31/05 - Hermias el Mártir de Comana


El Santo Mártir Hermias vivió en la Comana de Capadocia en tiempos del emperador romano Marco Aurelio, también llamado Antonino (161-180), o en el de Antonino Pío (138-161)  Había formado parte de las tropas del César desde muy joven y rápidamente se distinguió por su valentía, su destreza y su espíritu de lucha, lo cual obtuvo debido a su fe en Jesucristo.


Durante el reinado de Marco Aurelio (138-161 d.C.) estalló una gran persecución contra los cristianos. Hermias fue de los primeros en ser detenidos, siendo ignorados sus grandes servicios a la nación y su respetada avanzada edad. Fue llevado ante el Dux Sebastián, quien le ordenó ofrecer sacrificios a los ídolos. Pero el santo, inquebrantable e inmutable, se negó a traicionar a su Señor y sacrificar a los extraños ídolos paganos. 


Con la dulzura que le caracterizaba, respondió a las solicitudes de los tiranos: "Sería muy absurdo, respetado señor, abandonar la luz y preferir la oscuridad, abandonar la verdad y abrazar la mentira, renunciar a la vida y preferir la muerte. Sería absurdo al final de mi vida perder estos preciosos bienes." Entonces, lleno de ira, el Dux ordenó que lo torturasen duramente. Primero le golpearon en la cara, luego le cortaron la piel y finalmente le arrancaron los dientes. Después le arrojaron a un horno de leña. Cuando fue abierto el horno tres días después, con la intervención y con la gracia de Dios, el Santo salió sano y salvo de toda aquella terrible tortura.


El gobernador Sebastián ordenó a cierto mago que envenenara a Hermias con una poción. La bebida venenosa no hizo daño al santo. Una segunda copa con un veneno aún más fuerte tampoco logró matar al Santo. El mago, asombrado de que Hermias todavía estuviese vivo, creyó en Cristo el Salvador, siendo decapitado de inmediato. Este mago, cuyo nombre no conocemos, fue bautizado con su propia sangre y recibió la corona del martirio.


Hermias fue sometido a torturas aún más terribles. Le rompieron los tendones, le arañaron el cuerpo con instrumentos afilados, lo arrojaron en aceite hirviendo y le sacaron los ojos, pero fue salvo gracias al Señor Jesucristo. Luego suspendieron al mártir cabeza abajo. Durante tres días estuvo colgado en esta posición. Las personas enviadas por el gobernador para verificar su muerte lo encontraron vivo. Atacados por el milagro, fueron cegados por el miedo y comenzaron a pedir al Santo ayuda. El santo mártir ordenó a los ciegos acercarse a él, y los sanó en el nombre de Jesucristo.


Enojado, el gobernador ordenó que se despellejara la piel del cuerpo del santo, pero él siguió vivo. Entonces el enloquecido Sebastián lo decapitó con su propia espada, regalándole la corona de la gloria en el año 160 d.C. 


Más tarde, los cristianos enterraron secretamente el cuerpo del mártir Hermias, cuyas reliquias otorgaron numerosas curaciones.



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Adaptación propia

Pentecostés (El Descenso del Espíritu Santo)


El Espíritu que a los pescadores ha convertido en teólogos


La solemnidad de Pentecostés nos lleva a vivir nuevamente el don gratuito del Espíritu Santo, el nacimiento de la Iglesia y nuestra vida en Cristo. Una de las obras de Nicolás Cabásilas, teólogo bizantino del siglo XIV, se titula "La vida en Cristo" y no es otras cosa que un comentario de los sacramentos de iniciación cristiana - Bautismo, Crismación y Eucaristía - y de la consagración del altar, aplicados a la vida del creyente; para cada cristiano, la vida en Cristo, don del Espíritu, nos viene dada por medio de los sacramentos.


En todas las liturgias orientales se subraya, en cada uno de los sacramentos, el papel del Espíritu Santo y, por ello, la importancia de la epíclesis, es decir, de la invocación, en vista a la consagración del pan y del vino y de la santificación del agua y del aceite. Por ello, cada hora de oración en la tradición bizantina comienza con una invocación al Espíritu que está siempre "presente, y en todas partes".


Pentecostés se celebra cincuenta días después de la Pascua, y es una de las fiestas más antiguas del calendario cristiano. Hablan de ella Tertuliano y Orígenes en el siglo III como fiesta anual, y en el siglo IV ésta forma parte del patrimonio teológico y litúrgico de las diversas Iglesias: Egeria indica su celebración en Jerusalén, tenemos además textos de los Padres Capadocios y de otros autores cristianos y, en el siglo VI, diversos kontákia de Román el Melódico.


El oficio propone repetidamente el tema de la renovación, del cambio operado en el corazón de los hombres: "El Espíritu santo hace brotar las profecías, ordena a los sacerdotes, ha enseñado la sabiduría a los iletrados, ha convertido teólogos a los pecadores, tiene firme todo armónico ordenamiento de la Iglesia".


En las Vísperas encontramos diversas confesiones trinitarias: Pentecostés, de hecho, es una teofanía sobretodo trinitaria y nunca la contemplación de una de las Personas de la Santa Trinidad puede olvidar el misterio que en ella se esconde: "Santo Dio, que has creado todo mediante el Hijo, con la sinergia del santo Espíritu; Santo fuerte, por el cual hemos conocido el Padre y por el cual el Espíritu ha venido al mundo; Santo inmortal, oh Espíritu Paráclito, que del Padre procedes y en el Hijo reposas. Trinidad Santa, gloria a ti". Y además: "Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido el Espíritu celeste, hemos encontrado la fe verdadera, adorando la indivisible Trinidad..." texto que pasará a la Divina Liturgia justo después de la comunión, subrayando el nexo entre Pentecostés, el don del Espíritu y la Eucaristía.


El don del Espíritu que renueva a los discípulos, que renueva a toda la Iglesia, viene subrayado también por el tropario de la fiesta: "Bendito eres tú, Cristo Dios nuestro: tú has convertido en sabios a los pescadores, enviándoles el Espíritu Santo, y por medio de ellos ha recogido en la red al universo. Amigo de los hombres, gloria a ti".


En la liturgia del día resplandecen las tres grandes plegarias de las genuflexiones hechas el domingo en las vísperas, incluso celebrada sin solución de continuidad al final de la Divina Liturgia. En la liturgia del día resplandecen las tres grandes plegarias de las genuflexiones hechas en el oficio de Vísperas del Domingo, que a veces es celebrado al final de la Divina Liturgia.


Se trata de tres plegarias que tienen casi la forma de prefacios litúrgicos donde se evoca el misterio de Dios y todo lo que Él ha hecho por la redención del hombre: "Señor inmaculado, incorruptible, infinito, invisible, inaccesible, inexpresable, inmutable, inconmensurable, inmortal, Dios Padre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: el cual por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió de los cielos, tomó carne por el Espíritu de la Virgen María, da a tu pueblo la plenitud de tu amor, santifícanos por el poder de tu brazo ".


Estas plegarias son recitadas de rodillas no tanto por un carácter penitencial, sino para indicar el momento de la invocación y de la acogida del Espíritu Santo. La celebración de Pentecostés como Teofanía Trinitaria subraya que hoy el don del Espíritu a la Iglesia y a cada cristiano es un don a todo el pueblo de Dios; los Hechos de los Apóstoles (2, 4) dicen que todos estaban llenos del Espíritu Santo, y de hecho todos los bautizados nos convertimos en pneumatofori, es decir, portadores del Espíritu.


El don del Espíritu es un don de unidad; los Hechos de los Apóstoles enfatizan la unidad entre los creyentes, Pentecostés es vista como la contrapunto de la torre de Babel porque el Espíritu Santo porta unidad y nos hace capaces de hablar una sola voz. El don del Espíritu es también un don de diversidad: las lenguas de fuego descendieron sobre cada uno de los presentes; Pentecostés, de hecho, no abole la diversidad sino que hace que esa diversidad - y ser nosotros mismos como somos, y con sus particularidades - deja de ser motivo de separación.


Finalmente el icono de Pentecostés. Es un icono litúrgico; los Apóstoles están reunidos como en la celebración litúrgica, en torno al trono vacío, preparado para Cristo. La presencia de Pedro y Pablo indica la presencia de toda la Iglesia congregada por el Espíritu. Ella nace en una situación de profunda comunión entre los apóstoles, en un contexto en el cual debería manar también la comunión para toda la Iglesia, para todo el mundo.


Manuel Nin, L’Osservatore Romano, 31 de Mayo de 2009

Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López


LECTURAS


En Vísperas


Núm 11,16-17;24-29: Dijo el Señor a Moisés: «Tráeme setenta ancianos de Israel, de los que te conste que son ancianos servidores del pueblo, llévalos a la Tienda del Encuentro y que esperen allá contigo. Bajaré a hablar contigo y apartaré una parte del espíritu que posees y se la pasaré a ellos, para que se repartan contigo la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo». Moisés salió y comunicó al pueblo las palabras del Señor. Después reunió a los setenta ancianos y los colocó alrededor de la tienda. El Señor bajó en la Nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. En cuanto se posó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar. Pero no volvieron a hacerlo. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque eran de los designados, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento». Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: «Señor mío, Moisés, prohíbeselo». Moisés le respondió: «¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!».


Jl 2,23-3,5: Así dice el Señor: «Hijos de Sión, gozaos y alegraos en el Señor vuestro Dios, pues os da la lluvia temprana en su momento, y os envía el agua: la temprana y la de primavera en el primer mes. Se llenarán las eras de grano, los lagares rebosarán de mosto y aceite. Les daré el doble del bienestar que se llevó el saltón, la caballeta, el saltamontes y la langosta, mi gran ejército que envié contra ellos. Comeréis y os hartaréis, y alabaréis el nombre del Señor vuestro Dios, que actuó con vosotros con tantas maravillas. Y mi pueblo no tendrá que avergonzarse nunca más. Reconoceréis que yo estoy en medio de Israel, que yo soy el Señor vuestro Dios y que no hay otro. Y mi pueblo no tendrá que avergonzarse nunca más». Después de todo esto, derramaré mi espíritu sobre toda carne, vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones. Incluso sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Pondré señales en el cielo y en la tierra: sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, la luna, en sangre ante el Día del Señor que llega, grande y terrible. Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Habrá supervivientes en el monte Sión, como lo dijo el Señor, y también en Jerusalén entre el resto que el Señor convocará.


Ez 36,24-28: Así dice el Señor: «Os recogeré de entre las naciones, os reuniré de todos los países y os llevaré a vuestra tierra. Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios».


En Maitines


Jn 20,19-23: Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


En la Liturgia


Hch 2,1-11: Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».


Jn 7,37-52;8,12: El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado. Algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían: «Este es de verdad el profeta». Otros decían: «Este es el Mesías». Pero otros decían: «¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?». Y así surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima. Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron: «¿Por qué no lo habéis traído?». Los guardias respondieron: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre». Los fariseos les replicaron: «¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos». Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo: «¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?». Ellos le replicaron: «¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas». Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».



Fuente: lexorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

El Sábado de Difuntos (Psicosábado)


En la tradición bizantina, todos los sábados del año se diferencian de los demás días como jornadas en las que se ofrecen plegarias por los difuntos, debido a que nuestro señor Jesucristo yació muerto en la tumba el sábado.


Además, la conmemoración litúrgica de los fieles difuntos tiene lugar varias veces al año en la Iglesia bizantina. A estos días solemnes se les conoce como 'sábado de las almas' (Psicosábado) o 'sábado de difuntos'. Son varias las jornadas así denominadas a lo largo del año: el sábado de Carnaval o segundo sábado antes de la Gran Cuaresma; el segundo, tercer y cuarto sábados de la Gran Cuaresma; el sábado antes de Pentecostés; y el sábado de San Demetrio, que se celebra el sábado anterior a la festividad de San Demetrio de Salónica (26 de octubre).


En estos días especiales, el sacerdote oficia responsos litúrgicos por los familiares y por todos los fieles fallecidos que no puedan ser conmemorados específicamente como santos. Normalmente, estos responsos se ofician después de la Divina Liturgia del sábado por la mañana o después de las Víspertas del viernes por la noche.


Los familiares de los difuntos preparan un plato de coliba, que consiste en trigo hervido condimentado con miel. Junto con otros alimentos y vino, lo llevan a la iglesia para que sean bendecidos por el sacerdote, colocándolos delante de la cruz o icono. Después de la Liturgia, los alimentos ofrecidos y ya bendecidos son degustados por todos los asistentes a la conmemoración.


LECTURAS


1 Tes 4,13-17: Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto. Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.



Fuente: Varias / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

30/05 - Isacio (Isaac), Abad del Monasterio de Dalmato


San Isaac era un ermitaño de habla griega que vivía en el desierto de Siria y vivió durante el reinado del Emperador Valente, que era partidario de los arrianos. Valente había ayudado a los arrianos de Constantinopla en sus persecuciones a los ortodoxos, lo que incluía expulsar a los obispos ortodoxos y cerrar ciertas iglesias mientras entregaban otras a los arrianos.


En el momento de su encuentro con Isaac en Constantinopla, Valente y su ejército iban de camino para luchar contra un ejército de godos que había marchado desde el Danubio hacia Tracia. El historiador Teodoreto dice entonces lo siguiente:


"Se relata que Isaac, que vivía como monje en Constantinopla, cuando vio a Valente marcharse con sus tropas, gritó en voz alta: '¿Adónde vas, oh emperador? ¿Para luchar contra Dios, en lugar de tenerlo a Él como tu aliado? Es Dios mismo quien ha alentado a los bárbaros contra ti, porque has movido muchas lenguas para blasfemar contra Él y has expulsado a Sus adoradores de sus sagradas moradas. Deja de hacer batalla y detén la guerra. Devuelve a los rebaños a sus excelentes pastores y ganarás la victoria sin problemas, pero si luchas sin hacerlo, aprenderás por experiencia lo difícil que es dar coces contra el aguijón. Nunca regresarás y será destruido tu ejército". Luego, en un arrebato, el emperador respondió: "Regresaré y te mataré, y así recibirás un castigo exacto por tu profecía mentirosa". Pero Isaac, sin inmutarse por la amenaza, exclamó: "Si lo que yo digo es falso, mátame" (Eccl. Hist. Bk. 4, Capítulo 31).


En una ocasión en que Isaac cogió la brida del corcel en que el emperador cabalgaba por las afueras de la ciudad, Valente ordenó a sus hombres que arrojasen al profeta en un pantano. Isaac escapó milagrosamente, pero como volviese a repetir su profecía, fue encarcelado. El 9 de agosto de 378, el ejército de Valente se enfrentó a los godos en lo que más tarde se conocería como la Batalla de Adrianópolis. Los godos derrotaron por completo al ejército romano, y Valente huyó al campo con sus generales. Valente y sus generales se refugiaron en un granero lleno de paja, que los godos rodearon y prendieron fuego; el emperador pereció tal como Isaac había predicho.

 

Después de que Valente fuera confrontado por Isaac y lo enfureciera con su profecía, el emperador había a Isaac para que lo castigaran a su regreso, que nunca tendría lugar. Algunos de los soldados que sobrevivieron a la batalla llegaron a la celda de la prisión de Isaac y le dijeron: "Prepárate para hacer tu defensa ante el emperador, que viene a cumplir lo que habló contra ti". Isaac respondió con calma: "Ya han pasado siete días desde que olí el hedor de sus huesos, que se quemaron en el fuego".


El emperador ortodoxo Teodosio I sucedió a Valente. Habiendo oído hablar de la profecía de Isaac y su cumplimiento, Teodosio lo liberó de la prisión y lo convocó a comparecer ante él. El emperador se postró ante el anciano monje, pidiéndole perdón. Teodosio hizo lo que Isaac le había pedido a Valente, y también expulsó a los arrianos de la ciudad por su persecución de los ortodoxos.


Habiendo restaurado la paz a la Iglesia en Constantinopla, Isaac quiso regresar a su vida en el desierto. Sin embargo, fue persuadido para permanecer en Constantinopla. Un aristócrata rico llamado Saturnino construyó un monasterio para Isaac dentro de la ciudad, donde vivió la lucha ascética, obrando muchos milagros. Isaac también es conocido por su celoso testimonio de la fe ortodoxa en el Segundo Sínodo Ecuménico, convocado en Constantinopla en 381.

 

Hacia el final de su vida, confió el liderazgo de su monasterio a su discípulo más cercano, Dalmato (3 de agosto). Se cree que el monasterio fundado por Isaac tomó su nombre de este Dalmato. Sin embargo, según otra tradición, su monasterio fue construido originalmente por Dalmato el Patricio, un sobrino del emperador Constantino el Grande, y recibió su nombre. Otros sostienen que recibió su nombre de ambos, y es por eso que su nombre en griego está en plural, "Dalmatoi" en lugar de “Dalmatos”.


Habiendo llegado a una avanzada edad, San Isacio durmió en paz. Algunas autoridades creen que murió en 383, aunque otros sitúan su muerte alrededor de 396. La vida escrita por San Juan Crisóstomo incluye la mención de San Isaac vivió en el siglo V. 


Según Zonaras, el emperador iconoclasta Constantino Coprónimo posteriormente convirtió el Monasterio de Dalmato en un cuartel: "Y en cuanto al Monasterio llamado Dalmato, que es el más antiguo de todos los de Constantinopla, después de haber expulsado a los monjes, [el Emperador] hizo de él un cuartel para soldados "(Crónica, XV, 8). El Tercer Sínodo Ecuménico elevó a su abad al rango de archimandrita y exarca de los prominentes monasterios de la ciudad imperial.


El Zar Pedro el Grande de Rusia (que reinó entre 1682 y 1725), cuyo cumpleaños se celebraba el día de la fiesta de San Isaac, el 30 de mayo, adoptó a Isaac como el santo patrón de la dinastía Romanov. La catedral de San Isaac en la ciudad de San Petersburgo está consagrada a su honor. Es la basílica rusa más grande y la cuarta catedral más grande del mundo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Sábado de la VII Semana de Pascua


Hch 28,1-31: En aquellos días, una vez a salvo Pablo y los que estábamos con él, supimos que la isla se llamaba Malta. Los naturales nos mostraron una hospitalidad poco común, pues encendiendo una hoguera a causa de la lluvia que caía y del frío, nos acogieron a todos nosotros. Pablo recogió una brazada de ramas secas y, al echarla a la hoguera, una víbora, huyendo del calor, hizo presa en su mano. Cuando vieron los nativos el animal colgando de su mano, se decían unos a otros: «Este hombre es ciertamente un homicida; se ha salvado del mar, pero la Justicia no le ha consentido vivir». Pero él, sacudiendo el animal en el fuego, no sufrió daño alguno. Ellos estaban esperando que se hinchara o cayese muerto de repente, pero, después de mucho esperar y viendo que no le pasaba nada malo, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios. En los alrededores de aquel lugar tenía una finca el principal de la isla de Malta, que se llamaba Publio; nos recibió y nos hospedó tres días amablemente. Coincidió que el padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo y rezó, le impuso las manos y lo curó. Al ocurrir esto, los demás enfermos de la isla fueron acudiendo, y eran curados. Nos colmaron de atenciones y, al hacernos a la mar, nos proveyeron de todo lo necesario. Al cabo de tres meses, zarpamos en un barco que había invernado en la isla de Malta. Era de Alejandría y llevaba por mascarón los Dióscuros. Arribamos a Siracusa y nos detuvimos tres días; desde allí, costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente, se levantó viento sur, y llegamos a Puteoli en dos días. Allí encontramos a algunos hermanos, los cuales nos rogaron que pasásemos siete días con ellos. Y así llegamos a Roma. Los hermanos de Roma, que habían oído hablar de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y se sintió animado. Una vez en Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba. Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo: «Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, os he llamado para veros y hablar con vosotros; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas». Ellos le respondieron: «Nosotros no hemos recibido de Judea carta sobre ti ni ninguno de los hermanos que ha venido de allí nos ha denunciado o hablado nada negativo sobre ti, pero deseamos oír de tus propios labios lo que piensas, porque sabemos que a esta secta se la contradice en todas partes». Después de acordar con él un día, vinieron a verlo a su alojamiento en mayor número. A todos ellos les exponía el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, dando testimonio e intentando persuadirlos de lo relativo a Jesús apoyándose en la ley de Moisés y los profetas. Unos aceptaban con fe lo que decía, pero otros permanecían incrédulos. Se estaban marchando en total desacuerdo, cuando Pablo les dirigió esta sola palabra: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías, diciendo: Ve a este pueblo y dile: oiréis con el oído pero no entenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis. Porque se embotó el corazón de este pueblo, oyeron con oídos sordos y han cerrado sus ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con el corazón y convertirse y que yo los cure. Por ello, sabed todos vosotros que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. Ellos sí la oirán». Cuando terminó de decir esto, los judios se fueron, teniendo gran discursión entre sí. Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.


Jn 21,14-25: En aquel tiempo, Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir. Amén.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española