24/05 - Nicetas el Estilita y Taumaturgo de Pereaslavia


San Nicetas el Estilita de Pereaslavia era oriundo de la ciudad de Pereyaslávl-Zaleski y estaba a cargo de la recaudación de impuestos. En 1152, el príncipe Yuri Dolgorukiy fundó la ciudad de Pereaslavia y construyó una iglesia de piedra dedicada al Salvador Misericordioso en ese nuevo emplazamiento. Debido al coste de la construcción de la ciudad y la iglesia, fue necesario aumentar los impuestos entre los habitantes. Nicetas cobraba impuestos excesivos sin piedad, quedándose con gran parte del dinero. Esto continuó durante muchos años. Pero el Señor misericordioso, que desea que todos los pecadores se salven, llevó a Niceta al arrepentimiento.


Un día, fue a la iglesia y escuchó las palabras del profeta Isaías: «Lavaos y purificaos; quitad la maldad de vuestras almas de delante de mis ojos; dejad de hacer el mal; aprended a hacer el bien; buscad diligentemente la justicia; librad a los oprimidos; defended al huérfano y haced justicia a la viuda» (Isaías 1:16-17).


Estas palabras, que calaron hondo en su corazón, lo conmovieron profundamente, como si le hubiera caído un trueno. Nicetas no durmió en toda la noche, recordando las palabras: «Lavaos y purificaos». Por la mañana, sin embargo, decidió invitar a algunos amigos a su casa para charlar animadamente y olvidar los horrores de la noche anterior. Una vez más, el Señor llamó a Nicetas al arrepentimiento. Mientras su esposa preparaba la comida para sus invitados, de repente vio que algo subía a la superficie de la olla hirviendo: sangre, cabezas, manos y pies humanos. Horrorizada, llamó a su marido, y Nicetas vio lo mismo. De repente, su conciencia dormida despertó y se dio cuenta de que, al cobrar de más a la gente, actuaba como un ladrón y un asesino. «¡Ay!», exclamó, «¡Cuánto he pecado! ¡Oh, Dios, guíame por tu camino!». Con estas palabras, salió corriendo de la casa.


A tres verstas de Pereaslavia se encontraba un monasterio dedicado al Gran Mártir Nicetas (15 de septiembre), adonde nuestro Nicetas acudió, conmocionado por la terrible visión. Entre lágrimas, cayó a los pies del hegúmeno diciendo: «Salva a esta alma que se pierde».


Entonces el hegúmeno decidió poner a prueba la sinceridad de su arrepentimiento, dándole su primer mandato: permanecer tres días a las puertas del monasterio, confesando sus pecados a todo aquel que pasara. Con profunda humildad, Nicetas cumplió su primer mandato. Tres días después, el hegúmeno se acordó de él y envió a un monje a ver qué hacía a las puertas del monasterio. Pero el monje no encontró a Niceta allí. Lo encontró tendido en un pantano, cubierto de mosquitos y jejenes, sangrando por sus picaduras. Entonces el hegúmeno se acercó al afligido y le dijo:


-¡Hijo mío! ¿Qué te estás haciendo?


-¡Padre! Salva a un alma que perece-, respondió Niketas.


El hegúmeno vistió a Nicetas con un cilicio, lo recibió en el monasterio y lo tonsuró como monje. Abrazando los votos monásticos con todo su corazón, San Nicetas pasaba sus días y noches en oración, cantando salmos y leyendo las vidas de los santos ascetas. Con la bendición del hegúmeno, se puso pesadas cadenas y, en el lugar de sus luchas monásticas, cavó dos pozos profundos. Pronto intensificó sus luchas. Cavó un pozo redondo y profundo, y allí colocó una piedra sobre la cual se puso de pie, convirtiéndose en un hombre de ferviente oración, como los antiguos estilitas. Solo el cielo azul y las estrellas nocturnas lo veían en el fondo de su pozo-pilar, pero había un estrecho pasadizo subterráneo bajo el muro de la iglesia, por el cual Nicetas acudía a la Liturgia.


Así, tras luchar con valentía en el monasterio del Gran Mártir Nicetas, el Venerable Nicetas también encontró la muerte como mártir. Una noche, algunos parientes del santo acudieron a él para pedirle la bendición y, atraídos por el brillo de sus cadenas y cruces, las confundieron con plata y decidieron robarlas. La noche del 24 de mayo de 1186, arrancaron parte del techo, mataron al asceta, se llevaron sus cruces y cadenas, las envolvieron en una lona tosca y huyeron.


Antes de los Maitines, el sacristán, que había acudido a San Nicetas para pedirle la bendición, encontró el techo dañado e informó al hegúmeno. Este y los hermanos se apresuraron a ver al Venerable Estilita y lo encontraron asesinado; su cuerpo desprendía un olor fétido.


Mientras tanto, los asesinos se detuvieron a orillas del río Volga y decidieron repartirse el botín, pero se asombraron al ver que no era de plata, sino de hierro, y arrojaron las cadenas al río. El Señor glorificó estas señales visibles de las luchas y obras ocultas del santo.


Esa noche, Simeón, un piadoso anciano del Monasterio de San Pedro y San Pablo de Yaroslavia, vio tres brillantes rayos de luz sobre el Volga. Informó al hegúmeno del monasterio y a las autoridades de la ciudad. Los sacerdotes reunidos y numerosos habitantes del pueblo, que habían bajado al río, vieron tres cruces y cadenas flotando en las aguas del Volga. Con reverencia y oraciones las llevaron al Monasterio del Gran Mártir Nicetas y las depositaron sobre la tumba de San Nicetas. Al mismo tiempo, se produjeron milagros de curación.


Entre 1420 y 1425, Focio, metropolitano de Kiev, dio su bendición para desenterrar las reliquias de San Nicetas. El hegúmeno del monasterio celebró una Paráclesis con los monjes y luego abrió el ataúd, que contenía un cuerpo incorrupto. De repente, la tumba se llenó de tierra y las reliquias quedaron en el suelo.


Entre 1511 y 1522 se construyó una capilla en honor del mártir monástico Nicetas, y en el siglo XIX el arcipreste A. Svirelin compuso un acatisto al santo.



Fuente: oca.org

Traducción del inglés: Google Translator

Adaptación propia

24/05 - Simeón el Estilita de la Montaña Milagrosa


El Venerable Simeón el Estilita de la Montaña Milagrosa, conocido también como San Simeón el Estilita «el Joven» para distinguirlo de su homónimo anterior Simeón el Estilita y de Simeon el Estilita III, vivió en la época del emperador Justino II (574 d.C.). Procedía de Edesa, aunque nació en Antioquía de Siria. Su madre era una mujer llamada Marta, que fue venerada como santa. Cuando cumplió cinco años, un terrible terremoto destruyó gran parte de Antioquía. Entre los muertos estaba su padre de Juan, que murió al derrumbarse el techo de su casa. Sin embargo su madre Marta sobrevivió, ya que estaba fuera de la ciudad Simeón, que había ido a adorar en la iglesia de San Esteban. Desde entonces, con temor de Dios, Marta crió a su hijo.


Se contaban cosas extrañas sobre el chiquillo, quien acabó por alejarse de su ciudad natalA una edad muy temprana, lleno de gracia y de espíritu, Simeón fue a Seleucia, cerca del monte del pueblo de Pilasa, en un famoso monasterio donde estuvo un famoso asceta llamado Juan. Junto a él, Simeón estudió las Sagradas Escrituras de manera más sistemática, centrando su ascetismo en la oración y  en la humildad. Rápidamente se convirtió en un ejemplo que imitar, también para los otros hermanos del Monasterio. Él, imitando a su maestro, levantó una columna y tras subir sobre ella, permaneció rezando durante doce años. Pero el diablo, que odia el bien y el progreso espiritual de la gente, se las arregló para que un compañero suyo del monasterio sintiese tal envidia que quiso matarlo con un cuchillo. Pero de modo milagroso su mano se secó allí mismo. Simeón, hombre sin rencor, no sólo no se enojó, sino que también oró al bendito Señor para que sanara a su hermano, hecho que sucedió.


Más tarde, el Santo se retiró a la Admirable Montaña, en un lugar rocoso desierto. Allí llevó una dura vida ascética durante cuarenta y cinco años. Durmió pacíficamente y recibió dignamente le eterna bienaventuranza sobre el año 590 o 595 d.C., a la edad de ochenta y cinco años.Muy pronto la fama de su excentricidad, de su santidad y de sus poderes para realizar milagros, se extendió tanto que, para evitar la constante visita de peregrinos, Simeón se retiró a vivir en la cumbre de una roca, sobre una montaña inaccesible que llegó a conocerse con el nombre de Monte de Maravillas. Por entonces, tenía veinte años. Una década después, como resultado de una visión, estableció un monasterio para sus discípulos y mandó levantar una nueva columna para él mismo, a la que fue conducido, solemnemente, por dos obispos.


De esta manera extraordinaria, pero auténtica sin duda, vivió Simeón durante otros cuarenta y cinco años. De vez en cuando, se trasladaba a otro pilar. Cuando tenía treinta y tres años, fue ordenado sacerdote, sin haber bajado de su columna, puesto que el obispo subió para hacerle la imposición de manos. Al parecer, sobre la columna había una plataforma de amplitud suficiente para que Simeón pudiese celebrar la misa ahí mismo; sus discípulos ascendían por una escalera para recibir la comunión de sus manos. En los registros de su historia se afirma que Dios manifestó la santidad de su siervo con el don de hacer milagros, sobre todo la curación de enfermos, el vaticinio de las cosas por venir, y el conocimiento de los pensamientos secretos de los demás. Es de destacar que San Simeón fue dignificado con el carisma de la predición y de la curación de todo tipo de enfermedad. De este modo, predijo la muerte de su maestro, la "dormición" del Arzobispo Efrén (545 d.C.), los terremotos de Antioquía y Constantinopla (557 d.C.) y otros eventos. Evagrio, historiador sirio, fue testigo de muchas de aquellas maravillas y asegura que experimentó por sí mismo el poder de Simeón para leer los pensamientos, cuando lo visitó para pedirle consejos espirituales.


Verdaderas multitudes procedentes de todas partes acudían a san Simeón en busca de una palabra de consuelo y con la esperanza de presenciar algún milagro o beneficiarse con él. Después de la muerte de san Juan el Estilita, ya nadie pudo restringir las austeridades a que se entregaba Simeón. Evagrio dice que se mantenía enteramente con una dieta de frutas y hortalizas. Simeón escribió al emperador Justino II para pedirle que castigase a los samaritanos que habían atacado a los cristianos de las vecindades, y san Juan Damasceno atribuye a Simeón un breve texto en que alaba la veneración a las sagradas imágenes. Hay otros escritos, homilías e himnos, que también se le atribuyen, pero sin razón suficiente. Simeón había vaticinado que Justino II sucedería a Justiniano, y a Juan el Escolástico, que llegaría a ser elegido para la sede de Constantinopla, como efectivamente lo fue. Predijo la muerte de su maestro, la "dormición" del Arzobispo Efrén (545 d.C.), los terremotos de Antioquía y Constantinopla (557 d.C.) y otros eventos.


El que haya sido un estilita desde niño y desplegara sus manifestaciones espirituales desde su tierna edad; el que llegase a vivir casi sin comer y sin dormir; sus luchas con los espíritus malignos, sus mortificaciones físicas y sus numerosos milagros, como se relata en su biografía, tienen un carácter muy especial.


El santo enfermó en mayo de 592. El patriarca Gregorio de Antioquia, al saber que agonizaba, corrió para ayudarle en sus últimos momentos; pero san Simeón murió antes de que él llegara.


La Montaña Milagrosa, Monasterio de San Simeón el Milagroso


Teniendo como centro la columna de San Simeón el Milagroso, la cual había sido erigida en una colina entre Antioquía y Seleucia conocida como La Admirable Montaña, con una altitud de 479 m., a la derecha del Río Orontes, a unos 18 km. al oeste de Antioquía, construyó San Simeón su monasterio. Está en parte excavado sobre roca y construido en un recinto rectangular, rodeado por una gran muralla. El nuevo complejo siguió el  patrón  del famoso gran complejo de Qal’at Sim’an. Los espacios se organizan en torno a un octógono central, el cual rodea la columna del Santo.


El monasterio, con seguridad funcionó durante el siglo VI d.C., así como entre los siglos XI y XIII. Hoy en día existen sus ruinas y constituye uno de los complejos monásticos más importantes del norte de Siria.


LECTURAS


Col 3,12-16: Hermanos, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados en un solo cuerpo. Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.


Mt 5,14-19: Dijo el Señor a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos. No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».



Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Domingo de los Santos Padres del I Concilio Ecuménico


Hoy la Iglesia celebra el 7º domingo después de Pascua, domingo que se encuentra situado entre la fiesta de la Ascensión y la de Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo.


Cerrado ya el tiempo Pascual, y a punto de participar de la Fiesta donde el Espíritu Santo descenderá sobre los Apóstoles, la Iglesia se prepara para profundizar y experimentar todos aquellos misterios que el Hijo de Dios ha venido a revelar a la humanidad.


El Evangelio de la celebración de la Divina Liturgia de hoy es un Evangelio teológico por excelencia donde San Juan el evangelista, llamado precisamente el teólogo, nos transmite de una forma diáfana y clara, cuál es el poder de Jesús-Cristo sobre toda carne para conducirla a la vida eterna. Según Él mismo nos dice; “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesús-Cristo”. Los Apóstoles lo han conocido personalmente y directamente, porque han convivido y recibido sus enseñanzas. El mismo Cristo nos aporta su testimonio diciendo: “Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me distes se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado”. ” Y aún les dice: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.


Con estas palabras se manifiesta la relación de comunión que se establece entre Jesús-Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad hecho hombre y sus Apóstoles, y estos, con esta experiencia de comunión y de participación a las energías increadas que nos aporta el Hijo de Dios encarnado, salen a predicar la Buena Nueva, misterio de redención, para que la humanidad pueda llegar también a participar de esta misma experiencia. No se trata de un conocimiento al que podemos acceder con nuestra razón, sino que es una experiencia de vida en comunión con aquel que nos ha dado la vida, y los Apóstoles son los transmisores de esta experiencia a todas las iglesias incipientes de la era cristiana.


Pero la Iglesia desde el primer momento de su constitución debe velar para que esta transmisión de experiencia eclesial, donde Dios y el hombre se encuentran, se haga con todas las garantías, evitando las desviaciones propias que la razón humana es capaz de construir. Y por esto en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que hoy también se escucha, San Pablo se dirige a los ancianos de las Iglesias y les dice: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su propio  hijo… que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí”. 


Por esto hoy también la Iglesia conmemora los padres del primer Concilio Ecuménico, que se celebró en la ciudad de Nicea en el año 325 y que fue el primero de toda una serie de concilios que se realizaron durante el primer milenio de nuestra era para abordar todas aquellas desviaciones que nos apartaban de la verdadera Fe. Porque la Iglesia tiene la necesidad de posicionarse frente a esta realidad cuando la razón humana empieza a buscar explicaciones a lo que supera completamente nuestra inteligencia y nuestra lógica.


La Madre de Dios, los Apóstoles y todos sus discípulos viven en persona la presencia física de Jesús-Cristo, Hombre-Dios, y después de recibir la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés, salen a predicar el kerigma apostólico a todas las naciones.


Lo que predican, que después queda reflejado en el canon establecido del Nuevo Testamento, es el reflejo de esta experiencia vivida que trasciende completamente nuestra inteligencia, nuestra racionalidad y la lógica establecida del orden natural.


Las herejías surgen en el momento que el hombre pierde, en parte, esta vivencia inicial y busca explicaciones a la existencia de Dios y a su encarnación a través de la 2ª hipóstasis de la Santísima Trinidad, apartándose de lo que realmente son estos misterios.


Podríamos decir que la Iglesia está fundamentada en estos dos dogmas, el Trinitario y el Cristológico. En el primero se nos revela la forma de existencia de la divinidad y en el segundo, como la divinidad se hipostasia en la naturaleza humana, para conducirla a su plenitud.


La Iglesia, pues, durante los primero siglos del cristianismo debe discernir sobre estos misterios, y en base a la vivencia y experiencia transmitida por los Apóstoles, fundamentada en las Sagradas Escrituras e incorporada a la propia vida eclesial, tiene la necesidad de posicionarse con un discurso teológico preciso que refleje esta vivencia ante los herejes, es decir ante todas aquellas posturas que se apartan de la verdad revelada, y esto es lo que hace durante los Concilios Ecuménicos, que son hoy, y aún ahora, el fundamento de la Fe Ortodoxa.


Celebrémoslo pues y llenémonos  de alegría, porque la Fe Ortodoxa finalmente ha triunfado sobre todas las herejías y nos aporta todos los elementos necesarios para que en el seno de la Iglesia podamos avanzar a través de nuestra ascesis personal hacia el conocimiento de nuestro Señor Jesús-Cristo, con la certeza de que estamos en el camino de la verdad para alcanzar la plenitud de nuestra existencia. 


P. Martí Puche



GLORIFICA A TU HIJO EL MISTERIO DEL AMOR TRINITARIO


Estamos ya cerrando este tiempo santo de la Pascua y nos aproximamos a una de las fiestas más grandes y profundas de la Iglesia: la gloriosa solemnidad de Pentecostés. Todo este camino pascual nos ha ido llevando poco a poco al corazón mismo del misterio cristiano: la victoria de Cristo sobre la muerte, la revelación plena del amor de Dios y el nacimiento de la Iglesia por la fuerza del Espíritu Santo.


Y precisamente en este séptimo domingo de Pascua, la Iglesia celebra también con especial solemnidad la memoria de los Santos Padres del Primer Concilio Ecuménico de Nicea, reunido en el año 325. No es casualidad que esta celebración esté unida a este momento litúrgico. Los Santos Padres, iluminados por el Espíritu Santo, defendieron la verdad revelada por Cristo frente a los errores que amenazaban la fe de la Iglesia. Allí quedó proclamada con claridad la fe que todavía hoy confesamos en el Santo Credo: que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, “Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma esencia del Padre”.


Como enseñó San Atanasio de Alejandría, gran defensor de Nicea:


“Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera participar de la vida divina.” Y precisamente ese es el centro del Evangelio que hoy contemplamos.

El texto de Evangelio según San Juan, conocido como la oración sacerdotal de Cristo, está cargado de una profundidad inmensa. Es una ventana abierta al misterio eterno del amor de la Santísima Trinidad. Allí contemplamos al Hijo hablando al Padre en la unidad del Espíritu Santo. No es simplemente una oración humana; es la revelación del amor eterno que une al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.


Dice el Señor: “Padre, glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti” (Juan 17,1).


Aquí Cristo manifiesta que toda su vida ha sido obediencia, entrega y amor al Padre. Él vino al mundo para revelar el rostro misericordioso de Dios y para restaurar en nosotros la comunión perdida por el pecado. Y esa restauración solamente era posible porque el Hijo eterno asumió nuestra naturaleza humana.


Como enseñó San Gregorio el Teólogo: “Lo que no es asumido no es sanado.”


Cristo asumió completamente nuestra humanidad para sanar completamente nuestra humanidad. Tomó nuestra fragilidad, nuestro dolor, nuestras heridas y hasta nuestra misma muerte, para destruirlas desde dentro por medio de su sacrificio glorioso.


Por eso esta oración de Cristo está profundamente unida al misterio de la Cruz. Cuando Jesús dice:


“Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17,4), está anticipando ya aquel momento supremo del Calvario cuando exclamará: “Consumado  es” (Juan 19,30).


La palabra griega “Tetélestai” tiene una profundidad inmensa: significa que la deuda ha sido pagada completamente. La humanidad, esclava del pecado desde la caída de Adán, incapaz por sí misma de reconciliarse plenamente con Dios, recibe ahora la redención por medio del sacrificio del Hijo.


Como decía San Juan Crisóstomo: “La Cruz es la victoria del amor sobre el pecado y sobre la muerte.”


Y precisamente porque Cristo ha vencido, ahora puede presentar al Padre a aquellos que le han sido confiados. Por eso en esta oración dice: “A los que me diste, yo los guardé” (Juan 17,12).


Qué consoladora es esta palabra. Cristo no abandona a los suyos. Él sigue cuidando de su Iglesia, sigue intercediendo por nosotros y sigue sosteniendo nuestra fe en medio de un mundo lleno de oscuridad, tentaciones y sufrimientos.


Pero el mismo Evangelio nos recuerda algo muy importante: permanecer en Cristo exige también nuestra respuesta. No basta decir “yo creo” solamente de palabra. La fe debe convertirse en vida, en lucha espiritual, en oración constante y en comunión real con Dios.


Por eso son tan profundas las palabras de San Juan Crisóstomo cuando enseña:


“El alma que no se fortalece con la oración, las Escrituras y los santos misterios, fácilmente se debilita y cae.”


Dios nos ofrece su gracia, pero nosotros debemos abrir el corazón y cooperar con ella. La vida cristiana es un combate espiritual diario. Vivimos todavía en un mundo marcado por el pecado, y mientras esperamos la gloriosa segunda venida de Cristo, necesitamos fortalecer nuestra alma con la oración, el ayuno, la lectura de las Sagradas Escrituras y la vida sacramental.


Cristo mismo lo dice en esta oración: “No te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17,15).


El Señor no nos promete una vida sin dificultades; nos promete su presencia en medio de ellas. Nos promete su gracia para perseverar. Y aquí está uno de los mensajes más hermosos de este Evangelio: Dios no abandona a aquellos que sinceramente buscan permanecer unidos a Él.


Los Santos Padres de Nicea comprendieron profundamente esta verdad. Ellos no inventaron una nueva doctrina; simplemente defendieron fielmente lo que Cristo había revelado. La fe de la Iglesia nace de la experiencia viva de Dios manifestado en Jesucristo.


Como afirmó San Basilio Magno: “Por el Espíritu Santo conocemos al Hijo, y por el Hijo somos conducidos al Padre.”


Toda nuestra vida espiritual es trinitaria. El Padre nos ama eternamente, el Hijo nos redime y el Espíritu Santo nos santifica y nos fortalece.


Por eso, al acercarnos ya a Pentecostés, la Iglesia nos invita a abrir el corazón a la acción del Espíritu Santo. No podemos vivir la fe solamente como una costumbre externa o una tradición cultural. Necesitamos una experiencia viva de Dios. Necesitamos dejarnos transformar por su gracia.


Y quizás muchos se pregunten: ¿cómo puedo agradecer un amor tan grande? ¿Cómo responder a un Dios que entregó a su propio Hijo por nuestra salvación? La respuesta es sencilla y profunda: dejándonos amar por Dios y permitiendo que nuestra vida glorifique al Padre.


Cada vez que perdonamos, que oramos, que luchamos contra el pecado, que permanecemos firmes en medio de la prueba, que ayudamos al necesitado, que damos testimonio de nuestra fe, glorificamos al Padre con nuestra vida.


Como decía San Serafín de Sarov: “Adquiere la paz interior y miles alrededor de ti encontrarán salvación.”


Ese es también el llamado de este domingo: permanecer en Cristo, dejarnos llenar por su amor y prepararnos para recibir nuevamente la fuerza renovadora del Espíritu Santo en Pentecostés.


Que la oración sacerdotal de Cristo fortalezca hoy nuestra fe. Que los Santos Padres de Nicea intercedan por nosotros para permanecer firmes en la verdadera fe. Y que podamos proclamar con todo el corazón las palabras del Santo Credo:


“Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso… y en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios… luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.” .

P. Archimandrita Gerásimo



EL CONCILIO I DE NICEA


El Concilio I de Nicea es el primer Concilio Ecuménico, es decir, universal, en cuanto participaron obispos de todas las regiones donde había cristianos. Tuvo lugar cuando la Iglesia pudo disfrutar de una paz estable y disponía de libertad para reunirse abiertamente. Se desarrolló del 20 de mayo al 25 de julio del año 325. En él participaron algunos obispos que tenían en sus cuerpos las señales de los castigos que habían sufrido por mantenerse fieles en las persecuciones pasadas, que aún estaban muy recientes.


El emperador Constantino, que por esas fechas aún no se había bautizado, facilitó la participación de los Obispos, poniendo a su disposición los servicios de postas imperiales para que hicieran el viaje, y ofreciéndoles hospitalidad en Nicea de Bitinia, cerca de su residencia de Nicomedia. De hecho, consideró muy oportuna esa reunión, pues, tras haber logrado con su victoria contra Licinio en el año 324 la reunificación del Imperio, también deseaba ver unida a la Iglesia, que en esos momentos estaba sacudida por la predicación de Arrio, un sacerdote que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo. Desde el año 318 Arrio se había opuesto a su obispo Alejandro de Alejandría, y fue excomulgado en un sínodo de todos los obispos de Egipto. Arrio huyó y se fue a Nicomedia, junto a su amigo el obispo Eusebio.


Entre los Padres Conciliares se contaban las figuras eclesiásticas más relevantes del momento. Estaba Osio, obispo de Córdoba, que según la tradición presidió las sesiones. Asistió también Alejandro de Alejandría, ayudado por el entonces diácono Atanasio, Marcelo de Ancira, Macario de Jerusalén, Leoncio de Cesarea de Capadocia, Eustacio de Antioquía, y unos presbíteros en representación del Obispo de Roma, que no puedo asistir debido a su avanzada edad. Tampoco faltaron los amigos de Arrio, como Eusebio de Cesarea, Eusebio de Nicomedia y algunos otros. En total fueron unos trescientos los obispos que participaron.


Los partidarios de Arrio, que contaban también con las simpatías del emperador Constantino, pensaban que en cuanto expusieran sus puntos de vista la asamblea les daría la razón. Sin embargo, cuando Eusebio de Nicomedia tomó la palabra para decir que Jesucristo no era más que una criatura, aunque muy excelsa y eminente, y que no era de naturaleza divina, la inmensa mayoría de los asistentes notaron en seguida que esa doctrina traicionaba la fe recibida de los Apóstoles. Para evitar tan graves confusiones los Padres Conciliares decidieron redactar, sobre la base del credo bautismal de la iglesia de Cesarea, un símbolo de fe que reflejara de modo sintético y claro la confesión genuina de la fe recibida y admitida por los cristianos desde los orígenes. Se dice en él que Jesucristo es «de la substancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no hecho,homoousios tou Patrou (consustancial al Padre)». Todos los Padres Conciliares, excepto dos obispos, ratificaron ese Credo, el Símbolo Niceno, el 19 de junio del año 325.


Además de esa cuestión fundamental, en Nicea se fijó la celebración de la Pascua en el primer domingo después del primer plenilunio de primavera, siguiendo la praxis habitual en la iglesia de Roma y en muchas otras. También se trataron algunas cuestiones disciplinares de menor importancia, relativas al funcionamiento interno de la Iglesia.


Por lo que respecta al tema más importante, la crisis arriana, poco tiempo después Eusebio de Nicomedia contando con la ayuda de Constantino consiguió volver a su sede, y el propio emperador ordenó al obispo de Constantinopla que admitiera a Arrio a la comunión. Mientras tanto, tras la muerte de Alejandro, Atanasio había accedido al episcopado en Alejandría. Fue una de las mayores figuras de la Iglesia en todo el siglo IV, que defendió con gran altura intelectual la fe de Nicea, pero que precisamente por eso fue enviado al exilio por el emperador.


El historiador Eusebio de Cesarea, también cercano a las tesis arrianas, exagera en sus escritos la influencia de Constantino en el Concilio de Nicea. Si sólo se dispusiera de esa fuente, podría pensarse que el Emperador, además de pronunciar unas palabras de saludo al inicio de las sesiones, tuvo el protagonismo en reconciliar a los adversarios y restaurar la concordia, imponiéndose también en las cuestiones doctrinales por encima de los obispos que participaban en el Concilio. Se trata de una versión sesgada de la realidad.


Atendiendo a todas las fuentes disponibles se puede decir, ciertamente, que Constantino propició la celebración del Concilio de Nicea e influyó en el hecho de su celebración, prestando todo su apoyo. Sin embargo, el estudio de los documentos muestra que el emperador no influyó en la formulación de la fe que se hizo en el Credo, porque no tenía capacidad teológica para dominar las cuestiones que allí se debatían, pero sobre todo porque las fórmulas aprobadas no coinciden con sus inclinaciones personales que se mueven más bien en la línea arriana, es decir, de considerar que Jesucristo no es Dios, sino una criatura excelsa.


Cánones


Canon 1: Sobre la admisión ayuda o expulsión de los eclesiásticos mutilados voluntaria o violentamente.


Canon 2: Reglas a tener en cuenta para la ordenación la evitación precipitaciones indebidas y la deposición de quienes son culpables de faltas graves.


Canon 3: Se prohíbe a todos los cleros tener relaciones con cualquier mujer, excepto con su madre, una hermana o una tía.


Canon 4: Relativo a las elecciones episcopales.


Canon 5: Relativo a la excomunión.


Canon 6: Relativo a los patriarcas y su jurisdicción.


Canon 7: Confirma el derecho de los obispos de Jerusalén a disfrutar de determinados honores.


Canon 8: Se refiere a los novacianos.


Canon 9: Ciertos pecados conocidos después de la ordenación implican su invalidez.


Canon 10: Lapsi quienes hayan sido ordenados maliciosa o fraudulentamente, deben ser excluidos tan pronto como se conozca la irregularidad.


Canon 11: Penitencia que debe ser impuesta a los apóstatas en la persecución de Licinio.


Canon 12: Penitencia que debe ser impuesta a quienes apoyaron a Licinio en su guerra contra los cristianos.


Canon 13: Indulgencia que debe ser otorgada a las personas excomulgadas que se encuentran en peligro de muerte.


Canon 14: Penitencia que debe ser impuesta a los catecúmenos que desfallecieron durante la persecución.


Canon 15: Obispos, sacerdotes y diáconos no pueden pasar de una iglesia a otra.


Canon 16: Se prohíbe a todos los clérigos abandonar su iglesia. Se prohíbe formalmente a los obispos que ordenen para su diócesis a un clérigo que pertenece a una diócesis distinta.


Canon 17: Se prohíbe a los clérigos que presten con interés.


Canon 18: Se recuerda a los diáconos su posición subordinada respecto a los sacerdotes.


Canon 19: Reglas a tener en cuenta respecto a los partidarios de Pablo de Samosata que deseaban retornar a la Iglesia.


Canon 20: Los domingos y durante la Pascua las oraciones deben rezarse en pie.


Las conclusiones de la sesión fueron firmadas por más de 318 Padres y esta cifra fue mantenida por razones simbólicas.


LECTURAS


En Vísperas


Gén 14,14-20: Cuando Abrán oyó que su sobrino había caído prisionero, reunió a sus hombres adiestrados, trescientos dieciocho nacidos en su casa, y emprendió la persecución de aquellos hasta Dan. De noche cayó sobre ellos con su tropa, los batió y persiguió hasta Joba, al norte de Damasco. Recuperó todas sus posesiones y se trajo también a su hermano Lot con sus posesiones, las mujeres y la tropa. Cuando Abrán volvía de derrotar a Quedorlaomer y a los reyes aliados, salió a su encuentro el rey de Sodoma en el valle de Save, o sea el valle del Rey. Entonces Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y le bendijo diciendo:«Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos».


Dt 1,8-11;16-17: Dijo Moisés a los hijos de Israel: «El Señor nuestro Dios nos dijo en el Horeb: “Mirad: yo os entrego esa tierra; id y tomad posesión de la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y a sus descendientes”. Entonces yo os dije: “Yo solo no puedo cargar con vosotros. El Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado, y hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo. Que el Señor, Dios de vuestros antepasados, os haga crecer mil veces más y os bendiga, como os prometió. Entonces tomé de los jefes de vuestras tribus, hombres sabios y expertos, y los constituí jefes vuestros: jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez, y oficiales para vuestras tribus. Y di esta orden a vuestros jueces: “Escuchad a vuestros hermanos y juzgad con justicia las causas que surjan entre vuestros hermanos o con emigrantes. No seáis parciales en la sentencia, oíd por igual a pequeños y grandes; no os dejéis intimidar por nadie, que la sentencia es de Dios. Si una causa os resulta demasiado difícil, pasádmela, y yo la resolveré”».


Dt 10,14-18;20-21: Dijo Moisés a los hijos de Israel: «Del Señor son los cielos, hasta el último cielo, la tierra y todo cuanto la habita. Mas solo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó, y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy. Circuncidad vuestro corazón, no endurezcáis vuestra cerviz, pues el Señor, vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, fuerte y terrible, que no es parcial ni acepta soborno, que hace justicia al huérfano y a la viuda, y que ama al emigrante, dándole pan y vestido. Temerás al Señor, tu Dios, le servirás, te adherirás a él y en su nombre jurarás. Él es tu alabanza y él es tu Dios, que hizo a tu favor las terribles hazañas que tus ojos han visto».


En la Liturgia


Hch 20,16-18;28-36: En aquellos días, Pablo se había propuesto no hacer escala en Éfeso para no tener que demorarse en Asia, pues tenía prisa por estar en Jerusalén, si era posible, el día de Pentecostés. Desde Mileto, envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia. Cuando se presentaron, les dijo: «Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo. Yo sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño. Incluso de entre vosotros mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. Por eso, estad alerta: acordaos de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construiros y haceros partícipes de la herencia con todos los santificados. De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa. Bien sabéis que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo. Siempre os he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”». Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos.


Jn 17,1-13: En aquel tiempo, levantando Jesús los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida».



Fuente: iglesiaortodoxa.es / cpciberoamerica.es / opusdei.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / ec.catholic.net / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia