28/09 - Wenceslao el Mártir, Príncipe de los Checos


No se puede decir que el bautismo de Borivoy, rey de Bohemia, y el de su esposa, santa Ludimila, tuviese como consecuencia la conversión de un gran número de sus súbditos puesto que, por el contrario, la mayoría de las más poderosas familias checas se oponían enérgicamente a la nueva religión.


A partir del año de 915, Ratislao, el hijo de Borivoy, gobernó todo el reino. El joven príncipe se había casado con Drahomira, una doncella que se decía cristiana, hija del jefe de los eslavos del norte, los veletianos. De aquel matrimonio nacieron dos hijos: Wenceslao, que vino al mundo el año de 907, cerca de Praga, y Boleslao.


Santa Ludimila, la abuela, arregló las cosas de tal manera, que la crianza y educación del mayor de sus nietos le fuera confiada enteramente, y así pudo alimentar el corazón de Wenceslao en el amor de Dios. En esta tarea Ludimila se valió de la ayuda del sacerdote Pablo, su capellán, quien había sido discípulo de san Metodio y había bautizado a Wenceslao. Bajo el tutorazgo de aquellos dos personajes, se afirmaron las virtudes inculcadas en el espíritu del joven y, cuando tuvo la edad suficiente para asistir al colegio de Budech, «hablaba, leía y escribía el latín como cualquier obispo y leía el eslavo con facilidad».


Era todavía muy joven cuando su padre murió en una de las batallas contra los magiares, y su madre, Drahomira, asumió el gobierno e impuso una política anticristiana o «secularista». Es casi seguro que, al hacer esto, la reina actuaba bajo la presión de los elementos semipaganos de la nobleza, pero de todas maneras, el cambio de política dio como resultado que Drahomira experimentase terribles celos ante la influencia que ejercía santa Ludimila sobre su hijo mayor y que denunciase a la santa como a una usurpadora que había formado a Wenceslao para el convento y no para el trono. Ludimila, afligidísima por aquellas acusaciones y muy preocupada por los desórdenes públicos y la lucha contra una religión que ella y su esposo habían establecido a costa de innumerables dificultades, optó por cortar por lo sano y, mediante largas y graves conversaciones con Wenceslao, trató de convencerle de la necesidad urgente que había de que tomase las riendas del poder en sus manos para salvaguardia del cristianismo. Los nobles se enteraron de aquellos manejos, y dos de ellos fueron enviados al castillo de santa Ludimila, en Tetin, donde la estrangularon a fin de que, privado de su apoyo, Wenceslao no pudiese emprender el gobierno de su pueblo. Sin embargo, los acontecimientos tomaron un curso diferente al previsto: la reina Drahomira, por intereses ajenos a la cuestión, fue expulsada del trono y, por voluntad del pueblo, Wenceslao fue proclamado rey. Como primera medida, el joven monarca anunció que apoyaría decididamente a la Ley y a la Iglesia de Dios, que impondría castigos muy severos a los culpables de asesinato o de ejercer la esclavitud y que se comprometía a reinar con justicia y misericordia. Mandó traer a su madre que se hallaba desterrada en Budech y desde entonces, la ex reina vivió en la corte sin intervenir para nada en el gobierno de Wenceslao.


En ocasión de una asamblea de regentes, convocada y presidida por Enrique I el Cazador, rey de Alemania, el joven Wenceslao llegó con mucho retraso e hizo esperar a todos los demás cuando se abrieron las sesiones. Algunos de los príncipes le enviaron un mensaje para hacerle saber que se consideraban ofendidos por su tardanza y Wenceslao mandó decir a la asamblea que le apenaba muchísimo su impuntualidad, que se le había ido el tiempo en la práctica de sus devociones y que pedía, como merecido castigo a su descortesía, que ninguno de los gobernantes ahí reunidos le presentara sus saludos cuando arribase. No obstante aquella petición, el propio rey Enrique, quien verdaderamente admiraba y respetaba la devoción del joven, le recibió con todos los honores. En el curso de aquella reunión, Wenceslao solicitó la gracia especial de que le fuera concedida a su país la conservación de una parte de las reliquias de san Vito. La petición fue otorgada: un brazo del santo fue cedido a Bohemia y, para guardar la reliquia, el joven monarca comenzó a construir, en Praga, una gran iglesia, precisamente en el sitio donde ahora se encuentra la catedral.


En el terreno político, Wenceslao cultivó las relaciones amistosas con Alemania y protegió la unidad de su país, gracias a la medida diplomática de reconocer el rey Enrique I como el señor de todas aquellas tierras y como al legítimo sucesor de Carlomagno. Aquella política, adoptada alrededor del año 926, unida a la energía con que combatió la opresión y otros excesos practicados por los nobles, hicieron prosperar a Bohemia, pero al mismo tiempo, provocaron la creación de un partido de oposición, formado principalmente por los que se hallaban contrariados a causa de la influencia que ejercía el clero sobre Wenceslao. Fue por entonces cuando éste se casó y, al nacer su hijo primogénito, el hermano menor del rey, Boleslao, resentido al ver que se perdía la ocasión para ascender al trono, se unió al partido de los descontentos.


En el mes de septiembre del año 929, Wenceslao recibió una invitación de su hermano Boleslao para que se trasladara a la localidad de Stará Boleslav a fin de tomar parte en los festejos en honor de los patronos del lugar, santos Cosme y Damián. En la noche del día de la celebración, terminados los festejos, Wenceslao recibió la advertencia de que su vida corría peligro, pero hizo caso omiso de ella. Se unió a los otros convidados, se sentó a la mesa con ellos, hizo un brindis especial «en honor de san Miguel, a quien rogamos que nos lleve por el camino de la paz hacia la felicidad eterna» y, luego de retirarse a orar, se acostó a dormir. Aún no despuntaba el alba del día siguiente cuando Wenceslao, que salió de la casa donde moraba para asistir a la misa, se encontró con Boleslao y se detuvo para darle las gracias por su invitación y su hospitalidad. «Ayer -repuso Boleslao con tono frío- hice cuanto pude por servirte como corresponde, pero hoy es otro día y todo el servicio que puedo darte es éste...» Y, con la rapidez del rayo, sacó el puñal y se lo clavó a su hermano en mitad del pecho. Ambos cayeron al suelo trenzados en lucha e inmediatamente acudieron los amigos de Boleslao que acribillaron a puñaladas al rey. Antes de lanzar el último aliento, sobre los escalones de la entrada a la capilla bañados con su sangre, Wenceslao tuvo tiempo de exclamar: «¡Dios te perdone, hermano!».


Inmediatamente, el propio pueblo del joven monarca le aclamó como a un mártir de la fe (a pesar de que parece ser que su asesinato tuvo muy poco que ver con el asunto de la religión) y, por lo menos hacia el año de 984, ya se celebraba su fiesta en toda Bohemia. Boleslao, perseguido por los remordimientos y el terror, sobre todo cuando comenzaron a circular las noticias de los milagros que se realizaban en la tumba de Wenceslao, mandó que los restos fuesen trasladados a la iglesia de San Vito, en Praga, tres años después del asesinato. El santuario se convirtió en seguida en un centro de peregrinaciones y, a principios del siglo XI, ya se veneraba a san Wenceslao -Sváty Václav- como santo patrón del pueblo de Bohemia.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

28/09 - Nuestro Justo Padre Nilo, Fundador y Hegúmeno del Monasterio de Grottaferrata


Algunas veces se llama Nilo el Joven a este santo abad, descendiente de una familia originaria de la Magna Grecia, y nacido en la ciudad de Rosano, en Calabria, alrededor del año 910. En la pila bautismal recibió el nombre de Nicolás. Aparte de haber sido en su juventud "muy ferviente en la práctica de sus deberes religiosos y de todas las virtudes", como afirma Alban Butler, tuvo sus momentos de debilidad, de tibieza y descuido en los primeros años de su vida e incluso se ha discutido si la mujer que vivía con él y que le dio una hija, era su legítima esposa. Pero lo cierto es que, cuando Nicolás tenía treinta años, tanto su mujer como su hija murieron, y aquella doble pérdida junto con una serie de enfermedades y quebrantos, le hicieron volverse hacia Dios.


Por aquel entonces, había un gran número de monasterios de los monjes del rito bizantino en el sur de Italia y, en uno de ellos recibió Nicolás el hábito y el nombre de Nilo. En varias oportunidades vivió en alguno de los distintos monasterios, después de haber pasado un período de tiempo como ermitaño y, por fin, fue nombrado abad en el monasterio de San Adrián, cerca de San Demetrio Corone. La fama de su santidad y su sabiduría se extendió por toda la comarca, y eran muchas las gentes que acudían a él en busca de consejo espiritual. En cierta ocasión, el arzobispo Teofilacto de Reggio, con el doméstico Leo, muchos sacerdotes y fieles, fue a visitarle con el propósito de poner a prueba su famosa erudición y habilidad. El abad conoció de antemano las intenciones del arzobispo y, antes de saludar al prelado y los otros miembros de la comitiva, rezó con ellos algunas oraciones y dejó en manos de Leo un libro en el que estaban escritas ciertas teorías sobre el pequeño número de los elegidos, ideas éstas que parecieron demasiado severas a la concurrencia.


El santo abad se propuso demostrar entonces que dichas teorías estaban fundadas en los principios establecidos, no sólo por San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Efraín, San Teodoro el Estudita y otros padres, sino por los del propio San Pablo y los del Evangelio. Para terminar su discurso, agregó estas palabras: "Las declaraciones parecen duras y aún terribles, pero mirad bien que sólo condenan las irregularidades de vuestras vidas. A menos que lleguéis a ser enteramente santos, no escaparéis de los eternos tormentos." Uno de los presentes preguntó al abad si Salomón se había condenado o salvado, a lo que él repuso: "¿Qué necesidad tenemos de saber si se ha salvado o no?


En cambio, conviene reflexionar en que Cristo pronunció palabras de condenación contra todas las personas que cometen impurezas." Eso lo dijo porque sabía que la persona que le había preguntado era adicta a ese vicio. Después añadió: "Tal vez yo podría saber si tú te salvarás o te condenarás. En cuanto a Salomón, la Biblia no have mención de su arrepentimiento, como lo have del de Manases." Eufraxio, un noble lleno de vanidad y de altivez, fue enviado desde la corte imperial de Constantinopla para gobernar la Calabria. San Nilo no le ofreció ningún presente a su llegada, como lo hicieron otros prelados y, por esa causa, el gobernador buscó pretextos para molestar al siervo de Dios. Sin embargo, cuando enfermó gravemente al poco tiempo de su arribo, envió a buscar a San Nilo, le pidió perdón, le rogó que orase por él y le suplicó que le impusiese el hábito de monje. A esto último se negó el abad durante largo tiempo, diciendo cada vez que el gobernador insistía: "Los votos que te fueron impuestos en el bautismo bastan para ti. La penitencia no requiere nuevos votos, sino un cambio sincero de corazón y de vida." Pero Eufraxio no estaba satisfecho y tanto insistió en su petición que, a la larga, el abad le concedió el hábito. Inmediatamente, el gobernador puso en libertad a todos sus esclavos, distribuyó sus bienes entre los pobres y, tres años más tarde, murió con una santa resignación.


Alrededor del año 981, las incursiones de los sarracenos en el sur de Italia obligaron a huir a San Nilo quien, junto con muchos de sus monjes y otros religiosos, representantes del monaquismo oriental, se acogió a la hospitalidad de la abadía de Monte Cassino, el centro del monaquismo occidental. Ahí fue recibido "como si San Antonio hubiese llegado de Alejandría o si el propio San Benito regresase del mundo de los muertos" y, luego de vivir durante algún tiempo en la abadía y de celebrar los oficios griegos en su iglesia, Aligerno, el abad benedictino, cedió para los fugitivos el monasterio de Vallelucio. Ahí permanecieron los monjes de San Nilo quince años, hasta que se trasladaron a una nueva casa en Serperi, cerca de Gaeta. En el año 998, el emperador Otón III viajó a Roma con el propósito de expulsar a Filagatos, el obispo de Piacenza, a quien el senador Crescencio había instalado corno antipapa, en contra de Gregorio V. En aquella ocasión, el abad Nilo se presentó ante el Papa y el emperador para suplicarles que tratasen con benignidad al antipapa. Filagatos ("Juan XVI") era calabrés como el abad, y éste se había esforzado en vano por disuadir al otro del cisma y la traición. Las peticiones de Nilo fueron escuchadas con respeto, pero a fin de cuentas, no lograron modificar para nada la terrible crueldad con que fue tratado el anciano antipapa. Nilo protestó enérgicamente en contra de las injurias cometidas en la persona de Filagatos y, cuando el emperador envió a un alto prelado para darle explicaciones, el abad fingió estar dormido a fin de no recibir al enviado y evitarse discusiones. Al poco tiempo, el propio Otón visitó la "laura" de San Nilo y se sorprendió al ver que el monasterio consistía en algunas míseras cabañas. "Estos hombres", comentó, "que viven voluntariamente en pobres chozas, son extranjeros en la tierra; en realidad, son ciudadanos del cielo." Nilo condujo al emperador, ante todo, a la iglesia, donde ambos oraron largo rato; después charló con él largamente en su celda. Otón insistió para que el abad aceptase algunas tierras de sus dominios y una renta que le permitiera establecer en ellas su propia abadía. Nilo le dio las gracias y agregó: "Si mis hijos son verdaderos monjes, nuestro divino Maestro no los abandonará cuando yo me haya ido. Dejadnos donde estamos." A la hora de la despedida, el emperador volvió a hacer otro vano intento para que aceptase algún presente. San Nilo puso ambas manos sobre el pecho del emperador y dijo: "Lo único que os pido, señor, es que salvéis vuestra alma. Sois emperador, pero habréis de morir y dar cuenta a Dios de vuestros actos, lo mismo que todos los hombres."


En el año de 1004 o de 1005, Nilo emprendió un viaje para visitar un monasterio al sur de Tusculum y, durante la jornada, cayó enfermo y debió quedarse en las colinas albanas. Ahí tuvo una visión de Nuestra Señora, quien le manifestó su deseo de que en aquel sitio estableciese una abadía para sus monjes. El abad se puso inmediatamente en movimiento: obtuvo del conde Gregorio de Tusculum una parcela de tierra en las estribaciones del Monte Cavo y mandó llamar a los miembros de su comunidad para instalarse en aquel sitio. Pero antes de iniciarse los trabajos, murió el anciano abad. La obra fue realizada por sus sucesores, especialmente por San Bartolomé, quien murió alrededor del año 1050. El monasterio de Grottaferrata, del cual se considera a San Nilo como primer abad y fundador, existe desde entonces en aquel lugar, habitado por monjes italo-griegos que han mantenido la liturgia y las modalidades bizantinas, a pocos kilómetros de distancia del mundo latino.



Fuente: vidas-santas.blogspot.com

Adaptación propia

28/09 - Caritón el Confesor


La historia de San Caritón comienza en Iconio, antigua ciudad Fenicia, a mediados del Siglo III después de Cristo, donde esta ascética y paciente figura llevó una vida de extraordinaria abnegación. Convertido al Cristianismo durante su juventud, el virtuoso San Caritón, que había llevado una vida muy tumultuosa, se vio inspirado por el ejemplo de los primeros mártires Cristianos como Santa Tecla, también residente de Iconio: en todos los tormentos que persiguieron a San Caritón, mientras su destino se desarrollaba en Palestina y otros lugares, la imagen sublime de Santa Tecla sería la que le sostendría, junto con lo que él describiría como “una vida entera portando la armadura de la Cruz”.


De acuerdo con la mayoría de los historiadores, sus problemas comenzaron en Palestina, bajo el reinado del Emperador romano Aureliano, cuando las autoridades regionales lo arrestaron y juzgaron por el hecho de ser Cristiano. Al escuchar esta acusación, San Caritón confirmó ante todos su conversión al Evangelio y provocó el enojo de sus perseguidores cuando proclamó en voz alta en el Tribunal Romano: “Todos vuestros dioses son demonios arrojados del Cielo hasta el más bajo infierno.” 


Como era de esperar, las enojadas autoridades romanas respondieron con un arranque de descarnada violencia: cuatro soldados fornidos arrastraron al santo por el suelo y lo golpearon inmisericordemente, para luego quemar con carbones encendidos su cuerpo indefenso. Sin embargo, cada vez que lo golpeaban, San Caritón proclamaba su fe en voz cada vez más alta, al tiempo que invocaba a Santa Tecla para que lo ayudase en esta hora de angustia.


De alguna manera, el golpeado cristiano se las arregló para mantenerse con vida. Lacerado y sangrando profusamente, casi a punto de morir, cayó en el suelo de la celda en que lo habían encerrado… cuando sus heridas, todas al mismo tiempo, fueron curadas milagrosamente. 


Posteriormente a este suceso, luego de que Tácito asumiera el trono como Emperador en el año 275, la feroz persecución contra los cristianos se detuvo por un tiempo, lo que le permitió a San Caritón viajar a Jerusalén como peregrino. 


Una vez más, fue víctima del destino: una banda de ladrones secuestró al desdichado peregrino cerca de la ciudad palestina de Jericó, llevándolo a una cueva en Wadi Farán, en donde lo amarraron y lo dejaron tirado en el suelo. San Caritón comenzó a rezar y la Divina Providencia intervino inmediatamente.


Aconteció que un grupo de serpientes entró a la cueva en busca de alimento, cayendo dentro de un contenedor de vino. Luego de haber bebido el líquido azucarado, se desprendió de sus cuerpos un veneno mortal que contaminó el recipiente. Al regresar los bandidos y brindar triunfalmente por un robo exitoso que habían hecho, el veneno hizo su efecto matando a todos y a cada uno de ellos.


Liberado finalmente de sus amarras, el abstemio San Caritón, cuya característica era la de sacar bien del mal (incluso de las más viles acciones), repartió el dinero robado entre los pobres. Entonces, decidido a convertirse en un monje ascético, se dedicó a una vida de completa oración y abnegación en la misma cueva en la que había sido mantenido en cautiverio. Al final convertiría la cueva de esos ladrones en un famoso monasterio Palestino conocido como el Monasterio de Tarán.


Posteriormente, este silencioso y abnegado monje fundaría otros dos monasterios antes de su muerte en el año 350.  El primero de esos lugares de retiro –llamado el Monasterio de Caritón- sería fundado en Jericó, la gran ciudad Palestina ubicada sólo a unos kilómetros, al oeste del Río Jordán. El segundo Monasterio, erigido en Sutka, llegó a ser conocido, como la “Laura Antigua”, lugar de una piedad y ascetismo legendarios para generaciones de monjes.


Después de haber inspirado a miles de palestinos a convertirse al Cristianismo -muchos de los cuales llegarían a ser monjes que pasaron su vida en oración y contemplación-, el anciano San Caritón finalmente fue enterrado en una sencilla tumba cerca del monasterio de Sutka, a unos cuantos metros de  la cueva de los ladrones en la cual su destino se había decidido bastantes años atrás.


Hasta la actualidad, la práctica de tonsurar a los monjes se le atribuye a San Caritón, que también elaboró otras reglas ascéticas a seguir por los devotos monjes. Fiel adherente a la vida monástica, este santo de Tierra Santa estableció las prácticas de la oración, la veneración y la abnegación, que se mantienen como hitos de la piedad cristiana aun 16 siglos después de su muerte.


Una parte de de sus Sagradas Reliquias se encuentra en los monasterios de Dionisio, en el Monte Ato, y Cico, en Chipre.


LECTURAS


2 Cor 4,6-15: Hermanos, el Dios que dijo: «Brille la luz del seno de las tinieblas» ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él. Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.


Lc 6,17-23: En aquel tiempo, después de bajar con ellos, Jesús se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Lunes de la II Semana de Lucas


Lc 4,38-44: En aquel tiempo, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española


Lunes de la XVIII Semana


Ef 4,25-32: Hermanos, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que el sol no se ponga sobre vuestra ira. No deis ocasión al diablo. El ladrón, que no robe más; sino que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos para poder repartir con el que lo necesita. Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española