15/05 - Aquilio (Aquiles/Aquileo) el Taumaturgo, Arzobispo de Larisa


Aquiles (o Aquilio, o Aquileo) nació en Capadocia (provincia romana desde el 18 p.C.) de una familia patricia; creció y se formó bajo el imperio de Constantino el Grande (280-327). Sus padres se preocuparon de darle una formación e instrucción conforme a las más avanzadas doctrinas de los sabios y filósofos paganos de la época, pero siguiendo al mismo tiempo las prácticas de piedad y caridad enseñadas por el cristianismo, que se iba afirmando no obstante las persecuciones.


A la muerte de sus padres, Aquileo distribuyó sus bienes entre los pobres, y se retiró a Palestina, primera etapa de su peregrinaje; rezó en el Santo Sepulcro y después se embarcó para Roma a buscar consuelo en la tumba de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y siguiendo su ejemplo partió de allí a evangelizar regiones enteras, llevando la fe cristiana a multitud de paganos.


Durante sus viajes misionales llegó a Larisa, ciudad de Tesalia (región de Grecia); en ese tiempo la sede episcopal estaba vacante, por lo cual clero y pueblo, unánimemente, ofrecieron la Cátedra al ilustre huésped. En la nueva misión Aquileo incrementó su celo, conquistando gran fama en todo el entorno de la región; entre otras cosas permitió la fundación de un hospital y de un albergue para los ancianos.


Se sabe que en el 325 participó en el Concilio de Nicea, y estuvo entre los obispos que combatieron la herejía de Arrio; de vuelta de Nicea estuvo en Constantinopla y fue recibido con honores por el patriarca Metrófanes, y recibió nueva dignidad del emperador Constantino, que admirado por su eficaz apostolado, le donó copiosos fondos para construir iglesias y hospitales en su diócesis de Larisa. Retornado a su ciudad, Aquileo hizo abatir todos los templos paganos que aun quedaban, y sustituirlos por imponentes edificios cristianos.


Tenía el don de obrar milagros y curaciones, y el poder de expulsar a los demonios; por las numerosas curaciones que obró siempre fue recordado como «Taumaturgo». Después de haber gobernado por muchos años la diócesis con sabiduría y santidad, murió en Larisa hacia la mitad del siglo IV. Sus reliquias permanecieron en la ciudad hasta el 978, cuando Samuel de Bulgaria invadió Grecia, y fueron transportadas a Prespa, en Macedonia, como botín de guerra, y depositadas en la iglesia más importante de la ciudad.



Fuente: eltestigofiel.org

15/05 - Pacomio el Grande


Hoy quiero escribir sobre San Pacomio, santo que está considerado como el Padre de la vida cenobítica. ¿Pero qué significa esto? Lo recordaremos un poco antes de ponernos a hablar de él. Digamos que, básicamente, en el monacato primitivo existían tres formas de vida: eremitica, semi-eremitica y cenobítica o cenobita.


Eremita es el monje que vive en completa soledad, de manera ascética, dedicado casi exclusivamente a la oración; que vive en una cueva o gruta, la cual es su celda, su casa, su monasterio. Es la forma más primitiva de monacato y aparece en Egipto en el siglo III. El mejor ejemplo: San Pablo el Primer Ermitaño.


Semi-eremita es el monje que aunque vive en soledad, se acerca a otros formando una pequeñísima comunidad de monjes que, aunque separados físicamente, viven cercanos unos a otros y tienen un guía espiritual. “Aunque viven juntos, no tienen vida en común”. El mejor ejemplo: San Antonio el Grande.


Cenobita es el monje que, aunque su principal tarea sea la oración, vive en comunidad sobre todo para celebrar los divinos oficios, vive en una casa-monasterio y tiene un superior que los dirige. El primer cenobita es San Pacomio.


Pero digamos ya algo sobre él. San Pacomio contó a sus discípulos en varias ocasiones cómo había sido su infancia, su conversión, su lucha contra las tentaciones, cómo fueron los inicios de su vida solitaria y cómo florecieron sus fundaciones. Todo esto fue posteriormente escrito por Teodoro, uno de sus discípulos, que lo hizo con la intención de contar a los monjes todas estas cosas. Es lo que ha venido en llamarse su Vita.


No se sabe en que lengua fue escrita, si en copto o en griego, ya que Teodoro conocía las dos lenguas, pero una cosa si es cierta y es que las principales narraciones posteriores están todas escritas en copto. A partir de este documento inicial se escribió una llamada “Vida breve de Pacomio”.


San Pacomio no escribió una regla para sus monjes al estilo en que lo hicieron San Benito y San Basilio. En la “Vita” se habla de preceptos o de normas que debían seguir los monjes, que se hicieron a medida que era fundado un nuevo monasterio, y estas normas básicas eran sobre cómo organizar el monasterio, cómo curar a los enfermos, cómo trabajar el campo, o sea, según las circunstancias de cada caso. Otro discípulo del santo llamado Orsiesio las recopiló y esta recopilación, posteriormente, fue traducida al griego y al latín y ha venido en llamarse “Regla de San Pacomio”, pero no es una regla sino una amalgama de normas, que tienen sin duda un valor histórico pero que no nos transmite cuál era la espiritualidad del santo.


San Pacomio nació en Sne (Egipto), junto a la ribera del río Nilo, en el año 287, siendo sus padres paganos. Con unos veinte años de edad fue enrolado a la fuerza en las milicias del emperador y llevado a Thebes, donde lo encerraron con el resto de reclutas forzosos. Los ciudadanos de Thebes les llevaban alimentos mientras estaban encerrados. Conmovido por tanta bondad, Pacomio les preguntó el por qué se comportaban así y ellos le respondieron que porque eran cristianos y este fue el primer contacto de nuestro santo con el cristianismo. Entonces rogó a Dios que si le libraba de tener que ser militar, se dedicaría a Él toda su vida. Sus plegarias fueron escuchadas y poco después se le permitió dejar el ejército.


Se puso en camino hacia el Sur llegando a un pueblecito llamado Seneset (la actual Kasr-es-Sayad), donde fue bautizado. Aquella noche tuvo una visión que le hizo comprender que esa gracia que él acababa de recibir, debía extenderla, compartirla con los demás y así, durante algún tiempo se dedicó a ayudar a la gente de Seneset. Pero pronto decidió hacerse monje bajo la dirección de un viejo eremita, llamado Palamón, que vivía por los alrededores del pueblo y así estuvo durante siete años.


Un día en el que se había acercado al desierto para rezar en soledad escuchó una voz del Cielo que lo llamaba por su nombre y le decía que se instalase allí, se construyera una casa para él y para cuantos acudieran solicitando su ayuda espiritual. El comprendió que así quería Dios que le sirviera. Pronto se le unió un tal Juan y algunos otros hombres del entorno. El, pacientemente y con algunos problemas, inició con ellos una verdadera comunidad cristiana, al estilo de la constituida por los primeros cristianos en Jerusalén.


El inicio fue difícil pero se fueron agregando otras personas, desarrollándose esta comunidad con tanta rapidez que Pacomio tuvo que organizarla y así, uno tras otro fue fundando hasta ocho comunidades o monasterios.


El dejó a Teodoro, su discípulo predilecto, al frente de estas comunidades de la Tebaida y se estableció en Phboou, donde hizo otra fundación y donde fijó lo que llamaríamos el gobierno de su “Congregación”. Tanto fue creciendo que tuvo que llamar a Teodoro para que le ayudara.


Pacomio y sus monjes se distinguieron por tener un gran amor y un profundo respeto hacia sus obispos, especialmente, hacia San Atanasio que era el patriarca de Alejandría. También los obispos locales mostraban gran aprecio hacia Pacomio y su obra, siendo la insistencia de algunos obispos el origen de la fundación de algún que otro monasterio. Aunque hubo algún problema aislado, las relaciones fueron excelentes.


Cuando murió en el año 347 en Phboou, Pacomio había fundado nueve monasterios masculinos y uno femenino. Su sucesor inmediato fue un monje llamado Petronio, que vivió solo unos días, siendo sustituido por Orsiesio el cual decidió poner la “Congregación” en manos del monje Teodoro, el que hemos dicho que era el discípulo predilecto de Pacomio.


Hay que decir que cuando Pacomio se decidió por la vida cenobítica ya existían numerosas comunidades de anacoretas en el Alto Egipto, pero de todos modos, la forma de vida monástica que él instauró era “otra cosa nueva”. El tuvo la originalidad de reagrupar a los ascetas de una zona en torno a un mismo padre espiritual. Esto era fácil hacerlo en torno a una persona como él, pero consiguió que en cada monasterio se hiciese en torno a un monje anciano y que unos con otros estuvieran en comunión espiritual y colaborasen en el trabajo. Esta comunión le da a la vida cenobítica su razón de ser, a diferencia de la vida eremítica en soledad. Su modelo, como he dicho antes, es el modo de vida de la primitiva comunidad cristiana guiada por los apóstoles. No se trata de una simple unión, sino de una comunión efectiva que se manifiesta en un servicio recíproco entre todos los monjes.


San Pacomio concebía la autoridad del superior como un servicio a la comunidad: la única razón de todos los miembros de la comunidad era la entrega absoluta a Dios y el servicio al resto de los hermanos y por eso, a veces, el monasterio era la casa destinada al cuidado de los enfermos. Esta espiritualidad pacomiana tiene sus raíces más profundas en esa primitiva corriente doctrinal judeo-cristiana y se fundamenta en el bautismo y en los compromisos que conlleva este sacramento.


El documento fundamental no es ninguna regla del estilo benedictino, sino las Sagradas Escrituras. Desde que entra el aspirante al monasterio, se aprende pasajes de las Escrituras que recita constantemente en voz baja durante todo el día, mientras trabaja e incluso durante parte de la noche, siendo esta la principal forma de oración. Esta espiritualidad cenobítica no adquirió ni en Oriente ni en Occidente la difusión e influencia que realmente mereció.


Al inicio del siglo VI, Dionisio el Pequeño tradujo la “Vita” de San Pacomio al griego y al latín, pero en Occidente tuvo muy poca difusión. Más lo tuvo la “llamada Regla de San Pacomio”, de la que hemos hablado antes, cuando la tradujo San Jerónimo.


Pero digamos también algo sobre el culto tributado al Santo. Cuando estaba en el lecho de muerte, Pacomio le hizo prometer a Teodoro que no dejara su cuerpo en lo que se entendiera que era su sepulcro, sino que lo escondiera, porque temía que sobre su sepultura se construyera algún tipo de monumento o iglesia. Él pensaba que los santos no querían que se les tributase culto alguno. Teodoro se lo prometió y se mantuvo fiel a esta promesa y así, la noche posterior al entierro, exhumó el cadáver y lo enterró en un lugar que jamás ha sido descubierto.


Antonio Barrero


LECTURAS


Gál 5,22-26;6,1-2: Hermanos, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.


Mt 4,23-25;5,1-13: En aquel tiempo, Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curó. Y lo seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania. Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros. Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente».



Fuente: preguntasantoral / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Viernes de la V Semana de Pascua


Hch 15,5-12: En aquellos días, algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron, diciendo: «Es necesario circuncidarlos y ordenarles que guarden la ley de Moisés». Los apóstoles y los presbíteros se reunieron a examinar el asunto. Después de una larga discusión, se levantó Pedro y les dijo: «Hermanos, vosotros sabéis que, desde los primeros días, Dios me escogió entre vosotros para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues, ahora intentáis tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús». Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles.


Jn 10,17-28: Dijo el Señor a los judíos que acudieron a él: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre». De nuevo se produjo una escisión entre los judíos por causa de estas palabras. Muchos de ellos decían: «Tiene un demonio y está loco, ¿por qué lo escucháis?». Otros decían: «Estas no son palabras de un endemoniado; ¿cómo puede un demonio abrir los ojos a los ciegos?». Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

14/05 - Isidoro el Mártir de Quío


El día 14 de mayo, en la fragante isla de Quío o Quíos (Χίος), la isla de Homero e Hipócrates, situada en el Mar Egeo, es venerada la memoria de San Isidoro, que bañó con su sangre la gloriosa e histórica tierra de esta bendita isla del Mar Egeo, convirtiéndose en el primer mártir que regó y consolidó el árbol de la fe cristiana.


Es un mártir muy popular, venerado en todos los países ribereños del Mediterráneo como protector de los marineros y, aparte de Grecia, es muy venerado por los coptos que lo consideran, como a San Jorge, un caballero intrépido. Existe una “passio” probablemente escrita en Quíos en el siglo V, en el que se dice poco, pero lo poco que se dice parece muy verosímil.


Durante el reclutamiento de las milicias ordenado por Decio, Isidoro fue enrolado en Quíos a las órdenes del comandante de la flota romana. Allí, en Quíos, él se puso en contacto con la comunidad cristiana de la isla, conoció la doctrina de Cristo y se bautizó. El estaba a cargo de la intendencia de la flota y por envidia, el centurión Lucio lo denunció ante el comandante Numerio, el cual intentó convencerlo para que renegara y ofreciera sacrificios a los ídolos. Como su fe fue inquebrantable y la defendía con firmeza, le arrancaron la lengua, fue torturado terriblemente y encarcelado. Finalmente fue decapitado.


El martirio tuvo lugar el 14 de mayo del año 250, bajo el imperio de Decio, por lo que este valeroso y joven soldado, se convirtió en un brillante ejemplo y en un punto de referencia para los mártires, obispos, ascetas y pueblo que posteriormente nacieron y vivieron en la isla de Quíos, la cual había quedado santificada con su sangre.


Fue sepultado honoríficamente por un amigo suyo llamado Amonio y en su sepulcro se produjeron tantas curaciones que en tiempos de San Gregorio de Tours (573-594) sobre él existía una gran basílica y dentro de ella un pozo, donde se decía que había estado su cuerpo. Esto lo comenta San Gregorio en su obra “De gloria martyrum”. El pozo llegó a ser muy famoso por las propiedades curativas de sus aguas.


Existe otro documento de la segunda mitad del siglo V, que es la “Vita” de San Marciano, que era sacerdote y ecónomo de Santa Sofía y que cuenta que parte de las reliquias de Isidoro, fueron dadas en custodia a Marciano y que este, entre los años 457 y 460, las sepultó en una capilla construida junto a la iglesia de Santa Irene en Constantinopla. Esta y otras noticias de esa misma “passio” nos llevan a una segunda “passio” de San Isidoro, que fue escrita en Constantinopla mucho tiempo después.


En ella se dice que San Isidoro había nacido alrededor del año 230, en el seno de una noble familia pagana de Alejandría aunque él era cristiano. Que enrolado en la flota romana, al llegar a la isla de Quíos, fue denunciado ante Numerio, que antes de decapitarlo, lo interrogó y martirizó. Que su padre fue llamado y llegó a la isla a fin de convencer a su hijo para que abandonara la fe cristiana y volviera a la fe de sus padres, pero sus intentos no obtuvieron ningún resultado. A tanto llegó la obstinación del padre que incluso llegó a maldecir a su hijo y le dijo a Numerio que lo torturara sin piedad. También se dice que fue azotado con nervios de buey pero no se menciona que le cortaran la lengua. Entonces, Isidoro fue atado a unos caballos que lo arrastraron a lo largo de la ruta que va desde el pueblo de Neochori hasta la ciudad de Quíos, que es la capital de la isla. Bárbaramente herido y ensangrentado, se mantenía en su fe, por lo cual, fue decapitado. Después de ser sepultado provisionalmente por Amonio, una matrona efesina llamada Mírope, encontró el cuerpo del mártir en un lugar luminoso y lo sepultó con honor. Pero enterado Numerio de este hecho, detuvo a Mírope, la llevó delante de él y la torturó cruelmente encerrándola posteriormente en una cárcel, donde como consecuencia de las heridas, entregó su alma al Señor. Mírope fue sepultada junto a Isidoro y es honrada como virgen y mártir, celebrándose su festividad el día 2 de diciembre.


Es verosímil que Isidoro fuese alejandrino en cuanto que su nombre como el de Amonio, son claramente egipcios (compuestos por “Isis” y por “Amón”, que son divinidades egipcias). San Dionisio alejandrino en su carta a Fabio menciona entre los mártires de Alejandría en tiempos de Decio a un Isidoro y se cree que se trata de este, aunque San Dionisio dice que el tal Isidoro murió en la hoguera. Existen otras “passiones” coptas, escritas en romance, que fueron publicadas en la Analecta bolandista XXXII, en el año 1913.


Dice una tradición popular griega que gracias al glorioso martirio del protomártir de Quíos, Isidoro, los lentiscos del sur tienen ese agradable aroma típico de la isla, ya que fueron santificados por el ensangrentado cuerpo de este atleta de la fe; por eso lloran y dan esa fragancia. Las llamadas lágrimas de San Isidoro (así las llaman los fieles ortodoxos) son famosas en toda la región y forman parte del patrimonio cultural de la isla. Ya desde el martirio del santo se inició en la isla el cultivo sistemático de este lentisco, abundante en más de una veintena de aldeas del sur de la isla y que ha llegado a ser incluso una fuente de ingresos para las mismas.


Ocho siglos después del traslado parcial de reliquias a Constantinopla, en el año 1125, en tiempos del emperador bizantino Juan II Comneno (1118-1143), los venecianos conquistaron la isla de Quíos y robaron las reliquias de San Isidoro que allí permanecían, llevándoselas a Venecia, donde las pusieron en una capilla con su nombre en el interior de la Catedral de San Marcos. Este robo es contado por el mismo autor del hurto, un tal Cerbano Cerbani. Otras reliquias del santo son veneradas en Zadar (Croacia) y en Martorell (Barcelona).


En el siglo VIII, se construyó en Roma una iglesia en su honor situada entre la Puerta Tiburtina y la iglesia de San Eusebio. De esta iglesia habla el Anónimo de Einsiedeln y a la misma también se refiere un fragmento de un obituario anglosajón que se conserva en Mónaco y que es de la primera mitad del siglo VIII. Fuera de Grecia, se le han dedicado numerosas iglesias.


En el año 1967 y después de numerosas gestiones realizadas por el metropolita Iakovos de Mitilene ante la jerarquía romana, el cardenal Urbani se comprometió a devolver parte de las sagradas reliquias. De esta manera, se colmaron las ilusiones de los creyentes de Quíos, pues las reliquias eran devueltas 842 años después de haber sido sustraídas por los venecianos. Así, el domingo 18 de junio de 1967, festividad de Pentecostés, llegaron parte de las reliquias del protomártir al puerto de la capital. Fueron trasladadas solemnemente a la Santa Iglesia Catedral de los santos Menas, Víctor y Vicente, donde permanecen y son veneradas por los fieles. Anualmente, el día 14 de mayo se celebra en esta magnífica e histórica catedral, la memoria de este santo, participando en dicha celebración tanto el obispo como el conjunto de fieles que conforman la comunidad ortodoxa de Quíos.


El glorioso martirio del protomártir de Quíos, quién es considerado localmente como santo patrono de los panaderos, contribuyó a la amplia difusión de su nombre así como a la erección de numerosos templos en su honor. La iglesia parroquial de Vrontados, erigida entre los años 1887 y 1890, lleva su nombre. Esta iglesia fue ampliada en el año 1953 agregándole una nave lateral puesta bajo el patrocinio de Santa Mírope. Hay iglesias por toda la isla: en Tallaros Campou, Kardamada Campou, Neohori, Nenita, Kallimasia, Armolia, Pyrgi, Mesta, Lishi, Elata, Komi, Dafnonas, Koini, Agios Georgios Sikousis, Avgonima, Parparia, Amades y Paragkli. De hecho, en Neohori, donde se sitúa el lugar exacto del martirio de San Isidoro, este día es su gran fiesta y se celebran sus famosos “alogodromies”, que son una especie de carreras de caballos.


Existe una tradición popular que vincula a San Isidoro con la salud y con el hierro y es por eso por lo que los fieles le hacen ofrendas de objetos de hierro implorando la salud del cuerpo y del alma. Son numerosos los milagros atribuidos a su intercesión y existe en la isla una tradición oral que dice que gracias a él y a San Antimo de Quíos (1869-1960), los pacientes se curan visitando el monasterio de la Panagia de la Salud.


También se atribuye a la presencia de las reliquias del santo en Venecia en el año 1348, el que los venecianos se salvaran de una terrible plaga a la que se vio afectada la ciudad. La intervención milagrosa de San Isidoro hizo que los venecianos tomaran conciencia del valor de su intercesión y es por eso por lo que le dedicaron una capilla en la catedral de San Marcos, capilla que está adornada con unos magníficos mosaicos.


Antonio Barrero



Fuente: preguntasantoral
Adaptación propia

Jueves de la V Semana de Pascua


Hch 14,20-28;15,1-4: En aquellos días, Pablo salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos. Unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia. Ellos, pues, enviados por la Iglesia provistos de lo necesario, atravesaron Fenicia y Samaría, contando cómo se convertían los gentiles, con lo que causaron gran alegría a todos los hermanos. Al llegar a Jerusalén, fueron acogidos por la Iglesia, los apóstoles y los presbíteros; ellos contaron lo que Dios había hecho con ellos.


Jn 9,39-10,9: Dijo Jesús a los judíos que acudieron a él: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?». Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece. En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española