30/08 - Fantino el Justo de Calabria


San Fantino era procedente de Calabria, Italia. El nombre de su padre era Jorge, y su madre Briene.


Desde muy joven se dedicó al servicio de la fe, y fue tan virtuoso y educado que le siguieron muchos discípulos a los que les enseñó la práctica de la piedad.


Según se dice, fue abad del monasterio griego de San Mercurio, en Calabria. Tras algunos años de ejercer el cargo, Fantino declaró que Dios le había mandado que abandonase el monasterio. Obedeció esa orden y empezó a peregrinar de un sitio a otro, durmiendo al aire libre y alimentándose de hierbas y frutas. Cuando llegaba a alguna iglesia o monasterio, profetizaba desgracias, con grandes lamentaciones. Cuando encontraba a algún monje en el camino, lloraba por él como por un muerto. Sus amigos, muy afligidos de su extraña conducta, trataron de persuadirle a que volviese al monasterio, pero Fantino respondió simplemente que muy pronto dejaría de existir el monasterio y que él moriría en el extranjero. Poco después, los sarracenos asolaron la Calabria y destruyeron el monasterio de San Mercurio.


A la edad de 60 años, junto con dos de sus discípulos, Vitalio y Nicéforo, San Fantino se fue al Peloponeso, donde se instaló por un corto tiempo en Corinto y trajo a muchas almas a la Salvación. Luego visitó Atenas, donde visitó la iglesia de la Virgen. Luego fue a Larisa de Tesalia, y de allí a Salónica, donde sus virtudes y milagros le hicieron muy famoso. Se quedó allí durante ocho años enteros sirviendo al Evangelio y murió pacíficamente, ya anciano, en el año 974 d.C. 



Fuente: saint.gr

Traducción de Google Translator

Adaptación propia

30/08 - Alejandro, Juan y Pablo el Nuevo, Patriarcas de Constantinopla


SAN ALEJANDRO


San Alejandro era, como dicen, "brillante en el carisma apostólico". Fue obispo vicario durante el tiempo de San Teófanes, el primer Patriarca de Constantinopla. Desde el principio de su trayectoria como servidor de la Iglesia se distinguió por su gran devoción, virtud y bondad.


Debido a la avanzada edad del entonces Patriarca Metrófanes, Alejandro fue el que lo sustituyó en el Primer Concilio Ecuménico como representante suyo, celebrado en Nicea de Bitinia. Y cuando en este sínodo denunció a Arrio, Alejandro, ya con 70 años de edad, aceptó dirigirse a Tracia, Macedonia, Tesalia y al resto de Grecia para enseñar y comunicar las doctrinas correctas del Sínodo de Nicea. Pero mientras estaba en esta misión, el patriarca Metrófanes falleció (313-327). Al morir dejó instrucciones en su testamento de que se eligiera a Alejandro al trono de Constantinopla, porque, a pesar de su edad, tenía los conocimientos adecuados para el gobierno de la arzobispado de la capital.


Como Patriarca, Alejandro afrontó correctamente las difíciles circunstancias de su tiempo. Tuvo que lidiar principalmente con los arrianos y con los paganos. Una vez, en una disputa con un filósofo pagano, el Santo le dijo: «En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, te ordeno que te calles». Y el pagano de pronto enmudeció. Cuando él hizo señales de reconocer sus errores y afirmar la exactitud de la doctrina cristiana, de repente volvió a hablar y creyó en Cristo junto con muchos otros filósofos paganos. Los fieles se alegraron de esto, glorificando a Dios, que había dado tal poder a su Santo.


El hereje Arrio engañó al rey Constantino con que supuestamente su creencia era correcta. Arrio había sido admitido, al parecer, a entrar en comunión con los ortodoxos. Cuando el emperador le preguntó si creía en lo que los Padres de Nicea enseñaban, puso la mano sobre el pecho donde había ocultado hábilmente bajo su ropa un documento con su propio credo falso escrito por el mismo, titulado "esto es lo que creo". San Constantino, sin darse cuenta de la maldad engañosa de Arrio, estableció un día para recibirlo en la Iglesia. Y el rey ordenó a Alejandro que permitiera que los Arrianos participaran en la Divina Comunión. Alejandro , lamentándose, durante toda la noche oró a Dios y le pidió su ayuda, rogándole que no permitiera que este hereje fuese recibido en comunión con la Iglesia. Por la mañana Arrio se presentó triunfante en la Iglesia rodeado de consejeros imperiales y soldados, pero el juicio divino le alcanzó. Parando para atender a sus necesidades fisiológicas, sus entrañas estallaron y murió en su propia sangre y suciedad, al igual que Judas.


Su santidad el Patriarca Alejandro, después de haber trabajado mucho, murió en el año 340 a la edad de 98 años. Después, San Gregorio el Teólogo lo mencionó en un elogio al pueblo de Constantinopla.


El servicio a San Alejandro fue impreso en Venecia en el año 1771. Según algunos manuscritos antiguos, San Alejandro debería ser conmemorado el 2 de Junio. 


SAN JUAN «EL ESCOLÁSTICO»


Patriarca de Constantinopla (Juan III, 565-77), autor de una importante colección de leyes eclesiásticas; nació en Sirmis cerca de Antioquía; murió en 577.


Hay poco que decir de su vida. Había sido abogado antes de su ordenación como sacerdote en el patriarcado antioqueno. Fue enviado como legado (apocrisiario) por su patriarca a Constantinopla en el reinado de Justiniano I (527-65). En 565 Eutiquio I de Constantinopla fue depuesto y Juan le sucedió. Cuando Juan murió en 577, Eutiquio fue reinstalado.


Antes de su elevación al patriarcado Juan ya había hecho una colección de cánones. Estas colecciones ya se usaban antes de su época; al principio los decretos de los sínodos más importantes se juntaban en una colección suelta, tal como el “Codex canonum” usado por el Concilio de Calcedonia (451). Desde el siglo V estas colecciones habían aumentado, y por fin se hicieron intentos de reponer el orden meramente cronológico por uno sistemático. De tales arreglos sistemáticos, el de Juan Escolástico fue, si no absolutamente el primero, al menos el primero de alguna importancia. Entre los años 540 y 560 él hizo lo que llamó Synagogy kanonon. El Papa San Nicolás I (858-67), escribiendo a Focio, alude a él como “Concordia canonum.” La obra contenía cincuenta títulos, cada uno con los cánones concernientes al tema del título. Por ejemplo, el primer título es: “Del honor hacia los patriarcas ordenado por los cánones.” Esto es establecido por los cánones VII y VI de Primer Concilio de Nicea, por el canon II del Primer Concilio Ecuménico de Constantinopla y el canon VIII del Concilio de Éfeso. En conjunto el compilador cita los cánones apostólicos, aquéllos de diez sínodos y sesenta y ocho cánones de las segunda y tercera cartas de San Basilioa Anfiloquio. Es el primer intento de recopilar cánones extraídos de las cartas de los Padres. La primera edición contiene 377 cánones, ordenados bajo cincuenta títulos. Después que se convirtió en patriarca, Juan III amplió su colección a sesenta títulos, y le añadió ochenta y siete capítulos del “Novellae” de Justiniano. Hacia fines del siglo VI otro autor le añadió veinticinco capítulos más tomados del Codex y del “Novellae,” respecto a leyes civiles que afectan los asuntos de la Iglesia De este modo la colección creció hasta que finalmente se convirtió en el “Nomocanon” de Focio.



SAN PABLO EL NUEVO


San Pablo el Nuevo, chipriota de nacimiento, se convirtió en patriarca de Constantinopla (780-784) durante el reinado del emperador iconoclasta León IV el Jázaro (775-780), y era un hombre virtuoso y piadoso, pero tímido. Al ver el martirio que soportaban los ortodoxos por los iconos sagrados, el santo ocultó su ortodoxia y se asoció con los iconoclastas.


Después de la muerte del emperador León, quiso restaurar la veneración de los iconos, pero no fue capaz de lograrlo, ya que los iconoclastas aún eran bastante poderosos. El santo se dio cuenta de que no estaba en su poder guiar al rebaño, por lo que abandonó el trono patriarcal y se dirigió en secreto al monasterio de San Floro, donde recibió el esquema monacal.


Se arrepintió de su silencio y asociación con los iconoclastas y habló de la necesidad de convocar el Séptimo Concilio Ecuménico para condenar la herejía Iconoclasta. Siguiendo su consejo, San Tarasio fue elegido para el trono patriarcal. En ese momento, era un prominente consejero imperial. El santo durmió en el Señor en el año 804.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

XIII Domingo de Mateo


La parábola de los viñadores homicidas formó parte del discurso duro de Jesús después de su entrada a Jerusalén, discurso en el cual reprendió a los judíos, y en especial a sus prelados, por la dureza de su corazón. Sin embargo, la analogía de la parábola con el relato bíblico de la creación nos permite hacer una lectura ontológica de la misma sin alejarnos de la sólida interpretación anterior.


«Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre.» Dios hizo la creación perfecta con mucho cuidado, orden y belleza y le encargó al hombre, su creatura óptima, cuidarla «la arrendó a unos labradores y se ausentó.» Su ausencia no es sino la libertad que Dios otorga amorosamente al hombre para escoger su modo de vivir. «Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus servidores a los labradores para recibir sus frutos» ¿Qué son los frutos a entregar? Es la gratitud.


El hombre en el paraíso vivía un estado eucarístico. Todo lo que disfrutaba lo devolvía a Dios en acción de gracias. La creación formó un gesto del amor de Dios, pero también de la gratitud del hombre: una comunión perpetua. Sin embargo, la misma libertad del hombre le permitió rechazar la presencia de Dios: «Ya no quiero que estés presente. La viña es mía. No quiero la presencia de Dios aquí, está el hombre nada más.» A este estado en el cual el hombre escogió andar las Santas Escrituras llaman «caída». Pero la decisión libre del hombre no anula la voluntad de Dios en que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad», por lo que Él no cesa de intervenir, para recordar al hombre su Presencia y su amor; intervención por medio de sus profetas, por las religiones diversas y las filosofías sinceras, a pesar de sus desvíos y fallas, todos ellos no dejan de formar mensajerías que Dios utiliza para advertirle al hombre su Presencia.


Después del asesinato de San Juan el Bautista, Herodes siguió gobernando durante cierto tiempo. Poncio Pilato, gobernador de Judea, más tarde envió a Jesucristo a él, de quien se burló. (Lucas 23:7-12). El juicio de Dios vino sobre Herodes, Herodías y Salomé, incluso durante su vida terrenal. Según una tradición, Salomé, cruzando el río Sicoris en invierno, cayó en el hielo. El hielo cedió de tal manera que su cuerpo estaba en el agua, pero su cabeza estaba atrapada por encima del hielo. Era similar a la forma en que una vez ella había bailado con los pies en el suelo, pero ahora ella se sacudía desesperadamente en el agua helada. Así estuvo atrapada hasta ese momento en que el hielo agudo cortó a través de su cuello. No encontraron su cadáver, pero trajeron la cabeza a Herodes y Herodías, como una vez se les había llevado la cabeza de San Juan el Bautista. El rey árabe Aretas, en venganza por la falta de respeto a su hija, hizo la guerra contra Herodes. El derrotado Herodes sufrió la ira del emperador romano Cayo Calígua (37-41) y fue exiliado con Herodías primero a Galia, y luego a España.


LECTURAS


1 Cor 16,13-24: Hermanos, vigilad, manteneos firmes en la fe, sed valientes y valerosos. Que todo lo vuestro se haga con amor. Un último ruego, hermanos: sabéis que la casa de Estéfanas es primicia de Acaya y que se pusieron al servicio de los santos. Someteos también vosotros a gente como esta y a cualquiera que coopere en sus esfuerzos. Me alegro de la llegada de Estéfanas, Fortunato y Acaico, pues han suplido vuestra falta; es decir, han tranquilizado mi espíritu y el vuestro. Así pues, manifestad vuestro reconocimiento a personas como estas. Os saludan las iglesias de Asia. Muchos saludos, en el Señor, de Áquila y Prisca, y de la iglesia que se reúne en su casa. Os saludan todos los hermanos. Saludaos mutuamente con el beso santo. El saludo lo he escrito yo mismo, Pablo. Si alguien no ama al Señor, sea anatema. Maranatá. La gracia del Señor Jesús con vosotros. Mi amor, con todos vosotros en Cristo Jesús. Amén.


Mt 21,33-42: Dijo el Señor esta parábola: «Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».



Fuente: iglesiaortodoxaserbiasca.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

29/08 - Decapitación del Santo Profeta y Precursor Juan el Bautista


El Profeta San Juan el Bautista es considerado después de la Virgen María el santo más honrado. Era hijo del sacerdote Zacarías, casado con Santa Isabel (descendiente de Aarón). Sus padres vivían cerca de Hebrón (en una región montañosa) al sur de Jerusalén. Por parte de su madre él era pariente de Nuestro Señor Jesucristo y nació seis meses antes que el Señor.


Como lo narra el Evangelista San Lucas, el Arcángel Gabriel, se apareció a su padre Zacarías en el Templo y le anunció el nacimiento de su hijo. Y así estos devotos esposos, de edad avanzada, privados del consuelo de tener descendencia, tuvieron por fin un hijo, el cual ellos pidieron en sus oraciones.


Por misericordia de Dios él se liberó de la muerte entre miles de niños que fueron matados en Belén y sus alrededores. San Juan creció en un desierto salvaje, y se preparaba para la gran labor, llevando una forma de vida severa -ayunando, rezando y meditando en su destino preparado por Dios. Llevaba una vestimenta tosca, sujeta con un cinto de cuero, se alimentaba con miel silvestre y langostas. Él siguió una vida de ermitaño hasta el momento en el que el Señor lo llamó a los 30 años de edad para profetizar al pueblo hebreo.


Obedeciendo a este llamado, el Profeta san Juan, llegó a las orillas del río Jordán para preparar a la gente a recibir al esperado Mesías (Cristo). Ante la festividad de la Purificación mucha gente concurría al río para el lavado religioso. Aquí San Juan se dirigía a ellos, proclamando que se confiesen y se bauticen para el perdón de los pecados. La esencia, de su prédica se refería a que, antes de recibir la purificación externa, la gente debía purificarse moralmente, y de esta manera prepararse para la recepción del Evangelio. Claro es, que el bautismo de Juan no era todavia un sacramento bendito, como el bautismo cristiano. Su sentido era el de preparar (convertir) espiritualmente hacia el próximo bautismo con agua y Espíritu Santo. Según la expresión de una oración de la Iglesia, el Profeta san Juan, era la luminosa estrella matutina, la cual desprendía un brillo que era superior a la luminosidad de todas las estrellas y anunciaba la mañana del bendito día, iluminado por Cristo el Sol espiritual (Malaquias 4:2) Cuando la espera del Mesías llegó a su culminación, el Mismo Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo llegó al Jordán a bautizarse con San Juan. El bautismo de Cristo fue acompañado de anuncios milagrosos - el descenso del Espíritu Santo que bajó en forma de paloma sobre Él y la voz de Dios Padre que provenía de los cielos, diciendo: "Este es Mi Hijo amado..." Al recibir esta revelación, el Profeta San Juan le decía a la gente sobre El "Aquí esta el Cordero de Dios, que toma sobre Sí los pecados del mundo." Al escuchar esto, dos de los discípulos de Juan siguieron a Jesús. Ellos eran los Apóstoles Juan el Teólogo y Andrés, hermano de Simón, llamado Pedro. Con el bautismo del Salvador el Profeta San Juan concluyó como rubricando su servicio de profeta. Con severidad y sin temor acusaba los vicios tanto de las personas comunes, como la de los poderosos de este mundo. Por ello pronto él padeció.


El rey Herodes Antipas (hijo del rey Herodes el Grande) ordenó encarcelar al Profeta San Juan por acusarlo del abandono de su legítima esposa (hija del rey Aretas de Arabia), y por su unión ilegitima con Herodías, la mujer de su hermano Felipe.


El día de su cumpleaños Herodes hizo un banquete, al cual fueron invitadas personas muy conocidas. Salomé, hija de la pecadora Herodías, con su baile impúdico complació de tal manera al rey Herodes y sus invitados en el banquete, que el rey le prometió bajo juramento darle todo lo que ella le pidiese, aun hasta la mitad de su reino. La bailarina por instigación de su madre, pidió que se le entregue la cabeza de San Juan el Bautista sobre una bandeja. Herodes respetaba a Juan como profeta, por ello, él se disgustó ante ese pedido. Pero le dio vergüenza quebrantar la promesa por el dada, envió entonces al guardia a la prisión, el cual decapitó a san Juan el Bautista y entregó su cabeza a Salomé, quien se la llevó a su madre. Después de insultar Herodia sobre la santa cabeza del profeta, la tiró en un sucio lugar. Los discípulos de San Juan el Bautista le dieron santa sepultura a su cuerpo en Sebastia, una ciudad de Samaria.


Por su crueldad Herodes recibió su castigo en el año 38 después de Cristo. Sus tropas fueron derrotadas por Aretas, que fue contra él, por el deshonor causado a su hija, a la cual él abandonó para convivir con Herodías, y al año siguiente el emperador Calígula lo envió al exilio.


Según las narraciones de la tradición, el Evangelista San Lucas, al visitar distintas ciudades y pueblos con las prédicas de Jesús, desde Sebastia llevó a Antioquía una parte de los santos restos del gran Profeta - la mano derecha. En el año 959, cuando los musulmanes se apoderaron de Antioquía (durante el imperio de Constantino Porfirocente), el diácono Job, de Antioquía se llevó la mano del profeta a Calcedonia, desde allí fue trasladada a Constantinopla, donde se conservó hasta que los turcos tomaron la ciudad. Después la mano derecha del Profeta se encontraba en la Iglesia "De La Imagen Del Salvador" en el Palacio de Invierno de San Petersburgo.


La santa cabeza de San Juan el Bautista fue hallada por la piadosa Juana y sepultada adentro de una vasija en el monte de Olivos. Un asceta devoto, al realizar una zanja para hacer el fundamento de un templo, encontró este tesoro y lo guardó consigo, pero ante su muerte, temiendo que la reliquia fuese profanada por los no creyentes, la escondió en la tierra en el mismo lugar que la encontró. Durante el reinado de Constantino el Grande, dos monjes fueron a Jerusalén para venerar el Santo Sepulcro, y a uno de ellos se le presentó el Profeta San Juan el Bautista y le indicó, en donde estaba enterrada su cabeza. Desde ese momento los cristianos comenzaron a celebrar el Primer hallazgo de la santa cabeza de San Juan el Bautista.


El Señor Jesucristo dijo sobre el Profeta San Juan el Bautista "De todos los nacidos de mujer ninguno (profeta) superó a Juan el Bautista."


San Juan el Bautista es glorificado por la Iglesia como un "Ángel, Apóstol, Mártir, Profeta, Intercesor de la gracia antigua y nueva, de los nacidos honorabilísimo y ojo luminoso de la Palabra".


LECTURAS


En Vísperas


Is 40,1-5;9;41,17-18;45,8;48,20-21;54,1: Esto dice el Señor: «Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados». Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos —ha hablado la boca del Señor—». Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Yo, el Dios de Israel, no los abandonaré. Haré brotar ríos en cumbres desoladas, en medio de los valles, manantiales; transformaré el desierto en marisma y el yermo en fuentes de agua. Cielos, destilad desde lo alto la justicia, las nubes la derramen, se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia. Anunciadlo con gritos de júbilo, publicadlo y proclamadlo hasta el confín de la tierra. Decid: el Señor ha rescatado a su siervo Jacob. Los llevó por la estepa y no pasaron sed: hizo brotar agua de la roca. Exulta, estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar, alégrate, tú que no tenías dolores de parto: porque la abandonada tendrá más hijos que la casada».


Mal 3,1;2;3;5;6;7;12;17;18;22-23;24: Esto dice el Señor todopoderoso: «Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí. De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; ¿quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata y el oro. Os llamaré a juicio y seré testigo diligente contra magos y adúlteros, contra los que juran en falso y no vuelven su mirada hacia mí». Dice el Señor del universo: «Pues yo, el Señor, no he cambiado; pero vosotros, hijos de Jacob, os habéis rebelado contra mis mandatos y no los cumplís. Volveos a mí y yo me volveré a vosotros». Dice el Señor del universo: «Todos los pueblos os felicitarán. Volverán a ser propiedad mía; me compadeceré de ellos como se compadece el hombre de su hijo que lo honra. Volveréis a ver la diferencia entre el justo y el malhechor. Recordad la ley de mi siervo Moisés, los mandatos y preceptos que le di en el Horeb para todo Israel. Mirad, os envío al profeta Elías, antes de que venga el Día del Señor, día grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra».


Sab 4,7;16;17;19-20;5,1-7: El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso. El justo difunto condena a los impíos aún vivos. La gente ve la muerte del sabio, pero no comprende los designios divinos sobre él. Bien pronto serán cadáveres sin honra, oprobio para siempre entre los muertos. Pues el Señor los precipitará de cabeza, sin dejarles rechistar, los sacudirá de sus cimientos y quedarán totalmente asolados; vivirán sumidos en el dolor y su recuerdo se perderá. Al rendir cuenta de sus pecados, comparecerán asustados y sus delitos se levantarán contra ellos para acusarlos. Entonces el justo estará en pie con gran aplomo delante de los que lo afligieron y despreciaron sus trabajos. Al verlo, se estremecerán de miedo, estupefactos ante su inesperada salvación. Arrepentidos y gimiendo de angustia se dirán: «Este es aquel de quien antes nos reíamos y a quien, nosotros insensatos, insultábamos. Su vida nos parecía una locura y su muerte, una ignominia. ¿Cómo ahora es contado entre los hijos de Dios y comparte la suerte de los santos? Sí, nosotros nos desviamos del camino de la verdad, la luz de la justicia no nos alumbró y el sol no salió para nosotros. Nos fatigamos por sendas de maldad y perdición, atravesamos desiertos intransitables, pero no reconocimos el camino del Señor».


En Maitines


Mt 14,1-13: En aquel tiempo, oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus cortesanos: «Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera. Ella, instigada por su madre, le dijo: «Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre. Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús. Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.


En la Liturgia


Hch 13,25-33: En aquellos días, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”. Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos vosotros los que teméis a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. También nosotros os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús.


Mc 6,14-30: En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado». Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro. Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.



Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Sábado de la XIII Semana de Mateo


1 Cor 2,6-9: Hermanos, sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino que, como está escrito: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.


Mt 22,15-22: En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Al oírlo se maravillaron y dejándolo se fueron.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española