04/07 - Marta, Madre de San Simeón el Estilita el Joven


Nacida en Antioquía a inicios del siglo VI, Marta, aunque en su juventud había hecho un voto de virginidad, contrajo matrimonio con Juan, originario de Edesa, por obediencia a sus padres y por una revelación durante un sueño, en la que San Juan Bautista le anunciaba el nombre que tendría el hijo que nacería de ella.


Habiendo muerto su marido, ella se dedicó con celo a la formación cristiana de su hijo Simeón, nacido alrededor del año 517, quien llegó a ser muy conocido por su vida y actividades en una montaña conocida con el nombre de Monte Maravilloso cerca de Antioquía.


Un siglo después, un autor, probablemente un monje del convento de San Simeón, escribió una Biografía de Marta que supera, en maravillas a la de su propio hijo, que aparecerá posteriormente. Dicho escrito es sobre todo rico en comentarios sobre sus virtudes, de continuas apariciones de san Juan Bautista y de ángeles, además de relatar numerosos milagros. El autor la presenta portando una cruz a la cabeza de la procesión realizada cuando su hijo se instaló oficialmente sobre su columna.


Un ángel le anunció, con un año de antelación, la fecha de su muerte, ella se lo comunicó a Simeón y le pidió ser enterrada en el cementerio para extranjeros situado en Dafne, cerca de Antioquía. Murió el 5 julio de 551, y para sus funerales se respetó su voluntad.


Cuando Simeón se enteró de la muerte de su madre, mandó exhumar su cuerpo y lo hizo enterrar en el ábside de la Iglesia de la Santísima Trinidad, a la derecha de su columna. Pero Marta se le apareció para pedirle le construyera un sepulcro en la parte meridional de la iglesia, donde fue construida una capilla a la que fue trasladado el cuerpo con gran solemnidad y donde ocurrieron muchos milagros.



Fuente: catholic.net

Adaptación propia

04/07 - Andrés de Creta, Autor del Gran Canon


Andrés nació en Damasco a mediados del siglo VII. A pesar de la elocuencia que poseyó en su edad madura, se cuenta que hasta la época de su primera comunión, que recibió a los siete años, era muy poco locuaz. A los quince años de edad, se trasladó a Jerusalén, por lo cual se le da algunas veces el título de san Andrés de Jerusalén. En dicha ciudad se hizo monje del monasterio de San Sabas y, en el monasterio del Santo Sepulcro recibió el lectorado y el subdiaconado.


El patriarca de Jerusalén, Teodoro, le envió el año 685 a Constantinopla a reiterar la adhesión de su Iglesia al sexto Concilio ecuménico (Constantinopla III), que acababa de condenar la herejía monotelita. San Andrés se quedó en Constantinopla y fue ordenado diácono de la Gran Basílica; además, se le confió el cuidado de un orfanato y de un hospicio de ancianos. Poco después, debido a sus cualidades de carácter y a sus habilidades, fue elegido arzobispo de Cortina, la sede metropolitana de Creta. Ahí se dejó envolver en la última oleada del monotelismo. En efecto, el año 711, Filípico Bardanes se apoderó del trono imperial, quemó las actas del sexto Concilio ecuménico, restableció en los dípticos litúrgicos los nombres que dicho Concilio había anatematizado y reunió un sínodo para que ratificase su proceder. Andrés asistió a dicho sínodo el año 712; pero al año siguiente, se arrepintió de ello y firmó sin vacilar la carta de excusa que su patriarca escribió al Papa de Roma Constantino, después de que Anastasio II expulsara a Bardanes del trono imperial.


San Andrés se distinguió el resto de su vida como predicador y autor de himnos. Se conservan más de veinte sermones suyos, que han sido publicados. Sus himnos dejaron una huella perdurable en la liturgia bizantina. Según se dice, él fue quien introdujo la forma himnódica llamada «canon». En todo caso, está fuera de duda que escribió numerosos himnos, en ése y otros ritmos parecidos; algunos de ellos se cantan todavía. San Andrés compuso un «canon» de 250 estrofas, que se canta en la Cuaresma.


Las homilías de san Andrés tienen cierta importancia en la historia de la mariología, y han alcanzado un lugar en algunas celebraciones del ciclo litúrgico.


LECTURAS


Gál 5,22-26;6,1-2: Hermanos, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.



Fuente: eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia

Sábado de la V Semana de Mateo


Rom 8,14-21: Hermanos, cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él. Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.


Mt 9,9-13: En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

03/07 - Anatolio, Patriarca de Constantinopla


San Anatolio era un sacerdote de Alejandría que había sido ordenado diácono (y quizás también presbítero) por San Cirilo, Arzobispo de esa ciudad.


Cuando el Patriarca San Flaviano de Constantinopla murió a causa de los malos tratos que había recibido en la Latrocinio de Efeso, Anatolio, que fue elegido para sucederle en la sede de Constantinopla, fue consagrado por el monofisita Dióscoro de Alejandría.


San Anatolio se había distinguido en el Latrocinio de Efeso como adversario del nestorianismo. Poco después de su consagración episcopal, reunió en Constantinopla un sínodo, en el que ratificó solemnemente la carta dogmática ("el Tomo") que el Papa San León había enviado a San Flaviano, mandó a cada uno de sus metropolitanos una copia de dicha carta así como una condenación de Nestorio y Eutiques para que las firmasen.


Inmediatamente después, lo comunicó así al Papa, protestó de su ortodoxia y le pidió que le confirmase como legítimo sucesor de Flaviano. San León aceptó, pero no sin hacer notar expresamente que lo hacía "más bien por misericordia que por justicia", dado que Anatolio había admitido la consagración episcopal de manos del hereje Dióscoro. Al año siguiente, en el gran Concilio de Calcedonia, que definió la doctrina católica contra el monofisismo y el nestorianismo y reconoció, en términos precisos, la autoridad de la Sede Romana, San Anatolio desempeñó un papel de primera importancia; ocupó el primer sitio después de los legados pontificios y secundó sus esfuerzos en favor de la fe ortodoxa. En la décima quinta sesión, a la que no asistieron los legados pontificios, el santo se unió con los prelados orientales para declarar que la sede de Constantinopla era la segunda en importancia después de la de Roma. San León se negó a aceptar ese canon y escribió a Anatolio que "un católico, y sobre todo un sacerdote del Señor, no debería dejarse llevar por la ambición ni caer en el error".


No poseemos ningún dato sobre la vida privada de Anatolio. Los cristianos de rito bizantino han celebrado siempre su fiesta el 3 de julio. El santo murió en esa fecha, el año 458.


Algunos le atribuyen a este Anatolio los himnos de Vísperas y las Laudes del Octoeco que se llaman ‘Versos anatolianos’, mientras que otros -que quizás tengan más razón- los atribuyen a un varón distinto del mismo nombre, monje del Monasterio de Estudio, discípulo de San Teodoro el Estudita, cuya epístola a este Anatolio ha llegado hasta nuestros días.



Fuente: catholic.net / goarch.org

03/07 - Jacinto el Mártir de Cesarea y Teodoto y Teodota los Mártires


San Jacinto nació en Cesarea en Capadocia y fue criado en una familia Cristiana. El Emperador Trajano convirtió al muchacho en uno de sus mayordomos sin saber que era Cristiano en secreto.


Un día, cuando el Emperador y su corte se encontraban ofreciendo sacrificios a los ídolos, el joven Jacinto se encerró en una pequeña habitación de su casa y permaneció allí orando con fervor al Señor Jesucristo, pero uno de los sirvientes del Emperador escuchó al joven cuando oraba y lo denunció al emperador. El siervo reportó que, aunque Jacinto había sido confiado a un puesto de la corte Imperial, no honraba a los dioses Romanos y en secreto le rezaba a Cristo.


Jacinto fue llevado a juicio frente a Trajano quien trató de persuadir al joven de que negara a Cristo y ofreciera sacrificios a los ídolos sordos y mudos; pero el joven Santo mártir se mantuvo firme y declaró que era Cristiano. El Santo fue azotado y arrojado a la prisión, donde su único alimento eran las sobras de lo ofrecido a los ídolos paganos. San Jacinto no aceptó alimentarse de esa forma, aunque los paganos esperaban que se rindiera por la sed y el hambre y aceptara beber y comer la comida de los ídolos, pero al pasar treinta y ocho días sin alimentos, San Jacinto falleció. Cuando llegaron los verdugos a su celda encontraron el cuerpo del joven fallecido.


El carcelero vio a dos Ángeles en la celda: uno cubría el cuerpo del Santo con su túnica, y el otro había colocado una corona de gloria en su cabeza.


El muchacho de doce años Jacinto, sufrió por Cristo en el año 108 en Roma, y más tarde sus reliquias fueron trasladadas a Cesarea.



Fuente: Iglesia Ortodoxa San Jorge Córdoba