02/10 - El Santo Hieromártir Cipriano y la Partenomártir Justina


Cipriano vivió en época del emperador Decio, en Antioquía, aunque era natural de Cartago. Era filósofo, mago, alquimista. Sus padres rendían culto al dios Apolo y a los demonios, por lo que, cuando tenía 10 años, fue enviado al Monte Olimpo a perfeccionar sus artes mágicas en el culto a los falsos dioses. Se hizo un experto en magia, logrando dominar la naturaleza, las cosechas, los corazones de las personas, la salud y la enfermedad. A los 15 años le enviaron a Argos, a perfeccionarse en el culto a la diosa Juno… Y así, la tradición se extiende sobre los sitios de culto pagano que fue visitando. Al regresar a Antioquía ya era un mago reputado y presumía de un trato personal con el demonio, al que ayudaba y este le recompensaba con poder, sabiduría y riquezas. No se guardaba su magia para sí, sino que enseñaba a otros a realizar sortilegios y embrujos para lograr sus objetivos, acercándoles a los demonios, como él mismo.


Vivía en Antioquía una doncella llamada Justina, hija de Edesio, un sacerdote pagano y su madre se llamaba Cledonia. En una ocasión en que estaba a la ventana, oyó predicar al diácono San Prelio sobre la Vida, Pasión y Resurrección de Jesucristo. Oírlo Justina y querer conocer a ese Dios Jesucristo, fue la misma cosa. Buscó instruirse en la fe y se fue a una comunidad de cristianos, donde llegó a la fe. Regresó a casa, y convirtió a sus padres. Fueron al obispo San Optato, que les bautizó, ordenó presbítero a Edesio y consagró la virginidad de Justina a Jesucristo. A todas estas, había un joven pagano, llamado Aglax (o Aglaias) que se prendó, con malas intenciones, de Justina, proponiéndole fuera su amante, a lo que ella respondió huyendo de su persona, luego de responderle: “Mi esposo es Cristo; Él me basta, y por amor a Él guardo mi pureza, como Él preserva mi alma y mi cuerpo de toda contaminación". Determinó el joven raptarla, y así lo hizo, ayudado unos amigos, pero Justina comenzó a gritar y fue socorrida por algunas personas.


Ya que no podía hacer más, Aglax se fue a donde al mago Cipriano, para que hechizara a Justina, a cambio de riquezas. Cipriano le respondió que no se preocupara, que la misma joven iría a su presencia, rendida de amor. Y se puso a la tarea: tomó sus libros, preparó sus conjuros e invocó al demonio para que dominara el corazón de Justina y lo entregase al pagano. El diablo le ordenó a Cipriano que dijera al joven rociara la casa de Justina con un brebaje, y esta se encendería de lujuria por él. Así lo hizo este, y esa noche, al despertarse Justina a hacer su oración (hacía oración tres veces en la noche), se sintió fuertemente tentada de lujuria, y recordó a Aglax, pero clamó a Jesucristo, y este le liberó de la tentación. Se apareció el demonio a Cipriano, diciéndole que no podía conquistar a Justina. Invocó Cipriano a otro demonio más poderoso, que halló a la joven haciendo grandes penitencias y ayunando, y tampoco logró nada. Y llamó Cipriano al mismísimo Satanás, que riéndose de los otros demonios, tomó la apariencia de una mujer, se fue adonde Justina, y le pidió vivir con ella, para imitar su vida virtuosa. Pero a la primera sugerencia sobre la superioridad del sexo sobre la virginidad, Justina supo que era cosa del demonio, trazó la señal de la cruz, y el diablo huyó. Al volver adonde Cipriano, le confesó: “Los demonios no podemos ver la señal de la cruz, sino que huimos de ella, porque nos quema como el fuego y nos arroja lejos."


Pero quería cumplir el demonio con Cipriano y se le ocurrió tomar la apariencia de Justina, para que Aglax satisficiese sus deseos. Y allá se fue. Al verle Aglax, le abrazó y le dijo: “que bien que has venido a mí, Justina”, y al oir el nombre de la virgen casta, el diablo desapareció. Ni su nombre podía oír Satanás. Otras estratagemas inventó Cipriano, como convertir a Aglax en pájaro, pero nada, solo lo miró Justina, y el joven casi se mata al caer del tejado. Derrotado, Cipriano se vengó de la familia, los animales, los  amigos de Justina, y ella misma, provocándole una enfermedad. Nada logró, pures la virgen, virgen era, así que extendió sus maldiciones a toda la ciudad, muriendo personas y animales, atrayendo tormentas, terremotos y sequías. Entonces fueron las gentes a convencer a Justina que aceptara Aglax, para que Cipriano les dejase en paz, pero ella les dijo que toda esa obra del demonio cesaría por su oración. Eso, que oró a su Esposo Jesucristo, y los demonios huyeron de la ciudad, la gente alabó a Cristo y se burlaban de Cipriano, que había sido vencido por una virgen Justina.


¿Y que logró esto? Pues que Cipriano se diera cuenta que el diablo era mentiroso y ante Jesucristo no tenía poder alguno, así que renegó de él. El diablo intentó matarlo y llevarle al infierno, y Cipriano clamó: "¡Oh Dios de Justina, ayúdame!" haciendo la señal de la cruz, ante lo que el diablo salió disparado, dejándolo. Cipriano tomó todos sus libros, se fue ante el obispo San Antimo, pidiendo el bautismo. Antimo quemó los libros delante de todo el pueblo y le bautizó, al ver la fe y adhesión a Cristo de Cipriano. No solo esto, sino que al año, fue ordenado presbítero, y a los tres años, fue consagrado obispo. Dio a Justina el orden de las diaconisas, y fundó un monasterio para ella y otras jóvenes.


Pero cuando todo parecía estar bien, el diablo comenzó a insidiar en Eutolmio, gobernador de la región, alertándole sobre cómo eran despreciados los dioses, por los engaños del obispo Cipriano y la abadesa Justina. El gobernador les mandó apresar a ambos y llevarlos ante él para juzgarlos. Al estar ente él, y ser inquirido sobre su cambio de vida, Cipriano narró todo lo ocurrido hasta la huida del diablo ante la señal de la cruz, continuando con una apología de la fe cristiana frente a la idolátrica. Esto le valió ser colgado y raspado su cuerpo con peines, y a Justina ser golpeada. Soportaron grandes tormentos, como el caldero hirviente, al que sobrevivieron, mientras que un sacerdote pagano se quemó.


Les mandaron al juez Claudio, que les condenó a ser decapitados, sin más. Justina inclinó su cabeza y fue decapitada primero. Luego Cipirano, y un tal Teoctisto, que al ver la muerte de los mártires, se convirtió y fue martirizado allí mismo. Los cuerpos estuvieron al aire libre durante seis días, hasta que unos cristianos romanos que estaban de paso las tomaron y las llevaron a Roma, donde Rufina, una piadosa mujer las enterró decentemente y sobre ellos levantó un altar. Estas reliquias actualmente se veneran en la Basílica de San Juan de Letrán.  


El reconocimiento, y su culto, de los mártires Cipriano y Justina es tan antiguo como el siglo IV, en el que San Gregorio Nacianceno le menciona en un sermón, corroborando que era un mago, y filósofo, aunque le llama obispo de Cartago. En el siglo V, la emperatriz Eudoxia le llama obispo de Antioquía. A quien no mencionan nunca es a Justina. El Metafrastes y añadidos medievales van aumentado la tradición, y le hacen autor del famoso libro “Grimonio” sobre magia y hechicería. La obra de La vorágine los hizo famosos en Occidente.


LECTURAS


1 Tim 1,12-17: Hijo Timoteo, doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero; pero por esto precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en él y tener vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. 


Jn 10,9-16: Dijo el Señor: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor».



Fuente: Religión en Libertad / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Viernes de la II Semana de Lucas


Lc 6,17-23: En aquel tiempo, después de bajar con ellos, Jesús se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Viernes de la XVIII Semana


Ef 6,18-24: Hermanos, siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos. Pedid también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la palabra, y anuncie con valentía el misterio del Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor para hablar de él como debo. Tíquico, hermano querido y ministro fiel del Señor, os informará de todo para que sepáis cómo me va y lo que hago. Para ello os lo envío, para que tengáis noticias mías y para que os dé ánimos. A los hermanos, paz, amor y fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo. La gracia para todos los que aman al Señor Jesucristo con amor incorruptible.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

01/10 - Romano (Román) el Meloda (el Melodista)


Nacido en torno al año 490 en Emesa (hoy Homs) en Siria. Según algunos indicios, era de origen hebreo. Teólogo, poeta y compositor, pertenece al grupo de teólogos que ha transformado la teología en poesía. Pensemos en su compatriota, san Efrén de Siria, quien vivió doscientos años antes que él. Y pensemos también en teólogos de Occidente, como san Ambrosio, cuyos himnos todavía hoy forman parte de nuestra liturgia y siguen tocando el corazón. La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.


Romano el Meloda es uno de éstos, poeta y teólogo compositor. Aprendió las bases de la cultura griega y siríaca en su ciudad natal, se transfirió a Berito (Beirut), perfeccionando la instrucción clásica y los conocimientos retóricos. Ordenado diácono permanente (en torno al año 515), fue predicador en esa ciudad durante tres años. Después se transfirió a Constantinopla, hacia el final del reino de Atanasio I (en torno al año 518), y allí se estableció en el monasterio en la iglesia de la Theotókos, Madre de Dios.


Allí tuvo lugar un episodio clave en su vida: el Sinaxario nos informa sobre la aparición en sueños de la Madre de Dios y sobre el don del carisma poético. María, de hecho, le pidió que se tragara una hoja enrollada. Al despertar, a la mañana siguiente, era la fiesta de la Navidad, Romano se puso a declamar desde el ambón: «Hoy la Virgen da a luz al Trascendente» (Himno sobre la Navidad I. Proemio). De este modo, se convirtió en predicador-cantor hasta su muerte (tras el año 555).


Romano ha pasado a la historia como uno de los autores más representativos de himnos litúrgicos. La homilía era entonces, para los fieles, prácticamente la única oportunidad de enseñanza catequética. Romano se presenta como un testigo eminente del sentimiento religioso de su época, así como de un método vivo y original de catequesis. A través de sus composiciones podemos darnos cuenta de la creatividad de esta forma de catequesis, de la creatividad del pensamiento teológico, de la estética y de la himnografía sagrada de aquella época.


El lugar en el que predicaba Romano era un santuario de las afueras de Constantinopla: se subía al ambón, colocado en el centro de la iglesia, y se dirigía a la comunidad recurriendo a una representación bastante elaborada: utilizaba representaciones en las paredes o iconos sobre el ambón y se servía también del diálogo. Pronunciaba homilías métricas cantadas, llamadas Kontákia. El término kontákion, «pequeña vara», parece que hace referencia al pequeño bastón en torno al que se envolvía el rollo de un manuscrito litúrgico o de otro tipo. Los Kontákia, que se han conservado bajo el nombre de Romano, son 89, pero la tradición le atribuye mil.


En Romano, cada kontákion se compone de estrofas, en su mayoría de 18 a 24, con el mismo número de sílabas, estructuradas según el modelo de la primera estrofa (irmo); los acentos rítmicos de los versos de todas las estrofas se modelan según los del irmo. Cada estrofa concluye con un estribillo (efimnio), en general idéntico, para crear la unidad poética. Además, las iniciales de cada estrofa indican el nombre del autor (acrostico), precedido frecuentemente con el adjetivo «humilde». Una oración que hace referencia a los hechos celebrados o evocados concluye el himno. Al terminar la lectura bíblica, Romano cantaba el Proemio, en general en forma de oración o súplica. Anunciaba así el tema de la homilía y explicaba el estribillo que se repetía en coro al final de cada estrofa, declamada por él con una modulación de voz elevada.


Un ejemplo significativo es el kontakion con motivo del Viernes de Pasión: es un diálogo entre María y el Hijo, que tiene lugar en el camino de la Cruz. María dice: «¿Adónde vas, hijo? ¿Por qué recorres tan rápidamente el camino de tu vida?/ Nunca habría pensado, hijo mío, que te vería en este estado,/ ni podría imaginar nunca que llegarían a este nivel de furor los impíos/echándote las manos encima contra toda justicia». Jesús responde: «¿Por qué lloras, madre mía? [...]. ¿No debería irme? ¿No debería morir?/ ¿Cómo podría salvar a Adán?». El hijo de María consuela a la madre, pero le recuerda su papel en la historia de la salvación: «Depón, por tanto, madre, depón tu dolor:/ no es propio de ti el gemir, pues fuiste llamada "llena de gracia"» (María a los pies de la cruz, 1-2; 4-5). En el himno sobre el sacrificio de Abraham, Sara se reserva la decisión sobre la vida de Isaac. Abraham dice: «Cuando Sara escuche, Señor mío, todas tus palabras,/ al conocer tu voluntad, me dirá:/-Si quien nos lo ha dado lo vuelve a tomar, ¿por qué nos lo ha dado?/[...] -Tú, anciano, déjame mi hijo,/y cuando quiera quien te ha llamado, tendrá que decírmelo a mí» (El sacrificio de Abraham, 7).


Romano no usa el griego bizantino solemne de la corte, sino un griego sencillo, cercano al lenguaje del pueblo. Quisiera citar un ejemplo de la manera viva y muy personal con la que hablaba del Señor Jesús: le llama «fuente que no quema y luz contra las tinieblas», y dice: «Yo anhelo tenerte en mis manos como una lámpara;/ de hecho, quien lleva una luz entre los hombres es iluminado sin quemarse./ Ilumíname, por tanto, Tú que eres Luz inapagable» (La Presentació o Fiesta del encuentro, 8). La fuerza de convicción de sus predicaciones se fundaba en la gran coherencia entre sus palabras y su vida. En una oración dice: «Aclara mi lengua, Salvador mío, abre mi boca/ y, después de haberla llenado, penetra mi corazón para que mi actuar/ sea coherente con mis palabras» (Misión de los Apóstoles, 2).


Examinemos ahora algunos de sus temas principales. Un tema fundamental de su predicación es la unidad de la acción de Dios en la historia, la unidad entre creación e historia de la salvación, unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento. Otro tema importante es la pneumatología, es decir, la doctrina sobre el Espíritu Santo. En la fiesta de Pentecostés subraya la continuidad que se da entre Cristo, ascendido al cielo, y los apóstoles, es decir, la Iglesia, y exalta su acción misionera en el mundo: «[...] con virtud divina han conquistado a todos los hombres;/ han tomado la cruz de Cristo como una pluma,/ han utilizado palabras como redes y con ellas han pescado por el mundo,/ han tenido el Verbo como agudo anzuelo,/ para ellos ha servido de cebo/ la carne del Soberano del universo» (Pentecostés 2;18).


Otro tema central es, claro está, la cristología. No se mete en el problema de los conceptos difíciles de la teología, sumamente discutidos en aquel tiempo, y que también laceraron la unidad no sólo entre los teólogos, sino incluso entre los cristianos en la Iglesia. Predica una cristología sencilla, pero fundamental, la cristología de los grandes Concilios. Pero sobre todo se acerca a la piedad popular, de hecho los conceptos de los Concilios han surgido de la piedad popular y del conocimiento del corazón cristiano, y de este modo Romano subraya que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, y al ser verdadero Hombre-Dios es una sola persona, las síntesis entre creación y Creador: en sus palabras humanas escuchamos la voz del mismo Verbo de Dios. «Era hombre -dice-- Cristo, pero también era Dios,/ ahora bien, no estaba dividido en dos: es Uno, hijo de un Padre que es uno solo» (La Pasión 19).


Por lo que se refiere a la mariología, en acción de gracias a la Santa Madre de Dios por el don del carisma poético, Romano la recuerda al final de casi todos los himnos y le dedica sus kontákia más bellas: Natividad, Anunciación, Maternidad divina, Nueva Eva.


Por último, las enseñanzas morales están relacionadas con el juicio final (Las diez vírgenes [II]). Nos lleva hacia ese momento de la verdad de nuestra vida, la comparecencia ante el Juez justo, y por ello exhorta a la conversión en la penitencia y en el ayuno. El cristiano debe practicar la caridad, la limosna. Acentúa el primado de la caridad sobre la continencia en dos himnos, las Bodas de Caná y Las diez vírgenes. La caridad es la más grande de las virtudes: «[...] Diez vírgenes poseían la virtud de la virginidad intacta,/ pero para cinco de ellas el duro ejercicio no dio fruto./ Las otras brillaron para las lámparas del amor por la humanidad,/ por eso las invitó el esposo» (Las diez vírgenes, 1).


Humanidad palpitante, ardor de fe, profunda humildad rezuman los cantos de Romano el Meloda. Este gran poeta y compositor nos recuerda todo el tesoro de la cultura cristiana, nacida de la fe, nacida del corazón que se ha encontrado con Cristo, con el Hijo de Dios. De este contacto del corazón con la Verdad, que es Amor, nace la cultura, toda la gran cultura cristiana. Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural tampoco muere, sino que sigue estando viva y presente. Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes, no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos «en casa»: donde encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe.


Si la fe está viva, la cultura cristiana no se queda en algo «pasado», sino que sigue viva y presente. Y si la fe está viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: «Cantad al Señor un cántico nuevo».


Creatividad, innovación, cántico nuevo, cultura nueva y presencia de toda la herencia cultural en la vitalidad de la fe no se excluyen, sino que son una sola realidad: son presencia de la belleza de Dios y de la alegría de ser hijos suyos.



Fuente: goarch.org / vatican.va

Adaptación propia

01/10 - Ananías, Apóstol de los 70


Ananías se encuentra entre los más valientes -y también entre los más determinados -de todos los santos, y desempeñó un papel fundamental ayudando a San Pablo a asentar los fundamentos de la Iglesia primitiva.


Estuvo destinado a servir como primer Obispo de Damasco, y también a perecer bajo las piedras arrojadas sobre él por los enemigos de la Cristiandad.


Su martirio ocurrió en una oscura ciudad Palestina llamada Eleuterópolis cuando este santo apóstol (uno de los Setenta) se negó a dejar de predicar el Santo Evangelio de Jesucristo. Fue una muerte agonizante, por supuesto, pero, antes de que aconteciera, San Ananías se las arregló para cumplir su destino como esforzado Obispo que bautizaría a Saulo en la fe (el que luego llegaría a ser el Apóstol San Pablo) (Hechos 9, 10-17).


Bautizar al gran discípulo y evangelizador Pablo (luego de su llegada a Damasco) fue un servicio inmensamente importante para el Santo Evangelio; pero esa no fue la única ocasión en la que Ananías se puso en pie para ayudar a su gran amigo y compañero. En otra ocasión en Damasco, después de que San Pablo hubiera estado predicando en la Sinagoga que Jesucristo era el Hijo de Dios y el Redentor del mundo, un grupo de judíos enojados decidieron que ya habían escuchado demasiado e idearon un plan para asesinar al gran maestro. Dirigidos por Ananías, un ingenioso grupo de cristianos en Damasco frustraron el pérfido plan haciéndolo descender con una cuerda, oculto en una canasta, por las murallas de la ciudad. Una vez seguro en las afueras de la ciudad, San Pablo reinició su ardiente predicación sin temor a las represalias de los enojados asistentes de la sinagoga. 


La historia de este resuelto mártir (cuyo nombre significa “Dios es clemente”) terminó trágicamente bajo el reinado del Gobernador Romano Luciano, pero el legado que dejó fue todo menos triste. Con haber conseguido el bautizo de uno de los más perspicaces pensadores y escritores de la Cristiandad (hecho que ocurrió alrededor del año 36) San Ananías ayudó a cumplir el santo Plan de Dios para la humanidad.


Como les sucede frecuentemente a aquellos que han sido llamados por Dios, este maestro de noble corazón y curador de los enfermos recibió su tarea más importante –la tarea de devolverle la visión a San Pablo, así como la de bautizarlo- durante una aparición mística en la cual el Todopoderoso lo llamó a administrar el sacramento al antes brutal opresor de los Cristianos. 


San Ananías hizo exactamente lo que le había sido instruido por Dios Todopoderoso, y luego se alejó de Damasco para evangelizar en la región de Eleuterópolis, no muy lejos de Jerusalén, donde maravilló a sus ciudadanos con las muchas curas milagrosas que realizó. Sin embargo pronto chocó con el Gobernador, que adoraba a ídolos paganos y cuyo odio creciente hacia los cristianos se puede ver claramente en el decreto que publicó a lo largo de la Provincia Romana: “Ordenamos que, si alguno es encontrado invocando el nombre de Cristo y adora al Crucificado, será entregado a crueles torturas. Sin embargo, si renuncia a Cristo y ofrece sacrificios a los dioses inmortales, le serán asegurados regalos y honores de nuestra parte.”


Luciano, al enterarse de que el celoso discípulo era reconocido como predicador Cristiano, respondió, como era de esperar, ordenándole que ofreciera sacrificios a los ídolos. Por supuesto, San Ananías se negó, y Luciano lo hizo torturar. Inmediatamente se le aplicaron métodos violentos y severos, pero el evangelizador no cedería. Mientras más era castigado, más alto proclamaba, de acuerdo con testimonio de historiadores de esa época: “No reverenciaré dioses falsos, ya que yo adoro al único y verdadero Dios: mi Señor Jesucristo. Yo lo he tenido a Él delante de mis ojos y he conversado con Él con mis labios, no solo cuando caminó en la tierra como hombre, sino también después de su Ascensión a los cielos. Pues Él se me apareció cuando yo estaba en Damasco y me envió a sanar a Saulo, quien por Su maravilloso poder y sabiduría transformó su conocimiento de la verdad. Él nos ha salvado de las manos de los demonios y nos ha guiado hacia su Padre; por ello lo adoro a Él y no a los demonios, que buscan destruir toda la raza humana.”


Sus torturadores, frustrados y enojados por ese piadoso discurso, en un arranque de desesperación le arrancaron las manos y luego lo llevaron a las afueras de la ciudad, donde lo apedrearon hasta la muerte. Sin embargo el valiente Ananías, antes de que se llevara a cabo la sentencia, explotó en una elocuente y espontánea oración: “Señor Jesucristo, Hijo del Bienaventurado Padre, escucha mi oración y considérame digno de un lugar en la vida futura con los benditos Apóstoles. Tal como salvaste a Pablo con tu Luz, sálvame de la mano de estos impíos opositores de la verdad, de modo que no se cumpla su voluntad sobre mí y que ellos no me envuelvan en sus redes de mentira. No me quites Tu Reino celestial, el cual has preparado para aquellos que aman el camino de Tu Verdad, que ha sido mostrada por Ti, y por aquellos que cumplen Tus mandamientos.”


El gran santo murió después de finalizar su plegaria (alrededor del año 50), al mejor estilo de los Cristianos: mientras invocaba al Señor por el perdón de sus verdugos. 


Las reliquias de este mártir amable pero de corazón de león posteriormente fueron llevadas a Constantinopla. San Ananías es alabado frecuentemente por la valentía de su fe, pero su vida fue también un ejemplo brillante del poder del perdón. Para aquellos que luchan por perdonar heridas e insultos pasados, su acción final se nos presenta como un útil recuerdo de que, con la ayuda de Dios, aun las más grandes afrentas pueden ser perdonadas amorosamente.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia