24/10 - Sinaxis del Icono de la Santísima Madre de dios «Alegría de los Afligidos»


¡Cuánto consuelo encierra el solo nombre de este Icono! Despierta y fortalece la fe del pueblo en la Madre de Dios, como una ayuda maravillosa que acude adondequiera que se oye el gemido del sufrimiento humano, que enjuga las lágrimas de los que lloran y, en el mismo dolor, concede momentos de alegría y gozo celestial. Alégrate siempre, oh Alegría Celestial de todos los que sufren.


De acuerdo con la fe del pueblo en la bondad amorosa de la Madre de Dios hacia la humanidad, se ha acostumbrado a representar a la Theotokos de una manera que se ajusta a lo que se escucha en las palabras de la oración: «Oh Santísima Soberana Señora Theotokos, tú eres superior a todos los Ángeles y Arcángeles, y más honorable que toda la creación. Tú eres la ayuda de los oprimidos, la esperanza de los desesperados, el auxilio de los pobres, el consuelo de los afligidos, quien sustenta a los hambrientos, quien viste a los desnudos, quien cura a los enfermos, quien salva a los pecadores, quien ayuda y socorre a todos los cristianos». Por lo tanto, la Madre de Dios se representa en pleno esplendor, a veces con el Divino Niño en brazos (como en el prototipo de Moscú), a veces sin el Niño (como en el Icono con monedas, glorificado en San Petersburgo el 23 de julio de 1888). Está rodeada de todo tipo de personas afligidas: desnudos, ofendidos y hambrientos. Alrededor de estos pobres desafortunados se representan a menudo ángeles, enviados por la Soberana Señora para aliviar el sufrimiento humano. Los ángeles, acercándose a la gente, señalan a la Madre de Dios, quien está representada en los Iconos de la "Alegría de Todos los que Sufren", ya sea en gloria, con una corona en la cabeza y vestidura real, o con las vestimentas habituales de su vida terrenal, y un paño blanco sobre la cabeza.


En Moscú, en el siglo XVII, se hizo famoso un Icono de la Madre de Dios con este nombre. El primer milagro ocurrió en 1688 para la enferma Eufemia, hermana del Patriarca Joaquín, quien vivía en Ordinka. Experimentaba un terrible sufrimiento a causa de una herida en el costado. Esta herida era tan grande que sus intestinos eran visibles. La paciente esperaba la muerte, pero al mismo tiempo, no perdía la esperanza en la ayuda divina. Un día, tras pedir participar de los Santos Misterios, comenzó a clamar a la Santísima Theotokos con gran fe: "¡Escúchame, Soberana Señora Misericordiosa! El mundo entero se jacta de ti, y todos reciben tus abundantes misericordias. Merezco ser castigada por mis iniquidades, pero no me castigues en tu ira. Mira mi dura enfermedad y ten piedad de mí".


Después de esta oración, la paciente escuchó una voz: "Eufemia, en tu sufrimiento, ¿por qué no recurres al Sanador universal?".


Atónita por la voz, Eufemia respondió: "¿Dónde puedo encontrar a un Sanador así?".


La respuesta llegó: "Hay una imagen mía en la iglesia de la Transfiguración de mi Hijo, llamada "Alegría de todos los que sufren." Se encuentra a la izquierda de la ‘trapeza’, donde suelen estar las mujeres. Llama al sacerdote de esa iglesia para que venga a tu casa con el Icono, y cuando haya oficiado un Moleben con la Santificación del Agua, recibirás la curación. No olvides mi misericordia hacia ti y proclamála para la glorificación de mi nombre."


Cuando Eufemia se recuperó de la emoción de esta visión, supo por sus familiares que en la iglesia de la Transfiguración, en Ordinka, realmente había un Icono de la Madre de Dios "Alegría de Todos los que Sufren", así que llamó al sacerdote para que fuera a su casa con el Icono. Después de oficiar un Moleben con la Santificación del Agua, Eufemia sanó el 24 de octubre de 1688. Posteriormente, se estableció una Fiesta en honor a este Icono en memoria de su curación, que tuvo lugar ese día.


Algunos creen que el Icono original de la Madre de Dios "Alegría de Todos los que Sufren" fue llevado a San Petersburgo, a la Princesa Natalia Alekseevna, y que es precisamente la imagen la que se encuentra en la Iglesia de los Dolores, en Sfalerna. Sin embargo, es más probable que el icono original permaneciera en Moscú.



Fuente: oca.org

Traducción del inglés: Google Translator

Adaptación propia

24/10 - Aretas el Megalomártir y sus compañeros


A principios del siglo VI, los etíopes aksumitas cruzaron el Mar Rojo y extendieron su dominio sobre los árabes y judíos de Himyar (actual Yemén), a quienes impusieron un virrey.


Dunaán, un miembro de la familia himyarita que había sido arrojada del trono, se levantó en armas y tomó Zafar. Como se había convertido al judaísmo, asesinó a los miembros del clero y convirtió la iglesia en sinagoga. En seguida puso sitio a Nachrán, que era uno de los grandes centros cristianos. La ciudad se defendió tan valientemente que Dunaán, sintiéndose incapaz de conquistarla, le ofreció la amnistía si se rendía. Los defensores aceptaron la oferta; pero Dunaán, en vez de cumplir su palabra, permitió a los soldados que saqueasen la plaza y condenó a muerte a todos los cristianos que no apostatasen. El organizador de la defensa fue el jefe de la tribu de Banu Harith (que desde entonces se llamó de San Aretas; ese nombre en árabe -Hariz- significa «cultivador» o «campesino“, igual que Jorge en griego) con muchos de sus hombres, y todos fueron decapitados. Los sacerdotes, los diáconos y las vírgenes consagradas fueron arrojados en fosos llenos de fuego. Como la esposa de Aretas se negase a acceder a las proposiciones amorosas de Dunaán, éste mandó ejecutar a sus hijas delante de ella y la obligó a beber su sangre; en seguida ordenó que la degollasen.


El obispo Simeón de Beth-Arsam, legado del emperador Justino I, se hallaba en la frontera persa con una tribu árabe. Cuando se enteró de lo sucedido, transmitió la noticia al abad de Gabula, que se llamaba también Simeón. Al mismo tiempo, los refugiados de Nachrán difundieron la noticia por todo Egipto y Siria. La impresión que el hecho produjo no se borró en varias generaciones. El patriarca de Alejandría escribió a los obispos de Oriente con la recomendación de que conmemorasen a los mártires, que orasen por los supervivientes y señalando como culpables del crimen a los antiguos judíos de Tiberíades. 


Tanto el emperador como el patriarca escribieron al rey aksumita Elesbaán (a quien los sirios llaman David y los etíopes Caleb), para clamar venganza por la sangre de los mártires. El monarca no necesitaba que le incitasen a la venganza y partió al punto, con su ejército, a reconquistar su poder en Himyar. Elesbaán tuvo éxito en la campaña. Dunaán murió en el campo de batalla y su capital fue ocupada por el enemigo.


Elesbaán reconstruyó Nachrán e instaló a un obispo alejandrino, pero tanto en el campo de batalla como en el trato a los judíos que habían incitado a Dunaán a la matanza, se condujo con crueldad y codicia propias de la barbarie de una nación semipagana; sin embargo, se cuenta que al fin de su vida renunció al trono en favor de su hijo, regaló su corona a la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén y se retiró al desierto como anacoreta.


En algunas fuentes se habla de 341 mártires, mientras que en el anterior se establecían más de 4000.


LECTURAS


Heb 11,33-40;12,1-2: Hermanos, todos los santos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección. En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


Lc 12,32-40: Dijo el Señor: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Sábado de la V Semana de Lucas


Lc 7,1-10: En aquel tiempo, entró Jesús en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga». Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe». Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano. 



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Sábado de la XXI Semana


2 Cor 3,12-18: Hermanos, teniendo esta esperanza, procedemos con toda franqueza, y no como hizo Moisés, que se echaba un velo sobre la cara para evitar que los hijos de Israel contemplaran el fin de lo que era caduco. Pero tienen la mente embotada, pues hasta el día de hoy permanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo. Y hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés, cae un velo sobre sus corazones; pero cuando se convierta al Señor, se quitará el velo. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

23/10 - Nuestro Justo Padre Ignacio, Patriarca de Constantinopla


San Ignacio era de ilustre cuna: su madre era hija del emperador Nicéforo, y su padre, Miguel Rangabe, llegó a ser emperador. El reinado de Miguel fue de corta duración. En efecto, el año 813, fue depuesto en favor de León el Armenio, y sus dos hijos fueron mutilados y encerrados en un monasterio. El más joven de los dos, Nicetas, tomó el nombre de Ignacio y se hizo monje. El abad de su monasterio le hizo sufrir mucho.


Después de su ordenación de sacerdote fue elegido abad, a la muerte de su predecesor. El año 846, fue nombrado patriarca de Constantinopla. Sus virtudes brillaron espléndidamente en ese cargo; pero la libertad con que se opuso al vicio y reprendió a los pecadores públicos le atrajo una violenta persecución. El césar Bardas, tío del emperador Miguel III, fue acusado de incesto: en la Epifanía del año 857, Ignacio le rehusó la comunión públicamente. Bardas persuadió entonces al emperador Miguel el Ebrio de que se deshiciese del patriarca. El emperador y su tío, ayudados por el obispo Gregorio de Siracusa, inventaron diversas acusaciones, depusieron a Ignacio y le enviaron al destierro.


En realidad, no se trataba solamente de una venganza individual, sino de una lucha sorda entre dos partidos: por una parte, los miembros de la casa imperial y el clero de la corte, apoyados por la mayoría de los elementos más tibios. Por otra parte, un grupo de rigoristas, que defendían la independencia del poder religioso, encabezados por los monjes del monasterio de Studion. San Ignacio apoyaba a estos últimos, y por ello fue desterrado a la isla de Terebinto. Algunos indican que el Santo podría haber renunciado en ese momento al gobierno de su diócesis, aunque quizás de forma condicional.


Bardas nombró patriarca a un hombre de ciencia y talento desde el punto de vista humano llamado Focio. En la semana anterior a la Navidad del año 858, Focio, que era laico, tomó el hábito de monje y recibió sucesivamente las órdenes de lector, subdiácono, diácono, sacerdote y obispo. Cuando escribió al papa de Roma Nicolás I para anunciarle su elección, éste envió a unos legados a Constantinopla para investigar el asunto.


Las consecuencias de la investigación, que fueron muy importantes, pertenecen a la historia general de la Iglesia. Hagamos notar solamente que las investigaciones de los últimos cincuenta años han revelado la complejidad del asunto y han modificado las conclusiones que se habían aceptado durante muchos siglos. Antiguamente se creía que se trataba de un intento de Constantinopla de mantener tenazmente su independencia completa de Roma, encabezada por Focio; actualmente, sabemos que fue en realidad un aspecto de una lucha de partidos político-eclesiásticos, en la que los partidarios de san Ignacio se mostraron tan rebeldes a la Sede Romana como Focio cuando lo consideraron necesario.


Nueve años más tarde, en 867, el emperador Miguel III, quien había tomado parte el año anterior en el asesinato de Bardas, fue asesinado por Basilio el Macedonio, que se apoderó del trono. Basilio procedió a deponer a Focio de la sede patriarcal (que había de volver a ocupar diez años después) y llamó a san Ignacio del destierro para ganarse el apoyo de sus partidarios. Entonces san Ignacio incitó a Adriano II, que había sucedido a Nicolás I en el trono pontificio, a convocar un concilio. La asamblea que se reunió en Constantinopla el año 869 fue considerada por Roma el VIII el Concilio Ecuménico y el IV de Constantinopla. Los Padres de ese Concilio excomulgaron a Focio y condenaron a sus partidarios, pero los trataron con benignidad.


En los años que le quedaban de vida, san Ignacio desempeñó los deberes de su oficio con celo y energía, aunque no siempre con benevolencia respecto de Roma a pesar de que siempre lo había defendido. En efecto, el santo continuó la política de Focio respecto de la Sede Romama en la cuestión de la jurisdicción patriarcal sobre los búlgaros y llegó incluso a incitar al príncipe búlgaro, Boris, a expulsar a los sacerdotes y obispos latinos y a acoger a los que él le había enviado. Eso indignó al papa Juan VIII, quien envió a unos legados para que amenazaran a Ignacio con la excomunión; pero san Ignacio murió el 23 de octubre del año 877, antes de que llegase la embajada a Constantinopla. Le sucedió de nuevo como Patriarca Focio, que se reconcilió finalmente con el Papa de Roma Juan y posteriormente sería depuesto por el Emperador León VI «el Sabio» y exiliado a Armenia, donde moriría.


La santidad personal de Ignacio, la valentía con que atacó los vicios de los más altos personajes, su reconciliación personal e institucional con su rival en el trono patriarcal y la paciencia con que soportó los sufrimientos que se le impusieron injustamente le han merecido figurar entre los Santos. Fue enterrado en la Basílica de la Santa Sabiduría (Santa Sofía), pero después sus restos fueron enterrados en la iglesia de San Miguel, cerca del Bósforo.



Fuente: eltestigofiel.org / Aciprensa