05/05 - Irene la Megalomártir


La Santa Megalomártir Irene vivió durante el s. IV d.C. Era hija de Licinio, que era rey de un pequeño reino, y de Licinia. Procedían de la ciudad de Magedón.


Nacida en el año 315, sus padres le dieron el nombre de Penélope.


Cuando la Santa cumplió seis años, debido a que era justa y superaba en belleza a todas las otras doncellas de su tiempo, fue encerrada por su padre Lιcinio en una torre construida por él, y encargó su educación a un anciano maestro llamado Apeliano, que escribió las memorias de su martirio.


Una noche Irene tuvo la siguiente visión: entró en la torre una paloma manteniendo en su pico un tallo de de olivo, el cual dejó sobre la mesa. También entró un águila llevando una corona de flores, la cual depositó también sobre la mesa. Después entró por otra ventana un cuervo, que puso sobre la mesa una serpiente. Cuando se despertó por la mañana, meditaba, pensativa qué podría significar todo eso que había visto.


Entonces se lo contó al anciano Apeliano, y éste lo interpretó como un preaviso de su gloriosa coronación ante su final martírico tras su bautismo: "La paloma significa la educación de la mente, mientras que la rama de olivo significa el sellado y el comienzo de las cosas, y es un tipo de bautismo. El águila, siendo el rey de las aves, presagia por medio de la corona la victoria que obtendrás a través de cosas elegidas y buenas. El cuervo con la serpiente significa que probarás el sufrimiento y la angustia”.


Fue atraída hacia el cristianismo por una joven criptocristiana, la cual, debido a su honestidad y a sus virtudes, fue muy apreciada por los padres de Penélope y fue asignada por ellos como la cuidadora de su hija. Un sacerdote llamado Timoteo bautizó secretamente a la joven, renombrándola Irene.


Su padre, Licinio, no tardó en ser informado de lo sucedido cuando, además, Santa Irene destrozó los ídolos de la casa de su padre, confesando así su fe en Cristo. Por esta razón, este ordenó que la ataran a los pies de un caballo salvaje para que la matase a coces. Pero por milagro el caballo se volvió y lo mató a él. Entonces hubo una gran confusión entre la gente que allí se encontraba. Irene les consoló con las palabras de Cristo: "Todo es posible para el que cree" (Mc. 23:23). Y de hecho, con una gran fe, ella oró y su padre se levantó vivo. Entonces, todos los miembros de la familia fueron bautizados cristianos. Su padre entonces abandonó su reino y se fue a morar en la torre que había construido para su hija, donde pasó el resto de su vida en penitencia.


Después de que su padre muriera, otro rey llegó al trono cuyo nombre era Sedecías, que instó a la santa a sacrificar a los ídolos. No persuadida por él, fue arrojada en un pozo profundo en el que había varias serpientes venenosas y reptiles. Después de catorce días allí, salió ilesa. Luego le cortaron las piernas, pero, con la ayuda de un ángel divino, recuperó la salud. Luego fue atada a una rueda, pero el agua que hacía girar la rueda dejó de fluir, por lo que la Santa salió ilesa. Por este milagro, ocho mil almas llegaron a creer en Cristo.


Cuando Sedecías fue expulsado de su reino y su hijo Sapor I fue a la guerra contra aquellos por quienes su padre había sido expulsado, Santa Irene se encontró con él y su ejército en las afueras de la ciudad de Magedón. Y después de decir una oración, todos se volvieron sordos y ciegos, para que no pudieran ver por dónde iban, y después de rezar nuevamente, les devolvió la vista y el oído. Por esta razón, traspasaron los talones de la Santa con púas y la cargaron con un saco lleno de arena. De esta manera fue obligada a marchar durante casi 5 kilómetros. Luego la tierra se dividió de repente en dos, tragando a diez mil de los incrédulos, lo que a su vez hizo que treinta mil personas creyeran en Cristo. Sin embargo, el rey aún permanecía en su incredulidad; por lo tanto, un Ángel del Señor lo golpeó y lo mató.


La Santa recibió entonces permiso y libertad para entrar en la ciudad, donde hizo muchos milagros. Al ir a la torre en la que estaban su padre y el sacerdote Timoteo, llevó a cinco mil griegos a creer en Cristo por medio de sus enseñanzas. Con ellos había treinta y tres hombres a quienes se les había ordenado proteger la torre, y todos recibieron el Santo Bautismo.


Al entrar en la ciudad de Galípoli del Helesponto, donde era rey Numeriano, pariente del antiguo rey, se paró ante él y le confesó a Cristo. Entonces este la colocó en tres toros de bronce al rojo vivo, moviéndola del primero al segundo y del segundo al tercero. El tercer toro, aunque sin vida, extrañamente comenzó a caminar, luego se partió en dos, y la Santa emergió ilesa. Muchos incrédulos, hasta cien mil, vieron esta maravilla y creyeron en Cristo. Cuando el rey estaba a punto de morir, entregó a la Santa al gobernador para que fuera castigada con varios tormentos. El gobernador ató a la Mártir con cadenas y encendió fuego debajo de ella. Sin embargo, un Ángel del Señor bajó y apagó el fuego, protegiendo así a la Santa. Cuando el gobernador vio esto, creyó en Cristo con sus hombres.


Debido a que la fama de la Santa se extendió, el rey persa Sapor II (309–379), que reinó durante los años de Constantino el Grande, oyó hablar de ella y quería que fuera decapitada. Por lo tanto, la victoriosa Irene de Cristo fue decapitada y colocada en una tumba, pero nuevamente, por un ángel divino, fue levantada, y él la magnificó por haber sido martirizada por Cristo. Ella fue magnificada también por aquellos que llegaron a creer en Cristo a través de ella. 


Habiéndose levantado, se dice que entró en la ciudad conocida como Mesimbria de Tracia, sosteniendo en su mano una rama de olivo, y así se presentó ante el rey. Al verla, el rey creyó en Cristo y fue bautizado por el presbítero Timoteo junto con otros muchos. Luego la Santa fue a su ciudad de Magedón y lloró por su padre, que había muerto previamente, y se despidió de su madre. De repente, fue tomada por una nube y llegó a Éfeso, donde se quedó por un tiempo realizando muchos milagros, y fue honrada como Isapóstol (Igual a los Apóstoles). Después de esto se reunió con su maestro Apeliano.


Después de haber enseñado en Éfeso, la Santa se fue con otras seis personas y Apeliano de la ciudad de Éfeso a una nueva tumba, donde nadie había estado antes. Después de que ella entró, Apeliano la selló con una piedra. La Santa ordenó que, mientras estuviese entre los vivos, nadie debía quitar la piedra colocada sobre la tumba por Apeliano. Después de dos días, Apeliano fue a la tumba y encontró la piedra levantada de la tumba, y el cuerpo de la mártir había desaparecido.


Al menos dos iglesias estaban dedicadas a Santa Irene en Constantinopla, y también es la patrona de la isla egea de Tera, comúnmente llamada Santorín o Santorini (corrupción de “Santa Irene”).



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Martes de la IV Semana de Pascua


Hch 10,21-33: En aquellos días, bajando Pedro al encuentro de los hombres, les dijo: «Aquí estoy, yo soy el que buscáis. ¿Cuál es el motivo de vuestra venida?». Ellos le dijeron: «El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, acreditado además por el testimonio de todo el pueblo judío, ha recibido de un ángel santo la orden de hacerte ir a su casa y de escuchar tus palabras». Él los invitó a entrar y los alojó. Al día siguiente, se levantó y marchó con ellos, haciéndose acompañar por algunos de los hermanos de Jafa. Al día siguiente entró en Cesarea, donde Cornelio lo estaba esperando, reunido con sus parientes y amigos íntimos. Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose, le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó, diciéndole: «Levántate, que soy un hombre como tú». Entró en la casa conversando con él y encontró a muchas personas reunidas. Entonces les dijo: «Vosotros sabéis que a un judío no le está permitido relacionarse con extranjeros ni entrar en su casa, pero a mí Dios me ha mostrado que no debo llamar profano o impuro a ningún hombre; por eso, al recibir la llamada, he venido sin poner objeción. Decidme, pues, por qué motivo me habéis hecho venir». Cornelio dijo: «Hace cuatro días, a esta misma hora, cuando estaba haciendo la oración de la hora de nona en mi casa, se me presentó un hombre con vestido resplandeciente y me dijo: “Cornelio, Dios ha oído tu oración y ha recordado tus limosnas; envía, pues, a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro, que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, a orillas del mar”. Enseguida envié a por ti, y tú has hecho bien en venir. Ahora, aquí nos tienes a todos delante de Dios, para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos».


Jn 7,1-14: En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Le decían sus hermanos: «Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Y es que tampoco sus hermanos creían en él. Jesús les dice: «Mi tiempo no ha llegado todavía, el vuestro está siempre dispuesto. El mundo no puede odiaros a vosotros, a mí sí me odia porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo no se ha cumplido todavía». Después de decir estas cosas, permaneció en Galilea. Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas. Los judíos lo buscaban en la fiesta y decían: «¿Dónde está?», y había muchos comentarios acerca de él entre las turbas. Unos decían: «Es bueno»; otros decían: «No, sino que engaña a la gente». Pero nadie hablaba de él en público por miedo a los judíos.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Madrid - Encuentro


La administración de Cristianismo bizantino invita a todos a todos el sábado 23 de mayo de 2026 a un Encuentro en Madrid cuyo programa es el siguiente:


10:00 Visita a la exposición ‘Por los caminos del mapa de la espiritualidad: el manuscrito armenio’ en la Biblioteca Nacional de España (Paseo de Recoletos, 20-22).


12:00 Asistencia a la Divina Liturgia jerárquica presidida por Su Beatitud Sviatoslav (Shevchuk), Padre y Cabeza de la Iglesia Greco-católica Ucraniana, en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena (c/ Bailén, 10).


14:00 Almuerzo en restaurante del centro de Madrid.


16:00 Fin del Encuentro.


Asistencia libre y gratuita (excepto almuerzo, a cargo de cada uno). Se ruega confirmación:


cristianismo-bizantino@outlook.com

04/05 - Nuestro Justo Padre Nicéforo, Fundador del Monasterio de Medicio

(No hay icono disponible del Santo)


Nuestro Santo Padre San Nicéforo, hegúmeno y fundador del monasterio de Medicio, vivió en la época de la iconoclasia y nació en una familia acomodada de Constantinopla. Habiendo amado a Cristo desde su infancia, y viendo la propagación de la herejía de la iconoclasia, se retiró del mundo y de cualquier apego a las cosas mundanas y se convirtió en monje en el Monasterio de Heraclión en Bitinia. 


Luego se retiró a las montañas de una finca familiar, donde vivió en silencio y quietud, ejercitándose en ayuno, vigilias y oraciones, y allí rezó a Dios para que la paz llegara al Imperio Romano. Cuando llegaron las señales de paz, estableció el Monasterio de Medicio


El Monasterio de San Sergio de Medicio, comúnmente conocido simplemente como el Monasterio de Medicio, y más tarde como el Monasterio de los Santos Padres, estaba en Triglia de Bitinia. Nicéforo lo fundó en el año 780 restaurando una iglesia en ruinas dedicada al Arcángel San Miguel y construyendo el monasterio a su alrededor. Nicéforo sirvió como su primer hegúmeno, hasta su muerte en el año 813.


Nicéforo participó en el VII Sínodo o Concilio Ecuménico de Nicea en el año 787.


San Nicéforo fue quien tonsuró al monacato al joven Nicetas (conmemoraro el 3 de abril). Después de siete años de vida virtuosa en el monasterio, famoso por su estricto gobierno monástico, San Nicetas fue ordenado presbítero. San Nicéforo, conociendo la vida santa del joven monje, le confió la guía del monasterio cuando él mismo enfermó.


Cuando León V el Armenio (813-820) llegó al trono, la iconoclasia comenzó a extenderse nuevamente. Debido a que Nicéforo fue declarado culpable por venerar los iconos, fue exiliado y encarcelado en una celda oscura. Después de soportar este aislamiento por su amor a Cristo, allí decansó en paz. Cuando San Nicéforo se durmió en el Señor en su vejez en el año 813, los hermanos eligieron por unanimidad a San Nicetas como abad.


Tanto los santos Nicéforo como Nicetas fueron enterrados en el nártex de la Iglesia de San Miguel del Monasterio de Medicio con gran reverencia.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

04/05 - Pelagia la Hosiomártir de Tarso


Pelagia (en griego, “mar profundo”) nació y vivió en Tarso, ciudad de Cilicia, en Asia Menor. Era hija de un ilustre pagano, y siendo adolescente, se hizo cristiana. Cierto día la vio el hijo adoptivo de Diocleciano, que estaba destinado a ser emperador, y habiéndole agradado la muchacha, la pidió en matrimonio, pero ella, rechazándole, le respondió: “Yo ya estoy prometida al Esposo Inmortal, Hijo de Dios, y por ello renuncio a cualquier matrimonio terrenal.” El joven se retiró, decepcionado, y pensó dejarla en paz por algún tiempo, creyendo que cambiaría de parecer.


La conversión de Pelagia ocurrió de la siguiente manera: mientras aún era pagana, tuvo un sueño en el que se le apareció un obispo llamado Lino (o Clino) que se dedicaba a bautizar catecúmenos. Este obispo, a causa de la persecución, vivía oculto en la montaña. Pelagia interpretó ese sueño como una invitación a hacerse cristiana. De esta manera, presurosa, se presentó ante su madre, solicitándole permiso para marchar en busca del obispo, aunque a ella le dijo que iba a visitar a su nodriza. La joven se vistió con bellas ropas y, acompañada de esta nodriza suya, acudió ante el obispo con su carro y un séquito de esclavos. Lino, tras rezar, obtuvo que saliese agua de una roca y con esta agua la bautizó, tras lo cual apareció una bandada de ángeles que la cubrieron con un brillante manto. Ella, posteriormente, se despojó de sus lujosas vestiduras y regaló a los pobres todas sus joyas.


Cuando regresó a casa, satisfecha, se presentó ante su madre vestida de neófita, con ropas muy pobres y austeras. Tan contenta estaba, que trató por todos los medios de que su madre se convirtiera, pero ella no quiso. De hecho, comprendiendo lo que había pasado, se negó a recibirla. Cuando por fin su hija la dejó, la mujer envió una nota al heredero imperial en la que decía: “Pelagia es cristiana, y nunca aceptará ser tu esposa”. Cuando el joven leyó la nota, se dejó llevar por la desesperación y prefirió suicidarse arrojándose sobre la punta de su espada, antes que verse en la tesitura de tener que denunciar a Pelagia.


En cuanto la madre de Pelagia supo lo del suicidio del joven heredero, se dejó llevar por el pánico. Estaba segura de que la ira de Diocleciano caería sobre su familia, y no queriendo esperar a lo inevitable, tomó a su hija y se presentó ante el emperador diciéndole: “César, ésta es mi hija Pelagia, por el amor de la cual tu imperial heredero ha preferido quitarse la vida. Te suplico tengas indulgencia de nosotras, que hemos tenido la desgracia de ofenderte.” Diocleciano se compadeció de la angustia de la mujer, y mirando a Pelagia, le dijo: “Estoy dispuesto a perdonarte e incluso a darte una mayor honra, tomándote como esposa. Para ello, sabes que debes deponer tu fe cristiana, y abrazar la religión imperial.” Pelagia dijo: “Eres un necio, emperador, haciéndome esa propuesta. No haré tu voluntad, y desprecio tu vil matrimonio, pues ya tengo un prometido: Cristo, rey del cielo. No deseo tus coronas terrenales, que duran poco tiempo. Mi Señor, en el reino celestial, ha preparado tres coronas imperecederas para mí. La primera es por la fe, porque he creído en el Dios Verdadero con todo mi corazón. La segunda es por la pureza, pues le he dedicado mi virginidad. La tercera es por el martirio, pues quiero aceptar cada dolor y sufrimiento por él y ofrecerle mi alma, por el amor que le tengo.”


Viendo que era inútil convencerla, Diocleciano sentenció a Pelagia a ser quemada viva dentro de un horno de fundir cobre en forma de vaca o toro, que se calentaba hasta volverse incandescente (el célebre Toro de Falaris). Cuando los verdugos fueron a cogerla para desnudarla y arrojarla al interior, ella retrocedió, tendiendo los brazos para apartarlos, y gritó: “¡No me toquéis! Yo misma me dirigiré al encuentro de Dios.” Ella misma, santiguándose, entró en el horno y allí ardió viva. Se dice que su carne, al derretirse por las llamas, propagaba un agradable olor a mirra por la zona.


Su carne y vestiduras quedaron reducidas a cenizas, pero sus huesos se conservaron, y fueron diseminados por el monte para que fueran pasto de los leones. Fue el obispo Lino quien, con paciencia y dedicación, los recuperó todos -pues se encontró con que los leones, en lugar de roer los huesos, los estaban protegiendo de los buitres y otras aves de rapiña- y los sepultó reverentemente en un lugar donde, llegado el tiempo del emperador Constantino Coprónimo (741-775), se levantaría una iglesia en honor a la mártir. Los sinaxarios añaden que el lugar del martirio estaba en las proximidades de la iglesia de San Conón.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia