03/08 - Isacio (Isaac), Dalmato (Dalmacio) y Fausto, Ascetas del Monasterio de Dalmato


En los comienzos del siglo V, surgieron en Constantinopla y en sus arrabales numerosos monasterios, merced al impulso que diera, hacia el año 383, un monje sirio llamado Isaac. Algunos de ellos contaban cincuenta y hasta cien monjes cuya principalísima ocupación era alabar a Dios. El que San Isaac estableció en la capital no conservó el nombre de su fundador, muerto éste tuvo a su frente a un hombre célebre en los fastos de la historia monástica, Dalmacio, considerado en las postrimerías del siglo IV como jefe y patriarca de los monjes de Constantinopia, y de él tomó el nombre de Monasterio de Dalmacio.


Dalmacio vio la luz primera en Oriente, en lugar y fecha que no hemos podido precisar. En los comienzos de la estancia del emperador Teodosio I en Constantinopla, a fines del año 380, lo encontramos en la capital del imperio de Oriente. Era a la sazón oficial de segundo orden del «cuerpo de guardias», o sea de una de las cohortes que tenían bajo su cargo la custodia del palacio de los emperadores bizantinos.


Vivía en compañía de su esposa, también oriental, y de sus dos hijos, un niño llamado Fausto y una niña cuyo nombre no ha conservado la historia, Dalmacio era joven y rico, a la vez que fervoroso cristiano.


Con un emperador como Teodosio, tan afecto a la Iglesia, fácil le hubiera sido aspirar a un brillante porvenir, mas el trato con el monje Isaac, a quien conoció en el curso de una visita que le hiciera en su ermita en compañía del emperador, despertó súbitamente en su alma vivas ansias de más elevada perfección. Originarios ambos de Oriente, establecióse entre ellos una amistad fuerte y tanto creció la influencia de Isaac sobre el oficial que pudo decirle un día con toda confianza:


— Preciso es que dejes todo y te encierres en adelante aquí conmigo.


—Tengo familia e hijos —contestó Dalmacio— . ¿Cómo desprenderme de ellos? ¿Crees tú que será cosa fácil romper con tantas obligaciones?


— Hijo mío —le replicó Isaac—. Dios me ha revelado que debes vivir aquí a mi lado. Ya sabes que el Divino Maestro dijo: «El que ama a su padre, o a su mujer, o a su hijo más que a mí no es digno de mí».


Harto conocía Dalmacio el consejo dado por Jesús en otro tiempo a las almas fervorosas, mas tampoco ignoraba que su mujer, a pesar de ser excelente cristiana, habría de oponerse tenazmente a la separación inmediata. Y aunque así fue, tras de repetidos ruegos, abundantes lágrimas y conversaciones prolongadas, acabó el oficial por convencerla. Retiróse, pues, la esposa, junto con su hijita, a Siria, a casa de sus padres, y Dalmacio, con su hijo Fausto, se encerró definitivamente en la ermita de Isaac. Dos años largos de lucha le había costado este sacrificio.


Primer monje de Constantinopla


El monje Isaac, cuya vida iba a compartir Dalmacio, no es un desconocido en la Historia Eclesiástica. Por un acto de cristiana audacia, que hubiera podido acarrearle terribles castigos, atrajo súbitamente sobre su persona la atención pública en muy memorable ocasión.


Un día del mes de julio del año 387, disponíase el emperador Valente, en guerra a la sazón con los godos, a emprender la campaña de Tracia en la que le esperaba una muerte atroz, cuando de repente salta delante de él un hombre que agarrando la brida de su caballo, le detiene, le increpa y le anuncia las venganzas del Cielo, prestas a descargar sobre él si rehúsa hacer justicia a los católicos. Era Isaac.


Tomólo el emperador por un loco y despreció la amenaza. Unos días más tarde, Valente, derrotado por las tropas enemigas, perecía abrasado en el interior de una cabaña abandonada, no lejos de Andrinópolis. Con lo cual se cumplía la predicción de Isaac.


Tuvo Isaac el mérito y la gloria de implantar la vida religiosa en la capital del imperio.Muerto Valente (278), disfrutó la Iglesia de una era de tranquilidad con el advenimiento de Tcodosio I. No obstante, Isaac había de continuar siendo, por algún tiempo todavía, el único representante de la vida religiosa en Constantinopla.


Vivía en la soledad aunque sin morada fija, al menos en los comienzos. A fines del año construyéronle una ermita y, ya en el transcurso del año siguiente, acudieron a ponerse debajo de su inmediata dirección muchos discípulos, cuyo número aumentó en breve tiempo y en forma tal, que hubo de pensarse en erigir un amplio monasterio.


Llevóse a inmediata realización aquella idea, merced, principalmente, a la generosidad de Dalmacio, monje desde el año 383, el cual empleó en la construcción gran parte de su inmensa fortuna. Tan preponderante fue la participación del antiguo oficial en esta obra, que ya desde los comienzos fue designado el nuevo monasterio, no con el nombre de Isaac su fundador y primer Superior, sino con el del oficial que facilitara la construcción.


Así, el primero y más antiguo monasterio de Constantinopla fue el Monasterio de Dalmacio, cuyo archimandrita o abad, en funciones de exarca de los monjes de la capital, gozaba del privilegio de estampar su firma en los documentos y actas de los Concilios, antes de todos los superiores.


Vida religiosa


No toda la fortuna de Dalmacio quedó absorbida por la construcción del convento. Quedábale buena parte de ella y fuéla distribuyendo en abundantes limosnas a la puerta de su celda. Cuantos pobres había en la ciudad y en su contornos, conocedores de su largueza, acudían a él como a fuente inagotable de recursos, diciéndose unos a otros:


—Vayamos al señor Dalmacio.


Y tanto repitió el pueblo el nombre de su bienhechor que fue pronto uno de los más conocidos y admirados entre las gentes de la capital. No se crea sin embargo, que el nuevo monje ambicionaba el bullicio de la popularidad y de las glorias mundanas. Apreciaba mucho más la soledad del claustro y en ella permanecía, entregado con fervoroso entusiasmo a la oración y al trabajo de la propia perfección.


Muy diferente del suyo era el carácter de su maestro. No contento con aclimatar la vida religiosa en las riberas del Bosforo, imprimió en la capital un admirable impulso hacia el monaquismo que ya nunca había de disminuir. Mientras Dalmacio y su hijo Fausto vivían en el retiro más completo, prodigábase Isaac en el exterior, e impulsado por un celo ardiente, establecía nuevas casas religiosas, que luego visitaba con frecuencia.


La vida de oración, austeridades, ayunos y toda suerte de mortificaciones a que Dalmacio se había entregado, era tan rigurosa que, a no mediar la gracia, fuérale imposible sostenerse en ella. Aconteció que un año, durante el episcopado de Ático (406-425), el piadoso monje pasó la Cuaresma entera sin probar bocado, hasta el día de Jueves Santo en el que, luego de asistir a la Liturgia y de comulgar, consintió en tomar un leve refrigerio.


Aunque con las fuerzas agotadas, aún permaneció cuarenta y tres días más recostado sobre el pobre camastro que le servía de lecho, musitando rezos a veces y adormecido otras, notándosele apenas una ligera respiración por la que delataba estar aún en vida. Finalmente, en el día de la Ascensión, llegóse Isaac a él para decirle: «¿H asta cuándo piensas dormir, Dalmacio? Paréceme que ya te habrás repuesto suficientemente. Vamos, levántate».


Incorporóse algo Dalmacio al oír a su superior y respondió:


—Padre, nuestros Hermanos han acabado ahora el canto de Tercia.


— ¿Cómo puedes estar tan enterado? ¿Dónde te hallabas?


—Aquí, pero antes he asistido a la Liturgia en la iglesia de los Macabeos.


— ¿Y cómo puedes demostrarme que te encontrabas allí?


— Estaba yo en la segunda fila, cerca del trono patriarcal. También he visto a tres monjes nuestros que asistían a los oficios en la misma iglesia.


Isaac convocó en seguida a toda la comunidad, y resultó que en efecto tres Hermanos habían asistido a misa en la iglesia de los Macabeos, y habían ocupado precisamente el lugar señalado por Dalmacio.


La fama de este hecho maravilloso, bastó para denunciar la santidad del humilde religioso de manera que hasta los personajes más eminentes desearon conversar con él para admirar más de cerca sus virtudes. El patriarca Ático y aun el mismo emperador le visitaban en su pobre celda sin que por ello manifestase el humilde religioso emoción alguna, ni cambiase en nada su norma de vida. No ha de maravillar que al morir Isaac, fuese elegido Dalmacio para sucederle en el cargo.


Parece natural que al encargarse de la dirección del Monasterio y aceptar el sacerdocio de manos del patriarca, continuara igualmente las obras externas de San Isaac y se convirtiese en el jefe activo del monaquismo bizantino. Pero no fue así. Aficionado a su retiro, jamás consintió en abandonarlo ni en franquear la puerta de su convento. Con este riguroso ejemplo quería inculcar, en sus religiosos una estima profundísima de la clausura monacal, salvaguarda del recogimiento interior, y estímulo del espíritu conventual en su verdadero significado.


Cierto día en que un temblor de tierra sumió a la capital en el mayor espanto, aterrorizadas las muchedumbres, organizaron en seguida una de esas procesiones solemnes que tan bien cuadraban con la exhuberancia de su piedad, mas a despecho de todos los ruegos, Dalmacio permaneció encerrado en su celda. Ni siquiera quiso atender las súplicas de Teodosio II que en otra ocasión se había llegado a él en persona para rogarle saliese de su retiro.


Unánimemente declaran todos los historiadores de la vida del santo monje, que desde su ingreso en el convento, en el año 383, hasta 431 en que se celebró el Concilio de Éfeso, es decir, en el espacio de cuarenta y ocho años, ni una sola vez salió del recinto de su monasterio. Ello no le impedía, sin embargo, el ocuparse de asuntos temporales que sometían a su criterio, de procesos cuyo fallo le encomendaban y de multitud de consultas que se le hacían por toda clase de gentes.


Defensa del Concilio de Éfeso


El Concilio de Éfeso, presidido por San Cirilo de Alejandría, había condenado los errores de la doctrina de Nestorio, pero, debido a la precipitación un tanto apasionada que apreciaron en el examen de esta causa, los delegados imperiales y de ellos principalmente el conde Candiano, se opusieron resueltamente a la ejecución de la sentencia. Incluso llegaron a establecer una vigilancia tan estrecha en torno de Cirilo y de sus partidarios, que se vieron en la imposibilidad de escribir al emperador y a la Iglesia de Constantinopla para informarles de lo ocurrido.


Sabedor Teodosio, por medio de su representante oficial, de las irregularidades de forma habidas en la tramitación de la causa y de que San Cirilo no había aguardado la llegada del episcopado sirio ni la de los delegados del Papa, no se atrevía a aprobar las Actas del Concilo. Más aún, había hecho redactar una caita desfavorable en absoluto a los adversarios de Nestorio, y antes de cursarla a Éfeso, fuese a mostrarla a Dalmacio para conocer su opinión respecto a las proposiciones en ella contenidas.


Rogó el Santo al emperador que escribiese a los Padres del Concilio en términos más favorables y le señaló los retoques que convenía hacer. Consintió en ello Teodosio y, redactada nuevamente la carta, hízola llevar al santo monje. Tampoco satisfizo a Dalmacio la nueva forma del escrito; mas, para evitar al emperador la molestia de venir a verle, dirigióle un memorial en el que expuso cuantas modificaciones juzgó indis­pensables para que se dirigiera por ellas.


Desgraciadamente los delegados imperiales estaban ganados para la causa de los adversarios de San Cirilo y no entregaron al soberano las notas de Dalmacio. Así es que la carta en que el emperador reprobaba lo hecho por el Concilio, fue expedida a Éfeso sin enmiendas ni atenuaciones.


Casi al mismo tiempo, llegaron también a Éfeso los legados del Sumo Pontífice y se declararon francamente en favor de San Cirilo y de su Sínodo. Con ello se normalizó la situación de los conciliares, lo cual les permitió llevar a buen término la obra que habían emprendido. Desde el día 31 de julio pudieron celebrar todas las sesiones del Concilio y promulgar libremente los correspondientes cánones.


No era, sin embargo, cosa fácil el informar a la corte ni a la Iglesia de Constantinopla, ya que los amigos de Nestorio y más aún los del episcopado sirio, se organizaron en guardia permanente en la capital para no dejar circular más noticias que las favorables a su causa.


A pesar de estos cuidados, llegó a Constantinopla cierto mendigo, portador, en un bastón hueco, de una carta que San Cirilo escribía a Dalmacio y en la cual le describía con vivos colores la tiranía que el conde Candidiano y el episcopado sirio ejercían sobre el legítimo Concilio, y solicitábale licencia para enviar al emperador una diputación de obispos que expusiera ante él la situación.


Ya queda dicho que en el espacio de cuarenta y ocho años, y a pesar de las muchas instancias que se le hicieron, jamás consintió Dalmacio en abandonar la querida soledad de su monasterio. Pero el bien general de la Iglesia hablaba ahora con más elocuencia que sus propios deseos de tranquilidad. Parecióle, como cuenta él mismo, oír una voz del Cielo que le ordenaba salvase a la Iglesia, y al frente de sus religiosos se dirigió al palacio imperial.


Los conventos, ante una noticia tan insólita, organizaron en seguida grandiosa procesión de monjes que, guiados por sus abades y archimandritas y cantando himnos, acudió a presencia del emperador. Imponente muchedumbre de pueblo seguía detrás. Teodosio II, que profesaba a Dalmacio grande aprecio y veneración, le dispensó excelente acogida. Sorprendido al verle recorrer las calles de la capital, siendo así que él mismo en persona jamás había logrado decidirle a abandonar su amada celda, salió a su encuentro y lo introdujo en su palacio, mientras la multitud de archimandritas, monjes y fieles esperaban ante la puerta entonando cánticos religiosos.


El emperador leyó la carta recibida de Éfeso, inquirió algunos pormenores complementarios y no puso dificultad en admitir a su presencia a los representantes de San Cirilo.


Inicióse entonces entre el soberano y el recluso el siguiente diálogo, que nos relata el propio Dalmacio y que ha conservado la historia:


— Si tal es —dijo Teodosio— , no veo difícil la solución, que venga una representación de obispos del Concilio para entrevistarse conmigo.


— A ninguno de ellos se le autoriza. — ¿Por qué? Nadie lo impide.


— Sí que lo impiden, puesto que los detienen y les imposibilitan el venir. Los de la fracción de Nestorio van y vienen y se mueven libremente, mas no así los Padres del Concilio, a ninguno de los cuales se le consiente acudir a Vuestra Piedad para informarle de lo que se hace.


El santo abad prosigue de este modo el relato de la audiencia imperial: «Le he dicho, además, en presencia de todos, para sostener el partido de Cirilo: «¿Qué preferís? Oír la voz de 6.000 obispos, o la de un solo impío?». He dicho 6.000, teniendo en cuenta los que dependen de los metropolitanos y con intención de alcanzar una orden para que puedan venir algunos obispos a explicar lo ocurrido. El emperador me ha dado esta respuesta- «Bien habéis hablado. Rogad por mí». Y ha accedido a la justa demanda».


Apenas hubo salido Dalmacio de la estancia imperial, cuando impacientes los monjes y el pueblo por saber el resultado de sus gestiones ante el soberano, preguntáronle con grandes voces cuál había sido la respuesta de Teodosio. Contestó aquél que fueran a la iglesia de San Mocio, situada próxima a la cisterna llamada hoy Chukur-Bostán y que allí les daría cuenta de su misión.


Allí se encaminaron los archimandritas con los monjes y con todo el pueblo en masa y Dalmacio leyó desde la tribuna la Carta llegada de Éfeso y dio a conocer los pormenores de su entrevista con el emperador. La multitud, transportada de júbilo, clamó a grandes voces: «¡Anatema sea a Nestorio!» Seguida­mente todos se retiraron en paz.


Gracias a la enérgica firmeza del santo monje y a su oportuna intervención, la causa de la ortodoxia había triunfado definitivamente en la capital del imperio. Con ello se aseguraba la paz interior, se abría ancho campo a la expansión de la verdad ortodoxa y podían los pastores de la Iglesia atender libremente al cuidado de su grey. Todos reconocían y admiraban a nuestro Santo como al sostén principal de aquella situación.


Nuevamente hubo de intervenir Dalmacio en la corte, a petición del Concilio, en favor de San Cirilo de Alejandría, de Memnón obispo de Éfeso y de sus amigos; mas esta vez lo hizo por escrito.


En su carta, que data probablemente del 13 de agosto de 431, aseguraba al Concilio que seguiría correspondiendo a sus deseos y que había realizado ya determinadas gestiones en defensa de los conciliares.


En otra carta, reconocía el Concilio que sólo a Dalmacio se debía el haber podido descubrir la verdad al emperador, y le rogaba que prosiguiese sus gestiones hasta lograr poner término a todas las dificultades. En esta carta se confería al monasterio fundado por San Isaac, derecho de preeminencia y supremacía sobre todas las casas religiosas de la capital. Otros documentos dan fe de la enorme influencia que Dalmacio ejercía en el imperio.


En el año 433 el arcediano de Alejandría solicitaba que se hiciese intervenir al Santo cerca de Teodosio II para alcanzar que fuera borrado definitivamente de los dípticos el nombre de Nestorio. También el patriarca San Proclo habla de él en términos precisos y muy elocuentes en carta particular dirigida a Juan de Antioquía.


Este es el último documento que menciona a Dalmacio en vida y como, al parecer, se escribió en el año 437, da pie para señalar como fecha aproximada de la muerte del ilustre archimandrita, los alrededores del 440. El patriarca San Proclo presidió sus funerales. Su hijo, San Fausto, continuó dirigiendo con celo y fruto el monasterio de Isaac. La Iglesia bizantina menciona a San Fausto y a San Isaac en el mismo día 3 de agosto en que se celebra al fiesta de San Dalmacio.


LECTURAS


Gál 5,22-26;6,1-2: Hermanos, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu. No seamos vanidosos, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. Hermanos, incluso en el caso de que alguien sea sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre; pero vigílate a ti mismo, no sea que también tú seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo.



Fuente: proyectoemaus.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Lunes de la X Semana de Mateo


1 Cor 15,12-19: Hermanos, si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado… si es que los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.


Mt 21,18-22: En aquel tiempo, yendo Jesús camino de la ciudad, tuvo hambre. Viendo una higuera junto al camino se acercó, pero no encontró en ella nada más que hojas y le dijo: «¡Que nunca jamás brote fruto de ti!». E inmediatamente se secó la higuera. Al verlo los discípulos se admiraron y decían: «¿Cómo es que la higuera se ha secado de repente?». Jesús les dijo: «En verdad os digo que si tuvierais fe y no vacilaseis, no solo haríais lo de la higuera, sino que diríais a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y así se realizaría. Todo lo que pidáis orando con fe, lo recibiréis».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

02/08 - Invención de las Reliquias de los Santos Mártires Máximo, Dadas y Quintiliano


Estos Santos eran naturales de Durostoro (hoy Silistria-Bulgaria); decapitados en Ozobia durante la persecución de Diocleciano.


Máximo era lector, mientras que Quintiliano y Dadas eran sus discípulos predilectos. Fueron denunciados por ser cristianos, apresados y encarcelados. Al día siguiente comparecieron ante la presencia de los dos procónsules Tarquinio y Gabino, también estaba el notario Magniliano; tuvo lugar el interrogatorio en el que los tres santos se mostraron fieles a su fe cristiana a pesar de las amenazas.

 

Llevados de nuevo a la cárcel fueron condenados a la pena capital en el año 303.



Fuente: hagiopedia.blogspot.com

02/08 - Traslación de las Reliquias de Esteban el Protomártir


Las primeras noticias que tenemos de San Esteban provienen de los Hechos de los Apóstoles pero existen otros textos antiguos bastante posteriores al siglo I en los que sobre todo se habla del descubrimiento de sus reliquias y que son muy útiles para explicar las razones por las cuales San Esteban ha sido muy venerado desde los primeros siglos por toda la Cristiandad.


La primera vez que se habla de San Esteban es en (Hechos, 6, 5)“Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía” y esta elección fue consecuencia del malestar y de las protestas de los griegos contra los hebreos porque sus viudas eran desatendidas en aquella incipiente comunidad de Jerusalén, por lo que los apóstoles tuvieron que elegir a siete diáconos que les ayudaran en estos menesteres sociales.


De este texto podemos deducir que Esteban era ya muy conocido y valorado «hombre lleno de fe y de Espíritu Santo» en aquella primitiva comunidad. Hay quienes manifiestan que pertenecía al grupo de los setenta y dos discípulos que acompañaban al Maestro, pero esto no se puede afirmar completamente; lo que si se puede decir es que tenía muy buena reputación. Sigue diciendo San Lucas que “Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales” (Hechos, 6, 8), pero que “Se levantaron algunos de la sinagoga de los Libertos, de Cirene y de Alejandría y otros de Cilicia y Asia, y se pusieron a disputar con Esteban; pero como no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba, entonces sobornaron a unos hombres para que dijeran: Nosotros hemos oído a éste pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios” (Hechos, 6, 9-11).


De este texto se puede deducir que su apostolado no era meramente asistencial, sino que además, entre los judíos de la diáspora suscitaba animadas discusiones provocando el debate. Y el hecho de que lo acusen injustamente de blasfemar contra Moisés, nos da a entender que principalmente predicaba la visión que tenía de la misión salvadora universal de Cristo, salvación que sobrepasaba a la Ley y los profetas, que superaba la mera visión localista que tenían los judíos convertidos. Por eso, es acusado de dos crímenes: rechazar la Ley de Moisés y despreciar el Templo. San Lucas, en el capítulo 7 de los Hechos narra el largo discurso de Esteban ante el Sanedrín: la historia de la salvación, que empieza por Abrahán y los patriarcas, continúa por Moisés y David y que finalmente, lleva a Cristo a quién ellos traicionaron y asesinaron (aconsejo leer el capítulo 7 entero).


La reacción contra esta reprimenda de Esteban fue furiosa sobre todo cuando proclamó su fe en Cristo: “Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto, se durmió” (Hechos, 7, 57-60). Según muchos exegetas, esta condena no tiene lo más mínimo de legalidad. Es originada por el furor del Sanedrín, por la violencia que entre ellos provocó la profesión de fe de Esteban. Esteban proclama la divinidad de Cristo y es por esto por lo que es el primer mártir, el primer testigo que paga con su propia sangre, la fe que profesa a Jesús. La manera en que San Lucas narra los últimos momentos de San Esteban es muy elocuente: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” y “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.


El evangelista Lucas no precisa el lugar del martirio, solo dice que fue “fuera de la ciudad”. Está basada en documentos muy posteriores, la creencia de que el lugar del martirio estaba en la parte Norte de la ciudad, una zona llena de piedras, lejana a la zona bajo el control de la guardia romana. Tampoco dice San Lucas donde fue sepultado; sólo dice: “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él” (Hechos, 8, 2). Esteban debió ser martirizado el año 31 o 32, en un día muy cercano a la fiesta de los Tabernáculos, pues según nos dice San Lucas, había en Jerusalén muchos forasteros (Hechos, 7,9). Y esto es todo lo que se sabe de la vida y muerte de San Esteban, diácono y primer mártir de la Cristiandad, aunque bien es verdad que hay una “passio”legendaria de la que diremos algo.


En el siglo X se encontró un códice en el Monte Athos en el que se escribía, en lengua georgiana, sobre el martirio de San Esteban. De él existen versiones en diversas lenguas eslavas y en griego. Según este relato, San Esteban nació dos años después de la Ascensión en un tiempo en el que muchos sabios de Etiopía, Tebaida, Mauritania y Babilonia discutían acaloradamente sobre el nacimiento virginal de Cristo, sobre sus milagros y su Resurrección. Esteban tomó partido y sus adversarios lo llevaron ante Pilatos para que lo condenase, pero Pilatos les reprochó su terquedad defendiendo a Esteban. El mismo Pilatos, con su mujer e hijos se habían convertido al cristianismo.


Esteban fue llevado entonces ante Caifás, quien lo hizo azotar y durante tres días y tres noches hizo que Esteban debatiera con ellos sobre esos temas. Ni siquiera Saulo (San Pablo), logró rebatirlo por lo que se suscitó una violenta reacción, que fue frenada por Gamaliel, que era miembro del Sanedrín y que previamente se había convertido, quién sin embargo no pudo evitar que Esteban fuese torturado. Seguidamente lo condujeron ante el escriba Alejandro y posteriormente ante el tetrarca Antipas. La noche anterior al último juicio, un ángel anunció a Esteban su inminente martirio y lo confortó y en ese juicio, que aun fue más violento que los anteriores, fue Saulo quién insistentemente solicitó su lapidación. Esto ocurrió delante de Pilatos y familiares, Nicodemo, Gamaliel y su hijo Abibo. Posteriormente el mismo Nicodemo y Abibo serían también martirizados por haber intentado sepultar a Esteban pues sus enemigos pretendían que fuera devorado por las fieras. Entonces fue Pilatos quién lo sepultó en su tumba familiar y desde allí, milagrosamente su cuerpo fue trasladado a Kefar-Gamla. Otra versión dice que este traslado lo hizo Gamaliel con el consentimiento de los apóstoles.


Después de que el Primer Mártir fuera apedreado hasta la muerte (ver el 27 de diciembre), Gamaliel, su maestro, animó a ciertos cristianos a que fueran de noche a recoger el cuerpo del Santo y lo enterraran en su campo, que se encontraba a unas veinte millas de distancia de Jerusalén y se llamaba Cafargamala (o sea, «la Villa de Gamala»), donde el mismo Gamaliel sería posteriormente sepultado.


A principios del siglo V, cierto hombre piadoso llamado Luciano, párroco de una iglesia cercana al campo, recibió de Dios una revelación en un sueño acerca del lugar donde estaba enterrado el Primer Mártir. Inmediatamente se lo hizo saber a Juan, Patriarca de Jerusalén. Dirigiéndose ambos al lugar indicado, y cavando allí, encontraron una caja con la inscripción «Esteban» en letras arameas. Al abrirla, cogieron las sagradas reliquias y las transfirieron a Jerusalén con gran honor y en compañía de una gran multitud de fieles.


La invención de las reliquias de Esteban contribuyó a incrementar el culto al santo. Parece asombroso que se perdiera el rastro del sepulcro de uno de los mártires más venerados de la antigüedad, pero así fue, aunque esto puede explicarse por el hecho de que el culto a los mártires en sus sepulcros no se inició hasta el siglo II, siendo en el siglo IV donde alcanzó su apogeo. Puede también explicarse este “abandono” por el hecho de que los emperadores Tito (en el año 70) y Adriano (en el año 135) arrasaron Palestina y muy especialmente, Jerusalén.


Como decíamos, Luciano de Kefar-Gamla fue quien relata en griego este descubrimiento, relato que casi inmediatamente fue traducido al latín por Avito de Braga, al siríaco, copto, árabe y otras lenguas. Todo esto contribuyó a que por toda la Cristiandad “se corriera la noticia como la pólvora”. Según nos cuenta Luciano, durante tres días, en el mes de diciembre del año 415 se le apareció en sueños Gamaliel, quién le aseguró que San Esteban estaba sepultado en aquella localidad porque quién allí lo había sepultado era él mismo. También le indicó que en el mismo sepulcro había puesto los cuerpos de su hijo Abibo, de Nicodemo, quienes, por temor al Sanedrín, se habían refugiado en su casa antes de morir y aun el suyo propio; o sea: en el mismo sepulcro estaban Esteban, Gamaliel, Abibo y Nicodemo.


Luciano contó esto al obispo Juan de Jerusalén. Excavaron, encontraron la piedra sepulcral donde estaban anotados en griego los nombres de los cuatro, identificaron las reliquias e inmediatamente ocurrieron grandes prodigios. Luciano dice que él se quedó con una parte de los huesos, que posteriormente distribuyó entre algunos amigos, y que la porción mayor de las reliquias se trasladaron a Jerusalén, a la iglesia de Sión, el día 26 de diciembre del año 415.


Juvenal, obispo de Jerusalén mandó construir una basílica en el presunto lugar donde se produjo la lapidación del santo y esta basílica, fue solemnemente inaugurada por San Cirilo, patriarca de Alejandría, en el año 439. La emperatriz Eudocia, que vivía en aquella época, edificó una basílica aun más grandiosa y un monasterio, los cuales fueron destruidos por los persas en el siglo VII.


Existen reliquias insignes de San Esteban en: Roma (Italia), Venecia (Italia), Nea Ionia (Grecia), Sens (Francia), Gimel (Francia), al-Fayum (Egipto), Viena (Austria), Waha (Bélgica), Monte Athos (Grecia), Putignano (Italia), Dignano (Croacia), Wegier (Polonia), Bega (Barcelona-España), Zagreb (Croacia), Huy (Bélgica), Kiev (Ucrania), Maastricht (Holanda), Dubrovnik (Croacia), Court St. Etienne (Bélgica), Limoges (Francia), Auxerre (Francia), etc., etc.


Además, hay casi una decena de iglesias que presumen de tener relicarios de la sangre del mártir.


San Agustín llega a decir que el mismo hecho de que su martirio esté contado en un Libro Sagrado, contribuyó a que desde los comienzos de la Iglesia, su memoria estuviese en la mente de todos.


En Oriente, en el siglo IV, varios Padres de la Iglesia escriben sobre él: San Gregorio de Nissa, San Basilio de Seleucia, San Asterio de Amasea y otros y destaquemos que estos sermones escritos por estos santos son anteriores a la fecha del descubrimiento de las reliquias, luego es seguro que ya con anterioridad a este hecho el Santo era venerado, aunque el descubrimiento de las reliquias incrementase aun más su culto. Ya desde el siglo V, el Martirologio Siríaco conmemora su fiesta el día 26 de diciembre y la Iglesia de Constantinopla lo conmemoraba un día después.


Esta fecha no conmemora el día del martirio sencillamente porque no se sabe, sino que quieren solemnizar la festividad de este primer mártir cristiano poniéndola lo más cerca posible del día en el que conmemoramos en nacimiento de nuestro Salvador. De hecho, San Gregorio de Nissa nos recuerda cuales eran las fiestas celebradas alrededor de la Navidad: Santos Pedro y Pablo, Santos Juan y Santiago, San Esteban…; cabe destacar, sin embargo, que la “Depositio martyrum” del año 354 no menciona esta festividad.


Como he dicho anteriormente, el descubrimiento de las reliquias es lo que hace florecer el culto principalmente, máxime cuando el propio Luciano dice que él repartió parte de ellas entre sus amigos; una de ellas se la regaló a Orosio, obispo de Menorca, en Hispania (!!). De hecho, como hemos visto antes, las hay por todos los países cristianos tanto de Oriente como de Occidente.


Se multiplicaron las fiestas litúrgicas conmemorando traslados de las reliquias de un sitio a otro y se le dedicaron multitud de iglesias, monasterios y abadías. Recordemos en este momento un curioso relato que habla del traslado de las reliquias de San Esteban: Un mujer de Constantinopla, llamada Juliana, había sepultado en Jerusalén a su esposo llamado Alejandro, junto al sepulcro de San Esteban. Realizó diversas gestiones y consiguió que le permitieran trasladar el cuerpo de su marido desde Jerusalén a Constantinopla; conseguido el permiso, consiguió engañar a todos y en el ataúd que debiera llevar el cuerpo de su esposo, escondió el del santo y así trasladó el cuerpo a Constantinopla. Una vez que el cuerpo estuvo en la Ciudad Imperial, Pulqueria, hermana de Teodosio II, se dedicó a regalar parte del cuerpo a diversas personas relevantes de la Corte, devolviéndose algunas a la propia Jerusalén. Parte de ellas volvieron a Occidente en el siglo XIII durante la Cuarta Cruzada.


En la Edad Media existían en Roma diversas iglesias dedicadas al santo diácono protomártir, la más famosa, Santo Stefano Rotondo sul Monte Celio, erigida por el Papa San Simplicio en el siglo V. Existe otro relato que dice que a finales del siglo VI, durante el pontificado de San Pelagio II se llevaron reliquias desde Constantinopla hasta Roma, siendo estas reliquias las que reposan en la cripta existente bajo el altar de la Basílica de San Lorenzo fuori le Mura, junto con las reliquias del santo diácono hispano.


Antonio Barrero Avilés


LECTURAS


Hch 6,8-15;7,1-5;47-60: En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Entonces indujeron a unos que asegurasen: «Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios». Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y, viniendo de improviso, lo agarraron y lo condujeron al Sanedrín, presentando testigos falsos que decían: «Este individuo no para de hablar contra el Lugar Santo y la Ley, pues le hemos oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés». Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel. Dijo el sumo sacerdote: «¿Es esto así?». Él respondió: «Hermanos y padres, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abrahán cuando estaba en Mesopotamia, antes de establecerse en Jarán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que te mostraré. Entonces, saliendo de la tierra de los caldeos, se instaló en Jarán; después de la muerte de su padre, le hizo trasladar su morada de allí a esta tierra que vosotros habitáis ahora. No le dio herencia en ella, ni siquiera lo que pisa un pie, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, cuando aún no tenía un hijo. Pero fue Salomón el que le construyó la casa, aunque el Altísimo no habita en edificios construidos por manos humanas, como dice el profeta: Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir —dice el Señor—, o qué lugar para que descanse? ¿No ha hecho mi mano todo esto? ¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado». Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios». Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y, con estas palabras, murió.


Mc 12,1-12: Dijo el Señor esta parábola: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña. Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías. Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron. Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron. Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando: “Respetarán a mi hijo”. Pero los labradores se dijeron: “Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”. Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros. ¿No habéis leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?». Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.



Fuente: https://www.facebook.com/profile.php?id=100090028757223 / Otros / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia