15/03 - Agapio el Mártir y sus Compañeros


Cuando unos jóvenes paganos de Cesarea vieron cómo los romanos trataban a los jóvenes cristianos en su ciudad, se indignaron. ¿Cómo podrían ellos permanecer indiferentes ante esto y permitir que los ocupantes de turno de su Provincia Palestina quemaran vivos a esos valientes compañeros? ¿Cómo podrían ellos observar a esos niños cristianos –sus conciudadanos después de todo– ser arrojados en jaulas con animales salvajes para luego ser destrozados… sin resistir a ese sádico tratamiento por parte de los soldados armados del Imperio Romano?


Estos jóvenes paganos no eran seguidores de aquel que se llamaba el Santo Redentor, pero eran hombres jóvenes honestos, y, como la mayoría de los adolescentes, estaban llenos de un fervoroso idealismo. También estaban cansados y molestos de ver a la minoría cristiana de la zona costera de su pueblo ser maltratada y humillada día tras día por un grupo de tiranos fariseos que no eran otra cosa que un grupo de ladrones armados.


Según nos cuenta el historiador Eusebio, Obispo de Cesarea (265-339 d.C), «en el Segundo año de la persecución en nuestros días en la ciudad de Cesarea, era el festival en el cual todas las personas se reunían en sus ciudades. El mismo festival también se celebró en Cesarea. Y en el circo había una exhibición de carreras de caballos, y se ofreció una representación en el teatro; era también costumbre que en el estadio tuvieran lugar espectáculos impíos y bárbaros.»


Corría el año 303 d.C., bajo el violento reinado del Emperador Diocleciano (284-305 d.C.), y los ataques sobre los cristianos de la localidad estaban acrecentándose paulatinamente. De hecho, solo unos días antes el gobernador provincial de Cesaréa –el entrometido y malvado Urbano– había complacido a la multitud condenando a muerte a un joven piadoso llamado Timolao, que había sido quemado vivo en una estaca; y también a Agapio y Tecla de Cesarea, que habían sido sentenciados a ser despedazados por leones y leopardos hambrientos. 


A menos que el destino interviniese, esos tres jóvenes morirían en los siguientes días, en la cúspide de un festival religioso pagano que habría de transformar ese puerto costero en una orgía llamativa de violencia y borracheras. ¿Y cuál era el terrible crimen que este grupo de jóvenes condenados había cometido y que los llevaba hacia su cruel exterminación? Habían jurado defender el Santo Evangelio de Jesucristo, de quien ellos creían que era el Hijo de Dios. 


¡Qué escándalo! Mientras más pensaban estos jóvenes adolescentes de Cesarea en de las ejecuciones planeadas, más disgustados se mostraban. También empezaron pensar en su propio futuro. Si el Gobernador-dictador Urbano podía ordenar la pena de muerte en cualquier momento que lo deseara, simplemente agitando la mano, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que comenzara a atacar a los no cristianos? 


Esto era tiranía simple y llana, y había que hacer algo al respecto. Con una furia cada vez mayor por esta inadecuada manera de ajusticiar, estos desilusionados jóvenes se pusieron a tramar algo en los días previos a que las ejecuciones tuvieran lugar. Entre ellos había dos jóvenes sumamente enojados llamados Alejandro (uno de Egipto y el otro de Gaza en Palestina); un escandalizado joven de Dióspolis llamado Rómulo; un joven rebelde (Dionisio) de Fenicia y finalmente un cesareo llamado Publiuo. Mientras más discutían estos jóvenes idealistas acerca de la inminente exterminación de los tres jóvenes cristianos, más se encendían en furia ante el hecho de tener que ser testigos de tamaña injusticia... Entonces, en un rapto de genialidad inspirada por Dios, a uno de ellos se le ocurrió un plan con el cual estaban seguros de que podían forzar al draconiano odiador de cristianos a cancelar ese derramamiento de sangre. 


Su estrategia era simple y al mismo tiempo brillante. En la tarde previa al sangriento festival pagano los jóvenes se las arreglaron para tener una audiencia con el Gobernador, que se mostró sorprendido cuando fueron llevados a su presencia. Su sorpresa era completamente comprensible, ya que los visitantes estaban amarrados los unos a otros por las muñecas y pies con gruesas sogas. Mientras el sorprendido Gobernador miraba a los jóvenes, que lógicamente se habían amarrado ellos mismos para protestar por el aprisionamiento de los cristianos, uno de ellos dio un paso hacia adelante hablando en voz alta con palabras como las siguientes: “Nosotros también somos cristianos. Si vas a destruir a los tres que tienes encerrados, también deberás destruirnos a nosotros.” Asombrado por su valentía, sin embargo, el Gobernador se dio cuenta de que no les podía permitir este  tipo de enfrentamientos a su autoridad sin quedar indemnes, sin castigo. Una y otra vez les pidió a los jóvenes paganos que entrasen en razón. ¿Por qué habrían de morir sin ninguna necesidad? Después de todo, ni siquiera eran cristianos. ¿Por qué no dejar de lado esta tontería y gozar con el gran festival que estaba a punto de iniciarse? Pero los jóvenes se negaron absolutamente a darse por vencidos. 


Finalmente, en un último intento para evitar matarlos, el irritado Gobernador les hizo una oferta final. Para escapar de ser ejecutados con los otros tres cristianos que estaban a punto de morir, ellos debían, brevemente, adorar a los ídolos junto con el resto de los ciudadanos que estarían asistiendo al festival. Una vez más ellos se negaron. Y el Gobernador no tuvo otra alternativa. Temiendo que pudiera producirse una rebelión en toda la región que la llevara al caos, ordenó que estos valientes idealistas fuesen decapitados en la plataforma de ejecución pública en el momento más importante de las festividades.


Murieron en un grupo junto con los cristianos Timolao, Agapio y Tecla, mientras proclamaban ante los atónitos espectadores que se sentían orgullosos de morir por el Santo Evangelio de Jesucristo. Los ocho jóvenes murieron el 24 de marzo del Año 303 de Nuestro Señor. Sus vidas fueron cortas pero gloriosas; y hasta el presente son reverenciados por la Santa Iglesia por su lealtad y su valiente coraje enfrentándose al inconmensurable poder ostentado por un dictador salvaje. 


Sus muertes no fueron en vano. De ellos aprendemos la crucial diferencia entre la mera ilusión del “poder”, que depende solo de la posesión temporal de fuerza por las armas, y la “autoridad” real, que depende de la gracia y que brota constantemente de Dios Todopoderoso.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

Domingo de la Veneración de la Santa Cruz (Estauroproscinesis)


La Gran Cuaresma es un tiempo particular de mortificación y sacrificio espiritual y corporal para cada persona. Dado que este período de lucha espiritual tiene una larga duración, generalmente sucede que la practicamos con ánimo en los primeros días o semanas de la Gran Cuaresma, con mucho celo y coraje. Pero, al poco tiempo nos agotamos, nos cansamos y desanimamos física y mentalmente en este peregrinar cuaresmal.


En el tercer domingo del periodo cuaresmal, para animar y fortalecer el espíritu de todos, la Iglesia indica, para cada cristiano, la veneración de la cruz del Señor, para fortalecer a todos en las prácticas cuaresmales. Por esto el título de este domingo: la Veneración de la Cruz. 


La Santa Cruz recuerda a todos el infinito amor de Dios por nosotros, la pasión y la muerte de Cristo y el deber de cada uno de cargar con coraje la cruz de nuestra vida cotidiana. Jesucristo se dirige a todos nosotros: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie  a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga… El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (Lucas 9, 23 y 14, 27).


El significado espiritual del Domingo de la Veneración de la Cruz


Este domingo de la Gran Cuaresma nos recuerda el poderoso instrumento  que cada cristiano tiene en su lucha contra los enemigos en el camino que conduce a la salvación, la Santa Cruz. En este domingo se presenta la Cruz de Cristo ante nosotros como un signo de fortaleza, de salvación, de victoria y triunfo.


Los comentarios de este domingo, exponiendo las enseñanzas espirituales del Maitines de la mañana de este domingo, nos hablan de las razones para venerar la Santa Cruz. Así leemos: "Este domingo, el tercero de la Gran Cuaresma, celebramos la veneración de la Cruz por los siguientes motivos:


Porque durante los 40 días de la Gran Cuaresma nosotros, cansados y entristecidos  por las pasiones nos agotamos, nos volvemos  débiles, entonces se nos presenta la cruz vivificante, para que nos ilumine, fortalezca, nos recuerde la pasión de nuestro Señor Jesucristo y nos consuele...


... Semejantes a los que, durante un largo y difícil viaje  se sienten agotados, encuentran una bella sombra, descansan un poco, y recuperando las fuerzas, siguen adelante, así también hoy, durante la Gran Cuaresma, durante el periodo de un rigoroso ayuno, los santos Padres proponen la vivificante cruz como momento de quietud espiritual, para hacer de nosotros, muchas veces cansados, valientes y fuertes en nuestro peregrinar cuaresmal.


…O cuando el rey viene al encuentro de sus súbditos, le presentan primero su escudo y la espada, el rey se regocija y con él, su pueblo, así nuestro Señor Jesucristo, mostrando a nosotros su victoria sobre la muerte y su gloriosa Resurrección, envía a todos su escudo, su insignia real, la vivificante cruz,  que nos llena de alegría y ánimo y nos prepara, en la medida de lo posible, para recibir al Rey, el Señor Jesús, alabando su gloriosa victoria.


¿Por qué la cruz se llama el árbol de la vida, el árbol que se plantó en el paraíso del Edén? Los santos Padres presentan el árbol de la cruz a mediados de los 40 días de la Gran Cuaresma, recordándonos la enfermedad de Adán y su curación a la sombra de este árbol, porque, viviendo a su sombra, ya no morimos, sino que nos renovamos en nuestra caminata de vida cristiana”.


El espíritu de la Liturgia del Domingo de la Cruz


Los textos litúrgicos de este domingo no nos hablan de la cruz como símbolo de sufrimiento, penitencia o humillación, sino que se venera la Santa Cruz como símbolo de alegría, de victoria y triunfo que se completa con la gloriosa Resurrección.


El himno principal de este domingo es el canto: "Ante tu Cruz nos postramos, Señor, y tu Santa Resurrección, glorificamos". ¿Dónde está el origen de este himno? Se toma de la oración de "Contemplando la Resurrección” de los Maitines de la Resurrección, que rezamos en la Pascua. Esta oración también se reza en todos los Maitines dominicales. Es una oración muy antigua, haciendo parte de los Maitines de la Resurrección y de los Maitines dominicales, desde el siglo IX.  También están presentes en las antiguas liturgias de los Monasterios de Monte Atos. En esa oración pascual, profundamente dogmática, están presentes las palabras: "Ante tu cruz...".


El metropolita Andrey Sheptytsky en su mensaje "Sobre la veneración de la Santa Cruz", dice: "Es imposible representar, de modo más brillante y majestuoso, la esencia de la veneración de la cruz, tal como se presenta en el Domingo de la Santa Cruz. Nuestro ritual siempre une esta veneración con la Resurrección del Señor: "Ante tu Cruz nos postramos, Señor, y tu Santa Resurrección, glorificamos". Este es el concepto cristiano de la cruz. Más allá de esto, el cristiano ve la gloria de la resurrección y la alegría de la vida eterna".


Las estrofas (stijeras) que rezamos en los oficios litúrgicos de este domingo (Maitines, Visperas), constituyen un gran himno de gloria en honor a la cruz del Señor. "Ilumina, Cruz del Señor - cantamos en las Visperas de este sábado –con los radiantes rayos de la luz de tu gracia, los corazones de quienes te veneran y con amor sincero te reciben, como esperanza del mundo. Contigo son secadas  las lágrimas de tristeza, y nosotros nos liberamos de la trampa de la muerte y alcanzamos la eterna alegría…


Edén, árbol de inmortalidad, que nos dio las delicias de la eterna gloria. Tú espantas los ejércitos de los demonios, y alegras los coros de los ángeles y las comunidades de los fieles te celebran… Vengan, nuestros primeros padres, que por la maldad del que introdujo la muerte, cayeron de las alturas, por el amargor del deleite, por haber probado el fruto del árbol. ¡Llegados a Él, con alegría bésenlo y exclamen con fe: oh, cruz preciosísima, nuestro refugio! ¡Oh, árbol bendito por Dios, jardín celestial! Alimentándonos de tu fruto, accedemos a la inmortalidad del primer paraíso y recibimos la certeza de su gran misericordia. 


"Hoy es un día festivo, - leemos en la primera estrofa del canon de la resurrección, - con la resurrección de Cristo desapareció el poder de la muerte, brilló la estrella de la vida, Adán se levantó y alegremente celebra. Que se regocijen todos, cantando alabanzas”.


El ritual de la Veneración de la Cruz


La solemne veneración de la santa cruz en la mañana de este domingo ocurre así:


En la tarde-noche del sábado, víspera de la celebración, ornamentada con flores, después de la celebración de las Visperas, la cruz ornamentada es conducida hasta el altar. En el domingo temprano, durante la celebración de los Maitines, el sacerdote toma la cruz, elevándola hasta la altura de la cabeza, la conduce hasta el centro de la Iglesia, poniéndola en el tetrapodio. Durante la procesión se canta el tropario: “Salva, Señor, a tu pueblo… Después, se canta el himno (tres veces) “Ante tu Cruz… seguido de las postraciones. Durante el canto de las estrofas (stijeras) de este domingo, los fieles se aproximan para besar la cruz.


Esta es una de las stijeras que cantamos en las Visperas de este domingo: "Vengan, fieles y postrémonos ante el madero vivificador. Sobre él, Cristo, el Rey de la gloria, extendió voluntariamente sus brazos, elevó hacia la felicidad primitiva  a quienes el enemigo tentó al placer prohibido y los alejó de Dios. Vengan, oh fieles, postrémonos ante el madero, por quien hemos sido dignos de aplastar la cabeza de los enemigos invisibles. Acérquense razas de las naciones, honremos con alabanzas, la Cruz del Señor exclamando: ¡Alégrate  oh Cruz! Plenitud de la redención del caído Adán, en ti se glorían todos los fieles, pues por tu poder someterán con fuerza a los adversarios. A Ti, nosotros los cristianos, besamos con devoción y glorificamos a Dios diciendo: Señor, sobre ella te crucificaste, ten piedad de nosotros, oh Compasivo, que amas a la humanidad”.


En este día, en lugar del Trisagio (Santo Dios), cantamos en la Liturgia "Ante tu Cruz…". Cantamos este himno en honor a la Santa Cruz después de cada celebración litúrgica de la semana, hasta el viernes, haciendo las postraciones y besando, piadosamente, la Santa Cruz.


De hecho, la Liturgia de este Domingo nos enseña a comprender el gran significado de la Santa Cruz para nosotros, no solo en el tiempo de la Gran Cuaresma, sino también para toda nuestra vida. Este domingo nos muestra que donde está la cruz, está la fuerza de Dios, está la victoria, la salvación y está la certeza de la resurrección para la vida eterna y feliz.


Para estimular al cristiano a amar y venerar la Santa Cruz, a menudo recordamos las profundas palabras de San Efrén, el Sirio, gran venerador de la Santa Cruz († 373): "La Cruz es la resurrección de los muertos, la esperanza de los cristianos, auxilio de los paralíticos. La  Cruz, ánimo de los pobres, derrota de los orgullosos, esperanza de los desesperados. La  Cruz, seguridad para los navegantes, puerto seguro en las tormentas. La Cruz, el padre para los huérfanos, consuelo para los que sufren,  protección para los jóvenes, gloria de los fuertes, corona para los ancianos. La  Cruz, pan para los hambrientos, fuente de agua viva para los que tienen sed... Así pongamos la Cruz en la frente, en los ojos, en la boca y en sus pechos... en ningún momento abandonemos la Cruz. Nada hagamos sin su presencia. Cuando dormimos o nos levantamos, en el trabajo o durante las comidas, en nuestros viajes, por los caminos, en el mar o por los ríos, todos los miembros de nuestro cuerpo deben estar envueltos con la presencia de la vivificante Cruz”.


Vladyka Daniel K.


LECTURAS


Heb 4,14-16;5,1-6: Hermanos, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad. A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy; o, como dice en otro pasaje: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.


Mc 8,34-9,1: Dijo el Señor: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles». Y añadió: «En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios en toda su potencia».



Fuente: eparquia-pokrov.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

14/03 - El Santo Mártir Alejandro de Pidna


No es mucho el material que hay sobre este mártir, y más bien tardío dentro de los que fue la persecusión de Dioclesiano, que continuó unos años más con Maximiano. Se conserva una «Passio» de varios siglos posterior, aunque eso no significa que no conserve un recuerdo genuino, sino sólo que no es un documento contemporáneo, y que por lo tanto cuando narra los diálogos del emperador con el mártir dramatiza una situación de la que no ha quedado ningún registro. 


Ha ocurrido con este santo una confusión histórica: el hagiógrafo español del siglo XVII Tamayo Salazar confundió la Pydna griega con una antigua ciudad de España, y sobre esa base, no sólo incluyó a san Alejandro de Pydna entre los santos españoles, sino que hasta lo dotó de una biografía y unas actas, naturalmente no auténticas. Él conocía la inscripción de Alejandro en los menologios griegos, como lo afirma en su santoral, pero consideró que los confundidos habían sido los restantes hagiógrafos y no él mismo.


Lo cierto es que Pidna fue una ciudad en la antigua Macedonia, cuya sucesora, que sigue llamándose igual, queda hoy en territorio griego. Allí fue decapitado, posiblemente en el año 309, este mártir, que se atrevía no sólo a ser cristiano sino a hablar abiertamente de la fe a sus conciudadanos. Sin embargo, no murió enseguida, sino que su martirio estuvo precedido de tantos tormentos -como era usual-, que Dios premió tantos dolores como padeció su testigo, otorgando a sus reliquias el don de curación, por lo que era invocado para casos de enfermedades desesperadas.


Su memoria está incripta en la mayor parte de los martirologios históricos. En los santorales griegos se encuentra frecuente unida su celebración a la de un grupo de mártires de Tesalónica.



Fuente: vidas-santas.blogspot.com

14/03 - Benito el Justo de Nursia


Vida


Las noticias sobre la vida de San Benito se deben casi exclusivamente a San Gregorio Magno: el II volumen de “los Diálogos” y el “Diálogo entre Gregorio Magno y un personaje ficticio llamado Pedro”. El objetivo primordial de esta obra es predominantemente edificante: habla de los muchos prodigios obrados por Benito y de sus enseñanzas morales y doctrinales.


Benito nació alrededor del año 480 en Nursia, en el seno de la familia Anicia, que era noble y acomodad y era gemelo de su hermana Escolástica. Probablemente realizó sus primeros estudios en su tierra natal; sin embargo, es cierto que siendo muy joven (con unos trece o quince años de edad), fue enviado a Roma para realizar estudios literarios y jurídicos. En Roma se vivía con una relativa tranquilidad (eran los tiempos de Teodorico) y aunque la ciudad era monumental y tranquila, disgustó a Benito los escándalos de las facciones, de los grupos de Simmaco y de Lorenzo, que se disputaban el Papado y, sobre todo, los vicios de la juventud romana. Él estaba a disgusto en Roma, por lo que cuando consideró que su cultura estaba ya algo más perfeccionada, se fugó con su nodriza a Tívoli y allí se afincó en la aldea de Afile, a unos sesenta kilómetros de Roma. Tendría entonces unos veinte años de edad y allí se dedicó a llevar una vida ascética junto con otros compañeros.


Un primer prodigio realizado por él (consistente en restaurar milagrosamente una vasija de barro que le habían prestado y rompió), se extendió tanto y le dio tanta fama, que decide marcharse con su nodriza y con sus compañeros a un lugar más apartado. Y así, en los montes Simbruinos, descubrió un lugar solitario, cerca de la villa de Subiaco, lugar que se prestaba bien a sus deseos de llevar vida eremítica. Un monje llamado Romano lo encontró y, aunque guardó el secreto, le llevó ropa monástica y se preocupó de facilitarle diariamente el sustento desde su cenobio, que estaba cercano. Allí estuvo unos tres años.


Animado por los generosos ideales del eremitismo oriental, que también se practicaba en Italia, Benito, con fervor generoso, se entregó a todos los rigores de esa vida eremítica aunque se dice que, frecuentemente, sufría tentaciones. Los recuerdos de los vicios que había visto en Roma lo tentaban y se cuenta que una vez, viniéndosele a la mente la imagen de una mujer desnuda, se arrojó violentamente a una zarza espinosa a fin de vencer esta tentación dando sufrimiento a su cuerpo.


Venerado por su austeridad y juventud fue requerido por una Comunidad vecina de monjes para que asumiera el gobierno de la misma, para que él fuese su abad. Se ha identificado a esta Comunidad como la de Vicovaro y él, aunque reacio, consintió y aceptó. Pero en su puesto de abad impuso el rigor ya que algunos de aquellos monjes eran indisciplinados. Un monje llegó a atentar contra su vida envenenando una copa de vino que Benito tenía que beber. Él, haciendo la señal de la cruz sobre la copa, se salvó milagrosamente, la copa se rompió y él les manifestó que nombrasen a otro abad.


Él se volvió a su antiguo escondite aunque pronto se le acercaron nuevos discípulos que veían en él a su maestro. Eso le hizo comprender que Dios lo llamaba a organizar a otros ermitaños bajo una Regla cenobítica disciplinaria. Y así, entre aquellos montes, surgieron hasta doce pequeños monasterios, con doce monjes cada uno y cada uno con su correspondiente abad, aunque sobre todos, estaba Benito como cabecilla, como el verdadero abad, aunque él se había reservado el vivir en el monasterio destinado a los ermitaños más jóvenes. Era una organización parecida a la de San Pacomio en Egipto, pero la cercanía entre una comunidad y otra permitía a Benito el control y la influencia espiritual sobre todos ellos.


Su fama llegó hasta Roma y eso incitó a los ilustres romanos Equicio y Tértulo a entregarle a sus hijos respectivos: Mauro (joven de doce años) y Plácido (niño de siete años), los cuales serían en el futuro los primeros santos benedictinos. De ese tiempo se cuentan frecuentes milagros: hacer brotar agua en todo lo alto de un monte, hacer flotar en un lago el hierro de una hoz que se había salido del mango, mandarle a Mauro que salvara a Plácido de morir ahogado en un lago y el cual, caminando sobre las aguas, lo llevó a la orilla y muchos otros más.


Pero todo esto incitó los celos de un sacerdote llamado Florencio; primero intentó envenenarle y como no lo consiguió, comenzó a difamarlo. Entonces, Benito, comienza a pensar en un nuevo tipo de monasterio y así, su pleno ideal será Montecassino, que convertiría en su definitiva residencia. Se dice que la primitiva abadía fue construida sobre las ruinas de un edificio dedicado a los ídolos paganos en la acrópolis de la antigua Cassino.


Cassino había sido sede episcopal (un obispo suyo, de nombre Severo, participó en el concilio romano del año 487) y estaba cercana a Aquino cuya sede episcopal era ocupada por San Constancio. Allí construyó Benito su abadía primitiva con la intención de organizar su comunidad y de combatir también la idolatría que seguía conviviendo con las comunidades cristianas. La tradición dice que San Benito llegó a Cassino entre los años 525 y 529 y así, mientras Justiniano cerraba la escuela filosófica de Atenas, se abría en Occidente una nueva escuela al servicio de lo divino. El poeta Marco cuenta una anécdota ocurrida durante el viaje de Benito a Cassino: que lo acompañaban tres cuervos y que lo asistían dos ángeles. Benito, antes de fundar el monasterio, hizo retiro durante toda la Cuaresma a fin de iniciar en Cassino la celebración de la fiesta de Pascua. Subió al monte y de rodillas, imploró la ayuda de Dios, hizo talar el monte que estaba dedicado a los ídolos paganos e instauró el culto cristiano en el templo de Júpiter, al que consagró en honor de San Martín de Tours, que fue el pionero de la vida cenobítica en Occidente. También construyó un oratorio en honor de San Juan Bautista, adaptó los viejos edificios, levantó nuevos y construyó la abadía, compaginando la vida contemplativa con el trabajo. Su lema: “Ora et labora”.


Escribió la Regla del monasterio y lo guió con sabiduría. Era famoso por sus milagros, tenía el don de la profecía, resucitaba a los muertos, etc. Construyó un monasterio en Terracina y se le atribuye también el monasterio de San Pancracio cerca del Laterano. No se sabe a ciencia cierta si fue ordenado sacerdote, aunque algunos autores, especialmente Schuster, así lo creen. Amigos suyos fueron San Savino obispo de Canosa, San Germán obispo de Capua, el diácono San Servando abad de Alatri y algunos otros santos contemporáneos.


Junto a él estuvo prácticamente siempre su hermana Escolástica (Santa Escolástica), que murió tres días después de haber mantenido su última conversación con su hermano. Llevaron su cuerpo a Cassino y Benito la hizo sepultar en el sepulcro que tenía preparado para sí mismo. Él no tardó en morir y, conociendo por revelación divina el día de su muerte, se hizo abrir una nueva tumba, ordenó lo llevaran al oratorio de San Martín de Tours donde recibió los sacramentos, levantó las manos al cielo sosteniéndole los brazos sus discípulos y así, rezando, expiró.


Dos discípulos suyos, por separado, tuvieron ese día una visión: lo vieron entrar en la gloria: una escalera de luces conducía desde su celda hasta el cielo. Desde muy antiguo se cree que era el día 21 de marzo del año 546. Lo enterraron en la tumba excavada para él en el oratorio de San Juan, al lado de su hermana y su tumba fue meta de peregrinación a lo largo de los siglos y fue considerado desde antiguo como patrono de los moribundos.


La Regla Benedictina ha sido la matriz, el ejemplar en la que se han inspirado todas las Reglas de las Ordenes Religiosas en Occidente. La Regla, que él llamó “un esbozo para principiantes” produjo una pléyade de Santos.


Reliquias


Hay que decir que es antiquísima la creencia de que los restos de los santos Benito y Escolástica fueron llevados definitivamente a Fleury (Francia) cuando fue desvastado el monasterio de Montecassino. Pero estudiando a fondo un documento anónimo del siglo VIII y la obra de Adalberto de Fleury, del siglo IX que son los que afirman este hecho, ningún estudio serio da por cierto esta tesis. Hay muchísimos otros testimonios de papas, santos y emperadores que demuestran que esto no ha sido así. Todos admiten que los restos están en Montecassimo, porque se afirma que hubo una restitución parcial de los restos desde Fleury a Montecassino en el siglo VIII. La crónica de Leno dice que en el año 758 fue concedida al nuevo monasterio de Montecassino una parte del cuerpo del Santo. En la catedral de Brescia se conservaba un brazo que se perdió en el año 1870.


El último reconocimiento canónico de los restos realizado en Montecassino fue en el año 1950. El examen médico indica que en la urna de Montecassino existen dos esqueletos casi completos: uno masculino y otro femenino. En Fleury, actualmente, se conservan pequeños restos. El monasterio de Montecassino fue destruido en 1944 durante la Segunda Guerra Mundial, pero los restos se encontraron intactos en la urna como informaban las actas del reconocimiento que se había hecho con anterioridad en el año 1659. En el año 1950, después de reconocidos, fueron puestos en dos cajas de plata. Ambas urnas, el día 5 de diciembre del año 1955 fueron solemnemente puestas en una artística urna de mármol en el altar mayor de la basílica, en presencia de todos los abades benedictinos y numerosos obispos.


Su Regla


La síntesis de esta Regla es “Ora et labora”: vida contemplativa y vida activa. Son muchísimas las recomendaciones que hace San Benito a sus monjes y vamos a recordar algunas:


– La primera virtud que necesita un monje después de la caridad, es la humildad.


– La casa de Dios es para orar y no para charlar.


– Todo abad debe esforzarse por ser amable, como un padre bondadoso.


– El que administra el dinero no debe humillar a nadie.


– Cada monje debe esforzarse en ser exquisito y agradable en su trato.


– Cada Comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman.


– El monje debe ser humilde, pacífico, sobrio en la comida y bebida, activo, casto, manso, celoso y obediente.


Culto


Inmediatamente después de su muerte fue venerado como Santo; de hecho, San Gregorio Magno escribe de él solo cincuenta años después de su fallecimiento. En la Edad Media se le veneraba en toda Europa y fue cantado por todos los poetas del Medievo: Marco, Aldelmo, Alcuino, Pablo diácono, Rábano Mauro, Bertario, Pedro el Venerable, Dante… Actualmente es uno de los Santos más venerados en toda la cristiandad. Se le ha llamado: “Santo de la obra de Dios”, “Santo del trabajo”y “Protector de los moribundos”.


Antonio Barrero



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

Sábado de la III Semana de Cuaresma


Heb 10,32-38: Hermanos, recordad aquellos días primeros, en los que, recién iluminados, soportasteis múltiples combates y sufrimientos: unos, expuestos públicamente a oprobios y malos tratos; otros, solidarios de los que eran tratados así. Compartisteis el sufrimiento de los encarcelados, aceptasteis con alegría que os confiscaran los bienes, sabiendo que teníais bienes mejores y permanentes. No renunciéis, pues, a vuestra valentía, que tendrá una gran recompensa. Os hace falta paciencia para cumplir la voluntad de Dios y alcanzar la promesa. Un poquito de tiempo todavía y el que viene llegará sin retraso; mi justo vivirá por la fe, pero si se arredra le retiraré mi favor.


Mc 2,14-17: En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió. Sucedió que, mientras estaba él sentado a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaban con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían. Los escribas de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española