12/04 - Basilio el Confesor, Obispo de Pario


Inquebrantable luchador de primera línea por la defensa de la veneración de los iconos o imágenes santas, Basilio condenó con todas sus fuerzas a los emperadores iconoclastas.


Su gran formación teológica unida a su virtuosa vida, le convirtieron en un destacado obispo de la ciudad de Pario en las costas de la Propóntide griega o Mar de Mármara (la moderna Kemer, Turquía).


Pero esta actitud suya frente a los emperadores iconoclastas fue el motivo de una cruel persecución. Fue encarcelado, encadenado y azotado. Sufrió mucho y soportó "hambre y sed, con ayunos y privaciones muchas veces, con el frío del invierno y con la poca ropa que tenía para cubrir su desnudez" (II Cor. 11,27). Pero Basilio, aunque fue desterrado por los emperadores, nunca perdió la oportunidad para defender la Ortodoxia.


Se hace referencia a que durante los tiempos del reinado de Miguel II "el Tartamudo" (820 - 829 d.C.) y de su hijo Teófilo (829 - 842 d.C.), permaneció desterrado en una pequeña isla cerca de Contantinopla. Finalmente, Dios le hizo digno de que ver el triunfo de la Ortodoxia y, al mismo tiempo, el naufragio de la iconoclasia. 


Cuando regresó a su arzobispado, le recibieron con grandes honores y allí entregó de modo pacífico el espíritu al Señor.


El Santo Basilio ordenó diácono y presbítero al Patriarca posterior de Constantiopla, San Ignacio I.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / catholic.net

Adaptación propia

Santa y Gran Pascua


Llegamos al Domingo de la Pascua, “Fiesta de las fiestas y Temporada de las temporadas”.


En la noche de Pascua la celebración se inicia en la iglesia, a oscuras, con el canto del oficio de medianoche. Comenzamos con el canto del Canon que pertenece, por la monotonía de sus entonaciones y su falta de cualquier referencia a la Resurrección, a la Semana de la Pasión. 


Este Canon termina con la convocación a los fieles, de parte del Obispo o del Sacerdote: “¡Venid, recibid luz de la Luz que no tiene ocaso y glorificad al Cristo que se levantó de entre los muertos!”. Dice esto llevando una vela encendida y revestido de un ornamento blanco que simboliza la alegría. La luz está tomada de la lámpara que está sobre el altar, es decir, de la tumba de Cristo.


Acto siguiente es la salida del Templo para que se cierren las puertas, y comienza lo que se acostumbraron a llamarlo por “el Ataque nocturno de Sorpresa”, expresión tomada del Oficio de la Consagración de un nuevo Templo. Invadir el Templo símbolo de victoria y de triunfo. La Pascua es el Centro del año Litúrgico, y todas la fiestas movibles son fijadas partiendo de Ella. Se cantan, entonces, en el exterior de la iglesia, el Evangelio de la resurrección y el tropario pascual: "Cristo ha resucitado de entre los muertos. Con la muerte ha vencido a la muerte y a aquellos que estaban en los sepulcros les ha dado el don de la vida". Este canto marcará el ritmo de toda la noche y de todo el tiempo de Pascua.


Ante las puertas de la iglesia, que están cerradas, tiene lugar uno de los ritos más cargado de símbolos: el sacerdote con la cruz golpea la puerta de la iglesia cerrada que representa el Hades, lugar donde Cristo desciende el Sábado Santo, o el paraíso donde somos introducidos por Cristo mismo, cantando las palabras del salmista: "Alzad príncipes, vuestras puertas; alzaos, puertas eternas, y entrará el rey de la gloria"; desde dentro de la iglesia se responde a estas palabras con otro versículo del mismo salmo: "¿Quién es este Rey de la gloria?". A la tercera vez las puertas de la iglesia se abren de par en par y la comunidad entra en una iglesia que ya no está a oscuras, sino llena de flores, perfumes y luces; una iglesia donde el iconostasio, el paso del cielo a la tierra, está abierto.


El canon de la noche de Pascua es obra de San Juan Damasceno, con troparios tomados de San Gregorio de Nacianzo, un texto que nos invita a contemplar y a regocijarnos en el misterio de la Pascua del Señor: "Purifiquemos los sentidos y veremos a Cristo en la luz inaccesible de la resurrección. Venid, bebamos una bebida nueva, brotada prodigiosamene no de la piedra estéril sino del sepulcro de Cristo. Has descendido a la profundidad de la tierra, has roto las cadenas eternas que ataban a los prisioneros".


La resurrección del Señor es la nueva creación, porque hoy él crea de nuevo a Adán, lo toma por la mano y lo porta al paraíso. El día de la resurrección es el día de la luz y de la iluminación de los hombres que debe portar a la reconciliación: "Revistámonos de luz para la fiesta y abracémonos los unos a los otros y llamemos también hermanos a aquellos que nos odian. Perdonémoslo todo por la resurrección".


El día de la Pascua se reza sobre los huevos; el huevo es un símbolo de la vida escondida en la cáscara y dispuesta a salir. Desde este día desaparecen todas las expresiones habituales de saludo entre nosotros hasta el Jueves de la Ascensión, y la exclamación: “¡Cristo ha Resucitado!” se convierte en nuestro júbilo y nuestra ley, a la que respondemos con alegría:“¡En verdad ha resucitado!”


Finalmente, es de notar que la “Semana de Renovación” se considera, litúrgicamente, como un solo día; en ella, sucesivamente, se cantan los tonos eclesiásticos, y son ocho, un tono por día, como si la semana fuera un ciclo perfecto y una sola celebración. Los Maitines y Divina Liturgia de cada día son exactamente iguales al anterior, con la diferencia de los himnos pertenecientes a cada tono particular, como si el propósito del acontecimiento de la Pascua sobrepasara el tiempo para anunciar al Día Octavo como día eterno cuya luz no tiene ocaso.


Varios/ Manuel Nin

Traducción del italiano: Salvador Aguilera López


HOMILÍA PASCUAL DE SAN JUAN CRISÓSTOMO


El que es devoto amante de Dios, que disfrute de la hermosura de esta fiesta resplandeciente.


El que es un siervo agradecido, que entre alegre en el regocijo de su Señor. 


El que se cansó ayunando, que se lleve ahora el denario.


El que trabajó desde la primera hora, que acepte su justa gratificación.


El que ha llegado después de la hora tercera, que festeje agradecido.


El que llegó después de la hora sexta, que no dude, pues nada pierde.


El que tardó hasta la hora novena, que se aproxime sin vacilación.


El que llegó a la hora undécima, que no tema por su tardanza, porque el Soberano es Gracioso y Generoso, acepta al último como al primero; concede el descanso al que trabaja desde la hora undécima como al que ha trabajado desde la hora primera; se apiada del último y satisface al primero; da a esté y concede a aquel; recibe las obras y se complace con la intención. Honra los hechos y alaba el empeño.


Entrad, pues, todos vosotros al gozo de vuestro Señor. 


¡Primeros y últimos! Recibid vuestra recompensa. 


¡Ricos y pobres! Regocijaos juntos. 


Vosotros, que anduvisteis en abstinencia, y vosotros, perezosos, celebrad el día. 


Hayáis guardado el ayuno o no, regocijaos hoy. 


La Mesa está colmada; deleitaos, pues todos.


Que nadie se marche hambriento. Participad todos de la bebida de la fe y disfrutad de la riqueza de la bondad. 


Que nadie se aflija quejándose de la pobreza, porque el Reino Universal se ha manifestado. 


Que nadie se lamente por haber pecado una y otra vez, porque el Perdón ha surgido del sepulcro brillando.


Que nadie tema la Muerte, porque la Muerte del Salvador nos ha liberado. 


Él ha destruido la muerte habiéndola padecido; y destruyó al infierno cuando descendió a él, pues éste se amargó cuando saboreó Su Cuerpo; como Isaías anticipó y lo contempló, pues clamó diciendo:


El Infierno se ha amargado cuando Te encontró en abajo. 


Se ha amargado porque ha sido anulado. 


Se ha amargado porque ha sido burlado. 


Se ha amargado porque ha sido destruido. 


Se ha amargado porque ha sido encadenado. 


Recibió un Cuerpo, y he aquí descubrió que este cuerpo era Dios. 


Tomó tierra y, contemplándola, encontró Cielo. 


Tomó lo que estaba viendo, y fue superado por lo que no vio. 


¡Muerte! ¿Dónde está tu poder? ¡Infierno! ¿Dónde está tu victoria?


Cristo resucitó y tú fuiste aniquilado. 


Cristo resucitó y los demonios cayeron. 


Cristo resucitó y los ángeles se regocijaron. 


Cristo resucitó y la vida vino a todos. 


Cristo resucitó y los sepulcros se vaciaron de los muertos. 


Cristo resucitó de entre los muertos llegando a ser el Primogénito de los muertos.


A Él sea la gloria y el Poder por los siglos de los siglos. Amén.


LECTURAS


En Maitines


Mc 16,1-8: Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”». Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían.


En la Liturgia


Hch 1,1-8: En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra».


Jn 1,1-17: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.



Fuente: cristoesortodoxo.com / lexorandies.blogspot.com / iglesiaortodoxaserbiasca.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

11/04 - Antipas, Obispo de Pérgamo


El nombre de San Antipas nos ha sido transmitido por el libro de Apocalipsis: “Eres fiel a mi nombre y no has renegado de mi fe, ni siquiera en los días de Antipas, mi testigo fiel, que fue muerto entre vosotros, ahí donde habita Satanás” (Ap. 2;13), esa es la única mención que nos da el Apóstol San Juan. Era, pues, contemporáneo de los Santos Apóstoles, que lo consagraron Obispo de Pérgamo.


Un relato escrito muy posteriormente nos cuenta que Antipas fue martirizado en Pérgamo, en Asia Menor, durante el reinado de Nerón, emperador que realizara una feroz persecución a los cristianos. Andrés de Cesarea, en sus comentaros del Apocalipsis escritos en el siglo VII, declara haber leído el relato del martirio del santo, pero tan sólo nos da brochazos de información, tal como se acostumbraba en el modelo del género literario usado por el autor.


De acuerdo a este relato Antipas, ya de avanzada edad, fue arrestado tras un levantamiento popular en tiempos de Domiciano y llevado ante el tribunal del prefecto de la ciudad. Este intentó convencerle de la antigüedad y lo venerable del culto a los dioses, frente a la novedad del Cristianismo. Antipas, que era versado en las Escrituras, le mostró como desde el principio, toda la Revelación apuntaba a Cristo, y no a los falsos dioses. Demostró la vacuidad de la filosofía y la maldad y repugnancia de los dioses, llenos de pecados y males como los humanos. Y todo siempre confrontándolo con la pureza de la fe cristiana y el testimonio de Jesucristo. El juez, irritado, mandó fuera metido en un toro de bronce (el toro de Falaris) y este encendido hasta quemar vivo al santo. Aún dentro de aquel horno, Antipas entonaba salmos y cánticos al Señor, hasta que expiró.


Tanto en el Sinaxario Bizantino como en el Martirologio Romano a San Antipas se lo conmemora el 11 de abril. La iconografía lo representa como obispo y según la tradición oriental él era parte de los 72 discípulos de Cristo que se menciona en los Evangelios.


Los fieles rezan a este Santo para ser aliviados de las dolencias de los dientes.



Fuente: eltestigofiel.org / religionenlibertad.com

Santo y Gran Sábado


El Funeral de Cristo, celebrado la noche del viernes, litúrgicamente pertenece al Sábado Santo, Sábado de Gloria: “Éste el sábado que excede las bendiciones, en el cual Cristo descansó”. En este día celebramos “la sepultura del Cuerpo Divino y el descenso de nuestro Señor… al Hades, con el cual volvió nuestro género de la corrupción y lo trasladó a la Vida Eterna”.


El sábado está apretado entre la tristeza del viernes y la alegría del domingo, aunque está más allegado a la Resurrección. Notamos que el Oficio del Funeral está marcado con el sello de la alegría, sea con relación a los Tonos(el primero y el Quinto) o al contenido de los cantos. Por ejemplo las partes de las Bendiciones (Evlogitarias) “¡Bendito eres Tú, Señor, enséñame Tus Mandamientos!” las mismas que cantamos los Maitines de los domingos a lo largo del año.


Obispo, Sacerdote y Diácono, todos se revisten de sus ornamentos completos (esta es la única vez en la cual ocurre esto fuera de la Divina Liturgia, por la venerabilidad del acontecimiento) y rodean a la divina parihuela como a Mesa Sagrada, pidiendo de ella la Vida.


El descendimiento del Señor al Hades es un asunto muy importante en nuestra doctrina ortodoxa, porque en aquél día conquistó Cristo al reino del mal en su propio dominio y se anunció como Salvador para aquéllos que no tuvieron la suerte del anuncio antes de Su Encarnación. Esto aparece en las palabras de Mateo que “Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron… y se aparecieron a muchos”(Mateo 27: 52 – 53). Esto es una gran prueba del Ilimitado Amor del Señor.


La mañana del día siguiente es anunciada a nosotros como inicio de la victoria, leemos, pues, el Evangelio (El Anuncio)de la Resurrección (Matero 28: 1 – 20). En él toda la creación es convocada para recibir la Luz que sale del sepulcro, y serán dispersadas las hojas de laureles en el templo, y estos has sido tradicionalmente la corona de los victoriosos y los reyes. En este día se celebraba el bautismo de los catecúmenos y se revestían de una túnica blanca que simboliza un estado de pureza que ha sido lograda en Cristo por el nacimiento del hombre nuevo por la Resurrección. Por eso cantamos “Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo.” (Gálatas 3: 27), y esto es lo que hacemos durante toda la semana de Pascua conocida por “Semana de la Renovación”, como lo indica el sello bautismal de estos oficios. Pero la expresión de la bendición en la Divina Liturgia de Sábado de Gloria, que se celebraba tradicionalmente en la víspera, no menciona el hecho de la Resurrección porque todavía no ha sido anunciada.


Desde el punto de vista teológico, podemos decir que el camino que conduce al Cielo incluye un aspecto que es particularmente difícil de preservar y cultivar en nuestra sociedad moderna: un aspecto expresado muy elocuentemente en el Himno de la Divina Liturgia del Sábado Santo, tomado prestado de la Liturgia de Santiago el Apóstol. En este día, cantamos con solemne anticipación palabras que expresan asombro (“temor y temblor”) ante el inefable misterio de la muerte y la resurrección venidera del eterno Hijo de Dios.


“¡Que toda carne mortal guarde silencio, y permanezca con temor y temblor, sin meditar nada mundano. Porque el Rey de reyes, y Señor de señores, viene a ser sacrificado, y a entregarse como alimento a sus fieles!”.


En las celebraciones habituales de la Divina Liturgia, nos exhortamos a nosotros mismos y a los demás a “apartar a un lado toda preocupación mundana”, para recibir “al Rey de todo”. En el Sábado Santo, en el que conmemoramos el descanso de Cristo en la tumba y Su descenso al reino de la muerte, recordamos el precio pagado por nuestra liberación de la muerte y la corrupción. Declaramos que Él, el preexistente Hijo divino del Padre, vino al mundo y a nuestra vida con un propósito: morir para que por medio de su muerte pudiéramos tener la vida, vivida en comunión eterna con la Santa Trinidad.


No hay nada en la experiencia humana, ni siquiera en la imaginación humana, que pueda ofrecer una gran promesa y un gran gozo como este mensaje central del Evangelio cristiano. Sin embargo, para muchos de nosotros, el aspecto más familiar y penoso de nuestro viaje cuaresmal probablemente sea nuestra incapacidad de unirnos a este mensaje (a esta extraordinaria promesa) de forma que cambie realmente nuestra vida. La distracción, la dispersión el caos, ya sea desde fuera o desde lo profundo de nuestra propia psique, ejerce su influencia demoníaca en cualquier fase de nuestra vida diaria, mientras estamos trabajando, con nuestros amigos o familia, o en un oficio litúrgico. Y así, vivimos nuestra vidas superficialmente, sintiendo poco de lo que realmente es importante en este mundo, lo único que es verdaderamente necesario.


El Gran Sábado nos llama de vuelta a lo esencial. En el Himno de Entrada, especialmente se nos recuerda que nuestra vida es un campo de batalla, donde la lucha constante nos enfrenta con el enemigo, contra las malas inclinaciones de nuestra naturaleza caída. Apropiadamente, nos llama a participar en esta lucha con temor, con temblor y en silencio.


Uno de los grandes maestros de la tradición bizantina, el místico del siglo V, Diadoco de Fótice, capturó el vínculo vital entre el silencio interior y la lucha espiritual, con estas palabras:


“El conocimiento espiritual llega por medio de la oración, la profunda quietud y el completo desapego... Cuando el intenso poder del alma (thymikon, ira espiritual) se alza contra las pasiones, debemos saber que es hora del silencio, ya que la hora de la batalla está a punto”.


Al final de la Gran Semana, mientras viajamos con nuestro Señor hacia Su resurrección, escuchamos una vez más, en las palabras del Himno de la Entrada del Gran Sábado, una invitación a entrar en ese silencio: silencio que es esencial si vamos a asumir con verdadera fidelidad la lucha ascética que caracteriza nuestra entera “vida en Cristo”.


Con ese silencio estemos en santo temor ante el Rey de reyes y Señor de señores. Durante unos momentos trasladémonos más allá de la superficialidad de nuestra existencia social y cultural: el ruido, la distracción y la inutilidad de nuestra rutina diaria. Por la gracia de Dios, descubramos al menos un mínimo de “oración, profunda quietud y desapego”. En esta quietud (en el silencio concedido a nuestra carne mortal), contemplemos las insondables profundidades del amor del sacrificio de Jesús, por nosotros mismos y por toda la humanidad. Y “con temor y temblor”, recibámoslo como alimento eucarístico, el Pan del cielo, que nos alimenta para la vida eterna.


Varios / John Breck 

Traducción: Cantor Nektario B.


LECTURAS


Gén 1,1-13: Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó Dios a la luz «día» y a la tiniebla llamó «noche». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero. Y dijo Dios: «Exista un firmamento entre las aguas, que separe aguas de aguas». E hizo Dios el firmamento y separó las aguas de debajo del firmamento de las aguas de encima del firmamento. Y así fue. Llamó Dios al firmamento «cielo». Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo. Dijo Dios: «Júntense las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezca lo seco». Y así fue. Llamó Dios a lo seco «tierra», y a la masa de las aguas llamó «mar». Y vio Dios que era bueno. Dijo Dios: «Cúbrase la tierra de verdor, de hierba verde que engendre semilla, y de árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra». Y así fue. La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.


Jon 1-4: El Señor dirigió su palabra a Jonás, hijo de Amitai, en estos términos: —Ponte en marcha, ve a Nínive, la gran ciudad, y llévale este mensaje contra ella, pues me he enterado de sus crímenes. Jonás se puso en marcha para huir a Tarsis, lejos del Señor. Bajó a Jafa y encontró un barco que iba a Tarsis; pagó el pasaje y embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos del Señor. Pero el Señor envió un viento recio y una fuerte tormenta en el mar, y el barco amenazaba con romperse. Los marineros se atemorizaron y se pusieron a rezar, cada uno a su dios. Después echaron al mar los objetos que había en el barco, para aliviar la carga. Jonás bajó al fondo de la nave y se quedó allí dormido. El capitán se le acercó y le dijo: —¿Qué haces durmiendo? Levántate y reza a tu dios; quizá se ocupe ese dios de nosotros y no muramos. Se dijeron unos a otros: —Echemos suertes para saber quién es el culpable de que nos haya caído esta desgracia. Echaron suertes y le tocó a Jonás. Entonces le dijeron: —Dinos quién tiene la culpa de esta desgracia que nos ha sobrevenido, de qué se trata, de dónde vienes, cuál es tu país y de qué pueblo eres. Jonás les respondió: —Soy hebreo y adoro al Señor, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme. Muchos de aquellos hombres se asustaron y le preguntaron: —¿Por qué has hecho eso? —Pues se enteraron por el propio Jonás de que iba huyendo del Señor. Después le dijeron: —¿Qué vamos a hacer contigo para que se calme el mar? —Pues la tormenta arreciaba por momentos. Jonás les respondió: —Agarradme, echadme al mar y se calmará. Bien sé que soy el culpable de que os haya sobrevenido esta tormenta. Aquellos hombres intentaron remar hasta tierra firme, pero no lo consiguieron, pues la tormenta arreciaba. Entonces rezaron así al Señor: «¡Señor!, no nos hagas desaparecer por culpa de este hombre; no nos imputes sangre inocente, pues tú, Señor, actúas como te gusta». Después agarraron a Jonás y lo echaron al mar. Y el mar se calmó. Tras ver lo ocurrido, aquellos hombres temieron profundamente al Señor, le ofrecieron un sacrificio y le hicieron votos. El Señor envió un gran pez para que se tragase a Jonás, y allí estuvo Jonás, en el vientre del pez, durante tres días con sus noches. Jonás suplicó al Señor, su Dios, desde el vientre del pez: «Invoqué al Señor en mi desgracia y me escuchó; desde lo hondo del Abismo pedí auxilio y escuchaste mi llamada. Me arrojaste a las profundidades de alta mar, las corrientes me rodeaban, todas tus olas y oleajes se echaron sobre mí. Me dije: “Expulsado de tu presencia, ¿cuándo volveré a contemplar tu santa morada?”. El agua me llegaba hasta el cuello, el Abismo me envolvía, las algas cubrían mi cabeza; descendí hasta las raíces de los montes, el cerrojo de la tierra se cerraba para siempre tras de mí. Pero tú, Señor, Dios mío, me sacaste vivo de la fosa. Cuando ya desfallecía mi ánimo, me acordé del Señor; y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santa morada. Los que sirven a ídolos vanos abandonan al que los ama. Pero yo te daré gracias, te ofreceré un sacrificio; cumpliré mi promesa. La salvación viene del Señor». Y el Señor habló al pez, que vomitó a Jonás en tierra firme. El Señor dirigió la palabra por segunda vez a Jonás. Le dijo así: —Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré. Jonás se puso en marcha hacia Nínive, siguiendo la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensa; hacían falta tres días para recorrerla. Jonás empezó a recorrer la ciudad el primer día, proclamando: «Dentro de cuarenta días, Nínive será arrasada». Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor. La noticia llegó a oídos del rey de Nínive, que se levantó de su trono, se despojó del manto real, se cubrió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Después ordenó proclamar en Nínive este anuncio de parte del rey y de sus ministros: «Que hombres y animales, ganado mayor y menor no coman nada; que no pasten ni beban agua. Que hombres y animales se cubran con rudo sayal e invoquen a Dios con ardor. Que cada cual se convierta de su mal camino y abandone la violencia. ¡Quién sabe si Dios cambiará y se compadecerá, se arrepentirá de su violenta ira y no nos destruirá!». Vio Dios su comportamiento, cómo habían abandonado el mal camino, y se arrepintió de la desgracia que había determinado enviarles. Así que no la ejecutó. Jonás se disgustó y se indignó profundamente. Y rezó al Señor en estos términos: —¿No lo decía yo, Señor, cuando estaba en mi tierra? Por eso intenté escapar a Tarsis, pues bien sé que eres un Dios bondadoso, compasivo, paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal. Así que, Señor, toma mi vida, pues vale más morir que vivir. Dios le contestó: —¿Por qué tienes ese disgusto tan grande? Salió Jonás de la ciudad y se instaló al oriente. Armó una choza y se quedó allí, a su sombra, hasta ver qué pasaba con la ciudad. Dios hizo que una planta de ricino surgiera por encima de Jonás, para dar sombra a su cabeza y librarlo de su disgusto. Jonás se alegró y se animó mucho con el ricino. Pero Dios hizo que, al día siguiente, al rayar el alba, un gusano atacase al ricino, que se secó. Cuando salió el sol, hizo Dios que soplase un recio viento solano; el sol pegaba en la cabeza de Jonás, que desfallecía y se deseaba la muerte: «Más vale morir que vivir», decía. Dios dijo entonces a Jonás: —¿Por qué tienes ese disgusto tan grande por lo del ricino? Él contestó: —Lo tengo con toda razón. Y es un disgusto de muerte. Dios repuso: —Tú te compadeces del ricino, que ni cuidaste ni ayudaste a crecer, que en una noche surgió y en otra desapareció, ¿y no me he de compadecer yo de Nínive, la gran ciudad, donde hay más de ciento veinte mil personas, que no distinguen la derecha de la izquierda, y muchísimos animales?


Dan 3,1-56: El décimo octavo año de su reinado, el rey Nabucodonosor fabricó una estatua de oro de unos treinta metros de alta y tres de ancha, y la colocó en la llanura de Dura, provincia de Babilonia. Y el rey Nabucodonosor mandó reunir a los sátrapas, ministros, prefectos, consejeros, tesoreros, letrados, magistrados y todos los gobernadores de las provincias para que acudiesen a la inauguración de la estatua que había erigido el rey Nabucodonosor. Entonces se reunieron los sátrapas, ministros, prefectos, consejeros, tesoreros, letrados, magistrados y todos los gobernadores de las provincias para la inauguración de la estatua que había erigido el rey Nabucodonosor, y permanecieron ante la estatua erigida por Nabucodonosor. El heraldo gritó con fuerza: «A vosotros, pueblos, naciones y lenguas, se os hace saber: En cuanto oigáis tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, os postraréis y adoraréis la estatua de oro que ha erigido el rey Nabucodonosor. Quien no se postre en adoración será inmediatamente arrojado al horno encendido». Así pues, en el momento en que todos los pueblos oyeron tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor. En aquel tiempo unos caldeos fueron a denunciar a los judíos. Dijeron al rey Nabucodonosor: —¡Viva el rey eternamente! Su Majestad ha decretado que, cuando alguien escuche tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, se postre adorando la estatua de oro, y quien no se postre en adoración será arrojado a un horno encendido. Pues bien, hay unos judíos, Sidrac, Misac y Abdénago, a quienes has encomendado el gobierno de la provincia de Babilonia, que no obedecen la orden real, ni temen a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido. Entonces Nabucodonosor, montando en cólera y enfurecido, mandó traer a Sidrac, Misac y Abdénago. Enseguida aquellos hombres fueron llevados ante el rey. Nabucodonosor les preguntó: —¿Es cierto, Sidrac, Misac y Abdénago, que no teméis a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que he erigido? Mirad: si al oír tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, estáis dispuestos a postraros adorando la estatua que he hecho, hacedlo; pero, si no la adoráis, seréis arrojados inmediatamente al horno encendido, y ¿qué dios os librará de mis manos? Sidrac, Misac y Abdénago contestaron al rey Nabucodonosor: —A eso no tenemos por qué responderte. Si nuestro Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido, nos librará, oh rey, de tus manos. Y aunque no lo hiciera, que te conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido. Entonces Nabucodonosor, furioso contra Sidrac, Misac y Abdénago, y con el rostro desencajado por la rabia, mandó encender el horno siete veces más fuerte que de costumbre, y ordenó a sus soldados más robustos que atasen a Sidrac, Misac y Abdénago y los echasen en el horno encendido. Así, a aquellos hombres, vestidos con sus pantalones, camisas, gorros y demás ropa, los ataron y los echaron en el horno encendido. Puesto que la orden del rey era severa, y el horno estaba ardiendo al máximo, sucedió que las llamas abrasaron a los que conducían a Sidrac, Misac y Abdénago; mientras los tres, Sidrac, Misac y Abdénago, caían atados en el horno encendido. Ellos caminaban en medio de las llamas alabando a Dios y bendiciendo al Señor. Puesto en pie, Azarías oró de esta forma; alzó la voz en medio del fuego y dijo: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y glorioso es tu nombre. Porque eres justo en cuanto has hecho con nosotros y todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos, y justos todos tus juicios. Has decretado sentencias justas en todo lo que has hecho caer sobre nosotros y sobre la ciudad santa de nuestros padres, Jerusalén, pues lo has hecho con rectitud y justicia a causa de nuestros pecados. Porque hemos pecado y cometido iniquidad apartándonos de ti, y en todo hemos delinquido, sin obedecer tus mandatos. No los hemos guardado, ni puesto en práctica, como se nos mandó para que nos fuese bien. Cuanto has hecho recaer sobre nosotros y cuanto nos has hecho, lo has hecho con verdadera justicia. Nos has entregado en poder de enemigos impíos, los peores adversarios, y de un rey injusto, el más inicuo en toda la tierra. Ahora no podemos abrir la boca, vergüenza y oprobio abruman a tus siervos y a quienes te adoran. Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. Pero ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados. Ahora te seguimos de todo corazón, te respetamos, y buscamos tu rostro; no nos defraudes, Señor; trátanos según tu piedad, según tu gran misericordia. Líbranos con tu poder maravilloso y da gloria a tu nombre, Señor. Sean confundidos cuantos traman maldad contra tus siervos; sean avergonzados, sin poder ni dominio, y su fuerza sea arrebatada. Sepan que tú eres el Señor, el único Dios, glorioso sobre toda la tierra». Los criados del rey que los habían arrojado dentro no paraban de avivar el horno con nafta, pez, estopa y sarmientos. La llama se elevaba más de veinte metros por encima del horno; se expandió y abrasó a los caldeos que halló alrededor del horno. Pero el ángel del Señor descendió al horno con Azarías y sus compañeros y sacó la llama de fuego fuera del horno; formó en el centro del horno una especie de viento como rocío que soplaba, y el fuego no les tocó en absoluto, ni les hizo daño ni les causó molestias. Entonces los tres, como una sola boca, empezaron a cantar himnos, a glorificar y a bendecir a Dios dentro del horno diciendo: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito tu nombre, santo y glorioso: a él gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres en el templo de tu santa gloria: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres sobre el trono de tu reino: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos: a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres en la bóveda del cielo: a ti honor y alabanza por los siglos».


Rom 6,3-11: Hermanos, cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado; porque quien muere ha quedado libre del pecado. Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.


Mt 28,1-20: Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: «Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros». Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy. Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».



Fuente: cristoesortodoxo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española