28/06 - Los Venerables Padres Sergio y Germán los Taumaturgos de Balaán


No se sabe mucho de la vida de los santos Sergio y Germán, que fueron los fundadores del monasterio de Balaán en Carelia, en el noroeste de Rusia, en la isla de Balaán en el lago Ladoga.


Especialmente en los siglos XII y XVII, el monasterio experimentó la devastación y el servicio monástico se interrumpió durante muchas décadas. Durante las invasiones, los monumentos de la iglesia y los santuarios de los monasterios fueron destruidos, y la rica biblioteca del monasterio y el depósito de manuscritos fueron incendiados y saqueados más de una vez. Por esta razón, los registros de la historia del monasterio son escasos, y lo que conocemos hoy proviene principalmente de fuentes del siglo XVIII. Las diferentes tradiciones ubican a los santos tan pronto como el siglo X o tan tarde como el XIV. Su fiesta se celebra el 28 de junio.


Se los describe como monjes atonitas enviados por el emperador romano para iluminar a las tribus paganas de Carelia con la luz de la fe cristiana. Viajaron a lo largo de la ruta comercial de los varegos a los griegos, pasando por las ciudades de la Rus de Kiev, Nóvgorod y Staraya Ladoga. Al llegar a la orilla norte del lago Ladoga, pronto se trasladaron a la isla de Balaán, donde establecieron un monasterio y pasarían el resto de sus vidas predicando.


Según una crónica del siglo XVIII, las reliquias de Sergio y Germán fueron trasladadas a un lugar seguro en Nóvgorod en 1162 (o 1163), posiblemente antes de una gran ofensiva sueca contra Staraya Ladoga. Esto tuvo lugar aproximadamente una década después de la legendaria Primera Cruzada Sueca, para ser devueltas en 1182 (o 1180). La fecha del traslado, el 11 de septiembre, sigue siendo conmemorada por la Iglesia de Finlandia.


Las reliquias del Venerable Sergio y Germán ahora descansan en la Catedral de la Transfiguración del Monasterio de Balaán. Se realizan numerosos milagros mediante la fe de quienes piden la ayuda de los santos.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

28/06 - Invención de las Reliquias de Ciro y Juan los Anárgiros


Estos Santos vivieron en tiempos de Diocleciano (284-305).


Ciro era un soldado de Alejandría. Era cristiano y trataba a los enfermos sin cobrarles nada (de ahí el nombre de anárgiro), no solo curando sus aflicciones corporales, sino también sus enfermedades espirituales. Decía: "Quien quiera evitar estar enfermo debe abstenerse de pecar, porque el pecado es a menudo la causa de una enfermedad corporal". Predicando el evangelio, el santo médico convirtió a muchos paganos a Cristo. Al desatarse la persecución, fue denunciado como cristiano al gobernador, por lo que se retiró a Arabia, donde se convirtió en monje. Siguió sanando a las personas con sus oraciones, después de haber recibido de Dios el carisma para sanar toda enfermedad haciendo solamente la señal de la Cruz.


Mientras tanto, en la ciudad de Edesa, en Mesopotamia, vivía el soldado Juan, un cristiano piadoso. Cuando comenzó la persecución, abandonó su posición y fue a Jerusalén en peregrinación, y allí oyó hablar de los milagros que realizaba Ciro. Comenzó a buscarlo, yendo primero a Alejandría y luego a Arabia. Cuando Juan finalmente encontró a Ciro, se quedó con él y se convirtió en su fiel seguidor.


Al saber que una dama viuda llamada Anastasia y sus tres hijas -Teodota, de quince años, Teoctista, de trece, y Eudoxia, de once-, eran torturadas en Canopo de Egipto por el nombre de Cristo, Ciro y Juan fueron a dicha ciudad para animarlas a sufrir. Les preocupaba que, ante la tortura, las mujeres pudieran renunciar a Cristo. Ciro y Juan les dieron coraje para soportar lo que les esperaba. Al enterarse de esto, el gobernador de la ciudad, Siriano, les arrestó, y al ver su firme e intrépida confesión de fe en Cristo, llevó a Atanasia y a sus hijas a presenciar su tortura. El tirano no se abstuvo de ninguna forma de tortura contra los santos mártires. Ambos fueron aprehendidos y cruelmente golpeados; los verdugos les quemaron los costados con antorchas encendidas y echaron sal sobre sus heridas. Las mujeres no estaban asustadas por los sufrimientos de los santos Ciro y Juan, sino que con valentía continuaron confesando a Cristo. Finalmente, las cuatro mujeres fueron decapitadas, mientras que a Ciro y Juan se les cortó la cabeza algunos días más tarde, el 31 de enero del año 292.


Los cristianos enterraron sus cuerpos en la Iglesia de San Marcos en Alejandría. Su tumba se convirtió en un santuario de renombre en Egipto y en un lugar de peregrinación universal. Se encontraba en el área del complejo moderno cerca de Alejandría llamado Abukir. En el siglo quinto, las reliquias de los santos Ciro y Juan fueron descubiertas y trasladadas de Canopo a Menutis por San Cirilo de Alejandría para desplazar de allí el culto idólatra de Isis. Los milagros y las curaciones se multiplicaron y el santuario se convirtió en uno de los mejores lugares de peregrinación de la cristiandad. Más tarde, sus reliquias fueron transferidas a Roma, y de allí a Múnich. Por extraño que parezca, en los alrededores de Roma existe la pequeña iglesia de Santa Passera, nombre que también proviene de una transformación del de San Ciro: Abbáciro, Pácero, Passera.


Sobre estos santos -que, al igual que Cosme y Damián, fueron venerados en Grecia como médicos que no cobraban honorarios- existe abundante literatura. Entre ella sobresalen tres breves discursos de San Cirilo de Alejandría y un panegírico de San Sofronio, patriarca de Jerusalén (638). En dicho panegírico se encuentran algunos datos sobre una práctica semejante a la incubación, tan común en los templos de Esculapio. Dicho Patriarca fue curado de una enfermedad ocular por la aparición de los dos santos: Ciro curó uno de sus ojos con la señal de la Cruz y poco después Juan restableció su vista por completo besándole el otro ojo. Para mostrar su gratitud, San Sofronio escribió el relato detallado de sus milagros y compuso el encomio arriba mencionado. La autoridad de los escritos de San Sofronio descansa en parte en las citas que se hallan en los documentos del segundo Concilio de Nicea, en 787.


Los santos Ciro y Juan son especialmente invocados por aquellos que tienen dificultades para dormir.



Fuente: eltestigofiel.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

IV Domingo de Mateo


Al conocido suceso de la terapia del esclavo del centurión nos remite hoy la lectura evangélica del IV Domingo de Mateo, en el cual el Señor, “impresionado” por la fe del centurión , es decir, de un idólatra esencialmente, le elogia por esta fe y corresponde a su petición: “Ve, y como creíste, te sea hecho” (Mt 8,13).


Este acercamiento por la fe del centurión romano funciona también aquí arquetípicamente, podríamos decir. Se ha recalcado que el Señor dos veces elogió la fe de los hombres en Él como manifestación de Dios: en el caso de la mujer Cananea que rogaba al Señor que curara su hija endemoniada y en el caso de la lectura evangélica de hoy, es decir, en los casos de los dos idólatras. Mientras que normalmente esta fe debería existir en los “hijos de la realeza”, en los Israelitas, porque la fe es característica del pueblo que fue elegido por Él para la sanación y salvación del mundo, esto no sucede. Todo lo contrario. Lamentablemente, la costumbre de este pueblo era la incredulidad y el endurecimiento del corazón, situaciones que ya desde el Antiguo Testamento constantemente eran recriminadas por los enviados de Dios, los profetas. Y esto significa que la fe es una flor que no crece allí, se podría decir, donde legalmente está su territorio, es decir, en el contexto de un determinado pueblo, pero sino allí donde hay un corazón con buena disposición y búsqueda de la verdad, por lo tanto en cualquier lugar del mundo y a cualquier hombre.


La gran fe del centurión elogiado por el Señor, y por supuesto la análoga de la Cananea, no se agota en la simple aceptación del Señor, como un maestro y guía. Aun Su aceptación como hijo de Dios a un nivel racional, intelectual e ideológico es rechazada por Él. Porque “hasta los demonios creen y tiemblan” dice el Apóstol Santiago; como también “no todo el que me dice Señor, Señor, entrará en la Realeza (increada) de los cielos, sino el que cumple con la voluntad de mi Padre celeste”, dice el Señor. Aquello que es aceptado como fe es lo que activa la vida del hombre. En otras palabras, lo que hace al hombre huir de su tranquilidad y comodidad de las pasiones y dirigirse con confianza a Dios, por lo tanto, cambiando de mentalidad y modo de vivir. Esta fe, que es calificada como grande, “conmociona” a Cristo y le hace corresponder con diligencia y rapidez: “Yo iré a sanarlo”. Y finalmente no fue Él Mismo, pero Su respuesta condujo al mismo resultado: “como creíste, te sea hecho”. Así la gran fe es aquella que se hace energía terapéutica para el hombre y sus familiares.


¿Cuáles son las características de esta gran fe, tal y como se ven en el caso anterior?


La absoluta confianza en Cristo y Sus palabras. Por lo tanto, la gran fe trasciende cualquier duda y la desconfianza que convierten a uno en débil y por consiguiente incapaz de aceptar la existencia de Dios. La gran fe es la que nos recomienda continuamente también nuestra Iglesia con la exhortación “a nosotros mismos y los unos a los otros, y toda nuestra vida entreguémosla a Cristo Dios”. El mismo Señor exhortaba a la superación y a la confianza en Aquel, si quería uno ver sensiblemente la energía increada de Su Gracia: “si puedes creer, todo es posible para el creyente”.


La humildad como percepción y sentimiento de nuestra pequeñez e insuficiencia humana. Realmente emociona el caso de este romano, que estando fuera de la Gracia increada de Dios, aunque uno podía decir que “el espíritu por donde quiere sopla”, manifiesta una humildad que sólo en los santos la encontramos. “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado se sanará”. Y sabemos que la fe en Dios sin humildad realmente no existe. ¿Dónde va a parar Dios, si el yo humano ha llenado de egoísmo el corazón y lo hace buscar sólo la gloria y alabanza mundana? El mismo Señor nos ha revelado que “no podéis creer, si buscáis a recibir la gloria y alabanza entre vosotros y no buscáis la gloria increada del único Dios”.


El interés por el prójimo, en este caso por un esclavo. El Señor –no blasfemamos si Le interpretamos un poco- se debe haber emocionado mucho por la agonía del oficial del ejército romano, porque: “Este Dios se hizo pobre, para que nosotros nos hagamos ricos”. El mismo Hijo de Dios “declina los cielos” y baja hacia al hombre “inferior”. Obviamente, este amor del centurión hacia su esclavo “doblega” el infinito amor increado de nuestro Cristo Dios. Confianza en Cristo, humildad e interés hacia los demás. Son las características principales de la gran fe, que opera la energía increada sanadora, salvadora y terapéutica de Cristo Dios. Quizás también en nuestra época difícil y terriblemente castigada, con síntomas de parálisis espiritual y ética, la solución vendrá de nuestro deseo, intento y esfuerzo de lograr la gran fe que elogia y admira Cristo. La historia de nuestra Iglesia por lo menos esto lo demuestra. Cuando muchos santos lo aseguran y certifican que el mundo aún está en pie, porque ellos viven y oran según Dios, ¿entonces porque tenemos que creer que existe otra solución satisfactoria? ¿Qué hombre normal “fisiológico” con un poco de conocimiento de la historia y pequeña fe en Dios, puede tener confianza en programas y planes humanos? Quizás no es válido siempre este dicho: “allí donde los hombres solos planifican y programan, Dios se ríe”.


La lectura apostólica de hoy nos habla también sobre nuestra liberación del pecado. El Santo Bautismo constituye la participación del fiel cristiano en la muerte y resurrección de Cristo. El cristiano que se bautiza participa de la muerte de Cristo sobre la cruz. Esto significa que muere por lo que se refiere al pecado. El hombre viejo, es decir la naturaleza humana corrompida a causa del pecado, es co-crucificada y co-sepultada con Cristo místicamente durante la celebración del sacramento del Bautismo.


La participación del fiel en la muerte de Cristo le concede la posibilidad de participar también en Su santa resurrección. Como Cristo fue resucitado y salió triunfante de la tumba, también el cristiano neo-iluminado muere por lo que se refiere al pecado. Su triple inmersión en la santa agua bautismal significa su participación en la muerte y en la sepultura de tres días de Cristo, y saliendo de la pila bautismal participa en la resurrección de Cristo. Es renacido y conquista la posibilidad de participar en la vida nueva en Cristo, en la vida eterna.


El fiel cristiano en esta nueva realidad carismática que es inaugurada en él con el Santo Bautismo está llamado a estar muerto por lo que se refiere al pecado y a vivir en Cristo. Está llamado a seguir y obedecer a Cristo. Liberado de la esclavitud y de la corrupción del pecado, se hace siervo de la justicia de Dios y recibe como recompensa la purificación, la iluminación y la divinización, es decir la santificación y la vida eterna. El salario que nos da el pecado es la muerte, mientras que el salario que nos da Dios es la vida eterna en Jesucristo nuestro Señor y Salvador. Deseo a todos que reciban este salario divino.


P. Jorge Dorbarakis / S.E. Policarpo (Stavrópoulos)


LECTURAS


Rom 6,18-23: Hermanos, liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia. Hablo al modo humano, adaptándome a vuestra debilidad natural: lo mismo que antes ofrecisteis vuestros miembros a la impureza y a la maldad, como esclavos suyos, para que obrasen la maldad, ofreced ahora vuestros miembros a la justicia, como esclavos suyos, para vuestra santificación. Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres en lo que toca a la justicia. ¿Y qué fruto obteníais entonces? Cosas de las que ahora os avergonzáis, porque conducen a la muerte. Ahora, en cambio, liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna. Porque la paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.


Mt 8,5-13: En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.



Fuente: iglesiaortodoxaserbiasca.org / metropoliespo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

27/06 - Sansón el Hospitalario


Sansón nació en Roma, a finales del siglo V, en una familia pobre. Fue educado por un presbítero que promovió su afán de aprender y le encaminó a la medicina. Fue el santo un buen médico, siempre hallaba el remedio adecuado, y todos le buscaban, por lo que pronto tuvo una gran fortuna.


Pero a la par que los cuerpos, a Sansón le interesaba curar a las almas, por lo que comenzó a predicar a Cristo al mismo tiempo que curaba con sus medicinas. Oraba y los enfermos sanaban antes de tomar sus remedios.


Cuando el prestigio y la fama se le hicieron insoportables, lo dejó todo y se fue a Constantinopla, donde en una pequeña casita comenzó a atender a los enfermos, sobre todo a los pobres, sin cobrarles nada. El patriarca Epifanio supo de él y cuando le conoció personalmente, le ordenó presbítero para que además de dar medicinas, pudiera ungir a los enfermos como sacerdote.


Estando en la capital del Imperio le conoció el emperador Justiniano, que se hallaba enfermo y desahuciado. Le mandó llamar el monarca, y apenas el santo tocó la llaga que le afectaba, esta quedó sana. Quiso el emperador premiarle con riquezas, pero Sansón respondió: "Estimado señor, una vez tuve oro y plata en abundancia, pero todo lo dejé por Cristo, con la esperanza de obtener la vida eterna". Y como Justiniano insistió, Sansón le dijo que construyera un hospital para los enfermos pobres, conocido después como «El Hospicio de Sansón».  En este hospital y entre sus necesitados vivió muchos años, sanando y llevando a Cristo, sin aceptar jamás un céntimo por ello. San Sansón es, pues, uno de los Santos Anárgiros.


Murió en 530, venerado por los constantinopolitanos, que le lloraron y le tuvieron por santo desde siempre. Fue sepultado en la iglesia de San Mocio y pronto ocurrieron grandes portentos junto a sus reliquias.


LECTURAS


2 Cor 9,6-11: Hermanos, el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría. Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas. Como está escrito: Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente. El que proporciona semilla al que siembra y pan para comer proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia. Siempre seréis ricos para toda largueza, la cual, por medio de nosotros, suscitará acción de gracias a Dios.


Lc 12,32-40: Dijo el Señor: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».



Fuente: Religión en Libertad 

Sábado de la IV Semana de Mateo


Rom 6,11-17: Hermanos, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal, sometiéndoos a sus deseos; no pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos de injusticia; antes bien, ofreceos a Dios como quienes han vuelto a la vida desde la muerte, y poned vuestros miembros al servicio de Dios, como instrumentos de la justicia. Porque el pecado no ejercerá su dominio sobre vosotros: pues no estáis bajo ley, sino bajo gracia. Entonces, ¿qué? ¿Pecaremos, puesto que no estamos bajo ley, sino bajo gracia? ¡En absoluto! ¿No sabéis que, cuando os ofrecéis a alguien como esclavos para obedecerlo, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia? Pero gracias sean dadas a Dios, porque erais esclavos del pecado, mas habéis obedecido de corazón al modelo de doctrina al que fuisteis entregados.


Mt 8,14-23: En aquel tiempo, al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de cruzar a la otra orilla. Se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro, que era de los discípulos, le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Jesús le replicó: «Tú, sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos». Subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española