12/06 - Pedro el Atonita


Nuestro renombrado padre Pedro tenía a Constantinopla como su tierra natal, y sus padres, piadosos y distinguidos miembros de la sociedad de allí, lo habían criado según los mandamientos de Cristo, manteniendo el temor por Dios en su hogar. Así, el grande y maravilloso Pedro se convirtió en este buen fruto que brotó de ellos.


Sus padres buscaron educar a su amado hijo en toda forma de sabiduría divina y humana, y habiendo adquirido unas muy buenas calificaciones, se alistó en el ejército. Ascendió bastante, pero conservó su honradez. Y, aunque se encontraba entre los grandes, le encantaba hacerse amigo de los más pequeños y visitar sus humildes hogares para brindarles consuelo y alivio en sus privaciones y tristezas. Más tarde fue honrado con el oficio imperial conocido como “Escolario”.


El emperador de los romanos en ese momento, admirando la extraordinaria valentía del Santo, le nombró, contra su voluntad, el primero de entre los rangos militares. Luego fue enviado para luchar contra los agarenos, quienes en aquel momento invadieron y esclavizaron áreas pertenecientes a los romanos.


Cuando Pedro fue a la batalla, fue derrotado y capturado por los agarenos; de acuerdo con el inefable juicio de Dios, fue encerrado en una prisión oscura y sucia y atado con cadenas. Cuando Pedro desesperó de recibir cualquier salvación de los hombres, se entregó por completo a una intensa oración a Dios y suplicó al gran y maravilloso Nicolás, a quien reverenciaba desde que era un niño pequeño, y le prometió que, si era liberado de sus ataduras y de la prisión, abandonaría de inmediato el mundo y todas las cosas mundanas y se convertiría en monje, tal y como le había prometido inicialmente a Dios hacer.


Entonces Nicolás, el siervo e imitador del filántropo Dios, no pasó por alto la fe y las lágrimas del Santo y se le apareció en sueños junto con el anciano Simeón, el Receptor de Dios, y juntos liberaron a Pedro de esas pesadas e indestructibles cadenas  y le aconsejaron que fuera a la antigua Roma. 


Cuando el santo llegó allí, se rapó la cabeza y se puso el esquema monástico. Luego, subiendo a bordo de un barco, partió de Roma. Guiado por la revelación divina llegó al extremo sur del Monte Ato, que en ese momento no estaba habitado por monjes, sino completamente deshabitado. Allí encontró una cueva y se instaló tranquilamente, alimentándose de hierbas silvestres y permaneciendo completamente desnudo, porque a lo largo de los años su ropa se había desvanecido por completo. Estaba cubierto solo por los pelos de su cabeza y barba, y ceñido con hojas de plantas. Después de soportar valientemente muchas batallas y tentaciones de los demonios, el santo asceta fue hecho digno de tener visiones divinas y de ser alimentado por pan angelical, llamado maná, que era esencialmente irreconocible por la gente. Con una vida sobrenatural más angelical que humana, el bendito Pedro pasó así cincuenta y tres años completos, antes de partir hacia su anhelado Cristo. Cuando se durmió en el Señor, los monjes le enterraron con honor, como padre y guía suyo.


Sus acciones virtuosas fueron completamente reveladas por Dios a un cazador, como relata su biografía más larga. Este relato fue escrito en griego por el santo Gregorio de Tesalónica, también llamado Palamás.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

12/06 - Onofre de Egipto


La vida de San Onofre es narrada en una memoria de San Pafnucio, el Asceta. Se cree que ambos hombres nacieron en el siglo III.


En sus memorias, San Pafnucio entra en el desierto egipcio pensando que podría desear vivir la vida de un ermitaño.


Después de un tiempo de oración y meditación el desierto, San Pafnucio se queda sin comida y agua y solo continúa su camino por la gracia de Dios hasta que fue sorprendido por una figura que él creía que era una bestia salvaje.


San Pafnucio narra este encuentro de este modo:


Entonces de repente vi a un hombre que venía hacia mí y que parecía una bestia salvaje. Tenía un aspecto aterrador, peludo sobre todo su cuerpo, con una falda hecha de hojas.


Cuando se acercó a mí, me asaltó el terror y temí que pudiera matarme. Corrí hasta lo alto de una colina, pero él se acercó hasta donde yo estaba, se agachó, miró hacia mí y dijo:


“Baja y ven donde mí, hombre santo, porque yo soy un hombre que vive como tú en esta soledad desolada por el amor de Dios”.


Aquel hombre continúa explicando que ha vivido como ermitaño durante sesenta años en este desierto. Anteriormente había estado en un monasterio en la Tebaida [N.T. cerca de Hermópolis] con 100 hermanos santos, pero teniendo en cuenta el ejemplo de los profetas Elías y Juan el Bautista, decidió adoptar la vida de un ermitaño.


Su ángel de la guarda, a través de un cuervo, le llevaba comida a la cueva donde moraba, un poco de pan y agua cada tarde, y la Eucaristía los sábados y domingos”.


Tras relatarle su vida y los amargos conflictos padecidos como ermitaño, Onofre le contó a Pafnucio que estaba a punto de morir y que él había sido enviado para enterrarlo, lo que ocurrió poco después entre cantos de ángeles. Aunque Pafnucio deseaba quedarse para siempre en la cueva del Santo, en cuanto lo sepultó, esta se derrumbó y la palmera que había proporcionado dátiles a Onofre se secó, indicando con ello que la voluntad de Dios era que Pafnucio regresara a su monasterio y que diera a conocer a Onofre al mundo entero.


LECTURAS


Rom 8,14-21: Hermanos, cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él. Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.



Fuente: elmisericordioso.me / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propias

Viernes de la II Semana de Mateo


Rom 5,17-21;6,1-2: Hermanos, si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo. En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos. Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos. Ahora bien, la ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor. ¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia? De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado?


Mt 9,14-17: En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

11/06 - Los Santos Apóstoles Bartolomé y Bernabé


SAN BARTOLOMÉ


La historia de San Bartolomé se inicia en Caná, en la región Galilea de Palestina, en donde -según la mayoría de los historiadores de la Iglesia- nació algunos años después del nacimiento de Jesús. Convertido mientras escuchaba la prédica de los discípulos de Cristo en Galilea, Bartolomé (también conocido como “Natanael”) muy pronto llegaría a ser uno de los apóstoles en los cuales más confiaba el Señor.


Luego del milagro de Pentecostés, en donde cada uno de los Doce Apóstoles Originales fueron encargados de llevar la Buena Nueva a diferentes países, Bartolomé sería por algún tiempo el acompañante de su hermano-amigo Felipe Apóstol. 


Acompañados por la hermana de Felipe –la altamente estimada virgen Mariana–, los dos apóstoles predicarían juntos en muchos países de Asia Menor y muchos otros lugares.


En la ciudad de Hierápolis, ubicada en la Provincia Romana de Frigia (hoy en día parte de Turquía), estos tres misioneros se enfrentaron a una serpiente gigantesca adorada por los paganos y que había sido confinada en un templo. Sin embargo, en vez de inclinarse ante la enorme serpiente tal y como se les había ordenado, Bartolomé y Felipe comenzaron a rezar fervientemente. A pesar de estar amenazados de muerte continuaron con sus oraciones hasta que repentinamente la gran serpiente empezó a convulsionarse para, finalmente, rodar sobre sí misma y quedar muerta como si fuera una piedra. 


Sorprendidos por este desenlace, pero aún sin confiar plenamente en los Apóstoles Cristianos, los desconfiados frigios llevaron al santo a la presencia de un hombre que había estado ciego durante más de 40 años. Su nombre era Estaquio, y cuando le rogó al bondadoso Bartolomé que lo ayudara, el santo no lo decepcionó. El fiel Apóstol le rezó al Hijo de Dios y los ojos del ciego se abrieron. Un momento después empezó a proclamar en voz alta: “¡Veo, veo!”


Una vez que los presentes se dieron cuenta de lo que había sucedido, se produjo un pandemónium. ¿Quién podría explicar el acontecimiento que estos adoradores de ídolos habían presenciado? No hubo más negativa del poder de Dios en San Bartolomé, y como resultado de ello muchos de los habitantes de esa área se convirtieron al Cristianismo. Mientras tanto, otros comenzaron a traer a sus amigos enfermos y familiares cercanos, así como a los poseídos por demonios, para que el bondadoso Apóstol de Palestina rezara por ellos.


Sin embargo, viendo esto, los sacerdotes paganos comenzaron a murmurar ante el alarmante temor de que los adoradores de ídolos les dieran la espalda a sus dioses ancestrales, lo cual significaría que no necesitarían más de sus sacerdotes.


Finalmente los atribulados sacerdotes se las arreglaron para convencer a las autoridades civiles de que los tres misioneros debían ser arrestados. Cuando el gobernador romano de la Provincia ordenó que fueran cacheados cuidadosamente para ver si escondían pociones mágicas en sus ropas, la casta y modesta Mariana se rebeló completamente. Espontáneamente se encendió en llamas y, aunque ella misma no se incendió, algunos de los que habían comenzado a tocarla se quemaron al punto de quedar irreconocibles. 


Viendo todo esto, los sacerdotes paganos pidieron que los cristianos fuesen asesinados. Colgados en cruces, los dos hombres empezaron a morir lentamente cuando un terrible terremoto remeció las tierras de Frigia, muriendo en un instante sus jueces y el Gobernador romano. Este milagro produjo un pánico total entre los soldados y sacerdotes restantes, que inmediatamente bajaron a los santos de sus cruces. Aunque para ese momento el valiente Felipe ya había fallecido y ahora porta en el Cielo la Corona del Martirio, San Bartolomé fue salvado en el último momento.


Ciertamente que aún tenía muchos años por vivir. Después de dejar Frigia con Mariana (que murió apaciblemente no mucho tiempo después, en Licaonia), haría muchos más milagros atrayendo a muchos hacia Cristo en la lejana India para luego trasladarse a Armenia, en donde continuaría realizando la obra del Señor. 


En el pueblo de Derbend (en la Gran Armenia, actualmente perteneciente a Rusia) Bartolomé expulsaría al demonio de la locura de la hija del Emperador Polimio, para ser traicionado luego por Astiages, el celoso hermano del monarca. Al final este gobernador tirano daría la orden de crucificar al misionero de Palestina. Antes de que finalizara el sufrimiento de Bartolomé, le arrancaron la piel a tiras y luego lo decapitaron.


Así terminó el último capítulo, y la saga del Gran Apóstol llegó a su fin. Murió alrededor del año 85 según los historiadores de la Iglesia, pero sus milagros aún no habían llegado a su fin. Enterrado por los cristianos del lugar dentro de un ataúd de plomo, fue finalmente arrojado al océano durante una batalla en el lugar. Pero el ataúd flotó y milagrosamente realizó todo el trayecto hasta la isla de Lípari, cuyo obispo, Agatón, recibió una revelación en un sueño sobre este acontecimiento, por lo que se dirigió rápidamente a la playa para recoger el ataúd que contenía al Gran Apóstol. Luego de dar gracias al Dios Todopoderoso, hizo los arreglos para que sus restos fueran enterrados en el jardín de su propia iglesia.


Posteriormente el santo se apareció como una figura muy pálida al Venerable José en una Iglesia; este había estado pidiendo la ayuda de Dios en su oración para componer una serie de himnos o cánones. Sonriendo apaciblemente, el Gran Apóstol le dijo al compositor: “Deja que las aguas de sabiduría del cielo fluyan desde tu lengua”. Eso era todo lo que Juan necesitaba oír, pues, al parecer, después de ello se dirigió a trabajar y terminó componiendo más de 300 majestuosos cánones.


Cálido y afectuoso predicador, bendecido por un gran entusiasmo por la vida, el Gran Apóstol Bartolomé tuvo un gran gozo en viajar a todo lugar en el mundo conocido y en aprender lo más que podía acerca de las diferentes culturas en las cuales se encontraba, haciendo lo mejor que podía para enseñar la Buena Nueva de Jesucristo. 


Fiel siervo de Dios y Mártir, cuya vida terminó mientras adoraba a Dios y perdonaba a sus verdugos, él ilumina maravillosamente la admonición sagrada que nos dice que en todo momento debemos poner nuestra confianza en Dios.


Confiando hasta el final, este gran Apóstol y venerable Mártir sigue inspirando a los cristianos dondequiera que se encuentren uno o más reunidos ante el Santo Nombre.


SAN BERNABÉ


San Bernabé, uno de los Setenta, era de Chipre, de la tribu de Leví, y condiscípulo junto a Pablo de Gamaliel. Se llamaba José, pero se le cambió el nombre a Bernabé, que significa «Hijo de la consolación», quizás para distinguirlo del José llamado Barsabá, de sobrenombre Justo (Hechos 1,23).


A pesar de que no fue uno de los doce elegidos por Nuestro Señor Jesucristo, es considerado Apóstol por los primeros padres de la Iglesia y aun por san Lucas, a causa de la misión especial que le confió el Espíritu Santo y la parte tan activa que le correspondió en la tarea apostólica.


Bernabé era un judío de la tribu de Leví, pero había nacido en Chipre; su nombre original era el de José, pero los Apóstoles lo cambiaron por el de Bernabé, apelativo éste que, según San Lucas, significa «hombre de  exhortación» (o también "de  consolación", aunque se trata de una «etimología popular», no exacta lingüísticamente). La primera vez que se le menciona en las Sagradas Escrituras es en los Hechos de los Apóstoles cap. 4, donde se asienta que los primeros convertidos vivían en comunidad en Jerusalén, y que todos los que eran propietarios de tierras o casas las vendían y entregaban el producto de las ventas a los Apóstoles para su distribución. En esa ocasión se menciona la venta de las propiedades de Bernabé.


Cuando san Pablo regresó a Jerusalén, tres años después de su conversión, los fieles sospechaban de él y le evitaban; fue entonces cuando Bernabé «le tomó por la mano» (Hech 9,27) y abogó por él ante los demás Apóstoles. Algún tiempo después, varios discípulos habían predicado con éxito el Evangelio en Antioquía, y se pensó que era conveniente enviar a alguno de los miembros de la Iglesia de Jerusalén para instruir y guiar a los neófitos. El elegido fue san Bernabé, «un buen hombre, lleno de fe y del Espíritu Santo» (Hech 11,24). A su llegada, se regocijó en extremo al comprobar los progresos del Evangelio y, con sus prédicas, hizo considerables adiciones al número de convertidos. Cuando tuvo necesidad de un auxiliar diestro y leal, se fue a Tarso donde obtuvo la cooperación de san Pablo, quien le acompañó de regreso a Antioquía y pasó ahí un año entero. Los dos predicadores obtuvieron un éxito extraordinario; Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización y fue ahí donde, por primera vez, se dio el nombre de Cristianos a los fieles seguidores de la doctrina de Cristo (Hech 11,26).


Un poco más tarde, la floreciente iglesia de Antioquía recolectó fondos para la ayuda a los hermanos pobres de Judea, durante una época de hambre. Aquel dinero fue enviado a los jefes de la iglesia de Jerusalén por conducto de Pablo y Bernabé, quienes cumplieron con su cometido y regresaron a Antioquia acompañados por Juan Marcos. Por aquel entonces, la ciudad estaba bien provista de sabios maestros y profetas, entre los que descollaban Simón, llamado el Negro, Lucio de Cirene y Manahen, el hermano de leche de Herodes. Cierta vez (Hechos 13) en que estos maestros y profetas estaban adorando a Dios, el Espíritu Santo habló por boca de algunos de los profetas: «Separad a Pablo y Bernabé, dijo, para una tarea que les tengo asignada». De acuerdo con esas instrucciones y, tras un período de ayuno y oración, Pablo y Bernabé recibieron su misión por la imposición de manos y partieron a cumplirla, acompañados por Juan Marcos. Primero se trasladaron a Seleucia y después a Salamina, en Chipre. Luego de predicar la doctrina de Cristo en las sinagogas, viajaron hacia la localidad de Pafos, en Chipre, donde convirtieron al procónsul romano Sergio Paulo, de quien Saulo tomó el nombre para ir a predicar con un apelativo latino entre los gentiles. De nuevo se embarcaron en Pafos para navegar hasta Perga en Panfilia, donde Juan Marcos los abandonó para regresar solo a Jerusalén. Pablo y Bernabé prosiguieron la marcha hacia el norte, hasta Antioquía de Pisidia; ahí se dirigieron principalmente a los judíos, pero al encontrarse con una abierta hostilidad por su parte, declararon que, de ahí en adelante, predicarían el Evangelio a los gentiles.


En Iconium, la capital de Licaonia, estuvieron (ver Hechos 14) a punto de morir apedreados por la multitud, azuzada contra ellos por los regidores de la ciudad. Al refugiarse en Listra, San Pablo curó milagrosamente a un paralítico y, en consecuencia, los habitantes paganos proclamaron que los dioses los habían visitado. Todos aclamarón a san Pablo como a Hermes o Mercurio, porque era el que hablaba y, a san Bernabé, tal vez por su aspecto noble y majestuoso, lo tomaron por Zeus o Júpiter, padre de todos los dioses. A duras penas consiguieron los dos santos evitar que la población ofreciese sacrificios en su honor y, entonces, con la proverbial veleidad de la multitudes, los ciudadanos de Listra pasaron al otro extremo y comenzaron a lanzar piedras contra san Pablo, al que dejaron maltrecho. Tras una breve estancia en Derbe, donde convirtieron a muchos, los dos Apóstoles retrocedieron para pasar por todas las ciudades que habían visitado previamente, a fin de confirmar a los convertidos y ordenar presbíteros. Después de completar así su primera jornada de misiones, regresaron a Antioquía de Siria, muy satisfechos con los resultados de sus esfuerzos.


Poco después, surgió una disputa en la Iglesia de Antioquía, en relación con el cumplimiento de los ritos judíos: algunos de los judíos cristianos, contrarios a las opiniones de Pablo y Bernabé, sostenían que los paganos que entrasen a la Iglesia no sólo deberían ser bautizados, sino también circuncidados. Como consecuencia de aquella desavenencia, se convocó al Concilio de Jerusalén y, ante la asamblea, san Pablo y san Bernabé hicieron un relato detallado sobre sus labores entre los gentiles y obtuvieron la aprobación de su misión, el Concilio declaró terminantemente que los gentiles convertidos estaban exentos del deber de la circuncisión. Sin embargo, persistió la división entre judíos y gentiles convertidos, hasta el grado de que san Pedro, durante una visita a Antioquía, se abstuvo de comer con los gentiles, por deferencia a la susceptibilidad de los judíos, ejemplo que imitó san Bernabé. San Pablo reconvino a uno y a otro y expuso claramente sus postulados sobre la universalidad de la doctrina cristiana. No tardó en surgir otra diferencia entre él y san Bernabé, en vísperas de su partida a un recorrido por las iglesias que habían fundado, porque quería llevar consigo a Juan Marcos y san Pablo se negaba, en vista de que el joven había desertado ya una vez. La discusión entre los dos Apóstoles llegó a tal punto, que ambos decidieron separarse: san Pablo emprendió su proyectada gira en compañía de Silas, mientras que san Bernabé partió hacia Chipre con Juan Marcos.


De ahí en adelante, los Hechos no vuelven a mencionarlo. Parece evidente, por las alusiones que se hacen a Bernabé en la Epístola I a los Corintios (9,5 y 6), que aún vivía y trabajaba en los años 56 ó 57 P.C.; pero la posterior invitación de san Pablo a Juan Marcos para que se uniese a él, cuando estaba preso en Roma, hace pensar en que, alrededor del año 60 ó 61, san Bernabé ya había muerto. Se dice que fue apedreado hasta morir, en Salamina. Otra tradición nos lo presenta como predicador en Alejandría y en Roma y además como el primer obispo de Milán. Tertuliano afirma que fue él quien escribió la Epístola a los Hebreos, mientras que otros escritores creen que fue él quien escribió en Alejandría la obra conocida como Epístola de Bernabé, que sin embargo es apócrifa. En realidad, no se sabe sobre él nada más que lo que dice el Nuevo Testamento.


Durante el reinado de Zenón, en el año 478, las sagradas reliquias de San Bernabé fueron encontradas con el Evangelio de Mateo en el pecho traducido al griego por el mismo Bernabé. Este Evangelio fue llevado a Zenón. A causa de esto la Iglesia de Chipre recibió el derecho a la autonomía, y a su Arzobispo se le concedió el privilegio, como al Emperador, de firmar sus decretos y sus encíclicas en bermellón.


LECTURAS


Hch 11,19-30: En aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor. Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos. En aquellos días, bajaron a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, de nombre Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y predijo que iba a haber una gran hambre en todo el mundo, lo que en efecto sucedió en tiempo de Claudio. Los discípulos determinaron enviar una ayuda, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea; así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros por medio de Bernabé y de Saulo.


Lc 10,16-21: Dijo el Señor a sus discípulos: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado». Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien».



Fuente: goarch.org / eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Jueves de la II Semana de Mateo


Rom 5,10-16: Hermanos, si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida! Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación. Por tanto, lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos. Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia.


Mt 8,23-27: En aquel tiempo, subió Jesús a la barca, y sus discípulos lo siguieron. En esto se produjo una tempestad tan fuerte, que la barca desaparecía entre las olas; él dormía. Se acercaron y lo despertaron gritándole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!». Él les dice: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?». Se puso en pie, increpó a los vientos y al mar y vino una gran calma. Los hombres se decían asombrados: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar lo obedecen?».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española