VI Domingo de Lucas


El pensamiento de Cristo


«Un hombre, poseído por los demonios, y que hacía mucho tiempo que no llevaba vestido, ni moraba en una casa, sino en los sepulcros.» Si quisiéramos describirlo con una expresión contemporánea, diríamos que este hombre era incapaz de armonizarse con la sociedad. Pues no vivía entre los hombres «no moraba en una casa, sino en los sepulcros.» El Evangelio según san Marcos nos cuenta también que «andaba por los montes dando gritos e hiriéndose con piedras» (Mc 5:5), como si quisiera tomar una actitud positiva pero no podía controlarse. Así se ve la creación de Dios, la que en un principio, conforme al libro de Génesis, «era muy buena» (Gn 1:31); así de agresiva y confundida se ve después de haberse vuelto presa de Satanás.


En la curación del endemoniado, Jesús permitió que los demonios entraran en los cerdos. ¿Por qué? ¿Acaso era incapaz de echarlos de otra manera?


Con esta licencia Cristo buscó dos objetos para nuestra enseñanza:


Primero, que visiblemente comprendamos el poder invisible del odio del demonio, odio que Dios no le permite ejecutar más allá de la capacidad del hombre: esta presencia, tan odiosa y tan dañina que puede provocar que miles de cerdos se arrojen en el mar, no puede dañar al endemoniado más allá de su propia fuerza.


Y segundo, Cristo quiso confirmar la dignidad del hombre que merece todo sacrificio para su salvación. Si bien toda la creación es «muy buena» a los ojos de Dios, el hombre es la creatura amada que hizo con sus propias manos (figura que ilustra un cariño especial) e «insufló –dice el Génesis– en su nariz aliento de vida»: es el alma digna de todo sacrificio material.


Frente a tal sabiduría celestial de Jesús, nos encontramos con la preocupación mundana del «hombre natural» del cual san Pablo dice en su primera Carta a los Corintios «no capta las cosas del Espíritu; son necedad para él» (1Cor 2:14); pues la gente, al haber sido informada cuando «los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado», en lugar de postrarse ante los pies de Jesús, «le rogaron que se alejara de ellos».


La alegría de encontrar al endemoniado «sentado, vestido y en su sano juicio» fue ahogada por la tristeza del apego a los cerdos. En realidad, si bien el demonio moraba visiblemente en esta persona, dominaba también la mente, el interés y la vida de aquella muchedumbre; y mientras ellos le pidieron a Cristo que se alejara, el desendemoniado, curado ya, «se sentó a los pies de Jesús.»


Nuestra vocación, como cristianos, es la ascensión de nuestro hombre natural hacia el espiritual, Jesucristo, quien «lo juzga todo y nadie lo puede juzgar» (1Cor 2:16); en otras palabras, nuestra vocación es obtener el pensamiento de Cristo.


Retirémonos de la muchedumbre que, día a día, demanda a Dios por los cerdos; sentémonos con el liberado a los pies de Cristo, y sigámosle al barco de la salvación desde donde Él nos envía a proclamar «todo lo que Jesús ha hecho con nosotros.» Amén.


LECTURAS


Lc 8,26-39: En aquel tiempo, arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea. Al saltar a tierra, le salió al encuentro desde la ciudad un hombre poseído de demonios, que durante mucho tiempo no vestía ropa alguna ni moraba en casa, sino en los sepulcros. Pero, al ver a Jesús, se puso a gritar, se postró ante él y le dijo a voces: «¿Qué hay entre tú y yo, Jesús, hijo del Dios altísimo? Te ruego que no me atormentes». Porque él estaba mandando al espíritu inmundo que saliera del hombre. Y es que muchas veces se apoderaba de él y tenían que atarlo con cadenas y asegurarlo con grillos, pero, rompiendo las ligaduras, el demonio le empujaba a los despoblados. Jesús, por su parte, le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él dijo: «Legión», porque habían entrado muchos demonios en él. Y le rogaban que no les mandase irse al abismo. Como había allí una piara numerosa de cerdos, paciendo en el monte, le pidieron que les permitiese entrar dentro de ellos y se lo permitió. Entonces, saliendo los demonios del hombre, entraron en los cerdos y la piara se lanzó, despeñadero abajo, al lago y se ahogó. Al ver los porqueros lo sucedido, huyeron y lo contaron por la ciudad y por los cortijos. Vinieron, pues, a ver lo sucedido. Llegaron junto a Jesús y encontraron al hombre del que habían salido los demonios sentado a sus pies, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Entonces, los que lo habían visto les contaron cómo había sido curado el endemoniado. Y le rogó toda la gente de la comarca de los gerasenos que se marchase de entre ellos, porque estaban llenos de miedo. Él, pues, subió a la barca y regresó. El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él, pero lo despidió diciendo: «Vuelve a tu casa y da a conocer cuanto te ha hecho Dios». Partió, pues, por toda la ciudad proclamando todo cuanto le había hecho Jesús.



Fuente: iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XXI Domingo


Gál 2,16-20: Hermanos, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley. Pues por las obras de la ley no será justificado nadie. Ahora bien, si buscando ser justificados en Cristo, resultamos también nosotros pecadores, ¿entonces qué?, ¿será Cristo un servidor del pecado? Ni mucho menos; pues si vuelvo a construir lo que había demolido, demuestro que soy un trasgresor. Pues yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

24/10 - Sinaxis del Icono de la Santísima Madre de dios «Alegría de los Afligidos»


¡Cuánto consuelo encierra el solo nombre de este Icono! Despierta y fortalece la fe del pueblo en la Madre de Dios, como una ayuda maravillosa que acude adondequiera que se oye el gemido del sufrimiento humano, que enjuga las lágrimas de los que lloran y, en el mismo dolor, concede momentos de alegría y gozo celestial. Alégrate siempre, oh Alegría Celestial de todos los que sufren.


De acuerdo con la fe del pueblo en la bondad amorosa de la Madre de Dios hacia la humanidad, se ha acostumbrado a representar a la Theotokos de una manera que se ajusta a lo que se escucha en las palabras de la oración: «Oh Santísima Soberana Señora Theotokos, tú eres superior a todos los Ángeles y Arcángeles, y más honorable que toda la creación. Tú eres la ayuda de los oprimidos, la esperanza de los desesperados, el auxilio de los pobres, el consuelo de los afligidos, quien sustenta a los hambrientos, quien viste a los desnudos, quien cura a los enfermos, quien salva a los pecadores, quien ayuda y socorre a todos los cristianos». Por lo tanto, la Madre de Dios se representa en pleno esplendor, a veces con el Divino Niño en brazos (como en el prototipo de Moscú), a veces sin el Niño (como en el Icono con monedas, glorificado en San Petersburgo el 23 de julio de 1888). Está rodeada de todo tipo de personas afligidas: desnudos, ofendidos y hambrientos. Alrededor de estos pobres desafortunados se representan a menudo ángeles, enviados por la Soberana Señora para aliviar el sufrimiento humano. Los ángeles, acercándose a la gente, señalan a la Madre de Dios, quien está representada en los Iconos de la "Alegría de Todos los que Sufren", ya sea en gloria, con una corona en la cabeza y vestidura real, o con las vestimentas habituales de su vida terrenal, y un paño blanco sobre la cabeza.


En Moscú, en el siglo XVII, se hizo famoso un Icono de la Madre de Dios con este nombre. El primer milagro ocurrió en 1688 para la enferma Eufemia, hermana del Patriarca Joaquín, quien vivía en Ordinka. Experimentaba un terrible sufrimiento a causa de una herida en el costado. Esta herida era tan grande que sus intestinos eran visibles. La paciente esperaba la muerte, pero al mismo tiempo, no perdía la esperanza en la ayuda divina. Un día, tras pedir participar de los Santos Misterios, comenzó a clamar a la Santísima Theotokos con gran fe: "¡Escúchame, Soberana Señora Misericordiosa! El mundo entero se jacta de ti, y todos reciben tus abundantes misericordias. Merezco ser castigada por mis iniquidades, pero no me castigues en tu ira. Mira mi dura enfermedad y ten piedad de mí".


Después de esta oración, la paciente escuchó una voz: "Eufemia, en tu sufrimiento, ¿por qué no recurres al Sanador universal?".


Atónita por la voz, Eufemia respondió: "¿Dónde puedo encontrar a un Sanador así?".


La respuesta llegó: "Hay una imagen mía en la iglesia de la Transfiguración de mi Hijo, llamada "Alegría de todos los que sufren." Se encuentra a la izquierda de la ‘trapeza’, donde suelen estar las mujeres. Llama al sacerdote de esa iglesia para que venga a tu casa con el Icono, y cuando haya oficiado un Moleben con la Santificación del Agua, recibirás la curación. No olvides mi misericordia hacia ti y proclamála para la glorificación de mi nombre."


Cuando Eufemia se recuperó de la emoción de esta visión, supo por sus familiares que en la iglesia de la Transfiguración, en Ordinka, realmente había un Icono de la Madre de Dios "Alegría de Todos los que Sufren", así que llamó al sacerdote para que fuera a su casa con el Icono. Después de oficiar un Moleben con la Santificación del Agua, Eufemia sanó el 24 de octubre de 1688. Posteriormente, se estableció una Fiesta en honor a este Icono en memoria de su curación, que tuvo lugar ese día.


Algunos creen que el Icono original de la Madre de Dios "Alegría de Todos los que Sufren" fue llevado a San Petersburgo, a la Princesa Natalia Alekseevna, y que es precisamente la imagen la que se encuentra en la Iglesia de los Dolores, en Sfalerna. Sin embargo, es más probable que el icono original permaneciera en Moscú.



Fuente: oca.org

Traducción del inglés: Google Translator

Adaptación propia

24/10 - Aretas el Megalomártir y sus compañeros


A principios del siglo VI, los etíopes aksumitas cruzaron el Mar Rojo y extendieron su dominio sobre los árabes y judíos de Himyar (actual Yemén), a quienes impusieron un virrey.


Dunaán, un miembro de la familia himyarita que había sido arrojada del trono, se levantó en armas y tomó Zafar. Como se había convertido al judaísmo, asesinó a los miembros del clero y convirtió la iglesia en sinagoga. En seguida puso sitio a Nachrán, que era uno de los grandes centros cristianos. La ciudad se defendió tan valientemente que Dunaán, sintiéndose incapaz de conquistarla, le ofreció la amnistía si se rendía. Los defensores aceptaron la oferta; pero Dunaán, en vez de cumplir su palabra, permitió a los soldados que saqueasen la plaza y condenó a muerte a todos los cristianos que no apostatasen. El organizador de la defensa fue el jefe de la tribu de Banu Harith (que desde entonces se llamó de San Aretas; ese nombre en árabe -Hariz- significa «cultivador» o «campesino“, igual que Jorge en griego) con muchos de sus hombres, y todos fueron decapitados. Los sacerdotes, los diáconos y las vírgenes consagradas fueron arrojados en fosos llenos de fuego. Como la esposa de Aretas se negase a acceder a las proposiciones amorosas de Dunaán, éste mandó ejecutar a sus hijas delante de ella y la obligó a beber su sangre; en seguida ordenó que la degollasen.


El obispo Simeón de Beth-Arsam, legado del emperador Justino I, se hallaba en la frontera persa con una tribu árabe. Cuando se enteró de lo sucedido, transmitió la noticia al abad de Gabula, que se llamaba también Simeón. Al mismo tiempo, los refugiados de Nachrán difundieron la noticia por todo Egipto y Siria. La impresión que el hecho produjo no se borró en varias generaciones. El patriarca de Alejandría escribió a los obispos de Oriente con la recomendación de que conmemorasen a los mártires, que orasen por los supervivientes y señalando como culpables del crimen a los antiguos judíos de Tiberíades. 


Tanto el emperador como el patriarca escribieron al rey aksumita Elesbaán (a quien los sirios llaman David y los etíopes Caleb), para clamar venganza por la sangre de los mártires. El monarca no necesitaba que le incitasen a la venganza y partió al punto, con su ejército, a reconquistar su poder en Himyar. Elesbaán tuvo éxito en la campaña. Dunaán murió en el campo de batalla y su capital fue ocupada por el enemigo.


Elesbaán reconstruyó Nachrán e instaló a un obispo alejandrino, pero tanto en el campo de batalla como en el trato a los judíos que habían incitado a Dunaán a la matanza, se condujo con crueldad y codicia propias de la barbarie de una nación semipagana; sin embargo, se cuenta que al fin de su vida renunció al trono en favor de su hijo, regaló su corona a la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén y se retiró al desierto como anacoreta.


En algunas fuentes se habla de 341 mártires, mientras que en el anterior se establecían más de 4000.


LECTURAS


Heb 11,33-40;12,1-2: Hermanos, todos los santos, por fe, conquistaron reinos, administraron justicia, vieron promesas cumplidas, cerraron fauces de leones, apagaron hogueras voraces, esquivaron el filo de la espada, se curaron de enfermedades, fueron valientes en la guerra, rechazaron ejércitos extranjeros; hubo mujeres que recobraron resucitados a sus muertos. Pero otros fueron torturados hasta la muerte, rechazando el rescate, para obtener una resurrección mejor. Otros pasaron por la prueba de las burlas y los azotes, de las cadenas y la cárcel; los apedrearon, los aserraron, murieron a espada, rodaron por el mundo vestidos con pieles de oveja y de cabra, faltos de todo, oprimidos, maltratados —el mundo no era digno de ellos—, vagabundos por desiertos y montañas, por grutas y cavernas de la tierra. Y todos estos, aun acreditados por su fe, no consiguieron lo prometido, porque Dios tenía preparado algo mejor a favor nuestro, para que ellos no llegaran sin nosotros a la perfección. En consecuencia: teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.


Lc 12,32-40: Dijo el Señor: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo. Y, si llega a la segunda vigilia o a la tercera y los encuentra así, bienaventurados ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, velaría y no le dejaría abrir un boquete en casa. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».



Fuente: eltestigofiel.org / goarch.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Adaptación propia

Sábado de la V Semana de Lucas


Lc 7,1-10: En aquel tiempo, entró Jesús en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga». Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe». Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano. 



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española