05/07 - El Justo Padre Lampado el Taumaturgo


Desde muy joven, este santo se entregó a la vida ascética, y a través de la sobriedad y la oración meticulosa expulsó de su alma la mente carnal. Así brilló como el sol radiante e iluminó a aquellos que estaban oscurecidos por sus pasiones y las artimañas de los demonios. Y no solo hizo milagros extraordinarios en esta vida presente, sino que después de partir al Señor, sigue brotando una cantidad cada vez mayor de milagros y curaciones para aquellos que se apresuran a él con fe. Estas palabras se pueden confirmar en su cueva, donde se pueden encontrar sus honorables reliquias.


No se sabe mucho más sobre San Lampado además de lo que aquí consignado, aunque en fuentes eslavas se ha conservado que vivió y fue sepultado en Irenópolis de Isauria alrededor del siglo X.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

05/07 - Atanasio del Monte Ato


El Monte Ato, o sea el pico oriental del triple promontorio con que la península Calcídica penetra en el Mar Egeo, ha sido durante mil años el principal centro del monaquismo bizantino. Quien organizó el conjunto de monasterios en el Monte Ato fue San Atanasio.


Atanasio nació en Trebisonda hacia el año 920. Era hijo de un antioqueno y recibió en el bautismo el nombre de Abrahán. Hizo sus estudios en Constantinopla, donde llegó a ser profesor. Cuando ejercía en dicha ciudad el oficio de maestro, conoció a San Miguel Malino y a su sobrino Nicéforo Focas. Este último había de convertirse en su protector, al ocupar el trono imperial.


Abrahán tomó el hábito en el monasterio que San Miguel gobernaba en Cimina de Bitinia y recibió el nombre de Atanasio. Ahí vivió hasta el año 958, más o menos. El monasterio de Cimina era una "laura", es decir, una serie de celdas aisladas construidas alrededor de una iglesia. Cuando murió San Miguel Malino, Atanasio previó que iban a elegirle abad y huyó al Monte Ato. Ahí le reservaba Dios una responsabilidad todavía más pesada que el cargo de abad que había rehuido.


Con las ropas de un rudo campesino y con el nombre de Doroteo, San Atanasio se retiró a una celda en los alrededores de Caries. Pero su amigo Nicéforo Focas no tardó en descubrirle. El emperador Nicéforo, que estaba a punto de emprender una expedición contra los sarracenos, pidió a Atanasio que le acompañase a Creta a organizarla y que le apoyase en la empresa con su bendición y oraciones (como es bien sabido, los contemplativos son con frecuencia grandes hombres de acción). Atanasio, venciendo su repugnancia a volver al mundo, acompañó a su amigo. Después de la victoria de la expedición, Atanasio pidió permiso al emperador para retirarse de nuevo al Monte Ato. Nicéforo Focas se lo concedió, pero no sin haberle regalado una importante suma para que fundase un monasterio. El santo construyó el primer monasterio propiamente dicho en el Monte Ato a comienzos del año 961, y la iglesia dos años más tarde. San Atanasio dedicó el monasterio a la Santísima Madre de Dios, pero actualmente se le conoce con el nombre de "San Atanasio", o simplemente de "Laura", es decir, el Monasterio.


Temiendo que el emperador le llamase a la corte, San Atanasio se refugió en Chipre para huir de los honores y cargos. Pero Focas, que descubrió nuevamente su escondite, le dijo que volviese a gobernar en paz su monasterio y le dio más dinero para que construyese el puerto de Ato. Adoptando para su monasterio el sistema de las "lauras", San Atanasio, que no estaba de acuerdo con las ideas monásticas de San Basilio y San Teodoro el Estudita, volvió en cierto sentido a la tradición monástica de Egipto. Los monjes de San Atanasio debían alejarse del mundo lo más posible. Aun actualmente, los monjes del Monte Ato, por regla general, "rompen todo lazo con el mundo". San Atanasio tuvo muchas dificultades con los solitarios que ocupaban desde antiguo el Monte Ato y consideraban, no sin cierta razón, que la precedencia les daba ciertos derechos de ocupación; dichos solitarios veían con malos ojos la construcción de monasterios, iglesias y puertos y se oponían a las reglas que San Atanasio quería imponerles.


El santo estuvo a punto de ser asesinado en dos ocasiones. Sabiendo e la violencia es capaz de corromper la mejor de las causas, el emperador Juan Cimisces intervino, confirmó las donaciones que había hecho Nicéforo Focas, prohibió la oposición a San Atanasio y reconoció su autoridad sobre todo el territorio y los habitantes del Monte Ato. De esa forma, el santo quedó constituido en superior general de cincuenta y ocho comunidades de ermitaños y monjes, además de los monasterios de los Iberos, Batopedio y Esfigmeno, que él mismo fundó y que se conservan todavía.


San Atanasio murió hacia el año 1000 a consecuencia del derrumbamiento de la bóveda de la iglesia en la que se hallaba trabajando con otros cinco monjes.


El nombre de "Atanasio el lauriota" o "Atanasio de Trebisonda" se menciona en la preparación de la liturgia bizantina.


LECTURAS


En Vísperas


Sab 3,1-9: La vida de los justos está en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará. Los insensatos pensaban que habían muerto, y consideraban su tránsito como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina, pero ellos están en paz. Aunque la gente pensaba que cumplían una pena, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes bienes, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él. Los probó como oro en el crisol y los aceptó como sacrificio de holocausto. En el día del juicio resplandecerán y se propagarán como chispas en un rastrojo. Gobernarán naciones, someterán pueblos y el Señor reinará sobre ellos eternamente. Los que confían en él comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque la gracia y la misericordia son para sus devotos y la protección para sus elegidos.


Sab 5,15-6,3: Los justos viven eternamente, encuentran su recompensa en el Señor y el Altísimo cuida de ellos. Por eso recibirán de manos del Señor la magnífica corona real y la hermosa diadema, pues con su diestra los protegerá y con su brazo los escudará. Tomará la armadura de su celo y armará a la creación para vengarse de sus enemigos. Vestirá la coraza de la justicia, se pondrá como yelmo un juicio sincero; tomará por escudo su santidad invencible, afilará como espada su ira inexorable y el universo peleará a su lado contra los necios. Certeras parten ráfagas de rayos; desde las nubes como arco bien tenso, vuelan hacia el blanco. Una catapulta lanzará un furioso pedrisco; las aguas del mar se embravecerán contra ellos, los ríos los anegarán sin piedad. Se levantará contra ellos un viento impetuoso que los aventará como huracán. Así la iniquidad asolará toda la tierra y la maldad derrocará los tronos de los poderosos. Escuchad, reyes, y entended; aprended, gobernantes de los confines de la tierra. Prestad atención, los que domináis multitudes y os sentís orgullosos de tener muchos súbditos: el poder os viene del Señor y la soberanía del Altísimo.


Sab 4,7-15: El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso. Una vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de años, pues las canas del hombre son la prudencia y la edad avanzada, una vida intachable. Agradó a Dios y Dios lo amó, vivía entre pecadores y Dios se lo llevó. Lo arrebató para que la maldad no pervirtiera su inteligencia, ni la perfidia sedujera su alma. Pues la fascinación del mal oscurece el bien y el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia. Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años. Como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarlo de la maldad. La gente lo ve y no lo comprende, ni les cabe esto en la cabeza: la gracia y la misericordia son para sus elegidos y la protección para sus devotos.


En la Liturgia


Gál 5,22-26;6,1-2: Hermanos, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.


Mt 11,27-30: Dijo el Señor a su discípulos: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».



Fuente: catholic.net / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia

V Domingo de Mateo


Cristo se acerca a la región de los gadarenos y salen a su encuentro dos endemoniados, revelando así la verdadera identidad de Cristo. Otra versión de la revelación. Ahora son los mismos demonios los que dan a conocer quién es Cristo. Mientras que los hombres dudan en el mejor de los casos y en otros ignoran la identidad del Cristo-Mesías. Esta «confesión» demoníaca de ninguna manera previene su negación: los demonios conocen a Cristo pero niegan su amor y su voluntad de unirse con Él.


Pero ¿el demonio es un ser verdadero o un mero símbolo de la maldad?


El Evangelio de hoy responde a esta pregunta que a menudo nos planteamos, y nos advierte que el demonio sí existe y que su presencia es tan destructora y dañina que provocó que miles de cerdos se arrojaran en el mar ¡Odiosa reacción que desea destruir lo más que pueda!


También la experiencia de la Iglesia, con sus Santos, en todo tiempo, nos ha dejado descrita la inquietud de los demonios y su furia ante cualquier hombre de Dios que mira hacia la santidad y la salvación. Así que los Sinaxarios (la vida de los santos) nos hablan de los intentos del demonio, que se presenta aun físicamente, para desviar a los justos del camino de Dios. El demonio sabe que es y será condenado, y quiere destruir todo lo que aún está al alcance de su mano.


Y la siguiente pregunta es: ¿Por qué nosotros no comprendemos la existencia del diablo –y gracias a Dios que no nos permite tentaciones más grandes a nuestra niñez espiritual– como los Santos la han descubierto? La respuesta la podemos extraer de ejemplos de nuestra vida: en una guerra, el comandante no pone las trampas a los enemigos que ya son prisioneros en su territorio, sino a los que andan afuera de su autoridad. En otras palabras, si ya estamos en su territorio, en su falso reino, ¿para qué perder esfuerzos? Pues aunque llevamos el nombre del Rey verdadero (cristianos), y aunque el día del bautizo contestamos la pregunta del Sacerdote: «¿Renuncias a Satanás, a todo su culto y a todas sus vanidades?» con la triple afirmación «Sí, renuncio a Satanás», sin embargo, seguimos siendo sumisos del reino ajeno a nuestra entidad.


El Profeta Elías reclamaba severamente a su pueblo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si el Señor es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste» (1Re 18: 21). Porque ellos, los israelitas que habían tenido la experiencia de convivir con Dios –Quien los sacó de Egipto, los rodeó de bienes y los defendió–, andaban prosternándose ante dioses ajenos que no tenían ni fuerza ni vida. La reprensión del profeta Elías corresponde de la misma manera a nuestra actitud. Nos diría: Si Cristo para ustedes, Cristianos, es el Dios verdadero, vivan en su Reino. ¿Cómo llevan su bandera y andan en el reino de otro?


Queridos: en la oración más hermosa, que el Señor mismo nos ha enseñado, pedimos que «venga tu Reino». Esta súplica no concierne a una esperanza futura: esperamos que después de la muerte haya un reino que sea de Dios. «Venga tu Reino» es presente, es un desafío ante cada cristiano para construir el Reino de Dios en su vida propia, no en fantasías ajenas a la realidad sino en acciones e iniciativas concretas.


Estos son los elementos del mundo perecedero: egoísmo, interés, descanso, placeres y muerte; mientras los pilares evangélicos del verdadero Reino, cuyo nombre llevamos, son: cruz, amor, lucha, virtudes, lágrimas de arrepentimiento y vida.



Discernamos bien y examinemos en cual de los dos reinos estamos, pues, como nos advierte nuestro Señor: «Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.»


S.E. Ignacio (Samaán)


LECTURAS


Rom 10,1-10: Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios en favor suyo es que se salven. Pues puedo testificar en su favor que tienen celo de Dios, aunque no según un conocimiento adecuado. En efecto, desconociendo la justicia de Dios y buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de Dios; pues el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree. Porque acerca de la justicia que viene de la ley, escribe Moisés que la persona que hace estas cosas vivirá por ellas; en cambio, la justicia que procede de la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?, es decir, para hacer bajar a Cristo. O ¿quién bajará al abismo?, es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Pero ¿qué es lo que dice? La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que anunciamos. Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación.


Mt 8,28-34;9,1: En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos. Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?». A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara». Jesús les dijo: «Id». Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país. Subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad.



Fuente: ortodoxia.com.ar / iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

04/07 - Marta, Madre de San Simeón el Estilita el Joven


Nacida en Antioquía a inicios del siglo VI, Marta, aunque en su juventud había hecho un voto de virginidad, contrajo matrimonio con Juan, originario de Edesa, por obediencia a sus padres y por una revelación durante un sueño, en la que San Juan Bautista le anunciaba el nombre que tendría el hijo que nacería de ella.


Habiendo muerto su marido, ella se dedicó con celo a la formación cristiana de su hijo Simeón, nacido alrededor del año 517, quien llegó a ser muy conocido por su vida y actividades en una montaña conocida con el nombre de Monte Maravilloso cerca de Antioquía.


Un siglo después, un autor, probablemente un monje del convento de San Simeón, escribió una Biografía de Marta que supera, en maravillas a la de su propio hijo, que aparecerá posteriormente. Dicho escrito es sobre todo rico en comentarios sobre sus virtudes, de continuas apariciones de san Juan Bautista y de ángeles, además de relatar numerosos milagros. El autor la presenta portando una cruz a la cabeza de la procesión realizada cuando su hijo se instaló oficialmente sobre su columna.


Un ángel le anunció, con un año de antelación, la fecha de su muerte, ella se lo comunicó a Simeón y le pidió ser enterrada en el cementerio para extranjeros situado en Dafne, cerca de Antioquía. Murió el 5 julio de 551, y para sus funerales se respetó su voluntad.


Cuando Simeón se enteró de la muerte de su madre, mandó exhumar su cuerpo y lo hizo enterrar en el ábside de la Iglesia de la Santísima Trinidad, a la derecha de su columna. Pero Marta se le apareció para pedirle le construyera un sepulcro en la parte meridional de la iglesia, donde fue construida una capilla a la que fue trasladado el cuerpo con gran solemnidad y donde ocurrieron muchos milagros.



Fuente: catholic.net

Adaptación propia

04/07 - Andrés de Creta, Autor del Gran Canon


Andrés nació en Damasco a mediados del siglo VII. A pesar de la elocuencia que poseyó en su edad madura, se cuenta que hasta la época de su primera comunión, que recibió a los siete años, era muy poco locuaz. A los quince años de edad, se trasladó a Jerusalén, por lo cual se le da algunas veces el título de san Andrés de Jerusalén. En dicha ciudad se hizo monje del monasterio de San Sabas y, en el monasterio del Santo Sepulcro recibió el lectorado y el subdiaconado.


El patriarca de Jerusalén, Teodoro, le envió el año 685 a Constantinopla a reiterar la adhesión de su Iglesia al sexto Concilio ecuménico (Constantinopla III), que acababa de condenar la herejía monotelita. San Andrés se quedó en Constantinopla y fue ordenado diácono de la Gran Basílica; además, se le confió el cuidado de un orfanato y de un hospicio de ancianos. Poco después, debido a sus cualidades de carácter y a sus habilidades, fue elegido arzobispo de Cortina, la sede metropolitana de Creta. Ahí se dejó envolver en la última oleada del monotelismo. En efecto, el año 711, Filípico Bardanes se apoderó del trono imperial, quemó las actas del sexto Concilio ecuménico, restableció en los dípticos litúrgicos los nombres que dicho Concilio había anatematizado y reunió un sínodo para que ratificase su proceder. Andrés asistió a dicho sínodo el año 712; pero al año siguiente, se arrepintió de ello y firmó sin vacilar la carta de excusa que su patriarca escribió al Papa de Roma Constantino, después de que Anastasio II expulsara a Bardanes del trono imperial.


San Andrés se distinguió el resto de su vida como predicador y autor de himnos. Se conservan más de veinte sermones suyos, que han sido publicados. Sus himnos dejaron una huella perdurable en la liturgia bizantina. Según se dice, él fue quien introdujo la forma himnódica llamada «canon». En todo caso, está fuera de duda que escribió numerosos himnos, en ése y otros ritmos parecidos; algunos de ellos se cantan todavía. San Andrés compuso un «canon» de 250 estrofas, que se canta en la Cuaresma.


Las homilías de san Andrés tienen cierta importancia en la historia de la mariología, y han alcanzado un lugar en algunas celebraciones del ciclo litúrgico.


LECTURAS


Gál 5,22-26;6,1-2: Hermanos, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.



Fuente: eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia