22/03 - Basilio el Santo Mártir de Ancira


La ciudad de Ancira, hoy Angora o Ankara, es la ciudad más im­portante de Asia Menor. Este centro eminentemente industrial, asen­tado a orillas de un afluente del Sakaria, fue elegido en 1923 por capital de la República turca en sustitución de Constantinopla o Estambul.


Entre sus más puras e inmarcesibles glorias cuenta la de haber poseído en la persona del ilustre presbítero y mártir San Basilio, a un intrépido y celosísimo defensor de la religión cristiana. Desde luego, no hay que confundir a este paladín de la Fe con su contemporáneo Basilio, obispo de An­cira, personaje desgraciadamente de sospechosa doctrina y jefe de los semiarrianos, contra los que tuvo que sostener nuestro Santo los más reñidos combates.


En un ambiente malsano de lamentables y numerosas defecciones, este valeroso sacerdote llevaba vida irreprochable y santísima. Exacto cumpli­dor de los deberes de su estado, mostrose particularmente asiduo al minis­terio de la predicación; su palabra apostólica producía abundantes y ma­ravillosos frutos en la Iglesia de Ancira.


No le inquietaban en lo más mínimo las revueltas que la herejía suscitaba en su derredor, ni la perversidad de los adversarios que le espiaban deseosos de acusarle apenas hallaran en sus palabras o en su conducta el menor pretexto de que valerse para sus dañados fines. Consciente de sus sagrados deberes sacerdotales, se entregaba a ellos por entero con calma y serenidad tan admirable, que nada era capaz de alterarle.


Permitió la Providencia, para bien de muchos, que Basilio viviera en la época calamitosa en que el arrianismo hacía terribles estragos y conseguía los más deslumbradores triunfos. En íntima unión con los cristianos que estaban resueltos a todo trance a permanecer fieles a su fe, Basilio tuvo que luchar a brazo partido contra los autores de la herejía que, desgraciadamente, eran numerosos y poderosísimos en Ancira.


Ocupaba por entonces el trono imperial Constancio, tercer hijo de Cons­tantino. Este mal aconsejado príncipe, presentándose como decidido y po­deroso protector, hizo que en el sínodo arriano de Antioquía se condenara al ilustre San Atanasio, intrépido campeón de las doctrinas católicas contra los errores de Arrio; y en el año 342, prosiguiendo en su furia persecutoria, colocó en la sede de Constantinopla al intruso semiarriano Macedonio, a pesar de una sublevación popular que costó la vida a 3.150 personas, según refiere el historiador Sócrates.


Al amparo de tan poderoso protector, los arrianos de todas las ciudades de Oriente se sintieron amos. La persecución se dirigió contra los núcleos cristianos que habían permanecido fieles. Diéronse con tal motivo los espectáculos más lamentables: la sangre fue derramada sin piedad; los partida­rios de la causa católica tuvieron el dolor de ver sus templos destruidos, y sus bienes confiscados; muchos de ellos fueron condenados al destierro o a los suplicios del martirio.


Algunos arrianos moderados pensaban conciliar y satisfacer a la vez a católicos y arrianos, al emperador Constancio y al obispo San Atanasio. Proyectaban devolver la paz a la Iglesia y acabar con la persecución mediante la inserción de una sola letra griega, la i, en el discutido vocablo omoousios (consustancial), que lo trocaba en omoiousios. Cambio en apariencia de poca importancia, pero en realidad de suma gravedad.


Así, al admitirlo, en vez de decir: Jesucristo es una misma sustancia con su Padre, un mismo Dios; los semiarrianos decían: Jesucristo es de una sustancia semejante a la de su Padre. Era pacto entendido con el enemigo, una conciliación a todas luces inadmisible para el catolicismo. Basilio vio inme­diatamente el lazo que se tendía al pueblo fiel y, con el mismo celo con que había combatido ya al arrianismo formal, desenmascaró al semiarrianismo.


Viendo en él los amaños al más temible adversario de su secta, le prohibieron, en el año 360, la celebración de asambleas en las que enseñase la verdad; pero apoyado por los obispos de Palestina, no hizo el menor caso de aquella injusta prohibición y continuó combatiendo el error, aun delante del mismo emperador Constancio.


Al hereje Constancio sucedió el emperador Juliano, llamado el Apóstata. A su advenimiento al trono imperial, el paganismo, que tan humillado se había visto en el cristiano gobierno de Constantino el Grande y de sus tres hijos, reaccionó y volvió a sentirse fuerte.


El degenerado Apóstata manifestaba sin ambages su vergonzosa adora­ción y culto al Sol, y apoyaba hasta las más degradantes funciones del culto idolátrico. Viósele en ocasiones, revestido de las insignias y ornamentos pon­tificios, acarrear en persona la leña para el sacrificio, soplar y mantener el fuego, meter las manos en la sangre de las víctimas, cayendo en ridículo ante los mismos paganos, que calificaban su celo de impropio e intempestivo.


A los pocos días de su entrada en Constantinopla, el nuevo César ordenó que se volvieran a abrir los templos paganos y se restaurara el culto oficial de los falsos dioses. Más aún: con tal de pasar por restaurador y protector de la idolatría, presentose como el más fervoroso de sus pontífices. Hizo levantar un templo en su palacio y consagró los jardines a varias divinidades.


Alentados los gobernadores de las provincias con tal ejemplo, se enva­lentonaron y diéronse a reedificar templos, a celebrar los sacrificios, proce­siones y demás fiestas del paganismo.


Tanto en la lucha contra la religión pagana como en los combates contra la herejía, Basilio de Ancira fue hasta el fin el intrépido sol­dado de Cristo.


Lejos de acobardarse el celo del heroico presbítero ante los sacrílegos aten­tados de los triunfantes paganos, se elevó y encendió sobremanera.


Recorría la ciudad en todas direcciones y exhortaba a los fieles a luchar generosamente por la santa causa de Dios y a no contaminarse con las abominaciones y ceremonias de los idólatras.


Ello bastó para encender la cólera de los enemigos. Cierto día, mientras imploraba el auxilio del cielo con gemidos de dolor a vista de tantas iniquidades pedía a Nuestro Señor disipara a sus enemigos y aniquilara el im­perio del demonio, un pagano llamado Macario que le oyó, lo denunció al procónsul Saturnino.


Pocas horas después, el acusado comparecía ante ese magistrado. «Señor —dijeron los delatores—, aquí tenéis al que derriba nuestros altares, excita públicamente a oponerse a la restauración de nuestros templos y desde ha mucho tiempo habla contra nuestro divino emperador y contra su religión».


La actitud de Basilio ante sus acusadores fue resuelta e independiente. La primera pregunta que le hizo el procónsul fue si consideraba y creía como verdadera la religión establecida por el príncipe.


—¿La crees tú tal? —replicó el valeroso confesor de la fe—. ¿Es posible que tu juicio admita como dioses a estatuas mudas?


Saturnino prolongó el interrogatorio, pero no pudo conseguir del acusado más que respuestas breves, firmes y humillantes para él.


—El emperador a quien tanto adulas y ensalzas como a divinidad —le dijo Basilio— es, como los demás, de barro y limo de la tierra, y ha de caer sin mucho tardar en manos del Rey Supremo, ante quien nada son los reyes terrenos. Ese mismo Dios omnipotente destruirá en breve la impiedad que has restaurado.


El procónsul, con halagadoras promesas al principio, con amenazas des­pués, trató de conmover la constancia de Basilio. Desconcertado ante la inutilidad de sus tentativas y sintiéndose burlado por la resistencia de aquel débil sacerdote que despreciaba sus ofrecimientos, le condenó al tormento del potro; y, mientras el Santo sufría sus horrores, insultábale el procónsul diciendo:


—Aprende ahora lo que cuesta desobedecer al emperador. Otra vez te lo digo, obedece al príncipe y sacrifica a los dioses.


Como rehusara, fue conducido a la cárcel. Entretanto, se informó al emperador de cuanto había sucedido.


Juliano, desde su residencia de Constantinopla, envió a Ancira dos oficiales de alta graduación de su palacio, Elpidio y Pegasio, ambos apóstatas como él, recientemente afiliados al paganismo para compla­cer a su soberano.


Pegasio fue solo a la cárcel, esperando doblegar el ánimo de Basilio con seductoras promesas; pero éste ni se dignó siquiera responder a su saludo.


—¿Cómo puedo saludar yo —exclamó— al que traicionó a su Dios y a su Fe, al que en otro tiempo bebía ampliamente en el manantial de aguas vivas, que es Cristo, y ahora sacia su sed en los charcos de la iniquidad, al que en otro tiempo participaba de nuestros divinos misterios y ahora come en la mesa de Satanás; guía de las almas hacia la luz en otro tiempo, y hoy causa de su pérdida, caminando al frente de ellas hacia los tenebro­sos abismos del error? ¡Desventurado!; ¿qué hiciste de los tesoros que te fueron impartidos? ¿Qué responderás al Señor en el día supremo de su visita?


Pegasio, confundido, no supo responder palabra. Volviose avergonzado al procónsul y a su colega, a quienes contó su fracaso. Éstos, indignados, exigieron que en el acto compareciera ante ellos el preso; y Saturnino ordenó que así se hiciera inmediatamente.


Apenas lo tuvieron en su presencia, se le hizo extender nuevamente en el potro y fue sometido a mayores tormentos que la primera vez. Con la misma grandeza de alma que antes sobrellevolos el Santo, quien, cargado de cadenas, fue conducido de nuevo a la cárcel.


Entretanto, Juliano partió de Constantinopla para dirigirse a Antioquía, donde pensaba prepararse a la guerra contra los persas. Eran los primeros días de junio del año 362.


La marcha fue en extremo lenta, debido a que en todas las poblaciones de cierta importancia en que habían sido reedificados los templos paganos, las gentes se presentaban al emperador para suplicarle que sacrificara a los dioses, sabiendo que con ello complacían al Apóstata. Los letrados de la loca­lidad organizábanse en corporación para cumplimentar al príncipe, autor de numerosos escritos, cuya sabiduría ensalzaban exagerando la nota de la adu­lación. Juliano complacíase en hallar ocasión de hacerse admirar por la ele­gancia de sus discursos, cuantas veces se le ponía en trances de responderles.


Las distintas etapas del viaje fueron, pues, otras tantas escenas estudia­das, otras tantas arengas académicas, más largas, por cierto, de lo que hu­biesen querido sus cortesanos, quienes tenían que escuchar las declamacio­nes aparatosas de su soberano siempre en pie, aunque fuera bajo un sol abrasador. Pero la característica vanidad de Juliano encontraba en ello plena satisfacción, y había que complacerle. En vez de seguir la vía más directa para llegar a Antioquía, Juliano se apartaba de ella con visible satisfacción cuando calculaba que podría recibir nuevos homenajes. Así se explica su paso por Nicomedia y Pesinonte.


Al fin llegó a Ancira, donde salieron a su encuentro los sacerdotes paganos, llevando en andas el ídolo de Hécate: piadosa oficiosidad que les me­reció grandes e inmediatas recompensas y la promesa de fiestas y juegos públicos para el día siguiente.


Juliano hizo la más amable acogida a aquella simpática población. Su tribunal quedaba abierto a todos y él escuchaba con la mayor benevolencia las quejas, reclamaciones y solicitudes de toda especie. Eran una mansedumbre y dulzura calculadas, que se alteraban hasta la grosería cuando se presentaba algún asunto relacionado con la religión cristiana.


En estas circunstancias le fue presentado Basilio, como delincuente sacer­dote cristiano que perturbaba al país entero y que pocos días antes había sido encadenado por el procónsul. Los dos oficiales apóstatas, heridos en lo más vivo de su amor propio por el fracaso antes dicho, no habían parado hasta provocar una audiencia del prisionero con el emperador.


Basilio compareció en actitud santamente altiva y con semblante impasible.


—¿Quién eres tú —le preguntó Juliano— y cuál es tu nombre?


—¿Que quién soy? Pues óyelo bien —dijo Basilio—. Ante todo me llamo «cristiano», y éste es un nombre gloriosísimo, ya que el nombre de Cristo es eterno y jamás podrá perecer. También me llamo Basilio, y con este nombre se me conoce entre los hombres. Pero conservando el primero tendré por recompensa la inmortalidad feliz.


Juliano, al ver la valentía y libertad con que se expresaba su interlocu­tor, sintiose gozoso, saboreando de antemano el feliz éxito que para él pre­veía en una interesante discusión que la ocasión le deparaba, para ser admi­rado por la aduladora asamblea que estaba en su derredor; y, afectando como primera medida sentimientos de compasión, dijo amablemente a Basilio:


—Te engañas, Basilio. Tú no ignoras que conozco bastante vuestros mis­terios. Pues bien, puedo asegurarte que aquél en quien tanto confías, murió —y bien muerto está— en la época en que Pilato gobernaba la Judea.


—No me engaño —replicó Basilio—. El que se engaña eres tú, emperador. Eres tú el que renunciaste a Jesucristo en el momento mismo en que te daba el imperio; pero te advierto en nombre suyo, que muy presto te quitará este imperio juntamente con la vida, y por ello conocerás, aunque demasiado tarde, quién es Aquel a quien abandonaste. Él derribará tu trono del mismo modo que tú derribaste sus altares. Te has gloriado neciamente de pisotear su santa ley, esa ley bendita que tú mismo habías anunciado tantas veces a los pueblos; pues bien, de igual manera será pisoteado tu cuerpo, y tu cadáver quedará insepulto al serle arrancada el alma en medio de atroces dolores y de la más espantosa desesperación (como, en efecto, sucedió en junio del año siguiente, estando en lucha contra los persas).


Toda la asamblea se sintió profundamente estremecida al oír estas amenazas que el acusado pronunció con sobrehumana seguridad y energía.


El emperador sintiose desconcertado y presa de incontenible furor. En el acto levantó la sesión y ordenó al capitán de la guardia, Frumencio, que castigase duramente a aquel insolente y le azotase sin compasión, si no sacrificaba prontamente a los dioses y no daba una satisfacción a la autoridad imperial ofendida.


Frumencio se sobrepasó en crueldad y aplicó al mártir la pena de flagelación con azotes más terribles, quizá, de lo que Juliano hubiese querido. Sin embargo, nada hizo éste para atemperar las órdenes dadas por su subalterno. El instrumento de tortura era de tal calidad, que a cada golpe desgarraba y hacía saltar un pedazo de carne. No había paciente que pudiera resistir más de seis o siete golpes por día sin perecer en el tormento.


Basilio soportó el primer desgarramiento de sus carnes con heroica paciencia. Al terminar pidió audiencia con el emperador. Frumencio, regocijado en extremo al ver el sorprendente efecto que su atroz castigo había producido y jactándose sobremanera de haber conseguido al fin doblegar el heroico valor de Basilio, quiso tener el gusto de informar personalmente al emperador de lo que pasaba.


Para hacer más solemne el triunfo que se prometían con ingenua anticipación, eligieron para sala de audiencia el templo de Esculapio, a fin de que el nuevo apóstata, dada su elevada calidad, pudiera sacrificar con el emperador y los sacerdotes.


—Pienso —dijo Juliano— que te has vuelto sensato y confío que habrás reconocido tu error y sacrificarás con nosotros.


—No lo creas —respondió Basilio—. He venido para enseñarte que tus pretendidos dioses no significan ni valen nada. Son simples estatuas de madera y, como tales, ídolos sordos, ciegos y mudos.


Luego, entreabriendo sus vestidos y arrancándose un pedazo de carne de sus terribles desgarraduras, lo lanzó al rostro de Juliano, diciendo: «Toma: aliméntate de mi carne; y bebe de mi sangre, pues que tan sediento estás de ella; por lo que a mí toca, me alimento del Cuerpo y Sangre de mi Dios y Señor, Jesucristo».


AI oír esto, lanzáronse sobre él los que le rodeaban y le arrastraron bárbaramente, mientras el emperador, pálido de cólera, lanzaba terribles mira­das al torpe cortesano que le había expuesto a tan denigrante humillación, introduciendo a aquel audaz prisionero, en el templo de Esculapio. Estremecido Frumencio ante tan inesperado desenlace, comprendió que no había más que un medio para apaciguar a su soberano, irri­tado hasta el paroxismo. Temiendo se le hiciera responsable de lo que acababa de suceder, resolvió vengar de un modo ejemplar el ultraje hecho al emperador. Al día siguiente, sin esperar a que diera orden alguna el Apóstata, Basilio fue citado a presencia del verdugo. La crueldad ejerci­da con él fue horrorosa.


El capitán de la guardia hizo varios días repetidas tentativas para ven­cer al mártir, mientras le aplicaban nuevamente el suplicio de los azotes para dar pábulo á su furor. Pero Basilio permanecía inquebrantable en su firmeza: fue imposible alterar su constancia y heroicas disposiciones.


Finalmente, al despojarle de los vestidos para azotarle por última vez, se vio con asombro que todas las heridas precedentes habían desaparecido sin dejar huella alguna, y que el cuerpo aparecía sano, puro y hermoso, como pura y hermosa era su alma ante el Señor.


—Has de saber —dijo Basilio— que Jesucristo me ha sanado durante la noche. Anda, puedes ir a contárselo a tu amo Juliano para que sepa cuál es el poder del Dios de quien ha apostatado.


Furioso el verdugo, hizo extender a su víctima boca abajo con el fin de hincarle en la espalda puntas de hierro candentes. En medio de tan horri­bles tormentos, Basilio daba gracias a Dios: el amor que consumía su co­razón le hacía sobrellevar con gozo las atroces quemaduras que padecía en su cuerpo por el nombre de Cristo. Pensaba sin duda en aquellas palabras del real profeta: «¿Qué tengo que desear yo en el cielo ni en la tierra sino a ti, Dios mío? Tú eres mi herencia por toda la eternidad.»


Con estos admirables sentimientos expiró el 29 de junio del año 362.



Fuente: elcriterio.es

Domingo de San Juan Clímaco


«La Escala al Paraíso» fue un libro inmensamente popular en la Edad Media que logró para su autor, Juan el Escolástico, el sobrenombre de «Clímaco», por el que es generalmente conocido [ya que «climax» en griego es «escalera»].


El origen del santo se pierde en la oscuridad, pero posiblemente procedía de Palestina y se dice que fue discípulo de san Gregorio Nacianceno. A la edad de dieciséis años, se unió a los monjes establecidos en el Monte Sinaí. Después de cuatro años que pasó probando su virtud, el joven novicio profesó y fue puesto bajo la dirección de un hombre santo llamado Martirio.


Guiado por su padre espiritual, dejó el monasterio y se instaló en una ermita cercana, aparentemente para acostumbrarse a dominar la tendencia a perder el tiempo en ociosas conversaciones. Al mismo tiempo, nos dice que, bajo la dirección de un director prudente, logró salvar obstáculos que no habría podido vencer si hubiera intentado hacerlo por sí solo. Tan perfecta fue su sumisión, que tuvo por regla nunca contradecir a nadie ni discutir cualquier argumento que sostuvieran aquellos que lo visitaban en su soledad.


Después de la muerte de Martirio, cuando San Juan tenía treinta y cinco años de edad, abrazó por completo la vida eremítica en Thole, un lugar solitario, pero suficientemente cercano a una iglesia que le permitiera a él y a los otros monjes y ermitaños de la región poder asistir los sábados y domingos al oficio divino y a la celebración de los santos misterios. En este retiro, el santo pasó cuarenta años, adelantando más y más en el camino de la perfección. Leía la Biblia con asiduidad, así como a los Padres y fue uno de los santos más eruditos del desierto; pero todo su propósito era ocultar sus talentos y esconder las gracias extraordinarias con que el Espíritu Santo había enriquecido su alma.


En su determinación de evitar toda singularidad, tomó parte en todo aquello que era permitido a los monjes de Egipto, pero se alimentaba tan frugalmente, que más parecía probar los alimentos que comerlos. Su biografía refiere con admiración que era tan intensa su compunción, que sus ojos parecían dos fuentes que nunca cesaran de manar lágrimas y que en la caverna a la que él acostumbraba retirarse para orar, las rocas resonaban con sus quejas y lamentaciones.


Era sumamente solicitado como director espiritual. Ciertamente en una ocasión alguno de los monjes, sus compañeros, ya fuera por celos o quizás justificadamente, le criticaban por perder el tiempo en infructuosos discursos. Juan aceptó la acusación como un caritativo consejo y se impuso un riguroso silencio en el que perseveró cerca de un año. La comunidad entera le pidió que volviera a ocuparse en dar consejo a los demás y que no ocultara los talentos que había recibido; de esta suerte, él continuó impartiendo sus enseñanzas y llegó a ser considerado como otro Moisés en aquel santo lugar, «ya que subió al monte de la contemplación y habló con Dios, cara a cara, para después bajar a los suyos, llevando las tablas de la Ley de Dios, su escala de la perfección».


La Escala es un tratado completo de vida espiritual, en el que Juan Clímaco describe el camino del monje desde la renuncia al mundo hasta la perfección del amor. Es un camino que -según este libro- se desarrolla a través de treinta peldaños, cada uno de los cuales está unido al siguiente. El camino se puede sintetizar en tres fases sucesivas: la primera consiste en la ruptura con el mundo con el fin de volver al estado de infancia evangélica. Lo esencial, por tanto, no es la ruptura, sino el nexo con lo que Jesús dijo, o sea, volver a la verdadera infancia en sentido espiritual, llegar a ser como niños.


San Juan comenta: “Un buen fundamento es el formado por tres bases y tres columnas: inocencia, ayuno y castidad”. Una de las fases del camino es el combate espiritual contra las pasiones. Cada peldaño de la escala está unido a una pasión principal, que se define y diagnostica, indicando además la terapia y proponiendo la virtud correspondiente.


Según san Juan Clímaco, es importante tomar conciencia de que las pasiones no son malas en sí mismas; lo llegan a ser por el mal uso que hace de ellas la libertad del hombre. Si se purifican, las pasiones abren al hombre el camino hacia Dios con energías unificadas por la ascética y la gracia y, “si han recibido del Creador un orden y un principio (…), el límite de la virtud no tiene fin”.


La última fase del camino es la perfección cristiana, que se desarrolla en los últimos siete peldaños de la Escala. Estos son los estadios más altos de la vida espiritual; los pueden alcanzar los “hesicastas”, los solitarios, los que han llegado a la quietud y a la paz interior; pero esos estadios también son accesibles a los cenobitas más fervorosos. San Juan, siguiendo a los padres del desierto, de los tres primeros —sencillez, humildad y discernimiento— considera más importante el último, es decir, la capacidad de discernir. Todo comportamiento debe someterse al discernimiento, pues todo depende de las motivaciones profundas, que es necesario explorar. Aquí se entra en lo profundo de la persona y se trata de despertar en el eremita, la sensibilidad espiritual y el “sentido del corazón”:


“Como guía y regla de todo, después de Dios, debemos seguir nuestra conciencia”. De esta forma se llega a la paz del alma, la hesychia, gracias a la cual el alma puede asomarse al abismo de los misterios divinos.


El estado de quietud, de paz interior, prepara al “hesicasta” a la oración, que en san Juan es doble: la “oración corporal” y la “oración del corazón”. La primera es propia de quien necesita la ayuda de posturas del cuerpo: tender las manos, emitir gemidos, golpearse el pecho, etc. la segunda es espontánea, porque es efecto del despertar de la sensibilidad espiritual. En san Juan toma el nombre de “oración de Jesús” (Iesoû euché), y está constituida únicamente por la invocación del nombre de Jesús, una invocación continua como la respiración: “El recuerdo de Jesús se debe fundir con tu respiración; entonces descubrirás la utilidad de la hesychia“, de la paz interior. Al final, la oración se hace algo muy sencillo: la palabra “Jesús” se funde sencillamente con nuestra respiración.


Se nos dice que Dios le concedió una gracia extraordinaria para curar los desórdenes espirituales de las almas. Entre otros a quienes él ayudó, hubo un monje llamado Isaac, llevado casi al borde de la desesperación por las tentaciones de la carne. Juan se dio cuenta de la lucha que sostenía y después de elogiar su fe, dijo: «Hijo mío, acudamos a la oración». Se postraron ambos en humilde súplica y, desde aquel momento, Isaac quedó libre de sus tentaciones. Otro discípulo, cierto Moisés, que parece en algún tiempo haber vivido cerca del santo, después de acarrear tierra para plantar legumbres, fue vencido por la fatiga y se durmió bajo el ardiente sol, al amparo de una gran roca. Repentinamente fue despertado por la voz de su maestro y se precipitó hacia adelante, justo a tiempo para evitar el ser aplastado por un alud de piedras. San Juan, en su soledad, tuvo conocimiento del peligro que lo amenazaba y había estado rogando a Dios por su seguridad. El buen hombre tenía entonces setenta años de edad, pero a la muerte del abad de Monte Sinaí, fue unánimemente escogido para sucederle. Poco después, durante una gran sequía, la gente acudió a él como a otro Elías, rogándole que intercediera ante Dios por ellos. El santo encomendó su desgracia al Padre de las Misericordias y una abundante lluvia contestó a sus oraciones.


Tal era su reputación, que san Gregorio Magno, que ocupaba entonces la Silla de San Pedro, escribió al santo abad pidiéndole sus oraciones y enviándole camas y dinero para el uso de los numerosos peregrinos que acudían al Monte Sinaí. Durante cuatro años, San Juan gobernó a los monjes con tino y prudencia. Sin embargo, había aceptado el cargo con cierta renuencia y encontró manera dé renunciar a él poco antes de su muerte. Había llegado a la edad de ochenta años, cuando entregó su alma en la ermita que le había sido tan querida. Jorge, su hijo espiritual, que le había sucedido como abad, rogó al santo agonizante que no permitiera que ellos dos se separaran. Juan le aseguró que sus oraciones habían sido oídas y el discípulo siguió a su maestro en el lapso de pocos días. Además del «Climax» -como se titula su «Escala al Paraíso»- tenemos otra obra de san Juan: una carta escrita al abad de Raithu, en la que describe las obligaciones de un verdadero pastor de almas. En el arte, Juan es siempre representado con una escalera.


LECTURAS


Heb 6,13-20: Hermanos, cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente; y así, perseverando, alcanzó lo prometido. Los hombres juran por alguien mayor, y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión. De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento, para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.


Mc 9,17-32: En aquel tiempo, uno de la gente le dijo a Jesús: «Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces». Él, tomando la palabra, les dice: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo». Se lo llevaron. El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?». Contestó él: «Desde pequeño. Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos». Jesús replicó: «¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe». Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: «Creo, pero ayuda mi falta de fe». Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar en él». Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió. El niño se quedó como un cadáver, de modo que muchos decían que estaba muerto. Pero Jesús lo levantó cogiéndolo de la mano y el niño se puso en pie. Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: «¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?». Él les respondió: «Esta especie solo puede salir con oración». Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».



Fuente: eltestigofiel.org / catholic.net / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia