06/07 - Sisoes el Grande


San Sisoes era un egipcio que decidió entrar en la vida monástica en el famoso convento del desierto de Escete, pero a la muerte de san Antonio el Grande, en el 357, prefirió alejarse del exceso de tumulto que había, y fue a vivir a la Montaña de San Antonio con un discípulo llamado Abrahán. Allí se afincó por unos 70 años, pero al final de su vida, sea por su edad avanzada o por otras causas, se fue a vivir a Clisma, una ciudad egipcia de la ribera del Mar Rojo, donde murió, hacia el 430.


De su vida conocemos bien poco, aunque sí es posible tener contacto con la tradición de su espiritualidad, ya que aparece citado en una cincuentena de entradas en los «Apotegmas de los Padres del Desierto». El apelativo de «el Grande» le viene de la tradición de que devolvió la vida a un niño. Las anécdotas que lo tienen como protagonista son también toda una escuela de oración, de las que extraeré dos ejemplos:


Una nos hace recordar a la viuda insistente de la parábola de Jesús: En cierta ocasión, Abrahán, el discípulo del abad Sisoes, fue tentado por el demonio. El anciano, al verlo caído, se levantó y elevando las manos al cielo dijo: «Dios mío, quieras o no, no te dejaré hasta que lo hayas curado». Y se curó el hermano.


La otra nos da ejemplo de humildad: Un hermano que había sido insultado por otro hermano acudió al abad Sisoes de Tebas y le dijo: «Ese hermano me ha insultado y quiero vengarme». El anciano le rogaba: «No, hijo. Deja en manos de Dios la venganza». Pero el otro decía: «No descansaré hasta que me haya vengado yo mismo». El anciano insistió: «Hermano, hagamos oración». Y el anciano puesto en pie añadió: «Dios mío, ya no necesitamos que te ocupes de nosotros, pues nos vengamos nosotros mismos». «Al oir esto el hermano se echó a los pies del anciano y le dijo: «Ya no tengo nada contra aquel hermano. ¡Por favor, Padre, perdóname!».


Sumamente estricto con él mismo, San Sisoes era muy misericordioso y compasivo con otros, y los recibió a todos con amor. A aquéllos que lo visitaron, el santo les enseñó en primer lugar siempre la humildad. Cuando uno de los monjes preguntó que cómo podría lograr un recuerdo constante de Dios, San Sisoes comentó: “Eso no es gran cosa, hijo mío, pero sí lo es considerarse inferior a todos los demás. Esto lleva a la adquisición de humildad." Preguntado por los monjes si un año era suficiente para el arrepentimiento si un hermano peca, Abad Sisoes dijo: "Yo confío en la misericordia de Dios, de modo que, si tal hombre se arrepiente con todo su corazón, Dios aceptará su arrepentimiento en tres días."


Así describen los Apotegmas la muerte de Sisoes: El abad Sisoes, cuando estaba en su celda, cerraba siempre la puerta. Se contaba de él que el día de su muerte, estando rodeado de Padres, su rostro brillaba como el sol, y les dijo: «Viene el abad Antonio». Y poco después: «Llega el coro de los profetas». Y de nuevo su rostro se puso más resplandeciente, y dijo: «Viene el coro de los Apóstoles». Y su rostro brilló aún dos veces más y parecía estar hablando con alguno. Los ancianos le suplicaron: «¿Con quién hablas, Padre?», y les respondió: «Los ángeles han venido a buscarme y les pido que me dejen un poco más para hacer penitencia». Los ancianos le dijeron: «Padre, no necesitas hacer más penitencia». Pero él les contestó: «En verdad, no tengo conciencia de haber empezado a hacer penitencia». Todos comprendieron entonces que era perfecto. De nuevo su rostro se puso brillante como el sol y todos tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Mirad, viene el Señor, y dice: "Traedme ese vaso de elección del desierto"». Y al punto entregó su espíritu. Y se puso brillante como un relámpago, y aquel lugar se llenó de suavísimo olor.



Fuente: catholic.net / eltestigofiel.org

Lunes de la VI Semana de Mateo


Rom 16,17-24: Hermanos, os ruego que tengáis cuidado con los que crean disensiones y escándalos contra la doctrina que vosotros habéis aprendido; alejaos de ellos. Pues estos tales no sirven a Cristo nuestro Señor sino a su vientre, y a través de palabras suaves y de lisonjas seducen los corazones de los ingenuos. La fama de vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; de aquí que yo me alegre por vosotros; pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal. Y el Dios de la paz aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies. Que la gracia de nuestro Señor Jesús esté con vosotros. Os saluda Timoteo, mi colaborador, y Lucio, Jasón y Sosípatro, mis parientes. Yo, Tercio, que escribo la carta, os saludo en el Señor. Os saluda Gayo, que me hospeda a mí y a toda esta Iglesia. Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y Cuarto, el hermano. Que la gracia de nuestro Señor Jesús esté con vosotros. Amén.


Mt 13,10-23;43: En aquel tiempo, los discípulos de Jesús se le acercaron y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno. El que tenga oídos, que oiga».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

05/07 - El Justo Padre Lampado el Taumaturgo


Desde muy joven, este santo se entregó a la vida ascética, y a través de la sobriedad y la oración meticulosa expulsó de su alma la mente carnal. Así brilló como el sol radiante e iluminó a aquellos que estaban oscurecidos por sus pasiones y las artimañas de los demonios. Y no solo hizo milagros extraordinarios en esta vida presente, sino que después de partir al Señor, sigue brotando una cantidad cada vez mayor de milagros y curaciones para aquellos que se apresuran a él con fe. Estas palabras se pueden confirmar en su cueva, donde se pueden encontrar sus honorables reliquias.


No se sabe mucho más sobre San Lampado además de lo que aquí consignado, aunque en fuentes eslavas se ha conservado que vivió y fue sepultado en Irenópolis de Isauria alrededor del siglo X.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

05/07 - Atanasio del Monte Ato


El Monte Ato, o sea el pico oriental del triple promontorio con que la península Calcídica penetra en el Mar Egeo, ha sido durante mil años el principal centro del monaquismo bizantino. Quien organizó el conjunto de monasterios en el Monte Ato fue San Atanasio.


Atanasio nació en Trebisonda hacia el año 920. Era hijo de un antioqueno y recibió en el bautismo el nombre de Abrahán. Hizo sus estudios en Constantinopla, donde llegó a ser profesor. Cuando ejercía en dicha ciudad el oficio de maestro, conoció a San Miguel Malino y a su sobrino Nicéforo Focas. Este último había de convertirse en su protector, al ocupar el trono imperial.


Abrahán tomó el hábito en el monasterio que San Miguel gobernaba en Cimina de Bitinia y recibió el nombre de Atanasio. Ahí vivió hasta el año 958, más o menos. El monasterio de Cimina era una "laura", es decir, una serie de celdas aisladas construidas alrededor de una iglesia. Cuando murió San Miguel Malino, Atanasio previó que iban a elegirle abad y huyó al Monte Ato. Ahí le reservaba Dios una responsabilidad todavía más pesada que el cargo de abad que había rehuido.


Con las ropas de un rudo campesino y con el nombre de Doroteo, San Atanasio se retiró a una celda en los alrededores de Caries. Pero su amigo Nicéforo Focas no tardó en descubrirle. El emperador Nicéforo, que estaba a punto de emprender una expedición contra los sarracenos, pidió a Atanasio que le acompañase a Creta a organizarla y que le apoyase en la empresa con su bendición y oraciones (como es bien sabido, los contemplativos son con frecuencia grandes hombres de acción). Atanasio, venciendo su repugnancia a volver al mundo, acompañó a su amigo. Después de la victoria de la expedición, Atanasio pidió permiso al emperador para retirarse de nuevo al Monte Ato. Nicéforo Focas se lo concedió, pero no sin haberle regalado una importante suma para que fundase un monasterio. El santo construyó el primer monasterio propiamente dicho en el Monte Ato a comienzos del año 961, y la iglesia dos años más tarde. San Atanasio dedicó el monasterio a la Santísima Madre de Dios, pero actualmente se le conoce con el nombre de "San Atanasio", o simplemente de "Laura", es decir, el Monasterio.


Temiendo que el emperador le llamase a la corte, San Atanasio se refugió en Chipre para huir de los honores y cargos. Pero Focas, que descubrió nuevamente su escondite, le dijo que volviese a gobernar en paz su monasterio y le dio más dinero para que construyese el puerto de Ato. Adoptando para su monasterio el sistema de las "lauras", San Atanasio, que no estaba de acuerdo con las ideas monásticas de San Basilio y San Teodoro el Estudita, volvió en cierto sentido a la tradición monástica de Egipto. Los monjes de San Atanasio debían alejarse del mundo lo más posible. Aun actualmente, los monjes del Monte Ato, por regla general, "rompen todo lazo con el mundo". San Atanasio tuvo muchas dificultades con los solitarios que ocupaban desde antiguo el Monte Ato y consideraban, no sin cierta razón, que la precedencia les daba ciertos derechos de ocupación; dichos solitarios veían con malos ojos la construcción de monasterios, iglesias y puertos y se oponían a las reglas que San Atanasio quería imponerles.


El santo estuvo a punto de ser asesinado en dos ocasiones. Sabiendo e la violencia es capaz de corromper la mejor de las causas, el emperador Juan Cimisces intervino, confirmó las donaciones que había hecho Nicéforo Focas, prohibió la oposición a San Atanasio y reconoció su autoridad sobre todo el territorio y los habitantes del Monte Ato. De esa forma, el santo quedó constituido en superior general de cincuenta y ocho comunidades de ermitaños y monjes, además de los monasterios de los Iberos, Batopedio y Esfigmeno, que él mismo fundó y que se conservan todavía.


San Atanasio murió hacia el año 1000 a consecuencia del derrumbamiento de la bóveda de la iglesia en la que se hallaba trabajando con otros cinco monjes.


El nombre de "Atanasio el lauriota" o "Atanasio de Trebisonda" se menciona en la preparación de la liturgia bizantina.


LECTURAS


En Vísperas


Sab 3,1-9: La vida de los justos está en manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará. Los insensatos pensaban que habían muerto, y consideraban su tránsito como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina, pero ellos están en paz. Aunque la gente pensaba que cumplían una pena, su esperanza estaba llena de inmortalidad. Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes bienes, porque Dios los puso a prueba y los halló dignos de él. Los probó como oro en el crisol y los aceptó como sacrificio de holocausto. En el día del juicio resplandecerán y se propagarán como chispas en un rastrojo. Gobernarán naciones, someterán pueblos y el Señor reinará sobre ellos eternamente. Los que confían en él comprenderán la verdad y los que son fieles a su amor permanecerán a su lado, porque la gracia y la misericordia son para sus devotos y la protección para sus elegidos.


Sab 5,15-6,3: Los justos viven eternamente, encuentran su recompensa en el Señor y el Altísimo cuida de ellos. Por eso recibirán de manos del Señor la magnífica corona real y la hermosa diadema, pues con su diestra los protegerá y con su brazo los escudará. Tomará la armadura de su celo y armará a la creación para vengarse de sus enemigos. Vestirá la coraza de la justicia, se pondrá como yelmo un juicio sincero; tomará por escudo su santidad invencible, afilará como espada su ira inexorable y el universo peleará a su lado contra los necios. Certeras parten ráfagas de rayos; desde las nubes como arco bien tenso, vuelan hacia el blanco. Una catapulta lanzará un furioso pedrisco; las aguas del mar se embravecerán contra ellos, los ríos los anegarán sin piedad. Se levantará contra ellos un viento impetuoso que los aventará como huracán. Así la iniquidad asolará toda la tierra y la maldad derrocará los tronos de los poderosos. Escuchad, reyes, y entended; aprended, gobernantes de los confines de la tierra. Prestad atención, los que domináis multitudes y os sentís orgullosos de tener muchos súbditos: el poder os viene del Señor y la soberanía del Altísimo.


Sab 4,7-15: El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso. Una vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de años, pues las canas del hombre son la prudencia y la edad avanzada, una vida intachable. Agradó a Dios y Dios lo amó, vivía entre pecadores y Dios se lo llevó. Lo arrebató para que la maldad no pervirtiera su inteligencia, ni la perfidia sedujera su alma. Pues la fascinación del mal oscurece el bien y el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia. Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años. Como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarlo de la maldad. La gente lo ve y no lo comprende, ni les cabe esto en la cabeza: la gracia y la misericordia son para sus elegidos y la protección para sus devotos.


En la Liturgia


Gál 5,22-26;6,1-2: Hermanos, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.


Mt 11,27-30: Dijo el Señor a su discípulos: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».



Fuente: catholic.net / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia

V Domingo de Mateo


Cristo se acerca a la región de los gadarenos y salen a su encuentro dos endemoniados, revelando así la verdadera identidad de Cristo. Otra versión de la revelación. Ahora son los mismos demonios los que dan a conocer quién es Cristo. Mientras que los hombres dudan en el mejor de los casos y en otros ignoran la identidad del Cristo-Mesías. Esta «confesión» demoníaca de ninguna manera previene su negación: los demonios conocen a Cristo pero niegan su amor y su voluntad de unirse con Él.


Pero ¿el demonio es un ser verdadero o un mero símbolo de la maldad?


El Evangelio de hoy responde a esta pregunta que a menudo nos planteamos, y nos advierte que el demonio sí existe y que su presencia es tan destructora y dañina que provocó que miles de cerdos se arrojaran en el mar ¡Odiosa reacción que desea destruir lo más que pueda!


También la experiencia de la Iglesia, con sus Santos, en todo tiempo, nos ha dejado descrita la inquietud de los demonios y su furia ante cualquier hombre de Dios que mira hacia la santidad y la salvación. Así que los Sinaxarios (la vida de los santos) nos hablan de los intentos del demonio, que se presenta aun físicamente, para desviar a los justos del camino de Dios. El demonio sabe que es y será condenado, y quiere destruir todo lo que aún está al alcance de su mano.


Y la siguiente pregunta es: ¿Por qué nosotros no comprendemos la existencia del diablo –y gracias a Dios que no nos permite tentaciones más grandes a nuestra niñez espiritual– como los Santos la han descubierto? La respuesta la podemos extraer de ejemplos de nuestra vida: en una guerra, el comandante no pone las trampas a los enemigos que ya son prisioneros en su territorio, sino a los que andan afuera de su autoridad. En otras palabras, si ya estamos en su territorio, en su falso reino, ¿para qué perder esfuerzos? Pues aunque llevamos el nombre del Rey verdadero (cristianos), y aunque el día del bautizo contestamos la pregunta del Sacerdote: «¿Renuncias a Satanás, a todo su culto y a todas sus vanidades?» con la triple afirmación «Sí, renuncio a Satanás», sin embargo, seguimos siendo sumisos del reino ajeno a nuestra entidad.


El Profeta Elías reclamaba severamente a su pueblo: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si el Señor es Dios, seguidlo; si Baal, seguid a éste» (1Re 18: 21). Porque ellos, los israelitas que habían tenido la experiencia de convivir con Dios –Quien los sacó de Egipto, los rodeó de bienes y los defendió–, andaban prosternándose ante dioses ajenos que no tenían ni fuerza ni vida. La reprensión del profeta Elías corresponde de la misma manera a nuestra actitud. Nos diría: Si Cristo para ustedes, Cristianos, es el Dios verdadero, vivan en su Reino. ¿Cómo llevan su bandera y andan en el reino de otro?


Queridos: en la oración más hermosa, que el Señor mismo nos ha enseñado, pedimos que «venga tu Reino». Esta súplica no concierne a una esperanza futura: esperamos que después de la muerte haya un reino que sea de Dios. «Venga tu Reino» es presente, es un desafío ante cada cristiano para construir el Reino de Dios en su vida propia, no en fantasías ajenas a la realidad sino en acciones e iniciativas concretas.


Estos son los elementos del mundo perecedero: egoísmo, interés, descanso, placeres y muerte; mientras los pilares evangélicos del verdadero Reino, cuyo nombre llevamos, son: cruz, amor, lucha, virtudes, lágrimas de arrepentimiento y vida.



Discernamos bien y examinemos en cual de los dos reinos estamos, pues, como nos advierte nuestro Señor: «Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.»


S.E. Ignacio (Samaán)


LECTURAS


Rom 10,1-10: Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios en favor suyo es que se salven. Pues puedo testificar en su favor que tienen celo de Dios, aunque no según un conocimiento adecuado. En efecto, desconociendo la justicia de Dios y buscando establecer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de Dios; pues el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree. Porque acerca de la justicia que viene de la ley, escribe Moisés que la persona que hace estas cosas vivirá por ellas; en cambio, la justicia que procede de la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?, es decir, para hacer bajar a Cristo. O ¿quién bajará al abismo?, es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Pero ¿qué es lo que dice? La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que anunciamos. Porque, si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación.


Mt 8,28-34;9,1: En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos. Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. Y le dijeron a gritos: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?». A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba paciendo. Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara». Jesús les dijo: «Id». Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país. Subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad.



Fuente: ortodoxia.com.ar / iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española