03/06 - Luciliano de Bizancio, 4 Jóvenes Martirizados y Paula la Virgen


El Señor nos aseguró que "lo imposible para los hombres es posible para Dios" (Lc. 18, 27). Es decir, aquello que es imposible de hacer con la fuerza enfermiza y la lógica del hombre es viable y posible para Dios. Porque, ¿quién hubiera esperado de un hombre que pasó casi toda su vida en la idolatría, de la que era incluso un sacerdote, que se convirtiera al cristianismo?  Pues esto sucedió con el anciano sacerdote idólatra Luciniano, que vivió en los años del rey Aureliano, en el  270 d.C.


Era de edad avanzada y con el pelo blanco, y vivía no muy lejos de la ciudad de Nicomedia. Cuando Luciliano escuchó por primera vez una predicación cristiana en su país natal, Nicomedia, la gracia divina creó un verdadero seísmo en su interior. Las creencias paganas que estaban tan profundamente arraigadas en su alma fueron destruidas como torres de papel. Sus ojos seniles se abrieron y con una vivacidad juvenil proclamó su fe en Cristo. Intentó, de hecho, con su predicación, atraer a otras almas a Dios. 


Fue informado de esto el conde Libania. Con valentía, Luciliano confesó a Cristo frente a él. A continuación, el duque, presionado por sus sacerdotes paganos, que consideraban a Luciliano desertor de su religión, ordenó que lo torturaran. Le golpearon en la mandíbula, le fustigaron con varas y le suspendieron boca abajo. Luego le llevaron a la prisión, donde el Santo Luciniano encontró a cuatro niños, Claudio, Hipacio , Pablo y Dionisio, quienes por la misma razón fueron encarcelados. Sacándolo de la cárcel con los cuatro chicos, fueron llevados ante el prefecto. Permaneciendo firme en la fe de Cristo, fue puesto, junto con los cuatro, en un horno encendido. Sin embargo, una lluvia celestial descendió y apagó la llama, por lo que el Santo salió del horno junto con los cuatro niños sin sufrir ninguna quemadura . El prefecto ordenó entonces que fueran enviados a Bizancio, donde el Santo y los niños debían ser asesinados. Así fueron decapitados los santos infantes. San Luciniano fue clavado en una cruz, y le desgarraron sus carnes. De esta manera, el bendito entregó su alma en las manos de Dios.


La santa virgen Paula (del gr. "Παύλη") estaba junto con los santos en el camino y cuidaba las heridas del mártir Luciniano. Cuando los cinco fueron ejecutados, ella recogió sus santos restos. Ella había sido cristiana desde sus antepasados, y su trabajo consistía en ingresar a las cárceles, donde consolaba y cuidaba a los mártires sufrientes en nombre de Cristo. Por esta razón ella fue arrestada y llevada ante el prefecto.


Debido a que no fue persuadida para que ofreciese sacrificio a los ídolos, primero la despojaron de su ropa, la azotaron con correas y luego la golpearon con varas. Debido a que muchos huesos le fueron rotos  por las muchas palizas, por esta razón un Ángel del Señor vino y la sanó, y no solo esto, sino que también la fortaleció durante su martirio. Entonces fue llevada nuevamente ante el prefecto, y ella lo insultó, por lo que fue golpeada en la boca y encarcelada. La Santa fue presentada nuevamente para su tercer examen, y colocada en un horno encendido, del cual fue mantenida ilesa por el ángel divino. Finalmente, el prefecto ordenó que la llevaran a Bizancio, donde sería decapitada.


Cuando la Santa llegó al lugar de la ejecución de San Luciniano y de los cuatro niños, también fue decapitada, y así la bendita recibió la corona del combate. Su Sinaxis y Fiesta se celebran en su Iglesia, que se encuentra cerca de la del Arcángel Miguel, en una isla llamada Oxia.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

Miércoles de la I Semana de Mateo


Rom 1,18-27: Hermanos, la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir, cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre. Amén. Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío.


Mt 5,20-26: Dijo el Señor a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

02/06 - Nicéforo el Confesor, Patriarca de Constantinopla


El padre de San Nicéforo era secretario y apoderado del emperador Constantino Coprónimo, pero cuando el tirano se declaró perseguidor de la fe ortodoxa, aquel la defendió y mantuvo el honor que se debía a las sagradas imágenes con tanto celo que fue despojado de sus dignidades, azotado, torturado y desterrado. El joven Nicéforo creció con el ejemplo de un padre que lo animaba a confesar audazmente su fe, en tanto que una excelente educación desarrollaba su inteligencia excepcional.


Después de que Constantino IV y la emperatriz Irene restablecieron la costumbre de venerar las imágenes sagradas, Nicéforo les fue presentado y, bien pronto, el joven obtuvo su favor, a causa de sus relevantes cualidades. En la corte se distinguió por su oposición a los iconoclastas y fue secretario en el segundo Concilio de Nicea, así como comisionado imperial. Aunque era orador brillante, filósofo, músico y reunía todas las cualidades propias de un estadista, siempre tuvo marcada inclinación por la vida religiosa, apartada y oscura y, no obstante estar ocupado en asuntos públicos, había construido un monasterio en un lugar solitario, cerca del Mar Negro. Después de la muerte de Tarasio, patriarca de Constantinopla, no se encontró a nadie más apto para sucederlo que Nicéforo. Como era seglar, algunos objetaron su elección, calificándola de contraria a los cánones y, sólo a instancias expresas del emperador, pudo ser persuadido para que se ordenara sacerdote y aceptara el cargo. Durante su consagración, sostuvo en la mano el tratado que había escrito en defensa del culto a las imágenes y, al finalizar la ceremonia, lo dejó a un lado del altar, como prenda de que siempre defendería la tradición de la Iglesia. No transcurrió mucho tiempo sin que el nuevo patriarca tuviera que luchar otra vez con los rigoristas hostiles. A petición del emperador, Nicéforo, con el consentimiento de un pequeño sínodo de obispos, restituyó en su cargo a un sacerdote llamado José, quien había sido destituido y desterrado por haber celebrado el matrimonio entre el emperador Constantino VI y Teodota, cuando aún vivía la emperatriz María, legítima esposa. No hay duda de que Nicéforo actuó en esa forma para evitar mayores daños, pero el grupo encabezado por San Teodoro el Estudita rehusó tener tratos o siquiera estar en comunión con el patriarca y con los que toleraban lo que ellos llamaban la "Herejía Espuria" y llegaron al grado de apelar al Papa. San León III, les respondió favorablemente, pues habiendo sido mal informado acerca de todo el asunto y sin recibir ninguna comunicación del arzobispo Nicéforo, no tomó posteriores medidas. Sin embargo, después de un tiempo, hubo una reconciliación entre el patriarca y San Teodoro (quien mientras tanto había estado preso y sus monjes se habían dispersado). Fue hasta entonces cuando Nicéforo envió al Papa una carta, comunicándole su nombramiento para la sede de Constantinopla y excusándose por su demora en hacer la notificación de rigor. Al mismo tiempo, en vista de los ataques que se lanzaron contra su ortodoxia, añadió una prolija confesión de fe y prometió que en lo futuro informaría a Roma sobre cualquier asunto importante que se presentara.


San Nicéforo fue un administrador celoso y se dedicó, con paciente determinación, a mejorar la moral y restaurar la disciplina en los diferentes monasterios bajo su gobierno, así como entre el clero en general, con el apoyo de San Teodoro. Pero León el Armenio llegó a emperador en 813. Era un iconoclasta, aunque al principio no expresó sus opiniones y evadió la confesión de fe que Nicéforo trató de obtener de él antes de su consagración. Sólo hasta que consideró su posición asegurada, permitió que sus puntos de vista llegaran a conocerse. Intentó, mediante insinuaciones astutas, atraerse a Nicéforo para que apoyara su proyecto de destruir las imágenes que habían vuelto a colocarse en las iglesias, después de que su uso había sido vindicado y autorizado por el segundo Concilio de Nicea. El patriarca no se dejó atrapar y sostuvo ante el emperador su decisión de "mantener la tradición, honrar a las imágenes sagradas, el libro de los Evangelios y el signo de la cruz." León, sin embargo, no sólo persistió en su antagonismo, sino que empezó a propagarlo sin dejar ver sus intenciones. Ocultamente, indujo a unos soldados para que insultaran una imagen de Cristo crucificado que estaba en la "Puerta de Bronce" de Constantinopla y, cometida la infamia, ordenó que la cruz fuera quitada para evitar nuevas profanaciones. Poco después, el emperador, que había reunido en su palacio a ciertos obispos iconoclastas, hizo comparecer al patriarca y a sus dignatarios. Estos rogaron a León que dejara el gobierno de la Iglesia a sus pastores. Uno de los dignatarios observó: "Si este es un asunto eclesiástico, discutámoslo en la iglesia, no en el palacio." El emperador se encolerizó y mandó que todos se fueran de su presencia. Más tarde, los obispos heterodoxos celebraron una asamblea y citaron al patriarca. A sus requerimientos, éste contestó: "¿Quién os ha dado esta autoridad? Si fuera aquél que guía la nave de la antigua Roma, estoy listo a responder. Si fuera el sucesor alejandrino del evangelista Marcos, estoy pronto. Si fuera el patriarca de Antioquía o el de Jerusalén, no me opongo. Pero ¿quiénes sois vosotros? En mi diócesis, vosotros no tenéis ninguna jurisdicción." Entonces les leyó el canon que declara excomulgados a aquellos que pretendan ejercer cualquier acto de jurisdicción en las diócesis de otro obispo. Ellos, por su parte, procedieron a dictar contra el obispo una sentencia de destitución. Tras de aquella funesta asamblea, San Nicéforo fue víctima de varios atentados contra su vida, hasta que el emperador lo desterró. Los quince años que le quedaron de vida los pasó en el monasterio que había construido en el Bósforo.


Aunque el sucesor de León, Miguel el Tartamudo, no restituyó el culto a las imágenes sagradas, no fue un perseguidor y se mostró dispuesto a devolver el puesto al patriarca, a condición de que éste guardara silencio sobre la disputa, pero Nicéforo no quiso comprar su cargo a costa de su conciencia, pensando que su silencio equivalía a su consentimiento. En el destierro, siguió defendiendo sus principios y escribió obras notables que perduran hasta la fecha.


Sus obras principales fueron una Apología de la enseñanza ortodoxa en relación con las sagradas imágenes, y otro extenso tratado en dos partes: la primera fue una defensa de la Iglesia contra la acusación de idolatría y la segunda, conocida como la "Antiherética", fue una refutación a los escritos de Constantino V sobre las imágenes. Además de varios otros tratados, la mayoría sobre la iconoclastia, dejó dos trabajos históricos, conocidos como el Breviarium y la Cronografía; la primera es una historia breve del reinado, desde Mauricio hasta Constantino e Irene, y el otro, una crónica de sucesos desde los comienzos del mundo. En la recopilación de los concilios pueden aún encontrarse los diecisiete cánones de Nicéforo, en el segundo de los cuales declara ilícito viajar en domingo sin necesidad. En 846, por orden de la emperatriz Teodora y en el patriarcado de San Metodio, el cuerpo de San Nicéforo fue llevado de la isla de Prokenesis a Constantinopla, donde se depositó en la iglesia de los Apóstoles, este traslado se realizó el 13 de marzo.


LECTURAS


Heb 8,1-6: Hermanos, tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre. En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer. Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley. Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda: Mira, le dijo Dios, te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña. Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores.


Lc 12,8-12: Dijo el Señor a sus discípulos: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios. Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará. Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir».



Fuente: eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Martes de la I Semana de Mateo


Rom 1,1-7;13-17: Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para el Evangelio de Dios, que fue prometido por sus profetas en las Escrituras Santas y se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David según la carne, constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos: Jesucristo nuestro Señor. Por él hemos recibido la gracia del apostolado, para suscitar la obediencia de la fe entre todos los gentiles, para gloria de su nombre. Entre ellos os encontráis también vosotros, llamados de Jesucristo. A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. No quiero que ignoréis, hermanos, que muchas veces me he propuesto ir a visitaros —aunque hasta el momento me lo han impedido—; mi propósito era obtener algún fruto entre vosotros, como lo he obtenido entre los demás gentiles. Me siento deudor de griegos y bárbaros, de sabios e ignorantes; de ahí mi propósito de anunciaros el Evangelio también a vosotros, los que estáis en Roma. Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, primero del judío, y también del griego. Porque en él se revela la justicia de Dios de fe en fe, como está escrito: El justo por la fe vivirá.


Mt 4,23-25;5,1-13: En aquel tiempo, Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó. Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania. Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros. Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

01/06 - Justino el Filósofo y Mártir y sus Compañeros


Uno de los más distinguidos mártires del reinado de Marco Aurelio fue san Justino. A pesar de que era laico, fue el primer apologeta cristiano cuyas obras principales han llegado hasta nosotros. Sus escritos ofrecen detalles muy interesantes sobre los primeros años del santo y las circunstancias de su conversión.


El mismo Justino cuenta que era samaritano, ya que había nacido en Flavia Neápolis (Nablus, cerca de la antigua Siquem); no conocía el hebreo, pues sus padres eran paganos, probablemente de origen griego. Justino recibió una excelente educación liberal, que aprovechó muy bien, y se consagró especialmente al estudio de la retórica y a la lectura de los poetas e historiadores. Más tarde, su sed de saber le movió a estudiar filosofía. Durante algún tiempo profundizó el sistema de los estoicos, pero lo abandonó al comprender que no tenían nada que enseñarle sobre Dios. Recurrió entonces a un maestro peripatético, pero el interés de éste por el dinero, le decepcionó muy pronto. Los pitagóricos le dijeron que, para empezar, necesitaba conocer la música, la geometría y la astronomía. Finalmente, un discípulo de Platón le ofreció enseñarle la ciencia de Dios. Un día en que paseaba por la playa, tal vez en Éfeso, reflexionando sobre uno de los principios de Platón, vio que le seguía un venerable anciano; al punto empezó a discutir con él el problema de Dios. El anciano despertó su interés, diciéndole que él conocía una filosofía más noble y satisfactoria que cuantas Justino había estudiado; Dios mismo había revelado dicha filosofía a los profetas del Antiguo Testamento y su punto culminante había sido Jesucristo. El anciano exhortó al joven a pedir que se le abrieran las puertas de la luz para llegar al conocimiento que sólo Dios podía dar. La conversación con el anciano movió a Justino a estudiar la Sagrada Escritura y a informarse sobre el cristianismo, aunque ya desde antes se había interesado por la religión de Jesús: «Aun en la época en que me satisfacían las enseñanzas de Platón -escribe-, al ver a los cristianos arrostrar la muerte y la tortura con indomable valor, comprendía yo que era imposible que hubiesen llevado la vida criminal de que se les acusaba». A lo que parece, Justino tenía unos treinta años cuando se convirtió al cristianismo; pero ignoramos el sitio y la fecha exacta de su bautismo. Muy probablemente tuvo éste lugar en Éfeso o en Alejandría, pues consta que Justino estuvo en esas ciudades.


Aunque ya había habido antes algunos apologetas cristianos, los paganos conocían muy poco de las creencias y las prácticas de los discípulos de Cristo. Los primitivos cristianos, la mayor parte de los cuales eran hombres sencillos y poco instruidos, aceptaban tranquilamente las falsas interpretaciones para proteger los sagrados misterios contra la profanación. Pero Justino estaba convencido, por su propia experiencia, de que muchos paganos abrazarían el cristianismo, si se les presentaba en todo su esplendor. Por otra parte -citemos sus propias palabras- «tenemos la obligación de dar a conocer nuestra doctrina para no incurrir en la culpa y el castigo de los que pecan por ignorancia». Así pues, tanto en su enseñanza como en sus escritos, expuso claramente la fe y aun describió las ceremonias secretas de los cristianos. Ataviado con las vestimentas características de los filósofos, Justino recorrió varios países, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, En Roma tuvo una argumentación pública con un cínico llamado Crescencio, en la que demostró la ignorancia y la mala fe de su adversario. Según parece, la aprehensión de Justino en su segundo viaje a Roma se debió al odio que le profesaba Crescencio. Justino confesó valientemente a Cristo y se negó a ofrecer sacrificios a los ídolos. El juez le condenó a ser decapitado. Con él murieron otros seis cristianos, una mujer y cinco hombres. Desconocemos le fecha exacta de la ejecución.


Los únicos escritos de Justino mártir que nos han llegado completos son las dos Apologías y el Diálogo con Trifón. La primera Apología, de la que la segunda no es más que un apéndice, está dedicada al emperador Antonino, a sus dos hijos, al senado y al pueblo romanos. En ella protesta Justino contra la condenación de los cristianos por razón de su religión o de falsas acusaciones. Después de demostrar que es injusto acusarles de ateísmo y de inmoralidad insiste en que no sólo no son un peligro para el Estado, sino que son ciudadanos pacíficos, cuya lealtad al emperador se basa en sus mismos principios religiosos. Hacia el fin, describe el apologeta el rito del bautismo y de la misa dominical, incluyendo el banquete eucarístico y la distribución de limosnas. El tercer libro de Justino es una defensa del cristianismo en contraste con el judaismo, bajo la forma de un diálogo con un judío llamado Trifón. Parece que san Ireneo utilizó un tratado de Justino contra la herejía.


Las actas del juicio y del martirio de san Justino son uno de los documentos más valiosos y auténticos que han llegado hasta nosotros. El prefecto romano, Rústico, ante el que comparecieron Justino y sus compañeros, los exhortó a someterse a los dioses y a obedecer a los emperadores. Justino replicó que no era un delito obedecer a la ley de Jesucristo:


Rústico: ¿En qué disciplina estás especializado?


Justino: Estudié primero todas las ramas de la filosofía; acabé por escoger la religión de Cristo, por desagradable que esto pueda ser para los que se hallan en el error.


Rústico: Pero, debes estar loco para haber escogido esa doctrina.


Justino: Soy cristiano porque en el cristianismo está la verdad.


Rústico: ¿En qué consiste exactamente la doctrina cristiana?


Justino le explicó que los cristianos creían en un solo Dios, creador de todas las cosas y que confesaban a su hijo, Jesucristo, anunciado por los profetas, quien había venido a salvar y juzgar a la humanidad. Rústico preguntó entonces dónde se reunían los cristianos.


Justino: Donde pueden. ¿Acaso crees que todos nos reunimos en el mismo sitio? No. El Dios de los cristianos no está limitado a un solo lugar; es invisible y se halla en todas partes, así en el cielo como en la tierra, de suerte que los cristianos pueden adorarle en todas partes.


Rústico: Está bien. Pero dime entonces, dónde te reuniste tú con tus discípulos.


Justino: Siempre me he hospedado en casa de un hombre llamado Martín, junto a los baños de Timoteo. Este es mi segundo viaje a Roma y nunca me he alojado en otra parte. Todos los que lo desean pueden ir a verme y oírme en casa de Martín.


Rústico: Así pues, ¿eres cristiano?


Justino: Sí, soy cristiano.


Después de preguntar a los otros si eran también cristianos, Rústico dijo a Justino:


Rústico: Dime, tú que eres elocuente y crees poseer la verdad, si yo te mando torturar y decapitar, ¿crees que irás al cielo?


Justino: Si sufro por Cristo todo lo que dices, espero recibir el premio prometido a quienes guardan sus mandamientos. Yo creo que todos los que cumplen sus mandamientos permanecen en gracia de Dios eternamente.


Rústico: ¿De suerte que crees que irás al cielo a recibir el premio?


Justino: No es una simple creencia, sino una certidumbre. No tengo la menor duda sobre ello.


Rústico: Está bien. Acércate y sacrifica a los dioses.


Justino: Ningún hombre sensato renuncia a la verdad por la mentira.


Rústico: Si no lo haces, te mandaré torturar sin misericordia.


Justino: Nada deseamos más que sufrir por nuestro Señor Jesucristo y salvarnos. Así podremos presentarnos con confianza ante el trono de nuestro Dios y Salvador para ser juzgados, cuando se acabe este mundo.


Los otros cristianos ratificaron cuanto había dicho Justino. El juez los sentenció a ser flagelados y decapitados. Los mártires murieron por Cristo en el sitio acostumbrado. Algunos de los fieles recogieron, en secreto, los cadáveres y les dieron sepultura, sostenidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Como es natural, existe una literatura muy abundante sobre un apologeta, cuya vida y escritos plantean tantos problemas. Recomendamos a este propósito la excelente bibliografía que da G. Bardy en su artículo Justin en DTC, vol. vm (1924), ce. 2228/2277. Fuera del hecho de su martirio, todo lo que sabemos acerca de San Justino se reduce a lo que él mismo nos cuenta en su «Diálogo con Trifón». San Ireneo, Eusebio y san Jerónimo, mencionan a san Justino, pero apenas añaden algún dato nuevo. El texto de las actas de su martirio se halla en Acta Sanctorum (junio, vol. I). En casi todas las colecciones modernas de actas de los mártires, se encuentran las actas de san Justino. Es curioso que en Roma no se conserve ninguna huella del culto a san Justino; su nombre no se halla ni en el calendario filocaliano ni en el Hieronymianum.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia