10/05 - Simón el Zelote y Apóstol


El nombre Simón significa ‘el que oye’.


Casi nada sabemos de Simón más que su nombre, llamado por Mateo y Marcos «el cananeo», mientras que por Lucas/Hechos, «el zelote». Puede ser que con ese apodo se refiera a los «zelotes» (que podría traducirse como «llenos de celo»), un grupo radical dentro de los tantos que conformaban el polifacético judaísmo de la época; estos zelotes se oponían a la dominación romana, y al sincretismo cultural que ello traía aparejado. Se comprende que Jesús -que hablaba de una inminente instauración del Reino de Dios- atrajera la atención de estas corrientes. Aunque algunos autores afirman que los zelotes, como grupo de resistencia, nacieron algunas décadas después, así que este adjetivo indicaría más bien el hecho de que era un celoso cumplidor de la Ley, que más que un problema con la dominación romana, lo tenía con los judíos de mentalidad más relajada. No parece claro qué podía atraer de Jesús, que comía con publicanos y pecadores, a alguien que mereciera el apodo de «legalista celoso»; sin embargo, el mismo Jesús que comía con publicanos y pecadores dijo que no caería ni una «iod» de la Ley. Sin duda que Jesús se supo atraer a todas las sensibilidades, a un recaudador de impuestos como Leví y a un celoso cumplidor como Simón, y a cada uno le enseñó, y le exigió -y le exige- renunciar a sus criterios exclusivistas para abrazar los criterios de inclusividad del Reino.


El apelativo «cananeo» podría corresponder al gentilicio de «nacido en Caná» (aldea que conocemos por las bodas narradas por Juan), sin embargo podría ser también -y en general la crítica actual toma este partido- la forma aramea original (qan'ana) del nombre «zelote», que es griego y que, por tanto, no es la forma original del apelativo. Otros dicen que procedería de Canaán.


Hay quien afirma que Simón era el novio de las Bodas de Caná de Galilea, donde el Señor convirtió el agua en vino (el primero de sus milagros, Juan 2,1-11).


Por lo demás a Simón no se le atribuye ninguna anécdota dentro de los evangelios; es uno de los Doce, y sólo lo podemos imaginar actuando como coro, ya que cuanto se habla de Simón en el NT se refiere a Simón Pedro. No sabemos, por tanto, tampoco cómo continuó el curso de su vida ni cómo murió, más allá de la suposición general de que los Doce sufrieron la misma suerte martirial que el Maestro.


La tradición bizantina dice que Simón predicó en África y en Gran Bretaña.


En el siglo IX, el monje Epifanio afirmaba que en el Bósforo había reliquias de San Simón y que una tumba del santo existía en Nicopsis, en el Cáucaso occidental y que allí, desde el siglo VI, había una iglesia a él dedicada por parte de los griegos. Esta tumba de Nicopsis es también recordada en la “Vita” georgiana de San Gregorio el Hagiorita.


Normalmente se le representa junto con los demás apóstoles: representaciones del Cenáculo y de Pentecostés, en la Dormición de la Virgen, en los grandes mosaicos bizantinos que coronan al Cristo Pantocrator, etc. Pero particularmente, se le representa junto a San Judas Tadeo, junto al cual sufriría el martirio en su defensa de la fe en contra del culto a los ídolos.


Su culto está muy difundido en todo el mundo cristiano.


Antonio Barrero / Otros


LECTURAS


En Vísperas


1 Jn 3,21-24;4,1-6: Queridos, si el corazón no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios. Cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio. Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo. Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido. Pues el que está en vosotros es más que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo y el mundo los escucha. Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos escucha.


1 Jn 4,11-16: Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.


1 Jn 4,20-21;5,1-5: Queridos, si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama al que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?


En la Liturgia


1 Cor 4,9-16: Hermanos, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros, sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy. No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros. Porque os quiero como a hijos; ahora que estáis en Cristo tendréis mil tutores, pero padres no tenéis muchos; por medio del Evangelio soy yo quien os ha engendrado para Cristo Jesús. Así pues, os ruego que seáis imitadores míos.


Lc 6,12-19: En aquel tiempo, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.



Fuente: preguntasantoral / goarch.org / eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Domingo de la Samaritana


En este quinto domingo después de Pascua, el Evangelio que la Iglesia nos presenta para nuestra contemplación hace referencia al diálogo que establece el mismo Cristo con una mujer samaritana que se acerca al pozo de Jacob para buscar agua. El motivo de que en este tiempo litúrgico se nos presente este texto se debe a que el miércoles anterior a este domingo celebramos la fiesta de Medio Pentecostés, es decir que nos encontramos justo en la mitad de los cincuenta días que separan la fiesta de Pascua y la de Pentecostés. Y por este motivo la Iglesia nos muestra un texto que ya nos hace reflexionar sobre el misterio que se nos manifestará en esta fiesta.


En la vigilia del domingo, en las estiqueras del lucernario de Vísperas, podemos leer: «Así llegamos a la mitad de los días que comienzan con la Resurrección salvadora y terminan con la divina fiesta de Pentecostés… La Iglesia se prepara para celebrar dignamente el alegre tiempo de estas dos fiestas sagradas”.


Gracias a la Resurrección, que es la victoria de Jesucristo sobre la muerte, la ascensión al cielo de su cuerpo resucitado y el descenso del Espíritu Santo el día de Pentecostés, fiestas que celebramos durante este período litúrgico de cincuenta días, la Iglesia queda en disposición de poder vivir el misterio que nos transmite el Evangelio de hoy.


Jesús con sus apóstoles iban de camino de Judea a Galilea, se detienen en una ciudad de Samaria llamada Sicar, donde se encuentra el pozo que Jacob dio en herencia a su hijo José, y como estaban fatigados y la hora ya era avanzada, Él se queda cerca del pozo mientras sus discípulos van a la ciudad a buscar alimentos. En esto que una mujer samaritana se acerca a sacar agua del pozo y Jesús aprovecha para pedirle agua, ante la extrañeza de la mujer de que un judío le pidiera a ella agua, ya que era samaritana, porque no se trataban los judíos con los samaritanos según nos dice el Evangelio.


En primer lugar Jesús inicia una conversación de una forma natural, pero contra todo pronóstico en el contexto donde se encontraban por las discrepancias que había entre judíos y samaritanos, pero también por la extrañeza que muestran sus apóstoles cuando lo ven hablar con una mujer. Con lo cual nos demuestra que él no sigue las órdenes establecidas, sino que va a buscar el deseo de verdad que hay escondido en nuestro corazón vengamos de donde vengamos y sean cuales sean nuestras creencias. Cuando la mujer se muestra extrañada de que un judío le pida agua a ella que es samaritana, Él aprovecha para decirle: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: dame de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”. Y le dice también: “Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna”.


La mujer recibe estas palabras frente a su presencia, le otorga una cierta autoridad, y se muestra interesada por recibir esta agua viva, pero Jesús le responde diciendo que vaya a buscar a su marido, para poner en evidencia una situación personal que en todo caso se tiene que resolver para iniciar el camino hacia recibir esta agua que Él nos ofrece. Por eso, cuando la mujer le dice que no tiene marido, Él se muestra conocedor de cuál es su situación, y le dice: “Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad”. La mujer queda sorprendida ante estas palabras que Jesús le manifiesta de su propia intimidad, y toma conciencia, al igual que nosotros lo tenemos que hacer, que hay cosas que tenemos que rectificar desde el principio si queremos acercarnos a esta fuente de conocimiento que el mismo Cristo nos ofrece.


Siguiendo esta conversación, ella lo reconoce como profeta y le pregunta sobre cuál es la mejor manera de adorar a Dios, porque los samaritanos lo hacen en el monte Garizim y los judíos en Jerusalén, y en respuesta Jesús le dice: “Créeme mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adorareis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Y después  cuando la mujer le pregunta sobre el Mesías, Él le responde: “Yo soy, el que te está hablando”.


Con esta respuesta en primer lugar deja claro de dónde procede la economía de salvación cuando le dice: «nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos» pero al mismo tiempo nos manifiesta que la verdadera adoración trasciende cualquier espacio físico porque precisamente llega la hora, y ya estamos, nos dice, – expresando esta dicotomía entre futuro y presente, – porque su presencia nos hace partícipes ya, aquí y ahora, de este futuro donde podemos adorar al Padre en espíritu y en verdad, y superar todos los pasos intermedios que nos separan de la fuente de vida que ha dado origen a todas las cosas. Esta es el agua viva, fuente de todo conocimiento que Jesús-Cristo ofrece a la mujer samaritana y a todos nosotros, para saciar nuestra sed. Y estas son las energías increadas que se manifestarán con toda su plenitud el día de Pentecostés.


Preparémonos pues, escuchemos su palabra y pongámonos en disposición de recibir esta agua viva, para avanzar en el verdadero conocimiento que nos haga superar todos los límites de nuestra propia racionalidad, y entrar en comunión con el que es Maestro y Señor de nuestra existencia.


P. Martí Puch


La Santa Megalomártir Fotina (Fotine)



Según la tradición bizantina, Fotina es la mujer samaritana a la cual Jesús pidió agua en el pozo de Jacob (Juan, 4, 6-42). Fotina, después del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo, se habría retirado a Cartago con su hijo José -en torno al año 66- desarrollando una intensa actividad evangelizadora para extender el cristianismo. Su otro hijo – Víctor -, se dedicó a la milicia, y después de los éxitos obtenidos contra los ávaros, llegó a comandante militar en Atalia (Asia Menor).


El gobernador de esta región, Sebastián, era amigo íntimo de Víctor, y un día le mandó llamar y le dijo que había llegado a su conocimiento que tanto él, como su madre y su hermano eran cristianos, y que como amigo le aconsejaba someterse a los deseos del emperador y denunciar a los cristianos para hacerse con su patrimonio. Además era aconsejable que su madre y su hermano abandonaran la predicación en público, limitándose a mantener su fe en secreto.


Pese a las buenas intenciones del gobernador, Víctor replicó que deseaba ser apóstol como sus familiares. El gobernador se retiró, decepcionado, y en cuatro días Víctor no volvió a verle. En cuanto se encontró de nuevo con él, éste le dijo: “Sólo la fe de los cristianos es auténtica, no hay otra fe”. Ante la sorpresa de Víctor, se limitó a añadir: ”Cristo está llamándome”. La leyenda dice que en aquellos cuatro días Cristo se le había aparecido y lo había dejado ciego para advertirle del trato a los cristianos. Sólo cuando Sebastián había accedido a convertirse había recuperado la vista, por lo cual se hizo inmediatamente bautizar.


Cuando Nerón fue informado de la conversión del gobernador de Atalia, mandó que detuvieran a Sebastián y a Víctor y los llevaran a su presencia. Deportaron también de Cartago a Fotina y a José. Durante la noche que estuvo esperando el juicio Víctor vio a Cristo en sueños y éste le dijo: “A partir de ahora te llamarás Fotino, porque tú iluminarás a muchos otros para que crean en mí”. Tras se interrogados y obligados a sacrificar a los dioses sin éxito, a Sebastián y Fotino les aplastaron los dedos y les descoyuntaros los nudillos. Posteriormente les dejaron ciegos y los enviaron a prisión.


Fotina y José habían sido reunidos con otras cinco hermanas dispuestas para juicio. Los nombres de estas mujeres eran, según la tradición, Anatolia, Fótide, Parasceve, Ciríaca y Thais. Todas ellas fueron enviadas bajo el custodio de Domnina, hija de Nerón, en un período de tiempo que duró tres años. Durante todo aquel período de tiempo Fotina logró convertir al cristianismo a Domnina y a sus esclavas. En cierta ocasión descubrió que una envenenadora le había emponzoñado la comida para matarla, y la perdonó.


Por aquellos días optó Nerón por deshacerse de los tres varones, debido a la gran expectación que causaban. Sebastián, Fotino y el joven José fueron crucificados, y mientras pendían de las cruces se les azotó con correas. Los tuvieron así varias horas, tras las cuales los bajaron, les cortaron las piernas, que fueron arrojadas a los perros, y los desollaron vivos. Murieron tras una atroz agonía.


Cuando supo que Fotina había convertido a su hija, Nerón mandó también despellejarla y arrojarla a un pozo seco para dejarla morir allí. No contento con ello, mandó coger a las cinco hermanas, cortarles los pechos y despellejarlas vivas. Hecho esto, puso fin a las cinco hermanas mandando que fueran decapitadas, excepto a Fótide, a quien aplicó una muerte atroz: fue atada por los pies a dos árboles en tensión, que al ser soltados, la descuartizaron.


Sólo quedaba Fotina con vida. Mandó sacarla del pozo donde aún seguía, y la encarceló durante veinte días más. Tras ese tiempo la mandó llamar de nuevo y le exigió sacrificar a los dioses para salvar su vida. Se dice que ella le escupió al rostro y le gritó: “¡Oh, el más impío de los ciegos; tú, hombre libertino y estúpido! ¿Crees que soy tan necia como para consentir en renunciar a mi Señor y sacrificar a ídolos tan ciegos como tú?”. Tras ello, Nerón mandó que fuera de nuevo arrojada el pozo y esta vez sellado. En este enterramiento en vida, Fotina murió al cabo de poco tiempo.


Fotina sigue siendo muy venerada en el mundo bizantino; sin embargo, también en el cristianismo romano se la celebra, en particular en Filipinas, donde se produce también esta identificación y hasta se le dedican pasos procesionales en Semana Santa, lo que constituye toda una anomalía ya que, en la tradición occidental, lo común ha sido no identificar a Fotina con la samaritana, e incluso ignorar la existencia de la primera. Entre los bizantinos es muy venerada y considerada muy milagrosa, habiendo un gran recuento de prodigios y milagros obrados por esta santa mártir.


La tradición bizantina establece que sus reliquias fueron veneradas en Constantinopla, en dos santuarios distintos, donde obraban milagros con los fieles, aunque actualmente parece que ya no existen. El primer hallazgo de las reliquias se produjo cerca de Blanquerna, donde se apareció a un ciego llamado Abraam -quien la describió como una mujer muy anciana, vestida de lino y con un rostro agradable y encantador- y, tocándole los ojos con una vela encendida, le devolvió la vista -haciendo, pues, honor a su nombre, “iluminadora”- y le encargó que recuperara sus restos.


Existen reliquias de esta Santa, como es el cráneo venerado en Montenegro, un fragmento del cráneo venerado en la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma y su presunto cántaro en la iglesia del pozo de Jacob, que se dejó cuando fue a anunciar a su pueblo que había encontrado al Mesías. También hay un pie incorrupto en el monasterio de Iviron del Monte Athos y otro fragmento de cráneo en el monasterio Grigoriou, entre otras reliquias dispersas.


Meldelen


LECTURAS


Hch 11,19-30: En aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor. Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos. En aquellos días, bajaron a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, de nombre Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y predijo que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo que en efecto sucedió en tiempo de Claudio. Los discípulos determinaron enviar una ayuda, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea; así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros por medio de Bernabé y de Saulo.


Jn 4,5-42: En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos». En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».



Fuente: iglesiaortodoxa.es / preguntasantoral / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

09/05 - Traslación de las Reliquias del Santo Jerarca Nicolás el Taumaturgo de Mira en Licia a Bari


En el siglo XI, el Imperio Romano de Oriente atravesaba tiempos terribles. Los turcos otomanos pusieron fin a su influencia en Asia Menor, destruyendo ciudades y aldeas, asesinando a sus habitantes y acompañando su crueldad con la profanación de iglesias, reliquias sagradas, iconos y libros. También intentaron destruir las reliquias de San Nicolás, profundamente veneradas por todo el mundo cristiano.


En el año 792, el califa Arún Al-Rashid envió a Jumeid como capitán de una flota para saquear la isla de Rodas. Habiendo arrasado la isla, Jumeid se dirigió a Mira en Licia con la intención de robar la tumba de San Nicolás. Pero, en vez de eso, robó otra tumba que estaba junto a la cripta del Santo. Justo cuando lograron cometer este sacrilegio, se levantó una terrible tormenta sobre el mar y casi todos los barcos se hicieron pedazos.


La profanación de las cosas sagradas conmocionó no solo a los cristianos orientales sino también a los occidentales. Los cristianos de Italia estaban particularmente preocupados por las reliquias de San Nicolás, pues entre ellos había muchos griegos. Los habitantes de la ciudad de Bari, ubicada a orillas del mar Adriático, decidieron salvar las reliquias de San Nicolás.


En el año 1087, comerciantes de Bari y de Venecia fueron a Antioquía para comerciar. Se propusieron coger las reliquias de San Nicolás y transportarlas a Italia en el viaje de regreso. Los hombres de Bari encargaron a los venecianos que los llevaran a Mira. Al principio fueron enviados dos hombres, que al regresar informaron de que en la ciudad todo estaba tranquilo. En la iglesia donde descansaban las sagradas reliquias se encontraron con solo cuatro monjes. Inmediatamente cuarenta y siete hombres, habiéndose armado, se dirigieron a la Iglesia de San Nicolás. Los monjes, que no sospechaban nada, les mostraron la plataforma elevada, debajo de la cual estaba oculta la tumba del Santo, donde ungían a los extranjeros con miro de las reliquias del Santo. Los monjes les contaron acerca de una aparición de San Nicolás esa noche a cierto Anciano . En esta visión, San Nicolás ordenó la cuidadosa preservación de sus reliquias. En este relato vieron una declaración dirigida a ellos mediante esta aparición del Santo.


Ellos propusieron y revelaron su intención a los monjes y les ofrecieron dinero, 300 monedas de oro. Los monjes rechazaron el dinero y quisieron advertirles de la desgracia que les amenazaba. Pero los recién llegados los ataron y pusieron a sus propios guardias en la puerta. Desarmaron la plataforma sobre la tumba con las reliquias. En este esfuerzo, un joven llamado Mateo fue excesivo en su celo, queriendo encontrar las reliquias de San Nicolás lo más rápido posible. En su impaciencia rompió la tapa y vieron que el sarcófago estaba lleno de fragante miro sagrado. Los sacerdotes Lupoy Drogo ofrecieron una letanía, después de lo cual comenzó a fluir miro del sarcófago del santo por la abertura realizada por Mateo. Esto ocurrió el 20 de abril de 1087.


Al ver la ausencia de la tapa del sepulcro, el sacerdote Drogo envolvió las reliquias en una tela y las llevaron a la nave. Los monjes, una vez liberados, avisaron a la ciudad de las tristes nuevas del secuestro de las reliquias del milagroso Nicolás por parte de unos extranjeros. Una multitud de personas acudieron a la orilla, pero ya era demasiado tarde.


El 8 de mayo los barcos llegaron a Bari, y pronto las alegres noticias recorrieron toda la ciudad. Al día siguiente, el 9 de mayo de 1087, transportaron solemnemente las reliquias de San Nicolás a la iglesia de San Esteban, no muy lejos del mar. La solemne portación de las reliquias fue acompañada por numerosas curaciones de enfermos, que inspiraron aún más reverencia hacia el Santo de Dios. Un año después, se construyó una iglesia con el nombre de San Nicolás y fue consagrada por el Papa de Roma Urbano II.


Este hecho, relacionado con la transferencia de las reliquias de San Nicolás, provocó una veneración particular hacia el Taumaturgo Nicolás y fue marcado con el establecimiento de una fiesta especial el 9 de mayo. Al principio, la fiesta de la Traslación de las Reliquias de San Nicolás fue observada solo por la gente de la ciudad de Bari: no fue adoptada en otras latitudes, a pesar de que la transferencia de las reliquias era ampliamente conocida. Esta circunstancia se explica por la costumbre en la Edad Media de venerar principalmente las reliquias de los santos locales. Además, la Iglesia griega no estableció la celebración de esta conmemoración, ya que consideraron que la pérdida de las reliquias de San Nicolás fue un triste acontecimiento.


La celebración de la memoria de la transferencia de las reliquias de San Nicolás de Mira en Licia a Bari por la Iglesia rusa se estableció el 9 de mayo, poco después del año 1087, sobre la base de una veneración ya existente entre el pueblo ruso llevada de Grecia simultáneamente con la aceptación del cristianismo. Los gloriosos relatos de los milagros realizados por el santo, tanto en tierra como en la mar, eran ampliamente conocidos por el pueblo ruso. Su inagotable fuerza y abundancia atestiguan la ayuda del gran Santo de Dios para el sufrimiento de la humanidad. La imagen de San Nicolás, poderoso realizador de milagros y benefactor, se hizo especialmente querida por el corazón del pueblo ruso, ya que inspiró una fe profunda y esperanza en su intercesión. La fe del pueblo ruso en la abundante ayuda del santo de Dios estuvo marcada por numerosos milagros. Una importante cantidad de literatura sobre San Nicolás fue compilada desde el inicio entre los rusos. Los relatos de los milagros de San Nicolás llevados a cabo en la tierra rusa se registraron en una fecha temprana. Poco después de la Traslación de las Reliquias de San Nicolás de Mira a Bari, una versión rusa de su vida y una redacción de la Transferencia de sus reliquias santas fueron escritas por un contemporáneo. Anteriormente se había escrito un encomio del Milagroso. Cada jueves, la Iglesia rusa honra su memoria en particular.


Numerosas iglesias y monasterios se construyeron en honor a San Nicolás, y los rusos suelen poner su nombre a sus hijos en el bautismo. En Rusia se conservan numerosos iconos milagrosos del santo. Los más famosos entre ellos son los iconos de Mozhaisk, Zaraisk, Volokolamsk, Ugreshsk y Ratny. No había ninguna casa o templo en la tierra rusa en la que no hubiera un icono de San Nicolás el Taumaturgo


El significado de la intercesión del gran Santo de Dios se expresa en una antigua compilación de su Vida, donde se dice que San Nicolás “realizó muchos milagros gloriosos, tanto en tierra como en el mar, ayudando a los abatidos por la desgracia y rescatando a los ahogados, llevándolos a tierra firme desde las profundidades del mar, levantando a otros de la corrupción y llevándolos a casa, liberándolos de las cadenas y el encarcelamiento, evitándoles caer bajo la espada y librándolos de la muerte, y otorgando curación a muchos: dando la vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos, haciendo oír a los sordos y hablar a los mudos. Él aportó riquezas a muchos sufrientes de miseria y pobreza, proveyó comida a hambrientos, y para cada una de sus necesidades se mostró como un pronto ayudante, un ávido defensor, un intercesor y un protector veloz. Tanto en Oriente como Occidente se sabe de este gran Taumaturgo, y hasta los confines de la tierra se conoce su obra milagrosa".



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

09/05 - Cristóbal el Mártir de Licia


San Cristóbal es un santo mártir importante en la memoria cristiana, tanto en Occidente como en Oriente; su nombre define en sí mismo su hermosa vida cristiana: Christo-phoros, que en griego significa “portador de Cristo” y debido a esto, a menudo es representado con el Niño Jesús sobre sus hombros, aunque en algunas ocasiones, los cristianos vemos iconos suyos donde el santo aparece con la cabeza de un perro. Estas representaciones son raras en la Cristiandad y pueden estar asociadas con la iconografía antigua egipcia del dios Anubis, que es representado con una cara de chacal, pero con cuerpo de cadáver humano. Este antiguo dios era el protector de las almas que pasan de esta vida a la eterna, por lo que es muy interesante el hecho de que San Cristóbal sea también el protector de los viajeros y de los pasajeros.


El Cinocéfalo: el hombre con cabeza de perro


Curiosamente, la probable existencia de hombres con cabezas de perro, no solo se menciona en la historia de San Cristóbal. El historiador antiguo Ctesías, que vivió en el siglo V antes de Cristo, habla en su libro Indica de la tribu india de los kinokephaloi. Esta afirmación, posteriormente, es tomada por algunos como el patriarca Focio. Además, en las historias sobre los viajes de Alejandro Magno a la India, los hombres con cabezas de perro vivían en el desierto de Gedrosian, en el actual Pakistán.


Más tarde, el historiador bizantino Tzetzes, en el siglo XII, habla de todo un pueblo de kinokephaloi que vivían en algún lugar de las lejanas tierras indias. Incluso Marco Polo habla de este tipo de seres humanos que habitaban algunos lugares de las islas indias. Marco Polo dice que estas personas se modelaban el rostro desde muy pequeños, por lo que se puede entender que la cara de perro no era real, sino que estaba impuesta por algunas costumbres bárbaras: probablemente un ritual de auto-mutilación. En la versión griega de la vida de San Cristóbal, se dice que él vino al Imperio Romano procedente de las tierras de los persas, por lo que se podía creer que procedía de la India, tal vez de esta tribu de la que hemos hablado.


¿Quién fue San Cristóbal?


Desde el siglo IV, San Cristóbal aparece en los iconos de dos formas: una, atravesando un río portando a Cristo sobre sus hombros y llevando en la mano derecha un bastón que, milagrosamente, tiene hojas. Y la segunda, iconos en los que se le representa con la cabeza de un perro o de un cordero. La primera representación se produce más frecuentemente en Occidente y la segunda, en las Iglesias Orientales. Hay una tercera representación, frecuente en los monasterios del norte de Rumania, donde aparece San Cristóbal como un ser humano normal, pero llevando un plato con una cabeza de perro (el mismo tipo de representación como la de San Juan Bautista o la de otros mártires muertos por decapitación, que aparecen con su cabeza en sus manos).


Dos historias


En el Sinaxario oriental y en la Leyenda Aurea se dice que San Cristóbal vivió en tiempos del emperador Decio, alrededor del año 250, pero hay otras versiones en las que se le coloca más tarde, durante el reinado de Maximino Daia, alrededor del año 300. La leyenda latina lo menciona como canaíta, pero sin embargo, el Sinaxario dice que vino de tierras del Este, más allá de Persia. Ambas historias hacen mención a este gigante soldado del Imperio Romano, que tenía buen corazón y que trataba de ayudar a los cristianos cautivos.


Su nombre latino es “Reprobus”, un nombre que nos indica la comprensión hacia su fealdad; que era feo, pero sin embargo, la otra versión, la oriental, nos dice que Cristóbal era un hombre muy hermoso que rogaba al Señor para que su belleza no provocara escándalo entre las mujeres. Dios escucha sus oraciones y hace que su rostro se convierta en el rostro de un perro.


El martirio de San Cristóbal


Digamos que la historia de un hombre hermoso termina aquí, pero la “Vita” Bizantina es aun más larga: es la vida de un mártir.


En la Leyenda Aurea, Reprobus, sirviendo en primer lugar a un rey cananeo, se vio a si mismo cuando se hablaba de combatir al demonio y por eso entendió que la cruz le podría ayudar contra el mal. Por lo tanto, cómo él quería servir a Cristo y no sabía cómo hacerlo, un ermitaño le dijo que, al ser tan alto, podía ayudar a la gente a cruzar un río y esa sería su misión en este mundo. Una vez había un niño que, curiosamente, era tan pesado que le costó mucho trabajo cruzar el río con él. El Niño le dijo que era Jesús y que buscaba que él lo sirviera y este es el motivo por el cual, en las representaciones occidentales aparece con Jesús sobre sus hombros atravesando un río.


Posteriormente, Reprobus marchó a la ciudad de Licia para alistarse como soldado en el ejército romano. El Sinaxario bizantino menciona también que él tenía problemas de habla, por lo que no podía dar ánimos verbalmente a los cristianos que estaban cautivos. Después de orar a Cristo para que se le solucionase este problema, “Cristo le abrió la boca” por lo que él, en nombre de todos los cristianos, fue capaz de hablar contra un perseguidor local llamado Baco. Por este motivo, fue condenado y enviado a Roma, junto con doscientos soldados que le sirvieron de guardia. En el camino hacia Roma, fue bautizado por el obispo de Antioquia, que se llamaba Babylo y que le cambió su nombre de Reprobus por el de Cristóbal.


La tradición nos dice que su martirio tuvo lugar en Licia, que en realidad es una región que está en el Asia Menor, por lo que probablemente, murió en la capital: Myra. Se dice que el emperador se asustó a ver su cara y su alta estatura. De acuerdo con la Leyenda Aurea, su estatura era de cinco codos (2,3 metros de altura) y su rostro era temible.


En un principio, el emperador intentó convencerlo para que renunciara a su fe y más tarde le envió a dos mujeres muy hermosas para que lo hicieran caer en el pecado, pero no lo consiguió; no tuvo éxito. Y tanto los doscientos soldados como las dos mujeres, se convirtieron al cristianismo por lo que todos ellos fueron condenados a muerte por el propio emperador. Finalmente, el santo fue torturado: lo sentaron en una silla de cobre incandescente, pero él tuvo una visión de Cristo que se le presentó como una luz más brillante que el sol. Finalmente murió como un mártir de Cristo, siendo decapitado.


Su celebración


La Iglesia bizantina venera a San Cristóbal el día 9 de mayo. En muchas iglesias de Grecia, el icono de San Cristóbal se coloca en la entrada para que la gente pueda verlo al entrar y al salir del edificio. Existe un pequeño poema griego que dice que “cuando ves a Cristóbal, puedes caminar con seguridad”. Esto hace creer a la gente que todo el que mira el icono de San Cristóbal no tendrá una muerte súbita ni accidental.


Sus reliquias


Las reliquias de San Cristóbal en un principio se encontraban en una iglesia en Licia, pero posteriormente fueron trasladadas a Toledo y finalmente a la abadía de Saint Denis en Francia. La iglesia de San Justino en la isla de Rab, en Croacia, tiene en su museo un relicario dorado con el probable cráneo de San Cristóbal. Esa reliquia llegó a dicha ciudad en el siglo XI, como un premio especial por la veneración que sentían hacia el santo. La tradición dice que cuando fue colocada en los muros de la ciudad, destruyó al ejército árabe que la sitiaba.


San Cristóbal es el santo patrón de muchas regiones y ciudades, tales como: las antiguas tierras de Baden, Brunswick y Mecklenburg, en Alemania, la isla de San Cristóbal en las islas del Caribe, la ciudad de Barga en la Toscaza italiana, la isla de Rab en Croacia, Roermond en Holanda, Gerona en Cataluña, Mondim de Basto en Portugal, Agrinio en Grecia, Vilnius en Lituania, Riga en Letonia, La Habana en Cuba y Paete en las Islas Filipinas.


He aquí el texto de la Leyenda Áurea varias veces mencionada:


Cristóbal se llamaba Réprobo antes de su bautismo. Pero con el sacramento recibió el nombre de Cristóbal, que significa portador de Cristo, porque había de llevar a Cristo de cuatro modos: sobre los hombros, en el cuerpo por la penitencia, en la mente por la devoción, y en la boca por la confesión de la fe y la predicación.


Cristóbal pertenecía a la tribu de Canaán. Era increíblemente alto y su rostro infundía miedo. La anchura de sus espaldas era de doce codos. Las historias cuentan que, cuando vivía en la corte del rey de Canaán, decidió partir en busca del más grande príncipe de este mundo y entrar a su servicio. Tan lejos fue Cristóbal, que llegó a la corte de un gran rey, que tenía fama de ser el mayor del mundo. Guando el monarca le vio, le tomó a su servicio y le alojó en su palacio. En una ocasión, un bardo cantó delante del soberano una canción en la que mencionaba frecuentemente al demonio. Como el rey era cristiano, hacía la señal de la cruz cada vez que oía mentar al diablo, y al ver aquello Cristóbal, se preguntaba maravillado qué significaba esa señal y por qué la hacía el soberano. Tanto se interesó por aquel misterio, que acabó por interrogar a su amo. Como el rey rehusó revelarle el significado de la señal, Cristóbal le suplicó y aun le amenazó con abandonar su servicio si no obtenía una respuesta. Entoces el rey le respondió: «Siempre que oigo mentar al diablo tengo miedo de que ejerza su poder sobre mí y el signo de la cruz me protege contra sus acechanzas». Entonces Cristóbal dijo al rey: «¿De modo que temes al diablo? Eso quiere decir que el diablo tiene más poder y es mayor que tú. Yo creía que tú eras el príncipe más poderoso del mundo. Así pues, te encomiendo a Dios, porque en este momento me voy a buscar al diablo para servirle».


Cristóbal partió de la corte del rey y se apresuró a buscar al diablo. Pasando por un desierto, vio una gran comitiva de caballeros. El más cruel y horrible de ellos se acercó a Cristóbal y le preguntó a dónde iba. Cristóbal le respondió: «Voy a buscar al diablo para servirle». Y el caballero le dijo: «Yo soy el que buscas». Cristóbal se alegró mucho al saberlo e inmediatamente le prometió servirle lealmente y tenerle por señor hasta la muerte. Un día que iban por un camino real, encontraron una cruz plantada al borde. En cuanto el diablo vio la cruz, echó a correr lleno de miedo y condujo a Cristóbal a través de un desierto para alejarse de la cruz y, luego de dar un rodeo volvieron a tomar el camino real. Cristóbal, muy asombrado, preguntó al diablo por qué había abandonado el camino real y le había conducido a través de un desierto tan árido. Pero el diablo no quería responderle. Entonces Cristóbal le dijo: «Si no me respondes, abandonaré tu servicio». Viéndose obligado a contestarle, el diablo le dijo: «Hubo un hombre llamado Cristo que fue crucificado. Y siempre que veo una cruz tengo miedo y me echo a correr». Cristóbal declaró: «Eso quiere decir que Cristo es más grande y más poderoso que tú. Veo, pues, que me he esforzado en vano por encontrar al Señor más poderoso del mundo. En este mismo momento abandono tu servicio. Prosigue tu camino, porque yo me voy en busca de Cristo».


Después de mucho caminar y preguntar dónde podría encontrar a Cristo, Cristóbal llegó a la morada de un ermitaño del desierto. El ermitaño le habló de Cristo, le instruyó diligentemente en la fe y le dijo: «El Rey a quien buscas exige de ti el servicio de ayunar frecuentemente». Cristóbal le respondió: «Pídeme otra cosa, pues yo soy incapaz de ayunar». El ermitaño replicó: «Entonces tienes que velar y hacer mucha oración». Y Cristóbal respondió: «No sé lo que es hacer oración, de suerte que tampoco puedo obedecer este mandato». Entonces el ermitaño le dijo: «¿Conoces el río profundo de peligrosa corriente en el que han perecido muchas gentes?» Cristóbal respondió: «Sí, lo conozco muy bien». El ermitaño replicó: «Como eres muy alto y erguido y tus músculos son muy fuertes, debes irte a vivir a la orilla de ese río y transportar sobre tus hombros a cuantos quieran atravesarlo. Ese servicio agradará sin duda al Señor Jesucristo, a quien tú buscas. Espero que Él se te mostrará algún día». Cristóbal partió hacia el río y se construyó una morada en la orilla. Para vadear el río empleaba un enorme palo a manera de cayado, y transportaba sin cesar a toda clase de gente de una orilla a otra. Y ahí vivió muchos días, trabajando como hemos dicho.


Cierta noche cuando dormía en su choza, oyó la voz de un niño que le llamaba: «Cristóbal, ven a transportarme». Cristóbal se despertó y salió, pero no vio a nadie. Volvió a entrar en su morada y oyó, por segunda vez, la misma voz; inmediatamente acudió, pero no encontró a nadie. Al oír el llamado por tercera vez, Cristóbal salió a buscar detenidamente y encontró, a la orilla del río, a un niño que le pidió amablemente, que le transportase a la otra orilla. Cristóbal subió al niño en sus hombros, tomó su cayado y empezó a vadear la corriente. Pero las aguas empezaron a subir y el niño pesaba como el plomo. Cuanto más avanzaba Cristóbal, más crecía la corriente y más pesado se hacía el niño, de suerte que Cristóbal tuvo miedo de perecer ahogado. Sin embargo, con gran esfuerzo pudo llegar a la otra orilla. Entonces dijo al pequeño: «Niño, me has puesto en un grave peligro. Me pesabas como si cargase el mundo sobre mis hombros. ¡Nunca había soportado un peso tan grande como el tuyo, que eres tan pequeño!» Y el niño respondió: «No te maravilles por ello, Cristóbal. No has cargado al mundo, pero llevaste sobre los hombros al Creador del mundo. Yo soy Jesucristo, el Rey a quien sirves con tu trabajo. Y, para que sepas que digo la verdad, planta tu cayado junto a tu casa, y yo te prometo que mañana tendrá flores y frutos». Dicho esto, desapareció el niño. Cristóbal plantó su cayado y, cuando se levantó a la mañana siguiente, el palo seco era como una palmera llena de hojas, de flores y de dátiles.


Cristóbal fue entonces a la ciudad de Licia. Como no entendía el idioma de los habitantes, pidió al Señor que le ayudase y Dios le concedió el entendimiento de aquella lengua extraña. Mientras Cristóbal hacía su oración en alta voz, las gentes que lo observaban juzgaron que estaba loco y lo dejaron en paz. Cuando Cristóbal empezó a entender el idioma de los habitantes de Licia, se cubrió el rostro y escuchó lo que se hablaba. Así se enteró de lo que sucedía en la ciudad y sin tardanza, se dirigió al sitio en que los jueces condenaban a muerte a los cristianos y les reconfortó en Cristo. Entonces, los magistrados le abofetearon. Cristóbal les dijo: «Si no fuese cristiano, me vengaría de esta injuria». En seguida plantó su cayado en la tierra y pidió al Señor que lo hiciese florecer y fructificar para convertir al pueblo. Y así sucedió inmediatamente, y se convirtieron ocho mil hombres. Entonces, el rey envió a dos caballeros para que trajesen prisionero a Cristóbal. Los caballeros encontraron a Cristóbal en oración y no se atrevieron a comunicarle la orden del rey. El monarca envió entonces a otros dos caballeros, los cuales se arrodillaron a orar con Cristóbal. Cuando éste terminó su oración, preguntó a los caballeros: «¿Qué buscáis?» Cuando los caballeros vieron el rostro de Cristóbal, le dijeron: «El rey nos ha enviado para que te llevemos prisionero». Cristóbal les dijo: «Si yo quisiera no podríais llevarme prisionero». Los caballeros replicaron: «Si quieres quedar libre, vete pronto y nosotros diremos al rey que no te hemos encontrado». Pero Cristóbal respondió: «No será así, sino que iré con vosotros». Entonces Cristóbal convirtió a los caballeros a la fe y les pidió que le atasen las manos a la espalda y le llevasen a la presencia del rey. Cuando el monarca vio a Cristóbal, sintió tan gran temor que se cayó del trono y sus servidores le ayudaron a levantarse. Entonces el rey preguntó al prisionero su nombre y su país de origen. Cristóbal respondió: «Antes de mi bautismo me llamaba Réprobo y ahora me llamo Cristóbal que significa "portador de Cristo"; antes de mi bautismo era yo cananeo y ahora soy cristiano». El rey replicó: «Tienes un nombre absurdo, porque das testimonio de Cristo, un hombre que fue crucificado y no pudo salvarse, de suerte que tampoco podrá defenderte a ti. ¿Por qué te niegas a sacrificar a los dioses, maldito cananeo?» Cristóbal respondió: «Con razón te llamas Dagnus, pues eres la ruina del mundo y discípulo del demonio. Tus dioses han sido hechos por manos de hombres». Y el rey le dijo: «Tú te educaste entre bestias salvajes; por ello hablas un idioma salvaje y dices palabras que los hombres no entienden. Si ofreces sacrificios a los dioses, te colmaré de regalos y honores; pero si te niegas, te destruiré y aplastaré con horribles penas y torturas». Como Cristóbal se negase a ofrecer sacrificios a los dioses, el rey le encarceló. También mandó decapitar a los caballeros que había enviado a buscarle y se habían convertido al cristianismo.


En seguida, envió al calabozo de Cristóbal a dos hermosas mujeres, llamadas Nicea y Aquilina y les prometió ricos presentes si conseguían hacer pecar a Cristóbal. Al ver a las mujeres, Cristóbal se arrodilló a hacer oración. Pero, como ellas empezasen a abrazarle, Cristóbal se levantó y les dijo: «¿Qué queréis? ¿Para qué habéis venido?» Las mujeres, asustadas de la santidad que se reflejaba en el rostro de Cristóbal, le dijeron: «Hombre de Dios, apiádate de nosotras para que creamos en el Dios que tú predicas». Al enterarse de aquella conversión, el rey mandó que trajesen a su presencia a las mujeres y les dijo: «Os habéis dejado engañar. Pero juro por mis dioses que, si no les ofrecéis sacrificios, pereceréis al punto de mala muerte». Y las mujeres respondieron: «Si quieres que ofrezcamos sacrificios, manda limpiar la plaza y ordena que todo el pueblo se reúna en ella». Cuando quedó cumplida la orden del rey, las mujeres entraron en el templo y, enredando sus guirnaldas en el cuello de los ídolos, los derribaron y los hicieron pedazos. En seguida dijeron a los presentes: «Id a buscar a los médicos y a las brujas para que curen a vuestros dioses». Entonces el rey mandó ahorcar a Aquilina y colgarle de los pies una pesada roca para que se desgarrasen los miembros. Cuando Aquilina murió y pasó al Señor, su hermana Nicea fue arrojada a una hoguera, pero salió de ella totalmente ilesa. Entonces los verdugos le cortaron la cabeza y así murió.


Cristóbal compareció de nuevo ante el rey, quien ordenó que le golpeasen con varillas de hierro, que le colocasen sobre la cabeza una cruz de hierro al rojo vivo, que le sentasen sobre una silla de hierro y encendiesen fuego debajo de ella y que vertiesen sobre el mártir pez hirviente. Pero el asiento se derritió y Cristóbal se levantó sin una sola herida. Viendo esto, el rey mandó que le atasen a una gran estaca y que cuarenta arqueros disparasen sus flechas contra él. Pero ninguno de los arqueros pudo dar en el blanco, porque las flechas se desviaron en el aire y no tocaron a Cristóbal. El rey, creyendo que Cristóbal había sido atravesado por las flechas, le dirigió la palabra; entonces una de las flechas cambió súbitamente de dirección y fue a clavarse en el ojo del rey. Cristóbal le dijo: «Tirano, yo voy a morir mañana. Haz un poco de lodo con mi sangre, úngete con él el ojo y así recobrarás la vista». Entonces el rey mandó que le cortasen la cabeza. Cristóbal hizo su oración, y el verdugo lo decapitó. Tal fue el martirio de Cristóbal. Entonces el rey hizo un poco de lodo con su sangre, se lo puso en el ojo, y dijo: «En el nombre de Dios y de Cristóbal». E inmediatamente quedó curado. El rey creyó entonces en Dios y mandó que fuesen decapitados todos los que blasfemasen de Dios o de san Cristóbal.



Fuente: preguntasantoral / eltestigofiel.org

Adaptación propia