29/03 - Cirilo el Diácono Mártir y sus Compañeros


Es Teodoreto en su "Historia Eclesiástica" quien da razón de estos mártires.


Fue Cirilo un diácono de Heliópolis en Fenicia que destacó en su predicación evangélica y por su celo contra la idolatría. Derribó varios altares de los ídolos y destrozó por su propia mano algunos de estos.


En el año 361 subió al trono Juliano el Apóstata, y ya sabemos cómo se dedicó a instaurar el antiguo culto a los dioses y al emperador, atrayendo la persecución para los cristianos que se le oponían. Ocurrió que, sintiéndose protegidos los paganos de Heliópolis, capturaron a Cirilo, le apuñalaron varias veces, le abrieron y le arrancaron el hígado, que se comieron como bestias.


Dice Teodoreto que todos los verdugos quedaron castigados, pues en menos de un día perdieron sus dientes, se les pudrió la lengua y finalmente terminaron todos ciegos y enloquecidos.



Fuente: goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

29/03 - Marcos, Obispo de Aretusa


Durante el reinado del emperador Constantino, Marco de Aretusa demolió un templo pagano y construyó una iglesia, convirtiendo a muchos a la fe cristiana. Al hacer esto, se granjeó el resentimiento de la población pagana, que, sin embargo, no pudo vengarse mientras el emperador fuera cristiano.


Su oportunidad llegó cuando Juliano el Apóstata ocupó el trono y proclamó que todos aquellos que hubieran destruido templos paganos deberían reconstruirlos o pagar una fuerte multa. Marco, que no podía ni quería obedecer, huyó de la furia de sus enemigos, pero enterándose de que algunos de sus fieles habían sido aprehendidos, regresó y se entregó. El anciano fue arrastrado por los cabellos a lo largo de las calles, desnudado, azotado, arrojado en una sentina de la ciudad y después entregado al arbitrio de jóvenes escolares para que lo punzaran y desollaran con agudos estiletes. Ataron sus piernas con correas tan apretadas, que le cortaron la carne hasta el hueso, y le arrancaron las orejas con pequeños cordeles. Finalmente, lo untaron de miel y encerrándolo en una especie de jaula, lo suspendieron en alto al medio día, bajo los ardientes rayos del sol de verano, para que fuera presa de las avispas y moscones. Conservó tanta calma en medio de sus sufrimientos, que se mofó de sus verdugos por haberlo elevado más cerca del cielo, mientras ellos se arrastraban sobre la tierra. Corría el año 361.


A la larga, la furia del pueblo se tornó en admiración y lo dejaron en libertad, en tanto que el gobernador acudía a Juliano para recabar su perdón. Eventualmente, el emperador lo concedió, diciendo que no era su deseo dar mártires a los cristianos. Aun el retórico pagano Libanio parece haberse dado cuenta de que la crueldad que provocó tal heroísmo solamente fortaleció la causa cristiana, e imploró a los perseguidores que desistieran en su persecución. Nos cuenta el historiador Sócrates que la población de Aretusa quedó tan impresionada con la fortaleza del obispo, que muchos pidieron ser instruidos en una religión capaz de inspirar tal firmeza, y que muchos de ellos abrazaron el cristianismo. Así, Marco fue dejado en paz hasta el fin de su vida y murió durante el reinado de Joviano o el de Valente.


San Gregorio Nazianceno, Teodoreto y Sozomeno le rinden homenaje al relatar sus sufrimientos.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

Domingo de Santa María de Egipto (o Egipcíaca)


La biografía de santa María Egipciaca se basa en un corto relato que forma parte de la «Vida de San Ciriaco», escrita por su discípulo Cirilo de Escitópolis. El santo varón se había retirado del mundo con sus seguidores y, según se dice, vivía en el desierto al otro lado del Jordán. Un día, dos de sus discípulos divisaron a un hombre escondido entre los arbustos y le siguieron hasta una cueva. El desconocido les gritó que no se acercasen, pues era mujer y estaba desnuda; a sus preguntas, respondió que se llamaba María, que era una gran pecadora y que había ido allí a expiar su vida de cantante y actriz. Los dos discípulos fueron a decir a San Ciriaco lo que había sucedido. Cuando volvieron a la cueva, encontraron a la mujer muerta en el suelo y la enterraron allí mismo.


Efectivamente, durante el reinado de Teodosio el Joven, vivía en Palestina un santo monje y sacerdote llamado Zósimo. Tras de servir a Dios con gran fervor en el mismo convento durante cincuenta y tres años, se sintió llamado a trasladarse a otro monasterio en las orillas del Jordán, donde podría avanzar aún más en la perfección. Los miembros de ese monasterio acostumbraban dispersarse en el desierto, después de la misa del primer domingo de cuaresma, para pasar ese santo tiempo en soledad y penitencia, hasta el Domingo de Ramos.


Precisamente en ese período, hacia el año 430, Zósimo se encontraba a veinte días de camino de su monasterio; un día, se sentó al atardecer para descansar un poco y recitar los salmos. Viendo súbitamente una figura humana, hizo la señal de la cruz y terminó los salmos. Después levantó los ojos y vio a un ermitaño de cabellos blancos y tez tostada por el sol; pero el hombre echó a correr cuando Zósimo avanzó hacia él. Este le había casi dado alcance, cuando el ermitaño le gritó: «Padre Zósimo, soy una mujer; extiende tu manto para que puedas cubrirme y acércate». Sorprendido de que la mujer supiese su nombre, Zósimo obedeció. La mujer respondió a sus preguntas, contándole su extraña historia de penitente:


«Nací en Egipto -le dijo-. A los doce años de edad, cuando mis padres vivían todavía, me fugué a Alejandría. No puedo recordar sin temblar los primeros pasos que me llevaron al pecado ni los excesos en que caí más tarde». A continuación le contó que había vivido como prostituta diecisiete años, no por necesidad, sino simplemente para satisfacer sus pasiones. Hacia los veintiocho años de edad, se unió por curiosidad a una caravana de peregrinos que iban a Jerusalén a celebrar la fiesta de la Santa Cruz, aun en el camino se las arregló para pervertir a algunos peregrinos. Al llegar a Jerusalén, trató de entrar en la iglesia con los demás, pero una fuerza invisible se lo impidió. Después de intentarlo en vano dos o tres veces más, se retiró a un rincón del atrio y, por primera vez reflexionó seriamente sobre su vida de pecado. Levantando los ojos hacia una imagen de la Virgen María, le pidió con lágrimas que le ayudase y prometió hacer penitencia. Entonces pudo entrar sin dificultad en la iglesia a venerar la Santa Cruz. Después volvió a dar gracias a la imagen de Nuestra Señora y oyó una voz que le decía: «Ve al otro lado del Jordán y allí encontrarás el reposo».


Preguntó a un panadero por dónde se iba al Jordán y se dirigió inmediatamente al río. Al llegar a la iglesia de San Juan Bautista, en la ribera del Jordán, recibió la comunión y, en seguida cruzó el río y se internó en el desierto, en el que había vivido cuarenta y siete años, según sus cálculos. Hasta entonces no había vuelto a ver a ningún ser humano; se había alimentado de plantas y dátiles. El frío del invierno y el calor del verano le habían curtido y, con frecuencia había sufrido sed. En esas ocasiones se había sentido tentada de añorar el lujo y los vinos de Egipto, que tan bien conocía. Durante diecisiete años se había visto asaltada de éstas y otras violentas tentaciones, pero había implorado la ayuda de la Virgen María, que no le había faltado nunca. No sabía leer ni había recibido ninguna instrucción en las cosas divinas, pero Dios le había revelado los misterios de la fe.


La penitente hizo prometer a Zósimo que no divulgaría su historia sino hasta después de su muerte y le pidió que el próximo Jueves Santo le trajese la comunión a la orilla del Jordán.


Al año siguiente, Zósimo se dirigió al lugar de la cita, llevando al Santísimo Sacramento y el Jueves Santo divisó a María al otro lado del Jordán. La penitente hizo la señal de la cruz y empezó a avanzar sobre las aguas hasta donde se hallaba Zósimo. Recibió la comunión con gran devoción y recitó los primeros versículos del «Nunc dimittis» (Cántico de Simeón). Zósimo le ofreció una canasta de dátiles, higos y lentejas dulces, pero María sólo aceptó tres lentejas. La penitente se encomendó a sus oraciones y le dio las gracias por lo que había hecho por ella. 


Finalmente, después de rogarle que volviese al año siguiente al sitio en que la había visto por primera vez, María pasó a la otra ribera, en la misma forma en que había venido. Cuando fue Zósimo al año siguiente al sitio de la cita, encontró el cuerpo de María en la arena; junto al cadáver estaban escritas estas palabras: «Padre Zósimo, entierra el cuerpo de María la Pecadora. Haz que la tierra vuelva a la tierra y pide por mí. Morí la noche de la Pasión del Señor, después de haber recibido el divino Manjar». El monje no tenía con qué cavar, pero un león vino a ayudarle con sus zarpas a abrir un agujero en la arena. Zósimo tomó su manto, que consideraba ahora como una preciosa reliquia y regresó, para contar a sus hermanos lo sucedido. Siguió sirviendo a Dios muchos años en su monasterio y murió apaciblemente a los cien años de edad.


Esta tradición se difundió mucho y alcanzó gran popularidad en el Oriente. Según parece, San Sofronio, patriarca de Jerusalén, que murió en el año 638, fue quien le dio forma definitiva. Sofronio tenía a la vista dos textos: la digresión que Cirilo de Escítópolis introdujo en su Vida de San Ciriaco y un relato semejante redactado por Juan Mosco en «El Prado Espiritual». Tomando numerosos datos de la vida de San Pablo de Tebas, dicho autor construyó una tradición de dimensiones respetables.


San Juan Damasceno, que murió o mediados del siglo VIII, cita largamente la Vida de Santa María Egipciaca, que considera un documento auténtico.


LECTURAS


Heb 9,11-14: Hermanos, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!


Mc 10,32-45: En aquel tiempo, Jesús tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará». Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Contestaron: «Podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, llamándolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».



Fuente: eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Madrid - Encuentro de Pascua


La presidencia en funciones de la Hermandad Oriental Hispana está organizando para el domingo 12 de abril de 2026 un Encuentro de Pascua en Madrid con el siguiente programa:


10:00 Llegada al exterior de la Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias (c/ Rafael de Riego, 16). Reunión de coordinación en local cercano.


12:30 Asistencia a la Divina Liturgia pascual en rito bizantino celebrada en la Capellanía del Bautismo del Señor (local a la izquierda de la Parroquia, con el cartel CAPILLA). Celebración en lengua rumana, con algunas partes en español.


14:00 Almuerzo en un restaurante de la zona (no es necesario reservar).


16:30 Fin del Encuentro.


Asistencia libre y gratuita (salvo almuerzo, a cargo de cada uno). Se ruega confirmación: cristianismo-bizantino@outlook.com

28/03 - Hilarión el Nuevo


El santo Hilarión que conmemoramos hoy es llamado «el joven», para distinguirlo de otros santos del mismo nombre que también han sido monjes: San Hilarión de Gaza, abad, y San Hilarión, abad y presbítero, con quien es más fácil confundirlo porque pertenece al mismo contexto histórico, el de la persecución iconoclasta.


De este Hilarión no ha quedado la narración de una «Vita», sino que prácticamente todos los testimonios que tenemos acerca de él son litúrgicos: antífonas, lecturas del sinaxario, y sobre todo un largo poema escrito por san José el Himnógrafo, que, aunque vivió un siglo después, fue también víctima de la persecución iconoclasta.


El poema tiene la curiosidad de que es un acróstico, donde cada estrofa (de cuatro versos), en griego, comienza con una de las letras de la frase: «Cantaré tus gozosas costumbres, Padre - José»; en griego como en latín, «gozosas» se puede decir con la palabra "hilaris", por lo que el himnógrafo aprovecha para aludir al nombre del santo.


El contenido del poema, así como de las antífonas y noticias de los sinaxarios, es panegírico más que biográfico; insisten en la pureza de vida de Hilario, que desde joven ingresó a la vida monástica y fue creciendo en la lucha cuerpo a cuerpo contra las tentaciones; cargó sobre sus hombros la cruz de Cristo, y de tal modo se hizo acepto a Dios, que este lo dotó con el don de curaciones, y de expulsar al demonio. Dio la vista a un ciego, el andar a un cojo, fortaleza a un hombre débil, y realizó muchos milagros semejantes, de tal modo que era estimado por el pueblo. A través de sus oraciones, hizo que lloviese durante una sequía y, como el profeta Eliseo, separó las aguas de un río, expulsó de los campos a las bestias dañinas, llenó las redes de pescadores cuando no tuvieron éxito en la pesca, entre muchos otros milagros.


Posiblemente su vida se desarrolló a mediados del siglo VIII, en tiempo de León el Isáurico, y a pesar de las persecuciones a las que eran sometidos los monjes que veneraban imágenes en aquellos tiempos, prefirió la vejaciones a renegar de la fe: como Abad del Monasterio de Pelecete en Asia Menor (que se cree estaba en Bitinia, no lejos de Frigia), sufrió mucho de manos de los iconoclastas, y reposó en el año 754.


No sabemos más detalles concretos de su cornología, y ni siquiera la ubicación exacta del monasterio de Pelecete, al que perteneció.



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias