13/04 - Martín el Confesor, Papa de Roma


Introducción


“Vosotros seréis mis testigos”, dijo Cristo a sus discípulos, y el testimonio que ello ha implicado a lo largo de la historia de la Iglesia, supone en más de una ocasión, la rúbrica con la misma sangre por la defensa de la fe, la cual ha sido encomendada a la asamblea de creyentes para su conocimiento y su transición íntegra. Corresponde a los pastores de la comunidad su distribución, su explicación y su salvaguarda; el contenido de la fe causa incomodidad en varias ocasiones porque quienes tienen otras funciones o responsabilidades en esa comunidad no pueden o no quieren plasmar en sus vidas este contenido salvífico, pues la fe siendo luz es un reproche o un revés para sus planes en diversos niveles: política, economía, social, etc. Así sucedió en la vida de San Martín I, el último de los Papas venerado como mártir, quien fue víctima del poder político del Imperio Bizantino.


La doctrina sobre Jesucristo y su conocimiento teológico se fue configurando poco a poco, las verdades de fe sobre su Persona se fueron proponiendo y aceptando paulatinamente, de manera que la cristología se desarrollará con fuerza durante los siglos IV y V, con temas de la sustancia que comparte con el Padre Celestial hasta su doble naturaleza y por tanto su doble voluntad. En este contexto se encuadra la vida de este Pontífice, que como guardián de la fe, supo defender su exposición no solo con la palabra sino con su vida misma.


La herejía monofisita exponía que en Cristo no había sino una sola naturaleza, la divina, por lo que la Redención se presentaba inútil al considerar que el Verbo de Dios no se había hecho hombre para salvar al hombre como hombre. El bando que proponían una tesis y el contrario, buscaban cada uno defender su verdad y así surgió otra corriente, el eutiquianismo, que aceptaba la doble naturaleza de Jesucristo, pero que condicionaba la doble voluntad del mismo, conduciendo este error a otra herejía: el monotelismo, que aceptaba únicamente una voluntad en la Persona de Cristo, la divina, que suprimía la humana, que como es sabido, también es poseída por el Verbo encarnado, Hijo de Dios y Dios verdadero, también hombre verdadero, pero que la tiene subordinada a la voluntad divina. Esta doctrina manchó la ortodoxia en Constantinopla, siendo favorecida con la simpatía y apoyo del Emperador Constante II, otorgándole incluso la protección civil, afectándose de esta manera la vigilancia y el respeto que correspondían guardar al clero de Constantinopla.


Biografía


San Martín I nació en Todi, ciudad situada al norte de Roma. Fue un hombre lleno de virtud y con excelente preparación; se dice que prodigaba la caridad para con los pobres y miserables en los lugares donde vivía. Muerto el Papa Teodoro I en julio del año 649, ascendió a la sede romana. Esta elección se hizo sin la consulta y aprobación del Emperador de Oriente, en un afán de cortar la dependencia de la Iglesia con el Estado.


Esta provocación resultó mayúscula cuando el Papa convocó el Concilio de Letrán ya pensado por su antecesor y cuya muerte vino a impedir. San Martín I conocía muy bien el ambiente en la ciudad imperial, pues allí había sido apocrisiario ante la corte bizantina y entonces tuvo la oportunidad de conocer de cerca la realidad sobre el Monotelismo. Con apenas tres meses al frente de la Sede de Roma, convocó al Concilio a todos los obispos de occidente en la Basílica de Letrán para comienzos de octubre. El Concilio se reunió en cinco sesiones en las que se estudió y discutió la doctrina monotelita, bajo la presidencia del mismo Papa quien rebatió las tesis heréticas y confirmando que en Cristo hay dos voluntades, humana y divina. Dicho concilio fue para el santo un evento con deber de fidelidad a la fe. Los condenados en este Concilio fueron los Patriarcas Sergio I, Pirro I y Pablo I, así como los prelados Cirilo de Alejandría y Teodoro de Farón. También se condenaron a los 150 obispos reunidos en el “Ekthesis”, doctrina promulgada por el Emperador Heraclio que hacía una profesión de fe en el monotelismo, así como el “Typos” de Constante II que prohibía a todos los súbditos cristianos, luchar unos con otros sobre una voluntad o dos voluntades, ordenando hacer desaparecer todas las disertaciones escritas sobre el tema, incluida la “Ekthesis”. Concluidas las sesiones, San Martín I mandó la noticia de los resultados a Constante II, lo cual sería la causa que desató su perdición.


El 6 de noviembre siguiente, el Emperador envió a Olimpio, Exarca de Ravenna, con fuerzas armadas y con la misión de ganar adeptos al monotelismo y de asesinar al Papa Martín. La ocasión se calculó para cuando el Pontífice celebrara misa en la Basílica de Santa María la Mayor. El escudero de este hombre se acercó para apuñalar al Papa durante la comunión, pero el sicario quedó ciego súbitamente y el proyecto se frustró. Olimpio tuvo entonces remordimientos y se sinceró y reconcilió con el Papa y luego se convirtió en su protector, mas muriendo luego en el año 652 a causa de la peste, fue sucedido en el exarcado por Diódoro Calliopas, a quien Constante II volvió a encomendar el malévolo proyecto.


Así, éste se presentó en Roma con un temible ejército en junio de 653, provocando que el Papa Martín buscara huir pese a las limitaciones que la enfermedad de la gota lo tenían postrado en cama. Pretextando un arsenal en el Palacio Pontificio y violando el derecho de asilo en la Basílica de San Juan de Letrán donde se había recluido el Santo y sin contar que se permitió el libre acceso para revisar con calma el lugar, literalmente se hizo una invasión y el Papa fue detenido en su propio lecho de enfermo; el detenido no opuso resistencia con afán de evitar represalias contra su pueblo y su clero. Antes de abandonar el Palacio Apostólico, San Martín pidió el favor de tener la compañía de algunos clérigos, que no fueron pocos los solidarios. En la madrugada fue llevado al Tíber para embarcarlo y llevarlo a Constantinopla, logrando burlar astutamente a los que habían de acompañarlo, siendo así que partió a su destino privado de equipaje y con una media docena de compañeros. Entonces ocupó la Cátedra de San Pedro el Papa San Eugenio I con la aquiescencia de Constante II. Este Papa fue prudente al no provocar con comentarios las represalias imperiales sobre Roma y principalmente con el desterrado.


Un año estuvo detenido en la Isla de Naxos en el mar Egeo. Como su salud declinaba, no querían sus captores que muriera antes de ser enjuiciado, por eso se detuvieron allí, para que su salud se equilibrara; en este lugar San Martín probó la caridad de los lugareños, a quienes se les amenazó con considerarlos enemigos del estado si lo visitaban. Por fin la comitiva arribó al Constantinopla el 17 de septiembre de 654. El Pastor de Roma llegó tumbado en un jergón y se le exhibió como un espectáculo público, soportando burlas, maledicencias y otras manifestaciones de antipatía, luego fue llevado a la prisión Priandiaria. Allí, durante tres meses, soportó vejaciones, torturas e incomunicación. Aquí escribió algunas cartas, en las que expresa su negativa a abdicar ante la presión de Constante y refiere también noticias de su lamentable estado: “Desde hace 47 días que no he podido bañarme”, la crónica de sus penalidades tiene un edificante remate: “Espero en Dios, que cuando me haya librado de esta vida, se apiade de mis perseguidores y los mueva a la penitencia”.


En diciembre de ese año fue llevado a juicio o más bien a un remedo de juicio. A los que iban a atestiguar en su contra, el Santo pidió que se les exonerara de jurar sobre los Evangelios, para que no pecaran de perjurio. Se le condenó por rebelión, pero cuando el trató de expresar la razón del Concilio, se le hico callar con el pretexto de que ese juicio nada tenía que ver con la fe, de la cual los jueces eran fieles creyentes y ortodoxos. Abrumado por las acusaciones ridículas, las presiones, un juicio largo y cansado de estar parado, San Martín expresó a sus delatores: “Hagan de mi lo que sea que tengan decidido, córtenme a pedazos si quieren, cualquier muerte me será beneficiosa. Pero no esperen que entre en comunión con la Iglesia de Constantinopla”. Luego fue expoliado de sus vestiduras episcopales, quedando casi desnudo, fue encadenado de cuello y condenado a muerte. Antes de ejecutar la sentencia capital, fue paseado por la calle para que el populacho se burlara de él, en tanto, Constante II observaba escondido desde una rejilla. Condenado por delito de alta traición, fue llevado a la prisión Diómedes, llevado con tal brutalidad, que al ingresar cayó de espalda. El Papa miró entonces a su carcelero y le dijo: “Aunque desmiembren mis carnes, no lograrán que comulgue con la autoridad eclesiástica de Constantinopla”. Ni la edad, las penas, la enfermedad y el martirio incruento lo doblegaron, él estaba consciente de que como Pedro, tenía que confirmar en la fe a sus hermanos.


Mientras esto pasaba, Constante II visitó en su lecho de muerte al Patriarca Pablo para platicarle de lo que le sucedía al Papa de Roma. No halló los aplausos que esperaba, pues el visitado, con remordimientos, expresó su hondo pesar y su desagrado: “Desgraciadamente esto aumenta mis dolencias. No es deseable que un Pontífice sea tratado tan deplorablemente”. Esta plática hizo que Constante II conmutara la pena de muerte por el destierro al Queresoneso. El Patriarca murió y fue sucedido por Pirro, a quien San Martín confirmó su excomunión. El encierro en la cárcel duró del 17 de septiembre de 653 al 10 de marzo de 654. El Jueves Santo 26 de marzo de 655, tras una emotiva despedida, sale a su destino, dando antes a sus allegados el signo de la paz. Llegó finalmente al lugar de su castigo el 15 de mayo hecho una piltrafa. Allí enfrentó con heroicidad la privación de lo mínimo para subsistir. En una carta de mediados de junio relata: “La escasez y el hambre son espantosas. Aquí no hay pan, no hay nada. Si no llegan víveres de Italia, es imposible subsistir…” No se trata del pan del destierro, sino del destierro sin pan. Siente la soledad y el abandono: “No solo he sido apartado del mundo, sino que incluso se me priva de la vida. Los habitantes del país son todos paganos y no tienen caridad ni aún la mínima compasión natural que se da entre los bárbaros… Me impresiona la poca sensibilidad de todos aquellos que en otras ocasiones se acordaron de mí y ahora me han olvidado, ni les interesa conocer si aún sigo con vida. Me impresiona en aquellos que pertenecen a la Iglesia de San Pedro el poco cuidado que tienen de uno de los suyos… Pido constantemente por intercesión de San Pedro, que Dios conserve firme en la fe ortodoxa, principalmente al pastor que la gobierna, es decir, al Papa Eugenio. De mi miserable cuerpo el Señor tendrá cuidado, ¿por qué me preocupo? Y espero de su misericordia que no tardará en poner fin a mi carrera”.


A los quince días de haber escrito esta carta, en dolorosa soledad, moría por manos de los herejes, no de los paganos. Era el 16 de septiembre de 655. La duración de su pontificado fue de seis años, un mes y veintiséis días. Recibió sepultura en la Basílica de Santa María de Blanquerna, aureolado por el pueblo sencillo con el título de santo y de mártir. Según una tradición, en el siglo XIII, sus restos mortales fueron trasladados a Roma, siendo depositados en la iglesia de San Silvestre y San Martín ad Monte. De él se conservan 17 cartas que se incluyeron en la patrología latina de Migne.



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

Lunes Brillante (Luminoso/Radiante) o de la Renovación


En Vísperas


Jn 20,19-25: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».


En la Liturgia


Hch 1,12-17;1,21-26: En aquellos días, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos. Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo: «Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús, pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio. Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección. Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezando, dijeron: «Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto». Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.


Jn 1,18-28: A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. Y este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?». Él confesó y no negó; confesó: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?». Él dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan estaba bautizando.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

12/04 - Basilio el Confesor, Obispo de Pario


Inquebrantable luchador de primera línea por la defensa de la veneración de los iconos o imágenes santas, Basilio condenó con todas sus fuerzas a los emperadores iconoclastas.


Su gran formación teológica unida a su virtuosa vida, le convirtieron en un destacado obispo de la ciudad de Pario en las costas de la Propóntide griega o Mar de Mármara (la moderna Kemer, Turquía).


Pero esta actitud suya frente a los emperadores iconoclastas fue el motivo de una cruel persecución. Fue encarcelado, encadenado y azotado. Sufrió mucho y soportó "hambre y sed, con ayunos y privaciones muchas veces, con el frío del invierno y con la poca ropa que tenía para cubrir su desnudez" (II Cor. 11,27). Pero Basilio, aunque fue desterrado por los emperadores, nunca perdió la oportunidad para defender la Ortodoxia.


Se hace referencia a que durante los tiempos del reinado de Miguel II "el Tartamudo" (820 - 829 d.C.) y de su hijo Teófilo (829 - 842 d.C.), permaneció desterrado en una pequeña isla cerca de Contantinopla. Finalmente, Dios le hizo digno de que ver el triunfo de la Ortodoxia y, al mismo tiempo, el naufragio de la iconoclasia. 


Cuando regresó a su arzobispado, le recibieron con grandes honores y allí entregó de modo pacífico el espíritu al Señor.


El Santo Basilio ordenó diácono y presbítero al Patriarca posterior de Constantiopla, San Ignacio I.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / catholic.net

Adaptación propia

Santa y Gran Pascua


Llegamos al Domingo de la Pascua, “Fiesta de las fiestas y Temporada de las temporadas”.


En la noche de Pascua la celebración se inicia en la iglesia, a oscuras, con el canto del oficio de medianoche. Comenzamos con el canto del Canon que pertenece, por la monotonía de sus entonaciones y su falta de cualquier referencia a la Resurrección, a la Semana de la Pasión. 


Este Canon termina con la convocación a los fieles, de parte del Obispo o del Sacerdote: “¡Venid, recibid luz de la Luz que no tiene ocaso y glorificad al Cristo que se levantó de entre los muertos!”. Dice esto llevando una vela encendida y revestido de un ornamento blanco que simboliza la alegría. La luz está tomada de la lámpara que está sobre el altar, es decir, de la tumba de Cristo.


Acto siguiente es la salida del Templo para que se cierren las puertas, y comienza lo que se acostumbraron a llamarlo por “el Ataque nocturno de Sorpresa”, expresión tomada del Oficio de la Consagración de un nuevo Templo. Invadir el Templo símbolo de victoria y de triunfo. La Pascua es el Centro del año Litúrgico, y todas la fiestas movibles son fijadas partiendo de Ella. Se cantan, entonces, en el exterior de la iglesia, el Evangelio de la resurrección y el tropario pascual: "Cristo ha resucitado de entre los muertos. Con la muerte ha vencido a la muerte y a aquellos que estaban en los sepulcros les ha dado el don de la vida". Este canto marcará el ritmo de toda la noche y de todo el tiempo de Pascua.


Ante las puertas de la iglesia, que están cerradas, tiene lugar uno de los ritos más cargado de símbolos: el sacerdote con la cruz golpea la puerta de la iglesia cerrada que representa el Hades, lugar donde Cristo desciende el Sábado Santo, o el paraíso donde somos introducidos por Cristo mismo, cantando las palabras del salmista: "Alzad príncipes, vuestras puertas; alzaos, puertas eternas, y entrará el rey de la gloria"; desde dentro de la iglesia se responde a estas palabras con otro versículo del mismo salmo: "¿Quién es este Rey de la gloria?". A la tercera vez las puertas de la iglesia se abren de par en par y la comunidad entra en una iglesia que ya no está a oscuras, sino llena de flores, perfumes y luces; una iglesia donde el iconostasio, el paso del cielo a la tierra, está abierto.


El canon de la noche de Pascua es obra de San Juan Damasceno, con troparios tomados de San Gregorio de Nacianzo, un texto que nos invita a contemplar y a regocijarnos en el misterio de la Pascua del Señor: "Purifiquemos los sentidos y veremos a Cristo en la luz inaccesible de la resurrección. Venid, bebamos una bebida nueva, brotada prodigiosamene no de la piedra estéril sino del sepulcro de Cristo. Has descendido a la profundidad de la tierra, has roto las cadenas eternas que ataban a los prisioneros".


La resurrección del Señor es la nueva creación, porque hoy él crea de nuevo a Adán, lo toma por la mano y lo porta al paraíso. El día de la resurrección es el día de la luz y de la iluminación de los hombres que debe portar a la reconciliación: "Revistámonos de luz para la fiesta y abracémonos los unos a los otros y llamemos también hermanos a aquellos que nos odian. Perdonémoslo todo por la resurrección".


El día de la Pascua se reza sobre los huevos; el huevo es un símbolo de la vida escondida en la cáscara y dispuesta a salir. Desde este día desaparecen todas las expresiones habituales de saludo entre nosotros hasta el Jueves de la Ascensión, y la exclamación: “¡Cristo ha Resucitado!” se convierte en nuestro júbilo y nuestra ley, a la que respondemos con alegría:“¡En verdad ha resucitado!”


Finalmente, es de notar que la “Semana de Renovación” se considera, litúrgicamente, como un solo día; en ella, sucesivamente, se cantan los tonos eclesiásticos, y son ocho, un tono por día, como si la semana fuera un ciclo perfecto y una sola celebración. Los Maitines y Divina Liturgia de cada día son exactamente iguales al anterior, con la diferencia de los himnos pertenecientes a cada tono particular, como si el propósito del acontecimiento de la Pascua sobrepasara el tiempo para anunciar al Día Octavo como día eterno cuya luz no tiene ocaso.


Varios/ Manuel Nin

Traducción del italiano: Salvador Aguilera López


HOMILÍA PASCUAL DE SAN JUAN CRISÓSTOMO


El que es devoto amante de Dios, que disfrute de la hermosura de esta fiesta resplandeciente.


El que es un siervo agradecido, que entre alegre en el regocijo de su Señor. 


El que se cansó ayunando, que se lleve ahora el denario.


El que trabajó desde la primera hora, que acepte su justa gratificación.


El que ha llegado después de la hora tercera, que festeje agradecido.


El que llegó después de la hora sexta, que no dude, pues nada pierde.


El que tardó hasta la hora novena, que se aproxime sin vacilación.


El que llegó a la hora undécima, que no tema por su tardanza, porque el Soberano es Gracioso y Generoso, acepta al último como al primero; concede el descanso al que trabaja desde la hora undécima como al que ha trabajado desde la hora primera; se apiada del último y satisface al primero; da a esté y concede a aquel; recibe las obras y se complace con la intención. Honra los hechos y alaba el empeño.


Entrad, pues, todos vosotros al gozo de vuestro Señor. 


¡Primeros y últimos! Recibid vuestra recompensa. 


¡Ricos y pobres! Regocijaos juntos. 


Vosotros, que anduvisteis en abstinencia, y vosotros, perezosos, celebrad el día. 


Hayáis guardado el ayuno o no, regocijaos hoy. 


La Mesa está colmada; deleitaos, pues todos.


Que nadie se marche hambriento. Participad todos de la bebida de la fe y disfrutad de la riqueza de la bondad. 


Que nadie se aflija quejándose de la pobreza, porque el Reino Universal se ha manifestado. 


Que nadie se lamente por haber pecado una y otra vez, porque el Perdón ha surgido del sepulcro brillando.


Que nadie tema la Muerte, porque la Muerte del Salvador nos ha liberado. 


Él ha destruido la muerte habiéndola padecido; y destruyó al infierno cuando descendió a él, pues éste se amargó cuando saboreó Su Cuerpo; como Isaías anticipó y lo contempló, pues clamó diciendo:


El Infierno se ha amargado cuando Te encontró en abajo. 


Se ha amargado porque ha sido anulado. 


Se ha amargado porque ha sido burlado. 


Se ha amargado porque ha sido destruido. 


Se ha amargado porque ha sido encadenado. 


Recibió un Cuerpo, y he aquí descubrió que este cuerpo era Dios. 


Tomó tierra y, contemplándola, encontró Cielo. 


Tomó lo que estaba viendo, y fue superado por lo que no vio. 


¡Muerte! ¿Dónde está tu poder? ¡Infierno! ¿Dónde está tu victoria?


Cristo resucitó y tú fuiste aniquilado. 


Cristo resucitó y los demonios cayeron. 


Cristo resucitó y los ángeles se regocijaron. 


Cristo resucitó y la vida vino a todos. 


Cristo resucitó y los sepulcros se vaciaron de los muertos. 


Cristo resucitó de entre los muertos llegando a ser el Primogénito de los muertos.


A Él sea la gloria y el Poder por los siglos de los siglos. Amén.


LECTURAS


En Maitines


Mc 16,1-8: Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y quedaron aterradas. Él les dijo: «No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. Mirad el sitio donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”». Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían.


En la Liturgia


Hch 1,1-8: En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra».


Jn 1,1-17: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.



Fuente: cristoesortodoxo.com / lexorandies.blogspot.com / iglesiaortodoxaserbiasca.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española