26/05 - Carpo y Alfeo, Apóstoles de los 70


San Carpo


Las luchas a vida o muerte de este seguidor y muy cercano compañero del Gran San Pablo tuvieron lugar alrededor del año 70.


Cuando, durante un terremoto, la cima de una colina se partió, creando un abismo peligroso, el Santo Apóstol Carpo temió por su vida. ¿Podría él – uno de los Setenta discípulos elegidos para predicar el Evangelio de Jesucristo– caer dentro del abismo producido por el terremoto? A San Carpo el repentino terremoto lo haría luchar desesperadamente para evitar ser tragado por la tierra. También le daría la lección espiritual más grande de toda su vida.


Este dramático incidente ocurrió durante un período en el cual el santo y futuro mártir había estado rezando a Dios, muy enfadado, rogándole que destruyese a dos viles pecadores. Estos dos desvergonzados infieles estaban seduciendo y pervirtiendo a muchos de los jóvenes que vivían en la Isla de Creta, a donde San Carpo había sido enviado por San Pablo a predicar el Santo Evangelio. Para San Carpo, hombre profundamente piadoso y con gran temor de Dios que había sido nombrado por San Pablo Obispo de Berea en la región de Tracia (hoy en día parte de Turquía y Grecia), la clase de comportamiento pecador que estaba presenciando todos los días en Creta era completamente inaceptable. San Carpo, siendo un hombre profundamente espiritual, solía experimentar  frecuentemente visiones venidas de lo alto –un hecho que impresionó profundamente a su mejor amigo en Creta, San Dionisio el Areopagita, quien visitaba frecuentemente al enviado de San Pablo en la isla-. Cada vez que San Dionisio hablaba con el enfurecido obispo, San Carpo mencionaba una y otra vez las obras despreciables que cometían dichos pecadores, que estaban seduciendo a los inocentes y guiándolos hacia el camino de la perdición.


Fervoroso y devoto miembro de Los Setenta, recordado con mucho afecto por el gran maestro San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo (4, 13), se dice que San Carpo experimentaba visiones del Hijo de Dios y de Sus Santos Angeles cada vez que celebraba la Liturgia Divina. A causa de su intensa espiritualidad, San Carpo se ofendía especialmente por el comportamiento licencioso y deseaba que los dos malhechores fueran “destruidos por el fuego.” Sin embargo, un día, cuando estaba rezando con mucha fuerza este resultado escuchó repentinamente, según los historiadores de ese período, una especie de Voz en su interior: 


“Sigue adelante y continúa atormentándome más, pues estoy dispuesto a sufrir y, más aún, a ser crucificado a causa de la salvación de esa gente.”


No había ninguna posibilidad de equivocación con esa Voz: San Carpo estaba escuchando al Santo Redentor, quien parecía estar diciéndole que esos pecadores debían ser perdonados por sus malas obras y no ser arrojados al fuego. El santo luchó muy profundamente en su alma en contra de esta advertencia, pues no podía pasar por alto su enojo ante este tipo de pecado cometido ante el rostro de Dios.


Un día, cuando estaba planeando pasar la tarde haciendo oración en contra de esos pecadores, se dirigió a la cima de una inmensa colina ventosa, y una vez ahí comenzó una vez más a importunar a Cristo Dios para que enviara un fuego devorador que consumiera a los malvados. Pero en vez de satisfacer su dudosa solicitud, el Todopoderoso envió un terrible terremoto que partió en dos la colina dejando, al santo ante el borde de un abismo aterrorizador. En un rapto de miedo por el peligro que se abría ante sus pies el obispo vio repentinamente a los dos hacedores de mal que odiaba. Ambos estaban trepando por uno de los lados de la colina y estaban a punto de caer en las fauces llenas de colmillos de una serpiente gigante. Mientras el sorprendido San Carpo observaba con creciente angustia, la horrible serpiente salivaba y reía anticipadamente por su terrible comida. Pero justo antes de que los dos pecadores fuesen devorados para siempre bajo las fauces de esta terrible aparición, San Carpo sintió que una ola de compasión se apoderaba de su alma y comenzó a rezar por su rescate. De acuerdo con San Dionisio, quien registró la totalidad del incidente para la posteridad, Jesús respondió instantáneamente a la oración desesperada del santo. Moviéndose a gran velocidad se podían ver las manos del Salvador extendiéndose hacia los pecadores mientras se disponía a sacarlos del abismo... y enviarlos hacia la bendita paz del arrepentimiento y a una nueva vida como creyentes sin mancha del Santo Evangelio.


A San Carpo esta visión le dio la lección de su vida. En vez de destruir a los pecadores –y a pesar de la oración del obispo–, el Señor Dios les había mostrado su misericordia y la oportunidad de arrepentirse y rehacer sus torcidas vidas. Con lágrimas en sus ojos el santo se dio cuenta de que acababa de presenciar el Verdadero Espíritu del Santo Evangelio: la compasión y el perdón que siempre “odia el pecado pero que ama al pecador.”


Después de este acontecimiento que cambió su vida, San Carpo vendría a ser un obispo mucho más bondadoso y compasivo. Sin embargo, sus luchas y sus sufrimientos aún no habían terminado. A los pocos años, mientras predicaba  el Santo Evangelio a los paganos y judíos de la amplia región de Tracia, trabaría conflicto con adoradores de ídolos, así como con sus sacerdotes, quienes resentían profundamente el desafío que San Carpo estaba haciendo en contra de su autoridad.


Murió cubierto de sangre –pero con una oración de perdón en sus labios– alrededor del año 95 de Nuestro Señor, según la mayoría de historiadores de ese período. Sus reliquias fueron enterradas bajo la iglesia que ayudó a construir en Berea. Luego de más de diecinueve siglos, el Bienaventurado Mártir San Carpo continúa inspirando a los Cristianos que tienen problemas con el perdón. Su vida nos recuerda que el propósito de Cristo en la tierra no fue “destruir a los pecadores con fuego” a causa de la ira, sino perdonarlos por causa del amor.


San Alfeo


El Santo Discípulo Alfeo, cuya maravillosa vida como siervo de Jesucristo también es conmemorada en este día, fue el padre de dos de los Apóstoles de entre los Doce Originales: Santiago y el Evangelista San Mateo.


Nacido en la ciudad Galilea de Cafarnaún, en Palestina, el Venerable Alfeo era un hombre piadoso y temeroso de Dios que había enseñado a sus hijos el amor a su prójimo como a ellos mismos. Sin embargo, a pesar de sus enseñanzas, en su juventud este hijo de Leví había elegido ser un despreciable recaudador de impuestos, un funcionario al servicio de los ocupantes romanos de Palestina, quienes tenían la autoridad de recaudar impuestos sobre cualquier producto que se vendiera en la Provincia. Tal y como los otros recaudadores de impuestos de la región, Leví era despiadado a la hora de sacar la mayor cantidad de dinero que pudiera de cada una de sus víctimas. Pero entonces sucedió una cosa maravillosa. Después de haber escuchado las palabras de Jesús durante una de sus visitas de predicación a la región, Santiago y Mateo se convertirían al Santo Evangelio y llegarían a ser dos de los Doce Apóstoles Originales. Al final las amables y reverentes enseñanzas de su humilde padre en Cafarnaúm ayudarían a preparar al recaudador de impuestos (su nombre Cristiano era “Mateo”) para el servicio al Evangelio del Hijo del Hombre.


También se cree que San Alfeo fue el padre de los santos mártires San Abercio (picado por las abejas hasta la muerte cuando fue amarrado a un árbol) y de Santa Elena (apedreada hasta morir). Padre amoroso y bondadoso, según cuentan numerosos registros, no escatimó esfuerzo alguno con el fin de educar a sus hijos para que fuesen ceistianos virtuosos y amorosos. Tan efectiva fue su enseñanza que ambos, hijos e hijas, llegarían a ser, a la larga, santos amados de la Santa Iglesia.


Este padre bendito murió alrededor del año 100 en su nativa Cafarnaún mientras daba gracias a Dios por haberle permitido criar hijos tan maravillosos. Su vida nos enseña sobre la importancia de criar a nuestros hijos con compasión, sabiduría y reverencia por la Santa Palabra de Dios.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Martes de la VII Semana de Pascua


Hch 21,26-32: En aquellos días, Pablo tomó consigo a aquellos hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo para avisar cuándo se cumplían los días de la purificación y cuándo había que presentar la ofrenda por cada uno de ellos. Cuando estaban para cumplirse los siete días, los judíos de Asia, que lo vieron en el templo, alborotaron al gentío y agarraron a Pablo, gritando: «¡Auxilio, israelitas! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra nuestro pueblo, contra nuestra ley y contra este lugar; e incluso ha llegado a introducir a unos griegos en el templo, profanando este lugar santo». Era que antes habían visto con él por la ciudad a Trófimo, el de Éfeso, y pensaban que Pablo lo había introducido en el templo. El revuelo cundió por toda la ciudad, y hubo una avalancha de gente; agarraron a Pablo, lo sacaron a rastras fuera del templo e inmediatamente cerraron las puertas. Y estando ellos a punto de matarlo, dijeron al tribuno de la cohorte: «Toda Jerusalén anda revuelta». Inmediatamente cogió soldados y centuriones y bajó corriendo hacia donde estaban ellos, que, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.


Jn 16,2-13: Dijo el Señor a sus discípulos: «Llegará una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. No os dije estas cosas desde el principio porque estaba con vosotros. Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado. Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

25/05 - Tercera Invención de la Preciosa Cabeza de San Juan el Bautista


El tercer hallazgo de la Venerable Cabeza del Santo Profeta, Precursor y Bautista Juan ocurrió alrededor del año 850.


Fue encontrada en la ciudad de Emesa en Siria la segunda vez y trasladada a Constantinopla. En un encomio de San Teodoro el Estudita, se nos informa de que a principios del siglo IX una parte o toda la cabeza del Honorable Precursor estaba en el Monasterio de Estudion.


La cabeza fue transferida a Comana de Capadocia durante las redadas sarracenas (alrededor de 820) y se ocultó en el suelo durante un período de persecución iconoclasta. Cuando se restauró la veneración de los iconos, «cierto sacerdote» recibió una visión con el lugar exacto donde estaba escondida la cabeza de San Juan el Precursor. El patriarca Ignacio (847-857) comunicó esto al emperador Miguel, quien envió una delegación a Comana. Allí, la cabeza fue encontrada por tercera vez en un recipiente de plata en «un lugar sagrado» alrededor del año 850. 


Luego la cabeza fue transferida nuevamente a Constantinopla el 25 de mayo, fue recibida con gran solemnidad por el emperador, el Patriarca y todo el pueblo, y se colocó en una capilla en la corte imperial. Después se trasladó nuevamente al Monasterio de Estudion.


Ver también el 24 de febrero.


LECTURAS


En Maitines


Lc 7,17-30: En aquel tiempo, lo que Jesús había hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante. Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos, los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?». Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”». En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él». Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo. Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.


En la Liturgia


2 Cor 4,6-15: Hermanos, el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él. Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


Mt 11,1-15: En aquel tiempo, cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!». Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga».



Fuente: goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Traducción del inglés y adaptación propias

Lunes de la VII Semana de Pascua


Hch 21,8-14: En aquellos días, los apóstoles partieron de allí y llegamos a Cesarea; entramos en la casa de Felipe, el evangelista, uno de los Siete, y nos quedamos con él. Este tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban. Permanecimos allí bastantes días; bajó de Judea un profeta de nombre Agabo; vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató los pies y las manos y dijo: «Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén y entregarán en manos de los gentiles al hombre a quien pertenece este cinturón». Al oír esto, tanto nosotros como los de aquel lugar le rogamos que no subiese a Jerusalén. Entonces Pablo respondió, diciendo: «¿Qué hacéis llorando y afligiendo mi corazón? Pues yo estoy dispuesto no solo a que me arresten, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús». Como no se dejaba convencer, dejamos de insistir, diciendo: «Hágase la voluntad del Señor».


Jn 14,27-15,7: Dijo el Señor a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo. Levantaos, vámonos de aquí. Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

24/05 - Nicetas el Estilita y Taumaturgo de Pereaslavia


San Nicetas el Estilita de Pereaslavia era oriundo de la ciudad de Pereyaslávl-Zaleski y estaba a cargo de la recaudación de impuestos. En 1152, el príncipe Yuri Dolgorukiy fundó la ciudad de Pereaslavia y construyó una iglesia de piedra dedicada al Salvador Misericordioso en ese nuevo emplazamiento. Debido al coste de la construcción de la ciudad y la iglesia, fue necesario aumentar los impuestos entre los habitantes. Nicetas cobraba impuestos excesivos sin piedad, quedándose con gran parte del dinero. Esto continuó durante muchos años. Pero el Señor misericordioso, que desea que todos los pecadores se salven, llevó a Niceta al arrepentimiento.


Un día, fue a la iglesia y escuchó las palabras del profeta Isaías: «Lavaos y purificaos; quitad la maldad de vuestras almas de delante de mis ojos; dejad de hacer el mal; aprended a hacer el bien; buscad diligentemente la justicia; librad a los oprimidos; defended al huérfano y haced justicia a la viuda» (Isaías 1:16-17).


Estas palabras, que calaron hondo en su corazón, lo conmovieron profundamente, como si le hubiera caído un trueno. Nicetas no durmió en toda la noche, recordando las palabras: «Lavaos y purificaos». Por la mañana, sin embargo, decidió invitar a algunos amigos a su casa para charlar animadamente y olvidar los horrores de la noche anterior. Una vez más, el Señor llamó a Nicetas al arrepentimiento. Mientras su esposa preparaba la comida para sus invitados, de repente vio que algo subía a la superficie de la olla hirviendo: sangre, cabezas, manos y pies humanos. Horrorizada, llamó a su marido, y Nicetas vio lo mismo. De repente, su conciencia dormida despertó y se dio cuenta de que, al cobrar de más a la gente, actuaba como un ladrón y un asesino. «¡Ay!», exclamó, «¡Cuánto he pecado! ¡Oh, Dios, guíame por tu camino!». Con estas palabras, salió corriendo de la casa.


A tres verstas de Pereaslavia se encontraba un monasterio dedicado al Gran Mártir Nicetas (15 de septiembre), adonde nuestro Nicetas acudió, conmocionado por la terrible visión. Entre lágrimas, cayó a los pies del hegúmeno diciendo: «Salva a esta alma que se pierde».


Entonces el hegúmeno decidió poner a prueba la sinceridad de su arrepentimiento, dándole su primer mandato: permanecer tres días a las puertas del monasterio, confesando sus pecados a todo aquel que pasara. Con profunda humildad, Nicetas cumplió su primer mandato. Tres días después, el hegúmeno se acordó de él y envió a un monje a ver qué hacía a las puertas del monasterio. Pero el monje no encontró a Niceta allí. Lo encontró tendido en un pantano, cubierto de mosquitos y jejenes, sangrando por sus picaduras. Entonces el hegúmeno se acercó al afligido y le dijo:


-¡Hijo mío! ¿Qué te estás haciendo?


-¡Padre! Salva a un alma que perece-, respondió Niketas.


El hegúmeno vistió a Nicetas con un cilicio, lo recibió en el monasterio y lo tonsuró como monje. Abrazando los votos monásticos con todo su corazón, San Nicetas pasaba sus días y noches en oración, cantando salmos y leyendo las vidas de los santos ascetas. Con la bendición del hegúmeno, se puso pesadas cadenas y, en el lugar de sus luchas monásticas, cavó dos pozos profundos. Pronto intensificó sus luchas. Cavó un pozo redondo y profundo, y allí colocó una piedra sobre la cual se puso de pie, convirtiéndose en un hombre de ferviente oración, como los antiguos estilitas. Solo el cielo azul y las estrellas nocturnas lo veían en el fondo de su pozo-pilar, pero había un estrecho pasadizo subterráneo bajo el muro de la iglesia, por el cual Nicetas acudía a la Liturgia.


Así, tras luchar con valentía en el monasterio del Gran Mártir Nicetas, el Venerable Nicetas también encontró la muerte como mártir. Una noche, algunos parientes del santo acudieron a él para pedirle la bendición y, atraídos por el brillo de sus cadenas y cruces, las confundieron con plata y decidieron robarlas. La noche del 24 de mayo de 1186, arrancaron parte del techo, mataron al asceta, se llevaron sus cruces y cadenas, las envolvieron en una lona tosca y huyeron.


Antes de los Maitines, el sacristán, que había acudido a San Nicetas para pedirle la bendición, encontró el techo dañado e informó al hegúmeno. Este y los hermanos se apresuraron a ver al Venerable Estilita y lo encontraron asesinado; su cuerpo desprendía un olor fétido.


Mientras tanto, los asesinos se detuvieron a orillas del río Volga y decidieron repartirse el botín, pero se asombraron al ver que no era de plata, sino de hierro, y arrojaron las cadenas al río. El Señor glorificó estas señales visibles de las luchas y obras ocultas del santo.


Esa noche, Simeón, un piadoso anciano del Monasterio de San Pedro y San Pablo de Yaroslavia, vio tres brillantes rayos de luz sobre el Volga. Informó al hegúmeno del monasterio y a las autoridades de la ciudad. Los sacerdotes reunidos y numerosos habitantes del pueblo, que habían bajado al río, vieron tres cruces y cadenas flotando en las aguas del Volga. Con reverencia y oraciones las llevaron al Monasterio del Gran Mártir Nicetas y las depositaron sobre la tumba de San Nicetas. Al mismo tiempo, se produjeron milagros de curación.


Entre 1420 y 1425, Focio, metropolitano de Kiev, dio su bendición para desenterrar las reliquias de San Nicetas. El hegúmeno del monasterio celebró una Paráclesis con los monjes y luego abrió el ataúd, que contenía un cuerpo incorrupto. De repente, la tumba se llenó de tierra y las reliquias quedaron en el suelo.


Entre 1511 y 1522 se construyó una capilla en honor del mártir monástico Nicetas, y en el siglo XIX el arcipreste A. Svirelin compuso un acatisto al santo.



Fuente: oca.org

Traducción del inglés: Google Translator

Adaptación propia