14/06 - Metodio el Confesor, Patriarca de Constantinopla


La Iglesia Bizantina profesa una gran veneración a san Metodio, patriarca de Constantinopla, debido a la importancia del papel que desempeñó en la lucha contra los iconoclastas y su derrota final, así como por la heroica resistencia con que soportó las persecuciones y, en consecuencia, le honra con los títulos de «el Confesor« y «el Grande». 


Metodio era natural de Sicilia, y en Siracusa, su ciudad natal, recibió una excelente educación. Se trasladó a Constantinopla con el objeto de conseguir un puesto en la corte, pero ahí conoció a un monje que llegó a tomarle gran afecto y, por consejo de éste, decidió abandonar el mundo por la vida religiosa. Construyó un monasterio en la isla de Quío, pero apenas comenzaba a formar su comunidad, cuando fue llamado a Constantinopla por el patriarca Nicéforo.


En 815, durante la segunda etapa de la persecución iconoclasta, bajo el reinado de León el Armenio, adoptó una actitud firme y valiente en favor de la veneración a las imágenes sagradas. Inmediatamente después de la deposición y el exilio de san Nicéforo, partió Metodio a Roma, probablemente con el encargo de informar al Papa, San Pascual I, sobre la situación y ahí se quedó hasta la muerte del rey León V de Constantinopla.


Se alentaban grandes esperanzas de que el sucesor, Miguel el Tartamudo, favoreciese a los cristianos y, en 821, san Metodio regresó a Constantinopla con una carta del papa de Roma San Pascual al emperador, en la que pedía la rehabilitación de san Nicéforo. Pero tan pronto como Miguel el Tartamudo leyó la misiva, montó en cólera; acusó a Metodio de agitador profesional que buscaba crear la sedición, y mandó que fuese desterrado, luego de recibir una tunda de azotes. Se afirma que, en vez de desterrarlo, se le encerró durante siete años en una especie de tumba o mausoleo junto con dos ladrones; uno de éstos murió pronto, pero el santo y su compañero de infortunio fueron abandonados en su estrecha prisión hasta cumplir la condena.


Metodio, al quedar en libertad, era un esqueleto en el que apenas quedaba un soplo de vida; sin embargo, conservaba entero su espíritu y, en poco tiempo se restableció. Entonces se inició una nueva persecución, propiciada por el emperador Teófilo, y Metodio fue llevado a su presencia. Ahí se le echaron en cara sus pasadas actividades subversivas y se le acusó de haber incitado al Papa de Roma a escribir la famosa carta. El santo repuso con firmeza que todo era falso y aprovechó la ocasión para manifestar su punto de vista sobre el culto a las imágenes, con estas palabras: «Si una imagen tiene tan poco valor a vuestros ojos, ¿por qué cuando renegáis de las imágenes de Cristo no condenáis también la veneración que se rinde a vuestras propias representaciones? ¡Lejos de renegar de vuestras imágenes, las multiplicáis continuamente!»


La muerte del emperador, en 842, hizo que ascendiera al trono su viuda, Teodora, como regente de su pequeño hijo Miguel III; la emperatriz se declaró favorecedora y protectora de las imágenes. Cesaron las persecuciones, los clérigos desterrados volvieron del exilio y, en un lapso de treinta días, las sagradas imágenes quedaron reinstaladas en las iglesias de Constantinopla, entre el regocijo general. Juan el Gramático, un iconoclasta, fue depuesto del patriarcado, y se instaló a san Metodio en su lugar.


Entre los principales acontecimientos que señalaron el patriarcado de san Metodio figura la realización de un sínodo en Constantinopla para confirmar los decretos promulgados en el Concilio de Nicea sobre los iconos; la institución de una ceremonia religiosa, llamada la «fiesta de la ortodoxia», que todavía se celebra en el primer domingo de Cuaresma en la Iglesia bizantina; y el traslado de los restos de su antecesor, san Nicéforo, a Constantinopla. Por otra parte, aquel período de reconciliación quedó empañado por una acre disputa con los monjes estuditas, que antes habían sido los partidarios más ardientes de san Metodio. Al parecer, una de las causas de la desavenencia fue la condenación de ciertos escritos de san Teodoro el Estudita, por parte del patriarca.


Tras de haber ocupado el trono patriarcal durante cuatro años, san Metodio murió de hidropesía, el 14 de junio de 847.


En vida fue un prolífico escritor, pero de las muchas obras poéticas, teológicas y de controversia que se le atribuyen, sólo quedan algunos fragmentos que tal vez no sean auténticos. Sin embargo, en tiempos modernos y gracias a ciertas pruebas manuscritas recientemente descubiertas, las autoridades en la materia se inclinan a creer que realmente fue san Metodio el autor de algunos escritos hagiográficos que aún se conservan, especialmente «La Vida de san Teófanes».



Fuente: eltestigofiel.org

14/06 - El Santo Profeta Eliseo


Terrible y formidable hombre de Dios, vencedor de los enemigos y bienhechor de los fieles. Testigo de Dios y cumplidor fiel de sus promesas fue el sucesor, discípulo y continuador de la obra de Elías.


Cuando llegó el torbellino, Eliseo clamaba estupefacto ante lo que veían sus asombrados ojos «Padre mío, padre mío». Y es que Eliseo le había ido pidiendo a su maestro que le dejara en herencia sus poderes sobrenaturales; Elías le puso como signo de concesión que pudiera verle en el momento de su arrebato inminente al cielo. El maestro y el discípulo acababan de pasar, andando y por el lecho seco, el río Jordán después de haberlo roto Elías con su manto.


Nació en Abelmeula, de la tribu judía de Manases, en las cercanías de Scytópolis, hijo de Safat. Su nombre significa «salud de Dios». Elías lo encontró arando las tierras familiares, puso sobre él su capa, y se lo llevó. Ya no se separó más el discípulo de su maestro hasta el momento último y fantástico en que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego.


Ahora, había cogido del suelo el manto que Elías dejó caer en su rapto y, vuelto Eliseo a la orilla del Jordán, golpeó como lo había visto hacer a su maestro poco antes. Al segundo golpe, las aguas se abrieron y supo que el poder de Dios que tuvo Elías seguía con él. A partir de este momento empleó sus días en procurar el bien de Israel, combatiendo la idolatría, demostrando con el portento del milagro que el verdadero Dios es exigente en asuntos de fidelidad.


La misión encomendada fue llamar al pueblo de Israel al culto legítimo a su Dios. Y no permitió obstáculo que lo impidiera.


Para ello protegió a los ejércitos de Israel en la lucha contra los moabitas en atención al piadoso rey Josafat; y en Dotain venció a los sirios. También premió a la mujer de un profeta que se había arruinado por atender a los hombres fieles, llenándole todas las vasijas de aceite con la que pudiera pagar sus deudas y comer ella y sus hijos. A la mujer sunamita, que era estéril y su marido ya viejo, le da un hijo como paga de profeta por sus servicios, alimento y hospedaje. Venga la detestable idolatría del petulante pueblo con azote de Dios, cegando a los ladrones, maldiciendo a los incestuosos, y destruyendo el abominable culto a Satán con sus adoradores en Betel, donde estaba establecido el odioso culto al becerro de oro. Resucitó muertos y ungió como rey de Israel a Jehú, con el encargo de destruir de parte Dios a la casa de Acab, como castigo de la sangre derramada por la malvada Jezabel, profetizando que se la comerían los perros, sin dar lugar a que tomara sepultura.


Curó al leproso Naamán, mandándole se lavara siete veces seguidas en el río Jordán. Era este pagano un general del rey de Siria, pero la esclava hebrea le había informado de la existencia de un milagroso profeta en su tierra. Prepara la caravana con regalos de oro y plata como obsequio, son joyas de presentación obligada al rey de Samaría para obtener benevolencia y conseguir que mande al profeta lo que debe hacer. Pidió Eliseo la presencia de Naamán para que se enterara el mundo de que Dios tiene un profeta en Israel; ni siquiera quiso recibirlo; solo mandó con su criado el recado de que se bañara siete veces seguidas en el Jordán para encontrar el remedio. Se decepcionó con enojo el importante sirio, se mostró despreciativo de las bondades del agua del Jordán; menos mal que fue obediente por lo fácil de la medicina y obtuvo un resultado perfecto con su curación de la lepra, sin que Eliseo, el hombre de Dios, quisiera recibir sus ricos dones.


Eliseo clamó por la fidelidad y pureza del pueblo al único Dios que debe ser servido y fulminó con santa ira al pecador infiel. Fue un hombre formidable y terrible. Su historia es el relato de prodigios y portentos divinos en época oscura, bárbara e imperfecta; pero le falta al viejo profeta la dulzura, humanidad y sencillez de los milagros de Cristo. Es como el boceto de un maravilloso cuadro futuro, como un anticipo imperfecto de un futuro de plenitud.


Murió Eliseo durante el reinado de Joás.


Narra ampliamente su historia el libro II de los Reyes. San Jerónimo la comenta apasionadamente, asegurando, como detalle, que permaneció virgen durante toda su vida.


LECTURAS


Stg 5,10-20: Hermanos, tomad como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor; mirad: nosotros proclamamos dichosos a los que tuvieron paciencia. Habéis oído hablar de la paciencia de Job y ya sabéis el final que le concedió el Señor, porque el Señor es compasivo y misericordioso. Y sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni hagáis otro tipo de juramento; que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo condena. ¿Está sufriendo alguno de vosotros? Rece. ¿Está contento? Cante. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado. Por tanto, confesaos mutuamente los pecados y rezad unos por otros para que os curéis: mucho puede la oración insistente del justo. Elías era semejante a nosotros en el sufrimiento, y rezó insistentemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Volvió a rezar, y el cielo dio la lluvia y la tierra produjo su fruto. Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.


Lc 4,22-30: En aquel tiempo, todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.



Fuente: archimadrid.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

II Domingo de Mateo


La lectura evangélica del II Domingo de San Mateo nos traslada al período de la llamada de los primeros discípulos por nuestro Señor. El Señor, pasando por las orillas del lago de Galilea, llama a Andrés y a su hermano Simón Pedro, y un poco más tarde a Jacobo (Santiago) y a su hermano Juan; todos eran pescadores, y los invita a que sean pescadores de hombres. “Y aquellos inmediatamente dejaron las redes y Le siguieron”.


Andrés y Simón, Jacobo y Juan, siguieron a Cristo, no porque ellos Le escogieran, tal vez dentro del marco de una búsqueda metafísica, de modo que pudieran jactarse de su propia iniciativa, sino que el mismo Señor los escogió y los llamó, igual que en otro caso los dijo: “no sois vosotros los que me habéis escogido a mí, sino yo a vosotros”. Esto significa que nadie por sí mismo sigue a Cristo, es decir, si no se convierte y hace cristiano y no acepta entrar bajo el “yugo” de la obediencia a Aquel. “Nadie puede venir a mí, si mi padre que me ha enviado no lo atrae”. Y entendemos como llamada la que hablará al corazón del hombre, y no simplemente a sus oídos. “Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. En otras palabras, hablamos de una llamada que encuentra al hombre en un estado propicio de correspondencia, es decir, un estado de madurez para la relación con Dios.


Muy a menudo, especialmente en el Evangelio de Juan, esta situación se califica como la “hora”, que es definida exactamente como la “hora” de la jaris (gracia, energía increada) de Dios. Por eso el Señor en cualquiera de Sus palabras con los hombres terminaba con la frase: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Por supuesto que habla de los oídos espirituales, no de los físicos. Es obvio que los discípulos de Cristo, como Andrés y Simón Pedro, se habían preparado para esto por su propia disposición de búsqueda y por el hasta entonces maestro de ellos Juan el Precursor, quien tenía como obra la llamada hacia la metania (introspección, conversión y confesión) y el anuncio de la llegada del Mesías.


¿Cuál es la característica del seguimiento a Cristo? ¿Cómo distingue uno la autenticidad de la llamada? Cristo contesta: “os convertiré en pescadores de hombres”. Es decir, el seguimiento a Cristo conduce inmediatamente a la apertura hacia el semejante y al trabajo apostólico-misionero. No puede uno ser discípulo especial de Cristo y permanecer apóstol (enviado), en el sentido de que adquirió un axioma o cargo para su disfrute personal. Algo así presupone una comprensión de tipo mundano del cargo, que el Señor ha condenado con especial repulsión: “No seáis como los soberanos y gobernantes, que quieren conquistar y dominar a los hombres y a las naciones”. El Señor llama al hombre a seguirLe para abrazar y servir al prójimo con el propósito de su sanación y salvación, lo que significa que el apóstol se convierte en cooperante de Dios. Y esto ocurre no sólo en los apóstoles de Cristo, sino en todos Sus fieles, independientemente del servicio del que hayan podido hacerse responsables: son discípulos de Cristo hasta el punto de que aman con toda la fuerza de sus almas a sus semejantes, incluso hasta a sus enemigos. Porque “el que ama a Dios y odia a su prójimo es un mentiroso y falso”.


Uno entiende que una situación así tiene carácter de sacrificio. Por lo general, en los hombres, este ágape (amor desinteresado) –que es continuación del amor a Dios- primeramente se manifiesta en su comportamiento y después en las palabras, que incluso a menudo los conducen hasta el martirio. El Señor no ha prometido a Sus seguidores flores y laureles. Les dijo que iban a sufrir penurias y persecuciones, pero de esta manera permanecerían unidos con Él y ayudarían sustancialmente a los hombres; es decir, lo que ha ocurrido con Él mismo: “He aquí, yo os envío como ovejas entre lobos”. “En el mundo tendréis mucha tristeza y sufrimiento”. Y principalmente: “El que quiera seguirme que se olvide de sí mismo, tome su cruz y me siga”. Por eso la fe cristiana no es de consumo popular, ni de “arrastre”. Se requiere valor y verdadero amor hacia Cristo, algo que explica también su disminución según las estadísticas universales.


¿Cuáles son las condiciones para seguir a Cristo? En la llamada de los primeros discípulos tenemos también la respuesta: “dejando las redes al instante”.


(a) “dejando las redes”. Uno puede y sigue a Cristo, cuando procede al desprendimiento de cualquier elemento que le tiene atado al mundo, aunque sea considerado mundanamente muy bueno. Es decir, lo que se pide siempre para el cristiano no es otra cosa que la voluntad de Dios. Si la voluntad de Dios para el cristiano pasa a través del “desprendimiento” aun de su trabajo, dejar todas las cosas mejores –“he aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”dirán los apóstoles a Cristo- entonces esta es la prioridad del fiel. En otras palabras, si algo me tiene “atado”, vinculado patológicamente con el mundo, por muy cercano e imprescindible que se considere para mí, debo estar preparado para dejarlo. En este desprendimiento que se hace a favor de Dios consiste también la sanación y salvación. Basta, por supuesto, tener el discernimiento de entender cada vez cuál es la voluntad de Dios para mí.


(b) “directamente”, es decir, sin aplazamiento. Cuando Dios me llama, cuando conozco Su santa voluntad y aplazo mi correspondencia y aplicación de esta voluntad en mi vida, a partir de este momento empieza la responsabilidad de mi contrariedad a Dios. Me convierto, de alguna manera en luchador contra Dios; por consiguiente, pongo obstáculos a la percepción y sentimiento de Su jaris (gracia, energía increada) en mi existencia. Y por lo general ocurre lo siguiente: continuamente aplazo la decisión de seguir a Cristo para más tarde; por lo tanto, nunca Le sigo. Un dicho antiguo dice: “el aplazamiento conduce al país del nunca jamás”. Esta situación es como un arma del diablo. El astuto maligno no ataca directamente al fiel con la negación a Dios, sino con la aceptación de Su voluntad pero para más tarde. Desde este aspecto, la vida cristiana tiene el elemento de resolución y empuje. El hombre que se ha convencido de la verdad de Cristo y de la sanación y salvación que ofrece como relación viva no puede aplazar. Además de los apóstoles, que correspondieron inmediatamente, vemos también la inmediatez en la correspondencia de todos los santos, quienes por eso se convirtieron precisamente en santos. En este caso, recordemos también al Apóstol Pablo, quien después de su admirable encuentro con el Cristo resucitado, en el momento que perseguía a los cristianos en el camino hacia Damasco, inmediatamente cambia su vida; y también santa María la Egipcia, que, apenas fue conciente del desastre de su vida y de dónde se encontraba la verdad, inmediatamente se fue al desierto sin volver nunca más al mundo.


P. Jorge Dorbarakis


LECTURAS


Rom 2,10-16: Hermanos, gloria, honor y paz para todo el que haga el bien, primero para el judío, pero también para el griego; porque en Dios no hay acepción de personas. Cuantos pecaron sin tener ley, perecerán también sin ley; y cuantos pecaron en el ámbito de la ley serán juzgados por la ley. Pues no son justos ante Dios quienes oyen la ley, sino que serán justificados quienes la cumplen. En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos, aun sin tener ley, son para sí mismos ley. Esos tales muestran que tienen escrita en sus corazones la exigencia de la ley; contando con el testimonio de la conciencia y con sus razonamientos internos contrapuestos, unas veces de condena y otras de alabanza, el día en que Dios juzgue lo oculto de los hombres de acuerdo con mi Evangelio a través de Cristo Jesús.


Mt 4,18-23: En aquel tiempo, paseando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.



Fuente: logosortodoxo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

13/06 - Trifilo el Obispo de Nicosia


San Trifilo, Obispo de Leucosia (la moderna Nicosia), probablemente nació en Chipre, y recibió su educación en Berito (Beirut, en el Líbano). Era muy inteligente y elocuente.


Viviendo en una época de persecución contra los cristianos, también fue durante este tiempo en el que se convirtió en cristiano. A pesar de su excelente educación, Trifilo regresó a Chipre y eligió como guía a un hombre que no era aficionado a los libros ni erudito, sino uno de brillante santidad y simplicidad: San Espiridión de Tremitunte. 


Finalmente, Trifilo fue ordenado diácono y siguió a Espiridión, obispo de Tremitunte. Cuando Espiridión viajó a Nicea para el Primer Sínodo Ecuménico en 325, Trifilo lo acompañó como su diácono. Trifilo quedó encantado con el hermoso palacio, la majestuosa figura del emperador y la pompa de la vida del palacio. Espiridión dijo: "¿Por qué estás asombrado? ¿Todo esto hace que el emperador sea más justo? Todos ellos, emperadores y dignatarios por igual, morirán y se unirán con los más pobres ante el tribunal de Dios. Uno debe buscar las bendiciones eternas y la gloria celestial ".

A su regreso a Chipre, la gente de Leucosia solicitó que Trifilo fuera su obispo, convirtiéndose así en el primer obispo de dicha ciudad. Todavía había muchos idólatras en su diócesis, por lo que su predicación era muy simple, pero llena de poderosa convicción. 


Su hogar estaba abierto todo el día y toda la noche. Recibía a los pobres, a los huérfanos, a las viudas y a los enfermos y les daba consuelo. Sirvió como pastor de su rebaño con mucho celo y amor, algo que aprendió de su maestro y padre espiritual, San Espiridión.


Cuando el emperador Constancio II (337-361) cayó gravemente enfermo en Antioquía, al no recibir ayuda de los médicos, recurrió a Dios. En un sueño vio a un ángel, que lo dirigió a un grupo de jerarcas. Señalando a dos de ellos, el ángel dijo que solo a través de ellos podría recibir curación. Constancio emitió un edicto imperial, ordenando a los obispos locales que se reunieran. El obispo Espiridión también recibió esta orden, y fue al emperador con su discípulo, el obispo Trifilo. El enfermo los reconoció de inmediato como los sanadores indicados por el ángel. Se inclinó ante ellos y les pidió que rezaran por su salud. San Espiridión con una oración tocó la cabeza del emperador y se recuperó.


Trifilio solía visitar a Espiridión mientras ambos servían como obispos. Una vez pasaron por una zona de viñedos y jardines de especial belleza y abundancia, llamada Parimno. San Trifilo, atraído por la belleza de la naturaleza, consideró cómo podrían explorar esta tierra. Espiridón discernió los pensamientos de Trifilo y dijo: "¿Por qué siempre piensas en las bendiciones terrenales y transitorias? Nuestra habitación y riquezas están en el cielo, por lo que debemos luchar". 


De este modo, San Espiridión condujo a su discípulo hacia la perfección espiritual, que San Trifilo logró a través de las oraciones de su instructor. Trifilo tenía un alma caritativa, un corazón sin malicia, una fe correcta y amor hacia todos, y muchas otras virtudes. Una vez, un Sínodo de obispos se reunió en Sárdica (moderna Sofía, Bulgaria). Los Padres del Sínodo solicitaron que el Obispo Trifilo, conocido por su erudición y elocuencia, se dirigiera a la gente. Hablando sobre la curación del paralítico por el Señor (Marcos 2:11), en lugar de la palabra "cama", usó la palabra "taburete plegable", ("σκίμποδα"). Impaciente por la interpretación imprecisa del texto del Evangelio, San Espiridión le dijo a San Trifilo: "¿Eres mejor que Aquel que dijo 'cama', para que te avergüences de Su redacción?" y abruptamente salió de la iglesia. De esta manera, San Espiridión le dio a San Trifilo una lección de humildad para que no se enorgulleciera de su propia elocuencia.


A partir de la herencia que le dejó su madre, Trifilo construyó un monasterio en Leucosia llamado Odegetria (o Crisodegetria, traducido como Guiadora o Guiadora de oro) junto con un cementerio. Junto con este monasterio masculino, también construyó un convento para mujeres donde se dice que su madre fue monja. Fue en este convento donde las monjas que viajaban a Tierra Santa se detendrían y recibirían hospitalidad tanto al salir como al irse. Sin embargo, se cree que ambos monasterios fueron destruidos por los árabes siglos después, aunque algunos creen que la iglesia actual llamada "Faneromeni" (Revelada, Mostrada) está construida sobre el Monasterio de Odegetria. 


El santo durmió en el Señor en la vejez alrededor del año 370, y fue enterrado en el Monasterio de Odegetria. El peregrino ruso Abad Daniel vio las reliquias de San Trifilo de Chipre a principios del siglo XII. Había una iglesia dedicada al santo en Leucosia, pero fue destruida en algún momento.


En el Cronicón de Leoncio Maqueras, escrito en el siglo XV, se registra que, cuando los árabes sarracenos buscaban un tesoro, abrieron la tumba de San Trifilo. En lugar de un tesoro, encontraron que su cuerpo estaba intacto y fragante. Lleno de ira, un árabe sacó su cuchillo y decapitó al Santo, y de repente y milagrosamente, la sangre comenzó a fluir. Con miedo, sacaron el cuerpo del Santo y trataron de quemarlo provocando un incendio. Sin embargo, debido a que el cuerpo aún permanecía intacto en el fuego, un árabe gritó: "En el nombre de Jesús, tu Cristo, acepta ser quemado en el fuego". La llama luego tocó ligeramente el cuerpo y el cabello del Santo. El cronista testifica que fue testigo de este milagro que tuvo lugar el 3 de mayo, cuando vio la reliquia del Santo medio quemada.


Cuando San Diomedes, que vivía en el ascetismo cerca de Leucosia en una cueva, se enteró de lo que sucedió con la reliquia del Santo, fue y tomó la cabeza del Santo y la llevó de regreso a su celda para su custodia. Sin embargo, alguien le vio hacer esto y lo traicionó a los árabes. Acto seguido, 500 árabes fueron a capturarlo. Al darse cuenta de que no había esperanza para su fuga, se detuvo cerca de la horca, que estaba ubicada al lado de las puertas de Famagusta. Después de decir algunas oraciones, se volvió hacia los árabes y escupió en su dirección. Esto hizo que todos se cayeran, y sus estómagos se hincharon, lo que les impidió correr. Por lo tanto, el Santo tuvo suficiente tiempo para regresar a su celda. Los soldados lo siguieron lentamente y, cuando llegaron, le rogaron que los curara y se compadeciera de ellos. Por compasión, el Santo los sanó, y todos se hicieron cristianos y fueron bautizados. 


Para conmemorar este evento con la reliquia de San Trifilo, cada año era conmemorado en la iglesia del Santo el 3 de mayo: la reliquia del Santo medio quemada era exhibida para su veneración. En ese día, la gente también se reunía y quemaba varias plantas y hierbas para recordar cómo se había secado el pantano. Desafortunadamente, ni las reliquias del Santo ni su iglesia han sobrevivido; sin embargo, su cabeza se encuentra hoy en el Monasterio de Cico. La única iglesia hoy en Chipre dedicada al Santo es la pequeña capilla que se encuentra en el patio de la Escuela Primaria Elenion.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia

13/06 - Aquilina la Mártir de Siria


Hoy se celebra la festividad de una niña mártir muy venerada en el mundo bizantino y en el Próximo Oriente: Aquilina, dicha “de Biblos”.


Se sabe muy poco de esta niña que fue martirizada con tan sólo doce años de edad. Los hagiógrafos sólo se quedan con los detalles del martirio, y nada más se dice sobre su vida, a no ser el relato edificante: amor extremo a Dios, consagración de la virginidad, odio hacia el paganismo…


Passio de la Santa


Nacida en Biblos (Líbano), alrededor del año 280, de su familia solo se conoce el nombre de su padre, Eutolmio, que era cristiano como ella. Conocemos también el nombre del obispo de la ciudad, Eutalio, que la bautizó y catequizó cuando tenía seis años de edad. Y tres años después, con sólo nueve, se quedó huérfana de padre, en el momento en que estallaba la persecución de Diocleciano.


Otro dato es el de su labor en el apostolado: aún niña, Aquilina se dedicó a predicar el Evangelio. A pesar de su juventud, no tenía miedo de profesar su fe, por lo que denunció en numerosas ocasiones la falsedad de los ídolos paganos. No se saben con exactitud las circunstancias que rodearon a estos hechos, pero el caso es que Aquilina, cuando cumplió doce años, empezó a predicar por toda la ciudad de Biblos la palabra de Jesucristo. Había ya allí muchos cristianos que no se exponían a tal riesgo por temor al Imperio, pero ella sí lo hizo. La niña, a través de sus enseñanzas, en las que se mezclaban el ardor de un profeta y la inocencia de su edad, conmovió a aquellos que acudían con asiduidad a oírla. Mediante esta labor apostólica, convirtió a muchos paganos al cristianismo, sobre todo a los jóvenes, muchachos y doncellas. Sin embargo, pronto empezó a levantar expectación: toda la ciudad quería conocer a aquella niña apóstol, y muchos se congregaban a su alrededor para sólo oírla hablar, sin interesarle lo que decía. Finalmente, la fama de Aquilina se divulgó tanto y tan lejos que llegó a oídos de las autoridades. Era el año 292-293, y en concreto, fue un tal Nicodemo quien la denunció ante el procónsul Volusiano, el gobernante de la ciudad.


En un principio, Volusiano se admiró de que una criatura pudiera levantar tal expectación, pero cuando las masas de gentes que venían a oírla empezaron a anegar la ciudad, se inquietó con el asunto. Principalmente fue porque muchos acudieron a él quejándose de aquella niña, pues siempre ha habido por cada admirador un opositor, y tantas y tan grandes fueron las protestas, que Volusiano temió una sedición o una revuelta en la ciudad. Por eso, antes que vinieran males mayores, decidió convocar a su presencia a la apóstol y preguntarle por sus dedicaciones. “Soy cristiana”, respondió ella, “Por tanto, hago lo que debo.” Volusiano le dijo: “Estás apartando a tus amigos y compañeros de la religión y la lealtad al Imperio, con la excusa de la creencia en Cristo, el Crucificado. ¿No sabes que el emperador condena esta actitud y a todos los que participan de ella? Abandona tus predicaciones si no quieres incurrir en pena. Y para convencerte, no dudaré en usar los sufrimientos más atroces, por muy niña que seas.” Aquilina respondió serenamente: “No tengo miedo de sufrir, en absoluto. Es más, aspiro a sufrir porque así imito a mi Dios, Jesucristo, y al morir como Él, resucitaré y seré glorificada con Él.”


Mandó entonces el prefecto que la desnudaran y la ataran a una columna, para luego ser flagelada. Al cabo de unos instantes, mandó detener la tortura y le dijo de nuevo: “Ahora que has podido comprobar que mis palabras no eran en vano, reflexiona de nuevo y sé razonable. Deja de excitar a las masas con tus arengas, y podrás volver a casa sin ninguna represalia por mi parte.” “Ni tú ni Satán seréis capaces de imponerme suplicios más fuertes que mi resistencia, con el poder de mi Dios Jesús.” El prefecto sacudió la cabeza y dijo: “No quiero condenar a una niña, sería vergonzoso para mí, pero aún más vergonzoso es que yo no pueda hacer cumplir las leyes del Imperio.” Tras un momento de reflexión, Volusiano prosiguió: “Escucha y razona, pequeña: voy a darte una oportunidad. Eres libre de volver a tu casa si así lo deseas, pero tienes que dejar de predicar. En el plazo de unos días, tendrás que haber cambiado de opinión, así que contempla la ley, o no me quedará más remedio que ajusticiarte.” Aquilina miró con profundo desprecio al magistrado y replicó: “Jamás cambiaré de opinión. Estoy decidida y no me rendiré. He vivido como cristiana desde mi niñez y como cristiana debo morir.”


Desengañado al ver qué poca consideración tenía aquella niña con sus intentos por salvarla, Volusiano mandó que se la atormentara de nuevo. Atada otra vez a la columna, los verdugos desgarraron el cuerpo de Aquilina con rastrillos afilados, arrancando la piel en las primeras pasadas, y luego pedazos de carne, mientras sangraba a borbotones. “¿Dónde está tu dios?”, le dijo Volusiano, “Que venga y te libre de mis manos.” “El Señor está conmigo de un modo invisible, y cuanto más sufro, más fuerza y valor me da.” La pequeña no resistió mucho tiempo aquella barbarie y se desmayó. Los verdugos, por comprobar si fingía para que cesara la tortura, la desataron, y ella cayó a plomo contra el suelo.


Entonces los verdugos tomaron varios afilados punzones de hierro y los calentaron al rojo vivo. Luego, cuando Aquilina volvió en sí, la agarraron y le atravesaron los tímpanos con los punzones. Especifica el relato que no se contentaron con perforárselos, sino que hundieron aún más las varillas en los oídos, atravesándole el cráneo, y lo hicieron con tanta ferocidad que al cabo de un rato, Volusiano vio cómo por la nariz de la niña empezaba a rezumar su propia masa encefálica. Desvanecida de nuevo, se la dio obviamente por muerta.


El cuerpo de Aquilina fue arrojado fuera de las murallas de la ciudad, pero entonces se le apareció un ángel que la hizo levantarse, ilesa. De nuevo, por orden misma del ángel, ella se presentó ante Volusiano, quien, al verla, palideció y gritó estupefacto: “¿Cómo? ¿Acaso estoy soñando? ¿No estabas tú muerta?” Ella no respondió; de modo que el prefecto dio orden de llevarla a la cárcel y decapitarla al día siguiente, temiendo estar ante un caso de brujería.


Pero no llegaron a hacerlo, pues cuando se la llevaron para ponerle fin, la niña se hincó de rodillas, entonó una oración y a continuación se desplomó muerta, dando a entender que Dios querría habérsela llevado antes de que pudieran ejecutarla. Aún así, temiendo el verdugo que se le acusara de desobedecer una orden, fue igualmente decapitada, y entonces vieron manar de su cuello leche en lugar de sangre, lo que confirmaría la santidad y la muerte sobrenatural de la niña antes de su propia decapitación. Los cristianos recuperaron su cuerpo y lo lavaron y aderezaron. Luego lo enterraron con todos los honores fuera de la ciudad, y pronto su tumba se convirtió en lugar de peregrinaje.


Culto y reliquias


Las noticias sobre su culto son muy seguras, y las reliquias también.


De su tumba original en el Líbano, que hasta hace poco se conservaba, sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, donde fueron objeto de una gran veneración. Allí se le dedicó una gran basílica en el Foro de Constantino, pero fue más tarde destruida por un incendio, concretamente en el siglo VI. San José el Himnógrafo compuso un himno en su honor. Su fiesta se celebra el 13 de junio.


Iconografía


La Santa aparece casi siempre representada como una joven o una niña de corta edad, rodeada de los instrumentos de su martirio, en particular la espada, los rastrillos o el punzón con que le atravesaron los tímpanos.


Meldelen



Fuente: preguntasantoral

Adaptación propia