01/11 - Cosme y Damián los Santos Anárgiros de Asia


Cosme y Damián fueron hermanos gemelos. Tras la muerte de su pare, su madre Teodora, buena cristiana, los educó en la piedad y en toda virtud, y los instruyó en todas las ciencias, sobre todo en la medicina, que se convirtió en su gran vocación. Murieron martirizados durante la persecución del emperador Diocleciano.


Según la tradición, Cosme y Damián nacieron en algún lugar de Arabia (península entre Asia y África). Aprendieron ciencias en Siria y llegaron a destacarse como médicos. Se hicieron célebres porque nunca pidieron dinero a cambio de su servicio, y, por eso, en Oriente, se les llama aún hoy los santos “sin dinero”. Cosme y Damián entendían que servir a la gente era una manera de anunciar a Cristo, algo que comprometía la palabra y la acción, la oración y la vocación de servicio a los demás. Con ese espíritu se convirtieron en médicos del cuerpo y del alma. Se dice, además, que realizaron curaciones milagrosas.


Los hermanos, así, se ganaron el cariño y el respeto de sus coetáneos. Lamentablemente, durante la persecución de Diocleciano, ambos fueron apresados y luego condenados a muerte. Cuenta la tradición que fueron varios los intentos frustrados para quitarles la vida. Se dice que primero fueron arrojados al mar, atados a pesadas rocas, para que se ahogaran; como el plan de los verdugos no resultó, se les quiso matar a flechazos y después se les pretendió quemar en la hoguera. Ninguno de estos planes resultó. Finalmente, terminaron siendo decapitados. Eran los inicios del s. IV.



Eran tan estrictos en su ministerio sin paga que Cosme se enfureció grandemente contra su hermano Damián cuando este aceptó como pago tres huevos de una mujer llamada Poladia. Ella tenía una enfermedad mortal que ningún médico podía curar. La sanaron y ella humildemente les ofreció, como representación de la Santísima Trinidad, estos tres huevos. Cosme ordenó que después de su muerte no fuese enterrado junto a su hermano.  Pero después de su muerte en Teremán (Mesopotamia), fueron enterrados juntos en obediencia a una revelación de Dios. Había allí un camello que también había sido curado de su estado salvaje por ellos, que con voz humana dijo que los hermanos debían ser enterrados juntos, ya que San Damián no había recibido los huevos como pago por sanar la enfermedad de Paladia, sino por su respeto por el nombre de Dios.  


La vida de ambos mártires evoca muchas proezas y milagros, como curaciones extraordinarias de enfermedades, o exitosas cirugías -incluyendo un trasplante de pierna-. Después de muertos, cuenta también la tradición, se aparecían en sueños a los enfermos que imploraban su intercesión, obteniendo el alivio en el dolor o la curación requerida; al respecto, San Gregorio de Tours, en su libro ‘De gloria martyrium’, escribe:


"Los dos hermanos gemelos Cosme y Damián, médicos de profesión, después que se hicieron cristianos, espantaban las enfermedades por el solo mérito de sus virtudes y la intervención de sus oraciones... Coronados tras diversos martirios, se juntaron en el cielo y hacen a favor de sus compatriotas numerosos milagros. Porque, si algún enfermo acude lleno de fe a orar sobre su tumba, al momento obtiene curación. Muchos refieren también que estos Santos se aparecen en sueños a los enfermos indicándoles lo que deben hacer, y luego que lo ejecutan, se encuentran curados. Sobre esto yo he oído referir muchas cosas que sería demasiado largo de contar, estimando que con lo dicho es suficiente".


Como queda reseñado, estos dos santos hermanos fueron grandes obradores de milagros durante su vida, y también después de su muerte. Se citan aquí dos de ellos:


1- Vivía en Teremán, cerca de la Iglesia de San Cosme y San Damián, un devoto hombre que se llamaba Malco. Un día se fue de viaje y dejó a su esposa sola. Pensaba que los santos hermanos protegían a su esposa. Sin embargo el Enemigo se hizo pasar por un amigo de Malco y planeaba matar a su esposa. Este hombre fue a la casa de Malco y dijo a su esposa que allí se encontraba que Malco le había ordenado que fuese con él. La mujer le creyó y se fue con el hombre. Él la llevó a un sitio aislado con la intención de matarla. Cuando la mujer se dio cuenta de lo que iba a pasar, comenzó a rezar fervientemente. En este momento aparecieron dos devotos hombres temerosos de Dios y el diablo dejó a esta mujer. Huyó, cayéndose por un acantilado. Los dos hombres trajeron a la mujer a su casa. Ella les hizo una reverencia y les preguntó: 


- ¿Cómo se llaman ustedes? me siento muy agradecida por mis salvadores.


Contestaron: 


- Somos Cosme y Damián, los servidores de Cristo-.  Y se volvieron invisibles. La mujer contó a todos con mucha alegría lo que le había pasado. Se fué ante el icono de los hermanos y glorificando a Dios ofrecía oraciones con muchas lágrimas, dando gracias por su liberación. Desde entonces honramos a los santos hermanos como los defensores de la santidad y la inviolabilidad del matrimonio cristiano. También como una fuente de armonía para la vida conyugal.


2- Un agricultor fue atacado por una serpiente al acostarse a dormir; esta se enredó alrededor de su torso y su cabeza. Este pobre hombre habría expirado entre grandes tormentos si no hubiese invocado la ayuda de los santos Cosme y Damián en el último momento. 


A pesar de las referencias del martirologio y el breviario, parece más seguro que ambos hermanos fueron martirizados y están enterrados en Ciro, ciudad de Siria no lejos de Alepo. Teodoreto, que fue obispo de Ciro en el siglo V, hace alusión a la suntuosa basílica que ambos Santos poseían allí.


Desde la primera mitad del siglo V existían dos iglesias en honor suyo en Constantinopla, habiéndoles sido dedicadas otras dos en tiempos de Justiniano. También este emperador les edificó otra en Panfilia.


En Capadocia, en Matalasca, San Sabas († 531) transformó en basílica de San Cosme y San Damián la casa de sus padres. En Jerusalén y en Mesopotamia tuvieron igualmente templos. En Edesa eran patronos de un hospital levantado en 457, y se decía que los dos Santos estaban enterrados en dos iglesias diferentes de esta ciudad monacal.


En Egipto, el calendario de Oxyrhyrico del 535 anota que San Cosme posee templo propio. La devoción copta a ambos Santos siempre fue muy ferviente.


En San Jorge de Tesalónica aparecen en un mosaico con el calificativo de mártires y médicos. En Bizona, en Escitia, se halla también una iglesia que les levantara el diácono Estéfano.


Pero tal vez el más célebre de los santuarios orientales era el de Egea, en Cilicia, donde nació la leyenda llamada "árabe", relatada en dos pasiones, y es la que recogen nuestros actuales libros litúrgicos.


Estos Santos, que a lo largo del siglo V y VI habían conquistado el Oriente, penetraron también triunfalmente en Occidente. Ya hemos referido el testimonio de San Gregorio de Tours. Tenemos testimonios de su culto en Cagliari (Cerdeña), promovido por San Fulgencio, fugitivo de los bárbaros. En Ravena hay mosaicos suyos del siglo VI y VII. El oracional visigótico de Verona los incluye en el calendario de santos que festejaba la Iglesia de España.


Mas donde gozaron de una popularidad excepcional fue en la propia Roma, llegando a tener dedicadas más de diez iglesias. El papa Símaco (498-514) les consagró un oratorio en el Esquilino, que posteriormente se convirtió en abadía. San Félix IV, hacía el año 527, transformó para uso eclesiástico dos célebres edificios antiguos, la basílica de Rómulo y el templum sacrum Urbis, con el archivo civil a ellos anejo, situados en la vía Sacra, en el Foro, dedicándoselo a los dos médicos anárgiros.


Fragmentos de las Santas Reliquias de San Cosme se encuentran en el Monasterio de San Dionisio y de Pantocrátoros en el Monte Ato. Fragmentos de las Santas Reliquias de San Damián se encuentran en el Monasterio de San Dionisio y de Pantocrátoros en el Monte Atos y en el Templo de San Damián en Roma.


San Cosme y San Damián no solo son patrones de los cirujanos, también lo son de los farmacéuticos y dentistas; y de aquellos que ejercen oficios como la peluquería, o hacen trabajos en playas y balnearios.


LECTURAS


1 Cor 12,27-31;13,1-8: Hermanos, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. Pues en la Iglesia Dios puso en primer lugar a los apóstoles; en segundo lugar, a los profetas; en el tercero, a los maestros; después, los milagros; después el carisma de curaciones, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿O todos son profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen todos milagros? ¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan? Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente. Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca.


Mt 10,1;5-8: En aquel tiempo, llamó Jesús a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».



Fuente: goarch.org / Aciprensa / catholic.net / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

V Domingo de Lucas


El Evangelio de este domingo nos presenta la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Una realidad crucial para el hombre: De cómo vivimos aquí depende nuestra existencia cuando muramos.


Epulón era rico, banqueteaba todo los días, no le faltaba de nada.


Lázaro no tenía ni lo más imprescindible para vivir, estaba enfermo y nadie, salvo los perros que le lamían las llagas, se compadecían de él.


Los dos mueren, porque la muerte iguala al hombre, todos nacemos y todos ricos y pobres morimos.


El rico va al reino del Hades, a los infiernos 


Lázaro va al seno de Abraham, al cielo.


Ante esta parábola que nos propone el Señor en el Evangelio lo fácil sería pensar que la riqueza de uno lo llevó al infierno y la pobreza del otro lo condujo al cielo, más esto es un error y es el mismo Evangelio el que nos da ejemplos de que hay ricos que pueden salvarse, como Zaqueo al que el mismo Cristo le dijo: “Hoy la salvación ha entrado en esta casa”.


No son las cosas materiales las que condenan o salvan al hombre, sino el uso bueno o malo que se hacen de ellas.


Puede haber un rico que reconozca el poder de Dios y su soberanía sobre la Creación, que lo reconozca como el origen de todos los bienes, y a su vez puede haber un pobre que maldiga a Dios por su situación y que sólo piense en la adquisición de las riquezas.


Esto es algo crucial para los hombres, su relación con las cosas materiales, donde está puesto su corazón, cuál es el centro de su vida. Aquél que tiene su corazón puesto en Dios, da igual que sea pobre o rico, su vida será de acuerdo con el Evangelio y con los mandamientos del Señor que será el centro de sus vidas. Sin embargo el hombre que no tiene a Dios en su corazón, da igual que sea pobre o rico, las cosas materiales lo llenarán totalmente y no habrá espacio para Dios en su corazón.


Epulón tenía riquezas y creyó que los bienes eran para su disfrute, para él sólo, su corazón estaba lleno de egoísmo, las riquezas eran su dios y eran causa de su ceguera que le impedía ver las necesidades de su prójimo. La causa de su condena era su egoísmo.


Lázaro, como Job, no maldice a Dios por su situación, todo lo afronta con paciencia, no murmura contra Dios ni contra los ricos. Su salvación es mantener su amor a Dios y al prójimo y su fe en Dios, su única riqueza.


Los Padres nos dicen que la riqueza es un don de Dios que este ha de utilizar de forma correcta para su salvación y la forma correcta de la utilización de la riqueza es la de asistir a aquellos que más lo necesiten, ayudar al prójimo pues lo que a ellos les sobra es lo que a otros les falta.


Esta es la causa de la desastrosa situación que hoy vive el hombre en esta sociedad dominada por el egoísmo de unos pocos que permiten la miseria de muchos. Según las palabras de San Basilio el Grande, los ricos que se reservan para si las riquezas se asemejan a un barco lleno atestado de gente en alta mar esperando a que llegue la primera tormenta para hundirse.


La pobreza no es en sí misma un acontecimiento negativo, teniendo como dice San Pablo comida y manta, o sea lo imprescindible para vivir. El hombre que vive con aquello que es lo verdaderamente necesario y aun así desprendido de esto según el ejemplo que nos dan los Santos Padres iluminados por Dios, vive ligero de equipaje para entrar en el Reino de los Cielos. El hombre pobre y sencillo de corazón, como Lázaro, descubre la providencia de Dios en su vida, vive en una continua gratitud a Aquél que sostiene todas las cosas.


El Padre Paísio el Hagiorita, en medio de su pobreza más absoluta en medio de la Santa Montaña del Ato, no tenía nada para comer, y en la víspera de la Ascensión cuando desfallecía en medio de la enfermedad, un pájaro se levanto del mar dejando caer delante de él un pescado para que comiera y recuperara sus fuerzas. 


Dios ve en nuestros corazones, que es lo que prevalece en nuestras almas si el amor a la riqueza o el amor a Aquel que es único bien del hombre, su Creador y Señor.


Hay una realidad sobre la que nos conviene meditar, y es sobre la existencia del cielo y del infierno, de un premio y un castigo eterno. Cada uno es el que se labra su destino eterno porque Dios quiere que todos los hombres se salven más el hombre libremente elige su condenación o busca su salvación por ello y aunque nos duela hemos de decir que las oraciones de la Iglesia sirven para aquellos que murieron buscando esa salvación no para los que libremente llevaron una vida contraria a los mandamientos de Dios.


Es un tema del que no gusta hablar ni predicar, incluso en los entierros parece que cuando se hace el panegírico del difunto todos estemos en camino de la bienaventuranza, pero será según las obras de cada uno, cada uno recogerá el fruto de sus pecados o de su piedad. 


Esta es la vida que hemos de aprovechar, esta es la lucha del atleta en el estadio como nos dice San pablo para obtener la victoria. Más esta victoria sólo la obtendremos tras duros días de entrenamiento en la palestra. El que ha vivido en medio de la molicie no puede correr y pierde la carrera. El que día tras días se ha entrenado corre y al final obtiene su victoria. Aquél que ha trabajado por la adquisición del Espíritu y ha llorado sus pecados buscando su salvación la encontrará y será ciudadano del Reino eterno.


P. Hieromonje Nicolás


Necesitado y bienhechor


Nuestra Iglesia dispuso que la parábola del rico y Lázaro fuera leída el domingo de la primera semana de noviembre en honor a los santos Cosme y Damián (1 de noviembre), conocidos en griego como anarguirios, que significa «quienes no poseen plata», ya que ellos vendieron todas sus pertenencias y dedicaron su vida al servicio de los necesitados. Generalmente, el Evangelio según san Lucas se considera como «el Evangelio de la misericordia». No ahorra oportunidad alguna sin que muestre la preocupación de Jesús por los menesterosos, las viudas, los pecadores, los publicanos y los samaritanos, en una palabra, por los marginados y, sobre todo, por su salvación. La parábola en cuestión viene dentro de este contexto.


Aunque la tragedia del rico y Lázaro aparenta ser dividida en dos escenas análogas en tamaño y opuestas respecto a la condición de sus personajes, una comparación sencilla entre lo eterno y lo efímero rompe con el paralelismo imaginado y descubre la realidad: el rico era el pobre y Lázaro,

el rico: «él es aquí consolado y tú atormentado».


Esta comprensión escatológica (escatología es la teología que observa todo lo existente a la luz de la Vida eterna) estimula a san Juan Crisóstomo a concluir que «no hay más pobre que el pecador ni más rico que el justo». Entonces no son las pertenencias las que condenan al rico sino su insensibilidad y rudeza. En la parábola, la imagen del Reino celestial se figuró paradójicamente con el «seno de Abraham», quien era un hombre rico pero, a la vez, espléndido y justo; administró su fortuna material de una manera inteligente y se mostró enriquecido en Dios. Al mismo tiempo, el consuelo que Lázaro recibió no fue debido a la indigencia de su vida, sino a su confianza en el Señor (nótese que la parábola, mientras ignora el nombre del rico, designa al pobre con el nombre «Lázaro» que, en hebreo, significa «Dios auxilia» e implica esperanza en Dios). Judas, por ejemplo, era pobre; sin embargo, la codicia le mostró cautivado por el dinero y mezquino en esperanza.


Entonces las riquezas en sí, aunque forman cierta tentación, no son perversas, el uso es lo que las califica como malas o bondadosas. La instrucción bíblica, partiendo de la realidad del entorno y mirando siempre hacia la salvación de todos, no ha sugerido una igualdad social basada en la posesión común, sino una administración benévola y paciencia esperanzadora que van enriqueciendo al uno y al otro en Dios, y la caridad se vuelve una alianza amorosa: el rico considera al pobre como su bienhechor espiritual, y el necesitado será saciado y alabará al Señor. San Juan Misericordioso, obispo de Alejandría, dice que los pobres son «nuestros soberanos» porque ellos «son los únicos que nos pueden ayudar y nos otorgan el Reino de los cielos».


¿Cómo el cristiano, fiel al dogma de su vida, puede protegerse de la atracción del dinero y superar la pasión del poder? Por la vigilia: contrariamente al rico de la parábola que celebraba todos los días espléndidas fiestas. Si bien el descanso y la alegría son parte de una marcha sana en la vida, la diversión prolongada –que la modernidad promueve constantemente a «los que tienen y pueden»– les va despojando de su sensibilidad espiritual y anestesiando su conciencia. El rey David experimentó la pobreza voluntaria dentro de su palacio. Fuera de este «camino angosto», el hombre soberano se vuelve esclavo de sus fortunas y placeres. La abstinencia total no es mandamiento pero la liberación del apego material es el objeto principal de toda lucha cristiana.


La realidad escatológica que la parábola presenta nos apunta a la sensibilidad y al amor: amor que, esparciendo, ahuyenta la indigencia material y sana la pobreza espiritual. Amén.


LECTURAS


Lc 16,19-31: Dijo el Señor: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».



Fuente: parroquiaortodoxadealicante.blogspot.com / iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XXII Domingo


Gál 6,11-18: Hermanos, mirad con qué letras tan grandes os he escrito de mi propia mano. Los que buscan aparecer bien en lo corporal son quienes os fuerzan a circuncidaros; pero lo hacen con el solo objetivo de no ser perseguidos por causa de la cruz de Cristo. Pues ni los mismos que se circuncidan observan la ley, sino que desean que os circuncidéis para gloriarse en vuestra carne. En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

31/10 - El Santo Hieromártir Epímaco de Egipto


San Epímaco era de Egipto, y desde su juventud vivió en el Monte Pelusio, al igual que Juan el Precursor vivió en el desierto y el Profeta Elías en el Monte Carmelo. Allí, con muchas e incomparables dificultades, se mortificó a sí mismo.


Cuando el malvado juez y gobernador Apeliano llegó a Alejandría durante el reinado de Decio (249-251), persiguió maníacamente a los cristianos, haciendo que muchos de ellos temieran sus tormentos y castigos, por lo que salieron de las ciudades y huyeron a los desiertos. Debido a esto, el bendito Epímaco, movido por el celo divino, descendió de su quietud y entró en el centro de la ciudad de Alejandría, donde arrojó al suelo un altar de ídolos, con valentía de cuerpo y alma y el poder invisible de Dios. 


Entonces Epímaco se armó de justa indignación contra el tirano Apeliano, de modo que, si el tirano no estuviera protegido de su ira por los guardaespaldas que lo contuvieron, el tirano habría acabado siendo un cadáver digno de lágrimas. Debido a esto, Epímaco fue llevado al teatro público, donde lo colgaron de un poste de madera, y su carne fue desgarrada sin piedad con garras de hierro. Allí había una niña ciega de un ojo, que sentía lástima por el Santo y se puso a llorar por los tormentos que estaba sufriendo el atleta de Cristo. De repente, cuando un pedazo de carne de Epimaco fue arrojado al aire, una gota de su sangre cayó sobre el ojo de la chica que estaba mirando, lo que hizo que milagrosamente recibiera su vista. Entonces ella gritó: "¡Grande es el Dios en quien esta víctima cree!". Su cuerpo fue destrozado con piedras afiladas. Cuando los paganos le torturaban, Epímaco gritó: "¡Heridme, escupidme, poned una corona de espinas en mi cabeza, poned una caña en mi mano, dadme hiel para beber, crucificadme en una cruz y perforadme con una lanza! Esto es lo que soportó mi Señor, y yo también quiero soportarlo ".


Después de esto fue arrojado a prisión, donde alentó a los cristianos encarcelados a mantenerse firmes y valientes ante los juicios del martirio, haciendo que se fortalecieran  y fuesen invencibles.


Habiendo permanecido firme en la piedad, la cabeza del atleta de Cristo fue cortada por la espada. Su cuerpo fue enterrado honorable y reverentemente por cristianos donde recibió su martirio final. 


Muchos años después, durante el reinado de Constantino el Grande, un 10 de marzo, su honorable reliquia fue llevada a Constantinopla, y allí fue atesorada en el palacio. El traslado de su reliquias sagradas se conmemora el 11 de marzo.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
Adaptación propia

31/10 - Ampliato, Apeles, Estaquio, Urbano, Aristóbulo y Narciso de los Setenta


El 31 de octubre la Santa Iglesia celebra las vidas de seis Santos Apóstoles cuya firme entrega a la predicación del Evangelio de Jesucristo nunca vaciló. Cinco de estos hombres fueron obispos que pasaron sus vidas convirtiendo a nuevos fieles y dirigiendo comunidades, y al final tres de aquellos fueron condenados a muerte por sus inquebrantables creencias.


Todos y cada uno de estos seis evangelizadores fueron miembros de Los Setenta, ese gran número de discípulos bajo la orden de los Doce Apóstoles que se dirigieron a todo lugar al poco tiempo de la Crucifixión de Jesucristo con la misión de llevar la Buena Nueva del Cristianismo a los paganos alrededor del mundo.


El destino de estos seis santos varones fue diverso en términos de ubicación geográfica y en su efectividad al atraer conversos a Cristo, pero todos ellos compartieron una característica en común: fueron hombres de fe que nunca disminuyeron su dedicación al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, sin importar cuán alto pudiera ser el precio que habrían de pagar por ello.


San Estaquio


Fue el fiel asistente del Apóstol San Andrés, quien lo propuso como Obispo de Bizancio. Este intrépido evangelizador ayudaría a establecer la primera Iglesia Cristiana en Argirópolis, un floreciente suburbio de la gran capital Bizantina (que ahora forma parte de la actual Turquía, muy cerca de Constantinopla).


Nacido y criado en Jerusalén durante los primeros años posteriores a la Resurrección de la muerte de Cristo, el justo apóstol Estaquio se convertiría al Santo Evangelio gracias a San Andrés y algunos otros de los primeros discípulos. Posteriormente se haría cargo de la Sede Episcopal de Bizancio por más de 60 años.


Predicador poderosamente eficaz, este fiel ganador de conversos para Cristo recibió el reconocimiento de San Pablo al final de su Epístola a los Romanos. Así lo hace notar San Pablo en esta carta supremamente importante para los Cristianos de la Ciudad Eterna: "Saludad a Urbano, colaborador nuestro en Cristo; y a mi querido Estaquio" (Romanos 16,9).


Durante muchísimas generaciones el Santo Apóstol Estaquio ha sido el símbolo de la perfecta obediencia a la voluntad de Dios Todopoderoso. Trabajó sin descanso año tras año en la extenuante labor de manejar una iglesia creciente y convirtiendo al Santo Evangelio de Jesucristo a cientos de residentes del área de Bizancio. A pesar de que no fue llamado al martirio, su destino fue, de todas maneras, más difícil: el de sobrellevar el constante trabajo y las molestas privaciones que son partes necesarias del servicio como sacerdote y Obispo.


San Apeles


Sirvió por muchos años como Obispo de la ciudad griega de Heraclea, ubicada en la región de Tracia, después de haber sido ordenado por el Apóstol San Andrés. Su vida estuvo marcada por la lucha constante contra los paganos idólatras, quienes se mostraron bastante porfiados en su resistencia al Santo Evangelio. Pero este santo incansable trabajó sin cesar en la tarea bendita que le había sido confiada, por lo que fue recompensado con muchísimas conversiones antes de morir pacíficamente.


San Apeles nos da un ejemplo irresistible de la abnegación y de la dedicación sin límites que se requiere como Obispo, varón que debe colocar en su diócesis las necesidades de todos por delante de las suyas propias.


San Ampliato


Este humilde siervo de Dios pagó el precio más increíble que se pueda pensar por atreverse a predicar la Buena NUeva del Evangelio a los paganos dentro y en los alrededores de la ciudad griega de Odisópolis (Lida), que se encuentra a algunos kilómetros al noroeste de Jerusalén. Consagrado obispo por el Apóstol San Andrés, San Ampliato fue asesinado por los judíos y los griegos paganos, enfurecidos por su negativa a adorar a sus falsos dioses. San Ampliato fue reconocido por San Pablo en la Epístola a los Romanos en la cual el Gran Apóstol se refiere a él como "mi amado en el Señor" (Romanos 16,8)


San Urbano


Fue un valeroso mártir cuya muerte gloriosa también se venera en este día. Consagrado para la Sede Episcopal en la región salvaje y montañosa de la Macedonia griega, San Urbano fue asesinado por los enojados helenos debido a su insistente firmeza en la Verdad del Evangelio de nuestro Señor. Su entrega abnegada a la evangelización de los griegos se encuentra registrada por San Pablo en su Epístola a los Romanos (Romanos 16,9).


San Aristóbulo


Un querido hermano del Apóstol Bernabé. Este audaz Palestino llevó la Buena Nueva de la muerte y resurrección de Cristo hasta la región más occidental del continente europeo, al tiempo en que se esforzaba por convertir cada vez a más personas entre las feroces tribus de Bretaña.


De espíritu valeroso y dispuestos a tomar riesgos, este miembro de Los Setenta, Aristóbulo, nunca se acobardó en su misión de proclamar el Santo Evangelio, aun a pesar de que la región plagada de pantanos, ciénagas y páramos cubiertos de neblina de Bretaña era considerada durante el Siglo Primero después de Cristo, sin lugar a dudas, uno de los lugares más primitivos y peligrosos.


San Narciso


Vivir en Tierra Santa durante los años inmediatamente posteriores a la muerte y resurrección del Santo Redentor posiblemente no fue una tarea fácil, pero este valeroso miembro de Los Setenta se las arregló para vivir bastante bien y por encima de los 100 años (algunos historiadores de la época  especulan que llegó a vivir hasta la edad madura de 160 años).


Los detalles de su notable vida son incompletos, pero hay muchísimos registros de sus frecuentes milagros. El milagro por el que más se le recuerda fue el de haber convertido agua en aceite con el fin de ser usado en las lámparas de la Iglesia el Sábado Santo, después de que los diáconos se hubieran olvidado de proveerlo.


Según los historiadores de Los Setenta, sabemos que Narciso llegó a ser Obispo de Atenas en los inicios del Siglo Segundo. En todo lugar era reconocido por su santidad, pero también encontramos más detalles en los registros históricos de que mucha gente lo consideraba bastante duro y rígido en sus esfuerzos por imponer la disciplina de la iglesia.


En un momento, uno de sus muchos detractores acusó a Narciso de haber cometido un crimen. Aunque los cargos en su contra nunca se probaron, y por lo tanto fue exculpado, él aprovechó esta ocasión para retirarse de su función como obispo y llevar una vida en soledad. Su desaparición fue tan repentina que muchas personas dieron por supuesto que había muerto. 


Durante sus años de soledad hubo varios sucesores en su labor Episcopal. Finalmente, Narciso reapareció en Atenas, en donde se le convenció para que retomase sus obligaciones. Para entonces ya era de edad bastante avanzada, por lo que contó con un joven obispo asistiéndole hasta su muerte.


El Gran Apóstol San Pablo menciona a Narciso con bastante cariño en su Epístola a los Romanos: " Saludad a los de la Narciso, en el Señor" (Romanos 16,11).


Nombrado obispo de la ciudad griega de Atenas por el Apóstol Felipe, San Narciso se esforzó sin descansar por realizar conversiones entre los griegos paganos del siglo primero. Tras muchas dificultades, sólo comenzó a cumplir su tarea de convertir a los idólatras de la ciudad cuando ellos volvieron su furia contra él y lo premiaron con la corona del martirio. San Pablo menciona su fiel servicio en su epístola a los Romanos.


Estos santos palestinos, tal como muchos de los discípulos de Los Setenta, forman parte de esos evangelizadores y obispos -y algunas veces mártires- que amaron a Dios de una manera excepcional. La historia de su fiel servicio al Evangelio de Jesucristo no se ha desvanecido con el paso del tiempo. De ellos aprendemos el inmenso valor de mantener cada día de nuestras vidas nuestras promesas hechas a Dios.


LECTURAS


Rom 16,1-16: Hermanos, os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora de la Iglesia que está en Cencreas; recibidla en el Señor de un modo que sea digno de los santos y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros. Pues también ella ha sido protectora de muchos, e incluso de mí mismo. Saludad a Prisca y Áquila, mis colaboradores en la obra de Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvar mi vida; no soy yo solo quien les está agradecido, también todas las iglesias de los gentiles. Saludad asimismo a la Iglesia que se reúne en su casa. Saludad a mi querido Epéneto, primicias de Asia para Cristo. Saludad a María, que con tanto afán ha trabajado en vuestro favor. Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, que son ilustres entre los apóstoles y además llegaron a Cristo antes que yo. Saludad a Ampliato, a quien quiero en el Señor. Saludad a Urbano, colaborador nuestro en la obra de Cristo, y a mi querido Estaquio. Saludad a Apeles, acreditado en Cristo. Saludad a la familia de Aristóbulo. Saludad a Herodión, mi pariente. De la familia de Narciso saludad a los que están en el Señor. Saludad a Trifena y Trifosa, que han trabajado afanosamente en el Señor. Saludad a la querida Pérside, que ha trabajado con mucho afán en el Señor. Saludad a Rufo, elegido en el Señor, y a su madre, que es también madre mía. Saludad a Asíncrito, Flegón, Hermes, Patrobas, Hermas y a todos los hermanos que están con ellos. Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpas y a todos los santos que están con ellos. Saludaos unos a otros con el beso santo. Os saludan todas las Iglesias de Cristo. 



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia