27/05 - Santo Hieromártir Eladio


Poco se sabe sobre San Eladio.


Este santo, habiéndose limpiado a sí mismo de toda impureza con su modo de vida, se convirtió en un recipiente del Espíritu Santo, por lo que fue elegido como obispo de Dios y se le encomendó dirigir la Iglesia de Cristo durante los primeros años de las duras persecuciones contra la Iglesia.


Siendo pastor, expulsó del rebaño de Cristo a los lobos rapaces, tanto herejes como impíos, que estaban devorando a sus ovejas racionales. 


En la medida en que gobernó sabiamente, mantuvo el barco de la Iglesia intacto y sin ser afectado por todas las olas y tormentas opuestas del mar de la vida. Consiguió atraer a muchos idólatras al cuerpo de la Iglesia.


Por esta razón, provocó el odio de muchos, quienes le obligaron a frenar su actividad y negar a Cristo si quería salvar su vida. Ante la fe inalterable de Eladio, fue condenado a muchos tormentos, pero durante su martirio nuestro Señor Jesucristo se le apareció y le curó sus heridas milagrosamente.


El santo fue entonces arrojado a las llamas, pero se mantuvo sin quemaduras por la gracia de Dios, convirtiendo a muchos incrédulos a la fe en Cristo. Finalmente tras continuados golpes, entregó su alma a las manos de Dios, y el bendito recibió la corona del martirio.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org
Adaptación propia

Miércoles de la VII Semana de Pascua


Hch 23,1-11: En aquellos días, Pablo, mirando fijamente al Sanedrín, dijo: «Hermanos, yo, hasta este día, he procedido ante Dios con conciencia buena e íntegra». El sumo sacerdote Ananías ordenó a sus ayudantes que lo golpeasen en la boca. Entonces Pablo le dijo: «A ti te va a golpear Dios, muro blanqueado. Tú te sientas para juzgarme según la ley, ¿y actuando contra la ley ordenas que me golpeen?». Los presentes dijeron: «¿Insultas al sumo sacerdote de Dios?». Respondió Pablo: «Hermanos, no sabía que era sumo sacerdote, pues está escrito: No hablarás mal del jefe de tu pueblo». Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos». Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas). Se armó un gran griterío, y algunos escribas del partido fariseo se pusieron en pie, porfiando: «No encontramos nada malo en este hombre; ¿y si le ha hablado un espíritu o un ángel?». El altercado arreciaba, y el tribuno, temiendo que hicieran pedazos a Pablo, mandó bajar a la guarnición para sacarlo de allí y llevárselo al cuartel. La noche siguiente, el Señor se le presentó y le dijo: «¡Ánimo! Lo mismo que has dado testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, tienes que darlo en Roma».


Jn 16,15-23: Dijo el Señor a sus discípulos: «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará. Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver». Comentaron entonces algunos discípulos: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice». Comprendió Jesús que querían preguntarle y les dijo: «¿Estáis discutiendo de eso que os he dicho: “Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver”? En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

26/05 - Carpo y Alfeo, Apóstoles de los 70


San Carpo


Las luchas a vida o muerte de este seguidor y muy cercano compañero del Gran San Pablo tuvieron lugar alrededor del año 70.


Cuando, durante un terremoto, la cima de una colina se partió, creando un abismo peligroso, el Santo Apóstol Carpo temió por su vida. ¿Podría él – uno de los Setenta discípulos elegidos para predicar el Evangelio de Jesucristo– caer dentro del abismo producido por el terremoto? A San Carpo el repentino terremoto lo haría luchar desesperadamente para evitar ser tragado por la tierra. También le daría la lección espiritual más grande de toda su vida.


Este dramático incidente ocurrió durante un período en el cual el santo y futuro mártir había estado rezando a Dios, muy enfadado, rogándole que destruyese a dos viles pecadores. Estos dos desvergonzados infieles estaban seduciendo y pervirtiendo a muchos de los jóvenes que vivían en la Isla de Creta, a donde San Carpo había sido enviado por San Pablo a predicar el Santo Evangelio. Para San Carpo, hombre profundamente piadoso y con gran temor de Dios que había sido nombrado por San Pablo Obispo de Berea en la región de Tracia (hoy en día parte de Turquía y Grecia), la clase de comportamiento pecador que estaba presenciando todos los días en Creta era completamente inaceptable. San Carpo, siendo un hombre profundamente espiritual, solía experimentar  frecuentemente visiones venidas de lo alto –un hecho que impresionó profundamente a su mejor amigo en Creta, San Dionisio el Areopagita, quien visitaba frecuentemente al enviado de San Pablo en la isla-. Cada vez que San Dionisio hablaba con el enfurecido obispo, San Carpo mencionaba una y otra vez las obras despreciables que cometían dichos pecadores, que estaban seduciendo a los inocentes y guiándolos hacia el camino de la perdición.


Fervoroso y devoto miembro de Los Setenta, recordado con mucho afecto por el gran maestro San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo (4, 13), se dice que San Carpo experimentaba visiones del Hijo de Dios y de Sus Santos Angeles cada vez que celebraba la Liturgia Divina. A causa de su intensa espiritualidad, San Carpo se ofendía especialmente por el comportamiento licencioso y deseaba que los dos malhechores fueran “destruidos por el fuego.” Sin embargo, un día, cuando estaba rezando con mucha fuerza este resultado escuchó repentinamente, según los historiadores de ese período, una especie de Voz en su interior: 


“Sigue adelante y continúa atormentándome más, pues estoy dispuesto a sufrir y, más aún, a ser crucificado a causa de la salvación de esa gente.”


No había ninguna posibilidad de equivocación con esa Voz: San Carpo estaba escuchando al Santo Redentor, quien parecía estar diciéndole que esos pecadores debían ser perdonados por sus malas obras y no ser arrojados al fuego. El santo luchó muy profundamente en su alma en contra de esta advertencia, pues no podía pasar por alto su enojo ante este tipo de pecado cometido ante el rostro de Dios.


Un día, cuando estaba planeando pasar la tarde haciendo oración en contra de esos pecadores, se dirigió a la cima de una inmensa colina ventosa, y una vez ahí comenzó una vez más a importunar a Cristo Dios para que enviara un fuego devorador que consumiera a los malvados. Pero en vez de satisfacer su dudosa solicitud, el Todopoderoso envió un terrible terremoto que partió en dos la colina dejando, al santo ante el borde de un abismo aterrorizador. En un rapto de miedo por el peligro que se abría ante sus pies el obispo vio repentinamente a los dos hacedores de mal que odiaba. Ambos estaban trepando por uno de los lados de la colina y estaban a punto de caer en las fauces llenas de colmillos de una serpiente gigante. Mientras el sorprendido San Carpo observaba con creciente angustia, la horrible serpiente salivaba y reía anticipadamente por su terrible comida. Pero justo antes de que los dos pecadores fuesen devorados para siempre bajo las fauces de esta terrible aparición, San Carpo sintió que una ola de compasión se apoderaba de su alma y comenzó a rezar por su rescate. De acuerdo con San Dionisio, quien registró la totalidad del incidente para la posteridad, Jesús respondió instantáneamente a la oración desesperada del santo. Moviéndose a gran velocidad se podían ver las manos del Salvador extendiéndose hacia los pecadores mientras se disponía a sacarlos del abismo... y enviarlos hacia la bendita paz del arrepentimiento y a una nueva vida como creyentes sin mancha del Santo Evangelio.


A San Carpo esta visión le dio la lección de su vida. En vez de destruir a los pecadores –y a pesar de la oración del obispo–, el Señor Dios les había mostrado su misericordia y la oportunidad de arrepentirse y rehacer sus torcidas vidas. Con lágrimas en sus ojos el santo se dio cuenta de que acababa de presenciar el Verdadero Espíritu del Santo Evangelio: la compasión y el perdón que siempre “odia el pecado pero que ama al pecador.”


Después de este acontecimiento que cambió su vida, San Carpo vendría a ser un obispo mucho más bondadoso y compasivo. Sin embargo, sus luchas y sus sufrimientos aún no habían terminado. A los pocos años, mientras predicaba  el Santo Evangelio a los paganos y judíos de la amplia región de Tracia, trabaría conflicto con adoradores de ídolos, así como con sus sacerdotes, quienes resentían profundamente el desafío que San Carpo estaba haciendo en contra de su autoridad.


Murió cubierto de sangre –pero con una oración de perdón en sus labios– alrededor del año 95 de Nuestro Señor, según la mayoría de historiadores de ese período. Sus reliquias fueron enterradas bajo la iglesia que ayudó a construir en Berea. Luego de más de diecinueve siglos, el Bienaventurado Mártir San Carpo continúa inspirando a los Cristianos que tienen problemas con el perdón. Su vida nos recuerda que el propósito de Cristo en la tierra no fue “destruir a los pecadores con fuego” a causa de la ira, sino perdonarlos por causa del amor.


San Alfeo


El Santo Discípulo Alfeo, cuya maravillosa vida como siervo de Jesucristo también es conmemorada en este día, fue el padre de dos de los Apóstoles de entre los Doce Originales: Santiago y el Evangelista San Mateo.


Nacido en la ciudad Galilea de Cafarnaún, en Palestina, el Venerable Alfeo era un hombre piadoso y temeroso de Dios que había enseñado a sus hijos el amor a su prójimo como a ellos mismos. Sin embargo, a pesar de sus enseñanzas, en su juventud este hijo de Leví había elegido ser un despreciable recaudador de impuestos, un funcionario al servicio de los ocupantes romanos de Palestina, quienes tenían la autoridad de recaudar impuestos sobre cualquier producto que se vendiera en la Provincia. Tal y como los otros recaudadores de impuestos de la región, Leví era despiadado a la hora de sacar la mayor cantidad de dinero que pudiera de cada una de sus víctimas. Pero entonces sucedió una cosa maravillosa. Después de haber escuchado las palabras de Jesús durante una de sus visitas de predicación a la región, Santiago y Mateo se convertirían al Santo Evangelio y llegarían a ser dos de los Doce Apóstoles Originales. Al final las amables y reverentes enseñanzas de su humilde padre en Cafarnaúm ayudarían a preparar al recaudador de impuestos (su nombre Cristiano era “Mateo”) para el servicio al Evangelio del Hijo del Hombre.


También se cree que San Alfeo fue el padre de los santos mártires San Abercio (picado por las abejas hasta la muerte cuando fue amarrado a un árbol) y de Santa Elena (apedreada hasta morir). Padre amoroso y bondadoso, según cuentan numerosos registros, no escatimó esfuerzo alguno con el fin de educar a sus hijos para que fuesen ceistianos virtuosos y amorosos. Tan efectiva fue su enseñanza que ambos, hijos e hijas, llegarían a ser, a la larga, santos amados de la Santa Iglesia.


Este padre bendito murió alrededor del año 100 en su nativa Cafarnaún mientras daba gracias a Dios por haberle permitido criar hijos tan maravillosos. Su vida nos enseña sobre la importancia de criar a nuestros hijos con compasión, sabiduría y reverencia por la Santa Palabra de Dios.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Martes de la VII Semana de Pascua


Hch 21,26-32: En aquellos días, Pablo tomó consigo a aquellos hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo para avisar cuándo se cumplían los días de la purificación y cuándo había que presentar la ofrenda por cada uno de ellos. Cuando estaban para cumplirse los siete días, los judíos de Asia, que lo vieron en el templo, alborotaron al gentío y agarraron a Pablo, gritando: «¡Auxilio, israelitas! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra nuestro pueblo, contra nuestra ley y contra este lugar; e incluso ha llegado a introducir a unos griegos en el templo, profanando este lugar santo». Era que antes habían visto con él por la ciudad a Trófimo, el de Éfeso, y pensaban que Pablo lo había introducido en el templo. El revuelo cundió por toda la ciudad, y hubo una avalancha de gente; agarraron a Pablo, lo sacaron a rastras fuera del templo e inmediatamente cerraron las puertas. Y estando ellos a punto de matarlo, dijeron al tribuno de la cohorte: «Toda Jerusalén anda revuelta». Inmediatamente cogió soldados y centuriones y bajó corriendo hacia donde estaban ellos, que, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.


Jn 16,2-13: Dijo el Señor a sus discípulos: «Llegará una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. No os dije estas cosas desde el principio porque estaba con vosotros. Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado. Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

25/05 - Tercera Invención de la Preciosa Cabeza de San Juan el Bautista


El tercer hallazgo de la Venerable Cabeza del Santo Profeta, Precursor y Bautista Juan ocurrió alrededor del año 850.


Fue encontrada en la ciudad de Emesa en Siria la segunda vez y trasladada a Constantinopla. En un encomio de San Teodoro el Estudita, se nos informa de que a principios del siglo IX una parte o toda la cabeza del Honorable Precursor estaba en el Monasterio de Estudion.


La cabeza fue transferida a Comana de Capadocia durante las redadas sarracenas (alrededor de 820) y se ocultó en el suelo durante un período de persecución iconoclasta. Cuando se restauró la veneración de los iconos, «cierto sacerdote» recibió una visión con el lugar exacto donde estaba escondida la cabeza de San Juan el Precursor. El patriarca Ignacio (847-857) comunicó esto al emperador Miguel, quien envió una delegación a Comana. Allí, la cabeza fue encontrada por tercera vez en un recipiente de plata en «un lugar sagrado» alrededor del año 850. 


Luego la cabeza fue transferida nuevamente a Constantinopla el 25 de mayo, fue recibida con gran solemnidad por el emperador, el Patriarca y todo el pueblo, y se colocó en una capilla en la corte imperial. Después se trasladó nuevamente al Monasterio de Estudion.


Ver también el 24 de febrero.


LECTURAS


En Maitines


Lc 7,17-30: En aquel tiempo, lo que Jesús había hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante. Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos, los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?». Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”». En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él». Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.


En la Liturgia


2 Cor 4,6-15: Hermanos, el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él. Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


Mt 11,1-15: En aquel tiempo, cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga».



Fuente: goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Traducción del inglés y adaptación propias