13/05 - La Santa Mártir Gliceria


Hoy se conmemora a una mártir antigua, de nombre Gliceria, que en griego significa “dulzura”, “dulce”, aunque veremos que fue más bien una mujer de fuerte personalidad y carácter. Para conocer a esta Santa tenemos que recurrir a una Vita greca de la Santa, aunque de ella también se habla, aunque sea de refilón, en la vita de San Partenio de Lampedusa e incluso en la de los mártires de Sebaste.


Passio de la Santa


Según este relato, Gliceria era hija de un oficial romano llamado Macario, de familia ilustre, que llegó a ser nada menos que tres veces cónsul. Siendo niña, su familia se mudó a la ciudad tracia de Trajanópolis. Quedó huérfana al poco de llegar a la adolescencia. Entonces empezó a frecuentar las comunidades cristianas y posteriormente se convirtió al cristianismo. Otras versiones afirman que, en cambio, la fe cristiana le procedía de su padre, quien se le había inculcado. En cualquier caso, ella se dedicaba a confirmar los cristianos en la fe, predicándoles el Evangelio y animándolos en las persecuciones, para que no flaqueasen y se mantuviesen fuertes y fieles a Cristo.


Eran los tiempos del emperador Antonino Pío, quien iniciaba su primer año de reinado. Por entonces, Sabino, el gobernador de Trajanópolis, recibió un edicto de Roma, y fijó un día específico para adorar a Júpiter. Cuando Gliceria lo supo, reunió a sus compañeros de fe y dijo: “El gobernador ha dispuesto un día para que se adore al falso dios de los paganos. Yo voy a recriminárselo y a sufrir por Cristo. Os ruego que recéis por mí al Señor, para que me dé la fuerza suficiente como para resistir los más atroces tormentos.” Ellos, aunque les dolía perderla, no osaron persuadirla, y el día señalado la joven se ungió y lavó, trazó una cruz con crisma en su frente y cubrió su rostro con un velo.


El templo de Júpiter estaba lleno de fieles, y entre sus columnas se filtraban los rayos del sol. Allí estaba Sabino supervisando los sacrificios, al cual se acercó Gliceria y le pidió permiso para mostrarle cómo se debía sacrificar a los dioses. Concedido el permiso, Gliceria avanzó hasta los pies de la estatua del dios, y retirando el velo de su rostro, mostró la cruz que llevaba trazada y que brilló a la luz. Entonces dijo que aquélla era su luz, pues era cristiana, y que aquella luz era el único sacrificio que su Dios aceptaba. Sabino la instó a sacrificar, pero ella replicó que Dios no necesitaba del humo de las ofrendas incineradas en el altar de un falso dios. Ordenó que apagaran las fogatas del templo para que vieran, en efecto, que la cruz marcada en su frente brillaba por sí sola, sin necesidad de luz propia. Luego dijo: “Quiera Dios que los paganos dejen de adorar a esta vulgar estatua y recuperen la sensatez.” A continuación, trazó la señal de la cruz sobre la figura y se oyó un fuerte trueno que abatió la estatua, volcándola de su pedestal, y la arrojó al suelo, haciéndola pedazos.


Esto causó verdadero espanto entre los devotos, que se lanzaron sobre la cristiana, la arrastraron por los cabellos hasta sacarla del templo, entre pisotones y golpes, la tiraron en medio de la calle, y empezaron a apedrearla con violencia. Pero comprobaron atónitos que por más que lo intentaban, ninguna piedra golpeaba a la Santa, de modo que los guijarros caían a su alrededor sin herirla. “Sabed, les dijo, que no soy bruja ni sirvo a los demonios. Es el poder de Jesucristo, Dios hecho hombre, quien me protege, y por ello no siento vuestras piedras”. Entonces Sabino ordenó encarcelarla. Aquella noche, el sacerdote Filócrates acudió a visitar a la prisionera y le dijo: “Anímate, hija. Te esperan largos sufrimientos. Sé fuerte hasta el final.” Y la asistió y consoló con la lectura de las Sagradas Escrituras.


Al día siguiente, Gliceria fue juzgada por el ultraje realizado al dios y sometida a tortura: la colgaron de los cabellos por el techo y la quemaron con antorchas, pero ella afirmó que no sentía ningún dolor, pues Dios la protegía. Entonces, Sabino ordenó que la bajaran y le destrozaran el rostro a golpes. De repente apareció un ángel del Señor que detuvo a los verdugos y los dejó paralizados. Pero ni esto impresionó a Sabino, que mandó encerrarla de nuevo en su celda y sellar su puerta con su sello oficial, para que nadie pudiera entrar a curarla ni a alimentarla. Pero nuevamente esto fue en vano, porque los ángeles del Señor se aparecieron para atenderla. Algunos días después, Sabino rompió el sello y entró a por ella, encontrándola viva y en buen estado. Tampoco esto lo impresionó, y como debía ir a la ciudad de Heraclea para tratar unos asuntos, se la llevó consigo. La comunidad cristiana de dicha ciudad acudió a visitarla y la recibieron con todos los honores. Iba a la cabeza el obispo Domicio (o Dionisio), quien le dijo: “Tanto yo como mis compañeros rezaremos por ti, para que tu dolor se acabe pronto.”


Al día siguiente, la tiraron a un horno encendido, pero no sufrió daños porque cayó un rocío celestial que apagó las llamas. Salió de allí milagrosamente ilesa, por lo que recurrieron a un nuevo tormento: la ataron de manos y pies y le arrancaron la cabellera, desollando también su cabeza y rostro, dejando el cráneo despellejado. A pesar del intenso dolor, ella rezaba fervorosamente a Dios para que le diera fuerzas para soportar el sufrimiento. Su coraje avergonzó a Sabino, de modo que, tras este suplicio, Gliceria fue arrojada de nuevo en la celda, que habían llenado de cascos y piedras afilados para que no pudiera moverse sin herirse con ellos.


Pero no duró mucho su sufrimiento: aquella misma noche el ángel del Señor volvió a socorrerla, curando las heridas de su cabeza desollada y restaurando su belleza. Su carcelero, un hombre llamado Laodicio, no pudo ocultar su admiración al entrar a verla y encontrarla completamente intacta, sin rastro de las horribles lesiones en su rostro y cabeza. Le entró un gran miedo al pensar que podían responsabilizarlo, pero Gliceria lo calmó diciéndole que todo aquello era obra de un ángel. Como Laodicio también había visto al ángel, escuchó las predicaciones de Gliceria, y conmovido por el valor que mostraba, le dijo: “Ojalá yo pudiera estar en tu lugar y ser digno de tan dura prueba.” Ella respondió: “Sigue a Cristo y lo serás.”


Cuando a la mañana siguiente Laodicio trajo de nuevo a Gliceria ante el tribunal, Sabino se indignó al ver que la traía sin grilletes. Cuando le requirió por qué no la había encadenado para trasladarla, Laodicio narró lo que había visto la noche anterior y se proclamó cristiano. Sabio, ofendido, mandó decapitarlo inmediatamente. Los cristianos recogieron el cuerpo del carcelero y le dieron honrosa sepultura, contándolo desde ese momento como uno de los suyos, un mártir de Cristo aunque no hubiese sido bautizado, pues entendieron que él mismo se había bautizado con su propia sangre.


Aún intentó Sabino convencer a Gliceria de que sacrificase a los dioses, diciéndole: “Tu padre fue elegido tres veces cónsul y sirvió bien a Roma, ¿por qué avergüenzas su memoria dedicándote a esta triste secta?”. Ella respondió: “Respeto y honro a mi padre, pero mi corazón y mi vida pertenecen a mi esposo, Jesucristo, quien me da paciencia para resistir tus tormentos. Pero tú ves un prodigio tras otro y no abres tu corazón a Dios, porque los ojos de tu alma están cerrados”. Al oír esto, Sabino, harto, por fin dictó sentencia de muerte contra ella: su destino final era ser devorada por fieras salvajes. Ella acogió con alegría esta noticia. Lanzada a un foso lleno de leones, resultó que, nuevamente, también quedó ilesa, pues una leona, en lugar de atacarla, empezó a lamer dulcemente sus pies, causando estupefacción y la conversión de la multitud que contemplaba el suplicio.


Pero como quiera que aquello se alargaba demasiado, la misma Gliceria oró a Dios en voz alta dándole gracias por las fuerzas concedidas para soportar su martirio y suplicándole que permitiese que de una vez se consumara, para poder ir con Él a la gloria eterna. Entonces una voz respondió del cielo: “Ven, mi fiel sierva Gliceria, que he abierto para ti las puertas del cielo”, y de esa manera Gliceria fue muerta instantáneamente por una segunda leona que se arrojó sobre ella y la mordió en la garganta. Alguna obra de arte la muestra muriendo a espada, pero lo cierto es que la versión de la leona es la más conocida.


Sabino no pudo gozar mucho tiempo de la satisfacción que le produjo la muerte de Gliceria, pues enfermó repentinamente de hidropesía y murió. La comunidad cristiana de Heraclea, con el obispo Domicio a la cabeza, consiguió el cuerpo de la mártir y se encargó de sepultarla en las afueras de la ciudad. La declararon patrona de la ciudad y alzaron un templo en su honor.


Culto y reliquias


En el año 591, los emperadores Mauricio y Heraclio visitaron el templo de Santa Gliceria en Heraclea, el que le habrían dedicado tras su martirio. Se dice que del sepulcro de la Santa fluía una mirra milagrosa. Una tradición local dice que en el siglo VIII las reliquias de la Santa fueron llevadas a Lemnos, aunque en la iglesia de San Jorge en Heraclea se conserva un relicario que guarda el cráneo. A estas reliquias se le atribuyen muchísimos milagros -particularmente curaciones- y también apariciones de la Santa.


La mártir es conocida y venerada tanto en Oriente como en Occidente, aunque en la actualidad es más conocida en el mundo ortodoxo, donde no faltan iconos suyos. De hecho, su nombre, Gliceria, era hasta hace relativamente poco todavía usado entre las mujeres occidentales -en España, por ejemplo-, aunque actualmente está en desuso por considerarse anticuado. No así en Grecia, donde sigue habiendo muchas mujeres llamadas así (Glykeria).


Los sinaxarios bizantinos la conmemoran el 13 de mayo, es decir, hoy, fecha en la cual se la menciona también en el Martirologio Romano.


Iconografía


Santa Gliceria aparece en la mayoría de los iconos como una mujer velada portando la cruz del martirio, que es la iconografía común para toda virgen mártir (parthenomartyris); pero hay algún icono en el que aparece sosteniendo su catedral consagrada en Galatsi (Atenas), que parece ser reciente.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

Miércoles de la V Semana de Pascua


Hch 13,13-24: En aquellos días, Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran: «Hermanos, si tenéis una palabra de exhortación para el pueblo, hablad». Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo: «Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años los cuidó en el desierto, aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús».


Jn 6,5-14: En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda». Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

12/05 - Germán, Patriarca de Constantinopla


Nació el 635, siendo Heraclio emperador bizantino. Su padre fue un prestigioso patricio llamado Justiniano, muerto alrededor del 669 por orden del suspicaz o envidioso emperador Constantino Pogonato.


De la vida y actividad de Germán antes de obtener su primera prelacía sabemos poco. Dos documentos antiguos (un menologio y un sinaxario) nos ponderan su afición a las Escrituras y a la contemplación, su viveza de ingenio y experiencia de los negocios. En todo caso parece que ya antes del 711 era obispo de Cícico, en el Helesponto. Poco después el monotelismo (herejía defensora de una sola voluntad en Cristo), aunque ya había recibido el golpe de muerte en el VI concilio ecuménico de 681, revivió por corto espacio con el emperador Filípico (711-713), el cual presionó de tal modo a Germán que el anciano prelado tuvo la debilidad de ceder en el sínodo de Constantinopla, año 712. Pero su reacción en pro de la ortodoxia fue rápida. Al subir al trono de Oriente el ortodoxo Artemio (Anastasio II) mejora la situación.


Depuesto Juan VI, patriarca heterodoxo de Constantinopla, es nombrado sustituto suyo, en 715, Germán, que cuenta ya unos ochenta años, pero cuyo espíritu joven sabrá resistir los embates de sus adversarios en la época subsiguiente. Se suele colocar al comienzo de su patriarcado un sínodo de 100 obispos donde habrían sido anatematizados los fautores del monotelismo, entre otros los antecesores de Germán en la sede constantinopolitana, Sergio, Pirro y Pablo. El repudio de aquella herejía se manifiesta en la carta del Santo a los armenios, de que hablaremos después. De todos modos, la gloria más excelsa de Germán es su actitud indomable ante la herejía iconoclasta, denominada así por propugnar la destrucción de las imágenes (de Cristo y de los santos).


El furor de este movimiento, avivado por cierta tendencia idealista y antiplástica, data del siglo VIII. Sea por influjo de la actitud hostil de los árabes (para quienes el culto cristiano de tales representaciones sensibles equivalía al idolátrico de los paganos), sea por motivos religiosos de reforma (ante algunos abusos de la época en lo tocante a este culto), tal vez por razones políticas, o mejor aún por la educación del emperador León III el Isáurico (716-741) en un ambiente de paulicianismo maniqueo, lo cierto es que este príncipe desencadena una violenta lucha contra las imágenes en 725 con la adhesión de algunos obispos (sobre todo de Constantino de Nicolia, en Frigia), que quizá veían en el culto de los iconos un estorbo para la conversión de los infieles. Germán resiste desde el principio. Debió de ser bien doloroso para el Santo recordar la escena (a. 717) donde él mismo había coronado a León, conforme al ceremonial ortodoxo, y donde el príncipe había jurado retener la fe verdadera, decisión reiterada por él en carta al papa de Roma Gregorio II. Ahora, en 724-725, León cambia por completo y da comienzo a su campaña iconoclasta. Germán pone en guardia al Pontífice y le informa de su resistencia al emperador; el texto de la carta se ha perdido, pero se conserva la respuesta del Papa de Roma, lleno de admiración ante la actitud vigorosa del patriarca, que contaba entonces unos noventa años: "cada hora me acuerdo de tu entrega y considero mi más sagrado deber el saludarte como a hermano mío y propugnador de la Iglesia".


También se conservan otras tres cartas del Santo referentes a esta misma controversia. Una a Juan, metropolitano de Sinada, a propósito del ya citado Constantino de Nicolia, hostil al culto de las imágenes; otra a éste, recordándole las promesas hechas a Germán de cesar en su actitud iconómaca, y la tercera a Tomás de Claudiópolis: en esta última principalmente se esfuerza el patriarca en demostrar por la Escritura y los Padres que la honra tributada a las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos no es idolatría, sino culto dirigido al prototipo a través de la representación sensible.


Más emotiva es la admonición al mismo emperador (17 de enero del 730), donde el casi centenario prelado se declara dispuesto a morir en defensa del culto de las imágenes: hermoso es dar la vida por el nombre de Cristo, impreso en su efigie externa. Tal grandeza de alma, junto con el apoyo que el Papa de Roma y San Juan Damasceno prestaban al patriarca, contiene a León de tomar decisiones demasiado violentas, pero manifiesta su deseo de que Germán señale sucesor en la sede constantinopolitana. Finalmente, en una reunión celebrada por el emperador, el noble anciano, despojándose de su ropaje episcopal, concluye un largo discurso con estas palabras: "Si soy como Jonás, que se me arroje al mar; pero haría falta un concilio ecuménico para que yo cambiara mis creencias". Después se retira a Platanión, finca de familia, cercana a la capital, y allí muere en 733 o 740.


Las epístolas dogmáticas de Germán fueron leídas y aprobadas con cálidos elogios en la cuarta sesión del segundo concilio Niceno (ecuménico 7.°) el año 787. Otra carta a los armenios defiende la doctrina calcedonense sobre las dos naturalezas en Cristo, rechazando, por otra parte, toda sospecha de nestorianismo. También se explica en ella el dogma cristológico de las dos operaciones y dos voluntades, lo cual es una abierta repulsa del monotelismo.


‘De vitae termino’ es el título latinizado de un diálogo del Santo, donde se justifica el proceder de la divina Providencia al asignar a cada hombre diferente duración de vida: tal discrepancia no proviene de la ciega casualidad; todo está previsto y decretado por Dios. Otro escrito teológico-histórico de Germán enumera concisamente la serie de herejías aparecidas a lo largo de los siglos y los sínodos celebrados para combatirlas.


Especial interés reviste el aspecto oratorio-pastoral del patriarca. Los nueve sermones que llevan su nombre revelan un estilo cuidadoso y una retórica a tono con el ampuloso ambiente literario de la época. El género dialogado, que ya en el siglo IV ocupa un puesto de honor en la homilética, toma, a partir del siglo siguiente, un carácter "nuevo, poético y afectivo". Fecioru nos ofrece recientemente un ejemplo, al editar (en el texto griego de Migne, completado con el del códice gr.964 de la AcademIa Rumana) un sermón de Germán acerca de la Anunciación. 


Desde el punto de vista doctrinal son importantes sus sermones mariológicos, por ejemplo en lo tocante a la mediación universal de la Virgen. Dos de ellos, consagrados a la muerte (= Dormición) de Nuestra Señora, son buen testimonio de la creencia del docto y piadoso patriarca en la asunción corporal y en la realeza de la Madre de Dios. Los golpes de la corrupción no podían quebrar el vaso de la divinidad, ni el cuerpo virginal, todo casto y santo, iba a resolverse en polvo, como el de la antigua Eva, madre del polvo. No así María: Madre de la Vida y de la luz, es transportada al paraíso, llenándolo de su propia gloria; es el tránsito al descanso celeste y a las delicias de Dios.



Fuente: catholic.net

Adaptación propia

12/05 - Epifanio, Obispo de Chipre


San Epifanio nació en Besandulk, pueblecito en los alrededores de Eleuterópolis de Palestina, hacia el año 310.


Como preparación para el estudio de la Sagrada Escritura, aprendió desde joven el hebreo, el copto, el sirio, el griego y el latín.


El trato frecuente con los anacoretas, a los que iba a visitar regularmente, despertó en él la inclinación a la vida religiosa, que abrazó desde muy joven. Aunque uno de sus biógrafos dice que tomó el hábito en Palestina, lo cierto es que pasó poco después a Egipto para perfeccionarse en la disciplina ascética, en el seno de alguna de las comunidades del desierto. Hacia el año 333, volvió a Palestina, donde fue ordenado sacerdote. En Eleuterópolis fundó y gobernó un convento.


Las mortificaciones que practicaba parecían exageradas a algunos de sus discípulos; pero el santo respondía a sus objeciones: «Dios sólo da el Reino de los Cielos a los que sufren por Él, y cuanto hagamos será siempre poco en comparación con la corona que nos espera». Sus mortificaciones corporales no le impedían dedicarse al estudio y la oración; puede decirse que la mayoría de los libros importantes de la época pasaron por las manos de san Epifanio. En el curso de sus lecturas, le impresionaron particularmente los errores que descubrió en los escritos de Orígenes, a quien consideró desde entonces como la fuente de todas las herejías que afligían a la Iglesia en su tiempo.


En Palestina y en los países circundantes se llegó a considerar a san Epifanio como un oráculo y se decía que cuantos le visitaban salían espiritualmente consolados. Su fama se extendió, con el tiempo, hasta regiones muy distantes y, en el año 367 fue elegido obispo de Salamina (que entonces se llamaba Constancia), en Chipre. Sin embargo, siguió gobernando su monasterio de Eleuterópolis, al que iba de vez en cuando.


La caridad del santo con los pobres era ilimitada, y numerosas personas le constituyeron administrador de sus limosnas. Santa Olimpia le confió con ese fin una importante donación de tierras y dinero. La veneración que todos le profesaban le libró de la persecución del emperador arriano Valente; prácticamente fue el único obispo ortodoxo en las riberas del Mediterráneo a quien el emperador no molestó para nada.


En 376, san Epifanio emprendió un viaje a Antioquía para convertir a Vital, el obispo apolinarista; pero sus esfuerzos fueron vanos. Seis años más tarde, acompañó a san Paulino de Antioquía a Roma, donde asistieron al Concilio convocado por san Dámaso. Ambos se hospedaron en casa de una amiga de san Jerónimo, la viuda Paula, a la que san Epifanio encontró tres años más tarde en Chipre, cuando se dirigía a Jerusalén para reunirse con su padre espiritual.


San Epifanio era un santo, pero era también un hombre apasionado, y sus prejuicios de hombre de edad le llevaron en algunas ocasiones a excesos. Así, por ejemplo, después de que el obispo Juan de Jerusalén le había acogido honrosamente como huésped, tuvo el mal gusto de predicar en la catedral un sermón contra el prelado, a quien sospechaba contagiado de origenismo. Como si esto no hubiera sido suficiente, en Belén, que no era su diócesis, se atrevió a ordenar, contra todos los cánones, a Pauliniano, el hermano de san Jerónimo. Las quejas del obispo de Jerusalén y el escándalo provocado por su conducta, le obligaron a llevar consigo a Pauliniano a Chipre. En otra ocasión, furioso al ver una imagen de Nuestro Señor o de un santo sobre la cortina que cubría la puerta de una iglesita de pueblo, desgarró la tela y dijo a los presentes que se sirivesen de los harapos para limpiar el suelo. Cierto que después pagó otra cortina, pero tal vez los habitantes del lugar no quedaron muy contentos.


El malvado Teófilo de Alejandría se sirvió de san Epifanio, enviándole a Constantinopla para acusar a los cuatro «hermanos altos», quienes habían escapado de la persecución de Teófilo por apelación al emperador. Al llegar a Constantinopla, san Epifanio se negó a aceptar la hospitalidad que le ofrecía san Juan Crisóstomo, porque éste había protegido a los monjes fugitivos; pero, cuando san Epifanio compareció junto con los cuatro hermanos ante el juez, y éste le exigió que probase sus acusaciones, el santo debió reconocer que no había leído ninguno de sus libros ni conocía nada de sus doctrinas. Muy humillado, sé embarcó, poco después, con rumbo a Salamina, pero falleció en el camino.


Obras


Ancoratus (El hombre seguro, anclado). Compendio del dogma escrito en el a. 374, trata especialmente cuestiones trinitarias. Termina con dos profesiones de fe: en torno a la primera (cap. 119: PG 43,232233), se duda si era el símbolo bautismal de la Iglesia de Constancia y después aceptado por el Concilio de Constantinopla con ligeros retoques, o si E. transcribía el símbolo de Nicea, después retocado o cambiado por un copista. La segunda (cap. 120: PG 43,233-236) está compuesta por el propio Epifanio.


Panarion (Botiquín o remedio contra todas las herejías). Escrito entre 374-377, citado comúnmente Haereses, enumera 80 herejías, incluyendo doctrinas anteriores al cristianismo. El epítome final (PG 42,833-886) no parece que sea del autor.


Escritos sobre arqueología bíblica: De mensuris et ponderibus (Sobre los pesos y medidas del Antiguo Testamento, escrito en 392) y De XII gemmis (Sobre las 12 piedras preciosas del pectoral del Sumo Sacerdote, escrito en 394).


Cartas. De su abundante correspondencia sólo nos han llegado fragmentos y dos cartas traducidas por S. Jerónimo (PG 22,517-526 y 758).


Doctrina


Radicalmente tradicionalista, su obra es esencialmente polémica. Defensor intransigente del omousios (consustancial) de Nicea y hostil a toda fórmula de compromiso. Encuentra en la educación griega la fuente principal de las herejías. Intolerante en la cuestión de las imágenes y en su lucha contra Orígenes, no aprecia los valores positivos de aquellos a quienes combate. Afirma repetidas veces que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (PG 43,148). Coloca en la profesión de fe que María fue siempre virgen (PG 43,233). La Iglesia, depositaria de la verdad, es al mismo tiempo vía de acceso a la misma (PG 41,1036).



Fuente: eltestigofiel.org / catholic.net

Martes de la V Semana de Pascua


Hch 12,25;13,1-12: En aquellos días, Bernabé y Saulo se volvieron de Jerusalén, llevándose con ellos a Juan, por sobrenombre Marcos. En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado». Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre. Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos, llevando también a Juan, que los ayudaba. Después de atravesar toda la isla hasta Pafos, encontraron a un mago, un falso profeta judío, llamado Barjesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre prudente. Este mandó llamar a Bernabé y Saulo y deseaba oír la palabra de Dios, pero se les oponía Elimas, el mago (pues esto es lo que significa su nombre), intentando apartar de la fe al procónsul. Entonces Saulo, que también se llama Pablo, lleno de Espíritu Santo, se quedó mirándolo y le dijo: «Hombre rebosante de todo tipo de mentira y maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿cuándo vas a dejar de oponerte a los rectos caminos del Señor? Ahora, mira, va a caer sobre ti la mano del Señor y vas a quedar ciego, sin ver el sol, durante algún tiempo». Al instante cayó sobre él oscuridad y tinieblas e iba de un sitio para otro buscando quién lo llevase de la mano. Entonces el procónsul, viendo lo sucedido, creyó, impresionado por la doctrina del Señor.


Jn 8,51-59: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre». Los judíos le dijeron: «Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?». Jesús contestó: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría». Los judíos le dijeron: «No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy». Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española