22/05 - Basilisco el Mártir, Obispo de Comana


Nació en Amasea del Ponto en el mar Negro y era sobrino de san Teodoro el Tirón (17 de febrero), Obispo de Comana en el Ponto.


Al enterarse el gobernador de Capadocia, Agripas, de que Basilisco era cristiano, lo mando apresar. Fue arrestado por el gobernante de Capadocia Asclepiadis (o Asclepiódoto) junto con los soldados compañeros de su tío Teodoro, Eutropio y Cleónico, quienes, debido a que se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos, acabaron recibiendo la muerte por martirio. San Basilio fue encarcelado por los idólatras con la esperanza de que, con las privaciones y la miseria, acabara negando a Cristo con el paso del tiempo. Esperaban que el impacto de este acto fuese grande entre los cristianos. Pero él había tomado la irreversible decisión de morir como cristiano, teniendo como brillante ejemplo a su tío, el Gran Mártir, quien permaneció firme en su confesión después de haber rechazado todas las promesas y amenazas. Cuando oraba al Señor para ser considerado digno de acabar también él su curso terrenal como mártir, este se le apareció y le dijo que primero tenía que dirigirse a sus parientes para despedirse de ellos, y eso hizo. Así pues, el Señor en una visión le liberó de la prisión y le dijo que fuera a casa de su pariente Teodoro.


Cuando se supo que había salido de la cárcel, los soldados le apresaron de nuevo y lo llevaron a Comana de Capadocia, obligándole a caminar con sandalias tachonadas con clavos. Las heridas que le causaron fueron tan profundas que entraron en los huesos de sus pies, haciendo que toda la tierra a su paso estuviera roja de sangre. De camino hacia el gobernante, llegaron a Dacia. Los soldados que le acompañaban fueron alojados en la casa de una mujer llamada Traianes. Allí ataron al santo a un árbol, que era un plátano seco, y se sentaron a comer. Entonces Basilisco, a través de su oración, consiguió que volviese a crecer el árbol, echando nuevas hojas, y que de sus raíces brotase una pequeña fuente. Esta fuente se conserva hasta hoy en día, siempre con agua surgiendo de ella. Entonces se produjo un terremoto tan fuerte, que los soldados saltaron de la mesa y salieron de la casa donde cenaban para ver qué estaba pasando. Cuando vieron que la fuente fluía y el plátano seco había sido revivido, quedaron asombrados. Por eso todos, que eran trece en número, creyeron en Cristo. Inmediatamente desataron al Santo y, quitándole los cavos de los pies, cayeron ante él y le pidieron que los bautizara, junto con la mujer que los recibió y todos los que pertenecían a su hogar. También trajeron a muchos enfermos y poseídos por demonios, los cuales fueron sanados y bautizados por el Santo, y los bautizó.


Cuando llegó a Comana, fue llevado ante Agripa, quien llevó a Basilisco a un templo idólatra, con la esperanza de que el ambiente pagano le llevase a ofrecer sacrificio a los ídolos. "¿Por qué, sin ponerte a pensar, no sacrificas a los dioses?" le preguntó Agripa. "Yo, oh gobernador, no dejaré de sacrificarme a Dios", respondió Basilisco. Cuando el gobernador escuchó esto, se regocijó (pensando que Basilisco iba a sacrificar a sus dioses) y, tomando de la mano al Santo, lo llevó al templo de los ídolos. Entonces el Santo levantó sus manos y oró, e inmediatamente un fuego bajó del cielo que quemó el templo, y todos los ídolos en él se rompieron en pedazos pequeños. Cuando el gobernador vio esto, huyó. El Santo después fue llevado frente a él una vez más, y le dijeron: "Hombre necio y verdaderamente sacrílego, en lugar de ofrecer sacrificios a los dioses, tú con tu repugnante magia has quemado el templo y has reducido a los dioses al polvo". El Santo respondió: "Lo que he hecho, no lo niego. Simplemente levanté mis manos al cielo, como ustedes mismos vieron y pueden testificar, y supliqué a Dios que está en los cielos. De allí bajó un fuego y quemó las piedras y la madera, y tus dioses fueron disminuidos, para que no seas engañado por ellos".


Cuando el gobernador escuchó esto, se llenó de rabia y ordenó que la cabeza del Santo fuera cortada y que su cuerpo fuera arrojado al río. Por lo tanto, los soldados tomaron al Santo y lo llevaron fuera de la ciudad, donde le cortaron su bendita cabeza. Algunos cristianos dieron treinta monedas a los soldados y recogieron el cuerpo del mártir. El piadoso gobernante de Comana, Marino, construyó una iglesia  en nombre del Santo, en la que fueron colocadas sus honorables reliquias, y desde la cual se realizan curaciones y milagros para aquellos que se acercan a venerarlo con fe.


Fue este el santo que se apareció a san Juan Crisóstomo la noche antes de su muerte.



Fuente: catholic.net / goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Viernes de la VI Semana de Pascua


Hch 19,1-8: En aquellos días, mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?». Contestaron: «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo». Él les dijo: «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?». Respondieron: «El bautismo de Juan». Pablo les dijo: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús». Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres. Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.


Jn 14,1-11: Dijo el Señor a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

21/05 - Constantino y Elena, Isapóstoles


Elena nació en Drepano de Bitinia. Probablemente era hija de un posadero. El general romano Constancio Cloro la conoció hacia el año 270 y se casó con ella, a pesar de su humilde origen. Cuando Constancio Cloro fue hecho césar, se divorció de Elena y se casó con Teodora, hijastra del emperador Maximiano. Antes de ello, el 27 de febrero del año 272, en Naíso (Niš, en Serbia), Elena había dado a luz a Constantino el Grande, que llegó a amar y venerar profundamente a su madre, a la que le confirió el título de «Nobilissima Femina» (mujer nobilísima) y cambió el nombre de su ciudad natal por el de Helenópolis.


Constancio Cloro vivió todavía catorce años después de repudiar a santa Elena. A su muerte, ocurrida el año 306, sus tropas, que se hallaban entonces estacionadas en York, proclamaron césar a su hijo Constantino; dieciocho meses más tarde, Constantino fue proclamado emperador. El joven entró a Roma el 28 de octubre de 312, después de la batalla del Puente Milvio. A principios del año siguiente, publicó el Edicto de Milán, por el que toleraba el cristianismo en todo el Imperio. Según se deduce del testimonio de Eusebio, santa Elena se convirtió por entonces al cristianismo, cuando tenía ya cerca de sesenta años, en tanto que Constantino seguiría siendo catecúmeno hasta la hora de su muerte: «Bajo la influencia de su hijo, Elena llegó a ser una cristiana tan fervorosa como si desde la infancia hubiese sido discípula del Salvador». Así pues, aunque conoció a Cristo a una edad tan avanzada, la santa compensó con su fervor y celo su larga temporada de ignorancia y Dios quiso conservarle la vida muchos años para que, con su ejemplo, edificase a la Iglesia que Constantino se esforzaba por exaltar con su autoridad. Rufino califica de incomparables la fe y el celo de la santa, la cual supo comunicar su fervor a los ciudadanos de Roma. Elena asistía a los divinos oficios en las iglesias, vestida con gran sencillez, y ello constituía su mayor placer. Además, empleaba los recursos del Imperio en limosnas generosísimas y era la madre de los indigentes y de los desamparados. Las iglesias que construyó fueron muy numerosas.


En 324 Constantino construyó la primitiva Basílica de San Pedro en Roma. En el año 325 Constantino reunió el Primer Concilio Ecuménico en Nicea, al que se dirigió personalmente, y en 326, construyó la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén.


Cuando Constantino se convirtió en el amo de Oriente, después de su victoria sobre Licinio, santa Elena fue a Palestina a visitar los lugares que el Señor había santificado con su presencia corporal.


Constantino mandó arrasar la explanada y el templo de Venus que el emperador Adriano había mandado construir sobre el Gólgota y el Santo Sepulcro, respectivamente, y escribió al obispo de Jerusalén, san Macario, para que erigiese una iglesia «digna del sitio más extraordinario del mundo». Santa Elena, que era ya casi octogenaria, se encargó de supervisar la construcción, movida por el deseo de descubrir la cruz en que había muerto el Redentor. Eusebio dice que el motivo del viaje de santa Elena a Jerusalén, fue simplemente agradecer a Dios los favores que había derramado sobre su familia y encomendarse a su protección; pero otros escritores lo atribuyen a ciertas visiones que la santa había tenido en sueños, y san Paulino de Nola afirma que uno de los objetivos de la peregrinación era, precisamente, descubrir los Santos Lugares. En su carta al obispo de Jerusalén, Constantino le mandaba expresamente que hiciese excavaciones en el Calvario para descubrir la cruz del Señor. Hay algunos documentos que relacionan el nombre de santa Elena con el descubrimiento de la Santa Cruz. El primero de esos documentos es un sermón que predicó San Ambrosio el año 395, en el que dice que, cuando la santa descubrió la cruz, «no adoró al madero sino al rey que había muerto en él, llena de un ardiente deseo de tocar la garantía de nuestra inmortalidad». Varios otros escritores de la misma época afirman que santa Elena desempeñó un papel importante en el descubrimiento de la cruz. Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.


Como quiera que haya sido, santa Elena pasó, ciertamente, sus últimos años en Palestina. Eusebio dice: «Elena iba constantemente a la iglesia, vestida con gran modestia y se colocaba con las otras mujeres. También adornó con ricas decoraciones las iglesias, sin olvidar las capillitas de los pueblos de menor importancia». El mismo autor recuerda que la santa construyó la basílica «Eleona» en el Monte de los Olivos y otra basílica en Belén. Era bondadosa y caritativa con todos, especialmente con las personas devotas, a las que servia respetuosamente a la mesa y les ofrecía agua para el lavamanos. «Aunque era emperatriz del mundo y dueña del Imperio, se consideraba como sierva de los siervos de Dios». Durante sus viajes por el Oriente, santa Elena prodigaba toda clase de favores a las ciudades y a sus habitantes, sobre todo a los soldados, a los pobres y a los que estaban condenados a trabajar en las minas; libró de la opresión y de las cadenas a muchos miserables y devolvió a su patria a muchos desterrados.


El año 330, el emperador Constantino mandó acuñar las últimas monedas con la efigie de Flavia Julia Elena, lo cual nos lleva a suponer que la santa murió en ese año. Probablemente la muerte la sobrecogió en el Oriente. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a Roma, la Ciudad Eterna, y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, a ella dedicada.


Cayendo enfermo cerca de Nicomedia, Constantino solicitó recibir el Santo Bautismo, según Eusebio (‘Vida de Constantino’, libro IV, 61-62), Sócrates y Sozomeno, y se le administró cuando se le consideró digno de los Sagrados Misterios. Reposó en el año 337, el 21 o 22 de mayo, Domingo de Pentecostés, habiendo vivido sesenta y cinco años, de los cuales treinta y uno como emperador. Sus restos fueron trasladados a Constantinopla y colocados en la Iglesia de los Santos Apóstoles, que había sido construida por él (ver la Homilía XXVI sobre 2 Corintios de San Juan Crisóstomo).


En la tradición bizantina se llama a santa Elena y a san Constantino «los santos, ilustres y grandes emperadores, coronados por Dios e iguales a los Apóstoles».


LECTURAS


En Vísperas


3 Re 8,20-21;25-28Salomón se puso en pie ante el altar del Señor frente a toda la asamblea de Israel, extendió las manos al cielo y dijo: «Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú arriba en los cielos ni abajo en la tierra. Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he erigido! Inclínate a la plegaria y a la súplica de tu siervo, Señor, Dios mío. Escucha el clamor y la oración que tu siervo entona hoy en tu presencia. Que día y noche tus ojos se hallen abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que declaraste: “Allí estará mi Nombre”. Atiende la plegaria que tu servidor entona en este lugar. Escucha la súplica que tu siervo y tu pueblo Israel entonen en este lugar. Escucha tú, hacia el lugar de tu morada, hacia el cielo, escucha y perdona».


Is 61,10-62,5Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos. Por amor a Sion no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha. Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor. Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios. Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi predilecta», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.


Is 60,1-16: ¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás y estarás radiante; tu corazón se asombrará, se ensanchará, porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti, y a ti llegan las riquezas de los pueblos. Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de Efá. Todos los de Saba llegan trayendo oro e incienso, y proclaman las alabanzas del Señor. Reunirán para ti los rebaños de Cadar; los carneros de Nebayot te servirán para el sacrificio; subirán a mi altar como ofrenda agradable, y llenaré de esplendor la casa de mi gloria. ¿Quiénes son esos que vuelan como nubes y como palomas a sus palomares? Son navíos de las costas que esperan, en cabeza las naves de Tarsis, para traer a tus hijos de lejos, con su plata y su oro, en homenaje al Señor, tu Dios, al Santo de Israel, que te colma de esplendor. Extranjeros reconstruirán tus murallas y sus reyes te servirán; si te castigué en mi cólera, en mi benevolencia tengo compasión de ti. Tendrán tus puertas siempre abiertas, ni de día ni de noche se cerrarán, para que traigan a ti la riqueza de los pueblos, guiados por sus reyes. La nación y el reino que no te sirvan perecerán, esos pueblos serán devastados. Vendrá a ti el orgullo del Líbano, el ciprés, el olmo y el abeto, para embellecer mi santuario y ennoblecer mi estrado. Los hijos de tus opresores vendrán a ti humillados, se postrarán a tus pies los que te despreciaban, y te llamarán «Ciudad del Señor», «Sion del Santo de Israel». Aunque abandonada, aborrecida y solitaria, haré de ti el orgullo de los siglos, la delicia de las generaciones. Mamarás la leche de los pueblos, mamarás al pecho de los reyes; y sabrás que yo soy el Señor, tu salvador, que tu libertador es el Dios de Israel.


En Maitines


Jn 10,9-16: Dijo el Señor: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor».


En la Liturgia


Hch 26,1;12-20: En aquellos días, el rey Agripa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu favor». Entonces Pablo, extendiendo la mano, empezó su defensa: «Iba hacia Damasco con poderes y comisión del sumo sacerdote, cuando, hacia el mediodía, durante el camino vi, ¡oh rey!, una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que me envolvía con su fulgor a mí y a los que caminaban conmigo. Caímos todos nosotros por tierra y yo oí una voz que me decía en hebreo: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Duro es para ti dar coces contra el aguijón”. Yo dije: “¿Quién eres, Señor?”. Y el Señor respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte en pie, pues me he aparecido a ti precisamente para elegirte como servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a quienes te envío para que les abras los ojos, y se vuelvan de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás a Dios; para que reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia entre los que han sido santificados por la fe en mí”. Así pues, rey Agripa, yo no he sido desobediente a la visión del cielo, sino que he predicado primero a los judíos de Damasco, luego a los de Jerusalén y de toda Judea, y por último a los gentiles, que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de penitencia».


Jn 10,1-9: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».



Fuente: preguntasantoral / goarch.org / archimadrid.org / eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Ascensión a los Cielos de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo


LA ASCENSIÓN, FIESTA DE VICTORIA, DE PROMESA Y DE ESPERANZA


La Ascensión del Señor es la glorificación de Cristo, pero también es la confirmación definitiva de nuestra esperanza. El Señor no asciende para alejarse de nosotros, sino para abrirnos el camino hacia el Padre. La humanidad que asumió en el seno virginal de la Santa Theotokos entra ahora glorificada en el cielo, y con ello nuestra naturaleza humana es elevada y reconciliada definitivamente con Dios. Por eso la Ascensión no es una despedida triste, sino una fiesta de victoria, de promesa y de esperanza.


Después de la Resurrección, Cristo permaneció cuarenta días con sus discípulos. No porque necesitara demostrar algo para sí mismo, sino porque quería fortalecer la fe de aquellos hombres que serían enviados al mundo entero a anunciar el Evangelio. Ellos habían vivido momentos de miedo, confusión y fracaso; habían visto la cruz, habían experimentado el dolor de la pérdida y también la vergüenza de sus propias debilidades. Sin embargo, Cristo resucitado no los rechazó. Al contrario, se acercó nuevamente a ellos, les habló con ternura, compartió la mesa, les abrió el entendimiento y preparó sus corazones para la misión.


Y esto es profundamente consolador también para nosotros: Dios no abandona al hombre por sus caídas. Cristo sigue buscando, levantando y fortaleciendo al que se siente débil. La Ascensión es también el anuncio de que nuestra fragilidad no tiene la última palabra; la última palabra la tiene la gracia de Dios.


Jesús eligió ascender desde el monte de los Olivos, aquel lugar tantas veces santificado por sus lágrimas, sus oraciones y su entrega. Desde allí contempló Jerusalén, desde allí sufrió la agonía de Getsemaní y desde allí ahora asciende glorioso. Qué hermoso mensaje espiritual hay en esto: muchas veces Dios transforma precisamente el lugar del dolor en lugar de gloria. Allí donde hubo lágrimas, habrá consuelo; donde hubo combate, habrá victoria; donde hubo cruz, habrá resurrección y exaltación.


El Evangelio nos muestra que mientras ascendía, Cristo levantó sus manos y bendijo a sus discípulos. Es decir, la última imagen visible que ellos conservan del Señor es la de un Cristo bendiciendo. Y esto tiene un significado inmenso: Cristo asciende, pero no deja de bendecir a su Iglesia. Desde el cielo sigue sosteniendo, acompañando e intercediendo por nosotros. Como dice San Pablo, está sentado a la derecha del Padre e intercede constantemente por la humanidad.


Muchas veces nosotros sentimos que Dios está lejos, especialmente en medio de las pruebas, de las enfermedades, de las angustias y de las incertidumbres de este mundo. Pero la Ascensión nos recuerda que Cristo no se ausenta; cambia solamente su manera de estar presente. Antes caminaba visiblemente con sus discípulos; ahora permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo, en la Iglesia, en los sacramentos, en la oración, en la Palabra y en cada corazón que lo busca sinceramente.


Por eso, antes de subir al cielo, Jesús pronuncia aquella promesa que atraviesa los siglos y sostiene la vida de los creyentes: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” Esa promesa es el consuelo de la Iglesia. No caminamos solos. Aunque el mundo cambie, aunque existan guerras, sufrimientos, persecuciones o momentos de oscuridad espiritual, Cristo permanece con su pueblo.


Los discípulos comprendieron esto después de la Ascensión. El texto dice que regresaron a Jerusalén llenos de alegría. Humanamente parecería extraño: el Maestro se había ido y, sin embargo, ellos no estaban tristes. ¿Por qué? Porque ahora entendían que Cristo verdaderamente había vencido, que el Reino de Dios era real y que la muerte ya no tenía poder definitivo sobre quienes creen en Él.


La Ascensión también nos invita a levantar la mirada. Muchas veces vivimos demasiado atrapados en lo temporal: preocupaciones, bienes materiales, ambiciones, angustias y problemas cotidianos. Todo eso forma parte de nuestra realidad humana, pero no puede convertirse en el centro absoluto de nuestra existencia. Nuestra meta definitiva no está aquí. Nosotros caminamos hacia el Reino eterno. Como decía San Pablo: “Buscad las cosas de arriba.” La Ascensión nos recuerda que fuimos creados para el cielo.


Pero levantar la mirada hacia el cielo no significa desentendernos del mundo. Al contrario. Precisamente porque esperamos el Reino de Dios, debemos vivir aquí dando testimonio del Evangelio. Cristo asciende y deja una misión: anunciar la Buena Nueva, amar, servir, perdonar, sanar corazones y llevar esperanza. El cristiano no puede vivir encerrado en sí mismo. La verdadera fe siempre se convierte en misión y testimonio.


También es hermosa la imagen de los ángeles diciendo a los discípulos: “¿Qué hacéis mirando al cielo?” Es como si les recordaran que no basta contemplar; ahora hay que actuar, evangelizar, perseverar y vivir lo aprendido del Maestro. La vida cristiana necesita contemplación, oración y unión con Dios, pero también compromiso, caridad y entrega concreta hacia los demás.


Finalmente, la Ascensión nos llena de esperanza porque Cristo prometió volver. Así como ascendió glorioso, así regresará. Y esa segunda venida no debe llenarnos de miedo, sino de confianza. El Señor vendrá a consumar definitivamente su victoria, a destruir el mal, a secar nuestras lágrimas y a darnos la plenitud de la vida eterna.


Por eso, celebrar la Ascensión es renovar nuestra fe y nuestra esperanza. Cristo ha subido al cielo, pero permanece con nosotros. Nos acompaña en nuestras luchas, fortalece nuestra debilidad y nos prepara un lugar en la casa del Padre. Y mientras peregrinamos en esta tierra, la Iglesia sigue caminando con los ojos puestos en el cielo, pero con las manos comprometidas en la misión, esperando el día glorioso en que podamos contemplar eternamente el rostro de nuestro Dios y Salvador Jesucristo.


P. Archimandrita Gerásimo


LA ASCENSIÓN EN LA TRADICIÓN BIZANTINA


La Ascensión del Señor, celebrada el cuadragésimo día después de la Resurrección, es una de las grandes fiestas comunes a todas las Iglesias cristianas.


En la tradición bizantina, el miércoles precedente se celebra la apódosis (conclusión) de la Pascua, retomando una vez más los textos del oficio pascual. La fiesta de la Ascensión, además, se prolonga por una semana en una octava. Los troparios de la fiesta son muy bellos y teológicamente profundos. Tal como sucede muy a menudo en la liturgia bizantina, son verdaderas síntesis de la fe de la Iglesia.


Así el primer tropario de las vísperas resume la profesión de fe del concilio de Calcedonia (451) en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre: "El Señor sube a los cielos para enviar el Paráclito al mundo. Los cielos han preparado su trono, las nubes el carro en el cual ascender; se asombran los ángeles viendo un hombre por encima de ellos. El Padre recibe a Aquél que desde la eternidad en su seno mora".


Hombre por encima de los ángeles, aquél que desde la eternidad está en el seno del Padre. El quinto de los troparios de las vísperas retoma el tema de la kénosis del Verbo de Dios con una imagen poética muy bella y conmovedora: "Tú que por mí te has hecho pobre como yo". Cristo en su Encarnación asume voluntariamente toda la pobreza de la naturaleza humana, para después glorificarla plenamene en su ascensión.


Otros dos troparios, de vísperas, proponen una relectura cristológica del salmo 23, que en la liturgia de la noche de Pascua estaba relacionado con el descenso de Cristo al Hades y hoy incluso con la Ascensión: "El Espíritu Santo ordena todos sus ángeles: Alzad, príncipes, vuestras puertas. Gentes todas, batid las manos, porque Cristo ha subido a donde estaba antes. Mientras Tú ascendías, oh Cristo, del monte de los olivos, las huestes celestiales que te veían, se gritaban una a la otra: ¿Quién es éste? Y respondían: Es el fuerte, el poderoso, el poderoso en la batallas; éste es verdaderamente el Rey de la gloria".


En diversos troparios encontramos expresiones referentes a su humanidad que sirven para indicar la divinidad del Verbo de Dios: "Tú que, sin separarte del seno paterno, oh dulcísimo Jesús, has vivido en la tierra como un hombre, hoy desde el monte de los Olivos has ascendido a la gloria: y levantando, compasivamente, nuestra naturaleza caída, la has hecho sentar contigo junto al Padre".


Son palabras que nos recuerdan el canto de las Lamentaciones del Sábado Santo. Además encontramos el tema de la glorificación de nuestra naturaleza humana caída y redimida. Por lo que respecta al oficio matutino, recordamos algunos de los troparios de Román "el Melódico": "Cumplida la economía en favor nuestro, y junto a las celestes, las realidades terrestres, has ascendido a la gloria, oh Cristo Dios nuestro, sin separarte todavía en modo alguno de aquellos que te aman; pero permaneciendo inseparables de ellos, declara: Yo estoy con vosotros, y ninguno está contra vosotros. Dejad sobre la tierra lo que es de la tierra, abandonad lo que es de las cenizas al polvo y entonces venid, elevémonos, levantemos los ojos y la mente a lo alto, alcemos la mirada y los sentidos hacia las puertas celestes, mientras somos mortales; imaginemos que vamos al Monte de los Olivos y vemos al Redentor portado por una nube: de allí, de hecho, el Señor ascendió a los cielos; desde allí, él, que ama dar, ha distribuido dones a sus apóstoles, consolándolos como un padre, confirmándolos, guiándolos como hijos y diciéndoles: No me separo de vosotros: yo estoy con vosotros y ninguno está contra vosotros".


De esta realidad de nuestra fe ofrece también una lectura clara el Icono de la fiesta. La imagen está dividida en dos partes bien distinguidas: en la parte superior se ve a Cristo sobre un trono, inmóvil en su gloria, sostenido por dos ángeles. En la parte inferior la Madre de Dios, los Apóstoles y dos ángeles con vestiduras blancas. El icono de la Ascensión contempla a Cristo en su ascenso, sostenido por los ángeles, pero al mismo tiempo es también el icono del retorno glorioso de Cristo, que "regresará un día de este modo". Desde la Ascensión y hasta su retorno Cristo preside su Iglesia, como vemos en el icono.


La actitud de María es siempre la de la oración. Ella no mira hacia lo alto, sino a la Iglesia, para recordar la necesidad de la vigilia y de la oración a los Apóstoles y a todos nosostros. En espera del retorno del Señor.


Manuel Nin

Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López


LECTURAS


En Vísperas


Is 2,2-3: Así dice el Señor: «En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas». Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas».


Is 62,10-63,9: Así dice el Señor: «Pasad, pasad por los portales, despejad el camino del pueblo, allanad, allanad la calzada, limpiadla de piedras». El Señor hace oír esto hasta el confín de la tierra: «Decid a la hija de Sión: Mira a tu salvador, que llega, el premio de su victoria lo acompaña, la recompensa lo precede». Los llamarán «Pueblo santo», «Redimidos del Señor», y a ti te llamarán «Buscada», «Ciudad no abandonada». ¿Quién es ese que viene de Edón, de Bosra, con las ropas enrojecidas? ¿Quién es ese, vestido de gala, que avanza lleno de fuerza? Yo, que sentencio con justicia y soy poderoso para salvar. ¿Por qué están rojos tus vestidos, y la túnica como quien pisa en el lagar? Yo solo he pisado el lagar, y de los otros pueblos nadie me ayudaba. Los pisé con mi cólera, los estrujé con mi furor; su sangre salpicó mis vestidos y me manché toda la ropa. Porque es el día en que pienso vengarme; el año del rescate ha llegado. Miraba sin encontrar un ayudante, espantado al no haber quien me apoyara; pero mi brazo me dio la victoria, mi furor fue mi apoyo. He pisoteado los pueblos en mi cólera, los he embriagado con mi furor, hice correr por tierra su sangre. Quiero recordar la misericordia del Señor, las alabanzas del Señor: todo lo que hizo por nosotros el Señor, sus muchos beneficios a la casa de Israel, que llevó a cabo con compasión, y su gran misericordia. Él dijo: «Son mi pueblo, hijos que no engañarán», y fue su salvador en todas sus angustias. No fue un ángel ni un mensajero, fue él mismo en persona quien los salvó, los rescató con su amor y su clemencia, los levantó y soportó, todos los días del pasado.


Zac 14,4;8-11: Así dice el Señor: «Mirad, llega el día del Señor». Aquel día se plantarán sus pies sobre el monte de los Olivos, al este de Jerusalén. Aquel día brotarán aguas vivas de Jerusalén: la mitad irá al mar oriental, la otra mitad al occidental, tanto en verano como en invierno. El Señor será rey de todo el mundo. Aquel día el Señor y su nombre serán únicos. Todo el país se convertirá en una llanura, desde Guibeá hasta Rimón, al sur de Jerusalén, que será realzada y habitada en su lugar, desde la Puerta de Benjamín hasta la Puerta Antigua, hasta la Puerta del Ángulo y la Torre de Jananel, hasta el Lagar del Rey. Habitarán en ella y no habrá más exterminio; habitarán Jerusalén tranquilos.


En Maitines


Mc 16-20: En aquel tiempo, resucitado Jesús al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron. Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.


En la Liturgia


Hch 1,1-12: En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra». Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado.


Lc 24,36-53: En aquel tiempo, habiendo resucitado Jesús de entre los muertos, se presentó en medio de sus discípulos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.



Fuente: cpciberoamerica.es / lexorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española