18/03 - Cirilo, Patriarca de Jerusalén


Si no nació en Jerusalén (c. 315), Cirilo fue llevado allí, y sus padres, que eran probablemente cristianos, le dieron una excelente educación. Adquirió un vasto conocimiento de las Sagradas Escrituras, que citaba frecuentemente en sus instrucciones, entrelazando unos pasajes bíblicos con otros.


Parece que fue ordenado sacerdote por el obispo de Jerusalén san Máximo, quien apreciaba tanto sus dotes, que le confió la difícil tarea de instruir a los catecúmenos. Sostuvo su cátedra de catequesis durante varios años; en la Basílica de la Santa Cruz de Constanza, vulgarmente llamada Martyrion, para los illuminandi, o candidatos al bautismo, y en la Anástasis o iglesia de la Resurrección, para los que se bautizaban durante la semana de Pascua. Estas conferencias se daban sin libro y los diecinueve discursos catequísticos que han llegado hasta nosotros, son quizá los únicos que fueron escritos. Son de gran valor, pues contienen una exposición de las enseñanzas y ritos de la Iglesia de mediados del siglo IV y forman el primitivo sistema teológico. Encontramos también en ellos interesantes alusiones al descubrimiento de la cruz, a la descripción de la roca que cerraba el santo Sepulcro y al cansancio de los oyentes que habían practicado largos ayunos.


No sabemos por qué circunstancias Cirilo sucedió a Máximo en la sede de Jerusalén. Tenemos dos versiones de sus oponentes, pero no coinciden entre sí. San Jerónimo, que nos dejó una de ellas, parece tener prejuicios en contra de él. Sabemos de cierto que san Cirilo fue consagrado legalmente por los obispos de su provincia y si el arriano Acacio, que era uno de ellos, esperaba poderlo manejar fácilmente, se equivocó por completo. 


El primer año de su episcopado acaeció un fenómeno físico que hizo una gran impresión sobre la ciudad. De este fenómeno envió noticias al emperador Constantino en una carta que aún se conserva. Se ha puesto en duda su autenticidad, pero el estilo indudablemente es suyo y aunque interpolada, ha resistido la crítica adversa. La carta dice: «En las nonas de mayo, hacia la hora tercera, apareció en los cielos una gran cruz iluminada, encima del Gólgota, que llegaba hasta la sagrada montaña de los Olivos: fue vista no por una o dos personas, sino evidente y claramente por toda la ciudad. Esto no fue, como podría creerse, una fantasía ni apariencia momentánea, pues permaneció por varias horas visible a nuestros ojos y más brillante que el sol. La ciudad entera se llenó de temor y regocijo a la vez, ante tal portento y corrieron inmediatamente a la iglesia alabando a Cristo Jesús único Hijo de Dios».


No mucho después de que Cirilo tomara posesión, empezaron a surgir discusiones entre él y Acacio, principalmente sobre la procedencia y jurisdicción de sus respectivas sedes, pero también sobre asuntos de fe, pues Acacio para entonces estaba imbuido en la herejía arriana. Cirilo mantuvo la prioridad de su sede, como si poseyera un «trono apostólico»; mientras que Acacio, como metropolitano de Cesarea, exigía la jurisdicción sobre ella, recordando un canon del Concilio de Nicea que dice: «Ya que por la costumbre o antigua tradición, el obispo de Aelia (Jerusalén) debe recibir honores, dejemos al metropolitano (de Cesarea) en su propia dignidad mantener el segundo lugar». El desacuerdo llegó a una contienda abierta y finalmente Acacio convocó un Concilio de obispos partidarios suyos, al que Cirilo fue citado, pero rehusó a presentarse. Se le acusó de contumacia y de haber vendido propiedades de la Iglesia, durante el hambre, para auxiliar a los necesitados. Esto último sí lo había hecho, como también lo hicieron san Ambrosio y san Agustín y muchos otros grandes prelados que fueron ampliamente comprendidos. De todos modos, el fraudulento concilio lo condenó y fue desterrado de Jerusalén. Salió para Tarso, donde fue hospitalariamente recibido por Silvano, un obispo semi-arriano, y donde permaneció en espera de la apelación que había hecho a un tribunal superior. Dos años después de su deposición, llegó su apelación ante el Concilio de Seleucia, que estaba integrado por semi-arrianos, arrianos y muy pocos miembros del partido ortodoxo, todos ellos de Egipto, Cirilo tomó asiento entre los semi-arrianos que lo habían ayudado durante su exilio. Acacio objetó violentamente su presencia y abandonó la reunión, aunque regresó pronto a tomar parte en los debates subsecuentes. Su partido tenía minoría, así que fue depuesto, mientras Cirilo fue reivindicado.


Acacio se fue a Constantinopla y persuadió al emperador Constantino a que reuniera otro concilio. Agregó nuevas acusaciones a las antiguas y lo que verdaderamente encolerizó al emperador, fue saber que las vestiduras que él mismo había regalado a Macario para administrar el bautizo, habían sido vendidas y luego vistas en una representación teatral. Acacio triunfó y obtuvo un segundo decreto de exilio en contra de Cirilo, un año después de haber sido repuesto a su sede.


A la muerte de Constantino en 361, su sucesor Juliano llamó a todos los obispos a quienes Constantino había desterrado y Cirilo, junto con los demás, regresó a su sede. En comparación con otros reinados, hubo pocos martirios durante la gestión de Juliano el Apóstata, quien cayó en la cuenta de que la sangre de los mártires era la simiente de la iglesia, y procuró con otros medios más refinados desacreditar la religión que él mismo había abandonado. Uno de los planes que tramó, fue la reconstrucción del templo de Jerusalén, con el fin de mostrar la falsedad de la profecía de su ruina permanente. Los historiadores de la Iglesia, Sócrates y Teodoreto, así como otros, se extienden hablando de este intento de Juliano por reconstruir el templo y apelar a los sentimientos nacionales de los judíos. Abundaron los sucesos sobrenaturales, sismos, esferas de fuego, desplome de paredes, etc... que le hicieron abandonar el proyecto, y estos prodigios están confirmados no sólo por escritores cristianos, como san Juan Crisóstomo y san Ambrosio, sino también, por extraño que pueda parecer, por el testimonio irrecusable de Ammianus Marcellinus, el soldado filósofo, que era pagano. San Cirilo contemplaba calmadamente los grandes preparativos para la reconstrucción del templo, profetizando que sería un fracaso.


En 367, San Cirilo fue desterrado por tercera vez. Valente decretó la expulsión de todos los prelados llamados por Juliano, pero cuando subió al trono Teodoro, fue vuelto a instalar en su sede, donde permaneció los últimos años de su vida. Le afligió mucho encontrar Jerusalén deshecha por cismas y contiendas, infestada de herejía y manchada por espantosos crímenes. Apeló al Concilio de Antioquía, y le fue enviado san Gregorio de Nisa, quien no se consideró capaz de poner remedio y pronto abandonó Jerusalén, dejando a la posteridad sus «Advertencias en contra de las Peregrinaciones», una colorida y vivida descripción de la moral de la santa ciudad en aquel tiempo.


En 381, san Cirilo y san Gregorio estuvieron presentes en el gran Concilio de Constantinopla (segundo Concilio Ecuménico). En esta ocasión, el obispo de Jerusalén tomó lugar como metropolitano con los patriarcas de Alejandría y Antioquía. Este Concilio promulgó el Símbolo de Nicea, en su forma corregida. Cirilo, que la suscribió junto con los demás, aceptó el término «Homousios», que había llegado a ser considerado como la palabra clave de la ortodoxia. Sócrates y Sozomeno interpretan esta actitud como un acto de arrepentimiento. Por otro lado, en la carta escrita por los obispos al papa de Roma San Dámaso, se ensalza a Cirilo como uno de los defensores de la verdad ortodoxa en contra de los arrianos. La Iglesia Católica, al nombrarlo entre sus doctores (1882), confirma la teoría de que siempre fue uno de esos que Atanasio llama: «hermanos que quieren decir lo mismo que nosotros, pero que difieren en el modo de decirlo».


Esto dice Cirilo sobre la Iglesia:


La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las virtudes de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosa visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos o a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualesquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales”.


Se cree que murió en el 386, a la edad de setenta años, habiendo sido obispo durante treinta y cinco, de los cuales pasó dieciséis en el exilio. Los únicos escritos de San Cirilo que han llegado hasta nosotros son las conferencias catequéticas, un sermón de la piscina de Betseda, la carta al emperador Constantino y otros pequeños fragmentos.


Lo que sabemos de la vida y obras de San Cirilo proviene en su mayoría de los escritos de los historiadores de la Iglesia y de sus contemporáneos. El Acta Sanctorum y especialmente Dom Touttee, en su prefacio a la edición benedictina de este santo padre, han resumido las referencias de mayor importancia. Ver también los artículos sobre San Cirilo en Patrology de Bardenhewer, el DCB y el DTC. Tiene también mucho valor el prefacio de J. H. Newman a la traducción de los Discursos Catequéticos; ver también el texto de la traducción publicada por el Dr. F. L. Cross en 1952. Un excelente boceto de San Cirilo se encuentra en Greek Fathers (1908) pp. 150-168, de A. Fortescue.


Una buena introducción, en español, a sus escritos y su teología, se encuentra en la Patrología de Quasten, BAC, tomo II. En la versión reducida se lo hallará a partir de la pág. 190. En Mercabá hay una buena edición electrónica de las Catequesis completas, en castellano, que incluye las notas de la edición original (cuya referencia, lamentablemente, no da).



Fuente: eltestigofiel.org

Adaptación propia

Miércoles de la IV Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 26,21-27,9: Porque el Señor va a salir de su morada para castigar la culpa de los habitantes de la tierra: pondrá la tierra al descubierto la sangre que ha bebido y no ocultará más a sus muertos. Aquel día castigará el Señor con su espada templada, grande y fuerte, al Leviatán, serpiente huidiza, al Leviatán, serpiente tortuosa, y matará al Dragón marino. Aquel día cantaréis a la viña deliciosa: Yo, el Señor, soy su guardián. Con frecuencia la riego. Para que nadie la dañe, la vigilo noche y día. Ya no estoy enfadado. Si me diera zarzas y cardos, combatiría contra ellos, los quemaría todos juntos. Pero no se acoge a mi cuidado. ¡Que haga la paz conmigo! ¡Que conmigo haga la paz! Llegarán días en que Jacob echará raíces, Israel echará brotes y flores, y sus frutos llenarán el mundo. ¿Lo ha herido como hirió a quienes lo herían? ¿Lo ha matado como mató a quienes lo mataban? Lo has castigado expulsándolo, enviándolo lejos, lo dispersaste como un viento impetuoso del desierto. Así quedará reparada la culpa de Jacob. Y este será el fruto de que le hayan quitado su pecado: que convierta las piedras de los altares en polvo de piedra caliza y que no erija más palos sagrados en honor de Aserá, ni altares de incienso en honor del sol.


En Vísperas


Gén 9,18-29;10,1: Los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet. Cam es el padre de Canaán. Estos tres son los hijos de Noé que se propagaron por toda la tierra. Noé era agricultor y fue el primero en plantar una viña. Bebió del vino, se emborrachó y quedó desnudo dentro de su tienda. Cam, padre de Canaán, vio a su padre desnudo y salió a contárselo a sus dos hermanos. Sem y Jafet tomaron el manto, se lo echaron ambos sobre sus hombros y, caminando de espaldas, taparon la desnudez de su padre; como tenían el rostro vuelto, no vieron desnudo a su padre. Cuando Noé se despertó de la borrachera y se enteró de lo que había hecho con él su hijo menor, dijo: «Maldito sea Canaán. Sea el último siervo de sus hermanos». Y añadió: «Bendito sea el Señor, Dios de Sem. Sea Canaán su siervo. El Señor haga fecundo a Jafet, y more en las tiendas de Sem y sea Canaán su siervo». Noé vivió después del diluvio trescientos cincuenta años. Noé vivió un total de novecientos cincuenta años. Estos son los descendientes de los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, nacidos después del diluvio.


Prov 12,23-28;13,1-9: Hombre prudente oculta su saber, corazón necio pregona su ignorancia. Mano laboriosa se hace con el mando, mano perezosa tiene que servir. La angustia deprime el corazón, una buena palabra lo alegra. El honrado guía a su prójimo, el camino del malvado lo extravía. Cazador perezoso nada guisará, al hombre lo enriquece su trabajo. Sendero recto lleva a la vida, camino torcido conduce a la muerte. Hijo sabio ama la disciplina, hijo insolente rechaza la corrección. Hombre de bien se nutre de lo que dice, hombre malvado se alimenta de violencia. Guarda su vida quien vigila sus palabras, busca su ruina quien habla sin sentido. Anhela el perezoso y no logra nada, desea el diligente y queda satisfecho. El honrado odia la mentira, el malvado calumnia y deshonra. La rectitud protege al honrado, la maldad destruye al pecador. Hay quien se hace el rico y nada tiene, y quien pasa por pobre y tiene mucho. Al rico lo protegen sus riquezas, al pobre no le importan amenazas. La luz del honrado brilla con fuerza, la lámpara del malvado se apaga.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

17/03 - Alejo el Hombre de Dios


San Alejo, “el hombre de Dios”, también conocido como “Alejo de Roma” o “Alejo de Edessa” es uno de los santos misteriosos de la Iglesia. Puede ser colocado junto con otros santos, llamados “locos por Cristo”, siendo uno de los primeros santos con una vida controvertida, incluso escandalosa, y no sólo por un lector contemporáneo sino por uno coetáneo suyo. La clásica vita de este santo se encuentra en la Leyenda Áurea de Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, y de acuerdo con ella, pudo haber vivido en Roma y en Edessa, y más tarde en Roma otra vez, en la casa paterna, durante el reinado del emperador occidental Honorio (395-423), hijo de Teodosio el Grande y durante el pontificado del santo papa Inocencio I (401-417). Primero haré un resumen de su vida, tal cual se lee hoy en día en el Sinaxario Oriental de la Iglesia (prácticamente la misma historia de la Leyenda Áurea), siendo éste el texto más completo, y después de ello analizaré la autenticidad de tan interesante, escandalosa y quizá increíble historia de un santo.


La vida del Santo


El Sinaxarion empieza la historia situándola en tiempos de los justos emperadores Arcadio del Este (395-408) y Honorio del Oeste (395-423), en la casa de un noble rico llamado Eufemiano, que tenía 3000 sirvientes, pero era infeliz porque su esposa Aglaida no podía tener hijos. Incluso siendo justos y compasivos con los pobres, peregrinos, extranjeros y enfermos, permaneció mucho tiempo sin hijos, pero tras un tiempo de oración, Dios les dio un niño milagroso. Demostró aprender muy pronto todos los saberes de su tiempo, pero al ser todavía muy joven, llevaba una vida ascética oculta: llevaba bajo sus ropas un áspero envoltorio.


Ya en edad núbil, fue de alguna manera “casado” por sus padres con una joven noble. El Sinaxarion omite hablar de su deseo de casarse; quizá en ese tiempo era costumbre no casarse por amor, como sí es habitual hoy en día. Después de la boda en la iglesia de San Bonifacio (muy importante, pues en esta iglesia él será enterrado) y tras las ceremonias habituales, Alejo y su esposa quedaron solos en la cámara nupcial. Alejo dio a su esposa su anillo de oro y el cinturón que llevaba, y le dijo: “Guárdalos y que Dios esté con nosotros hasta que este regalo se convierta en algo nuevo”. Entonces abandonó la casa, se embarcó y abandonó Roma para partir a la provincia del Este, estableciéndose en Edessa. Allí se gastó todo el dinero e inició una vida como vagabundo por las calles, acabando como mendigo en las entradas de las iglesias de la ciudad. Entretanto, su padre envió diversos sirvientes para encontrarle y algunos llegaron a Edessa, pero no lo reconocieron. De hecho, le dieron limosna como a cualquier otro pobre. Su madre y su esposa empezaron a llevar ropas de luto y a llorar su inesperada partida.


Alejo permaneció cerca de la iglesia de la Virgen en Edessa durante 17 años, y después de ello el protopresbítero de la iglesia tuvo una visión, en la que Dios descubrió a su santo, llamándolo “hombre de Dios”. Alabado por su santa vida, Alejo abandonó la ciudad con la intención de partir hacia Cilicia, a la ciudad de San Pablo. Pero hubo una tormenta en el mar y el barco llegó a Roma (lo que está lejos de cualquier credibilidad). Ante esta situación, Alejo vio su viaje como un signo de Dios y decidió ir al hogar de su padre. Nadie lo reconoció, ni el padre, ni la madre ni uno solo de los sirvientes, pero él se hizo una choza cerca de su casa y ellos le daban comida todos los días, como a cualquier otro mendigo.


Durante las noches Alejo permanecía en oración y muchos días no tocaba la comida que su padre le enviaba. Por ello, los sirvientes se burlaban de él, a veces le pegaban e incluso le tiraban restos de comida, pero él soportó todo esto sin la menor protesta. Cada domingo él acudía a la iglesia, tomaba la Santa Comunión, y le daba a los pobres la comida que él recibía. Quizá de un modo sádico para nuestros tiempos, vivía cerca de la ventana de su esposa y la miraba llorar todavía por él, pero nunca le dijo nada, porque el amor por Dios es mayor que el amor por la madre, la esposa o el padre.


Después de otros 17 años así, tomó papel y escribió su vida, y con esto en las manos murió, sabiendo de antemano que su fin estaba cerca. En la carta anotó algunos pequeños secretos sólo conocidos por su padre, su madre y su esposa, para que reconocieran que él era el verdadero Alejo, su hijo y esposo. Finalmente, les suplicó que lo perdonaran, pero que pensaba haber hecho lo correcto, porque su elección era una llamada de Dios.


En ese día el papa Inocencio estaba celebrando la Santa Misa en la iglesia de los Apóstoles y tuvo una visión, en la cual Dios le pidió buscar al santo “hombre de Dios”: en la casa de Eufemiano. El papa, junto con el mismo emperador y la corte, acudió a la casa del noble y finalmente hallaron a Alejo muerto en su choza, sujetando la carta en su mano. Tan sólo después de orar lograron coger la carta y leerla ante la multitud. Las perturbadoras noticias de que él era el hijo de Eufemiano fueron terribles para su padre y su madre, pero también para su esposa. Ninguno de ellos supo si debían estar contentos por su santidad o tristes, o quizá nerviosos por tal comportamiento. La historia termina diciendo que el santo fue trasladado en una cama por el mismo emperador y el papa, que no podían pasar debido a la inmensa multitud. Ni siquiera lanzándoles dinero la gente quería abrir paso al cortejo. Al fin, después de diversas historias sobre milagrosas curaciones, el santo fue enterrado en la iglesia de San Bonifacio.


El Sinaxario dice que Alejo murió el 17 de marzo del año 5919 después de la Creación, es decir, en 411 d.C.


Entre la historia y los hechos


Hay algunas observaciones especiales que hacer sobre tan extraño santo. En primer lugar, hay que decir que este tipo de comportamiento es de una naturaleza especialmente sirio-oriental. El primer “clásico” loco por Cristo es San Simeón de Emessa, cuya vida fue escrita por Leoncio, obispo de Neápolis (Chipre) a principios del siglo VII. Pero incluso antes, los escritos ascéticos destacan algunos casos especiales de santos que huyeron de los honores humanos, como la hermana Isidora, que fingió estar loca y de la que se burlaban las demás monjas. Siendo reconocida como santa, huyó en la noche y nadie la volvió a ver, como escribe Paladio en su Historia Lausiaca. Algunos otros santos como Amón de Sketis (Egipto, siglo IV), quien se reía constantemente hasta que sus visitas se marchaban, para que no lo molestaran más (Apophthegmata Patrum, Ammonas 9). En este contexto, una vida como la de Alejo no es algo nuevo.


Las nuevas investigaciones sobre Alejo “el hombre de Dios” establecen que el santo fue primero venerado en el Este y sólo después en Roma. Las versiones latinas de su vida son relativamente tardías y no hay prueba histórica que lo asocie con el papa Inocencio I o con el emperador Honorio.


Una historia muy similar, escrita en el mismo ámbito sirio, habla de un santo llamándolo “hombre de Dios” de Edessa, sin indicar su auténtico nombre. Cuenta que vivió en Edessa durante el obispado del obispo Rabula (412-435) como un pobre mendigo, y pedía limosna en la puerta de la iglesia. Él daba la mayor parte a los demás pobres, después de reservarse lo mínimo para sus estrictas necesidades vitales. Murió en el hospital y fue enterrado en una fosa común para pobres. Antes de su muerte, sin embargo, reveló a uno de los sirvientes de la iglesia que era el único hijo de unos padres distinguidos de Roma. Después de la muerte del santo, el sirviente dijo esto al obispo. Entonces la tumba fue abierta, pero sólo sus harapos de pobre estaban allí. La inexistencia de reliquias es una norma común para los santos locos de Cristo, como es el caso de Simeón de Emesa (siglo VI), Andrés de Constantinopla (siglo X) o incluso la misteriosa Isidora, cuya vida ha permanecido absolutamente desconocida.


La historia de Alejo aparece también en un himno (canon) del himnógrafo griego Josefo (883 d.C). Es posiblemente en autor griego de la última biografía que habla de la vida de San Juan Calybata, un joven patricio romano, de quien se cuenta una historia similar. En cualquier caso, la cristiandad occidental no da ninguna información temprana sobre el nombre Alejo en ningún martirologio antes del fin del siglo X. Aparece por primera vez asociado a San Bonifacio como santo protector de una iglesia de la colina del Aventino en Roma. En el lugar que hoy ocupa la iglesia de San Alejo hubo anteriormente una “diakonia”, un establecimiento monástico para el cuidado de los pobres de la Iglesia de Roma. Es casi seguro que en este contexto, el culto de San Alejo fue llevado a Roma por un metropolita griego exiliado, Sergio de Damasco, que llegó en 972, invitado por el papa Benedicto VII, y transformó la iglesia de San Bonifacio en un establecimiento para los pobres.


A principios del siglo XI Alejo se convirtió en un santo muy popular en Roma, por lo que hay muchos frescos representándolo en las iglesias de todo Occidente. Hoy se cree que la iglesia de Alejo se levantó en el lugar donde estaba la casa de Eufemiano, incluso los presuntos restos de la escalera donde Alejo acostumbraba a sentarse, son visibles hoy. La versión romana más popular de su vida parece ser, como ya he indicado, la de la Leyenda Áurea (escrita en torno a 1260).


Hay que mencionar también que el relato de San Alejo tiene semejanzas notables con la parábola del Hijo Pródigo, del evangelio de Lucas, pero curiosamente, es idéntico a un relato atribuido al mismo Buda, presente en el capítulo 4 del Sutra del Loto.


La veneración del Santo


Según una versión rusa de la vida del santo muy extendida, las reliquias estuvieron expuestas hasta el año 1216, siendo guardadas en la iglesia de San Bonifacio. Posteriomente, una parte de sus reliquias, inclusive el cráneo de San Alejo, se dice que fueron entregadas por el emperador bizantino Manuel Paleologos en 1398 al gran monasterio Lavra del Monte Athos. En 2005 hubo un gran peregrinaje en su honor, cuando el relicario dejó Grecia por primera vez y viajó a Moscú, siendo colocado en el monasterio Novospasskiy para su pública veneración.


En la Iglesia Ortodoxa San Alejo es venerado el 17 de marzo y su culto es muy popular aún hoy, especialmente en los países eslavos. Entre los diversos personajes que llevan su nombre hay 5 emperadores bizantinos, 4 emperadores de Trebisonda y uno ruso; así como diversos monjes, laicos, obispos o patriarcas. Hay también muchas iglesias intituladas a su nombre y ritos especiales como el rito del Akathistos (similar al rosario católico) que fue compuesto para honrar su nombre.


Mitrut Popoiu



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia

Martes de la IV Semana de Cuaresma


En la Hora Sexta


Is 25,1-9: Señor, tú eres mi Dios; te ensalzaré y alabaré tu nombre, porque realizaste magníficos designios, constantes y seguros desde antiguo. Redujiste a escombros la ciudad, la plaza fuerte a ruinas, el alcázar de los soberbios no es ya una ciudad, jamás será reconstruida. Por eso te glorifica un pueblo fuerte, te temen las ciudades de pueblos poderosos, porque fuiste fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aflicción, refugio en la tempestad, sombra contra el calor. Porque el ánimo de los tiranos es temporal de invierno; como el calor sobre una tierra desértica, el tumulto del extranjero; sometes el calor con la sombra de una nube, y humillas el canto de los tiranos. Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo —lo ha dicho el Señor—. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación».


En Vísperas


Gén 9,8-17: Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo establezco mi alianza con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañan, aves, ganados y fieras, con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Establezco, pues, mi alianza con vosotros: el diluvio no volverá a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra». Y Dios añadió: «Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las generaciones: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco y recordaré mi alianza con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes. Aparecerá el arco en las nubes, y al verlo recordaré la alianza perpetua entre Dios y todos los seres vivientes, todas las criaturas que existen sobre la tierra». Aún dijo Dios a Noé: «Esta es la señal de la alianza que establezco con toda criatura que existe en la tierra».


Prov 12,8-24: El hombre prudente se gana la estima, el corazón perverso es despreciado. Más vale modestia y valerse a sí mismo que ser presuntuoso y no tener pan. El honrado se preocupa de su ganado, el malvado tiene entrañas crueles. Quien cultiva la tierra se harta de pan, quien persigue ilusiones es un insensato. La codicia es trampa del malvado, la raíz del honrado se mantiene. El malvado se enreda en sus palabras, el honrado escapa del aprieto. El hombre se harta del fruto de su boca, cada cual recibe según sus acciones. El necio piensa que es recto su camino, el hombre sabio escucha los consejos. El necio demuestra al instante su ira, el hombre prudente disimula la ofensa. Quien dice la verdad proclama la justicia, el testigo falso se aferra a la mentira. El chismoso hiere como espada, la lengua del sabio sana. Palabra veraz permanece por siempre; discurso mentiroso, solo un instante. Quien trama el mal provoca amargura, quien fomenta la paz produce alegría. El honrado escapa a todo lo malo, el malvado vive lleno de desgracias. El Señor detesta los labios mentirosos; le agrada, en cambio, el hombre sincero.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

16/03 - Sabino el Mártir de Egipto


Sabino era un cristiano originario de Hermópolis de Egipto, hijo de una rica familia perteneciente a la aristocracia, que, por rechazo al paganismo que lo rodeaba, se retiró fuera de la ciudad y vivía en el desierto, en una choza, junto con otros ermitaños, en lo que sería una primitiva forma de monaquismo. Era conocido por su celo y piedad.


Un tal Menandro, pagano al que acogió en su celda y a quien daba dinero y comida, lo denunció por dos monedas de oro a Arriano, presidente del tribunal de la Tebaida, quien mandó comparecer a Sabino a la ciudad de Hermópolis, a orillas del Nilo o Antinoópolis. Primero fue colgado en el aire y desollado. Después sus torturadores quemaron su cuerpo enjuto con antorchas encendidas. Manteniéndose firme en su fe, se ordenó que se le atara una piedra al cuello y fuese arrojado a las aguas del Nilo


Los detalles que nos han llegado son bien pocos. Incluso es difícil situar la fecha, aunque parece corresponder a la persecución de Diocleciano, de inicios del siglo IV.


Se conserva sobre el mártir un dístico griego que dice: «Arrojado vivo al río con una piedra / su vida navegó lentamente por el agua.»



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Traducción del inglés y adaptación propias