25/02 - Tarasio, Patriarca de Constantinopla


La fuente más importante sobre la vida de este Santo es la “Vida de Tarasios” escrita por Ignacio, su diácono y secretario. Otra fuente es la Crónica de Teófanes Confesor y la vida y la correspondencia de San Teodoro de Studion.


Tarasio nació en Constantinopla en torno al año 730, siendo hijo del eparca Georgios y su esposa Enkrateia. En el momento en que Constantino VI y su madre, Irene, accedieron al trono del Imperio bizantino en el año 780, Tarasio era un funcionario en el aparato burocrático (protasekretis) de la corte imperial. Más tarde obtuvo el rango de senador y finalmente se convirtió en secretario imperial (asekretis) del emperador Constantino VI el Porphyrogenetos.


El Imperio de Oriente estaba en aquell época influenciado por las doctrinas orientales iconoclastas, impuestas por la dinastía Isauriana, que provenía de las regiones existentes en las fronteras con el nuevo mundo islámico. La lucha iconoclasta de ninguna manera era más fácil que la de los antiguos emperadores romanos contra los cristianos. Los ikonodouloi (defensores de los iconos) fueron golpeados e incluso asesinados y muchas iglesias fueron objeto de vandalismo. La Iglesia de Roma se negó a permanecer en comunión con el patriarca de Constantinopla, quien en ese momento era partidario de las políticas oficiales. Sólo después de la muerte de León IV (775/780) y al comienzo del reinado de su hijo menor Constantino VI (780/797), bajo la regencia de su madre Irene, la situación de los iconos empezó a cambiar.


El último patriarca iconoclasta, Pablo IV se arrepintió de su anterior iconoclasia y renunció a su trono el 31 de agosto del 784, viviendo como un simple monje. En esta situación, la emperatriz convocó un consejo local en su palacio de Magnaura y, previa consulta al patriarca antiguo, el pueblo y los nobles, y a pesar de ser laico, propuso a Tarasio para sucederle. El santo era de familia patricia y había recibido una educación esmerada. En la corte, en un ambiente de sensualidad y halagos, había sabido llevar una vida casi monacal. Se resistió mucho a aceptar el nombramiento de patriarca, en parte porque no era sacerdote y en parte también, por la difícil situación que había creado la política de los emperadores contra la veneración de las imágenes sagradas, a partir de León III, en el 726.


Cuando Tarasio fue elegido patriarca, la emperatriz Irene ejercía la regencia, pues su hijo, Constantino IV, sólo tenía diez años. Irene era una mujer ambiciosa y muy cruel, pero no era iconoclasta, es decir, no se oponía a la veneración de las imágenes. Esto facilitó la reunión de un Concilio, puesto que Tarasio, consagrado en la Navidad del año 784, había aceptado la dignidad patriarcal, bajo la condición de que se celebrara un sínodo para restablecer la unión deshecha por la campaña inococlasta. El séptimo Concilio Ecuménico se reunió en Nicea el año 787, presidido por los legados del papa Adriano I. Las discusiones llevaron a la conclusión de que la Iglesia podía permitir que se tributara a las imágenes un culto de veneración, no el culto de adoración que sólo se debe a Dios. Como lo hizo notar el Concilio, quien reverencia a una imagen, reverencia a la persona que ésta representa. Obedeciendo a las decisiones conciliares, Tarasio restituyó en su patriarcado el culto de las imágenes. Igualmente trabajó por desarraigar la simonía.


Su vida fue un modelo de perfecto desinterés material, volcada hacia el clero y el pueblo. En su casa y en su mesa no había nada de la magnificencia que ostentaban sus predecesores. Consagrado al servicio del prójimo, Tarasio apenas permitía que sus criados le sirviesen. Dormía muy poco y en sus ratos de ocio se consagraba a la oración y la lectura espiritual. Prohibió al clero el uso de vestidos preciosos y se mostró particularmente severo por lo que se refiere al teatro. Con frecuencia repartía personalmente alimentos a los pobres; para que nadie se sintiese abandonado, visitaba todos los hospitales y obras de beneficencia en Constantinopla.


Algunos años más tarde, el emperador se enamoró de Teodota, una dama de honor de su esposa, la emperatriz María. La emperatriz madre, Irene, le había obligado a casarse con María, de la que el emperador decidió divorciarse. Para ello, intentó ganarse la voluntad del patriarca y le envió a un mensajero para anunciarle que la emperatriz quería envenenarlo. Tarasio respondió al mensajero: «Di al emperador que estoy dispuesto a morir antes que ayudarle a realizar su propósito». Entonces el emperador trató de ganarle por medio de halagos. Llamó, pues, al patriarca y le dijo: «A ti no puedo ocultarte nada, pues te considero como a mi padre. Es indudable que la Iglesia permitirá que me divorcie de una mujer que ha intentado envenenarme. La emperatriz María merece la muerte o la prisión perpetua». El emperador mostró a Tarasio un vaso con veneno que, según él, la emperatriz había tratado de hacerle beber. Pero el patriarca no se dejó engañar, y replicó que estaba cierto de que Constantino quería divorciarse de la emperatriz porque estaba enamorado de Teodota; además le manifestó que, aun en el caso de que la emperatriz María fuese realmente culpable, el nuevo matrimonio constituiría un adulterio. El monje Juan, que se hallaba también presente, habló con gran valentía en el mismo sentido que el patriarca; el emperador, furioso, les mandó retirarse de su presencia. Después echó a la emperatriz María fuera del palacio y la obligó a tomar el velo. Como Tarasio se negase a casarle con Teódota, el matrimonio se llevó a cabo ante el abad José, un personaje oscuro de la Iglesia de Constantinopla. En adelante Tarasio tuvo que soportar el resentimiento de Constantino, quien le persiguió durante el resto de su reinado. Se cuenta que el emperador hacía seguir al patriarca en todos sus movimientos, que había prohibido a todos que hablasen con él sin su permiso, y que desterró a muchos de los amigos y servidores de Tarasio por dirigirle la palabra. Entre tanto, la emperatriz Irene que quería seguir gobernando, se ganó a los principales personajes de la corte y el ejército, encarceló a su hijo y le mandó sacar los ojos. Irene gobernó durante cinco años, hasta que fue depuesta por Nicéforo, quien usurpó el imperio y la desterró a la isla de Lesbos.


Bajo el reinado de Nicéforo, Tarasio desempeñó sin contratiempos sus deberes pastorales. En su última enfermedad no dejó de celebrar el santo sacrificio, mientras pudo moverse. Poco antes de morir, Tarasio tuvo una visión en la que, según cuenta su biógrafo -que se hallaba con él en ese momento-, el prelado parecía responder a las acusaciones de un grupo de hombres que juzgaban cada una de las acciones de su vida. Tarasio se mostraba sumamente agitado al responder a las acusaciones. Esto atemorizó mucho a todos los presentes, pues la vida del patriarca había sido muy íntegra. Pero a la agitación sucedió una gran serenidad y san Tarasio entregó su alma a Dios en medio de una gran paz, después de haber gobernado al patriarcado durante veintiún años.



Fuente: eltestigofiel.org / Peeguntasantoral

Miércoles de la I Semana de Cuaresma (Miércoles Puro)


En la Hora Sexta


Is 2,3-11: Así dice el Señor: «De Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén». Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor. Has rechazado a tu pueblo, a la casa de Jacob. Porque están llenos de adivinos de Oriente y de agoreros, como los filisteos, y pactan con extranjeros. Llena está su tierra de plata y oro, no hay límite para sus tesoros; su país está lleno de caballos, no hay límite para sus carros; su país está lleno de ídolos, y se postran ante las obras de sus manos, que fabricaron sus dedos. Pues será doblegado el mortal, será humillado el hombre. ¡No los perdones! Métete en las peñas, ocúltate en el polvo, ante el terror del Señor y ante la gloria de su majestad. Los ojos orgullosos serán humillados, será doblegada la arrogancia humana; solo el Señor será exaltado en aquel día.


En Vísperas


Gén 1,24-31;2,1-3: Dijo Dios: «Produzca la tierra seres vivientes según sus especies: ganados, reptiles y fieras según sus especies». Y así fue. E hizo Dios las fieras según sus especies, los ganados según sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra». Y dijo Dios: «Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira». Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto. Así quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo el universo. Y habiendo concluido el día séptimo la obra que había hecho, descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque en él descansó de toda la obra que Dios había hecho cuando creó.


Prov 2,1-23: Hijo mío, si aceptas mis palabras, si quieres conservar mis consejos, si prestas oído a la sabiduría y abres tu mente a la prudencia; si haces venir a la inteligencia y llamas junto a ti a la prudencia; si la procuras igual que el dinero y la buscas lo mismo que un tesoro, comprenderás lo que es temer al Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios. Porque el Señor concede sabiduría, de su boca brotan saber e inteligencia; atesora acierto para el hombre recto, es escudo para el de conducta intachable; custodia la senda del honrado, guarda el camino de sus fieles. Entonces podrás comprender justicia, derecho y rectitud, el camino que lleva a la felicidad: la sabiduría penetrará en tu mente y te agradará el saber. La perspicacia cuidará de ti, la prudencia te protegerá; te librará del mal camino, del hombre perverso, que abandona la senda recta para ir por caminos tenebrosos; que goza haciendo el mal, complacido en sus perversas ideas; que va por rumbos tortuosos y sigue caminos extraviados. Te librará de la mujer extraña, de la desconocida seductora, que abandonó al amigo de su juventud y olvidó la alianza de su Dios. Su casa se ladea hacia la muerte, sus sendas hacia la tierra de las sombras. Los que entran allí no vuelven, no dan con la senda de la vida. Sigue, pues, el buen camino, imita la conducta del honrado, pues los rectos habitarán la tierra y los íntegros permanecerán en ella; pero los malvados serán arrancados, los canallas, extirpados de ella.


En Completas


Mc 11,22-26; Mt 7,7-8: Dijo el Señor: «Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Mas si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos perdonará vuestras ofensas. Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

El Canon de San Andrés de Creta


Las Iglesias de tradición bizantina durante la primera semana de la Gran Cuaresma (de lunes a jueves) en el Oficio de Apódipnon (Completas) cantan diversas partes del canon penitencial de San Andrés de Creta, que vivió entre el 660 y el 740. El mismo se canta completo en los Maitines del jueves de la quinta semana.


Andrés escribe este texto que es un gran canto a la misericordia y a la bondad de Dios, manifestada en Cristo, canto que es fruto de una lectura, de una verdadera lectio divina de toda la Sagrada Escritura. Se trata de un texto muy largo, muy profundo y bello, no siempre fácil, al cual se añadirán más tarde los troparios sobre Santa María Egipciaca y sobre el mismo San Andrés de Creta.


El texto está formado por nueve odas que siguen los nueve cantos bíblicos - ocho del Antiguo Testamento y dos del Nuevo - que forman parte del matutino bizantino. El primero de los troparios de cada una de las odas ofrece el enlace cristológico o eclesiológico del testo mismo: "Estáte atento, oh cielo, y hablaré, y celebraré a Cristo, venido de la Virgen en la carne... Fortelece, oh Dios, a tu Iglesia, sobre la inamovible roca de tus mandamientos... Ha escuchado el profeta tu venida, oh Señor, y ha sentido temor, ha escuchado que nacerá de la Virgen y te mostrará a los hombres, y decía: he escuchado tu anuncio y he sentico temor; gloria a tu poder". A lo largo de las nueve odas encontramos el desarrollo de diversos temas bíblicos, comenzando por los veterotestamentarios para pasar en la misma oda a los del Nuevo Testamento.


En la oda primera la historia de Adán y Eva y de Caín y Abel está entrelazada por las parábolas del hijo pródigo y del Buen Samaritano: "Habiendo emulado en la trasgresión a Adán, el primer hombre creado, me veo despojado de Dios, del reino y del gozo eterno, a causa de mi pecado. ¡Ay, alma infeliz! ¿Por qué te has hecho semejante a la primera Eva? Has tocado el árbol y has gustado imprudentemente el fruto del engaño. Cayendo con la intención en la misma sed de sangre de Caín, me he convertido en el asesino de mi pobre alma. Consumada la riqueza del alma con el libertinaje, soy privado de piadosas virtudes y hambriento grito: ¡Oh padre de piedad, sal a mi encuentro con tu compasión. Soy yo el que me he tropezado como los ladrones, que son mis pensamientos, me han cubierto de llagas: ven tú mismo, por tanto, a curarme, oh Cristo!".


Aún las figuras de Adán y Eva son yuxtapuestas en la segunda oda a la del publicano y la prostituta: "He oscurecido la belleza del alma con las voluptuosidades pasionales, y he reducido totalmente en polvo mi intelecto. He lacerado mi primera vestidura, aquella que ha tejido para mí el Creador. Me he vestido con una túnica lacerada, aquella que me ha tejido la serpiente con su consejo, y estoy lleno de vergüenza. También yo te presento, oh piadoso, las lágrimas de la meretriz: sé propicio conmigo, oh Salvador, en tu amorosa compasión. Acoge también mis lágrimas, oh Salvador, como ungüento. Como el publicano a tí grito: Sé propicio conmigo".


Vienen presentadas en la odas sucesivas (tercera-cuarta) la fe de Abraham, la escala de Jacob, la figura de Job, la Cruz como lugar donde Cristo renueva la naturaleza caída del hombre: "He manchado mi cuerpo, he ensuciado mi espíritu, estoy todo lleno de llagas; pero tú, oh Cristo médico, cura mi espíritu y cuerpo con la penitencia, báñame, purifícame, lávame: déjame más puro que la nieve... Crucificado por todos, has ofrecido tu cuerpo y tu sangre, oh Verbo: el cuerpo para re-plasmarme, la sangre para lavarme; y has entregado el espíritu para portarme, oh Cristo, a tu Engendrador. Has obrado la salvación en medio de la tierra. Por tu voluntad has sido clavado en el árbol de la Cruz y el Edén que había sido cerrado, se ha abierto... Sea mi fuente bautismal la sangre de tu costado, y bebida el agua de remisión que ha brotado... y sea ungido, bebiendo como crisma y bebida, tu vivificante palabra, oh Verbo".


Las odas quinta, sexta y séptima contemplan la experiencia del desierto y las infidelidades del pueblo y de los reyes de Israel, y Cristo que cura y salva: "Por mí, Tú que eres Dios, has asumido mi forma; has obrado prodigios, sanando leprosos, enderezando paralíticos, deteniendo el flujo de sangre en aquélla que te tocaba la franja del vestido, oh Salvador... Imita, oh alma, a aquélla que se postro rostro en tierra: póstrate, arrójate a los pies de Jesús, porque Él te enderezará y tú caminarás recta por los senderos del Señor".


La octava oda canta los grandes del Antiguo y del Nuevo Testamento: "Has escuchado hablar, oh alma, de los ninivitas, de su penitencia ante Dios en saco y ceniza : tú no los has imitado, sino que has sido más ignorante que todos aquellos que han pecado antes y después de la Ley. Como el ladrón, grito a tí: ¡Acuérdate! Como Pedro, lloro amargamente; perdóname, Salvador, a tí grito como el publicano; lloro como la meretriz: acoge mi gemido".


Finalmente, después de todos los ejemplos y modelos del Antiguo Testamento, Andrés de Creta en la oda nona presenta todo el misterio salvífico de Cristo que cura, llama a la humanidad a seguirlo y salva: "Te traigo los ejemplos del Nuevo Testamento, oh alma, para inducirte a compunción: Cristo se ha hecho hombre para llamar a la penitencia a los ladrones y prostitutas... Cristo se ha hecho niño según la carne para conversar conmigo, y ha cumplido voluntariamente todo lo que es de la naturaleza, excepto el pecado... Cristo ha salvado a los magos, ha convocado a los pastores, ha convertido en mártires una muchedumbre de inocentes... El Señor después de haber ayunado cuarenta días en el desierto, al fin tuvo hambre, mostrando así su humanidad... Cristo enderezó al paralítico, resucitó a jóvenes difuntos... El Señor curó a la hemorroisa que le tocó la franja de su manto, purificó a los leprosos e iluminó a los ciegos; hizo caminar a los cojos... para que tú pudieras salvarte, alma infeliz... Curando las enfermedades, Cristo, el Verbo, ha evangelizado a los pobres... El publicano se ha salvado y la prostituta se ha convertido en casta".


El texto del gran canon de Andrés de Creta cuenta la historia de la salvación operada por Dios en cada uno de nosotros: "Te he presentado, oh alma, la historia del inicio del mundo escrita por Moisés, toda la Escritura que nos viene por Él y que te narra sobre justos e injustos... Te traigo los ejemplos del Nuevo Testamento, oh alma, para inducirte a compunción: emula, por tanto, a los justos, aléjate de los pecadores y ríndete propicio a Cristo con las oraciones y ayunos, con castidad y decoro". En un texto que nos coloca ante los diversos aspectos con los cuales la Iglesia a lo largo de la Cuaresma nos confronta, es decir, la misericordia de Dios y por medio de ésta nuestro camino de retorno a Dios, teniendo a Cristo mismo como Pastor y como Guía, Él que lleva de la mano a Adán hacia Eva, que toma la mano de Pedro que se hunde en las aguas, que alza al niño epiléptico curado, y que finalmente el día de la Pascua toma de nuevo por la mano a Adán y Eva para hacerlos salir de los infiernos y regresarlos al paraiso.


Manuel Nin



Fuente: L'Osservatore Romano, 9 de Marzo de 2011

Traducción del italiano: Salvador Aguilera López en lexorandies.blogspot.com

24/02 - Primera y Segunda Invención de la Venerable Cabeza de Juan el Bautista


La honorable cabeza de Juan el Precursor, que provoca la reverencia de los Ángeles, fue enterrada primero en la casa de Herodes, quien lo había encarcelado y decapitado a causa de Herodías, la esposa de su hermano Felipe, ya que Juan había reprendido a Herodes por su relación ilícita con dicha mujer. Cuando los discípulos de Juan enterraron su cuerpo en Sebaste, Herodías se quedó con la cabeza para burlarse de él y lo enterró en secreto en los terrenos del palacio, en un lugar inmundo. Por esto deseaba mantener la cabeza separada del cuerpo, para evitar su posible resurrección y asimismo su reprensión. 


Una de las mujeres de su hogar era Juana, la esposa del mayordomo de Herodes, que también era seguidora del Señor Jesucristo y estaba entre las miróforas. Afligida por el maltrato de la honorable cabeza del Precursor, se acercó una noche en oculto al escondite donde estaba enterrada la cabeza del Precursor, la recuperó, la llevó al Monte de los Olivos y la enterró en el terreno de una de las haciendas de Herodes.


Poco antes de que Constantino el Grande ascendiera al trono del Imperio Romano en el 324 d.C., cierto cristiano llamado Inocencio decidió abandonar el mundo y vivir una vida ascética en el Monte de los Olivos, donde compró algunas tierras en la propiedad que antes pertenecía a Herodes. Allí construyó una celda monacal y una capilla para orar. Durante la construcción, se necesitó abrir una zanja para colocar los cimientos, y al excavar descubrió un recipiente de barro que contenía un cráneo. Conoció la identidad de este cráneo por una revelación divina acompañada por obras de poder y gracia, después de haber realizado muchos milagros. Antes de su eterno reposo, el monje Inocencio volvió a enterrar el honorable cráneo en los terrenos de su celda y capilla. Durante varios años, este sitio quedó en ruinas y la ubicación de esta preciosa reliquia permaneció desconocida.


El primer hallazgo


Después de que Constantino llegara al trono y de que su madre Elena hiciera de la Tierra Santa un centro de peregrinación con el descubrimiento de la Verdadera Santa Cruz y el Santo Sepulcro, entre otros lugares, dos monjes decidieron hacer una peregrinación a Jerusalén para venerar los Santos Lugares. Una noche, mientras los monjes dormían en Jerusalén, a uno de ellos se le concedió recibir una visita de San Juan el Precursor. Le reveló al monje la ubicación exacta de su cabeza en el Monte de los Olivos y le ordenó que la encontrara. Cuando despertó y le contó a su compañero monje esta revelación divina, éste le convenció de que no era más que un mero sueño y no hicieron caso. La noche siguiente, sin embargo, el Precursor se apareció a ambos monjes por separado y los reprendió por su incredulidad, ordenándoles que se levantaran e hicieran lo que les había ordenado. Agitados del sueño, fueron al lugar indicado y comenzaron a cavar. En poco tiempo, descubrieron la vasija de barro con el cráneo. Colocándolo en un saco hecho de pelo de camello, regresaron a Jerusalén.


Durante este tiempo había un alfarero que vivía en Emesa (hoy Homs) de Siria que había caído en la pobreza y estaba buscando otra ocupación. Dejando a su esposa y su hogar, se fue a buscar trabajo, y en el camino se encontró con los dos monjes que habían abandonado Jerusalén para regresar a su tierra natal con el cráneo honorable. En busca de compañía en sus viajes, el alfarero siguió a los monjes y llevó el saco que contenía el cráneo del Precursor después de que se lo pidieran, aunque no le fue revelado lo que contenía. Mientras caminaban, cuando los monjes se separaron un poco del alfarero, el Sagrado precursor se le apareció en el camino y le dijo: "Ten en cuenta que yo soy Juan, el Precursor del Señor. El saco que llevas en tu mano contiene mi cabeza. Te invito a que huyas de la compañía de tus compañeros de viaje". Después de confirmar que el saco contenía una calavera, el alfarero obedeció sin vacilar y regresó a su hogar, con su esposa, en Emesa. 


En cuanto a la razón por la que el Santo Precursor le pidió al alfarero que tomara la reliquia de los monjes, se sugirió que era porque estos monjes eran demasiado negligentes e incrédulos para cuidar adecuadamente del precioso cráneo. Esto se demostró por el hecho de que le dieron el saco a un extraño para que lo cargara, cuando deberían haberlo guardado y protegido como a su vida misma. El alfarero, sin embargo, se sometió a los monjes y llevó el saco con cuidado. También se ha sugerido que estos monjes podrían haber pertenecido a una secta herética.


El alfarero regresó a su casa y le contó a su esposa todo lo que le había sucedido a lo largo del camino. Ambos entendieron  el preciadísimo tesoro que estaba en su hogar, por lo que diariamente quemaban incienso y encendían velas. Por esto, el Precursor bendijo su hogar, y su pobreza se convirtió en un débil recuerdo. Sin embargo, no queriendo ser  vencidos por el falso orgullo que conllevan las riquezas, se aseguraron de distribuirlas adecuadamente entre los pobres y los necesitados, entendiendo que fueron bendecidos por Dios a través del Precursor. 


Finalmente la esposa, con muchos años ya, descansó en el Señor; y cuando se acercaba su propio fin, el Santo precursor se le apareció al alfarero y le dijo: "Se acerca el momento del fin de tu estancia terrenal. Coloca mi cabeza en una vasija de agua vacía. Sella la vasija  y confíala a tu hermana. No deseo que mi cabeza quede consagrada en relicarios de oro o plata". El devoto alfarero obedeció y le dio la jarra sellada a su hermana, pidiéndole que no la abriera a menos que el Precursor quisiera que lo hiciera. Después de que el alfarero reposara, su hermana guardó fielmente el precioso tesoro en su casa. Y cuando ella descansó, se lo entregó a otro cristiano devoto y virtuoso.


Con el tiempo, la preciosa reliquia pasó de un devoto cristiano a otro. Llegó un momento en que la honorable cabeza llegó a manos de un hieromonje arriano llamado Eustaquio, que vivía en una cueva. La reliquia sagrada fue responsable de numerosos milagros y curaciones; sin embargo, el hereje se atribuyó todo esto a sí mismo en lugar de al Santo Precursor con el fin de promover su herejía. Por esto muchas personas se sintieron atraídas a creer que el arrianismo era verdadero y aceptaron la herejía. Sin embargo, con el tiempo, la gente de Emesa llegó a comprender las malas intenciones de Eustaquio y trataron de expulsarlo de su cueva. 


Cuando los oficiales fueron informados, fueron a retirarlo, pero Eustaquio los convenció de que esperaran unas horas hasta que pusiera sus cosas en orden y luego se iría. Durante este tiempo, tomó la vasija que contenía el cráneo y la enterró en un profundo agujero en su cueva. Su intención era regresar en algún momento y recuperar la reliquia que tanto prestigio y fama le había dado, para continuar con su fraude. Sin embargo, con la partida de Eustaquio, ciertos monjes ortodoxos se instalaron en esta cueva, y Eustaquio no pudo recuperarla.


El segundo hallazgo


Con el paso del tiempo, la cueva del hereje Eustaquio se convirtió en una floreciente hermandad de monjes. Sin embargo, nadie era consciente del precioso tesoro que contenía la cueva.


A mediados del siglo V, sobre el año 430, al Archimandrita Marcelo, que era el superior de esta comunidad durante el tiempo en que Uranio fue obispo de Emesa, se le concedió una visión del  Santo Precursor. Según el relato de Marcelo, que se ha conservado, sabemos que el 18 de febrero, durante la Gran Cuaresma, el Santo precursor se le apareció por primera vez en una visión y lo bendijo. Más tarde, el 24 de febrero, la ubicación del Santo Cráneo del Precursor le fue revelada en otra visión por medio de una estrella que se le dijo que siguiera y que le llevó a la cueva. Después comenzó a cavar en el lugar donde desapareció la estrella, y allí encontró la vasija que contenía la Reliquia Sagrada. Luego, con reverencia, tomó el Honorable Cráneo como un tesoro que no tiene precio, y se lo llevó al Obispo, quien se regocijó en gran manera  al enterarse de este descubrimiento.


Pronto se construyó una iglesia en Emesa para honrar a San Juan el Precursor. Dentro de esta iglesia se construyó una cripta, y se colocó la Honorable Cabeza en ella, donde fue venerada por los fieles, y se hizo responsable de que muchos fuesen curados de enfermedades y otros males.


LECTURAS


En Vísperas


Is 40,1-5;9;41,17-18;45,8;48,20-21;54,1: Esto dice el Señor: «Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados». Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos —ha hablado la boca del Señor—». Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Yo, el Dios de Israel, no los abandonaré. Haré brotar ríos en cumbres desoladas, en medio de los valles, manantiales; transformaré el desierto en marisma y el yermo en fuentes de agua. Cielos, destilad desde lo alto la justicia, las nubes la derramen, se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia. Anunciadlo con gritos de júbilo, publicadlo y proclamadlo hasta el confín de la tierra. Decid: el Señor ha rescatado a su siervo Jacob. Los llevó por la estepa y no pasaron sed: hizo brotar agua de la roca. Exulta, estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar, alégrate, tú que no tenías dolores de parto: porque la abandonada tendrá más hijos que la casada».


Mal 3,1;2;3;5;6;7;12;17;18;22-23;24: Esto dice el Señor todopoderoso: «Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí. De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; ¿quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata y el oro. Os llamaré a juicio y seré testigo diligente contra magos y adúlteros, contra los que juran en falso y no vuelven su mirada hacia mí». Dice el Señor del universo: «Pues yo, el Señor, no he cambiado; pero vosotros, hijos de Jacob, os habéis rebelado contra mis mandatos y no los cumplís. Volveos a mí y yo me volveré a vosotros». Dice el Señor del universo: «Todos los pueblos os felicitarán. Volverán a ser propiedad mía; me compadeceré de ellos como se compadece el hombre de su hijo que lo honra. Volveréis a ver la diferencia entre el justo y el malhechor. Recordad la ley de mi siervo Moisés, los mandatos y preceptos que le di en el Horeb para todo Israel. Mirad, os envío al profeta Elías, antes de que venga el Día del Señor, día grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra».


Sab 4,7;16;17;19-20;5,1-7: El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso. El justo difunto condena a los impíos aún vivos. La gente ve la muerte del sabio, pero no comprende los designios divinos sobre él. Bien pronto serán cadáveres sin honra, oprobio para siempre entre los muertos. Pues el Señor los precipitará de cabeza, sin dejarles rechistar, los sacudirá de sus cimientos y quedarán totalmente asolados; vivirán sumidos en el dolor y su recuerdo se perderá. Al rendir cuenta de sus pecados, comparecerán asustados y sus delitos se levantarán contra ellos para acusarlos. Entonces el justo estará en pie con gran aplomo delante de los que lo afligieron y despreciaron sus trabajos. Al verlo, se estremecerán de miedo, estupefactos ante su inesperada salvación. Arrepentidos y gimiendo de angustia se dirán: «Este es aquel de quien antes nos reíamos y a quien, nosotros insensatos, insultábamos. Su vida nos parecía una locura y su muerte, una ignominia. ¿Cómo ahora es contado entre los hijos de Dios y comparte la suerte de los santos? Sí, nosotros nos desviamos del camino de la verdad, la luz de la justicia no nos alumbró y el sol no salió para nosotros. Nos fatigamos por sendas de maldad y perdición, atravesamos desiertos intransitables, pero no reconocimos el camino del Señor».


En Maitines


Lc 7,17-30: En aquel tiempo, lo que Jesús había hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante. Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos, los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?». Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”». En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él». Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.


En la Liturgia


2 Cor 4,6-15: Hermanos, el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él. Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


Mt 11,1-15: En aquel tiempo, cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga».



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propias

Martes de la I Semana de Cuaresma (Martes Puro)


En la Hora Sexta


Is 1,19-31;2,1-3: Así dice el Señor: «Si sabéis obedecer, comeréis de los frutos de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, os devorará la espada —ha hablado la boca del Señor—». ¡Cómo se ha prostituido la villa fiel: estaba llena de rectitud; la justicia moraba en ella, y ahora moran los asesinos! Tu plata se ha vuelto escoria, está aguado tu vino; tus gobernantes son bandidos, cómplices de ladrones: amigos de sobornos, en busca de regalos. No protegen el derecho del huérfano, ni atienden la causa de la viuda. «Por eso —oráculo del Señor, Dios del universo, del Fuerte de Israel—: tomaré satisfacción de mis adversarios, y me vengaré de mis enemigos. Volveré mi mano contra ti: purificaré tu escoria en el crisol, separaré de ti toda la ganga, te daré jueces como los de antaño, consejeros como los del tiempo antiguo: entonces te llamarás Ciudad Justa, Villa Fiel. Sión será rescatada por el juicio, sus habitantes por la justicia». Vendrá la ruina sobre rebeldes y pecadores, los que abandonan al Señor perecerán. Os avergonzaréis de las encinas en las que os habéis deleitado, os sonrojaréis de los jardines que elegíais. Seréis como una encina con las hojas marchitas, como un jardín donde no corre el agua. Vuestra fortaleza será la estopa, su obra la chispa, arderán los dos juntos y no habrá quien lo apague. Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén. En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén».


En Vísperas


Gén 1,14-23: Dijo Dios: «Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra». Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Dios las puso en el firmamento del cielo para iluminar la tierra, para regir el día y la noche y para separar la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto. Dijo Dios: «Bullan las aguas de seres vivientes, y vuelen los pájaros sobre la tierra frente al firmamento del cielo». Y creó Dios los grandes cetáceos y los seres vivientes que se deslizan y que las aguas fueron produciendo según sus especies, y las aves aladas según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Luego los bendijo Dios, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad las aguas del mar; y que las aves se multipliquen en la tierra». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.


Prov 1,20-33: La sabiduría pregona por las calles, en las plazas levanta la voz; grita en lugares concurridos, en la plaza pública proclama: «¿Hasta cuándo, ignorantes, amaréis la ignorancia, y vosotros, insolentes, recaeréis en la insolencia, y vosotros, necios, rechazaréis el saber? Prestad atención a mis razones, derramaré mi espíritu sobre vosotros, quiero comunicaros mis palabras. Os llamé, y vosotros rehusasteis; extendí mi mano y la rechazasteis; despreciasteis mis consejos, no aceptasteis mis advertencias. Pues bien, yo me reiré de vuestra desgracia, me burlaré cuando os alcance el terror. Cuando os alcance como tormenta el terror, cuando os llegue como huracán la desgracia, cuando os alcancen la angustia y la aflicción, me llamaréis, pero no os escucharé; me buscaréis, pero no me encontraréis. Por haber menospreciado el saber y no querer temer al Señor, por no aceptar mis consejos y despreciar mis reprensiones, comerán el fruto de su conducta, se hartarán de los planes que hicieron. La indisciplina matará a los irreflexivos, la indolencia acabará con los necios; mas quien me escucha vivirá tranquilo, seguro y sin temor a la desgracia».


En Completas


Mt 6,1-13: Dijo el Señor: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española