02/04 - Tito el Taumaturgo


Poco se sabe sobre este Santo más allá de que asumió la vida monástica desde su juventud, se convirtió en abad de un monasterio y reposó en paz.


El Venerable Tito tenía un alma llena de amor por Dios y por el prójimo. Tal como el Señor dijo a sus discípulos, "mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra" ( Juan, 4,34). Así le sucedía al Justo Tito.


Su comida era realizar como fuese la Voluntad del Padre celestial y utilizar su vida para la construcción moral y espiritual de sus hermanos.


Cuando se hizo monje, brillaba con su comportamiento lleno de amor hacia sus hermanos, con su serenidad y con su compasión.


Era un personaje que sabía pasar por alto, tolerar, conversar, disolver malentendidos, ganar la confianza rápidamente y conquistar los corazones de los demás. De este modo, se convirtió en un gran líder espiritual de multitud de personas, y los monjes buscaban beneficiarse con su compañía. De hecho, Dios recompensó la pureza de su alma y vida con el don de realizar milagros.


Tras haber permanecido fiel en la fe hasta el final de su vida, durmió en el Señor, dejando tras de sí muchos imitadores.



Fuente: goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propia

Jueves anterior al Domingo de Ramos


En la Hora Sexta


Is 65,8-16: Esto dice el Señor: Lo mismo que al encontrar mosto en un racimo se dice: «No lo destruyas, es una bendición», así haré por causa de mis siervos: no los destruiré a todos, sino que haré surgir un linaje de Jacob y de Judá, un heredero de mis montañas. Mis elegidos heredarán la tierra, y mis siervos habitarán allí. El Sarón será un aprisco de ovejas, y el valle de Acor dehesa de vacas para mi pueblo, los que me buscaron. Pero a vosotros, que abandonáis al Señor, olvidando su santa montaña, que aparejáis la mesa en honor de Gad y llenáis las copas de vino perfumado en honor de Mení, os destino a la espada. Os inclinaréis para ser degollados. Porque llamé y no respondisteis, hablé y no escuchasteis, hicisteis lo que es malo a mis ojos, escogisteis lo que me desagrada. Por eso, esto dice el Señor, Dios: «Mirad: mis siervos comerán y vosotros pasaréis hambre; mis siervos beberán y vosotros tendréis sed; mis siervos estarán alegres y vosotros os avergonzaréis. Mis siervos cantarán con corazón alegre y vosotros gritaréis con corazón dolorido y gemiréis quebrantados. Dejaréis vuestro nombre a mis elegidos como un juramento: “Que te dé muerte el Señor Dios. Pero a sus siervos los llamará con otro nombre”. Quien sea bendecido en el país, será bendecido por el Dios del Amén, y quien jure en el país, jurará por el Dios del Amén».


En Vísperas


Gén 46,1-7: Israel se puso en camino con todo lo que tenía, llegó a Berseba y allí ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. Dios dijo a Israel en una visión nocturna: «Jacob, Jacob». Respondió: «Aquí estoy». Dios le dijo: «Yo soy Dios, el Dios de tu padre; no temas bajar a Egipto, porque allí te convertiré en una gran nación. Yo bajaré contigo a Egipto, y yo mismo te haré subir; y José te cerrará los ojos». Al salir Jacob de Berseba, los hijos de Israel hicieron montar a su padre con los niños y las mujeres en las carretas que el faraón había enviado para transportarlos. Tomaron el ganado y las posesiones que habían adquirido en la tierra de Canaán y emigraron a Egipto Jacob con todos sus descendientes: hijos y nietos, hijas y nietas. Llevó consigo a Egipto a todos sus descendientes.


Prov 23,15-24,5: Hijo mío, si se hace sabio tu corazón, también mi corazón se alegrará. Me alegraré de todo corazón si tus labios hablan con acierto. No tengas envidia del pecador, vive siempre en el temor del Señor, pues así tendrás porvenir y no se frustrará tu esperanza. Escucha, hijo mío, sé sabio; pórtate siempre con rectitud. No andes mezclado con bebedores ni con gente que se harta de carne; pues borrachos y comilones empobrecen, los holgazanes se visten de harapos. Escucha al padre que te engendró, no desprecies la vejez de tu madre. Compra la verdad y no la vendas: sabiduría, instrucción y sensatez. El padre del honrado rebosa de gozo, quien tiene un hijo sabio se alegra. ¡Ojalá tu padre se alegre por ti y pueda brincar de gozo tu madre! Hijo mío, confía en mí, acepta de buen grado mi ejemplo. Trampa peligrosa es la ramera, pozo estrecho la mujer ajena; se pone al acecho como un ladrón y provoca traiciones entre los hombres. ¿De quién los quejidos? ¿De quién los lamentos? ¿De quién las peleas? ¿De quién los pleitos? ¿De quién las heridas sin motivo? ¿De quién la mirada extraviada? De la gente que se pasa con el vino y anda catando bebidas. No mires el vino: ¡Qué tono rojizo! ¡Qué brillo en el vaso! ¡Entra suavemente! Al final morderá como serpiente, después picará como víbora. Tus ojos soñarán quimeras, solo te saldrán incoherencias. Te sentirás como viajero en alta mar, sentado en la punta del mástil. «Me han zurrado y no me duele, me han pegado y no siento nada. ¿Cuándo me despejaré? ¡Volveré a hacerlo!». No tengas envidia del malvado ni trates de buscar su compañía, pues su mente trama violencia y sus labios profieren maldades. Una casa se edifica con sabiduría, se consolida usando inteligencia; con el saber se llenan las estancias de objetos preciosos, deseables. Más vale sabio que fuerte, hombre experto que forzudo.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

01/04 - María de Egipto (o Egipcíaca)


La biografía de santa María Egipciaca se basa en un corto relato que forma parte de la «Vida de San Ciriaco», escrita por su discípulo Cirilo de Escitópolis. El santo varón se había retirado del mundo con sus seguidores y, según se dice, vivía en el desierto al otro lado del Jordán. Un día, dos de sus discípulos divisaron a un hombre escondido entre los arbustos y le siguieron hasta una cueva. El desconocido les gritó que no se acercasen, pues era mujer y estaba desnuda; a sus preguntas, respondió que se llamaba María, que era una gran pecadora y que había ido allí a expiar su vida de cantante y actriz. Los dos discípulos fueron a decir a San Ciriaco lo que había sucedido. Cuando volvieron a la cueva, encontraron a la mujer muerta en el suelo y la enterraron allí mismo.


Efectivamente, durante el reinado de Teodosio el Joven, vivía en Palestina un santo monje y sacerdote llamado Zósimo. Tras de servir a Dios con gran fervor en el mismo convento durante cincuenta y tres años, se sintió llamado a trasladarse a otro monasterio en las orillas del Jordán, donde podría avanzar aún más en la perfección. Los miembros de ese monasterio acostumbraban dispersarse en el desierto, después de la misa del primer domingo de cuaresma, para pasar ese santo tiempo en soledad y penitencia, hasta el Domingo de Ramos.


Precisamente en ese período, hacia el año 430, Zósimo se encontraba a veinte días de camino de su monasterio; un día, se sentó al atardecer para descansar un poco y recitar los salmos. Viendo súbitamente una figura humana, hizo la señal de la cruz y terminó los salmos. Después levantó los ojos y vio a un ermitaño de cabellos blancos y tez tostada por el sol; pero el hombre echó a correr cuando Zósimo avanzó hacia él. Este le había casi dado alcance, cuando el ermitaño le gritó: «Padre Zósimo, soy una mujer; extiende tu manto para que puedas cubrirme y acércate». Sorprendido de que la mujer supiese su nombre, Zósimo obedeció. La mujer respondió a sus preguntas, contándole su extraña historia de penitente:


«Nací en Egipto -le dijo-. A los doce años de edad, cuando mis padres vivían todavía, me fugué a Alejandría. No puedo recordar sin temblar los primeros pasos que me llevaron al pecado ni los excesos en que caí más tarde». A continuación le contó que había vivido como prostituta diecisiete años, no por necesidad, sino simplemente para satisfacer sus pasiones. Hacia los veintiocho años de edad, se unió por curiosidad a una caravana de peregrinos que iban a Jerusalén a celebrar la fiesta de la Santa Cruz, aun en el camino se las arregló para pervertir a algunos peregrinos. Al llegar a Jerusalén, trató de entrar en la iglesia con los demás, pero una fuerza invisible se lo impidió. Después de intentarlo en vano dos o tres veces más, se retiró a un rincón del atrio y, por primera vez reflexionó seriamente sobre su vida de pecado. Levantando los ojos hacia una imagen de la Virgen María, le pidió con lágrimas que le ayudase y prometió hacer penitencia. Entonces pudo entrar sin dificultad en la iglesia a venerar la Santa Cruz. Después volvió a dar gracias a la imagen de Nuestra Señora y oyó una voz que le decía: «Ve al otro lado del Jordán y allí encontrarás el reposo».


Preguntó a un panadero por dónde se iba al Jordán y se dirigió inmediatamente al río. Al llegar a la iglesia de San Juan Bautista, en la ribera del Jordán, recibió la comunión y, en seguida cruzó el río y se internó en el desierto, en el que había vivido cuarenta y siete años, según sus cálculos. Hasta entonces no había vuelto a ver a ningún ser humano; se había alimentado de plantas y dátiles. El frío del invierno y el calor del verano le habían curtido y, con frecuencia había sufrido sed. En esas ocasiones se había sentido tentada de añorar el lujo y los vinos de Egipto, que tan bien conocía. Durante diecisiete años se había visto asaltada de éstas y otras violentas tentaciones, pero había implorado la ayuda de la Virgen María, que no le había faltado nunca. No sabía leer ni había recibido ninguna instrucción en las cosas divinas, pero Dios le había revelado los misterios de la fe.


La penitente hizo prometer a Zósimo que no divulgaría su historia sino hasta después de su muerte y le pidió que el próximo Jueves Santo le trajese la comunión a la orilla del Jordán.


Al año siguiente, Zósimo se dirigió al lugar de la cita, llevando al Santísimo Sacramento y el Jueves Santo divisó a María al otro lado del Jordán. La penitente hizo la señal de la cruz y empezó a avanzar sobre las aguas hasta donde se hallaba Zósimo. Recibió la comunión con gran devoción y recitó los primeros versículos del «Nunc dimittis» (Cántico de Simeón). Zósimo le ofreció una canasta de dátiles, higos y lentejas dulces, pero María sólo aceptó tres lentejas. La penitente se encomendó a sus oraciones y le dio las gracias por lo que había hecho por ella. 


Finalmente, después de rogarle que volviese al año siguiente al sitio en que la había visto por primera vez, María pasó a la otra ribera, en la misma forma en que había venido. Cuando fue Zósimo al año siguiente al sitio de la cita, encontró el cuerpo de María en la arena; junto al cadáver estaban escritas estas palabras: «Padre Zósimo, entierra el cuerpo de María la Pecadora. Haz que la tierra vuelva a la tierra y pide por mí. Morí la noche de la Pasión del Señor, después de haber recibido el divino Manjar». El monje no tenía con qué cavar, pero un león vino a ayudarle con sus zarpas a abrir un agujero en la arena. Zósimo tomó su manto, que consideraba ahora como una preciosa reliquia y regresó, para contar a sus hermanos lo sucedido. Siguió sirviendo a Dios muchos años en su monasterio y murió apaciblemente a los cien años de edad.


Esta tradición se difundió mucho y alcanzó gran popularidad en el Oriente. Según parece, San Sofronio, patriarca de Jerusalén, que murió en el año 638, fue quien le dio forma definitiva. Sofronio tenía a la vista dos textos: la digresión que Cirilo de Escítópolis introdujo en su Vida de San Ciriaco y un relato semejante redactado por Juan Mosco en «El Prado Espiritual». Tomando numerosos datos de la vida de San Pablo de Tebas, dicho autor construyó una tradición de dimensiones respetables.


San Juan Damasceno, que murió o mediados del siglo VIII, cita largamente la Vida de Santa María Egipciaca, que considera un documento auténtico.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

Miércoles anterior al Domingo de Ramos


En la Hora Sexta


Is 58,1-11: Así dice el Señor: «Grita a pleno pulmón, no te contengas; alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, desean conocer mi voluntad. Como si fuera un pueblo que practica la justicia y no descuida el mandato de su Dios, me piden sentencias justas, quieren acercarse a Dios». «¿Para qué ayunar, si no haces caso; mortificarnos, si no te enteras?» En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo. ¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza? ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: «Aquí estoy». Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía. El Señor te guiará siempre.


En Vísperas


Gén 43,26-31;45,1-16: Cuando José llegó a casa, ellos le ofrecieron los regalos que habían traído y se postraron ante él en tierra. Él les preguntó qué tal estaban y les dijo: «¿Está bien vuestro anciano padre, del que me hablasteis? ¿Vive aún?». Contestaron: «Tu servidor, nuestro padre, está bien; vive todavía». Y se inclinaron respetuosamente. José alzó la vista y, viendo a su hermano Benjamín, hijo de su madre, preguntó: «¿Es este vuestro hermano menor, de quien me hablasteis?». Y añadió: «Dios te conceda su favor, hijo mío». Entonces José salió deprisa, pues, conmovido por su hermano, le vinieron ganas de llorar; y entrando en su habitación, lloró allí. Después se lavó la cara, regresó y se contuvo. José no pudo contenerse en presencia de su corte y gritó: «Salid todos de mi presencia». No había nadie cuando José se dio a conocer a sus hermanos. Rompió a llorar fuerte, de modo que los egipcios lo oyeron y la noticia llegó a casa del faraón. José dijo a sus hermanos: «Yo soy José; ¿vive todavía mi padre?». Sus hermanos, perplejos, se quedaron sin respuesta. Dijo, pues, José a sus hermanos: «Acercaos a mí». Se acercaron, y les repitió: «Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Pero ahora no os preocupéis, ni os pese el haberme vendido aquí, pues para preservar la vida me envió Dios delante de vosotros. Van dos años de hambre en el país y aún quedan cinco años en que no habrá arada ni siega. Dios me envió delante de vosotros para aseguraros supervivencia en la tierra y para salvar vuestras vidas de modo admirable. Así pues, no fuisteis vosotros quienes me enviasteis aquí, sino Dios; él me ha hecho padre del faraón, señor de toda su casa y gobernador de toda la tierra de Egipto. Apresuraos a subir adonde se encuentra mi padre y decidle: “Esto dice tu hijo José: Dios me ha hecho señor de todo Egipto; baja a mí sin demora. Habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí con tus hijos y nietos, con tus ovejas, vacas y todo cuanto posees. Yo te mantendré allí, pues quedan todavía cinco años de hambre, para que no carezcas de nada ni tú, ni tu casa ni todo lo tuyo”. Vosotros estáis viendo con vuestros propios ojos, y también mi hermano Benjamín con los suyos, que os hablo yo en persona. Informad a mi padre de toda mi autoridad en Egipto y de todo lo que habéis visto, y apresuraos a bajar aquí a mi padre». Y echándose al cuello de su hermano Benjamín, rompió a llorar; y lo mismo hizo Benjamín. Luego besó a todos sus hermanos, llorando al abrazarlos. Entonces sus hermanos hablaron con él. Llegó al palacio del faraón la siguiente noticia: «Han venido los hermanos de José»; el faraón y sus servidores se alegraron.


Prov 21,22-31;22,1-4: El sabio asaltará la ciudad de los fuertes, derribará la fortaleza en que confiaban. Quien guarda la boca y la lengua se guarda también de peligros. Llaman arrogante al fanfarrón insolente, pues se porta con orgullo desmedido. Los propios deseos matan al perezoso, pues sus manos se niegan a trabajar. El malvado codicia de continuo, el honrado da sin reservas. Sacrificio de malvados es odioso, mucho más si hay mala intención. Testigo falso acabará perdido, quien escucha tendrá la última palabra. El malvado aparenta seguridad, el honrado está seguro de lo que hace. No hay sabiduría ni prudencia ni consejo contra el Señor. Se prepara al caballo para el combate, la victoria la concede el Señor. Más vale fama que riqueza, mejor estima que plata y oro. Rico y pobre tienen en común que a los dos los hizo el Señor. El prudente ve el mal y se protege, los incautos se arriesgan para su mal. Si eres humilde y temes al Señor tendrás riquezas, vida y honor.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

31/03 - El Santo Hieromártir Hipacio, Obispo de Gangra


La escueta noticia del Martirologio nos hace comprender que de san Hipacio se sabe muy poco, y eso poco se condensa en apenas una línea. Ciertamente se puede aceptar la existencia histórica de un san Hipacio, obispo de Gangra, ciudad de Paflagonia, histórica región de Asia Menor en torno al Mar Negro y provincia romana en el tercer siglo.


Según la «Vita», Hipacio habría sucedido al obispo de Gangra Atanasio en el siglo cuarto, y sus actividades pastorales se habrían puesto de manifiesto en la dura lucha contra los paganos, en la destrucción de templos, fundación de ermitas, construcción de iglesias y el establecimiento de un hospicio abierto a todos. Fue escritor de obras espirituales, incluyendo una interpretación de los «Proverbios de Salomón», que dedicó a la piadosa Gaiana, una de sus cooperadoras en las obras de caridad. En los sinaxarios bizantinos afirman que asistió al Concilio de Nicea (325) y su nombre también se encuentra en la lista de participantes en el Concilio de Gangra (340). También se le atribuye (como a tantos otros santos) un legendario episodio en el que da muerte a un dragón, lo que es luego un rico motivo iconográfioco, como puede verse en la estampa que acompaña a este escrito.


En un año imprecisado, en algún momento del siglo IV, pero después del 340, fue atacado y apedreado por herejes novacianos, escondidos en un barranco cerca de Luciana. Los novacianos eran seguidores de la doctrina del obispo cismático Novaciano, del siglo III, que representaba una corriente de rigurorismo exagerado en cuestiones disciplinares y penitenciales, especialmente en relación con los «relapsi», es decir, los cristianos que durante la persecución habían negado la fe para evitar el martirio, y que pasada la misma querían volver a ser admitidos como cristianos. Distintos corrientes rigoristas que se oponían a la admisión de los «relapsi» se hallaban extendidos por todo el vasto Imperio Romano, y constituían importantes iglesias. 


Los cismáticos, decíamos, se abalanzaron sobre él en un lugar desolado. Lo atravesaron con espadas y lanzas y lo arrojaron a un pantano. Al igual que el Protomártir Esteban, San Hipacio oró por sus asesinos. Una mujer arriana golpeó al Santo en la cabeza con una piedra y lo mató. Los asesinos escondieron su cuerpo en una cueva, donde un cristiano que allí guardaba cebada encontraría posteriormente su cuerpo. Reconociendo el cuerpo del obispo, se apresuró a ir a la ciudad para informar sobre esto, y los habitantes de Gangra enterraron piadosamente a su amado pastor.


Después de su muerte, las reliquias de San Hipacio fueron famosas por numerosos milagros, particularmente por expulsar demonios y por curar a los enfermos. Se pueden encontrar partes de sus reliquias en varios lugares, incluidos el Monasterio de los Iberos en el Monte Ato y el Monasterio del Profeta Elías en Zacole de Corinto.


Se construyó una gran iglesia en su honor en Gangra, donde descansaban sus reliquias, pero fue destruida por los turcos en 1922. En 1975 se construyó una nueva iglesia en su honor en el pueblo de Antígono en Florina, Grecia, por refugiados que habían venido de Gangra en 1922 y allí colocaron el icono del Santo que estaba en su antigua iglesia.


Desde hace muchos siglos el hieromártir Hipacio fue particularmente venerado en la tierra rusa. Así, en el año 1330, se construyó el monasterio de Ipatiev en Kostroma, en el lugar donde se aparecieron la Madre de Dios con el Niño Jesús preeterno, el apóstol Felipe y el hieromártir Hipacio, obispo de Gangra. Este monasterio más tarde ocupó un lugar significativo en la vida espiritual y social de la nación, particularmente durante el "Tiempo de los Problemas".  Las antiguas copias de la Vida de San Hipacio se distribuyeron ampliamente en la literatura rusa, y una de ellas se incorporó al "Mensual de Lectura" del Metropolita Macario (1542-1564). En esta su Vida se cuenta la aparición del Salvador a San Hipacio en vísperas de la muerte del mártir. El apartado para la conmemoración del Santo Hieromártir Hipacio consiste en su vida, algunas oraciones y palabras de alabanza e instrucción. La piadosa veneración de San Hipacio también fue expresada en composiciones litúrgicas rusas. Durante el siglo XIX se escribió un nuevo oficio para el Hieromártir, distinto de los servicios escritos por San José el Estudita, contenido en el "Meneo" o libro de textos litúrgicos propios de marzo.



Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia