20/03 - Los Justos Padres asesinados en el Monasterio de San Sabas


La crónica del sufrimiento y martirio de estos 20 monjes de las lauras del célebre San Sabas, en Jerusalén, aparece recogida dentro de las "actas" de San Esteban, monje del monasterio. Aunque el manuscrito que se conserva tiene algunas inexactitudes, se puede considerar veraz en lo grosso de la narración:


En 797, habiendo los musulmanes invadido varios monasterios y profanado estos santos lugares, entre ellos el monasterio de San Caritón, los monjes de la laura de San Sabas se reunían día y noche en la iglesia principal para orar en común para que Dios les librara de los musulmanes, o les diera fuerzas para padecer por la causa de Cristo. El 13 de marzo de ese mismo año un monje avistó una caballería de moros que se acercaba y dio la alarma. Algunos monjes se adelantaron y pidieron a los musulmanes que les dejaran seguir con sus vidas en alabanza a Dios, pero los infieles solo se burlaron de ellos, y les respondieron asaeteándolos. Algunos resultaron heridos y otros fallecieron. Toda una semana asolaron los árabes la laura, que era de difícil acceso.


El día 20 una segunda caballería se acercó al monasterio, luego de asolar las lauras de San Eutimio. Algunos monjes huyeron por los desiertos, otros se fueron a la iglesia a orar y otros se fueron a sus celdas a seguir su vida de siempre y que fuera lo que Dios determinara. El manuscrito sobreviviente tiene una laguna, pues falta un trozo. Continúa narrando como los moros fueron martirizando a los monjes. A Juan le apedrearon y le arrastraron hasta la iglesia, donde le mutilaron salvajemente, desangrándose. Al monje Sergio, sacristán, que había escondido los vasos sagrados, le cortaron a trozos sin que dijera donde había ocultado los cálices. Unos monjes que habían hallado refugio en una cueva se salvaron porque un novicio llamado Patricio salió diciendo que él era el único que había allí. Junto a otros monjes fue llevado a una cueva que fungía como casa para peregrinos, donde fueron amenazados, golpeados y heridos para que entregaran los "tesoros" (se referían los criminales a los vasos y vestiduras para el culto). Pero ya habían sido ocultados y se negaron a decir donde.


Los musulmanes preguntaron cual era el monje médico (solía haber uno en cada monasterio y era casi una autoridad junto al abad), pero los monjes callaron. Por ello los moros los metieron en lo más profundo de la cueva y taparon la entrada con espinos y ramas a los que prendieron fuego, impulsando el humo dentro, para asfixiarlos. Pero los monjes resistieron el tormento y no respondían a los insultos y requerimientos. Los musulmanes apagaron el fuego y ordenaron que se presentara el abad (no estaba allí). Los monjes solo callaban y rezaban, por lo que de nuevo fueron metidos en la cueva, incendiada la entrada y taponado todo resquicio de aire puro. Cuando pasó un tiempo, los musulmanes se fueron, saquearon el monasterio y partieron con todo lo que pudieron llevar.


Los monjes sobrevivientes, al día siguiente salieron de sus escondites, fueron a la cueva y hallaron a los hermanos muertos, que habían rendido sus almas por fidelidad a Cristo. Fueron sepultados con honores y les veneraron durante siglos, hasta hoy. Algunos nombres se han conservado, como Juan, Sergio, Patricio, Cosme, Anastasio y Teoctisto.



Fuente: religionenlibertad.com

Viernes de la IV Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 29,13-23: Dice el Señor: «Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de mí, y el culto que me rinde se ha vuelto precepto aprendido de otros hombres; por eso yo seguiré asombrando a este pueblo con prodigios maravillosos: perecerá la sabiduría de sus sabios, y desaparecerá la discreción de sus hombres prudentes». ¡Ay de los que, en lo profundo, ocultan sus planes al Señor para poder actuar en la oscuridad y decir: «¿Quién nos ve? ¿Quién se entera?». ¡Cuánta perversión! ¿Es acaso el alfarero igual que el barro, para que la obra diga a su artífice: «No me ha hecho», y la vasija diga al alfarero: «Este no entiende nada?». Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel; porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico; y serán aniquilados los que traman para hacer el mal: los que condenan a un hombre con su palabra, ponen trampas al juez en el tribunal y por una nadería violan el derecho del inocente. Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán, dice a la casa de Jacob: «Ya no se avergonzará Jacob, ya no palidecerá su rostro, pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel».


En Vísperas


Gén 12,1-7: El Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra». Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán. Abrán llevó consigo a Saray su mujer, a Lot su sobrino, todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Jarán, y salieron en dirección a Canaán. Cuando llegaron a la tierra de Canaán, Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén, hasta la encina de Moré. En aquel tiempo habitaban allí los cananeos. El Señor se apareció a Abrán y le dijo: «A tu descendencia daré esta tierra». Él construyó allí un altar en honor del Señor que se le había aparecido.


Prov 14,15-26: El ingenuo se lo cree todo, el prudente sabe dónde pisa. El sabio teme y se aparta del mal, el necio arrogante se cree seguro. El impulsivo comete locuras, el reflexivo se muestra paciente. Los simples heredan necedad, los prudentes se coronan de saber. Los malvados se inclinarán ante los buenos; los impíos, ante las puertas del honrado. Detestan al pobre sus propios vecinos; en cambio, al rico le sobran amigos. Quien desprecia a su prójimo peca, dichoso quien se apiada del pobre. Los que traman el mal se pierden, amor y lealtad al que hace el bien. Todo esfuerzo obtiene recompensa, el mucho hablar conduce a la miseria. Corona de los sabios es su saber; diadema de los necios, su torpeza. El testigo veraz salva vidas, el impostor propaga mentiras. Temer al Señor es refugio seguro, servirá de defensa a los hijos.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

19/03 - Los Santos Mártires Crisanto y Daría


Una virgen vestal y un cristiano converso


Aunque ambos mártires son romanos, curiosamente el nombre de Daría es de origen persa y significa “la que posee riquezas”. Según la tradición, recogida en la Leyenda Áurea, fue una virgen vestal, esto es, una sacerdotisa de la diosa romana Vesta, que, como su equivalente griego Hestia, era protectora del fuego y del hogar. El caso de las Vestales romanas es ciertamente fascinante y por ello me detendré un mínimo para ilustrarlo: se trata del único sacerdocio colegiado femenino de la antigua Roma y el único donde sus integrantes estaban obligadas a mantener la virginidad, so pena de muerte. Ser vestal constituía un gran honor, ya que recibían el respeto y boato de toda Roma. Su poder influyente era equiparable al del propio emperador: la Virgo Vestalis Maxima -la suprema sacerdotisa- podía salvar a un reo de muerte de su inminente destino simplemente señalándolo. Eran minuciosamente escogidas entre las niñas de siete años de las familias más nobles. Debían prestar servicio durante treinta años, tras lo cual abandonaban el culto y podían casarse, si así lo deseaban.


Su misión era mantener perpetuamente encendida una gran llama en el templo de la diosa, símbolo del poder inextinguible del Estado, excepto cuando se apagaba ritualmente con la llegada del nuevo año, el 1 de marzo. Si la vestal encargada de vigilar la llama en un momento determinado se descuidaba y ésta se apagaba, recibía un duro castigo físico, probablemente azotes. Si una vestal perdía la virginidad que estaba obligada a guardar durante el culto a la diosa, la condena era terrible: la sacerdotisa era enterrada viva en el Campus Sceleris, y su amante ejecutado en el Foro. Con todo, esta cruel sentencia se ejecutó muy pocas veces, una de ellas en tiempos de Domiciano… y, si tomamos el relato del martirio de Santa Daría como un suceso real, histórico, también en su caso.


La historia de esta mártir empieza con el que sería su esposo y compañero de martirio, un joven llamado Crisanto. Corrían los tiempos del emperador Numeriano (283-284), y él había nacido en Alejandría. Su padre, Polemio, varón muy apreciado por el césar, se trasladó a Roma con su hijo, donde se hizo senador. Crisanto era muy inclinado a la lectura y estudiante de filosofía, pero solía quejarse al no encontrar en los antiguos filósofos la calma espiritual que necesitaba. Llegaron a sus manos ciertos textos cristianos, y no entendiendo nada de aquello, pidió al presbítero Carpóforo que lo instruyera. Una vez lo comprendió, quiso hacerse cristiano, y se bautizó.


A partir de ese momento, no asistió a los juegos públicos ni a las ceremonias religiosas de Roma, frecuentando tan sólo las asambleas cristianas, y dio lugar a que la gente murmurara de él. Polemio quiso aclarar este punto y habló con su hijo, que, al confesarle que era cristiano, lo disgustó tanto que lo hizo encerrar en sus aposentos y le negó el alimento, esperando que el hambre lo hiciera cambiar de parecer. Como el orgullo del joven pudo más que su sufrimiento, hizo entrar en su habitación a numerosas prostitutas, todas tan bellas y tan adornadas, que Polemio no dudó que sus provocativos bailes acabarían seduciendo a su hijo. Pero Crisanto, que vio en seguida la estratagema de su padre, ignoró a las mujeres.


Entonces Polemio, viendo que el vicio no podía seducir a su hijo, pensó que sí lo haría la virtud; por ello acudió al templo de Vesta y solicitó ver a todas las vestales, y escogió a la que le pareció más hermosa, una mujer muy bella y muy culta llamada Daría. La vistió con bellas ropas y la convenció para que influyera en su hijo para que volviese al culto de los dioses romanos. Daría entró, pues, en el aposento donde languidecía Crisanto. Éste, al verla, se enamoró de ella, pero tratando de esquivar la nueva estratagema de su padre, le reprochó que, siendo una virgen, se hubiese acicalado de esa manera. Ella se ruborizó y dijo que había sido idea de su padre y que venía a convencerle para que renunciase al cristianismo.


Se sostuvo un debate dialéctico entre ambos, Crisanto exponiendo las perversiones y vicios de los dioses romanos, Daría rebatiéndolo conque los dioses representaban a las fuerzas de la naturaleza y poniéndose de ejemplo a sí misma, servidora del fuego de Vesta. Finalmente, Crisanto le reveló que existía un solo Dios que dominaba a todas esas fuerzas naturales y era Creador de las mismas, por lo que Daría, interesada, se sentó a los pies del joven y estuvo escuchando sus pláticas, y la instruyó en la doctrina del cristianismo. Al cabo de un rato, la joven le confesó que deseaba hacerse cristiana. Y a su vez, él la pidió en matrimonio.


Polemio quedó muy satisfecho y aprobó plenamente la boda de Crisanto y Daría, creyendo que la sacerdotisa había logrado convencerlo. Crisanto, por su parte, hizo bautizar a su esposa, y a partir de entonces, aprovechando la libertad y buena reputación de que gozaban, los dos esposos se dedicaron a atender las necesidades corporales y espirituales de los cristianos de Roma, siempre a escondidas de Polemio. Cuando el senador falleció, la casa de la pareja pasó a ser una residencia de acogida para cristianos sin hogar; convirtiendo también a muchos paganos a la fe cristiana.


Mas pronto fueron denunciados ante el prefecto Celerino, quien puso su caso en manos de un tribuno llamado Claudio. Éste mandó llamarlos y llevó a Crisanto ante una estatua de Júpiter para que sacrificase ante ella, pero Crisanto se burló de la imagen y le escupió. Claudio mandó entonces que lo desnudaran en la misma puerta del templo y, ante la mirada de Daría, lo azotaron tan inhumanamente, que se le descubrían las entrañas. Luego lo encerraron en una apestosa letrina dentro de la cárcel, y allí lo dejaron. Daría estuvo en vela toda la noche, dándole las manos a través de los barrotes de la celda. Al día siguiente lo azotaron de nuevo, esta vez con varas de hierro, y a punto estuvieron de acabar con él. Claudio, conmovido por su valor y por la templanza de Daría, que resistía el suplicio de su marido con la frente alta, mandó liberarlos. El mismo tribuno se convirtió al cristianismo y con él, su esposa Hilaria y sus dos hijos, Jasón y Mauro; así como muchos amigos y parientes y los setenta soldados encargados de vigilar a Crisanto.


Semejante conversión masiva causó tal escándalo que el emperador Numeriano, furioso, intervino y mandó arrojar a Claudio al Tíber con una piedra en el cuello, y decapitar a sus dos hijos, Jasón y Mauro, junto con los setenta soldados, en la vía Salaria. Su esposa Hilaria fue asesinada mientras oraba en las tumbas de sus hijos; aunque hay versiones que dicen que su muerte fue por causas naturales. Crisanto y Daría fueron detenidos de nuevo. Él regresó a la cárcel, y ella fue enviada desnuda a un burdel para que la violaran. Se dice que entonces pasó por la calle del burdel un león que se había escapado de las jaulas cuando era llevado al anfiteatro, y viendo la puerta abierta, entró en el lupanar, provocando el pánico entre prostitutas y clientes. Milagrosamente, fue el león a echarse cerca del cuarto donde Daría había sido destinada. Nadie se atrevió a acercarse. Después de mucho cavilar, decidieron desalojar el burdel y prenderle fuego, para acabar con el león. Cuando las llamas hicieron presa del prostíbulo, el felino, inquieto, se levantó y salió rápidamente, azuzado por el humo. Tras él salió Daría, ilesa. Todos, admirados, decidieron que este sorprendente suceso era un prodigio. Los cristianos creyeron que era un milagro de Dios, y los paganos decidieron que la sacerdotisa había hechizado al león para que la sacara de allí.


De nuevo Crisanto sufrió el suplicio. Le quemaron los costados con hachas encendidas, y finalmente el césar dictó sentencia de muerte para los esposos. Fueron llevados al Campus Sceleris, “campo del sacrificio”, en latín, y allí los enterraron vivos, metiéndolos dentro de una cámara subterránea y abovedada, que en un principio iba destinada a las vestales que habían incumplido su voto de virginidad. Allí, en la oscuridad, la pareja sucumbió al hambre y a la asfixia. Ésta sería la versión más histórica de acuerdo a cómo se castigaba a las Vestales, aunque la passio afirma que fueron tirados dentro de una fosa en la vía Salaria, sin más, y cubiertos con una capa de tierra y piedras.


En honor a tan horrenda muerte, sus discípulos se reunían en una caverna cercana al arenal para orar. Al saberlo unos paganos, obstruyeron la entrada y allí los dejaron morir de hambre, como les había sucedido a Crisanto y Daría. Entre ellos se citan en el Martirologio a Diodoro, presbítero, y Mariano, diácono.


Culto y conmemoración


Los santos mártires romanos Crisanto y Daría son conmemorados en días diversos en los antiguos martirologios, por lo que no se sabe a ciencia cierta cuál es su “dies natalis”, es decir, la fecha del martirio.


Esta variedad y multiplicidad de conmemoraciones, junto con el hecho de que los dos Santos están representados en los mosaicos de San Apolinar de Rávena, indican que su culto fue muy difundido en toda la Iglesia. Pero, sin embargo, todas las noticias en torno a ellos provienen de esta passio que acabo de resumir, de la cual, ya en el siglo VI, existían copias tanto en latín como en griego, como nos lo hace notar San Gregorio de Tours.


Sepulcro y reliquias


Por los testimonios de los itinerarios del siglo VII, sabemos que los dos mártires estaban sepultados en una pequeña iglesia del cementerio de Trasone en la vía Salaria Nuova. San Gregorio de Tours añade que en esta iglesia existía un epigrama del papa San Dámaso en honor de estos dos Santos. En realidad, los versos damasianos estaban dedicados a un grupo de mártires anónimos, mientras que el dedicado a estos dos Santos, lo conocemos gracias a unos manuscritos que fueron puestos en aquel lugar en el siglo VI, después de la devastación efectuada por los godos. Sin embargo, hay constancia de que en la fiesta de estos dos mártires acudían a sus sepulcros multitud de fieles y que el papa Pelagio II, en el año 590, dio algunas reliquias a un diácono de las Galias.


También la historia de las reliquias de estos dos Santos es un tanto contradictoria. La tradición nos habla de tres traslaciones ya efectuadas en la Antigüedad: una por obra del papa Pablo I (757-767), que desde la vía Salaria las trasladó a la iglesia romana de San Silvestre. Otra dice que Pascual I (817-824) las habría trasladado desde la vía Salaria a la iglesia romana de Santa Práxedes; y finalmente, hay otra que dice que Esteban V (885-891) las habría llevado a la basílica lateranense. Desde esta última iglesia, después del año 884, habrían sido llevadas al monasterio de Münstereiffel (Alemania) y en 947, transferidas a Reggio Emilia, ciudad que tiene a estos dos Santos como patronos. Este último traslado habría sido obra del obispo Abelardo, que las habría obtenido de Berengario, al cual le fueron concedidas por el papa Juan X en el año 915. Existe otra tradición local en Oria (Brindisi), que dice que el papa Esteban V se las había regalado al obispo Teodosio de aquella ciudad, en el año 886. Otras ciudades como Salzburgo, Viena y Nápoles dicen tener también reliquias de estos Santos.


Iconografía


En la iconografía, Crisanto suele aparecer como un joven romano, a veces imberbe, otras barbado, y a veces representado como soldado, aunque no lo era. Daría aparece representada como una doncella junto al león que la protegió de los violadores en el prostíbulo. Más a menudo, los esposos aparecen siendo enterrados vivos juntos o como alegoría de matrimonio casto.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Jueves de la IV Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 28,14-22: Así dice el Señor: «Escuchad, pues, la palabra del Señor, cínicos jefes de este pueblo, que estáis en Jerusalén, que decís: “Hemos hecho un pacto con la muerte, una alianza con el Abismo. Cuando pase el azote desbordante no nos alcanzará, porque de la mentira hicimos nuestro refugio y nos refugiamos en la falsedad”». Por eso así dice el Señor, Dios: «He puesto en Sion como fundamento una piedra, una piedra probada, una piedra angular preciosa, un fundamento sólido. Quien se apoya en ella no vacila. Puse el derecho como plomada, la justicia como nivel. Pero el granizo arrasará el refugio de mentiras, las aguas inundarán vuestro escondrijo. Será anulado vuestro pacto con la muerte, vuestra alianza con el Abismo no resistirá. Cuando pase el azote desbordante, quedaréis convertidos en tierra de nadie. Cada vez que pase, tomará posesión de vosotros, día tras día, de día o de noche. Será un horror aprender la lección. La cama será corta para estirarse en ella, la manta estrecha para arroparse. El Señor se pone en pie como en el monte Perazín, se agita como en el valle de Gabaón para ejecutar su obra, obra extraña, y cumplir su tarea, insólita tarea. Por eso, no os burléis, no sea que se aprieten vuestras ataduras. Porque lo sé: la destrucción de todo el país ha sido decretada por el Señor, Dios del universo».


En Vísperas


Gén 10,32-11,9: Estas son las familias de los hijos de Noé, por genealogías y naciones. De ellas se ramificaron las naciones de la tierra después del diluvio. Toda la tierra hablaba una misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar los hombres desde oriente, encontraron una llanura en la tierra de Senaar y se establecieron allí. Se dijeron unos a otros: «Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos al fuego». Y emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de argamasa. Después dijeron: «Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance el cielo, para hacernos un nombre, no sea que nos dispersemos por la superficie de la tierra». El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres. Y el Señor dijo: «Puesto que son un solo pueblo con una sola lengua y esto no es más que el comienzo de su actividad, ahora nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno entienda la lengua del prójimo». El Señor los dispersó de allí por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó el Señor por la superficie de la tierra.


Prov 13,19-14,6: Deseo satisfecho endulza la vida, apartarse del mal desagrada a los necios. Trata con sabios y sabio te harás, frecuenta a los necios y acabarás mal. La desgracia persigue al pecador, el bien acompaña a los honrados. La herencia del bueno llega hasta los hijos de sus hijos, la fortuna del impío va a parar al honrado. En el barbecho de los pobres abunda el pan, pero los hay que perecen por falta de justicia. Quien no usa la vara odia a su hijo, quien lo ama lo corrige a tiempo. El honrado come y queda satisfecho, el vientre del malvado padece escasez. Mujer sabia edifica su casa, la necia la destruye con sus manos. Quien anda con rectitud teme al Señor, quien va por mal camino lo desprecia. La boca del necio le acarrea latigazos, los labios del prudente son su defensa. Donde faltan bueyes falta el trigo, toros robustos multiplican la cosecha. Testigo fiel nunca miente, testigo falso difunde mentiras. El arrogante fracasa al buscar sabiduría, es fácil el saber para el hombre inteligente.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

18/03 - Cirilo, Patriarca de Jerusalén


Si no nació en Jerusalén (c. 315), Cirilo fue llevado allí, y sus padres, que eran probablemente cristianos, le dieron una excelente educación. Adquirió un vasto conocimiento de las Sagradas Escrituras, que citaba frecuentemente en sus instrucciones, entrelazando unos pasajes bíblicos con otros.


Parece que fue ordenado sacerdote por el obispo de Jerusalén san Máximo, quien apreciaba tanto sus dotes, que le confió la difícil tarea de instruir a los catecúmenos. Sostuvo su cátedra de catequesis durante varios años; en la Basílica de la Santa Cruz de Constanza, vulgarmente llamada Martyrion, para los illuminandi, o candidatos al bautismo, y en la Anástasis o iglesia de la Resurrección, para los que se bautizaban durante la semana de Pascua. Estas conferencias se daban sin libro y los diecinueve discursos catequísticos que han llegado hasta nosotros, son quizá los únicos que fueron escritos. Son de gran valor, pues contienen una exposición de las enseñanzas y ritos de la Iglesia de mediados del siglo IV y forman el primitivo sistema teológico. Encontramos también en ellos interesantes alusiones al descubrimiento de la cruz, a la descripción de la roca que cerraba el santo Sepulcro y al cansancio de los oyentes que habían practicado largos ayunos.


No sabemos por qué circunstancias Cirilo sucedió a Máximo en la sede de Jerusalén. Tenemos dos versiones de sus oponentes, pero no coinciden entre sí. San Jerónimo, que nos dejó una de ellas, parece tener prejuicios en contra de él. Sabemos de cierto que san Cirilo fue consagrado legalmente por los obispos de su provincia y si el arriano Acacio, que era uno de ellos, esperaba poderlo manejar fácilmente, se equivocó por completo. 


El primer año de su episcopado acaeció un fenómeno físico que hizo una gran impresión sobre la ciudad. De este fenómeno envió noticias al emperador Constantino en una carta que aún se conserva. Se ha puesto en duda su autenticidad, pero el estilo indudablemente es suyo y aunque interpolada, ha resistido la crítica adversa. La carta dice: «En las nonas de mayo, hacia la hora tercera, apareció en los cielos una gran cruz iluminada, encima del Gólgota, que llegaba hasta la sagrada montaña de los Olivos: fue vista no por una o dos personas, sino evidente y claramente por toda la ciudad. Esto no fue, como podría creerse, una fantasía ni apariencia momentánea, pues permaneció por varias horas visible a nuestros ojos y más brillante que el sol. La ciudad entera se llenó de temor y regocijo a la vez, ante tal portento y corrieron inmediatamente a la iglesia alabando a Cristo Jesús único Hijo de Dios».


No mucho después de que Cirilo tomara posesión, empezaron a surgir discusiones entre él y Acacio, principalmente sobre la procedencia y jurisdicción de sus respectivas sedes, pero también sobre asuntos de fe, pues Acacio para entonces estaba imbuido en la herejía arriana. Cirilo mantuvo la prioridad de su sede, como si poseyera un «trono apostólico»; mientras que Acacio, como metropolitano de Cesarea, exigía la jurisdicción sobre ella, recordando un canon del Concilio de Nicea que dice: «Ya que por la costumbre o antigua tradición, el obispo de Aelia (Jerusalén) debe recibir honores, dejemos al metropolitano (de Cesarea) en su propia dignidad mantener el segundo lugar». El desacuerdo llegó a una contienda abierta y finalmente Acacio convocó un Concilio de obispos partidarios suyos, al que Cirilo fue citado, pero rehusó a presentarse. Se le acusó de contumacia y de haber vendido propiedades de la Iglesia, durante el hambre, para auxiliar a los necesitados. Esto último sí lo había hecho, como también lo hicieron san Ambrosio y san Agustín y muchos otros grandes prelados que fueron ampliamente comprendidos. De todos modos, el fraudulento concilio lo condenó y fue desterrado de Jerusalén. Salió para Tarso, donde fue hospitalariamente recibido por Silvano, un obispo semi-arriano, y donde permaneció en espera de la apelación que había hecho a un tribunal superior. Dos años después de su deposición, llegó su apelación ante el Concilio de Seleucia, que estaba integrado por semi-arrianos, arrianos y muy pocos miembros del partido ortodoxo, todos ellos de Egipto, Cirilo tomó asiento entre los semi-arrianos que lo habían ayudado durante su exilio. Acacio objetó violentamente su presencia y abandonó la reunión, aunque regresó pronto a tomar parte en los debates subsecuentes. Su partido tenía minoría, así que fue depuesto, mientras Cirilo fue reivindicado.


Acacio se fue a Constantinopla y persuadió al emperador Constantino a que reuniera otro concilio. Agregó nuevas acusaciones a las antiguas y lo que verdaderamente encolerizó al emperador, fue saber que las vestiduras que él mismo había regalado a Macario para administrar el bautizo, habían sido vendidas y luego vistas en una representación teatral. Acacio triunfó y obtuvo un segundo decreto de exilio en contra de Cirilo, un año después de haber sido repuesto a su sede.


A la muerte de Constantino en 361, su sucesor Juliano llamó a todos los obispos a quienes Constantino había desterrado y Cirilo, junto con los demás, regresó a su sede. En comparación con otros reinados, hubo pocos martirios durante la gestión de Juliano el Apóstata, quien cayó en la cuenta de que la sangre de los mártires era la simiente de la iglesia, y procuró con otros medios más refinados desacreditar la religión que él mismo había abandonado. Uno de los planes que tramó, fue la reconstrucción del templo de Jerusalén, con el fin de mostrar la falsedad de la profecía de su ruina permanente. Los historiadores de la Iglesia, Sócrates y Teodoreto, así como otros, se extienden hablando de este intento de Juliano por reconstruir el templo y apelar a los sentimientos nacionales de los judíos. Abundaron los sucesos sobrenaturales, sismos, esferas de fuego, desplome de paredes, etc... que le hicieron abandonar el proyecto, y estos prodigios están confirmados no sólo por escritores cristianos, como san Juan Crisóstomo y san Ambrosio, sino también, por extraño que pueda parecer, por el testimonio irrecusable de Ammianus Marcellinus, el soldado filósofo, que era pagano. San Cirilo contemplaba calmadamente los grandes preparativos para la reconstrucción del templo, profetizando que sería un fracaso.


En 367, San Cirilo fue desterrado por tercera vez. Valente decretó la expulsión de todos los prelados llamados por Juliano, pero cuando subió al trono Teodoro, fue vuelto a instalar en su sede, donde permaneció los últimos años de su vida. Le afligió mucho encontrar Jerusalén deshecha por cismas y contiendas, infestada de herejía y manchada por espantosos crímenes. Apeló al Concilio de Antioquía, y le fue enviado san Gregorio de Nisa, quien no se consideró capaz de poner remedio y pronto abandonó Jerusalén, dejando a la posteridad sus «Advertencias en contra de las Peregrinaciones», una colorida y vivida descripción de la moral de la santa ciudad en aquel tiempo.


En 381, san Cirilo y san Gregorio estuvieron presentes en el gran Concilio de Constantinopla (segundo Concilio Ecuménico). En esta ocasión, el obispo de Jerusalén tomó lugar como metropolitano con los patriarcas de Alejandría y Antioquía. Este Concilio promulgó el Símbolo de Nicea, en su forma corregida. Cirilo, que la suscribió junto con los demás, aceptó el término «Homousios», que había llegado a ser considerado como la palabra clave de la ortodoxia. Sócrates y Sozomeno interpretan esta actitud como un acto de arrepentimiento. Por otro lado, en la carta escrita por los obispos al papa de Roma San Dámaso, se ensalza a Cirilo como uno de los defensores de la verdad ortodoxa en contra de los arrianos. La Iglesia Católica, al nombrarlo entre sus doctores (1882), confirma la teoría de que siempre fue uno de esos que Atanasio llama: «hermanos que quieren decir lo mismo que nosotros, pero que difieren en el modo de decirlo».


Esto dice Cirilo sobre la Iglesia:


La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las virtudes de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosa visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos o a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualesquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales”.


Se cree que murió en el 386, a la edad de setenta años, habiendo sido obispo durante treinta y cinco, de los cuales pasó dieciséis en el exilio. Los únicos escritos de San Cirilo que han llegado hasta nosotros son las conferencias catequéticas, un sermón de la piscina de Betseda, la carta al emperador Constantino y otros pequeños fragmentos.


Lo que sabemos de la vida y obras de San Cirilo proviene en su mayoría de los escritos de los historiadores de la Iglesia y de sus contemporáneos. El Acta Sanctorum y especialmente Dom Touttee, en su prefacio a la edición benedictina de este santo padre, han resumido las referencias de mayor importancia. Ver también los artículos sobre San Cirilo en Patrology de Bardenhewer, el DCB y el DTC. Tiene también mucho valor el prefacio de J. H. Newman a la traducción de los Discursos Catequéticos; ver también el texto de la traducción publicada por el Dr. F. L. Cross en 1952. Un excelente boceto de San Cirilo se encuentra en Greek Fathers (1908) pp. 150-168, de A. Fortescue.


Una buena introducción, en español, a sus escritos y su teología, se encuentra en la Patrología de Quasten, BAC, tomo II. En la versión reducida se lo hallará a partir de la pág. 190. En Mercabá hay una buena edición electrónica de las Catequesis completas, en castellano, que incluye las notas de la edición original (cuya referencia, lamentablemente, no da).



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia