05/02 - Polieucto el Nuevo, Patriarca de Constantinopla


San Polieucto nació en Constantinopla, y a una edad temprana se hizo monje en un monasterio en la isla de Proti. Vivía con sencillez y moderación y a menudo comía solo un trozo de pan seco para alimentar a los pobres.


Recibió una gran formación teológica y se distinguió por su modestia, su forma de ser, su temperamento y la objetividad de su carácter. Por su privilegiada mente, su celo por la Fe y sus capacidades oratorias, incluso lo llamaban «el segundo Crisóstomo».


Cuando en abril del año 956 d.C. el patriarca de Constantinopla y príncipe Teofilacto Lecapeno murió (931 - 956 dC), San Polieucto fue designado para ocupar su lugar. Aunque recibió dicho nombramiento por parte del emperador Constantino VII, no le mostró demasiada lealtad: empezó a cuestionar la legitimidad del matrimonio de su padre e incluso restauró el buen nombre del Patriarca Eutimio, que se había opuesto firmemente a dicha unión.


En 957 d.C. bautizó a la princesa rusa Olga en Constantinopla, que recibió el nombre de Elena, con el Emperador como padrino. Polieucto profetizó: «Bendita tú eres entre todas las mujeres rusas, pues has buscado la luz y has expulsado a las tinieblas. Los hijos de Rusia te llamarán bienaventurada de generación en generación.


Polieucto elevó al obispo Pedro de Otranto (958) a la dignidad de Metropolita, con la obligación de establecer el rito bizantino en toda la provincia; aunque el rito romano se reintrodujo tras la conquista normanda, el bizantino siguió siendo celebrado en diferentes pueblos de la Archidiócesis y sus sufragáneas hasta el siglo XVI.


San Polieucto fue ejemplo de virtud y piedad. Por eso no tuvo miedo de reconvenir al emperador Nicéforo Focas (963-969 d. C.), cuando decidió casarse con la reina Teófano, viuda del emperador Romano II (959-963 d. C.). De hecho, debido a que la boda había sido realizada en secreto, el Santo se negó a coronar y recibir al rey en la Divina Liturgia de la Iglesia de Santa Sofía, aunque luego San Polieucto le concedió el perdón para salvar las cosas y no llevar el Estado al caos. El emperador Nicéforo Focas fue posteriormente víctima de un salvaje asesinato, y este acto parecía aún más grave por el hecho de que la reina Teófano participó en él y lo facilitó. San Polieucto estaba perturbado por el terrible e inmune crimen. Así, cuando, siete días después de su ascensión al trono imperial, Juan I Tzimisces (969 - 976 dC) llegó a la iglesia de Santa Sofía, para ser coronado por el Patriarca, el Santo no le permitió entrar al santuario y previamente exigió que se cumplieran tres condiciones para ello. La primera era expulsar a Teófano de palacio. La segunda condición era señalar y castigar al autor del asesinato de Nicéforo Focas, y la tercera condición era revocar los decretos de Nicéforo Focas en materia eclesiástica. Así, San Polieucto aseguró a la Iglesia la verdadera libertad y le dio el derecho de actuar contra los excesos de los líderes políticos cuando dañan a la Iglesia y pisotean las tradiciones del pueblo de Dios.


El amor del Santo por el monaquismo y la vida ascética se expresó también a través de la fundación, en su época, de los monasterios de la Gran Laura y el Monasterio de los Iberos en el Monte Ato.


San Polieucto durmió pacíficamente en el Señor en el año 970 d.C.



Fuente: saint.gr / Wikipedia

Traducción del griego y adaptación propias

05/02 - Ágata (Águeda) la Mártir


Hoy, día 5 de febrero, celebramos la memoria de otra de esas grandes mártires que siempre han estado presentes en la tradición, el arte y la cultura cristianas: Águeda o Ágata (del griego agathé, “bondadosa”), mártir siciliana del siglo III que se ha erigido en irrenunciable protectora de las mujeres. Todos estamos acostumbrados a verla en el arte y en las iglesias, pero, ¿quién fue realmente ella?


El relato que todos conocemos proviene de una passio escrita en la segunda mitad del siglo V, que resumo brevemente: Águeda, joven cristiana oriunda de Catania (Sicilia) y de una edad indeterminada (se ha barajado que tenía entre 14 y 21 años) consagró su virginidad a Cristo. En tiempos de la persecución de Decio (año 251) el procónsul Quintiliano (o Quinciano, según versiones) mandó arrestarla y convencerla de que sacrificase a los dioses. Como ella se negara, la entregó a la vieja prostituta Afrodisia, que regentaba un burdel con sus siete hijas, para forzarla a practicar la prostitución. Ello fue en vano, ya que Águeda evitó aquel oficio y se refugió en la oración. Llamada de nuevo al tribunal, sostuvo un valiente interrogatorio ante el procónsul y fue luego condenada a padecer atroces torturas: descoyuntada en el potro, azotada con varas, desgarrada con garfios, quemada con antorchas, y finalmente le fueron amputados los pechos (o uno solo, según versiones). Es aquí cuando ella recrimina duramente al procónsul haber dado orden de mutilar en ella los mismos órganos con que su madre le habría amamantado de pequeño, frase que se ha hecho muy célebre. Arrojada moribunda a la celda, se le apareció San Pedro y la curó por completo. Luego sembraron el suelo de su celda trozos de vidrio, cerámica rota y brasas, y desnuda la revolcaron sobre este lecho horrible. Mientras esto ocurría, un inmenso terremoto sacudió la ciudad, derribando algunos edificios y matando a algunos verdugos. Águeda, alabando a Dios y dando gracias por haber sido digna del martirio, murió a consecuencia de las terribles heridas. Su cuerpo fue recogido por los cristianos y enterrado en un sepulcro nuevo.


Precisamente un año después, el volcán Etna, tan cercano a Catania, entró en violenta erupción y amenazó la supervivencia de la ciudad. Y entonces, no los cristianos, sino los paganos, echaron a correr despavoridos al sepulcro de la mártir, lo abrieron, cogieron el velo que cubría su cadáver y lo extendieron frente a la colada de lava que ya se cernía sobre la ciudad. Inmediatamente la erupción se aplacó y la lava se detuvo. Esto ocurrió hasta nueve veces más en los sucesivos años, lo que le dio el patronazgo sobre incendios, erupciones volcánicas y desastres del fuego en general.


Parece claro que vivió en la primera mitad del siglo III y sufrió el martirio a 5 de febrero de 251, imperando Decio. Esto es bastante fiable porque las tres versiones de la passio coinciden en afirmarlo (la latina incluso dice que fue el tercer año del mandato del emperador). Algunos otros, sin embargo, dicen que fue en tiempos de Diocleciano (De laudibus virginitatis, capítulo 42, de Aldelmo, Martirologio de Beda) y también dicen que había hecho voto de virginidad siendo niña y que venía de familia rica y noble.


Pero, ¿de dónde era oriunda? Se dice que nació en Catania y la verdad es que todos los martirologios y calendarios se han decantado siempre por esta ciudad, pero los habitantes de Palermo también la reivindican como suya. Tras estudiar este tema en profundidad, los Bolandistas han decidido no inclinarse por una ciudad en favor de otra, pues realmente no parece estar claro (Acta SS. Februarii, I, Amberes, (1658), pp.595-659). Eso sí, su sepulcro estuvo ubicado en un suburbio de Catania llamado Hybla Maior, lugar donde las excavaciones arqueológicas han confirmado la presencia de muchos sepulcros cristianos con inscripciones auténticas. Actualmente la mayor parte de sus reliquias han quedado en Catania, pero el cuerpo hace mucho que fue monstruosamente fragmentado, hasta el punto que sus brazos, piernas, manos, pies y hasta una mama incorrupta están diseminados por varios relicarios. También el velo que detiene las erupciones de los volcanes, una tela larga y de intenso color rojo, es venerado en Alì Superiore. El cráneo, fragmentado también, está repartido entre Catania y la ciudad alemana de Kamp, aunque el Monasterio de San Pablo del Monte Athos, en Grecia, reivindica tener el cráneo auténtico, completo. También hay reliquias en Roma (Sant’Agata Dei Goti) y en muchos otros lugares.


Se la ha venerado ininterrumpidamente desde el siglo V tanto en Oriente como en Occidente, y aunque los martirologios y sinaxarios antiguos la mencionan en numerosas fechas, se acepta universalmente que su dies natalis es el 5 de febrero. El culto conoció gran expansión por las buenas relaciones comerciales entre Sicilia y el Mediterráneo, y se convirtió pronto en una Santa universal, de referencia obligatoria.


Es la patrona de las mujeres, porque la torturaron arrancándole un pecho o dos, y actualmente se la invoca contra el cáncer de mama.


Es también enormemente venerada en muchos lugares de España, donde muchos pueblos la tienen por patrona y en algunos las mujeres protagonizan pintorescas fiestas donde son elegidas reinas o alcaldesas por un día (Zamarramala, en Segovia, por ejemplo), por lo que son llamadas “las Águedas”. Además, y por el episodio del volcán, como decía, es invocada como patrona contra desastres del fuego. En Catania, aún, cuando el Etna entra en erupción –y sigue entrando, porque es un volcán todavía activo- se la invoca de nuevo para que proteja a su pueblo del peligro. Los malteses atribuyen a su intercesión la huida de los sarracenos de la isla, diciendo que se apareció ante el ejército y los ahuyentó. Por ello también es patrona de Malta.


En el arte es fácil reconocerla porque aparece con la palma del martirio y portando uno o dos senos amputados sobre una bandeja, símbolo de su atroz tormento, pero también de su patronazgo. En ocasiones lleva unas tenazas, instrumento de su mutilación, o una vela encendida, como protectora contra el fuego. Todos los episodios de la passio aparecen reseñados en el arte y su nombre aparece grabado en no pocas campanas, por la costumbre, nacida en el siglo XII, de tocar la campana de la iglesia para evitar del peligro de un incendio, por lo en tanto que se tañía la campana, se avisaba al pueblo y se invocaba a la Santa a la vez. En la ciudad valenciana de Jérica, por ejemplo, hasta día de hoy es tradición que el día de su fiesta los hombres hagan sonar las campanas impulsándolas con sus propios cuerpos, por lo que se quedan agarrados a ellas mientras van girando y sonando.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Jueves de la XVII Semana de Lucas


Mc 13,31-37;14,1-2: Dijo el Señor a sus discípulos: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre. Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!». Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando cómo prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían: «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Jueves de la XXXIV Semana


1 Jn 1,8-2,6: Hermanos, si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros. Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe caminar como él caminó.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

04/02 - Nicolás el Confesor


Nicolás nació en Cidonia (ahora Canea) en Creta, de padres acomodados que lo llevaron a los diez años de edad a Constantinopla con su tío Teofanes, al monasterio de Estudio. El abad quedó muy impresionado con el jovencito y le permitió entrar a la escuela del monasterio, donde pronto se distinguió por su docilidad y ahínco para aprender. A la edad de dieciocho años, se hizo monje y se notó que la obediencia a la regla no representaba ningún obstáculo para él, pues ya había llegado al dominio de sí mismo.


No estaba destinado Nicolás para llevar una vida pacífica en aquellos tumultuosos tiempos. Los sarracenos saquearon su hogar en Creta, mientras que en Constantinopla y Grecia la Iglesia era cruelmente perseguida por los emperadores iconoclastas. No pasó mucho tiempo sin que fueran desterrados Nicolás, el patriarca san Nicéforo, el abad san Teodoro y otros, y Nicolás hizo todo lo que pudo para ayudar a sus compañeros y aliviar sus sufrimientos. Después del asesinato del emperador iconoclasta León V el armenio, la persecución fue disminuyendo y se permitió a los expatriados volver, pero en tales condiciones que no todos aceptaban.


Cuando san Teodoro murió (826), san Nicolás, que había sido un discípulo modelo para los demás, se convirtió en su guía y maestro. La persecución duró hasta la muerte del emperador Teófilo, en 842, cuando su viuda, Teodora, hizo volver a los siervos de Dios desterrados y restituyó las imágenes que se veneraban en las iglesias. Entre los que regresaron, estaba el nuevo abad de los estuditas, a quien después sucedió san Nicolás.


En diciembre de 858, comenzó una tremenda disputa de gran trascendencia, cuando se destituyó a san Ignacio de la sede patriarcal de Constantinopla y pusieron a Focio, nombrado por el emperador Miguel III. San Nicolás no quiso tener ningún trato con él y se desterró voluntariamente, negándose a volver a la amistad de Miguel, quien entonces nombró otro abad. Por varios años el santo anduvo errante, pero al cabo fue aprehendido y enviado de vuelta a su monasterio, donde fue puesto en completo aislamiento. Por ese motivo, no pudo obedecer el llamamiento del Papa de Roma San Nicolás I, que deseaba examinarlo como testigo en favor de Ignacio. En 867, mataron a Miguel y su sucesor, el emperador Basilio, no sólo restituyó a san Ignacio, sino que también deseó restablecer al abad Nicolás, quien, sin embargo, se excusó por su avanzada edad. Murió entre sus monjes y fue sepultado junto a san Teodoro, su gran predecesor.



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia