02/07 - Deposición de la Preciosa Túnica de la Madre de Dios en las Blanquernas


Durante el reinado de León el Grande (457-474), dos patricios y hermanos que se encontraban de peregrinación en Tierra Santa se alojaron con una viuda anciana, cristiana de origen judío. Viendo los muchos milagros que se obraban en un pequeño santuario que esta tenía en su casa, le insistieron hasta que les reveló que custodiaba una túnica de la Santísima Madre de Dios en un cofrecito.

Nuestra Señora había tenido a dos vírgenes que la asistían; antes de su santa dormición, les entregó a cada una de ellas una de sus divinas vestimentas en señal de bendición. La viuda de nuestro relato era de la familia de una de estas vírgenes, por lo que la pieza había llegado a sus manos de generación en generación.

Con permiso de Dios, y con el objeto de que la santa reliquia fuera de bendición para muchos, los dos hombres llevaron furtivamente la túnica a las Blanquernas y construyeron una iglesia en honor de los Apóstoles Pedro y Marcos donde instalaron secretamente la pieza. Pero de nuevo, debido a la multitud de milagros que se obraban, el hecho fue conocido por el Emperador León, y se construyó una magnífica iglesia, algunos dicen que por el mismo León, pero, según otros, por sus predecesores Marciano y Pulqueria y ampliada por León cuando se encontró la santa túnica. El Emperador Justino el Joven completó dicha iglesia, que el Emperador Romano IV Diógenes erigió inmediatamente de nuevo después de que se quemara en 1070. La iglesia ardió de nuevo en 1434, y desde entonces se convirtió en una pequeña casa de oración junto con la renombrada fuente santa.

Después del siglo VII, el nombre de Blanquernas se dio a otras iglesias y monasterios por parte de sus piadosos fundadores por reverencia a esta famosa iglesia de Constantinopla. En ella fue coronado Juan Cantacuceno en 1345, y en ella se convocó asimismo el Concilio contra Acindino, seguidor de Barlaán (ver el II Domingo de la Santa y Gran Cuaresma).

LECTURAS


Heb 9,1-7: Hermanos, también la primera alianza tenía sus ritos para el culto y su santuario de este mundo. Se instaló una primera tienda, llamada el Santo, donde estaban el candelabro y la mesa de los panes presentados. Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada Santo de los Santos, que contenía el altar de oro para los perfumes y el Arca de la Alianza, revestida toda ella de oro, en la que se hallaban la urna de oro con maná, la vara florecida de Aarón y las tablas de la alianza. Encima del Arca estaban los querubines de la Gloria, que cubrían con su sombra el Propiciatorio. No hace falta explicarlo ahora al detalle. Una vez instalado todo, los sacerdotes entran continuamente en la primera tienda para oficiar allí. En la segunda solo entra el sumo sacerdote, una vez al año, con la sangre que ofrece por sí y por los pecados de inadvertencia del pueblo.


Lc 1,39-49;56: En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo». María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa.



Fuente: goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Traducción del inglés y adaptación propias

Jueves de la V Semana de Mateo


Rom 15,17-29: Hermanos, tengo de qué gloriarme en Cristo y en relación con las cosas que tocan a Dios. En efecto, no me atreveré a hablar de otra cosa que no sea lo que Cristo hace a través de mí en orden a la obediencia de los gentiles, con mis palabras y acciones, con la fuerza de signos y prodigios, con la fuerza del Espíritu de Dios. Tanto que, en todas direcciones, partiendo de Jerusalén y llegando hasta la Iliria, he completado el anuncio del Evangelio de Cristo. Pero considerando una cuestión de honor no anunciar el Evangelio más que allí donde no se haya pronunciado aún el nombre de Cristo, para no construir sobre cimiento ajeno; sino como está escrito: Los que no tenían noticia lo verán, los que no habían oído comprenderán. Por esta razón me he visto impedido muchas veces de ir hasta vosotros. Mas ahora, no teniendo ya campo de acción en estas regiones y teniendo desde hace muchos años grandes deseos de ir adonde vosotros, cuando me ponga en camino hacia España, espero veros al pasar y, después de haber disfrutado un poco de vuestra compañía, que vosotros me encaminéis hacia allá. Pero ahora voy a Jerusalén, para el servicio de los santos, pues Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres que hay entre los santos de Jerusalén. Tuvieron el gusto y además estaban obligados a ello; pues si los gentiles han compartido los bienes espirituales de los santos, ellos por su parte deben prestarles ayuda en lo material. Así pues, cuando haya concluido este asunto, sellándolo con la entrega del fruto de la colecta, pasaré entre vosotros de camino hacia España. Y sé que, cuando vaya a vosotros, lo haré con todas las bendiciones de Cristo.


Mt 12,46-50;13,1-3: En aquel tiempo, todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española