19/04 - San Juan el Paleolaurita


San Juan el Paleolaurita fue un monje y sacerdote que vivió en el siglo VIII. Adoptó el nombre de Paleolaurita porque se retiró a la Laura de San Caritón, conocida como la "Vieja Laura", por ser uno de los monasterios más antiguos de Palestina y estar ubicada cerca de Belén.


Defendió la fe ortodoxa de los herejes y compuso himnos sagrados.


Tras una vida dedicada a la virtud, se durmió en el Señor a principios del siglo IX.



Fuente: crkvenikalendar.com

Traducción del italiano: Google Translator

Adaptación propia

19/04 - El Santo Hieromártir Pafnucio


Según determinados sinaxarios, todo lo que sabemos de San Pafnucio se recoge de los himnos que se cantan hoy, ya que no se nos ha dejado ninguna biografía. A partir de éstos, vemos que él era un obispo o sacerdote de Jerusalén, que por su fe en Cristo disputó con "animales salvajes", luego fue arrojado al fuego (sin ser afectado), y finalmente fue decapitado por la espada.


El patriarca Germano I de Constantinopla (c. 634-c. 733) compuso un Canon en su honor, donde nos informa que las reliquias del santo Pafnucio fueron glorificadas por milagros, expulsando demonios y distribuyendo abundantes milagros de curación. El Patriarca también implora los ruegos del Santo, para que "por sus intercesiones, podamos ser liberados del yugo de la venganza de Ismael" (Oda 7) y "se nos conceda la victoria, Oh Maestro, contra los bárbaros" (Oda 8). En la Oda 9 hay una petición para que el Hieromártir traiga la paz al rebaño de Cristo.


Algunos consideran que este Santo es el mismo Santo Pafnucio celebrado el 25 de septiembre, que fue martirizado por crucifixión, pero esto no es probable. Otros lo asocian con el Pafnucio que fue discípulo de San Antonio el Grande y obispo de la Alta Tebaida, quien también fue Confesor durante la persecución del Emperador Maximiano, pero esto también parece improbable. El Santo de hoy parece ser un Santo único, que fue especialmente venerado por sus reliquias milagrosas, que parecen haber sido descubiertas de manera milagrosa y fueron una fuente de milagros.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Domingo de Tomás (Antipascua)


Todos los días durante la semana posterior a la Pascua, que la Iglesia llama la “Semana de las Luces” o “De la Renovación”, se celebran los oficios pascuales en todo su esplendor. Diariamente se repite la Liturgia pascual y las Puertas Reales del santuario permanecen abiertas. Abunda el regocijo de la Resurrección y el don del Reino de la Vida Eterna. Luego, al final de la semana, en la tarde del sábado, se comienza la celebración del Segundo Domingo de la Pascua de Resurrección en memoria de la aparición de Cristo al Apóstol Tomás “después de ocho días” (Jn 20:26).


Es importante recordar que el número ocho tiene un significado simbólico tanto en la tradición espiritual judía como en la cristiana. Significa más que cumplimiento y plenitud: significa el Reino de Dios y la vida del mundo venidero, ya que siete es el número del tiempo terrenal. El sábado, el séptimo día, es el bendito día de descanso en este mundo, el último día de la semana. El “primer día de la semana”, el día “después del sábado”, que en todos los Evangelios es recalcado como el día de la Resurrección de Cristo (Mc 16:1; Mt 28:1; Lc 24:1; Jn 20:1, 19), es por lo tanto también el “octavo día”, el día más allá de los confines de la tierra, el día que simboliza la vida del mundo venidero, el día del eterno descanso del Reino de Dios.


El Domingo después de la Pascua de Resurrección, llamado el Segundo Domingo, es entonces el octavo día de la celebración pascual, el último día de la Semana de las Luces. Por lo tanto recibe el nombre de “Domingo Nuevo”. Era solamente en este día en la Iglesia primitiva que los cristianos recién bautizados se quitaban sus túnicas bautismales y volvían a entrar nuevamente a la vida de este mundo.


En los oficios de la Iglesia, se da énfasis a la visión del Apóstol Tomás de Cristo, y en el significado del día llega a nosotros mediante las palabras del Evangelio: “Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo, Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron”(Jn 20:27-29).


No hemos visto a Cristo con nuestros ojos físicos ni tampoco hemos tocado su cuerpo resucitado con nuestras manos, mas en el Espíritu Santo hemos visto, tocado y gustado de la Palabra de la Vida (I Jn 1:1-4), y así es que creemos.


En cada uno de los oficios de oración diarios hasta la Fiesta de la Ascensión, cantamos el Tropario de la Resurrección. En cada uno de los oficios dominicales a partir del domingo de Santo Tomás, cantamos el Canon de la Resurrección  y sus himnos, y repetimos la celebración del “primer día de la semana” en que Cristo resucitó de entre los muertos. En cada Divina Liturgia, la lectura de la epístola es tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, contándonos acerca de los primeros cristianos que vivían en comunión con el Señor Resucitado. Todas las lecturas del Evangelio son tomadas del Evangelio según San Juan, considerado por muchos como un evangelio escrito especialmente para los nuevos bautizados en la vida nueva del Reino de Dios, mediante la muerte y la nueva vida en Cristo, en nombre de la Santísima Trinidad. Se piensa esto porque todos los “signos”, como se refieren a los milagros en el Evangelio de San Juan, tratan de temas sacramentales que involucran agua, vino y pan. Así, cada uno de los domingos después del Domingo de Santo Tomás, con la excepción del Tercero, es dedicado a la memoria de uno de estos “signos”.


LECTURAS


Hch 5,12-20: En aquel tiempo, por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados. Entonces el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: «Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida».


Jn 20,19-31: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.



Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y todo el Oriente) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

18/04 - El Santo Padre Juan el Justo (el Hesicasta), Discípulo de Gregorio el Decapolita


El Emperador estaba enfurecido. Más que nada en el mundo, el despiadado León V el Armenio (813-820 d.C.) quería destruir la práctica religiosa conocida como “veneración de los iconos.”


¿Cómo se atrevían esos arrogantes monjes a oponerse a su voluntad? Con el ceño fruncido y enojado, el hombre más poderoso del Oriente Próximo llamó a sus guardias y a sus verdugos: 


"Haced lo que tengáis que hacerRomped sus huesos si es necesario, pero haced que condenen la práctica de rezar ante los iconos".


Esto aconteció durante los primeros años del Siglo IX, cuando surgió la herejía iconoclasta que amenazó con dividir la Santa Iglesia. Esta larga lucha retornó con fuerza alrededor del año 800, cuando un grupo de obispos corruptos y equivocados de la Iglesia utilizaron su influencia para ganar el apoyo de los Emperadores bizantinos, a quienes les dijeron que la veneración de esas imágenes consagradas de los santos no era otra cosa que idolatría.


Una vez que los poderes seculares habían sido convencidos, les fue bastante fácil convocar a sus grandes ejércitos para arrasar a aquellos resistentes heroicos que estaban dispuestos a arriesgar sus vidas con el fin de defender los iconos sagrados.


Por supuesto que la ira de León en esta ocasión era bastante comprensible, ya que los defensores de los iconos que se estaban preparando para torturar incluían a tres monjes especialmente obstinados cuya reputación de coraje y tenacidad no tenía paralelo en el mundo bizantino. Dos de sus prisioneros eran monjes experimentados –Gregorio, el reconocido Abad del famoso Monasterio de Decápolis en Constantinopla, y su amigo, el igualmente bien conocido San José el Himnógrafo-. Pero el tercer monje era un simple joven, ferviente e idealista asceta que había sido educado por Gregorio en Decápolis. 


Su nombre era Juan, y mientras más pensaba el ceñudo Emperador en la manera de quebrar la resistencia de estos defensores de los iconos, más se concentraba en el joven monje. Viniendo de una larga y amarga experiencia, el tirano sabía que sus posibilidades de convencer a los monjes veteranos Gregorio y José el Himnógrafo eran muy pequeñas. ¿Pero posiblemente podría asustar al tercero –el joven Juan– con amenazas de terribles torturas? Valía la pena intentarlo. Por consiguiente hizo traer solo al joven y le dijo directamente que, si no condenaba la práctica de la veneración de los iconos, sería azotado furiosamente y luego cortado en pedazos con cuchillos. 


El joven monje lo miró calmadamente pero sin decir nada. El Emperador le preguntó si había escuchado la descripción de las insoportables torturas que le habrían de acaecer. El monje asintió lentamente con la cabeza. Con una furia cada vez mayor el Emperador empezó a gritar, pero el joven monje, que parecía calmado y relajado de una manera sobrenatural, solamente sonrió un poco. León el Armenio ya había visto suficiente. Rugiendo y sudando profusamente, ordenó a los guardias burlones que llevasen al asceta al lugar de la tortura. 


Pero a la mañana siguiente, cuando preguntó sobre los azotes y el despedazamiento que supuestamente habían ocurrido, los guardias solamente agitaron sus cabezas… y le informaron de que el joven Juan había sonreído a lo largo de todo el proceso.


Ni él ni su amado maestro –Gregorio el Decapolita– vacilaron en su rechazo a las exigencias del Emperador de que los iconos deberían ser destruidos. Y el Himnógrafo, por su parte, se había reído fuertemente ante la exigencia antes de soportar su propia ronda salvaje de golpes y cortes sin quejarse. 


Al final los tres monjes se negaron a ceder ante la presión… y la campaña de León para apoyar a los clérigos que estaban comprometidos con la Herejía Iconoclasta fue vencida.


De alguna manera el joven Juan sobrevivió a esta penosa experiencia en Constantinopla. Ciertamente, terminaría, finalmente, sintiéndose casi agradecido por esta prueba suprema a su fe y lealtad que se le había requerido siendo un joven monje. Estaba complacido por haber soportado los tormentos de León y de los Iconoclastas, pues fue una buena preparación para los problemas que lo esperaban en años posteriores como valiente y dedicado asceta en el reconocido Monasterio de Caritón en Palestina. Conocido informalmente como el monasterio de “Las Cuevas Antiguas”, esta comunidad de almas supremamente austeras estaba ubicada en una serie de cavernas frías y húmedas ubicadas cerca de Belén, el lugar del nacimiento del Salvador Jesucristo, el Hijo de Dios. Para San Juan, que había nacido alrededor del año 800, probablemente en la región oriental de Asia Menor, Las Cuevas Antiguas era un lugar de retiro perfecto. Habiendo aprendido a vivir bajo los rigores de un asceta extremadamente disciplinado siendo estudiante de Gregorio, el Venerable Juan estaba en búsqueda de una forma de vida muy exigente e incesantemente ascética que hubiera sido capaz de aniquilar a otros. 


Pero Juan, el Discípulo de Gregorio, estaba hecho de una pasta diferente. Cuando llegó a Las Antiguas Cuevas no mencionó en absoluto sus orígenes. No describió sus estudios bajo la tutela de Gregorio ni la confrontación con el Emperador. Cuando le preguntaron sobre la procedencia de su vida espiritual, él sólo les respondía diciéndoles dos cosas: su nombre era Juan y lo que más quería en su vida era vivir en Las Cuevas Antiguas como un humilde y silencioso asceta. 


Ellos le concedieron su deseo. Y entonces se maravillaron por su autodisciplina. Siendo monjes veteranos y con gran experiencia, nunca antes habían visto a un monje con una determinación tan pura. Con el propósito de autodominarse completamente, el recién llegado pasaría, frecuentemente, varios días seguidos sin probar un solo bocado. En otras ocasiones se negaba a sí mismo el sueño y pasaba la noche entera de pie o agachado en una posición incómoda. En muy pocos años sería conocido en toda Palestina como un monje cuya humildad y discreción eran maravillosamente constantes. 


Cuando finalmente murió alrededor del 875, aún se encontraba luchando para vencerse a sí mismo y por darle todo lo que tenía a Su Padre Celestial con la finalidad de alabarle más perfectamente. Aún estaba agradeciendo a Dios por haberle enviado esa gran prueba de fe que pasó en los días de León el Armenio. La memoria del Venerable Juan aún es reverenciada por los cristianos, que ven en él un poderoso ejemplo de la gran fortaleza que viene de Dios para todos aquellos que se niegan a renunciar a Él.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

Sábado Brillante (Luminoso/Radiante) o de la Renovación. Lecturas


Hch 3,11-16: En aquellos días, mientras el paralítico seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello. Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros».


Jn 3,22-33: En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel. Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron: «Rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ese está bautizando, y todo el mundo acude a él». Contestó Juan: «Nadie puede tomarse algo para sí si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de él”. El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar. El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española