19/06 - Tadeo (Judas) el Apóstol y Hermano de nuestro Señor


El Apóstol Judas era del número de los Doce, y Lucas (Lc 6,16; Hch 1,13) lo llama «Judas el de Santiago» (el Hermano del Señor), por lo que sería también pariente del Señor según la carne. Sin embargo, Mateo (Mt 10,2) lo llama Tadeo (no confundirlo con el que curó a Agbar según cuenta Eusebio en su ‘Historia eclesiástica’, 1,13; ver el 21 de agosto).


Desde el punto de vista etimológico, Tadeo significa “magnánimo, valiente”, aunque también se puede considerar una deformación. Y todos sabemos que Judas significa “alabanzas sean dadas a Dios”.


Después de Pentecostés asistió al primer Concilio de Jerusalén y desde el punto de vista histórico, no se sabe nada más de él.


La tradición oriental dice que predicó en Palestina y en las regiones vecinas, pero tradiciones más tardías lo hacen predicador en Arabia, Mesopotamia, Armenia e incluso en Persia, junto con el apóstol Simón Zelotes. Los textos sirios más antiguos lo presentan como mártir en Arado (Beirut) en el año 80.


Sus reliquias, en los siglos III y IV se encontraban en Verona, pero actualmente están en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, junto con las del otro apóstol, Simón Zelotes. Reliquias pequeñas existen en otros países como España, Italia, Francia y Alemania. En cuanto a su culto hay que decir que ha sido venerado siempre, desde el siglo I. En el año 1059, el emperador Enrique III le dedicó una Colegiata en Goslar.


Iconográficamente se le representa siempre como un hombre maduro, barbudo y hasta viejo, con un hacha (haciendo mención al martirio) y con un libro (mención de la Epístola).


Escrita después de la destrucción de Jerusalén por Tito, la suya es la última de las Epístolas Católicas (generales), y está dirigida a los judíos creyentes de la Diáspora. Los rasgos principales que caracterizan a esta Epístola son la denuncia de las herejías de los primeros tiempos, pone a sus destinatarios en guardia contra las falsas doctrinas, condena la lujuria y la adulación interesada, anima a estar firmes en la fe, anuncia que surgirán falsos profetas y maestros, alienta el amor a Dios y al prójimo, exhorta a la paciencia y concluye la carta con una oración.


Antonio Barrero


LECTURAS


En Vísperas


Jds 1,1-10: Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los que son llamados, amados en Dios Padre y custodiados en Jesucristo: a vosotros, misericordia, paz y amor abundantes. Queridos míos, al poner todo mi empeño en escribiros acerca de nuestra común salvación, me he visto en la necesidad de hacerlo animándoos a combatir por la fe transmitida de una vez para siempre a los santos. Pues se han infiltrado ciertos individuos cuya condenación está prescrita desde antiguo, impíos que han convertido en libertinaje la gracia de nuestro Dios y rechazan al único Soberano y Señor Jesucristo. Aunque lo habéis conocido todo de una vez para siempre, quiero recordaros, sin embargo, que el Señor habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, después exterminó a los que no creyeron; y que a los ángeles que no se mantuvieron en su rango sino que abandonaron su propia morada los tiene guardados para el juicio del gran Día, atados en las tinieblas con cadenas perpetuas. También Sodoma y Gomorra, con las ciudades circunvecinas, por haberse prostituido como aquellas y por haber practicado vicios contra naturaleza, quedan ahí como muestra, padeciendo la pena de un fuego eterno. A pesar de ello, con estos soñadores pasa lo mismo, manchan la carne, rechazan todo señorío y blasfeman contra seres gloriosos. El arcángel Miguel, cuando disputaba con el diablo y discutía sobre el cuerpo de Moisés, ni siquiera se atrevió a proferir una sentencia blasfema sino que dijo: «El Señor te reprima». Estos, en cambio, blasfeman contra todo cuanto no conocen, e incluso se corrompen en lo que se aprende por instinto como los animales.


Jds 1,11-16: Queridos míos, ¡ay de los impíos! Porque tomaron el sendero de Caín, por dinero cayeron en la aberración de Balaán y perecieron en la rebelión de Coré. Estos, que banquetean sin recato y se apacientan a sí mismos, son una mancha en vuestros ágapes, nubes sin lluvia que los vientos se llevan; árboles otoñales y sin frutos que, arrancados de cuajo, mueren por segunda vez; olas encrespadas del mar que arrojan la espuma de sus propias desvergüenzas; estrellas fugaces a las que aguarda la oscuridad eterna de las tinieblas. De estos profetizó también Henoc, el séptimo después de Adán, al decir: «Mirad, viene el Señor con sus miríadas de ángeles para dar sentencia contra todos y dejar convictos a todos los vivientes de todas las obras impías que cometieron y de todas las insolencias que los impíos pecadores profirieron contra él». Ellos son murmuradores y amigos de querellas que proceden como les da la gana y hablan pomposamente adulando a la gente en beneficio propio.


Jds 1,17-25: Queridos míos, acordaos de las predicciones de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; pues os decían que en el tiempo final habrá gente burlona que actuará conforme a los propios deseos de impiedad. Son estos los que crean discordias, animales que no tienen espíritu. En cambio, vosotros, queridos míos, basándoos en vuestra santísima fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Tened compasión con los que titubean, a unos salvadlos arrancándolos del fuego, a otros mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio. Al que puede preservaros de tropiezos y presentaros intachables y exultantes ante su gloria, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre, ahora y por todos los siglos. Amén.


En la Liturgia


Jds 1,1-25: Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los que son llamados, amados en Dios Padre y custodiados en Jesucristo: a vosotros, misericordia, paz y amor abundantes. Queridos míos, al poner todo mi empeño en escribiros acerca de nuestra común salvación, me he visto en la necesidad de hacerlo animándoos a combatir por la fe transmitida de una vez para siempre a los santos. Pues se han infiltrado ciertos individuos cuya condenación está prescrita desde antiguo, impíos que han convertido en libertinaje la gracia de nuestro Dios y rechazan al único Soberano y Señor Jesucristo. Aunque lo habéis conocido todo de una vez para siempre, quiero recordaros, sin embargo, que el Señor habiendo salvado al pueblo de la tierra de Egipto, después exterminó a los que no creyeron; y que a los ángeles que no se mantuvieron en su rango sino que abandonaron su propia morada los tiene guardados para el juicio del gran Día, atados en las tinieblas con cadenas perpetuas. También Sodoma y Gomorra, con las ciudades circunvecinas, por haberse prostituido como aquellas y por haber practicado vicios contra naturaleza, quedan ahí como muestra, padeciendo la pena de un fuego eterno. A pesar de ello, con estos soñadores pasa lo mismo, manchan la carne, rechazan todo señorío y blasfeman contra seres gloriosos. El arcángel Miguel, cuando disputaba con el diablo y discutía sobre el cuerpo de Moisés, ni siquiera se atrevió a proferir una sentencia blasfema sino que dijo: «El Señor te reprima». Estos, en cambio, blasfeman contra todo cuanto no conocen, e incluso se corrompen en lo que se aprende por instinto como los animales. ¡Ay de ellos! Porque tomaron el sendero de Caín, por dinero cayeron en la aberración de Balaán y perecieron en la rebelión de Coré. Estos, que banquetean sin recato y se apacientan a sí mismos, son una mancha en vuestros ágapes, nubes sin lluvia que los vientos se llevan; árboles otoñales y sin frutos que, arrancados de cuajo, mueren por segunda vez; olas encrespadas del mar que arrojan la espuma de sus propias desvergüenzas; estrellas fugaces a las que aguarda la oscuridad eterna de las tinieblas. De estos profetizó también Henoc, el séptimo después de Adán, al decir: «Mirad, viene el Señor con sus miríadas de ángeles para dar sentencia contra todos y dejar convictos a todos los vivientes de todas las obras impías que cometieron y de todas las insolencias que los impíos pecadores profirieron contra él». Ellos son murmuradores y amigos de querellas que proceden como les da la gana y hablan pomposamente adulando a la gente en beneficio propio. En cambio vosotros, queridos míos, acordaos de las predicciones de los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; pues os decían que en el tiempo final habrá gente burlona que actuará conforme a los propios deseos de impiedad. Son estos los que crean discordias, animales que no tienen espíritu. En cambio, vosotros, queridos míos, basándoos en vuestra santísima fe y orando movidos por el Espíritu Santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Tened compasión con los que titubean, a unos salvadlos arrancándolos del fuego, a otros mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio. Al que puede preservaros de tropiezos y presentaros intachables y exultantes ante su gloria, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, sea la gloria y majestad, el poder y la soberanía desde siempre, ahora y por todos los siglos. Amén.

Jn 14,21-24: Dijo el Señor a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él». Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?». Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió».



Fuente: preguntasantoral / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Viernes de la III Semana de Mateo


Rom 9,6-19: Hermanos, no es que haya fallado la palabra de Dios. Pues no todos los que proceden de Israel son Israel; ni porque sean descendencia de Abrahán son todos hijos, sino que tus descendientes se llamarán tales a través de Isaac. Es decir, hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia. Porque las palabras de la promesa son estas: por este tiempo volveré y Sara tendrá un hijo. Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió de uno solo, es decir, de nuestro padre Isaac; pues bien, para que el designio de Dios se mantuviese conforme a la elección, es decir, para que su cumplimiento no dependiese de las obras sino del que llama, antes de que hubieran nacido y de que hubieran hecho nada bueno o malo, se le dijo a Rebeca que el mayor servirá al menor; según está escrito: He amado a Jacob y he odiado a Esaú. ¿Qué diremos, pues? ¿Acaso hay injusticia en Dios? De ningún modo. Pues a Moisés le dice: Me compadeceré de quien me compadezca y me apiadaré de quien me apiade. En consecuencia, no está en el que quiere ni en el que corre, sino en Dios que se compadece. La Escritura dice, en efecto, al faraón: Te he suscitado precisamente para esto: para mostrar en ti mi fuerza y para que mi nombre se difunda en toda la tierra. Es decir, se compadece de quien quiere y endurece a quien quiere. Pero tú me dirás: entonces ¿por qué aún se queja? En realidad, ¿Quién podrá oponerse a su voluntad?


Mt 10,32-36;11,1: Dijo el Señor a sus discípulos: «A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos. No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa». Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

18/06 - Leoncio, Hipacio y Teódulo los Mártires de Siria


Los santos mártires Leoncio, Hipacio y Teódulo eran soldados romanos. El santo mártir Leoncio, griego de origen y "de gran estatura física, poderoso, fuerte y valiente en las batallas", sirvió como jefe militar en el ejército imperial en la ciudad fenicia de Trípoli durante el reinado de Vespasiano (70-79). Leoncio se distinguió por su valentía y buen sentido, y la gente de Trípoli lo tuvo en profundo respeto debido a su virtud.


El emperador nombró al senador romano Adriano como gobernador del distrito fenicio, con plenos poderes para detener cristianos, y en caso de su negativa a ofrecer sacrificios a los dioses romanos, para entregarlos a la tortura y la muerte. Y en su camino a Fenicia, Adriano recibió un informe de que Leoncio había desengañado a muchos de su adoración a los dioses paganos. El gobernador envió al tribuno Hipacio con un destacamento de soldados a Trípoli para encontrar y arrestar al cristiano Leoncio. En el camino, el tribuno Hipacio cayó gravemente enfermo, y estando cerca de la muerte, vio en un sueño a un ángel, que le dijo: "Si desea ser sanado, usted y sus soldados deben decir tres veces: 'Dios de Leoncio, ayúdame". Al abrir los ojos, Hipacio vio al ángel y dijo: "Fui enviado a arrestar a Leoncio, ¿cómo es que debo apelar a su Dios?" En este momento el ángel se hizo invisible. Hipacio les contó su sueño a los soldados, entre los cuales estaba su amigo Teódulo, y todos juntos pidieron ayuda al Dios a quien Leoncio confesaba. Hipacio fue curado inmediatamente para gran alegría de sus soldados, pero solo Teódulo se sentó a un lado, reflexionando sobre el milagro. Su alma estaba llena de amor por Dios, y le dijo a Hipacio que procediera el doble de rápido que los otros soldados a la ciudad en busca de Leoncio.


A su llegada a la ciudad, un extraño se reunió con ellos y los invitó a su casa, donde acogió a los viajeros. Al enterarse de que su anfitrión hospitalario era Leoncio, se arrodillaron y le pidieron que los iluminara con fe en el Dios verdadero. Cuando les expuso su fe en Cristo, sus corazones ardieron de amor por Cristo y, en ese momento, una nube brillante descendió sobre Hipacio y Teódulo y el rocío de una nube descendió sobre ellos. Ese era el Espíritu Santo de Dios mismo bautizando a estas almas convertidas y Leoncio, quien en ese momento pronunció estas palabras: "En el nombre de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo".


Los soldados restantes, en busca de su comandante llegaron a Trípoli, adonde también había llegado el gobernador Adriano. Al enterarse de lo que había sucedido, ordenó que le trajeran a Leoncio, Hipacio y Teódulo. Después de amenazarlos con tortura y muerte, les exigió que renunciaran a Cristo y ofrecieran sacrificios a los dioses romanos. Todos los mártires confesaron firmemente su fe en Cristo. Hipacio fue puesto bajo una columna y rasgado con garras de hierro, y Teódulo fue golpeado sin piedad con varas. Al ver la firmeza de los santos, los decapitaron con un hacha. Y después de la tortura, enviaron a Leoncio a prisión. Por la mañana se presentó ante el gobernador. Adriano trató de atraer al santo mártir con honores y recompensas, y sin lograr nada, lo entregó a nuevas torturas. Todo su cuerpo estaba cubierto de heridas, pero oró diligentemente a Dios para que no lo abandonara. En medio de los tormentos más crueles, un ángel del Señor se le apareció, lo alentó y lo consoló. El santo mártir fue suspendido de un pilar con una piedra pesada alrededor de su cuello, pero nada podía obligarlo a renunciar a Cristo. El gobernador luego dio órdenes de golpear al paciente con varas hasta que muriera. La muerte de los santos mártires ocurrió entre los años 70 y 79. La acusación contra San Leoncio, y sus sufrimientos y muerte fueron registrados en tabletas de estaño preparadas por el escribano de la corte. Estas tabletas fueron colocadas en la tumba del santo mártir.


Después del martirio de San Leoncio, los soldados arrojaron su cuerpo fuera de la ciudad, pero los cristianos lo enterraron con reverencia cerca de Trípoli. Leoncio fue enterrado en el patio de una mujer llamada Juana que había dado dinero a los soldados para que se llevaran el cuerpo. Ella era la esposa de un gran noble y prominente comandante del ejército llamado Mauro. Ella había envuelto el cuerpo en tela costosa y también hizo un icono de él y colgó una lámpara encendida frente a él. Sucedió que el emperador Diocleciano se enojó con Mauro y lo encerró en prisión en la ciudad de Antioquía. 


Ella se puso triste y oró a Dios, intercediendo con Su santo Leoncio, para salvar a su esposo de la prisión. Dios aceptó sus oraciones. San Leoncio se le apareció a su esposo en prisión y le dijo: "No te aflijas ni te entristezcas, porque mañana serás liberado, comerás con el emperador en su mesa y regresarás sano y salvo a tu casa". El Santo, entonces, fue al emperador y lo despertó. Cuando el emperador vio al santo, se aterrorizó. El Santo le dijo al emperador: "He venido a ti, oh Emperador, para ordenar la liberación del comandante del ejército. Hónralo y déjalo ir a su casa, para que no te destruyan". El emperador, que temblaba, respondió diciendo: "Lo que me mandes, oh mi señor, lo haré". A la mañana siguiente, el emperador sacó al comandante de la prisión, lo honró y cenó con él en su propia mesa. El emperador le habló del jinete que se le apareció y luego lo despidió para que regresara a su ciudad natal. Cuando llegó a Trípoli, su ciudad natal, le contó a su esposa y a su familia lo que le había sucedido. Su esposa le dijo: "Lo bueno que te sucedió fue a través de las bendiciones de San Leoncio". Entonces ella descubrió el cuerpo del Santo, y él recibió la bendición del Santo. Cuando vio su rostro en el ícono, se dio cuenta de que él era el que se le había aparecido en prisión.


Después de la muerte de Diocleciano, construyeron una iglesia en su nombre y trasladaron allí el cuerpo con gran veneración. Muchos milagros ocurrieron y fueron atribuidos a él. Muchas otras iglesias fueron dedicadas a él. Una catedral en Bosra, Siria, fue consagrada a él, junto con los santos Sergio y Baco, en 513. Anteriormente fue el santo patrón de Siria.


Severo de Antioquía, después de estudiar derecho en Alejandría y Beirut, se convirtió del paganismo y fue bautizado en el santuario de San Leoncio en Trípoli en 488. En una homilía sobre San Leoncio realizada en 513 o 514 que relata su vida y varios milagros que ocurrieron en su famoso santuario, Severo escribe sobre su propia experiencia que es valiosa para conocer la importancia de este santuario para la conversión de los paganos locales:


"Y conozco a muchos de los jóvenes que se dedicaron al derecho romano en esa ciudad turbulenta que es Beirut, y se fueron a su ciudad (es decir, Trípoli) a rezar, y rápidamente abandonaron su vana educación y forma de vida, y purificaron sus mentes de los mitos helénicos. Se cambiaron para mejor y se convirtieron de estos (mitos) a una vida llena de sabiduría y a una conversación con los benditos monjes. Y yo era uno de ellos. Todavía estaba en ese momento en esa ciudad. Escuché de muchos milagros y curas que hizo el bendito mártir. Mi corazón se conmovió en mí, o más bien el Dios filantrópico movió mi facultad racional para que corriera al Mártir San Leoncio y rezara. Así que salí de la ciudad de Beirut, un amigo mío que era escolástico y yo, fuimos al lugar sagrado de los mártires y oramos. Además, recé por separado porque aún era un pagano. Recé así: ‘San Leoncio, santo mártir, reza a tu Dios en mi nombre para que me salve del culto de los helenos y de las costumbres de mis padres’. Esa noche me fue revelado un gran misterio del que no soy digno y del que no me atrevo a hablar, y así el Dios de todos, Jesús Cristo, me convirtió de la seducción de los helenos a través de las oraciones del mártir San Leoncio y me llamó a la vida moralmente pura del monacato” (Laudatio 4.1-6).



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
Adaptación propia

Jueves de la III Semana de Mateo


Rom 8,22-27: Hermanos, sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo. Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.


Mt 10,23-31: Dijo el Señor a sus discípulos: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre. Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro y al esclavo como su amo. Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

17/06 - Nuestro Justo Padre Hipacio de Bitinia, Hegúmeno de las Rufinianas.


San Hipacio de Bitinia fue un monje, abad y defensor de la fe del siglo V. Su vida, cargada de austeridad y valentía, es un testimonio vivo de santidad.


Nació en Frigia (en la actual Turquía) a principios del siglo V. Su padre, hombre de estudios, esperaba que siguiera una carrera intelectual. Sin embargo, a los 18 años, tras un episodio violento en casa, escapó hacia Tracia en busca de la paz del Señor. trabajó como pastor, rezando los salmos que un sacerdote le enseñó y alimentando su alma de sed de Dios.


En Tracia se unió a un ermitaño, Jonás. Ambos practicaron penitencias severísimas: ayunos prolongados de hasta 40 días sin comer ni beber, viviendo solo de oración y abandono total a la Providencia. Este radical desprendimiento marcó su alma para siempre.


Guiados por una visión divina, Hipacio y Jonás se dirigieron a Constantinopla y luego cruzaron a Asia Menor. En Calcedonia (Bitinia), restauraron el antiguo monasterio de las Rufinianas, convirtiéndose Hipacio en líder de la comunidad de monjes. Como abad, implantó la perfecta obediencia y el temor de Dios.


Antes de que el Concilio de Éfeso (año 431) condenara oficialmente el nestorianismo, San Hipacio ya discernía el grave error de Nestorio, quien enseñaba que en Cristo había dos personas distintas y negaba que María fuera verdaderamente Madre de Dios (Theotokos). Movido por el Espíritu Santo y su vida de intensa oración, Hipacio decidió borrar el nombre de Nestorio de los libros litúrgicos de su monasterio, aunque esto lo llevó a enfrentarse con valentía a su propio obispo, Eulalio. No temió al juicio humano porque amaba más la verdad que la aprobación del mundo. Además, acogió a San Alejandro el Acemeta y a sus discípulos, perseguidos por rechazar el nestorianismo, dándoles refugio espiritual y material. Así, defendió la fe con caridad y firmeza, siendo luz en tiempos de confusión doctrinal.


Conocido como el “estudioso de Cristo”, Hipacio fue famoso por sus milagros y dones proféticos. Algunos sectores de la aristocracia y autoridades locales quisieron restaurar unos juegos con sus ceremonias originales (invocaciones a divinidades, danzas rituales, sacrificios simbólicos y procesiones) que claramente se oponían al cristianismo. Ante esta amenaza espiritual, San Hipacio no permaneció en silencio. Al enterarse del proyecto, se presentó con firmeza ante las autoridades locales y pronunció una declaración contundente: “¡Antes prefiero morir que ver a Calcedonia manchada de nuevo con los ídolos del paganismo!”. Esta frase fue una auténtica manifestación de amor por Cristo y celo por la fe verdadera. Para Hipacio, permitir esos juegos significaba una traición al Evangelio, un retroceso espiritual hacia las tinieblas del error, una ofensa grave a Dios por volver a dar culto a falsos dioses. Gracias a su intervención valiente, acompañada de la oración y el ayuno de toda su comunidad, la iniciativa fue abandonada y Calcedonia permaneció fiel a la luz del Evangelio.


San Hipacio falleció en Bitinia alrededor del año 446, a una edad avanzada, tras muchos años al frente de su monasterio. Su discípulo Calínico escribió su biografía, recogida después en los Acta Sanctorum. Su santidad fue reconocida por culto popular y tradición eclesial antes de existir procesos formales de canonización.



Fuente: confesionperfecta.com

Adaptación propia