25/09 - Nuestro Justo Padre Sergio de Rádonez


Entre los santos rusos, el más conocido e importante es sin lugar a dudas el monje San Sergio de Rádonez.


En los primeros tiempos, los grandes centros del monasticismo ruso se encontraban en las ciudades o cerca de ellas, pero las invasiones de los tártaros en el siglo XIII, que acabaron con la civilización urbana en la región sur del país, desquiciaron también, naturalmente, a los monasterios y su funcionamiento. Muchos de ellos se mantuvieron en existencia, pero su actividad se debilitó y degeneró, y los monjes que verdaderamente buscaban una vida más perfecta, comenzaron a emigrar de los monasterios a la campiña, sobre todo a las vastas soledades de los bosques del norte. A aquellos ermitaños rurales se les llamó ‘pustiniky’, es decir, hombres de los bosques o desiertos.


A San Sergio de Rádonez se le considera como el iniciador de ese movimiento. En realidad, la emigración de los monjes del sur no fue más que la primera etapa de un movimiento general que se realizó simultáneamente en varios lugares y dio origen a gran número de nuevos centros de vida monástica. Pero, comoquiera que haya sido, San Sergio descolló como el personaje más distinguido de aquel período, y muchos le consideran como la figura más brillante del santoral ruso. Y no solo fue un buen monje, sino también un magnífico civilizador.


La imposición de la soberanía de los tártaros y las continuas oleadas de invasiones, matanzas y saqueos (que se prolongaron durante un siglo, a partir de 1237) hundieron al pueblo ruso en las profundidades de la miseria y la desmoralización. En aquel caos, un solo hombre, San Sergio, con las únicas armas de su influencia y su ejemplo, logró algo magnífico: unificar al pueblo ante el opresor, restablecer su respeto propio y su confianza en Dios. El historiador Kluchevsky admite decididamente que los rusos deben su liberación a la educación moral y a la influencia espiritual de Sergio de Rádonez.


Alrededor del año de 1315 vino al mundo este santo en el seno de una noble familia que residía cerca de Rostov, y en la pila bautismal recibió el nombre de Bartolomé. Entre los tres hijos varones del matrimonio, Bartolomé parecía el menos inteligente y continuamente se le echaba en cara su lentitud para aprender, lo cual le hacía sufrir mucho, de manera que cierto día en que paseaba por el campo y se encontró con un monje que mantuvo una larga charla con él, le propuso que le enseñara a leer y escribir con el propósito especial de estudiar la Biblia. Según nos dicen los cronistas y los biógrafos, el monje le dio al niño a comer un trozo de pan con sabor dulzón, y desde aquel momento Bartolomé pudo leer y escribir como una persona adulta y mucho mejor que sus hermanos.


Por aquel entonces, comenzaba a formarse y crecer el principado de Moscú. Una de las primeras consecuencias de aquel crecimiento fue la destrucción del poder y la influencia de Rostov; entre las víctimas de esa política estuvieron los padres de Bartolomé, Cirilo y María. Aún no salía aquel de la infancia cuando el resto de la familia tuvo que huir hasta encontrar refugio en la pequeña aldea de Rádonez, ciento ochenta kilómetros al noroeste de Moscú, donde los arruinados aristócratas de Rostov tuvieron que vivir de su trabajo, como campesinos. Así entró Bartolomé en su juventud, y, al ver que sus obligaciones se limitaban a cuidar de sí mismo, puesto que sus hermanos se bastaban solos y ya no tenía padres, decidió realizar el proyecto, largamente acariciado, de vivir en la soledad. En 1335, abandonó su casa en compañía de su hermano Esteban, que acababa de quedar viudo.


El lugar que eligieron para construir sus ermitas era un prado llamado Makovka, en un claro del bosque, a varios kilómetros de distancia de cualquier sitio habitado. Ahí edificaron una cabaña y una capilla con troncos de árboles y, a solicitud de los hermanos, el metropolitano de Kiev envió un sacerdote para que bendijera la pequeña iglesia y la dedicara a la Santísima Trinidad, una advocación que era muy rara en la Rusia de aquel entonces. Poco tiempo después, Esteban se fue a vivir en un monasterio de Moscú y, durante años, el solitario Bartolomé desapareció de la vista de los hombres.


Sus biógrafos se refieren a aquel período desconocido y nos hablan de terribles asaltos del demonio victoriosamente rechazados, de ataques de fieras salvajes y hambrientas que fueron domesticadas con un signo, de privaciones sin cuento y trabajo agotador, de noches enteras de plegaria y de un constante progreso en el camino de la santidad. Todo lo que se cuenta de aquella época, recuerda mucho las experiencias de los primeros padres del desierto. Solo que hay una diferencia muy importante: en el occidente se asocian las penurias de la vida eremítica con San Antonio y otros santos de Egipto y Siria y se piensa en seguida en las extensiones de arena, en las rocas desnudas, el calor sofocante y la falta de agua. Para Bartolomé o Sergio, como le llamaremos de ahora en adelante, ya que cierto abad, Metrófanes, que le visitó en su ermita le impuso la tonsura y ese nombre, las penalidades eran de un tipo muy distinto: el hielo, la nieve, las tempestades, las lluvias torrenciales y las manadas de lobos hambrientos. La actitud de todos estos ermitaños ante la naturaleza salvaje se ha vinculado con la de San Francisco de Asís en Occidente. Así como Pablo de Obnorsk se hizo amigo de las aves, Sergio domesticó a los osos y llamaba "hermanos" al fuego y a la luz. Pero en lo físico, había una enorme diferencia entre la figura de San Francisco y la de San Sergio que, según se advierte en sus representaciones más antiguas, era un hombrazo alto y fornido, de luenga barba y gesto rudo, como cualquier campesino ruso.


San Sergio no pasaba ninguna hora del día en vano o en la ociosidad. Combinaba sabiamente la oración y el trabajo, el canto de los Salmos y la lectura de los libros sagrados; cada vez más iba en aumento su erudición y cada día de su vida se acercaba más y más a Cristo.


Cada paso en su vida monástica procuraba llevarlo a cabo tomando ejemplo de lo escrito por los devotos de los primeros siglos del cristianismo, tales como los Santos Antonio y Macario los Grandes; san Juan Clímaco, el abad Doroteo y muchos otros. San Sergio también era muy devoto de los primeros prosélitos del monaquismo ruso: Antonio y Teodosio de las Cuevas de Kiev y sus innumerables seguidores. El Santo se esforzaba por lograr en su vida aquel ideal de santidad, que habían logrado todos ellos, marchando siempre hacia Dios por el camino riguroso de la concordancia con las enseñanzas de nuestro Salvador. Valerosamente, resistió toda tentación con su mirada fija en el Cristo celestial, y se entregaba con todas sus fuerzas en la búsqueda de Dios, objetivo único en la vida de todo hombre.


Como ha sucedido con muchos otros personajes similares, llegó el momento en que la reputación de santidad del ermitaño de Makovka se extendió por todas partes y comenzaron a reunirse los discípulos en torno suyo. Cada uno construyó su propia choza, y así nació el monasterio de la Santísima Trinidad. Cuando fueron doce, y tras muchos ruegos, incluso los del obispo de la ciudad más próxima, Sergio accedió a ser el abad que gobernase a aquella comunidad. Recibió las órdenes sacerdotales en Pereaslavia Zalesky y ahí mismo ofició su primera Liturgia. "Hermanos -dijo durante su sermón, resumiendo un capítulo entero de las reglas de San Benito-, orad por mí. Soy un hombre ignorante y, si he recibido de lo alto el talento para ser sacerdote y abad, debo rendir cuenta cabal de él y del rebaño que me ha sido confiado."


El monasterio floreció rápidamente, no tanto en bienes temporales como en los espirituales. Entre sus primeros reclutas figuró el archimandrita de un monasterio de Smolensk. El claro del bosque fue ampliado; en torno a las cabañas y la iglesia se construyeron otras casas; surgió una aldea y, no obstante las protestas de Sergio, se abrió un camino real por donde comenzaron a llegar los visitantes. En el curso de todas aquellas tareas, el abad tenía siempre presente que él era el primero entre sus iguales, y en todo momento, ya fuera en el trabajo o en la iglesia, imponía el ejemplo de su asiduidad.


En la biografía del Santo, compuesta por su discípulo, Epifanio el Sabio, hay muchas referencias a la humildad que adornaba a San Sergio; veamos uno de esos relatos.


En una ocasión, en vida de san Sergio, llegó al convento un campesino que había oído acerca de las proezas y la gloria del padre superior. El hombre pidió a un hermano que le mostrara al padre Sergio. Los monjes le señalaron a un hombre de edad avanzada con vestiduras remendadas y muy sencillas que estaba arrimando unas tablas al lado de la barda del monasterio. El campesino, incrédulo y exaltado, exclamó: “¡Se burlan de mí! Yo he venido hasta aquí para ver a un ilustre padre opulentamente vestido, rodeado de servidumbre, y ustedes me enseñan a un campesino cualquiera, seguramente el más ínfimo del monasterio!”. San Sergio al escuchar las quejas del visitante, abandono su tarea, amablemente lo saludó y lo invitó a pasar al comedor. Le dijo entonces: “No te aflijas hermano, –lo consoló el Santo– Dios es tan benevolente en su casa, que nadie sale de ella con angustia. Y muy pronto Él te mostrará a aquél al que buscas”. En el momento de su charla, al monasterio llegó un príncipe rodeado de un numeroso séquito. El príncipe se tiró a los pies del hombre de Dios, pidiendo su bendición. Entonces el campesino entendió de quien se trataba ese humilde hortelano. Después de la partida del príncipe, con lágrimas rogaba a san Sergio le perdonara por su osadía e ignorancia. “No te aflijas, hijo mío –le dijo el humilde padre–, solamente tú me has juzgado cabalmente, ya que más bien los equivocados son ellos”.


No tardó en presentarse el problema de elegir entre las dos formas de vida monástica que se observaban en el Oriente para seguirla en la Santísima Trinidad. Hasta entonces, los monjes habían observado una norma individual de "ermitaños en comunidad," donde cada uno tenía su propia cabaña y labraba su propia porción de tierra. Sin embargo, San Sergio estaba en favor de la vida en común, cenobítica, y en 1354 impuso la deseada reforma, debido en parte a una recomendación en este sentido por parte de Fileteas, el Patriarca Ecuménico. Por desgracia, aquella reforma ocasionó trastornos. Algunos de los monjes, descontentos con el cambio, manifestaron sus protestas y, en su movimiento de rebelión, encontraron un jefe en la persona de Esteban, el hermano de San Sergio, quien había dejado su monasterio de Moscú para ingresar al de la Santísima Trinidad. El asunto llegó a mayores: hubo incidentes penosos y discusiones desagradables hasta que cierto sábado después de las vísperas, para evitar mayores pendencias con su hermano, San Sergio partió calladamente de su monasterio con la intención de no volver nunca y fue a instalarse como ermitaño en las riberas del Keryach, no lejos del monasterio de Makrís. No tardaron en seguirle numerosos monjes de la Trinidad, y así la casa original comenzó a degenerar hasta el extremo de que el metropolitano Alejo de Moscú envió a dos archimandritas con apremiantes mensajes a San Sergio para que retornara a hacerse cargo de su puesto de abad. Al cabo de muchos ruegos, Sergio accedió y, luego de nombrar un abad para su nuevo establecimiento de Keryach, reanudó sus funciones. Su ausencia había durado cuatro años, y los monjes salieron a recibirle y le tributaron toda suerte de homenajes, "con tan sincero regocijo, que todos le besaron las manos, muchos se postraron en tierra para besarle los pies y otros besaron sus vestiduras."


Como había ocurrido con San Bernardo de Claraval dos siglos antes y con muchos otros santos monjes de Oriente y de Occidente, antes y después, acudieron a consultar a San Sergio los más encumbrados personajes de la Iglesia y del Estado. Con frecuencia se le confiaron misiones para gestionar la paz o para que fungiera como árbitro y, en más de una ocasión, se hicieron vanos intentos a fin de convencerle de que aceptara el cargo de primado de la Iglesia de Rusia. Fue por aquel entonces, entre los años 1367 y 1380, cuando se produjo la gran ruptura entre Dimitri Donskói, príncipe de Moscú, y el jan Mamaí, jefe absoluto de los tártaros. Dimitri se vio obligado a lanzar un desafío que, si fracasaba, habría de acarrear a Rusia mayores catástrofes de cuantas había conocido a lo largo de su historia. Antes de tomar cualquier decisión, el príncipe fue a pedir consejo a San Sergio. Este bendijo a Dimitri y le advirtió: "Es vuestro deber, señor, cuidar del rebaño que Dios ha confiado en vuestras manos. ¡Adelante entonces contra los herejes y conquistadlos en nombre del poder divino! ¡Dios permita que tornéis con bien para dar a Él toda la gloria de vuestra hazaña!"


De manera que el príncipe Dimitri partió a la guerra y se llevó consigo a dos monjes de la Santísima Trinidad que habían sido soldados. Cuando se enteró del enorme poder de su enemigo, volvió a titubear y se hallaba a punto de volverse y abandonar la empresa, pero llegó un mensaje de San Sergio con estas palabras: "No temáis, señor. Marchad armado de confianza en vencer la ferocidad del adversario. Dios estará a vuestro lado." Así, el 8 de septiembre de 1380, se libró la batalla de Kulíkovo que para Rusia tuvo el mismo significado que tuvieron para Europa occidental, las batallas de Tours o de Poitiers. Los tártaros fueron vencidos y huyeron en desorden. "Y en aquel preciso instante -dicen las biografías-, el bendito Sergio, al frente de sus hermanos, oraba a Dios para pedirle la victoria. Y, una hora después de que los herejes habían sido expulsados del suelo de Rusia, a muchas leguas de distancia, el abad anunció a los monjes la derrota del enemigo, porque San Sergio era vidente."


De esta manera, San Sergio de Rádonez desempeñó un papel decisivo al iniciarse el derrumbe del poder de los tártaros en Rusia. Desde entonces no se le dejó permanecer en paz en su monasterio y continuamente se requerían sus servicios para misiones políticas o eclesiásticas; las primeras, sobre todo para restablecer la paz y la concordia en las rivalidades entre los príncipes rusos; las segundas, particularmente en relación con la fundación de nuevos monasterios. Se afirma que sus frecuentes viajes a través de enormes distancias los realizaba a pie.


Uno de los biógrafos habla en términos generales de los "muchos milagros incomprensibles" que obró Sergio y sólo se detiene en algunas de las maravillas, no sin advertir que el propio santo recomendaba que se guardase silencio respecto a sus poderes sobrenaturales. Sin embargo, hay un relato muy detallado, claro y convincente sobre una visión de la Madre de Dios (una de las primeras apariciones de la Santísima Virgen de las que se registran en la hagiografía rusa) que se presentó ante Sergio y otro monje acompañada por los apóstoles Pedro y Juan, para asegurarle que su monasterio florecería extraordinariamente en un futuro no muy lejano. La objetividad de aquella visión es característica de la hagiografía de Rusia, donde rara vez ocurren los raptos o los éxtasis, pero en cambio, el Espíritu Santo desciende sobre los elegidos y les permite ver auténticas apariciones, terrenales o celestiales, ocultas a los ojos de los menos santos.


Seis meses antes de su muerte, San Sergio supo que el fin se acercaba. Renunció a su cargo, nombró a un sucesor y, enfermo por primera vez en su vida, permaneció recluido en su celda. Antes de su muerte, dispuso a los hermanos, ante todo, preservar con rigurosidad la fidelidad a la ortodoxia de la fe. El Santo encomendó también preservar la vida en comunión, la pureza espiritual y corporal, alejarse de los malos deseos, la abstención en la comida y la bebida, tener la aplicación hacia la humildad y el peregrinaje. Cuando su alma estaba a punto de abandonar el cuerpo, recibió el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sostenido en el lecho por los brazos de sus discípulos. Alzó sus manos al cielo, se movieron sus labios para musitar una plegaria y entregó su espíritu puro y santo en manos de su Señor el 25 de septiembre de 1392, posiblemente a la edad de setenta y ocho años."


De acuerdo con lo que dice el Dr. Zernov, es difícil definir exactamente la razón por la cual se agrupó la gente en torno a San Sergio. No era un predicador elocuente ni un hombre de gran saber y, a pesar de que se registraron varias ocasiones en que algunas personas quedaron curadas por las oraciones del santo, no se le puede describir como un curandero popular. Era, en primer lugar, su personalidad lo que atraía a la gente. Era el calor de su afectuosa atención lo que le hacía indispensable para los demás. Poseía esos dones que tan rara vez se encuentran en las personas: una confianza ilimitada en Dios y en la bondad de los hombres, a quienes nunca dejó de consolar y alentar. Lo mismo que otros muchos monjes, San Sergio consideraba como parte de su vocación monástica el servicio activo y directo para bien del prójimo. Por eso el prójimo, tanto el noble como el plebeyo, lo consideró siempre un maravilloso y poderoso médico del alma y del cuerpo, un amigo de los que sufren, el que da de comer al hambriento, defiende al desamparado y da buen consejo al que lo necesita. Una de las características de aquellos monjes del norte era su amor por la pobreza personal y común y por la soledad en cuanto lo permitieran sus deberes comunales y sus atenciones a los necesitados. Sergio instaba a sus hermanos a "tener siempre presente el luminoso ejemplo de aquellos grandes monjes de la antigüedad, verdaderos portadores de la antorcha del cristianismo, que vivieron en este mundo como ángeles: Antonio, Eutimio, Sabas... Los monarcas y las gentes del pueblo acudían a ellos; curaban las enfermedades y ayudaban al necesitado; alimentaban al hambriento y eran como el arcón de las viudas y los huérfanos."


El cuerpo de San Sergio fue sepultado en la iglesia mayor de su monasterio, donde permaneció hasta la revolución de 1917. Los bolcheviques clausuraron el monasterio y las reliquias del santo fueron exhibidas en el "museo antirreligioso" que se estableció allí. En 1945 se autorizó a los jefes de la Iglesia rusa a reabrir el monasterio, y los restos de San Sergio volvieron a su sepultura. Los rusos mencionan a San Sergio de Rádonez en los preparativos para la consagración de la liturgia eucarística.


Curiosamente, San Sergio fue canonizado antes por la Iglesia Latina (1449), siendo Papa de Roma Nicolás V, que por la Iglesia Rusa (1452) a la que pertenecía.



Fuente: ec.aciprensa.com / vidas-santas.blogspot.com

Adaptación propia

25/09 - Memoria del gran terremoto de Constantinopla y del Himno del Trisagio


Durante el reinado del emperador Teodosio el Joven (437), nuestro Dios lleno de bondad y rico en misericordia quiso advertir al pueblo cristiano para que se preparara para el Gran Día en el que los muertos resucitarán, los cielos y la tierra se transformarán en una nueva forma, y ​​todos los hombres comparecerán para ser juzgados por la rectitud de su fe y la pureza de su vida. Entonces el Señor hizo temblar la tierra de manera formidable, durante casi cuatro meses, hasta el punto de que los temblores se sintieron hasta en Alejandría. Presa del miedo, el emperador, el arzobispo San Proclo [20 de noviembre] y todo el pueblo de Constantinopla abandonaron la ciudad para ir, descalzos, en procesión al campo de Marte del Hebdomón, para dirigir oraciones insistentes a Dios por su salvación.


Hacia la tercera hora, cuando la tierra había comenzado a temblar de nuevo, un joven fue repentinamente levantado en el aire por una fuerza divina, mientras el pueblo asustado aumentaba su fervor exclamando: «Kyrie eleison». Al bajar de las nubes, el niño declaró que había sido transportado entre los coros angelicales que cantaban: «¡Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal, ten piedad de nosotros!» y que una voz le había ordenado anunciar al patriarca que el pueblo debía dirigir así sus súplicas a Dios, sin añadir nada. El patriarca ordenó entonces a los cantores y al pueblo que cantaran este himno, que combina la confesión de las tres Personas divinas con el canto de los Serafines de la visión de Isaías (Is 6,3). El terremoto cesó inmediatamente y el joven entregó su alma a Dios. Por iniciativa de la emperatriz Pulqueria, San Proclo instituyó el canto de este himno en la Liturgia de manera solemne. Durante el santo Concilio de Calcedonia (451), fue con el canto del Trisagion como los Padres de la diócesis de Oriente saludaron la proclamación de la verdadera fe y, desde entonces, el himno del Trisagio se ha convertido en un elemento esencial de toda oración bizantina, tanto privada como pública.


Cuando el patriarca usurpador de Antioquía, Pedro «el Batanero», quiso difundir el veneno de la herejía del teopasquismo (alrededor de 468), variante del monofisismo, hizo añadir la fórmula al himno del Trisagio: “…que fue crucificado por nosotros». Los ortodoxos recordaron que, durante el milagro del rapto del niño al cielo, la voz divina le había ordenado no añadir nada al himno y lucharon encarnizadamente para preservar el Trisagio en su sentido trinitario y no cristológico. Por tanto, gracias al testimonio de esta revelación celestial se pudo preservar la fe recta y la justa glorificación del único Dios en tres Personas.



Fuente: Sinaxario

Traducción del francés: Google Translate

25/09 - Eufrosina de Alejandría


Vivió Eufrosina en tiempos de Teodosio el Menor y fue hija de Pafnucio y de una mujer cuyo nombre no se recoge. Este matrimonio, bueno y piadoso, padecía el no tener hijos. Acudían a santuarios a orar por su intención y a monasterios a suplicar oraciones, en especial a uno, donde era abad un conocido de Pafnucio. Y, al parecer, Dios, satisfecho de sus oraciones, les premió con una hija a la que pusieron el nombre de Eufrosina, que en griego quiere decir “alegría”.


Fue una niña hermosa, buena y piadosa, y a los doce años ya decidió consagrarse a Dios. A los dieciocho comenzó a recibir pretendientes y, como es lógico, el padre comenzó a analizarlos y eligió a uno de noble familia y mejor virtud. Antes llevó a su hija ante su amigo, aquel abad que había orado por él, para pedirle la bendijera y tuviera un buen matrimonio. Pero sucedió que, al ser bendecida, Eufrosina se confirmó en su decisión primera: su matrimonio sería con Cristo.


Al volver a casa cambió de costumbres y comenzó, más aún si cabe, una vida de profunda piedad y oración. Llegó incluso a recibir la consagración de las vírgenes en secreto, ante lo cual se determinó salir de su casa, puesto que su padre no cejaba en su intento de casarla. ¿Y que se le ocurrió? Pues travestirse, asumiendo una identidad masculina. y huyó de casa. Así, Eufrosina, o Esmaragdo (Esmeraldo), el nombre masculino que eligió, se fue al monasterio de marras y, fingiendo ser un eunuco del palacio imperial, pidió el hábito al abad, que no la reconoció. Fue recibida y le dio por maestro al santo monje Agapio para que le enseñara el estilo de vida monástico.


Cuando Pafnucio volvió a su casa y no halló a su hija, dio la voz de alarma, mandó cerrar las puertas de la ciudad y se fue al monasterio, a llorar junto a su amigo, pidiéndole que orara para que su amada hija apareciera viva y sana. El abad le consoló diciéndole que confiaba que su hija estaba feliz y contenta, y de seguro estaba al servicio de Dios; aún más, le aseguró que Dios no dejaría que muriera sin verla. Y así, tranquilo, se fue el buen hombre a su casa. Y Esmaragdo sin saber nada, siendo un monje más, solo destacando por su mansedumbre, piedad y obediencia.


Y sucedió que algunos monjes se le aficionasen torpemente por su extremada hermosura, sin saber que era mujer. Por esta razón le mandó el abad a Esmaragdo que viviera recluido en una celda, apartado de los otros, sin que tuviera comunicación con nadie, salvo con Agapio. Allí vivió Esmaragdo, hasta que un día, viniendo su padre al monasterio, oyó a los monjes a hablar de aquel que se santificaba en una celda solitaria y quiso conocerlo. Entró a su celda y le contó sus lágrimas y sufrimientos por su hija desaparecida, ante lo cual, Esmaragdo se echó a llorar, pensando el padre que eran lágrimas de empatía, por lo cual le encomendó que rezara por él.


Treinta y ocho años vivió allí, en oración, penitencia y feliz, hasta que llegó el día en que Dios reveló a Eufrosina que moriría pronto, y, sabiendo que su padre estaba de visita, mandó decirle que no saliera de allí hasta pasados tres días, al cabo de los cuales le llamó a su celda y le dijo: «Quiero librarte, Pafnucio, de muchos cuidados y declararte lo que sé de tu hija; pues tienes gran deseo de saber de ella. Yo, padre, soy tu hija Eufrosina, y este es el rostro de tu bija: Dios me ha encaminado en este encerramiento y manera de vida como Esmaragdo, sin que ninguno pudiese entender que era Eufrosina, y me ha inspirado a que tomase este hábito de monje y perseverase en él hasta esta hora; y me ha dado gracia para que, habiéndole visto muchas veces en esta casa, nunca me he arrepentido de haber venido a ella, ni tus lágrimas me hayan ablandado, ni movido a volver atrás. Dios te ha traído, para que entierres mi cuerpo». Y murió.


Su padre, a voces, contó a los monjes la verdad. Pidió, y obtuvo del abad, la gracia de quedarse en aquella celda bendita donde vivió su hija, y allí vivió diez años más, hasta morir.  



Fuente: Religión en Libertad

Adaptación propia

Viernes de la I Semana de Lucas


Lc 4,22-30: En aquel tiempo, todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la XVII Semana


Ef 4,17-25: Hermanos, esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya, como es el caso de los gentiles, en la vaciedad de sus ideas, con la razón a oscuras y alejados de la vida de Dios; por la ignorancia y la dureza de su corazón. Pues perdida toda sensibilidad, se han entregado al libertinaje, y practican sin medida toda clase de impureza. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que lo habéis oído a él y habéis sido adoctrinados en él, conforme a la verdad que hay en Jesús. Despojaos del hombre viejo y de su anterior modo de vida, corrompido por sus apetencias seductoras; renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas. Por lo tanto, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española