Los talentosos
La lectura evangélica de hoy nos presenta la parábola de los talentos. Un hombre, rico y poderoso, se iba de viaje. Llamó a sus siervos y les entregó sus existencias, repartiéndoles distinta cantidad de talentos a cada uno para que los administraran el tiempo que él estaría ausente. (Un talento correspondía a un peso concreto de oro, sería como seis mil euros de oro actuales).
Lo talentos de esta parábola simbolizan los talentos, dones o carismas que da Dios a los hombres. El progreso en los estudios, en los conocimientos especiales y las habilidades técnicas, la vocación en alguna ciencia, en la música, en el arte o en algún oficio. Además existen muchos y variados carismas que esconde la personalidad de cada uno. Uno tiene el carisma de ser líder, otro la habilidad en la palabra, uno es prudente, otro tiene capacidad organizativa, uno es entusiasta, otro es valiente.
Del mismo modo que ningún siervo de la parábola no se quedó sin talento, ningún hombre se queda sin un don divino. Cada carisma nos lo da el santo Dios con el propósito de utilizarlo para nuestra sanación y salvación y en beneficio del prójimo.
Distribución justa e injusta.
Está claro que Dios no da a todos los hombres el mismo número y tipo de talentos (carismas o dones). Él, siendo omnisciente, conoce la fuerza y la capacidad de cada uno. También conoce nuestras necesidades y nos da a cada uno según nuestra propia fuerza. En la parábola leemos que a un siervo le dio cinco talentos, al otro dos y al otro uno.
Distintos hombres y distintos carismas. Carismas que reparte Dios según Su juicio infalible y sabiduría infinita y también según el aguante de cada uno, de modo que nadie se queje y se sienta defectuoso y acomplejado. Además, con el fin de que la sociedad sea un todo armónico, esta necesita de los carismas particulares de cada humano. ¡Imaginaos que el cuerpo estuviera constituido sólo de ojos y manos!
No nos quejemos, pues, sobre la supuesta distribución injusta de talentos y no envidiemos a los demás que tienen carismas. Una actitud de envidia sólo desgracia puede provocar en nuestra vida. Al contrario, descubramos cada uno nuestros carismas y trabajemos para el desarrollo y realización de ellos; entonces también nosotros nos alegraremos, y también seremos benefactores del prójimo.
Rendiremos cuentas
Tal y como se refiere en la parábola, después de mucho tiempo regresó el gobernador rico y pidió a sus siervos que le rindieran cuentas de cómo habían dado valor y hecho rendir los talentos que se les habían confiado.
Es muy importante recordar, y no debemos olvidar, que alguna vez seremos llamados a rendir cuentas de cómo hemos pasado el tiempo de nuestra vida. Muchos creen que sus vidas les pertenecen y no tienen que dar cuentas a nadie… ¡Qué gran error! ¡La vida no es nuestra! Es un regalo de Dios, como también nuestra libertad es regalo Suyo. Son talentos. De estos admirables regalos divinos rendiremos cuentas. Vendrá el día del Juicio Final y entonces confesaremos la manera en que hemos dado valor y desarrollado todos los carismas que nos ha dado la bondad de Dios.
El castigo de la pereza
El gobernante rico de la parábola recompensó a los siervos que trabajaron y multiplicaron sus talentos. Pero castigó duramente al siervo que devolvió el talento que había recibido.
Este castigo duro impresiona. Este siervo no perdió el talento de su señor ni lo derrochó. Se lo devolvió entero. Entonces no es que hiciera nada malo, pero tampoco nada bueno, y por eso es castigado.
Podía trabajar y no lo hizo. Por su negligencia y su pereza es digno de condena. Así que el Señor elogia y recompensa la buena voluntad, las ganas, el trabajo y la diligencia de los dos siervos, pero castiga la desgana, la pereza y la indiferencia del otro siervo.
Aprendamos, pues, nosotros también de esta parábola didáctica y trabajemos con diligencia para cultivar los talentos (carismas, dones) que nos ha dado Dios, de manera que tengamos la “buena confesión” en el momento temible del Juicio Universal. Así sea.
(†) Obispo Agustin
Traducido por xX.jJ
Adaptación propia
LECTURAS
2 Cor 6,1-10: Hermanos, como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación. Nunca damos a nadie motivo de escándalo, para no poner en ridículo nuestro ministerio; antes bien, nos acreditamos en todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con limpieza, ciencia, paciencia y amabilidad; con el Espíritu Santo y con amor sincero; con palabras verdaderas y la fuerza de Dios; con las armas de la justicia, a derecha e izquierda; a través de honra y afrenta, de mala y buena fama; como impostores que dicen la verdad, desconocidos, siendo conocidos de sobra, moribundos que vivimos, sentenciados nunca ajusticiados; como afligidos, pero siempre alegres, como pobres, pero que enriquecen a muchos, como necesitados, pero poseyéndolo todo.
Mt 25,14-30: Dijo el Señor esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».
Fuente: logosortodoxo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
