22/08 - Santa Eulalia de Barcelona, Virgen y Mártir


Eulalia nació en la inmediaciones de la ciudad de Barcelona, probablemente hacia los últimos años del siglo tercero. Descendía, a lo que parece, de noble familia; sus padres, con quienes vivía en una quinta de su propiedad, más que amarla la mimaban cariñosísimamente, impelidos por la humildad, la sabiduría y la prudencia que resplandecían en ella de una manera impropia de su tierna edad. Por encima de todo brillaba en aquella virtuosa niña un acendrado amor a Dios Nuestro Señor; su piedad la llevaba a encerrarse cotidianamente en una pequeña celda de su casa con un grupo de amiguitas que había reunido junto a sí para pasar buena parte del día en el servicio del Señor, rezando oraciones que alternaban con el canto de himnos. Habiendo llegado a la pubertad, hacia los doce o trece años, llegó a los oídos de los barceloneses la noticia de que la persecución contra los cristianos volvía a arder de nuevo en todo el Imperio, de manera que quienquiera que se obstinara en negarse a sacrificar a los ídolos era atormentado con los más diversos y espantosos suplicios.

Los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que hablan oído contar la rápida y maravillosa propagación de la fe cristiana en las lejanas tierras de España, donde hasta entonces había sido tan rara aquella fe, mandaron al más cruel y feroz de sus jueces, llamado Daciano, para que acabara de una vez con aquella "superstición".

Al entrar en Barcelona hizo, con todo su séquito, públicos y solemnes sacrificios a los dioses, y dio orden de buscar cautelosamente todos los cristianos para obligarles a hacer otro tanto. Con inusitada rapidez divulgose entre los cristianos de Barcelona y su comarca la noticia de que la ciudad era perturbada por un juez impío e inicuo como hasta entonces no se había conocido otro. Oyéndolo contar Santa Eulalia se regocijaba en su espíritu y se le oía repetir alegremente: "Gracias os doy, mi Señor Jesucristo, gloria sea dada a vuestro nombre porque veo muy cerca lo que tanto anhelé, y estoy segura de que con vuestra ayuda podré ver cumplida mi voluntad".

Sus familiares estaban vivamente preocupados por la causa de aquel deseo tan vehemente que Eulalia les ocultaba, ella que precisamente no les escondía ningún secreto, sino que siempre les explicaba con la prudencia y circunspección debidas cuanto Dios Nuestro Señor le revelaba. Pero Santa Eulalia seguía sin contar a nadie lo que iba meditando en su corazón, ni a sus padres, que tan tiernamente la amaban, ni a alguna de sus amigas o de sus servidoras que la querían más que a su propia vida; hasta que un día, a la hora de mayor silencio, mientras los suyos dormían, emprendió sigilosamente el camino de Barcelona, al rayar el alba. Llevada de las ansias que la enardecían y la hacían infatigable, hizo todo el trayecto a pie, a pesar de que la distancia que la separaba de la ciudad fuese tal como para no poder andarla una niña tan delicada como ella.

Llegado que hubo a las puertas de la ciudad, y así que entró, oyó la voz del pregonero que leía el edicto, y se fue intrépida al foro. Allí vio a Daciano sentado en su tribunal y, penetrando valerosamente por entre la multitud, mezclada con los guardianes, se dirigió hacia él, y con voz sonora le dijo: "Juez inicuo, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? ¿Es que no temes al Dios altísimo y verdadero que está por encima de todos tus emperadores y de ti mismo, el cual ha ordenado que todos los hombres que Él con su poder creó a su imagen y semejanza le adoren y sirvan a Él solamente? Ya sé que tú, por obra del demonio, tienes en tus manos el Poder de la vida y de la muerte; pero esto poco importa".

Daciano, pasmado de aquella intrepidez, mirándola fijamente, le respondió, desconcertado: "Y ¿quién eres tú, que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, engreída con una arrogancia inaudita, osas echar en cara del juez estas cosas contrarias a las disposiciones imperiales?".

Mas ella, con mayor firmeza de ánimo y levantando la voz, dijo: "Yo soy Eulalia, sierva de mi Señor Jesucristo, que es el Rey de los reyes y el Señor de los que dominan: por esto, porque tengo puesta en Él toda mi confianza, no dudé siquiera un momento en ir voluntariamente y sin demora a reprochar tu necia conducta, al posponer al verdadero Dios, a quien todo pertenece, cielos y tierra, mar e infiernos y cuanto hay en ellos, al diablo, y lo que es peor, que quieres obligar a hacer lo mismo a aquellos hombres que adoran al Dios verdadero y esperan conseguir así la vida eterna. Tú les obligas inicuamente, bajo la amenaza de muchos tormentos, a sacrificar a unos dioses que jamás existieron, que son el mismo demonio, con el cual todos vosotros que le adoráis vais a arder otro día en el fuego eterno".

Oyendo Daciano tales requerimientos, mandó que la detuvieran y que inmediatamente la azotaran sin piedad. 'Mientras, sin compasión, se ejecutaba el suplicio, decíale Daciano, en son de burla: "Oh miserable doncella: ¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué no te libra de esta tortura? ¿Cómo te has dejado llevar por esta imprudencia que te hizo ejecutar un acto tan atrevido? Di que lo hiciste por ignorancia, que desconocías mi poder, y te perdonaré enseguida, pues hasta a mí me duele que una persona nobilísima como tú, ya que vienes, según me han dicho, de rancio abolengo, sea tan atrozmente atormentada". A cuyas palabras repuso Santa Eulalia: "Esto no será jamás; y no me aconsejes que mienta confesando que desconocía tu poderío; ¿quién ignora que toda potestad humana es pasajera y temporal como el mismo hombre que la tiene, que hoy existe y mañana no? En cambio, el poder de mi Señor Jesucristo no tiene ni tendrá fin, porque es el mismo que es eterno. Por esto, no quiero ni puedo decir mentiras, porque temo a mi Señor, que castiga a los mentirosos y sacrílegos con fuego, como a todos los que obran la iniquidad. Por otra parte, cuanto más me castigas, me siento más ennoblecida; nada me duelen las heridas que me abres, porque me protege mi Señor Jesucristo, que, cuando sea Él quien juzgue, mandará castigarte por lo que habrás hecho con penas que serán eternas".

Enfurecido y rabioso, Daciano mandó traer el potro. La extienden en él, y mientras unos esbirros la torturaban con garfios, otros le arrancaban las uñas. Pero Santa Eulalia, con cara sonriente, iba alabando a Dios Nuestro Señor, diciendo: "Oh Señor mío Jesucristo, escuchad a esta vuestra inútil sierva; perdonad mis faltas y confortadme para que sufra los tormentos que me infligen por vuestra causa, y así quede confuso y avergonzado el demonio con sus ministros".

Díjole Daciano: "¿Dónde está este a quien llamas e invocas? Escúchame a mí, oh infeliz y necia muchacha. Sacrifica a los dioses, si quieres vivir, pues se acerca ya la hora de tu muerte y no veo todavía quién venga a librarte".

Mas he aquí que Santa Eulalia, gozosa, le respondió: "Nunca vas a tener prosperidad, sacrílego y endemoniado perjuro, mientras me propongas que reniegue de la fe de mi Señor. Aquel a quien invoco está aquí junto a mí; y a ti no es dado el verle porque no lo mereces por culpa de tu negra conciencia y la insensatez de tu alma. Él me alienta y conforta, de manera que ya puedes aplicarme cuantas torturas quieras, que las tengo por nada".

Desesperado ya y rugiendo como un león ante aquel caso de insólita rebeldía, Daciano mandó a los soldados que, extendida todavía sobre el potro, aplicaran hachones encendidos a sus virginales pechos para que pereciera envuelta en llamas. Al oír aquella decisión judicial, Santa Eulalia, contenta y alegre, repetía las palabras del salmo: "He aquí que Dios me ayuda y el Señor es el consuelo de mi alma. Dad, Señor, a mis enemigos lo que merecen, y confundidles; voluntariamente me sacrificaré por Vos y confesaré vuestro nombre, pues sois bueno, porque me habéis librado de toda tribulación y os habéis fijado en mis enemigos". Y habiendo dicho esto, las llamas empezaron a volverse contra los mismos soldados. Viendo lo cual Santa Eulalia, levantando la vista al cielo, oraba con voz más clara todavía, diciendo: "Oh Señor mío Jesucristo, escuchad mis ruegos, compadeceos misericordiosamente de mí y mandad ya recibirme entre vuestros escogidos en el descanso de la vida eterna, para que, viendo vuestros creyentes la bondad que habéis obrado en mí, comprueben y alaben vuestro gran poder".

Luego que hubo terminado su oración se extinguieron aquellos hachones encendidos que, empapados como estaban en aceite, debían haber ardido por mucho tiempo, no sin antes abrasar a los verdugos que los sostenían, los cuales, amedrentados, cayeron de hinojos, mientras Santa Eulalia entregaba al Señor su espíritu, que voló al cielo saliendo de su boca en forma de blanca paloma. El pueblo que asistía a aquel espectáculo, al ver tantas maravillas, quedó fuertemente impresionado y admirado, en especial los cristianos, que se regocijaban por haber merecido tener en los cielos como patrona y abogada una conciudadana suya.

Pero Daciano, al ver que después de aquella enconada controversia y que, a pesar de tantos suplicios, nada había aprovechado, descendió del tribunal, mientras, enfurecido, daba la orden de que fuera colgada en una cruz y vigilada cautelosamente por unos guardianes: "Que sea suspendida en una cruz hasta que las aves de rapiña no dejen siquiera los huesos". Y he aquí que al punto de ejecutarse la orden cayó del cielo una copiosa nevada que cubrió y protegió su virginidad. Los guardas, aterrorizados, la abandonaron para seguir vigilándola a lo menos desde lejos, según se les había ordenado.

Tan pronto se divulgó lo acaecido por los poblados circunvecinos de la ciudad, muchos quisieron ir a Barcelona para ver las maravillas obradas por Dios. Sus mismos padres y amigas corrieron enseguida con gran alegría, pero lamentando al propio tiempo no haber conocido antes lo sucedido.

Después de tres días que Santa Eulalia pendía de la cruz, unos hombres temerosos de Dios la descolgaron con gran sigilo, sin que se dieran cuenta los soldados o guardianes; y habiéndosela llevado, la embalsamaron con fragantes aromas y amortajaron con purísimos lienzos. Entre ellos había uno que dicen se llamaba Félix, que con ella había también sufrido confesando a Cristo, el cual con gran alegría dijo al cuerpo de la Santa: "Oh señora mía, ambos confesamos juntos, pero vos merecisteis la palma del martirio antes que yo". Y he aquí que la Santa le contestó con una sonrisa. Los demás, mientras la llevaban a enterrar, alegrábanse entonando cánticos e himnos al Señor: "Los justos os invocarán, oh Señor, y Vos los habéis escuchado. mientras les librabais de cualquier tribulación". Al oírse aquellos cantos, fue asociándose a la comitiva una gran multitud, hasta que con gran regocijo le dieron sepultura.

ANGEL FÁBREGA GRAU, PBRO.


22/08 - Agatónico el Mártir de Nicomedia y sus Compañeros Mártires


San Agatónico era ciudadano de Nicomedia y un ferviente cristiano. Con gran celo convirtió a los griegos de la idolatría al Señor y los instruyó en la verdadera fe.


Por orden del emperador Maximiano, el cruel gobernador del emperador persiguió a los cristianos. Durante la persecución, el gobernador capturó a San Zótico en un lugar llamado Carpe, crucificó a sus discípulos y condujo a Zótico a Nicomedia, donde también capturó a San Agatónico, Príncipe, Teoprepio, Acindino, Severiano, Zenón y muchos otros. Apresados de forma segura, fueron conducidos a Bizancio.


Sin embargo, durante el camino, San Zótico, Teoprepio y Acindino murieron por el cansancio y a causa de muchas heridas. Asesinaron a Severiano cerca de Calcedonia y Agatónico y los demás fueron llevados a Tracia, a la ciudad de Selibria, donde después de ser torturados ante el emperador, fueron decapitados y entraron en la vida eterna y en el gozo de su Señor.



Fuente: cristoesortodoxo.com

Sábado de la XII Semana de Mateo


1 Cor 1,26-31;2,1-5: Hermanos, fijaos en vuestra asamblea: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—: el que se gloríe, que se gloríe en el Señor. Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.


Mt 20,29-34: En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó, le siguió una gran muchedumbre. Dos ciegos que estaban sentados al borde del camino oyeron que Jesús pasaba y se pusieron a gritar: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!». La muchedumbre los increpó para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte: «¡Ten compasión de nosotros, Señor, Hijo de David!». Entonces Jesús se detuvo, los llamó y les dijo: «¿Qué queréis que os haga?». Le respondieron: «Señor, que se abran nuestros ojos». Compadecido, Jesús les tocó los ojos, y al punto recobraron la vista y lo siguieron.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

21/08 - Nuestro Justo Padre Abrahán el Archimandrita y Taumaturgo de Esmolensco


San Abrahán de Esmolensco (1150 o 1172 - c. 1222) fue un monje y sacerdote de la Rus. Residía en el convento de Bogorodítskaya y era considerado un hacedor de milagros. Se dedicó a una extensa predicación y estudios bíblicos, y es considerado una figura notable en la Rus pre-mongola.


Abrahán nació en Esmolensco, en la Rus, a mediados del siglo XII, en el seno de una familia adinerada, primer hijo varón después de doce hijas. Desde la infancia creció con el temor a Dios. A menudo iba a la iglesia y tenía la oportunidad de leer libros. Como hijo único, sus padres esperaban que se casara y continuara su ilustre linaje. Sin embargo, él buscaba una vida diferente.


Después de la muerte de sus padres, regaló toda su riqueza a los monasterios, iglesias y a los indigentes. Caminaba por la ciudad en harapos, pidiendo a Dios que le mostrara el camino de la salvación. Abrahán entró en el Monasterio de la Túnica de la Santísima Madre de Dios (Monasterio Bogorodítskaya, hoy llamado Monasterio de Abrahán), cerca de Esmolensco, y recibió la tonsura como monje. Recibió varias obediencias en el monasterio y se ocupó fervientemente de copiar libros y de extraer de ellos riquezas espirituales.


Román Rostislávich, principe de Esmolensco, estableció una escuela en la ciudad en la que no sólo se encontraban libros eslavos, sino también griegos y latinos. El príncipe también tenía una gran colección de libros, que el monje Abrahán utilizó. Se hizo muy popular entre los laicos, ya que trabajaba para los enfermos y los problemáticos. También se convirtió en un notable erudito bíblico en la Rus pre-mongola. Vivió austeramente y predicó sobre el Juicio Final, mientras desarrollaba el apostolado para los enfermos y pobres de la región.


Vivió como asceta durante más de 30 años en el monasterio, cuando en el año 1198 el obispo Ignacio de Esmolensco lo persuadió para que aceptara la dignidad de presbítero. Desde su ordenación, el monje Abrahán celebró diariamente la Divina Liturgia y cumplió la obediencia del clero no sólo para los hermanos, sino también para los laicos.


Abrahán se caracterizó por ser hombre de carácter severo y militante, que mantenía la idea del Juicio Final en su propia mente y en la de los demás. Aunque era muy popular entre los laicos, era menos popular entre muchos de los clérigos locales, que llegaron a verlo con enemistad y celos. Esta animosidad entre los hermanos llegó con el tiempo al obispo Ignacio, y después de cinco años se vio obligado a trasladarse al Monasterio de la Exaltación de la Cruz en la ciudad de Esmolensco.


En el monasterio de los pobres, el padre Abrahán comenzó un programa para mejorarlo. A partir de las ofrendas de los fieles, embelleció la iglesia con iconos, cortinas y candelabros. En dos iconos que él mismo pintó había temas que le preocupaban sobre todo. Uno representaba el temido Juicio Final, y el otro el sufrimiento de las pruebas de la vida. Era estricto consigo mismo y con sus hijos espirituales. Predicaba constantemente en la iglesia y a los que se acercaban a él en su celda, conversando con ricos y pobres por igual. Era todo un asceta, delgado y pálido por el trabajo extremo; cuando llevaba su vestimenta sacerdotal, se parecía a san Basilio Magno.


Su impopularidad entre los notables de la ciudad y el clero siguió empeorando, y pronto exigieron al obispo Ignacio que llevara a juicio al monje Abrahán con acusaciones de seducción de mujeres y de tentación de sus hijos espirituales. Pero aún más terribles eran las acusaciones de herejía y de lectura de libros prohibidos, por lo que sus enemigos se propusieron ahogarlo o quemarlo. En el juicio ante el príncipe y el obispo, el padre Abrahán rebatió todas las falsas acusaciones. Pero, a pesar de su defensa, fue suspendido como sacerdote y regresó a su antiguo monasterio de la Túnica de la Santísima Madre de Dios.


Los ciudadanos de Esmolensco exigieron que el padre Abraham fuera rehabilitado en su cargo. Este clamor llevó a una segunda investigación del obispo Ignacio, quien en esta segunda ocasión lo absolvió, levantó su suspensión y le permitió servir y predicar de nuevo.


El obispo Ignacio construyó un nuevo monasterio en honor de la Deposición de la túnica de la Santísima Madre de Dios cuya dirección confió al padre Abrahán. Fue en este monasterio donde este se retiró debido a su avanzada edad. Allí recibió como discípulos a diecisiete hermanos.


Abrahán de Esmolensco murió alrededor del año 1221, habiendo pasado 50 años en el monacato. Fue canonizado en 1549 por el Papa de Roma Pablo III.



Fuente: Wikipedia

Adaptación propia

21/08 - La Santa Mártir Basa y sus tres hijos Teognio, Agapio y Pisto


La Santa Mártir Basa y sus hijos Teognio, Agapio y Pisto vivían en la ciudad de Edesa de Macedonia; ella estaba casada con un sacerdote pagano. Desde su niñez Basa había sido criada en la Fe Cristiana, la cual le transmitió a sus hijos.


Durante el reinado del emperador Maximiano Galerio (305-311 d.C.), el marido denunció a su esposa y a sus tres hijos al procónsul Vicario. Tras confesar Basa que era Cristiana, Vicario los encerró a ella y a sus dos hijos mayores en prisión.


Teognio, el hijo mayor, fue suspendido en el aire y su pecho cruelmente golpeado. También le arrancaron las uñas, pero lo aguantó todo valientemente invocando a Dios. Su madre Basa lo animó para aguantar hasta el final.


Tras torturar a Teognio, fue flagelado el segundo hijo, Agapio. Los torturadores paganos le despellejaron de la cabeza hasta el pecho, arrancándole la piel a tiras. El atleta de Cristo soportó el dolor con el apoyo de su madre, mientras repetía las palabras: "Nada es más gratificante que sufrir por Cristo". 


Después fueron a por el más joven, Pisto, quien también confesó a Cristo y soportó las torturas. Enfurecidos los paganos ante su confesión, le rompieron los huesos y las articulaciones. Después fueron decapitados los tres hermanos.


Mientras tanto, Santa Basa continuaba encarcelada y sin recibir alimento, pero un ángel la fortalecía con alimento celestial. 


Cuando el procónsul Vicario fue a Macedonia, ordenó que Basa fuese llevada con él. Allí fue obligada a adorar a los ídolos en un templo pagano. Pero debido su negación y a que con su oración hizo pedazos una estatua de Zeus, trataron de ahogarla y quemarla, apedreándola y soltándola a las fieras. Pero ella permaneció ilesa. Luego llevaron a la Mártir a unos 6 kilómetros al interior del mar para ahogara, pero fue rescatada por tres hombres radiantes (San Nicodemo el Atonita sugiere que éstos eran sus hijos, previamente martirizados).


Ocho días después, Santa Basa se dirigió en barco a la isla de Alono, que se encuentra debajo del antiguo Helesponto helénico, en el actual Estrecho de Dardanelos. Un hombre llamado Felipe informó al Vicario de Macedonia del paradero de Basa. A su vez, el Vicario escribió al cónsul de Cícico en el Helesponto para que arrestase a Bassa. Después de haber investigado sobre ella y arrestarla, la intentó persuadir para que sacrificara a los ídolos. Pero no lo consiguió, por lo que la ataron las manos a la espalda y la aplastaron y magullaron sus extremidades con varas de hierro. Luego Basa fue decapitada, entregando su alma y recibiendo la inmarcesible corona del martirio.


Para el año 450 ya había una iglesia en honor a la Santa Mártir Basa en Calcedonia.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia