09/03 - Los Santos Cuarenta Mártires de Sebaste


El emperador Licinio, que durante algún tiempo había tolerado a los cristianos, cambió de política después de su rompimiento con su cuñado Constantino y empezó a perseguir a la Iglesia. En Capadocia se publicó un decreto que condenaba a muerte a todos los cristianos que no abandonasen su religión. Cuando el gobernador de Capadocia y de Armenia Menor hizo leer el decreto al ejército, cuarenta soldados de diferentes nacionalidades, estacionados en Sebaste (actualmente Silvas, en Turquía), se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos. Según parece, los cuarenta pertenecían a la famosa «Legión del Trueno». Llevados ante el juez de Sebaste, declararon que eran cristianos y que todos los tormentos del mundo no conseguirían apartarles de su religión. El gobernador intentó al principio hacerles entrar en razón, hablándoles del peligro a que se exponían si se negaban a obedecer al decreto del emperador y prometiéndoles un glorioso porvenir, si cedían. Como los mártires permaneciesen inconmovibles, el juez mandó que les dieran tortura y les arrojaran después a un calabozo. Ahí entonaron todos al unísono el salmo 91(90): «El que habita al amparo del Altísimo, que vive a la sombra del Omnipotente, dice al Señor: "Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti."» (vv 1-2) La respuesta divina no se hizo esperar, pues el mismo Cristo se les apareció y les alentó a perseverar en la fe.


El gobernador, furioso ante la obstinación de los mártires, les sometió a un suplicio que él mismo había inventado. Como se sabe, en Armenia hace mucho frío, sobre todo durante el mes de marzo, época de los vientos del norte. Junto a las murallas de la ciudad había un lago helado. El gobernador Agricolao mandó que llevasen allí a los mártires, desnudos y que preparasen junto al lago un baño tibio para los que cedieran. Sin esperar a que les despojaran de sus ropas, los mártires se desnudaron espontáneamente, animándose unos a otros con la idea de que una mala noche les iba a merecer la felicidad eterna. Al mismo tiempo repitieron juntos la siguiente oración: «Señor, Tú ves que somos cuarenta los que vamos al martirio; haz que los cuarenta obtengamos la corona y que ninguno de nosotros rompa este número sagrado». Los guardias les repetían constantemente que, si estaban dispuestos a sacrificar a los dioses, serían inmediatamente conducidos al baño tibio junto al fuego. Pero todo fue en vano. San Gregorio de Nisa asegura que los mártires agonizaron durante tres días y tres noches.


Sólo uno de los cuarenta renegó de la fe; pero la reacción que le produjo el agua caliente después del intenso frío le costó la vida y de esta suerte, perdió el bien que había tratado de salvar y la corona a la que había renunciado. Su defección afligió mucho a los otros, pero el cielo les consoló reemplazando milagrosamente al apóstata: en efecto, uno de los guardias, que estaba de descanso, se quedó dormido junto al fuego y tuvo un sueño muy extraño. Le pareció que estaba junto al lago, cuando súbitamente el cielo se pobló de ángeles, los cuales descendieron sobre los mártires, les vistieron de túnicas blancas y les coronaron. El soldado descubrió que sólo había treinta y nueve coronas. Aquel sueño y la deserción del apóstata le convirtieron instantáneamente. Por inspiración divina, se desvistió y fue a reunirse con los mártires, proclamándose cristiano en voz alta. Su martirio fue lo que se llama «bautismo de sangre», y con él ganó la corona destinada al desertor. Dios había escuchado la oración de los soldados y había respondido a ella de esa manera inesperada.


A la mañana siguiente, casi todas las víctimas habían muerto. Entre los pocos que quedaban con vida se hallaba el más joven de todos, llamado Melitón. Agricolao mandó a los soldados que quebrasen las piernas a los supervivientes y les arrojasen a un horno ardiente. Los mártires cantaron con voz apagada: «Nuestra alma ha escapado del lazo del cazador» (Sal 124). Los verdugos dejaron a Melitón para el fin, pues tenían compasión de su juventud y esperaban que renegaría al verse solo; pero su madre, que era una viuda pobre, reprochó a los verdugos su falsa compasión. Cuando se acercó a su hijo, éste la miró tristemente y trató de sonreírle, pero apenas consiguió mover ligeramente la mano para mostrarle que la reconocía. Fortalecida por el Espíritu Santo, la madre le animó a perseverar hasta el fin y ella misma le colocó sobre el carro destinado a las víctimas.


Los cuerpos de los mártires fueron quemados y sus cenizas arrojadas al río; pero los cristianos lograron rescatar furtivamente algunas reliquias, o pagaron por ellas a los soldados. Una parte de esas reliquias quedó en Cesarea. San Basilio decía, refiriéndose a ellas: «Son como las murallas que nos defienden del enemigo». Y añadía que todos los cristianos imploraban el auxilio de los mártires, quienes levantaban a los caídos, fortalecían a los débiles y aumentaban el fervor de los santos.


San Basilio el viejo y santa Emelia, los padres de los santos Basilio Magno, Gregorio de Nisa, Pedro de Sebaste y Macrina, obtuvieron una parte de las reliquias y santa Emelia regaló algunas a la iglesia que construyó en las cercanías de Anesis. El entusiasmo con que el pueblo las recibió fue extraordinario y san Gregorio cuenta que obraron muchos milagros. El mismo santo añade: «Yo sepulté a mis padres cerca de las reliquias de los mártires, a fin de que resuciten el día del juicio con aquellos que les alentaron en la fe, pues estoy convencido de que Dios les ha concedido un gran poder del que he visto pruebas indudables y oído testimonios contundentes». San Gaudencio, obispo de Brescia, escribe en uno de sus sermones sobre los mártires: «Dios me concedió una parte de sus sagradas reliquias y me permitió construir una iglesia en su honor». El mismo santo añade que las dos sobrinas de san Basilio le habían regalado las reliquias, a su paso por Cesarea camino de Jerusalén, y que a ella se las había regalado su tío. Procopio y Sozomeno cuentan que otra parte de las reliquias se hallaba en Constantinopla.


Tal vez el hecho más notable relacionado con la memoria de esos campeones de la fe es el de la preservación del documento conocido con el nombre de «Testamento de los cuarenta santos mártires de Cristo». El texto griego fue publicado hace más de dos siglos, pero hasta muy recientemente no se reconoció su autenticidad. Se trata de una reliquia única y perfectamente genuina de la época de las persecuciones. Aunque resulta imposible citar todo el documento, no estará de más dar aquí el resumen hecho por el P. H. Delehaye:


Melecio, Aedo y Eutiquio, «prisioneros de Cristo», saludan a los obispos, presbíteros, diáconos, confesores y clérigos de todo el mundo cristiano y les participan su última voluntad sobre sus restos mortales, después de su martirio. Desean que todas las reliquias sean entregadas al sacerdote Proido y algunos otros para que las depositen juntas en Sareim, cerca de Zela. Este exordio se debe a la pluma de Melecio, quien escribe en nombre de todos.


En seguida Aedo y Eutiquio, hablando por sus compañeros, ruegan a las familias de los mártires que no lamenten demasiado su muerte y que cumplan fielmente sus disposiciones acerca de las reliquias. Que nadie guarde un solo fragmento de los restos de los mártires, sino que los entreguen todos a las personas designadas. Los mártires esperan que aquellos que desobedezcan no obtendrán ningún favor del cielo por su intercesión.


Después, los mártires manifiestan su preocupación por uno de ellos, llamado Eunoico, a quien los perseguidores excluirían tal vez del martirio, por ser muy joven. Si Eunoico muere con ellos, que sea sepultado con ellos. Si los perseguidores le perdonan, que permanezca fiel a la ley de Cristo para que el día de la resurrección participe de la gloria de aquellos, cuyas penas compartió.

Aquí, según parece, Melecio toma de nuevo la pluma. Dirigiéndose a sus hermanos, Crispino y Gordión, los exhorta a guardarse de los placeres del mundo y a ser perfectamente fieles a los preceptos del Señor. También manifiesta su deseo de que todos los fieles tomen esas exhortaciones como si les fueran dirigidas personalmente.


En seguida viene una lista de saludos: 


«Saludamos al sacerdote Felipe, a Procliano y Diógenes y a toda la iglesia. Saludamos a Procliano de Pídela, a toda su iglesia y a todos los suyos. Saludamos a Máximo y su iglesia, a Magno y su iglesia, a Domno y su iglesia, a Iles nuestro padre, y a Valente y su iglesia». Nuevamente interviene Melecio: «Y yo, Melecio, saludo a mis parientes Lutanio, Crispino y Gordión, etc.» Siguen otros saludos, generales y particulares. El documento termina así: «Nosotros, los cuarenta prisioneros de Cristo, firmamos por mano de Melecio, quien forma parte del grupo. Después de escrito, confirmamos todos el documento y mostramos nuestro acuerdo».


Según la tradición, estos son los nombres de los Mártires: Acacio, Ecio, Aglayo, Alejandro, Angeas, Atanasio, Cándido, Cudión, Claudio, Cirilo, Cirión, Domiciano, Domno, Eccidio, Elías, Eunoico, Eutiques, Eutiquio, Flavio, Gayo, Gorgonio, Heliano, Heraclio, Hesiquio, Juan, Lisímaco, Melitón, Nicolás, Filoctemón, Prisco, Sacerdón, Severiano, Sisinio, Esmeraldo, Teódulo, Teófilo, Valente, Valerio, Viviano y Jantias.


LECTURAS


En Maitines


Lc 21,12-19: Dijo el Señor a sus discípulos: «Sabed que os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».


En la Liturgia


Heb 12,1-10: Hermanos, teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado, y habéis olvidado la exhortación paternal que os dieron: Hijo mío, no rechaces la corrección del Señor, ni te desanimes por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Soportáis la prueba para vuestra corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos? Si os eximen de la corrección, que es patrimonio de todos, es que sois bastardos y no hijos. Ciertamente tuvimos por educadores a nuestros padres carnales y los respetábamos; ¿con cuánta más razón nos sujetaremos al Padre de nuestro espíritu, y así viviremos? Porque aquellos nos educaban para breve tiempo, según sus luces; Dios, en cambio, para nuestro bien, para que participemos de su santidad.


Mt 20,1-16: Dijo el Señor esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propias

Lunes de la III Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 8,13-9,6: «Al Señor del universo llamaréis santo. Sea él el objeto de vuestro temor y de vuestro terror. Porque él será un santuario, pero también peña de tropiezo y piedra de escándalo para las dos casas de Israel, trampa y lazo para los habitantes de Jerusalén. Muchos de ellos tropezarán, caerán, se harán pedazos, quedarán enredados, serán capturados». «Guarda este testimonio, sella esta enseñanza para mis discípulos». Yo confío en el Señor, que oculta su rostro de la casa de Jacob, en él he puesto mi esperanza. Yo y los hijos que el Señor me ha dado somos signos y presagios en Israel, signos del Señor del universo, que habita en la montaña de Sión. Os dirán, sin duda: «Consultad los espíritus y adivinos, que susurran y murmuran; no debe un pueblo consultar a sus dioses, a los muertos en beneficio de los vivos». Atended a la instrucción y al testimonio. Si no hablan a tenor de estas palabras, ya no lucirá para ellos la luz de la aurora. Vagará oprimido y hambriento, exasperado por el hambre maldecirá a su rey y a su Dios. Se dirija a lo alto o mire hacia la tierra, solo encontrará angustia y oscuridad, la opresión de las tinieblas, la oscuridad a la cual es empujado. ¡No habrá ya oscuridad para la tierra que está angustiada! En otro tiempo humilló el Señor la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí, pero luego ha llenado de gloria el camino del mar, el otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián. Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada de sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: «Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz». Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor del universo lo realizará.


En Vísperas


Gén 6,9-22: Noé era un hombre justo e íntegro entre sus contemporáneos. Noé siguió los caminos de Dios y engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet. La tierra estaba corrompida ante Dios y llena de violencia. Dios vio la tierra y, en efecto, estaba corrompida, pues todas las criaturas de la tierra se habían corrompido en su proceder. Dios dijo a Noé: «Por lo que a mí respecta, ha llegado el fin de toda criatura, pues por su culpa la tierra está llena de violencia; así que he pensado exterminarlos junto con la tierra. Fabrícate un arca de madera de ciprés. Haz compartimentos en el arca, y calafatéala por dentro y por fuera. La fabricarás así: medirá ciento cincuenta metros de larga, veinticinco de ancha y quince de alta. Haz una claraboya a medio metro del remate, pon una puerta al costado del arca y haz una cubierta inferior, otra intermedia y otra superior. Yo voy a enviar el diluvio a la tierra para exterminar toda criatura viviente bajo el cielo; todo cuanto existe en la tierra perecerá. Pero yo estableceré mi alianza contigo, y entrarás en el arca con tu mujer, tus hijos y sus mujeres. Meterás también en el arca una pareja de cada criatura viviente, macho y hembra, para que conserve la vida contigo. De cada especie de aves, de ganados y de reptiles de la tierra, entrará una pareja contigo para conservar la vida. Recoge toda clase de alimentos y almacénalos para que os sirva de sustento a ti y a ellos». Noé hizo todo lo que le mandó Dios.


Prov 8,1-21: Oíd, la sabiduría pregona, la inteligencia levanta su voz, en los montículos, al borde del camino, de pie, a la vera de las sendas; junto a las puertas de la ciudad, pregonando en las vías de acceso: «A vosotros os llamo, señores; a los humanos dirijo mi voz: inexpertos, aprended sagacidad; necios, adquirid buen juicio. Escuchad, que os hablo con franqueza, mis labios rebosan sinceridad; mi paladar saborea la verdad, mis labios detestan el mal; todas mis palabras son honestas, nada en ellas es pérfido o falso; son claras para el que sabe entender, son rectas para quien tiene conocimiento. Aceptad mi instrucción, no la plata; el conocimiento mejor que el oro fino, pues la sabiduría vale más que las perlas, ninguna joya se la puede comparar. Yo, la sabiduría, habito con la prudencia y busco la compañía de la reflexión. (Quien teme al Señor odia el mal). Detesto el orgullo y la soberbia, la mala conducta y la boca falsa; poseo el buen consejo y el acierto, mías son la prudencia y el valor; por mí reinan los reyes, y los príncipes promulgan leyes justas; por mí gobiernan los gobernantes, y los nobles dan sentencias justas; yo amo a los que me aman, los que madrugan por mí me encuentran; yo traigo riqueza y honor, fortuna copiosa y prosperidad; mi fruto es mejor que el oro puro, y mi renta vale más que la plata; camino por sendero justo, por las sendas del derecho, para legar riquezas a mis amigos y colmar todos sus tesoros.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

08/03 - Teofilacto el Confesor, Obispo de Nicomedia


Teofilacto era originario del Oriente, aunque se desconoce su ciudad natal. Cuando era niño, pasó de Asia a Constantinopla, donde conoció a san Tarasio, quien le tomó cariño y le dio una buena educación. Observando que el joven estaba llamado a la vida religiosa, san Tarasio le envió a otro de sus discípulos, san Miguel el Confesor, quien acababa de fundar un monasterio junto al Bósforo. Algunos años más tarde, cuando sus dos discípulos habían soportado rudas pruebas, san Tarasio confirió a ambos la dignidad episcopal; Teofilacto recibió la sede de Nicomedia y Miguel la de Sínada.


Cuando León V emprendió de nuevo la guerra contra las imágenes, san Nicéforo, sucesor de San Tarasio en la sede de Constantinopla, convocó a un Concilio para mantener la doctrina recta contra el emperador León el Armenio, que reinó del año 813 al 820. San Teofilacto y otros teólogos de gran saber defendieron con elocuencia el punto de vista de la Iglesia, pero el emperador permanecía inconmovible. Entre ellos se encontraban Eutimio, Obispo de Sardes (conmemorado el 26 de diciembre), que había asistido al Séptimo Concilio Ecuménico en el año 787 y fue exiliado tres veces a causa de los santos iconos (por desafiar la orden del Emperador Teófilo de renunciar a la veneración de los iconos, fue azotado de la cabeza a los pies hasta que su cuerpo se llenó de grandes heridas de las que murió ocho días después, sobre el año 830); José de Tesalónica (conmemorado el 14 de julio); Miguel de Sinada (conmemorado el 23 de mayo); Emiliano, Obispo de Cízico (conmemorado el 8 de agosto); y el mismo Teofilacto. Cuando ya todos habían hablado, se hizo en la sala conciliar una ligera pausa, que san Teofilacto interrumpió con la siguiente profecía: «Ya sé yo que tú te burlas de la inmensa paciencia de Dios. Pues bien, yo te predigo que las calamidades y la muerte van a caer sobre ti como un huracán, y que no habrá entonces nadie que pueda defenderte». Furioso al oír estas palabras, el emperador desterró a todos los Padres conciliares y Teofilacto fue exiliado a la fortaleza de Estróbilo en Caria de Asia Menor, donde, tras 30 años de prisión y durezas, entregó su alma alrededor del año 845. Pero su profecía se cumplió a la letra: el día de Navidad del año 820, cuando el emperador se hallaba en su capilla privada, los conspiradores cayeron sobre él; León se defendió, blandiendo como una espada la cruz del altar, pero sus enemigos lograron asesinarle antes de que sus servidores llegaran a auxiliarle.


Se cuentan maravillas de la liberalidad de san Teofilacto, de su generosidad con los pobres, de la ayuda que prestaba a las viudas, huérfanos y débiles mentales, de su predilección por los ciegos, baldados y enfermos; para ellos y para los viajeros fundó muchos hospitales.



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Domingo de San Gregorio Palamás


San Gregorio Palamás fue un gran teólogo y destacado orador y filósofo, uno de los mayores personajes de la Iglesia bizantina. Nació en Constantinopla en 1296 y sus padres se llamaban Constantino, Senador, y la respetadísima Calone, ambos practicantes de la "Oración del Corazón". Recibió una importante formación junto al profesor y teólogo Teodoro Metoquita.


El emperador Andrónico II Paleólogo apreció sus habilidades y le destinó a altos cargos estatales. Sin embargo, Gregorio no estaba de acuerdo con los planes del emperador, porque amaba la vida solitaria y ascética desde joven. Primero fue al Monte Papicio en Tracia y luego al Monte Ato, donde pasó varios años de su vida.


Fue Arzobispo de Salónica (1347-1359) durante un periodo muy agitado para la Iglesia. Su defensa de la verdad creó a esta gran figura espiritual. Incluso desde su puesto como arzobispo vivió como un asceta.


En 1335 con los dos logos demostrativos "Sobre la procedencia del Espíritu Santo", entró en conflicto con Barlaán de Calabria, a quien mencionaremos más abajo.


Gregorio entregó su alma al Señor en el año 1358 o 1360 d.C. y fue inmediatamente honrado como Santo. Su Venerado cuerpo, tras su entierro, permaneció incorrupto, despidiendo aroma y realizando milagros.


El patriarca Filoteo escribió en 1376 un glorioso discurso a Gregorio Palamás, junto con un Oficio con himnos y oraciones en su honor, y determinó la celebración de su memoria en el Segundo Domingo de la Gran Cuaresma.


Defensor de la Ortodoxia


Gregorio Palamás se muestra como uno de los más grandes teólogos de la tradición bizantina. Sus escritos serán muy leídos en vida del santo y a lo largo del siglo XIV influirán en gran medida, junto a un proceso de gran desarrollo cultural. Éste será un periodo decisivo para la teología de la Iglesia oriental. Su actividad consistió en defender “la recta fe” frente a la tendencia del racionalismo de algunos monjes de influencia occidental, especialmente del monje italiano Barlaán.


La posición de Barlaán es afirmar que a Dios sólo se le puede conocer por medio de la razón, pero san Gregorio intentará explicar como es la relación entre la razón y el corazón, como se conoce a Dios desde la totalidad del hombre. Afirma que no sólo es necesario el estudio y la comprensión de las ideas acerca de Dios, sino que es imprescindible la santidad de vida y la purificación del ser humano por medio de la ascesis. Las diversas teologías fueron presentadas en un concilio llamado “hesicasta”, celebrado en Constantinopla, en el 1341 (luego prolongado en el 1347 y el 1351). Fue un periodo de crisis externa, de luchas internas y de una gran vivacidad intelectual. Sólo se puede comprender remontándonos al final del siglo XIII, cuando empeoraron las contiendas sobre las procesiones del Espíritu Santo y esto generará un nuevo ambiente teológico, que prepara la teología de la deificación del hombre.


Estas discusiones fueron las que estimularon definir cómo sucede el proceso de deificación; cómo era la intervención del Espíritu Santo y cómo sucede la iluminación del hombre dentro del proceso de santidad. Pero el hesicasmo no representa en el cristianismo una doctrina nueva, ni un fenómeno inédito, sino que es la experiencia de la Iglesia desde los primeros siglos, así como una piedad auténtica y verdaderamente difundida entre los cristianos. Esta doctrina se asienta en los Padres y funda su doctrina en los escritos de San Gregorio Palamás. Esta renovación tiene sus consecuencias en el mundo doctrinal y en el arte sacro. La renovación cultural estaba ligada a la una rica decoración del lenguaje teológico plagado de imágenes simbólicas.


Los hesicastas no presentaban grandes novedades en su doctrina, renovaban una realidad presente desde los orígenes de la Iglesia sobre “la quietud espiritual”. Esta “divina paz” estaba unida a la oración ininterrumpida, aquella que dice: “Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí”. A esta oración los monjes no asignaban ninguna función mágica, sino que, practicándola, evitaban la dispersión de la mente en las realidades de este mundo. Sin distracciones, se ponían en la actitud más adecuada para servir a Dios y dejarse transformar, abriendo la mente y el corazón al Espíritu Santo. Muchos pueden relacionar esta actitud con la pasividad, pero es todo lo contrario, ya que el contemplativo seguía esta oración continua en el trabajo y en la comunidad, una súplica a Dios para que le muestre la verdadera esencia de las cosas, el trabajo y las personas. El monje participa de las energías increadas.


San Gregorio Palamás describe así el tipo de monjes santos: «Ellos han abandonado la alegría de los bienes materiales, la gloria humana, y los placeres de cuerpo y han preferido la vida evangélica, alcanzando la edad madura según Cristo».


Elementos de su enseñanza


Como hemos visto, san Gregorio Palamás recapitula su sabiduría de toda la tradición patrística. Distingue la inalcanzable Esencia divina de sus Energías, que sí son alcanzables. Esta división no era nueva, sino que la encuentra en las enseñanzas de San Basilio en Grande, en san Juan Crisóstomo y en Máximo el Confesor, entre otros. Contrariamente al Dios de los filósofos, un Dios inaccesible, no próximo y castigador de los hombres, san Gregorio Palamás enseña al Dios de los santos, pleno de amor por el hombre y que comunica sus increadas energías. Escribe: «si no existe esta distinción entre la imparticipable Sustancia divina y sus participadas Energías, se interrumpiría todo contacto y comunicación con Él».


La gracia de Dios no es Su esencia, pero sí, sus energías. Esencias y energías son ambas increadas, divinas. De la esencia divina no participan las criaturas. El hombre es criatura. La distinción entre esencia y energías no implica una división en Dios, ya que Dios está presente en su esencia incomunicable y también en las energías. Cuando la Gracia de Dios se manifiesta en nosotros y está en nosotros, participamos de su Vida en el Espíritu Santo. Por lo tanto, lo que santifica al hombre viene de Dios y no sólo de un ejercicio humano de perfección, aunque esto sea necesario.


Obviamente en la vida presente esta capacidad de conocer de Dios es muy limitada, comparada con lo que viviremos en la vida eterna. «Este conocimiento limitado es idéntico con el justo empeño personal y con el grado de perfección de todos». La vía del conocimiento de Dios o su visión era vista por nuestro santo como un continuo ejercicio y empeño de purificación por la inclinación que el hombre tiene al pecado, pero que sucede a lo largo de una perseverante vida en el proceso de santidad.


Como hemos vistos más arriba, san Gregorio Palamás no acepta un dualismo entre alma y cuerpo, admitido por Barlaán, que lo recoge de la filosofía griega. En esta actitud del monje italiano hay un abierto desprecio del cuerpo y de la materia. San Gregorio afirmará la unidad del hombre en todas sus dimensiones humanas, ya que el Verbo de Dios quiso hacerse hombre. No quiere identificar el alma con lo racional y lo eterno, ni el cuerpo con lo caduco y despreciable. Sigue subrayando el acontecimiento de la Creación, donde sucede la vida del hombre y la vida espiritual, así como la acción del Espíritu Santo y los sacramentos de la Iglesia y la fe de la resurrección de los muertos. Cuando comulgamos, comulgamos los Sagrados Dones, cuando somos ungidos, lo somos con Santo Crisma y cuando practicamos la caridad, curamos heridas y acogemos al hermano. Así como Cristo, tras su resurrección, se apareció a sus discípulos con un cuerpo transfigurado.


Este proceso sería imposible sin entrar en un proceso de purificación, virtud y liberación de las pasiones. La ascesis debe expresar siempre este proceso de santificación de cuerpo y alma, no sólo de uno de esos aspectos, y armonizarlos en una unidad vital ante Dios. El hombre se va adecuando a este proceso de santificación progresiva, en la que se transforma.


Daniel Rodríguez Diego


LECTURAS


Heb 1,10-2,3: Tú, Señor, en los comienzos cimentaste la tierra; los cielos son obra de tus manos; ellos perecerán, tú permaneces; se gastarán como la ropa, los envolverás como un manto. Serán como vestido que se muda. Pero tú eres siempre el mismo, tus años no se acabarán. Y ¿a cuál de los ángeles dijo jamás: «Siéntate a mi derecha mientras pongo a tus enemigos por estrado de tus pies»? ¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación? Por tanto, para no extraviarnos, debemos prestar más atención a lo que hemos oído. Pues si la palabra comunicada a través de ángeles tuvo validez, y toda transgresión y desobediencia fue justamente castigada, ¿cómo escaparemos nosotros si desdeñamos semejante salvación, que fue anunciada primero por el Señor, confirmada por los que la habían escuchado?


Mc 2,1-12: En aquel tiempo, cuando volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra. Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?». Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—: “Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”». Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».



Fuente: lexorandies.blogspot.com / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia

07/03 - Los Santos Obispos Mártires de Quersoneso: Basilio, Efrén, Eugenio, Capito, Eterio, Agatodoro y Elpidio


Estos siete obispos fueron enviados a principios del siglo IV a Crimea por Hermón, Patriarca de Jerusalén, para que predicasen el Evangelio.


Era la población del Quersoneso pagana y de costumbres bárbaras. Los apóstoles comenzaron a predicar a Cristo, pero el Evangelio chocaba con la fiereza local, por lo que los paganos quisieron deshacerse de aquellos que predicaban un dios nuevo, incompatible con sus dioses vengativos y lujuriosos. Atraparon a los obispos y los sometieron a diversos tormentos: Basilio fue lapidado, Efrén, Eugenio, Agatodoro y Elpidio murieron decapitados. Solo se libró Eterio, que murió anciano y confesando a Cristo en paz. Le sucedió Capito, el cual también predicó incansablemente el nombre de Cristo.


Los escitas que vivían allí le pidieron una señal que confirmara la verdad del dios que proclamaba en su Evangelio. Así que lo invitaron a entrar en un horno de fuego ardiendo. Capito aceptó, pero antes de entrar declaró que Dios libraba a los que le amaban y servían, y que lo demostraría con él mismo. Hizo la señal de la cruz y entró por sí mismo en el horno. Al cabo de una hora lo sacaron y estaba ileso, logrando con este portento muchas conversiones a la verdadera fe.


Al parecer Capito fue uno de los padres conciliares en el I Concilio de Nicea en 325.


Otra versión le pone naufragado en un viaje y establecido en regiones de Grecia, donde evangelizó a los paganos. Como seguían adorando a los dioses, destruyó sus ídolos, a la par que levantaba un templo en honor de San Pedro. Fue capturado por los paganos y asesinado.



Fuente: Religión en Libertad

Adaptación propia