21/03 - Jacobo el Confesor


Jacobo "el confesor" es llamado muchas veces en la literatura hagiográfica "Jacobo el joven", para distinguirlo de muchos otros jacobos que pueblan las páginas de los santorales.


El contexto histórico de su martirio hay que buscarlo en el largo conflicto iconoclasta que tuvo en vilo a la cristiandad oriental a lo largo de los siglos VIII y IX. El centro de ese conflicto estaba en los monasterios, ya que desde allí se expandía hacia el pueblo la veneración a las sagradas imágenes. Los monasterios eran el faro que guiaba al pueblo cristiano, pero por eso mismo también un poder que el Imperio no estaba dispuesto a permitir que le hiciera sombra. A esto se sumó que el naciente expansionismo islámico usaba el culto a las imágenes (prohibido por completo en el Islam) que se hacía en la cristiandad como una muestra de la "necesidad" de acabar con los "herejes", así que algunos emperadores vieron el desactivar ese culto una manera de evitar esa fácil excusa.


Un primer epicentro de la persecución lo tenemos a mediados del siglo VIII, tiempo de innumerables mártires y confesores, bajo el imperio de León el Isáurico. En el 787 se produce la declaración del II Concilio de Nicea, favorable a las imágenes; pero esto no acabó con la contienda (aunque dio una base de firme legitimidad a la lucha de los monasterios), sino que aun hubo que soportar otras persecuciones, como la llevada a cabo en la primera mitad del siglo IX por León el Armenio, en la que perdieron la vida como mártires, o sufrieron largamente como confesores, santos reconocidos como san Teófanes «el Cronógrafo» o san Teodoro Estudita. Entre ellos se encuentra san Jacobo «el confesor», a quien celebramos hoy.


Santiago (o Jacobo) se inclinaba hacia la vida ascética de sus primeros años, por ello dejó el mundo y entró en el monasterio de Estudio, donde fue tonsurado y se convirtió en discípulo de San Teodoro el Estudita. De él no tenemos una narración completa de su vida, pero sí contamos con el encendido elogio que escribe sobre él san Teodoro apenas se entera de la muerte del monje -y cuando estaba él mismo en la cárcel-. En ese elogio, que expresa en su Epístola catalogada con el número 100, alaba a Jacobo no sólo como confesor y mártir, sino también como un monje modelo, cuya santificación comenzó mucho antes que en la muerte, y a la cual vino la santa muerte en defensa del verdadero culto, a coronar y elevar. En los menologios griegos se lo tuvo como obispo, aunque el mencionado elogio de Teodoro no menciona ese aspecto.


Durante el conflicto iconoclasta de mediados del siglo VIII, Santiago es instado, en repetidas ocasiones, a no venerar lo santos iconos, ante su firme negativa es encerrado en prisión y sometido a torturas físicas, pero él valientemente soportó todos estos tormentos. Finalmente fue sentenciado al exilio. En medio de tanto sufrimiento entregó  su santa alma a Dios.


Se lo trata como mártir, a pesar de que en la tradición fue considerado más bien como confesor. La frontera entre confesor y mártir es muy difusa, y frecuentemente se mezclan unos y otros: confesor solemos llamar a quien ha sufrido por la fe pero no recibió de manera directa la muerte por ella, mientras que mártir es quien derramó su sangre en un acto último de confesión de la fe. Sin embargo, siempre ha sido difícil trazar una línea, y antes como ahora, algunos han sido catalogados de mártires, aunque su martirio fue más bien una larga agonía, u otros lo han sido de confesores, aunque es más que evidente que los sufrimientos de la cárcel o el destierro son la causa directa de su muerte.


Como queda señalado, San Teodoro Estudita compuso un elogio en honor a este santo monje (PG 99, 1353-1356).



Fuente: goarch.org / esltestigofiel.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Sábado de la IV Semana de Cuaresma


Heb 6,9-12: Hermanos, en vuestro caso, queridos, esperamos lo mejor, lo que conduce a la salvación. Porque Dios no es injusto como para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes. Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza; y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido.


Mc 7,31-37: En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

20/03 - Los Justos Padres asesinados en el Monasterio de San Sabas


La crónica del sufrimiento y martirio de estos 20 monjes de las lauras del célebre San Sabas, en Jerusalén, aparece recogida dentro de las "actas" de San Esteban, monje del monasterio. Aunque el manuscrito que se conserva tiene algunas inexactitudes, se puede considerar veraz en lo grosso de la narración:


En 797, habiendo los musulmanes invadido varios monasterios y profanado estos santos lugares, entre ellos el monasterio de San Caritón, los monjes de la laura de San Sabas se reunían día y noche en la iglesia principal para orar en común para que Dios les librara de los musulmanes, o les diera fuerzas para padecer por la causa de Cristo. El 13 de marzo de ese mismo año un monje avistó una caballería de moros que se acercaba y dio la alarma. Algunos monjes se adelantaron y pidieron a los musulmanes que les dejaran seguir con sus vidas en alabanza a Dios, pero los infieles solo se burlaron de ellos, y les respondieron asaeteándolos. Algunos resultaron heridos y otros fallecieron. Toda una semana asolaron los árabes la laura, que era de difícil acceso.


El día 20 una segunda caballería se acercó al monasterio, luego de asolar las lauras de San Eutimio. Algunos monjes huyeron por los desiertos, otros se fueron a la iglesia a orar y otros se fueron a sus celdas a seguir su vida de siempre y que fuera lo que Dios determinara. El manuscrito sobreviviente tiene una laguna, pues falta un trozo. Continúa narrando como los moros fueron martirizando a los monjes. A Juan le apedrearon y le arrastraron hasta la iglesia, donde le mutilaron salvajemente, desangrándose. Al monje Sergio, sacristán, que había escondido los vasos sagrados, le cortaron a trozos sin que dijera donde había ocultado los cálices. Unos monjes que habían hallado refugio en una cueva se salvaron porque un novicio llamado Patricio salió diciendo que él era el único que había allí. Junto a otros monjes fue llevado a una cueva que fungía como casa para peregrinos, donde fueron amenazados, golpeados y heridos para que entregaran los "tesoros" (se referían los criminales a los vasos y vestiduras para el culto). Pero ya habían sido ocultados y se negaron a decir donde.


Los musulmanes preguntaron cual era el monje médico (solía haber uno en cada monasterio y era casi una autoridad junto al abad), pero los monjes callaron. Por ello los moros los metieron en lo más profundo de la cueva y taparon la entrada con espinos y ramas a los que prendieron fuego, impulsando el humo dentro, para asfixiarlos. Pero los monjes resistieron el tormento y no respondían a los insultos y requerimientos. Los musulmanes apagaron el fuego y ordenaron que se presentara el abad (no estaba allí). Los monjes solo callaban y rezaban, por lo que de nuevo fueron metidos en la cueva, incendiada la entrada y taponado todo resquicio de aire puro. Cuando pasó un tiempo, los musulmanes se fueron, saquearon el monasterio y partieron con todo lo que pudieron llevar.


Los monjes sobrevivientes, al día siguiente salieron de sus escondites, fueron a la cueva y hallaron a los hermanos muertos, que habían rendido sus almas por fidelidad a Cristo. Fueron sepultados con honores y les veneraron durante siglos, hasta hoy. Algunos nombres se han conservado, como Juan, Sergio, Patricio, Cosme, Anastasio y Teoctisto.



Fuente: religionenlibertad.com

Viernes de la IV Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 29,13-23: Dice el Señor: «Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, mientras su corazón está lejos de mí, y el culto que me rinde se ha vuelto precepto aprendido de otros hombres; por eso yo seguiré asombrando a este pueblo con prodigios maravillosos: perecerá la sabiduría de sus sabios, y desaparecerá la discreción de sus hombres prudentes». ¡Ay de los que, en lo profundo, ocultan sus planes al Señor para poder actuar en la oscuridad y decir: «¿Quién nos ve? ¿Quién se entera?». ¡Cuánta perversión! ¿Es acaso el alfarero igual que el barro, para que la obra diga a su artífice: «No me ha hecho», y la vasija diga al alfarero: «Este no entiende nada?». Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, y el vergel parecerá un bosque. Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel; porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico; y serán aniquilados los que traman para hacer el mal: los que condenan a un hombre con su palabra, ponen trampas al juez en el tribunal y por una nadería violan el derecho del inocente. Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán, dice a la casa de Jacob: «Ya no se avergonzará Jacob, ya no palidecerá su rostro, pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al Santo de Jacob y temerán al Dios de Israel».


En Vísperas


Gén 12,1-7: El Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra». Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán. Abrán llevó consigo a Saray su mujer, a Lot su sobrino, todo lo que había adquirido y todos los esclavos que había ganado en Jarán, y salieron en dirección a Canaán. Cuando llegaron a la tierra de Canaán, Abrán atravesó el país hasta la región de Siquén, hasta la encina de Moré. En aquel tiempo habitaban allí los cananeos. El Señor se apareció a Abrán y le dijo: «A tu descendencia daré esta tierra». Él construyó allí un altar en honor del Señor que se le había aparecido.


Prov 14,15-26: El ingenuo se lo cree todo, el prudente sabe dónde pisa. El sabio teme y se aparta del mal, el necio arrogante se cree seguro. El impulsivo comete locuras, el reflexivo se muestra paciente. Los simples heredan necedad, los prudentes se coronan de saber. Los malvados se inclinarán ante los buenos; los impíos, ante las puertas del honrado. Detestan al pobre sus propios vecinos; en cambio, al rico le sobran amigos. Quien desprecia a su prójimo peca, dichoso quien se apiada del pobre. Los que traman el mal se pierden, amor y lealtad al que hace el bien. Todo esfuerzo obtiene recompensa, el mucho hablar conduce a la miseria. Corona de los sabios es su saber; diadema de los necios, su torpeza. El testigo veraz salva vidas, el impostor propaga mentiras. Temer al Señor es refugio seguro, servirá de defensa a los hijos.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

19/03 - Los Santos Mártires Crisanto y Daría


Una virgen vestal y un cristiano converso


Aunque ambos mártires son romanos, curiosamente el nombre de Daría es de origen persa y significa “la que posee riquezas”. Según la tradición, recogida en la Leyenda Áurea, fue una virgen vestal, esto es, una sacerdotisa de la diosa romana Vesta, que, como su equivalente griego Hestia, era protectora del fuego y del hogar. El caso de las Vestales romanas es ciertamente fascinante y por ello me detendré un mínimo para ilustrarlo: se trata del único sacerdocio colegiado femenino de la antigua Roma y el único donde sus integrantes estaban obligadas a mantener la virginidad, so pena de muerte. Ser vestal constituía un gran honor, ya que recibían el respeto y boato de toda Roma. Su poder influyente era equiparable al del propio emperador: la Virgo Vestalis Maxima -la suprema sacerdotisa- podía salvar a un reo de muerte de su inminente destino simplemente señalándolo. Eran minuciosamente escogidas entre las niñas de siete años de las familias más nobles. Debían prestar servicio durante treinta años, tras lo cual abandonaban el culto y podían casarse, si así lo deseaban.


Su misión era mantener perpetuamente encendida una gran llama en el templo de la diosa, símbolo del poder inextinguible del Estado, excepto cuando se apagaba ritualmente con la llegada del nuevo año, el 1 de marzo. Si la vestal encargada de vigilar la llama en un momento determinado se descuidaba y ésta se apagaba, recibía un duro castigo físico, probablemente azotes. Si una vestal perdía la virginidad que estaba obligada a guardar durante el culto a la diosa, la condena era terrible: la sacerdotisa era enterrada viva en el Campus Sceleris, y su amante ejecutado en el Foro. Con todo, esta cruel sentencia se ejecutó muy pocas veces, una de ellas en tiempos de Domiciano… y, si tomamos el relato del martirio de Santa Daría como un suceso real, histórico, también en su caso.


La historia de esta mártir empieza con el que sería su esposo y compañero de martirio, un joven llamado Crisanto. Corrían los tiempos del emperador Numeriano (283-284), y él había nacido en Alejandría. Su padre, Polemio, varón muy apreciado por el césar, se trasladó a Roma con su hijo, donde se hizo senador. Crisanto era muy inclinado a la lectura y estudiante de filosofía, pero solía quejarse al no encontrar en los antiguos filósofos la calma espiritual que necesitaba. Llegaron a sus manos ciertos textos cristianos, y no entendiendo nada de aquello, pidió al presbítero Carpóforo que lo instruyera. Una vez lo comprendió, quiso hacerse cristiano, y se bautizó.


A partir de ese momento, no asistió a los juegos públicos ni a las ceremonias religiosas de Roma, frecuentando tan sólo las asambleas cristianas, y dio lugar a que la gente murmurara de él. Polemio quiso aclarar este punto y habló con su hijo, que, al confesarle que era cristiano, lo disgustó tanto que lo hizo encerrar en sus aposentos y le negó el alimento, esperando que el hambre lo hiciera cambiar de parecer. Como el orgullo del joven pudo más que su sufrimiento, hizo entrar en su habitación a numerosas prostitutas, todas tan bellas y tan adornadas, que Polemio no dudó que sus provocativos bailes acabarían seduciendo a su hijo. Pero Crisanto, que vio en seguida la estratagema de su padre, ignoró a las mujeres.


Entonces Polemio, viendo que el vicio no podía seducir a su hijo, pensó que sí lo haría la virtud; por ello acudió al templo de Vesta y solicitó ver a todas las vestales, y escogió a la que le pareció más hermosa, una mujer muy bella y muy culta llamada Daría. La vistió con bellas ropas y la convenció para que influyera en su hijo para que volviese al culto de los dioses romanos. Daría entró, pues, en el aposento donde languidecía Crisanto. Éste, al verla, se enamoró de ella, pero tratando de esquivar la nueva estratagema de su padre, le reprochó que, siendo una virgen, se hubiese acicalado de esa manera. Ella se ruborizó y dijo que había sido idea de su padre y que venía a convencerle para que renunciase al cristianismo.


Se sostuvo un debate dialéctico entre ambos, Crisanto exponiendo las perversiones y vicios de los dioses romanos, Daría rebatiéndolo conque los dioses representaban a las fuerzas de la naturaleza y poniéndose de ejemplo a sí misma, servidora del fuego de Vesta. Finalmente, Crisanto le reveló que existía un solo Dios que dominaba a todas esas fuerzas naturales y era Creador de las mismas, por lo que Daría, interesada, se sentó a los pies del joven y estuvo escuchando sus pláticas, y la instruyó en la doctrina del cristianismo. Al cabo de un rato, la joven le confesó que deseaba hacerse cristiana. Y a su vez, él la pidió en matrimonio.


Polemio quedó muy satisfecho y aprobó plenamente la boda de Crisanto y Daría, creyendo que la sacerdotisa había logrado convencerlo. Crisanto, por su parte, hizo bautizar a su esposa, y a partir de entonces, aprovechando la libertad y buena reputación de que gozaban, los dos esposos se dedicaron a atender las necesidades corporales y espirituales de los cristianos de Roma, siempre a escondidas de Polemio. Cuando el senador falleció, la casa de la pareja pasó a ser una residencia de acogida para cristianos sin hogar; convirtiendo también a muchos paganos a la fe cristiana.


Mas pronto fueron denunciados ante el prefecto Celerino, quien puso su caso en manos de un tribuno llamado Claudio. Éste mandó llamarlos y llevó a Crisanto ante una estatua de Júpiter para que sacrificase ante ella, pero Crisanto se burló de la imagen y le escupió. Claudio mandó entonces que lo desnudaran en la misma puerta del templo y, ante la mirada de Daría, lo azotaron tan inhumanamente, que se le descubrían las entrañas. Luego lo encerraron en una apestosa letrina dentro de la cárcel, y allí lo dejaron. Daría estuvo en vela toda la noche, dándole las manos a través de los barrotes de la celda. Al día siguiente lo azotaron de nuevo, esta vez con varas de hierro, y a punto estuvieron de acabar con él. Claudio, conmovido por su valor y por la templanza de Daría, que resistía el suplicio de su marido con la frente alta, mandó liberarlos. El mismo tribuno se convirtió al cristianismo y con él, su esposa Hilaria y sus dos hijos, Jasón y Mauro; así como muchos amigos y parientes y los setenta soldados encargados de vigilar a Crisanto.


Semejante conversión masiva causó tal escándalo que el emperador Numeriano, furioso, intervino y mandó arrojar a Claudio al Tíber con una piedra en el cuello, y decapitar a sus dos hijos, Jasón y Mauro, junto con los setenta soldados, en la vía Salaria. Su esposa Hilaria fue asesinada mientras oraba en las tumbas de sus hijos; aunque hay versiones que dicen que su muerte fue por causas naturales. Crisanto y Daría fueron detenidos de nuevo. Él regresó a la cárcel, y ella fue enviada desnuda a un burdel para que la violaran. Se dice que entonces pasó por la calle del burdel un león que se había escapado de las jaulas cuando era llevado al anfiteatro, y viendo la puerta abierta, entró en el lupanar, provocando el pánico entre prostitutas y clientes. Milagrosamente, fue el león a echarse cerca del cuarto donde Daría había sido destinada. Nadie se atrevió a acercarse. Después de mucho cavilar, decidieron desalojar el burdel y prenderle fuego, para acabar con el león. Cuando las llamas hicieron presa del prostíbulo, el felino, inquieto, se levantó y salió rápidamente, azuzado por el humo. Tras él salió Daría, ilesa. Todos, admirados, decidieron que este sorprendente suceso era un prodigio. Los cristianos creyeron que era un milagro de Dios, y los paganos decidieron que la sacerdotisa había hechizado al león para que la sacara de allí.


De nuevo Crisanto sufrió el suplicio. Le quemaron los costados con hachas encendidas, y finalmente el césar dictó sentencia de muerte para los esposos. Fueron llevados al Campus Sceleris, “campo del sacrificio”, en latín, y allí los enterraron vivos, metiéndolos dentro de una cámara subterránea y abovedada, que en un principio iba destinada a las vestales que habían incumplido su voto de virginidad. Allí, en la oscuridad, la pareja sucumbió al hambre y a la asfixia. Ésta sería la versión más histórica de acuerdo a cómo se castigaba a las Vestales, aunque la passio afirma que fueron tirados dentro de una fosa en la vía Salaria, sin más, y cubiertos con una capa de tierra y piedras.


En honor a tan horrenda muerte, sus discípulos se reunían en una caverna cercana al arenal para orar. Al saberlo unos paganos, obstruyeron la entrada y allí los dejaron morir de hambre, como les había sucedido a Crisanto y Daría. Entre ellos se citan en el Martirologio a Diodoro, presbítero, y Mariano, diácono.


Culto y conmemoración


Los santos mártires romanos Crisanto y Daría son conmemorados en días diversos en los antiguos martirologios, por lo que no se sabe a ciencia cierta cuál es su “dies natalis”, es decir, la fecha del martirio.


Esta variedad y multiplicidad de conmemoraciones, junto con el hecho de que los dos Santos están representados en los mosaicos de San Apolinar de Rávena, indican que su culto fue muy difundido en toda la Iglesia. Pero, sin embargo, todas las noticias en torno a ellos provienen de esta passio que acabo de resumir, de la cual, ya en el siglo VI, existían copias tanto en latín como en griego, como nos lo hace notar San Gregorio de Tours.


Sepulcro y reliquias


Por los testimonios de los itinerarios del siglo VII, sabemos que los dos mártires estaban sepultados en una pequeña iglesia del cementerio de Trasone en la vía Salaria Nuova. San Gregorio de Tours añade que en esta iglesia existía un epigrama del papa San Dámaso en honor de estos dos Santos. En realidad, los versos damasianos estaban dedicados a un grupo de mártires anónimos, mientras que el dedicado a estos dos Santos, lo conocemos gracias a unos manuscritos que fueron puestos en aquel lugar en el siglo VI, después de la devastación efectuada por los godos. Sin embargo, hay constancia de que en la fiesta de estos dos mártires acudían a sus sepulcros multitud de fieles y que el papa Pelagio II, en el año 590, dio algunas reliquias a un diácono de las Galias.


También la historia de las reliquias de estos dos Santos es un tanto contradictoria. La tradición nos habla de tres traslaciones ya efectuadas en la Antigüedad: una por obra del papa Pablo I (757-767), que desde la vía Salaria las trasladó a la iglesia romana de San Silvestre. Otra dice que Pascual I (817-824) las habría trasladado desde la vía Salaria a la iglesia romana de Santa Práxedes; y finalmente, hay otra que dice que Esteban V (885-891) las habría llevado a la basílica lateranense. Desde esta última iglesia, después del año 884, habrían sido llevadas al monasterio de Münstereiffel (Alemania) y en 947, transferidas a Reggio Emilia, ciudad que tiene a estos dos Santos como patronos. Este último traslado habría sido obra del obispo Abelardo, que las habría obtenido de Berengario, al cual le fueron concedidas por el papa Juan X en el año 915. Existe otra tradición local en Oria (Brindisi), que dice que el papa Esteban V se las había regalado al obispo Teodosio de aquella ciudad, en el año 886. Otras ciudades como Salzburgo, Viena y Nápoles dicen tener también reliquias de estos Santos.


Iconografía


En la iconografía, Crisanto suele aparecer como un joven romano, a veces imberbe, otras barbado, y a veces representado como soldado, aunque no lo era. Daría aparece representada como una doncella junto al león que la protegió de los violadores en el prostíbulo. Más a menudo, los esposos aparecen siendo enterrados vivos juntos o como alegoría de matrimonio casto.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral