23/08 - Nuestro Santo Padre Ireneo, Obispo de Sirmio


San Ireneo de Sirmio, obispo de la ciudad romana más importante del Danubio en el siglo III, es un santo mártir de las últimas persecuciones romanas contra los cristianos en los Balcanes.


La situación de los cristianos en los Balcanes occidentales (provincia del Ilírico) a finales del siglo III era muy difícil. La tetrarquía romana, compuesta por Diocleciano, Galerio, Hércules Maximiano y Constancio Cloro emitió cuatro edictos contra los cristianos, tres en el 303 y uno en el 304. Como la nueva religión no aceptó el culto imperial, sus adeptos fueron considerados enemigos directos del Estado y, en consecuencia, aquellos que eran descubiertos como adeptos de esta fe peligrosa eran torturados hasta la muerte, con la intención de restablecer el “orden”. Por supuesto, los más perseguidos fueron los miembros de la jerarquía, al ser líderes de la comunidad.


Los edictos imperiales establecían, además de castigos físicos, la destrucción de los lugares de culto cristiano y la confiscación de los bienes cristianos. Por supuesto, el edicto tenía un diferente modelo de aplicación en las provincias romanas. Galerio, que gobernaba el Ilírico desde su capital, Sirmio (la actual Mitrovitsa, no lejos de Belgrado) desde el 21 de mayo de 295, se ciñó estrictamente a las decisiones de los edictos. Es posible que estuviese influenciado por su madre, Rómula, que detestaba a los cristianos. En este contexto fue torturado y asesinado San Ireneo, el obispo de Sirmio. No se sabe si él fue el primer obispo de esta importante ciudad o si hubo otros obispos anteriores a él.


El acta martirial de San Ireneo se conserva en latín, en su formato original, siendo probablemente una copia del proceso verbal del juicio llevado a cabo por el gobernador (praeses) de Panonia, Probo, el mismo que había encarcelado días antes al sacerdote Montano y a su esposa, Máxima. Probablemente sólo la introducción y las conclusiones de este texto son añadidos de un autor cristiano. El documento es de gran importancia porque atestigua la presencia del cristianismo en las provincias del Danubio, pero también por describir el proceso judicial romano en tiempos de Diocleciano y Galerio. La edición crítica de este texto fue editada y publicada en latín e inglés por Herbert Musurillo en The Acts of the Christian Martyrs, The Martyrdom of Saint Irenaeus Bishop of Sirmium, Oxford, 1972.


Este texto podría resumirse en lo siguiente: San Ireneo, en lugar de ser obispo, estaba casado y tenía hijos pequeños. Fue arrestado por orden de Probo y juzgado en el tribunal de Sirmio. Probo le ordenó obedecer la ley y sacrificar a los dioses, pero Ireneo respondió que “aquel que sacrifique a los dioses, y no a Dios, será retirado de entre los elegidos” (Acta II, 1). Rechazando, pues, el sacrificio, estaba preparado para la tortura, diciendo que era feliz al compartir los sufrimientos del Señor. Probo siguió instándole a sacrificar durante la tortura. Más tarde, intentando convencerle de otro modo, le trajo a sus padres y más tarde a sus hijos, quienes le suplicaron que tuviese compasión de ellos. Los otros parientes trataron de convencerle diciendo “ten compasión de nuestra juventud”. En cualquier caso, él los rechazó diversas veces, así que Probo lo envió finalmente a la cárcel, donde lo retuvo durante varios días.


Más tarde, Probo ordenó que Ireneo fuera traído de nuevo, en medio de la noche, y la tortura empezó de nuevo. Después de golpearlo con varas, el gobernador le preguntó si tenía parientes, hijos, esposa, padres, pero él respondió “no” y afirmó que cualquier cristiano que amase a sus parientes más que a Dios no era digno de su Maestro (Mt. 10, 37). Probo intentó, una vez más, convencerlo por el amor de sus hijos, pero Ireneo dijo que ellos tenían al mismísimo Dios, quien podía salvarles. Finalmente Probo no lo resistió más y amenazó con decapitarle. Ireneo dio las gracias por ello y pidió al gobernador romano que lo hiciese, para que viese cómo los cristianos habían aprendido a despreciar la muerte por su fe en Dios. Poco después, los soldados cortaron su cabeza en el puente de Basent, en esta ciudad. En sus últimos instantes, él rezó al Señor con estas palabras: “Señor Jesucristo, que gentilmente quisiste sufrir la Pasión por la salvación del mundo, por favor abre tus cielos, para que tus ángeles reciban el alma de tu siervo Ireneo, que muere en Tu nombre y por tu gente, que aumenta en tu universal (católica) iglesia de Sirmio. Te lo suplico e invoco tu misericordia, recíbeme y gentilmente fortalece a los demás en Tu fe”. Después de decapitado, fue arrojado al Sava, el río que circulaba próximamente.


El autor del texto finaliza la historia diciendo que fue martirizado el octavo día de los idus de abril (6 de abril), en tiempos del emperador Diocleciano y el gobernador Probo, pero también reinando Nuestro Señor Jesucristo.


La veneración del Santo


No hay datos sobre las reliquias del Santo. El período siguiente a su martirio fue muy difícil para las ciudades del Danubio. Después de repetidas incursiones de los bárbaros en los siglos V-VI, Sirmio empezó a declinar y la sede episcopal desapareció. La ciudad decayó posteriormente y durante las migraciones eslavas su importancia fue asumida por Belgrado (la antigua Singidunum), situada en la confluencia del Sava con el Danubio. En este tiempo, muchas otras reliquias de los Santos de Panonia fueron trasladadas a otros lugares, donde continuaron siendo veneradas. Así sucedió con San Demetrio, trasladado a Tesalónica, Santa Anastasia, trasladada a Roma, etc. En cualquier caso, la veneración del Santo está documentada en algunos textos. San Teofilacto de Bulgaria, obispo de Ochrid (1088/89-1125) menciona un peregrinaje a San Ireneo (probablemente en la misma Sirmio) y muchos milagros acontecidos allí, en la Vita de los 15 mártires de Tiveriopolsk.


En 1071 o 1072 Sirmio pasó a formar parte de Hungría. El papa Gregorio IX restauró en 1231 el obispado de Sirmio y construyó un monasterio benedictino dedicado a San Esteban en las orillas del Sava. A mediados del siglo XIII hay una mención a una iglesia dedicada al Santo (ecclesia sancti Irenei Syrmiensis), pero su ubicación exacta es desconocida. Según algunos investigadores, podría identificarse con la iglesia medieval de Machvanska Mitrovica, en la orilla derecha del Sava, donde se descubrió un cementerio del siglo IV. La iglesia estaba construida sobre las ruinas de un martyrion de este mismo período y fue destruida entre los siglos X-XIII, pero no hay datos que sustenten que este martyrion estuviese inicialmente dedicado al Santo. De acuerdo con un historiador local, V. Popovic, el martyrion del Santo podría haber estado en otro lugar, cerca de un puente que podría identificarse con el lugar donde el Santo fue ejecutado (puente de Basent).


En 1976-1977 se hicieron algunas excavaciones arqueológicas en la necrópolis oriental suburbana de Sirmio. Allí se descubrieron las ruinas de una basílica datada en la segunda mitad del siglo IV. Una inscripción en un epitafio mencionaba la “Basílica de nuestro señor Ireneo” (in basilica domini nostri Erenei). Pero no hay más.


Mitrut Popoiu



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

23/08 - Nuestro Santo Padre Ireneo, Obispo de Lyón


Las obras literarias de san Ireneo le han valido la dignidad de figurar prominentemente entre los Padres de la Iglesia, ya que sus escritos no sólo sirvieron para poner los cimientos de la teología cristiana, sino también para exponer y refutar los errores de los gnósticos y salvar así a la fe ortodoxa del grave peligro que corrió de contaminarse y corromperse por las insidiosas doctrinas de aquellos herejes.


Nada se sabe sobre su familia. Probablemente nació alrededor del año 135, en alguna de aquellas provincias marítimas del Asia Menor, donde todavía se conservaba con cariño el recuerdo de los Apóstoles entre los numerosos cristianos. Sin duda que recibió una educación muy esmerada y liberal, ya que sumaba a sus profundos conocimientos de las Sagradas Escrituras, una completa familiaridad con la literatura y la filosofía de los griegos. Tuvo además, el inestimable privilegio de sentarse entre algunos de los hombres que habían conocido a los Apóstoles y a sus primeros discípulos, para escuchar sus pláticas. Entre éstos, figuraba san Policarpo, quien ejerció una gran influencia en la vida de Ireneo. Por cierto, que fue tan profunda la impresión que en éste produjo el santo obispo de Esmirna que, muchos años después, como confesaba a un amigo, podía describir con lujo de detalles, el aspecto de san Policarpo, las inflexiones de su voz y cada una de las palabras que pronunciaba para relatar sus entrevistas con san Juan, el Evangelista, y otros que conocieron al Señor, o para exponer la doctrina que habían aprendido de ellos. San Gregorio de Tours afirma que fue san Policarpo quien envió a Ireneo como misionero a las Galias, pero no hay pruebas para sostener esa afirmación.


Desde tiempos muy remotos, existían las relaciones comerciales entre los puertos del Asia Menor y el de Marsella y, en el siglo segundo de nuestra era, los traficantes levantinos transportaban regularmente las mercancías por el Ródano arriba, hasta la ciudad de Lyon que, en consecuencia, se convirtió en el principal mercado de Europa occidental y en la villa más populosa de las Galias. Junto con los mercaderes asiáticos, muchos de los cuales se establecieron en Lyon, venían sus sacerdotes y misioneros que portaron la palabra del Evangelio a los galos paganos y fundaron una vigorosa iglesia local. A aquella iglesia llegó san Ireneo para servirla como sacerdote, bajo la jurisdicción de su primer obispo, san Potino, que también era oriental, y ahí se quedó hasta su muerte. La buena opinión que tenían sobre él sus hermanos en religión, se puso en evidencia el año de 177, cuando se le despachó a Roma con una delicadísima misión. Fue después del estallido de la terrible persecución de Marco Aurelio, cuando ya muchos de los jefes del cristianismo en Lyon se hallaban prisioneros. Su cautiverio, por otra parte, no les impidió mantener su interés por los fieles cristianos del Asia Menor. Conscientes de la simpatía y la admiración que despertaba entre la cristiandad su situación de confesores en inminente peligro de muerte, enviaron al papa san Eleuterio, por conducto de Ireneo, «la más piadosa y ortodoxa de las cartas», con una apelación al Pontífice «en nombre de la unidad y de la paz de la Iglesia», para que tratase con suavidad a los hermanos montanistas de Frigia. Asimismo, recomendaban al portador de la misiva, es decir, a Ireneo, como a un sacerdote «animado por un celo vehemente para dar testimonio de Cristo» y un amante de la paz, como lo indicaba su nombre (efectivamente, «ireneo» significa «pacífico»).


El cumplimiento de aquel encargo, que lo ausentaba de Lyon, explica por qué Ireneo no fue llamado a compartir el martirio de san Potino y sus compañeros y ni siquiera lo presenció. No sabemos cuánto tiempo permaneció en Roma, pero tan pronto como regresó a Lyon, ocupó la sede episcopal que había dejado vacante san Potino. Ya por entonces había terminado la persecución y los veinte o más años de su episcopado fueron de relativa paz. Las informaciones sobre sus actividades son escasas, pero es evidente que, además de sus deberes puramente pastorales, trabajó intensamente en la evangelización de su comarca y las adyacentes. Al parecer, fue él quien envió a los santos Félix, Fortunato y Aquileo, como misioneros a Valence, y a los santos Ferrucio y Ferreolo, a Besançon. Para indicar hasta qué punto se había identificado con su rebaño, basta con decir que hablaba corrientemente el celta en vez del griego, que era su lengua madre.


La propagación del gnosticismo en las Galias y el daño que causaba en las filas del cristianismo, inspiraron en el obispo Ireneo el anhelo de exponer los errores de esa doctrina para combatirla. Comenzó por estudiar sus dogmas, lo que ya de por sí era una tarea muy difícil, puesto que cada uno de los gnósticos parecía sentirse inclinado a introducir nuevas versiones propias en la doctrina. Afortunadamente, san Ireneo era «un investigador minucioso e infatigable en todos los campos del saber», como nos dice Tertuliano, y, por consiguiente, salvó aquel escollo sin mayores tropiezos y hasta con cierto gusto. Una vez empapado en las ideas del adversario, se puso a escribir un tratado en cinco libros, en cuya primera parte expuso completamente las doctrinas internas de las diversas sectas para contradecirlas después con las enseñanzas de los Apóstoles y los textos de las Sagradas Escrituras.


Hay un buen ejemplo sobre el método de combate que siguió, en la parte donde trata el punto doctrinal de los gnósticos de que el mundo visible fue creado, conservado y gobernado por seres angelicales y no por Dios, quien seguirá eternamente desligado del mundo, superior, indiferente y sin participación alguna en las actividades del Pleroma (el mundo espiritual invisible). Ireneo expone la teoría, la desarrolla hasta llegar a su conclusión lógica y, por medio de una eficaz «reductio ad absurdum», procede a demostrar su falsedad. Ireneo expresa la verdadera doctrina cristiana sobre la estrecha relación entre Dios y el mundo que Él creó, en los siguientes términos: «El Padre está por encima de todo y Él es la cabeza de Cristo; pero a través del Verbo se hicieron todas las cosas y Él mismo es el jefe de la Iglesia, en tanto que Su Espíritu se halla en todos nosotros; es Él esa agua viva que el Señor da a los que creen en Él y le aman porque saben que hay un Padre por encima de todas las cosas, a través de todas las cosas y en todas las cosas».


Ireneo se preocupa más por convertir que por confundir y, por lo tanto, escribe con estudiada moderación y cortesía, pero de vez en cuando, se le escapan comentarios humorísticos. Al referirse, por ejemplo, a la actitud de los recién «iniciados» en el gnosticismo, dice: «Tan pronto como un hombre se deja atrapar en sus "caminos de salvación", se da tanta importancia y se hincha de vanidad a tal extremo, que ya no se imagina estar en el cielo o en la tierra, sino haber pasado a las regiones del Pleroma y, con el porte majestuoso de un gallo, se pavonea ante nosotros, como si acabase de abrazar a su ángel». Ireneo estaba firmemente convencido de que gran parte del atractivo del gnosticismo, se hallaba en el velo de misterio con que gustaba de envolverse y, de hecho, había tomado la determinación de «desenmascarar a la zorra», como él mismo lo dice, Y por cierto que lo consiguió: sus obras, escritas en griego, pero traducidas al latín casi en seguida, circularon ampliamente y no tardaron en asestar el golpe de muerte a los gnósticos del siglo segundo. Por lo menos, de entonces en adelante, dejaron de constituir una seria amenaza para la Iglesia y la fe católicas.


Trece o catorce años después de haber viajado a Roma con la carta para el papa Eleuterio, fue de nuevo Ireneo el mediador entre un grupo de cristianos del Asia Menor y el Pontífice. En vista de que los cuartodecimanos se negaban a celebrar la Pascua de acuerdo con la costumbre occidental, el papa Víctor III los había excomulgado y, en consecuencia, existía el peligro de un cisma. Ireneo intervino en su favor. En una carta bellamente escrita que dirigió al Papa, le suplicaba que levantase el castigo y señalaba que sus defendidos no eran realmente culpables, sino que se aferraban a una costumbre tradicional y que, una diferencia de opinión sobre el mismo punto, no había impedido que el papa Aniceto y san Policarpo permaneciesen en amable comunión. El resultado de su embajada fue el restablecimiento de las buenas relaciones entre las dos partes y de una paz que no se quebrantó. Después del Concilio de Nicea, en 325, los cuartodecimanos acataron voluntariamente el uso romano, sin ninguna presión por parte de la Santa Sede.


Se desconoce la fecha de la muerte de san Ireneo, aunque por regla general, se establece hacia el año 202. De acuerdo con una tradición posterior, se afirma que fue martirizado, pero no es probable ni hay evidencia alguna sobre el particular. Los restos mortales de san Ireneo, como lo indica Gregorio de Tours, fueron sepultados en una cripta, bajo el altar de la que entonces se llamaba iglesia de San Juan, pero más adelante, llevó el nombre de San Ireneo. Esta tumba o santuario fue destruido por los calvinistas en 1562 y, al parecer, desaparecieron hasta los últimos vestigios de sus reliquias. Es digno de observarse que, si bien la fiesta de san Ireneo se celebra desde tiempos muy antiguos en el Oriente (el 23 de agosto), sólo a partir de 1922 se ha observado en la iglesia de Occidente.


El tratado contra los gnósticos ha llegado hasta nosotros completo en su versión latina y, en fechas posteriores, se descubrió la existencia de otro escrito suyo: la exposición de la predicación apostólica, traducida al armenio. A pesar de que el resto de sus obras desapareció, bastan los dos trabajos mencionados para suministrar todos los elementos de un sistema completo de teología cristiana. No ha llegado hasta nosotros nada que pueda llamarse una biografía de la época sobre san Ireneo, pero hay, en cambio, abundante literatura en torno al importante papel que desempeñó como testigo de las antiguas tradiciones y como maestro de las creencias ortodoxas.


En 1904 se despertó enorme interés general, a raiz del descubrimiento de la versión armenia de un escrito sobre el cual sólo se conocía el título hasta entonces: Prueba de la Predicación Apostólica. Se trata, sobre todo de una comparación de las profecías del Antiguo Testamento y de ese escrito, no se obtienen informaciones nuevas en relación con el espíritu y los pensamientos del autor. Sobre la teología de Ireneo puede consultarse con provecho la Patrología de Quasten (Tomo I).



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

23/08 - Lupo (Lobo) el Mártir y Esclavo de San Demetrio de Tesalónica


Según la tradición, San Lupo pudo haber vivido a finales del siglo III o principios del IV, ya que era un siervo (esclavo) de San Demetrio, el mártir de Tesalónica, al cual celebramos el día 26 de octubre. Es posible que siguiera a su amo, teniendo una muerte martirial. Su nombre sugiere un origen latino, aunque sin embargo, obligatoriamente, no tiene por qué ser así.


San Lupo, el siervo de un mártir


Según el “Synaxarium Ecclesiae Constantinopolitanae” (ed. H. Delehaye, en Analecta Bollandiana 31, 1912, p. 258) san Lupo fue un siervo (esclavo) de San Demetrio, martirizado en Tesalónica durante el reinado del emperador Galerio Maximiano. Esta versión se encuentra en los menologios griegos y rumanos modernos el día 23 de agosto. Después del martirio de su amo, san Lupo había empapado el borde de una tela y un anillo en la sangre del mártir y comenzó a ir con ellos a través de la ciudad, confesando la fe cristiana y curando a los enfermos con la ayuda de estas reliquias. El Akathistos (himno) de San Demetrio dice que el gran mártir dio toda su fortuna a Lupo, que a su vez, se la dio a los pobres. Tal vez la similitud entre Lupo, el esclavo y Lupo, el siervo de San Demetrio, ayudó a que fueran identificados los dos en un mismo culto moderno al santo.


En esta última versión, Lupo también destruyó las estatuas de los dioses en un templo romano, por lo que comenzó a ser perseguido por los vigilantes en ese santuario. Pero en vez de matarlo con sus espadas, Dios hizo que éstos actuaran como idiotas, matándose unos a otros. Poco después, el emperador Maximiano se enteró de estos hechos y ordenó a sus soldados capturar a Lupo. Lo golpearon, pero en el momento en el que trataron de utilizarlo como blanco de tiro de sus arcos, las flechas se volvieron contra ellos e hirieron a los arqueros. Según esta versión, San Lupo aún no estaba bautizado, por lo que oró a Dios para no morir como un pagano. Instantáneamente, una lluvia comenzó a caer en el lugar donde el santo estaba atado, para que Lupo fuese bautizado. Después de esto, fue asesinado con la espada un 23 de agosto (según el calendario juliano, el 5 de septiembre), tal vez del año 304, o en función de las versiones rusas, después del 306.


Ahora voy a presentar otras versiones alternativas de la vida de San Lupo, si es que estamos hablando de la misma u otra persona, cosa muy difícil de dilucidar.


San Lupo el esclavo, mártir


De hecho, los menologios orientales hablan de más de un mártir que lleva este nombre. Por ejemplo, el 23 de agosto los menologios griego, latino, siríaco y copto recuerdan también a un San Lupo que era un esclavo que vivía en unas condiciones muy duras. Llegó a ser cristiano, sufrió y murió por la espada por defender su fe.


El culto de este mártir Lupo se conoce por un evento descrito por el historiador bizantino Simoccata Teofilacto en “Historiae VII, 2, 14”. Según este historiador, Pedro, el hermano del emperador Mauricio (582-602) visitó Novae, una ciudad en la Moesia Inferior (hoy Svishtov, Bulgaria) durante la fiesta del mártir Lupo, celebrada tanto por los nobles como por los cristianos pobres, lo que puede ser un signo de que se trata del mismo Lupo el esclavo descrito anteriormente.


El 23 de mayo, los menologios eslavos y griegos hacen otra mención más breve acerca de un San Lupo que también era un esclavo.



Mitrut Popoiu
Adaptación propia

23/08 - Apódosis (Despedida) de la Dormición de la Santísima Madre de Dios


Flp 2,5-11: Hermanos, tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. 


Lc 10,38-42;11,27-28: En aquel tiempo, yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XII Domingo de Mateo


En la lectura evangélica de hoy, un joven vino a donde Jesús buscando «la vida eterna». Cristo le dijo con el corazón en la mano: «Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme.» Se lo dijo porque supo que la riqueza fue para este joven –como lo es para muchos– un tropiezo en el camino. Luego dice Jesús a sus discípulos: «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de Dios.» Ellos se escandalizaron por la dureza de la palabra del Señor y, extrañados –al igual que nosotros–, dijeron: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?» Y en otra ocasión, los discípulos le reclamaron: «Dura es esta doctrina, ¿quién puede escucharla?» (Jn 6:60).


Cuando el joven le respondió a Jesús: «Todo eso (los diez mandamientos) lo he guardado desde mi juventud», Jesús no lo justificó, como hubiera hecho cualquier maestro dela Ley, ni lo alabó, sino que «lo amó» –nos informa exclusivamente el Evangelista Marcos (Mc 10:21)–, y «al que ama el Señor, disciplina» (Heb 12:7). Cristo amó al Joven rico y, por eso, le ofreció esta vocación, que no era tanto el «vende todo y repártelo a los pobres», sino el «ven y sígueme». Jesús, en su plena sabiduría, supo que el apego a lo material le impedía seguir la vocación.


Dice el Señor, por la boca del profeta Jeremías: «¿No es así mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña?» (Jr 23:29). También dice: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra […] ¿Creen que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, se lo aseguro, sino división.» (Lc 12:49-51). El camino que Cristo ofrece no se identifica con una religiosidad ligera que busca «paz» que acaricia nuestras emociones religiosas; Él no adorna las dificultades para que aparezcan atractivas, sino que llama a las cosas por su propio nombre.


La verdad es que una persona rica en su dinero, a menudo se preocupa por éste a tal grado que llega a considerarlo como el «salvador»; y sin darse cuenta, la abundancia de riquezas lo va empujando hacia la idolatría, de donde caerá. Jesús dispone como salida de esta trampa repartir y compartir la riqueza con los necesitados. Es cierto que uno solo no puede resolver los problemas de la pobreza en el mundo, pero sí todos –estemos donde estemos– nos topamos con pobreza. Entonces compartamos con los que necesitan de nosotros, en cuyo camino Dios nos ha puesto; que nuestra ayuda sea verdadera y efectiva y no simbólica. La virtud de esta acción es doble: quema la adhesión al dinero que está en mi interior, y con la caridad afirma el amor hacia mis hermanos.


Quizás esta práctica turba a uno si las riquezas lo tienen sometido, pero recordemos que la bondad y la salvación cristianas requieren de fatigas, esfuerzo, sacrificio y dominio de sí, porque la palabra de Dios es «como fuego, como un martillo que golpea la peña.»


LECTURAS


1 Cor 15,1-11: Hermanos, os recuerdo el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano. Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros.


Mt 19,16-26: En aquel tiempo se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo». El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?». Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos». Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española