30/05 - Isacio (Isaac), Abad del Monasterio de Dalmato


San Isaac era un ermitaño de habla griega que vivía en el desierto de Siria y vivió durante el reinado del Emperador Valente, que era partidario de los arrianos. Valente había ayudado a los arrianos de Constantinopla en sus persecuciones a los ortodoxos, lo que incluía expulsar a los obispos ortodoxos y cerrar ciertas iglesias mientras entregaban otras a los arrianos.


En el momento de su encuentro con Isaac en Constantinopla, Valente y su ejército iban de camino para luchar contra un ejército de godos que había marchado desde el Danubio hacia Tracia. El historiador Teodoreto dice entonces lo siguiente:


"Se relata que Isaac, que vivía como monje en Constantinopla, cuando vio a Valente marcharse con sus tropas, gritó en voz alta: '¿Adónde vas, oh emperador? ¿Para luchar contra Dios, en lugar de tenerlo a Él como tu aliado? Es Dios mismo quien ha alentado a los bárbaros contra ti, porque has movido muchas lenguas para blasfemar contra Él y has expulsado a Sus adoradores de sus sagradas moradas. Deja de hacer batalla y detén la guerra. Devuelve a los rebaños a sus excelentes pastores y ganarás la victoria sin problemas, pero si luchas sin hacerlo, aprenderás por experiencia lo difícil que es dar coces contra el aguijón. Nunca regresarás y será destruido tu ejército". Luego, en un arrebato, el emperador respondió: "Regresaré y te mataré, y así recibirás un castigo exacto por tu profecía mentirosa". Pero Isaac, sin inmutarse por la amenaza, exclamó: "Si lo que yo digo es falso, mátame" (Eccl. Hist. Bk. 4, Capítulo 31).


En una ocasión en que Isaac cogió la brida del corcel en que el emperador cabalgaba por las afueras de la ciudad, Valente ordenó a sus hombres que arrojasen al profeta en un pantano. Isaac escapó milagrosamente, pero como volviese a repetir su profecía, fue encarcelado. El 9 de agosto de 378, el ejército de Valente se enfrentó a los godos en lo que más tarde se conocería como la Batalla de Adrianópolis. Los godos derrotaron por completo al ejército romano, y Valente huyó al campo con sus generales. Valente y sus generales se refugiaron en un granero lleno de paja, que los godos rodearon y prendieron fuego; el emperador pereció tal como Isaac había predicho.

 

Después de que Valente fuera confrontado por Isaac y lo enfureciera con su profecía, el emperador había a Isaac para que lo castigaran a su regreso, que nunca tendría lugar. Algunos de los soldados que sobrevivieron a la batalla llegaron a la celda de la prisión de Isaac y le dijeron: "Prepárate para hacer tu defensa ante el emperador, que viene a cumplir lo que habló contra ti". Isaac respondió con calma: "Ya han pasado siete días desde que olí el hedor de sus huesos, que se quemaron en el fuego".


El emperador ortodoxo Teodosio I sucedió a Valente. Habiendo oído hablar de la profecía de Isaac y su cumplimiento, Teodosio lo liberó de la prisión y lo convocó a comparecer ante él. El emperador se postró ante el anciano monje, pidiéndole perdón. Teodosio hizo lo que Isaac le había pedido a Valente, y también expulsó a los arrianos de la ciudad por su persecución de los ortodoxos.


Habiendo restaurado la paz a la Iglesia en Constantinopla, Isaac quiso regresar a su vida en el desierto. Sin embargo, fue persuadido para permanecer en Constantinopla. Un aristócrata rico llamado Saturnino construyó un monasterio para Isaac dentro de la ciudad, donde vivió la lucha ascética, obrando muchos milagros. Isaac también es conocido por su celoso testimonio de la fe ortodoxa en el Segundo Sínodo Ecuménico, convocado en Constantinopla en 381.

 

Hacia el final de su vida, confió el liderazgo de su monasterio a su discípulo más cercano, Dalmato (3 de agosto). Se cree que el monasterio fundado por Isaac tomó su nombre de este Dalmato. Sin embargo, según otra tradición, su monasterio fue construido originalmente por Dalmato el Patricio, un sobrino del emperador Constantino el Grande, y recibió su nombre. Otros sostienen que recibió su nombre de ambos, y es por eso que su nombre en griego está en plural, "Dalmatoi" en lugar de “Dalmatos”.


Habiendo llegado a una avanzada edad, San Isacio durmió en paz. Algunas autoridades creen que murió en 383, aunque otros sitúan su muerte alrededor de 396. La vida escrita por San Juan Crisóstomo incluye la mención de San Isaac vivió en el siglo V. 


Según Zonaras, el emperador iconoclasta Constantino Coprónimo posteriormente convirtió el Monasterio de Dalmato en un cuartel: "Y en cuanto al Monasterio llamado Dalmato, que es el más antiguo de todos los de Constantinopla, después de haber expulsado a los monjes, [el Emperador] hizo de él un cuartel para soldados "(Crónica, XV, 8). El Tercer Sínodo Ecuménico elevó a su abad al rango de archimandrita y exarca de los prominentes monasterios de la ciudad imperial.


El Zar Pedro el Grande de Rusia (que reinó entre 1682 y 1725), cuyo cumpleaños se celebraba el día de la fiesta de San Isaac, el 30 de mayo, adoptó a Isaac como el santo patrón de la dinastía Romanov. La catedral de San Isaac en la ciudad de San Petersburgo está consagrada a su honor. Es la basílica rusa más grande y la cuarta catedral más grande del mundo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Sábado de la VII Semana de Pascua


Hch 28,1-31: En aquellos días, una vez a salvo Pablo y los que estábamos con él, supimos que la isla se llamaba Malta. Los naturales nos mostraron una hospitalidad poco común, pues encendiendo una hoguera a causa de la lluvia que caía y del frío, nos acogieron a todos nosotros. Pablo recogió una brazada de ramas secas y, al echarla a la hoguera, una víbora, huyendo del calor, hizo presa en su mano. Cuando vieron los nativos el animal colgando de su mano, se decían unos a otros: «Este hombre es ciertamente un homicida; se ha salvado del mar, pero la Justicia no le ha consentido vivir». Pero él, sacudiendo el animal en el fuego, no sufrió daño alguno. Ellos estaban esperando que se hinchara o cayese muerto de repente, pero, después de mucho esperar y viendo que no le pasaba nada malo, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios. En los alrededores de aquel lugar tenía una finca el principal de la isla de Malta, que se llamaba Publio; nos recibió y nos hospedó tres días amablemente. Coincidió que el padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo y rezó, le impuso las manos y lo curó. Al ocurrir esto, los demás enfermos de la isla fueron acudiendo, y eran curados. Nos colmaron de atenciones y, al hacernos a la mar, nos proveyeron de todo lo necesario. Al cabo de tres meses, zarpamos en un barco que había invernado en la isla de Malta. Era de Alejandría y llevaba por mascarón los Dióscuros. Arribamos a Siracusa y nos detuvimos tres días; desde allí, costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente, se levantó viento sur, y llegamos a Puteoli en dos días. Allí encontramos a algunos hermanos, los cuales nos rogaron que pasásemos siete días con ellos. Y así llegamos a Roma. Los hermanos de Roma, que habían oído hablar de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y se sintió animado. Una vez en Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba. Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo: «Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, os he llamado para veros y hablar con vosotros; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas». Ellos le respondieron: «Nosotros no hemos recibido de Judea carta sobre ti ni ninguno de los hermanos que ha venido de allí nos ha denunciado o hablado nada negativo sobre ti, pero deseamos oír de tus propios labios lo que piensas, porque sabemos que a esta secta se la contradice en todas partes». Después de acordar con él un día, vinieron a verlo a su alojamiento en mayor número. A todos ellos les exponía el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, dando testimonio e intentando persuadirlos de lo relativo a Jesús apoyándose en la ley de Moisés y los profetas. Unos aceptaban con fe lo que decía, pero otros permanecían incrédulos. Se estaban marchando en total desacuerdo, cuando Pablo les dirigió esta sola palabra: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías, diciendo: Ve a este pueblo y dile: oiréis con el oído pero no entenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis. Porque se embotó el corazón de este pueblo, oyeron con oídos sordos y han cerrado sus ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con el corazón y convertirse y que yo los cure. Por ello, sabed todos vosotros que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. Ellos sí la oirán». Cuando terminó de decir esto, los judios se fueron, teniendo gran discursión entre sí. Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.


Jn 21,14-25: En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Amén.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

29/05 - Teodora (Teodosia) la Hosiomártir de Tiro


Cuando una joven doncella expresó su simpatía por algunos mártires Cristianos que estaban a punto de morir, fue arrestada inmediatamente. En el plazo de dos horas se la encontró culpable de una serie de acusaciones y sometida a torturas increíbles –simplemente porque les había pedido a los mártires que la tuviesen presente en sus oraciones.


El nombre de esta joven virgen era Teodora o Teodosia, y estuvo destinada a sufrir por Jesucristo en Abril del año 307 d.C.. Los crímenes contra esta niña que aún no había cumplido los dieciocho años tuvieron lugar en la ciudad Palestina de Cesarea, bajo el reino del despiadado Gobernador Romano Provincial Urbano.


Nacida en la bella ciudad costera de Tiro, en la antigua Fenicia (hoy en día parte del moderno Líbano) alrededor del año 290, la Mártir Santa Teodosia, de 17 años de edad, era una piadosa y correcta joven que no soportaba ver gente tratada con crueldad.


El Domingo de Resurrección de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo se enteró de que varios jóvenes Cristianos habían sido apresados en Cesarea, ciudad donde vivía con su familia. Actuando impulsivamente, la considerada joven se aproximó a las víctimas con la esperanza de ofrecer un poco de consuelo a esos valientes creyentes que estaban a punto de recibir su sentencia de muerte. Los encontró encadenados unos a otros y sentados en en el piso del calabozo. Mojados, con frío y tiritando, estaban rezando y suplicando fortaleza para poder soportar su castigo, ante lo cual la doncella se conmovió profundamente por su ruego. Habían sido capturados por los soldados bajo el mando del Emperador Romano Maximino, que era duro de corazón y que en ese entonces se encontraba persiguiendo a los Cristianos a lo largo de las provincias del Oriente Medio. Los jóvenes Cristianos –que habían despertado la lástima de Teodosia- serían torturados y asesinados por Urbano, el Gobernador. Este despiadado tirano era conocido en todo lugar por su despiadada eficacia eliminando a los seguidores de Jesucristo. Cuando se anunció la decisión de Urbano, en ese Domingo de Resurrección diecisiete siglos atrás, la alegre Teodosia expresó claramente sus sentimientos –llamando con fuerte voz a los Cristianos condenados y pidiéndoles que la recordasen en el Paraíso y que hablasen bien de ella ante el Señor. Sin embargo esto no le pareció bien al Gobernador, quien ordenó inmediatamente a sus soldados capturar a esta infractora de la ley. Llevada ante su trono, algunos minutos después, ella se negó a admitir que había hecho algo malo. Y cuando se le ordenó adorar a los ídolos romanos con la finalidad de probar que no albergaba secretas simpatías Cristianas, la joven Teodosia se negó a cumplir. El Gobernador se quedó mirándola sorprendido. “Que así sea”. Con un movimiento de su mano señaló a sus verdugos que la amarrasen y se la llevasen. Lo que siguió a continuación es muy difícil de contar: la joven fue apuñalada repetidamente en sus costillas y en sus senos. Además fueron quebrados sus huesos en varios lugares por matones cuatro veces más grandes que ella. Sin embargo, no lloró y ciertamente que no cedió en su posición. Con sus ojos cerrados y con una mano en su corazón comenzó a rezar fervientemente al Señor Dios Jesucristo, a quien  ahora ella reconocía completamente como su propio Salvador.


Enfurecido por su negativa a reconocer su presencia, el homicida Gobernador Urbano se decidió rápidamente a tomar las medidas más extremas. Muy pronto sus verdugos traspasaron con espadas sus intestinos al tiempo que doblaban sus extremedidades en diferentes direcciones hasta el punto que los mismos soldados se encontraron a sí mismos haciendo muecas de dolor ante el sonido de los huesos rotos. Sin embargo su espíritu no se quebró. Tan grande era su fe en el Salvador que con cada respiro ella rezaba con mayor intensidad. El Gobernador Urbano la observaba y su cólera era una cosa terrible de presenciar. Al final decidió darle una última oportunidad para salvarle la vida. Inclinándose hacia adelante hasta poner su rostro burlón muy cerca del suyo le hizo la pregunta que podría salvarla de la muerte. “¿Por lo menos te inclinarías una sola vez ante los ídolos de Roma?”. Ella permaneció inmóvil por algunos segundos y luego, con lo último de energía que le quedaba, negó con su cabeza. Con una voz que era difícilmente más alta que un susurro le dijo al más poderoso gobernador en toda Palestina, según está registrado en los relatos de su martirio: “No se equivoque, no se engañe, pero ha de saber lo siguiente: se me ha concedido tomar parte en el coro de los santos mártires de Dios.”


El Gobernador ya había visto suficiente. Con una maldición terrible y un gesto violento ordenó que fuese arrojada a las aguas turquesas del océano que flanqueaban las bellas playas de Cesaréa. Allí se ahogó rápidamente y muy pronto su cuerpo maltratado se hundió en las profundidades del Mar Mediterráneo. Ella se había ido a un mundo mejor, a una mejor vida.


Por la vida de esta Santa Virgen y Mártir Teodosia, podemos ver como Dios algunas veces pide el sacrificio final, aun de sus hijos inocentes. Sin embargo, también provee la fortaleza necesaria para superar esas terribles pruebas, y uno de los consuelos que recibimos es el saber que una gran santa como la Virgen Mártir Teodosia vive hoy en el reino bendito que está más allá de toda pena, dolor y que está lleno de gozo triunfante.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

Viernes de la VII Semana de Pascua


Hch 27,1-44;28,1: En aquellos días, cuando se decidió que emprendiésemos la navegación hacia Italia, encomendaron la custodia de Pablo y de otros prisioneros a un centurión de nombre Julio, perteneciente a la cohorte Augusta. Embarcamos en una nave adramitena que iba a navegar hacia lugares de Asia y nos hicimos a la mar. Estaba con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica. Al día siguiente arribamos a Sidón. Allí, Julio, tratando con humanidad a Pablo, le permitió ir a ver a sus amigos y ser atendido por ellos. Desde allí nos hicimos a la mar y navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios, y, después de hacer la travesía por alta mar frente a las costas de Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira de Licia. Allí encontró el centurión una nave alejandrina que navegaba para Italia y nos embarcó en ella. Durante bastantes días navegamos despacio, y habiendo llegado a duras penas frente a Gnido, por no permitirlo el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón, y, después de costearla con dificultad, llegamos a un lugar llamado Puertos Hermosos, que estaba cerca de la ciudad de Lasea. Habiendo transcurrido bastante tiempo y siendo ya insegura la navegación porque ya había pasado el Ayuno, Pablo les aconsejaba, diciéndoles: «Amigos, veo que la navegación va a ser un sufrimiento y un perjuicio no solo para la carga y la nave, sino también para nuestras personas». Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón que a lo que Pablo había dicho. Como, por otra parte, el puerto no era adecuado para invernar, la mayoría acordó hacerse a la mar, intentando llegar a Fénica, puerto de Creta que mira al ábrego y al cauro, para pasar allí el invierno. Habiéndose levantado una brisa del sur, creyeron que podían realizar su propósito y, levando anclas, fueron costeando Creta. Pero no mucho después irrumpió contra la nave un viento huracanado, el llamado euroaquilón. La nave fue arrastrada y no pudimos hacer frente al viento, quedando a la deriva. Navegando a sotavento de una isleta llamada Cauda, con dificultad pudimos hacernos con el bote; lo izaron a bordo y se emplearon cables de refuerzo para ceñir el casco de la nave y, por temor a ser arrojados a la Sirte, se echó el ancla flotante y así seguían a la deriva. Al día siguiente, como el temporal continuaba azotando con fuerza, echaron al mar parte de la carga, y, al tercer día, arrojamos con nuestras propias manos el aparejo de la nave. Durante muchos días, no aparecieron ni sol ni estrellas; y, como seguíamos acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos. Hacía ya días que no habíamos comido. Entonces Pablo, de pie en medio de ellos, dijo: «Amigos, debíais haberme hecho caso y no haber salido de Creta; habríais evitado estos sufrimientos y estos perjuicios. De todos modos, ahora os aconsejo que os animéis, pues no habrá entre vosotros pérdida alguna de vida, solo la de la nave, porque se me presentó esta noche un ángel de Dios, de quien soy y a quien sirvo, diciéndome: “No temas, Pablo, es necesario que tú comparezcas ante César; y mira, Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo”. Por ello, amigos, animaos, porque tengo fe en Dios de que sucederá tal como se me ha dicho. Pero tenemos que ser arrojados en una isla». Al llegar la decimocuarta noche, yendo a la deriva por el Adriático, los marineros sospecharon a media noche que se estaban acercando a tierra. Echaron la sonda y midieron veinte brazas; pasando un poco más adelante, sondearon de nuevo y midieron quince brazas. Temerosos de que fuéramos empujados contra una escollera, echaron cuatro anclas por popa, esperando con ansia que se hiciera de día. Los marineros intentaban escapar de la nave y estaban ya echando el bote al mar con el pretexto de que tenían que extender las anclas desde proa, cuando Pablo dijo al centurión y a los soldados: «Si estos no se quedan en la nave, vosotros no os podéis salvar». Entonces los soldados cortaron las amarras del bote y lo dejaron caer. Mientras esperaban que se hiciera de día, Pablo aconsejaba a todos que comieran, diciendo: «Lleváis ya catorce días en continua expectación, en ayunas y sin tomar nada. Por eso os aconsejo que toméis alimento; es conveniente para conseguir salvaros, pues ninguno de vosotros perderá un cabello de su cabeza». Dicho esto, tomando pan, dio gracias en presencia de todos y, después de partirlo, empezó a comer. Entonces se animaron todos y también ellos tomaron alimento. El total de personas que estábamos en la nave era de doscientas setenta y seis. Una vez satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar. Cuando se hizo de día, no identificaban la tierra, pero divisaron una ensenada que tenía playa y en ella decidieron varar la nave, si podían. Y habiendo soltado las anclas, las dejaron caer al mar, a la vez que, aflojando las ataduras de los timones e izando a favor del viento la vela de artimón, iban con rumbo a la playa. Pero chocaron con un saliente rodeado de mar por ambos lados y encallaron la nave. La proa se hincó y quedó inmóvil, mientras que la popa se desvencijaba por la violencia de las olas. Entonces decidieron los soldados matar a los prisioneros, no fuera que alguno huyese nadando; pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, impidió este plan y mandó que primero se tirasen al agua y ganasen la orilla los que sabían nadar, y que los demás lo hiciesen unos sobre tablones, otros sobre restos de la nave. Y así todos se salvaron llegando a tierra. Una vez a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta.


Jn 17,18-26: En aquel tiempo, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: «Padre, como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo. Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

28/05 - Nicetas, Obispo de Calcedonia


San Nicetas, Obispo de Calcedonia, vivió durante la segunda parte del octavo siglo. Por su vida recta ante Dios fue consagrado Obispo de Calcedonia.


San Nicetas se distinguía por su bondad. Siempre ayudaba a los pobres, hospedaba a los ambulantes en su casa, cuidaba a los huérfanos y a las viudas y abogaba por los maltratados.


Durante el reinado del Iconoclasta León el Armenio (813-820), San Nicetas con mucho valor denunció la herejía Iconoclasta y urgía a su rebaño a que venerara los santos iconos de Cristo, la Theotokos y los santos. San Nicetas aguantó muchos sufrimientos de parte del impío emperador y de sus correligionarios. Fue sometido a muchas torturas y también exiliado.


El Santo confesor Nicetas murió en el siglo IX. De sus reliquias procedieron muchos milagros de curación. El canon de su oficio, escrito por el sacerdote José de Constantinopla, también incluye al hermano de San Nicetas, San Ignacio, entre los santos.


 

Fuente: crkvenikalendar.com

Adaptación propia