San Isaías nació cerca de Kiev, hijo de padres piadosos que lo criaron en la recta fe. En su juventud renunció a la vanidad mundana e ingresó en el Monasterio de las Cuevas de Kiev, donde recibió la tonsura monástica de manos de San Teodosio. Ardiendo de amor por el Salvador, el joven monje se entregó a las arduas luchas del ayuno y la oración. Al mismo tiempo, se distinguía por su mansedumbre, humildad, obediencia, desapego de lo material y espíritu fraternal; mortificaba las pasiones carnales mediante la abstinencia y la paciencia, cultivando virtudes como la sabiduría, el valor espiritual y la castidad. Recordaba las palabras de un antiguo anciano: «La fortaleza del hombre no depende de la naturaleza humana, sujeta a cambios, sino de una intención firme». Fortalecido por la ayuda divina, ascendía constantemente en espíritu hacia la Jerusalén celestial.
La noticia de las luchas ascéticas del joven monje Isaías pronto se difundió más allá del monasterio. Cuando Barlaán, el primer hegúmeno del monasterio, reposó en el Señor, se construyó un nuevo monasterio en los terrenos del Gran Príncipe Iziaslao de Kiev dedicado al Santo Gran Mártir Demetrio. En 1065, el príncipe Iziaslao pidió a San Teodosio que elevara al padre Isaías al rango de hegúmeno de dicho monasterio dada su vida virtuosa. San Teodosio dio su bendición y el padre Isaías asumió el cargo de hegúmeno. Tras recibir esta alta responsabilidad, el bienaventurado se convirtió en un excelente mentor para los hermanos y en un buen pastor del rebaño racional de Cristo. Como hegúmeno, mantenía siempre su pensamiento en el Señor y perseveraba en la humildad y en las labores, tanto espirituales como corporales. Al ver a un hombre tan santo en su monasterio, el príncipe Iziaslao se regocijaba en espíritu, dando gracias al Señor y a San Teodosio por haber concedido su deseo.
En 1078, San Isaías, avanzado en piedad y lleno de gracia divina, participó en la oración conjunta de los ancianos de las Cuevas por el asceta Nicetas (31 de enero), quien había sido engañado por un demonio (y que más tarde llegaría a ser obispo de Nóvgorod). Tras tres años de vida monástica ascética y diez años de servicio como hegúmeno, san Isaías fue llamado a ejercer el ministerio apostólico.
En 1078, san Isaías fue consagrado obispo de Rostov, región donde por aquel entonces aún abundaban los paganos. La diócesis de Rostov abarcaba un vasto territorio que incluía Yaroslavia, Vladimiro, Nizni Nóvgorod, Kostromá, Vólogda y partes de Moscú, Tver y Olonets. Los habitantes paganos de la región se aferraban a numerosas supersticiones, costumbres cruentas, prácticas adivinatorias y hechicería. El buen pastor san Leoncio de Rostov se había esforzado duramente por iluminar la región de Rostov, pero su valeroso sucesor encontró aún muchos paganos allí. San Isaías trabajó con celo sembrando la recta fe entre los habitantes de su extensa diócesis; asimismo construyó una catedral en Rostov en honor a la Dormición de la Santísima Madre de Dios.
Según su antigua ‘Vida’, San Isaías «se encontró con un pueblo recién iluminado, pero aún no firmemente arraigado en la fe», por lo que comenzó a instruirlo. Recorrió la diócesis de Rostov con celo apostólico predicando a Cristo, persuadiendo a la gente de la insensatez de la idolatría y destruyendo los ídolos paganos. San Isaías exhortaba a su grey a mantenerse firme en la fe y a imitar a Cristo en su vida. Repetía su mensaje allá adonde iba: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo de Cristo os habéis revestido» (Gál 3,27).
Una estiquera de su oficio litúrgico expresa a la perfección el espíritu del ministerio de san Isaías: «¿Cómo hemos de llamarte, oh jerarca? ¿Ángel? Pues viviste en la tierra como un ser incorpóreo. ¿Apóstol? Pues enseñaste la fe verdadera hasta los confines de Rusia. ¿Mártir? Pues luchaste hasta la muerte por Cristo, apartando a las personas de las tinieblas de la maldad y conduciéndolas a los pastizales de la razón divina».
Para san Isaías fue un gran consuelo contar con la participación del gran príncipe Vladimiro Monómaco en su ministerio. El Gran Príncipe donó fondos para construir una catedral en Rostov en honor a la Dormición de la Santísima Madre de Dios, la cual albergaba un icono milagroso pintado por San Alipio de las Cuevas de Kiev. El jerarca de Cristo, Isaías, trataba con amor a los pobres, a los desdichados y a todos los necesitados.
El Señor glorificó a su siervo obrando muchas señales y milagros a través de él. En 1089, cuenta la tradición que, «transportado sobre una nube como los antiguos Apóstoles», el obispo Isaías pudo estar presente en la consagración de la iglesia «celestial» de la Dormición de la Madre de Dios en el Monasterio de las Cuevas de Kiev.
Cuando llegó el momento de consagrar la catedral de la Dormición en la Laura de las Cuevas de Kiev, el metropolitano Juan de Kiev no tuvo tiempo de invitar a los obispos amantes de Dios de tierras lejanas para que asistieran al oficio. Sin embargo, su piadoso deseo fue atendido por un ángel de Dios, quien se apareció al obispo Isaías y le indicó que asistiera a la ceremonia. Entonces, milagrosamente, el ángel lo llevó a la Laura de las Cuevas de Kiev, permitiéndole así participar en la consagración. Él mismo, maravillado ante tal milagroso viaje, se lo contó al Metropolitano Juan, diciendo que no se atrevía a desobedecer su orden de asistir a la consagración del templo. El Primer Jerarca de Rusia quedó asombrado al oírlo, pues no había tenido tiempo para invitar a los obispos. Este viaje milagroso fue fruto de la obediencia y el celo de San Isaías por la Iglesia de Dios. Tres obispos —Isaías de Rostov, Lucas de Bélgorod y Juan de Chernígov— oficiaron junto al Metropolitano Juan en la consagración de la iglesia de la Dormición de la Santísima Madre de Dios el 14 de agosto de 1089; tras ello, el obispo Isaías regresó con su grey, que lo recibió con gran alegría.
Después de aquello, San Isaías pastoreó a su grey de Rostov durante menos de un año. Partió de este mundo en el verano posterior a la Natividad de Cristo (el 15 de mayo de 1090), tras trece años de episcopado. El mismo ángel que lo había llevado a Kiev para la consagración de la iglesia transportó también su alma a las moradas celestiales para la eternidad.
Las reliquias de San Isaías fueron halladas por primera vez, junto con las de San Leoncio, el 23 de mayo de 1164. El santo y piadoso príncipe Andrés Bogoliubski colocó los cimientos de una nueva iglesia de piedra en Rostov para sustituir la de madera, dañada por un incendio en 1160. Durante la excavación de los cimientos bajo el muro sur, se descubrieron las reliquias de San Isaías. Según la antigua tradición y la crónica: «Se encontró el féretro del bienaventurado Isaías y, al abrirlo, vieron que las vestiduras y el cuerpo del Santo estaban incorruptos; glorificaron entonces a Dios, a quien plugo glorificar a su siervo no solo en vida, sino también en la muerte. A pesar de haber transcurrido muchos años, las vestiduras del jerarca y su cuerpo permanecían intactos, sin rastro de descomposición».
Las reliquias del Santo fueron depositadas en la iglesia de San Juan; sin embargo, como la iglesia de piedra se derrumbó poco después de terminarse, las reliquias fueron trasladadas a la catedral en 1231 y colocadas en el nártex, en el lado derecho. Con el paso de los años, sin embargo, el recuerdo de los milagros de San Isaías cayó en el olvido, de modo que ni siquiera se encendía una lámpara sobre su tumba, ni acudía sacerdote alguno con incienso para oficiar un oficio de difuntos (‘panijida’) en su honor, ya que el nártex permanecía siempre cerrado. No obstante, no era propio que una luminaria tan grande permaneciera oculta bajo el celemín (Mt 5:15). Según la ‘Vida’ manuscrita: «El arzobispo, al ver que el icono de San Isaías —así como su féretro, situado en el nártex de la catedral— era venerado por todos, convocó a los sacerdotes el 17 de mayo y abrió el ataúd de este Padre tan admirable. Lo trasladó de allí en 1474 y lo depositó con honores en un nuevo féretro, cerca de las puertas meridionales, donde aún hoy obra milagros de sanación».
Teodoro fue el primer arzobispo de Rostov en 1390, y la veneración eclesiástica de San Isaías comenzó en 1474, coincidiendo con el traslado de sus reliquias al interior de la iglesia. De esa misma época data también la primera ‘Vida’ escrita de San Isaías. En 1722, las reliquias fueron depositadas en una urna de plata.
El 25 de abril de 1920, por decisión del X Congreso de los Sóviets del distrito de Rostov, y a pesar de las protestas de los fieles, las reliquias de San Isaías —junto con las de los santos Ignacio y Demetrio (Tuptalo), el venerable Abrahán de Rostov y Santa Eufrósine de Pólotsk— fueron exhibidas desnudas en el centro de la Catedral de la Dormición. Una semana más tarde, las urnas con las reliquias de los santos fueron devueltas a sus lugares originales. Posteriormente, las reliquias de San Isaías se colocaron en una urna de madera cerrada dentro de la Catedral de la Dormición. A finales de la década de 1980, parte de las reliquias fueron trasladadas a la Laura de la Trinidad y San Sergio, y otra parte fue entregada al arzobispo Platón (Udovenko) de Yaroslavia y Rostov. Actualmente, la venerable cabeza de San Isaías se conserva en la cámara de Serapión, en la Laura, mientras que una parte de sus reliquias se encuentra en la Catedral de la Dormición de Rostov, dentro de un relicario entregado el 5 de junio de 1999 al administrador diocesano de Yaroslavia y Rostov, el arzobispo Miqueas (Jarjarov).
En el «Manual del iconógrafo» se ofrece una descripción del aspecto físico del santo: «Nuestro Padre entre los santos, el obispo Isaías de Rostov, taumaturgo: barba puntiaguda, semejante a la de San Blas. El santo viste un felonio rojo con forro verde y un omoforio blanco; lleva un ‘klobuk’ blanco en la cabeza y sostiene un Evangelio entre las manos».
Fuente: oca.org
Traducción del inglés: Google Translate
Adaptación propia
