01/09 - Simeón el Estilita («el Viejo»)


Los estilitas eran unos eremitas que a partir del siglo V empezaron a hacer penitencia viviendo subidos a una columna. Existen cinco santos estilitas de nombre Simeón: San Simeón Estilita el Viejo, San Simeón Estilita el Confesor, San Simeón Estilita en el Egeo, San Simeón Estilita el Joven y San Simeón el Nuevo Estilita. Pero vamos a hablar del primero de ellos.


Según nos dice Teodoreto de Ciro, coetáneo del santo, Simeón nació en Sisá, en los confines entre Siria y Cilicia, en la región de Nicópolis (la actual Islahije). Hay escasez de datos cronológicos por lo que no se puede precisar el año de su nacimiento, aunque se sabe que fue a finales del siglo IV. Sus padres eran cristianos y tuvieron numerosos hijos, pero todos murieron siendo niños excepto Simeón y uno de sus hermanos. Después de morir sus padres, un domingo, una fuerte nevada lo obligó a dejar el ganado en el establo y se fue a la iglesia donde escuchó el evangelio de las Bienaventuranzas. Entonces se sintió llamado a la vida monástica pensando que era la mejor forma de conseguir aquella felicidad que proclamaban las bienaventuranzas.


Al domingo siguiente volvió a la iglesia y mientras oraba se durmió y tuvo una visión: estaba cavando una fosa y una voz lo animaba a seguir excavando y después a “construir”. Dice Teodoreto que esta fue una visión profética de su futura vida de estilita. Se acercó entonces a un lugar en el que habitaban unos ascetas y allí se quedó dos años. Después de ocurrirle algunos hechos prodigiosos y de ayunar durante muchos días, volvió a donde estaba su hermano Semsin y repartió con él la herencia paterna. Su parte la entregó a los pobres y a unos monasterios cercanos, y deseoso de conseguir una mayor perfección, se fue a Teleda y entró en un monasterio que estaba bajo la dirección de un tal Heliodoro. El monasterio tenía un centenar de monjes, entre ellos un primo de Simeón. Poco después de ingresar en el monasterio recibió la bendición del obispo Mara de Gabala.


En el monasterio se dedicó a la práctica de tremendas mortificaciones, ayunaba todos los días excepto los domingos y vivió durante dos años semienterrado en el huerto del monasterio. Estas obras ascéticas llegaron a irritar a sus superiores, los cuales debieron intervenir cuando descubrieron que Simeón llevaba puesto un cruel cilicio  que hacía que parte del cuerpo estuviera en carne viva y con las heridas infestadas por la suciedad. Como esta austeridad la consideraron absurda, lo echaron del monasterio para impedir que su ejemplo fuese imitado por otros monjes que tuviesen peor salud y sintieran el deseo de realizar las mismas extravagancias. Entonces él se retiró a una montaña cercana y se metió en una oquedad en el suelo permaneciendo allí cinco días, pero los superiores del monasterio, arrepentidos de haberlo expulsado, fueron a buscarlo para que retornase con ellos.


Sigue diciendo Teodoreto que, poco tiempo después, abandonó definitivamente el monasterio de Teleda y marchó a Telánissos, a unos setenta y cinco kilómetros al noreste de Antioquía. El lugar se llama hoy en día Der Sim’an. Allí llegó al inicio de la Cuaresma del año 458. Llamó a la puerta del monasterio de Mari, que estaba casi vacío, y allí se colocó en una casucha en la que estuvo encerrado durante toda la Cuaresma. El abad aceptó su reclusión dándole diez panes y un jarro de agua. Cuando terminó la Cuaresma fue encontrado casi inconsciente en el suelo pues no había tomado nada durante los cuarenta días. Le dieron la Eucaristía y se reanimó. Esto volvió a hacerlo durante cuarenta y tres años consecutivos en tiempos de Cuaresma. Los primeros días se mantenía en pie sin moverse, después sentado y los últimos días inevitablemente, tendido en el suelo debido a la debilidad producida por el ayuno absoluto. Cuando llegaba la Pascua se marchaba al desierto. Allí se hizo una casucha en un monte llamado actualmente Qal’at Sem’an, con la intención de vivir más intensamente una vida de contemplación. Se metía en el pequeño recinto y se encadenaba por un pie para limitar sus propios movimientos. El obispo Melecio le hizo comprender que no tenía por qué encadenarse, que bastaba con tener voluntad para conseguir la liberación espiritual sin tener que recurrir a actuaciones tan extravagantes. Estuvo vestido durante siete años con ropa de paja y posteriormente, cambió la paja por una simple piel de cabra. Si fuese cierto, que no lo es, todo lo contado por Teodoreto, se podría decir que estamos ante uno de los santos más extremos y al mismo tiempo más venerado de todos los tiempos.


Como su fama de penitencia se corrió entre las poblaciones vecinas, empezaron a llegar peregrinos para conseguir ser curados de enfermedades y él, que estaba deseoso de volar al cielo y que no quería ser tocado, se subió a una columna, inaugurando una nueva forma de vida, la de estilita, que aun lo hizo más famoso. Los hagiógrafos difieren en si permaneció sobre una columna o sobre varias y cuanto tiempo estuvo en cada una. Teodoreto dice que durante cinco años estuvo sobre la primera piedra (un pedestal de dos cúbitos de altura, cuatro pies de largo y cuatro cúbitos de perímetro, el equivalente a 1,76 metros de altura), altura apenas suficiente para apartarse de la indiscreta devoción de los fieles. El abad del monasterio de Mari, donde él estuvo, construyó un monasterio cercano a la columna. En aquel tiempo murió Semsin, el hermano de Simeón.


Sobre la columna estaba a la intemperie y sólo se cubría la cabeza con una capucha. Los días de fiesta los pasaba en oración con los brazos levantados, inclinándose cientos de veces hasta tocar los pies con la cabeza. Aunque debió hacer malabarismos para no caer (o más de una vez se cayó), esta postura le causó una úlcera en los pies y llagas por todo el cuerpo. Se comportaba con humildad, simpleza, modestia y dulzura. Dos veces al día predicaba al pueblo y después de la hora nona (tres de la tarde) se dedicaba a dar consejos, curar enfermos, expulsar demonios, hacer milagros, etc. Por la apología que hace Teodoreto del estilismo, se puede sospechar que esta insólita forma de ascetismo tuvo contestación en los ambientes religiosos que la consideraban sumamente extravagante. Se sabe que los monjes egipcios amenazaron a Simeón, incluso con la excomunión, aunque esto no llegó a ocurrir al comprobar la virtud del estilita. Al mismo tiempo, los archimandritas antioquenos aprobaron en el año 430 este género de vida, después de conocerlo y de haber hablado con él.


Para el pueblo era un verdadero taumaturgo. Teodoreto afirma que los peregrinos que llegaban “era un océano de gentes; no solo los habitantes de nuestro imperio (el bizantino), sino que también ismaelitas, árabes, persas, armenios, georgianos, hispanos, bretones y galos”. El mismísimo emperador Teodosio II se escribió con él. Hay constancia de dos cartas en una de las cuales, fechada en julio del 432, el emperador le ruega para que intervenga y logre la reconciliación entre Juan de Antioquia y San Cirilo de Alejandría. Simeón escribió a Juan exhortándole a abandonar la doctrina de Nestorio, condición indispensable para el establecimiento de la paz entre ambos. Teodoreto, que era amigo personal de Nestorio, en una carta al obispo Alejandro de Gerápolis deplora que Simeón junto con otros monjes, interpelasen al conde Tito para que amenazase con deponer de la sede episcopal a quién se opusiera a entrar en comunión con San Cirilo de Alejandría. El emperador Marciano (450-457) fue de incógnito a verlo para solicitarle que orase a favor del Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451. El mismísimo patriarca Efrén de Antioquia afirma la adhesión de Simeón a lo acordado por el Cuarto Concilio Ecuménico.


San Simeón estuvo en contacto con otros santos: con Santa Pulqueria y San Teodosio, con San Daniel el Estilita, con Santa Genoveva de París y otros más. El 19 de junio del 459 hubo un terremoto en la región de Antioquia y Simeón lo consideró como un presagio de su propia muerte. La noche del sábado al domingo 29 de agosto, el santo enfermó y después de haber bendecido a la muchedumbre allí congregada e inclinada la cabeza sobre la espalda de uno de sus discípulos, murió el miércoles día 2 de septiembre sobre las tres de la tarde; era el año 459. Había vivido cuarenta y siete años en Telnesin, siete años subido a una columna pequeña y treinta años subido en otra columna más alta. Se cree que tendría unos setenta años de edad cuando murió.


Su funeral fue grandioso. Para impedir que el pueblo robase su cuerpo, los discípulos de Simeón pusieron el ataúd arriba de la columna y allí permaneció durante veinte días. El patriarca Martirios de Antioquia, el gobernador militar Ardaburio, seis obispos y más de seiscientos hombres llevaron el ataúd hasta el monasterio de Telnessin; desde allí, fue llevado procesionalmente hasta Antioquia donde fueron oficiados los funerales presididos por el patriarca. El cuerpo fue sepultado en la catedral patriarcal y sigue diciendo Teodoreto que, desde su muerte hasta su sepultura fueron numerosos los milagros obtenidos por su intercesión. Los antioquenos impidieron que el emperador León I en el año 470 se llevase el cuerpo a Constantinopla, pero siete años más tarde lo hizo transportando el cuerpo con un grandioso cortejo, con el ataúd colocado en la carroza imperial y presidiendo el patriarca Genadio de Constantinopla. Fue puesto en la iglesia de San Miguel, pero dejaron en Antioquia algunas reliquias. En el año 589 se abrió el ataúd y Egravio el Escolástico escribe que el cuerpo del santo estaba en perfecto estado de conservación.


No se sabe como llegó la reliquia del cráneo del santo hasta el monasterio de Santa María de los Ángeles de Florencia; quizás en tiempos del primer patriarca latino de Constantinopla en el año 1204, pero desapareció en el año 1792, aunque un pequeño hueso del mismo cráneo se conserva actualmente en el monasterio camaldulense de Camaldoli (Arezzo) en Italia. Un dedo se venera en la iglesia de San Gregorio de los griegos, en Venecia. Desposeídos del cuerpo del santo, los monjes de Telnesin empezaron a considerar como reliquia la columna donde el santo había vivido. Aquello se convirtió en meta de peregrinaciones, construyéndose un santuario entre los años 474 al 491. Jerfanión dice que era el santuario más grande y más bello construido en todo el Oriente. El santuario fue destruido por un incendio en el año 548. El monasterio anexo fue destruido por los musulmanes  en el año 985. La columna se conservó entera hasta el año 1737, quedando ahora solo parte de ella.


Evagrio dice que la fiesta principal de San Simeón se celebraba el día 27 de julio, recordando la fecha de la fiesta instituida por el mismo Simeón para dar gracias por un milagroso cese de una sequía ocurrida en la comarca y por no haber ocurrido desgracias en el terremoto del día 19 de junio del 459, del que hablamos antes. A esta fiesta aluden los cronistas cuando rememoran el ataque musulmán contra el monasterio de Telnesin. San Simeón es muy venerado por la iglesia asiria. El maestro de la himnografía siríaca Santiago de Sarug, en el año 520 compuso un precioso himno en su honor. El manuscrito original se conserva en el Vaticano. Los sirios jacobitas también lo celebran el día 27 de julio, al igual que lo hace el Calendario de Rabban Slibe, la iglesia católica maronita, la iglesia copta y la iglesia católica melquita. Los armenios lo recuerdan el segundo domingo después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y los etíopes el día 9 de agosto. Los calendarios y sinaxarios bizantinos lo recuerdan el día 1 de septiembre.


En Occidente era admirado aun antes de morir, pero el culto que se le tributó después de muerto, se le tributó como monje a secas, sin el título de Estilita: “En Siria, San Simeón monje”, fijándose su fiesta también el día 27 de julio. Así se deduce del códice de Eptern, del Martirologio Jeronimiano, del Martirologio de Beda e incluso en la tradición mozárabe de la antigua Hispania. Sin embargo, en Occidente, actualmente su fiesta se celebra hoy día 5 de enero. Desgraciadamente, un despiste en una traducción manuscrita que confundió Sicilia por Cilicia y que fue recogida en el Martirologio de Adon y en el de Usuardo, fue el origen de esta costumbre. Así, se menciona el 27 de julio un San Simeón monje en Sicilia y así se introdujo un San Simeón en Antioquia el día 5 de enero. De hecho, la iglesia romana lo sigue festejando el día 5 de enero,


Iconográficamente se le representa sobre una columna.


Antonio Barrero Avilés



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Adaptación propia

01/09 - Comienzo del Año Eclesiástico (Indicción)


El primer día de septiembre se inicia el año eclesiástico. Históricamente en esa fecha el Imperio Romano imponía a sus súbditos un gravamen para el mantenimiento de sus fuerzas armadas. A dicho impuesto se le dio el nombre de Indicción (Definición, Orden, Llamamiento), el cual también fue adoptado por los emperadores en Constantinopla. Posteriormente se usó el término de Distribución para denominarlo. En el año 312, Constantino el Grande introdujo en sus territorios este decreto después de ser proclamado Emperador.


Hay tres tipos de Indicción pero la que celebramos nosotros vino a ser llamada la Constantinopolitana, adoptada por los Patriarcas. Esta Indicción o llamamiento se inicia el 1 de septiembre y es observada con especial atención: en este tiempo, a la vez que se concluye un ciclo de producción con la siega y recolección de las cosechas y su almacenamiento en los graneros, se inicia también la preparación para la siembra y cultivo futuros. Por eso consideramos esta fecha para el inicio del nuevo año.


La Iglesia festeja este día suplicando a Dios por buen tiempo, lluvias generosas y abundancia de los frutos de la tierra. Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que el pueblo de Israel celebraba la fiesta del Clamor de las Trompetas en este día ofreciendo himnos de acción de gracias. Además de lo antes dicho, nosotros conmemoramos también, la presencia del Señor en la Sinagoga de Nazareth cuando leyó el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva” (Lc 4:16-30).


EL AÑO LITÚRGICO EN LA IGLESIA BIZANTINA


La celebración litúrgica en la Iglesia Bizantina se nos presenta de una forma que tiene que ver con toda la vida del cristiano y le confiere un ritmo propio. En cada etapa del camino de la vida, en cada momento difícil, la Iglesia busca santificar a sus hijos con los sacramentos y con las oraciones. De este modo, la vida del cristiano no avanza según los días del calendario, sino según las festividades eclesiales y el tiempo terrestre o natural se transforma en parte de la Historia Sagrada, en Tiempo de Salvación.


Las celebraciones bizantinas están estrechamente ligadas a los “ciclos del tiempo”, así encontramos tres tipos de ciclos: diario, semanal y anual.


El ciclo diario está formado por una serie de servicios litúrgicos que coinciden con un tiempo u hora determinada del día y que puede tener como su culmen la celebración de la Divina Liturgia. El ciclo semanal gira en torno al Domingo, que se dedica a conmemorar y celebrar la Resurrección de Cristo y se constituye en fuente de donde manan las gracias para los otros seis días.


Pero, de los tres tipos de ciclos, el más amplio y desarrollado es el ciclo litúrgico anual que llamamos Año Litúrgico. Comienza el 1 de Septiembre y tiene su culmen en la celebración de la Pascua. Está formado, como el semanal, además de las conmemoraciones diarias de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen o de los Santos, por 12 Grandes Fiestas fijas en cuanto que tienen una fecha asignada en el año: 8 de septiembre: la Natividad de la Santa Virgen María, Madre de Dios; 14 de septiembre: se conmemora la Exaltación de la Cruz. Para este día, la Iglesia prescribe el ayuno estricto y en el templo se celebra un rito especial de adoración de la Cruz; 21 de noviembre: la Presentación de la Virgen María en el templo; 25 de diciembre: la Natividad de Cristo; 1 de enero: La Circuncisión del Señor; 6 de enero: el Bautismo del Señor (Epifanía); 2 de febrero: la Presentación del Señor; 25 de marzo: La Anunciación a la Virgen María, fiesta que San Juan Crisóstomo la llamaba la “raíz de las fiestas”; 24 de junio: La Natividad de Juan el Bautista; 29 de junio: La memoria de los santos apóstoles Pedro y Pablo; 6 de agosto: La Trasfiguración del Señor; 15 de agosto: La Dormición de la Santísima Madre de Dios.


Y existen además cuatro grandes fiestas en honor del Señor, que son de carácter movible pues van unidas al misterio de la Resurrección: La Entrada de Jesús en Jerusalén (Domingo de Ramos); El glorioso día de la Resurrección del Señor (Pascua); El luminoso día de la Ascensión de Jesús al cielo y El descenso del Espíritu Santo (Pentecostés).


Adicionalmente tenemos algunas fechas o períodos importantes durante el año: 1 de octubre: la Protección de la Virgen María. El 15 de noviembre: se inicia el ayuno navideño, que precede a la más importante festividad de las consideradas fijas: la Natividad y el Bautismo del Señor. Y la última de las grandes festividades del año es la Decapitación de Juan el Precursor y Bautista que se celebra el 29 de agosto y se caracteriza por ser día de ayuno estricto.


Por último podemos mencionar que revisten también gran importancia la fiesta Titular de la Iglesia, Monasterio o Ciudad que ya no son de carácter general sino particular o local.


Todo el Año Litúrgico, es pues, el medio como la Iglesia al presentarnos los principales misterios de nuestra redención nos recuerda que además de tener la verdadera fe, y de celebrarla con acciones de culto, estamos llamados a dejarnos iluminar y transformar por cada uno de los misterios que celebramos, y que por nuestra vida, por nuestras obras, todos den gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.


LECTURAS


En Vísperas


Is 61,1-10: El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza de nuestro Dios, para consolar a los afligidos, para dar a los afligidos de Sión una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido. Los llamarán «robles de justicia», «plantación del Señor, para mostrar su gloria». Reconstruirán sobre ruinas antiguas, pondrán en pie los sitios desolados de antaño, renovarán ciudades devastadas, lugares desolados por generaciones. Extranjeros serán pastores de vuestros rebaños, forasteros, vuestros labradores y viñadores. Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios». Comeréis la opulencia de los pueblos, y tomaréis posesión de sus riquezas. A cambio de vuestra vergüenza, obtendrán una porción doble; poseerán el doble en su país, y gozarán de alegría perpetua. Porque yo, el Señor, amo la justicia, detesto la rapiña y el crimen; les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo. Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos. Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor. Desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios.


Lev 26,3-12;14-17;19-20;22;33;40-41: Dijo el Señor a los hijos de Israel: «Si camináis según mis preceptos y guardáis mis mandamientos, poniéndolos en práctica, yo os mandaré las lluvias a su tiempo, para que la tierra dé sus cosechas y el árbol del campo dé su fruto. El tiempo de trilla alcanzará hasta la vendimia, y la vendimia hasta la sementera; comeréis vuestro pan hasta saciaros y habitaréis tranquilos en vuestra tierra. Yo traeré la paz al país y dormiréis sin que nadie perturbe vuestro sueño; haré desaparecer del país las fieras, y la espada no traspasará vuestras fronteras. Perseguiréis a vuestros enemigos; que caerán ante vosotros a filo de espada. Cinco de vosotros pondréis en fuga a cien, y cien de vosotros a diez mil; vuestros enemigos caerán ante vosotros a filo de espada. Me volveré hacia vosotros, os haré fecundos, os multiplicaré y mantendré mi alianza con vosotros. Comeréis de la cosecha añeja y tendréis que tirar la añeja para hacer sitio a la nueva. Pondré mi morada en medio de vosotros y no os rechazaré. Me pasearé en medio de vosotros y seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Pero, si no me escucháis ni cumplís todos estos mandamientos; si despreciáis mis preceptos y rechazáis mis normas, no haciendo caso de todos mis mandamientos y rompiendo mi alianza, yo también haré lo mismo con vosotros. Daré suelta sobre vosotros al terror, a la tisis y a la fiebre, que os abrasen los ojos y os consuman la vida. Sembraréis en vano vuestra semilla, pues la cosecha se la comerán vuestros enemigos. Me volveré contra vosotros y sucumbiréis ante vuestros enemigos; os tiranizarán los que os aborrecen y huiréis sin que nadie os persiga. Quebrantaré vuestro orgullo y vuestra fuerza. Convertiré vuestro cielo en hierro y en bronce vuestra tierra. Vuestras fuerzas se consumirán en vano, pues vuestra tierra no dará sus cosechas y el árbol del campo os negará sus frutos. Daré suelta contra vosotros a fieras salvajes, que os privarán de vuestros hijos, acabarán con vuestro ganado y os reducirán a unos pocos, hasta que vuestros caminos queden desiertos. A vosotros os aventaré entre las naciones y os perseguiré con la espada desenvainada. Vuestra tierra será un yermo y vuestras ciudades una ruina. Entonces confesarán su iniquidad y la iniquidad de sus padres, cómo se rebelaron contra mí y se enfrentaron conmigo. También yo me he enfrentado con ellos y los he llevado a la tierra de sus enemigos». Esto dice el Señor Dios, el Santo de Israel.


Sab 4,7-15: El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso. Una vejez venerable no son los muchos días, ni se mide por el número de años, pues las canas del hombre son la prudencia y la edad avanzada, una vida intachable. Agradó a Dios y Dios lo amó, vivía entre pecadores y Dios se lo llevó. Lo arrebató para que la maldad no pervirtiera su inteligencia, ni la perfidia sedujera su alma. Pues la fascinación del mal oscurece el bien y el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia. Maduró en poco tiempo, cumplió muchos años. Como su vida era grata a Dios, se apresuró a sacarlo de la maldad. La gente lo ve y no lo comprende, ni les cabe esto en la cabeza: la gracia y la misericordia son para sus elegidos y la protección para sus devotos.


En Maitines


Mt 11,27-30: Dijo el Señor a su discípulos: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».


En la Liturgia


1 Tim 2,1-7: Hijo mío, Timoteo, ruego, lo primero de todo, que se hagan súplicas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por toda la humanidad, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y respeto. Esto es bueno y agradable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Pues Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que se entregó en rescate por todos; este es un testimonio dado a su debido tiempo y para el que fui constituido heraldo y apóstol —digo la verdad, no miento—, maestro de las naciones en la fe y en la verdad.


Lc 4,16-22: En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.



Fuente: Arquidiócesis de México, Venezuela, Centroamérica y el Caribe (Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía) / Lexorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Lunes de la XIII Semana de Mateo


2 Cor 8,7-15: Hermanos, lo mismo que sobresalís en todo —en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado—, sobresalid también en esta obra de caridad. No os lo digo como un mandato, sino que deseo comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor. Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. En este asunto os doy un consejo: ya que vosotros comenzasteis no solo a hacer la colecta, sino también a tomar la iniciativa, os conviene que ahora la concluyáis; de este modo, a la prontitud en el deseo corresponderá la realización según vuestras posibilidades. Porque, si hay buena voluntad, se le agradece lo que uno tiene, no lo que no tiene. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En este momento, vuestra abundancia remedia su carencia, para que la abundancia de ellos remedie vuestra carencia; así habrá igualdad. Como está escrito: Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.


Mc 3,6-12: En aquel tiempo, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con Jesús. Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

31/08 - Deposición del Precioso Cinto de la Santísima Madre de Dios


La deposición del Venerado Cinto, unos dicen que fue llevada a cabo por el rey Arcadio, y otros que por el hijo de Teodosio II.


El traslado se hizo de Jerusalén a Constantinopla, y lo colocaron en un relicario de oro, que se denominó “Santa Sorós”. Pasados 410 años, el rey León el Sabio abrió la Santa Sorós para su esposa la reina Zoe, que estaba poseída por un espíritu impuro. Cuando abrió la Santa Sorós, vio que el Venerado Cinto de la Theotokos brillaba de un modo sobrenatural y tenía un sello de oro que mostraba la fecha en que fue trasladado a Constantinopla. Tras venerarlo, el Patriarca extendió el Venerado Cinto sobre la reina, y enseguida esta fue liberada del demonio. Entonces todos glorificaron al Cristo Salvador y dieron las gracias a Su Purísima Madre, la cual es para los creyentes vigilante, guardiana, protección, refugio y asistencia en cada momento y en cada lugar, día y noche.


A continuación el Venerado Cinto fue dividido en partes, las cuales se llevaron a distintos templos de Constantinopla. Después de la ocupación de la Ciudad por los cruzados en 1204 d.C., algunos fragmentos los tomaron estos y otros conquistadores y los llevaron a Occidente. Una parte, sin embargo, se quedó en Constantinopla durante la liberación de la Ciudad a cabo de Miguel VIII Paleólogo. Se guardaban en el sagrado templo de Santa María de las Blaquernas. La última referencia a la santa reliquia es de un peregrino anónimo ruso en Constantinopla entre los años 1424 y 1453 d.C. Tras la conquista de los turcos en 1453 d.C., se desconoce qué pasó con el resto de las partes del Venerado Cinto. El único fragmento salvado se conserva en el Sagrado Monasterio de Batopedio ( "Ιερά Μονή Βατοπαιδίου"), y llegó allí un modo excepcionalmente anecdótico.


San Constantino construyó una cruz de oro para protección frente a las invasiones. En medio de la cruz colocó una pieza de la Venerada Cruz de Jesucristo. La cruz también tenía santas reliquias de Mártires, y una pieza del Venerado Cinto. Todos los emperadores bizantinos portaban esta cruz en sus campañas. El emperador Isaac II Ángel (1185-1195) hizo lo mismo en una campaña contra el dirigente de los búlgaros Asán. Sin embargo, venció este último, y en medio del pánico un sacerdote arrojó la cruz al río para que no la robasen los enemigos. Pasados unos días, los búlgaros la encontraron, pasando así a las manos de Asán. Los dirigentes búlgaros, imitando a los emperadores bizantinos, llevaron con ellos en las campañas la cruz. Pero en una batalla contra los serbios, el ejército búlgaro fue vencido por el gobernante Lázaro (1371-1389). Este, más tarde, regaló la cruz de San Constantino al Sagrado Monasterio de Batopedio junto con el fragmento del Venerado Cinto de la Santísima Madre del Dios.


Los Santos Padres del Sagrado Monasterio conservan una tradición según la cual el Venerado Cinto fue entregado al Sagrado Monasterio de Batopedio por el emperador Juan VI Cantacuzeno (1341-1354), el cual a continuación dimitió de su cargo, fue tonsurado monje con el nombre de Joasaf y ejerció en el Santo Monasterio.


Los milagros que han sido obrados por el Venerado Cinto son muchos. Ayuda especialmente a las mujeres estériles a tener hijos si piden con devoción la ayuda de la Santísima. Si tienen fe, se les da un fragmento de cuerda que ha sido bendecida tocando el relicario del Venerado cinto.


LECTURAS


Heb 9,1-7: Hermanos, también la primera alianza tenía sus ritos para el culto y su santuario de este mundo. Se instaló una primera tienda, llamada el Santo, donde estaban el candelabro y la mesa de los panes presentados. Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada Santo de los Santos, que contenía el altar de oro para los perfumes y el Arca de la Alianza, revestida toda ella de oro, en la que se hallaban la urna de oro con maná, la vara florecida de Aarón y las tablas de la alianza. Encima del Arca estaban los querubines de la Gloria, que cubrían con su sombra el Propiciatorio. No hace falta explicarlo ahora al detalle. Una vez instalado todo, los sacerdotes entran continuamente en la primera tienda para oficiar allí. En la segunda solo entra el sumo sacerdote, una vez al año, con la sangre que ofrece por sí y por los pecados de inadvertencia del pueblo.


Lc 10,38-42;11,27-28: En aquel tiempo, yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

XII Domingo de Mateo


En la lectura evangélica de hoy, un joven vino a donde Jesús buscando «la vida eterna». Cristo le dijo con el corazón en la mano: «Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme.» Se lo dijo porque supo que la riqueza fue para este joven –como lo es para muchos– un tropiezo en el camino. Luego dice Jesús a sus discípulos: «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de Dios.» Ellos se escandalizaron por la dureza de la palabra del Señor y, extrañados –al igual que nosotros–, dijeron: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?» Y en otra ocasión, los discípulos le reclamaron: «Dura es esta doctrina, ¿quién puede escucharla?» (Jn 6:60).


Cuando el joven le respondió a Jesús: «Todo eso (los diez mandamientos) lo he guardado desde mi juventud», Jesús no lo justificó, como hubiera hecho cualquier maestro dela Ley, ni lo alabó, sino que «lo amó» –nos informa exclusivamente el Evangelista Marcos (Mc 10:21)–, y «al que ama el Señor, disciplina» (Heb 12:7). Cristo amó al Joven rico y, por eso, le ofreció esta vocación, que no era tanto el «vende todo y repártelo a los pobres», sino el «ven y sígueme». Jesús, en su plena sabiduría, supo que el apego a lo material le impedía seguir la vocación.


Dice el Señor, por la boca del profeta Jeremías: «¿No es así mi palabra, como el fuego, y como un martillo golpea la peña?» (Jr 23:29). También dice: «He venido a arrojar un fuego sobre la tierra […] ¿Creen que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, se lo aseguro, sino división.» (Lc 12:49-51). El camino que Cristo ofrece no se identifica con una religiosidad ligera que busca «paz» que acaricia nuestras emociones religiosas; Él no adorna las dificultades para que aparezcan atractivas, sino que llama a las cosas por su propio nombre.


La verdad es que una persona rica en su dinero, a menudo se preocupa por éste a tal grado que llega a considerarlo como el «salvador»; y sin darse cuenta, la abundancia de riquezas lo va empujando hacia la idolatría, de donde caerá. Jesús dispone como salida de esta trampa repartir y compartir la riqueza con los necesitados. Es cierto que uno solo no puede resolver los problemas de la pobreza en el mundo, pero sí todos –estemos donde estemos– nos topamos con pobreza. Entonces compartamos con los que necesitan de nosotros, en cuyo camino Dios nos ha puesto; que nuestra ayuda sea verdadera y efectiva y no simbólica. La virtud de esta acción es doble: quema la adhesión al dinero que está en mi interior, y con la caridad afirma el amor hacia mis hermanos.


Quizás esta práctica turba a uno si las riquezas lo tienen sometido, pero recordemos que la bondad y la salvación cristianas requieren de fatigas, esfuerzo, sacrificio y dominio de sí, porque la palabra de Dios es «como fuego, como un martillo que golpea la peña.»


LECTURAS


1 Cor 15,1-11: Hermanos, os recuerdo el Evangelio que os anuncié y que vosotros aceptasteis, en el que además estáis fundados, y que os está salvando, si os mantenéis en la palabra que os anunciamos; de lo contrario, creísteis en vano. Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros.


Mt 19,16-26: En aquel tiempo se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo». El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?». Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos». Al oírlo, los discípulos dijeron espantados: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española