29/07 - Teodota la Mártir y sus Hijos


Santa Teodota, de la que el Martirologio Romano hace mención en este día, era una noble dama de Nicea. Según las «actas» de la santa, el prefecto Leucacio intentó casarse con ella, pero al rehusar Teodota, la denunció, lo mismo que a sus tres hijos, ante Nicecio, procónsul de Bitinia. La persecución de Diocleciano estaba entonces en todo su furor. 


Nicecio preguntó a Teodota si ella había enseñado a sus hijos la falsa religión que practicaban. Teodota replicó que no era una religión falsa ni nueva. Nicecio exclamó: «¿Acaso quieres decir que tus antepasados conocían ya tales doctrinas?» Evodio, el hijo mayor de Teodota, intervino entonces, diciendo: «Nuestros antepasados estaban equivocados, pero no porque Dios no hubiese revelado la Verdad, sino porque se cegaban voluntariamente y se precipitaban en el error. Pero nosotros estamos decididos a seguir a nuestra madre». Nicecio replicó: «Vuestra madre va a ofrecer sacrificios a los dioses, lo quiera o no». En seguida, dirigiéndose a Teodota, le echó en cara la valiente respuesta de su hijo y la exhortó a sacrificar a los dioses para salvar la vida de sus hijos.


Como no lograse persuadirla, Nicecio condenó finalmente a los cuatro mártires a morir por el fuego.



Fuente: eltestigofiel.org

29/07 - El Santo Mártir Calínico


El Santo Mártir Calínico era oriundo de Cilicia y desde su infancia fue criado en la Fe Cristiana.


Calínico se sentía muy preocupado por las personas mal guiadas y confundidas por la reverencia y adoración a los ídolos, y temía que perecieran para siempre por adorar a los ídolos paganos, por lo que viajó por muchas ciudades y aldeas proclamando a Jesucristo, y gracias a sus enseñanzas y a la palabra de Dios el Santo logró convertir a muchos de los paganos al Cristianismo.


En la ciudad de Ancira, en Galacia, el Santo confesor fue arrestado y llevado a juicio bajo el gobernador Sacerdón quien era un feroz perseguidor de los Cristianos. El gobernador amenazó al Santo con torturas y la muerte y le exigió que ofreciera sacrificios a los ídolos, pero el Santo sin ningún temor le declaroó que no le temía al martirio, ya que todos los creyentes en Cristo reciben de Él la fuerza en las pruebas y por Él se hereda la vida eterna cuando llega la muerte.


Golpearon cruelmente al Santo con correas de bueyes y le desgarraron la piel con ganchos de hierro, pero él lo soportó todo con paciencia y con calma, lo cual causó más ira aún en Sacerdón, que entonces ordenó que le pusieran unas sandalias en los pies con clavos bien afilados y lo llevaran a latigazos hasta la ciudad de Gangra, donde será incinerado.


La trayectoria del Santo fue dolorosa, y los soldados que lo acompañaban se sentían débiles por la sed; desesperados, le imploraron al Santo que le rezara a su Señor para que les enviara agua. El Santo, sintiendo pena y compasión por sus torturadores, y con la ayuda de Dios, logró que un manantial de agua brotara de una piedra milagrosamente. Los asombrados soldados se llenaron de compasión por el que los había rescatado y hasta quisieron darle la libertad, pero por miedo a ser ejecutados continuaron la marcha con el mártir hasta Gangra, donde San Calínico con alegría le dio gracias al Señor, quien le concedió la corona del martirio, entrando en el ardiente fuego y entregando su alma a Dios. Su cuerpo se mantuvo ileso y fue sepultado con reverencia por creyentes.


LECTURAS


Rom 8,28-39: Hermanos, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó. Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.



Fuente: Misión Juan Clímaco / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Miércoles de la IX Semana de Mateo


1 Cor 13,4-13;14,1-5: Hermanos, el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará. Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios. En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor. Esforzaos por conseguir el amor y anhelad también los dones espirituales, y, sobre todo, el don de profecía. Pues el que habla en lenguas, no habla para hombres, sino para Dios, pues nadie lo entiende, ya que él habla en espíritu cosas misteriosas. Por su parte, el que profetiza habla para hombres, edificando, exhortando, consolando. El que habla en lenguas, se edifica a sí mismo, mas el que profetiza edifica a la Iglesia. Mi deseo es que todos vosotros habléis en lenguas, pero más todavía que profeticéis. Es mayor el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete y contribuya así a la edificación de la comunidad.


Mt 20,1-16: Dijo el Señor esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

28/07 - Prócoro, Nicanor, Timón y Parmenas los Apóstoles de los 70


En Hechos 6,1-6 tenemos un eco, si bien muy débil, de la complejidad de la comunidad primitiva. Nos enteramos, por ejemplo, de que había dos grupos, los «hebreos» y los «helenistas». No se sabe a ciencia cierta qué representaba cada uno de ellos. Tradicionalmente (a partir de san Juan Crisóstomo) se considera que «helenistas» son los judíos de habla griega; sin embargo, por ejemplo san Pablo -que era un judío de habla griega- se llama a sí mismo «hebreo, hijo de hebreos». Es poco probable que se trate de miembros de la comunidad venidos del paganismo, ya que en los primeros años de la Iglesia, esta funcionaba como una rama dentro del judaísmo, y sus miembros eran judíos; en la actualidad tiende a pensarse que los helenistas eran judíos que no hablaban hebreo, o que no compartían el modo tradicional de los «hebreos» de entender el judaísmo. Como sea, lo cierto es que la comunidad no era tan monolítica como el mismo relato de Hechos parece transmitir: había, como en toda comunidad, distintas maneras de ver las cosas, y de actuar en consecuencia.


Para solventar estas «distintas sensibilidades», los Doce -presionados, según el propio relato aclara- deciden instituir una función específica dirigida a «los helenistas». Es verdad que en principio parece que se van a dedicar a funciones prácticas (servir a las mesas, atender a las viudas), distintas de las que cumplen los Doce («la oración y el ministerio de la Palabra»); sin embargo, lo poco que conocemos de la actuación de estos nuevos ministros nos indica que ellos también se dedicaron al servicio de la Palabra. La verdad es que solo lo sabemos por Esteban y Felipe, porque de los otros cinco, cuatro de los cuales son los que celebramos hoy, apenas si se ha conservado el nombre.


Esteban resultó el primer mártir de la Iglesia, el primer testigo de Cristo muerto por la fe, y tiene su celebración especial. Felipe también destacó por su predicación (ver Hechos 8), y hay tradiciones asociadas a su persona, aunque a veces se confundan, popularmente, con las del apóstol del mismo nombre. De estos dos podemos deducir que el ministerio diaconal no resultó ser solo para servicios «prácticos», y ni siquiera se limitó a los «helenistas», sino que abarcó un amplio campo de predicación.


Lamentablemente, de los otros cinco, de Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás (a los cuatro primeros los conmemoramos hoy), los Hechos no nos cuentan nada, y solo podemos basarnos en las tradiciones posteriores:


-San Prócoro se convirtió en Obispo de Nicomedia y reposó en paz.


-San Nicanor fue apedreado hasta la muerte en Jerusalén.


-San Timón se convirtió en Obispo de Bosra en Arabia y acabó su vida como mártir quemado a manos de los paganos.


-San Parmenas murió en paz en Jerusalén.


De dónde salen estas tradiciones sobre los respectivos martirios es imposible saberlo hoy, ya que no hay fuentes históricas que los avalen; pero debe tenerse en cuenta que en la antigüedad eclesiástica había cierto consenso de suponer que, si fueron personajes prominentes de la primitiva comunidad debieron morir mártires. La inscripción en la fecha actual proviene de los sinaxarios bizantinos, y es muy antigua.


LECTURAS


Hch 6,1-7: En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron: «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra». La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org

Adaptación propia

Martes de la IX Semana de Mateo


1 Cor 12,12-26: Hermanos, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues el cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Y si el oído dijera: «Puesto que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?; si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «No os necesito». Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios. Y los miembros del cuerpo que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan. Pues bien, Dios organizó el cuerpo dando mayor honor a lo que carece de él, para que así no haya división en el cuerpo, sino que más bien todos los miembros se preocupen por igual unos de otros. Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él.


Mt 18,18-22;19,1-2;13-25: Dijo el Señor a sus discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán. Lo seguía una gran multitud y él los curaba allí. Entonces le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban. Jesús dijo: «Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos». Les impuso las manos y se marchó de allí.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española