San Miguel de Tucumán (Argentina) - Elaboración de ‘pins’ de nuestra Asociación


Un grupo de miembros de la Asociación Cultural Cristianismo Bizantino en San Miguel de Tucumán (Tucumán, Argentina), dirigidos por el Acólito José Miguel Costas, Vocal en ese país, han elaborado unos ‘pins’ o prendedores de nuestra Asociación para darla más a conocer que se pueden admirar en las imágenes.



Aunque algunos de ellos serán entregados gratuitamente a algunas personas cercanas al grupo, si alguien estuviera interesado en obtener algún ejemplar, puede encargárselo al Acólito José Miguel a un precio por unidad de 3 USD (más gastos de envío) a través de la dirección de correo electrónico josemiguelcostas@gmail.com. El precio es solo para cubrir el coste de producción del ‘pin’/prendedor, sin existir voluntad alguna de lucro por parte de la Asociación.


Desde la Presidencia felicidamos a nuestros socios tucumanos, y especialmente al Vocal, por su iniciativa y por su implicación en el proyecto de la Asociación.


¡Gloria a Dios por todo!

Domingo anterior al 12/10 - Todos los Santos de la Península Ibérica


Heb 11,32-12,2: Hermanos, ¿para qué seguir? No me da tiempo de referir la historia de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; estos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección. En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


Mateo 4,25-5,12: En aquel tiempo, seguían a Jesús multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania. Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

11/10 - Teófano el Confesor, Obispo de Nicea


Nacido en Jerusalén alrededor del 758 (según la mayoría de historiadores de la Iglesia), San Teófanes y su hermano Teodoro se hicieron monjes en la comunidad de San Sabas el Santificado. Para el Confesor, esta decisión de dejar atrás todas las cosas del mundo ha de haber sido especialmente difícil, ya que poco antes de descubrir su vocación a la vida religiosa había contraído matrimonio con una mujer de la nobleza y de linaje aristocrático.


Durante este período de la historia (cercano a la llegada del s.IX) la Iglesia estaba viviendo tiempos sumamente convulsionados producto del empeño de una serie de Emperadores Bizantinos heréticos que buscaban hacer lo mejor de sí para pervertir las enseñanzas sagradas y los rituales de la Ortodoxia. 

La mayor violencia fue realizada por los Emperadores León el Armenio, Miguel Balbo (también conocido como “El Tartamudo”) y Teófilo: ninguno de los tres se detendrían ante nada con tal de realizar su voluntad en contra de la Iglesia sufriente. 


Durante esta época de guerra sangrienta y de represión, el indesmayable Teófanes pasaría casi 25 años en constante lucha contra los tiranos y personalidades equivocadas dentro de la Iglesia, cuya finalidad era la de eliminar el uso de los iconos religiosos como parte del culto. Sin embargo, determinado a asegurar la permanencia de los iconos, en el 787, San Teófanes se hizo presente en el crucial e importante Segundo Concilio de Nicea, en el cual defendió elocuentemente esta práctica.


La respuesta proveniente del trono de los Emperadores, muchos de los cuales apoyaban este intento herético de quitar los iconos, fue rápida y brutal. San Teófanes fue hecho prisionero en Constantinopla por el Emperador León V y luego, bajo el gobierno de Teófilo, fue exiliado a la isla griega de Samotracia donde murió alrededor del año 838 u 847.


Bajo León V los sufrimientos de Teófanes fueron particularmente terribles, ya que dicho emperador estaba haciendo sus mejores esfuerzos por destruir a la Santa Iglesia exiliando a todos los sacerdotes Ortodoxos y reemplazándolos con herejes que apoyaban la destrucción completa de los santos iconos.


Los dos hermanos Palestinos, San Teófanes y San Teodoro, luego de acceder a representar al patriarca de Jerusalén ante su corte, colisionaron, en primer lugar, contra León V. Estos humildes emisarios hicieron lo mejor que pudieron para mostrar al Emperador que su campaña contra los iconos era una violación contra el Santo Evangelio. El tirano los escuchó cuidadosamente… y luego ordenó que, inmediatamente, los encerrasen en la cárcel más cercana. Sin embargo, después de que ellos se negaran a cambiar de opinión, aún bajo tortura, el Emperador accedió a exiliar a San Teófanes a Tesalónica. A estos hermanos se los llamaba "los Marcados” porque Teófilo, el último emperador iconoclasta, hizo que se les inscribieran con hierro incandescente doce versos yámbicos en la frente.


Teófilo murió muy pronto y su sucesor, Miguel III, no solo reinstauró los iconos de la fe Ortodoxa sino que también permitió que todos aquellos que habían sido exiliados regresasen a la gran ciudad, que era el centro del mundo Bizantino. Finalmente, luego de haber regresado a Constantinopla, este leal santo fue ordenado obispo Metropolitano de Nicea por el Patriarca Metodio.


No obstante el corto período de su encierro y tortura, este erudito pero humilde santo tuvo tiempo de escribir un trabajo histórico importante (la Cronografía) que aseguraría su fama a través de todas las épocas. Consistía esta en un grupo de crónicas históricas bizantinas, egipcias y latinas, un precioso compendio que contiene referencias de fuentes muy antiguas que en la actualidad se han perdido, al tiempo que relata la historia de Bizancio en los siglos VII y VIII. Entre las más importantes descripciones está la del sonado recuento de la gran victoria sobre los invasores árabes de Constantinopla en el 678, una victoria que tuvo lugar sólo después de que los Bizantinos hubieran arrojado grandes bolas de “fuego Griego” (sulfuro ardiente y otros materiales combustibles) sobre la flota árabe, destruyéndola casi por completo. 


Pero estos tesoros históricos no fueron la única contribución que San Teófanes hizo al mundo Bizantino. Como hombre refinado y excelentemente educado, había pertenecido a la gran tradición musical del Monasterio de San Sabas (ubicado cerca de Belén), una fuente inmensamente valiosa de himnos que incluye algunos de los más consumados escritores de cánones, como San Andrés de Creta, San Cosme de Mayuma y San Juan Damasceno. Componiendo sus himnos en la línea de esta tradición sagrada, San Teófanes contribuyó con cerca de 150 cánones (cantos religiosos) al gran cuerpo de la música espiritual buzantina conocida como el "Paraklitikí”.


Debido a la continua lucha por lo que su alma anhelaba –la pureza y la claridad en el culto ritual de la Iglesia- San Teófanes realizó un inmenso servicio en el nombre del Hijo de Dios.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Adaptación propia

11/10 - Felipe el Apóstol de los 70, uno de los 7 diáconos


Todo lo que sabemos acerca de san Felipe se encuentra en los Hechos de los Apóstoles, principalmente en el capítulo 8. Su nombre sugiere que era de origen griego, pero san Isidoro de Pelusio afirma que había nacido en Cesarea (de Palestina).


Su nombre figura en segundo lugar en la lista de los siete diáconos especialmente destinados, en los primeros días de la Iglesia, a cuidar al núcleo de fieles necesitados de protección e instrucción, a fin de que los Apóstoles quedaran desligados de esa obligación y pudieran dedicarse exclusivamente a difundir la «Palabra» (hechos 6,5). Sin embargo, no tardó en ampliarse la tarea de los diáconos, puesto que asistían al sacerdote en el ministerio de la Eucaristía, bautizaban en la ausencia del sacerdote y también ellos predicaban el Evangelio.


San Felipe el diácono ponía tanto entusiasmo en la misión de extender la nueva fe, que ya en el propio Hechos de los Apóstoles se registra para él el sobrenombre de «Evangelista» (Hechos 21,8); también es posible que «evangelista» haya sido un oficio en la primitiva Iglesia (quizás evangelizador, o compositor de evangelios), tal como sugiere la lista de «carismas» de Efesios 4,11.


Cuando los discípulos se dispersaron, después del martirio de san Esteban, él llevó la luz del Evangelio a Samaria. El gran éxito que obtuvo indujo a los Apóstoles a enviar, desde Jerusalén, a san Pedro y a san Juan, para confirmar a los conversos. Entre éstos se hallaba Simón Mago, a quien Felipe había bautizado.


Probablemente, el diácono se encontraba aún en Samaria, cuando un ángel le dio instrucciones para que se dirigiese al sur, hacia el camino que llevaba de Jerusalén a Gaza. Allí encontró Felipe a uno de los altos funcionarios de la reina Candace de Etiopía. El hombre, que sin duda era un africano prosélito de los judíos, iba en viaje de regreso luego de una peregrinación al Templo de Jerusalén y se hallaba sentado sobre una carreta, abstraído y desconcertado por las profecías de Isaías que estaba leyendo. San Felipe se le acercó para explicarle que los vaticinios del profeta ya se habían cumplido totalmente, con la encarnación, el nacimiento y la muerte de Jesucristo. El etíope creyó y fue bautizado.


El Espíritu de Dios condujo después a San Felipe hacia Azoto, donde predicó lo mismo que en todas las ciudades por las que pasaba, hasta llegar a Cesarea, que tal vez era su lugar de residencia.


Unos veinticuatro años después, cuando san Pablo visitó Cesarea, se hospedó en la casa donde san Felipe vivía con sus cuatro hijas solteras, que eran profetisas.


De acuerdo con una tradición griega posterior, san Felipe llegó a ser obispo de Tralles, en Lidia, donde reposó en el Señor mientras predicaba el Evangelio.


Eusebio de Cesarea menciona a Felipe el diácono, aunque no cuenta más que lo que dice Hechos, pero en una sección donde habla de Felipe el apóstol cita un escrito de Próculo donde dice: «Después de Felipe, hubo en Hierápolis (la de Asia) cuatro profetisas que eran hijas de éste. Su sepulcro y el de su padre se hallan en aquel lugar» (H.E. III,31,4). Parece claro que, aunque Eusebio se haya confundido y citado este testimonio en relación a Felipe el apóstol, se refiere en realidad, con toda probabilidad, a Felipe el diácono que celebramos hoy, cuyas cuatro hijas, vírgenes y profetisas, son ya conocidas por el Nuevo testamento (Hechos 21,9).


LECTURAS


Hch 8,26-39: En aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: «Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto». Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías. El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y pégate a la carroza». Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: «¿Entiendes lo que estás leyendo?». Contestó: «¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?». E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este: Como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, así no abre su boca. En su humillación no se le hizo justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia? Pues su vida ha sido arrancada de la tierra. El eunuco preguntó a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?». Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?». Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.



Fuente: eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Domingo del VII Concilio Ecuménico


El Séptimo concilio ecuménico fue celebrado en el año 787 a causa de la controversia iconoclasta.


Los legados del Papa de Roma habían tenido que abandonar la ciudad de Constantinopla tras el fracasado intento de celebrar allí un concilio que tratase de la Iconoclasia debido a la violencia de la soldadesca iconoclasta. En Sicilia, ya de vuelta a Roma, fueron reclamados por la emperatriz Irene, que había remplazado a las tropas amotinadas por otras mandadas por oficiales en quienes confiaba. Hecho esto, se convocó un nuevo concilio para el año 787 en Nicea de Bitinia. Las cartas del papa de Roma a la emperatriz y al patriarca de Constantinopla demuestran que la Santa Sede aprobó la convocatoria del concilio. El Papa escribió después a Carlomagno:" "Et sic synodum istam, secundum nostram ordinationem, fecerunt" (y así celebraron este concilio siguiendo nuestras indicaciones).


La emperatriz regente y su hijo no asistieron en persona a las sesiones, pero estaban representadas por dos oficiales de alto rango: Petronio, patricio y cónsul anterior y el chambelán imperial y Secretario de estado (logothétēs), Juan, con el que estaba asociado como secretario el patriarca anterior, Nicéforo. Las actas representan constantemente a la cabeza de los miembros eclesiásticos a los dos legados romanos, el arcipreste Pedro y el abad Pedro; detrás de ellos venía Tarasio, patriarca de Constantinopla y después dos monjes orientales y sacerdotes, Juan y Tomás, representantes de los patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén.


Las operaciones del concilio muestran que Tarasio, hablando con propiedad, dirigía las sesiones. Los monjes Juan y Tomás afirmaban representar a los patriarcas orientales, aunque éstos no sabían que el concilio había sido convocado. Sin embargo no era un fraude por su parte: habían sido enviados, no por los patriarcas, sino por los monjes y sacerdotes de rango superior que actuaban como ‘sedibus impeditis’, en lugar de los patriarcas a los que se impidió actuar por si mismos. Su excusa era la necesidad. Más aún, Juan y Tomás no firmaron en el concilio como vicarios de los patriarcas sino simplemente en nombre de las sedes apostólicas de Oriente. Con la excepción de estos monjes y de los legados romanos, todos los miembros del concilio eran súbditos del imperio bizantino. Su número, obispos y representantes de obispos, varía en los historiadores antiguos de 33p a 367. Nicéforo comete un error manifiesto al hablar de 150 miembros: las Actas del concilio que aún existen muestran no menos de 308 obispos o representantes de obispos, a los que hay que añadir un cierto número de monjes, archimandritas, secretarios imperiales y clérigos de Constantinopla que no tenían derecho al voto.


La primera sesión se abrió en la iglesia de Santa Sofía el 24 de septiembre de 787. Tarasio inauguró el concilio con un breve discurso: “El año pasado, al principios de agosto, se quiso celebrar, bajo mi presidencia, un concilio de la iglesia de los Apóstoles en Constantinopla; pero aunque la ausencia de algunos obispos a los que hubiera sido fácil contar, y cuyos nombre prefiero no mencionar, puesto que todos los conocen, fue imposible celebrar el concilio. Los soberanos se han dignado convocar otro en Nicea y Cristo ciertamente les premiará por ello. Es a este Señor y Salvador al que los obispos deben también invocar para pronunciar después el juicio equitativo de forma justa e imparcial”.


A continuación los miembros procedieron a la lectura de varios documentos oficiales, después de lo cual, se permitió tomar sus asientos a los obispos iconoclastas que se habían retractado. Otros siete que habían conspirado el año anterior para que el concilio no se celebrara, se presentaron y declararon estar preparados para profesar la fe de los padres, pero la asamblea se enzarzó en una larga discusión sobre la admisión de herejes y pospuso su caso para otra sesión. El 26 de septiembre se celebró la segunda, durante la cual se leyeron las cartas del papa a la emperatriz y al patriarca Tarasio, que se declaró en completo acuerdo con la doctrina manifestada en dichas cartas. El 28 ó 29 de septiembre, en la tercera sesión, se permitió a algunos obispos que se habían retractado de sus errores, tomar sus asientos, después de lo cual se leyeron varios documentos. La cuarta sesión se celebró el 1 de octubre. Y en ella, los secretarios del concilio leyeron largas series de citas de la Biblia y de los Padres a favor de la veneración de las imágenes.


Después se presentó el decreto dogmático, que fue firmado por todos los miembros presentes, por los archimandritas de los monasterios y por algunos monjes. Los legados papales añadieron una declaración en el sentido de que estaban dispuestos a recibir a todos los que habían abandonado la herejía iconoclasta. En la quinta sesión, el 4 de octubre, se leyeron pasajes de los padres que declaraban, o parecían declarar, contra la adoración de las imágenes, pero la lectura no continuó hasta el final y el concilio decidió a favor de la restauración y veneración de las imágenes. El 6 de octubre, en la sexta sesión, se refutaron las doctrinas del conciliabulum de 753. La discusión parecía no tener fin, peo a lo largo de ella se dijeron varias cosas dignas de mención. La siguiente sesión, del 13 de octubre, fue especialmente importante porque se leyó el horos, o decisión dogmática de l concilio. La última sesión (octava) se celebró el 23 de octubre en el Palacio Magnaura, en Constantinopla, en presencia de la emperatriz y de su hijo. Se pronunciaron discursos, se firmaron los nombres y hubo aclamaciones.


El concilio promulgó 22 cánones relativos sobre puntos de disciplina , que se pueden resumir de la siguiente manera:


• Canon 1: El clero debe observar los “santos cánones” que incluyen los apostólicos, los de los seis concilios ecuménicos previos, los de los sínodos particulares que han sido publicados en otros sínodos, y los de los Padres.


• Canon 2: Los candidatos a obispos deben conocer el Salterio de memoria y deben leer con detenimiento, no de forma superficial, todas las Sagradas escrituras.


• Canon 3 condena el nombramiento de obispos, presbíteros y diáconos por los príncipes seculares.


• Canon 4: Los obispos no han de pedir dinero a su clero: cualquier Obispo que por avaricia priva a uno de su clérigos es él mismo depuesto.


• Canon 5 va dirigido contra los que presumen de haber obtenido preferencias eclesiásticas con dinero, y recuerda el canon apostólico numero treinta y los cánones de Calcedonia contra los que compran promociones con dinero.


• Canon 6: Los Sinodos provienciales deben celebrarse anualmente.


• Canon 7: Las reliquias han de ser colocadas en todas las Iglesias: ninguna iglesia debe ser consagrada si no tiene reliquias.


• Canon 8 prescribe las precauciones que han de tomarse contra los falsos conversos del judaísmo.


• Canon 9: Todos los escritos contra las imágenes venerables han de ser entregados, para ser encerrados con otros escritos heréticos.


• Canon 10: contra los clérigos que abandonan sus propias diócesis sin permiso y se convierten en capellanes privados de grandes personajes.


• Canon 11: Cada iglesia y cada monasterio ha de tener su propio ecónomo.


• Canon 12: contra los obispos y abades que entregan propiedades de la iglesia a señores temporales.


• Canon 13: Las residencias episcopales, monasterios y otros edificios eclesiásticos convertidos a usos profanos han de ser devueltos a su propietario legal.


• Canon 14: las personas tonsuradas no ordenadas como lectores no deben leer la Epístola o el Evangelio en el púlpito.


• Canon 15: contra la pluralidad de beneficios.


• Canon 16: El clero no ha de llevar vestidos suntuosos.


• Canon 17: Los monjes no han de salir de sus monasterios para construir otras casas de oración sin tener los medios para hacerlo.


• Canon 18: Las mujeres no han de vivir en las casa de los obispos o en los monasterios de hombres.


• Canon 19: Los superiores de Iglesias y monasterios no han de pedir dinero a los que entran en el estado clerical o monástico. Pero la dote traída por un novicio a una casa religiosa debe retenerse en dicha casa si el novicio la abandona sin ninguna falta por parte del superior.


• Canon 20 prohíbe los monasterios dobles.


• Canon 21: Un monje o monja no debe abandonar un convento para irse a otro.


• Canon 22: entre los laicos, personas de distintos sexos pueden estar juntas, siempre que den gracias y se comporten con decoro. Pero entre los religiosos , los de sexos opuestos pueden comer juntos solo en presencia de varios hombre y mujeres temerosos de Dios, excepto en un viaje cuando la necesidad obliga.


LECTURAS


En Vísperas


Gén 14,14-20: Cuando Abrán oyó que su sobrino había caído prisionero, reunió a sus hombres adiestrados, trescientos dieciocho nacidos en su casa, y emprendió la persecución de aquellos hasta Dan. De noche cayó sobre ellos con su tropa, los batió y persiguió hasta Joba, al norte de Damasco. Recuperó todas sus posesiones y se trajo también a su hermano Lot con sus posesiones, las mujeres y la tropa. Cuando Abrán volvía de derrotar a Quedorlaomer y a los reyes aliados, salió a su encuentro el rey de Sodoma en el valle de Save, o sea el valle del Rey. Entonces Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y le bendijo diciendo:«Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos».


Dt 1,8-11;15-17: Dijo Moisés a los hijos de Israel: «El Señor nuestro Dios nos dijo en el Horeb: “Mirad: yo os entrego esa tierra; id y tomad posesión de la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y a sus descendientes”. Entonces yo os dije: “Yo solo no puedo cargar con vosotros. El Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado, y hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo. Que el Señor, Dios de vuestros antepasados, os haga crecer mil veces más y os bendiga, como os prometió. Entonces tomé de los jefes de vuestras tribus, hombres sabios y expertos, y los constituí jefes vuestros: jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez, y oficiales para vuestras tribus. Y di esta orden a vuestros jueces: “Escuchad a vuestros hermanos y juzgad con justicia las causas que surjan entre vuestros hermanos o con emigrantes. No seáis parciales en la sentencia, oíd por igual a pequeños y grandes; no os dejéis intimidar por nadie, que la sentencia es de Dios. Si una causa os resulta demasiado difícil, pasádmela, y yo la resolveré”».


Dt 10,14-18;20-21: Dijo Moisés a los hijos de Israel: «Del Señor son los cielos, hasta el último cielo, la tierra y todo cuanto la habita. Mas solo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó, y de su descendencia os escogió a vosotros entre todos los pueblos, como sucede hoy. Circuncidad vuestro corazón, no endurezcáis vuestra cerviz, pues el Señor, vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, el Dios grande, fuerte y terrible, que no es parcial ni acepta soborno, que hace justicia al huérfano y a la viuda, y que ama al emigrante, dándole pan y vestido. Temerás al Señor, tu Dios, le servirás, te adherirás a él y en su nombre jurarás. Él es tu alabanza y él es tu Dios, que hizo a tu favor las terribles hazañas que tus ojos han visto».


En la Liturgia


Tit 3,8-15: Hijo mío, Tito, es palabra digna de crédito y en ella quiero que te afiances, para que cuantos han creído en Dios pongan el máximo interés por destacarse en el buen obrar. Esto es bueno y provechoso para todos. Evita disquisiciones estúpidas, genealogías, polémicas y disputas sobre la ley, ya que son inútiles y vanas. Huye del que es sectario después de haberlo amonestado una o dos veces, sabiendo que es un pervertido, un pecador y que es él quien se condena a sí mismo. Cuando te haya enviado a Artemas o a Tíquico, procura venir enseguida a mi lado, a Nicópolis, pues he decidido pasar allí el invierno. Provee con generosidad de cuanto sea necesario a Zenas el maestro de la ley y a Apolo, para que no les falte de nada. Y que aprendan también los nuestros a destacarse en el buen obrar cuando haya necesidades urgentes. Será entonces cuando realmente den fruto. Te saludan todos los que están conmigo. Saluda a los que nos aman en la fe. La gracia esté con todos vosotros.


Lc 8,5-15: Dijo el Señor esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron. Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola. Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro. Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».



Fuente: ec.aciprensa.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia