10/09 - Pulqueria la Emperatriz


Como un indicio del papel importantísimo que desempeñaron en los asuntos religiosos y eclesiásticos los emperadores romano-bizantinos y de la influencia de las mujeres en la corte imperial (una influencia no siempre benéfica), recordemos que los Padres del famoso Concilio de Calcedonia, que hizo época, aclamaron a la emperatriz Pulquería, como "guardiana de la fe, pacificadora, pía, creyente y una segunda Santa Elena." Estos títulos no eran simples galanterías de los obispos orientales, sino signo de que éstos sabían por experiencia la importancia de conservar la buena voluntad del soberano imperial y de su corte.


Pulqueria era la nieta de Teodosio el Grande y la hija del emperador Arcadio, el que murió en el año 408. La princesa nació en el año 399. Tuvo tres hermanas: Flacilla, que era la mayor, murió muy joven; Arcadia y Marina eran menores que Pulqueria. El emperador dejó un hijo, Teodosio II, que era tímido, bueno y devoto, incapaz para manejar los asuntos públicos y sin la energía suficiente para la posición que ocupaba. A Teodosio le interesaba más escribir o pintar que el arte de gobernar, y sus allegados le daban el sobrenombre de "calígrafo." En el año de 414, Pulqueria, que sólo tenía la edad de quince años, en nombre de su joven hermano, fue declarada augusta, participante con Teodosio en el gobierno del imperio y encargada también del cuidado y educación del príncipe.


Bajo el gobierno de Pulqueria, la corte mejoró mucho de lo que había sido en tiempos de su madre, quien despertó la justa cólera de San Juan Crisóstomo. Al convertirse en augusta, Pulqueria hizo un voto de perpetua virginidad e indujo a sus hermanas a hacer lo propio. Probablemente, los motivos de aquella decisión no fueron religiosos, ni en parte, ni completamente. Era una mujer de negocios que veía las cosas tal como eran y no quería que el hombre se casara con ella o con alguna de sus hermanas llegara a meterse en los asuntos de la administración política o hiciera el intento de arrebatar el trono a su hermana. Pero tampoco se puede decir que el voto estuviese desprovisto de cierto sentido religioso, puesto que la soberana había citado a Dios como testigo y no era de las que toman el nombre de Dios en vano, y Pulqueria mantuvo su juramento, aun después de haberse casado, de hecho. De todas maneras, resulta exagerado representar a la corte de aquel tiempo como una especie de monasterio: el espectáculo de las jóvenes princesas dedicadas la mayor parte del tiempo a hilar, bordar y a los ejercicios de devoción en la iglesia no tenía nada de extraordinario y, si Pulqueria impedía a los hombres el acceso a sus departamentos y a los de sus hermanas, era por una medida de elemental prudencia, en vista de que las lenguas de la corte andaban muy sueltas, y los oficiales bizantinos no se distinguían por su buena conducta.


Tenemos la impresión de que era una familia muy unida y muy trabajadora, cuya primordial preocupación era el cuidado y la educación de Teodosio. Por desgracia, como sucede a menudo con las gentes muy inteligentes y capaces, Pulqueria estaba segura de bastarse a sí misma y (tal vez sin intención al principio) aprovechó la ventaja de la falta de interés de su hermano por los asuntos públicos para educarlo como un virtuoso caballerito y un joven estudioso, pero no un gobernante. Como se ha escrito irónicamente: "Su incapacidad para la administración era tan marcada, que apenas si se le puede acusar de haber aumentado los infortunios de su reino por sus propios actos." Si de los infortunios podía culparse a Teodosio, las buenas fortunas podrían achacarse a la prudencia y el buen gobierno de Pulqueria. El carácter resuelto de ésta y la tímida indiferencia de su hermano, se ponen de manifiesto en un suceso que ocurrió cuando Pulqueria, para poner a prueba a Teodosio, le presentó un decreto para la sentencia de muerte contra sí misma. El joven lo firmó precipitadamente, sin haberlo leído.


Cuando Teodosio llegó a la edad de contraer matrimonio, Pulqueria volvió a tomar en consideración las complicaciones políticas y, debemos admitirlo, también la salvaguardia de sus propios intereses y su ascendencia que, en las circunstancias, eran para el bien y el progreso del estado; eligió para él a Atenaís, la más bella, muy acaudalada y muy encumbrada hija de un filósofo de Atenas que aún era pagano. [La versión de que Atenaís fue enviada a Constantinopla para buscar fortuna, ilustra de manera interesante un aspecto de las costumbres en la sociedad greco-romana de la época. Estaría fuera de lugar relatar aquí esa historia, por eso recomendamos ver el resumen que hace Finlay en "Greece under the Romans", cap. II, sección XI].


Teodosio aceptó de buen grado a la joven, y ella no tuvo ningún reparo en hacerse cristiana, de modo que, en el año 421, se casaron. Dos años más tarde, Teodosio declaró augusta a su esposa Atenaís o Eudoquia, como se le había puesto en el bautismo. Era inevitable que la augusta Eudocia, tarde o temprano, intentase menguar los poderes de su cuñada, la augusta Pulqueria. A su debido tiempo, la ambiciosa hija del filósofo ejerció todas sus artes femeniles sobre su débil y pusilánime esposo, hasta que consiguió que desterrara a Pulqueria en Hebdomon. El exilio duró algunos años. Podemos creer sin reparos, como dice Alban Butler, que Santa Pulqueria "consideró el castigo de su exilio como un favor del cielo y consagró todo su tiempo a Dios en la plegaria y al prójimo en las buenas obras. Nunca se quejó por la ingratitud de su hermano, ni por las inicuas intrigas de la emperatriz que todo se lo debía, ni por las injusticias de sus ministros".


Sin duda, que habría estado contenía "con olvidarse del mundo y con que el mundo se olvidara de ella", pero no podía pasar por alto que tenía muchas y muy graves responsabilidades en aquella gran parte del mundo cuya capital era Constantinopla. Durante algún tiempo las cosas marcharon bastante bien, hasta que más o menos por el año de 441, se produjo la caída de Eudocia. Se la había acusado, tal vez injustamente, de haber sido infiel al emperador con un apuesto aunque gotoso oficial llamado Paulino, [Ver a Finlay en la obra "Greece under the Romans", para la fabulosa historia de la manzana de Frigia], y fue desterrada a Jerusalén, oculta bajo el disfraz de un peregrino. Ya nunca regresó.


En la corte hubo una reorganización general de las oficinas de gobierno y lodos los puestos cambiaron de mano; a Pulqueria se le llamó del exilio, pero no para darle su antiguo cargo de supremo gobierno, ya que la jefatura estaba ocupada ahora por Crisafio, un antiguo partidario y admirador de Eudoquia. Bajo la administración de aquel hombre, el imperio de oriente fue de mal en peor durante diez años.


Por las presiones de Crisafio y sin ninguna consideración por la firmeza de las ideas teológicas, ya que anteriormente había favorecido a Nestorio, el emperador Teodosio brindó su apoyo incondicional a Eutiques y a la herejía monofisita. En el año de 449, el Papa de Roma San León Magno apeló a Santa Pulquería y al emperador para que rechazaran y combatieran el monofisismo; como respuesta, Teodosio aprobó las actas del "infame Sínodo" de Efeso y expulsó a San Flaviano de la sede de Constantinopla. Pulquería se mantenía firme en la ortodoxia, pero su influencia sobre su hermano se había debilitado. El Papa escribió de nuevo; Hilario, el archidiácono de Roma, escribió también; dejaron oír sus protestas y sus consejos Valentiniano III, el emperador de occidente, su esposa Eudosia, la hija de Teodosio y Gala Plácida, su madre... y, de repente, en medio de aquella lluvia de apelaciones, murió el emperador Teodosio, como consecuencia de los golpes que recibió al caer del caballo durante una partida de caza.


Santa Pulqueria, que por entonces tenía cincuenta y un años, instaló en el trono imperial a un general veterano de humilde origen, siete años mayor que ella. Llevaba el nombre de Marciano; era natural de Tracia y viudo. Pulqueria juzgó prudente y muy ventajoso para el estado y para la estabilidad del trono, contraer matrimonio con Marciano y así se lo propuso, con la única condición de que ella quedase en libertad para mantener su voto de virginidad. El general veterano aceptó y ambos gobernaron juntos como dos buenos amigos siempre de acuerdo en sus puntos de vista y sus sentimientos, encaminados al progreso de la religión y el aumento del bienestar público.


Los emperadores dieron una calurosa bienvenida a los delegados que envió el Papa León a Constantinopla, y su celo en favor de la fe católica les valió las más cálidas felicitaciones y encomios por parte de aquel Pontífice y del Concilio de Calcedonia que, convocado en 451 bajo el patrocinio de los emperadores, condenó a la herejía monofisita. Pulqueria y Marciano hicieron todo lo que estaba a su alcance para que los decretos de aquella asamblea quedaran establecidos en todo el imperio de oriente, pero fracasaron lamentablemente en Egipto y en Siria.


La propia emperatriz Santa Pulqueria escribió a un monje y a una abadesa de un convento de monjas de Palestina, con el propósito de convencerlos de que el Concilio de Calcedonia no había propiciado, como se afirmaba, una reavivación del nestorianismo, sino que condenó aquel error juntamente con las opuestas ideas herejes de Eutiques. Por dos veces con anterioridad, en 414 y 443, Pulqueria había perdonado el pago de impuestos atrasados que abarcaban un período de sesenta años, y tanto ella como su esposo procuraron contentar a su pueblo con bajos impuestos y los menores gastos de guerra que fueran posibles. El admirable espíritu con que desempeñaron sus deberes de gobernantes, se traduce en el lema de Marciano: "Nuestra obligación de soberanos es cuidar de la raza humana." Por desgracia, la magnífica sociedad no duró más de tres años, porque en el mes de julio del 453 murió Santa Pulquería.


Aquella gran emperatriz construyó muchas iglesias, tres de ellas en honor de la Madre de Dios: la de las Blanquernas, la de Calcopracia y la de Hodegetria, que figuraron entre las más famosas iglesias marianas de la cristiandad. En la última de las iglesias mencionadas la emperatriz instaló la famosísima pintura de la Virgen María que había sido traída de Jerusalén y que se atribuye al Evangelista San Lucas.


Pulqueria y Teodosio fueron los primeros emperadores de Constantinopla con inclinaciones griegas más que latinas; ella propicio el establecimiento de la universidad donde se enseñaba la lengua griega y había cursos sobre literatura y filosofía de Grecia; fue ella quien redactó las reglas y principios sobre las obligaciones y necesidades de los gobernantes, reunidos en el llamado Código de Teodosio. Si tomamos en consideración los actos y virtudes de la emperatriz, admitiremos que los elogios de San Próculo en su panegírico del Papa San León y de los padres del Concilio de Calcedonia, no eran meros cumplidos, sino alabanzas que ella merecía. El Martirologio Romano menciona a Santa Pulqueria en la fecha de hoy; su nombre fue inscrito por el cardenal Baronio; su fiesta se celebra entre los griegos, aunque en una época su culto se extendió por el occidente y su fiesta se observaba, por ejemplo, en todo Portugal y en el reino de Nápoles.



Fuente: catholic.net

10/09 - Menodora, Metrodora y Ninfodora las Mártires


Fueron estas tres hermanas naturales de Bitinia, y alcanzaron la gloria sobre el año 305 o 311. Sus nombres tienen como significado: Menodora, “don de Menes” (que era una antigua diosa griega)Metrodora, “don de una madre”, Ninfodora, “don de una ninfa” (que era otra divinidad menor de la cultura griega).


Tenemos su relato martirial por mano de San Simeón Metafrastes, que dice tomarlo de documentos más antiguos. Nada más comenzar el relato, las hallamos retiradas en una cueva de una montaña, donde se dedicaban a la oración y la penitencia, luego de huir del mundo y sus vanidades. Allí no molestaban a nadie, pero en los tiempos de persecución pagan todos los cristianos. Así que, enterado el gobernador local, de nombre Fronto, de que había tres bellas vírgenes que servían a Cristo en soledad, mandó apresarlas y traerlas ante sí. Preguntadas sobre quienes eran, las jóvenes respondieron: "Somos tres hermanas, llamadas en nuestro bautismo Menodora, Metrodora y Ninfodora; somos nativas de Bitinia".


Primero Fronto les ofreció a las hermanas matrimonios ventajosos y riquezas para que abandonasen aquella vida “indigna de bellas mujeres”. Las tres jóvenes se negaron diciendo: “Nada nos interesan esos bienes que nos ofreces. Ninguno es tan grande como el bien que queremos, que es nuestra salvación”. 


Fronto las amenazó con el martirio y la muerte, pero las tres santas igualmente permanecieron firmes en la fe. Ideó Fronto castigarlas una a una, para hacer temer y apostatar a las otras. Comenzó con Menodora, la mayor, a la cual colgó de un palo y golpeó las espaldas con varillas. Como la joven permanecía firme y confesaba a Cristo, le golpearon brutalmente la boca, descerrajándole la mandíbula, y haciéndola morir entre sufrimientos, pero Metrodora y Ninfodora no cejaron. Fronto las envió a la cárcel, donde estuvieron cuatro días, hasta que las tomaron de nuevo y llevaron a la arena, donde aún yacía el cuerpo de su hermana mayor. 


Fronto volvió a ofrecerles ventajosos matrimonios y la protección del emperador a cambio de que apostatasen. Metrodora respondió: "Somos tres ramas nacidas de una buena raíz. No podemos avergonzar nuestro origen aceptando lo que ofreces, ni escuchando tus palabras" (esto alude a padres cristianos, tal vez mártires). Ordenó Fronto tomasen a la virgen, y en presencia de Ninfodora la martirizaron igualmente colgándola, flagelándola y quemándole los costados hasta la muerte. Pero la tercera hermana no renegó de Cristo, como pretendía Fronto.


Empeñado en hacerla abandonar la fe cristiana, Fronto tomó a Ninfodora y la ató por las muñecas junto a los cadáveres de sus hermanas, que permanecían colgados al sol. Pero la virgen continuó confesando a Cristo, a pesar de que la golpearon con varas de hierro, y le aplicaron los peines de hierro hasta la muerte. Muertas las tres (o vivas con Cristo).


Fronto hizo que quemaran los cuerpos y los abandonaran, pero los cristianos apagaron el fuego antes de consumirse del todo, y enterraron las sagradas reliquias en Pitia. Textos posteriores añaden detalles como que una lluvia apagó el fuego que consumía los cuerpos, que un rayo mató a Fronto, etc.


Las reliquias fueron trasladadas a la iglesia de San Pantaleón, en el monte Ato, donde son veneradas, aunque la mano de Metrodora ha quedado en el monasterio local del Pantócrator.


Su martirio se ubica tradicionalmente entre los años 305 y 311.



Fuente: preguntasantoral / Religión en Libertad
Adaptación propia

Jueves de la XV Semana de Mateo


Gál 3,23-29;4,1-5: Hermanos, antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe. La ley fue así nuestro ayo, hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero una vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al ayo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa. Digo además que mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo siendo como es dueño de todo, sino que está bajo tutores y administradores hasta la fecha fijada por su padre. Lo mismo nosotros, cuando éramos menores de edad, estábamos esclavizados bajo los elementos del mundo. Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial.


Mc 6,30-45: En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas. Cuando se hizo tarde se acercaron sus discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y ya es muy tarde. Despídelos, que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer». Él les replicó: «Dadles vosotros de comer». Ellos le preguntaron: «¿Vamos a ir a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». Él les dijo: «¿Cuántos panes tenéis? Id a ver». Cuando lo averiguaron le dijeron: «Cinco, y dos peces». Él les mandó que la gente se recostara sobre la hierba verde en grupos. Ellos se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran. Y repartió entre todos los dos peces. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos de pan y de peces. Los que comieron eran cinco mil hombres. Enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Madrid - Reunión informal de coordinación


Cristianismo bizantino invita a todos los interesados a una reunión informal de coordinación que, Dios mediante, tendrá lugar el domingo 13 de septiembre de 2026 en la Villa de Madrid. El punto de encuentro será el exterior de la Capilla de la Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias (c/ Rafael de Riego, 16, bajando por la calle, a la izquierda del templo principal), y desde ahí nos dirigiremos a un local contiguo.


La reunión, que comenzará a las 10:00, será un momento idóneo para conocer en persona a seguidores de nuestro blog, sobre todo de la zona centro de España. También aprovecharemos para hablar de forma distendida sobre actividades futuras y otros asuntos de interés.


A las 12:30 quien lo desee podrá asistir a la Divina Liturgia en rito bizantino en la Capellanía del Bautismo del Señor (en lengua rumana, con algunas oraciones y cantos en español).


Asistencia libre y gratuita. Se ruega confirmación:


cristianismo-bizantino@outlook.com

09/09 - Memoria de los 200 Santos Padres reunidos en Éfeso para el III Concilio Ecuménico


La idea de este gran concilio parece que se debió a Nestorio, el obispo de Constantinopla. San Cirilo, patriarca de Alejandría, lo había acusado de herejía ante el Papa San Celestino, y el Papa había replicado el 11 de agosto de 430 encargando a San Cirilo que asumiera su autoridad y avisara en su nombre a Nestorio de que, salvo que se retractara dentro de los diez días de la recepción de este ultimátum, se le consideraría excomulgado y depuesto. Cuatro obispos enviados por Cirilo le entregaron el requerimiento a Nestorio un domingo, el 30 de noviembre o el 7 de diciembre. Pero Nestorio estaba evidentemente bien informado de lo que debía esperar. Se consideró a sí mismo como víctima de una calumnia ante el Papa, y optó por no entregarse en manos de Cirilo. Éste era, en su opinión, no sólo un enemigo personal, sino un teólogo peligroso, que estaba reviviendo hasta cierto punto los errores de Apolinar. 


Nestorio tenía influencia sobre el emperador de Oriente, Teodosio II, al que indujo a convocar un concilio general para juzgar sobre la discrepancia entre el Patriarca de Alejandría y él mismo, y trabajó tan bien que las cartas de convocatoria del emperador a todos los metropolitanos se publicaron el 19 de noviembre, unos días antes de que los mensajeros de Cirilo llegaran. El emperador pudo tomar esta decisión sin que pareciera que favorecía demasiado a Nestorio, porque los monjes de la capital, a quienes Nestorio había excomulgado por su oposición a su enseñanza herética, habían apelado también a él para que convocara un concilio. Nestorio, por tanto, no prestó atención al ultimátum del Papa, y rechazó dejarse guiar por el consejo de someterse que le ofreció su amigo Juan, el patriarca de Antioquía. 


El Papa estaba contento de que todo Oriente se uniera para condenar la nueva herejía. Envió a dos obispos, Arcadio y Proyecto para representarle a él y a su concilio romano, y al sacerdote romano Felipe, como su representante personal. Por lo tanto, Felipe tomó el primer lugar, aunque, al no ser obispo, no podía presidir. Probablemente era lógico que el patriarca de Alejandría sería el presidente. Se ordenó a los legados que no tomaran parte en las discusiones, sino que juzgaran sobre ellas. Parece que Calcedonia, veinte años después, estableció el precedente de que los legados Papales fueran siempre técnicamente los presidentes de un concilio ecuménico, y en lo sucesivo esto fue considerado cuestión lógica, y los historiadores griegos suponían que ese debió ser el caso en Nicea. 


El emperador estaba ansioso por la presencia del preladomás venerado de todo el mundo, Agustín, y envió un mensajero especial al gran hombre con una carta en términos honorables. Pero el santo había muerto durante el sitio de Hipona en agosto anterior, aunque los disturbios de Áfricahabían impedido que la noticia llegara a Constantinopla. 


Teodosio escribió una carta airada a Cirilo, y una atemperada al concilio. El tono de esta última epístola y de las instrucciones dadas al comandante imperial, conde Candidiano, de ser absolutamente imparcial, son atribuidas por las actas coptas a la influencia ejercida sobre el emperador por el Abad Víctor, que había sido enviado a Constantinopla por Cirilo para actuar como su agente en la corte debido a la veneración y amistad que se sabía que Teodosio sentía por el santo varón. 


Llegada de los Participantes a Éfeso


Nestorio, con dieciséis obispos, y Cirilo, con cincuenta, llegaron antes de Pentecostés a Éfeso. Las actas coptas nos cuentan que los dos partidos llegaron el mismo día, y que por la tarde Nestorio propuso que todos se reunieron en el oficio de Vísperas. Los demás obispos rehusaron. Memnón, obispo de Éfeso, temía la violencia, y envió sólo a su clero a la iglesia. La mención de un tal Flaviano, que parece ser el obispo de Filippi, arroja alguna duda sobre esta historia, pues ese obispo no llegó hasta más tarde. Memnón de Éfeso tenía cuarenta sufragáneos presente, sin contar doce de Panfilia (a los que Juan de Antioquia llama herejes). Juvenal de Jerusalén, con los obispos vecinos a quienes consideraba como sus sufragáneos, y Flaviano de Filipos, con un contingente de las regiones que consideraban a Tesalónica como su metrópoli, llegaron poco después de Pentecostés. 


El patriarca de Antioquía, Juan, un viejo amigo de Nestorio, escribió para explicar que sus sufragáneos no podrían salir hasta después de la octava de Pascua. (Las actas coptas dicen que había una hambruna en Antioquia). El viaje de treinta días se había alargado por la muerte de algunos caballos; realizaría las últimas cinco o seis etapas con calma. Pero no llegó, y se dijo que se estaba entreteniendo porque no deseaba unirse a la condena de Nestorio. Mientras tanto el calor era sofocante; muchos obispos estaban enfermos, dos o tres murieron. Dos de los metropolitanos de Juan, los de Apamea y de Hierápolis, llegaron y declararon que Juan no deseaba que la apertura del concilio se aplazara por su retraso. Sin embargo, estos dos obispos y Teodoreto de Ciro, con otros sesenta y cinco, escribieron un memorial dirigido a San Cirilo y a Juvenal de Jerusalén, pidiendo que se esperara a la llegada de Juan. El conde Candidiano llegó, con el decreto imperial, y adoptó la misma opinión. 


El Concilio Propiamente Dicho


Pero Cirilo y la mayoría determinaron abrir el concilio el 22 de junio, al haber pasado dieciséis días desde que Juan anunció su llegada en cinco o seis. Estaba claro para la mayoría que este retraso era intencionado, y probablemente tenían razón. Aun así es lamentable que no se hicieran todas las concesiones posibles, especialmente cuando aún no habían llegado noticias de Roma. Porque Cirilo había escrito al Papa en relación con una importante cuestión de procedimiento. Nestorio no se había retractado en los diez días fijados por el Papa, y por consiguiente la mayoría de los obispos lo trataban como excomulgado. ¿Se le concedería un nuevo juicio, aunque el Papa ya lo hubiera condenado? ¿O, por el contrario, meramente se le iba a dar la oportunidad de explicar o excusar su contumacia? Uno podía presumir que el Papa Celestino, al aprobar el concilio, pretendía que Nestorio tuviera un juicio completo, y de hecho esto declaraba en su carta que aún estaba en camino. Pero como no le había llegado la respuesta a Cirilo, este santo consideró que no tenía derecho a tratar la sentencia del Papa como una cuestión de discusión ulterior, y sin duda no deseaba mucho hacerlo así. 


Primera Sesión (22 de junio): El concilio se reunió el 22 de junio, y San Cirilo asumió la presidencia tanto como patriarca de Alejandría “ocupando el lugar del santísimo y bienaventurado arzobispo de la Iglesia de Roma, Celestino”, para llevar a cabo su encargo original, que él consideraba, en ausencia de respuesta de Roma, que estaba aún en vigor. 


Por la mañana estaban presente 160 obispos, y por la tarde se reunieron 198. La sesión comenzó con una justificación de la decisión de no retrasar más la apertura. El día anterior Nestorio había sido invitado a asistir y respondió que iría si así lo decidía. Ante una segunda convocatoria, que le fue remitida ahora, envió un mensaje desde su casa, que estaba rodeada de hombres armados, de que comparecería cuando todos los obispos hubieran llegado. De hecho sólo unos veinte de los sesenta y ocho que habían pedido un aplazamiento se habían unido a Cirilo, y los propios sufragáneos de Nestorio también estaban ausentes. A una tercera convocatoria no dio respuesta. Esta actitud se corresponde con su actitud original ante el ultimátum enviado por Cirilo. No reconocía a Cirilo como juez, y consideraba la apertura del concilio antes de la llegada de sus amigos de Antioquia como una flagrante injusticia. 


La sesión prosiguió. Se leyó el Credo de Nicea, y luego la segunda carta de Cirilo a Nestorio, sobre la cual los obispos, por deseo de Cirilo, y los cuales hablaron 126 por turno, juzgaron por separado que estaba de acuerdo con la fe de Nicea. Luego se leyó la respuesta de Nestorio. Todos entonces gritaron anatema a Nestorio. Luego se leyó la carta del Papa Celestino a San Cirilo, y después de ella la tercera carta de Cirilo a Nestorio con los anatemas que el hereje debía aceptar. Los obispos que habían entregado este ultimátum a Nestorio declararon que le habían dado la carta. Había prometido su respuesta para el día siguiente, pero no había dado ninguna, y ni siquiera les dejó entrar. 


Luego Cirilo invitó a dos amigos de Nestorio, Teodoto de Ancira y Acacio de Mitilene, a dar una relación de sus conversaciones con Nestorio en Éfeso. Acacio dijo que Nestorio había declarado repetidamente dimenaion e trimeniaion me dei legesthai Theon. El relato del propio Nestorio de esta conversación en su “Apología” (Bethune-Baker, p. 71) muestra que esta frase debe traducirse así: “No debemos decir que Dios tiene dos o tres meses de edad.” Esto no es tan chocante como el sentido que habitualmente se ha atribuido a las palabras en la época moderna tanto como en la antigua (por ejemplo, por Sócrates, VII, XXXIV): “Un niño de dos o tres meses de edad no debería ser llamado Dios.” El primer sentido está de acuerdo con la acusación de Acacio de que Nestorio declaró: ”uno debe o bien negar que la Divinidad (theotes) del Unigénito se ha hecho hombre, o bien admitir lo mismo del Padre y el Espíritu Santo.” (Nestorio quiso decir que la Naturaleza Divina es numéricamente una; y si Nestorio realmente dijo theotes y no hypostasis, tenía razón, y Acacio estaba equivocado). 


Acacio además le acusó de pronunciar la herejía de que el Hijo que murió debe distinguirse del Verbo. Entonces se leyó una serie de extractos de los santos Padres, Pedro I y San Atanasio de Alejandría, Julio y Félix de Roma (pero estas cartas papales eran falsificaciones apolinaristas), Teófilo de Alejandría, el tío de Cirilo, San Cipriano de Cartago, San Ambrosio, San Gregorio Nacianceno, San Basilio, San Gregorio de Nisa, Ático, Anfiloquio de Iconio. Después de estos, se contrastaron pasajes de los escritos de Nestorio. Estos eran, naturalmente, piezas justificativas presentadas por Cirilo, y necesarias para informar al concilio sobre el asunto en discusión. Hefele ha entendido equivocadamente que los obispos estaban examinando la doctrina de Nestorio de nuevo, sin aceptar la condena del Papa como necesariamente correcta. Se presentó a continuación una admirable carta de Capreolo, obispo de Cartago, y primado de un mayor número de obispos que cualquiera de los patriarcas orientales. Escribe en medio de la devastación de África por los vándalos, y naturalmente no podía celebrar ningún sínodo ni enviar obispos. No siguió ninguna discusión (y Hefele se equivoca al sugerir una omisión en las actas, que ya son de extraordinaria longitud para un solo día), sino que los obispos aceptaron con aclamación las palabras de Capreolo contra la novedad y en elogio de la antigua fe, y todos procedieron a firmar la sentencia contra Nestorio. Como la excomunión de San Celestino estaba aún en vigor, y Nestorio había rehusado con contumacia responder a la triple citación ordenada por los cánones, la sentencia se expresó como sigue: 


El santo sínodo dijo: “Puesto que además del resto el muy impío Nestorio no ha querido obedecer a nuestra citación, ni recibir a los muy santos y temerosos de Dios obispos que le enviamos, tuvimos necesariamente que acudir nosotros mismos al examen de sus impiedades; y habiendo entendido a partir de sus cartas y de sus escritos, y de sus recientes dichos en esta metrópoli de lo que se nos ha informado, que sus opiniones y enseñanzas son impías, estando necesariamente obligados a ello tanto por los cánones [por su contumacia] como por la carta [a Cirilo] de nuestro santísimo padre y colega Celestino, obispo de la Iglesia Romana, con muchas lágrimas hemos llegado a la penosa sentencia siguiente contra él: Nuestro Señor Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos.”


Esta sentencia recibió 198 firmas, y luego se añadieron algunas más. Una breve notificación dirigida al “nuevo Judas” se envió a Nestorio. Las actas coptas nos dicen que, como no la quiso recibir, se le pegó en su puerta. Todo el asunto se concluyó en una sola larga sesión, y era tarde cuando se conoció el resultado. El pueblo de Éfeso, lleno de regocijo, escoltó a los Padres a sus casas con antorchas e incienso. Por otra parte, el conde Candidiano tuvo noticia de la deposición arrancada, y silenció los gritos de las calles. El concilio escribió enseguida al emperador, al pueblo y al clero de Constantinopla, aunque las actas aún no habían sido escritas por completo. En una carta a los obispos egipcios en la misma ciudad y al abad Dalmacio (las actas coptas lo sustituyen por el abad Víctor), Cirilo les pide vigilancia, pues Candidiano estaba enviando informes falsos. Cirilo y sus amigos predicaron sermones, y el pueblo de Éfeso estaba muy excitado. Incluso antes de esto, Nestorio, con diez obispos, había escrito al emperador para quejarse de que el concilio iba a comenzar sin esperar a los antioquenos y los de Occidente, había hablado de la violencia del pueblo, instigada por su obispo Memnón, quien (decía el hereje) le había cerrado las iglesias y le amenazaba de muerte.


Llegada de Juan de Antioquia (27 de junio): Cinco días después de la primera sesión llegó Juan de Antioquía. El partido de Cirilo envió una delegación para recibirlo honorablemente, pero Juan estaba rodeado de soldados, y se quejó de que los obispos estaban creando un tumulto. Antes de que pudiera hablarles, celebró una asamblea que designó como “santo sínodo”. Candidiano declaró que él había desaprobado la reunión de los obispos antes de la llegada de Juan; había asistido a la sesión y leído la carta del emperador (de esto no hay ni una palabra en las actas, de modo que aparentemente Candidiano estaba mintiendo). Juan acusó a Memnón de violencia, y a Cirilo de hereje arriano, apolinaristay eunomiano. Estos dos fueron depuestos por cuarenta y tres obispos presentes; los miembros del concilio serían perdonados, siempre que condenaran los doce anatemas de Cirilo. Esto era absurdo, pues la mayoría de ellos no podía entenderse sino en sentido católico. Pero Juan, que no era un mal hombre, estaba de mal humor. Se ha de señalar que ni una palabra se dijo a favor de Nestorio en esta asamblea. El partido de Cirilo se estaba ahora quejando del conde Candidiano y sus soldados, como la otra parte lo hizo de Memnón y el populacho. Ambos partidos enviaron sus informes a Roma. El emperador estaba muy dolido por la división, y escribió que debía celebrarse una sesión colectiva, y comenzar de nuevo el asunto. El funcionario que trajo esta epístola llamado Paladio se llevó de vuelta muchas cartas de ambos bandos. Cirilo propuso que el emperador mandara por él y cinco obispos, para darle un relato exacto. 


Segunda Sesión (10 de julio): Al fin el 10 de julio llegaron los enviados papales. La segunda sesión se reunió en la residencia episcopal. El legado Felipe inició los trabajos diciendo que la carta anterior de San Celestino, en la que había decidido la cuestión actual, ya había sido leída; el Papa había enviado ahora otra carta, la cual se leyó. Contenía una exhortación general al concilio, y concluía diciendo que los legados tenían instrucciones para llevar a cabo lo que el Papa había decidido anteriormente; sin duda el concilio estaría de acuerdo. Los Padres entonces gritaron: “Este es un juicio justo. ¡Celestino el nuevo Pablo!¡Cirilo el nuevo Pablo! ¡Celestino el guardián de la Fe!¡Celestino de acuerdo con el Sínodo! El sínodo da las gracias a Cirilo ¡Un Celestino, un Cirilo!”


El legado Proyecto dice entonces que la carta ordena al concilio, aunque éste no necesitaba instrucciones, que ejecute la sentencia que el Papa ha pronunciado. Hefele interpreta esto erróneamente: “Es decir, que todos los obispos debían acceder a la sentencia papal” (Vol. III, 136). Firmo, el exarcade Cesarea de Capadocia, responde que el Papa, mediante la carta que envió a los obispos de Alejandría, Jerusalén, Tesalónica, Constantinopla y Antioquia, había dictado hacía mucho tiempo su sentencia y decisión; y el sínodo---al haber pasado los diez días, y también un período mucho más largo---habiendo esperado más allá del día de apertura señalado por el emperador, había seguido el camino indicado por el Papa, y, como Nestorio no compareció, había ejecutado en él la sentencia papal, habiéndole infligido la pena canónica y apostólica. Esta era una réplica a Proyecto, al declarar que lo que requería el Papa había sido hecho, y es un relato preciso de la labor de la primera sesión y de la sentencia; canónica se refiere a las palabras de la sentencia, “obligados necesariamente por los cánones”, y apostólica a las palabras “y por la carta del obispo de Roma”. El legado Arcadio expresó su pesar por la llegada tardía de su grupo, debido a las tormentas, y pidió ver los decretos del concilio. Felipe, el legado personal del Papa, agradeció luego a los obispos por adherirse mediante sus aclamaciones como miembros santos a su sagrada cabeza---“Pues sus santidades no ignoran que el apóstol San Pedro es la cabeza de la Fe y de los Apóstoles.” El metropolitano de Ancira declaró que Dios había demostrado la justicia de la sentencia del sínodo con la llegada de la carta de San Celestino y de los legados. La sesión se clausuró con la lectura de la carta del Papa al emperador. 


Tercera Sesión (11 de julio): Al día siguiente, 11 de julio, tuvo lugar la tercera sesión. Los legados habían leído las actas de la primera sesión y ahora sólo pedían que la condena de Nestorio se leyera formalmente en presencia de ellos. Cuando se hubo hecho esto, los tres legados pronunciaron por separado una confirmación en nombre del Papa. El exordio del discurso de Felipe es célebre: “No cabe duda a nadie, sino que se ha conocido en todos los tiempos, que el santo y bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, la columna de la fe, el fundamento de la Iglesia Católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, el Salvador y Redentor de la raza humana, las llaves del Reino, que se le dio poder de atar y desatar los pecados, que hasta este día y por siempre vive y juzga en sus sucesores. Su sucesor en orden y su representante, nuestro santo y más bienaventurado Papa Celestino...”


Fue con palabras como éstas ante sus ojos que los Padres griegos y los concilios hablaron del Concilio de Éfeso como celebrado “por Celestino y Cirilo”. Se leyó una traducción de estos discursos, pues Cirilo entonces se levantó y dijo que el sínodo les había comprendido claramente; y ahora se debían presentar las actas de las tres sesiones a los legados para su firma. Arcadio respondió que naturalmente estaban dispuestos. El sínodo ordenó que se pusieran las actas ante ellos, y las firmaron. Se envió una carta al emperador, diciéndole cómo San Celestino había celebrado un sínodo en Roma y había enviado sus legados, que le representaban a él y a todo Occidente. Todo el mundo estaba por tanto de acuerdo; Teodosio debía permitir a los obispos volverse a sus casas, pues mucho sufrían por estar en Éfeso, y sus diócesistambién debían sufrir. Sólo unos cuantos amigos de Nestorio resistían contra el juicio del mundo. Se debía nombrar un nuevo obispo para Constantinopla. 


Cuarta sesión (16 de julio): El 16 de julio se celebró una sesión más solemne, como la primera, en la catedral de la Theotokos. Cirilo y Memnón presentaron una protesta escrita contra el conciliábulo de Juan de Antioquia. Fue citado a comparecer, pero ni siquiera recibió a los enviados. 


Quinta sesión (17 de julio): Al día siguiente se realizó la quinta sesión en la misma iglesia. Juan había fijado un cartel en la ciudad acusando al sínodo de herejía apolinarista. Lo citaron de nuevo, y ésta se contó como la tercera citación canónica. Él no prestó atención, por lo tanto, el concilio lo suspendió y lo excomulgó, junto con treinta y cuatro obispos de su partido, pero se abstuvo de deponerlos. Algunos del partido de Juan ya habían desertado, y él se había ganado sólo a unos cuantos. En las cartas que se despacharon para el emperador y el Papa el sínodo informó que ahora contaba con 210 obispos. La larga carta a Celestino da un relato completo del concilio, y menciona que se habían leído y confirmado los decretos del Papa contra los pelagianos.


Sexta sesión: Al final de la sexta sesión, que trató sólo con el caso de los dos sacerdotes que difundían las doctrinas de Nestorio, se hizo la famosa declaración que “ninguno debe producir o componer ningún otro credo que (para, proeter, “más allá”---“contrario a?) el Niceno, y que cualquiera que lo proponga a los paganos, judíos, o herejes que deseen convertirse, si es obispo o clérigo debe ser depuesto, y si es un laico debe ser anatematizado. Esta decisión vino luego como una fuente fructífera de objeciones a los decretos de sínodos posteriores y a la adición del “filioque” del tal llamado credo constantinopolitano; pero ese credo como tal debía ser abolido por este decreto si se tomaba muy literalmente. Se sabe de varios asuntos relacionados con Panfilia y Tracia que fueron tratados por el concilio, que no se hallan en las actas. San León nos dice que Cirilo le informó al Papa sobre las intrigas con que Juvenal de Jerusalén trató en Éfeso de lograr un patriarcado para sí mismo aparte del de Antioquía, en el cual residía su sede. Él tendría éxito en esto veinte años después, en Calcedonia. 


Séptima sesión (31 de julio): En la séptima y última sesión el 31 de julio (parece) los obispos de Chipre persuadieron al concilio de aprobar su reclamo de haber estado exentos antigua y correctamente de la jurisdicción de Antioquía. Se aprobaron seis cánones contra los partidarios y seguidores de Nestorio. 


Confirmación Papal e Imperial al Concilio


No se detallará aquí la historia de las intrigas con que ambos partidos trataron de ganarse al emperador para su causa. Los ortodoxos triunfaron en Éfeso por su número y por el acuerdo de los legados papales. La población de Éfeso estaba de su lado. La gente de Constantinopla se alegró por la deposición de su herético obispo. Pero el conde Candidiano y sus tropas estaban del lado de Nestorio, cuyo amigo, el conde Ireneo, estaba también en Éfeso, trabajando para él. El emperador siempre había defendido a Nestorio, pero estaba algo sorprendido por los informes del concilio. Tanto los amigos de Nestorio como Candidiano impidieron la comunicación con Constantinopla. Por fin se hizo llegar una carta a Constantinopla, dentro del bastón hueco de un mensajero disfrazado de pordiosero, en la cual se describía la condición miserable de los obispos en Éfeso, que apenas pasaba un día sin un funeral, y que se suplicaba que se les permitiera enviar un representante al emperador. El santo abad, San Dalmacio, a quien se dirigió la carta, así como al emperador, al clero y a la gente de Constantinopla, dejó su monasterio en obedienciaa una voz Divina, y dirigiendo a muchos miles de monjes de la ciudad, todos cantando y portando cirios, se dirigieron en grupos entusiastas al palacio. Atravesaron la ciudad y después que el abad Dalmacio se había entrevistado con el emperador y se le había leído la carta al pueblo en la iglesia de San Mocio, todos gritaron “Anatema a Nestorio!”


Eventualmente el piadoso y bien intencionado emperador tomó la extraordinaria decisión de que debía ratificar las deposiciones decretadas por ambos concilios. Por lo tanto declaró que Cirilo, Memnón y Juan fueran depuestos. Se mantuvo a Cirilo y a Memnón en estricto confinamiento. Pero a pesar de todos los esfuerzos del partido antioqueno, los representantes que por fin se le permitió al concilio enviar a la corte, con el legado Felipe, persuadieron al emperador a aceptar el gran concilio como el verdadero. Nestorio anticipó su destino y pidió permiso para retirarse a su antiguo monasterio. El sínodo fue disuelto a principios de octubre, y el 30 de octubre Cirilo llegó a Alejandría en medio de gran felicidad. San Celestino había muerto, pero su sucesor, [Papa San Sixto III]], confirmó el concilio.



Fuente: ec.aciprensa.com

Traducido por Francisco Vázquez. L H M.