14/04 - Aristarco, Pudente y Trófimo, Apóstoles de los Setenta


San Pudente


San Pudente era un Senador Romano muy bien conectado –un legislador ampliamente influyente en el gobierno más poderoso sobre la faz de la tierra. Pero su gran prestigio no lo ayudó cuando el tirano Emperador Nerón (54-68 d.C.) descubrió que, secretamente, se había hecho Cristiano bajo la tutela del Gran Apóstol San Pablo.


 El Senador Pudente estaba a punto de morir junto con dos de sus compañeros de Los Setenta, Aristarco y Trófimo.


En el Año 65 de Nuestro Señor, llegó finalmente el temido llamado a las puertas de la casa del Senador. Pudente era un hombre piadoso y virtuoso quien había cometido un terrible error –por lo menos según las autoridades– al recibir a dos de los Apóstoles más queridos del Señor, Pedro y Pablo, en su cómoda casa. Ciertamente, el osado Senador Pudente había ido aún más lejos: Había albergado reuniones de oración durante las cuales docenasde Cristianos se reunían para alabar a Dios Todopoderoso y aprender las enseñanzas de Jesucristo.


Cuando llevaron al Senador ante los que lo acusaban su fe era tan grande que no hizo ningún intento por defenderse. 


Sin ningún tipo de duda explicó lo que había descubierto, algo que por mucho era más valioso que la elegante túnica con que vestía cada día en las discusiones del poderoso Senado Romano. Les dijo que había descubierto la salvación y que su más grande deseo era que sus acusadores puedan ser tocados algún día por el Espíritu Santo de modo que ellos puedan participar de la experiencia gloriosa de alabar al Unico Dios Verdadero del Cristianismo.


El humilde espíritu Pudente estaba tan dedicado a Cristo que San Pablo y los otros Doce Apóstoles Originales lo habían escogido para ser parte de “Los Setenta” –un grupo más grande de discípulos que habían sido preparados para llevar la Buena Nueva del Cristianismo hacia el mundo entero.


Lleno de celo y valentía, el carismático senador había probado ser un evangelizador muy efectivo durante  algunos viajes misioneros realizados con San Pablo a la largo de la región que rodeaba la Antigua Roma. 


Mencionado brevemente por San Pablo en su Epístola a Timoteo (II Timoteo 4, 20-21), Pudente era uno de un grupo de amigos cercanos del Apóstol quienes estaban destinados a morir con él ante la orden de Nerón, el que odiaba a los Cristianos. 


Cuando llegaron a arrestarlo el valiente Pudente no se resistió. Tampoco negó, durante los interrogatorios, que él se había reunido con los “conspiradores” Cristianos… o que algunas de las reuniones se hubieran dado lugar en su propia casa.


Muy pronto los guardias llegaron por San Pablo, quien estaba destinado a ser ejecutado por causa de su Salvador (aunque San Pablo fue probablemente decapitado, antes que crucificado, según la mayoría de estudiosos de ese período), ellos también arrestaron al fiel Senador y lo decapitaron al mismo tiempo en que moría el gran San Pablo.


Otros dos miembros de Los Setenta también perecieron en ese día fatídico.


San Aristarco


Es mencionado brevemente en la Epístola a los Colosenses (4, 10) de San Pablo, así como en su Epístola a Filemón (v. 24), había servido con distinción como Obispo de Apamea en Siria y había ayudado a traer muchos  conversos para Jesús. Como nativo de la provincia Griega de Tesalónica, San Aristarco había viajado muchísimo con San Pablo en sus expediciones hacia Efeso, Macedonia, Grecia y aún a la región Judea de Palestina. Este discípulo fiel no protestó ante su sentencia y desnudó su cuello voluntariamente bajo el hacha de su verdugo, el mismo día en que San Pablo dio su vida, en el año 65.


San Trófimo


Un tercer miembro de Los Setenta, San Trófimo, también es conmemorado por la Santa Iglesia en este día. Mencionado también por San Pablo en su Epístola a San Timoteo (4, 10), San Trófimo era residente de Efeso, ubicada en lo hoy en día forma parte de la moderna nación de Grecia. 


Acompañó a San Pablo en un viaje de predicación a Jerusalén y luego viajó con él a lo largo de Asia Menor durante los años previos al martirio del Gran Apóstol. Detenido por los Romanos durante la misma persecución que terminó con la vida de San Pablo, San Trófimo fue decapitado junto con los Apóstoles Pudente y Aristarco.


 Estos grandes mártires y santos tomaron el mayor riesgo por causa de Jesús. Como amigos y co-misioneros con San Pablo y San Pedro ellos entendieron que el precio por su adhesión total al Evangelio podría ser el martirio. Los tres murieron en el mismo día en la Ciudad de Roma con su gran líder y maestro, el Santo Mártir San Pablo. Sus sacrificios continúan inspirando a los Cristianos a lo largo de los siglos.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Martes Brillante (Luminoso/Radiante) o de la Renovación


Hch 2,14-21: En aquellos días, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán. Y obraré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra, sangre y fuego y nubes de humo. El sol se convertirá en tiniebla y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, grande y deslumbrador. Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará.


Lc 24,12-35: En aquel tiempo, Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, ve solo los lienzos. Y se volvió a su casa, admirándose de lo sucedido. Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

13/04 - Martín el Confesor, Papa de Roma


Introducción


“Vosotros seréis mis testigos”, dijo Cristo a sus discípulos, y el testimonio que ello ha implicado a lo largo de la historia de la Iglesia, supone en más de una ocasión, la rúbrica con la misma sangre por la defensa de la fe, la cual ha sido encomendada a la asamblea de creyentes para su conocimiento y su transición íntegra. Corresponde a los pastores de la comunidad su distribución, su explicación y su salvaguarda; el contenido de la fe causa incomodidad en varias ocasiones porque quienes tienen otras funciones o responsabilidades en esa comunidad no pueden o no quieren plasmar en sus vidas este contenido salvífico, pues la fe siendo luz es un reproche o un revés para sus planes en diversos niveles: política, economía, social, etc. Así sucedió en la vida de San Martín I, el último de los Papas venerado como mártir, quien fue víctima del poder político del Imperio Bizantino.


La doctrina sobre Jesucristo y su conocimiento teológico se fue configurando poco a poco, las verdades de fe sobre su Persona se fueron proponiendo y aceptando paulatinamente, de manera que la cristología se desarrollará con fuerza durante los siglos IV y V, con temas de la sustancia que comparte con el Padre Celestial hasta su doble naturaleza y por tanto su doble voluntad. En este contexto se encuadra la vida de este Pontífice, que como guardián de la fe, supo defender su exposición no solo con la palabra sino con su vida misma.


La herejía monofisita exponía que en Cristo no había sino una sola naturaleza, la divina, por lo que la Redención se presentaba inútil al considerar que el Verbo de Dios no se había hecho hombre para salvar al hombre como hombre. El bando que proponían una tesis y el contrario, buscaban cada uno defender su verdad y así surgió otra corriente, el eutiquianismo, que aceptaba la doble naturaleza de Jesucristo, pero que condicionaba la doble voluntad del mismo, conduciendo este error a otra herejía: el monotelismo, que aceptaba únicamente una voluntad en la Persona de Cristo, la divina, que suprimía la humana, que como es sabido, también es poseída por el Verbo encarnado, Hijo de Dios y Dios verdadero, también hombre verdadero, pero que la tiene subordinada a la voluntad divina. Esta doctrina manchó la ortodoxia en Constantinopla, siendo favorecida con la simpatía y apoyo del Emperador Constante II, otorgándole incluso la protección civil, afectándose de esta manera la vigilancia y el respeto que correspondían guardar al clero de Constantinopla.


Biografía


San Martín I nació en Todi, ciudad situada al norte de Roma. Fue un hombre lleno de virtud y con excelente preparación; se dice que prodigaba la caridad para con los pobres y miserables en los lugares donde vivía. Muerto el Papa Teodoro I en julio del año 649, ascendió a la sede romana. Esta elección se hizo sin la consulta y aprobación del Emperador de Oriente, en un afán de cortar la dependencia de la Iglesia con el Estado.


Esta provocación resultó mayúscula cuando el Papa convocó el Concilio de Letrán ya pensado por su antecesor y cuya muerte vino a impedir. San Martín I conocía muy bien el ambiente en la ciudad imperial, pues allí había sido apocrisiario ante la corte bizantina y entonces tuvo la oportunidad de conocer de cerca la realidad sobre el Monotelismo. Con apenas tres meses al frente de la Sede de Roma, convocó al Concilio a todos los obispos de occidente en la Basílica de Letrán para comienzos de octubre. El Concilio se reunió en cinco sesiones en las que se estudió y discutió la doctrina monotelita, bajo la presidencia del mismo Papa quien rebatió las tesis heréticas y confirmando que en Cristo hay dos voluntades, humana y divina. Dicho concilio fue para el santo un evento con deber de fidelidad a la fe. Los condenados en este Concilio fueron los Patriarcas Sergio I, Pirro I y Pablo I, así como los prelados Cirilo de Alejandría y Teodoro de Farón. También se condenaron a los 150 obispos reunidos en el “Ekthesis”, doctrina promulgada por el Emperador Heraclio que hacía una profesión de fe en el monotelismo, así como el “Typos” de Constante II que prohibía a todos los súbditos cristianos, luchar unos con otros sobre una voluntad o dos voluntades, ordenando hacer desaparecer todas las disertaciones escritas sobre el tema, incluida la “Ekthesis”. Concluidas las sesiones, San Martín I mandó la noticia de los resultados a Constante II, lo cual sería la causa que desató su perdición.


El 6 de noviembre siguiente, el Emperador envió a Olimpio, Exarca de Ravenna, con fuerzas armadas y con la misión de ganar adeptos al monotelismo y de asesinar al Papa Martín. La ocasión se calculó para cuando el Pontífice celebrara misa en la Basílica de Santa María la Mayor. El escudero de este hombre se acercó para apuñalar al Papa durante la comunión, pero el sicario quedó ciego súbitamente y el proyecto se frustró. Olimpio tuvo entonces remordimientos y se sinceró y reconcilió con el Papa y luego se convirtió en su protector, mas muriendo luego en el año 652 a causa de la peste, fue sucedido en el exarcado por Diódoro Calliopas, a quien Constante II volvió a encomendar el malévolo proyecto.


Así, éste se presentó en Roma con un temible ejército en junio de 653, provocando que el Papa Martín buscara huir pese a las limitaciones que la enfermedad de la gota lo tenían postrado en cama. Pretextando un arsenal en el Palacio Pontificio y violando el derecho de asilo en la Basílica de San Juan de Letrán donde se había recluido el Santo y sin contar que se permitió el libre acceso para revisar con calma el lugar, literalmente se hizo una invasión y el Papa fue detenido en su propio lecho de enfermo; el detenido no opuso resistencia con afán de evitar represalias contra su pueblo y su clero. Antes de abandonar el Palacio Apostólico, San Martín pidió el favor de tener la compañía de algunos clérigos, que no fueron pocos los solidarios. En la madrugada fue llevado al Tíber para embarcarlo y llevarlo a Constantinopla, logrando burlar astutamente a los que habían de acompañarlo, siendo así que partió a su destino privado de equipaje y con una media docena de compañeros. Entonces ocupó la Cátedra de San Pedro el Papa San Eugenio I con la aquiescencia de Constante II. Este Papa fue prudente al no provocar con comentarios las represalias imperiales sobre Roma y principalmente con el desterrado.


Un año estuvo detenido en la Isla de Naxos en el mar Egeo. Como su salud declinaba, no querían sus captores que muriera antes de ser enjuiciado, por eso se detuvieron allí, para que su salud se equilibrara; en este lugar San Martín probó la caridad de los lugareños, a quienes se les amenazó con considerarlos enemigos del estado si lo visitaban. Por fin la comitiva arribó al Constantinopla el 17 de septiembre de 654. El Pastor de Roma llegó tumbado en un jergón y se le exhibió como un espectáculo público, soportando burlas, maledicencias y otras manifestaciones de antipatía, luego fue llevado a la prisión Priandiaria. Allí, durante tres meses, soportó vejaciones, torturas e incomunicación. Aquí escribió algunas cartas, en las que expresa su negativa a abdicar ante la presión de Constante y refiere también noticias de su lamentable estado: “Desde hace 47 días que no he podido bañarme”, la crónica de sus penalidades tiene un edificante remate: “Espero en Dios, que cuando me haya librado de esta vida, se apiade de mis perseguidores y los mueva a la penitencia”.


En diciembre de ese año fue llevado a juicio o más bien a un remedo de juicio. A los que iban a atestiguar en su contra, el Santo pidió que se les exonerara de jurar sobre los Evangelios, para que no pecaran de perjurio. Se le condenó por rebelión, pero cuando el trató de expresar la razón del Concilio, se le hico callar con el pretexto de que ese juicio nada tenía que ver con la fe, de la cual los jueces eran fieles creyentes y ortodoxos. Abrumado por las acusaciones ridículas, las presiones, un juicio largo y cansado de estar parado, San Martín expresó a sus delatores: “Hagan de mi lo que sea que tengan decidido, córtenme a pedazos si quieren, cualquier muerte me será beneficiosa. Pero no esperen que entre en comunión con la Iglesia de Constantinopla”. Luego fue expoliado de sus vestiduras episcopales, quedando casi desnudo, fue encadenado de cuello y condenado a muerte. Antes de ejecutar la sentencia capital, fue paseado por la calle para que el populacho se burlara de él, en tanto, Constante II observaba escondido desde una rejilla. Condenado por delito de alta traición, fue llevado a la prisión Diómedes, llevado con tal brutalidad, que al ingresar cayó de espalda. El Papa miró entonces a su carcelero y le dijo: “Aunque desmiembren mis carnes, no lograrán que comulgue con la autoridad eclesiástica de Constantinopla”. Ni la edad, las penas, la enfermedad y el martirio incruento lo doblegaron, él estaba consciente de que como Pedro, tenía que confirmar en la fe a sus hermanos.


Mientras esto pasaba, Constante II visitó en su lecho de muerte al Patriarca Pablo para platicarle de lo que le sucedía al Papa de Roma. No halló los aplausos que esperaba, pues el visitado, con remordimientos, expresó su hondo pesar y su desagrado: “Desgraciadamente esto aumenta mis dolencias. No es deseable que un Pontífice sea tratado tan deplorablemente”. Esta plática hizo que Constante II conmutara la pena de muerte por el destierro al Queresoneso. El Patriarca murió y fue sucedido por Pirro, a quien San Martín confirmó su excomunión. El encierro en la cárcel duró del 17 de septiembre de 653 al 10 de marzo de 654. El Jueves Santo 26 de marzo de 655, tras una emotiva despedida, sale a su destino, dando antes a sus allegados el signo de la paz. Llegó finalmente al lugar de su castigo el 15 de mayo hecho una piltrafa. Allí enfrentó con heroicidad la privación de lo mínimo para subsistir. En una carta de mediados de junio relata: “La escasez y el hambre son espantosas. Aquí no hay pan, no hay nada. Si no llegan víveres de Italia, es imposible subsistir…” No se trata del pan del destierro, sino del destierro sin pan. Siente la soledad y el abandono: “No solo he sido apartado del mundo, sino que incluso se me priva de la vida. Los habitantes del país son todos paganos y no tienen caridad ni aún la mínima compasión natural que se da entre los bárbaros… Me impresiona la poca sensibilidad de todos aquellos que en otras ocasiones se acordaron de mí y ahora me han olvidado, ni les interesa conocer si aún sigo con vida. Me impresiona en aquellos que pertenecen a la Iglesia de San Pedro el poco cuidado que tienen de uno de los suyos… Pido constantemente por intercesión de San Pedro, que Dios conserve firme en la fe ortodoxa, principalmente al pastor que la gobierna, es decir, al Papa Eugenio. De mi miserable cuerpo el Señor tendrá cuidado, ¿por qué me preocupo? Y espero de su misericordia que no tardará en poner fin a mi carrera”.


A los quince días de haber escrito esta carta, en dolorosa soledad, moría por manos de los herejes, no de los paganos. Era el 16 de septiembre de 655. La duración de su pontificado fue de seis años, un mes y veintiséis días. Recibió sepultura en la Basílica de Santa María de Blanquerna, aureolado por el pueblo sencillo con el título de santo y de mártir. Según una tradición, en el siglo XIII, sus restos mortales fueron trasladados a Roma, siendo depositados en la iglesia de San Silvestre y San Martín ad Monte. De él se conservan 17 cartas que se incluyeron en la patrología latina de Migne.



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

Lunes Brillante (Luminoso/Radiante) o de la Renovación


En Vísperas


Jn 20,19-25: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».


En la Liturgia


Hch 1,12-17;1,21-26: En aquellos días, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: «Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio. Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección. Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando, dijeron: «Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto». Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.


Jn 1,18-28: A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

12/04 - Basilio el Confesor, Obispo de Pario


Inquebrantable luchador de primera línea por la defensa de la veneración de los iconos o imágenes santas, Basilio condenó con todas sus fuerzas a los emperadores iconoclastas.


Su gran formación teológica unida a su virtuosa vida, le convirtieron en un destacado obispo de la ciudad de Pario en las costas de la Propóntide griega o Mar de Mármara (la moderna Kemer, Turquía).


Pero esta actitud suya frente a los emperadores iconoclastas fue el motivo de una cruel persecución. Fue encarcelado, encadenado y azotado. Sufrió mucho y soportó "hambre y sed, con ayunos y privaciones muchas veces, con el frío del invierno y con la poca ropa que tenía para cubrir su desnudez" (II Cor. 11,27). Pero Basilio, aunque fue desterrado por los emperadores, nunca perdió la oportunidad para defender la Ortodoxia.


Se hace referencia a que durante los tiempos del reinado de Miguel II "el Tartamudo" (820 - 829 d.C.) y de su hijo Teófilo (829 - 842 d.C.), permaneció desterrado en una pequeña isla cerca de Contantinopla. Finalmente, Dios le hizo digno de que ver el triunfo de la Ortodoxia y, al mismo tiempo, el naufragio de la iconoclasia. 


Cuando regresó a su arzobispado, le recibieron con grandes honores y allí entregó de modo pacífico el espíritu al Señor.


El Santo Basilio ordenó diácono y presbítero al Patriarca posterior de Constantiopla, San Ignacio I.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / catholic.net

Adaptación propia