06/05 - Job el Profeta


Este fiel siervo de Dios, icono perfectísimo de virtudes (sobre todo de la de la paciencia), era hijo de Zéraj y Bosra, el quinto desde Abrahán.


Job era honrado, intachable, justo, devoto y se abstenía de todo mal.


Era muy rico y bendecido por Dios, más que ningún otro habitante de Hus, su patria, entre Idumea y Arabia. Pero, con permiso divino, para probarlo, de repente fue privado de sus hijos, riquezas, gloria y cualquier consuelo, y su cuerpo fue cubierto de heridas.


Algunos dicen que aguantó valientemente estas calamidades durante siete años. Luego, con la bendición divina, se le restauró una prosperidad incluso mayor que la primera. Habiendo vivido tras sus aflicciones ciento setenta años, reposó a la edad de doscientos cuarenta años, en 1350 a.C. Otros dicen que su aflicción duró solo un año y que sobrevivió ciento cuarenta años más, viviendo en total doscientos diez años.


Sea como fuere, la Escritura nos presenta, en la introducción de un libro maravilloso, llamado precisamente «Libro de Job», la figura de Job sufriendo, protagonista del dolor. Son dos capítulos breves en los que, con rapidez estilizada, va bajando los escalones de la privación y el sufrimiento hasta la hondura del dolor. Primero pierde la hacienda: bueyes y asnos, corderos y camellos, siervos. Después pierde los hijos. Después la salud. Y así queda, llagado de pies a cabeza, tendido sobre la ceniza, rascándose las úlceras con una tejuela, mientras su mujer le escarnece: «¿Aún te aferras a tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!» (2,9) La resignación de Job está concentrada en un par de frases sobrias y robustas. Cuando pierde hacienda e hijos exclama: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá; Yahvé lo dio, Yahvé lo tomó, bendito el nombre de Yahvé» (1,21). A su mujer que le escarnece responde: «Bienes recibimos de parte de Yahvé; los males ¿no los recibiremos?» (2,10). En ambas ocasiones comenta el autor sacro: «En todo esto no pecó Job».


Aquí tenemos a Job sufriente y sufrido, parco en palabras, íntegro en someterse a Dios. Por encima de esa figura humana suena la voz de Dios en su consejo: «¿Has reparado en mi siervo Job, que no hay como él en la tierra; hombre íntegro y recto, temeroso de Dios, alejado del mal?» (1,8; 2,3). Muchos cristianos han mirado con estupor esa figura ejemplar, han escuchado el comentario divino como una canonización inapelable; después han cerrado el libro. Exactamente después de un capítulo y diez versículos. Y así no se han enterado de que Job, sujeto paciente del comienzo, se convierte muy pronto en el protagonista de un colosal debate, en el que se plantea y discute el eterno problema del dolor humano y la justicia divina:


«Tres amigos de Job, los sabios Elifaz, Bildad y Sofar, vinieron a consolarle. Desde lejos alzaron los ojos y no le reconocieron. Rasgaron sus vestiduras, esparcieron ceniza sobre sus cabezas, se sentaron junto a él siete días y siete noches, sin hablar palabra, porque era extremado su dolor.» (2,11-13)


Rompió el silencio Job, para gritar patéticamente su dolor: «Perezca el día en que nací, la noche en que se dijo: ha sido concebido un varón. No brille sobre él un rayo de luz, sea noche de soledad, no haya en ella regocijos. Espere la luz y no venga, no vea el parpadeo de la aurora. ¿Por qué no expiré en el seno, salido del vientre no perecí? Ahora reposaría, descansaría en paz; como aborto secreto no existiría, como las criaturas que no vieron la luz. Son mi comida los suspiros, se derraman como agua mis rugidos.» (cap 3, extractos)


Este clamor lírico de Job pone en marcha el diálogo: por turno riguroso arguyen los amigos y responde Job; el turno gira tres veces. Siempre en torno al problema, girando, repitiendo, insistiendo; siempre a la misma distancia intelectual, sin llegar a la solución. El problema consiste en conciliar la justicia divina con el dolor del hombre. Elifaz, Bildad y Sofar tienen una solución bien simple, resumible en dos silogismos: Dios es justo; si Dios castiga es que el hombre ha pecado. Es decir, los tres amigos entienden el dolor como castigo; la consecuencia irremediable es que Job ha pecado. Para defender a Dios condenan al siervo de Dios. Y hasta pretenden convertirle y hacerle reconocer sus pecados personales. La solución opuesta, la solución del impío, es también simple: el hombre sufre sin ser culpable, luego Dios no es justo, luego Dios no existe. Es decir, para justificar al hombre, condenar a Dios. Solución algo parecida a las palabras despechadas de la mujer de Job.


Pero Job no acepta ninguno de los dos extremos. De manera confusa entrevé una tercera vía que conduce a la solución, y no sabe cómo caminarla. Por eso afirma una y otra vez las dos justicias: la de Dios y la suya propia. No basta argüir que todos los hombres son pecadores, pues Job considera su dolor desproporcionado como castigo. Los interlocutores quieren defender a Dios, pero lo hacen con argumentos ineficaces o repiten que Dios castiga al malvado, o insisten en que Job es pecador. Job refuta vigorosamente tales argumentos: que muchos malvados disfrutan de la vida lo prueba la experiencia; mientras él escucha a su conciencia que le justifica. Por eso pide un juez imparcial y libertad para argüir; en tales condiciones espera victoria segura. Pero no encuentra ese juez supremo, porque Dios mismo le ha herido. Y, sin embargo, por encima de Dios que le hiere espera en Dios que le salvará.


Ya no es la carne, es el espíritu de Job quien parece rasgarse por la tensión de ideas contrarias. Audazmente, paradójicamente, parece apelar a Dios contra Dios, con una oscura y definitiva confianza. Tanto los argumentos fútiles y tradicionales de los tres sabios como las reclamaciones de Job piden una intervención divina que aporte la verdadera solución. Ya por el prólogo sabíamos que esa tercera vía, que busca Job a tientas, existe: que el dolor no sólo es castigo, sino también prueba. Esto lo sabíamos, porque el autor nos descubrió el fondo de los sucesos en un rapto celeste. Pero Job, ignora tales razones, y más aún sus amigos. Dios acepta la apelación y baja a responder al hombre; no sólo al hombre Job, sino a todos los hombres dolientes que interrogan en la persona de Job.


Al final del largo debate la posición de Job se asemeja a la resignación inicial; sólo que ahora su actitud es más profunda y rica. Al principio era una resignación muda, de quien no piensa y acepta. Ahora es la aceptación consciente de quien ha meditado largamente sobre el problema sin hallar por sus medios la solución. Al final Dios restituye a su siervo; le acrecentó hasta el duplo sus posesiones, le dio hijos e hijas, le alargó los días". Así nos enseña a todos que el dolor no es el destino definitivo del hombre. Sin formularlo, la acción de Dios significa una respuesta. Job había dicho: «Si recibimos bienes de Dios, ¿por qué no aceptar los males?». Dios responde implícitamente: «Porque aceptó los males le duplico los bienes». Así Job, protagonista del dolor resignado y del debate ardiente, concluye como protagonista del premio. Consolando a todos los hombres dolientes que sufren con resignación y esperan recibir, no el doble, sino el ciento por uno.



Fuente: goarch.org / eltestigofiel.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Miércoles de la IV Semana de Pascua - Mediopentecostés (Mesopentecostés)


En el punto medio entre las grandes fiestas de Pascua y Pentecostés, el día vigésimo quinto, que cae siempre en miércoles, es una de las fiestas más queridas para los cristianos de rito bizantino más devotos, y es conocida simplemente como Mediopentecostés. Mediopentecostés es al Pentecostarion lo que el Tercer domingo de la Gran Cuaresma, que honra a la Santa Cruz, es para el período de la Gran Cuaresma. Es un día que nos ayuda a enfocarnos en el tema central de todo el período. Mientras que el punto medio de la Gran Cuaresma nos recuerda que debemos llevar la Cruz de Cristo con valor para que podamos morir diariamente con Cristo para experimentar la resurrección de nuestro Señor, el punto medio del Pentecostarion nos ilumina con respecto al tema de los cincuenta días siguientes a Pascua, que es la adquisición del Espíritu Santo, derramado como un regalo a todos los fieles que participan del Agua Viva que es el mismo Cristo.


El tema central a lo largo del período del Pentecostarion, por lo tanto, es el agua. Este se convierte en el tema central del período porque es el tema central del Evangelio de Juan, que leemos en su totalidad durante el Pentecostarion y que naturalmente deriva en los Hechos de los Apóstoles, que también se leen durante este período en su totalidad.


Este tema aparece por primera vez en la misma Pascua, en el alegre Canon de la Fiesta de las Fiestas, escrito por San Juan Damasceno, cuando nos invita a "tomar una nueva bebida", no "surgida de una roca estéril", como en el Antiguo Testamento bajo Moisés, sino que más bien "brota de la tumba de Cristo". Luego, durante la Liturgia Divina Pascual, el sacerdote sale con el Evangelio y canta en voz alta el Salmo 67:27 diciendo: "En las congregaciones bendecid a Dios, el Señor de los manantiales de Israel".


Cuando se termina la Renovación o la Semana Brillante, la Iglesia establece sabiamente dos domingos para eliminar todas las dudas relacionadas con la Resurrección de Cristo, la del domingo de Santo Tomás y el domingo de las Mujeres Miróforas. Esto se hace para garantizar que todos participemos del Agua Viva que solo el Señor resucitado puede dar. Los siguientes tres domingos, a medida que nos acercamos a Pentecostés, el tema del agua se vuelve cada vez más central en los himnos de la Iglesia. Así, nos encontramos un domingo en la piscina de ovejas con el paralítico, luego en el pozo de Jacob con la mujer samaritana, y finalmente en la piscina de Siloé con el ciego.


Durante este período festivo escuchamos acerca del "Agua Viva" que, si uno participa de ella, "nunca tendrá sed". Se nos enseña que es nuestro mismo Salvador esta Agua Viva, y participamos de Él a través de las aguas bautismales y de la Copa de la Vida que surgió de Su costado en Su crucifixión para la remisión de los pecados y la vida eterna (brotó sangre y agua).


Luego, en Pentecostés, llovió la gracia increada de Dios sobre nuestras almas y cuerpos secos para que podamos ser fructíferos y tener una gran cosecha como escuchamos en el santo Evangelio en ese día: "Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba". Finalmente, el Pentecostarion concluye con la fiesta de todos los santos, es decir, aquellos que participaron de las "aguas de la piedad", que es la cosecha de la efusión del Espíritu Santo.


Los Padres de la Iglesia nos enseñan que la fiesta de Mediopentecostés se encuentra en medio del período de cincuenta días desde la Pascua hasta Pentecostés como un poderoso río que fluye de la gracia divina y que tiene como fuente estas dos grandes fiestas. Pascua y Pentecostés se unen en Mediopentecostés. Sin Pascua no hay Pentecostés y sin Pentecostés no hay propósito para la Pascua.


Leemos con más detalle en el Gran Libro de las Horas:


"Después de que el Salvador sanó milagrosamente al paralítico, los judíos, especialmente los fariseos y los escribas, fueron movidos a envidia y lo persiguieron, y trataron de matarlo, usando la excusa de que no guardaba el sábado, ya que hizo milagros en ese día. Jesús se marchó a Galilea. Cerca de la mitad de la Fiesta de los Tabernáculos, subió de nuevo al templo y enseñó. Los judíos, maravillados por la sabiduría de sus palabras, dijeron: "¿cómo sabe este hombre las letras, sin haber aprendido? " Pero Cristo primero les reprochó su incredulidad e ilegalidad, y luego les demostró por la Ley que intentaban asesinarlo injustamente como forma de despreciar la Ley, ya que había sanado al paralítico en el día de reposo.


Por lo tanto, dado que las cosas de las que habló Cristo en medio de la Fiesta de los Tabernáculos están relacionadas con el domingo del Paralítico que acaba de pasar, y como ya hemos llegado al punto medio de los cincuenta días entre Pascua y Pentecostés, la Iglesia ha designado esta fiesta presente como un vínculo entre las dos grandes Fiestas, uniendo, por así decirlo, las dos en una y compartiendo la gracia de ambas. Por lo tanto, la fiesta de hoy se llama Mediopentecostés y la lectura del Evangelio, "En la mitad de la fiesta", aunque se refiere a la Fiesta de los Tabernáculos, se usa.


Cabe señalar que había tres grandes fiestas judías: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. La Pascua se celebraba el 15 de Nisán, el primer mes del calendario judío, que coincide aproximadamente con nuestro marzo. La fiesta conmemoró el día en que a los hebreos se les ordenó que comieran el cordero al anochecer y ungieran las puertas de sus casas con su sangre. Luego, habiendo escapado de la esclavitud y la muerte a manos de los egipcios, pasaron por el Mar Rojo a la Tierra Prometida. Se llama 'la fiesta de los Panes sin Levadura' porque comían pan sin levadura durante siete días. Pentecostés se celebraba cincuenta días después de la Pascua, en primer lugar, porque las tribus hebreas habían llegado al Monte Sinaí después de salir de Egipto, y allí se recibió la Ley de Dios; en segundo lugar, se celebró para conmemorar su entrada en la Tierra Prometida, donde también comieron pan, después de haber sido alimentados con maná durante cuarenta años en el desierto. Por lo tanto, ellos ofrecían a Dios un sacrificio de pan preparado con trigo nuevo. Finalmente, también celebraban la Fiesta de los Tabernáculos del 15 al 22 del "séptimo mes", que corresponde aproximadamente a nuestro mes de septiembre. Durante este tiempo, vivían en cabañas hechas de ramas en conmemoración de los cuarenta años que pasaron en el desierto, viviendo en tabernáculos, es decir, en tiendas de campaña (Ex. 12: 10-20; Lev. 23 LXX). "


La Fiesta de la Mediopentecostés se celebra durante toda una semana hasta el miércoles siguiente, por lo que es una fiesta de ocho días. Durante todo este tiempo, los himnos de Mediopentecostés se unen con los de la Pascua. Debido al tema del agua, tradicionalmente la Iglesia celebra la Bendición Menor de las Aguas en este día, preferiblemente con una procesión con la Santa Cruz hasta una fuente de agua. El tema de la fiesta no solo invoca al agua, sino que, más importante aún para la cronología del Evangelio, honra a Cristo como Maestro y Sabiduría a medida que se revela entre las historias del paralítico y la del hombre ciego. Durante este tiempo se nos dice: "a la mitad de la fiesta, Jesús subió al templo y enseñó ... Jesús les respondió y dijo: -Mi doctrina no es mía, sino del que me envió. Si algún hombre hace Su voluntad, él sabrá de la doctrina, ya sea de Dios o si hablo de mí mismo "(Juan 7: 14-30). El icono para esta fiesta representa al joven Jesús enseñando a los ancianos en el Templo (Lucas 2:46, 47), momento en el que Jesús se reveló a sí mismo como un maestro o rabino. Los iconos bizantinos tradicionales representan a Jesús como más grande que los ancianos, mostrando su estado espiritual superior.


Dado que los himnos de la Iglesia invocan y alaban a nuestro Señor como la Sabiduría de Dios mencionada en el Libro de Proverbios del Antiguo Testamento, es tradicional que todas las iglesias nombradas en honor a la Santa Sabiduría celebren su fiesta en este día. De hecho, el erudito griego Constantine Kalokyre ha escrito un estudio titulado "Las iglesias de la sabiduría de Dios y la fecha de su celebración", que apareció en el periódico San Gregorio Palamás, no. 71 (723) (1988), pp. 538-617. En este estudio, se llega a la conclusión de que la Gran Iglesia de Santa Sofía en Constantinopla celebraba su fiesta en Mediopentecostés.


LECTURAS


En Vísperas


Miq 4,2,3,5;6,2-5,8;5,3,4: Así dice el Señor: «De Sion saldrá la ley, la palabra del Señor, de Jerusalén». Juzgará entre muchas naciones, será árbitro de pueblos poderosos y lejanos. Si todas las naciones van tras sus dioses, nosotros caminamos en el nombre del Señor, nuestro Dios, por siempre jamás. Escuchad, montañas, el pleito del Señor, vosotros, inalterables cimientos de la tierra: el Señor pleitea con su pueblo, con Israel se querella. «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he molestado? ¡Respóndeme! Yo te saqué de Egipto y te libré de la servidumbre. Yo te envié a Moisés, Aarón y María. Pueblo mío, recuerda lo que planeaban contra ti tus enemigos». Se mantendrá firme, pastoreará con la fuerza del Señor. El Señor se hará grande hasta el confín de la tierra. Él mismo será la paz.


Is 55,1;12,3-4;55,2-3,6-13: Así dice el Señor: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed, venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche». Porque así os dice el Señor Todopoderoso: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación». Aquel día diréis: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso». Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme y viviréis. Sellaré con vosotros una alianza perpetua. Buscad al Señor mientras se deja encontrar, invocadlo mientras está cerca. Que el malvado abandone su camino, y el malhechor sus planes; que se convierta al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —oráculo del Señor—. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes. Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo. Saldréis con alegría, os llevarán seguros; montes y colinas romperán a cantar ante vosotros, aplaudirán los árboles del campo. En vez de espinos, crecerá el ciprés; en vez de ortigas, el arrayán; serán el renombre del Señor y monumento perpetuo imperecedero.


Prov 9,1-11: La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: «Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice: «Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia». Quien corrige al insolente recibe insultos; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, conocer al Santo implica inteligencia. Por mí prolongarás tus días, se añadirán años a tu vida.


En la Liturgia


Hch 14,6-18: En aquellos días, los apóstoles huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y alrededores, donde se pusieron a predicar el Evangelio. Había en Listra, sentado, un hombre impedido de pies; cojo desde el seno de su madre, nunca había podido andar. Estaba escuchando las palabras de Pablo, y este, fijando en él la vista y viendo que tenía una fe capaz de obtener la salud, le dijo en voz alta: «Levántate, ponte derecho sobre tus pies». El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en la lengua de Licaonia: «Los dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos». A Bernabé lo llamaban Zeus, y a Pablo, Hermes, porque se encargaba de hablar. El sacerdote del templo de Zeus que estaba a la entrada de la ciudad trajo a las puertas toros y guirnaldas y, con la gente, quería ofrecerles un sacrificio. Al oírlo los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron el manto e irrumpieron por medio del gentío, gritando y diciendo: «Hombres, ¿qué hacéis? También nosotros somos humanos de vuestra misma condición; os anunciamos esta Buena Noticia: que dejéis los ídolos vanos y os convirtáis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra y el mar y todo lo que contienen. En las generaciones pasadas, permitió que cada pueblo anduviera por su camino; aunque no ha dejado de dar testimonio de sí mismo con sus beneficios, mandándoos desde el cielo la lluvia y las cosechas a sus tiempos, dándoos comida y alegría en abundancia». Con estas palabras, a duras penas disuadieron al gentío de que les ofrecieran un sacrificio.


Jn 7,14-30: A mitad de la fiesta, subió Jesús al templo y se puso a enseñar. Los judíos preguntaban extrañados: «¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?». Jesús entonces les contestó: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado; el que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios podrá apreciar si mi doctrina viene de Dios o si hablo en mi nombre. Quien habla en su propio nombre busca su propia gloria; en cambio, el que busca la gloria del que lo ha enviado, ese es veraz y en él no hay injusticia. ¿Acaso no os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué queréis matarme?». Respondió la gente: «Tienes un demonio, ¿quién quiere matarte?». Jesús les contestó: «He hecho una obra y todos os admiráis por ello. Moisés os dio la circuncisión —aunque no es de Moisés, sino de los patriarcas— y vosotros circuncidáis a un hombre en sábado. Si un hombre recibe la circuncisión en sábado para que no se quebrante la ley de Moisés, ¿por qué os enojáis contra mí porque he curado en sábado a un hombre enteramente? No juzguéis según apariencia, sino juzgad según un juicio justo». Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron: «¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene». Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: «A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado». Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

05/05 - Irene la Megalomártir


La Santa Megalomártir Irene vivió durante el s. IV d.C. Era hija de Licinio, que era rey de un pequeño reino, y de Licinia. Procedían de la ciudad de Magedón.


Nacida en el año 315, sus padres le dieron el nombre de Penélope.


Cuando la Santa cumplió seis años, debido a que era justa y superaba en belleza a todas las otras doncellas de su tiempo, fue encerrada por su padre Lιcinio en una torre construida por él, y encargó su educación a un anciano maestro llamado Apeliano, que escribió las memorias de su martirio.


Una noche Irene tuvo la siguiente visión: entró en la torre una paloma manteniendo en su pico un tallo de de olivo, el cual dejó sobre la mesa. También entró un águila llevando una corona de flores, la cual depositó también sobre la mesa. Después entró por otra ventana un cuervo, que puso sobre la mesa una serpiente. Cuando se despertó por la mañana, meditaba, pensativa qué podría significar todo eso que había visto.


Entonces se lo contó al anciano Apeliano, y éste lo interpretó como un preaviso de su gloriosa coronación ante su final martírico tras su bautismo: "La paloma significa la educación de la mente, mientras que la rama de olivo significa el sellado y el comienzo de las cosas, y es un tipo de bautismo. El águila, siendo el rey de las aves, presagia por medio de la corona la victoria que obtendrás a través de cosas elegidas y buenas. El cuervo con la serpiente significa que probarás el sufrimiento y la angustia”.


Fue atraída hacia el cristianismo por una joven criptocristiana, la cual, debido a su honestidad y a sus virtudes, fue muy apreciada por los padres de Penélope y fue asignada por ellos como la cuidadora de su hija. Un sacerdote llamado Timoteo bautizó secretamente a la joven, renombrándola Irene.


Su padre, Licinio, no tardó en ser informado de lo sucedido cuando, además, Santa Irene destrozó los ídolos de la casa de su padre, confesando así su fe en Cristo. Por esta razón, este ordenó que la ataran a los pies de un caballo salvaje para que la matase a coces. Pero por milagro el caballo se volvió y lo mató a él. Entonces hubo una gran confusión entre la gente que allí se encontraba. Irene les consoló con las palabras de Cristo: "Todo es posible para el que cree" (Mc. 23:23). Y de hecho, con una gran fe, ella oró y su padre se levantó vivo. Entonces, todos los miembros de la familia fueron bautizados cristianos. Su padre entonces abandonó su reino y se fue a morar en la torre que había construido para su hija, donde pasó el resto de su vida en penitencia.


Después de que su padre muriera, otro rey llegó al trono cuyo nombre era Sedecías, que instó a la santa a sacrificar a los ídolos. No persuadida por él, fue arrojada en un pozo profundo en el que había varias serpientes venenosas y reptiles. Después de catorce días allí, salió ilesa. Luego le cortaron las piernas, pero, con la ayuda de un ángel divino, recuperó la salud. Luego fue atada a una rueda, pero el agua que hacía girar la rueda dejó de fluir, por lo que la Santa salió ilesa. Por este milagro, ocho mil almas llegaron a creer en Cristo.


Cuando Sedecías fue expulsado de su reino y su hijo Sapor I fue a la guerra contra aquellos por quienes su padre había sido expulsado, Santa Irene se encontró con él y su ejército en las afueras de la ciudad de Magedón. Y después de decir una oración, todos se volvieron sordos y ciegos, para que no pudieran ver por dónde iban, y después de rezar nuevamente, les devolvió la vista y el oído. Por esta razón, traspasaron los talones de la Santa con púas y la cargaron con un saco lleno de arena. De esta manera fue obligada a marchar durante casi 5 kilómetros. Luego la tierra se dividió de repente en dos, tragando a diez mil de los incrédulos, lo que a su vez hizo que treinta mil personas creyeran en Cristo. Sin embargo, el rey aún permanecía en su incredulidad; por lo tanto, un Ángel del Señor lo golpeó y lo mató.


La Santa recibió entonces permiso y libertad para entrar en la ciudad, donde hizo muchos milagros. Al ir a la torre en la que estaban su padre y el sacerdote Timoteo, llevó a cinco mil griegos a creer en Cristo por medio de sus enseñanzas. Con ellos había treinta y tres hombres a quienes se les había ordenado proteger la torre, y todos recibieron el Santo Bautismo.


Al entrar en la ciudad de Galípoli del Helesponto, donde era rey Numeriano, pariente del antiguo rey, se paró ante él y le confesó a Cristo. Entonces este la colocó en tres toros de bronce al rojo vivo, moviéndola del primero al segundo y del segundo al tercero. El tercer toro, aunque sin vida, extrañamente comenzó a caminar, luego se partió en dos, y la Santa emergió ilesa. Muchos incrédulos, hasta cien mil, vieron esta maravilla y creyeron en Cristo. Cuando el rey estaba a punto de morir, entregó a la Santa al gobernador para que fuera castigada con varios tormentos. El gobernador ató a la Mártir con cadenas y encendió fuego debajo de ella. Sin embargo, un Ángel del Señor bajó y apagó el fuego, protegiendo así a la Santa. Cuando el gobernador vio esto, creyó en Cristo con sus hombres.


Debido a que la fama de la Santa se extendió, el rey persa Sapor II (309–379), que reinó durante los años de Constantino el Grande, oyó hablar de ella y quería que fuera decapitada. Por lo tanto, la victoriosa Irene de Cristo fue decapitada y colocada en una tumba, pero nuevamente, por un ángel divino, fue levantada, y él la magnificó por haber sido martirizada por Cristo. Ella fue magnificada también por aquellos que llegaron a creer en Cristo a través de ella. 


Habiéndose levantado, se dice que entró en la ciudad conocida como Mesimbria de Tracia, sosteniendo en su mano una rama de olivo, y así se presentó ante el rey. Al verla, el rey creyó en Cristo y fue bautizado por el presbítero Timoteo junto con otros muchos. Luego la Santa fue a su ciudad de Magedón y lloró por su padre, que había muerto previamente, y se despidió de su madre. De repente, fue tomada por una nube y llegó a Éfeso, donde se quedó por un tiempo realizando muchos milagros, y fue honrada como Isapóstol (Igual a los Apóstoles). Después de esto se reunió con su maestro Apeliano.


Después de haber enseñado en Éfeso, la Santa se fue con otras seis personas y Apeliano de la ciudad de Éfeso a una nueva tumba, donde nadie había estado antes. Después de que ella entró, Apeliano la selló con una piedra. La Santa ordenó que, mientras estuviese entre los vivos, nadie debía quitar la piedra colocada sobre la tumba por Apeliano. Después de dos días, Apeliano fue a la tumba y encontró la piedra levantada de la tumba, y el cuerpo de la mártir había desaparecido.


Al menos dos iglesias estaban dedicadas a Santa Irene en Constantinopla, y también es la patrona de la isla egea de Tera, comúnmente llamada Santorín o Santorini (corrupción de “Santa Irene”).



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / goarch.org

Traducción del inglés y adaptación propias

Martes de la IV Semana de Pascua


Hch 10,21-33: En aquellos días, bajando Pedro al encuentro de los hombres, les dijo: «Aquí estoy, yo soy el que buscáis. ¿Cuál es el motivo de vuestra venida?». Ellos le dijeron: «El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, acreditado además por el testimonio de todo el pueblo judío, ha recibido de un ángel santo la orden de hacerte ir a su casa y de escuchar tus palabras». Él los invitó a entrar y los alojó. Al día siguiente, se levantó y marchó con ellos, haciéndose acompañar por algunos de los hermanos de Jafa. Al día siguiente entró en Cesarea, donde Cornelio lo estaba esperando, reunido con sus parientes y amigos íntimos. Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose, le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó, diciéndole: «Levántate, que soy un hombre como tú». Entró en la casa conversando con él y encontró a muchas personas reunidas. Entonces les dijo: «Vosotros sabéis que a un judío no le está permitido relacionarse con extranjeros ni entrar en su casa, pero a mí Dios me ha mostrado que no debo llamar profano o impuro a ningún hombre; por eso, al recibir la llamada, he venido sin poner objeción. Decidme, pues, por qué motivo me habéis hecho venir». Cornelio dijo: «Hace cuatro días, a esta misma hora, cuando estaba haciendo la oración de la hora de nona en mi casa, se me presentó un hombre con vestido resplandeciente y me dijo: “Cornelio, Dios ha oído tu oración y ha recordado tus limosnas; envía, pues, a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro, que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, a orillas del mar”. Enseguida envié a por ti, y tú has hecho bien en venir. Ahora, aquí nos tienes a todos delante de Dios, para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos».


Jn 7,1-14: En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Le decían sus hermanos: «Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Y es que tampoco sus hermanos creían en él. Jesús les dice: «Mi tiempo no ha llegado todavía, el vuestro está siempre dispuesto. El mundo no puede odiaros a vosotros, a mí sí me odia porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo no se ha cumplido todavía». Después de decir estas cosas, permaneció en Galilea. Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas. Los judíos lo buscaban en la fiesta y decían: «¿Dónde está?», y había muchos comentarios acerca de él entre las turbas. Unos decían: «Es bueno»; otros decían: «No, sino que engaña a la gente». Pero nadie hablaba de él en público por miedo a los judíos.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

04/05 - Nuestro Justo Padre Nicéforo, Fundador del Monasterio de Medicio

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Nuestro Santo Padre San Nicéforo, hegúmeno y fundador del monasterio de Medicio, vivió en la época de la iconoclasia y nació en una familia acomodada de Constantinopla. Habiendo amado a Cristo desde su infancia, y viendo la propagación de la herejía de la iconoclasia, se retiró del mundo y de cualquier apego a las cosas mundanas y se convirtió en monje en el Monasterio de Heraclión en Bitinia. 


Luego se retiró a las montañas de una finca familiar, donde vivió en silencio y quietud, ejercitándose en ayuno, vigilias y oraciones, y allí rezó a Dios para que la paz llegara al Imperio Romano. Cuando llegaron las señales de paz, estableció el Monasterio de Medicio


El Monasterio de San Sergio de Medicio, comúnmente conocido simplemente como el Monasterio de Medicio, y más tarde como el Monasterio de los Santos Padres, estaba en Triglia de Bitinia. Nicéforo lo fundó en el año 780 restaurando una iglesia en ruinas dedicada al Arcángel San Miguel y construyendo el monasterio a su alrededor. Nicéforo sirvió como su primer hegúmeno, hasta su muerte en el año 813.


Nicéforo participó en el VII Sínodo o Concilio Ecuménico de Nicea en el año 787.


San Nicéforo fue quien tonsuró al monacato al joven Nicetas (conmemoraro el 3 de abril). Después de siete años de vida virtuosa en el monasterio, famoso por su estricto gobierno monástico, San Nicetas fue ordenado presbítero. San Nicéforo, conociendo la vida santa del joven monje, le confió la guía del monasterio cuando él mismo enfermó.


Cuando León V el Armenio (813-820) llegó al trono, la iconoclasia comenzó a extenderse nuevamente. Debido a que Nicéforo fue declarado culpable por venerar los iconos, fue exiliado y encarcelado en una celda oscura. Después de soportar este aislamiento por su amor a Cristo, allí decansó en paz. Cuando San Nicéforo se durmió en el Señor en su vejez en el año 813, los hermanos eligieron por unanimidad a San Nicetas como abad.


Tanto los santos Nicéforo como Nicetas fueron enterrados en el nártex de la Iglesia de San Miguel del Monasterio de Medicio con gran reverencia.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com

Adaptación propia