Comunicado


Desde el año 2010, quienes administramos el blog Cristianismo bizantino venimos organizando y participando en actividades que tienen como objetivo dar a conocer en nuestro idioma el patrimonio teológico, espiritual y litúrgico de la tradición bizantina; el mismo blog apareció en mayo de 2013 como parte natural de ese movimiento. Al mismo tiempo, y de un modo espontáneo, gracias a las nuevas tecnologías y a las redes sociales fue surgiendo un grupo de contactos de diferentes partes del mundo -muchos de los cuales hemos acabado conociéndonos en persona- con intereses similares que vinimos en llamar Amigos del Cristianismo Bizantino.


Durante mucho tiempo hemos estudiado la posibilidad de darle a Amigos del Cristianismo Bizantino un carácter formal y una entidad legal, y en los últimos meses y semanas hemos intensificado nuestros esfuerzos en ese sentido. Las dos vías que hemos barajado han sido la civil y la eclesiástica. La primera nos ofrecía una cierta independencia y cobertura legal; sin embargo, la ausencia de una sede física y otras consideraciones como los compromisos estatutarios que era necesario adquirir nos hicieron ver que no era la opción idónea para lo que somos. La segunda aportaba una cobertura canónica, pero, además de lo complicado del procedimiento, ello supondría la ascripción a una confesión determinada, lo que contradice el carácter diverso de nuestro grupo.


Así pues, tras muchas consultas de alto nivel en diferentes instancias, hemos llegado a la conclusión de que Amigos del Cristianismo Bizantino ha de seguir siendo una red mundial de carácter virtual, sin personalidad jurídica, sin una membresía formal ni aportaciones económicas, abierta a todos; es más, hemos acordado ampliar el concepto de Amigo a toda persona que siga y difunda nuestro blog. Estamos convencidos de que esto, que se podría considerar una debilidad, es en realidad nuestra mayor fortaleza al tener como base la libre voluntad de cada uno de nosotros y no las ataduras legales ni canónicas.


Desde la Administración continuaremos trabajando con el mismo entusiasmo que hasta ahora, y quedamos como siempre a la entera disposición de cada uno de vosotros, nuestros Amigos, que nos impulsáis en todo momento a seguir adelante.


¡Gloria a Dios por todo!

09/05 - Traslación de las Reliquias del Santo Jerarca Nicolás el Taumaturgo de Mira en Licia a Bari


En el siglo XI, el Imperio Romano de Oriente atravesaba tiempos terribles. Los turcos otomanos pusieron fin a su influencia en Asia Menor, destruyendo ciudades y aldeas, asesinando a sus habitantes y acompañando su crueldad con la profanación de iglesias, reliquias sagradas, iconos y libros. También intentaron destruir las reliquias de San Nicolás, profundamente veneradas por todo el mundo cristiano.


En el año 792, el califa Arún Al-Rashid envió a Jumeid como capitán de una flota para saquear la isla de Rodas. Habiendo arrasado la isla, Jumeid se dirigió a Mira en Licia con la intención de robar la tumba de San Nicolás. Pero, en vez de eso, robó otra tumba que estaba junto a la cripta del Santo. Justo cuando lograron cometer este sacrilegio, se levantó una terrible tormenta sobre el mar y casi todos los barcos se hicieron pedazos.


La profanación de las cosas sagradas conmocionó no solo a los cristianos orientales sino también a los occidentales. Los cristianos de Italia estaban particularmente preocupados por las reliquias de San Nicolás, pues entre ellos había muchos griegos. Los habitantes de la ciudad de Bari, ubicada a orillas del mar Adriático, decidieron salvar las reliquias de San Nicolás.


En el año 1087, comerciantes de Bari y de Venecia fueron a Antioquía para comerciar. Se propusieron coger las reliquias de San Nicolás y transportarlas a Italia en el viaje de regreso. Los hombres de Bari encargaron a los venecianos que los llevaran a Mira. Al principio fueron enviados dos hombres, que al regresar informaron de que en la ciudad todo estaba tranquilo. En la iglesia donde descansaban las sagradas reliquias se encontraron con solo cuatro monjes. Inmediatamente cuarenta y siete hombres, habiéndose armado, se dirigieron a la Iglesia de San Nicolás. Los monjes, que no sospechaban nada, les mostraron la plataforma elevada, debajo de la cual estaba oculta la tumba del Santo, donde ungían a los extranjeros con miro de las reliquias del Santo. Los monjes les contaron acerca de una aparición de San Nicolás esa noche a cierto Anciano . En esta visión, San Nicolás ordenó la cuidadosa preservación de sus reliquias. En este relato vieron una declaración dirigida a ellos mediante esta aparición del Santo.


Ellos propusieron y revelaron su intención a los monjes y les ofrecieron dinero, 300 monedas de oro. Los monjes rechazaron el dinero y quisieron advertirles de la desgracia que les amenazaba. Pero los recién llegados los ataron y pusieron a sus propios guardias en la puerta. Desarmaron la plataforma sobre la tumba con las reliquias. En este esfuerzo, un joven llamado Mateo fue excesivo en su celo, queriendo encontrar las reliquias de San Nicolás lo más rápido posible. En su impaciencia rompió la tapa y vieron que el sarcófago estaba lleno de fragante miro sagrado. Los sacerdotes Lupoy Drogo ofrecieron una letanía, después de lo cual comenzó a fluir miro del sarcófago del santo por la abertura realizada por Mateo. Esto ocurrió el 20 de abril de 1087.


Al ver la ausencia de la tapa del sepulcro, el sacerdote Drogo envolvió las reliquias en una tela y las llevaron a la nave. Los monjes, una vez liberados, avisaron a la ciudad de las tristes nuevas del secuestro de las reliquias del milagroso Nicolás por parte de unos extranjeros. Una multitud de personas acudieron a la orilla, pero ya era demasiado tarde.


El 8 de mayo los barcos llegaron a Bari, y pronto las alegres noticias recorrieron toda la ciudad. Al día siguiente, el 9 de mayo de 1087, transportaron solemnemente las reliquias de San Nicolás a la iglesia de San Esteban, no muy lejos del mar. La solemne portación de las reliquias fue acompañada por numerosas curaciones de enfermos, que inspiraron aún más reverencia hacia el Santo de Dios. Un año después, se construyó una iglesia con el nombre de San Nicolás y fue consagrada por el Papa de Roma Urbano II.


Este hecho, relacionado con la transferencia de las reliquias de San Nicolás, provocó una veneración particular hacia el Taumaturgo Nicolás y fue marcado con el establecimiento de una fiesta especial el 9 de mayo. Al principio, la fiesta de la Traslación de las Reliquias de San Nicolás fue observada solo por la gente de la ciudad de Bari: no fue adoptada en otras latitudes, a pesar de que la transferencia de las reliquias era ampliamente conocida. Esta circunstancia se explica por la costumbre en la Edad Media de venerar principalmente las reliquias de los santos locales. Además, la Iglesia griega no estableció la celebración de esta conmemoración, ya que consideraron que la pérdida de las reliquias de San Nicolás fue un triste acontecimiento.


La celebración de la memoria de la transferencia de las reliquias de San Nicolás de Mira en Licia a Bari por la Iglesia rusa se estableció el 9 de mayo, poco después del año 1087, sobre la base de una veneración ya existente entre el pueblo ruso llevada de Grecia simultáneamente con la aceptación del cristianismo. Los gloriosos relatos de los milagros realizados por el santo, tanto en tierra como en la mar, eran ampliamente conocidos por el pueblo ruso. Su inagotable fuerza y abundancia atestiguan la ayuda del gran Santo de Dios para el sufrimiento de la humanidad. La imagen de San Nicolás, poderoso realizador de milagros y benefactor, se hizo especialmente querida por el corazón del pueblo ruso, ya que inspiró una fe profunda y esperanza en su intercesión. La fe del pueblo ruso en la abundante ayuda del santo de Dios estuvo marcada por numerosos milagros. Una importante cantidad de literatura sobre San Nicolás fue compilada desde el inicio entre los rusos. Los relatos de los milagros de San Nicolás llevados a cabo en la tierra rusa se registraron en una fecha temprana. Poco después de la Traslación de las Reliquias de San Nicolás de Mira a Bari, una versión rusa de su vida y una redacción de la Transferencia de sus reliquias santas fueron escritas por un contemporáneo. Anteriormente se había escrito un encomio del Milagroso. Cada jueves, la Iglesia rusa honra su memoria en particular.


Numerosas iglesias y monasterios se construyeron en honor a San Nicolás, y los rusos suelen poner su nombre a sus hijos en el bautismo. En Rusia se conservan numerosos iconos milagrosos del santo. Los más famosos entre ellos son los iconos de Mozhaisk, Zaraisk, Volokolamsk, Ugreshsk y Ratny. No había ninguna casa o templo en la tierra rusa en la que no hubiera un icono de San Nicolás el Taumaturgo


El significado de la intercesión del gran Santo de Dios se expresa en una antigua compilación de su Vida, donde se dice que San Nicolás “realizó muchos milagros gloriosos, tanto en tierra como en el mar, ayudando a los abatidos por la desgracia y rescatando a los ahogados, llevándolos a tierra firme desde las profundidades del mar, levantando a otros de la corrupción y llevándolos a casa, liberándolos de las cadenas y el encarcelamiento, evitándoles caer bajo la espada y librándolos de la muerte, y otorgando curación a muchos: dando la vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos, haciendo oír a los sordos y hablar a los mudos. Él aportó riquezas a muchos sufrientes de miseria y pobreza, proveyó comida a hambrientos, y para cada una de sus necesidades se mostró como un pronto ayudante, un ávido defensor, un intercesor y un protector veloz. Tanto en Oriente como Occidente se sabe de este gran Taumaturgo, y hasta los confines de la tierra se conoce su obra milagrosa".



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

09/05 - Cristóbal el Mártir de Licia


San Cristóbal es un santo mártir importante en la memoria cristiana, tanto en Occidente como en Oriente; su nombre define en sí mismo su hermosa vida cristiana: Christo-phoros, que en griego significa “portador de Cristo” y debido a esto, a menudo es representado con el Niño Jesús sobre sus hombros, aunque en algunas ocasiones, los cristianos vemos iconos suyos donde el santo aparece con la cabeza de un perro. Estas representaciones son raras en la Cristiandad y pueden estar asociadas con la iconografía antigua egipcia del dios Anubis, que es representado con una cara de chacal, pero con cuerpo de cadáver humano. Este antiguo dios era el protector de las almas que pasan de esta vida a la eterna, por lo que es muy interesante el hecho de que San Cristóbal sea también el protector de los viajeros y de los pasajeros.


El Cinocéfalo: el hombre con cabeza de perro


Curiosamente, la probable existencia de hombres con cabezas de perro, no solo se menciona en la historia de San Cristóbal. El historiador antiguo Ctesías, que vivió en el siglo V antes de Cristo, habla en su libro Indica de la tribu india de los kinokephaloi. Esta afirmación, posteriormente, es tomada por algunos como el patriarca Focio. Además, en las historias sobre los viajes de Alejandro Magno a la India, los hombres con cabezas de perro vivían en el desierto de Gedrosian, en el actual Pakistán.


Más tarde, el historiador bizantino Tzetzes, en el siglo XII, habla de todo un pueblo de kinokephaloi que vivían en algún lugar de las lejanas tierras indias. Incluso Marco Polo habla de este tipo de seres humanos que habitaban algunos lugares de las islas indias. Marco Polo dice que estas personas se modelaban el rostro desde muy pequeños, por lo que se puede entender que la cara de perro no era real, sino que estaba impuesta por algunas costumbres bárbaras: probablemente un ritual de auto-mutilación. En la versión griega de la vida de San Cristóbal, se dice que él vino al Imperio Romano procedente de las tierras de los persas, por lo que se podía creer que procedía de la India, tal vez de esta tribu de la que hemos hablado.


¿Quién fue San Cristóbal?


Desde el siglo IV, San Cristóbal aparece en los iconos de dos formas: una, atravesando un río portando a Cristo sobre sus hombros y llevando en la mano derecha un bastón que, milagrosamente, tiene hojas. Y la segunda, iconos en los que se le representa con la cabeza de un perro o de un cordero. La primera representación se produce más frecuentemente en Occidente y la segunda, en las Iglesias Orientales. Hay una tercera representación, frecuente en los monasterios del norte de Rumania, donde aparece San Cristóbal como un ser humano normal, pero llevando un plato con una cabeza de perro (el mismo tipo de representación como la de San Juan Bautista o la de otros mártires muertos por decapitación, que aparecen con su cabeza en sus manos).


Dos historias


En el Sinaxario oriental y en la Leyenda Aurea se dice que San Cristóbal vivió en tiempos del emperador Decio, alrededor del año 250, pero hay otras versiones en las que se le coloca más tarde, durante el reinado de Maximino Daia, alrededor del año 300. La leyenda latina lo menciona como canaíta, pero sin embargo, el Sinaxario dice que vino de tierras del Este, más allá de Persia. Ambas historias hacen mención a este gigante soldado del Imperio Romano, que tenía buen corazón y que trataba de ayudar a los cristianos cautivos.


Su nombre latino es “Reprobus”, un nombre que nos indica la comprensión hacia su fealdad; que era feo, pero sin embargo, la otra versión, la oriental, nos dice que Cristóbal era un hombre muy hermoso que rogaba al Señor para que su belleza no provocara escándalo entre las mujeres. Dios escucha sus oraciones y hace que su rostro se convierta en el rostro de un perro.


El martirio de San Cristóbal


Digamos que la historia de un hombre hermoso termina aquí, pero la “Vita” Bizantina es aun más larga: es la vida de un mártir.


En la Leyenda Aurea, Reprobus, sirviendo en primer lugar a un rey cananeo, se vio a si mismo cuando se hablaba de combatir al demonio y por eso entendió que la cruz le podría ayudar contra el mal. Por lo tanto, cómo él quería servir a Cristo y no sabía cómo hacerlo, un ermitaño le dijo que, al ser tan alto, podía ayudar a la gente a cruzar un río y esa sería su misión en este mundo. Una vez había un niño que, curiosamente, era tan pesado que le costó mucho trabajo cruzar el río con él. El Niño le dijo que era Jesús y que buscaba que él lo sirviera y este es el motivo por el cual, en las representaciones occidentales aparece con Jesús sobre sus hombros atravesando un río.


Posteriormente, Reprobus marchó a la ciudad de Licia para alistarse como soldado en el ejército romano. El Sinaxario bizantino menciona también que él tenía problemas de habla, por lo que no podía dar ánimos verbalmente a los cristianos que estaban cautivos. Después de orar a Cristo para que se le solucionase este problema, “Cristo le abrió la boca” por lo que él, en nombre de todos los cristianos, fue capaz de hablar contra un perseguidor local llamado Baco. Por este motivo, fue condenado y enviado a Roma, junto con doscientos soldados que le sirvieron de guardia. En el camino hacia Roma, fue bautizado por el obispo de Antioquia, que se llamaba Babylo y que le cambió su nombre de Reprobus por el de Cristóbal.


La tradición nos dice que su martirio tuvo lugar en Licia, que en realidad es una región que está en el Asia Menor, por lo que probablemente, murió en la capital: Myra. Se dice que el emperador se asustó a ver su cara y su alta estatura. De acuerdo con la Leyenda Aurea, su estatura era de cinco codos (2,3 metros de altura) y su rostro era temible.


En un principio, el emperador intentó convencerlo para que renunciara a su fe y más tarde le envió a dos mujeres muy hermosas para que lo hicieran caer en el pecado, pero no lo consiguió; no tuvo éxito. Y tanto los doscientos soldados como las dos mujeres, se convirtieron al cristianismo por lo que todos ellos fueron condenados a muerte por el propio emperador. Finalmente, el santo fue torturado: lo sentaron en una silla de cobre incandescente, pero él tuvo una visión de Cristo que se le presentó como una luz más brillante que el sol. Finalmente murió como un mártir de Cristo, siendo decapitado.


Su celebración


La Iglesia bizantina venera a San Cristóbal el día 9 de mayo. En muchas iglesias de Grecia, el icono de San Cristóbal se coloca en la entrada para que la gente pueda verlo al entrar y al salir del edificio. Existe un pequeño poema griego que dice que “cuando ves a Cristóbal, puedes caminar con seguridad”. Esto hace creer a la gente que todo el que mira el icono de San Cristóbal no tendrá una muerte súbita ni accidental.


Sus reliquias


Las reliquias de San Cristóbal en un principio se encontraban en una iglesia en Licia, pero posteriormente fueron trasladadas a Toledo y finalmente a la abadía de Saint Denis en Francia. La iglesia de San Justino en la isla de Rab, en Croacia, tiene en su museo un relicario dorado con el probable cráneo de San Cristóbal. Esa reliquia llegó a dicha ciudad en el siglo XI, como un premio especial por la veneración que sentían hacia el santo. La tradición dice que cuando fue colocada en los muros de la ciudad, destruyó al ejército árabe que la sitiaba.


San Cristóbal es el santo patrón de muchas regiones y ciudades, tales como: las antiguas tierras de Baden, Brunswick y Mecklenburg, en Alemania, la isla de San Cristóbal en las islas del Caribe, la ciudad de Barga en la Toscaza italiana, la isla de Rab en Croacia, Roermond en Holanda, Gerona en Cataluña, Mondim de Basto en Portugal, Agrinio en Grecia, Vilnius en Lituania, Riga en Letonia, La Habana en Cuba y Paete en las Islas Filipinas.


He aquí el texto de la Leyenda Áurea varias veces mencionada:


Cristóbal se llamaba Réprobo antes de su bautismo. Pero con el sacramento recibió el nombre de Cristóbal, que significa portador de Cristo, porque había de llevar a Cristo de cuatro modos: sobre los hombros, en el cuerpo por la penitencia, en la mente por la devoción, y en la boca por la confesión de la fe y la predicación.


Cristóbal pertenecía a la tribu de Canaán. Era increíblemente alto y su rostro infundía miedo. La anchura de sus espaldas era de doce codos. Las historias cuentan que, cuando vivía en la corte del rey de Canaán, decidió partir en busca del más grande príncipe de este mundo y entrar a su servicio. Tan lejos fue Cristóbal, que llegó a la corte de un gran rey, que tenía fama de ser el mayor del mundo. Guando el monarca le vio, le tomó a su servicio y le alojó en su palacio. En una ocasión, un bardo cantó delante del soberano una canción en la que mencionaba frecuentemente al demonio. Como el rey era cristiano, hacía la señal de la cruz cada vez que oía mentar al diablo, y al ver aquello Cristóbal, se preguntaba maravillado qué significaba esa señal y por qué la hacía el soberano. Tanto se interesó por aquel misterio, que acabó por interrogar a su amo. Como el rey rehusó revelarle el significado de la señal, Cristóbal le suplicó y aun le amenazó con abandonar su servicio si no obtenía una respuesta. Entoces el rey le respondió: «Siempre que oigo mentar al diablo tengo miedo de que ejerza su poder sobre mí y el signo de la cruz me protege contra sus acechanzas». Entonces Cristóbal dijo al rey: «¿De modo que temes al diablo? Eso quiere decir que el diablo tiene más poder y es mayor que tú. Yo creía que tú eras el príncipe más poderoso del mundo. Así pues, te encomiendo a Dios, porque en este momento me voy a buscar al diablo para servirle».


Cristóbal partió de la corte del rey y se apresuró a buscar al diablo. Pasando por un desierto, vio una gran comitiva de caballeros. El más cruel y horrible de ellos se acercó a Cristóbal y le preguntó a dónde iba. Cristóbal le respondió: «Voy a buscar al diablo para servirle». Y el caballero le dijo: «Yo soy el que buscas». Cristóbal se alegró mucho al saberlo e inmediatamente le prometió servirle lealmente y tenerle por señor hasta la muerte. Un día que iban por un camino real, encontraron una cruz plantada al borde. En cuanto el diablo vio la cruz, echó a correr lleno de miedo y condujo a Cristóbal a través de un desierto para alejarse de la cruz y, luego de dar un rodeo volvieron a tomar el camino real. Cristóbal, muy asombrado, preguntó al diablo por qué había abandonado el camino real y le había conducido a través de un desierto tan árido. Pero el diablo no quería responderle. Entonces Cristóbal le dijo: «Si no me respondes, abandonaré tu servicio». Viéndose obligado a contestarle, el diablo le dijo: «Hubo un hombre llamado Cristo que fue crucificado. Y siempre que veo una cruz tengo miedo y me echo a correr». Cristóbal declaró: «Eso quiere decir que Cristo es más grande y más poderoso que tú. Veo, pues, que me he esforzado en vano por encontrar al Señor más poderoso del mundo. En este mismo momento abandono tu servicio. Prosigue tu camino, porque yo me voy en busca de Cristo».


Después de mucho caminar y preguntar dónde podría encontrar a Cristo, Cristóbal llegó a la morada de un ermitaño del desierto. El ermitaño le habló de Cristo, le instruyó diligentemente en la fe y le dijo: «El Rey a quien buscas exige de ti el servicio de ayunar frecuentemente». Cristóbal le respondió: «Pídeme otra cosa, pues yo soy incapaz de ayunar». El ermitaño replicó: «Entonces tienes que velar y hacer mucha oración». Y Cristóbal respondió: «No sé lo que es hacer oración, de suerte que tampoco puedo obedecer este mandato». Entonces el ermitaño le dijo: «¿Conoces el río profundo de peligrosa corriente en el que han perecido muchas gentes?» Cristóbal respondió: «Sí, lo conozco muy bien». El ermitaño replicó: «Como eres muy alto y erguido y tus músculos son muy fuertes, debes irte a vivir a la orilla de ese río y transportar sobre tus hombros a cuantos quieran atravesarlo. Ese servicio agradará sin duda al Señor Jesucristo, a quien tú buscas. Espero que Él se te mostrará algún día». Cristóbal partió hacia el río y se construyó una morada en la orilla. Para vadear el río empleaba un enorme palo a manera de cayado, y transportaba sin cesar a toda clase de gente de una orilla a otra. Y ahí vivió muchos días, trabajando como hemos dicho.


Cierta noche cuando dormía en su choza, oyó la voz de un niño que le llamaba: «Cristóbal, ven a transportarme». Cristóbal se despertó y salió, pero no vio a nadie. Volvió a entrar en su morada y oyó, por segunda vez, la misma voz; inmediatamente acudió, pero no encontró a nadie. Al oír el llamado por tercera vez, Cristóbal salió a buscar detenidamente y encontró, a la orilla del río, a un niño que le pidió amablemente, que le transportase a la otra orilla. Cristóbal subió al niño en sus hombros, tomó su cayado y empezó a vadear la corriente. Pero las aguas empezaron a subir y el niño pesaba como el plomo. Cuanto más avanzaba Cristóbal, más crecía la corriente y más pesado se hacía el niño, de suerte que Cristóbal tuvo miedo de perecer ahogado. Sin embargo, con gran esfuerzo pudo llegar a la otra orilla. Entonces dijo al pequeño: «Niño, me has puesto en un grave peligro. Me pesabas como si cargase el mundo sobre mis hombros. ¡Nunca había soportado un peso tan grande como el tuyo, que eres tan pequeño!» Y el niño respondió: «No te maravilles por ello, Cristóbal. No has cargado al mundo, pero llevaste sobre los hombros al Creador del mundo. Yo soy Jesucristo, el Rey a quien sirves con tu trabajo. Y, para que sepas que digo la verdad, planta tu cayado junto a tu casa, y yo te prometo que mañana tendrá flores y frutos». Dicho esto, desapareció el niño. Cristóbal plantó su cayado y, cuando se levantó a la mañana siguiente, el palo seco era como una palmera llena de hojas, de flores y de dátiles.


Cristóbal fue entonces a la ciudad de Licia. Como no entendía el idioma de los habitantes, pidió al Señor que le ayudase y Dios le concedió el entendimiento de aquella lengua extraña. Mientras Cristóbal hacía su oración en alta voz, las gentes que lo observaban juzgaron que estaba loco y lo dejaron en paz. Cuando Cristóbal empezó a entender el idioma de los habitantes de Licia, se cubrió el rostro y escuchó lo que se hablaba. Así se enteró de lo que sucedía en la ciudad y sin tardanza, se dirigió al sitio en que los jueces condenaban a muerte a los cristianos y les reconfortó en Cristo. Entonces, los magistrados le abofetearon. Cristóbal les dijo: «Si no fuese cristiano, me vengaría de esta injuria». En seguida plantó su cayado en la tierra y pidió al Señor que lo hiciese florecer y fructificar para convertir al pueblo. Y así sucedió inmediatamente, y se convirtieron ocho mil hombres. Entonces, el rey envió a dos caballeros para que trajesen prisionero a Cristóbal. Los caballeros encontraron a Cristóbal en oración y no se atrevieron a comunicarle la orden del rey. El monarca envió entonces a otros dos caballeros, los cuales se arrodillaron a orar con Cristóbal. Cuando éste terminó su oración, preguntó a los caballeros: «¿Qué buscáis?» Cuando los caballeros vieron el rostro de Cristóbal, le dijeron: «El rey nos ha enviado para que te llevemos prisionero». Cristóbal les dijo: «Si yo quisiera no podríais llevarme prisionero». Los caballeros replicaron: «Si quieres quedar libre, vete pronto y nosotros diremos al rey que no te hemos encontrado». Pero Cristóbal respondió: «No será así, sino que iré con vosotros». Entonces Cristóbal convirtió a los caballeros a la fe y les pidió que le atasen las manos a la espalda y le llevasen a la presencia del rey. Cuando el monarca vio a Cristóbal, sintió tan gran temor que se cayó del trono y sus servidores le ayudaron a levantarse. Entonces el rey preguntó al prisionero su nombre y su país de origen. Cristóbal respondió: «Antes de mi bautismo me llamaba Réprobo y ahora me llamo Cristóbal que significa "portador de Cristo"; antes de mi bautismo era yo cananeo y ahora soy cristiano». El rey replicó: «Tienes un nombre absurdo, porque das testimonio de Cristo, un hombre que fue crucificado y no pudo salvarse, de suerte que tampoco podrá defenderte a ti. ¿Por qué te niegas a sacrificar a los dioses, maldito cananeo?» Cristóbal respondió: «Con razón te llamas Dagnus, pues eres la ruina del mundo y discípulo del demonio. Tus dioses han sido hechos por manos de hombres». Y el rey le dijo: «Tú te educaste entre bestias salvajes; por ello hablas un idioma salvaje y dices palabras que los hombres no entienden. Si ofreces sacrificios a los dioses, te colmaré de regalos y honores; pero si te niegas, te destruiré y aplastaré con horribles penas y torturas». Como Cristóbal se negase a ofrecer sacrificios a los dioses, el rey le encarceló. También mandó decapitar a los caballeros que había enviado a buscarle y se habían convertido al cristianismo.


En seguida, envió al calabozo de Cristóbal a dos hermosas mujeres, llamadas Nicea y Aquilina y les prometió ricos presentes si conseguían hacer pecar a Cristóbal. Al ver a las mujeres, Cristóbal se arrodilló a hacer oración. Pero, como ellas empezasen a abrazarle, Cristóbal se levantó y les dijo: «¿Qué queréis? ¿Para qué habéis venido?» Las mujeres, asustadas de la santidad que se reflejaba en el rostro de Cristóbal, le dijeron: «Hombre de Dios, apiádate de nosotras para que creamos en el Dios que tú predicas». Al enterarse de aquella conversión, el rey mandó que trajesen a su presencia a las mujeres y les dijo: «Os habéis dejado engañar. Pero juro por mis dioses que, si no les ofrecéis sacrificios, pereceréis al punto de mala muerte». Y las mujeres respondieron: «Si quieres que ofrezcamos sacrificios, manda limpiar la plaza y ordena que todo el pueblo se reúna en ella». Cuando quedó cumplida la orden del rey, las mujeres entraron en el templo y, enredando sus guirnaldas en el cuello de los ídolos, los derribaron y los hicieron pedazos. En seguida dijeron a los presentes: «Id a buscar a los médicos y a las brujas para que curen a vuestros dioses». Entonces el rey mandó ahorcar a Aquilina y colgarle de los pies una pesada roca para que se desgarrasen los miembros. Cuando Aquilina murió y pasó al Señor, su hermana Nicea fue arrojada a una hoguera, pero salió de ella totalmente ilesa. Entonces los verdugos le cortaron la cabeza y así murió.


Cristóbal compareció de nuevo ante el rey, quien ordenó que le golpeasen con varillas de hierro, que le colocasen sobre la cabeza una cruz de hierro al rojo vivo, que le sentasen sobre una silla de hierro y encendiesen fuego debajo de ella y que vertiesen sobre el mártir pez hirviente. Pero el asiento se derritió y Cristóbal se levantó sin una sola herida. Viendo esto, el rey mandó que le atasen a una gran estaca y que cuarenta arqueros disparasen sus flechas contra él. Pero ninguno de los arqueros pudo dar en el blanco, porque las flechas se desviaron en el aire y no tocaron a Cristóbal. El rey, creyendo que Cristóbal había sido atravesado por las flechas, le dirigió la palabra; entonces una de las flechas cambió súbitamente de dirección y fue a clavarse en el ojo del rey. Cristóbal le dijo: «Tirano, yo voy a morir mañana. Haz un poco de lodo con mi sangre, úngete con él el ojo y así recobrarás la vista». Entonces el rey mandó que le cortasen la cabeza. Cristóbal hizo su oración, y el verdugo lo decapitó. Tal fue el martirio de Cristóbal. Entonces el rey hizo un poco de lodo con su sangre, se lo puso en el ojo, y dijo: «En el nombre de Dios y de Cristóbal». E inmediatamente quedó curado. El rey creyó entonces en Dios y mandó que fuesen decapitados todos los que blasfemasen de Dios o de san Cristóbal.



Fuente: preguntasantoral / eltestigofiel.org

Adaptación propia

09/05 - El Santo Profeta Isaías


Lo poco que sabemos de Isaías es lo que el profeta nos dice de sí mismo en Is 1-39. Isaías, cuyo nombre significa “Dios salva”, nació en Jerusalén en el año 765 A.C., y parece que perteneció a una familia aristócrata. Su modo de hablar y comportarse lo presentan como un hombre de cultura superior.


En el Antiguo Testamento, Isaías se caracterizó por la riqueza de su lenguaje, que representa el siglo de oro de la literatura hebrea, sobre todo por la importancia de las profecías que se refieren al pueblo de Israel, los pueblos paganos y los tiempos mesiánicos y escatológicos.


Como decimos, Isaías pertenecía al reino de Judá y profetizó durante cuatro reinados: Ozías (783-742), Jotam (742-735), Ajaz (735-715) y Ezequías (715-687). Se suele admitir, sobre la base de 6,1, que la actividad profética de Isaías dio comienzo el año de la muerte de Ozías. Pero hay que dejar abierta la posibilidad de una actividad anterior a la arrolladura visión de Yahvé entronizado en el templo. Isaías estaba casado y era padre de dos hijos, al menos, cuyos nombres tenían un significado simbólico. Es verosímil que toda la actividad profética de Isaías tuviera por escenario la ciudad de Jerusalén. Aunque el profeta se movía con soltura entre los reyes y tenía fácil acceso a la real presencia, no es de creer que perteneciese a la familia real. Sus títulos de nobleza consisten en su talla humana y la alta misión a que Dios le había llamado.


Esta misión consistió en guiar a Israel a través de una de las peores épocas de su historia. Con la muerte de Ozías tocó a su fin el período de gloria y prosperidad nacional que había disfrutado Judá. La sombra de Asiría, que una vez más empezaba a caminar por los senderos de la conquista, se abatía amenazadora sobre el país. Durante su propia vida Isaías tendría que ver cómo el reino del norte se hundía en el remolino de las conquistas, y su propia patria era invadida por los poderosos ejércitos asirios. Pero en Judá aún era más amenazadora la crisis espiritual que el peligro de destrucción física. La misma avaricia, hipocresía e injusticia que Amós había fustigado en el reino de Israel estaban minando la integridad espiritual de Judá.


A todo ello hay que añadir la pérdida del vigor nacional, que condujo a los dirigentes a buscar la forma de llegar a un acuerdo con Asiría y sus dioses, minando así en sus mismas bases la existencia de Judá como pueblo de la alianza. El rey de Judá pertenecía a la casa de David, a quien había sido prometida una descendencia dinástica eterna (2Sam 7). Con Asiría arrasando todo lo que se le ponía enfrente, muchos judaítas empezaron a dudar de que Yahvé tuviera poder para salvar a la dinastía davídica, según sus promesas. Otros adoptaron una actitud opuesta, pero igualmente falta de espíritu. Interpretando la alianza davídica como una garantía absoluta de invencibilidad, sin que para ello importaran los crímenes de cualquier género que se cometían contra Yahvé, intentaron arrastrar a la nación a una serie de revueltas poco menos que suicidas. Cuando la religión se convierte en una garantía para la injusticia a escala nacional, el fin no está lejano. Nadie supo comprenderlo mejor que Isaías.


Su ministerio puede dividirse en tres períodos, en cada uno de los cuales podemos situar con cierta seguridad un cierto número de los oráculos pronunciados por el profeta:


-El primer período, que se extiende a lo largo de los reinados de Jotam y Ajaz, está representado por el contenido de los caps. 1-12. El punto culminante de esta etapa fue la ruptura de Isaías con Ajaz y su política nacional, en la crisis de 735-733, cuando Siria e Israel formaron una coalición para obligar a Judá a entrar en la rebelión armada frente a Asiría.


-El segundo período nos sitúa en el reinado de Ezequías, que sufrió fuertes presiones por parte de Egipto y de los filisteos para que se les uniese en la sublevación contra Sargón de Asiría. Son pocos los oráculos que pueden asignarse con toda seguridad a esta primera etapa del reinado de Ezequías, cuando toda Palestina vivía bajo la sombra amenazadora de Sargón el Grande. El cap. 20 pertenece con seguridad a esta etapa y, con la ayuda de los anales asirios, puede fecharse en los años 714-711, cuando Asdod y otras ciudades-estados se unieron en un levantamiento contra la poderosa Asiría. La posición adoptada por Isaías aparece clara en este capítulo 20. Caminando por las calles de Jerusalén, descalzo y cubierto tan sólo de un ceñidor, el profeta subrayaba la locura de confiar en Egipto y en sus aliados. Parece ser que en esta ocasión se impuso la política preconizada por el profeta, pues Judá se libró del castigo cuando Sargón sofocó la revuelta.


-El último período coincide con las campañas de Senaquerib en Palestina; este rey sucedió a Sargón en el trono de Asiría en 705. El material en prosa del apéndice histórico (caps. 36-39) nos ofrece importantes noticias sobre aquellos tiempos penosos, que vinieron a dar la razón a las palabras proféticas de Isaías. La actividad militar de Senaquerib en Palestina sigue siendo un problema histórico. En el comentario se adoptará la teoría de las dos campañas, que parece estar más de acuerdo con las pruebas históricas. A esta última etapa de la actividad profética de Isaías corresponden los oráculos reunidos en 28,7-33,24. Isaías llevó adelante su tarea como portavoz de Yahvé durante más de cuarenta largos y difíciles años.


Una tradición tardía y no comprobada supone que sufrió la muerte bajo el impío rey Manases, que rechazó de plano las reformas de su padre Ezequías, es decir que murió en algún momento posterior al año 687 a.C.


Pero Isaías no sólo fue un gran profeta, sino que dejó escuela, y nuevos acontecimientos históricos dieron lugar a que su posición espiritual ante la historia, la primacía de la fidelidad a la Alianza con Dios, fuera revitalizada y releída en nuevos contextos. Así, cuando siglo y medio más tarde el pueblo de Judá está en el exilio babilónico, un profeta anónimo -al que llamamos Segundo Isaías- le lleva de parte de Dios una lectura de la historia donde ese exilio no es el signo del fracaso, sino el compás de espera de un nuevo triunfo de Dios: «Consolad, consolad a mi pueblo...» (Is 40,1). Y a su vez, cuando la nueva etapa que se abrió con la vuelta del destierro exige leer de nuevo los signos de los tiempos para volver a encontrar la Alianza, un nuevo profeta, también anónimo -al que llamamos Tercer Isaías-, imbuido del «espíritu isaiano», alzará su voz: « Alegraos, Jerusalén, y regocijaos por ella todos los que la amáis, llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacíais duelo...» (Is 66,10). La tradición posterior ha compilado estos «tres Isaías» en un mismo libro, que es el que conocemos con el nombre de Libro del profeta Isaías, pero que realmente comprende varios siglos de historia viva de la Alianza de Dios con su pueblo. En la memoria de hoy celebramos al Isaías que más conocemos, autor de los oráculos de Is. 1-39, pero también con él a toda una manera de permanecer proféticamente atentos a los signos de Dios en la historia.


LECTURAS


2 Cor 11,5-21: Hermanos, yo no me creo en nada inferior a esos superapóstoles. En efecto, aunque en el hablar soy inculto, no lo soy en el saber; que en todo y en presencia de todos os lo hemos demostrado. ¿O hice mal en abajarme para elevaros a vosotros, anunciando de balde el Evangelio de Dios? Para estar a vuestro servicio tuve que despojar a otras comunidades, recibiendo de ellas un subsidio. Mientras estuve con vosotros, no me aproveché de nadie, aunque estuviera necesitado; los hermanos que llegaron de Macedonia atendieron a mi necesidad. Mi norma fue y seguirá siendo no seros gravoso en nada. Por la verdad de Cristo que hay en mí: nadie en toda Grecia me quitará esta satisfacción. ¿Por qué? ¿Porque no os quiero? Bien sabe Dios que no es así. Esto lo hago y lo seguiré haciendo para cortar de raíz todo pretexto a quienes lo buscan para gloriarse de ser tanto como nosotros. Esos tales son falsos apóstoles, obreros tramposos, disfrazados de apóstoles de Cristo; y no hay por qué extrañarse, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Siendo esto así, no es mucho que también sus ministros se disfracen de ministros de la justicia. Pero su final corresponderá a sus obras. Vuelvo a decirlo: que nadie me tenga por insensato; y si no, aceptadme aunque sea como insensato, para que pueda gloriarme un poquito yo también. Dado que voy a gloriarme, lo que diga no lo digo en el Señor, sino como quien disparata. Puesto que muchos se glorían de títulos humanos, también yo voy a gloriarme. Pues vosotros, que sois sensatos, soportáis con gusto a los insensatos: si uno os esclaviza, si os explota, si os roba, si es arrogante, si os insulta, lo soportáis. Lo digo para vergüenza vuestra: ¡Cómo hemos sido nosotros tan débiles!


Lc 4,22-30: En aquel tiempo, todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.



Fuente: eltestigofiel.org / aceprensa.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia