21/04 - El Santo Hieromártir Genaro (Jenaro) y sus Compañeros


Jenaro, natural según unos, de Nápoles y, según otros, de Benevento, fue obispo en la última de las ciudades nombradas cuando estalló la terrible persecución de Diocleciano. Sucedió por entonces que Soxo, diácono de Miseno, Próculo, diácono de Pozzuoli, y los laicos Euticio y Acucio fueron detenidos en Pozzuoli por orden del gobernador de Campania, ante el cual habían confesado su fe.


Por su sabiduría y sus virtudes, Soxo había conquistado la amistad de san Jenaro y, en cuanto éste tuvo noticias de que aquel siervo de Dios y otros compañeros habían caído en manos de los perseguidores, decidió ir a visitarlos y a darles consuelo y aliento en la prisión. Como era de esperarse, sus visitas no pasaron inadvertidas para los carceleros, quienes dieron cuenta a sus superiores de que un hombre de Benevento iba con frecuencia a hablar con los cristianos. El gobernador mandó que aprehendieran al imprudente desconocido y lo llevaran a su presencia. Jenaro, el obispo, Festo, su diácono, y Desiderio, un lector de su iglesia, fueron detenidos dos días más tarde y conducidos a Nola, donde se hallaba el gobernador. Ahí, los tres soportaron con entereza los interrogatorios y las torturas a que fueron sometidos.


Poco tiempo después, el gobernador debió trasladarse a Pozzuoli y los tres confesores, cargados con pesadas cadenas, tuvieron que caminar delante de su carro hasta aquella ciudad, donde fueron arrojados a la misma prisión en que se hallaban los otros cuatro mártires antes mencionados. A todos se les condeno a ser despedazados por las fieras y sólo aguardaban, hacinados en la inmunda celda, a que se cumpliera la sentencia. Un día antes de la llegada de san Jenaro y sus dos compañeros, los otros cuatro confesores fueron expuestos a las bestias que no hicieron otra cosa más que rondar en torno suyo, sin atacarlos. Algunos días más tarde, los siete condenados fueron conducidos a la arena del anfiteatro y, para decepción del público, las fieras hambrientas y provocadas no hicieron otra cosa que rugir mansamente, sin acercarse siquiera a sus presuntas víctimas. El pueblo, irritado y sorprendido, imputó a la magia la salvación de los cristianos y vociferó para pedir que los mataran, de suerte que ahí mismo los siete confesores fueron condenados a morir decapitados. La sentencia se ejecutó cerca de Pozzuoli, y en el mismo sitio fueron enterrados los restos de los mártires.


Con el correr del tiempo, la ciudad de Nápoles entró en posesión de las reliquias de san Jenaro que, en el siglo V, fueron trasladadas desde la pequeña iglesia de San Jenaro, vecina a la Solfatara, donde se hallaban sepultadas. Durante las guerras de los normandos, los restos del santo fueron llevados a Benevento y, poco después, al monasterio de Monte Vergine, pero en 1497, se trasladaron con toda solemnidad a Nápoles que, desde entonces, honra y venera a san Jenaro como su patrono principal.


No hay registros sobre el culto a San Genaro anteriores al año 431, pero es significativo que ya en esa época el sacerdote Uranio habla sobre el obispo Jenaro en términos que indican claramente que le consideraba como a un santo reconocido. Los frescos pintados en el siglo V en la "catacumba de san Genaro", en Nápoles, lo representan con una aureola. Gran parte de la fama del santo radica en ese «milagro permanente» (como lo llama Baronio) que es la licuefacción de la supuesta reliquia de la sangre del santo que se conserva en la capilla del tesoro de la iglesia catedral de Nápoles, un suceso maravilloso que se reproduce periódicamente desde hace cuatrocientos años. La reliquia consiste en una masa sólida, oscura y opaca, que llena hasta la mitad una redoma de cristal sostenida por un relicario de metal. En dieciocho ocasiones durante el año, relacionadas con la traslación de los restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de Mayo), con la fiesta del santo (19 de septiembre en el calendario romano) y el aniversario de la salvadora intervención del mismo para evitar los catastróficos efectos de una erupción del Vesubio en 1631 (16 de diciembre), un sacerdote expone la famosa reliquia sobre el altar, frente a una urna que contiene la supuesta cabeza de san Jenaro. Los fieles que llenan la iglesia en esas fechas, especialmente representados por un grupo de mujeres pobres conocidas con el nombre de «zie di San Gennaro» (tías de san Jenaro) y que ocupan un lugar de privilegio junto al altar, entonan plegarias y cánticos. Al cabo de un lapso que varía entre los dos minutos y una hora -por regla general-, el sacerdote agita el relicario con la redoma, lo vuelve cabeza abajo y la masa que era negra y sólida y permanecía seca, adherida al fondo del frasco, se desprende y se mueve, se torna líquida y adquiere un color rojizo, a veces burbujea y siempre aumenta de volumen. No sólo se realiza todo eso a la vista de las personas que estén en la nave del templo, sino de aquéllas que tienen el privilegio de ser admitidas en el santuario y que pueden ver el prodigio a menos de un metro de distancia. Y en aquel momento, el sacerdote anuncia con toda solemnidad: «¡Ha ocurrido el milagro!», se canta el Te Deum y la reliquia es venerada por la congregación y por el clero. No hay ningún truco posible y tampoco hay, hasta ahora, alguna explicación satisfactoria, a no ser la de que se trata de un auténtico milagro.



Fuente: eltestigofiel.org / aciprensa.com

Adaptación propia

Martes de la II Semana de Pascua


Hch 4,1-10: En aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?». Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros».


Jn 3,16-21: Dijo el Señor a sus discípulos: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Guadalupe (Cáceres) - Peregrinación


La administración de Cristianismo bizantino está organizando para el sábado 23 de mayo de 2026 una peregrinación a Guadalupe (Cáceres) con el siguiente programa:


11:00 Llegada y visita a la Basílica del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe para venerar la imagen de la Patrona de Extremadura, considerada asimismo Reina de la Hispanidad.


12:00 Santa Misa (en rito latino) en la Basílica (opcional; alternativamente, tiempo libre).


12:50 Visita guiada a los Museos, incluidas las obras de inspiración bizantina de «El Greco».


14:00 Almuerzo.


16:30 Recitación conjunta del Oficio de Típica.


17:00 Fin de la peregrinación.


La visita a la Basílica y la asistencia a la Misa y al Oficio son gratuitas, pero la entrada a los Museos tiene un coste de 7€ (6€ los mayores de 65 años y 3€ los niños de 4 a 13 años) que ha de ser sufragado por cada uno, así como el importe del almuerzo.


Se ruega confirmación de asistencia: cristianismo-bizantino@outlook.com

20/04 - San Juan el Paleolaurita


San Juan el Paleolaurita fue un monje y sacerdote que vivió en el siglo VIII. Adoptó el nombre de Paleolaurita porque se retiró a la Laura de San Caritón, conocida como la "Vieja Laura", por ser uno de los monasterios más antiguos de Palestina y estar ubicada cerca de Belén.


Defendió la fe ortodoxa de los herejes y compuso himnos sagrados.


Tras una vida dedicada a la virtud, se durmió en el Señor a principios del siglo IX.



Fuente: crkvenikalendar.com

Traducción del italiano: Google Translator

Adaptación propia

20/04 - Teodoro «Triquinas»


Es uno de los grandes santos del monaquismo oriental de los primeros siglos del Cristianismo; sin embargo, de san Teodoro Triquino no tenemos datos que lo recuerden, sino sólo que vivió en el siglo V. Siendo joven en Constantinopla, se sintió atraido por la vida austera y densamente espiritual de los monjes de Oriente, que en la senda del egipcio san Antonio el Grande (250-356) dejaban cada vez más los eremitorios del desierto para vivir en comunidad de oración hospedados en monasterios estables.


Los sinaxarios y menologios bizantinos reportan que era de vida austera, y dedicaba gran tiempo a la oración; dejó el mundo y se retiró a un monasterio situado al pie del monte San Asencio, en Calcedonia, sobre el Bósforo, que luego tomo el título de su sobrenombre «Triquinas». Este apelativo, que significa «peludo», le fue dado a Teodoro a causa de la túnica de largos pelos que constituía su única vestimenta. En breve tiempo su santidad le obtuvo el don de expulsar demonios y obrar milagros.


Teodoro vivía con personas con muchas privaciones y grandes necesidades. Por eso alentaba a muchos ricos a que ofreciesen tantos bienes como pudiesen. Muchos de ellos le daban bastante dinero y productos de primera necesidad, las cuales Teodoro distribuía con mucho discernimiento, en primer lugar a aquellos que tenían mayores necesidades como huérfanos, viudas pobres y cabezas de familia enfermos.


Estuvo realizando buenas obras hasta los últimos días de su vida, en que durmió en paz, a finales del siglo IV o principios del V. Su tumba devino lugar de peregrinación, sobre todo porque del sepulcro se destilaba un ungüento milagroso que tenía el poder de curar enfermedades del cuerpo y de su almas.


Existe una capilla dedicada a San Teodoro "Triquinas" en Rétino de Creta, entre las murallas de San Nicolás y de San Pablo, dentro de la ciudadela veneciana de Fortezza. Fue inaugurado en 1899 por el comandante ruso de las fuerzas de ocupación de Rétino, pero el edificio posiblemente fue el resultado de reparaciones en una iglesia veneciana más antigua y preexistente.



Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia