08/11 - Sinaxis del Arcángel Miguel y las otras Potencias Celestiales e Incorpóreas: Gabriel, Rafael, Uriel, Salafiel, Jehudiel y Baraquiel


El 8 de noviembre se celebra en el calendario eclesiástico bizantino la “sinaxis de los príncipes del ejército celestial, Miguel, Gabriel y demás potencias celestiales e incorpóreas”. El origen de la fiesta se puede vincular a la dedicación de alguna iglesia a los ángeles o a Miguel o Gabriel, invocados como intercesores y custodios de los hombres: "Jefes supremos de los ejércitos celestiales, indignos os suplicamos: con vuestras oraciones sed nuestro baluarte; custodiad a la sombra de las alas de vuestra gloria inmaterial a los que nos postramos e insistentemente gritamos: Librádnos de los peligros, vosotros que sois los príncipes de los excelsos ejércitos".


¿Quiénes son los ángeles? No es fácil de responder, pero podemos intuir y vislumbrar, a partir de las Sagradas Escrituras, su misión. Los ángeles están presentes constantemente en toda la Biblia, la cual habla explícitamente de Miguel, Gabriel y Rafael. La tradición bizantina en esta fiesta se centra principalmente en los dos primeros.


Miguel - que significa "quién como Dios" – es nombrado cinco veces en la Escritura: tres veces en el libro de Daniel, donde es presentado principalmente como ayuda de Dios, una vez en la Epístola de Judas y una en el Apocalipsis. La tradición bizantina lo identifica con el ángel que aparece en el Antiguo y Nuevo Testamento para hacer presente la grandeza y la omnipotencia de Dios que actúa entre los hombres: se aparece a Abraham cuando está a punto de sacrificar a su hijo (Génesis 22), bloquea el paso de la burra de Balaam (Números 22, 22), libra a los apóstoles de la cárcel (Hechos de los apóstoles 5, 19). En la liturgia de este día es el que canta el himno Trisagio en la presencia de la Santísima Trinidad: "Tú que, refulgente, estás en la presencia de la deidad trisolar, oh Miguel, primer guía, junto con las huestes celestiales aclamas gozoso: Santo eres tú, oh Padre, santo tú que le eres coeterno, Verbo Santo, y tú, Santo Espíritu: una gloria, un reino, una naturaleza, una divinidad y poder".


De Gabriel - es decir, "fuerza de Dios " - se habla cuatro veces en la Escritura, dos en el libro de Daniel y dos en el Evangelio de Lucas: en el anuncio del nacimiento de Juan el Bautista y en el anuncio de la Encarnación del Verbo de Dios. Mientras Miguel es presentado como el que lucha e interviene directamente haciendo presente la acción de Dios en la vida de su pueblo, Gabriel es el que trae la buena nueva de la salvación. La tradición bizantina lo identifica con el ángel que trae la comida a María durante su estancia en el templo; y además, con aquél que en sueños anuncia a José la maternidad virginal de María y que, luego, se aparece a las mujeres miróforas en el sepulcro de Jesús. Por tanto, Gabriel anuncia la encarnación y la resurrección de Cristo: la fuerza de Dios, aparece junto a María y junto al sepulcro, lugares en los que reposa la fuerza y la gracia de Dios. La iconografía bizantina a menudo lo presenta con el título de "arcángel y evangelista" .


De Rafael - cuyo nombre significa "Medicina de Dios" - la Biblia sólo habla en el libro de Tobías: es el personaje que acompaña a Tobías en su viaje, guiándolo y llevando consigo la curación de Dios. Pero el tema del ángel que trae la salvación y la curación de Dios, o también que guía, se encuentra a menudo en la Escritura: el ángel acompaña al pueblo en el desierto; sostiene y nutre a Elías en su camino hacia el desierto; guía a la Sagrada Familia cuando huye a Egipto y cuando regresa a Israel.


Otros nombres de ángeles conservados por la Tradición son:


-Uriel: quiere decir “fuego” o “luz de Dios” (II Esd 4:1; 5:20). Es representado llevado una espada contra los persas en su mano derecha y un hierro ardiente en la izquierda. 


-Salatiel: quiere decir “el que ora a Dios” (II Esd 5:16). Es representado con la cabeza inclinada, la vista baja y sus manos unidas en actitud de oración. 


-Yehudiel o Jehudiel: quiere decir “uno que glorifica a Dios”. Es representado llevando una corona de oro en su mano derecha y un látigo de tres lenguas. 


-Baraquiel; quiere decir “bendición de Dios”. Es representado con una rosa blanca sobre su pecho.


-Jeremiel: quiere decir “exaltación de Dios”. Es venerado como inspirador y despertador de los elevados pensamientos que levantan al hombre hacia Dios.


En la Biblia, especialmente el Antiguo Testamento, las angelofanías y las teofanías están muy cercanas: los tres personajes que se aparecen a Abraham (Génesis 18) son ángeles pero también son interpretados por los Padres de la Iglesia como una teofanía trinitaria, y la aparición de uno o más ángeles es siempre manifestación de algún don de Dios. Finalmente, se podria hablar de la humildad de los ángeles: son siempre enviados, siempre hacen referencia a otro que concede dones y recibe la alabanza.


La referencia a los ángeles es bastante común en la liturgia bizantina. En la entrada con el Evangeliario el sacerdote recita esta oración: "Soberano Señor, Dios nuestro, que has constituido en los cielos huestes y ejércitos de ángeles y arcángeles para servir a tu gloria, haz que nuestra entrada vaya acompañada de la entrada de los ángeles santos para que concelebren con nosotros y con nosotros glorifiquen tu bondad". La liturgia pone de relieve esta estrecha comunión entre liturgia terrestre y celeste, y la referencia a los ángeles nos recuerda que lo que hacemos y somos es un don de Dios al que somos asociados. Los ángeles muestran que Dios - Padre, Hijo y Espíritu Santo – nos es siempre fiel, y que ellos, sus ángeles, están y nos dan su guía, su fuerza, su curación, su salvación, su buena nueva; concelebran con nosotros en la liturgia y nos acompañan en nuestras acciones, divinas y humanas.


Manuel Nin

Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López


LECTURAS


En Vísperas


Jos 5,13-15: Sucedió que, estando ya cerca de Jericó, Josué alzó los ojos y vio a un hombre en pie frente a él, con la espada desenvainada en la mano. Josué se adelantó hacia él y le preguntó: «¿Eres de los nuestros o del enemigo?». Contestó aquel: «No. Soy el general del ejército del Señor y acabo de llegar». Josué cayó rostro en tierra, adorándolo. Después le preguntó: «¿Qué manda mi señor a su siervo?». El general del ejército del Señor le contestó: «Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas es sagrado».


Jue 6,2;6;11-24: En aquel día, sucedió que Madián dejó sentir su poder sobre Israel, y los hijos de Israel clamaron al Señor. Vino, entonces, el ángel del Señor y se sentó bajo el terebinto que hay en Ofrá, perteneciente a Joás, de los de Abiezer. Su hijo Gedeón estaba desgranando el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas. Se le apareció el ángel del Señor y le dijo: «El Señor esté contigo, valiente guerrero». Gedeón respondió: «Perdón, mi señor; si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Dónde están todos los prodigios que nos han narrado nuestros padres, diciendo: el Señor nos hizo subir de Egipto? En cambio ahora, el Señor nos ha abandonado y nos ha entregado en manos de Madián». El Señor se volvió hacia él y le dijo: «Ve con esa fuerza tuya y salva a Israel de las manos de Madián. Yo te envío». Gedeón replicó: «Perdón, mi Señor, ¿con qué voy a salvar a Israel? Mi clan es el más pobre de Manasés y yo soy el menor de la casa de mi padre». El Señor le dijo: «Yo estaré contigo y derrotarás a Madián como a un solo hombre». Gedeón insistió: «Si he hallado gracia a tus ojos, dame una señal de que eres tú el que estás hablando conmigo. Te ruego que no te retires de aquí hasta que vuelva a tu lado, traiga mi ofrenda y la deposite ante ti». El Señor respondió: «Permaneceré sentado hasta que vuelvas». Gedeón marchó a preparar un cabrito y panes ácimos con unos cuarenta y cinco kilos de harina. Puso la carne en un cestillo, echó la salsa en una olla, lo llevó bajo la encina y se lo presentó. El ángel de Dios le dijo entonces: «Coge la carne y los panes ácimos, deposítalos sobre aquella peña, y vierte la salsa». Así lo hizo. El ángel del Señor alargó la punta del bastón que tenía en la mano, tocó la carne y los panes ácimos, y subió un fuego de la peña que consumió la carne y los panes ácimos. Después el ángel del Señor desapareció de sus ojos. Cuando Gedeón reconoció que se trataba del ángel del Señor, dijo: «¡Ay, Señor mío, Señor, que he visto cara a cara al ángel del Señor!». El Señor respondió: «La paz contigo, no temas, no vas a morir». Gedeón erigió allí un altar al Señor y lo llamó «el Señor paz».


Dan 10,1-21: El año tercero de Ciro, rey de Persia, Daniel, llamado Baltasar, recibió una palabra: la palabra era cierta, acerca de un ejército inmenso. Comprendió la palabra y entendió la visión. Por entonces, yo, Daniel, estaba cumpliendo un luto de tres semanas: no comía manjares exquisitos, no probaba vino ni carne, ni me ungí durante las tres semanas. El día veinticuatro del mes primero, estaba yo junto al Río Grande, el Tigris. Alcé la vista y vi aparecer un hombre vestido de lino, con un cinturón de oro de Ofaz; su cuerpo era como crisólito, su rostro como un relámpago, sus ojos como antorchas llameantes, sus brazos y piernas como destellos de bronce bruñido, sus palabras resonaban como las de una multitud. Solo yo, Daniel, contemplaba la visión; la gente que estaba conmigo, aunque no contemplaba la visión, quedó sobrecogida de terror y corrió a esconderse. Así quedé solo, y al ver aquella magnífica visión, me sentí desfallecer; mi semblante quedó desfigurado y no lograba dominarme. Entonces oí el sonido de sus palabras y, al oírlo, caí de bruces, en un letargo, con el rostro en tierra. Una mano me tocó e hizo que me pusiera sobre las rodillas y las palmas de las manos. Luego me habló: —Daniel, predilecto, fíjate en las palabras que voy a decirte y ponte en pie, porque ahora me han enviado a ti. Mientras me hablaba así, me puse en pie temblando. Me dijo: —No temas, Daniel. Desde el primer día que te dedicaste a intentar comprender y a humillarte ante tu Dios, tus palabras han sido escuchadas, y yo he venido a causa de ellas. El príncipe del reino de Persia me opuso resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los príncipes supremos, vino en mi auxilio; por eso me detuve allí, junto a los reyes de Persia. Ahora he venido a explicarte lo que ha de suceder a tu pueblo en los últimos días, porque aún hay visión para días. Mientras me hablaba así, caí de bruces a tierra y enmudecí. Entonces alguien como una figura humana me tocó los labios; abrí la boca y dije al que estaba frente a mí: —Mi Señor, la visión me ha hecho retorcerme de dolor y no puedo dominarme. ¿Cómo podrá este esclavo de mi Señor hablar a mi Señor? ¡Ahora las fuerzas me abandonan y he quedado sin aliento! De nuevo, alguien como una figura humana me tocó y me infundió fuerzas. Después me dijo: —No temas, hombre predilecto; la paz sea contigo, sé fuerte. Mientras me hablaba, recobré las fuerzas y dije: —Mi Señor, puedes hablar, pues me has dado fuerzas. Me dijo: —¿Sabes para qué he venido hasta ti? Ahora tengo que volver a luchar con el príncipe de Persia; cuando yo me vaya, vendrá el príncipe de Grecia. Pero te comunicaré lo que está escrito en el libro de la verdad. Nadie me ayuda contra aquellos si no es vuestro príncipe, Miguel.


En Maitines


Mt 18,10-20: Dijo el Señor: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños. Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


En la Liturgia


Heb 2,2-10: Hermanos, si la palabra comunicada a través de ángeles tuvo validez, y toda transgresión y desobediencia fue justamente castigada, ¿cómo escaparemos nosotros si desdeñamos semejante salvación, que fue anunciada primero por el Señor, confirmada por los que la habían escuchado, a la que Dios añadió su testimonio con signos y portentos, con milagros varios, y dones del Espíritu Santo distribuidos según su beneplácito? Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras: ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies. En efecto, al someterle todo, nada dejó fuera de su dominio. Pero ahora no vemos todavía que le esté sometido todo. Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos.


Lc 10,16-21: Dijo el Señor a sus discípulos: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado». Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien».



Fuente:  L’Osservatore Romano / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / lexorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

VII Domingo de Lucas


En el pasaje del Evangelio que leemos hoy, Jairo se acercó a Jesús, se arrodilló ante Él y le pidió que se apurara en ir a su casa porque su hija estaba por morir. Sin embargo, el Señor se atrasó a causa de la mujer hemorroísa, y no llegó sino después de la muerte de la niña, cuando ya no hacía falta molestar al Maestro. Tanto la fe del padre de la niña como las acciones del Señor para con ella suscitaron la burla de todo el mundo.


En la actitud de Jairo hay un atrevimiento que desafía y no acepta lo inamovible, además de esperar hasta el final y aún más allá de este final. Esta profunda fe y esperanza tan extrañas están basadas en la palabra de Jesús a Jairo: “No temas; cree solamente”. Y la fe de la hemorroísa no era poca. Ella no se rindió a su realidad; pese a que había gastado toda su hacienda desde hacía doce años en médicos sin conseguir sanarse de su flujo de sangre, sin embargo mantenía una esperanza en su fuero interno que el Señor había encendido.


En la presencia del Señor, es imposible rendirse a la realidad o a la lógica. La presencia del Señor nos da la fuerza para desafiar nuestra realidad, cuando esta no nos satisface, incluso si el desafiarla está por encima de todo el orden natural o lógico. Aquel que acepta su realidad como un “destino” escrito para él por las circunstancias, este no entró todavía en la corriente de los santos quienes se arriesgaron por encima de lo supuesto o inamovible.


A nivel social, la mujer hemorroísa estaba marginada, mientras que a nivel religioso era rechazada. Todos estos obstáculos exigían de ella resignación y la empujaban a aceptar su situación, absteniéndose de hacer cualquier solicitud o tener alguna esperanza. Sin embargo, el desafío de la fe en Jesús no reconoce tales obstáculos ni se rinde ante tales circunstancias. He aquí Jairo a quien le comunican que su hija había muerto: el Señor respondió que no tuviera miedo. ¿Cuándo interfiere la gracia divina? Interfiere cuando la fe se arriesga y permanece firme en su actitud. ¿Cuál es la diferencia entre la lógica de la razón y la lógica de la fe? La lógica de la razón se basa en el hecho de que el hombre está solo, mientras que la lógica de la fe se base en el hecho de que el hombre no está solo, sino que el Señor está a su lado. Por supuesto, la lógica de la fe no es irracional, sino que es una adopción no sólo de lo que sabe nuestra razón, es decir es adopción de lo que podría ser que Jesús quisiera. Sabemos cuáles son los límites de la razón y los aceptamos, pero sabemos que el Señor tiene caminos en base a los cuales mantenemos nuestra esperanza. Y ¿cómo diferenciar entre la racionalidad y la lógica de la fe? El límite es “arriesgarse”, es decir tener fe en la palabra de Jesús: “No temas”, y no en la conclusión racional: “Está muerta”.


La fe no es contraria a la lógica, tampoco se detiene en sus límites ni acepta las meras consideraciones religiosas o sociales. La presencia de Jesús en medio de nosotros incentiva en nosotros una esperanza que va más allá de lo existente y de lo que debe ser. Jesús nos hace pensar no en lo que es posible humanamente, sino en lo que es esperado en la fe.


La respuesta de Jesús ante el riesgo humano de tener fe no sería escasa. ¿Cuál es la respuesta divina al riesgo de la fe? La respuesta es conocida; Dios no quiere la muerte del pecador, sino que vuelva y viva, y que todo bueno proviene de lo Alto, del Padre de las luces. La respuesta de la gracia es la del amor puro. Por ello, Jesús dijo a Jairo: “No temas; cree solamente”. Pues todas las cosas son posibles en Cristo que nos fortalece.


En la fe, trascendemos las limitaciones y las suposiciones, y entregamos todo al conocimiento de Dios y su amor. La fe no es desafiar hechos y cosas visibles, sino que es esperanza en Cristo en las cosas invisibles. El cristiano no se limita a pedir sólo lo que es posible sino que reza por lo que es bueno y que Dios quiere, aunque no es a menudo posible lógicamente. Y la voluntad divina obra cuando el ser humano se arriesga y tiene fe.


“No temas; cree solamente”. Amén.


Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo


LECTURAS


Lc 8,41-56: En aquel tiempo, llegó un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y echándose a los pies de Jesús le rogaba que entrase en su casa, pues tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo. Cuando caminaba con él, la gente lo apretujaba. Entonces una mujer que desde hacía doce años sufría flujos de sangre y que había gastado en médicos todos sus recursos sin que ninguno pudiera curarla, acercándose por detrás, tocó el borde de su manto y, al instante, cesó el flujo de sangre. Y dijo Jesús: «¿Quién es el que me ha tocado?». Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, la gente te está apretujando y estrujando». Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, pues he sentido que una fuerza ha salido de mí». Viendo la mujer que no había podido pasar inadvertida, se acercó temblorosa y, postrándose a sus pies, contó ante todo el pueblo la causa por la que le había tocado y cómo había sido curada al instante. Pero Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz». Estaba todavía hablando, cuando llega uno de casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro». Pero Jesús, oído esto, le respondió: «No temas, basta que creas y se salvará». Al llegar a la casa, no dejó entrar con él más que a Pedro, Santiago y Juan y al padre de la niña y la madre. Todos lloraban y hacían duelo por ella, pero él dijo: «No lloréis, porque no ha muerto, sino que está dormida». Y se reían de él, sabiendo que había muerto. Pero él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate». Y retornó su espíritu y se levantó al instante. Y ordenó que le dieran de comer. Sus padres quedaron atónitos, pero Jesús les ordenó que no dijeran a nadie lo sucedido.



Fuente: iglesiaortodoxa.cl / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XXIII Domingo


Ef 2,4-10: Hermanos, Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. En efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

07/11 - Lázaro el Taumaturgo


Nuestro santo Padre Lázaro nació en el año 968 en un pueblo cerca de Magnesia en el río Meandro, en la región de Tesalia. Sus padres eran piadosos y  se llamaban Nicetas e Irene.


En el momento de su nacimiento, una luz cegadora llenó la casa y las mujeres salieron corriendo. Al regresar al interior, encontraron al niño mirando hacia el este, con las manos cruzadas sobre el pecho, como si estuviese rezando.


Se le dio el nombre de Leo en el santo Bautismo. Cuando tenía seis años, sus padres lo enviaron a un sacerdote llamado Leoncio para aprender a leer de los libros de la Iglesia. Tres años después, fue enviado a Orobo, donde el notario Jorge era su maestro. A la edad de doce años, su tío Elías, monje del Monasterio de Calate, se hizo cargo de su educación eclesiástica. La mansedumbre, la humildad, el amor por el estudio y, sobre todo, el celo por la oración y los oficios divinos, se notaban en Leo durante sus días de escuela. En su compasión y amor por los pobres, el niño regalaba los bienes de sus maestros a través de limosnas, y a menudo era reprendido por su generosidad. Ansiaba tanto visitar la Tierra Santa, santificada por la Pasión de Cristo, que se escapó del Monasterio. Su tío le trajo de regreso y le hizo quedarse durante dos años más antes de enviarlo al Monasterio de Estrubilión para completar sus estudios legales con un notario allí. 


Pero Leo pronto superó a su maestro en el arte de las artes y en la ciencia de las ciencias. Tres años más tarde, hizo otro intento de ir a Tierra Santa, pero una vez más fue detenido y obligado a regresar al Monasterio. Aunque diez meses más tarde se le permitió ir a Tierra Santa, con la bendición de un Estilita cercano. 


Sin embargo, se encontró con un santo asceta en el camino que lo persuadió de los peligros de su peregrinación y le aconsejó que ingresara a un monasterio cerca de Atalía. Allí recibió el sagrado hábito angelical, tomando el nombre de Lázaro, y se aplicó celosamente a la vida de ascesis. Le encantaba el ayuno tanto como al glotón le encanta la comida. Se sacudió la pesadez de su carne mediante vigilias para que su alma pudiera volar a las alturas de la contemplación. La renuncia a su propia voluntad y su obediencia a su abad y padre espiritual fueron un ejemplo para todos los hermanos.


Cuando, algún tiempo después, su padre espiritual murió, el nuevo abad permitió que Lázaro se retirara a una cueva cerca del monasterio donde podía conversar solo con el Dios único. Allí, durante siete años, luchó heroicamente contra innumerables tentaciones demoníacas, y luego se dirigió finalmente a Jerusalén.


Después de adorar en la Basílica de la Resurrección y en los otros Lugares Santos, fue al Monasterio de San Sabas, donde fue aceptado en la hermandad. Pero los otros monjes no pudieron hacer frente a su amor por la soledad y el celo ascético, y, dado que ningún compromiso parecía aceptable para el ardiente siervo de Dios, el abad decidió que Lázaro debía irse. Fue al Monasterio de San Eutimio por un tiempo, pero luego regresó a San Sabas, para gran alegría de los hermanos. Permaneció allí como sacristán durante seis años y, a pesar de su reticencia, fue ordenado sacerdote por el Patriarca de Jerusalén. Siguiendo la antigua tradición de los monjes de Palestina, San Lázaro pasaría toda la Gran Cuaresma hasta el Domingo de Ramos en el abrasador desierto, sin haberse llevado nada con él. Dejando que la Divina Providencia dirigiera su camino, se alimentaría de las pocas plantas que crecían allí y bebería la mínima cantidad de agua.


Cuando los sarracenos se apoderaron de Jerusalén y sus alrededores, regresó a su tierra natal con unos pocos compañeros, en obediencia a una revelación divina. 


Al llegar a Éfeso, se unió a dos monjes que vivían en ascesis cerca de una capilla dedicada a Santa Marina, no lejos de la ciudad. Allí construyó una columna con techo donde se dedicó a una mayor ascesis que antes. Después retiró el techo para imitar más de cerca a San Simeón el Estilita en su forma de vida. Permaneció así en todas las estaciones, con todos los climas, expuesto a los elementos y exhibido por Dios como espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres, como escribe el Apóstol (1 Cor 4,9). Su renombre se extendió rápidamente, y multitudes venían de todas partes para recibir su bendición, para escuchar sus enseñanzas espirituales y para recibir la comida que distribuía libremente a las muchas personas y a los pobres de entre ellos. Sus dos compañeros, temiendo que su mano abierta no les dejara nada para vivir, decidieron separarse de él, pero vinieron otros discípulos. Construyeron celdas al pie del pilar y ampliaron la capilla.


San Lázaro habitó en este pilar durante siete años. No dormía más que unos breves espacios de tiempo cada día y quedaba satisfecho con una pequeña porción de pan de cebada y unos pocos tragos de agua. Incluso cargó con pesadas cadenas de hierro, una forma de ascesis desaprobada por otros padres santos. Pero el silencio (hesiquia) que buscaba no se encontraba allí, así que, desconocido para todos, bajó de su pilar una noche y abandonó ese lugar. Encontró refugio en una cueva, previamente santificada por el monje Pafnucio, en las laderas empinadas y casi inaccesibles del monte Galesión. Llevaba allí solo seis meses cuando el Metropolitano de Éfeso le ordenó que regresara a Santa Marina para cuidar de sus discípulos.


Sin embargo, regresó al monte Galesión al año siguiente acompañado por cinco monjes. Vivía solo en la cueva, y cada semana los hermanos le traían una jarra de agua y algunas verduras. Solo se fue de allí para ascender a un nuevo pilar construido por él cerca, en el que vivía en completa privación. Un día hizo caer su jarra y estuvo a punto de morir de sed. A medida que llegaron más discípulos, construyeron celdas y una iglesia dedicada al Salvador.


Después de doce años, Lázaro construyó otra celda más arriba en el barranco, a la que se mudó una noche sin contárselo a nadie. Sufrió mucho en esta nueva ermita por los ataques de los demonios, que le arrojaban piedras cuando no podían hacerle caer ante sus sugerencias. En su deseo por querer participar cada vez más plenamente en la Pasión de Cristo, quería seguir el ejemplo de una mujer de la que había oído hablar y que vivía en el hueco cerrado de una columna con solo sus pies visibles, pero al final escuchó el consejo de sus discípulos y de su madre en el sentido de que sería excesivo afligir la carne de esta manera y no contribuiría al crecimiento del hombre oculto del corazón (cf. 1 Ped. 3: 4). Su pilar estaba dedicado a la Santísima Madre de Dios, y se construyó una pequeña iglesia junto a él donde de vez en cuando se servían los Misterios Divinos para el Santo.


Su sed de soledad no se calmó, por lo que Lázaro una vez más abandonó su ermita y tomó su estación final en un pilar dedicado a la Santa Resurrección. Este tercer pilar, como los anteriores, se convirtió en el centro de un asentamiento monástico que contaba con cuarenta monjes a la muerte del Santo, mientras que sus dos fundaciones anteriores tenían solo doce monjes cada uno. Viviendo solo con Dios, entre el cielo y la tierra, el Santo todavía se preocupaba por la vida de sus monjes en cada detalle. El pilar se construyó contra la pared de la iglesia donde había una pequeña ventana, a través de la cual podía supervisar la vigilancia de sus monjes mientras salmodiaban, y pronunciar palabras de salvación a sus visitantes.


Dios le otorgó a Lázaro el don del conocimiento y la profecía. Predijo la fecha de su muerte; pero, cuando sus discípulos le imploraron que permaneciera más tiempo en esta vida para su salvación, le rogó a la Madre de Dios, y le concedió quince años más.


Una semana antes de su muerte, ya de edad muy avanzada, San Lázaro llamó a su discípulo, el monje Nicolás, y dictó un detallado testamento espiritual que firmó el 8 de noviembre de 1054, el día de su dormición, durante el reinado de Constantino Monómaco. Fue enterrado cerca del pilar desde el cual su alma había subido al cielo incluso antes de separarse del cuerpo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

07/11 - Los 33 Mártires de Melitene


Se trata de un grupo de 33 capadocios martirizados en Melitene durante la persecución de Diocleciano.


Según la tradición surgida en el siglo VII, los romanos en el 296 fueron derrotados por los persas y los emperadores Diocleciano y Maximiano quisieron que se reclutaran nuevos soldados para recomponer el ejército. Un funcionario imperial, Agricolao, fue enviado a Capadocia para enrolar por la fuerza a todos los cristianos que no quisieran renunciar a su fe, pero al saber la noticia, todos los hombres válidos huyeron de la ciudad; Agricolao, conocedor de la existencia de un viñador de nombre Hieronte, procedente de Tiana en Capadocia, varón de alta nobleza de alma, envió a sus hombres para enrolarlo, pero él, dotado de una fuerza excepcional, se defendió bien y los soldados huyeron.


En un segundo intento los soldados lo sitiaron dentro de una gruta, donde se había refugiado con otros 32 compañeros, pero todo resultó en vano. Al final su hermano le convenció de que desistiera, y así Hieronte y sus amigos se enrolaron en el ejército imperial y fueron enviados a Melitene en Armenia. Aquí Hieronte tuvo un sueño en el que un anciano misterioso, lo animó a permanecer firme en la fe, porque le esperaba el martirio; advirtió de esto a sus compañeros cristianos y todos se propusieron no participar en el solemne sacrificio a los dioses, en el programa del día siguiente, en el que debían estar presentes todos los reclutas.


El relato está ambientado durante el Edicto de persecución imperial del 303 contra los cristianos. Cada uno de los reclutas cristianos fueron interrogados por el Prefecto Lisias, que intentó persuadirlos con lisonjas y amenazas, suplicios y latigazos; uno de ellos, Víctor, no resistió y renunció huyendo junto a otro; a Hieronte le fue amputada la mano con la que había golpeado a los soldados romanos.


Al final los arrestados fueron decapitados, y estos eran sus nombres: Hieronte, Mamante, Nicandro, Hesiquio, Baraco, Maximiano, Calínico, Atanasio, Teodoro, Ducecio, Eugenio, Teófilo, Valerio, Teodoto, Calímaco, Santico, Hilario, Gigancio, Longino, Temelio, Eutiquio, Diodato, Castricio, Teógenes, Nicón, Teódulo, Bostriquio, Doroteo, Claudiano, Epifanio y Aniceto.


LECTURAS


Heb 11,33-40;12,1-2: Hermanos, todos los santos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección. En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús.



Fuente: goarch.org / Vidas Santas / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española