03/09 - El Santo Padre Teoctisto y su compañero en la lucha Eutimio el Grande


San Teoctisto fue un devoto cristiano que vivió en un monasterio (o “laura’) cerca de Jerusalén y que soñaba con llegar a ser un asceta del desierto.


En algún momento de la segunda década del Siglo V, este ferviente “abad” (supervisor espiritual de un monasterio) comenzó a ayunar y rezar en la soledad del desierto de Coutila, no lejos de Jericó, junto a su mentor espiritual San Eutimio el Grande –el fundador y director de la influyente laura de Farán.


Por muchos años los dos amigos se retirarían periódicamente, especialmente durante el tiempo de Cuaresma, a los áridos desiertos para rezar y ayunar. Finalmente descubrieron una cueva en el desierto de Judea, en Wadi Mukellik, muy cerca de una corriente de agua rugiente, que aparentaba ser el lugar perfecto para el culto, por lo que la convirtieron en una Iglesia.


No pasó mucho tiempo para que los dos devotos del desierto sean reconocidos en toda la región como hombres santos que vivían su vida ascética con crudeza y cuyo estilo de vida les permitía tener visiones místicas del Dios Cristiano. Pero cuando los seguidores de San Eutimio acudieron a su lado en números cada vez más crecientes (guiados por los asombrados pastores de Betania), éste huyó una vez más hacia el desierto, dejando el monasterio bajo el cuidado de su amigo. Una de las razones de la creciente fama de San Eutimio fue el haber curado milagrosamente a un joven, Terebón, hijo de Aspebeto, jefe de los Sarracenos, quien se encontraba aquejado de una enfermedad mortal. San Eutimio curó al joven haciendo la señal de la cruz sobre él, en un ritual de sanación que produjo muchas conversiones entre las filas de los árabes. Cuando se difundió la noticia del milagro, multitudes de peregrinos asombrados acudieron a la presencia del monje y de su amigo con el afán de aprender todo lo que pudieran sobre ellos. 


Aunque San Teoctisto se anticipó a la aparición de los “Padres del Desierto” de la Santa Iglesia en más de dos siglos, su estilo de vida ascética en el desierto llegó a ser un modelo de austeridad y simplicidad para toda la Iglesia. En algunas zonas de Palestina estos primeros ascetas formaron pequeños monasterios en los cuales comían poco, rezaban constantemente y pasaban su vida trabajando de manera reverente. Sin embargo otros devotos prefirieron una vida más estricta como ermitaños en el desierto, pasando años de soledad y alejados de las distracciones de la ciudad.


Para muchas de estas almas valientes, las áreas desérticas alrededor del Mar Muerto: un desolado paisaje cerca de Jericó que tiene el nivel más bajo del planeta (unos 122 metros bajo el nivel del mar) que proporcionaba el lugar perfecto en el cual podrían dedicarse exclusivamente a la adoración de Dios. Tal como lo han notado muchos comentaristas, era posible deambular durante días enteros por el desierto de Palestina sin encontrarse con ninguna otra persona. Cubierto de espinas, de vegetación que no necesita agua y de vastas áreas donde no hay otra cosa que arena, el mundo del desierto carecía de casi cualquier comodidad para el ser humano. 


Viviendo solos y sin ningún tipo de supervisión, los ermitaños del desierto se privaban, muy frecuentemente, del sueño, de la limpieza, de ropas apropiadas y de intimidad sexual. Era una forma de vida muy severa, aparentemente sin sentido, en la cual sin embargo los hombres y mujeres que abrazaban esa manera de hacer las cosas encontraban un enorme gozo en sacrificar esas “cosas del mundo” para dedicarse completamente a la oración. De entre esos santos del desierto solo hubo unos pocos más alegres, más llenos de oración y de agradecimiento hacia Dios que el humilde Teoctisto, quien frecuentemente es descrito por los historiadores de esa época como un hombre lleno de gozo y de espíritu alegre (cuando sus obligaciones le permitían encontrar un tiempo para salir de las tierras desérticas aledañas al Mar Muerto, él deambulaba alegremente al mismo tiempo que seguía comprometido con sus inacabables devociones espirituales).


Hoy en día resulta difícil imaginar el grado de abnegación que llegaron a abrazar santos como Teoctisto y Eutimio. La mayor parte de su vida la realizaron al aire libre y alimentándose únicamente de hierbas; dormían sobre el suelo y expuestos a toda clase de climas; y muy raramente buscaban algún tipo de la comodidad que proporciona la vida ordinaria. A pesar de la exigencia de su estilo de vida, que incluía ayunos extremos y un trabajo extenuante, San Teoctisto vivió una vida longeva y, cuando finalmente murió, alrededor del año 450, el Patriarca de Jerusalén, Anastasio, viajó al monasterio para dirigir el servicio funerario. 


De muchas formas se dice que San Teoctisto fue quien creó y formalizó el papel de los monjes como parte de la vida de la Iglesia. Ese papel nació a partir de la relación única entre dos personas, una relación en la cual el Abad Teoctisto formó a los aspirantes a la vida monástica en su propio monasterio, y luego los envió con San Eutimio para una mayor exigencia y disciplina en los rigores de la vida ascética. Este concepto –un monasterio para “principiantes” y otro para aquellos que han alcanzado un mayor nivel espiritual- llegó a ser, finalmente, el procedimiento habitual en el Cristianismo Oriental. Ciertamente, el piadoso San Eutimio continuó enviando nuevos candidatos desde su refugio de ermitaño a San Teoctisto para recibir consejo espiritual y entrenamiento, hasta los últimos días de su vida.


La Tradición de espiritualidad monástica a la que San Teoctisto consagró su vida ha llegado a ser una de las hebras principales en ese gran tapiz del Cristianismo tradicional, y la Iglesia no sería la misma sin los dones espirituales que han brotado de los Padres del Desierto. La vida de este santo de Tierra Santa nos proporciona un brillante testimonio de que Dios Todopoderoso puede sostenernos de manera mucho más rica y satisfactoriamente que la simple comida, bebida o cualquier otro bien terrenal.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

03/09 - Antimo, Obispo de Nicomedia


San Antimo nació en Nicomedia. De pequeño se distinguía por el respeto y el celo que poseía por los oficios divinos; al crecer, el niño se convirtió en un modelo de prudencia y de amor. Su vida llena de espiritualidad y de intelectualidad llevó a que los cristianos de Nicomedia le convencieran para que fuese ordenado sacerdote y más adelante obispo de Nicomedia en Bitinia (Asia Menor) durante el reinado del emperador Maximiano (286-305).


En el año 304 veinte mil cristianos de Nicomedia perecieron en un incendio mientras estaban en la iglesia el día de Navidad. El obispo Antimo escapó de su destino y se escondió en la aldea de Omana, no lejos de Nicomedia, a petición de su rebaño. Desde allí envió cartas a los cristianos instándolos a mantener firmemente su santa fe y a no temer a las torturas. Una de sus cartas, enviada a través del diácono Teófilo, fue interceptada y entregada al emperador Maximiano. El diácono Teófilo fue cruelmente interrogado y murió bajo tortura sin revelar el paradero del obispo Antimo a sus torturadores. Maximiano pronto logró conocer el paradero del obispo. Un destacamento de soldados fue enviado tras él. Antimo se los encontró en el camino, pero los soldados no lo reconocieron. El obispo los invitó a unirse a él para una comida que les proporcionó. Después de la comida, les reveló que él era el a quien buscaban. Los sorprendidos soldados no sabían qué hacer. Estaban dispuestos a dejarle libre y decirle al emperador que no lo habían encontrado. Sin embargo, Antimo no toleraba una mentira y no aceptó dicho plan.


Los soldados llegaron a creer en Cristo y recibieron el Santo Bautismo. El obispo les ordenó llevar a cabo las instrucciones del emperador. Después de que Antimo fue llevado ante el emperador, Maximiano ordenó que los instrumentos de ejecución fueran sacados y colocados ante él. "¿Crees, emperador, que puedes asustarme con estas herramientas de ejecución? -preguntó Antimo-. No, ¡no puedes asustar a alguien que desea morir por Cristo! La ejecución es aterradora solo para los cobardes, para quienes la vida actual es más preciosa".


Luego, el emperador ordenó que Antimo fuera ferozmente torturado siendo golpeado con barras, obligándole a caminar con sandalias de bronce al rojo vivo y finalmente fijándolo en una rueda que le rompió las extremidades, mientras los verdugos le quemaban el cuerpo con antorchas encendidas. A pesar de todo esto, el Santo permaneció firme y, como el oro refinado en fuego, brilló más intensamente en medio de los tormentos. Después de que Antimo profetizara al emperador que su imperio pagano pronto terminaría y que el cristianismo triunfaría, el emperador rasgó en dos su capa púrpura y ordenó que lo decapitaran. El obispo glorificó alegremente a Dios con su último aliento y recibió la corona del martirio.


Se dice que después de la muerte del obispo Antimo, el vello de su cabeza continuó creciendo de una manera extraña pero maravillosa. Su cráneo se conserva hoy en el Monasterio Atonita de San Panteleimón, y partes de su piel se encuentran en la Capilla de Santa Xenia la Loca en Cristo en Mandra de Atica.


NOTA (por John Sanidopoulos):


Aunque Eusebio data el martirio de Antimo en los años 303 o 304, una carta preservada en el ‘Chronicon Paschale’, escrita en prisión por el sacerdote Luciano de Antioquía, que estaba esperando la muerte, menciona a Antimo, obispo de Nicomedia, como si acabara de sufrir el martirio. Schaff y Wace anotan que Luciano fue encarcelado y ejecutado durante la persecución del emperador Maximino, en 311 o 312, y por lo tanto concluyen que, si el fragmento es genuino, Antimo sufrió el martirio no bajo Diocleciano y Maximiano, sino bajo Maximino.


LECTURAS


Heb 13,7-16: Hermanos, acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre. No os dejéis arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas; lo importante es robustecerse interiormente por la gracia y no con prescripciones alimenticias, que de nada valieron a los que las observaban. Nosotros tenemos un altar del que no tienen derecho a comer los que dan culto en el tabernáculo; porque los cuerpos de los animales, cuya sangre lleva el sumo sacerdote para el rito de la expiación, se queman fuera del campamento; y por eso Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, murió fuera de la puerta. Salgamos, pues, hacia él, fuera del campamento, cargados con su oprobio; que aquí no tenemos ciudad permanente, sino que andamos en busca de la futura. Por medio de él, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre. No os olvidéis de hacer el bien y de ayudaros mutuamente; esos son los sacrificios que agradan a Dios.


Mt 11,27-30: Dijo el Señor a su discípulos: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Jueves de la XIV Semana de Mateo


Gál 1,1-3;20-24;2,1-5: Pablo, apóstol no de parte de hombres ni por mediación de ningún hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre, que lo resucitó de entre los muertos, y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia: Gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Dios es testigo de que no miento en lo que os escribo. Después fui a las regiones de Siria y de Cilicia. Personalmente yo era un desconocido para las iglesias de Cristo que hay en Judea; solo habían oído decir que el que antes los perseguía anuncia ahora la fe que antes intentaba destruir; y glorificaban a Dios por causa mía. Después, transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito. Subí por una revelación. Y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano. Sin embargo, ni siquiera obligaron a circuncidarse a Tito, que estaba conmigo y es griego. Di este paso por motivo de esos intrusos, esos falsos hermanos que se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús y esclavizarnos. Pero ni por un momento cedimos a su imposición, a fin de preservar para vosotros la verdad del Evangelio.


Mc 5,1-20: En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas desembarcó, le salió al encuentro, de entre los sepulcros, un hombre poseído de espíritu inmundo. Y es que vivía entre los sepulcros; ni con cadenas podía ya nadie sujetarlo; muchas veces lo habían sujetado con cepos y cadenas, pero él rompía las cadenas y destrozaba los cepos, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Se pasaba el día y la noche en los sepulcros y en los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Viendo de lejos a Jesús, echó a correr, se postró ante él y gritó con voz potente: «¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes». Porque Jesús le estaba diciendo: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cómo te llamas?». Él respondió: «Me llamo Legión, porque somos muchos». Y le rogaba con insistencia que no los expulsara de aquella comarca. Había cerca una gran piara de cerdos paciendo en la falda del monte. Los espíritus le rogaron: «Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos». Él se lo permitió. Los espíritus inmundos salieron del hombre y se metieron en los cerdos; y la piara, unos dos mil, se abalanzó acantilado abajo al mar y se ahogó en el mar. Los porquerizos huyeron y dieron la noticia en la ciudad y en los campos. Y la gente fue a ver qué había pasado. Se acercaron a Jesús y vieron al endemoniado que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio. Y se asustaron. Los que lo habían visto les contaron lo que había pasado al endemoniado y a los cerdos. Ellos le rogaban que se marchase de su comarca. Mientras se embarcaba, el que había estado poseído por el demonio le pidió que le permitiese estar con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti». El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; todos se admiraban.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

02/09 - Juan el Ayunador, Patriarca de Constantinopla


San Juan IV el Ayunador accedió al trono patriarcal en tiempos de Tiberio, en el año 582, y gobernó la Iglesia trece años y cinco meses. Durante su reinado (en el año 586) se instituyó por primera vez el título de Patriarca Ecuménico para los Arzobispos de Constantinopla-Nueva Roma.


Juan es conocido en la Iglesia bizantina como compilador de un “Nomokanon” penitencial (es decir, la regla de las penitencias), que nos ha llegado en varias versiones distintas, pero su fundamento es uno y único. Se trata de instrucciones para los sacerdotes sobre cómo escuchar la confesión de pecados secretos, ya sea que estos hayan sido cometidos o simplemente sean pecados de intención.


Las reglas de la Antigua Iglesia abordan la manera y la duración de las penitencias públicas que se establecieron para los pecadores obvios y manifiestos. Pero era necesario adaptar estas reglas para la confesión secreta de cosas que no eran evidentes. San Juan el Ayunador emitió su “Nomokanon” penitencial (o "Canonaria"), de modo que la confesión de los pecados secretos, desconocidos para el mundo, estaba basada en la buena disposición del pecador y de su conciencia para reconciliarse con Dios, y así el santo redujo las penitencias de los antiguos Padres a la mitad o más.

 

Por otro lado, establece más exactamente el carácter de las penitencias: ayuno severo, ejecución diaria de un número determinado de postraciones en el suelo, entrega de limosnas, etc. La duración de la penitencia está determinada por el sacerdote. El objetivo principal del “Nomokanon” compilado por el santo Patriarca consiste en asignar penitencias, no simplemente de acuerdo con la gravedad de los pecados, sino de acuerdo con el grado de arrepentimiento y el estado espiritual de la persona que confiesa. 


Entre los griegos, y más tarde en la Iglesia rusa, las reglas de San Juan el Aynador son honradas a un nivel "con otras reglas santas", y los “Nomokanon” de su libro se consideran "aplicables para toda la Iglesia Ortodoxa". San Nicodemo del Monte Ato lo incluyó en el Manual para la Confesión (“Exomologitarion”), publicado por primera vez en 1794, y en el “Timón” ( “το πηδάλιον”, [to Pidalion]) publicado en 1800.


San Juan reposó en paz en el año 595.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

02/09 - Mamés (Mamante) el Mártir


A mediados del siglo III, mientras la ciudad de Roma se revolvía en continuas guerras, vivían en Gangra, aldea de Paflagonia, en Asia Menor, dos cristianos esposos llamados Teodoto y Rufina. Eran muy estimados y venerados en el país por ser ricos en bienes materiales y de noble linaje, ambos descendían de antiguos patricios romanos, y aun, si admitimos lo que afirman algunos autores, parece que estaban emparentados con antiguos reyes de aquella comarca.


Llevaban vida muy ejemplar, dados de lleno a la práctica de todas las virtudes cristianas, y aprovechándose de aquel buen crédito y fama que gozaban, para traer muchos fieles al conocimiento y amor de Nuestro Señor Jesucristo. Supo Alejandro, gobernador de Gangra, que los dos patricios eran férvidos secuaces de la nueva religión, por lo cual mandó detener a Teodoto y le echó en rostro su desobediencia a las órdenes del emperador Valeriano.


Tras largo interrogatorio en el que menudearon promesas y amenazas del gobernador, Teodoto se dejó encerrar en lóbrega y húmeda mazmorra, hasta que llegasen de Roma órdenes precisas.


Por el tiempo en que encarcelaron a Teodoto, su esposa Rufina estaba a punto de dar a luz. Esta valerosa dama, tan intrépida y esforzada cristiana como abnegada esposa, ansiaba compartir la suerte de Teodoto y partió para Cesarea.


Vivieron juntos unos días, hablando de la dicha y bienaventuranza eterna y del insigne honor del martirio que esperaban. Pero murió Teodoto agotado por los padecimientos y las privaciones, y pasados unos días, también Rufina enfermó gravemente y murió poco después de dar al mundo un hijo que estaba llamado a ser gran santo y mártir de Cristo y a quien dejaba en muy triste orfandad.


Mientras todo esto ocurría, una dama cristiana, llamada Anmia, recibió orden del cielo de enterrar los cuerpos del padre y de la madre, y encargarse de la crianza y educación del pobrecito huérfano y de adoptarlo por hijo suyo. Anmia obedeció al punto , fue a la cárcel y, merced a su elevada posición social, logró fácilmente licencia para trasladar los cuerpos de los dos confesores de la fe, a quienes dio muy honrosa sepultura en un campo que le pertenecía. Tomó también consigo a la criatura, y cuidó de ella con la ternura y solicitud que requerían su edad y débil complexión. Se le puso el nombre de Mamés (o Mamante) porque, tras permanecer mucho tiempo en silencio, se dirigió a su madre adoptiva como «mamá».


Educación de San Mamés


Fue criado el muchacho por aquella noble señora con tanto amor y cariño, que no dio en la cuenta de que el Señor le había quitado su natural madre, pues juzgaba por tal a su madre adoptiva.


No se contentó Anmia con dar a su pupilo el pan material y los cuidados corporales. La virtuosa dama despertó asimismo en el corazón del huerfanito aquellos sentimientos de fe y piedad que dan a la infancia peculiar atractivo y encanto.


Cuando el niño tuvo ya cinco años, proporcionóle maestros virtuosos y capaces para coadyuvar con celo a su cristiana educación. Mamés hizo en breve tan admirables progresos en las letras y ciencias humanas, que aventajó mucho a sus condiscípulos, de los cuales era muy querido y respetado.


Con ello logró en la ciudad fama de santo y sabio mancebo. Así llegó a los trece años, habiendo ganado todos los corazones por su asiduidad al estudio y vida ejemplar. De aquella influencia que tenía en la ciudad, servíase el santo estudiante para traer a los paganos al conocimiento de Jesucristo: por eso fue encarcelado.


San Mamés y Aureliano en el desierto


Se hallaba por entonces el emperador Aureliano en Egea, ciudad situada en la desembocadura del río Piramo, poco distante de Capadocia. Allí mandó llevar al santo mancebo el gobernador de Cesarea. Aureliano creyó hallar ocasión propicia para triunfar del cristianismo; como tenía que pelear con un muchacho, esperaba vencer fácilmente su resistencia. Probó, pues, de doblegar la constancia del Santo con halagadoras promesas.


«Amigo mío —le dijo— , se te presenta en tu juventud muy brillante carrera. La fortuna te ofrece en este día dicha y gloria. Si lo quieres, puedes desde hoy tener parte conmigo en mis grandezas y placeres, sacrifica en el altar de Serapis, y tendrás habitación en mi propio palacio, y aun comerás conmigo. Te honraré y mandaré que todos te honren de tal manera, que los hombres más nobles y principales de la nación envidiarán tu suerte. Basta, para ello, con un gesto sencillísimo».


Pero hacía tiempo que el Santo sabía menospreciar honras y placeres, no hizo caso alguno de las vanas promesas del emperador y ni siquiera se dignó contestar a lo que le decía. Este silencio mortificó a Aureliano, el cual mudó de táctica, y amenazó al santo mancebo con atrocísimos tormentos.


Cuando el niño vio que su juez se había sosegado un tanto, díjole con mansedumbre y valor- «Guárdeme el Señor mi Dios, ¡oh emperador!, de dar culto a imágenes de piedra y mármol que carecen de movimiento y de vida. Podéis dar de mano a vuestras promesas y ame­nazas, prefiero sacrificar mi vida por mi Señor Jesucristo, que poseer las riquezas del mundo entero- mi grandeza, mi gloria y mi felicidad, serán morir por mi Dios».


Enojado y fuera de sí, mandó Aureliano que en su presencia desnudasen al niño y le azotasen cruelmente. Pronto brotó sangre, y hasta las gradas del trono imperial saltaron pedacitos de la carne del mártir. El valeroso niño permaneció impasible, como si fuera un sueño. Ordenó Aureliano a los lictores que cesasen de azotarle, y fingiendo compadecerse del mártir, díjole:


«Oye, amigo, di sólo una palabra: basta que me declares que quieres ofrecer sacrificio a los dioses y te dejaré ir.


— Guardaréme mucho de renunciar a la fe cristiana. Creo en Jesucristo, y a pesar de todos los tormentos, no puedo renegar ni de pensamiento, ni de palabra, del Dios a quien adoro. No puedo, me lo impide el amor».


Ciego de rabia, mandó el emperador que abrasasen con hachas encendidas los costados del valeroso mancebo y los miembros todos de aquel cuerpecito ya tan atrozmente herido; pero las llamas respetaron al mártir y volviéronse hacia los verdugos como si quisieran abrasarlos a ellos. Enfurecióse Aureliano al ver que nada conseguía con aquel cruelísimo tormento y mandó que apedreasen al santo niño. Pero fue en balde, porque al mártir le parecían las piedras como rosas y perlas destinadas a entretejer su corona celestial, y las recibía con muy cándida sonrisa.


El emperador desconfió al fin de poder doblegar la constancia del valeroso niño, y así mandó que le arrojasen al mar, después de atarle al cuello una pesada masa de plomo; pero un ángel se apareció en figura humana a los presentes y cercó de resplandores al niño. Los verdugos, al verle, huyeron muy asustados. Rompiéronse al mismo tiempo las ataduras del Santo, y éste, viéndose solo y libre, marchó a ocultarse en la soledad que le había mostrado el celestial libertador.


Había en los alrededores de Cesarea un encumbrado monte llamado Argeo, que servia de guarida a las bestias fieras, por lo que nadie solía acercarse a aquel lugar. En ese monte fue a esconderse el santo niño, cantando al Señor himnos de gracias, mientras Aureliano, loco de rabia, man­daba buscarlo por todas partes, mas no podían dar con él.


Allá en el silencio y la soledad, preparóse el Santo, como otro Moisés, para cumplir fielmente la voluntad del Señor. Cuarenta días estuvo sin comer ni beber, mortificando al mismo tiempo su cuerpo con muchas maneras de penitencias. Edificó un oratorio o ermita en sitio apartado del monte, y allí pasaba casi todo el día, meditando las verdades eternas ante una cruz de madera.


Un ángel se le apareció, y le entregó un milagroso libro de los Evangelios. Abriólo el joven solitario y empezó a leer en voz alta el sagrado texto; ¡cosa maravillosa!, los árboles de los alrededores se estremecieron repentinamente, y las fieras acudieron a oir la voz del Santo, y le rodearon mansamente como si hubiesen perdido su natural ferocidad. Desde entonces, acudían diariamente.


A su voz, juntábanse leones y osos, corderitos y ovejas, y con él permanecían mientras no los despedía. Hasta refiere Montbricio que el intrépido joven se alimentaba con la leche de las cabras y ovejas monteses, las cuales se dejaban ordeñar muy dócilmente y sin mostrar temor alguno en acercarse a él. Tres años permaneció el hijo de Teodoto y Rufina en aquella soledad, dedicado enteramente a la oración, estudio y trabajo, aunque sin dejar de prepararse para el caso, muy posible, de que los perseguidores dieran con su refugio y volvieran para él las pruebas del martirio.


Nueva detención


No fue bastante la oscuridad y apartamiento del bosque para impedir que el gobernador de la provincia tuviese noticia de los milagros del Santo. Envió al monte Argeo dos guardias de a caballo con orden de buscar el paradero del joven cristiano rebelde a los decretos imperiales, y traerle maniatado a su tribunal.


El Santo recibió aviso del cielo de lo que iba a suceder. Salió al encuentro de los soldados, los cuales le preguntaron si tenía noticia de un joven llamado Mamés, que vivía en aquellos parajes, y si podía decirles dónde se hallaba oculto. «Amigos —les dijo— , primeramente os convido a mi frugal comida campestre». Habiendo ya comido, abrió el libro de los Evangelios, y con voz potente leyó algunos versículos.


Al punto acudieron las fieras del monte, para rodearlos. Los soldados, muy asustados, se acercaron a su huésped pidiendo protección. «No temáis —les dijo el Santo— , yo mismo soy aquel a quien buscáis. Id pues, volved a casa de vuestro amo, y decidle que llegaré a su presencia poco después de vosotros. Inmediatamente os seguiré». Despidió luego a las fieras y permaneció en oración mientras huían los soldados, contentos de haber salido de aquel peligro a tan poca costa.


Llegó finalmente para el valeroso mancebo la hora de la suprema lucha. Fortalecido con la oración y la gracia, partió para Cesarea, y se fue derecho al palacio del gobernador. Allí se hallaban los dos soldados enviados para detenerle, los cuales estaban dando cuenta de su embajada.


— ¿Eres tú por ventura —le preguntó el gobernador— el famoso mago de quien todos hablan, que sabes encantar a las fieras del desierto?


— Yo soy tan sólo un siervo de Jesucristo —respondió el santo mozo— , para los magos e idólatras es el fuego eterno; pero yo no sé de magia ni de encantamientos ni me he preocupado jamás de esas tonterías.


— Bueno, bueno —repuso el gobernador— , ¿por qué arte secreto domesticas a las fieras, y por qué persistes en no querer adorar a nuestros dioses? Contesta, que si no, te arrancaré el secreto con atroces tormentos y castigos y sin que valgan tus encantamientos para nada.


— Nada tengo que añadir a lo dicho. Adoro a Jesucristo y le serviré amorosamente, aun a costa de mi vida. Puedes atormentar mi cuerpo, pero no mi alma. Mi auxilio y mi fuerza los tiene el Señor en sus manos.


— Jura por el César que no eres hechicero y te daré libertad.


— Yo no juro ni por los hombres ni por los demonios, no tengo más Dios que el que gobierna cielos y tierra y sólo juraré en su nombre.


— Mira, joven — repuso el gobernador con tono moderado— , háblame tranquilamente. Me dan lástima tu temprana edad y tu hermosura.


— Y a mí ir.e duele tu ceguera —le contestó el valeroso mártir.


— ¡Vaya locura y temeridad! —exclamó el gobernador— . ¡Atreverte a resistir a los augustos emperadores y a ultrajarme! Los tormentos te darán sabiduría y te recordarán tus obligaciones con mejor elocuencia.

Y dicho esto, hizo preparar varas y látigos para azotarle.


Martirio y muerte de San Mamés


Mandó el gobernador que extendiesen al mártir en el ecúleo, y le moliesen con azotes; pero el Santo mostró la misma fortaleza y constancia que antes mostrara frente al emperador, y ni siquiera abrió su boca para quejarse. El gobernador achacó la aparente insensibilidad del mártir a la poca fuerza de los latigazos y ordenó a los verdugos que arreciaran los golpes. Hiciéronlo ellos así, y azotáronle con tanta furia, que pronto se vieron las entrañas ensangrentadas del glorioso confesor de la fe.


Oyóse una voz del cielo que decía. «Ánimo, Mamés; pelea valerosamente, porque ya se acerca la hora del premio».


Vencido y avergonzado, quiso el gobernador acabar de una vez, y mandó arrojar al mártir en lóbrega cárcel con la esperanza de que allí moriría después de tantos padecimientos. El santo mozo alentó a los cuarenta cristianos que se hallaban detenidos en aquella cárcel, y luego se apartó a orar. De noche bajó un ángel del cielo, y abrió a los cautivos las puertas como en otros tiempos al apóstol San Pedro. Todos ellos salieron excepto nuestro Santo, el cual se preparó con recogimiento y sosiego al combate supremo.


Al siguiente día, supo el gobernador que aún vivía el intrépido mártir, y quedó muy admirado. Pero pensando entonces en la vergonzosa derrota de la víspera, mandó traerle de nuevo a su tribunal.


— Confío, amigo —le dijo en presencia de la muchedumbre—, que habrás reflexionado y sacrificarás hoy a nuestros dioses.


— ¿A qué dioses? Yo conozco sólo a uno.


— Nosotros tenemos muchos, mira cómo te observa el joven Apolo.


— Bien dices —repuso el mártir— ; vuestros dioses tienen nombre que les cuadran; Apolo significa «perdición», y efectivamente, cuantos le ofrecen sacrificios pierden su alma para siempre.


— Pero, ¿no sabes que he mandado encender un horno espantoso?


— Ruégote —le contestó el joven— que no tardes más tiempo en emplearlo. Ya no te hablaré palabra.


Adelantándose entonces a los verdugos que venían a encadenarle, el Santo, como si a lugar de delicias entrase, se arrojó de por sí dentro de aquel horno encendido que causaba espanto a los espectadores.


Dicen los autores que el esforzado confesor permaneció en él tres días, y que «se hallaba en medio de las llamas, tan a gusto como en una pradera cubierta de flores», alabando al Señor, y convidando a todas las criaturas a celebrar su divina grandeza como los tres jóvenes hebreos del Antiguo Testamento.


Todos los presentes y el mismo gobernador, fueron testigos del maravilloso prodigio. Mandó entonces el cruel juez que arrojasen al santo mozo al anfiteatro, para que muriese pasto de las fieras; pero los osos se echaron mansamente a sus pies como para besarlos, los leopardos le acariciaron y le lamieron las llagas, y los demás animales permanecieron echados en el suelo sin hacerle ningún daño.


Hubo entonces fuerte griterío en la muchedumbre; unos alababan al poderoso Dios de Mamés, obrador de aquel prodigio; otros, en cambio, gritaban contra él desaforadamente cual si de un hechicero se tratase.


De pronto se oye gran tumulto en la puerta del circo. «¡Auxilio, auxilio!», gritan de todas partes. Un león bajado del monte acaba de entrar en el anfiteatro sembrando por doquier la consternación y la muerte. Llegado ante el mártir, parece saludarlo con admiración y respeto. El Santo le acaricia, y le manda que no haga daño a nadie y que se vuelva al monte. La fiera parece haber entendido y se retira.


Con esto, el gobernador, ciego ya de cólera, mandó a un soldado que fuese a atravesar el cuerpo del enemigo de los dioses con un tridente de hierro. Obedeció al punto el soldado, y  abalanzándose con furia sobre el inocente mancebo, le dio tan violento golpe, que hundió las tres puntas de hierro hasta el mango en el cuerpo del mártir. Con este tormento entregó Mamés al Señor su gloriosa alma.


De noche vinieron algunos cristianos de Cesarea, tomaron secretamente el sagrado cuerpo del mártir y lo enterraron en una cueva que había cerca de la ciudad. Sucedió su martirio, a lo que se cree, en el año 275.


Reliquias y culto


A los pocos años edificaron los cristianos un templo sobre el sepulcro de este santo mártir. Su devoción se extendió en breve tiempo por todas las Iglesias Orientales. San Gregorio Nacianceno hizo por los años de 389 un panegírico muy elocuente de San Mamés. Los historiadores griegos Zonaras, Cedreno y Nicéforo hablan a menudo en sus escritos del monasterio de Constantinopla que estaba dedicado a nuestro Santo.


No tardó en edificarse un templo en Roma con advocación de este glorioso mártir de Cristo. A él fue en procesión el papa San Gregorio Magno con el clero y fieles de Roma, el día de la festividad del insigne mártir, y allí predicó su trigésimaquinta homilía.


Las reliquias de San Mamés fueron tal vez trasladadas a Jerusalén mientras imperaba Constantino. Andando los años repartiéronse entre varias iglesias. Así llegaron algunas hasta la ciudad de Poitiers por la solicitud de la reina Santa Radegunda, que era devotísima de este santo mártir y las hizo traer al monasterio de la Santa Cruz.


En tiempo de las Cruzadas, algunos caballeros que volvían de Tierra Santa fueron testigos, en el viaje, de un hecho prodigioso. Habíanse detenido en las afueras de la ciudad de Langres, y al querer proseguir el viaje, no pudieron levantar del suelo las reliquias de San Mamés que consigo llevaban.


El obispo de aquella ciudad, al tener noticia del prodigio, salió en solemne procesión y pudo trasladarlas a la catedral sin dificultad ninguna. Dicha catedral se llamó después de San Mamés, y en ella se veneran algunos huesos del mártir; particualarmente un brazo y el sagrado cráneo, encerrado en preciosísimo relicario de plata dorada, el cual suele exponerse a la veneración de los fieles el día de la festividad del Santo.


El culto de este gloriosísimo mártir viene ya de muy antiguo y ha sido extraordinariamente popular entre los cristianos. Quizá explique en parte esta devoción la bella historia de su vida, algunos de cuyos pormenores aparecen en sus Actas con el carácter de lo sobrenatural y milagroso. Suele invocársele en los casos de rabia, pero de muy especial manera, contra los dolores de entrañas y trastornos intestinales.


LECTURAS


Rom 8,28-39: Hermanos, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó. Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.


Jn 15,1-11: Dijo el Señor a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».



Fuente: proyectoemaus.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española