10/08 - Santo Mártir Lorenzo, Archidiácono (Arcediano) de Roma


Pocos mártires hay en la Iglesia tan famosos como san Lorenzo. Los más ilustres padres latinos celebraron sus alabanzas y, como dice san Máximo «toda la Iglesia se une para cantar al unísono, con gran gozo y devoción, el triunfo del mártir».


Las Actas de san Lorenzo se perdieron en la época de Agustín de Hipona, quien en uno de sus sermones acerca del santo (Sermo 302, de Sancto Laurentio) admite que su narración no provenía de recitar las Actas del santo (como solía hacer Agustín en sus sermones) sino de la tradición oral. Esa tradición sitúa el nacimiento de Lorenzo de Roma en Huesca, en la Hispania Tarraconensis, aunque también podría ser originario de Valencia, donde sus padres habrían residido un corto espacio de tiempo, viniendo a nacer el santo en esta ciudad.


Era Lorenzo uno de los siete diáconos de la Iglesia de Roma, cargo de gran responsabilidad, ya que consistía en el cuidado de los bienes de la Iglesia y en la distribución de limosnas a los pobres. El año 257, el emperador Valeriano publicó el edicto de persecución contra los cristianos y, al año siguiente, fue arrestado y decapitado el papa de Roma san Sixto II. San Lorenzo le siguió en el martirio cuatro días después. Esto es todo lo que sabemos de cierto sobre la vida y muerte del santo; pero la tradición ha aceptado y consagrado los detalles que nos proporcionan san Ambrosio, el poeta Prudencio y otros autores. Según dichas tradiciones, cuando el papa san Sixto se dirigía al sitio de la ejecución, san Lorenzo iba junto a él y lloraba. «¿A dónde vas sin tu diácono, padre mío?», le preguntaba. El Pontífice respondió: «No pienses que te abandono, hijo mío, pues dentro de tres días me seguirás». Lorenzo se regocijó mucho al saber que Dios le llamaría pronto a Sí. Inmediatamente fue en busca de todos los pobres, viudas y huérfanos y les repartió todo el dinero que tenía; también vendió los vasos sagrados y les regaló el producto de la venta. Cuando el prefecto de Roma lo supo, se imaginó que los cristianos escondían grandes tesoros y decidió descubrirlos, pues adoraba la plata y el oro tanto como a Júpiter y a Marte. Inmediatamente mandó llamar a san Lorenzo y le dijo: «Vosotros, los cristianos, os quejáis con frecuencia de que os tratamos con crueldad. Pero hoy no se trata de suplicios; simplemente quiero hacerte unas preguntas. Me han dicho que vuestros sacerdotes emplean patenas de oro, que beben la Sangre sagrada en cálices de plata y que los cirios de los sacrificios nocturnos están en candelabros de oro. Tráeme esos tesoros, pues el emperador los necesita para mantener sus ejércitos y tu doctrina te manda dar al César lo que es del César. No creo que tu Dios mande acuñar monedas de oro, pues lo único que trajo al venir al mundo fueron palabras. Así pues, entréganos el dinero y quédate con las palabras». San Lorenzo replicó sin inmutarse: «La Iglesia es, en verdad, muy rica y todos los tesoros del emperador no igualan lo que ella posee. Te voy a mostrar los tesoros más valiosos; pero para ello necesito que me des un poco de tiempo, a fin de poner las cosas en orden y hacer el inventario». El prefecto no comprendió a qué tesoros se refería Lorenzo y, al pensar que ya tenía en sus manos las riquezas escondidas, quedó satisfecho con la respuesta del diácono y le concedió tres días de plazo.


En el intervalo, Lorenzo recorrió toda la ciudad en busca de los pobres a los que la Iglesia sostenía. Al tercer día, reunidos ya en gran números, los separó en distintas filas: los decrépitos, los ciegos, los baldados, los mutilados, los leprosos, los huérfanos, las viudas y las doncellas. En seguida, fue en busca del prefecto para invitarle a ver los tesoros de la Iglesia. El prefecto, atónito ante aquella multitud de pacientes y miserables, se volvió furioso hacia Lorenzo y le preguntó qué significaba aquello y dónde estaban los tesoros. Lorenzo respondió: «¿Por qué te enojas? Estos son los tesoros de la Iglesia». El prefecto se enfureció todavía más y exclamó: «¿Te estás burlando de mí? Sábete que nadie se burla impunemente de las insignias del poder romano. Yo sé muy bien que lo que buscas es que te condene a muerte, pues eres loco y vanidoso; pero no vas a morir tan pronto como quisieras, sino que vas a morir pedazo a pedazo». Inmediatamente mandó disponer una gran parrilla sobre el fuego para que el santo se asara lentamente. Los verdugos desnudaron a Lorenzo y le ataron sobre la parrilla, donde empezó a quemarse a fuego lento. Los cristianos vieron el rostro del mártir rodeado de un resplandor hermosísimo y respiraron el fragante perfume que despedía su cuerpo; pero los perseguidores no vieron el resplandor ni percibieron el aroma. San Agustín dice que el gran deseo que tenía san Lorenzo de unirse con Cristo le hizo olvidar los rigores de la tortura, y san Ambrosio comenta que las llamas del amor divino eran mucho más ardientes que las del fuego material, de suerte que el santo no experimentaba dolor alguno. Después de un buen rato de estar sobre las brasas, Lorenzo se volvió hacia el juez y le dijo sonriendo: «Manda que me vuelvan del otro lado, pues éste ya está bien asado». El verdugo le dio entonces la vuelta. Lorenzo dijo al fin: «La carne está a punto; ya podéis comer». En seguida oró por la ciudad de Roma, por la difusión de la fe en todo el mundo y exhaló el último suspiro.


Prudencio atribuye a la oración del santo la conversión de Roma y dice que Dios la escuchó en aquel mismo momento, porque a la vista de la heroica constancia y piedad de Lorenzo se convirtieron varios senadores. Esos distinguidos personajes transportaron sobre sus hombros el cuerpo del mártir y le dieron honrosa sepultura en la Vía Tiburtina. La muerte de san Lorenzo, comenta Prudencio, fue la muerte de la idolatría en Roma, porque desde entonces comenzó a declinar y, actualmente (es decir, cuando escribe Prudencio, hacia el 403), el cuerpo senatorial venera las tumbas de los apóstoles y de los mártires. El poeta describe la devoción y el fervor con que los romanos frecuentaban la iglesia de san Lorenzo y se encomendaban a su intercesión y hace notar que la respuesta infalible que obtenían dichas oraciones prueba el poder del mártir ante Dios. San Agustín afirma que Dios obró muchos milagros en Roma por la intercesión de san Lorenzo; san Gregorio de Tours, Fortunato y otros autores, hablan de los milagros del santo en otros sitios. San Lorenzo ha sido, desde el siglo IV, uno de los mártires más venerados. Es absolutamente cierto que fue sepultado en el cementerio de Ciriaca, en Agro Verano, sobre la Vía Tiburtina. Constantino erigió la primera capilla en el sitio que ocupa actualmente la iglesia de San Lorenzo extra muros, que es la quinta basílica patriarcal de Roma.


LECTURAS


2 Tim 2,1-10: Hijo mío, Timoteo, hazte fuerte en la gracia de Cristo Jesús, y lo que has oído de mí, a través de muchos testigos, esto mismo confíalo a hombres fieles, capaces, a su vez, de enseñar a otros. Toma parte en los padecimientos como buen soldado de Cristo Jesús. Nadie, mientras sirve en el ejército, se enreda en las normales ocupaciones de la vida; así agrada al que lo alistó en sus filas. Tampoco el atleta recibe la corona si no lucha conforme a las reglas. El labrador que se afana con fatiga tiene que ser el primero en participar de los frutos. Reflexiona lo que digo, pues el Señor te dará inteligencia para que lo comprendas todo. Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.



Fuente: eltestigofiel.org / Wikipedia / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Lunes de la XI Semana de Mateo


2 Cor 2,3-15: Hermanos, todos tenéis mi alegría por vuestra. Porque os escribí con muchas lágrimas, debido a una gran aflicción y angustia de corazón; pero no lo hice para entristeceros sino para mostraros el amor tan especial que tengo por vosotros. Pues si alguno ha causado tristeza, no me la ha causado a mí, sino, en cierto modo y para no exagerar, a todos vosotros. Bástale a ese tal el correctivo que le ha impuesto la mayoría; de modo que más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que se hunda en una tristeza excesiva. Por eso, os recomiendo que le confirméis el amor; os escribí precisamente para esto, para comprobar vuestro temple y ver si obedecíais en todo. Lo que vosotros perdonéis a alguien, también yo se lo perdono. Pues lo que yo he perdonado, si algo tengo que perdonar, fue por causa vuestra, teniendo delante a Cristo; quiero evitar ser engañado por Satanás, pues no se me ocultan sus intenciones. Llegué a Tróade para anunciar el Evangelio de Cristo y se me abrió una gran puerta en el Señor; pero, al no encontrar allí a Tito, mi hermano, no me quedé tranquilo; entonces me despedí de ellos y salí para Macedonia. Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden.


Mt 23,13-22: Dijo el Señor a los judíos que habían acudido a él: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis los bienes de las viudas con pretexto de largas oraciones! Vuestra sentencia será por eso más severa. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que viajáis por tierra y mar para ganar un prosélito, y cuando lo conseguís, lo hacéis digno de la gehenna el doble que vosotros! ¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: “Jurar por el templo no obliga, jurar por el oro del templo sí obliga”! ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más, el oro o el templo que consagra el oro? O también: “Jurar por el altar no obliga, jurar por la ofrenda que está en el altar sí obliga”. ¡Ciegos! ¿Qué es más, la ofrenda o el altar que consagra la ofrenda? Quien jura por el altar, jura por él y por cuanto hay sobre él; quien jura por el templo, jura por él y por quien habita en él; y quien jura por el cielo, jura por el trono de Dios y también por el que está sentado en él».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

09/08 - El Santo Apóstol Matías


Matías en hebreo significa “dado a nuestro Señor” o “un regalo de nuestro Señor”, o incluso, humilde, pequeño. El fue elegido por nuestro Señor cuando entró en el grupo de los setenta y dos discípulos y cuando, por sorteo, fue elegido para entrar en el grupo de los apóstoles. Se consideraba pequeño, porque era manso y humilde. Como dice San Ambrosio hay tres formas de ser humilde: la primera es hacerse humilde por aflicción, la segunda es ser humilde por la consideración de si mismo y la tercera es serlo por devoción a nuestro Creador. San Matías, tuvo la primera por sufrir el martirio, tuvo la segunda por despreciarse a sí mismo y tuvo la tercera por maravillarse de la majestad de nuestro Señor. Por San Matías como cambiar el bien por el mal, porque por ser bueno, ocupó el lugar de Judas, el traidor. Su vida es leída en la Santa Iglesia y San Beda escribió sobre él como de un hombre santo que da testimonio (Leyenda áurea, siglo XIII).


Sobre San Matías se dicen pocas cosas en la Biblia. Solo es mencionado una vez en el Nuevo Testamento, o sea, cuando es elegido para reemplazar a Judas a fin de que se cumpla el que hubiera doce apóstoles de Cristo (Hechos 1, 15-26). Después de la Ascensión del Señor, se reunieron los discípulos, con María la Madre de Jesús y los once apóstoles. Estaban esperando la prometida venida del Espíritu Santo, perseverando en la oración. Como el puesto ocupado por Judas había quedado vacante, el número de los doce no estaba completo y este es el texto sobre la divina elección del nuevo apóstol, el número doce.


“Uno de aquellos días Pedro se puso en pie en medio de los hermanos – el número de los reunidos era de unos ciento veinte – y les dijo: «Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había hablado ya acerca de Judas, el que fue guía de los que prendieron a Jesús. Porque él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Este, pues, compró un campo con el precio de su iniquidad, y cayendo de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Y esto fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén de forma que el campo se llamó en su lengua Haqueldamá, es decir: «Campo de Sangre». Pues en el libro de los Salmos está escrito: “Quede su majada desierta, y no haya quien habite en ella”. Y también: “Que otro reciba su cargo”. «Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección». Presentaron a dos: a José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Entonces oraron así: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos has elegido, para ocupar en el ministerio del apostolado el puesto del que Judas desertó para irse adonde le correspondía.» Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles. (Hechos, 1, 15-26).»


Por este texto se conoce cómo fue elegido el nuevo discípulo (apóstol), o sea, por sorteo. Hoy en día, esta elección podría ser considerada de alguna manera como anticristiana, ya que podría asociarse con el juego. Sin embargo, la tradición judía conocía lo sagrado de las probabilidades llamadas Urim y Tummim, que eran utilizadas por el sumo sacerdote del Templo. Y aun hoy en día, este sorteo es utilizado por la Iglesia; por ejemplo, los ortodoxos serbios eligen a su Patriarca por sorteo contando con dos o tres candidatos propuestos por el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Serbia. Pero de todos modos, de acuerdo con la Leyenda Áurea, la elección de Matías no fue exactamente un sorteo, sino una elección divina, una señal dada por Dios, pues añade: “Pero dice San Dionisio que habiendo un empate en la elección, un rayo bajó del cielo brillando sobre él”.


Asimismo, por este pasaje bíblico que hemos mencionado, sabemos que Matías fue elegido para reemplazar a Judas. Sabemos que Judas compró la tierra llamada Haceldamah (Haqueldamá) y esto es una novedad porque parece que San Pedro, con este discurso, contradice lo dicho por los evangelios. Parece que Judas no se suicidó, sino que murió en su causa a consecuencias de un accidente: “Compró un campo con el precio de su iniquidad y cayendo de cabeza, se reventó por medio, derramándose todas sus entrañas” (Hechos 1, 18). Asimismo, por este texto, nos enteramos que tanto Matías como José el Justo, eran miembros del grupo más amplio, el de los setenta y dos discípulos que acompañaban a Jesús después de su Bautismo. Así que Matías fue testigo presencial de todas las enseñanzas y milagros de Jesús, aunque no formaba parte del grupo restringido de los doce.


San Matías apóstol en la Tradición Cristiana


Más que por los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, sabemos más de San Matías por la Leyenda Áurea(Occidente, siglo XIII) y por el Synaxarion de Simeón Metafrastes (Oriente, siglo X). Sabemos que Matías nació en Belén y pertenecía a la tribu de Judá y que, según la tradición, aunque esto es poco probable, estudió la Ley de manos de San Simeón. Digo que esto no es probable porque según otra tradición, Simeón murió poco después de que el Niño fuese presentado en el Templo, diciendo la conocida oración del “Nunc dimittis”, (Lucas, 2, 29-32). La Leyenda Áurea empieza a hablar de Matías desde que este reemplazó a Judas, pues habla primero de este “apóstol traidor” hasta su muerte. Solo a partir de ese momento comienza la historia de Matías, que reemplazó a Judas no solo como apóstol sino como hombre. Matías es el nuevo Judas, pero bueno.


Haciendo un repaso digamos que Matías pertenecía al grupo de los setenta y dos y que es elegido para el grupo de los doce; pero la tradición dice a qué parte del mundo fue cada apóstol para predicar el Evangelio de Cristo. Cuando es elegido Matías y después de Pentecostés, predica en Judea y posteriormente parece que marchó a Etiopía a fin de predicar allí a nuestro Señor Jesucristo como Dios. Algunos escritos de los Padres de la Iglesia y algunos documentos apócrifos (uno incluso tiene el nombre de Evangelio de Matías), nos dicen que Matías predicó en Etiopía, concretamente en la región llamada Colchis (Cólquida). Existe en Georgia otra región con el mismo nombre, lo que hace que muchos crean que predicó también allí, en Georgia. De todos modos, la tradición reconoce a San Matías como el apóstol de Etiopía. Por predicar a Cristo, fue torturado y perseguido por algunos habitantes de la región. Un documento muy antiguo dice incluso que los etíopes fueron muy crueles, bárbaros y hasta caníbales. Parece que Matías fue arrastrado por el suelo, golpeado, le rasparon las costillas con herramientas de hierro, colgado, quemados los pies, muriendo finalmente crucificado en el año 63.


Pero otra tradición dice que San Matías fue a predicar a Macedonia, donde sus habitantes le obligaron a tomar una bebida venenosa, que normalmente dejaba ciego a quienes la bebían. Esto lo hicieron para comprobar la veracidad de la nueva religión predicada por el apóstol. Matías bebió el veneno en el nombre de Cristo y se mantuvo incólume, curando al mismo tiempo a más de doscientas cincuenta personas a las que en el nombre de Cristo les imponía las manos. Pero los que no se convirtieron seguían con la intención de matarlo, por lo cual Matías se hizo invisible durante tres días a fin de no ser encontrado. Posteriormente, Matías se les presento, fue encarcelado pero por la noche, de manera similar a como le sucedió a Pedro, fue liberado por un milagro divino. Una vez liberado, nuevamente siguió predicando a Cristo. Con posterioridad marchó a Amasea, ciudad en la costa del Mar Negro y durante tres años acompañó al apóstol Andrés en su apostolado por Edesa y Sebasta.


Con posterioridad; Matías volvió de nuevo a Judea, predicando la palabra de Dios, realizando milagros y bautizando a todos los que creían en Cristo. Pero el Sumo Sacerdote del Templo Anán (o Ananías), cuyos esbirros habían asesinado a Santiago, el hermano del Señor, ordenó capturar a Matías. En una asamblea, Anán acusó falsamente al apóstol de poner en peligro al pueblo hebreo apoyando una subversión contra los romanos, puso como ejemplos a Judas el Galileo y a Teudas y finalmente, incluso a Jesús de Nazareth “que se proclamó a si mismo como Dios e Hijo de Dios, que asombró a muchos por los prodigios que hacia con artimañas de encantamiento y que arrastraba sus corazones hacia él, haciendo que se denigrara la Ley (…) sin embargo, debido a su orgullo, encontró el final que se merecía pagando de esa forma sus actos” (párrafo del Synaxarion de San Simeón Metaphrastes).


El Sumo Sacerdote recuerda el sometimiento de los judíos a los romanos y culpa a Cristo de que este sometimiento aun se ha vuelto más difícil de soportar, por lo cual, los discípulos de Jesús merecen la muerte, “así que es mejor que estos galileos, que no son muchos, mueran, abandonen este lugar santo y al pueblo que está sometido a los romanos”. Finalmente piden a Matías que elija entre abandonar a Cristo o seguir como discípulo suyo. San Matías predica a Cristo y discute con el Sumo Sacerdote sobre las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías. Matías se refiere a la profecía de Moisés en el Deuteronomio: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre vosotros, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán” (Deut., 18, 15), recuerda también “Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado” (Números, 21, 9) e incluso a la zarza ardiente del Sinaí (Exodo, 3) y a la historia de Jonás en el vientre de la ballena durante tres días. Estos contenidos se asemejan a lo proclamado por San Esteban (Hechos, 7). Por último, Matías proclama la Resurrección de Cristo por lo que es acusado de blasfemo y merece ser apedreado conforme dictamina la Ley: “Saca al blasfemo fuera del campamento; que todos los que lo oyeron, pongan las manos sobre su cabeza, y que toda la comunidad lo mate a pedradas. Luego di a los israelitas: Cualquier hombre que maldiga a su Dios, cargará con su pecado”. (Levítico, 24, 14-15). El Sumo Sacerdote aprueba esta condena y Matías es llevado a un lugar llamado Betlaschila o sea, “la casa de los que apedrean”. “El Santo les pide que las primeras piedras lo entierren a fin de dar testimonio sobre la pasión de Cristo. Así que comenzaron a arrojar piedras sobre él y, alzando sus manos hacia el cielo, entregó su alma” (Synaxarion). De este juicio injusto y de este asesinato no se enteró el gobernador romano hasta que los asesinos le cortaron la cabeza con un hacha. Esta era la muerte con la que se castigaba a quienes se oponían al César, por lo que le dan a entender que Matías es asesinado por despreciar al derecho romano. Es por esto, por lo que como le cortaron la cabeza, San Matías es el patrón de los carniceros y de los carpinteros.


Las reliquias de San Matías


Según la tradición, a continuación, los cristianos de Jerusalén lo sepultaron con honor y la emperatriz Santa Elena llevó las reliquias a Roma en el año 324 y son puestas en una urna de pórfido en el altar mayor de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma. Una pequeña fue llevada a Padova, donde se encuentran en la iglesia de Santa Justina y otras fueron enviadas posteriormente a Trier, la ciudad más antigua de la actual Alemania. Durante la restauración de una iglesia, las reliquias fueron descubiertas en el siglo XII y trasladadas a una abadía benedictina que tomó su nombre. Sin embargo, otros documentos afirman que sus reliquias se encuentran en Georgia, sepultadas bajo un castillo en la misma región donde habría sido crucificado. Esta afirmación tiene su justificación en que por “Etiopía”, que es donde predicó más intensamente, algunos investigadores identifican a la región oriental de Georgia.


Himnología, sus símbolos y festividad


En el Oriente cristiano hay un tropario dedicado a San Matías: «Santo apóstol Matías, ruega a Dios misericordioso para que conceda a nuestras almas el perdón de nuestros pecados”. Sus símbolos son la lanza, la espada, el hacha, la sierra, la cimitarra, el libro y una cruz. Como he dicho es el patrón de los carniceros y carpinteros.


En el Oriente cristiano se le conmemora solo el día 9 de agosto y junto al resto de los apóstoles, el día 30 de junio. 


Mitrut Popoiu


LECTURAS


Hch 1,12-17;1,21-26: En aquellos días, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: «Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio. Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección. Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando, dijeron: «Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto». Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.


Lc 10,16-21: Dijo el Señor a sus discípulos: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado». Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien».



Fuente: preguntasantoral / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

X Domingo de Mateo


En la lectura del Evangelio de este Domingo, Mateo, Marcos y Lucas relatan esta curación indicando que fue realizada por Nuestro Señor inmediatamente después de que hubo bajado del monte de la Transfiguración. Una muchedumbre rodeaba a los discípulos del Señor aguardándolo al pie del Tabor. San Marcos dice que los discípulos estaban discutiendo con los escribas y testimonia que "todo el pueblo" al ver a Cristo bajar del monte, se quedó "muy sorprendido", pues su rostro y su apariencia toda conservaban aún el brillo de aquella gloria con la que Nuestro Señor resplandeció en el Tabor.


Un hombre se acercó al Señor para rogarle que curase a su hijo, quien cada luna nueva enloquecía y sufría enormemente, arrojándose primero al fuego y luego al agua. También le dijo al Señor que se lo había presentado a sus discípulos, mas ellos no pudieron curarlo. Al oír acerca del fracaso de Sus discípulos, a pesar de haberles dado el poder sobre los espíritus malignos, el Señor exclamó: "¡Oh raza incrédula y perversa! ¿Hasta cuando he de estar con vosotros? ¿Hasta cuando he de soportaros?". Algunos exégetas atribuyen este reproche del Señor a la falta de fe de sus discípulos, que los volvió incapaces de curar al endemoniado; otros lo aplican a todo el pueblo judío. 


Luego, san Mateo relata que Nuestro Señor ordenó traer al joven poseído e "increpó con dureza al espíritu impuro, el cual salió del joven”. Los Evangelistas Marcos y Lucas citan algunos pormenores. El joven sufrió un terrible ataque de locura apenas vio a Jesús. Nuestro Señor preguntó: "¿Cuánto tiempo hace que está así?". El padre del muchacho respondió: "desde la infancia" y agregó: "¡Si es que puedes hacer algo, ten compasión de nosotros, socórrenos!". Nuestro Señor contestó: "Todo es posible para el que tiene fe”. Cubierto de lágrimas, el padre de aquel desafortunado jovencito exclamó: "Creo, Señor, remedia mi incredulidad". Este hombre reconoció con humildad la insuficiencia e imperfección de su fe. Esta humilde confesión fue recompensada: el joven fue liberado del demonio.


Los discípulos quisieron saber la razón por la cual ellos no habían logrado expulsar aquel demonio. "Por vuestra falta de fe", les dijo Jesús. Sucedió que ellos, habiéndose enterado por el padre del joven sobre la acción tenaz y duradera de aquella fuerza demoníaca, experimentaron la duda con respecto a su poder de expulsar al demonio, y por ello, fracasaron. De igual modo aconteció con Pedro. Él iba caminando al encuentro de Jesús sobre las aguas, pero comenzó a hundirse cuando experimentó la duda en medio del fuerte viento y el oleaje. Nuestro Señor dijo también: "Si tuvierais fe, aunque fuese tan pequeña como un grano de mostaza, diríais a esta montaña: muévete a otro sitio y se moverá; y nada será imposible para vosotros”. Esto significa que, mientras haya fe, aunque sea pequeña, esta es capaz de obrar grandes prodigios, pues en ella reside un enorme poder; a semejanza de lo que ocurre con un grano de mostaza, en apariencia insignificante, pero que desarrolla un árbol colosal. Sin embargo, no debemos pensar que la fe tiene un poder que le es propio: la fe es una condición imprescindible para que tenga lugar la acción todopoderosa de Dios. Dios puede obrar milagros aunque la fe sea insuficiente, como en este caso: el joven poseído se curó a pesar de la poca fe de su padre. "Todo es posible para el que tiene fe”. Esto significa que Nuestro Señor puede hacer cualquier cosa por el hombre, siempre y cuando este tenga fe. La fe es la receptora de la gracia Divina, y esta es la que efectúa los milagros.


A manera de conclusión, el Señor pronunció estas significativas palabras: "Esta clase de demonios no se arroja sino a fuerza de oración y ayuno”. La verdadera fe debe ir acompañada del esfuerzo de la oración y el ayuno. La fe genuina engendra oración y ayuno, y estos, contribuyen a un mayor fortalecimiento de la fe. Por ello la himnografia de la Iglesia bizantina enaltece la oración y el ayuno como escudos contra los demonios y las pasiones. "Los demonios presienten a lo lejos al que ayuna y reza" — dice el obispo Teofanes el Recluso— "y huyen despavoridos para no recibir un golpe mortal. ¿Puede suponerse que el demonio está allí donde no existen el ayuno ni la oración? Mi respuesta es afirmativa”.


Durante la permanencia de Nuestro Señor y sus discípulos en Galilea, Él "les enseñaba que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores; ellos le darían muerte, pero que después de muerto resucitaría al tercer día”. Los discípulos no comprendieron estas palabras y tenían miedo de hacerle preguntas (Mc. 9:31-32). Jesucristo advirtió que ese era el momento para que sus discípulos conozcan la proximidad de Su pasión, muerte y resurrección. Por ello en mád de una oportunidad les repitió esas palabras para fijarlas en su memoria y así prepararlos. No obstante, ellos aun no estaban exentos de los habituales prejuicios que los judíos tenían acerca del Mesías y las palabras del Señor les resultaron incomprensibles.


LECTURAS


1 Cor 4,9-16: Hermanos, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy. No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús. Así pues, os ruego que seáis imitadores míos.


Mt 17,14-23: En aquel tiempo, cuando volvieron adonde estaba la gente, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas, le dijo: «Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo». Jesús tomó la palabra y dijo: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros? Traédmelo». Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?». Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible. Esta clase (de demonios) solo se expulsa con la oración y el ayuno». Mientras recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día».



Fuente: parroquiaortodoxadealicante.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

08/08 - Emiliano el Confesor y Obispo de Cícico


Nuestro Santo Padre Emiliano sirvió como obispo de Cícico, durante los años 787-815 d.C., sucediendo en el trono episcopal al Metropolita Nicolás. En estos años tuvo lugar también el reinado del emperador iconoclasta León el Armenio (813-820).


Inicialmente Emiliano sirvió como monje en el Monasterio que San Tarasio, Patriarca de Constantinopla, construyó en el Bósforo. Allí sobresalió en las obras de virtud.


Fue convocado junto con otros obispos a la corte del emperador, quien instó insistentemente a los obispos a abstenerse de venerar los iconos sagrados.


El obispo Emiliano fue el primero en decirle firmemente al emperador que la cuestión de la veneración de los iconos sagrados debe ser discutida y decidida solo dentro de la Iglesia por sus líderes espirituales, y no en la corte imperial.


Emiliano, gran defensor de la ortodoxia,  luchó con toda la fuerza que Dios le había dado por la defensa de la veneración de los sagrados iconos, habló muy afectuosamente al respecto y fortaleció a los fieles para soportar con paciencia y progreso espiritual las perversas persecuciones.


El Apóstol Pablo queriendo resaltar la gran importancia de la confesión de nuestra fe en Cristo, dijo: "Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro". (Epístola de San Pablo a los Hebreos, 4:14).


Cabe señalar que en el Sínodo convocado en 815, el Emperador León V invitó a San Emiliano para dar explicaciones sobre el culto a los iconos sagrados, lo que le dio la oportunidad de confesar con valentía la grandeza de la verdadera y correcta Fe cristiana. 


Predicó con ferviente entusiasmo misionero, apoyando y enseñando la correcta fe a los cristianos de su región, y protegiéndoles de las enseñanzas heréticas. Se destacó en el culto honorario de los iconos sagrados y fue pionero en su restauración. 


Puesto que no quería someterse a los decretos del emperador con relación a la eliminación de los iconos en las iglesias, Emiliano y otros obispos ortodoxos fueron desterrados al exilio. 


Pasó cinco años en el exilio, sufriendo muchas penas y humillación por Cristo, donde recibió por su confesión una corona inmarcesible.


Emiliano murió en el año 820, y tomó posesión de su morada entre los ciudadanos del cielo.


El Oficio dedicado a él fue concluido y publicado en 1876 por el metropolita de Cícico Nicodemo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
Adaptación propia