20/05 - El Santo Mártir Talaleo


Su padre se llamaba Berucio y su madre Romilía. Talaleo era un joven de bello semblante, físicamente alto y con cabello rubio rojizo. Estudió las ciencias médicas y ofrecía desinteresadamente sus servicios, por lo que fue incluido en la categoria de "Anárgiros". Debido a su fe en Cristo, le arrestaron los idólatras en Anazarbo de Cilicia, estando oculto en el bosque, y le llevaron ante el gobernador Tiberiano. Éste, como no pudo convencerle para ofrecer sacificios a ídolos, ordenó que le traspasasen los tobillos con clavos y le colgasen al revés, es decir con la cabeza hacia abajo. 


Tanta paciencia mostró el Santo ante aquel terrible martirio, que dos de los soldados torturadores, llamados Alejandro y Asterio,  creyeron en Cristo. Tras confesar su creencia, fueron decapitados.


Después Tiberiano ordenó que arrojaran al Santo al mar para que se ahogase. Pero no le pasó nada y salió del mar con una vestimenta toda blanca. Tras esta milagrosa liberación, le llevaron al estadio y le soltaron frente a las fieras. Pero de nuevo permaneció sano y salvo porque las fieras no le hicieron nada.


Finalmente el Mártir fue decapitado por la espada en Edesa de Asia Menor el otoño de 284 d.C, recibiendo así la corona inmarcesible del martirio.


Su Sinaxis se celebra en el lugar de su martirio, el cual se encuentra en el templo de San Agatónico. Aparte de éste, conocemos también el templo cerca del monte Auxencio. Con el nombre del Santo existió también un monasterio en Palestina, el cual, según testimonio de Procopio, fue restaurado por el emperador Justiniano (527-565 d.C.). Algunos monasterios celebraban la memoria de San Talaleo el 3 de Septiembre, mientras que otros lo hacían el 23 de Agosto, día en que el Santo fue sometido a interrogación. 


San Talaleo se cuenta entre los veinte santos Anárgiros o «no mercenarios» de la tradición bizantina. En el lugar donde fue decapitado en Edesa, Dios permitió que creciera una planta que, por Su gracia, podía curar todo tipo de enfermedades y aflicciones, para mostrar al Santo como portador de la gracia que practicaba el arte de la medicina.


En la isla de Naxos, el Santo se celebra especialmente en el pueblo que lleva su nombre, San Talaleo. Allí existe una iglesia dedicada a él, que originalmente era la iglesia central de un monasterio. Hoy esta iglesia es la parroquia central del pueblo. Se remonta a 1501 y disfruta de una gran celebración en la fiesta del Santo, que se celebra el 20 de mayo. La celebración es tan grande, que otras iglesias en la isla también celebran al Santo con un festival. Al mismo tiempo, la Asociación de Naxo-atenienses dedicó un magnífico ícono del Santo a la majestuosa Iglesia del Evangelista Lucas en Patision. También, desde Naxos la veneración de San Talaleo se extendió al resto de las islas Cícladas. San Nicodemo el Atonita, que era de Naxos, escribe que se produjeron muchos milagros durante el festival de San Talaleo en Naxos, e incluso compuso un Oficio Divino en honor del Santo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
Adaptación propia

Miércoles de la VI Semana de Pascua (Apódosis de Pascua)


Hch 18,22-28: En aquellos días, Pablo desembarcó en Cesarea, subió y saludó a la Iglesia y bajó a Antioquía. Pasado algún tiempo en Antioquía, marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos. Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan. Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías.


Jn 12,36-47: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «Mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz». Esto dijo Jesús y se fue y se escondió de ellos. Habiendo hecho tantos signos delante de ellos, no creían en él para que se cumpliera el oráculo de Isaías que dijo: «Señor, ¿quién ha creído nuestro anuncio? y ¿el brazo del Señor a quién ha sido revelado?». Por ello no podían creer, porque de nuevo dijo Isaías: «Ha cegado sus ojos y ha endurecido sus corazones, para que no vean con sus ojos y entiendan en su corazón y se conviertan y yo los cure». Esto dijo Isaías cuando vio su gloria y habló acerca de él. Sin embargo, incluso muchos de los principales creyeron en él, pero, a causa de los fariseos, no lo confesaban públicamente para no ser expulsados de la sinagoga, pues prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios. Jesús gritó diciendo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas. Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

19/05 - Patricio el Hieromártir y Obispo de Prusa y sus Compañeros Mártires Acacio, Menandro y Polieno


Las Actas dicen que Patricio era obispo de Prusa, Bitinia en el año 100. Esta ciudad tenía unas aguas termales muy conocidas, donde se veneraba al dios Esculapio, al que los paganos atribuían las curaciones que en los manantiales ocurrían. Julio, procónsul de Bitinia, estando de paso en Prusa, probó los baños calientes, de los que salió fresco, vigoroso, y con buena salud. Considerándose en deuda con Esculapio, decidió que el mejor sacrificio que podía ofrecer a su dios sería obligar al obispo de los cristianos a adorarle. Algunas versiones dicen que la idea fue sacrificarle al obispo. Fueron capturados Patricio y tres de sus presbíteros, Acacio, Menandro y Polieno. Cuando estuvieron frente al procónsul, este dijo: 


Julio: Tú, que te dejas llevar por historias vanas, niega si es posible el poder de nuestros dioses y su cuidado providencial sobre nosotros, concediéndonos estas aguas minerales, dotadas por ellos con virtudes saludables. Por ello, insisto en que sacrifiques a Esculapio, con el fin de evitar ser duramente atormentado si no cumples.


Patricio: ¡Cuántas cosas malvadas están contenidas en las pocas palabras que has pronunciado!


Julio: ¿Qué maldad se puede descubrir en mi discurso? ¿No son las curas diarias, provocadas por estas aguas, claras y evidentes? ¿No lo he experimentado yo?


Patricio entonces predicó al procónsul, y no negó las virtudes saludables de las aguas, ni los curas realizadas en los cuerpos, sino que trató de convencer al gobernador y a un numeroso público de que estas aguas y todas los demás cosas del mundo habían recibido su ser y perfección del Único Dios verdadero y de su Hijo Jesucristo. Mientras daba sus razones, fue interrumpido por el procónsul, que gritó: 


Julio: ¿Pretendes decir que Cristo hizo estas aguas, y les dio su virtud?


Patricio: Sí; sin lugar a dudas, lo hizo.


Julio: Si yo te meto en estas aguas para castigarte por su desprecio de los dioses, ¿imaginas que tu Cristo, a quien supones hacedor de ellas, preservará tu vida en medio de ellas?


Patricio: No desprecio a tus dioses, porque nadie puede despreciar lo que no existe. Puedes estar convencido  de que Jesucristo puede preservar tan fácilmente mi vida, cuando me metas en estas aguas, como puede permitirse tomarla para sí. Todo lo que se refiere a mí es perfectamente conocido por Él, ya que está presente en todas partes. No cae un pájaro al suelo, ni un cabello de las cabezas, sino por su buena voluntad y placer. Esto lo tendrías que considerar como un oráculo de la verdad misma, ya que un castigo eterno en el infierno espera a todos los que, como tú, adoran ídolos.


Estas palabras, claro está, enfurecieron al procónsul, que mandó metiera al santo obispo en las aguas hirvientes. Mientras lo lanzaban, Patricio oró: "Señor Jesucristo, ayuda a tu siervo". Varios de los guardias que le sujetaban se quemaron con el agua, pero no ocurría lo mismo con nuestro mártir, que continuó metido en ella un tiempo considerable sin sentir el más mínimo dolor, como si no fuera aquello más que un baño templado agradable. El procónsul, enfurecido, ordenó le sacaran y decapitaran. Después encomendar su alma a Dios con una breve oración, Patricio se arrodilló, y le fue cortada la cabeza, de acuerdo con la sentencia. Los fieles que estaban presentes en la ejecución tomaron su cuerpo y le enterraron cerca del camino de la ciudad. Su martirio ocurrió el 19 de mayo. Sus presbíteros fueron decapitados tras él, probablemente durante el reinado de Diocleciano (284-305).


Menologios antiguos, como el “Chronicon” recogen su "passio", en el apartado "Patricii Episcopi Prusæ. Respuesta ad Judicem". Los martirologios orientales le ponen a 19 de mayo, pero los occidentales, como el romano, lo hacen a 28 de abril, tal vez por una conmemoración de traslación de reliquias a una iglesia que tuvo dedicada en Constantinopla. También tiene mención a 10 de junio entre los Santos Obispos de Prusa, como los santos Alejandro, Jorge y Timoteo. En las iglesias orientales se solicita su intercesión para superar las bajas y calurosas pasiones.



Fuente: religionenlibertad.com

Martes de la VI Semana de Pascua


Hch 17,19-28: En aquellos días, los atenienses tomaron a Pablo y lo llevaron al Areópago, diciendo: «¿Se puede saber cuál es esa nueva doctrina de que hablas? Pues dices cosas que nos suenan extrañas y queremos saber qué significa todo esto». Todos los atenienses y los forasteros residentes allí no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad. Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: «Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos. Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo. El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas, ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo. De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar, con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya”».


Jn 12,19-36: En aquel tiempo, los fariseos se dijeron a sí mismos: «Veis que no adelantáis nada. He aquí que todo el mundo le sigue». Entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. La gente le replicó: «La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre?». Jesús les contestó: «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

18/05 - Santos Mártires Pedro, Dionisia, Andrés, Pablo, Cristina, Heraclio, Paulino y Benedimo


Estos Santos sufrieron el martirio durante el reinado de Decio (249-251).


En aquella época vivía en Lampsaco del Helesponto un joven cristiano de carácter altivo y noble presencia llamado Pedro. El procónsul Olimpio, ante el cual compareció, le mandó que ofreciese sacrificios a Venus. Pedro se negó y atacó hábilmente el culto a la licenciosa divinidad. En las «Actas» de su martirio se citan sus propias palabras. Su cuerpo fue aplastado y destrozado con cadenas y trozos de madera en una silla de torturas; habiendo resistido este tormento con valentía, entregó su alma. Otras versiones dicen que San Pedro fue decapitado tras haber sido torturado en la rueda.


Poco después, el mismo procónsul juzgó a otros tres cristianos: Nicómaco, Andrés y Pablo. Pablo y Andrés eran soldados de Mesopotamia llevados con su gobernador a Atenas, donde los pusieron a cargo de dos cautivas cristianas, Dionisia y Cristina. Durante la tortura, Nicómaco abjuró de la fe. Entonces Dionisia, la joven de dieciséis años que se hallaba presente, lanzó un grito de horror. Fue arrestada, se la interrogó y confesó que era cristiana. Como se negase a sacrificar a los dioses, fue condenada a morir al día siguiente, con Andrés y Pablo; también se le anunció que iba a pasar la noche con dos jóvenes licenciosos, a quienes se autorizó para hacer de ella lo que quisiesen. Pero la misericordia de Dios preservó a Dionisia de sus ataques. A la mañana siguiente, Andrés y Pablo fueron lapidados en las afueras de la ciudad por la turba. Dionisia, que deseaba morir con ellos, los siguió hasta el sitio del martirio; pero el procónsul la obligó a volver y la mandó decapitar dentro de la ciudad.


Finalmente Heraclio, Paulino y Benedimo eran atenienses y predicadores del Evangelio que apartaron a muchos paganos de sus errores y los llevaron a la luz de Cristo. Conducidos ante el gobernador, confesaron su Fe y, después de muchos tormentos, fueron decapitados.



Fuente: goarch.org / eltestigofiel.org

Traducción del inglés y adaptación propias