16/09 - La Santa Megalomártir Eufemia de Calcedonia


El nombre de Eufemia es de origen griego y significa “la que dice cosas buenas” (prefijo eu- “bueno”, y verbo femí “decir, hablar”) y fue un nombre relativamente popular hasta el siglo XIX.


Pasión de la Santa


Esta passio nos dice que Eufemia era hija de un senador residente en Calcedonia (ciudad de Bitinia, provincia de Asia Menor) llamado Filotrón, que su madre se llamaba Teodorisiana; y que vivió en tiempos de Diocleciano. Por aquel entonces, Prisco el Europeo, procónsul de la ciudad, hacía cumplir el edicto de persecución deteniendo a los cristianos y torturándolos en público, en el foro de la ciudad, para humillarlos ante todo el pueblo. Pasando un día Eufemia y viendo semejante espectáculo, montó en cólera e increpó duramente al prefecto por lo que estaba haciendo, declarándose ella también como cristiana. Aunque su voz provenía de en medio de la multitud y fácilmente hubiese podido escabullirse, un tal Apeliano la delató y Prisco dio orden de detenerla y encarcelarla junto a 49 compañeras. La convocó al día siguiente junto las demás detenidas y quiso hacerla sacrificar a los dioses. Como se negó e hizo una gran apología de la fe en Cristo -de ahí su nombre, “la que dice cosas buenas”-, Prisco ordenó que la abofetearan con violencia ante la multitud, y aunque los golpes fueron tan violentos que la joven arrojaba sangre por nariz y boca, no logró doblegarla y la hizo devolver a la cárcel.


Aquella noche, Prisco entró en su celda para violarla y así doblegar su orgullo. Se encontró con la enconada resistencia de Eufemia, que se defendió como una leona. Cuando ya estaba por vencerla, de pronto sintió una parálisis en la mano y, temiendo ser víctima de alguna brujería, salió de la celda, dejándola en paz, al menos de momento.


Al día siguiente, ataron a Eufemia a una rueda de fuego, con los radios llenos de brasas, con la intención de que cuando girara, la joven se fuera quemando lentamente. Pero por un error de los operarios que movían la rueda, quemaron al verdugo que daba la orden y no a la Santa. Cuando los familiares del verdugo vieron que éste había muerto, éstos, enfurecidos, tiraron a Eufemia, atada a la rueda y todo, dentro de una hoguera, pero se quemó todo salvo ella. Cuando el delator Apeliano sugirió que le cortaran la cabeza, la espada se rompió al tocar el cuello de Eufemia, y lo mismo pasó cuando intentaron aserrarla, de modo que Prisco, cada vez más asustado ante lo que le parecía pura hechicería, mandó devolverla a prisión. Por su parte, los verdugos, al ver estos prodigios, se convirtieron y murieron mártires. Otras torturas se probaron con ella: ahogarla en un pozo, tirarle serpientes, meterla en un honor en medio de cuyas llamas ella recordó al profeta Daniel y sus escritos… todo inútil. Nada le hacía daño.


Posteriormente, Prisco mandó reunir a un grupo de jóvenes libertinos y los metió en la celda de Eufemia con la orden de violarla, pero una fuerza invisible los mantuvo alejados de la joven y tuvieron que salir corriendo. El prefecto, cada vez más enfadado, mandó colgarla de los cabellos al techo y junto a ella mandó colgar cuatro grandes pedruscos para que, cuando el cuero cabelludo de la joven cediese y cayese al suelo, las rocas cayeran también y la aplastaran. Pero la joven resistió una semana entera colgada sin desfallecer y las piedras, en lugar de caer, se fundieron con el techo como si fueran cera derretida, y allí se quedaron pegadas.


Finalmente, Prisco, que ya no sabía qué hacer para matarla, la condenó a ser arrojada a las fieras en el anfiteatro. Pero los leones no la atacaron e incluso improvisaron un asiento con sus cuerpos para que Eufemia pudiera sentarse tranquilamente sobre ellos. Como pasaba el rato y ya nadie sabía cómo proceder contra ella, fue ella misma la que decidió ir al martirio y ordenó a uno de los leones que la atacara, y la bestia, obediente, saltó y le arrancó un brazo de un mordisco. Eufemia cayó al suelo y empezó a desangrarse, y entonces fue cuando salió el verdugo y le puso fin atravesándola con la espada. Su cuerpo, arrojado a las calles, fue recogido y dignamente sepultado no sólo por sus compañeros cristianos, sino también por fieles judíos y paganos, que habían quedado impresionados por el espectáculo.


Datos documentales: entre la historia y la tradición


La fecha exacta del martirio de la Santa –16 de septiembre del año 303- aparece en los Fasti Vindobonenses priores, obra redactada en dos partes: la primera a finales de 387 y la segunda a finales de 573, en Rávena.


El Concilio Ecuménico de Calcedonia, del que hablaremos más adelante, tuvo una gran influencia en la difusión del culto a la Santa por el milagro que, según la tradición, ella obró allí; pero lo veremos más adelante. Simplemente decir que gracias a este Concilio la festividad de la Santa se extendió a toda la cristiandad y es en esta época (años 451-452) cuando se redacta esta passio. Como el Concilio se celebró en el martyrion (basílica y sepulcro) en honor a la Santa, se estableció que la fiesta de la misma se celebrase en toda la ortodoxia el 11 de julio, fecha del milagro. En Occidente, esta fiesta es ya reconocida por el Martirologio Jeronimiano y por el Calendario marmóreo de Nápoles; y en Oriente aparece en todos los calendarios, martirologios y sinaxarios.


Por desgracia, no existen importantes textos anteriores al Concilio que nos hablen de la Santa. Sin embargo, Asterio, obispo de Amasea entre los años 380-410, en su undécima homilía habla de la existencia de un culto a la Santa. Dice en ella que sus conciudadanos de Calcedonia habían erigido un monumento sepulcral a la santa y que todos los años celebraban su fiesta recordando su martirio. Pudiera decirse que esta homilía sería la primera nota hagiográfica sobre Santa Eufemia, ofreciendo, aunque fuera indirectamente, algunas notas sobre su martirio, ya que describe algunas pinturas en las que aparecen escenas de su martirio y que estaban colocadas en el pórtico de una iglesia, aunque no especifica que esta iglesia estuviera dedicada a ella. En una pintura aparece la escena del juicio, en otra pintura aparece el martirio (un verdugo que tiene cogida fuertemente la cabeza mientras otro le arranca los dientes), en otra pintura aparece la virgen dentro de una prisión y sobre su cabeza aparece resplandeciente la señal de la cruz; y en la última pintura representa a la santa mirando al cielo y con el rostro alegre mientras es quemada.


Martyrion y reliquias de la Santa


Cabe hablar ahora de la basílica, sepulcro y reliquias de la Santa, que también plantean cuestiones muy controvertidas e interesantes. Hay que decir que la celebre basílica en la que se celebró el Concilio ya no existe. Evagrio (536-600), la describe perfectamente: estaba construida sobre una colina a una milla de Calcedonia (la actual Haidar-Pacha). Se accedía a través de un pórtico espléndido, desde el que se entraba a una gran rotonda con una enorme cúpula donde estaba la urna de plata con el cuerpo de la Santa. Esta descripción es similar a todo el complejo arquitectónico descrito en Constantinopla, pero refiriéndose al Santo Sepulcro de Jerusalén. Sin embargo, perfectamente debiera ser grande, ya que, como decía antes, acogió a uno de los concilios más concurridos de la antigüedad, ya que se dice que asistieron seiscientos padres conciliares. Está claro que Asterio, aunque habla de esta Santa, se estaba refiriendo a otra iglesia, no a esta basílica.


Evagrio llega a decir que era normal que del sepulcro de la Santa emanase habitualmente un líquido sanguinolento que se enviaba a todo el mundo, como reliquia de la Santa. Esto podría explicar el porqué existen tantas reliquias de la santa, incluso con anterioridad al Concilio.


En Antioquía hay una basílica dedicada a la Santa, documentada en los siglos VI-VII y Constantinopla, para no ser menos que Rávena, ya también en el siglo VI le tenía dedicada otras cuatro iglesias. Y es a una de estas iglesias, la llamada “del Hipódromo” donde fueron trasladadas las reliquias de la santa, cuando Calcedonia fue invadida por los persas. Allí las llevó la emperatriz Irene en el año 796 y allí siguen, en El Fanar, aunque hay quienes afirman que el iconoclasta León Isáurico (716-741) las tiró al mar. De allí las rescatarían los hermanos Sergio y Sergono, propietarios de un barco, que las devolverían al obispo local. Éste ordenaría que fuesen preservadas en secreto, bajo una cripta, mientras la persecución iconoclasta estuviese en marcha. Hasta que la iconoclasia no fue condenada, no salieron de nuevo a la luz y traídas por la emperatriz a Constantinopla.


Milagro de Santa Eufemia en el Gran Concilio


En el año 451, en la ciudad de Calcedonia, en la Basílica donde se veneraban las reliquias de la mártir local Santa Eufemia, tuvo lugar el Cuarto Concilio Ecuménico. Se pretendía formular el dogma preciso de la Iglesia respecto a la naturaleza de Jesucristo, puesto que la herejía monofisita estaba ganado gran influencia. Sabemos que los monofisitas, como su nombre indica (mono fisis, “una naturaleza”) predicaba la única naturaleza divina de Cristo, mientras que la ortodoxia defendía su doble naturaleza, la divina y la humana.


Después de muchas disputas, los reunidos no se ponían de acuerdo y el patriarca Anatolio de Constantinopla sugirió dejar la decisión en manos del Espíritu Santo a través de su escogida, la mártir Santa Eufemia. Así, ambos bandos escribieron su profesión de fe, la ortodoxa y la monofisita, en rollos separados y sellados con sus propios sellos. Luego abrieron la tumba de la mártir y colocaron ambos rollos sobre el pecho de la misma; a continuación, y en presencia del emperador Marciano (450-457) la tumba fue sellada con su sello imperial y custodiada por guardas durante tres días; en los cuales tanto ortodoxos como monofisitas oraron y ayunaron intensamente.


Pasados estos tres días, los padres conciliares, en presencia del emperador nuevamente, rompieron el sello y abrieron la tumba y se encontraron con que Santa Eufemia sujetaba el rollo de la fe ortodoxa en su mano derecha, mientras que el rollo monofisita estaba tirado a sus pies. Incluso se ha dicho que la Santa, como si aún estuviese viva, alzó la mano y entregó el rollo ortodoxo al patriarca, para luego volver a dejar caer su brazo a un lado. Con este gesto, se entendió que Dios, a través de la Santa, daba a entender que en la ortodoxia de la doble naturaleza de Cristo estaba la verdad, y así, los monofisitas fueron declarados herejes, condenados y excomulgados. Por eso, la Santa es tan reverenciada y querida por los cristianos bizantinos, quienes la llaman “Gran Mártir” como decía, y “Alabadísima”, por su intercesión durante el Concilio.


Otros milagros y apariciones de la Santa


Existen un gran recuento de milagros y apariciones de esta mártir; si tuviera que reseñarlas todas aquí, nunca se acabaría este artículo. De modo que voy a hacer citación únicamente de una. Esta aparición de la que hablaré, y la voy a sintetizar mucho, le ocurrió a un anciano monje llamado Paísio (+ 11 julio 1994) a quien algunos obispos habían pedido consejo para ayudar con un problema a la Iglesia. El anciano Paísio rezó a la mártir pidiendo ayuda, y un tiempo después, cierto día, a las nueve de la mañana, se encontró con que llamaban a la puerta de su celda, y cuando preguntó quién era, una voz femenina le respondió: “Soy yo, padre. Soy Eufemia”“¿Qué Eufemia?” A continuación vino un silencio elocuente, y cuando preocupado, Paísio volvió a preguntar quién era, ella dijo otra vez: “Eufemia, a la que andas buscando”. El monje se asustó tanto que no abrió la puerta, y al oír unos pasos que se alejaban, abrió, fue tras los pasos, y no vio nada. Al retroceder, se llevó otro susto de muerte, pues encontró a una mujer, vestida con hábito de monja bizantina, dentro de su celda, postrada ante un icono de la Santísima Trinidad. Paisio, temiendo que fuese un demonio o alguna aparición maligna, farfulló entonces: “Di: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo”. Ella repitió sus palabras con toda claridad, y entonces Paísio se postró ante ella y la veneró, reconociéndola como la Santa que había invocado. Luego, se sentó junto a ella y habló como quien habla con un conocido, exponiéndole sus dudas y problemas. Ella resolvió y aconsejó de acuerdo a lo que él le pedía, y por último, Paísio se atrevió a decirle: “Me gustaría que me dijeras cómo pudiste soportar tu martirio”. Su respuesta fue: “Padre, si hubiese sabido antes cómo sería la vida eterna y la belleza celestial que las almas disfrutan al estar junto a Dios, hubiese pedido de todo corazón que mi martirio durase para siempre, porque eso no fue nada comparado con los regalos de la gracia divina”.


Meldelen


LECTURAS


2 Cor 6,1-10: Hermanos, como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Nunca damos a nadie motivo de escándalo, para no poner en ridículo nuestro ministerio; antes bien, nos acreditamos en todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; con palabras verdaderas y la fuerza de Dios; con las armas de la justicia, a derecha e izquierda; a través de honra y afrenta, de mala y buena fama; como impostores que dicen la verdad, desconocidos, siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos, pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo.


Lc 7,36-50: En aquel tiempo, un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora». Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro». «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?». Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente». Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco». Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados». Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?». Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».



Fuente: preguntasantoral / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia

Miércoles de la XVI Semana de Mateo


Gál 6,2-10: Hermanos, llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Pues si alguien cree ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo. Y que cada uno examine su propio comportamiento; el motivo de satisfacción lo tendrá entonces en sí mismo y no en relación con los otros. Pues cada cual carga con su propio fardo. Que el catecúmeno comparta sus bienes con quien lo instruye en la palabra. No os engañéis: de Dios nadie se burla. Lo que uno siembre, eso cosechará. El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos. Por tanto, mientras tenemos ocasión, hagamos el bien a todos, especialmente a la familia de la fe.


Mc 7,14-24: En aquel tiempo, llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga». Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos). Y siguió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro». Desde allí fue a la región de Tiro.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

15/09 - Nicetas el Megalomártir


San Nicetas fue un soldado godo, pueblo que se había establecido más allá del río Istro (según el geógrafo Melecio, se llama así al río Danubio desde el lugar donde se une con el río Safo hasta el Mar Negro, o según otros desde algo antes de Axiópolis hasta sus desembocaduras), dentro de las fronteras de la actual Rumania, en los años de Constantino el Grande.


El obispo Teófilo, conocido iluminador de los godos y participante en el Primer Sínodo Ecuménico en 325, lo convirtió al cristianismo y lo bautizó en su juventud. Nicetas fue un cristiano ortodoxo devoto desde su juventud, y no arriano, como muchos suponen, porque el arrianismo se extendió entre los godos a través del sucesor de Teófilo, el obispo Ulfilas.


Desde niño, Nicetas aprendió la santa fe del obispo godo Teófilo, el cual recordaba a menudo las palabras del Apóstol Pablo: «Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús» (2 Tim 3,14-15). Y así fue.


En aquella época, una intensa guerra surgió entre los godos. A la cabeza de uno de los bandos estaba el Príncipe Atanarico, quien, dado su origen pagano, odiaba a los cristianos. Frigento, que era cristiano, estaba a la cabeza del otro bando. En el sangriento enfrentamiento entre ambos ejércitos, Atanarico salió victorioso y Frigento se vio obligado a huir a Constantinopla. Pero pronto Frigento regresó a su tierra natal, reforzado por las nuevas tropas proporcionadas por el emperador Valente (364-378 d.C.). Frigento ordenó que la imagen de la Santa Cruz se hiciera según las normas de su ejército, como antaño con el emperador Constantino el Grande. Una segunda batalla sangrienta tuvo lugar, y esta vez Frigento salió victorioso. Pero Atanarico, con un pequeño grupo de adeptos, se salvó.


Después de la victoria de Frigento, se dieron tiempos favorables para el cristianismo. El sucesor del obispo Teófilo, el obispo Ulfilas (311-383 d.C.), creó el alfabeto godo y tradujo muchos libros espirituales del griego al gótico, incluidas las Sagradas Escrituras. San Nicetas, por su predicación y su vida piadosa, ayudó grandemente a la confirmación de la fe cristiana entre los godos y convirtió a muchos. 


Después de algunos años, Atanarico volvió a su patria con un ejército numeroso, y la intensa guerra otra vez comenzó entre los godos. Habiendo vencido a Frigento, Atanarico desató una cruel persecución contra los cristianos. Nicetas, convertido en líder espiritual de los godos cristianos, denunció a Atanarico por impiedad y crueldad. Instó a los fieles a ser firmes y no temer el martirio. Pronto Nicetas fue capturado. Atanarico lo amenazó para que negase a Cristo, pero él permaneció firme en lo que aprendió de pequeño. Entonces fue entregado a crueles torturas. 


Atanarico ordenó que le rompiesen los huesos de un modo terrible. Pero él conservó su intelecto y su corazón elevados a Dios, y en su pecho, debajo de su túnica, llevaba un icono de la Santísima Madre de Dios con el Niño Jesús de pie y sosteniendo la Cruz en sus manos. Nicetas llevaba este icono porque la Santa Madre de Dios se le había aparecido y lo había consolado. El odio de los bárbaros era tal que después lo arrojaron al fuego. Su cuerpo se iluminó con una luz milagrosa y, aunque su cuerpo se conservó intacto, entregó su espíritu al Señor el 15 de septiembre del año 372. 


Por la noche, un amigo del mártir, un cristiano llamado Mariano, trasladó el cuerpo de San Nicetas en un cofre desde la tierra de los godos (Valaquia y Besarabia) hasta la ciudad de Mopsuestia, donde lo enterró. Luego fue transferido a Constantinopla, donde se construyó una iglesia en su honor. Parte de las reliquias del Gran Mártir Nicetas fueron luego llevadas al Monasterio de Vysokie Dechani en Serbia, donde su mano incorrupta realiza muchos milagros. Rezamos a San Nicetas por la sanación de los niños de los defectos de nacimiento.


San Sabas y San Nicetas fueron los dos mártires más renombrados entre los godos. Al primero se le conmemora el 12 de abril.


LECTURAS


Col 1,24-29;2,1: Hermanos, ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado servidor, conforme al encargo que me ha sido encomendado en orden a vosotros: llevar a plenitud la palabra de Dios, el misterio escondido desde siglos y generaciones y revelado ahora a sus santos, a quienes Dios ha querido dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí. Quiero que sepáis el duro combate que sostengo por vosotros.


Mt 10,16-22: Dijo el Señor a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará».



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Martes de la XVI Semana de Mateo


Gál 5,11-21: Hermanos, si es verdad que continúo predicando la circuncisión, ¿por qué siguen persiguiéndome? ¡El escándalo de la cruz ha quedado anulado! ¡Ojalá se mutilasen los que os soliviantan! Pues vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero, cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente. Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. Pero si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios.


Mc 7,5-15: En aquel tiempo, los fariseos y los escribas le preguntaron a Jesús: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?». Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres». Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”. Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes». Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga».



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

14/09 - Conmemoración del VI Concilio Ecuménico


El III Concilio de Constantinopla (VI Concilio Ecuménico) fue convocado en 678 por el emperador Constantino Pogonato con miras a restaurar la armonía religiosa entre Oriente y Occidente, que había sido perturbada por las controversias monotelitas, y particularmente por la violencia de su predecesor Constante II, cuyo edicto imperial, conocido como el “Tipo” (648-49) fue una supresión práctica de la verdad ortodoxa. Debido al deseo del Papa de Roma Agatón de obtener la adhesión de los hermanos occidentales, los legados papales no llegaron a Constantinopla hasta tarde en el 680. El Concilio, al cual asistieron al principio cien obispos y más tarde 174, se inauguró el 7 de noviembre de 680 en un salón abovedado (trullus) del palacio imperial y fue presidido por los (tres) legados papales, quienes trajeron al concilio una larga carta dogmática del Papa Agatón y otra de contenido similar de un sínodo romano celebrado en la primavera de 680; fueron leídas en la segunda sesión. Ambas cartas, sobre todo la del Papa, insiste en la fe de la Sede Apostólica como la tradición viva e inmaculada de los apóstoles de Cristo, asegurada por las promesas de Cristo, testificada por todos los Papas en su capacidad de sucesores del privilegio de Pedro de confirmar a sus hermanos, y por consiguiente, definitivamente autoritativa para la Iglesia Universal.


La mayor parte de las dieciocho sesiones se dedicó al examen de los pasajes bíblicos y patrísticos que tratan sobre el asunto de una o dos voluntades, una o dos operaciones, en Cristo. Jorge, patriarca de Constantinopla, pronto cedió ante la evidencia de la enseñanza ortodoxa de las dos voluntades y dos operaciones en Cristo, pero Macario de Antioquía, “casi el único representante verdadero del monotelismo desde las nueve proposiciones de Ciro de Alejandría” (Chapman) se resistió hasta el final, y finalmente fue anatematizado y depuesto por “no consentir al tenor de las cartas ortodoxas enviadas por Agatón, el santísimo Papa de Roma, es decir, es decir, que en cada una de las dos naturalezas (humana y divina) de Cristo hay una operación perfecta y una voluntad perfecta, contra la que los monotelitas habían enseñado que hay sólo una operación y una voluntad (‘mia energeia theandrike’) en bastante consonancia con la confusión monofisita de las dos naturalezas en Cristo.


En la décimo tercera sesión (28 marzo 681), después de anatematizar a los principales herejes monotelitas mencionados en la citada carta del Papa de Roma Agatón, es decir, Sergio de Constantinopla, Ciro de Alejandría, Pirro, Pablo y Pedro de Constantinopla, Teodoro de Farán, el concilio añadió: “Y además de éstos decidimos que también el Papa Honorio, que fue Papa de la antigua Roma, sea arrojado de la Santa Iglesia de Dios y sea anatematizado con ellos porque hemos encontrado en su carta a Sergio que siguió la opinión de éste en todas a las cosas y confirmó sus malvados dogmas”.


Una condena similar del Papa Honorio aparece en el decreto dogmático de la sesión final (16 sept. 681) que fue firmada por los legados y por el emperador. Aquí se hace referencia a la famosa carta de Honorio a Sergio de Constantinopla cerca del 634, alrededor de la cual ha surgido (especialmente antes y durante el Concilio Vaticano I) tan extensa y controversial literatura. Había sido invocada tres veces en sesiones anteriores del Concilio en cuestión por el obstinado monotelita Macario de Antioquía, y se había leído públicamente en la décimo segunda sesión junto con la carta de Sergio a la que daba respuesta. Es esa ocasión se leyó también una segunda carta de Honorio a Sergio, de la que sólo se ha conservado un fragmento.


En el pasado, debido al galicanismo y a los oponentes a la infalibilidad papal, ha habido mucha controversia sobre el sentido apropiado de la condena al Papa Honorio hecha por este Concilio, al estar ya abandonada (Hefele, III, 299-313) la teoría (Baronio, Damberger) de la falsificación de las Actas. Algunos han afirmado, con Pennacchi, que de hecho fue condenado por hereje, pero que los obispos orientales del Concilio malinterpretaron la perfectamente ortodoxa (y dogmática) carta de Honorio; otros, con Hefele, que el concilio condenó las expresiones del Papa que sonaban como heréticas (aunque su doctrina era verdaderamente ortodoxa); otros finalmente, con Chapman (ver abajo), que fue condenado: “porque, como debió haber hecho, no declaró autoritativamente la tradición de Pedro de la Iglesia Romana. No apeló a esa tradición, sino que meramente aprobó y amplió sobre el compromiso indiferente de Sergio… Ni el Papa ni el Concilio consideran que Honorio hubiese comprometido la pureza de la tradición romana, pues nunca había reclamado representarla. Por consiguiente, así como hoy juzgamos las cartas del papa Honorio por la definición del Vaticano y negamos que sean ex cátedra, porque no definen ninguna doctrina ni la imponen a toda la Iglesia, así los cristianos del siglo VII juzgaron las mismas cartas por la costumbre de su época, y vieron que no reclamaban lo que las cartas papales solían reclamar, es decir, hablar por la boca de Pedro en nombre de la tradición romana.” (Chapman)


La carta del concilio al Papa León que pedía, a la manera tradicional, que confirmara las Actas, mientras incluían de nuevo el nombre de Honorio entre los monotelitas condenados, colocan un énfasis notable en el oficio magisterial de la Iglesia Romana, así como, en general, los documentos del Sexto Concilio General favorecen fuertemente la inerrancia de la Sede de Pedro. “El Concilio”, dice Dom Chapman, “acepta la carta en la que el Papa define la fe. Depuso a los que rehusaron aceptarla. Le pide (al Papa) que confirme sus decisiones. Los obispos y el emperador declaran que han visto que la carta contiene la doctrina de los Padres. Agatón habla con la voz de Pedro mismo; de Roma sale la ley como si saliera de Sión; Pedro había mantenido la fe inalterada.“


El Papa Agatón murió durante el Concilio y le sucedió León II, que confirmó (683) los decretos contra el monotelismo y se expresó más severamente que el concilio sobre la memoria de Honorio (Hefele, Chapman) aunque puso énfasis principalmente en la negligencia de aquel Papa en establecer la enseñanza tradicional de la Sede Apostólica.



Fuente: ec.aciprensa.com

Adaptación propia