20/09 - El Santo Mártir y Confesor Miguel y su Consejero Teodoro, Mártires de Chernígov


El santo príncipe Miguel de Chernígov, hijo de Usevolodo Ólgovich Chermni (fallecido en 1212), nació en 1179 (o 1195). Desde su infancia, el príncipe Miguel se distinguió por su piedad y mansedumbre. Su salud era muy delicada, pero en 1186, confiando en la misericordia divina, imploró la intercesión de San Nicetas el Estilita de Pereaslavia (24 de mayo), reconocido como un ferviente intercesor ante el Señor. Tras recibir un bastón de madera del santo asceta, Miguel sanó de inmediato.


En 1223, el príncipe Miguel participó en un concilio de príncipes rusos en Kiev, donde se debatió si debían ayudar a los polovetsianos contra las hordas tártaras mongolas que se aproximaban. Tras la muerte de su tío, Mistislao de Chernígov, en la batalla del río Kalka en 1223, San Miguel se convirtió en príncipe de Chernígov.


En 1225 fue invitado a convertirse en Príncipe de Nóvgorod. Gracias a su sentido de la justicia, la compasión y la firmeza, se ganó el amor y el respeto de los ciudadanos de Nóvgorod. Esto fue particularmente importante para los novgorodianos, ya que el ascenso de Miguel al trono significó la reconciliación de Nóvgorod con la ciudad del Santo Gran Príncipe Jorge Usévolodovich de Vladimiro (fallecido el 4 de febrero de 1238), cuya esposa era la Santa Mártir Ágata (fallecida el 4 de febrero de 1238), hermana del Príncipe Miguel.


San Miguel no permaneció como Príncipe en Nóvgorod y pronto regresó a su Chernígov natal. Ante las súplicas de los novgorodianos para que siguiera siendo su Príncipe, respondió que Chernígov y Nóvgorod debían convertirse en tierras hermanas y sus habitantes en hermanos, y que él forjaría lazos de amistad entre estas ciudades.


El noble Príncipe se dedicó diligentemente al desarrollo de su reino. Pero esto le resultó difícil en aquellos tiempos turbulentos. Sus actividades provocaron inquietud en el príncipe Óleg de Kursk, y en 1227 casi estallaron disturbios civiles, pero el metropolitano Cirilo de Kiev los reconcilió. Ese mismo año, el príncipe Miguel resolvió pacíficamente una disputa entre el gran príncipe Vladimiro Rúrikovich de Kiev y el príncipe de Galitzia. En 1235, el príncipe Miguel ascendió al trono de Kiev.


Se avecinaban tiempos turbulentos. En 1238, los tártaros mongoles devastaron Riazán, Súzdal y Vladimiro. En 1239, avanzaron contra el sur de la Rus', asolando la margen izquierda del río Dniéper y las tierras de Chernígov y Pereaslavia. Para el otoño de 1240, los mongoles se acercaban a Kiev. Los emisarios del jan propusieron la rendición voluntaria de Kiev, pero el príncipe se negó a negociar con ellos.


El príncipe Miguel cabalgó hacia Hungría con la esperanza de persuadir al rey húngaro Bela para que organizara fuerzas aliadas que resistieran a su enemigo común. San Miguel intentó reclutar tanto a Polonia como al emperador alemán para la lucha contra los mongoles, pero la oportunidad para la resistencia conjunta se perdió. La Rus' quedó devastada, seguida de Hungría y Polonia. Sin apoyo extranjero, el príncipe Miguel regresó a las ruinas de Kiev, donde vivió un tiempo en una isla cercana a la ciudad para luego volver a Chernígov.


El príncipe no perdió la esperanza en la posibilidad de una Europa cristiana unida contra los nómadas asiáticos. En 1245, en el Concilio de Lyón, en Francia, el príncipe Miguel envió como emisario a su colaborador, el metropolitano Pedro (Akérovich), para proponer una cruzada contra la horda pagana. Europa occidental, representada por sus principales líderes, el papa romano y el emperador alemán, no respondió a la llamada. El papa estaba en guerra con el emperador alemán, y los alemanes aprovecharon la invasión mongola para atacar a la Rus'.


En estas circunstancias, la hazaña del Confesor San Miguel de Chernígov en medio de la Horda pagana tiene una importancia universal. Pronto aparecieron en la Rus emisarios del jan para realizar un censo de la población rusa y recaudar impuestos.


Se le ordenó al príncipe que se sometiera completamente al jan tártaro, quien le otorgaría una carta real especial para su reino. Los emisarios le dijeron al príncipe Miguel que debía viajar a la Horda para confirmar su derecho a gobernar el principado bajo la carta del jan. Al ver la triste situación de la Rus, el príncipe Miguel reconoció la necesidad de obedecer al jan, pero, como cristiano devoto, sabía que no podía negar su fe ante los paganos. Recibió la bendición de su padre espiritual, el obispo Juan, para viajar a la Horda y convertirse en un verdadero Confesor de Cristo.


En su viaje a la Horda, el príncipe Miguel estuvo acompañado por su fiel amigo y compañero, el boyardo Teodoro. En la Horda, el jan estaba al tanto de los intentos del príncipe Miguel de organizar una revuelta contra los tártaros en colaboración con Hungría y las demás potencias europeas, y los enemigos del príncipe llevaban tiempo buscando una oportunidad para destruirlo.


En 1246, cuando el príncipe Miguel y el boyardo Teodoro llegaron a la Horda, recibieron instrucciones sobre cómo acercarse al jan: debían atravesar el fuego para purificarse de sus malas intenciones y venerar los elementos primordiales: el sol y el cielo, y el fuego, que los mongoles veneraban como dioses. En respuesta a los sacerdotes que les ordenaban participar en rituales paganos, el Santo Príncipe dijo: «Un cristiano adora solo a Dios, el Creador del mundo, y no a las criaturas».


Al ser informado el jan sobre la intransigencia del príncipe ruso, El’deg, asistente de Batú, reiteró las condiciones: el príncipe debía obedecer las exigencias de los sacerdotes paganos o sería condenado a muerte. El príncipe Miguel se mantuvo firme en su fe y declaró: «Estoy dispuesto a someterme al jan, ya que Dios le ha confiado el destino de los reinos terrenales, pero como cristiano no puedo adorar ídolos».


Animados por las palabras del Señor: «El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mi causa, la hallará» (Mateo 16:25), el Santo Príncipe y su devoto boyardo se prepararon para el martirio y recibieron los Santos Misterios, que su Padre Espiritual les había dado previendo esta posibilidad. Los verdugos tártaros apresaron al príncipe y lo golpearon salvajemente durante un largo rato, hasta que la tierra se tiñó de carmesí con su sangre. Finalmente, Domanus, un apóstata del cristianismo, decapitó al santo mártir.


Los tártaros, con engaño, prometieron a San Teodoro grandes honores y el rango principesco de su señor si realizaba el ritual pagano. Sin embargo, San Teodoro no se dejó convencer y siguió el ejemplo de su príncipe. Tras horribles torturas, también fue decapitado. Los cuerpos de los santos mártires fueron arrojados a un lado para que los perros los devoraran, pero el Señor los preservó durante varios días, hasta que algunos fieles cristianos pudieron enterrarlos en secreto y con reverencia.


La hazaña de San Teodoro como confesor asombró incluso a sus verdugos. Convencidos de la firme fidelidad del pueblo ruso a la fe cristiana y de su disposición a morir con gozo por Cristo, los janes tártaros decidieron no poner a prueba la paciencia de Dios como antes y dejaron de exigir a los rusos que realizaran rituales paganos en la Horda. Sin embargo, la lucha de la nación rusa y de la Iglesia rusa contra el yugo mongol se prolongó durante mucho tiempo. Durante esta lucha, la Iglesia rusa se engalanó con numerosos mártires y confesores. Todos ellos se inspiraron en el ejemplo y las santas oraciones de San Miguel de Chernígov, el protomártir ruso de la Horda.


El 14 de febrero de 1578, con la bendición del metropolitano Antonio, el zar Iván el Terrible trasladó sus santas reliquias a la iglesia dedicada a ellos en Moscú.


En 1770, las reliquias de los santos Miguel y Teodoro fueron llevadas a la catedral del Encuentro del Señor. Desde el 21 de noviembre de 1774, se conservan en un lugar secreto en la catedral de los Santos Arcángeles en el Kremlin.


Las Vidas y el Oficio Eclesial de los santos Miguel y Teodoro fueron recopilados a mediados del siglo XVI por el renombrado escritor San Zenobio de Otonsk.


El profeta y rey ​​David escribió: «La generación de los justos será bendita» (Salmo 111/112:2). Esto se cumplió plenamente para San Miguel. Él encabeza numerosas familias ilustres de la historia rusa.



Fuente: oca.org

Traducción del original inglés: Google Translator

Adaptación propia

20/09 - Eustaquio el Megalomártir, su esposa y sus dos hijos


Este santo Mártir Eustaquio, antes de su Bautismo, era un ilustre general romano llamado Plácido, en tiempos del Emperador Trajano.


Un día, mientras cazaba en el campo, se convirtió a la Fe de Cristo mediante la aparición de un ciervo de una majestuosidad poco común entre cuyos cuernos vio la Cruz de Cristo y a través del cual el Señor le habló con voz humana. Al volver a casa, Plácido supo que su mujer Taciana también había tenido una visión en que se le ordenó que se hiciera cristiana. Ambos buscaron al Obispo de los Cristianos y fueron bautizados, recibiendo Plácido el nombre de Eustaquio y Taciana el de Teopiste; sus dos hijos fueron bautizados Agapio y Teopisto.


Posteriormente la familia fue sometida a pruebas similares a las de Job. Sus siervos murieron, todos sus bienes fueron robados y, en una peregrinación a Jerusalén, se vieron dispersados, no sabiendo cada miembro si los demás vivían aún. Pero por la providencia de Dios se reunieron de nuevo muchos años después, y regresaron en gloria a Roma.


No obstante, cuando se negaron a sacrificar a los ídolos -sacrificio público al que no podía faltar ningún general romano-, el Emperador Adriano, que había sucedido a Trajano, hizo que los metieran en un artefacto de bronce con forma de toro que fue calentado hasta que murieron. Cuando sus santos cuerpos fueron sacados, se encontraron intactos.


Estos santos sufrieron el martirio hacia el año 126.


LECTURAS


Ef 6,10-17: Hermanos, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios.


Lc 21,12-19: Dijo el Señor a sus discípulos: «Sabed que os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».



Fuente: goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés propia

XVI Domingo de Mateo


Los talentosos


La lectura evangélica de hoy nos presenta la parábola de los talentos. Un hombre, rico y poderoso, se iba de viaje. Llamó a sus siervos y les entregó sus existencias, repartiéndoles distinta cantidad de talentos a cada uno para que los administraran el tiempo que él estaría ausente. (Un talento correspondía a un peso concreto de oro, sería como seis mil euros de oro actuales).


Lo talentos de esta parábola simbolizan los talentos, dones o carismas que da Dios a los hombres. El progreso en los estudios, en los conocimientos especiales y las habilidades técnicas, la vocación en alguna ciencia, en la música, en el arte o en algún oficio. Además existen muchos y variados carismas que esconde la personalidad de cada uno. Uno tiene el carisma de ser líder, otro la habilidad en la palabra, uno es prudente, otro tiene capacidad organizativa, uno es entusiasta, otro es valiente.


Del mismo modo que ningún siervo de la parábola no se quedó sin talento, ningún hombre se queda sin un don divino. Cada carisma nos lo da el santo Dios con el propósito de utilizarlo para nuestra sanación y salvación y en beneficio del prójimo.


Distribución justa e injusta.


Está claro que Dios no da a todos los hombres el mismo número y tipo de talentos (carismas o dones). Él, siendo omnisciente, conoce la fuerza y la capacidad de cada uno. También conoce nuestras necesidades y nos da a cada uno según nuestra propia fuerza. En la parábola leemos que a un siervo le dio cinco talentos, al otro dos y al otro uno.


Distintos hombres y distintos carismas. Carismas que reparte Dios según Su juicio infalible y sabiduría infinita y también según el aguante de cada uno, de modo que nadie se queje y se sienta defectuoso y acomplejado. Además, con el fin de que la sociedad sea un todo armónico, esta necesita de los carismas particulares de cada humano. ¡Imaginaos que el cuerpo estuviera constituido sólo de ojos y manos!


No nos quejemos, pues, sobre la supuesta distribución injusta de talentos y no envidiemos a los demás que tienen carismas. Una actitud de envidia sólo desgracia puede provocar en nuestra vida. Al contrario, descubramos cada uno nuestros carismas y trabajemos para el desarrollo y realización de ellos; entonces también nosotros nos alegraremos, y también seremos benefactores del prójimo.


Rendiremos cuentas


Tal y como se refiere en la parábola, después de mucho tiempo regresó el gobernador rico y pidió a sus siervos que le rindieran cuentas de cómo habían dado valor y hecho rendir los talentos que se les habían confiado.


Es muy importante recordar, y no debemos olvidar, que alguna vez seremos llamados a rendir cuentas de cómo hemos pasado el tiempo de nuestra vida. Muchos creen que sus vidas les pertenecen y no tienen que dar cuentas a nadie… ¡Qué gran error! ¡La vida no es nuestra! Es un regalo de Dios, como también nuestra libertad es regalo Suyo. Son talentos. De estos admirables regalos divinos rendiremos cuentas. Vendrá el día del Juicio Final y entonces confesaremos la manera en que hemos dado valor y desarrollado todos los carismas que nos ha dado la bondad de Dios.


El castigo de la pereza


El gobernante rico de la parábola recompensó a los siervos que trabajaron y multiplicaron sus talentos. Pero castigó duramente al siervo que devolvió el talento que había recibido.


Este castigo duro impresiona. Este siervo no perdió el talento de su señor ni lo derrochó. Se lo devolvió entero. Entonces no es que hiciera nada malo, pero tampoco nada bueno, y por eso es castigado.


Podía trabajar y no lo hizo. Por su negligencia y su pereza es digno de condena. Así que el Señor elogia y recompensa la buena voluntad, las ganas, el trabajo y la diligencia de los dos siervos, pero castiga la desgana, la pereza y la indiferencia del otro siervo.


Aprendamos, pues, nosotros también de esta parábola didáctica y trabajemos con diligencia para cultivar los talentos (carismas, dones) que nos ha dado Dios, de manera que tengamos la “buena confesión” en el momento temible del Juicio Universal. Así sea.


(†) Obispo Agustin

Traducido por xX.jJ

Adaptación propia


LECTURAS


2 Cor 6,1-10: Hermanos, como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Nunca damos a nadie motivo de escándalo, para no poner en ridículo nuestro ministerio; antes bien, nos acreditamos en todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; con palabras verdaderas y la fuerza de Dios; con las armas de la justicia, a derecha e izquierda; a través de honra y afrenta, de mala y buena fama; como impostores que dicen la verdad, desconocidos, siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos, pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo.


Mt 25,14-30: Dijo el Señor esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».



Fuente: logosortodoxo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Domingo posterior a la Exaltación de la Santa Cruz


Siendo la cruz un instrumento de tortura donde solo los malhechores eran ajusticiados, y por su aspecto y hechos patibularios era oprobio a los antiguos; quiso nuestro Señor Jesucristo cambiar su significado de humillación, en estandarte de triunfo sobre la muerte y el pecado (1ª Co. 15: 54-57). Dios en su omnipotencia, siempre deriva cosas buenas del mal. De la nada formó el universo, del cáos ordenó leyes que rigen las maravillas del cosmos (Gn. 1: 2 y ss.), de la rebeldía de Satanás destina la gloria para la humanidad. Así, a la humillante cruz transforma en cetro de poder y vida contra el mal.


Cuando Cristo dijo a sus oyentes: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz, y sígame” (Mc. 8:34 ). Nos está invitando a participar de su gloria, el negarse a uno mismo es hacer a un lado los afanes de este mundo para aspirar un mundo superior. Negarse a uno mismo equivale a no tomar gusto por los poderes de la tierra por llamativos que sean, sino anhelar los poderes celestiales. Tomar la cruz de Cristo y seguirle, significa que el alma humana desea enriquecerse de la gracia divina y “crecer a la altura de un varón perfecto” (Ef. 4:13). Tomar la cruz de Cristo y seguirle, es reconocer que necesitamos a Cristo, que por nuestros propios méritos no podemos tener esa gracia santificante, pues Cristo mismo dijo “separados de mí, nada podéis hacer” (Jn. 15:5).


Es bueno que siempre recordemos y pensemos en todos los medios que Dios no da para enriquecer nuestra alma y vivir en estado de gracia, es bueno que meditemos que Cristo, mediante su cruz, nos ha reconciliado con Dios (Ef. 2: 11-16). Es bueno que seamos agradecidos que mediante la cruz de Cristo nos podemos acercar al trono de la gracia de Dios para alcanzar misericordia. Pero no perdamos de vista que no solo en algún tiempo de recogimiento debemos hacer todo esto, sino durante toda nuestra vida; no esperemos el momento de una grande acción, sino brillemos en cualquier momento y en todo lugar como la luz del mundo que Cristo dijo que somos.


Por Cristo, la cruz pasó de ser un instrumento de muerte vergonzosa a símbolo de la victoria de nuestro Señor sobre la muerte: la señal de nuestra Salvación. Para aquellos desorientados que nos acusan de honrar “el arma que mató al Maestro”, les aconsejamos que, con obediencia y lealtad, lean bien la fuente de nuestra fe, pues la Tradición de la Iglesia es un anciano sabio que renueva siempre su juventud alimentándose por la Verdad evangélica que es “ayer como hoy y para siempre.” (Heb. 13, 8).


El Santo Apóstol Pablo dice:


“¡Dios me libre gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!” (Gal. 6, 14)


“La predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salven -para nosotros- es fuerza de Dios.” (1Cor. 1, 18).


“Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles.” (1Cor. 1, 23).


El mismo Señor advierte: “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí.” (Mt.10, 38).


Tengamos confianza en nuestra auténtica fe: nosotros, que veneramos la Cruz de Cristo debidamente, seguimos los pasos de san Pablo y de los Santos de Dios que son los verdaderos testigos del Señor, que sellaron su testimonio no con falsedades e histerias sino con su sangre, imitando al Maestro: el verdadero Dios.


LECTURAS


Gál 2,16-20: Hermanos, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley. Pues por las obras de la ley no será justificado nadie. Ahora bien, si buscando ser justificados en Cristo, resultamos también nosotros pecadores, ¿entonces qué?, ¿será Cristo un servidor del pecado? Ni mucho menos; pues si vuelvo a construir lo que había demolido, demuestro que soy un transgresor. Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.


Mc 8,34-38;9,1: Dijo el Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles». Y añadió: «En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios en toda su potencia».



Fuente: iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

19/09 - Teodoro de Tarso, Arzobispo de Cantórbery (Canterbury)


Teodoro era griego, natural de Tarso, en la Cilicia (la ciudad natal de san Pablo) y estudiante en Atenas. Fue el último en la serie de obispos extranjeros que ocuparon el trono metropolitano de Canterbury y uno de los más grandes arzobispos de aquella sede. Tras la muerte de san Deusdedit, el sexto arzobispo, en 664, Oswy, el rey de Nortumbría, y Egberto, el rey de Kent, enviaron a Roma a un sacerdote llamado Wighard, para que el propio Pontífice lo consagrase y lo confirmase debidamente, a fin de ocupar la sede. Pero Wighard murió en Italia, y san Vitaliano, quien por entonces ocupaba el trono de San Pedro, escogió a Adrián, abad de un monasterio vecino a Nápoles, para elevarlo a aquella dignidad. Aquel abad había nacido en el África, conocía perfectamente el griego y el latín y era muy versado en teología y en la disciplina monástica y eclesiástica; pero tan extremados eran sus temores ante las responsabilidades del cargo, que el Papa se vio obligado a ceder a sus negativas para aceptarlo. Sin embargo, el Pontífice insistió en que Adrián buscase una persona digna y capaz para el puesto, y éste se apresuró a presentar a un monje, llamado Andrés, que fue declarado inepto, debido a sus muchas enfermedades; entonces, Adrián buscó con mayor detenimiento y encontró a otro monje: Teodoro de Tarso. Éste fue aceptado, pero a condición de que el propio Adrián le acompañase a las islas de Bretaña, ya que era un experto en los viajes a través de Francia y el papa confiaba en él para vigilar a Teodoro para que no introdujese en la Iglesia nada contrario a la fe, «como suelen hacerlo los griegos», según el comentario de san Beda.


Por aquel entonces, Teodoro tenía sesenta y seis años de edad, había avanzado mucho en las ciencias seculares y sagradas, su vida era ejemplar, y aún no había recibido las órdenes sagradas. Tan pronto como se le eligió, fue ordenado como subdiácono, pero debió aguardar varios meses hasta que le creciera el cabello para que se lo cortasen luego en forma de corona, de acuerdo con la costumbre romana. Por este dato se puede pensar que Teodoro había sido hasta entonces monje en algunas de las órdenes de Oriente, donde los religiosos llevaban el cabello corto y que su promoción requirió lo que hoy podríamos llamar «un cambio de rito» [la primera iglesia católica de rito bizantino que hubo en Inglaterra, en el sector londinense de Saffron Hill, se dedicó justamente a San Teodoro en 1949]. Por fin, el papa san Vitaliano lo consagró obispo y lo recomendó a san Benito Biscop, quien se hallaba entonces en Roma, y éste se vio obligado a regresar a Inglaterra junto con los santos Teodoro y Adrián, en calidad de guía y de intérprete. Los tres partieron el 27 de mayo de 668, por mar hacia Marsella y, de ahí, por tierra, hasta Arles, donde fueron cordialmente acogidos por el arzobispo Juan. Teodoro pasó el invierno en París con san Agilberto, quien había sido obispo de Wessex, y pudo informar con conocimiento de causa al nuevo arzobispo sobre las circunstancias y necesidades de la iglesia de la que iba a hacerse cargo, al tiempo que le enseñaba las primeras nociones de la lengua inglesa. En cuanto Egberto, el rey de Kent, supo que su nuevo arzobispo se hallaba en París, envió a su mayordomo para que le diese la bienvenida. Este condujo a Teodoro al puerto de Quentavic, que ahora se llama Saint-Josse-sur Mer, donde éste cayó enfermo y debió permanecer durante algún tiempo; pero tan pronto como comenzó a restablecerse, se embarcó con san Benito Biscop y tomó al fin posesión de su sede de Canterbury el 27 de mayo de 669, justamente un año después de haber partido de Roma. Entretanto, san Adrián se había quedado en Francia.


Teodoro inició sus tareas con una visita general a las iglesias de la nación inglesa, tan pronto como pudo acompañarle el abad Adrián. En todas partes fue bien recibido, escuchó con atención lo que sus fieles tuviesen que decirle, habló para enseñar las reglas morales más simples, confirmó la disciplina de la Iglesia para la celebración de la Pascua e introdujo el canto romano en los divinos oficios, hasta entonces practicado en muy pocas de las iglesias de Inglaterra, aparte de las de Kent. También estableció otros reglamentos relacionados con el servicio divino, combatió los abusos e impuso reformas para eliminarlos y ordenó a obispos para enviarlos a los lugares donde se necesitaban. Cuando visitó la Nortumbría, tuvo que entendérselas con las dificultades que habían surgido entre san Wilfrido y Chad, los dos obispos que reclamaban sus derechos sobre la sede de York. El arzobispo Teodoro juzgó que Chad había sido indebidamente consagrado, lo cual acabó por admitir éste antes de retirarse voluntariamente a su monasterio de Lastingham. Poco después, al morir el obispo de los mercianos, Teodoro elevó a Chad a la sede vacante. San Wilfrido fue confirmado como el verdadero obispo de York, con el apoyo de todos los partidarios de una política favorable a Roma, cuyo antagonismo con los elementos celtas de Nortumbría fue la causa principal de que el Papa enviase a san Adrián a Inglaterra junto con san Teodoro. Pero éste se las arregló para penetrar hasta el baluarte de la influencia celta, en Lindisfarne, donde consagró la iglesia en honor de San Pedro. Se afirma que durante aquellas jornadas, impartió órdenes para que cada uno de los jefes de familia dijese a diario, junto con todos los miembros de la misma, el Padre Nuestro y el Credo.


Teodoro fue el primer arzobispo al que obedeció toda la Iglesia de Inglaterra, el primer metropolitano en las islas de Bretaña y su fama llegó hasta los rincones más remotos de aquellas tierras. Muchos estudiantes se reunieron en torno a aquellos dos prelados extranjeros que sabían griego y latín, puesto que los propios Teodoro y Adrián impartían enseñanzas sobré las Escrituras e instruían en las ciencias, particularmente en la astronomía y en la aritmética (para calcular la fecha de la Pascua), así como a componer versos latinos. Muchos de sus alumnos más aprovechados llegaron a utilizar el griego y el latín con tanta facilidad como su propia lengua. Desde que los ingleses pusieron pie en las islas, no hubo tiempos tan dichosos como los del gobierno episcopal de san Teodoro. Dice san Beda que por aquel entonces, los reyes llegaron a ser tan poderosos y valientes, que ninguna de las naciones bárbaras osaba atacarlos, mientras que los súbditos de los reyes eran tan buenos cristianos, que sólo aspiraban a conquistar la paz y la felicidad del reino de los cielos, que, últimamente se les había presentado en una nueva forma. Todos los que querían aprender encontraban quien los instruyera.


A la sede de Rochester, que desde muy largo tiempo atrás había estado vacante, Teodoro le dio un obispo en la persona de Putta y autorizó la inclusión de toda Wessex en la sede de Winchester. Después, en 673, convocó al primer concilio nacional de la Iglesia inglesa, en la localidad de Hertford. Acudieron a aquella asamblea, Bisi, obispo de los anglos del este, Putta, el de Rochester, Eleuterio, obispo de Wessex, Winfrido, el de los mercianos, y los representantes de san Wilfrido. San Teodoro, que presidía el acto, les habló de esta manera: «Os rogamos, muy amados hermanos, que por el amor y el temor de nuestro divino Redentor, lleguemos a tratar todos en común los asuntos relacionados con la fe y que están encaminados al fin que ha sido decretado y definido por los santos y venerables padres y que es hacia el cual todos debemos mirar invariablemente». Después de aquel concilio, escribió un libro de cánones eclesiásticos, entre los cuales destacaban diez particularmente importantes para Inglaterra. El primero establecía que la Pascua debía observarse en todas partes el domingo siguiente a la fecha en que aparece la luna llena, antes o después del 21 de marzo, de acuerdo con las ordenanzas del Concilio de Nicea y en contra de los celtas recalcitrantes. Otros de aquellos cánones consolidaron en Inglaterra el sistema diocesano común de la Iglesia; la adopción de los reglamentos por parte de los obispos puede considerarse como el primer acto legislativo, eclesiástico o civil, para todo el pueblo inglés. Entre los cánones figuraba uno que convocaba a un sínodo anual de los obispos, que deberían reunirse cada 1 de agosto en Clovesho. Hubo otro concilio provincial convocado por san Teodoro siete años después, en Hatfield, con el propósito de salvaguardar la pureza de la fe entre su clero, de cualquier vestigio de los errores monofisitas. Luego de discutir la teología del misterio de la Encarnación, los miembros del concilio expresaron su adhesión a los decretos de los cinco concilios ecuménicos habidos hasta entonces y condenaron las doctrinas herejes.


Dos años antes, en el 678, el «año del cometa», habían surgido dificultades entre Egfrido, el rey de Nortumbria y san Wilfrido, quien había brindado su apoyo a la esposa del rey, santa Etheldreda, para que se retirase a un convento. La actividad administrativa de san Wilfrido en la extensa diócesis no había sido bien recibida, ni aun por aquéllos que simpatizaban con sus propósitos, y Teodoro aprovechó aquellas desavenencias para afirmar su autoridad metropolitana en el norte; por lo tanto, ordenó que se formasen tres sedes de la gran diócesis de York y, de acuerdo con el rey Egfrido, procedió a nombrar obispos para ellas. San Wilfrido se opuso a tales medidas, apeló a Roma y aun viajó a la ciudad para litigar personalmente en favor de su caso, en tanto que san Teodoro consagraba a los nuevos obispos en la catedral de York. El papa san Agatón decidió que Wilfrido debía ser restablecido en su sede y recomendó a éste que eligiera obispos sufragáneos que le ayudasen en su gobierno. Sin embargo, el rey Egfrido se negó a aceptar la decisión del papa, alegando que en todo el asunto se había recurrido al soborno y, a fin de cuentas, Wilfrido partió al exilio, circunstancia que aprovechó el santo para evangelizar a los sajones del sur. San Teodoro no hizo nada para dejar sin efecto o aliviar siquiera la rigurosa medida adoptada por el monarca y, poco después, consagró a san Cutberto, en reemplazo del desterrado, como obispo de Lindisfarne en la catedral de York. Pero si acaso fue culpable de alguna injusticia en aquel caso, no pasó mucho tiempo sin repararla, puesto que san Teodoro y san Erconwaldo se entrevistaron con Wilfrido en Londres, hubo una completa reconciliación y éste aceptó hacerse cargo de nuevo de la diócesis de York, que ya había quedado muy reducida. San Teodoro escribió al rey Ethelredo de Mercia y al rey Aldfrido de Nortumbria para recomendar a san Wilfrido, así como a santa Elfleda, la abadesa de Whitby, y a otras personas que se habían opuesto a Wilfrido o que eran parte interesada en el asunto de su reposición.


Las mejores obras de san Teodoro se desarrollaron en la esfera de sus actividades como organizador y administrador; el único trabajo literario que lleva su nombre, es una colección de normas disciplinarias y cánones, llamada el «Penitencial de Teodoro» y que tal vez no es todo de él. Suele decirse que fue san Teodoro de Canterbury quien organizó el sistema parroquial en Inglaterra, pero eso no puede ser cierto, ya que, entre los ingleses, dicho sistema llegó a establecerse con mucha lentitud, al cabo de muchas dificultades y esfuerzos que no hubiese podido realizar un solo hombre. Lo que sí hizo en los veintiún años de su episcopado fue transformar la Iglesia de Inglaterra, que no era más que una misión dividida y sin verdadera cohesión, en una verdadera provincia de la Iglesia católica, debidamente organizada, separada en diócesis que consideraban a Canterbury como su sede metropolitana. El trabajo que realizó, llegó a subsistir como un monumento a su memoria durante ochocientos cincuenta años y hasta hoy es, todavía, la base en la organización jerárquica para la Iglesia de Inglaterra. Murió el 19 de septiembre de 690 y fue sepultado en la iglesia de la abadía de San Pedro y San Pablo en Canterbury, de manera que el monje griego quedó enterrado junto a su primer predecesor el monje romano Agustín. «Para decirlo en pocas palabras», escribe San Beda, «las iglesias de Inglaterra prosperaron más durante el pontificado (de san Teodoro) que todo lo que habían progresado antes, desde su nacimiento»; mientras que Stubbs dice lo siguiente: «Es difícil cuando no imposible, estimar la deuda que Inglaterra, Europa y la civilización cristiana tienen con san Teodoro por el trabajo que realizó». Eso es lo que no se ha olvidado y hoy se celebra su fiesta en seis de las diócesis de Inglaterra y en las congregaciones inglesas de benedictinos.



Fuente: eltestigofiel.org