23/10 - Nuestro Justo Padre Ignacio, Patriarca de Constantinopla


San Ignacio era de ilustre cuna: su madre era hija del emperador Nicéforo, y su padre, Miguel Rangabe, llegó a ser emperador. El reinado de Miguel fue de corta duración. En efecto, el año 813, fue depuesto en favor de León el Armenio, y sus dos hijos fueron mutilados y encerrados en un monasterio. El más joven de los dos, Nicetas, tomó el nombre de Ignacio y se hizo monje. El abad de su monasterio le hizo sufrir mucho.


Después de su ordenación de sacerdote fue elegido abad, a la muerte de su predecesor. El año 846, fue nombrado patriarca de Constantinopla. Sus virtudes brillaron espléndidamente en ese cargo; pero la libertad con que se opuso al vicio y reprendió a los pecadores públicos le atrajo una violenta persecución. El césar Bardas, tío del emperador Miguel III, fue acusado de incesto: en la Epifanía del año 857, Ignacio le rehusó la comunión públicamente. Bardas persuadió entonces al emperador Miguel el Ebrio de que se deshiciese del patriarca. El emperador y su tío, ayudados por el obispo Gregorio de Siracusa, inventaron diversas acusaciones, depusieron a Ignacio y le enviaron al destierro.


En realidad, no se trataba solamente de una venganza individual, sino de una lucha sorda entre dos partidos: por una parte, los miembros de la casa imperial y el clero de la corte, apoyados por la mayoría de los elementos más tibios. Por otra parte, un grupo de rigoristas, que defendían la independencia del poder religioso, encabezados por los monjes del monasterio de Studion. San Ignacio apoyaba a estos últimos, y por ello fue desterrado a la isla de Terebinto. Algunos indican que el Santo podría haber renunciado en ese momento al gobierno de su diócesis, aunque quizás de forma condicional.


Bardas nombró patriarca a un hombre de ciencia y talento desde el punto de vista humano llamado Focio. En la semana anterior a la Navidad del año 858, Focio, que era laico, tomó el hábito de monje y recibió sucesivamente las órdenes de lector, subdiácono, diácono, sacerdote y obispo. Cuando escribió al papa de Roma Nicolás I para anunciarle su elección, éste envió a unos legados a Constantinopla para investigar el asunto.


Las consecuencias de la investigación, que fueron muy importantes, pertenecen a la historia general de la Iglesia. Hagamos notar solamente que las investigaciones de los últimos cincuenta años han revelado la complejidad del asunto y han modificado las conclusiones que se habían aceptado durante muchos siglos. Antiguamente se creía que se trataba de un intento de Constantinopla de mantener tenazmente su independencia completa de Roma, encabezada por Focio; actualmente, sabemos que fue en realidad un aspecto de una lucha de partidos político-eclesiásticos, en la que los partidarios de san Ignacio se mostraron tan rebeldes a la Sede Romana como Focio cuando lo consideraron necesario.


Nueve años más tarde, en 867, el emperador Miguel III, quien había tomado parte el año anterior en el asesinato de Bardas, fue asesinado por Basilio el Macedonio, que se apoderó del trono. Basilio procedió a deponer a Focio de la sede patriarcal (que había de volver a ocupar diez años después) y llamó a san Ignacio del destierro para ganarse el apoyo de sus partidarios. Entonces san Ignacio incitó a Adriano II, que había sucedido a Nicolás I en el trono pontificio, a convocar un concilio. La asamblea que se reunió en Constantinopla el año 869 fue considerada por Roma el VIII el Concilio Ecuménico y el IV de Constantinopla. Los Padres de ese Concilio excomulgaron a Focio y condenaron a sus partidarios, pero los trataron con benignidad.


En los años que le quedaban de vida, san Ignacio desempeñó los deberes de su oficio con celo y energía, aunque no siempre con benevolencia respecto de Roma a pesar de que siempre lo había defendido. En efecto, el santo continuó la política de Focio respecto de la Sede Romama en la cuestión de la jurisdicción patriarcal sobre los búlgaros y llegó incluso a incitar al príncipe búlgaro, Boris, a expulsar a los sacerdotes y obispos latinos y a acoger a los que él le había enviado. Eso indignó al papa Juan VIII, quien envió a unos legados para que amenazaran a Ignacio con la excomunión; pero san Ignacio murió el 23 de octubre del año 877, antes de que llegase la embajada a Constantinopla. Le sucedió de nuevo como Patriarca Focio, que se reconcilió finalmente con el Papa de Roma Juan y posteriormente sería depuesto por el Emperador León VI «el Sabio» y exiliado a Armenia, donde moriría.


La santidad personal de Ignacio, la valentía con que atacó los vicios de los más altos personajes, su reconciliación personal e institucional con su rival en el trono patriarcal y la paciencia con que soportó los sufrimientos que se le impusieron injustamente le han merecido figurar entre los Santos. Fue enterrado en la Basílica de la Santa Sabiduría (Santa Sofía), pero después sus restos fueron enterrados en la iglesia de San Miguel, cerca del Bósforo.



Fuente: eltestigofiel.org / Aciprensa

23/10 - Santiago (Jacobo) el Apóstol, hermano de nuestro Señor (Adelfoteo)


Según algunos, este Santo era hijo de José el Desposado, nacido de una esposa que este habría tenido antes de desposarse con la Siempre Virgen, por lo que sería hermano del Señor. Otros, sin embargo, dicen que era sobrino de José, hijo de su hermano Cleofás -también llamado Alfeo- y de su esposa María, prima de la Deípara. Sea cual sea su genealogía, Santiago es llamado en las Escrituras «hermano del Señor» por el parentesco con él.


Este Santiago es llamado «el Menor» (Mc 15,40) por los Evangelistas para distinguirlo del homónimo hijo de Zebedeo, llamado «el Mayor».


Santiago se convirtió en el primer Obispo de Jerusalén de manos de los Apóstoles, según Eusebio (‘Hist. ecles.’, libro II, 23).


En una edad en la que se encontraba lleno de una profunda pasión espiritual, Santiago ardió para Cristo con una luz radiante tan poderosa que atrajo a muchos paganos hacía su bando. Muchos judíos y griegos se convirtieron instantáneamente al escuchar su valiente predicación y su fama como campeón del Nuevo Evangelio muy pronto de propagó por el todo el Medio Oriente. Los judíos se sintieron tan tocados por el poder evangelizador del Santo Apóstol que muy pronto lo empezaron a llamar “Obliah”, o “Santiago el Justo”, así como “Rodillas de Camello, en referencia al hecho de que después de haber pasado miles de horas arrodillado en oración, sus rodillas mostraban unas gruesas callosidades con la textura del cuero.


En el intento de vivir a plenitud el Evangelio de toda manera posible, el Hermano de Jesús practicó una severa austeridad en su propia vida diaria. Evitando todo tipo de grasas, vivió a base de pan seco y agua. Además practicó la abstinencia sexual con una dedicación notable, manteniéndose casto hasta el final de sus días. Manteniéndose despierto hasta altas horas de la noche rezaba incesantemente y se sintió sobrepasado de gozo cuando los Doce Apóstoles lo incluyeron entre los Setenta discípulos enviados a predicar la Buena Nueva a lo largo del mundo de la antigüedad.


Su oportunidad llegó en la Fiesta de la Pascua, en la que los creyentes se reunían anualmente para rezar y ofrecer sacrificios rituales. Dirigidos por el Sumo Sacerdote Ananías, los intrigantes le ordenaron al gran evangelizador subirse al techo del templo para que de ese modo pudiera dirigirse mejor a la multitud de fieles reunidos. Ellos insistieron en que debía de usar esta oportunidad para calumniar al hombre llamado Jesús e informar a la multitud que sus demandas de ser el Hijo de Dios habían sido planteadas sin tener fundamento alguno.


Dirigidos por el astuto Sumo Sacerdote, los mentirosos hicieron su mejor esfuerzo para convencer al Hermano del Señor para que lo traicionase desde el tejado.


Según muchos relatos del suceso, ellos se acercaron y le murmuraron al oído: “Oh venerable. Te rogamos que le hables a la gente… Aléjalos de Jesús, pues ellos han sido engañados y dicen que Él es el Hijo de Dios. Instrúyelos en la verdad, para que ellos no permanezcan en el error.


“Nosotros te reverenciamos y te escuchamos, tal como lo hace toda la gente. Estamos dispuestos a testificar lo que digas, que lo que tú dices no es nada más que la verdad y no fruto de falsos respetos a las personas. Exhorta a la gente para que no sea engañada por Jesús, quien fue crucificado. Te pedimos que desde lo más alto del templo, donde todos te pueden ver y escuchar, hables a la cantidad de gente que se ha reunido aquí, tanto Israelitas como gentiles.” 


El Hermano del Señor escuchó atenta y cuidadosamente esas instrucciones. Pero en vez de obedecerlas proclamó -fuerte y alto- la verdad sobre el Hijo de Dios y su Gloria eterna a la Mano Derecha del Padre. 


“¿Por qué me cuestionáis acerca del Hijo de Dios…”, preguntó en voz muy fuerte, de modo que todos lo pudieran escuchar, “…quien sufrió voluntariamente, fue crucificado, enterrado y resucitado de la tumba al tercer día? Él ahora está sentado en los cielos a la diestra de Altísimo desde donde vendrá nuevamente, de entre las nubes de los cielos, para juzgar a los vivos y a los muertos.” 


Los que lo escuchaban se conmovieron profundamente –en muchos casos al punto de que se convirtieron- pero los conspiradores de los sacerdotes, acompañados por los Escribas y Fariseos que odiaban a Jesús, habían escuchado suficiente. Enojados por las declaraciones triunfantes del Santo Apóstol lo arrojaron del tejado hacia el pavimento, fracturándole los huesos e hiriéndole mortalmente durante este proceso. 


Mientras agonizaba en el suelo, otro de los conspiradores se adelantó hacia el Santo Apóstol con un gigantesco mazo de madera destrozándole el cráneo y dejando sus sesos dispersos por las piedras del pavimento.


Santiago se ganó la corona del martirio a la edad de 66 años. Aún a pesar de la brutalidad de su asesinato murió rezando por aquellos que lo habían asesinado: “Señor, no les tengas en cuenta estos pecados, pues ellos no saben lo que hacen.”


La primera de las Epístolas Católicas (Universales), destinada a los judíos de la diáspora que habían creído en Jesús, fue escrita por este Santiago. Esta Epístola es un testimonio elocuente del poder salvador del Santo Evangelio y de la gloria del Dios Todopoderoso. El poder del Dios Amoroso puede ser visto en ese pasaje inolvidable en el que el Apóstol Santiago lo describe como la luz perfecta y sin sombra: «[…] toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotación» (Santiago 1, 17).


Además de la Epístola General, este maravilloso escritor compuso la Liturgia Divina, un tejido de rituales y oraciones que les permitió a los primeros cristianos comunicarse con su amado Dios. En este documento inspirado Santiago llenó páginas de páginas con sentidas oraciones… hasta el punto que dos Padres de la Iglesia posteriores a él, San Basilio y San Juan Crisóstomo, se sintieron impulsados a reducirlas a versiones más cortas, y por lo tanto mejor manejables, al tiempo que mantenían intacto su original espíritu inflamado.


LECTURAS


En Vísperas


Sant 1,1-12: Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus en la diáspora: saludos. Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia. Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá. Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos. Que el hermano de condición humilde se sienta orgulloso de su alta dignidad, y el rico de su pequeñez, porque pasará como flor de hierba. Pues sale el sol con su ardor y seca la hierba, se cae la flor y se pierde la belleza de su aspecto; así también se marchitará el rico en sus empresas. Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que lo aman.


Sant 1,17-27: Amados, todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación. Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas. Tened esto presente, mis queridos hermanos: que toda persona sea pronta para escuchar, lenta para hablar y lenta a la ira, pues la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere. Por eso, desechad toda inmundicia y la carga de mal que os sobra y acoged con docilidad esa palabra, que ha sido injertada en vosotros y es capaz de salvar vuestras vidas. Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos. Porque quien oye la palabra y no la pone en práctica, ese se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla. Si alguien se cree religioso y no refrena su lengua, sino que se engaña a sí mismo, su religiosidad está vacía. La religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre es esta: atender a huérfanos y viudas en su aflicción y mantenerse incontaminado del mundo.


Sant 5,7-20: Hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía. Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca. Hermanos, no os quejéis los unos de los otros, para que no seáis condenados; mirad: el juez está ya a las puertas. Hermanos, tomad como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor; mirad: nosotros proclamamos dichosos a los que tuvieron paciencia. Habéis oído hablar de la paciencia de Job y ya sabéis el final que le concedió el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso. Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni hagáis otro tipo de juramento; que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo condena. ¿Está sufriendo alguno de vosotros? Rece. ¿Está contento? Cante. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado. Por tanto, confesaos mutuamente los pecados y rezad unos por otros para que os curéis: mucho puede la oración insistente del justo. Elías era semejante a nosotros en el sufrimiento, y rezó insistentemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Volvió a rezar, y el cielo dio la lluvia y la tierra produjo su fruto. Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.


En Maitines


Mt 12,46-50;13,1-3: En aquel tiempo, todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas.


En la Liturgia


Gál 1,11-19: Hermanos, os hago saber que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Porque habéis oído hablar de mi pasada conducta en el judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba, y aventajaba en el judaísmo a muchos de mi edad y de mi raza como defensor muy celoso de las tradiciones de mis antepasados. Pero, cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara entre los gentiles, no consulté con hombres ni subí a Jerusalén a ver a los apóstoles anteriores a mí, sino que, enseguida, me fui a Arabia, y volví a Damasco. Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, y permanecí quince días con él. De los otros apóstoles no vi a ninguno, sino a Santiago, el hermano del Señor.


Mt 13,54-58: En aquel tiempo, Jesús fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?». Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Solo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta». Y no hizo allí muchos milagros, por su falta de fe.



Fuente: goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / crkvenikalendar.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia

Viernes de la V Semana de Lucas


Lc 10,1-15: En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta [y dos], y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad. ¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Pues si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la XXI Semana


Col 2,1-7: Hermanos, quiero que sepáis el duro combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente; para que se llenen de ánimo sus corazones y, estrechamente unidos en el amor mutuo, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo. En él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Lo digo para que nadie os engañe con argumentos capciosos, pues, aunque corporalmente estoy ausente, mi espíritu está con vosotros, alegrándome de veros en vuestro puesto, y firmes en vuestra fe en Cristo. Por tanto, ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe que os enseñaron, y rebosando agradecimiento.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

22/10 - Sinaxis del Icono de la Santísima Madre de Dios de Kazán


Aunque se desconoce el origen preciso del sagrado icono, conocido en Rusia como Kazanskaya, se sabe de él desde el 8 de julio de 1579 cuando fue milagrosamente hallado por una niña de 9 años de edad, de nombre Matrona, quien recibió de la Virgen la revelación en sueños de su ubicación entre las cenizas de un incendio donde Matrona lo encontró envuelto en un lienzo y lo llevó a un monasterio al que ella ingresó más tarde como monja.


Del monasterio, el sagrado icono fue trasladado a la iglesia de San Nicolás y posteriormente a la catedral de la Anunciación, donde devolvía la vista a los ciegos que acudían a pedirle tal milagro.


Otros milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen son las victorias del pueblo ruso sobre las invasiones de Polonia en 1612, de Suecia en 1709 y la napoleónica de 1812.


El sagrado icono de Kazanskaya presenta a la Virgen María de los hombros hasta su cabeza cubierta por un maphorion oscuro con las tradicionales tres estrellas en memoria de su virginidad perpetua, de las que sólo son visibles dos de ellas porque la tercera la oculta el Niño Jesús, de unos siete años de edad, que aparece desde un poco debajo de su cintura, ataviado con túnica y lienzo, con rostro de adulto para mostrar su sabiduría, y con su mano derecha mostrando tres dedos erguidos expresando el misterio trinitario de Dios y sus dedos anular y meñique flexionados en mención de sus dos naturalezas: divina y humana. Tanto la Virgen María como su divino hijo dirigen sus miradas hacia el espectador del icono.


El icono de Nuestra Señora de Kazán llegó hasta la ciudad del Vaticano porque fue sustraído de la catedral de Kazán en San Petersburgo, Rusia, iglesia que fue edificada en solamente diez años, entre 1801 y 1811, precisamente para acoger el sagrado icono de la Virgen Madre de Dios por iniciativa del Zar Pablo I.


La Revolución Rusa de 1917, en su intento por acabar con el cristianismo, hizo que se cerrara la catedral y en 1932 la convirtió en el Museo de la Historia de la religión y el ateísmo hasta que en 1992 se consagró nuevamente como catedral y en 1996 volvió a la jurisdicción de la iglesia rusa. Durante el tiempo en el que estuvo cerrada la catedral, en 1918 el icono fue sustraído y no se supo de él hasta que tras la primera guerra mundial se localizó en Polonia, en una subasta en la que lo adquirió un inglés acaudalado tras cuya muerte nuevamente fue subastado públicamente y adquirido en 1970 por Blue Army of Our Lady para llevarlo al santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal, con la idea de devolverlo a Rusia tras su conversión anunciada y querida por la Virgen María desde sus apariciones de 1917. Allí se edificó una capilla detrás de santuario de Fátima para recibir el icono, de donde fue trasladado al Vaticano en 1993.


Fue en este contexto en el que, ocho años más tarde, San Juan Pablo II devolvió el icono de la Virgen de Kazán a la iglesia de Rusia.


El 25 de agosto de 2004, en la basílica de San Pedro del Vaticano se colocó el icono de la Virgen de Kazán para que pudiera contemplarse y ser venerado por los fieles antes de que fuese llevado a Rusia por una delegación presidida por el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos bajo el pontificado de San Juan Pablo II, en un generoso acto de la Iglesia Católica al devolverlo a la iglesia rusa, su propietaria original.


Tras haber recibido el icono de Nuestra Señora de Kazán, por parte del papa de Roma San Juan Pablo II, el Patriarca ruso Alejo II le dirigió una carta fechada el 31 de agosto de 2004 en la que expresa: “Deseo darle las gracias, Santidad, desde lo más profundo de mi corazón, por este don y expresarle la esperanza de que la santísima Theotokos, que ‘cura con generosidad y solicitud las enfermedades y las divisiones’ (Akathistos al icono de la Madre de Dios de Kazán) derrame su gracia y su misericordia sobre los fieles de nuestras dos Iglesias. Con amor en el Señor, Alejo II”.



Fuente: verycreer.com

Adaptación propia