07/05 - Sinaxis del Icono de la Santísima Madre de Dios de Yirovichi


El Icono de la Madre de Dios de Yirovichi apareció en el año 1470 en las cercanías de Yirovichi (actualmente Bielorrusia), en la frontera de Grodnensk. En el bosque, propiedad del dignatario lituano Alejandro Solton, unos pastores contemplaron una luz extraordinariamente brillante mientras observaban a través de las ramas de un peral que se alzaba sobre un arroyo al pie de una colina. Los pastores se acercaron y vieron un icono radiante de la Madre de Dios en el árbol. Con reverencia, los pastores llevaron el icono a Alejandro Solton. Este hizo caso omiso del informe de los pastores, pero tomó el icono y lo guardó en un cofre.


Al día siguiente, Solton recibió visitas y quiso mostrarles lo que había encontrado. Para su asombro, no encontró el icono en el cofre, a pesar de que lo había visto poco antes. Después de cierto tiempo, los pastores volvieron a encontrar el icono en el mismo lugar y se lo llevaron de nuevo a Alejandro Solton, que esta lo recibió con gran reverencia y prometió construir una iglesia en honor a la Santísima Theotokos en el lugar donde se descubrió. Alrededor de la iglesia de madera, pronto se formó un asentamiento y una parroquia.


Hacia el año 1520, la iglesia fue completamente incendiada, a pesar de los esfuerzos de los habitantes por extinguir el fuego y salvar el icono. Todos creían que el icono había sido destruido. Sin embargo, unos niños campesinos que regresaban de la escuela presenciaron una visión milagrosa. La Virgen, extraordinariamente bella y radiante, estaba sentada sobre una piedra junto a la iglesia incendiada, y en sus manos estaba el icono que todos creían destruido. Los niños no se atrevieron a acercarse a ella, pero se apresuraron a contarles la visión a sus familiares y conocidos.


Todos aceptaron la historia de la visión como una revelación divina y fueron a la colina con el sacerdote. El Icono de la Madre de Dios de Yirovichi, totalmente ileso a pesar del fuego, se alzaba sobre una piedra con una vela encendida delante. Durante un tiempo, colocaron el icono en la casa del sacerdote, y la piedra fue cercada. Cuando construyeron una iglesia de piedra, colocaron allí el icono milagroso. Posteriormente, un monasterio masculino surgió alrededor de la iglesia.


Durante la Primera Guerra Mundial se llevó el Icono de la Madre de Dios de Yirovichi a Moscú, pero a principios de la década de 1920 fue devuelto al monasterio. Actualmente se veneran diversas versiones del icono en lugares de todo el mundo como Minsk y Roma.



Fuente: johnsanidopoulos.com

Traducción del inglés: Google Translator

Adaptación propia

07/05 - Conmemoración de la Preciosa Cruz que apareció en el Cielo sobre Jerusalén en el año 351


En este día en el año 351, no mucho tiempo después de que Cirilo sucediera a Máximo como Arzobispo de Jerusalén, durante el reinado de Constancio, hijo de San Constantino el Grande, en el día de Pentecostés, la señal de la Cruz apareció sobre Jerusalén.


Estupefactos ante el milagro, los aterrorizados residentes de la ciudad cayeron sobre sus rodillas e imploraron a Dios para que los librase de la aniquilación. Sin  embargo, el anciano Cirilo, quien había estado rezando por un signo proveniente del Todopoderoso, presenciaba la espectacular aparición con el corazón lleno de alegría.


San Cirilo, en su carta al Emperador Constancio, dice: «Hacia la tercera hora del día, una enorme Cruz formada de luz apareció en el cielo sobre el Santo Gólgota y hasta el Santo Monte de los Olivos, siendo vista, no por uno o dos, sino manifiesta con perfecta claridad a toda la multitud de la ciudad; no, como se podría suponer, pasando rápidamente de largo, sino permaneciendo abiertamente a la vista de todos sobre la tierra durante muchas horas y superando a los rayos del sol con su resplandor» (PG 33:1 16q).


Para el fiel Cirilo (315-386 d.C.), que había pasado  la mayor parte de su vida adulta luchando contra varias y peligrosas herejías que habían amenazado la pureza teológica de la Santa Iglesia, la repentina aparición de la  cruz ardiente era un signo seguro de que Dios estaba sosteniendo firmemente al Patriarca en su ardiente batalla contra la falsa doctrina conocida como “arrianismo”. Afirmando que Cristo no había estado presente como de Dios por toda la  eternidad, sino que simplemente había hecho Su aparición en un momento particular de la historia, el Arrianismo representaba una amenaza letal a la fe ortodoxa de la Santa  Iglesia. El peligro, por supuesto, era que el mundo llegara a ver al Santo Redentor como un simple mortal –sin ninguna  diferencia con otros profetas como Moisés o Elías– en vez  de reconocerlo como uno de la Santa Trinidad y, por lo tanto, como Dios encarnado.


En su gran sabiduría, el valiente Patriarca entendió  la gravedad de la amenaza del Arrianismo. Y a pesar de  ello, esta doctrina totalmente falsa parecía ganar fuerzas  conforme pasaban las horas. En ese mismo instante, los obispos enfurecidos de toda Tierra Santa le exigían al acorralado Cirilo a que aceptase el credo Arriano o renunciase a su cargo como el guía más influyente de toda la Cristiandad.


Hombre humilde y de hablar suave, Cirilo había nacido en el año 315, siendo educado por piadosos cristianos e instruido profundamente en las Sagradas Escrituras. Antes de haber sido elegido para suceder al  Arzobispo Máximo como Patriarca de Jerusalén luego de su muerte el año 350, Cirilo era un cristiano firmemente comprometido que había servido a Dios como monje y como presbítero.   


Durante el primer año de su  consagración como Patriarca -con la llegada al trono del  Emperador Romano Constancio (351-363)-, las crecientes luchas contra el Arrianismo amenazarían el futuro de la  Iglesia. Constancio era un apasionado adherente de la doctrina herética del Arrianismo, y apoyó decididamente a los obispos infieles que estaban difundiendo esta falsa enseñanza a lo largo del imperio.


Lo que Cirilo necesitaba desesperadamente en esta hora era un signo de Dios –un milagro que fuese evidente a todos y que subrayara la autoridad del Patriarca de Jerusalén en este momento de discusiones teológicas de crucial importancia. Si se le pudiera mostrar a la gente el verdadero camino de Dios, la Iglesia se salvaría de este terrible error.


Aunque era un gran líder en la Santa Iglesia del  Siglo IV, Cirilo también era un humilde monje que amaba muchísimo deambular en completa soledad por los vastos desiertos de la antigua Palestina, en los cuales podía alabar a Dios al mismo tiempo que realizaba actos ascéticos de abnegación para la alegría de su corazón. Posiblemente por ello Dios respondió en aquella mañana inolvidable a la ferviente oración del santo que clamaba por un “signo”, haciendo que, repentinamente, ardieran en  llamas brillantes los cielos sobre Jerusalén.  


Tal y como miles de residentes lo confirmarían posteriormente, el gran símbolo cristiano se extendería desde el Monte de los Olivos hasta  el Gólgota, el escenario de la muerte por Crucifixión de Cristo. La asombrosa aparición duró una semana entera, durante la cual muchos paganos y seguidores del arrianismo se vieron inspirados a aceptar el Santo  Evangelio de Jesucristo y la verdadera fe que el Santo Redentor había traído a la humanidad tres siglos antes. De una vez por todas, era evidente para los habitantes de la Ciudad Santa que Dios Todopoderoso había favorecido a San  Cirilo en la gran lucha contra la herejía arriana y que su autoridad como líder de la Cristiandad no debía ser desafiada.   


Al final, la herejía Arriana sería vencida completamente y echada en el olvido. Por su parte, San Cirilo continuaría sirviendo a la Santa Iglesia con gran distinción hasta el momento de morir a la edad de 71 años, en el año 386.


LECTURAS


Hch 26,1;12-20: En aquellos días, el rey Agripa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu favor». Entonces Pablo, extendiendo la mano, empezó su defensa: «Iba hacia Damasco con poderes y comisión del sumo sacerdote, cuando, hacia el mediodía, durante el camino vi, ¡oh rey!, una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que me envolvía con su fulgor a mí y a los que caminaban conmigo. Caímos todos nosotros por tierra y yo oí una voz que me decía en hebreo: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Duro es para ti dar coces contra el aguijón”. Yo dije: “¿Quién eres, Señor?”. Y el Señor respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte en pie, pues me he aparecido a ti precisamente para elegirte como servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a quienes te envío para que les abras los ojos, y se vuelvan de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás a Dios; para que reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia entre los que han sido santificados por la fe en mí”. Así pues, rey Agripa, yo no he sido desobediente a la visión del cielo, sino que he predicado primero a los judíos de Damasco, luego a los de Jerusalén y de toda Judea, y por último a los gentiles, que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de penitencia».



Fuente: goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propias

Jueves de la IV Semana de Pascua


Hch 10,34-43: En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


Jn 8,12-20: Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Le dijeron los fariseos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero». Jesús les contestó: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre; y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre». Ellos le preguntaban: «¿Dónde está tu Padre?». Jesús contestó: «Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre». Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

06/05 - Job el Profeta


Este fiel siervo de Dios, icono perfectísimo de virtudes (sobre todo de la de la paciencia), era hijo de Zéraj y Bosra, el quinto desde Abrahán.


Job era honrado, intachable, justo, devoto y se abstenía de todo mal.


Era muy rico y bendecido por Dios, más que ningún otro habitante de Hus, su patria, entre Idumea y Arabia. Pero, con permiso divino, para probarlo, de repente fue privado de sus hijos, riquezas, gloria y cualquier consuelo, y su cuerpo fue cubierto de heridas.


Algunos dicen que aguantó valientemente estas calamidades durante siete años. Luego, con la bendición divina, se le restauró una prosperidad incluso mayor que la primera. Habiendo vivido tras sus aflicciones ciento setenta años, reposó a la edad de doscientos cuarenta años, en 1350 a.C. Otros dicen que su aflicción duró solo un año y que sobrevivió ciento cuarenta años más, viviendo en total doscientos diez años.


Sea como fuere, la Escritura nos presenta, en la introducción de un libro maravilloso, llamado precisamente «Libro de Job», la figura de Job sufriendo, protagonista del dolor. Son dos capítulos breves en los que, con rapidez estilizada, va bajando los escalones de la privación y el sufrimiento hasta la hondura del dolor. Primero pierde la hacienda: bueyes y asnos, corderos y camellos, siervos. Después pierde los hijos. Después la salud. Y así queda, llagado de pies a cabeza, tendido sobre la ceniza, rascándose las úlceras con una tejuela, mientras su mujer le escarnece: «¿Aún te aferras a tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!» (2,9) La resignación de Job está concentrada en un par de frases sobrias y robustas. Cuando pierde hacienda e hijos exclama: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá; Yahvé lo dio, Yahvé lo tomó, bendito el nombre de Yahvé» (1,21). A su mujer que le escarnece responde: «Bienes recibimos de parte de Yahvé; los males ¿no los recibiremos?» (2,10). En ambas ocasiones comenta el autor sacro: «En todo esto no pecó Job».


Aquí tenemos a Job sufriente y sufrido, parco en palabras, íntegro en someterse a Dios. Por encima de esa figura humana suena la voz de Dios en su consejo: «¿Has reparado en mi siervo Job, que no hay como él en la tierra; hombre íntegro y recto, temeroso de Dios, alejado del mal?» (1,8; 2,3). Muchos cristianos han mirado con estupor esa figura ejemplar, han escuchado el comentario divino como una canonización inapelable; después han cerrado el libro. Exactamente después de un capítulo y diez versículos. Y así no se han enterado de que Job, sujeto paciente del comienzo, se convierte muy pronto en el protagonista de un colosal debate, en el que se plantea y discute el eterno problema del dolor humano y la justicia divina:


«Tres amigos de Job, los sabios Elifaz, Bildad y Sofar, vinieron a consolarle. Desde lejos alzaron los ojos y no le reconocieron. Rasgaron sus vestiduras, esparcieron ceniza sobre sus cabezas, se sentaron junto a él siete días y siete noches, sin hablar palabra, porque era extremado su dolor.» (2,11-13)


Rompió el silencio Job, para gritar patéticamente su dolor: «Perezca el día en que nací, la noche en que se dijo: ha sido concebido un varón. No brille sobre él un rayo de luz, sea noche de soledad, no haya en ella regocijos. Espere la luz y no venga, no vea el parpadeo de la aurora. ¿Por qué no expiré en el seno, salido del vientre no perecí? Ahora reposaría, descansaría en paz; como aborto secreto no existiría, como las criaturas que no vieron la luz. Son mi comida los suspiros, se derraman como agua mis rugidos.» (cap 3, extractos)


Este clamor lírico de Job pone en marcha el diálogo: por turno riguroso arguyen los amigos y responde Job; el turno gira tres veces. Siempre en torno al problema, girando, repitiendo, insistiendo; siempre a la misma distancia intelectual, sin llegar a la solución. El problema consiste en conciliar la justicia divina con el dolor del hombre. Elifaz, Bildad y Sofar tienen una solución bien simple, resumible en dos silogismos: Dios es justo; si Dios castiga es que el hombre ha pecado. Es decir, los tres amigos entienden el dolor como castigo; la consecuencia irremediable es que Job ha pecado. Para defender a Dios condenan al siervo de Dios. Y hasta pretenden convertirle y hacerle reconocer sus pecados personales. La solución opuesta, la solución del impío, es también simple: el hombre sufre sin ser culpable, luego Dios no es justo, luego Dios no existe. Es decir, para justificar al hombre, condenar a Dios. Solución algo parecida a las palabras despechadas de la mujer de Job.


Pero Job no acepta ninguno de los dos extremos. De manera confusa entrevé una tercera vía que conduce a la solución, y no sabe cómo caminarla. Por eso afirma una y otra vez las dos justicias: la de Dios y la suya propia. No basta argüir que todos los hombres son pecadores, pues Job considera su dolor desproporcionado como castigo. Los interlocutores quieren defender a Dios, pero lo hacen con argumentos ineficaces o repiten que Dios castiga al malvado, o insisten en que Job es pecador. Job refuta vigorosamente tales argumentos: que muchos malvados disfrutan de la vida lo prueba la experiencia; mientras él escucha a su conciencia que le justifica. Por eso pide un juez imparcial y libertad para argüir; en tales condiciones espera victoria segura. Pero no encuentra ese juez supremo, porque Dios mismo le ha herido. Y, sin embargo, por encima de Dios que le hiere espera en Dios que le salvará.


Ya no es la carne, es el espíritu de Job quien parece rasgarse por la tensión de ideas contrarias. Audazmente, paradójicamente, parece apelar a Dios contra Dios, con una oscura y definitiva confianza. Tanto los argumentos fútiles y tradicionales de los tres sabios como las reclamaciones de Job piden una intervención divina que aporte la verdadera solución. Ya por el prólogo sabíamos que esa tercera vía, que busca Job a tientas, existe: que el dolor no sólo es castigo, sino también prueba. Esto lo sabíamos, porque el autor nos descubrió el fondo de los sucesos en un rapto celeste. Pero Job, ignora tales razones, y más aún sus amigos. Dios acepta la apelación y baja a responder al hombre; no sólo al hombre Job, sino a todos los hombres dolientes que interrogan en la persona de Job.


Al final del largo debate la posición de Job se asemeja a la resignación inicial; sólo que ahora su actitud es más profunda y rica. Al principio era una resignación muda, de quien no piensa y acepta. Ahora es la aceptación consciente de quien ha meditado largamente sobre el problema sin hallar por sus medios la solución. Al final Dios restituye a su siervo; le acrecentó hasta el duplo sus posesiones, le dio hijos e hijas, le alargó los días". Así nos enseña a todos que el dolor no es el destino definitivo del hombre. Sin formularlo, la acción de Dios significa una respuesta. Job había dicho: «Si recibimos bienes de Dios, ¿por qué no aceptar los males?». Dios responde implícitamente: «Porque aceptó los males le duplico los bienes». Así Job, protagonista del dolor resignado y del debate ardiente, concluye como protagonista del premio. Consolando a todos los hombres dolientes que sufren con resignación y esperan recibir, no el doble, sino el ciento por uno.



Fuente: goarch.org / eltestigofiel.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Miércoles de la IV Semana de Pascua - Mediopentecostés (Mesopentecostés)


En el punto medio entre las grandes fiestas de Pascua y Pentecostés, el día vigésimo quinto, que cae siempre en miércoles, es una de las fiestas más queridas para los cristianos de rito bizantino más devotos, y es conocida simplemente como Mediopentecostés. Mediopentecostés es al Pentecostarion lo que el Tercer domingo de la Gran Cuaresma, que honra a la Santa Cruz, es para el período de la Gran Cuaresma. Es un día que nos ayuda a enfocarnos en el tema central de todo el período. Mientras que el punto medio de la Gran Cuaresma nos recuerda que debemos llevar la Cruz de Cristo con valor para que podamos morir diariamente con Cristo para experimentar la resurrección de nuestro Señor, el punto medio del Pentecostarion nos ilumina con respecto al tema de los cincuenta días siguientes a Pascua, que es la adquisición del Espíritu Santo, derramado como un regalo a todos los fieles que participan del Agua Viva que es el mismo Cristo.


El tema central a lo largo del período del Pentecostarion, por lo tanto, es el agua. Este se convierte en el tema central del período porque es el tema central del Evangelio de Juan, que leemos en su totalidad durante el Pentecostarion y que naturalmente deriva en los Hechos de los Apóstoles, que también se leen durante este período en su totalidad.


Este tema aparece por primera vez en la misma Pascua, en el alegre Canon de la Fiesta de las Fiestas, escrito por San Juan Damasceno, cuando nos invita a "tomar una nueva bebida", no "surgida de una roca estéril", como en el Antiguo Testamento bajo Moisés, sino que más bien "brota de la tumba de Cristo". Luego, durante la Liturgia Divina Pascual, el sacerdote sale con el Evangelio y canta en voz alta el Salmo 67:27 diciendo: "En las congregaciones bendecid a Dios, el Señor de los manantiales de Israel".


Cuando se termina la Renovación o la Semana Brillante, la Iglesia establece sabiamente dos domingos para eliminar todas las dudas relacionadas con la Resurrección de Cristo, la del domingo de Santo Tomás y el domingo de las Mujeres Miróforas. Esto se hace para garantizar que todos participemos del Agua Viva que solo el Señor resucitado puede dar. Los siguientes tres domingos, a medida que nos acercamos a Pentecostés, el tema del agua se vuelve cada vez más central en los himnos de la Iglesia. Así, nos encontramos un domingo en la piscina de ovejas con el paralítico, luego en el pozo de Jacob con la mujer samaritana, y finalmente en la piscina de Siloé con el ciego.


Durante este período festivo escuchamos acerca del "Agua Viva" que, si uno participa de ella, "nunca tendrá sed". Se nos enseña que es nuestro mismo Salvador esta Agua Viva, y participamos de Él a través de las aguas bautismales y de la Copa de la Vida que surgió de Su costado en Su crucifixión para la remisión de los pecados y la vida eterna (brotó sangre y agua).


Luego, en Pentecostés, llovió la gracia increada de Dios sobre nuestras almas y cuerpos secos para que podamos ser fructíferos y tener una gran cosecha como escuchamos en el santo Evangelio en ese día: "Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba". Finalmente, el Pentecostarion concluye con la fiesta de todos los santos, es decir, aquellos que participaron de las "aguas de la piedad", que es la cosecha de la efusión del Espíritu Santo.


Los Padres de la Iglesia nos enseñan que la fiesta de Mediopentecostés se encuentra en medio del período de cincuenta días desde la Pascua hasta Pentecostés como un poderoso río que fluye de la gracia divina y que tiene como fuente estas dos grandes fiestas. Pascua y Pentecostés se unen en Mediopentecostés. Sin Pascua no hay Pentecostés y sin Pentecostés no hay propósito para la Pascua.


Leemos con más detalle en el Gran Libro de las Horas:


"Después de que el Salvador sanó milagrosamente al paralítico, los judíos, especialmente los fariseos y los escribas, fueron movidos a envidia y lo persiguieron, y trataron de matarlo, usando la excusa de que no guardaba el sábado, ya que hizo milagros en ese día. Jesús se marchó a Galilea. Cerca de la mitad de la Fiesta de los Tabernáculos, subió de nuevo al templo y enseñó. Los judíos, maravillados por la sabiduría de sus palabras, dijeron: "¿cómo sabe este hombre las letras, sin haber aprendido? " Pero Cristo primero les reprochó su incredulidad e ilegalidad, y luego les demostró por la Ley que intentaban asesinarlo injustamente como forma de despreciar la Ley, ya que había sanado al paralítico en el día de reposo.


Por lo tanto, dado que las cosas de las que habló Cristo en medio de la Fiesta de los Tabernáculos están relacionadas con el domingo del Paralítico que acaba de pasar, y como ya hemos llegado al punto medio de los cincuenta días entre Pascua y Pentecostés, la Iglesia ha designado esta fiesta presente como un vínculo entre las dos grandes Fiestas, uniendo, por así decirlo, las dos en una y compartiendo la gracia de ambas. Por lo tanto, la fiesta de hoy se llama Mediopentecostés y la lectura del Evangelio, "En la mitad de la fiesta", aunque se refiere a la Fiesta de los Tabernáculos, se usa.


Cabe señalar que había tres grandes fiestas judías: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. La Pascua se celebraba el 15 de Nisán, el primer mes del calendario judío, que coincide aproximadamente con nuestro marzo. La fiesta conmemoró el día en que a los hebreos se les ordenó que comieran el cordero al anochecer y ungieran las puertas de sus casas con su sangre. Luego, habiendo escapado de la esclavitud y la muerte a manos de los egipcios, pasaron por el Mar Rojo a la Tierra Prometida. Se llama 'la fiesta de los Panes sin Levadura' porque comían pan sin levadura durante siete días. Pentecostés se celebraba cincuenta días después de la Pascua, en primer lugar, porque las tribus hebreas habían llegado al Monte Sinaí después de salir de Egipto, y allí se recibió la Ley de Dios; en segundo lugar, se celebró para conmemorar su entrada en la Tierra Prometida, donde también comieron pan, después de haber sido alimentados con maná durante cuarenta años en el desierto. Por lo tanto, ellos ofrecían a Dios un sacrificio de pan preparado con trigo nuevo. Finalmente, también celebraban la Fiesta de los Tabernáculos del 15 al 22 del "séptimo mes", que corresponde aproximadamente a nuestro mes de septiembre. Durante este tiempo, vivían en cabañas hechas de ramas en conmemoración de los cuarenta años que pasaron en el desierto, viviendo en tabernáculos, es decir, en tiendas de campaña (Ex. 12: 10-20; Lev. 23 LXX). "


La Fiesta de la Mediopentecostés se celebra durante toda una semana hasta el miércoles siguiente, por lo que es una fiesta de ocho días. Durante todo este tiempo, los himnos de Mediopentecostés se unen con los de la Pascua. Debido al tema del agua, tradicionalmente la Iglesia celebra la Bendición Menor de las Aguas en este día, preferiblemente con una procesión con la Santa Cruz hasta una fuente de agua. El tema de la fiesta no solo invoca al agua, sino que, más importante aún para la cronología del Evangelio, honra a Cristo como Maestro y Sabiduría a medida que se revela entre las historias del paralítico y la del hombre ciego. Durante este tiempo se nos dice: "a la mitad de la fiesta, Jesús subió al templo y enseñó ... Jesús les respondió y dijo: -Mi doctrina no es mía, sino del que me envió. Si algún hombre hace Su voluntad, él sabrá de la doctrina, ya sea de Dios o si hablo de mí mismo "(Juan 7: 14-30). El icono para esta fiesta representa al joven Jesús enseñando a los ancianos en el Templo (Lucas 2:46, 47), momento en el que Jesús se reveló a sí mismo como un maestro o rabino. Los iconos bizantinos tradicionales representan a Jesús como más grande que los ancianos, mostrando su estado espiritual superior.


Dado que los himnos de la Iglesia invocan y alaban a nuestro Señor como la Sabiduría de Dios mencionada en el Libro de Proverbios del Antiguo Testamento, es tradicional que todas las iglesias nombradas en honor a la Santa Sabiduría celebren su fiesta en este día. De hecho, el erudito griego Constantine Kalokyre ha escrito un estudio titulado "Las iglesias de la sabiduría de Dios y la fecha de su celebración", que apareció en el periódico San Gregorio Palamás, no. 71 (723) (1988), pp. 538-617. En este estudio, se llega a la conclusión de que la Gran Iglesia de Santa Sofía en Constantinopla celebraba su fiesta en Mediopentecostés.


LECTURAS


En Vísperas


Miq 4,2,3,5;6,2-5,8;5,3,4: Así dice el Señor: «De Sion saldrá la ley, la palabra del Señor, de Jerusalén». Juzgará entre muchas naciones, será árbitro de pueblos poderosos y lejanos. Si todas las naciones van tras sus dioses, nosotros caminamos en el nombre del Señor, nuestro Dios, por siempre jamás. Escuchad, montañas, el pleito del Señor, vosotros, inalterables cimientos de la tierra: el Señor pleitea con su pueblo, con Israel se querella. «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme! Yo te saqué de Egipto y te libré de la servidumbre. Yo te envié a Moisés, Aarón y María. Pueblo mío, recuerda lo que planeaban contra ti tus enemigos». Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor. El Señor se hará grande hasta el confín de la tierra. Él mismo será la paz.


Is 55,1;12,3-4;55,2-3,6-13: Así dice el Señor: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche». Porque así os dice el Señor Todopoderoso: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación». Aquel día diréis: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso». Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua. Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca. Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo. Saldréis con alegría, os llevarán seguros; montes y colinas romperán a cantar ante vosotros, aplaudirán los árboles del campo. En vez de espinos, crecerá el ciprés; en vez de ortigas, el arrayán; serán el renombre del Señor y monumento perpetuo imperecedero.


Prov 9,1-11: La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: «Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice: «Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia». Quien corrige al insolente recibe insultos; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, conocer al Santo implica inteligencia. Por mí prolongarás tus días, se añadirán años a tu vida.


En la Liturgia


Hch 14,6-18: En aquellos días, los apóstoles huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y alrededores, donde se pusieron a predicar el Evangelio. Había en Listra, sentado, un hombre impedido de pies; cojo desde el seno de su madre, nunca había podido andar. Estaba escuchando las palabras de Pablo, y este, fijando en él la vista y viendo que tenía una fe capaz de obtener la salud, le dijo en voz alta: «Levántate, ponte derecho sobre tus pies». El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en la lengua de Licaonia: «Los dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos». A Bernabé lo llamaban Zeus, y a Pablo, Hermes, porque se encargaba de hablar. El sacerdote del templo de Zeus que estaba a la entrada de la ciudad trajo a las puertas toros y guirnaldas y, con la gente, quería ofrecerles un sacrificio. Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron el manto e irrumpieron por medio del gentío, gritando y diciendo: «Hombres, ¿qué hacéis? También nosotros somos humanos de vuestra misma condición; os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os convirtáis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que contienen. En las generaciones pasadas, permitió que cada pueblo anduviera por su camino; aunque no ha dejado de dar testimonio de sí mismo con sus beneficios, mandándoos desde el cielo la lluvia y las cosechas a sus tiempos, dándoos comida y alegría en abundancia». Con estas palabras, a duras penas disuadieron al gentío de que les ofrecieran un sacrificio.


Jn 7,14-30: A mitad de la fiesta, subió Jesús al templo y se puso a enseñar. Los judíos preguntaban extrañados: «¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?». Jesús entonces les contestó: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado; el que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios podrá apreciar si mi doctrina viene de Dios o si hablo en mi nombre. Quien habla en su propio nombre busca su propia gloria; en cambio, el que busca la gloria del que lo ha enviado, ese es veraz y en él no hay injusticia. ¿Acaso no os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué queréis matarme?». Respondió la gente: «Tienes un demonio, ¿quién quiere matarte?». Jesús les contestó: «He hecho una obra y todos os admiráis por ello. Moisés os dio la circuncisión —aunque no es de Moisés, sino de los patriarcas— y vosotros circuncidáis a un hombre en sábado. Si un hombre recibe la circuncisión en sábado para que no se quebrante la ley de Moisés, ¿por qué os enojáis contra mí porque he curado en sábado a un hombre enteramente? No juzguéis según apariencia, sino juzgad según un juicio justo». Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene». Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia