08/05 - Arsenio el Grande


Aunque romano de nacimiento, San Arsenio es uno de los más célebres padres del desierto egipcio.


Cuando el emperador Teodosio el Grande buscaba a un hombre a quien confiar la educación de sus hijos, el papa de Roma san Dámaso le recomendó a Arsenio, un senador tan versado en las ciencias sagradas como en las profanas. Este había nacido en Roma en el seno de una familia senatorial en el año 354. Según la tradición, fue ordenado de diácono por el mismo San Dámaso. Arsenio se trasladó, pues, a Constantinopla para ejercer el cargo de tutor de los hijos del emperador, Arcadio y Honorio.


Se cuenta que en cierta ocasión Teodosio el Grande fue a ver a Arcadio y Honorio y los encontró sentados, mientras Arsenio les explicaba las lecciones de pie; al punto ordenó a sus hijos que en adelante escuchasen de pie las lecciones y pidió a Arsenio que tomase asiento. Pero Arcadio y Honorio no hicieron nunca honor a su tutor, quien, por otra parte, se sentía llamado a retirarse del mundo.


Después de haber pasado diez años en la corte, con unos cuarenta años de edad, tuvo una profunda crisis espiritual, por lo que suplicó a Dios que le ayudase a salvar su alma. Dice la tradición que Dios le ordenó que “huyera de los hombres” siendo esta la causa por la cual abandonó Constantinopla. Algunos historiadores no están conformes con esta tesis y defienden que si Arsenio se marchó de la ciudad imperial fue como consecuencia del carácter rebelde de Arcadio, algo que no concuerda con la gran estima que sentía el emperador hacia el tutor de sus hijos.


Lo cierto es que abandonó la ciudad, embarcó rumbo a Egipto y al llegar a Alejandría solicitó ser admitido en una de las comunidades existentes en el desierto de Escete. Los superiores de los monjes de Escete, ante quienes se presentó, le confiaron al cuidado de san Juan el Enano. Cuando los monjes se sentaron a comer, Juan el Enano se sentó con ellos, dejando a Arsenio de pie y sin saber qué hacer. Tal recepción era un rudo golpe para la vanidad de un antiguo miembro de la corte. Pero lo que siguió fue todavía peor: san Juan el Enano, tomando una rebanada de pan, se la arrojó a los pies y le dijo con aire de indiferencia que comiese si tenía hambre. Arsenio se sentó alegremente en el suelo a comer. San Juan quedó tan satisfecho al ver ese gesto, que consideró que no hacía falta probar más a Arsenio antes de recibirle y dijo a los monjes: «Este hombre será un buen monje». Por falta de atención, Arsenio conservaba al principio ciertas costumbres cortesanas, como la de sentarse con la pierna cruzada, y sus compañeros veían en ello cierta ligereza o falta de recogimiento. Pero los monjes más antiguos, que tenían gran respeto por Arsenio, no querían humillarle en público haciéndoselo notar; así pues, se pusieron de acuerdo en que uno de ellos cruzaría la pierna en una reunión y soportaría sin replicar la reprensión de otro. Arsenio comprendió al punto la lección y no volvió a cruzar la pierna. El nuevo monje pasaba el tiempo tejiendo esteras con hojas de palma. En vez de cambiar el agua en la que humedecía las hojas, se contentaba simplemente con añadir más según se iba consumiendo. Algunos monjes preguntaron a Arsenio por qué no tiraba el agua sucia, y el santo respondió: «con el mal olor del agua sucia hago penitencia por haber empleado, en otro tiempo, perfumes lujosos». Arsenio vivía en la mayor pobreza; durante una enfermedad, hubo de mendigar la pequeña suma que necesitaba para procurarse medicinas. Como la enfermedad se prolongase, el sacerdote del desierto de Scete trasladó a Arsenio a su propia celda y le recostó en un lecho de pieles de bestias salvajes, con una almohada en la cabecera. Algunos ermitaños condenaron el hecho como un lujo. En cierta ocasión, un empleado del emperador llevó a Arsenio el testamento de un senador que le había dejado por heredero de su fortuna. El santo tomó el documento y lo hizo pedazos, a pesar de que el enviado imperial le previno de que ello podría acarrearle dificultades. Arsenio se contentó con responder: «Yo morí antes que el senador y, por consiguiente, no puedo ser su heredero». El santo debía practicar, sin duda, ayunos muy severos, pues, aunque se le daba una ración muy reducida de grano para todo el año, él se las arreglaba para regalar a otros una parte de ella.


Deseoso de vivir en completa soledad, en la medida que le era posible, evitaba todo contacto con los numerosos peregrinos que se acercaban al monasterio imponiéndose a si mismo una rigurosa norma de silencio. Esta forma de actuar dejaba desconcertados a los peregrinos, especialmente a un famoso monje que fue amablemente acogido en el monasterio, pero ante el cual él se mostró absolutamente indiferente. Esto hizo que dicho monje se manifestase desfavorablemente contra él ante el abad.


Una noche Arsenio tuvo un sueño y en él vio a dos grandes barcazas que navegaban por el río Nilo: en una de ellas iba el abad Moisés rodeado de ángeles que ponían miel en su boca, mientras que en la otra barcaza iba él solo pero acompañado por el Espíritu Santo. Ese sueño le hizo comprender que, aun reconociendo la santidad del abad Moisés, su actitud de silencio y oración era más agradable a Dios. Era tan asiduo a la oración que se llevaba las noches enteras orando de rodillas, por lo que fue recompensado con el tantas veces nombrado “don de lágrimas”.


Con frecuencia pasaba toda la noche en oración. Los sábados tenía por costumbre asistir a los rezos del crepúsculo y permanecer con los brazos en cruz hasta la salida del sol. Dos de los discípulos de Arsenio vivían cerca de él; se llamaban Alejandro y Zoilo. Algo más tarde, se añadió a esos dos discípulos un tercero llamado Daniel. Los tres se distinguieron por su santidad y sus nombres aparecen con frecuencia en las historias de los padres del desierto de Egipto. San Arsenio admitía rara vez a los visitantes. En cierta ocasión, fue a visitarle Teófilo, el obispo de Alejandría, con algunos compañeros y le rogó que le diese algunos consejos para bien de sus almas. El santo les preguntó si estaban dispuestos a seguir sus consejos. Cuando los visitantes le respondieron afirmativamente, Arsenio les dijo: «Bien, entonces os mando que, cuando alguien os pregunte dónde vive Arsenio, no se lo digáis, o bien decidles que se eviten la molestia de ir a visitarle y que le dejen en paz».


El santo no visitaba nunca a sus hermanos, a los que veía de cuando en cuando en las conferencias espirituales. El abad Marcos le preguntó un día por qué rehuía de esa manera la compañía de sus hermanos. Arsenio replicó: «Dios es testigo de que os amo de lodo corazón. Pero, como no puedo estar con Dios y con los hombres al mismo tiempo, prefiero dedicarme a conversar con Dios». Sin embargo, no dejaba por ello de dirigir espiritualmente a sus hermanos, y todavía se conservan algunos de sus dichos. Con frecuencia repetía: «Muchas veces he tenido que arrepentirme de haber hablado, pero nunca me he arrepentido de haber guardado silencio». Solía también traer a colación lo que san Eutimio y san Bernardo se repetían para renovar su fervor: «Arsenio, ¿por qué abandonaste el mundo y para qué has venido a la religión?» En cierta ocasión, los monjes le preguntaron por qué pedía consejo a un iletrado, puesto que él era tan versado en las ciencias. Arsenio replicó: «Es cierto que conozco un poco de las culturas griega y romana; pero todavía me queda por aprender el "ABC" de la ciencia de los santos, y este monje ignorante lo conoce a la perfección». Evagrio del Ponto, que se había retirado al desierto de Nitria el año 385, después de haberse distinguido en Constantinopla por su saber, preguntó al santo por qué tantos hombres muy versados en las ciencias hacían tan pocos progresos en la virtud, en tanto que algunos egipcios analfabetas alcanzaban un alto grado de contemplación. Arsenio respondió: «Si nosotros no progresamos, es porque nos gloriamos de la vana ciencia que poseemos; en cambio, esos analfabetas egipcios, que conocen perfectamente su debilidad, ceguera e insuficiencia, avanzan en la virtud por el verdadero camino de la humildad». Los autores antiguos hablan muy frecuentemente del gran don de lágrimas de san Arsenio, que lloraba sus propios pecados y los del prójimo, particularmente la debilidad de Arcadio y la falta de juicio de Honorio.


San Arsenio era bien parecido y muy alto, aunque con los años se encorvó un poco. Era de figura elegante y su rostro reflejaba a la vez la majestad y la mansedumbre. Su cabello era muy blanco y la barba le llegaba hasta la cintura; pero las lágrimas que derramaba continuamente le habían carcomido los párpados.


El monje Evagrio Pontico (Evagrio el solitario), famoso asceta contemporáneo suyo, muy conocido por sus cualidades de pensador, escritor y orador, se maravillaba de él porque siendo Arsenio un hombre cultísimo llevaba una vida muy simple, solitaria, humilde y al preguntarle el por qué de su forma de vida, Arsenio le contestaba que porque estaba aprendiendo el alfabeto de los santos, los cuales vivían de la oración en absoluta pobreza y ganándose el pan con su trabajo.


En el año 434, los libios invadieron el territorio donde se encontraba Arsenio, por lo que este tuvo que abandonar el desierto de Escete y marcharse a Troe, cerca de Menfis, donde se quedó hasta el año 444, año en el que se retiró a la isla Canopo, (Kah Nub en egipcio antiguo), situada en el delta del Nilo, muy cerca de Alejandría. Allí se quedó tres años, volviendo otra vez a Troe. Sus hermanos, viéndole llorar en sus últimas horas, le preguntaron: «Padre, ¿por qué lloras? ¿Tienes miedo de morir, como tantos otros?» Arsenio respondió: «Sí, tengo miedo y no he dejado de temer ni un solo instante desde que fui al desierto». Sin embargo, Dios le concedió una muerte muy apacible, y el santo pasó al Señor lleno de fe y de la humilde confianza que inspira la caridad perfecta, el año 449 o 450, siendo sepultado en el monasterio de Deir-el-Quseir.


Ya hemos mencionado a dos discípulos de Arsenio llamados Alejandro y Zoilo, quienes a su vez, educaron a Daniel de Farán, el cual nos ha hecho llegar la cronología de la vida de San Arsenio, algunos de sus apotegmas (o dichos) e incluso una descripción física en la que nos dice que era alto, delgado y de aspecto angelical. Nicéforo Calixto – el último historiador eclesiástico griego que vivió en el siglo XIV -, dice que San Arsenio escribió numerosas obras dignas de ser recordadas y muchas sentencias (apotegmas) que deben identificarse con las que se conservan en el denominado “Apophthegmata Patrum Aegyptiorum” (ἀποφθέγματα τῶν ἁγίων γερόντων), nombre dado a varias colecciones conocidas a nivel popular como “Los dichos de los Padres del Desierto”. Asimismo se le atribuye dos escritos ascéticos denominados “Doctrina et exhortatio” e “In nomicum tentatorem”, en las cuales trata de la necesidad de purificación del ser interior, o sea, purificarse interiormente. San Teodoro Estudita, que es el que escribió la “Vita” de San Arsenio, confirma en ella la cronología dada por Daniel de Farán.



Fuente: preguntasantoral / eltestigofiel.org

Adaptación propia

08/05 - Sinaxis del Santo Polvo (o Maná) brotado de la tumba de San Juan el Teólogo


La fiesta de hoy se asocia con la aparición de un polvo milagroso en la tumba del Santo Apóstol Juan a través del efecto milagroso del Espíritu Santo que los autóctonos llaman "el maná terrenal". 


Cada año brota repentinamente hasta hoy este polvo milagroso, de manera divina y paradójica. Al tomarlo, los fieles lo utilizan para liberarse de todos sus sufrimientos, para la curación de sus almas y la salud de sus cuerpos, glorificando a Dios y a su amado discípulo Juan.


Muchos peregrinos de la época medieval tomaron nota de este extraordinario milagro anual. Tanto Agustín como Gregorio de Tours hacen referencia a ello. 


El anglosajón Wilibaldo, más tarde obispo y santo, visitó Éfeso en 724 y se maravilló ante el milagro del maná que brotaba de la tumba del apóstol.


Simeón Metafrastes, en el siglo X, escribe sobre la fiesta del 8 de mayo que era de tal magnitud que parecía que había más personas presentes para participar en el milagro y recibir una porción que estrellas en el cielo.


Para el infeliz metropolitano Jorge Tornices (1155–56), la tumba con su polvo inagotable fue su único consuelo por tener que vivir en lo que él consideraba un lugar bárbaro con una iglesia en ruinas.


El abad Daniel, un peregrino ruso de principios del siglo XII, visitó la Basílica de San Juan que se construyó sobre su tumba, y describió la fiesta celebrada el 8 de mayo, así como los santuarios y reliquias que rodean la zona.


Según un autor, la descripción más elaborada del milagro data de 1304, escrita por el catalán Muntaner, que llegó con una fuerza mercenaria. Relata: «Este maná es maravillosamente bueno para muchas cosas; por ejemplo, el que lo bebe cuando siente que se avecina la fiebre, nunca más volverá a tener fiebre. Además, si una dama está de parto y no puede dar a luz, si lo bebe con agua o con vino, se le entregará de inmediato. Y nuevamente, si hay una tormenta en el mar y algo del maná se arroja al mar tres veces en nombre de la Santísima Trinidad y Nuestra Señora Santa María y el Bienaventurado San Juan Evangelista, la tormenta cesa de inmediato. Y nuevamente, el que sufre de cálculos biliares, y lo bebe en dichos nombres, se recupera de inmediato. Y algo de este maná se da a todos los peregrinos que vienen allí. Pero solo aparece una vez al año».


LECTURAS


En Vísperas


1 Jn 3,21-24;4,1-6: Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha.


1 Jn 4,11-16: Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


1 Jn 4,20-21;5,1-5: Queridos, si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?


En Maitines


Jn 21,14-25: En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Amén.


En la Liturgia


1 Jn 1,1-7: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestro gozo sea completo. Este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.


Jn 19,25-27;21,24-25: En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Viernes de la IV Semana de Pascua


Hch 10,44-48;11,1-10: En aquellos días, todavía estaba exponiendo Pedro estos hechos, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra, y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios. Entonces Pedro añadió: «¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?». Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara unos días con ellos. Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los de la circuncisión le dijeron en son de reproche: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos». Pedro entonces comenzó a exponerles los hechos por su orden, diciendo: «Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo que era descolgado del cielo sostenido por los cuatro extremos, hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos de la tierra, fieras, reptiles y pájaros del cielo. Luego oí una voz que me decía: “Levántate, Pedro, mata y come”. Yo respondí: “De ningún modo, Señor, pues nunca entró en mi boca cosa profana o impura”. Pero la voz del cielo habló de nuevo: “Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano”. Esto sucedió hasta tres veces, y de un tirón lo subieron todo de nuevo al cielo».


Jn 8,21-30: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros». Y los judíos comentaban: «¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?». Y él les dijo: «Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados». Ellos le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él». Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre. Y entonces dijo Jesús: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada». Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

07/05 - Sinaxis del Icono de la Santísima Madre de Dios de Yirovichi


El Icono de la Madre de Dios de Yirovichi apareció en el año 1470 en las cercanías de Yirovichi (actualmente Bielorrusia), en la frontera de Grodnensk. En el bosque, propiedad del dignatario lituano Alejandro Solton, unos pastores contemplaron una luz extraordinariamente brillante mientras observaban a través de las ramas de un peral que se alzaba sobre un arroyo al pie de una colina. Los pastores se acercaron y vieron un icono radiante de la Madre de Dios en el árbol. Con reverencia, los pastores llevaron el icono a Alejandro Solton. Este hizo caso omiso del informe de los pastores, pero tomó el icono y lo guardó en un cofre.


Al día siguiente, Solton recibió visitas y quiso mostrarles lo que había encontrado. Para su asombro, no encontró el icono en el cofre, a pesar de que lo había visto poco antes. Después de cierto tiempo, los pastores volvieron a encontrar el icono en el mismo lugar y se lo llevaron de nuevo a Alejandro Solton, que esta vez lo recibió con gran reverencia y prometió construir una iglesia en honor a la Santísima Theotokos en el lugar donde se descubrió. Alrededor de la iglesia de madera, pronto se formó un asentamiento y una parroquia.


Hacia el año 1520, la iglesia fue completamente incendiada, a pesar de los esfuerzos de los habitantes por extinguir el fuego y salvar el icono. Todos creían que el icono había sido destruido. Sin embargo, unos niños campesinos que regresaban de la escuela presenciaron una visión milagrosa. La Virgen, extraordinariamente bella y radiante, estaba sentada sobre una piedra junto a la iglesia incendiada, y en sus manos estaba el icono que todos creían destruido. Los niños no se atrevieron a acercarse a ella, pero se apresuraron a contarles la visión a sus familiares y conocidos.


Todos aceptaron la historia de la visión como una revelación divina y fueron a la colina con el sacerdote. El Icono de la Madre de Dios de Yirovichi, totalmente ileso a pesar del fuego, se alzaba sobre una piedra con una vela encendida delante. Durante un tiempo, colocaron el icono en la casa del sacerdote, y la piedra fue cercada. Cuando construyeron una iglesia de piedra, colocaron allí el icono milagroso. Posteriormente, un monasterio masculino surgió alrededor de la iglesia.


Durante la Primera Guerra Mundial se llevó el Icono de la Madre de Dios de Yirovichi a Moscú, pero a principios de la década de 1920 fue devuelto al monasterio. Actualmente se veneran diversas versiones del icono en lugares de todo el mundo como Minsk y Roma.



Fuente: johnsanidopoulos.com

Traducción del inglés: Google Translator

Adaptación propia

07/05 - Acacio el Centurión de Bizancio


San Acacio, que vivió principalmente en el siglo III, nació en Capadocia y fue centurión del regimiento martesiano bajo el mando del oficial militar Firmo.


Cuando comenzó la persecución contra los cristianos por orden del emperador Maximiano Galerio (305-311), Firmo interrogó a sus soldados uno tras otro sobre su fe. San Acacio se confesó cristiano firme y abiertamente. Al ver la firmeza del santo, Firmo lo envió ante su oficial superior, llamado Viviano, quien sometió al santo a una feroz tortura.


Tras las torturas, lo encadenaron pesadamente y lo encerraron en prisión. Poco después, llevaron al mártir y a otros prisioneros a Bizancio, ante el prefecto. Los soldados marcharon rápidamente, sin piedad, hacia los prisioneros. San Acacio se debilitó en el camino por las heridas, las cadenas, el hambre y la sed. Cuando finalmente se detuvieron para pasar la noche, san Acacio dio gracias a Dios por permitirle sufrir por su santo Nombre. Mientras oraba, el santo oyó una voz celestial: “¡Ánimo, Acacio, y sé fuerte!”. Esta voz también fue oída por los demás prisioneros, y muchos de ellos creyeron en Cristo y le pidieron al santo que los instruyera en la fe cristiana.


En Bizancio encarcelaron al santo mártir, mientras que los demás prisioneros fueron recluidos en condiciones menos severas. Por la noche, los demás prisioneros vieron cómo jóvenes radiantes se le aparecieron a san Acacio y lo atendieron, lavando sus heridas y llevándole comida. Después de siete días, Viviano volvió a llamar a san Acacio ante él y quedó impresionado por su aspecto fresco. Suponiendo que el guardia de la prisión había sido sobornado para que le diera respiro y comida, lo mandó llamar para interrogarlo. Como no creyó sus respuestas, Viviano mandó azotar brutalmente al guardia. El propio san Acacio respondió entonces a Viviano: «Mi poder y mi fuerza me los da el Señor Jesucristo, quien ha curado mis heridas». Viviano ordenó golpear al mártir en la cara y romperle los dientes por sus palabras.


Decidido a intensificar y prolongar la tortura de san Acacio, Viviano lo envió al prefecto Flaccino con una carta. Al leer la carta, Flaccino se irritó de que Viviano hubiera torturado a un centurión durante tanto tiempo y con tanta crueldad, y ordenó decapitar al mártir sin más demora.


En el lugar de la ejecución, san Acacio alzó la vista al cielo, dando gracias a Dios por haberle concedido la muerte de mártir por su causa. Luego inclinó la cabeza bajo la espada. Esto ocurrió en el año 303.


En la época de Constantino el Grande las reliquias del Santo mártir Acacio reposaron en Constantinopla, en una iglesia construida en su honor, y posteriormente fueron trasladadas a Calabria, a la ciudad de Escilacio.


El santo mártir Acacio es invocado especialmente en ayuda de los que luchan contra las tentaciones de la carne, tal y como atestigua San Epifanio, discípulo de San Andrés el Loco por Cristo.



Fuente: iglesiaortodoxa.org.mx/oca.org

Adaptación propia