LA ASCENSIÓN, FIESTA DE VICTORIA, DE PROMESA Y DE ESPERANZA
La Ascensión del Señor es la glorificación de Cristo, pero también es la confirmación definitiva de nuestra esperanza. El Señor no asciende para alejarse de nosotros, sino para abrirnos el camino hacia el Padre. La humanidad que asumió en el seno virginal de la Santa Theotokos entra ahora glorificada en el cielo, y con ello nuestra naturaleza humana es elevada y reconciliada definitivamente con Dios. Por eso la Ascensión no es una despedida triste, sino una fiesta de victoria, de promesa y de esperanza.
Después de la Resurrección, Cristo permaneció cuarenta días con sus discípulos. No porque necesitara demostrar algo para sí mismo, sino porque quería fortalecer la fe de aquellos hombres que serían enviados al mundo entero a anunciar el Evangelio. Ellos habían vivido momentos de miedo, confusión y fracaso; habían visto la cruz, habían experimentado el dolor de la pérdida y también la vergüenza de sus propias debilidades. Sin embargo, Cristo resucitado no los rechazó. Al contrario, se acercó nuevamente a ellos, les habló con ternura, compartió la mesa, les abrió el entendimiento y preparó sus corazones para la misión.
Y esto es profundamente consolador también para nosotros: Dios no abandona al hombre por sus caídas. Cristo sigue buscando, levantando y fortaleciendo al que se siente débil. La Ascensión es también el anuncio de que nuestra fragilidad no tiene la última palabra; la última palabra la tiene la gracia de Dios.
Jesús eligió ascender desde el monte de los Olivos, aquel lugar tantas veces santificado por sus lágrimas, sus oraciones y su entrega. Desde allí contempló Jerusalén, desde allí sufrió la agonía de Getsemaní y desde allí ahora asciende glorioso. Qué hermoso mensaje espiritual hay en esto: muchas veces Dios transforma precisamente el lugar del dolor en lugar de gloria. Allí donde hubo lágrimas, habrá consuelo; donde hubo combate, habrá victoria; donde hubo cruz, habrá resurrección y exaltación.
El Evangelio nos muestra que mientras ascendía, Cristo levantó sus manos y bendijo a sus discípulos. Es decir, la última imagen visible que ellos conservan del Señor es la de un Cristo bendiciendo. Y esto tiene un significado inmenso: Cristo asciende, pero no deja de bendecir a su Iglesia. Desde el cielo sigue sosteniendo, acompañando e intercediendo por nosotros. Como dice San Pablo, está sentado a la derecha del Padre e intercede constantemente por la humanidad.
Muchas veces nosotros sentimos que Dios está lejos, especialmente en medio de las pruebas, de las enfermedades, de las angustias y de las incertidumbres de este mundo. Pero la Ascensión nos recuerda que Cristo no se ausenta; cambia solamente su manera de estar presente. Antes caminaba visiblemente con sus discípulos; ahora permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo, en la Iglesia, en los sacramentos, en la oración, en la Palabra y en cada corazón que lo busca sinceramente.
Por eso, antes de subir al cielo, Jesús pronuncia aquella promesa que atraviesa los siglos y sostiene la vida de los creyentes: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” Esa promesa es el consuelo de la Iglesia. No caminamos solos. Aunque el mundo cambie, aunque existan guerras, sufrimientos, persecuciones o momentos de oscuridad espiritual, Cristo permanece con su pueblo.
Los discípulos comprendieron esto después de la Ascensión. El texto dice que regresaron a Jerusalén llenos de alegría. Humanamente parecería extraño: el Maestro se había ido y, sin embargo, ellos no estaban tristes. ¿Por qué? Porque ahora entendían que Cristo verdaderamente había vencido, que el Reino de Dios era real y que la muerte ya no tenía poder definitivo sobre quienes creen en Él.
La Ascensión también nos invita a levantar la mirada. Muchas veces vivimos demasiado atrapados en lo temporal: preocupaciones, bienes materiales, ambiciones, angustias y problemas cotidianos. Todo eso forma parte de nuestra realidad humana, pero no puede convertirse en el centro absoluto de nuestra existencia. Nuestra meta definitiva no está aquí. Nosotros caminamos hacia el Reino eterno. Como decía San Pablo: “Buscad las cosas de arriba.” La Ascensión nos recuerda que fuimos creados para el cielo.
Pero levantar la mirada hacia el cielo no significa desentendernos del mundo. Al contrario. Precisamente porque esperamos el Reino de Dios, debemos vivir aquí dando testimonio del Evangelio. Cristo asciende y deja una misión: anunciar la Buena Nueva, amar, servir, perdonar, sanar corazones y llevar esperanza. El cristiano no puede vivir encerrado en sí mismo. La verdadera fe siempre se convierte en misión y testimonio.
También es hermosa la imagen de los ángeles diciendo a los discípulos: “¿Qué hacéis mirando al cielo?” Es como si les recordaran que no basta contemplar; ahora hay que actuar, evangelizar, perseverar y vivir lo aprendido del Maestro. La vida cristiana necesita contemplación, oración y unión con Dios, pero también compromiso, caridad y entrega concreta hacia los demás.
Finalmente, la Ascensión nos llena de esperanza porque Cristo prometió volver. Así como ascendió glorioso, así regresará. Y esa segunda venida no debe llenarnos de miedo, sino de confianza. El Señor vendrá a consumar definitivamente su victoria, a destruir el mal, a secar nuestras lágrimas y a darnos la plenitud de la vida eterna.
Por eso, celebrar la Ascensión es renovar nuestra fe y nuestra esperanza. Cristo ha subido al cielo, pero permanece con nosotros. Nos acompaña en nuestras luchas, fortalece nuestra debilidad y nos prepara un lugar en la casa del Padre. Y mientras peregrinamos en esta tierra, la Iglesia sigue caminando con los ojos puestos en el cielo, pero con las manos comprometidas en la misión, esperando el día glorioso en que podamos contemplar eternamente el rostro de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.
P. Archimandrita Gerásimo
LA ASCENSIÓN EN LA TRADICIÓN BIZANTINA
La Ascensión del Señor, celebrada el cuadragésimo día después de la Resurrección, es una de las grandes fiestas comunes a todas las Iglesias cristianas.
En la tradición bizantina, el miércoles precedente se celebra la apódosis (conclusión) de la Pascua, retomando una vez más los textos del oficio pascual. La fiesta de la Ascensión, además, se prolonga por una semana en una octava. Los troparios de la fiesta son muy bellos y teológicamente profundos. Tal como sucede muy a menudo en la liturgia bizantina, son verdaderas síntesis de la fe de la Iglesia.
Así el primer tropario de las vísperas resume la profesión de fe del concilio de Calcedonia (451) en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre: "El Señor sube a los cielos para enviar el Paráclito al mundo. Los cielos han preparado su trono, las nubes el carro en el cual ascender; se asombran los ángeles viendo un hombre por encima de ellos. El Padre recibe a Aquél que desde la eternidad en su seno mora".
Hombre por encima de los ángeles, aquél que desde la eternidad está en el seno del Padre. El quinto de los troparios de las vísperas retoma el tema de la kénosis del Verbo de Dios con una imagen poética muy bella y conmovedora: "Tú que por mí te has hecho pobre como yo". Cristo en su Encarnación asume voluntariamente toda la pobreza de la naturaleza humana, para después glorificarla plenamene en su ascensión.
Otros dos troparios, de vísperas, proponen una relectura cristológica del salmo 23, que en la liturgia de la noche de Pascua estaba relacionado con el descenso de Cristo al Hades y hoy incluso con la Ascensión: "El Espíritu Santo ordena todos sus ángeles: Alzad, príncipes, vuestras puertas. Gentes todas, batid las manos, porque Cristo ha subido a donde estaba antes. Mientras Tú ascendías, oh Cristo, del monte de los olivos, las huestes celestiales que te veían, se gritaban una a la otra: ¿Quién es éste? Y respondían: Es el fuerte, el poderoso, el poderoso en la batallas; éste es verdaderamente el Rey de la gloria".
En diversos troparios encontramos expresiones referentes a su humanidad que sirven para indicar la divinidad del Verbo de Dios: "Tú que, sin separarte del seno paterno, oh dulcísimo Jesús, has vivido en la tierra como un hombre, hoy desde el monte de los Olivos has ascendido a la gloria: y levantando, compasivamente, nuestra naturaleza caída, la has hecho sentar contigo junto al Padre".
Son palabras que nos recuerdan el canto de las Lamentaciones del Sábado Santo. Además encontramos el tema de la glorificación de nuestra naturaleza humana caída y redimida. Por lo que respecta al oficio matutino, recordamos algunos de los troparios de Román "el Melódico": "Cumplida la economía en favor nuestro, y junto a las celestes, las realidades terrestres, has ascendido a la gloria, oh Cristo Dios nuestro, sin separarte todavía en modo alguno de aquellos que te aman; pero permaneciendo inseparables de ellos, declara: Yo estoy con vosotros, y ninguno está contra vosotros. Dejad sobre la tierra lo que es de la tierra, abandonad lo que es de las cenizas al polvo y entonces venid, elevémonos, levantemos los ojos y la mente a lo alto, alcemos la mirada y los sentidos hacia las puertas celestes, mientras somos mortales; imaginemos que vamos al Monte de los Olivos y vemos al Redentor portado por una nube: de allí, de hecho, el Señor ascendió a los cielos; desde allí, él, que ama dar, ha distribuido dones a sus apóstoles, consolándolos como un padre, confirmándolos, guiándolos como hijos y diciéndoles: No me separo de vosotros: yo estoy con vosotros y ninguno está contra vosotros".
De esta realidad de nuestra fe ofrece también una lectura clara el Icono de la fiesta. La imagen está dividida en dos partes bien distinguidas: en la parte superior se ve a Cristo sobre un trono, inmóvil en su gloria, sostenido por dos ángeles. En la parte inferior la Madre de Dios, los Apóstoles y dos ángeles con vestiduras blancas. El icono de la Ascensión contempla a Cristo en su ascenso, sostenido por los ángeles, pero al mismo tiempo es también el icono del retorno glorioso de Cristo, que "regresará un día de este modo". Desde la Ascensión y hasta su retorno Cristo preside su Iglesia, como vemos en el icono.
La actitud de María es siempre la de la oración. Ella no mira hacia lo alto, sino a la Iglesia, para recordar la necesidad de la vigilia y de la oración a los Apóstoles y a todos nosostros. En espera del retorno del Señor.
Manuel Nin
Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López
LECTURAS
En Vísperas
Is 2,2-3: Así dice el Señor: «En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas». Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas».
Is 62,10-63,9: Así dice el Señor: «Pasad, pasad por los portales, despejad el camino del pueblo, allanad, allanad la calzada, limpiadla de piedras». El Señor hace oír esto hasta el confín de la tierra: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu salvador, que llega, el premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede». Los llamarán «Pueblo santo», «Redimidos del Señor», y a ti te llamarán «Buscada», «Ciudad no abandonada». ¿Quién es ese que viene de Edón, de Bosra, con las ropas enrojecidas? ¿Quién es ese, vestido de gala, que avanza lleno de fuerza? Yo, que sentencio con justicia y soy poderoso para salvar. ¿Por qué están rojos tus vestidos, y la túnica como quien pisa en el lagar? Yo solo he pisado el lagar, y de los otros pueblos nadie me ayudaba. Los pisé con mi cólera, los estrujé con mi furor; su sangre salpicó mis vestidos y me manché toda la ropa. Porque es el día en que pienso vengarme; el año del rescate ha llegado. Miraba sin encontrar un ayudante, espantado al no haber quien me apoyara; pero mi brazo me dio la victoria, mi furor fue mi apoyo. He pisoteado los pueblos en mi cólera, los he embriagado con mi furor, hice correr por tierra su sangre. Quiero recordar la misericordia del Señor, las alabanzas del Señor: todo lo que hizo por nosotros el Señor, sus muchos beneficios a la casa de Israel, que llevó a cabo con compasión, y su gran misericordia. Él dijo: «Son mi pueblo, hijos que no engañarán», y fue su salvador en todas sus angustias. No fue un ángel ni un mensajero, fue él mismo en persona quien los salvó, los rescató con su amor y su clemencia, los levantó y soportó, todos los días del pasado.
Zac 14,4;8-11: Así dice el Señor: «Mirad, llega el día del Señor». Aquel día se plantarán sus pies sobre el monte de los Olivos, al este de Jerusalén. Aquel día brotarán aguas vivas de Jerusalén: la mitad irá al mar oriental, la otra mitad al occidental, tanto en verano como en invierno. El Señor será rey de todo el mundo. Aquel día el Señor y su nombre serán únicos. Todo el país se convertirá en una llanura, desde Guibeá hasta Rimón, al sur de Jerusalén, que será realzada y habitada en su lugar, desde la Puerta de Benjamín hasta la Puerta Antigua, hasta la Puerta del Ángulo y la Torre de Jananel, hasta el Lagar del Rey. Habitarán en ella y no habrá más exterminio; habitarán Jerusalén tranquilos.
En Maitines
Mc 16-20: En aquel tiempo, resucitado Jesús al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
En la Liturgia
Hch 1,1-12: En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra». Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado.
Lc 24,36-53: En aquel tiempo, habiendo resucitado Jesús de entre los muertos, se presentó en medio de sus discípulos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Fuente: cpciberoamerica.es / lexorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española