04/02 - Nicolás el Confesor


Nicolás nació en Cidonia (ahora Canea) en Creta, de padres acomodados que lo llevaron a los diez años de edad a Constantinopla con su tío Teofanes, al monasterio de Estudio. El abad quedó muy impresionado con el jovencito y le permitió entrar a la escuela del monasterio, donde pronto se distinguió por su docilidad y ahínco para aprender. A la edad de dieciocho años, se hizo monje y se notó que la obediencia a la regla no representaba ningún obstáculo para él, pues ya había llegado al dominio de sí mismo.


No estaba destinado Nicolás para llevar una vida pacífica en aquellos tumultuosos tiempos. Los sarracenos saquearon su hogar en Creta, mientras que en Constantinopla y Grecia la Iglesia era cruelmente perseguida por los emperadores iconoclastas. No pasó mucho tiempo sin que fueran desterrados Nicolás, el patriarca san Nicéforo, el abad san Teodoro y otros, y Nicolás hizo todo lo que pudo para ayudar a sus compañeros y aliviar sus sufrimientos. Después del asesinato del emperador iconoclasta León V el armenio, la persecución fue disminuyendo y se permitió a los expatriados volver, pero en tales condiciones que no todos aceptaban.


Cuando san Teodoro murió (826), san Nicolás, que había sido un discípulo modelo para los demás, se convirtió en su guía y maestro. La persecución duró hasta la muerte del emperador Teófilo, en 842, cuando su viuda, Teodora, hizo volver a los siervos de Dios desterrados y restituyó las imágenes que se veneraban en las iglesias. Entre los que regresaron, estaba el nuevo abad de los estuditas, a quien después sucedió san Nicolás.


En diciembre de 858, comenzó una tremenda disputa de gran trascendencia, cuando se destituyó a san Ignacio de la sede patriarcal de Constantinopla y pusieron a Focio, nombrado por el emperador Miguel III. San Nicolás no quiso tener ningún trato con él y se desterró voluntariamente, negándose a volver a la amistad de Miguel, quien entonces nombró otro abad. Por varios años el santo anduvo errante, pero al cabo fue aprehendido y enviado de vuelta a su monasterio, donde fue puesto en completo aislamiento. Por ese motivo, no pudo obedecer el llamamiento del Papa de Roma San Nicolás I, que deseaba examinarlo como testigo en favor de Ignacio. En 867, mataron a Miguel y su sucesor, el emperador Basilio, no sólo restituyó a san Ignacio, sino que también deseó restablecer al abad Nicolás, quien, sin embargo, se excusó por su avanzada edad. Murió entre sus monjes y fue sepultado junto a san Teodoro, su gran predecesor.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

04/02 - Isidoro el Pelusiota


Nació Isidoro en Alejandría, en una familia acomodada, que le proporcionó buenos estudios. Muy joven se decepcionó del mundo, dio sus bienes a los pobres y se fue a un monasterio en Pelusio, cerca de la desembocadura del Nilo. Practicó áspera penitencia, ayunos y vivía en constante oración y trabajo, preparando su alma para el servicio de Dios. Joven aún fue elegido abad, siéndolo durante muchos años. Fue vigilante para que la herejía no penetrase en el monasterio, y además, velaba por el bien de toda la Iglesia. Para ello escribió sobre todo cartas -al menos 2000 se conservan- en las que brillan la sana teología, la prudencia, la caridad, la justicia y el celo por el Reino. También dedicó parte de su obra a la exegética y a la apología, haciendo algunos comentarios a la Escritura. Escribió cartas a judíos y herejes, haciéndoles ver sus errores, siempre con caridad y mansedumbre. Y también escribió misivas a obispos y presbíteros que presumían de ortodoxia, pero llevaban una vida escandalosa, como al obispo Eusebio, al que le hizo ver su pecado de simonía.


Al emperador Teodosio II escribirá: "un rey no se salva por medio de su amplio poder, ni escapa de la impiedad de la idolatría por guardar para sí abundante riqueza".


Al gran San Pacomio escribirá, hablando sobre el retiro monástico: "El Reino de Dios es el modo monástico de nuestra vida, que no sucumbe a ninguna pasión, sino que tiene pensamientos elevados y alcanza a las realidades celestiales. Al adherirse a este modo de vida, ten cuidado de que ninguna caída te lleve a la esclavitud y te aleje del palacio real. Porque es difícil para los que han caído lejos de esta vida ser restaurados a ella. Que Dios, que abrió la puerta eficaz y quien se llama a sí mismo la Puerta a través de la cual uno puede entrar en la salvación, te conceda una mente libre de distracción y un irreprochable discurso, sazonado con gracia. A través de éstos hallaréis fecilidad en la vida presente, y buena voluntad y salvación en el mundo venidero".


Fue Isidoro Pelusiota firme defensor de San Juan Crisóstomo frente al Patriarca de Alejandria, Teófilo. Isidoro elogió la doctrina del Crisóstomo, la cual hacía llegar a los que podía, lo que le valió la hostilidad de Teófilo y luego la del sobrino de este, San Cirilo de Alejandría.


A San Cirilo dirá, para reconvenirle de sus métodos: "Si la afición no puede ver muy lejos, tampoco la aversión puede ver claramente. Por lo tanto, si deseas remediar ambos problemas de cómo te ven, no expongas tus declaraciones con vehemencia, sino sé más justo en sus acusaciones. Incluso Dios Omnisciente, antes de su nacimiento, puso lo mejor de su amor por el hombre para abajarse a pesar del escándalo de los sodomitas, enseñándonos una lección de sabiduría. Muchas de las personas que han venido a Éfeso te ridiculizan por actuar por enemistad personal y no según la doctrina de Jesucristo. Dicen ‘Aquí está este sobrino de Teófilo, imitando su manera de pensar. Al igual que él, atrae la ira del Dios que ama a Juan [Crisóstomo] inspirado por Dios'". Al menos con este hizo la paz, logrando que luego de la muerte del Crisóstomo su nombre fuera incluido entre los santos que se mencionaban en la Eucaristía. Además, pasado el tiempo, Cirilo cambió su desazón hacia Isidoro en veneración y respeto por su rectitud y sabio consejo, del que más de una vez se sirvió.


De su abundante epistolario quedan aun unos dos mil ejemplares, cartas escritas en un griego tan elegante que algunos expertos señalan que podrían incluso reemplazar a textos clásicos para la enseñanza del griego. Estos preciosos documentos dan testimonio de la amplitud de su erudición teológica y sobreabundan en buenos consejos de piedad, prudencia y humildad.


Isidoro vivió hasta una edad muy avanzada, y se durmió en el Señor un 4 de febrero de un año impreciso, alrededor del 436.



Fuente: preguntasantoral / eltestigofiel.org

Adaptación propia

Miércoles de la XVII Semana de Lucas


Mc 13,24-31: Dijo el Señor a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y gloria; enviará a los ángeles y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta. En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Miércoles de la XXXIV Semana


2 Pe 3,1-18: Queridos míos, esta es ya la segunda carta que os escribo. Con ellas quiero suscitar en vosotros, a base de recuerdos, un sano criterio para recordar los mensajes emitidos por los santos profetas y el mandamiento del Señor y Salvador transmitido por los apóstoles; sabiendo, ante todo, que en los últimos días vendrán burlones con todo tipo de burlas, que actuarán conforme a sus propias pretensiones y dirán: «¿En qué queda la promesa de su venida? Pues desde que los padres murieron todo sigue igual, como desde el principio de la creación». Porque intencionadamente se les escapa que desde antiguo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida en medio del agua gracias a la palabra de Dios; por eso el mundo de entonces pereció anegado por el agua. Pero ahora los cielos y la tierra custodiados por esa misma palabra están reservados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión. Pero el Día del Señor llegará como un ladrón. Entonces los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos se disolverán abrasados y la tierra con cuantas obras hay en ella quedará al descubierto. Puesto que todas estas cosas van a disolverse de este modo, ¡qué santa y piadosa debe ser vuestra conducta, mientras esperáis y apresuráis la llegada del Día de Dios! Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados. Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia. Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y considerad que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación, según os escribió también nuestro querido hermano Pablo conforme a la sabiduría que le fue concedida; tal como dice en todas las cartas en las que trata estas cosas. En ellas hay ciertamente algunas cuestiones difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tergiversan como hacen con las demás Escrituras para su propia perdición. Así pues, queridos míos, ya que estáis prevenidos, estad en guardia para que no os arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga vuestra firmeza. Por el contrario, creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

03/02 - La Sinaxis del Santo y Justo Simeón el Teodoco («Receptor de Dios») y la Santa Profetisa Ana


La praxis bizantina en el año litúrgico tiene ciertas particularidades sobre la celebración de los Santos. En el caso de algunas grandes fiestas, el primer día después de la celebración está dedicado a las personas implicadas en dicho evento. De ese modo, los Santos Simeón y Ana, profetas, son celebrados el día después de la Presentación del Señor en el Templo.


La historia de los Santos Simeón y Ana, los viejos profetas del Templo, es una creencia cristiana a caballo entre las Escrituras y la tradición. De acuerdo con el Evangelio de Lucas, los padres mortales de Nuestro Señor acudieron al Templo, cuarenta días después de su nacimiento, para cumplir con el tradicional rito judío, consistente en “re-comprar” el varón primogénito a través de un sacrificio de dos tórtolas o dos jóvenes pichones. Fuera del texto bíblico, el historiador Flavio Josefo es el principal autor que nos describe la actividad del Templo de Jerusalén, hablando sobre el personal auxiliar cerca del mismo, profetas y profetisas, vírgenes, etc; que supuestamente ayudaban a los sacerdotes y levitas no con los rituales prescritos; sino con los asuntos administrativos. Por supuesto, los profetas tienen una misión particular, que no puede ser claramente especificada.


En el momento en el que María y José fueron al Templo para cumplir con el sacrificio ritual, San Simeón estaba cerca. El Evangelio dice que era un hombre justo y devoto que esperaba el consuelo de Israel, y el Espíritu Santo estaba con él (Lucas 2,25). Dios le había prometido que no moriría hasta que el Mesías prometido, Cristo el Señor, viniera al mundo.


La mención de Lucas permite a la tradición hacer algunas ampliaciones sobre la vida de este Santo. Las historias orientales, siguiendo la Carta de Aristeas (ca. 130 a.C) mencionan que San Siméon era uno de los 72 eruditos supuestamente dedicados a completar la primera traducción de la Escritura del nuevo hebreo al griego antiguo. La comunidad hebrea de Alejandría, a la que pertenece también Filón, formada después del exilio en Babilonia, tenía su propio templo en la isla de Elefantina, en Egipto, y trataba de establecer su propio culto. Había un problema: la mayoría de judíos locales sólo conocían el griego, por lo que no entendían la Torá. Debido a esto, con la participación del faraón Ptolomeo II Filadelfo (285-247 a.C), que quiso incluir la Ley judía en su gran biblioteca de Alejandría, intentaron traducir el texto de la Torá al griego. La tradición menciona que fueron invitados eruditos de Jerusalén, y a partir de este punto la historia no sigue ya la Carta de Aristeas. El número de 72 fue reducido a 70, con la intención de hacerlos coincidir con los 70 santos varones que ayudaron a Moisés con la aplicación de la Ley (Núm. 11, 24 sq.). Con esto ha quedado claramente subrayada la teoría de la inspiración verbal de la Biblia, una idea muy difundida en la Iglesia oriental.


San Simeón está considerado como uno de los 70/72 eruditos que tradujeron el texto. De acuerdo con el Prólogo de Ochrid (que contiene las vidas de los Santos, escrito en la Edad Media) San Simeón tuvo que traducir el libro de Isaías y parece que se quedó trabado en el texto de 7,14: “Mirad que una virgen concebirá y dará a luz a un Hijo”. Creyendo que virgen era poco acertado, quería corregir el texto para poner joven mujer. En ese momento un ángel se le apareció y contuvo su mano diciendo, “Tú verás cumplirse estas palabras. No morirás antes de contemplar a Cristo el Señor nacido de una Virgen pura y sin mancha”. Desde ese día, San Simeón vivió esperando el Mesías prometido. Un día, recibió una revelación del Espíritu Santo para que acudiese al Templo, y es ahí donde la tradición sigue de nuevo a la Escritura (Lucas 2, 27). Era el mismo día en que la Virgen María y San José habían acudido al templo para cumplir el ritual prescrito por la Ley judía.


Si seguimos la tradición, parece claro que Simeón tenía, el día en que se encontró con Jesús, más de 300 años de edad (según la tradición, 360), algo difícil de comprender para nuestra mentalidad actual. Pero si unimos esto a la descripción de las vidas de los primeros ancestros de la humanidad, Adán vivió 930 años, Set 912, Jared 962, Matusalén 969, Lamec, el padre de Noé, 953… unas edades muy venerables. Muchos Padres de la Iglesia interpretaron esto literalmente.


Después de ver al Santo Niño, Simeón lo tomó en sus brazos y oró al Señor con una oración que se lee en las Vísperas del rito bizantino: “Señor, ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz, según Tu palabra, pues mis ojos han visto Tu salvación, que has preparado ante todas las gentes, luz para iluminar a los gentiles y gloria de Tu pueblo, Israel” (Lucas 2, 29-32). Esta oración, leída en el susodicho contexto, se comprende muy bien. El tiempo de espera habría sido muy largo y difícil para él. Incluso un texto de los Salmos dice que la edad de un varón oscila entre los 70-80 años, pero más que eso, es sólo amargura y dolor (Salmo 90, 10). Que Simeón viviera más allá de la esperanza de vida habitual lo menciona George Kedrinos en su Synopsis y Euthymios Zygabenos en el Comentario de Lucas 2; quien menciona que el anciano Simeón tenía al menos doscientos setenta años cuando recibió a Cristo Niño en sus brazos.


Pero hay más. Simeón es el primero en profetizar a Santa María su “modo” de sentir dolor. Un Gólgota mariano que significa profetizar a la madre la pasión de su hijo. El dolor de la madre contemplando la crucifixión es “una espada te atravesará el alma” (Lucas 2, 23-24), que aparece con mucha más frecuencia en la iconografía occidental.


San Simeón ha sido conectado con otras tradiciones distintas, según las cuales él era un rabino, el hijo de Hilel y padre de Gamaliel mencionado en los Hechos 5, 34; pero eso choca con la sencilla referencia que hace Lucas de Simeón como “un hombre en Jerusalén”. El evangelio apócrifo de Nicodemo (17,1-3) menciona a dos hijos de Simeón: Carino y Leucio, que fueron resucitados cuando Nuestro Señor bajó a los infiernos (Mat. 27, 52). La tradición oriental afirma que Simeón podría haber sido sacerdote, de ahí que estuviese en el Templo. Los Padres de la Iglesia que lo mencionan son Atanasio el Grande, en Sobre la misma naturaleza del Padre y del Hijo; San Cirilo de Jerusalén, en Homilía de la Presentación del Señor; y San Epifanio de Salamina, en Enseñanzas sobre los Padres de la Vieja Ley. También San José el Himnógrafo, compositor del Canon para la celebración de San Simeón, lo identifica como un sacerdote en activo: “Oh bendito sacerdote, tú ofreciste los sacrificios de la Ley, el cordero, por gracia inefable, manifestando con anticipación la sangre del Salvador; y recibiéndolo encarnado; oh Simeón, tú te has mostrado más glorioso que Moisés y todos los profetas”.


Santa Ana


El evangelista Lucas habla en los tres siguientes versículos de esta historia de la Presentación sobre una misteriosa profetisa llamada Ana, que también anunció al Mesías: “Y había allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, muy avanzada en años, que casada en su juventud, habia vivido con su marido durante siete años. Desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y empezó a dar gracias al Señor y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la salvación de Jerusalén”. (Lucas 2, 36-38).


Un erudito del siglo XVII, Cornelio Lapide, apuntaba que el nombre de Fanuel significa “rostro de Dios”, mientras que Ana significa “gracia”, una interesante combinación de nombres, que simbólicamente conectan con un texto del Génesis 32,30: “Porque la gracia procede del rostro y de la boca de Dios, y es alentada entre los creyentes”. También el lugar donde Jacob vio a Dios cara a cara, fue llamado por él Peniel o “Fanuel”. El misterio sobre Ana es grande, porque ella procedía de la tibu de Aser, una de las 10 tribus perdidas de Israel.


Lucas dice que Ana era muy vieja, y varias Biblias y antiguos comentarios defienden que ella tenía 84 años. En cualquier caso, el pasaje del evangelio de Lucas es ambiguo: podría significar que tenía 84 años, o que había sido viuda durante 84 años. Algunos eruditos, y entre ellos Ambrosio de Milán, consideran esto último lo más probable. En esta opción, ella no se habría casado antes de los catorce años, así que hubiese tenido al menos 14+7+84= 105 años de edad. La intención de San Lucas es probablemente afirmar que era prácticamente como una virgen, para que la pureza de la profecía estuviese conectada con la pureza carnal, que es algo también contemplado por la cristiandad oriental y especialmente en el monacato como un deber.


Santa Ana, cuyo nombre significa simbólicamente “gracia”, es en la tradición oriental la protectora de las viudas, vírgenes y mujeres ascéticas.


Las reliquias de San Simeón, El Que Recibió a Dios


Hay dos diferentes tradiciones sobre el “viaje” de las reliquias de San Simeón el Profeta. En Occidente existe la tradición de que Carlomagno podría haber conseguido, tras un increíble viaje a Constantinopla, el brazo del Santo que habría sostenido a Cristo. Esta reliquia pudo estar guardada en Aquisgrán, y de allí trasladada a Saint-Denis, cerca de París, por Carlos el Calvo. Algunos otros lugares que conservar tradicionalmente parte de las reliquias son Periguéux, Palermo y Bruselas.


Otra tradición, que no necesariamente contradice la primera, afirma que el cuerpo de San Simeón fue trasladado de Siria a Constantinopla en algún momento entre 565 y 578, durante el reinado de Justino II, que las guardó en la iglesia de Santiago el Hermano del Señor, que fue alzada por el emperador Justino, cerca de Santa Sofía, en el siglo VI. Su tumba fue vista por el peregrino ruso San Antonio, el futuro arzobispo de Novgorod (8 de octubre) en 1200. Quizá una parte de éstas fueron ofrecidas a Carlomagno, pero no se menciona tal cosa en los documentos bizantinos. Las reliquias del Santo permanecieron allí hasta que los cruzados tomaron Constantinopla en 1203 con la ayuda de la flota veneciana. Los cruzados tomaron las reliquias de San Simeón y las dejaron en Zara (hoy, Zadar, en Croacia), en la costa dálmata, controlada por los venecianos; en la iglesia de la Virgen, hospicio de peregrinos en aquel momento, al parecer a raíz de una gran tormenta en el mar que evitó una posterior navegación a Venecia.


Hay una iglesia llamada San Simeone Grande en Venecia, dedicada al Santo, donde se le hizo un hermoso monumento (cenotafio) en 1317, con la intención de trasladas las reliquias allí, pero lo cierto es que hasta hoy han permanecido en Zadar. Incluso aunque el cenotafio afirma que “aquí está el cuerpo de Simeón” (hic stetis corpus Beati Symeonis annis centum et XIIII), este monumento está vacío. Es curioso que mencione que Simeón habría vivido durante 114 años. El 17 de octubre de 2010, ante la insistencia del abad Theodoret del monasterio de la Santa Cruz en Jerusalén, el Arzobispo Želimir Puljić de Zadar ofreció una parte de estas reliquias a la iglesia del monasterio de San Simeón en Katamon, siendo recibidas por el patriarca Theophilos de Jerusalén. En este monasterio había una antigua tumba, considerada la tumba primigenia de San Simeón.


Sobre las reliquias de Santa Ana no he podido hallar información. Así como buena parte de su vida es un misterio, también sus restos mortales son desconocidos.


Mitrut Popoiu


LECTURAS


Heb 9,11-14: Hermanos, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!


Lc 2,25-38: En aquel tiempo, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.



Fuente: preguntasantoral / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia