22/10 - Sinaxis del Icono de la Santísima Madre de Dios de Kazán


Aunque se desconoce el origen preciso del sagrado icono, conocido en Rusia como Kazanskaya, se sabe de él desde el 8 de julio de 1579 cuando fue milagrosamente hallado por una niña de 9 años de edad, de nombre Matrona, quien recibió de la Virgen la revelación en sueños de su ubicación entre las cenizas de un incendio donde Matrona lo encontró envuelto en un lienzo y lo llevó a un monasterio al que ella ingresó más tarde como monja.


Del monasterio, el sagrado icono fue trasladado a la iglesia de San Nicolás y posteriormente a la catedral de la Anunciación, donde devolvía la vista a los ciegos que acudían a pedirle tal milagro.


Otros milagros atribuidos a la intercesión de la Virgen son las victorias del pueblo ruso sobre las invasiones de Polonia en 1612, de Suecia en 1709 y la napoleónica de 1812.


El sagrado icono de Kazanskaya presenta a la Virgen María de los hombros hasta su cabeza cubierta por un maphorion oscuro con las tradicionales tres estrellas en memoria de su virginidad perpetua, de las que sólo son visibles dos de ellas porque la tercera la oculta el Niño Jesús, de unos siete años de edad, que aparece desde un poco debajo de su cintura, ataviado con túnica y lienzo, con rostro de adulto para mostrar su sabiduría, y con su mano derecha mostrando tres dedos erguidos expresando el misterio trinitario de Dios y sus dedos anular y meñique flexionados en mención de sus dos naturalezas: divina y humana. Tanto la Virgen María como su divino hijo dirigen sus miradas hacia el espectador del icono.


El icono de Nuestra Señora de Kazán llegó hasta la ciudad del Vaticano porque fue sustraído de la catedral de Kazán en San Petersburgo, Rusia, iglesia que fue edificada en solamente diez años, entre 1801 y 1811, precisamente para acoger el sagrado icono de la Virgen Madre de Dios por iniciativa del Zar Pablo I.


La Revolución Rusa de 1917, en su intento por acabar con el cristianismo, hizo que se cerrara la catedral y en 1932 la convirtió en el Museo de la Historia de la religión y el ateísmo hasta que en 1992 se consagró nuevamente como catedral y en 1996 volvió a la jurisdicción de la iglesia rusa. Durante el tiempo en el que estuvo cerrada la catedral, en 1918 el icono fue sustraído y no se supo de él hasta que tras la primera guerra mundial se localizó en Polonia, en una subasta en la que lo adquirió un inglés acaudalado tras cuya muerte nuevamente fue subastado públicamente y adquirido en 1970 por Blue Army of Our Lady para llevarlo al santuario de Nuestra Señora de Fátima, en Portugal, con la idea de devolverlo a Rusia tras su conversión anunciada y querida por la Virgen María desde sus apariciones de 1917. Allí se edificó una capilla detrás de santuario de Fátima para recibir el icono, de donde fue trasladado al Vaticano en 1993.


Fue en este contexto en el que, ocho años más tarde, San Juan Pablo II devolvió el icono de la Virgen de Kazán a la iglesia de Rusia.


El 25 de agosto de 2004, en la basílica de San Pedro del Vaticano se colocó el icono de la Virgen de Kazán para que pudiera contemplarse y ser venerado por los fieles antes de que fuese llevado a Rusia por una delegación presidida por el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos bajo el pontificado de San Juan Pablo II, en un generoso acto de la Iglesia Católica al devolverlo a la iglesia rusa, su propietaria original.


Tras haber recibido el icono de Nuestra Señora de Kazán, por parte del papa de Roma San Juan Pablo II, el Patriarca ruso Alejo II le dirigió una carta fechada el 31 de agosto de 2004 en la que expresa: “Deseo darle las gracias, Santidad, desde lo más profundo de mi corazón, por este don y expresarle la esperanza de que la santísima Theotokos, que ‘cura con generosidad y solicitud las enfermedades y las divisiones’ (Akathistos al icono de la Madre de Dios de Kazán) derrame su gracia y su misericordia sobre los fieles de nuestras dos Iglesias. Con amor en el Señor, Alejo II”.



Fuente: verycreer.com

Adaptación propia

22/10 - Los Siete Santos Jóvenes Martirizados de Éfeso


Los siete santos jóvenes de Éfeso: Maximiliano, Jamblico, Martiniano, Juan, Dionisio, Exacustodiano (Constantino) y Antonino, vivieron en el siglo III. San Maximiliano era el hijo del administrador de la ciudad de Éfeso, y los otros seis jóvenes eran hijos de ciudadanos ilustres de Éfeso. Los jóvenes eran amigos desde la infancia, y todos realizaron juntos su servicio militar.


Cuando el emperador Decio (249-251) llegó a Éfeso, ordenó a todos los ciudadanos ofrecer sacrificios a los dioses paganos. La tortura y la muerte esperaba a cualquiera que desobedeciera. Los siete jóvenes fueron denunciados por informadores, y fueron convocados para responder a los cargos. Cuando comparecieron ante el emperador, los jóvenes confesaron su fe en Cristo.


Así, fueron desprovistos de sus galones militares y de sus insignias. Decio les permitió salir en libertad, esperando, sin embargo, que cambiaran sus mentes mientras estaban en campaña militar. Los jóvenes huyeron de la ciudad y se ocultaron en una cueva del Monte Oclón, donde pasaron su tiempo en oración, preparándose para el martirio.


El más joven de ellos, San Jamblico, se vistió como un mendigo y fue a la ciudad a comprar pan. En una de sus incursiones a la ciudad, escuchó que el emperador había vuelto y que los buscaban. San Maximiliano instó a sus compañeros a salir de la cueva y presentarse para el juicio.


Sabiendo dónde estaban escondidos los jóvenes, el emperador ordenó que la entrada de la cueva fuera sellada con piedras para que los santos perecieran de hambre y de sed. Dos de los dignatarios que bloquearon la entrara eran cristianos en secreto. Deseando preservar la memoria de los santos, pusieron en la cueva un recipiente sellado que contenía dos placas de metal. En ellas escribieron los nombres de los siete jóvenes y los detalles de su sufrimiento y muerte.


El Señor dispuso a los jóvenes en un sueño milagroso que duró casi dos siglos. Mientras tanto, las persecuciones contra los cristianos cesaron. Durante el reinado del emperador Teodosio el Joven (408-450) había herejes que negaban que habrá una resurrección general de los muertos en la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. Algunos de ellos decían: “¿Cómo puede haber una resurrección de los muertos cuando no habrá ni alma ni cuerpo, ya que están desintegrados?”. Otros afirmaban: “Solo las almas tendrán una resurrección, ya que es imposible que los cuerpos se levanten y vivan tras los mil años, cuando incluso el polvo no permanece”. Por lo tanto, el Señor reveló el misterio de la Resurrección de entre los muertos y la vida futura por medio de sus siete santos.


El propietario de la tierra en la que estaba situado el monte Oclón, descubrió la construcción de piedra, y sus trabajadores abrieron la entrada a la cueva. El Señor guardó vivos a los jóvenes, y se despertaron de su sueño, sin darse cuenta de que habían pasado casi doscientos años. Sus cuerpos y sus vestiduras estaban completamente intactos.


Preparándose para aceptar la tortura, los jóvenes pidieron de nuevo a San Jamblico que comprara pan para ellos en la ciudad. Yendo hacia la ciudad, el joven se asombró de ver una cruz en las puertas. Escuchando el nombre de Jesucristo expresado libremente, empezó a dudar de que se hubiera acercado a su propia ciudad.


Cuando fue a pagar el pan, Jamblico dio al comerciante monedas con la imagen del emperador Decio en ellas. Fue detenido, acusado de estar ocultando grandes cantidades de dinero antiguo. Condujeron a San Jamblico al administrador de la ciudad, que también era el obispo de Éfeso. Al escuchar las desconcertantes respuestas del joven, el obispo entendió que Dios estaba revelando una especie de misterio por medio de él, y junto con otra gente fueron a la cueva.


Al entrar en la cueva, el obispo encontró el recipiente sellado y lo abrió. Leyó lo que estaba escrito en las placas metálicas, los nombres de los siete jóvenes y los detalles del sellado de la cueva por mandato del emperador Decio. Entrando en la cueva y viendo a los santos vivos, todos se regocijaron y se dieron cuenta de que el Señor, despertándolos de su largo sueño, estaba demostrando a la Iglesia el misterio de la Resurrección de entre los muertos.


De nuevo, el emperador mismo llegó a Éfeso y habló con los jóvenes en la cueva. Entonces, los santos jóvenes, a la vista de todos, pusieron de nuevo sus cabezas en el suelo y se quedaron nuevamente dormidos, esta vez esperando la Resurrección general.


El emperador quiso poner a cada uno de los jóvenes en un ataúd adornado con joyas, pero los jóvenes se les aparecieron en un sueño y le dijeron que sus cuerpos debían permanecer en el suelo de la cueva. En el siglo XII, el hegúmeno y peregrino ruso Daniel vio las santas reliquias de los siete jóvenes en la cueva.


Según el menologio griego de 1870 dice que primeramente durmieron el 4 de agosto y se despertaron el 22 de octubre.


Hay una oración de los Siete Jóvenes de Éfeso en el Gran Eucologio para aquellos que están enfermos y no pueden dormir. Los siete jóvenes también son mencionados en el oficio del día de la Indición, o día del año nuevo eclesiástico, el 1 de septiembre.



Fuente: cristoesortodoxo.com

22/10 - Abercio, Isapóstol y Taumaturgo de Hierápolis


En el siglo II vivía en la Frigia Salutaris Abercio Marcelo, que era obispo de Hierópolis. A los setenta y dos años de edad, hizo una peregrinación a Roma y, al regreso, pasó por Siria, por Mesopotamia y visitó Nísibis. En todas partes encontró cristianos fervorosos que habían sido purificados por el bautismo y se nutrían del Cuerpo y la Sangre de Cristo.


Cuando volvió a Frigia, se construyó un sepulcro en el que mandó colocar una inscripción en la que se relataba con términos simbólicos e ininteligibles para los no cristianos el viaje que había hecho a Roma para «contemplar la majestad» del Pastor universal y omnividente (es decir, de Cristo).


Un hagiógrafo griego, interpretando esa inscripción a su modo, escribió una biografía de san Abercio. Según esa narración, el santo obispo convirtió con su predicación y milagros a tantas personas, que se le dio el título de «isapóstol» (igual de los Apóstoles).


Los biógrafos nos presentan al Santo en el apogeo de su gloria, triunfando sobre la idolatría pagana. El escenario es su sede de Hierápolis. El momento histórico, la llegada del decreto imperial mandando ofrecer sacrificios a los dioses. El decreto viene firmado por Marco Antonio y Lucio Vero. El encargado de su ejecución es Publio, gobernador de Frigia.


Abercio no puede contenerse al ver la profanación y la apostasía de su pueblo. Los días y las noches los pasa en continua vigilia y oración. "Dios de las misericordias —dice entre gemidos—, criador y conservador providente del mundo, guarda a mis ovejas fieles a la voz del divino Pastor y líbralas de los peligros del lobo que amenaza devorarlas." Pasaron así muchos días. Mas he aquí que una noche vió en sueños un joven que, entregándole una vara, le decia: "Levántate, Abercio: ve y castiga en mi nombre las apostasías de este pueblo". El Santo despierta sobresaltado y, convencido de que Dios guiaría sus pasos, se lanza como el huracán hacia el foro, lleno de ira como Moisés al bajar del monte, y, arremetiendo contra los dioses, los destroza y desmenuza contra el suelo, Después, volviéndose contra los sacrílegos profanadores, que, mudos de pavor, contemplaban la escena, les dice con todo énfasis: "Id al Senado y decid a vuestros jefes que los dioses, borrachos de la orgia de esta noche, han entablado una batalla campal y se han deshecho unos a otros".


La reacción popular no se hizo esperar. Las gentes, azuzadas por los sacerdotes y ministros de los ídolos, deciden poner fuego a la casa de Abercio. Quieren que en ella perezca el obispo con sus fieles. El Senado les hace desistir, ante el temor de que el fuego se corra por toda la ciudad. Ponen el caso en manos del gobernador Publio, rogándole que dé al culpable su merecido.


Los cristianos corren a llevar la noticia a su obispo y le suplican que se ponga a salvo con la huida. El Santo responde decidido: "¿Cómo huir, cuando los apóstoles iban alegres al martirio por amor de su Señor?", y lleno del espíritu de Dios sale inmediatamente con los suyos, atraviesa la ciudad y comienza a predicar en medio del foro la doctrina de Cristo. Al punto llega la multitud enardecida, clamando furiosa contra Abercio y sus seguidores. Cuando ya se disponía a descargar su ira contra ellos se presentan inesperadamente tres jóvenes posesos, que, acometiendo furiosamente a dentalladas y golpes, alejan de allí la multitud y en seguida ellos, como corderillos, caen postrados a los pies del Santo. Abercio se pone en oración, golpea suavemente a los tres posesos y los libra del demonio. La multitud, al darse cuenta del milagro, se acerca al Santo pidiendo a gritos la iniciación y el bautismo, Allí mismo comienza Abercio su catequesis. Hasta el anochecer estuvo el Santo obispo instrayendo al pueblo sobre la necesidad de la penitencia y la misericordia de Dios. Cuando, terminado el día, el Santo se retira a su casa, la gente le iba acompañando insistiendo en su demanda. Allí continúan horas y horas en actitud suplicante, sin que por un momento se acallaran los gritos, hasta que, al fin, vencido Abercio al filo de la medianoche, salió fuera y, movido de divina inspiración, comenzó a administrar el santo bautismo. Rápidamente creció el número de los fieles. El catecumenado de Hierápolis se vió incrementado por gentes que venían de toda el Asia Menor. Frigia, Lidia, Caria iban suministrando grandes contingentes de neófitos. Abercio no se cansaba de catequizar y bautizar. La fama de su doctrina y la gloria de sus milagros corría de boca en boca.


Un día, mientras se ocupaba, como de costumbre, en instruir a los catecúmenos, se acercó al Santo una noble matrona. Se llamaba Frigela. Era madre de Eugeniano, privado del emperador. Venia conducida del brazo por su servidumbre, pues había perdido completamente la vista. Frigela, llena de fe y confianza, se echó a los pies del Santo y le suplicaba diciendo: "¡Oh tú, el más respetable de los mortales! Apiádate de mí y devuélveme la vista. Que pueda ver otra vez la luz radiante del sol, Tengo muchas riquezas, familia, bienes de fortuna, posesiones inmensas. Pero soy la más miserable del mundo. ¡Ojalá que sólo viera, aunque careciera de todo lo demás! Socórreme, por favor. Tengo un hijo que puede mucho ante el emperador. Pero, ¡ah!, no me es posible verle con estos ojos apagados tanto tiempo ha".


"Mujer—contestó el Santo—, yo no soy más que un gran pecador. Sólo Dios puede hacer lo que me pides." Pero, hecha una pausa, el Santo se pone en oración y, fijando luego su vista en la afligida matrona, le dice: "Si de verdad crees en el Señor, El te puede curar, como curó al ciego de nacimiento". Y ella: "Creo que Cristo es el verdadero Dios. En su nombre tócame los ojos y cúralos". Las lágrimas confirmaban la sinceridad de su fe.


El Santo entonces, movido por Dios, dijo:


"Ven, luz verdadera Jesucristo, y abre esos ojos a la luz. Si de verdad cree en Cristo, que recobre al punto su vista y que esta vista corporal sea prueba de la interior iluminación." Al instante la ciega vió. La multitud quedó estupefacta ante el milagro. Todos dieron gracias a Dios. Se ausento Frigela, profundamente reconocida al Santo. Luego Abercio, como la cosa más natural, continuó su catequesis.


La curación de Frigela tuvo gran resonancia. Por Eugeniano, su hijo, llegó la noticia a oídos de la familia imperial. El hijo, gozoso, voló a abrazar a su madre y a agradecer al Santo la curación. La fama de Abercio crecía como la espuma. De todas partes acudían los enfermos y lisiados, en demanda de salud. Los milagros se multiplicaban a la voz del santo obispo. Pero en lo que más se puso de relieve su poder fue en echar los demonios de los cuerpos.


Una vez, despechado el maligno contra el siervo de Dios, le dijo amenazador: "Ya me lo pagarás, Abercio. Quieras que no, te voy a hacer ir a Roma mal que te pese". Aquella misma noche el Señor consoló al Santo y confirmó su misión: "Sí, irás a Roma—le dijo—, yo te ayudaré. Allí tu presencia contribuirá a difundir mi nombre y mi doctrina". El Santo se tranquilizó y contestó sumiso: "Hágase, Señor, tu voluntad".


Así fue, en efecto. La hija del emperador, llamada Lucila, cayó en posesión diabólica. Daba pena ver a aquella muchacha, joven de dieciséis años, que antes eclipsaba con su hermosura a todas las de su edad, lanzarse ahora por el suelo y gritar con rabia, mientras se desgarraba a mordiscos manos y piernas y se retorcía en contorsiones dantescas. Faustina, su madre, y el emperador lloraban inconsolables su desgracia. En vano imploraron la ayuda de los sacerdotes y arúspices de todas las religiones de Italia. El demonio cada día iba haciendo mayores estragos en su hija.


Afortunadamente el emperador supo por Eugeniano el poder taumatúrgico del obispo de Hierápolis. Le hace venir a Roma. El camino fue una siembra de prodigios. La emperatriz Faustina le recibe complacida. Su marido había tenido que ausentarse rápidamente de Roma para contener el avance de los bárbaros, que acababan de pasar las fronteras del Imperio. Faustina, al verle, quedó prendada del hombre de Dios y, llena de confianza, le rogó con lágrimas en los ojos que librara a su hija del demonio.


Abercio pidió que le presentaran la muchacha. Ella, al encontrarse en presencia del Santo, contra su costumbre, comenzó a dar muestras de jubilosa alegría. Por su boca habló el demonio diciendo, triunfador, al Santo: "¿Ves, Abercio? ¿Ves cómo has venido? He salido con la mía". El Santo contestó sereno: "Sí, es verdad, he venido; mas para tu ruina, porque Dios está conmigo".


Después ordenó que llevaran a Lucila al hipódromo. Dios inspiró a su siervo dar gran publicidad al milagro, y para eso el hipódromo era un escenario muy a propósito. La multitud acudió allí de todas partes. El demonio, presagiando su derrota, extremó su tortura en los últimos momentos. Daba lástima ver a la hija del emperador en aquel estado de furiosa posesión diabólica. Pero pronto se acabará el poder del maligno.


El Santo, puesto en oración, intimó al demonio y le dijo: "Sal de esta joven. Yo te lo mando en el nombre de Cristo". A esta voz la joven cayó como muerta a los pies del Santo. Su madre y la multitud que la acompañaba prorrumpió en un clamoroso llanto. Abercio calmó a la multitud y, dirigiéndose de nuevo al demonio, le dijo "Pues que tú te empeñaste en traerme a Roma contra mi voluntad, ahora, en nombre de Jesucristo, yo te mando que cargues esta ara y la lleves a cuestas hasta Hierápolis y la coloques allí junto a la puerta austral'. El demonio, obediente como un corderillo, cargó con la piedra y fue a dejarla donde el Santo le mandó. Mientras tanto la joven Lucila, vuelta en sí, se arrodilló con su madre a los pies de Abercio, en actitud de profundo agradecimiento.


Se sabe que, en recompensa al Santo, la emperatriz mandó embellecer la ciudad de Hierápolis dotándola de baños públicos y lugares de culto para los cristianos.


En cuanto a Abercio es notorio que, a su vuelta, fue recibido por su pueblo con grandes manifestaciones de entusiasmo y que conservó siempre vivo e imperecedero recuerdo de su viaje a Roma y de las cristiandades por él visitadas. Él mismo se preparó el sepulcro y personalmente redactó su epitafio fúnebre.


Después de muchas fatigas y aflicciones, Abercio reposó en paz hacia el año 167 (o, según algunos, en 186).


Éste es el texto del epitafio, y no es menor memoria del santo leerlo precisamente en su día. Téngase presente que dos símbolos cristianos que ahora son importantes pero accesorios al símbolo central de la cruz, eran, sin embargo, dos elementos muchísimo más difundidos en los primeros siglos: la imagen de Jesús como Buen Pastor, y la palabra «pez» para referirse a Cristo o a nuestra fe, que en griego es un anagrama del anuncio cristiano; efectivamente en griego pez, ichthys, contiene el anagrama de Iesoús CHristós THeoú Yiós Soter (Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador):


Yo, ciudadano de una ciudad distinguida, hice este monumento

en vida, para tener aquí a tiempo un lugar para mi cuerpo.

Me llamo Abercio, soy discípulo del pastor casto

que apacienta sus rebaños de ovejas por montes y campos,

que tiene los ojos grandes que miran a todas partes.

Este es, pues, el que me enseñó... escrituras fieles.

El que me envió a Roma a contemplar la majestad soberana

y a ver a una reina de áurea veste y sandalias de oro.

Allí vi a un pueblo que tenía un sello resplandeciente.

Y vi la llanura de Siria y todas las ciudades, y Nísibe

después de atravesar el Eufrates; en todas partes hallé colegas,

teniendo por compañero a Pablo, en todas partes me guiaba la fe

y en todas partes me servía en comida el pez del manantial,

muy grande, puro, que cogía una virgen casta

y lo daba siempre a comer a los amigos,

teniendo un vino delicioso y dando mezcla de vino y agua con pan.

Yo, Abercio, estando presente, dicté estas cosas para que aquí se escribiesen,

a los setenta y dos años de edad.

Quien entienda estas cosas y sienta de la misma manera, ruegue por Abercio.

Nadie ponga otro túmulo sobre el mío.

De lo contrario pagará dos mil monedas de oro al tesoro romano

y mil a mi querida patria Hierápolis.


LECTURAS


Heb 7,26-28;8,1-2: Hermanos, tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre. Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos, y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre.



Fuente: goarch.org / eltestigofiel.org / mercaba.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Jueves de la V Semana de Lucas


Lc 9,49-56: En aquel tiempo, uno de los discípulos de Jesús tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros». Jesús le respondió: «No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro». Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Jueves de la XXI Semana


Col 1,24-29;2,1: Hermanos, ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado servidor, conforme al encargo que me ha sido encomendado en orden a vosotros: llevar a plenitud la palabra de Dios, el misterio escondido desde siglos y generaciones y revelado ahora a sus santos, a quienes Dios ha querido dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí. Quiero que sepáis el duro combate que sostengo por vosotros.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española