14/09 - Conmemoración del VI Concilio Ecuménico


El III Concilio de Constantinopla (VI Concilio Ecuménico) fue convocado en 678 por el emperador Constantino Pogonato con miras a restaurar la armonía religiosa entre Oriente y Occidente, que había sido perturbada por las controversias monotelitas, y particularmente por la violencia de su predecesor Constante II, cuyo edicto imperial, conocido como el “Tipo” (648-49) fue una supresión práctica de la verdad ortodoxa. Debido al deseo del Papa de Roma Agatón de obtener la adhesión de los hermanos occidentales, los legados papales no llegaron a Constantinopla hasta tarde en el 680. El Concilio, al cual asistieron al principio cien obispos y más tarde 174, se inauguró el 7 de noviembre de 680 en un salón abovedado (trullus) del palacio imperial y fue presidido por los (tres) legados papales, quienes trajeron al concilio una larga carta dogmática del Papa Agatón y otra de contenido similar de un sínodo romano celebrado en la primavera de 680; fueron leídas en la segunda sesión. Ambas cartas, sobre todo la del Papa, insiste en la fe de la Sede Apostólica como la tradición viva e inmaculada de los apóstoles de Cristo, asegurada por las promesas de Cristo, testificada por todos los Papas en su capacidad de sucesores del privilegio de Pedro de confirmar a sus hermanos, y por consiguiente, definitivamente autoritativa para la Iglesia Universal.


La mayor parte de las dieciocho sesiones se dedicó al examen de los pasajes bíblicos y patrísticos que tratan sobre el asunto de una o dos voluntades, una o dos operaciones, en Cristo. Jorge, patriarca de Constantinopla, pronto cedió ante la evidencia de la enseñanza ortodoxa de las dos voluntades y dos operaciones en Cristo, pero Macario de Antioquía, “casi el único representante verdadero del monotelismo desde las nueve proposiciones de Ciro de Alejandría” (Chapman) se resistió hasta el final, y finalmente fue anatematizado y depuesto por “no consentir al tenor de las cartas ortodoxas enviadas por Agatón, el santísimo Papa de Roma, es decir, es decir, que en cada una de las dos naturalezas (humana y divina) de Cristo hay una operación perfecta y una voluntad perfecta, contra la que los monotelitas habían enseñado que hay sólo una operación y una voluntad (‘mia energeia theandrike’) en bastante consonancia con la confusión monofisita de las dos naturalezas en Cristo.


En la décimo tercera sesión (28 marzo 681), después de anatematizar a los principales herejes monotelitas mencionados en la citada carta del Papa de Roma Agatón, es decir, Sergio de Constantinopla, Ciro de Alejandría, Pirro, Pablo y Pedro de Constantinopla, Teodoro de Farán, el concilio añadió: “Y además de éstos decidimos que también el Papa Honorio, que fue Papa de la antigua Roma, sea arrojado de la Santa Iglesia de Dios y sea anatematizado con ellos porque hemos encontrado en su carta a Sergio que siguió la opinión de éste en todas a las cosas y confirmó sus malvados dogmas”.


Una condena similar del Papa Honorio aparece en el decreto dogmático de la sesión final (16 sept. 681) que fue firmada por los legados y por el emperador. Aquí se hace referencia a la famosa carta de Honorio a Sergio de Constantinopla cerca del 634, alrededor de la cual ha surgido (especialmente antes y durante el Concilio Vaticano I) tan extensa y controversial literatura. Había sido invocada tres veces en sesiones anteriores del Concilio en cuestión por el obstinado monotelita Macario de Antioquía, y se había leído públicamente en la décimo segunda sesión junto con la carta de Sergio a la que daba respuesta. Es esa ocasión se leyó también una segunda carta de Honorio a Sergio, de la que sólo se ha conservado un fragmento.


En el pasado, debido al galicanismo y a los oponentes a la infalibilidad papal, ha habido mucha controversia sobre el sentido apropiado de la condena al Papa Honorio hecha por este Concilio, al estar ya abandonada (Hefele, III, 299-313) la teoría (Baronio, Damberger) de la falsificación de las Actas. Algunos han afirmado, con Pennacchi, que de hecho fue condenado por hereje, pero que los obispos orientales del Concilio malinterpretaron la perfectamente ortodoxa (y dogmática) carta de Honorio; otros, con Hefele, que el concilio condenó las expresiones del Papa que sonaban como heréticas (aunque su doctrina era verdaderamente ortodoxa); otros finalmente, con Chapman (ver abajo), que fue condenado: “porque, como debió haber hecho, no declaró autoritativamente la tradición de Pedro de la Iglesia Romana. No apeló a esa tradición, sino que meramente aprobó y amplió sobre el compromiso indiferente de Sergio… Ni el Papa ni el Concilio consideran que Honorio hubiese comprometido la pureza de la tradición romana, pues nunca había reclamado representarla. Por consiguiente, así como hoy juzgamos las cartas del papa Honorio por la definición del Vaticano y negamos que sean ex cátedra, porque no definen ninguna doctrina ni la imponen a toda la Iglesia, así los cristianos del siglo VII juzgaron las mismas cartas por la costumbre de su época, y vieron que no reclamaban lo que las cartas papales solían reclamar, es decir, hablar por la boca de Pedro en nombre de la tradición romana.” (Chapman)


La carta del concilio al Papa León que pedía, a la manera tradicional, que confirmara las Actas, mientras incluían de nuevo el nombre de Honorio entre los monotelitas condenados, colocan un énfasis notable en el oficio magisterial de la Iglesia Romana, así como, en general, los documentos del Sexto Concilio General favorecen fuertemente la inerrancia de la Sede de Pedro. “El Concilio”, dice Dom Chapman, “acepta la carta en la que el Papa define la fe. Depuso a los que rehusaron aceptarla. Le pide (al Papa) que confirme sus decisiones. Los obispos y el emperador declaran que han visto que la carta contiene la doctrina de los Padres. Agatón habla con la voz de Pedro mismo; de Roma sale la ley como si saliera de Sión; Pedro había mantenido la fe inalterada.“


El Papa Agatón murió durante el Concilio y le sucedió León II, que confirmó (683) los decretos contra el monotelismo y se expresó más severamente que el concilio sobre la memoria de Honorio (Hefele, Chapman) aunque puso énfasis principalmente en la negligencia de aquel Papa en establecer la enseñanza tradicional de la Sede Apostólica.



Fuente: ec.aciprensa.com

Adaptación propia

14/09 - La Exaltación Universal de la Preciosa y Vivificadora Cruz


La fiesta del 14 de septiembre lleva como título en los libros litúrgicos de la tradición bizantina "Universal Exaltación de la Preciosa y Vivificante Cruz". Es una fiesta relacionada con la ciudad de Jerusalén y con la dedicación de la basílica de la Resurrección edificada sobre la tumba del Señor en el año 335, y también se celebra el hallazgo de la reliquia de la Cruz por parte de la emperatriz Elena y del obispo Macario.


La cruz tiene un lugar relevante en la liturgia bizantina: todos los miércoles y viernes del año se la conmemora con el canto de un tropario; además, se conmemora también el tercer domingo de Cuaresma y los días 7 de mayo y 1 de agosto. En los textos litúrgicos bizantinos la Cruz es presentada siempre como lugar de victoria: de victoria de Cristo sobre la muerte, de victoria de la vida sobre la muerte, lugar de derrota y muerte de la muerte. La celebración litúrgica del 14 de septiembre en la tradición bizantina está precedida por un día de pre-fiesta el 13, en el cual se celebra la dedicación de la basílica de la Resurrección, y se extiende con una octava hasta el 21 del mismo mes de septiembre.


El icono de la fiesta de la exaltación de la Cruz presenta la figura del obispo Macario elevando la santa Cruz, con diáconos a su alrededor; algunos iconos introducen también entre los personajes a la emperatriz Elena. El icono representa la misma celebración litúrgica del día con la gran bendición y veneración de la Cruz preciosa y vivificante. El icono, por tanto, hace presente el misterio que se celebra en este día y la liturgia misma que la Iglesia celebra. La ostensión y la exaltación de la cruz lleva, en primer lugar, a toda la creación a la alabanza de Aquel que en ella ha sido elevado, y a su victoria sobre la muerte: "La cruz exaltada de Aquel que en ella ha sido elevado induce a toda la creación a celebrar la inmaculada pasión: ya que fue matado con ella Aquel que nos había matado, Él nos ha dado vida de nuevo a los que estábamos muertos, nos ha dado belleza y nos ha hecho dignos, en su compasión, por su suma bondad, de obtener la ciudadanía en los cielos... Cruz venerabilísima que las huestes angélicas rodean gozosas, hoy, en tu exaltación, por el divino querer, levanta a todos aquellos que, por el engaño de aquel fruto, habían sido expulsados y habían sido precipitados en la muerte... Nosotros, por tanto, aclamamos: Exaltad a Cristo, Dios bondadosísimo, y postraos al estrado de sus pies...


En uno de los largos troparios de Vísperas se reseña casi toda la teología de la cruz y cómo la misma Iglesia la profesa y la vive. Poniendo en paralelo el árbol del paraíso con el árbol de la cruz, esta es presentada y mostrada como lugar de la salvación y de la vida; el engaño del primer árbol se convierte en vida en el segundo árbol: "Venid, naciones todas, adoremos el leño bendito por el cual se ha realizado la eterna justicia: ya que aquel que con el árbol ha engañado al progenitor Adán es alimentado en la cruz, y cae envuelto en una funesta caída, él, que se había adueñado tiránicamente de una criatura real...". El veneno de la serpiente es anulado por la sangre vivificante de Cristo en la cruz: "Con la sangre de Dios es lavado el veneno de la serpiente, y es anulada la maldición de la justa condena por la injusta condena infligida al justo: ya que con un árbol necesitaba sanarse el árbol, y con la pasión del impasible destruir en el árbol las pasiones del condenado...".


En esta fiesta la tradición bizantina da a la cruz de Cristo títulos que la relacionan directamente, como la liturgia misma lo hace también, con la Madre de Dios, con el misterio de la salvación obrado por Cristo mismo a través de la cruz. Y, al igual que en otras liturgias orientales, también la tradición bizantina da a la cruz como primer título el de puerta o llave que abre de nuevo el paraíso: "Alégrate, cruz vivificante, puerta del paraíso, sostén de los fieles, muro fortificado de la Iglesia: por ti es aniquilada la corrupción, destruido y engullido el poder de la muerte, y nosotros hemos sido elevados de la tierra al cielo. Arma invencible, enemiga de los demonios, gloria de los mártires, verdadero ornamento de los santos, puerto de salvación, tú das al mundo la gran misericordia".


La cruz es presentada, por tanto, como lugar y fuente de la salvación que nos viene por Cristo: "Alégrate, cruz del Señor, por la cual ha sido desatado de la maldición el género humano; eres señal del verdadero gozo, fortaleza de los reyes, vigor de los justos, decoro de los sacerdotes, tú que, siendo impresa, libras de graves males; cetro de poder con el cual somos pastoreados; arma de paz, que los ángeles veneran con temor; divina gloria del Cristo... Guía de los ciegos, médico de los enfermos, resurrección de todos los muertos... Cruz preciosa, por la cual la corrupción ha sido disuelta, la incorruptibilidad ha florecido, nosotros los mortales hemos sido deificados... Viéndote hoy alzada por las manos de los pontífices, nosotros exultamos a  Aquél que en ti ha sido alzado y te veneramos, viendo abundantemente la gran misericordia".


La liturgia de la exaltación de la cruz desarrolla toda la tipología veterotestamentaria que la tradición patrística ha comentado siempre como prefiguración de la cruz de Cristo y de la salvación que por ella viene al género humano. Dos son los textos veterotestamentarios que encontramos presentes en la liturgia de la fiesta: en primer lugar, Ex. 15, que es también la primera de las lecturas de Vísperas, que narra el encuentro con las aguas amargas de Mará, sanadas por el leño echado en ella por Moisés; y esto es recordado en la tradición bizantina cuando el sacerdote, para la consagración de las aguas bautismales, sumerge por tres veces la cruz en el recipiente de agua. En segundo lugar Ex. 17, donde se narra la victoria del pueblo de Israel contra Amalec por la oración de Moisés con las manos alzadas en forma de cruz, prefiguración de Cristo alzado en la cruz: "Teniendo las manos alzadas, Moisés te ha prefigurado, oh cruz preciosa, orgullo de los creyentes, sostén de los luchadores mártires, decoro de los apóstoles, defensa de los justos, salvación de todos los santos... Lo que Moisés prefiguró un tiempo en su persona, derrotando a Amalec y abatiéndolo, lo que el cantor David ordenó venerar como escabel de tus pies, tu cruz preciosa, oh Cristo Dios, esta que nosotros pecadores besamos hoy con labios indignos, celebrándote, que te has dignado dejarte clavar, y a ti te gritamos: Señor, al igual que al ladrón, haznos  a nosotros dignos también de tu reino".


P. Manuel Nin en L’Osservatore Romano

Traducción del italiano: P. Salvador Aguilera


Homilía sobre la Exaltación de la Santa Cruz


La Cruz que veneramos hoy es el centro del misterio de nuestra salvación. Es la revelación suprema del amor de Dios hacia sus criaturas, la revelación suprema, también, de nuestro proceso de aprendizaje del amor a Dios y del amor al prójimo.

La Cruz es el lugar de nuestra existencia y, sin embargo, san Pablo la llama locura: "La palabra de la Cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, esto es, nosotros, es poder de Dios" (1 Co. 1, 18). La palabra de la Cruz es locura para el mundo. Hay un abismo infranqueable, humanamente hablando, entre la sabiduría de Dios y la sabiduría del hombre, de manera que quien es  sabiduría y amor de Dios es locura para el mundo y viceversa. Debemos penetrar en este misterio, en esta revelación crucificante del amor de Dios, del amor trinitario, del amor infinito, del amor que es la vida y el ser mismo de Dios, del amor que se extiende como un perfume sobre el mundo y sobre los corazones que lo quieran acoger.


Dios escogió el instrumento de la Cruz, instrumento de tortura, de sufrimiento, de total humillación para hacernos comprender el grado de humildad y postración que representa su descenso a nosotros. Alejándose de Dios por la desobediencia, el primer Adán y sus herederos se han alejado a una distancia infinita de su Creador. Sólo Dios podía recorrer esa distancia descendiendo hasta nosotros. Venir a nosotros implica para Dios un descenso que llamamos "Kenosis" y que quiere decir la voluntad divina de despojarse de su gloria, o al menos de ocultarla. El descender de Dios significa que el Hijo de Dios se hace también Hijo del hombre, manifestando, no sólo su propio amor, sino también el amor del Padre. En el diálogo de Jesús con Nicodemo le dice: "Tanto amó Dios al mundo (hay que insistir en esa palabra "tanto") que envió a su Hijo unigénito para que todo aquél que crea en Él noperezca, sino que tanga vida eterna" (Jn. 3, 16)


El Hijo de Dios que llega a nosotros nos conduce a la luz, como nos enseña el icono del Descenso al Hades (o de la Resurrección). Cristo nos rescata del infierno por la fuerza de su mano poderosa, por la fuerza de su amor. Rescata a Adán y Eva, y todos sus descendientes, del infierno en que ahora nos encontramos. El infierno no es propiamente un lugar, sino el estado de ausencia de Dios, del rechazo de Dios, Cada vez que caemos en el mal o en connivencia con el mal, estamos anticipando lo que podría ser nuestro infierno. Hoy se habla poco de esto, sin embargo es necesario decir que el infierno existe y añadir a continuación que Cristo descendió a ese infierno para sacarnos de él rompiendo sus puertas.


Mientras tanto ¿hacia dónde vamos nosotros? Somos las ovejas perdidas del salmo (118, 176) "Anduve errante como oveja descarriada, ven a buscar a tu siervo". Para que este encuentro entre Dios y el hombre caído pudiera realizarse era necesario que el Señor descendiera a través de la Cruz. La Cruz es la señal de la perfecta obediencia del Hijo al Padre, de la unidad de las voluntades divina y humana en Jesús. En la medida en que se acomoda plena y totalmente la voluntad humana de Jesús con la voluntad del Padre ("Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" Lc.22, 42), en esa medida nuestra voluntad humana puede también acomodarse a la voluntad de Dios y hacerse una con ella.


Siendo así que a través de la Cruz se desciende a los infiernos, se abre para todos un camino infinito de vida nueva y de ascenso a Dios. De la misma manera que la Cruz constituye el camino necesario del descenso y del amor de Dios revelado a los hombres para nuestra salvación, así también no hay para nosotros otro camino de vida divina y de obediencia a la voluntad de Dios que el de la Cruz y el sufrimiento que ello implica. En la medida en que rechacemos a Dios y nos revolvamos contra Él, así nos entregamos a las enfermedades del alma y del cuerpo, porque las enfermedades, sobre todo las del alma son una señal de nuestro rechazo a la gracia de Dios. Sólo la gracia divina es fuente de vida verdadera. Sólo el poder del Espíritu Santo es vivificante; sólo Él nos da la vida a nuestra alma y nuestro cuerpo. Es el Espíritu el que obra en nosotros ese profundo cambio que es la "metanoia", el arrepentimiento, conversión de vida que nos lleva al pie de la Cruz de Cristo con la Santísima Madre de Dios, con el discípulo amado, con Nicodemo y Juan de Arimatea, con las santas mujeres que miraban desde lejos. También nosotros estamos llamados a mantenernos al pie de la Cruz y a desear que esta Cruz se inscriba en nuestra propia existencia, a no conocer, como dice san Pablo, más que a Cristo, y a éste crucificado.


Esta conversión implica que toda nuestra voluntad se comprometa a gloriarnos de la Cruz de Cristo, como dice san Pablo: "por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo" (Gal. 6,14) Es participando de la Cruz de Cristo como recorremos el camino de la victoria pascual contra todas las fuerzas del mal que nos asaltan y nos rodean buscando destruirnos y alejarnos de Dios. Estamos llamados a cooperar en la obra de Cristo participando de sus sufrimientos para poder participar de su victoria y poder así ser coronados como vencedores, tal como promete el Espíritu a la Iglesia de Esmirna en el Apocalipsis; "Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida" (Ap. 2, 10).


Que cada signo de la Cruz que hagamos sea un gesto de apropiarnos de la Cruz de Cristo, de dar testimonio del poder y la sabiduría de Dios y de llevar a todos los que nos rodean la buena nueva de la Cruz y la Resurrección a la vida divina. Amén


+ Arch. Demetrio


LECTURAS


En Vísperas


Éx 15,22-27;16,1: Moisés hizo partir del mar Rojo a Israel, que se dirigió hacia el desierto de Sur. Caminaron tres días por el desierto sin encontrar agua. Llegaron a Mará, pero no pudieron beber el agua de Mará, porque era amarga. Por eso se llamó aquel lugar Mará. El pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Qué vamos a beber?». Moisés clamó al Señor y el Señor le mostró un madero. Él lo echó al agua y el agua se volvió dulce. Allí el Señor dio leyes y mandatos al pueblo y lo puso a prueba, diciéndoles: «Si obedeces fielmente la voz del Señor tu Dios y obras lo recto a sus ojos, escuchando sus mandatos y acatando todas sus leyes, no te afligiré con ninguna de las plagas con que afligí a los egipcios; porque yo soy el Señor, el que te cura». Después llegaron a Elín, donde hay doce fuentes y setenta palmeras, y acamparon allí junto al agua. Toda la comunidad de Israel partió de Elín y llegó al desierto de Sin, entre Elín y Sinaí.


Prov 3,11-18: Hijo mío, no rechaces la reprensión del Señor, no te enfades cuando él te corrija, porque el Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido. Dichoso el que encuentra sabiduría, el hombre que logra inteligencia: adquirirla vale más que la plata, es más provechosa que el oro y más valiosa que las perlas; no se le comparan las joyas. En la diestra trae largos años, honor y riquezas en la izquierda; sus caminos son deleitosos, todas sus sendas prosperan; es árbol de vida para quienes la acogen, son dichosos los que se aferran a ella.


Is 60,11-16: Así dice el Señor: «Tendrán tus puertas siempre abiertas, ni de día ni de noche se cerrarán, para que traigan a ti la riqueza de los pueblos, guiados por sus reyes. La nación y el reino que no te sirvan perecerán, esos pueblos serán devastados. Vendrá a ti el orgullo del Líbano, el ciprés, el olmo y el abeto, para embellecer mi santuario y ennoblecer mi estrado. Los hijos de tus opresores vendrán a ti humillados, se postrarán a tus pies los que te despreciaban, y te llamarán “Ciudad del Señor”, “Sión del Santo de Israel”. Aunque abandonada, aborrecida y solitaria, haré de ti el orgullo de los siglos, la delicia de las generaciones. Mamarás la leche de los pueblos, mamarás al pecho de los reyes; y sabrás que yo soy el Señor, tu salvador, que tu libertador es el Fuerte de Jacob».


En Maitines


Jn 12,28-36: Dijo el Señor: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. La gente le replicó: «La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre?». Jesús les contestó: «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz».


En la Liturgia


1 Cor 1,18-24: Hermanos, el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.


Jn 19,6-11,13-20,25-28,30: En aquel tiempo, cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Pilato les dijo: «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él». Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios». Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?». Jesús le contestó: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor». Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «He aquí a vuestro rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?». Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César». Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.



Fuente: lexorandies.blogspot.com / metropoliespo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Lunes de la XVI Semana de Mateo


Gál 4,28-31; 5,1-10: Hermanos, vosotros sois, como Isaac, hijos de la promesa. Ahora bien, lo mismo que entonces el que había sido engendrado según la carne perseguía al que había sido engendrado según el Espíritu, así ocurre ahora. Pero ¿qué dice la Escritura? Expulsa a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. Así, pues, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre. Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud. Mirad: yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada. Y vuelvo a declarar que todo aquel que se circuncida está obligado a observar toda la ley. Los que pretendéis ser justificados en el ámbito de la ley, habéis roto con Cristo, habéis salido del ámbito de la gracia. Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor. Estabais corriendo bien; ¿quién os cerró el paso para que no obedecieseis a la verdad? Tal persuasión no procede del que os llama. Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. En relación con vosotros, yo confío en que el Señor hará que no penséis de otro modo; ahora bien, el que os alborota, sea quien sea, cargará con su condena.


Mc 6,54-56;7,1-8: En aquel tiempo, apenas desembarcado Jesús, la gente de Genesaret lo reconoció y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que la tocaban se curaban. Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?». Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

13/09 - Cornelio el Centurión y Mártir


Cornelio era un centurión romano que aunque no tenía origen judío era piadoso y temeroso de Dios. Pertenecía a la corte llamada Itálica, siendo capitán de una centuria del ejército romano en Cesárea Maritima, aproximadamente 50 kilómetros al norte de la actual Tel Aviv, Israel. Ha pasado a la historia como el primer pagano que se convirtió al cristianismo.


Los Hechos de los Apóstoles 10 narran que un día, como a las tres de la tarde, se encontraba orando a Dios, dudoso de su voluntad. Entonces tuvo una visión de un ángel que le dijo que enviara hombres a Jope para traer a un hombre llamado Simón también conocido como Pedro, el cual le daría las respuestas que estaba buscando.


Pedro, que se encontraba en ese momento visitando las iglesias de Judea y estaba predicando en Jafa (Jope), a su vez había tenido una visión  que aclaraba que la voluntad de Dios de admitir a los gentiles dentro de la Iglesia.


Por lo tanto, al encontrarse con los mensajeros de Cornelio, aceptó enseguida la invitación y fue hasta su casa en Cesarea. Cuando entró, comenzó a predicar el Evangelio y mientras hablaba, el Espíritu Santo descendió sobre todos los presentes, manifestándose con el don de lenguas. Pedro ordenó que los que se encontraban allí presentes fuesen bautizados en nombre de Jesús: “Dios no hace acepción de personas, sino que se complace en toda nación que le teme y practica la justicia. (…) ¿Puede acaso negarse el agua del bautismo a éstos, que recibieron el Espíritu Santo como nosotros?”


El acontecimiento tiene una importancia fundamental en la historia de la Iglesia, porque se abrió tanto a los «incircuncisos» como a los «circuncidados», liberándose del formalismo antiguo. A partir de este momento se comenzó con la evangelización de los “gentiles”. En lo que fue el primer concilio de la cristiandad, el Concilio de Jerusalén, hacia el año 50, San Pedro explicó su postura, abogando junto con San Pablo y Santiago por predicar entre los gentiles.


Algunos martirologistas han calificado a Cornelio como obispo de Cesarea, mientras que otros afirman que lo fue de Escepsis, que no está lejos de Tróade, y que murió mártir.

 

Su casa fue transformada en iglesia; la matrona romana santa Paola la visitó a finales del siglo IV, en su peregrinación a Tierra Santa, descrita por san Jerónimo.



Fuente: primeroscristianos.com / goarch.org
Adaptación propia

13/09 - Consagración de la Iglesia de la Santa Resurrección (el «Santo Sepulcro»)


Habiendo transcurrido casi 2.000 años desde la fundación de la majestuosa Iglesia de la Resurrección en Jerusalén (también conocida como la Iglesia del Santo Sepulcro), esta aún se muestra como una de la más hermosas y bellas casas de adoración en el mundo Cristiano.


Su primera versión fue construida bajo el reinado del Emperador Romano Adrián (117-138), reemplazando así a un templo pagano consagrado a la diosa Venus Afrodita que había sido construido en el mismo lugar con la finalidad de desalentar a los cristianos en su culto.


Más de 150 años después, Santa Elena (la madre del Emperador Romano San Constantino el Grande) dirigiría el esfuerzo de reconstrucción que llevaría, exitosamente, a encontrar la cruz de Cristo en un lugar cercano al templo pagano. Como consecuencia de este importante descubrimiento, el Emperador Romano erigió en ese lugar una magnífica Iglesia, la misma que fue consagrada el 13 de Septiembre del año 335. La Iglesia está localizada en el lugar sagrado conocido como el Gólgota, en donde Cristo fue crucificado y murió. Hoy en día la Iglesia de la Resurrección sirve como sede administrativa del Patriarca de Jerusalén y alberga igualmente a otras comunidades cristianas, tanto orientales como occidentales.


LECTURAS


En Vísperas


Dt 1,8-11;15-17: Dijo Moisés a los hijos de Israel: «El Señor nuestro Dios nos dijo en el Horeb: “Mirad: yo os entrego esa tierra; id y tomad posesión de la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y a sus descendientes”. Entonces yo os dije: “Yo solo no puedo cargar con vosotros. El Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado, y hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo. Que el Señor, Dios de vuestros antepasados, os haga crecer mil veces más y os bendiga, como os prometió. Entonces tomé de los jefes de vuestras tribus, hombres sabios y expertos, y los constituí jefes vuestros: jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez, y oficiales para vuestras tribus. Y di esta orden a vuestros jueces: “Escuchad a vuestros hermanos y juzgad con justicia las causas que surjan entre vuestros hermanos o con emigrantes. No seáis parciales en la sentencia, oíd por igual a pequeños y grandes; no os dejéis intimidar por nadie, que la sentencia es de Dios. Si una causa os resulta demasiado difícil, pasádmela, y yo la resolveré”».


Prov 3,19-34: El Señor cimentó la tierra con sabiduría y afirmó el cielo con inteligencia; con su saber se abren los veneros y las nubes destilan rocío. Hijo mío, no las pierdas de vista, conserva la prudencia y la reflexión: serán ellas tu aliento vital, serán el adorno de tu cuerpo. Así caminarás confiado y no tropezará tu pie. Podrás descansar sin temor, dormir con un sueño relajado. No temerás el terror repentino ni el ataque de los malvados cuando llegue, pues el Señor estará a tu lado y librará tu pie de la trampa. No niegues un favor a quien lo necesita, si está en tu mano concedérselo. Si tienes, no digas al prójimo: «Anda, vete; mañana te lo daré». No trames daños contra tu prójimo, mientras vive confiado a tu lado; no pleitees con nadie sin motivo, si no te ha hecho daño alguno; no envidies al hombre violento, ni trates de imitar su conducta, porque el Señor detesta al perverso y pone su confianza en los honrados; el Señor maldice la casa del malvado y bendice la morada del justo; el Señor se burla de los burlones y concede su gracia a los humildes.


Prov 9,1-11: La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: «Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice: «Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia». Quien corrige al insolente recibe insultos; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, conocer al Santo implica inteligencia. Por mí prolongarás tus días, se añadirán años a tu vida.


En la Liturgia


Heb 3,1-4: Hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios. Pero el honor concedido a Jesús es superior al de Moisés, pues el que funda la familia tiene mayor dignidad que la familia misma. En efecto, cada familia tiene un fundador, mas quien lo ha fundado todo es Dios.


Jn 12,25-36: Dijo el Señor: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. La gente le replicó: «La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre?». Jesús les contestó: «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz».



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia