17/05 - Los Santos Apóstoles Andrónico y Junia


Andrónico y Junia viajaron juntos por los caminos –los antiguos caminos de adoquines- de la región que algún día incluiría países como “Austria”, “Hungría” y “Eslovaquia”. A lomo de caballo y a pie ellos se movieron incesantemente ida y vuelta entre los pueblos con murallas de adobe así como por las pequeñas villas agropecuarias de esa inmensa región localizada en el sur y el oeste del Río Danubio.


En los días calientes de verano sudaban profusamente mientras trepaban por las empinadas colinas de los Balcanes; en lo más duro del invierno tiritaban en su caminar contra el viento a lo largo de las extensiones cubiertas por la nieve de la explanadas Panonianas.


La región era conocida como “Panonia” y los dos, Andrónico y Junia, ambos discípulos que habían pertenecido a ese grupo más grande de evangelizadores conocidos como Los Setenta, habían sido enviados aquí desde Tierra Santa para arriesgar sus vidas por el Santo Evangelio de Jesucristo. 


Panonia era en esos días una extensión salvaje cubierta de pantanos y llanuras cubiertas  de niebla en donde los feroces Celtas, tribus de jinetes, emergían en cualquier momento de en medio de las brumas para asesinar -sin pensarlo por un segundo- a los indefensos viajeros.


A pesar de ello los dos misioneros habían accedido a tomar los riesgos. Superaron los peligrosos caminos y atravesaron los pantanos porque ambos habían hecho un juramento de lealtad a un poder más grande que cualquier otro en la tierra. Escogidos por los Doce Apóstoles Originales durante las décadas inmediatamente posteriores a la muerte y resurrección de Jesucristo, Los Setenta fueron encargados de llevar el mensaje de salvación de Jesucristo a cada país... desde las distantes tierras calientes a las inmensas colinas del norte de Bretaña y hasta los ardientes desiertos del Norte de Africa.


Andrónico y Junia fueron sin dudarlo. Ambos eran parientes del Gran Apóstol San Pablo y habían compartido con él la inspiradora historia del Salvador que había venido a la tierra para liberar a los hombres del pecado y de la muerte. Llenos de celo y de valentía se apresuraron a unirse a Los Setenta ante el pedido de Pablo... quien se había complacido en recibirlos, tal como lo hizo notar en su gran Epístola a los Romanos:


“Saludad a Andrónico y Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo." (Romanos 16, 7).


Después de haber pasado por muchos problemas con Pablo en Roma, en donde estuvo prisionero y eventualmente martirizado, ambos habían sido despachados como misioneros de Los Setenta desde Tierra Santa a uno de las más duras y amenazadoras regiones en el mundo del año 70.


Andrónico había sido nombrado Obispo de la creciente región de Panonia mientras que la siempre enérgica y celosa Junia lo ayudaría como su asistente. Juntos tomaron los caminos, donde muchas veces no había nada más que senderos fangosos rodeados por pantanos, en los cuales abundaba la malaria y la tifoidea. Pero ellos pasaron casi veinte años allí, predicando lo mejor que podían y ganando muchos conversos para Cristo. También se las arreglaron para destruir templos paganos que existían en su territorio, luchando contra esa idolatría ahí donde les fuera posible combatir.


La batalla fue larga y dura –pero los historiadores de ese período nos dicen que a ambos se les había dado poderosas armas a través de la gracia de Dios. Ambos poseían la habilidad de sanar a los enfermos a través de la oración, además sabían cómo expulsar demonios que frecuentemente atormentaban a las almas en esta región oscura y tenebrosa.


Pero había un precio que pagar y ellos terminarían pagándolo. Los detalles son muy pocos debido a que sus acciones heroicas ocurrieron muy alejadas del mundo civilizado del Medio Oriente –pero la historia nos dice que fueron martirizados por enfurecidos paganos quienes resentían la destrucción de sus ídolos, probablemente alrededor del Año 90 de Nuestro Señor. Según los historiadores lo más probable es que ambos hayan sido decapitados por la espada, un destino común para aquellos que se enfrentaban a los sacerdotes paganos de esa región durante los primeros siglos posteriores a la crucifixión de Jesucristo.


El grado de privación y de incomodidad soportado por estos dos santos es algo muy difícil de imaginar hoy en día. Existiendo en los límites más alejados del Imperio Romano en el Siglo Primero, la población vivía en casas frágiles, construidas donde les era posible, a las sombras de los fuertes Romanos que se erigían como centinelas a los largo de las orillas del Danubio. 


Esos fuertes, junto con las Legiones Romanas que patrullaban esta provincia distante, eran la única protección en contra de los bárbaros Celtas –  eso sin contar el enjambre de bandidos y ladrones que se encontraban merodeando en todo lugar.


Roma era un lugar de lujo –aún para el más pobre de sus ciudadanos- durante esta época, pero los dos miembros de Los Setenta fueron a Panonia y nunca se quejaron por ello. Cuando murieron bajo el frío acero de sus atacantes, probablemente en algún terreno pantanoso cercano a algún templo pagano en el cual se habían atrevido a predicar en contra de la idolatría, fueron arrojados rápidamente a tierra por los bárbaros. Luego sus cuerpos fueron abandonados para pudrirse a la interperie pantanosa. 


Fueron grandes héroes de Cristo. Cuatrocientos años después de haber perecido por el servicio al Santo Evangelio, sus reliquias fueron descubiertas cerca de la puerta de Eugenius en Constantinopla, bajo el reinado de los Emperadores Arcadio y Honorius. En un gesto de amoroso recuerdo sus restos fueron preservados para la posteridad en la capital de Bizancio junto con esos muchos otros Cristianos quienes también habían sido coronados con el martirio.


Las vidas de los Mártires Andrónico y Junia nos dicen mucho acerca de los peligros y las incomodidades que muchos de Los Setenta estuvieron dispuestos a soportar. Ellos también nos inspiran  esperanza. Si esos dos santos mártires pudieron enfrentar los retos de su mundo sombrío y violento –con la ayuda de Dios Todopoderoso– con toda seguridad nosotros también podemos soportar los problemas y las tormentas de la vida sin perder nuestra fe en la bondad de Jesucristo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

Domingo del Ciego


“Para que se manifiesten las obras de Dios en él” (Jn 9, 3)


«Como hábil arquitecto, Dios primero ha acabado una parte de la casa que ha querido construir y ha dejado la otra imperfecta a fin de que, al acabarla, después cerrase la boca a los incrédulos respecto al origen de toda obra. De esta manera, Él junta las diferentes partes de nuestro cuerpo, completa lo que faltaba, trabaja en él como en una casa que está a punto de caer cuando sana la mano seca, cuando da fuerza a los miembros del paralítico, hace caminar a los cojos, cura a los leprosos, sana a los enfermos, fortifica a los débiles, resucita a los muertos, abre los ojos que estaban cerrados, da a los que no tienen nada. Repara pues los defectos de nuestra débil naturaleza, y con ello descubre, manifiesta su poder. Además, cuando Jesús dice: “para que se manifieste el poder de Dios”, es de Él mismo de quien habla y no del Padre, porque el poder del Padre era perfectamente conocido» (San Juan Crisóstomo, Homilía LVI).


“Si el Señor no construye la casa, es inútil el afán de los constructores” (Sl 126). El origen de nuestra vida es Dios y está en Dios. Cualquier intento de construir la vida fuera de Él es vano e inconsistente, nace de la semilla de la corrupción y es como el humo que se disipa y desaparece. Por tanto, si nuestra vida ha de ser Vida en Cristo, los cimientos que la han de sostener no pueden ser otros que el encuentro con Dios. Llegamos a la vida en este mundo como una casa que no está acabada de construir, y el Arquitecto que puede completar la obra es el mismo Arquitecto que nos ha dado la vida. Para que se manifieste el poder y la gloria de Dios.


El ojo es al cuerpo lo que el sol es al mundo. El ojo es la lámpara del cuerpo y del alma que vivifica el cuerpo. Por la vista nos orientamos y damos sentido a las cosas, incluso hemos conocido a Dios porque se hizo visible en la carne. La Luz que orienta, vivifica y da sentido a nuestra vida, a nuestra alma, es Cristo Dios (Jn 9, 5 y 8,12). El aliento de vida que llevamos al llegar a este mundo lo recibimos de Dios. El mismo Dios es quien nos abre los ojos de la Fe, quien restaura su imagen en nosotros, corrompida por las pasiones. Los ojos de la Fe nos fueron abiertos por el santo Bautismo; que estos ojos gobiernen nuestra vida es vivir de acuerdo con esta Fe, y eso es una decisión que hemos de tomar cada uno personalmente de manera resuelta, sin pereza ni tibieza ni titubeos. Cada Eucaristía es un encuentro con Jesús Cristo, Dios, el acontecimiento fundamental sobre el que se edifica nuestra vida. Hacernos dignos de la participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo es la obra que nos tendría que ocupar el resto del tiempo, de Domingo a Domingo, de Eucaristía a Eucaristía. Cuando es así, todas las circunstancias que nos rodean son tantas ocasiones de manifestar nuestra Fe, de ejercitar la visión que nos ha sido dada. Él, que está presente en todas partes y que lo llena todo, viene a encontrarnos. Dios es infinitamente paciente y nos concede todo el tiempo: “mientras es de día, hemos de hacer las obras de Dios; se acerca la noche, que es cuando nadie puede trabajar” (Jn 9, 4).


El que nació ciego, al volver de la piscina de Siloé viendo, se encontró primero con las dudas de la gente y luego, al confirmar su identidad, con las preguntas de los fariseos, las acusaciones veladas, los insultos, los intentos de hacerle hablar en contra del Señor, de convencerle para que escogiese las convenciones de la ley por encima de la verdad que le ha sido revelada y, finalmente, con la expulsión de la comunidad. Estudiemos sus palabras ante los que le acusan. De él aprendamos a manifestar nuestra Fe con obras: cabalmente, con coherencia y justicia, prudencia y coraje, valentía e integridad y siempre temerosos de guardar la fidelidad a Aquel que nos da la vista para la Vida. Nuestra meta es siempre y en todo lugar la misma; sea bajo situaciones más restrictivas o más permisivas, estables o cambiantes. Si somos fieles al Arquitecto que nos construye y vigila que la obra llegue a buen final, Él mismo nos vendrá a encontrar de nuevo para confirmar nuestra Fe.


LECTURAS


Hch 16,16-34: En aquellos días, una vez que íbamos nosotros al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava, poseída por un espíritu adivino, que proporcionaba a sus dueños grandes ganancias haciendo de adivina. Esta, yendo detrás de Pablo y de nosotros, gritaba y decía: «Estos hombres son siervos del Dios altísimo, que os anuncian un camino de salvación». Venía haciendo esto muchos días, hasta que Pablo, cansado de ello, se volvió al espíritu y le dijo: «Te ordeno en el nombre de Jesucristo que salgas de ella». Y en aquel momento salió de ella. Pero al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, cogiendo a Pablo y a Silas, los arrastraron al ágora ante los magistrados y, presentándolos a los pretores, dijeron: «Estos hombres, judíos como son, están perturbando nuestra ciudad y están enseñando costumbres que no nos está permitido aceptar ni practicar, pues somos romanos». La plebe se amotinó contra ellos, y ordenaron que les arrancaran los vestidos y que los azotaran con varas; después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien; según la orden recibida, él los cogió, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo. A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban. De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas. El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado. Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo: «No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí». El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas; los sacó fuera y les preguntó: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?». Le contestaron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia». Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa. A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos; los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.


Jn 9,1-38: En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo». Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?». Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?». Contestó: «No lo sé». Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?». Sus padres contestaron: «Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse». Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él». Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo». Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?». Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?». Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene». Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.



Fuente: iglesiaortodoxa.es / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

16/05 - Teodoro el Santificado


Fue tanta la gloria que dieron a la Iglesia en los siglos cuarto y quinto las congregaciones monásticas que por entonces florecieron con todo esplendor en los desiertos de Egipto, que tanto Teodoreto como Procopio aplican al estado de aquellos santos reclusos los pasajes de los profetas en los que se habla del advenimiento de la nueva edad en que imperase la ley de la gracia. "Los páramos se regocijarán y florecerán como el lirio; se abrirán los capullos y habrá regocijo, con alegres alabanzas" (Isaías xxxv 1, 2, etc.). Uno de los santos eminentes en aquella pléyade fue el abad Teodoro, discípulo de San Pacomio.


Teodoro nació en la alta Tebaida, alrededor del año 314, de padres muy acaudalados y, cuando contaba entre once y doce años de edad, durante  la fiesta de la Epifanía, se entregó a Dios con un fervor precoz, resuelto a no anteponer nunca nada al amor divino y su servicio. Con el correr del tiempo, la gran reputación de San Pacomio le atrajo hacia Tabenna, donde no tardó en descollar entre los seguidores del santo. Éste le tomó como compañero permanente cuando hacía el recorrido de sus monasterios. San Pacomio elevó a Teodoro al sacerdocio y, antes de retirarse al pequeño monasterio de Pabau, le encargó el gobierno de Tabenna.


San Pacomio murió en el año de 346, y Petronio, a quien había nombrado su sucesor, murió también trece días después. Entonces se eligió como abad a San Orsisio, pero como éste encontró la carga demasiado pesada y el grupo de monasterios amenazaba con dividirse en partidos, dimitió para dejar a Teooro en su lugar. Lo primero que éste hizo fue reunir a todos los monjes para exhortarlos a la concordia. Investigó las causas de las divisiones y les puso el remedio efectivo. Gracias a sus plegarias y a sus incansables esfuerzos, la unidad y la caridad quedaron restablecidas. San Teodoro visitó los monasterios, uno tras otro, y a cada monje en particular le dio instrucciones, consejos, consuelos y aliento; de esa manera, corrigió los errores con una delicadeza y un tacto irresistible.


Varios fueron los milagros que obró y muchas las ocasiones en que vaticinó el futuro. Cierto día se hallaba en un bote, en aguas del Nilo, con San Atanasio; en un momento dado de la conversación, le aseguró que en aquel preciso momento había muerto en Persia su perseguidor, Juliano el Apóstata, y agregó que el sucesor devolvería la paz a la Iglesia y la tranquilidad a Atanasio. Ambos vaticinios se confirmaron plenamente.


Uno de los milagros obrados por San Teodoro nos proporciona uno de los ejemplos más antiguos sobre el uso del agua bendita como un sacramental para la curación del cuerpo y del alma. San Amón, un contemporáneo de Teodoro, es quien refiere la historia. Cierto día, llegó a las puertas del monasterio de Tabenna un hombre acongojado para pedir a San Teodoro que acudiese a orar por su hija, que estaba gravemente enferma. San Teodoro no podía ir en aquellos momentos, pero recordó al hombre que Dios escuchaba las plegarias donde quiera que se dijesen. A esto repuso el hombre que no tenía mucha fe en las oraciones a distancia y presentó al monje un recipiente de plata, lleno de agua y le pidió que, por lo menos invocase el nombre de Dios sobre el agua, para darla como medicina a su hija. Teodoro accedió y, luego de murmurar una oración, hizo la señal de la cruz sobre el recipiente. El hombre regresó precipitadamente a su casa, encontró a su hija ya inconsciente, le abrió la boca y vertió en ella un poco de agua. Por virtud de la oración y la bendición de San Teodoro, la joven recuperó la salud y se salvó.


Se refiere también que, en cierta ocasión, San Teodoro pronunciaba una conferencia ante sus monjes mientras éstos trabajaban en la confección de esteras. En aquel momento, dos víboras salieron por debajo de una piedra y se arrastraron hacia el santo. Este, para no interrumpir su disertación ni perturbar al auditorio, puso un pie sobre los dos reptiles y los mantuvo sujetos hasta que terminó de hablar. Entonces retiró el pie y mandó a los monjes que matasen a las víboras sin haber recibido de ellas daño alguno.


El Sábado Santo del año 368, uno de los monjes agonizaba y San Teodoro fue a atenderle en sus últimos momentos. Fue entonces cuando vaticinó a todos los que estaban presentes: "Muy pronto, a esta muerte seguirá otra que no se espera". Aquel mismo día, San Teodoro pronunció su acostumbrado discurso a los monjes, reunidos en el monasterio de Pabau para la celebración de la Pascua, pero apenas los había despachado a sus respectivos monasterios, cuando se sintió muy enfermo. Al otro día, el 27 de abril, murió tranquilamente. Su cuerpo fue llevado en procesión hasta la cima del monte donde los monjes tenían su cementerio, pero no pasó mucho tiempo sin que el cadáver fuese exhumado para sepultarlo junto al de San Pacomio. San Atanasio escribió una carta a los monjes de Tabenna para consolarlos, con sentidas palabras, por la pérdida de su abad y para recomendarles que tuviesen siempre presente la gloria que ya poseía el siervo de Dios.


Toda la información de que se podía echar mano en el siglo XVII, en relación con la historia de San Teodoro se encuentra reunida en el relato sobre San Pacomio, publicado en el Acta Sanctorum, mayo, vol. III. Desde entonces, han aparecido diversos textos, la mayoría de ellos en copto o traducidos del copto. En relación con la vida de San Teodoro, tiene especial importancia la Epístola Ammonis, impresa en el Acta Sanctorum, mayo, vol. III, pp. 63-71.



Fuente: santoraltradicional.blogspot.com

Adaptación propia

Sábado de la V Semana de Pascua


Hch 15,35-41: En aquellos días, Pablo y Bernabé permanecieron en Antioquía, enseñando y anunciando, junto con otros muchos, la Buena Nueva, la palabra del Señor. Unos días más tarde, dijo Pablo a Bernabé: «Vayamos de nuevo y visitemos a los hermanos en todas las ciudades en que hemos predicado la palabra de Dios para ver cómo están». Bernabé quería llevar con ellos a Juan, llamado Marcos, pero Pablo opinaba que no debían tomar consigo al que se había separado de ellos en Panfilia y no les había acompañado en la obra. Se produjo una gran tensión, hasta el punto de que se separaron el uno del otro: Bernabé, tomando a Marcos, se embarcó para Chipre; por su parte, Pablo, eligiendo como compañero a Silas, y encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, partió y fue recorriendo Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias.


Jn 10,27-38: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno». Los judíos agarraron de nuevo piedras para apedrearlo. Jesús les replicó: «Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?». Los judíos le contestaron: «No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios». Jesús les replicó: «¿No está escrito en vuestra ley: “Yo os digo: sois dioses”? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios, y no puede fallar la Escritura, a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros: “¡Blasfemas!” Porque he dicho: “Soy Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

15/05 - Aquilio (Aquiles/Aquileo) el Taumaturgo, Arzobispo de Larisa


Aquiles (o Aquilio, o Aquileo) nació en Capadocia (provincia romana desde el 18 p.C.) de una familia patricia; creció y se formó bajo el imperio de Constantino el Grande (280-327). Sus padres se preocuparon de darle una formación e instrucción conforme a las más avanzadas doctrinas de los sabios y filósofos paganos de la época, pero siguiendo al mismo tiempo las prácticas de piedad y caridad enseñadas por el cristianismo, que se iba afirmando no obstante las persecuciones.


A la muerte de sus padres, Aquileo distribuyó sus bienes entre los pobres, y se retiró a Palestina, primera etapa de su peregrinaje; rezó en el Santo Sepulcro y después se embarcó para Roma a buscar consuelo en la tumba de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y siguiendo su ejemplo partió de allí a evangelizar regiones enteras, llevando la fe cristiana a multitud de paganos.


Durante sus viajes misionales llegó a Larisa, ciudad de Tesalia (región de Grecia); en ese tiempo la sede episcopal estaba vacante, por lo cual clero y pueblo, unánimemente, ofrecieron la Cátedra al ilustre huésped. En la nueva misión Aquileo incrementó su celo, conquistando gran fama en todo el entorno de la región; entre otras cosas permitió la fundación de un hospital y de un albergue para los ancianos.


Se sabe que en el 325 participó en el Concilio de Nicea, y estuvo entre los obispos que combatieron la herejía de Arrio; de vuelta de Nicea estuvo en Constantinopla y fue recibido con honores por el patriarca Metrófanes, y recibió nueva dignidad del emperador Constantino, que admirado por su eficaz apostolado, le donó copiosos fondos para construir iglesias y hospitales en su diócesis de Larisa. Retornado a su ciudad, Aquileo hizo abatir todos los templos paganos que aun quedaban, y sustituirlos por imponentes edificios cristianos.


Tenía el don de obrar milagros y curaciones, y el poder de expulsar a los demonios; por las numerosas curaciones que obró siempre fue recordado como «Taumaturgo». Después de haber gobernado por muchos años la diócesis con sabiduría y santidad, murió en Larisa hacia la mitad del siglo IV. Sus reliquias permanecieron en la ciudad hasta el 978, cuando Samuel de Bulgaria invadió Grecia, y fueron transportadas a Prespa, en Macedonia, como botín de guerra, y depositadas en la iglesia más importante de la ciudad.



Fuente: eltestigofiel.org