XIV Domingo de Mateo


El atuendo apropiado


«Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?»


Entre los que entraron al banquete hubo uno que fue arrojado fuera porque no llevaba puesta la ropa de bodas. La vestimenta es la apariencia exterior que expresa la condición espiritual interior; la ropa es también la imagen de los anhelos y pasiones.


¿Cuál es entonces la vestimenta de bodas que el Señor exige nos pongamos a fin de permitirnos entrar en el Reino y participar de la alegría de su Hijo?


Previo al Bautismo, el niño es despojado totalmente de su ropa, es desvestido de todo lo terrenal; y cantamos: «Vosotros que en Cristo os habéis bautizado, de Cristo os revestisteis.» Sí, Cristo mismo es la vestimenta genuina para las bodas. El bautizado es revestido con un atuendo blanco, el cual porta la luz del rostro de Jesucristo. Cuando actuamos indebidamente, estaremos manchando esta vestimenta blanca y desfigurando el rostro de Cristo con nuestras acciones.


Quien se revista de Jesús debe andar siempre como Él. Si se encuentra frente a un pobre actuará tal como Jesús lo haría; si con una persona abrumada, lo consolará como el Maestro divino actúa.


Revestirse de Jesús no tiene que ver solamente con el comportamiento sino también con el pensamiento interior, dice san Pablo (1Cor 2:16).


Los sueños deben ser los de Cristo, los deseos y anhelos también.


Debemos mantener la vestimenta blanca y brillante; sin embargo, no siempre los intentos son coronados con éxito, y nuestro vestido se va enturbiando igual al de un ladrón o un esclavo, dejando de ser así un vestido de bodas. Frente a esta triste realidad –al pensar y observar dónde estamos y dónde realmente deberíamos estar–, el libro de Apocalípsis nos anuncia que aquellos que han soportado grandes dificultades y tentaciones «han emblanquecido su vestimenta con la sangre del cordero» (Ap 7:14).


Dejemos que nuestra vestimenta sea blanqueada en la sangre del Cordero sacrificado por nosotros.


Cada vez que veamos nuestra debilidad, nuestras dudas y todo aquello que manche la pureza de la luz del rostro de Cristo en nosotros, corramos para que la Sangre del Cordero, que se nos entrega en cada divina Liturgia, nos emblanquezca. Nos acercamos con temor de Dios y con amor y fe a participar de la Sangre del Cordero para que lave nuestro rostro pecador con verdadero arrepentimiento, confesión y disposición a las obras de la virtud y a una vida cristiana sincera. De este modo, recuperamos la belleza del rostro divino y emblanquecemos el atuendo bautismal.


Homilía del P. Boris Bobrinskoy


En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Como todas las parábolas del Evangelio, la de hoy tiene, por un lado, un sentido histórico y concreto relacionado con la época y los acontecimientos de nuestra salvación y, por otro, un sentido actual que concierne a nuestra vida parroquial, nuestra vida cristiana y el destino espiritual de cada uno de nosotros.


Sabemos que los siervos que van a invitar a los invitados a la boda son los profetas. Estos profetas llaman al pueblo de Israel a reconocer al Señor Jesús, a adorarlo y a entrar en el gozo de la salvación. Porque la salvación viene del Mesías, y los profetas anuncian al Mesías en el Señor Jesús.


Sabemos también que los profetas no fueron reconocidos. Como dice el propio Jesús: «Nadie es profeta en su tierra». Según nos recuerda la epístola a los hebreos, los profetas fueron asesinados, lapidados, golpeados e insultados. Vagaban por cavernas y grutas, rechazados por su pueblo. Así, cuando el Señor pronuncia esta parábola, lo hace con severidad, pero también con lágrimas, como las que había derramado sobre Jerusalén, que no había sabido reconocer su día, el Día del Señor.


Ahora, me gustaría relacionar los distintos momentos de esta parábola con nuestra propia vida. En primer lugar, este banquete de bodas es símbolo del banquete eterno del Reino. Es una imagen es frecuente en las Escrituras: ya en los profetas, la llegada del Reino se compara con unas bodas o una comida. Lo oímos ayer en las vísperas: el Libro de los Proverbios dice que «La Sabiduría ha edificado una casa, ha tallado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha aderezado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia [su invitación] en lo alto de las colinas de la ciudad» (Pr 9,1-3).


La Sabiduría nos llama. En la tradición cristiana, la Sabiduría es Cristo mismo, que nos invita a su banquete. Es también la Madre de Dios. El día de las bodas de Caná, la Madre de Dios estaba presente junto a su hijo y sus discípulos. Cuando se acabó el vino, fue ella quien fue a decírselo....


¿Y nosotros, dónde estamos? Formamos parte de los invitados a las bodas que no acuden. Aunque creamos estar presentes, en realidad estamos muy ausentes. Estamos en otra parte.


Estamos preocupados por todas nuestras tareas, alegrías, deseos, ambiciones, apetitos y por nuestra hambre y sed de alimentos, no solo materiales, sino también psíquicos y culturales; todo lo que queremos adquirir o en lo que queremos convertirnos, todo ello nos aleja de esta invitación que se nos dirige constantemente.


El Señor ve con tristeza que los invitados no se muestren dignos de la invitación, que no sean dignos de participar en el banquete nupcial, un poco como las vírgenes necias de otra parábola.


«A otros los mataron»: mataron a los siervos, a los profetas. Este tema se retoma en la parábola de los labradores asesinos.


«Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos. Dijo a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos”».


Hay otros siervos, presentes y dispuestos a cumplir la voluntad del Señor. Los primeros servidores son los profetas. Los segundos son los apóstoles y todos aquellos que continúan el apostolado del Señor hasta el fin de los tiempos. 


Hasta el fin de los tiempos, los siervos del Rey son y serán enviados por los senderos, los caminos y las encrucijadas del mundo para invitar a todos los que puedan venir: los dignos y los indignos, «los buenos y los malos». ¿Quién de nosotros puede considerarse bueno? Si somos invitados, a pesar de ser malos, es por la misericordia y la gracia de Dios.


He aquí el salón de la fiesta, lleno de invitados. Allí hay un hombre sentado, diferente a los demás, «que no lleva traje de boda». Es muy misterioso.


Porque si el Señor llama a diestra y a siniestra, desde todos los caminos y cruces, ¿quién tiene tiempo de ponerse un traje de boda? ¿O no deberíamos pensar más bien que, en un solo instante, como le sucedió al buen ladrón, se puede producir una conversión misteriosa y repentina? Los que han venido descubren la misericordia y la gracia de Dios y, a partir de entonces, aparecen revestidos por los ángeles con ese vestido de boda, de manera inmerecida, como un don de Dios que llega en respuesta a su conversión interior.


Sin embargo, uno de esos invitados, traído también por los siervos, los ángeles o los apóstoles, es indigno. Una vez más, debemos pensar en cada uno de nosotros. Al hacerlo, ya no podemos juzgar a nadie.


Recordemos las palabras de san Antonio antes de morir: «Todos se salvarán, solo yo seré condenado». O también la oración de san Juan Crisóstomo: «Has venido a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». Cuando reflexionamos sobre la conclusión de esta parábola, ya no necesitamos hacer conjeturas sobre los que nos rodean, solo tenemos que mirarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de que somos indignos.


He aquí el salón de bodas todo iluminado «y no tengo vestido nupcial para entrar», como dice el canto de la Semana Santa. Esta parábola es una llamada a la conversión, una conversión de último momento, de último minuto. Siempre es posible hacerlo.


Por otra parte, la conversión es una actitud constante y permanente. No podemos confiarnos en ninguna justicia, mérito o certeza de que somos los buenos.


Simplemente debemos esforzarnos por volvernos hacia la misericordia de Dios. Para concluir, quiero recordar la presencia velada de la Madre de Dios. Al igual que presidió las bodas de Caná de Galilea, ahora está aquí presente como Madre del Hijo del Rey, como Madre de Jesús, el Cordero inmaculado, el Siervo que nos invita a participar en las bodas eternas.


La Madre de Dios está ahí, expresando de nuevo las palabras: «Se les ha acabado el vino». Aquí podría decir: «Su vestido no es nupcial. Transforma su vestimenta sucia en una gloriosa; transforma su deseo de ti en la presencia de tu Espíritu Santo en ellos; haz que su sed se convierta en sed de vida eterna, en sed del vino del Reino».


«Se les ha acabado el vino». En respuesta a su madre, el Señor transforma el agua y da vino en abundancia. Este vino abundante son las corrientes inconmensurables e inagotables del Espíritu Santo que fluyen desde entonces sobre el mundo y sobre nosotros.


Y cuando estas corrientes nos llenan, se desbordan infinitamente del vaso de nuestro ser, de nuestra vida. Nos convertimos en un receptáculo del Espíritu Santo a imagen del Señor, en quien el Espíritu Santo reposaba con toda plenitud.


Ojalá que también nosotros recibamos en este banquete del Reino, aunque sea en el último momento, el don y la gracia de la conversión para que el Espíritu Santo nos llene y podamos escuchar la palabra dirigida al Buen Ladrón en el último momento de su vida: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Amén.


LECTURAS


2 Cor 1,21-24;2,1-4: Hermanos, es Dios quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros; y además nos ungió, nos selló y ha puesto su Espíritu como prenda en nuestros corazones. Dios me es testigo, por mi vida, de que no he ido aún a Corinto por consideración a vosotros; y no porque seamos señores de vuestra fe, sino que contribuimos a vuestra alegría. Pues vosotros os mantenéis firmes en la fe. Decidí por mi cuenta no ir a vosotros otra vez causándoos tristeza. Pues si os entristezco yo a vosotros, ¿quién me va a alegrar entonces, cuando el único que puede hacerlo está triste por causa mía? Os escribí precisamente aquello para que, cuando llegara, no me entristecieran aquellos que tenían que alegrarme; de hecho estoy persuadido de que todos tenéis mi alegría por vuestra. Porque os escribí con muchas lágrimas, debido a una gran aflicción y angustia de corazón; pero no lo hice para entristeceros sino para mostraros el amor tan especial que tengo por vosotros.

Mt 22,2-14: Dijo Jesús esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”. Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».


Fuente: iglesiaortodoxa.org.mx / https://feuilletssaintsymeon.fr/sites/default/files/dossier/FeuilletSaintSymeon_198.pdf (trad P. Josep Santos) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española