de Jesús hecho por María Magdalena (cf. Mt 28,8): corrió de prisa a la tumba vacía y dejó entrar primero a Pedro para respetar su precedencia (cf. Jn 20,1-8). La tradición añade que algunos años después se trasladó a Éfeso, desde donde evangelizó el Asia Menor. También parece que sufrió la persecución de Domiciano y que fue desterrado a la isla de Patmos. Finalmente, gracias al advenimiento de Nerva como emperador, (96-98) volverá a Éfeso para terminar allí sus días como ultracentenario, hacia el año 104.


"La flor de los Evangelios"


El Evangelio atribuido a Juan fue llamado así por Orígenes. También ha sido llamado el "Evangelio espiritual" o "Evangelio del Logos". Su estilo y su género literario está lleno de "señales", de símbolos y de figuras que no deben ser interpretados literalmente. En el prólogo de su evangelio, Juan usa un refinado lenguaje teológico para mostrar como al inicio de la Nueva creación, en el Nuevo principio ya preexistía el "Logos" divino; logos que significa la Palabra eterna creadora del Padre, que luego fue traducida al latín como "Verbum". En el prólogo del cuarto evangelio Jesús es presentado como la "Palabra divina", la "Luz de de la vida" y "la Sabiduría de Dios preexistente" (cf. Jn 1,1-18). Este evangelio invita a aceptar por medio de una fe llena de estupor y de agradecimiento, la sorprendente revelación que el Verbo de Dios, que nadie había visto, se hizo carne y ha puesto su morada en medio a su pueblo. (cf. Jn 1,14). Por ello, la palabra "creer" se repite casi 100 veces, pues Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4) y tengan vida abundante por la fe en Jesucristo, Dios hecho carne (cf. Jn 11,25).


La identidad de María y la relación filial de Juan hacia ella


El Evangelio de Juan también nos presenta en dos episodios muy emblemáticos la identidad de María y la especial relación de Juan como su "hijo adoptivo": en las bodas de Caná y en el Calvario. En la narración de la señal del agua transformada en el Vino nuevo durante las bodas de Caná, se nos muestra a María como la potente intercesora que anticipa la hora de la revelación de Jesús a su Pueblo (cf. Jn 2,1-12). En el Calvario, en el momento de la glorificación de Cristo, María es presentada como la Mujer que es transformada en la Nueva Eva o Madre de los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,25-27). Si se considera la estrecha relación filial de Juan con María, no es difícil imaginar que la revelación de la figura del Mesías en el evangelio de Juan se haya nutrido también del directo testimonio de María, pues ella mejor que nadie, en sus últimos años de soledad, recogió en su corazón y en sus recuerdos las "señales", los "signos" y las palabras de vida de Jesús. Es pensable pues que las experiencias únicas que ella conservaba en su memoria, las haya compartido luego a los discípulos de Jesús, y en particular a Juan. Por ello, se puede considerar que también María misma fue acogiendo e interpretando progresivamente en la fe, la revelación de que el Hijo de sus entrañas era a la vez el eterno Hijo del Padre, (cf. Jn 10,30), el único Pan de la vida (cf. Jn 6,34), la Luz del mundo (cf. Jn 8,12), la Puerta (cf. Jn 10,7), el Buen pastor (cf. Jn 10,11), la Resurrección y la vida (cf. Jn 11,24), la Vid verdadera (cf. Jn 15,1) y el Camino la Verdad y la Vida (cf. Jn 14,6).


Las tres Epístolas y el Apocalipsis


A la tradición de los discípulos de Juan se le atribuyen las tres "cartas", que tienen también un sabor de breves homilías. El Apocalipsis es un libro canónico, reconocido como inspirado que nació en los ambientes de las iglesias de tradición joánica que sufrían los ataques de las doctrinas gnósticas. Éste, que es el último libro de la Biblia, usa un género literario semejante al de algunos libros proféticos del Antiguo Testamento, como el libro de Daniel (cf. Dn 7), de Ezequiel o de Zacarías. La palabra apocalipsis es la transcripicón de un término griego que significa revelación y no destrucción, como a veces se piensa. Juan dirige siete cartas a las siete iglesias (cf. Ap 1-3) para transmitirnos por medio de personajes y de símbolos muy fascinantes, un mensaje muy concreto de esperanza en que el Cordero degollado (cf. Ap 5,12), o sea, Cristo Salvador triunfará sobre todas las persecuciones y las oposiciones de las fuerzas del mal al Reino de Dios y hará nuevas todas las cosas. Esto sucederá cuando Dios establecerá su Reino de justicia, de amor y de paz al final de los tiempos. En este libro se muestra, con numerosos y sugestivos símbolos, como los siete sellos (cf. Ap 6-8,1), las siete trompetas (cf. Ap 8.6-11,19), los siete ángeles con las siete copas (cf. Ap 15,5-16,21), el fatigoso camino y la lucha que los creyentes de todos los tiempos tienen que afrontar para que un día se realice la edificación de la Nueva Jerusalén (cf. Ap 21-22), hoy diríamos la Civilización del Amor, de la fraternidad y del cuidado de la vida, cuando Jesús, el Alfa y Omega (cf. Ap 22,13), regrese al final de los tiempos. En este sentido, el Apocalipsis es también un libro profético que interpreta la acción de Dios en la historia, asegurando que el Testigo fiel y veraz (cf. Ap 3,14), regresará pronto (cf. Ap 22,20) y vencerá definitivamente al mal, al dolor y a la muerte (cf. Ap 22,1-5).


LECTURAS


En Vísperas


1 Jn 3,21-24;4,1-6: Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha.


1 Jn 4,11-16: Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


1 Jn 4,20-21;5,1-5: Queridos, si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?


En Maitines


Jn 21,14-25: En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Amén.


En la Liturgia


1 Jn 4,12-19: Hermanos, a Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero.


Jn 19,25-27;21,24-25: En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.



Fuente: news.va / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Sábado de la I Semana de Lucas


Lc 4,31-36: En aquel tiempo, bajó Jesús a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz: «¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús le increpó diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño. Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí: «¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española