16/10 - Longino el Centurión


Soldado romano convertido en mártir cristiano, cuyo supuesto verdadero nombre era Cayo Casio Longino. Falleció en Cesarea (Capadocia) hacia el año 28 de nuestra era. Según la tradición cristiana, Longino fue el centurión romano cuya lanza atravesó el costado derecho de Jesucristo cuando éste se encontraba en la cruz. Según la tradición, era de Lanciano (ciudad que se encuentra a 45 kilómetros de Pescara, Italia). 


Siguiendo las órdenes de Pilatos, San Longino junto con sus soldados al mando, estuvo al pie de la cruz de Jesús. Se dice que este soldado padecía una infección terrible en los ojos que le estaba cegando la visión, y que en el momento que traspasa el costado de Jesús con una lanza, brota de la herida agua y sangre que cae sobre el rostro de San Longino y lo sana instantáneamente.


Poco antes había escuchado la entrega de Jesús al Padre y la oración por sus verdugos. A la profesión de fe de Longino le ayudaron los fenómenos físicos que acompañaron a la muerte del Redentor; vio la preparatoria negrura del cielo, sintió el terremoto que hizo saltar las piedras en pedazos, contempló el firmamento abierto por los rayos. Algo más tarde le llegó el rumor que iba y venía afirmando que habían resucitado muertos y que se habían dejado ver por Jerusalén. A él le tocó cumplir con su trabajo de ratificar la muerte de los ajusticiados y por ello metió su lanza en el costado de aquel hombre que sabía ya muerto, mientras sus hombres quebraban las piernas de los otros compañeros de suplicio que aún estaban vivos.


Asimismo cuenta la narración que, exhalado el último aliento de Jesucristo, la naturaleza se convulsionó con una serie de fenómenos naturales, que llevaron a que San Mateo en 27:54 comentara: “El centurión y los que estaban con él custodiando a Jesús, cuando vieron el terremoto y las cosas que sucedían, se asustaron mucho, y dijeron: En verdad éste era Hijo de Dios”.


Luego de los eventos en el Gólgota San Longino jugaría un papel muy importante ayudando a establecer la veracidad de la Resurrección de Cristo luego de que los sacerdotes Judíos, que habían ordenado la muerte del Santo Redentor, sobornaran a algunos soldados para que divulgasen la historia de que los discípulos del Salvador habían robado su cuerpo aprovechando la oscuridad de la noche con el fin crear una historia. Sin embargo San Longino arruinó su taimado plan. Negándose a aceptar cualquier soborno insistió en decir al mundo la verdadera historia de cómo el cuerpo de Cristo había alcanzado la gloria de la Resurrección. Luego de entender que el soldado Romano no quería ser parte de su conspiración y menos recibir un soborno, los Judíos decidieron optar por sus tácticas habituales: asesinar a sangre fría al centurión y con él la verdad de su historia. Pero el soldado era un hombre valiente e íntegro – y tan pronto como se enteró de esta nueva conspiración se despojó de sus ropajes militares, pidió ser bautizado con otros compañeros soldados y se dirigió rápidamente hacia Capadocia donde pasó muchas horas en oración devota y ayunos rigurosos.


Como respuesta a la atractiva piedad del antiguo centurión, muchos paganos de la región se convirtieron al Evangelio y recibieron el Bautismo. Por un tiempo San Longino vivió libremente entre ellos para luego regresar a vivir con su padre. Pero los judíos no habían terminado con él, y sus mentiras provocaron que Poncio Pilatos, gobernador de Judea bajo el reinado del Emperador César Tiberio,  promulgara una orden draconiana a sus tropas: Encuentren a ese centurión renegado y decapítenlo inmediatamente. 


Sin embargo una vez más el ingenioso San Longino se anticipó a este plan que atentaba contra su vida. Dirigiéndose rápidamente hacia el camino, saludó a sus adversarios como si fueran sus amigos. Sin dejarles saber su identidad los invitó a su casa donde los alimentó pródigamente. Cuando ellos se durmieron aprovechó el tiempo para prepararse para su propia ejecución rezando durante toda la noche y vistiendo ropas funerarias de un color blanco inmaculado. Al aproximarse el amanecer les indicó a sus fieles compañeros que lo entierren en la cima de una colina cercana.


La escena ya estaba lista. Moviéndose rápidamente, el mártir se aproximó a los soldados que se estaban despertando y les reveló su verdadera identidad: -“Yo soy Longino, el hombre que ustedes buscan.” Sorprendidos y mortificados por la honestidad de su anfitrión los Romanos se encontraban sin saber qué hacer – ¿cómo podrían decapitar a un hombre de carácter tan noble? Sin embargo a pesar de que protestaron contra el mandato de la ejecución, este generoso soldado insistió en que debían de cumplir con la orden de terminar con su vida.  Al final San Longino y dos de sus compañeros soldados, que habían estado junto con él al pie de la cruz, fueron llevados a Jerusalén y decapitados, con lo cual se cumplió el destino del centurión como mártir de Cristo. 


Embargados por la tristeza de la tragedia que habían tenido que cometer por órdenes del gobernador, el pelotón de ejecución llevó la cabeza de Longino ante Pilato, quien la envió inmediatamente a los judíos. Ellos la arrojaron sobre un montón de estiércol a las afueras de Jerusalén.


El poder de estas tradiciones puede ser visto en otra historia que ha persistido a través del tiempo. De acuerdo a esa narrativa, una mujer ciega que estaba visitando Jerusalén para rezar en sus santuarios tuvo un misterioso sueño en el que se le apareció San Longino y le dijo donde podría encontrar su cabeza, la cual ella debería enterrar. La mujer ciega obedeció inmediatamente y encontró a una persona que la llevó hacia el cerrillo de estiércol. Ahí localizó la cabeza del santo y la transportó reverentemente hacia su tierra natal de Capadocia en donde fue enterrada.


Otra versión cuenta que, cuando Longino fue llevado ante el gobernador, este le pidió que se arrepintiera y que volviera a someterse a los ídolos romanos. Tomó un hacha y los redujo a fragmentos y de ellos salieron demonios que se apoderaron del mandatario y sus ayudantes. Cuando comenzaron a lanzar gemidos, Longino le dijo que sólo con su muerte se curarían. San Longino, fuerte en su fe cristiana se negó a rendirse ante dioses paganos, por lo que recibió el castigo del gobernador, quien mandó a que a golpes, le quebrasen todos los dientes y le cortaran la lengua. Por tal hecho, San Longino fue condenado a la decapitación. Tan pronto fue ejecutado el santo, el gobernador mostró su arrepentimiento por lo que había hecho y cambió su vida, yse abocó a las obras de bien.


Como se ve, la tradición y los primeros cristianos no sólo perdonaron a Longino el haber crucificado a Jesús y haberlo herido con la lanza, sino que lo llevaron a los altares por su testimonio y martirio.


Toda la historia en torno a su persona parece que tiene su origen en los relatos de Simeón Metafrastes. Describen a este excepcional testigo de la crucifixión como un hombre terriblemente impresionado por la fortaleza y serenidad del Señor ante el terrible suplicio de la cruz, por más que fuera por oficio un hombre acostumbrado a ver las distintas reacciones de sus semejantes ante la muerte próxima y cierta. Supo reconocer en Jesús lo excepcional de su personalidad.


Hay varios lugares donde se cree que está la lanza de Longino. A finales del siglo VI fue venerada en Jerusalén una Lanza que supuestamente perforó el cuerpo de Nuestro Salvador, y la presencia de esta importante reliquia está atestiguada ya desde un siglo antes por Casiodoro y posteriormente por Gregorio de Tours.


En el año 615, Jerusalén fue tomada por un teniente del rey persa Cosroes. Las sagradas reliquias de la Pasión cayeron en manos de los paganos, y la punta de la Lanza, que estaba partida, fue donada el mismo año a Nicetas, quien la llevó a Constantinopla y la depositó en la iglesia de Santa Sofía.


La reliquia de Constantinopla cayó en manos de los turcos y en 1492, bajo circunstancias minuciosamente descritas en «Historia de los Papas», de Pastor, el Sultán Bajazet la envió a Inocencio VIII para ganarse sus favores en el asunto de su hermano Zizim, prisionero del papa.


Desde entonces, esta reliquia nunca abandonó Roma, donde se conserva bajo la cúpula de San Pedro. Benedicto XIV declaró que París tenía la parte inferior de la reliquia de la lanza (ya que estaba dividida en dos) y que estaba en posesión  del rey francés Luis IX, que la mantuvo en la Sainte-Chapelle y que fue destruida durante la Revolución Francesa.


Luego está otro relato del descubrimiento de la Santa Lanza en Antioquía gracias a la revelación de San Andrés en 1098, durante la Primera Cruzada. Según hagiógrafos y muchas otras autoridades, se creyó que la Lanza encontrada en Constantinopla cayó en manos de los turcos y fue posteriormente enviada por Bajazet al Papa Inocencio, pero, según algunas investigaciones, parece probarse que se trate de la misma reliquia preservada hoy celosamente en Etchmiadzím, en Armenia.


Otra Lanza que dice ser la que produjo la herida en el costado de Cristo se guarda entre las insignias imperiales en Viena, y es conocida como la Lanza de San Mauricio. Esta arma fue utilizada desde 1273 en la ceremonia de coronación del llamado «Emperador de Occidente», y desde hace tiempo forma parte del emblema de la investidura. En 1424 fue a parar a Núremberg y probablemente se trate de la Lanza conocida como la del Emperador Constantino, quien engarzó un clavo o una porción de un clavo de la Crucifixión.


Otra última lanza supuestamente perteneciente a la Pasión de Cristo se conserva en Cracovia, pero, aunque se alega que ha permanecido allí durante ocho siglos, es del todo imposible reconstruir su historia.


LECTURAS


2 Tim 2,1-10: Hijo mío, Timoteo, hazte fuerte en la gracia de Cristo Jesús, y lo que has oído de mí, a través de muchos testigos, esto mismo confíalo a hombres fieles, capaces, a su vez, de enseñar a otros. Toma parte en los padecimientos como buen soldado de Cristo Jesús. Nadie, mientras sirve en el ejército, se enreda en las normales ocupaciones de la vida; así agrada al que lo alistó en sus filas. Tampoco el atleta recibe la corona si no lucha conforme a las reglas. El labrador que se afana con fatiga tiene que ser el primero en participar de los frutos. Reflexiona lo que digo, pues el Señor te dará inteligencia para que lo comprendas todo. Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.


Mt 27,33-54: En aquel tiempo, cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”». De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías». Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».



Fuente: Aciprensa / https://laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / oracionyliturgia / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la IV Semana de Lucas


Lc 9,12-18: En aquel tiempo, acercándose los Doce, le dijeron a Jesús: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos. Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la XX Semana


Flp 3,8-19: Hermanos, todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús. Todos nosotros, los maduros, debemos sentir así. Y, si en algo sentís de otro modo, también eso os lo revelará Dios. En todo caso, desde el punto a donde hemos llegado, avancemos unidos. Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

15/10 - Eutimio el Nuevo


Nuestro Santo Padre Eutimio el Teóforo (824-898) nació en el reinado del Emperador iconoclasta León V el Armenio (813-820) en un pueblo cerca de Ancira (hoy Ankara) en Galacia.


Recibió el nombre de Nicetas en su Bautismo, y, desde que su padre murió cuando él tenía siete años, fue criado en la fe ortodoxa y en la veneración de los santos iconos por su piadosa madre.


En su adolescencia, sirvió en el ejército por un tiempo, y luego, ante la súplica de su madre, accedió a casarse con la hija de una familia rica pero también piadosa, con quien tuvo una niña llamada Anastasia. Pero, desde la infancia, Nicetas había deseado fervientemente emprender el camino estrecho y angosto que lleva al Reino de Dios y convertirse en monje.


Cuando uno de sus caballos se le escapó, Nicetas, con dieciocho años, aprovechó la oportunidad de despedirse de su familia e ir en busca del animal, pero realmente era para volar al desierto en busca de las "aguas de la quietud." Yendo de un lugar a otro, encontró en su camino el Monte Olimpo en Bitinia, que, adornado con hombres como San Joanicio, San Pedro de Atroa y San Teófanes el Confesor, en ese momento era el asentamiento monástico más notable del Imperio Romano. Miles de monjes vivían allí alrededor de los grandes monasterios, ya sea en aislamiento total, con un «geronte» o monje-guía anciano o en una pequeña comunidad. Nicetas quería, sobre todo, recibir la bendición de San Joanicio, el milagroso y confesor de la fe ortodoxa y, si es posible, que se le diera un lugar entre sus muchos discípulos. 


Cuando Joanicio le vio venir, detectó un gran amor por la virtud en el joven y quiso probarlo. Exclamó a sus discípulos: "Ese joven que viene hacia nosotros es un ladrón y un criminal. ¿Cómo se atreve? ¡Agárrenlo rápido y amárrenlo!". Nicetas inclinó la cabeza y no trató de defenderse debido a su gran alegría al acercarse al famoso Santo. Cuando Joanicio reconoció la honestidad de Nicetas, todos le preguntaron que por qué estaba tan dispuesto a la humildad y a la negación de su propia voluntad. Pero, huyendo de los elogios, Nicetas los dejó para ponerse bajo la dirección de un santo padre, amado por Dios, llamado Juan, que vivía en soledad.


En 842, Juan le vistió con el pequeño esquema que le dio el nombre de Eutimio y, después de un tiempo, le envió al monasterio cenobítico más cercano, en Pisades, para completar su entrenamiento en obediencia y la renuncia diaria de su propia voluntad. Eutimio hizo todo lo que le fue dado para hacer con prontitud. Se consideraba a sí mismo como el menor de los hermanos y el más indigno, y se apresuró a obedecer, no solo al Abad, sino también a cualquier otro monje, como si en ellos escuchara la palabra de Dios. Pero alrededor del año 858, dado que Eutimio sobre todo deseaba la paz y la soledad, abandonó el monasterio debido a la discordia y la perplejidad de las conciencias por la elección de Focio al trono patriarcal de Constantinopla. Huyendo de la agitación, se embarcó con Teostericto, uno de sus hermanos, hacia el Monte Ato, que en ese momento solo estaba habitado por ermitaños que llevaban una vida muy austera. Pero antes de retirarse finalmente al desierto del Ato, pasó varios años con Teodoro, un renombrado asceta del Olimpo, para completar su iniciación monástica, y recibió de sus manos el gran esquema monástico.


Eutimio había pasado quince años en el Monte Olimpo. Entonces se embarcó para el Ato, donde encontró a un padre espiritual, José, un armenio de una virtud tan grande que, después de su muerte, su cuerpo destilaba un aceite fragante. Se animaron mutuamente en los concursos de la virtud, y decidieron pasar tres años en una cueva, cerca de donde hoy se encuentra la Nueva Escete, sin salir nunca y sin pensar en lo que deberían comer, sino en confiar completamente en la bondad del Padre celestial. Salieron de esta prueba sobrehumana victoriosos e iluminados por la gracia.


Eutmio regresó, después de un tiempo, al Monte Olimpo para ver a Teodoro de nuevo. Cuando le habló de la vida angelical que llevaban en el Ato, Teodoro le pidió que le llevara allí. Pero, debido a su vejez y a la enfermedad provocada por toda una vida de ascetismo, Teodoro no pudo permanecer allí.


Eutimio lo instaló cerca de Tesalónica, en Macrosina, cerca de Brastamón, mientras regresaba a la Montaña Sagrada de Ato para probar la miel de la hesiquia y  de la quietud. No pasó mucho tiempo antes de que se enterara de la muerte de Teodoro y regresara a Tesalónica para venerar su tumba en 865. En este momento intentó vivir la vida de un estilita encima de una columna, pero reunió a una multitud tan grande en la base de su columna que decidió retirarse por tercera vez al Monte Ato. En esta ocasión, recibió la ordenación sacerdotal, que buscó, no deliberadamente, sino para que los ascetas de la Santa Montaña pudieran participar más a menudo de los Santos Misterios.


A su regreso al Monte Ato, no pudo encontrar la paz que tanto deseaba, ya que era muy visitado por ascetas que conocían bien la santidad de su vida. Decidió irse a la isla de San Eustracio con dos compañeros, Juan Colobo y Simeón (fundador del Monasterio de la Gran Cueva en Calabrita), pero en el camino, fueron capturados por piratas árabes que infestaban el mar Egeo en ese momento. Tras su liberación, volvieron al Ato, pero, debido a la frecuencia de las incursiones de piratas, se fueron una vez más a un lugar más seguro.


Eutimio, José el Armenio y algunos de sus discípulos se establecieron en Brastamón (Vrasta o Brasta), una aldea en la región de Calcídica, perteneciente a Tesalónica. Allí llevaron una vida angelical en celdas separadas, estableciendo una laura. Eutimio acudía al Ato de vez en cuando, donde, estacionado entre el cielo y la tierra, podía entrar en una comunión más cercana con Dios. Un día allí se le dijo por revelación que restaurara el monasterio abandonado en el Monte Peristera, cerca de Tesalónica, para que los habitantes piadosos de la región pudieran ser bendecidos por la presencia de los hombres de Dios. Él y dos discípulos, Ignacio y Efrén, hicieron su morada en sus ruinas alrededor del año 866 al 871, y, superando innumerables obstáculos puestos en su camino por la maldad de los demonios, lograron reconstruir el monasterio dedicado al apóstol Andrés. En poco tiempo, otros discípulos de Tesalónica y del distrito circundante acudían a él para ponerse bajo su sabia orientación. En 888, fundó un monasterio femenino cercano y colocó en su cabeza a Eufemia, una de sus hermanas, que, como todos los demás miembros de su familia (su madre, su esposa y dos nietos), se había convertido en monja.


En 898, conociendo de antemano el día de su muerte y deseando pasar sus últimos momentos en soledad, convocó a todos sus discípulos para una comida festiva en el refectorio del monasterio, les dio sus admoniciones finales y su bendición, y luego fue llevado a la deshabitada isla de Hiera, donde entregó su alma en paz al Señor en presencia únicamente de los ángeles y los santos.


En 899 sus reliquias sagradas fueron llevadas a la metrópolis de Tesalónica para bendición. Se perdieron durante muchos siglos, pero se reencontraron en 1986 en el Monasterio de Peristera, y hoy descansan en este Monasterio de Tesalónica, en la Iglesia del Apóstol Andrés. 


El emperador Nicéforo Focas en 964 colocó el Monasterio de Peristera bajo la dependencia del Monasterio de la Gran Laura en la Montaña Sagrada.


La vida de San Eutimio fue compilada por su discípulo, Basilio, quien también compuso un Oficio en su honor. Un canon de súplicas fue compuesto por Caralampio Busias.


Según Basilio, su biógrafo, Eutimio fue un gran asceta cuya fama al principio iba mucho más allá del Monte Ato, donde junto con San Pedro el Atonita se convirtió en uno de los dos primeros ascetas conocidos de la Montaña Sagrada.


Cuando llegó a Tesalónica, la gente lo recibió como si fuera Elías el Profeta, abrazándolo con la creencia de que su abrazo atraería bendiciones celestiales. Ayudó a muchos a progresar en la virtud e inspiró a muchos a convertirse en monjes. Sus discípulos se distinguieron por vidas angelicales similares, y fueron recibidos como si fueran ángeles del cielo. Entre sus discípulos que continuaron viviendo y transmitiendo su espíritu ascético, estaban Teostericto, Onofre, Ignacio, Jorge, Efrén, Pablo, Basilio, sus nietos Metodio y Eufemia (que vivían en diferentes monasterios que el Santo estableció), su biógrafo Basilio, que se convirtió en arzobispo de Tesalónica, y los dos hermanos Simeón y Teodoro.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

15/10 - Luciano el Mártir de Antioquía


Nació Luciano nació en Samósata de Siria, en una familia cristiana que le enseñó la fe y el amor a las letras. A los 12 años quedó huérfano y Luciano dejó sus bienes a los pobres y se unió al presbítero Macario, en Edesa. Este presbítero continuó formándole en la fe y la Sagrada Escritura. A una fecha incierta, pero cerca de los 15 años fue ordenado presbítero. Uno de los aportes principales de Luciano fue la apertura de su escuela antioquena para la traducción, estudio y predicación de las Escrituras. Él tradujo las copias existentes en hebreo al griego. Y con tanta erudición y acierto, que fueron las usadas posteriormente por San Jerónimo (30 de septiembre y 9 de mayo, traslación de las reliquias) en su famosa traducción de "La Vulgata".


La polémica rodea su figura por alguna tendencia subordinacionista en su teología trinitaria. El subordinacionismo planteaba que Cristo, aunque Dios, en algún grado tenía una realidad algo inferior y subordinada al Padre. Y el Espíritu Santo, lo mismo en cuanto a Cristo. Es una postura herética y en consonancia con el arrianismo, pero que él en realidad no compartió, sino que permaneció católico. El problema fue posterior, porque fue Arrio uno de sus discípulos, y muchos de sus otros alumnos tomaron partido por el arrianismo. Por ello San Alejandro de Alejandría (26 de febrero) y San Epifanio (12 de mayo) considerarían a Luciano el verdadero padre del arrianismo, movidos por lo que los mismos arrianos decían, que en Luciano hallaban su maestro. Pero el gran martillo de los arrianos, San Atanasio (2 de mayo), le exonera de semejante "paternidad" y nunca le llama hereje, ni le cita como autor de tal herejía. Tampoco lo hará San Juan Crisóstomo, sino todo lo contrario, como más adelante leeréis. Ciertamente estuvo Luciano excluido de la comunión con la Iglesia, pero por la condena y deposición del herético Patriarca de Antioquía Pablo de Samósata, cuyos seguidores le condenaron a su vez a Luciano. Pero hecha la paz, en 285 volvió a la comunión eclesial.


En la persecusión de Maximiano, Luciano fue escondido por algunos de sus discípulos, pero un presbítero hereje sabeliano delató su escondite y el santo fue arrestado y llevado a Nicomedia, donde fue sometido a la tortura del potro, dislocándole los huesos para que renunciase a Cristo. Al mismo tiempo le laceraban la espalda y los costados. Al ver que no se lograba nada con el tormento, le arrojaron a una celda, colmado de dolores. Estuvo allí 14 días padeciendo de hambre, aunque para tentarle le pusieron comida de la ofrecida a los dioses, que ni osó mirar. Al acercarse la solemne fiesta de la Epifanía del Señor manifestó a sus hermanos de cautiverio cuanto le gustaría celebrar y recibir la Eucaristía. Era difícil, pues ni siquiera podía ponerse en pie, ni había altar. Pero Luciano les dijo: "Mi pecho será la mesa, que creo que no será menos estimado de Dios que uno de material inanimado. Y vosotros seréis el templo santo, estando a mi alrededor". Y allí, sobre el pecho del mártir de Cristo, se celebró la Eucaristía, con los símbolos sagrados de pan y vino. Pronunciaron la acción de gracias y fueron fortificados con el Pan de los Ángeles.


El 7 de enero fueron los soldados enviados por Maximiano, para ver si todavía vivía y arrancarle una confesión de apostasía. Pero Luciano les dijo varias veces "yo soy cristiano", y murió dulcemente, en el año 312. El cuerpo fue arrojado al mar, pero 15 días después algunos discípulos suyos le hallaron en la playa. Por un error con una leyenda parecida, se forjó su propia leyenda de que un delfín había sacado el cuerpo del agua, pero en las versiones antiguas no hallamos semejante dato, sino hasta la versión de San Simeón Metafraste (27 de septiembre y 28 de noviembre, Iglesias Griegas).


San Jerónimo le menciona con emoción y San Juan Crisóstomo le dedicó un bello panegírico celebrando su memoria el 7 de enero de 387, del que extraemos unos fragmentos:


"Quien recibe a un profeta en nombre del profeta recibirá el premio del profeta; y el que recibe al justo en nombre del justo, recibirá el pago del justo, así el que recibe al mártir en nombre del mártir, recibirá el premio del mártir. Y recibir al mártir es acudir a la conmemoración del mártir, es participar en la narración de sus combates, es alabar sus hechos, imitar sus virtudes, comunicar con otros la valentía de él. Estos son los regalos de huéspedes que hacen los mártires: ¡eso es recibir a estos santos, como vosotros lo habéis hecho en este día!


Ayer nuestro Señor fue bautizado con agua, hoy su siervo es bautizado con sangre; ayer se abrieron las. puertas de los cielos, hoy las puertas del infierno han sido conculcadas. Y no os admiréis de que yo haya llamado bautismo al martirio, porque también aquí revolotea el Espíritu Santo con grande abundancia, y hay perdón de los pecados, y se obra una purificación admirable e increíble en el alma. A la manera que los bautizados se lavan con el agua, así los mártires con su propia sangre. Como sucedió también en este mártir. (…)


Cuando el demonio malvado observó que el mártir no se entregaba, ni a pesar de tan grande apretura y estrechez, llevó la prueba a un mayor extremo. Porque, habiendo tomado de las carnes ofrecidas a los ídolos, y habiendo colmado de ellas una mesa, procuró que la pusieran delante de los ojos del mártir, a fin de que la facilidad del manjar ya preparado y a la mano, disipara la firmeza de su fervor. Porque no se nos coge de la misma manera cuando no están a la vista los alicientes, como cuando están delante de los ojos. Del mismo modo que cualquiera sin duda vencería con mayor facilidad la concupiscencia de las mujeres no mirando a una mujer de bellas formas, que fijando constantemente en ella sus miradas. Pero aquel varón justo venció también en esta emboscada; y aquello que el demonio había creído que vencería su varonil firmeza, eso precisamente la acució más y la urgió para la batalla. Porque no solamente no recibió daño alguno de la vista de las carnes ofrecidas a los ídolos, sino que con mayor fuerza aún las apartó y las aborreció.


Una vez que el malvado demonio vio que nada adelantaba, lleva de nuevo al mártir al tribunal y lo sujeta a tormento y lo acosa con preguntas continuadas. Pero él, a cada una de sus persuasiones respondía solamente: '¡Soy cristiano!' Y como el verdugo le instara: '¿De qué patria eres?', respondió: '¡Soy cristiano'. Le preguntó de nuevo: '¿Qué arte ejerces?' Y él le contestó: '¡Soy cristiano!' '¿Cuáles son tus antepasados?' Y a todo respondía: '¡Soy cristiano!' Y con solas estas sencillas palabras quebrantaba la cabeza del demonio y le causaba heridas que se sucedían unas a otras. Y eso que el mártir había sido educado en las disciplinas seculares. Pero sabía perfectamente que en semejantes certámenes, no es útil la retórica, sino que lo necesario es la fe. No hay necesidad de agudos argumentos sino de un alma amante de Dios. '¡Basta - decía - con una sola palabra, para poner en fuga a toda una falange de demonios!'


A quienes no examinan cuidadosamente, les parecerá esta contestación algo inconsecuente. Pero si alguno clava en ella su pensamiento, por ella misma conocerá la prudencia del mártir. Porque quien dice: '¡Soy cristiano!', con eso ha manifestado ya su patria, su linaje, su profesión y todo. ¿Cómo? ¡Yo lo voy a declarar! Porque el cristiano no tiene ciudad sobre la tierra, sino que su ciudad es la Jerusalén de allá arriba. Porque aquella Jerusalén que está allá arriba, dice el apóstol, es libre y ella es nuestra madre. El cristiano no tiene profesión de arte alguna terrena, sino que pertenece a la conversación de allá arriba, porque nuestra conversación, dice el apóstol, está en los cielos. El cristiano tiene por parientes y conciudadanos a todos los santos. Porque somos, dice el mismo apóstol, conciudadanos y domésticos de Dios. Así pues, el mártir con sola aquella palabra declaró quién era y de dónde y de quiénes y qué solía practicar, con toda exactitud. Y con esa palabra en los labios terminó su vida, y se marchó llevando a salvo el depósito de la fe en Cristo, y dejó a los postreros una exhortación con sus sufrimientos, a fin de que se mantengan firmes, y nada teman sino el ir a negar a Cristo y caer en pecado.


Por nuestra parte, una vez que hemos conocido tales cosas, en el tiempo de la paz preparémonos para la guerra; a fin de que cuando sobrevenga la guerra también nosotros levantemos un brillante trofeo. Despreció aquél el hambre, despreciemos nosotros el placer y destruyamos la tiranía del vientre, a fin de que si acaso sobreviene alguna ocasión que exija de nosotros firmeza, aparezcamos resplandecientes en el momento de la lucha, por habernos ejercitado previamente en las cosas pequeñas. Delante de los reyes y príncipes usó aquél de toda franqueza, hagámoslo también ahora nosotros; y si acaso nos encontráremos sentados en las reuniones de los varones ilustres y de los helenos abundantes en riquezas, confesemos ahí con toda franqueza nuestra fe y despreciemos los errores de ellos. Y si intentaren engrandecer y ponderarnos sus cosas y empequeñecer y deshacer las nuestras, no callemos, no llevemos el apocamiento hasta eso, sino que, descubriendo con grande sabiduría y franqueza de palabra sus prácticas vergonzosas, alabemos las de los cristianos. Y a la manera que el emperador ostenta en la cabeza su corona, así nosotros llevemos por todas partes la confesión de nuestra fe. Porque no le adorna tanto a él su corona en la cabeza, como a nosotros la confesión de nuestra fe".


De la actividad literaria de Luciano quedan pocos restos. Jerónimo menciona su recensión de los manuscritos de la Biblia (su principal obra), tal como hacen Suidas y Simeón Metafrastes, aludiendo Jerónimo también a sus tratados sobre la fe y sus cartas, a lo que hay que añadir su defensa preservada por Rufino. Un fragmento de una carta se conserva en Chronicon Paschale (p. 277, edición de Ducange), donde se describe el martirio del obispo Antimo. La apología de Luciano (Rufino, edición de Cacciari, i. 616) revela la posición cristológica de su autor, postulando que 'hay un Dios, revelado a nosotros a través de Cristo e inspirado en nuestros corazones por el Espíritu Santo'. La importancia de Cristo se restringe a su oficio como maestro y legislador, quien dio a la humanidad un ejemplo de paciencia por su encarnación y muerte. Apenas han sobrevivido unas huellas de los escritos de Luciano sobre la fe, aunque pueden ser la base de la declaración de Epifanio de que Luciano y sus seguidores afirmaron que Cristo tenía solo un cuerpo humano, pero no un alma humana, atribuyendo todas las emociones humanas al Logos, para que el Hijo fuera inferior al Padre, doctrina cardinal en su sistema. El credo adoptado por los obispos reunidos en Antioquía en 341 lo atribuyen algunos escritores de la Iglesia antigua a Luciano, así como por los sínodos semi-arrianos de Seleucia (350) y Caria (367), pero esto puede significar, como mucho, que poco más de esa parte de sus doctrinas fueron aceptadas, con muchas interpolaciones y adiciones. Según Jerónimo, la versión de Luciano de la Septuaginta fue aceptada desde Constantinopla a Antioquía, pero variaba ampliamente del texto actual. De la recensión del Nuevo Testamento, Jerónimo habla en términos de desaprobación, siendo prohibido su uso por el Decretum Gelasianum. Se supuso antiguamente que en el Nuevo Testamento, Luciano se adhirió estrechamente a la Peshitta, pero parece desaconsejable trazar una relación entre su obra y cualquier familia de manuscritos. Prácticamente nada se sabe sobre los tratados exegéticos, aunque es probable que escribiera sobre hermenéutica.


LECTURAS


2 Tim 1,8-18: Hijo Timoteo, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio. De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día. Ten por modelo las palabras sanas que has oído de mí en la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Vela por el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros. Ya sabes que todos los de Asia me volvieron la espalda, entre ellos Figelo y Hermógenes. Que el Señor tenga misericordia de la casa de Onesíforo, porque me reconfortó muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas; antes bien, en cuanto llegó a Roma, me buscó con ahínco y me encontró. Que el Señor le conceda hallar misericordia de parte del Señor en aquel día. Tú conoces mejor que yo los buenos servicios que prestó en Éfeso.



Fuente: catholic.net / Iglesia Pueblo Nuevo / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española