14/05 - Isidoro el Mártir de Quío


El día 14 de mayo, en la fragante isla de Quío o Quíos (Χίος), la isla de Homero e Hipócrates, situada en el Mar Egeo, es venerada la memoria de San Isidoro, que bañó con su sangre la gloriosa e histórica tierra de esta bendita isla del Mar Egeo, convirtiéndose en el primer mártir que regó y consolidó el árbol de la fe cristiana.


Es un mártir muy popular, venerado en todos los países ribereños del Mediterráneo como protector de los marineros y, aparte de Grecia, es muy venerado por los coptos que lo consideran, como a San Jorge, un caballero intrépido. Existe una “passio” probablemente escrita en Quíos en el siglo V, en el que se dice poco, pero lo poco que se dice parece muy verosímil.


Durante el reclutamiento de las milicias ordenado por Decio, Isidoro fue enrolado en Quíos a las órdenes del comandante de la flota romana. Allí, en Quíos, él se puso en contacto con la comunidad cristiana de la isla, conoció la doctrina de Cristo y se bautizó. El estaba a cargo de la intendencia de la flota y por envidia, el centurión Lucio lo denunció ante el comandante Numerio, el cual intentó convencerlo para que renegara y ofreciera sacrificios a los ídolos. Como su fe fue inquebrantable y la defendía con firmeza, le arrancaron la lengua, fue torturado terriblemente y encarcelado. Finalmente fue decapitado.


El martirio tuvo lugar el 14 de mayo del año 250, bajo el imperio de Decio, por lo que este valeroso y joven soldado, se convirtió en un brillante ejemplo y en un punto de referencia para los mártires, obispos, ascetas y pueblo que posteriormente nacieron y vivieron en la isla de Quíos, la cual había quedado santificada con su sangre.


Fue sepultado honoríficamente por un amigo suyo llamado Amonio y en su sepulcro se produjeron tantas curaciones que en tiempos de San Gregorio de Tours (573-594) sobre él existía una gran basílica y dentro de ella un pozo, donde se decía que había estado su cuerpo. Esto lo comenta San Gregorio en su obra “De gloria martyrum”. El pozo llegó a ser muy famoso por las propiedades curativas de sus aguas.


Existe otro documento de la segunda mitad del siglo V, que es la “Vita” de San Marciano, que era sacerdote y ecónomo de Santa Sofía y que cuenta que parte de las reliquias de Isidoro, fueron dadas en custodia a Marciano y que este, entre los años 457 y 460, las sepultó en una capilla construida junto a la iglesia de Santa Irene en Constantinopla. Esta y otras noticias de esa misma “passio” nos llevan a una segunda “passio” de San Isidoro, que fue escrita en Constantinopla mucho tiempo después.


En ella se dice que San Isidoro había nacido alrededor del año 230, en el seno de una noble familia pagana de Alejandría aunque él era cristiano. Que enrolado en la flota romana, al llegar a la isla de Quíos, fue denunciado ante Numerio, que antes de decapitarlo, lo interrogó y martirizó. Que su padre fue llamado y llegó a la isla a fin de convencer a su hijo para que abandonara la fe cristiana y volviera a la fe de sus padres, pero sus intentos no obtuvieron ningún resultado. A tanto llegó la obstinación del padre que incluso llegó a maldecir a su hijo y le dijo a Numerio que lo torturara sin piedad. También se dice que fue azotado con nervios de buey pero no se menciona que le cortaran la lengua. Entonces, Isidoro fue atado a unos caballos que lo arrastraron a lo largo de la ruta que va desde el pueblo de Neochori hasta la ciudad de Quíos, que es la capital de la isla. Bárbaramente herido y ensangrentado, se mantenía en su fe, por lo cual, fue decapitado. Después de ser sepultado provisionalmente por Amonio, una matrona efesina llamada Mírope, encontró el cuerpo del mártir en un lugar luminoso y lo sepultó con honor. Pero enterado Numerio de este hecho, detuvo a Mírope, la llevó delante de él y la torturó cruelmente encerrándola posteriormente en una cárcel, donde como consecuencia de las heridas, entregó su alma al Señor. Mírope fue sepultada junto a Isidoro y es honrada como virgen y mártir, celebrándose su festividad el día 2 de diciembre.


Es verosímil que Isidoro fuese alejandrino en cuanto que su nombre como el de Amonio, son claramente egipcios (compuestos por “Isis” y por “Amón”, que son divinidades egipcias). San Dionisio alejandrino en su carta a Fabio menciona entre los mártires de Alejandría en tiempos de Decio a un Isidoro y se cree que se trata de este, aunque San Dionisio dice que el tal Isidoro murió en la hoguera. Existen otras “passiones” coptas, escritas en romance, que fueron publicadas en la Analecta bolandista XXXII, en el año 1913.


Dice una tradición popular griega que gracias al glorioso martirio del protomártir de Quíos, Isidoro, los lentiscos del sur tienen ese agradable aroma típico de la isla, ya que fueron santificados por el ensangrentado cuerpo de este atleta de la fe; por eso lloran y dan esa fragancia. Las llamadas lágrimas de San Isidoro (así las llaman los fieles ortodoxos) son famosas en toda la región y forman parte del patrimonio cultural de la isla. Ya desde el martirio del santo se inició en la isla el cultivo sistemático de este lentisco, abundante en más de una veintena de aldeas del sur de la isla y que ha llegado a ser incluso una fuente de ingresos para las mismas.


Ocho siglos después del traslado parcial de reliquias a Constantinopla, en el año 1125, en tiempos del emperador bizantino Juan II Comneno (1118-1143), los venecianos conquistaron la isla de Quíos y robaron las reliquias de San Isidoro que allí permanecían, llevándoselas a Venecia, donde las pusieron en una capilla con su nombre en el interior de la Catedral de San Marcos. Este robo es contado por el mismo autor del hurto, un tal Cerbano Cerbani. Otras reliquias del santo son veneradas en Zadar (Croacia) y en Martorell (Barcelona).


En el siglo VIII, se construyó en Roma una iglesia en su honor situada entre la Puerta Tiburtina y la iglesia de San Eusebio. De esta iglesia habla el Anónimo de Einsiedeln y a la misma también se refiere un fragmento de un obituario anglosajón que se conserva en Mónaco y que es de la primera mitad del siglo VIII. Fuera de Grecia, se le han dedicado numerosas iglesias.


En el año 1967 y después de numerosas gestiones realizadas por el metropolita Iakovos de Mitilene ante la jerarquía romana, el cardenal Urbani se comprometió a devolver parte de las sagradas reliquias. De esta manera, se colmaron las ilusiones de los creyentes de Quíos, pues las reliquias eran devueltas 842 años después de haber sido sustraídas por los venecianos. Así, el domingo 18 de junio de 1967, festividad de Pentecostés, llegaron parte de las reliquias del protomártir al puerto de la capital. Fueron trasladadas solemnemente a la Santa Iglesia Catedral de los santos Menas, Víctor y Vicente, donde permanecen y son veneradas por los fieles. Anualmente, el día 14 de mayo se celebra en esta magnífica e histórica catedral, la memoria de este santo, participando en dicha celebración tanto el obispo como el conjunto de fieles que conforman la comunidad ortodoxa de Quíos.


El glorioso martirio del protomártir de Quíos, quién es considerado localmente como santo patrono de los panaderos, contribuyó a la amplia difusión de su nombre así como a la erección de numerosos templos en su honor. La iglesia parroquial de Vrontados, erigida entre los años 1887 y 1890, lleva su nombre. Esta iglesia fue ampliada en el año 1953 agregándole una nave lateral puesta bajo el patrocinio de Santa Mírope. Hay iglesias por toda la isla: en Tallaros Campou, Kardamada Campou, Neohori, Nenita, Kallimasia, Armolia, Pyrgi, Mesta, Lishi, Elata, Komi, Dafnonas, Koini, Agios Georgios Sikousis, Avgonima, Parparia, Amades y Paragkli. De hecho, en Neohori, donde se sitúa el lugar exacto del martirio de San Isidoro, este día es su gran fiesta y se celebran sus famosos “alogodromies”, que son una especie de carreras de caballos.


Existe una tradición popular que vincula a San Isidoro con la salud y con el hierro y es por eso por lo que los fieles le hacen ofrendas de objetos de hierro implorando la salud del cuerpo y del alma. Son numerosos los milagros atribuidos a su intercesión y existe en la isla una tradición oral que dice que gracias a él y a San Antimo de Quíos (1869-1960), los pacientes se curan visitando el monasterio de la Panagia de la Salud.


También se atribuye a la presencia de las reliquias del santo en Venecia en el año 1348, el que los venecianos se salvaran de una terrible plaga a la que se vio afectada la ciudad. La intervención milagrosa de San Isidoro hizo que los venecianos tomaran conciencia del valor de su intercesión y es por eso por lo que le dedicaron una capilla en la catedral de San Marcos, capilla que está adornada con unos magníficos mosaicos.


Antonio Barrero



Fuente: preguntasantoral
Adaptación propia

Jueves de la V Semana de Pascua


Hch 14,20-28;15,1-4: En aquellos días, Pablo salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos. Unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.


Jn 9,39-10,9: Dijo Jesús a los judíos que acudieron a él: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece. En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

13/05 - La Santa Mártir Gliceria


Hoy se conmemora a una mártir antigua, de nombre Gliceria, que en griego significa “dulzura”, “dulce”, aunque veremos que fue más bien una mujer de fuerte personalidad y carácter. Para conocer a esta Santa tenemos que recurrir a una Vita greca de la Santa, aunque de ella también se habla, aunque sea de refilón, en la vita de San Partenio de Lampedusa e incluso en la de los mártires de Sebaste.


Passio de la Santa


Según este relato, Gliceria era hija de un oficial romano llamado Macario, de familia ilustre, que llegó a ser nada menos que tres veces cónsul. Siendo niña, su familia se mudó a la ciudad tracia de Trajanópolis. Quedó huérfana al poco de llegar a la adolescencia. Entonces empezó a frecuentar las comunidades cristianas y posteriormente se convirtió al cristianismo. Otras versiones afirman que, en cambio, la fe cristiana le procedía de su padre, quien se le había inculcado. En cualquier caso, ella se dedicaba a confirmar los cristianos en la fe, predicándoles el Evangelio y animándolos en las persecuciones, para que no flaqueasen y se mantuviesen fuertes y fieles a Cristo.


Eran los tiempos del emperador Antonino Pío, quien iniciaba su primer año de reinado. Por entonces, Sabino, el gobernador de Trajanópolis, recibió un edicto de Roma, y fijó un día específico para adorar a Júpiter. Cuando Gliceria lo supo, reunió a sus compañeros de fe y dijo: “El gobernador ha dispuesto un día para que se adore al falso dios de los paganos. Yo voy a recriminárselo y a sufrir por Cristo. Os ruego que recéis por mí al Señor, para que me dé la fuerza suficiente como para resistir los más atroces tormentos.” Ellos, aunque les dolía perderla, no osaron persuadirla, y el día señalado la joven se ungió y lavó, trazó una cruz con crisma en su frente y cubrió su rostro con un velo.


El templo de Júpiter estaba lleno de fieles, y entre sus columnas se filtraban los rayos del sol. Allí estaba Sabino supervisando los sacrificios, al cual se acercó Gliceria y le pidió permiso para mostrarle cómo se debía sacrificar a los dioses. Concedido el permiso, Gliceria avanzó hasta los pies de la estatua del dios, y retirando el velo de su rostro, mostró la cruz que llevaba trazada y que brilló a la luz. Entonces dijo que aquélla era su luz, pues era cristiana, y que aquella luz era el único sacrificio que su Dios aceptaba. Sabino la instó a sacrificar, pero ella replicó que Dios no necesitaba del humo de las ofrendas incineradas en el altar de un falso dios. Ordenó que apagaran las fogatas del templo para que vieran, en efecto, que la cruz marcada en su frente brillaba por sí sola, sin necesidad de luz propia. Luego dijo: “Quiera Dios que los paganos dejen de adorar a esta vulgar estatua y recuperen la sensatez.” A continuación, trazó la señal de la cruz sobre la figura y se oyó un fuerte trueno que abatió la estatua, volcándola de su pedestal, y la arrojó al suelo, haciéndola pedazos.


Esto causó verdadero espanto entre los devotos, que se lanzaron sobre la cristiana, la arrastraron por los cabellos hasta sacarla del templo, entre pisotones y golpes, la tiraron en medio de la calle, y empezaron a apedrearla con violencia. Pero comprobaron atónitos que por más que lo intentaban, ninguna piedra golpeaba a la Santa, de modo que los guijarros caían a su alrededor sin herirla. “Sabed, les dijo, que no soy bruja ni sirvo a los demonios. Es el poder de Jesucristo, Dios hecho hombre, quien me protege, y por ello no siento vuestras piedras”. Entonces Sabino ordenó encarcelarla. Aquella noche, el sacerdote Filócrates acudió a visitar a la prisionera y le dijo: “Anímate, hija. Te esperan largos sufrimientos. Sé fuerte hasta el final.” Y la asistió y consoló con la lectura de las Sagradas Escrituras.


Al día siguiente, Gliceria fue juzgada por el ultraje realizado al dios y sometida a tortura: la colgaron de los cabellos por el techo y la quemaron con antorchas, pero ella afirmó que no sentía ningún dolor, pues Dios la protegía. Entonces, Sabino ordenó que la bajaran y le destrozaran el rostro a golpes. De repente apareció un ángel del Señor que detuvo a los verdugos y los dejó paralizados. Pero ni esto impresionó a Sabino, que mandó encerrarla de nuevo en su celda y sellar su puerta con su sello oficial, para que nadie pudiera entrar a curarla ni a alimentarla. Pero nuevamente esto fue en vano, porque los ángeles del Señor se aparecieron para atenderla. Algunos días después, Sabino rompió el sello y entró a por ella, encontrándola viva y en buen estado. Tampoco esto lo impresionó, y como debía ir a la ciudad de Heraclea para tratar unos asuntos, se la llevó consigo. La comunidad cristiana de dicha ciudad acudió a visitarla y la recibieron con todos los honores. Iba a la cabeza el obispo Domicio (o Dionisio), quien le dijo: “Tanto yo como mis compañeros rezaremos por ti, para que tu dolor se acabe pronto.”


Al día siguiente, la tiraron a un horno encendido, pero no sufrió daños porque cayó un rocío celestial que apagó las llamas. Salió de allí milagrosamente ilesa, por lo que recurrieron a un nuevo tormento: la ataron de manos y pies y le arrancaron la cabellera, desollando también su cabeza y rostro, dejando el cráneo despellejado. A pesar del intenso dolor, ella rezaba fervorosamente a Dios para que le diera fuerzas para soportar el sufrimiento. Su coraje avergonzó a Sabino, de modo que, tras este suplicio, Gliceria fue arrojada de nuevo en la celda, que habían llenado de cascos y piedras afilados para que no pudiera moverse sin herirse con ellos.


Pero no duró mucho su sufrimiento: aquella misma noche el ángel del Señor volvió a socorrerla, curando las heridas de su cabeza desollada y restaurando su belleza. Su carcelero, un hombre llamado Laodicio, no pudo ocultar su admiración al entrar a verla y encontrarla completamente intacta, sin rastro de las horribles lesiones en su rostro y cabeza. Le entró un gran miedo al pensar que podían responsabilizarlo, pero Gliceria lo calmó diciéndole que todo aquello era obra de un ángel. Como Laodicio también había visto al ángel, escuchó las predicaciones de Gliceria, y conmovido por el valor que mostraba, le dijo: “Ojalá yo pudiera estar en tu lugar y ser digno de tan dura prueba.” Ella respondió: “Sigue a Cristo y lo serás.”


Cuando a la mañana siguiente Laodicio trajo de nuevo a Gliceria ante el tribunal, Sabino se indignó al ver que la traía sin grilletes. Cuando le requirió por qué no la había encadenado para trasladarla, Laodicio narró lo que había visto la noche anterior y se proclamó cristiano. Sabio, ofendido, mandó decapitarlo inmediatamente. Los cristianos recogieron el cuerpo del carcelero y le dieron honrosa sepultura, contándolo desde ese momento como uno de los suyos, un mártir de Cristo aunque no hubiese sido bautizado, pues entendieron que él mismo se había bautizado con su propia sangre.


Aún intentó Sabino convencer a Gliceria de que sacrificase a los dioses, diciéndole: “Tu padre fue elegido tres veces cónsul y sirvió bien a Roma, ¿por qué avergüenzas su memoria dedicándote a esta triste secta?”. Ella respondió: “Respeto y honro a mi padre, pero mi corazón y mi vida pertenecen a mi esposo, Jesucristo, quien me da paciencia para resistir tus tormentos. Pero tú ves un prodigio tras otro y no abres tu corazón a Dios, porque los ojos de tu alma están cerrados”. Al oír esto, Sabino, harto, por fin dictó sentencia de muerte contra ella: su destino final era ser devorada por fieras salvajes. Ella acogió con alegría esta noticia. Lanzada a un foso lleno de leones, resultó que, nuevamente, también quedó ilesa, pues una leona, en lugar de atacarla, empezó a lamer dulcemente sus pies, causando estupefacción y la conversión de la multitud que contemplaba el suplicio.


Pero como quiera que aquello se alargaba demasiado, la misma Gliceria oró a Dios en voz alta dándole gracias por las fuerzas concedidas para soportar su martirio y suplicándole que permitiese que de una vez se consumara, para poder ir con Él a la gloria eterna. Entonces una voz respondió del cielo: “Ven, mi fiel sierva Gliceria, que he abierto para ti las puertas del cielo”, y de esa manera Gliceria fue muerta instantáneamente por una segunda leona que se arrojó sobre ella y la mordió en la garganta. Alguna obra de arte la muestra muriendo a espada, pero lo cierto es que la versión de la leona es la más conocida.


Sabino no pudo gozar mucho tiempo de la satisfacción que le produjo la muerte de Gliceria, pues enfermó repentinamente de hidropesía y murió. La comunidad cristiana de Heraclea, con el obispo Domicio a la cabeza, consiguió el cuerpo de la mártir y se encargó de sepultarla en las afueras de la ciudad. La declararon patrona de la ciudad y alzaron un templo en su honor.


Culto y reliquias


En el año 591, los emperadores Mauricio y Heraclio visitaron el templo de Santa Gliceria en Heraclea, el que le habrían dedicado tras su martirio. Se dice que del sepulcro de la Santa fluía una mirra milagrosa. Una tradición local dice que en el siglo VIII las reliquias de la Santa fueron llevadas a Lemnos, aunque en la iglesia de San Jorge en Heraclea se conserva un relicario que guarda el cráneo. A estas reliquias se le atribuyen muchísimos milagros -particularmente curaciones- y también apariciones de la Santa.


La mártir es conocida y venerada tanto en Oriente como en Occidente, aunque en la actualidad es más conocida en el mundo ortodoxo, donde no faltan iconos suyos. De hecho, su nombre, Gliceria, era hasta hace relativamente poco todavía usado entre las mujeres occidentales -en España, por ejemplo-, aunque actualmente está en desuso por considerarse anticuado. No así en Grecia, donde sigue habiendo muchas mujeres llamadas así (Glykeria).


Los sinaxarios bizantinos la conmemoran el 13 de mayo, es decir, hoy, fecha en la cual se la menciona también en el Martirologio Romano.


Iconografía


Santa Gliceria aparece en la mayoría de los iconos como una mujer velada portando la cruz del martirio, que es la iconografía común para toda virgen mártir (parthenomartyris); pero hay algún icono en el que aparece sosteniendo su catedral consagrada en Galatsi (Atenas), que parece ser reciente.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

Miércoles de la V Semana de Pascua


Hch 13,13-24: En aquellos días, Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran: «Hermanos, si tenéis una palabra de exhortación para el pueblo, hablad». Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo: «Israelitas y los que teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años los cuidó en el desierto, aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús».


Jn 6,5-14: En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos y, al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». Lo decía para probarlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se pierda». Los recogieron y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

12/05 - Germán, Patriarca de Constantinopla


Nació el 635, siendo Heraclio emperador bizantino. Su padre fue un prestigioso patricio llamado Justiniano, muerto alrededor del 669 por orden del suspicaz o envidioso emperador Constantino Pogonato.


De la vida y actividad de Germán antes de obtener su primera prelacía sabemos poco. Dos documentos antiguos (un menologio y un sinaxario) nos ponderan su afición a las Escrituras y a la contemplación, su viveza de ingenio y experiencia de los negocios. En todo caso parece que ya antes del 711 era obispo de Cícico, en el Helesponto. Poco después el monotelismo (herejía defensora de una sola voluntad en Cristo), aunque ya había recibido el golpe de muerte en el VI concilio ecuménico de 681, revivió por corto espacio con el emperador Filípico (711-713), el cual presionó de tal modo a Germán que el anciano prelado tuvo la debilidad de ceder en el sínodo de Constantinopla, año 712. Pero su reacción en pro de la ortodoxia fue rápida. Al subir al trono de Oriente el ortodoxo Artemio (Anastasio II) mejora la situación.


Depuesto Juan VI, patriarca heterodoxo de Constantinopla, es nombrado sustituto suyo, en 715, Germán, que cuenta ya unos ochenta años, pero cuyo espíritu joven sabrá resistir los embates de sus adversarios en la época subsiguiente. Se suele colocar al comienzo de su patriarcado un sínodo de 100 obispos donde habrían sido anatematizados los fautores del monotelismo, entre otros los antecesores de Germán en la sede constantinopolitana, Sergio, Pirro y Pablo. El repudio de aquella herejía se manifiesta en la carta del Santo a los armenios, de que hablaremos después. De todos modos, la gloria más excelsa de Germán es su actitud indomable ante la herejía iconoclasta, denominada así por propugnar la destrucción de las imágenes (de Cristo y de los santos).


El furor de este movimiento, avivado por cierta tendencia idealista y antiplástica, data del siglo VIII. Sea por influjo de la actitud hostil de los árabes (para quienes el culto cristiano de tales representaciones sensibles equivalía al idolátrico de los paganos), sea por motivos religiosos de reforma (ante algunos abusos de la época en lo tocante a este culto), tal vez por razones políticas, o mejor aún por la educación del emperador León III el Isáurico (716-741) en un ambiente de paulicianismo maniqueo, lo cierto es que este príncipe desencadena una violenta lucha contra las imágenes en 725 con la adhesión de algunos obispos (sobre todo de Constantino de Nicolia, en Frigia), que quizá veían en el culto de los iconos un estorbo para la conversión de los infieles. Germán resiste desde el principio. Debió de ser bien doloroso para el Santo recordar la escena (a. 717) donde él mismo había coronado a León, conforme al ceremonial ortodoxo, y donde el príncipe había jurado retener la fe verdadera, decisión reiterada por él en carta al papa de Roma Gregorio II. Ahora, en 724-725, León cambia por completo y da comienzo a su campaña iconoclasta. Germán pone en guardia al Pontífice y le informa de su resistencia al emperador; el texto de la carta se ha perdido, pero se conserva la respuesta del Papa de Roma, lleno de admiración ante la actitud vigorosa del patriarca, que contaba entonces unos noventa años: "cada hora me acuerdo de tu entrega y considero mi más sagrado deber el saludarte como a hermano mío y propugnador de la Iglesia".


También se conservan otras tres cartas del Santo referentes a esta misma controversia. Una a Juan, metropolitano de Sinada, a propósito del ya citado Constantino de Nicolia, hostil al culto de las imágenes; otra a éste, recordándole las promesas hechas a Germán de cesar en su actitud iconómaca, y la tercera a Tomás de Claudiópolis: en esta última principalmente se esfuerza el patriarca en demostrar por la Escritura y los Padres que la honra tributada a las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos no es idolatría, sino culto dirigido al prototipo a través de la representación sensible.


Más emotiva es la admonición al mismo emperador (17 de enero del 730), donde el casi centenario prelado se declara dispuesto a morir en defensa del culto de las imágenes: hermoso es dar la vida por el nombre de Cristo, impreso en su efigie externa. Tal grandeza de alma, junto con el apoyo que el Papa de Roma y San Juan Damasceno prestaban al patriarca, contiene a León de tomar decisiones demasiado violentas, pero manifiesta su deseo de que Germán señale sucesor en la sede constantinopolitana. Finalmente, en una reunión celebrada por el emperador, el noble anciano, despojándose de su ropaje episcopal, concluye un largo discurso con estas palabras: "Si soy como Jonás, que se me arroje al mar; pero haría falta un concilio ecuménico para que yo cambiara mis creencias". Después se retira a Platanión, finca de familia, cercana a la capital, y allí muere en 733 o 740.


Las epístolas dogmáticas de Germán fueron leídas y aprobadas con cálidos elogios en la cuarta sesión del segundo concilio Niceno (ecuménico 7.°) el año 787. Otra carta a los armenios defiende la doctrina calcedonense sobre las dos naturalezas en Cristo, rechazando, por otra parte, toda sospecha de nestorianismo. También se explica en ella el dogma cristológico de las dos operaciones y dos voluntades, lo cual es una abierta repulsa del monotelismo.


‘De vitae termino’ es el título latinizado de un diálogo del Santo, donde se justifica el proceder de la divina Providencia al asignar a cada hombre diferente duración de vida: tal discrepancia no proviene de la ciega casualidad; todo está previsto y decretado por Dios. Otro escrito teológico-histórico de Germán enumera concisamente la serie de herejías aparecidas a lo largo de los siglos y los sínodos celebrados para combatirlas.


Especial interés reviste el aspecto oratorio-pastoral del patriarca. Los nueve sermones que llevan su nombre revelan un estilo cuidadoso y una retórica a tono con el ampuloso ambiente literario de la época. El género dialogado, que ya en el siglo IV ocupa un puesto de honor en la homilética, toma, a partir del siglo siguiente, un carácter "nuevo, poético y afectivo". Fecioru nos ofrece recientemente un ejemplo, al editar (en el texto griego de Migne, completado con el del códice gr.964 de la AcademIa Rumana) un sermón de Germán acerca de la Anunciación. 


Desde el punto de vista doctrinal son importantes sus sermones mariológicos, por ejemplo en lo tocante a la mediación universal de la Virgen. Dos de ellos, consagrados a la muerte (= Dormición) de Nuestra Señora, son buen testimonio de la creencia del docto y piadoso patriarca en la asunción corporal y en la realeza de la Madre de Dios. Los golpes de la corrupción no podían quebrar el vaso de la divinidad, ni el cuerpo virginal, todo casto y santo, iba a resolverse en polvo, como el de la antigua Eva, madre del polvo. No así María: Madre de la Vida y de la luz, es transportada al paraíso, llenándolo de su propia gloria; es el tránsito al descanso celeste y a las delicias de Dios.



Fuente: catholic.net

Adaptación propia