29/04 - Jasón y Sosípatro los Apóstoles de los 70 y sus Compañeros


Unos 65 kilómetros de largo y unos 32 de ancho, la isla griega de Corfú brilla como una joya de color turquesa bajo las aguas centelleantes del Mar Jónico. Fue en este idílico paisaje, sólo algunas décadas luego de la muerte y resurrección de Jesús, donde uno de sus primeros obispos soportaría inmensas torturas bajo un déspota romano que quería destruir su fe. Sin embargo, al final, las luchas heroicas del Santo Apóstol Jasón formarían parte de un capítulo triunfante en la historia primitiva de la Santa Iglesia.


Jasón se había convertido al Santo Evangelio gracias a San Pablo, de quien era un pariente lejano. Cuando el Gran Apóstol vio cuan dedicado era predicando la Buena Nueva de Jesús a las multitudes, se mostró complacido al saber que Jasón había accedido a ser parte de Los Setenta –este numeroso grupo de Discípulos, reclutados por los Doce Originales a quienes se les encargó llevar el mensaje de salvación en Jesucristo a todo el mundo conocido.


El Santo Apóstol Jasón había nacido y sido educado en la ciudad de Tarso, localizada en la Provincia de Cilicia (hoy en día parte de la moderna Turquía). Habiendo sido bautizado por San Pablo durante uno de sus muchos viajes, Jasón probaría ser un discípulo extremadamente efectivo, quien frecuentemente sanaba a los enfermos y realizaba otros milagros, al mismo tiempo que atraía muchas conversiones para el Santo Evangelio. Por un buen número de años sirvió como obispo en su región de Tarso.


Como un miembro carismático y ampliamente reconocido de Los Setenta, Jasón era bastante conocido en el mundo Cristiano de su época. Pablo lo menciona en un pasaje clave en su Epístola a los Romanos (16, 21), en el que les dice a la comunidad Cristiana en la Ciudad Eterna:


Os saluda (...) Jasón y Sosípatro, mis parientes.


Luego de muchos años de servicio episcopal sirviendo con piedad y diligencia se le pidió a Jasón que llevara su mensaje algunas millas hacia el oeste... a una bellísima isla del Mar Iónico que era un hervidero de paganos adoradores de ídolos quienes estaban envueltos en las formas más egregias de religión falsa. Estos idólatras confundidos veneraban deidades hechas de oro y plata con piedras preciosas.


El se dirigió voluntariamente hacia este reino complicado cuya violencia resultaba solamente comparable con la belleza de su geografía. Al principio, mientras predicaba la palabra de Dios y construía la iglesia principal dedicada a Esteban, el Protomártir, las cosas parecían ir bastante bien. Pero muy pronto un grupo de paganos que odiaban al Cristianismo y que habían odiado la manera en la que Jasón había conseguido muchas conversiones en su isla se dirigieron hacia el Emperador Romano gobernante difamándolo injustamente.


Tal como sucedía habitualmente el Emperador creyó todas la maldades que le dijeron acerca del clérigo e inmediatamente envió una orden al Gobernador Provincial para que lo encarcelase hasta que renunciara a esa fe inaceptable. Para hacer del castigo aún más desagradable Jasón fue encerrado junto a siete notorios bandidos con la esperanza de que lo maltratasen sólo por diversión.


Los siete criminales –Saturno, Jacisol, Fausto, Genaro, Marcelo, Eutracio y Mamés– eran famosos a lo largo del reino de Jonia por su falsedad, rapacería y crueldad. Sin embargo, de manera sorprendente, ellos se convirtieron muy pronto a la Buena Nueva de Jesús gracias a este alegre apóstol, quien sin lugar a dudas les recordó el hecho de que el Salvador había sido crucificado junto a dos ladrones de toda la vida.


Cuando el Emperador escuchó acerca de la conversión de estos siete criminales estalló de rabia y ordenó inmediatamente que sean hervidos en un recipiente gigante lleno de brea hirviente. 


A pesar de su suerte las víctimas se dirigieron hacia su muerte con un espíritu alegre... impresionando tanto a su carcelero... quien se convirtió a la fe en ese mismo instante. (Su castigo fue rápido: le cortaron una mano con la espada, luego los pies, y finalmente fue decapitado.)


El Emperador estuvo junto a él. Determinado a quebrar la voluntad de este rebelde lo asignó bajo la custodia de un príncipe muy cruel llamado Cipriano, quien era un experto en crear nuevas formas brutales de tortura. Pero el Emperador muy pronto se encontró con otra desagradable sorpresa: Su propia hija Kyrkyra, habiendo presenciado algunos de los sufrimientos de Jasón, había declarado ser Cristiana producto de la empatía de sus tribulaciones.


El vencido Emperador estaba perdiendo su paciencia. Enojado, más allá del auto dominio, encarceló a su hija y ordenó que sea desflorada (violada) por un fornicador famoso llamado Myrin. No mucho tiempo después el malhechor colocó un inmenso y feroz oso en la celda de la doncella. Pero aparentemente, antes de ser destrozada hasta morir, la fiel Kyrkyra le había rezado a Jesús pidiéndole por su ayuda. Cuando el oso apareció completamente domesticado el villano se convirtió y unió sus voces a las de la doncella cantando alabanzas a Dios


Para este instante, completamente fuera de sus casillas, el tirano ordenó a sus hombres que incendien la prisión –pero cuando la piadosa Kyrkyra emergió completamente ilesa de entre las llamas rugientes muchísimos más ciudadanos se convirtieron. Finalmente, el trastornado padre, hizo que le disparasen flechas a su hija, con lo que ella se unió alegremente a las filas de los Bienaventurados Mártires.


A lo largo de todos estos sorprendentes milagros (y muchos más que se dieron lugar en los años posteriores), el Santo Apóstol Jasón nunca perdió su fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Cuando murió de anciano, alrededor del año 110 –aún viviendo en la bella isla Griega en medio del Mar Iónico sus habitantes ya se habían convertido - prácticamente en su totalidad- al Santo Evangelio. Jasón falleció con una oración de gratitud en sus labios.


De la vida de este Santo Obispo e ilustre miembro de Los Setenta aprendemos que la verdadera fe algunas veces requiere de nosotros el creer en la realidad de acontecimientos que parecen desafiar a los cotidianos. Jasón confiaba en su corazón más que en la simple lógica. El confiaba en Dios antes que en cualquier cosa y su fe fue recompensada miles de veces durante su exitosa y larga vida.


LECTURAS


1 Cor 4,9-16: Hermanos, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy. No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús. Así pues, os ruego que seáis imitadores míos.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Miércoles de la III Semana de Pascua


Hch 8,18-25: En aquellos días, al ver Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu, les ofreció dinero, diciendo: «Dadme a mí también ese poder, de forma que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos». Pero Pedro le dijo: «¡Vaya tu dinero contigo a la perdición, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero! No tienes parte ni herencia en este asunto, porque tu corazón no es recto ante Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona este pensamiento de tu corazón, ya que veo que estás lleno de veneno amargo y esclavizado por la maldad». Respondió Simón y dijo: «Rogad por mí al Señor para que no me sobrevenga lo que habéis dicho». Ellos, pues, después de haber dado testimonio y haber proclamado la palabra del Señor, regresaron a Jerusalén anunciando la Buena Nueva a muchas aldeas de samaritanos.


Jn 6,35-39: Dijo el Señor a los judíos que creyeron en él: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

28/04 - Nuestro Padre entre los Santos Cirilo de Turov


CIRILO DE Turov es una de las tres figuras principales del cristianismo ruso anterior a las invasiones de los mongoles, junto con Clemente Smoliatich e Hilarión, obispos de Kiev. A pesar de ello, apenas sabemos nada de su vida. Si alguno de sus contemporáneos escribió su biografía, su obra se perdió; las crónicas no dicen nada sobre él.


San Cirilo vivió a mediados del siglo XII. Primero fue monje y después ermitaño. Abandonó su celda al ser nombrado obispo de Turov, ciudad no muy distante de Kiev.


El historiador Fedotov, dice: “Sus escritos dejan la impresión de un hombre muy alejado de la vida, aun de las exigencias morales de la vida, completamente perdido en las esferas de la contemplación y el pensamiento, en el mundo de los misterios del dogma. San Cirilo es un caso único de devoción teológica en la antigua Rusia.”


Cirilo de Turov es “prácticamente un representante de la tradición griega en Rusia”, ya que no hay en su temperamento ninguno de los rasgos característicos de los rusos. No se sabe con certeza si leía el griego y conocía a los Padres Griegos en su lengua original, pero lo más probable es que no, y es difícil determinar la profundidad de su cultura patrística. En todo caso, era indudablemente el más culto de los escritores rusos primitivos, aunque Fedotov ha encontrado en sus obras algunos errores de monta.


Su inclinación a la interpretación alegórica le llevaba hasta el extremo. Sus ideales ascéticos, más bien dirigidos a los monjes, consistían principalmente en la mortificación espiritual y en la obediencia, frutos de la humildad: “Hay que ser como un trozo de tela, que sólo sirve cuando alguien lo toma entre las manos y que no se molesta si lo emplean para limpiar el suelo.”


San Cirilo fue, sobre todo, famoso por sus sermones, en los que imitó fielmente la fluida retórica de los griegos, pero sin la capacidad de explicación de un San Juan Crisóstomo. Como, por otra parte, el santo no trata de aplicar su teología a la vida diaria, algunos autores critican sus sermones como “pura oratoria”, sin tomar en cuenta que lo importante en el espíritu del santo era la contemplación de los divinos misterios.


Lo que equilibra un poco su obra, tanto en cuestión de estilo como de tema, son las oraciones que escribió, en las que predomina un lenguaje más directo, con el que habla de su maldad y la necesidad que tiene del perdón divino. Dios se hizo hombre para traernos el perdón de Dios; la Redención constituye el tema de los más hermosos pasajes en los sermones de San Cirilo.


Es imposible determinar la importancia del papel del santo en los asuntos eclesiásticos de su época. Se dice que a ese propósito escribió varias cartas, pero no han llegado hasta nosotros. Su muerte ocurrió en 1182.


Fedotov, en ‘The Russian Religious Mind’ (1946) habla largamente sobre la personalidad, los sermones y los escritos de San Cirilo, sobre todo en las pp. 69-84 y 136-141.



Fuente: sensusfidelium.com

Adaptación propia

28/04 - Los Santos Nueve Mártires de Cícico (Cízico)


Los nueve Santos Mártires en Cícico, antigua ciudad griega fundada como colonia de Mileto alrededor del año 757 a.C. (actualmente se conoce como Bal-Kiz, en Balkiz Serai, en Turquía), se llamaban Teognis, Rufo, Antípatro, Teostico, Artemas, Magno, Teodoto, Taumasio y Filemón.


Aunque procedían de diversos lugares, fueron arrestados todos juntos en Cícico durante el período de la persecusión. Cuando fueron llevados frente al gobernador del lugar, mostraron una gran valentía y defendieron con audacia y valor su fe. Por esta razón, y para hacer que se arrepintiesen, los encarcelaron. Allí, sin pan ni agua, rezaban y alababan al Señor, que los hizo dignos de sufrir por Él, y se animaban y se daban fuerzas entre ellos.


Cuando el gobernador les preguntó por última vez si todavía seguían creyendo en Cristo, todos a una le respondieron que preferían el martirio a negar al Creador y Salvador del mundo. Lleno de ira, el gobernador ordenó enseguida su decapitación, regalándoles así la gloria celestial.


Veneración


En el año 324, después de que las persecuciones contra los cristianos terminaran bajo el gobierno de Constantino el Grande, los cristianos de Cícico sacaron los cuerpos incorruptos de los mártires de sus tumbas y los colocaron en una iglesia construida en su honor. En la iglesia ocurrieron muchos milagros ante las reliquias sagradas de los mártires: fueron sanados enfermos y trastornados mentales volvieron a sus cabales. A través de la intercesión de los santos mártires de Cícico, la fe de Cristo creció dentro de la ciudad y muchos paganos se convirtieron al cristianismo.


Durante el reinado de Juliano el Apóstata, de 361 a 363, los paganos de Cícico se quejaron de que los cristianos estaban destruyendo templos paganos. Respondiendo a las quejas, Juliano ordenó la reconstrucción de los templos paganos y el encarcelamiento del obispo Eleusio. Cuando el gobierno de Juliano terminó rápidamente tras su muerte, el obispo Eleusio pronto fue liberado y, dirigido por el recuerdo de los nueve santos mártires, la luz de la fe cristiana brilló de nuevo.


En Rusia, en 1678, no lejos de la ciudad de Kazán, el metropolitano Adrián, recordando el sufrimiento de los nueve mártires de Cícico y creyendo que la abundancia de gracia de estos santos disiparía los sufrimientos de la gente de Kazán de la enfermedad que asediaba la ciudad, propuso construir una iglesia en honor a los Nueve Mártires de Cícico. En 1691, el Metropolitano Adrián aprobó el establecimiento de un monasterio alrededor de la iglesia. El Monasterio de los Mártires de Cícico fue construido por el hierodiácono Esteban, que había traído consigo parte de las reliquias de los santos de Palestina.


San Demetrio de Rostov, que compuso el oficio a los Nueve Mártires, escribe: "A través de la intercesión de estos santos, se dio abundante gracia para disipar las fiebres y las enfermedades temblorosas". San Demetrio también describió los sufrimientos de los santos mártires y escribió un sermón para su fiesta.



Fuente: goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias

Martes de la III Semana de Pascua


Hch 8,5-17: En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Pero un hombre llamado Simón se encontraba ya antes en la ciudad practicando la magia; tenía asombrada a la gente de Samaría y decía de sí mismo que era un personaje importante. Todos, desde el menor hasta el mayor, lo escuchaban con atención y decían: «Este es la potencia de Dios llamada la Grande». Lo escuchaban con atención, pues durante mucho tiempo los había asombrado con sus magias; pero cuando creyeron a Felipe que les anunciaba la Buena Nueva del reino de Dios y del nombre de Jesucristo, se bautizaban tanto los hombres como las mujeres. El mismo Simón también creyó y, una vez bautizado, estaba constantemente con Felipe, asombrado al ver los signos y grandes milagros que se obraban. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.


Jn 6,27-33: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado». Le replicaron: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”». Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española