01/06 - Justino el Filósofo y Mártir y sus Compañeros


Uno de los más distinguidos mártires del reinado de Marco Aurelio fue san Justino. A pesar de que era laico, fue el primer apologeta cristiano cuyas obras principales han llegado hasta nosotros. Sus escritos ofrecen detalles muy interesantes sobre los primeros años del santo y las circunstancias de su conversión.


El mismo Justino cuenta que era samaritano, ya que había nacido en Flavia Neápolis (Nablus, cerca de la antigua Siquem); no conocía el hebreo, pues sus padres eran paganos, probablemente de origen griego. Justino recibió una excelente educación liberal, que aprovechó muy bien, y se consagró especialmente al estudio de la retórica y a la lectura de los poetas e historiadores. Más tarde, su sed de saber le movió a estudiar filosofía. Durante algún tiempo profundizó el sistema de los estoicos, pero lo abandonó al comprender que no tenían nada que enseñarle sobre Dios. Recurrió entonces a un maestro peripatético, pero el interés de éste por el dinero, le decepcionó muy pronto. Los pitagóricos le dijeron que, para empezar, necesitaba conocer la música, la geometría y la astronomía. Finalmente, un discípulo de Platón le ofreció enseñarle la ciencia de Dios. Un día en que paseaba por la playa, tal vez en Éfeso, reflexionando sobre uno de los principios de Platón, vio que le seguía un venerable anciano; al punto empezó a discutir con él el problema de Dios. El anciano despertó su interés, diciéndole que él conocía una filosofía más noble y satisfactoria que cuantas Justino había estudiado; Dios mismo había revelado dicha filosofía a los profetas del Antiguo Testamento y su punto culminante había sido Jesucristo. El anciano exhortó al joven a pedir que se le abrieran las puertas de la luz para llegar al conocimiento que sólo Dios podía dar. La conversación con el anciano movió a Justino a estudiar la Sagrada Escritura y a informarse sobre el cristianismo, aunque ya desde antes se había interesado por la religión de Jesús: «Aun en la época en que me satisfacían las enseñanzas de Platón -escribe-, al ver a los cristianos arrostrar la muerte y la tortura con indomable valor, comprendía yo que era imposible que hubiesen llevado la vida criminal de que se les acusaba». A lo que parece, Justino tenía unos treinta años cuando se convirtió al cristianismo; pero ignoramos el sitio y la fecha exacta de su bautismo. Muy probablemente tuvo éste lugar en Éfeso o en Alejandría, pues consta que Justino estuvo en esas ciudades.


Aunque ya había habido antes algunos apologetas cristianos, los paganos conocían muy poco de las creencias y las prácticas de los discípulos de Cristo. Los primitivos cristianos, la mayor parte de los cuales eran hombres sencillos y poco instruidos, aceptaban tranquilamente las falsas interpretaciones para proteger los sagrados misterios contra la profanación. Pero Justino estaba convencido, por su propia experiencia, de que muchos paganos abrazarían el cristianismo, si se les presentaba en todo su esplendor. Por otra parte -citemos sus propias palabras- «tenemos la obligación de dar a conocer nuestra doctrina para no incurrir en la culpa y el castigo de los que pecan por ignorancia». Así pues, tanto en su enseñanza como en sus escritos, expuso claramente la fe y aun describió las ceremonias secretas de los cristianos. Ataviado con las vestimentas características de los filósofos, Justino recorrió varios países, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, En Roma tuvo una argumentación pública con un cínico llamado Crescencio, en la que demostró la ignorancia y la mala fe de su adversario. Según parece, la aprehensión de Justino en su segundo viaje a Roma se debió al odio que le profesaba Crescencio. Justino confesó valientemente a Cristo y se negó a ofrecer sacrificios a los ídolos. El juez le condenó a ser decapitado. Con él murieron otros seis cristianos, una mujer y cinco hombres. Desconocemos le fecha exacta de la ejecución.


Los únicos escritos de Justino mártir que nos han llegado completos son las dos Apologías y el Diálogo con Trifón. La primera Apología, de la que la segunda no es más que un apéndice, está dedicada al emperador Antonino, a sus dos hijos, al senado y al pueblo romanos. En ella protesta Justino contra la condenación de los cristianos por razón de su religión o de falsas acusaciones. Después de demostrar que es injusto acusarles de ateísmo y de inmoralidad insiste en que no sólo no son un peligro para el Estado, sino que son ciudadanos pacíficos, cuya lealtad al emperador se basa en sus mismos principios religiosos. Hacia el fin, describe el apologeta el rito del bautismo y de la misa dominical, incluyendo el banquete eucarístico y la distribución de limosnas. El tercer libro de Justino es una defensa del cristianismo en contraste con el judaismo, bajo la forma de un diálogo con un judío llamado Trifón. Parece que san Ireneo utilizó un tratado de Justino contra la herejía.


Las actas del juicio y del martirio de san Justino son uno de los documentos más valiosos y auténticos que han llegado hasta nosotros. El prefecto romano, Rústico, ante el que comparecieron Justino y sus compañeros, los exhortó a someterse a los dioses y a obedecer a los emperadores. Justino replicó que no era un delito obedecer a la ley de Jesucristo:


Rústico: ¿En qué disciplina estás especializado?


Justino: Estudié primero todas las ramas de la filosofía; acabé por escoger la religión de Cristo, por desagradable que esto pueda ser para los que se hallan en el error.


Rústico: Pero, debes estar loco para haber escogido esa doctrina.


Justino: Soy cristiano porque en el cristianismo está la verdad.


Rústico: ¿En qué consiste exactamente la doctrina cristiana?


Justino le explicó que los cristianos creían en un solo Dios, creador de todas las cosas y que confesaban a su hijo, Jesucristo, anunciado por los profetas, quien había venido a salvar y juzgar a la humanidad. Rústico preguntó entonces dónde se reunían los cristianos.


Justino: Donde pueden. ¿Acaso crees que todos nos reunimos en el mismo sitio? No. El Dios de los cristianos no está limitado a un solo lugar; es invisible y se halla en todas partes, así en el cielo como en la tierra, de suerte que los cristianos pueden adorarle en todas partes.


Rústico: Está bien. Pero dime entonces, dónde te reuniste tú con tus discípulos.


Justino: Siempre me he hospedado en casa de un hombre llamado Martín, junto a los baños de Timoteo. Este es mi segundo viaje a Roma y nunca me he alojado en otra parte. Todos los que lo desean pueden ir a verme y oírme en casa de Martín.


Rústico: Así pues, ¿eres cristiano?


Justino: Sí, soy cristiano.


Después de preguntar a los otros si eran también cristianos, Rústico dijo a Justino:


Rústico: Dime, tú que eres elocuente y crees poseer la verdad, si yo te mando torturar y decapitar, ¿crees que irás al cielo?


Justino: Si sufro por Cristo todo lo que dices, espero recibir el premio prometido a quienes guardan sus mandamientos. Yo creo que todos los que cumplen sus mandamientos permanecen en gracia de Dios eternamente.


Rústico: ¿De suerte que crees que irás al cielo a recibir el premio?


Justino: No es una simple creencia, sino una certidumbre. No tengo la menor duda sobre ello.


Rústico: Está bien. Acércate y sacrifica a los dioses.


Justino: Ningún hombre sensato renuncia a la verdad por la mentira.


Rústico: Si no lo haces, te mandaré torturar sin misericordia.


Justino: Nada deseamos más que sufrir por nuestro Señor Jesucristo y salvarnos. Así podremos presentarnos con confianza ante el trono de nuestro Dios y Salvador para ser juzgados, cuando se acabe este mundo.


Los otros cristianos ratificaron cuanto había dicho Justino. El juez los sentenció a ser flagelados y decapitados. Los mártires murieron por Cristo en el sitio acostumbrado. Algunos de los fieles recogieron, en secreto, los cadáveres y les dieron sepultura, sostenidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea dada gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Como es natural, existe una literatura muy abundante sobre un apologeta, cuya vida y escritos plantean tantos problemas. Recomendamos a este propósito la excelente bibliografía que da G. Bardy en su artículo Justin en DTC, vol. vm (1924), ce. 2228/2277. Fuera del hecho de su martirio, todo lo que sabemos acerca de San Justino se reduce a lo que él mismo nos cuenta en su «Diálogo con Trifón». San Ireneo, Eusebio y san Jerónimo, mencionan a san Justino, pero apenas añaden algún dato nuevo. El texto de las actas de su martirio se halla en Acta Sanctorum (junio, vol. I). En casi todas las colecciones modernas de actas de los mártires, se encuentran las actas de san Justino. Es curioso que en Roma no se conserve ninguna huella del culto a san Justino; su nombre no se halla ni en el calendario filocaliano ni en el Hieronymianum.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

Lunes del Espíritu Santo


Es costumbre de la Iglesia bizantina que el día después de toda gran fiesta se honre a aquellos mediante los cuales tuvo lugar: nuestra Señora el día después de la Natividad del Señor, Joaquín y Ana después de la Natividad de nuestra Señora, el Santo Bautista después de la Teofanía, etc.


Así pues, en este día honramos a nuestro Dios el Espíritu Santo, el Consolador prometido por nuestro Salvador a sus discípulos (Juan 14,16), que descendió sobre ellos en la Santa Pentecostés y los guió «a toda verdad» (ibid. 16,13), y a nosotros a través de ellos.


Descanso de las labores.


LECTURAS


Ef 5,8-19: Hermanos, antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará. Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor.


Mt 18,10-20: Dijo el Señor: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. Pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños. Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».



Fuente: goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propia

31/05 - Hermias el Mártir de Comana


El Santo Mártir Hermias vivió en la Comana de Capadocia en tiempos del emperador romano Marco Aurelio, también llamado Antonino (161-180), o en el de Antonino Pío (138-161)  Había formado parte de las tropas del César desde muy joven y rápidamente se distinguió por su valentía, su destreza y su espíritu de lucha, lo cual obtuvo debido a su fe en Jesucristo.


Durante el reinado de Marco Aurelio (138-161 d.C.) estalló una gran persecución contra los cristianos. Hermias fue de los primeros en ser detenidos, siendo ignorados sus grandes servicios a la nación y su respetada avanzada edad. Fue llevado ante el Dux Sebastián, quien le ordenó ofrecer sacrificios a los ídolos. Pero el santo, inquebrantable e inmutable, se negó a traicionar a su Señor y sacrificar a los extraños ídolos paganos. 


Con la dulzura que le caracterizaba, respondió a las solicitudes de los tiranos: "Sería muy absurdo, respetado señor, abandonar la luz y preferir la oscuridad, abandonar la verdad y abrazar la mentira, renunciar a la vida y preferir la muerte. Sería absurdo al final de mi vida perder estos preciosos bienes." Entonces, lleno de ira, el Dux ordenó que lo torturasen duramente. Primero le golpearon en la cara, luego le cortaron la piel y finalmente le arrancaron los dientes. Después le arrojaron a un horno de leña. Cuando fue abierto el horno tres días después, con la intervención y con la gracia de Dios, el Santo salió sano y salvo de toda aquella terrible tortura.


El gobernador Sebastián ordenó a cierto mago que envenenara a Hermias con una poción. La bebida venenosa no hizo daño al santo. Una segunda copa con un veneno aún más fuerte tampoco logró matar al Santo. El mago, asombrado de que Hermias todavía estuviese vivo, creyó en Cristo el Salvador, siendo decapitado de inmediato. Este mago, cuyo nombre no conocemos, fue bautizado con su propia sangre y recibió la corona del martirio.


Hermias fue sometido a torturas aún más terribles. Le rompieron los tendones, le arañaron el cuerpo con instrumentos afilados, lo arrojaron en aceite hirviendo y le sacaron los ojos, pero fue salvo gracias al Señor Jesucristo. Luego suspendieron al mártir cabeza abajo. Durante tres días estuvo colgado en esta posición. Las personas enviadas por el gobernador para verificar su muerte lo encontraron vivo. Atacados por el milagro, fueron cegados por el miedo y comenzaron a pedir al Santo ayuda. El santo mártir ordenó a los ciegos acercarse a él, y los sanó en el nombre de Jesucristo.


Enojado, el gobernador ordenó que se despellejara la piel del cuerpo del santo, pero él siguió vivo. Entonces el enloquecido Sebastián lo decapitó con su propia espada, regalándole la corona de la gloria en el año 160 d.C. 


Más tarde, los cristianos enterraron secretamente el cuerpo del mártir Hermias, cuyas reliquias otorgaron numerosas curaciones.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Adaptación propia

Pentecostés (El Descenso del Espíritu Santo)


El Espíritu que a los pescadores ha convertido en teólogos


La solemnidad de Pentecostés nos lleva a vivir nuevamente el don gratuito del Espíritu Santo, el nacimiento de la Iglesia y nuestra vida en Cristo. Una de las obras de Nicolás Cabásilas, teólogo bizantino del siglo XIV, se titula "La vida en Cristo" y no es otras cosa que un comentario de los sacramentos de iniciación cristiana - Bautismo, Crismación y Eucaristía - y de la consagración del altar, aplicados a la vida del creyente; para cada cristiano, la vida en Cristo, don del Espíritu, nos viene dada por medio de los sacramentos.


En todas las liturgias orientales se subraya, en cada uno de los sacramentos, el papel del Espíritu Santo y, por ello, la importancia de la epíclesis, es decir, de la invocación, en vista a la consagración del pan y del vino y de la santificación del agua y del aceite. Por ello, cada hora de oración en la tradición bizantina comienza con una invocación al Espíritu que está siempre "presente, y en todas partes".


Pentecostés se celebra cincuenta días después de la Pascua, y es una de las fiestas más antiguas del calendario cristiano. Hablan de ella Tertuliano y Orígenes en el siglo III como fiesta anual, y en el siglo IV ésta forma parte del patrimonio teológico y litúrgico de las diversas Iglesias: Egeria indica su celebración en Jerusalén, tenemos además textos de los Padres Capadocios y de otros autores cristianos y, en el siglo VI, diversos kontákia de Román el Melódico.


El oficio propone repetidamente el tema de la renovación, del cambio operado en el corazón de los hombres: "El Espíritu santo hace brotar las profecías, ordena a los sacerdotes, ha enseñado la sabiduría a los iletrados, ha convertido teólogos a los pecadores, tiene firme todo armónico ordenamiento de la Iglesia".


En las Vísperas encontramos diversas confesiones trinitarias: Pentecostés, de hecho, es una teofanía sobretodo trinitaria y nunca la contemplación de una de las Personas de la Santa Trinidad puede olvidar el misterio que en ella se esconde: "Santo Dio, que has creado todo mediante el Hijo, con la sinergia del santo Espíritu; Santo fuerte, por el cual hemos conocido el Padre y por el cual el Espíritu ha venido al mundo; Santo inmortal, oh Espíritu Paráclito, que del Padre procedes y en el Hijo reposas. Trinidad Santa, gloria a ti". Y además: "Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido el Espíritu celeste, hemos encontrado la fe verdadera, adorando la indivisible Trinidad..." texto que pasará a la Divina Liturgia justo después de la comunión, subrayando el nexo entre Pentecostés, el don del Espíritu y la Eucaristía.


El don del Espíritu que renueva a los discípulos, que renueva a toda la Iglesia, viene subrayado también por el tropario de la fiesta: "Bendito eres tú, Cristo Dios nuestro: tú has convertido en sabios a los pescadores, enviándoles el Espíritu Santo, y por medio de ellos ha recogido en la red al universo. Amigo de los hombres, gloria a ti".


En la liturgia del día resplandecen las tres grandes plegarias de las genuflexiones hechas el domingo en las vísperas, incluso celebrada sin solución de continuidad al final de la Divina Liturgia. En la liturgia del día resplandecen las tres grandes plegarias de las genuflexiones hechas en el oficio de Vísperas del Domingo, que a veces es celebrado al final de la Divina Liturgia.


Se trata de tres plegarias que tienen casi la forma de prefacios litúrgicos donde se evoca el misterio de Dios y todo lo que Él ha hecho por la redención del hombre: "Señor inmaculado, incorruptible, infinito, invisible, inaccesible, inexpresable, inmutable, inconmensurable, inmortal, Dios Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: el cual por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió de los cielos, tomó carne por el Espíritu de la Virgen María, da a tu pueblo la plenitud de tu amor, santifícanos por el poder de tu brazo ".


Estas plegarias son recitadas de rodillas no tanto por un carácter penitencial, sino para indicar el momento de la invocación y de la acogida del Espíritu Santo. La celebración de Pentecostés como Teofanía Trinitaria subraya que hoy el don del Espíritu a la Iglesia y a cada cristiano es un don a todo el pueblo de Dios; los Hechos de los Apóstoles (2, 4) dicen que todos estaban llenos del Espíritu Santo, y de hecho todos los bautizados nos convertimos en pneumatofori, es decir, portadores del Espíritu.


El don del Espíritu es un don de unidad; los Hechos de los Apóstoles enfatizan la unidad entre los creyentes, Pentecostés es vista como la contrapunto de la torre de Babel porque el Espíritu Santo porta unidad y nos hace capaces de hablar una sola voz. El don del Espíritu es también un don de diversidad: las lenguas de fuego descendieron sobre cada uno de los presentes; Pentecostés, de hecho, no abole la diversidad sino que hace que esa diversidad - y ser nosotros mismos como somos, y con sus particularidades - deja de ser motivo de separación.


Finalmente el icono de Pentecostés. Es un icono litúrgico; los Apóstoles están reunidos como en la celebración litúrgica, en torno al trono vacío, preparado para Cristo. La presencia de Pedro y Pablo indica la presencia de toda la Iglesia congregada por el Espíritu. Ella nace en una situación de profunda comunión entre los apóstoles, en un contexto en el cual debería manar también la comunión para toda la Iglesia, para todo el mundo.


Manuel Nin, L’Osservatore Romano, 31 de Mayo de 2009

Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López


LECTURAS


En Vísperas


Núm 11,16-17;24-29: Dijo el Señor a Moisés: «Tráeme setenta ancianos de Israel, de los que te conste que son ancianos servidores del pueblo, llévalos a la Tienda del Encuentro y que esperen allá contigo. Bajaré a hablar contigo y apartaré una parte del espíritu que posees y se la pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo». Moisés salió y comunicó al pueblo las palabras del Señor. Después reunió a los setenta ancianos y los colocó alrededor de la tienda. El Señor bajó en la Nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. En cuanto se posó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Pero no volvieron a hacerlo. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque eran de los designados, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento». Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: «Señor mío, Moisés, prohíbeselo». Moisés le respondió: «¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!».


Jl 2,23-3,5: Así dice el Señor: «Hijos de Sión, gozaos y alegraos en el Señor vuestro Dios, pues os da la lluvia temprana en su momento, y os envía el agua: la temprana y la de primavera en el primer mes. Se llenarán las eras de grano, los lagares rebosarán de mosto y aceite. Les daré el doble del bienestar que se llevó el saltón, la caballeta, el saltamontes y la langosta, mi gran ejército que envié contra ellos. Comeréis y os hartaréis, y alabaréis el nombre del Señor vuestro Dios, que actuó con vosotros con tantas maravillas. Y mi pueblo no tendrá que avergonzarse nunca más. Reconoceréis que yo estoy en medio de Israel, que yo soy el Señor vuestro Dios y que no hay otro. Y mi pueblo no tendrá que avergonzarse nunca más». Después de todo esto, derramaré mi espíritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Incluso sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Pondré señales en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, la luna, en sangre ante el Día del Señor que llega, grande y terrible. Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Habrá supervivientes en el monte Sión, como lo dijo el Señor, y también en Jerusalén entre el resto que el Señor convocará.


Ez 36,24-28: Así dice el Señor: «Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios».


En Maitines


Jn 20,19-23: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


En la Liturgia


Hch 2,1-11: Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».


Jn 7,37-52;8,12: El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado. Algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el profeta». Otros decían: «Este es el Mesías». Pero otros decían: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?». Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima. Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?». Los guardias respondieron: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Los fariseos les replicaron: «¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos». Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?». Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas». Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».



Fuente: lexorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española