Nuestro Justo Padre Eulogio era sirio de nacimiento, y desde muy joven se consagró a Dios como monje en un monasterio de Antioquía dedicado a la Madre de Dios. Allí llevó una vida agradable a Dios y adquirió todas las virtudes, haciéndose digno de convertirse en Abad.
Fue en este momento también cuando se hizo conocido como firme defensor de las enseñanzas de la Iglesia definidas por el IV Sínodo Ecuménico contra los monofisitas. Por esta razón fue elegido Patriarca de Alejandría en el año 579. Como patriarca continuó defendiendo con éxito la Ortodoxia contra los monofisitas, novacianos, nestorianos y eutiquianos.
No mucho después de su ascenso al trono patriarcal, Eulogio viajó a Constantinopla para atender ciertos asuntos de su Iglesia. Allí conoció a San Gregorio el Grande (o san Gregorio Magno), conocido como el Dialoguista, que en ese momento era el representante del Papa de Roma (apocrisiario) en la corte imperial, puesto que ocupó de 579 a 586.
Eulogio y Gregorio se hicieron amigos rápidamente, manteniendo una cálida relación que duró muchos años, incluso después de que Gregorio se convirtiese en Papa de Roma en 590. Existen varias cartas que Gregorio escribió a Eulogio. En una de ellas, el Papa Gregorio declara que la autoridad apostólica, la "Cátedra Petri", no solo se aplicaba a Roma, sino que consistía en la comunión de las tres grandes Sedes asociadas con el Apóstol Pedro, a saber, Roma, Antioquía y Alejandría.
Los siguientes dos relatos edificantes están escritos por Juan Mosco, autor de ‘El Prado Espiritual’:
«Abba Menas, gobernante de la Comunidad de Tugara, a nueve millas de Alejandría, nos dijo que había escuchado esto del mismo Abba Eulogio, Papa de Alejandría: “Cuando fui a Constantinopla, fui huésped en la casa del maestro Gregorio el Archidiácono de Roma, hombre de virtud distinguida. Me habló de una tradición escrita preservada en la Iglesia romana sobre el benditísimo León, Papa de Roma. Cuenta cómo, cuando este le escribió a Flaviano, el santo patriarca de Constantinopla, condenando a esos hombres impíos: Eutiquio y Nestorio, puso la carta sobre la tumba de Pedro, el Principal de los Apóstoles. Se entregó a la oración y al ayuno, tendido en el suelo, invocando al principal de los discípulos con estas palabras: ‘Si yo, simple hombre, he hecho algo mal, tú, a quien la iglesia y el trono son confiados por nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, enderézalo’. Cuarenta días después el apóstol se le apareció mientras oraba y le dijo: ‘Lo he leído y lo he corregido’. El papa tomó la carta de la tumba de San Pedro, la desenrolló y la encontró corregida en la mano del apóstol”». Conviene aclarar que más de un siglo antes, durante el IV Sínodo Ecuménico de Calcedonia de 451, el Papa León Magno (440-461) escribió una carta al entonces Patriarca Flaviano de Constantinopla (446-449) defendiendo la tesis ortodoxa de las dos naturalezas de Cristo.
«Teodoro, el sagrado obispo de la ciudad de Dara en Libia, nos dijo esto: “Cuando era canciller del santo Papa Eulogio, mientras dormía, vi a un hombre alto e imponente que me decía: ‘Convoca al Papa Eulogio’. Le pregunté: ‘¿Quién eres, señor? ¿Cómo deseas que lo convoque?’. Él respondió: ‘Soy León, Papa de Roma’, así que lo convoqué: ‘El Santísimo y benditísimo León, Primado de la Iglesia de los Romanos, desea rendirte homenaje’. Tan pronto como el Papa Eulogio se enteró, se levantó y corrió a su encuentro. Ambos abrazaron, ofrecieron una oración y se sentaron. Luego el verdaderamente piadoso y divino León le dijo al Papa Eulogio: ‘¿Sabes por qué he venido a ti?’. Este respondió que no. ‘He venido a darte las gracias -dijo- porque has defendido tan bien y tan inteligentemente la carta que escribí a nuestro hermano Flaviano, Patriarca de Constantinopla. Tú declaraste mi intención has sellado las bocas de los herejes. Que sepas, hermano, que no solo a mí me has gratificado con esta obra tuya, sino también a Pedro, el principal de los apóstoles, y, sobre todo, a la Verdad misma que proclamamos nosotros, que es Cristo nuestro Dios’. Tuve esta visión, no solo una vez, sino tres. Convencido por la tercera aparición, se lo conté al santo Papa Eulogio. Este lloró cuando lo oyó y, extendiendo sus manos hacia el cielo, dio gracias a Dios, diciendo: ‘Te doy gracias, Señor Cristo, nuestro Dios, porque has hecho que mi indignidad se convierta en un proclamador de la verdad; por las oraciones de tus siervos Pedro y León, tu bondad ha recibido mi débil esfuerzo como recibiste las dos monedas de la viuda"».
Juan Mosco también registra cómo el Santo Mártir Julián de Antinoópolis se le apareció a San Eulogio en una visión (su Archidiácono también se llamaba Julián), instándolo a restaurar su iglesia en ruinas:
«Cuando estábamos en la Comunidad de Tugara, a nueve millas de Alejandría, Abba Menas, quien gobernó esa comunidad, nos dijo esto sobre el santo Papa Eulogio: “Una noche, cuando estaba desempeñando solo su función en la capilla de la residencia episcopal, vio al archidiácono Julián de pie delante de él. Cuando lo vio, le molestó que el hombre se hubiera atrevido a entrar sin avisar, pero no dijo nada. Al final del salmo, se postró, y también lo hizo el que se le había aparecido en forma de archidiácono. Cuando el papa se levantó y ofreció la oración, el otro permaneció postrado en el suelo. El papa se volvió hacia él y le dijo: ‘¿Cuánto tiempo pasará antes de que te levantes?’. El otro respondió: ‘A menos que me ofrezcas tu mano y me levantes, no puedo alzarme’. Entonces el abba extendió su mano, lo agarró y lo levantó. Luego retomó el salmo, pero, cuando se dio la vuelta, ya no vio a nadie. Cuando terminó el oficio del amanecer, llamó a su chambelán y le dijo: ‘¿Por qué no anunciaste la entrada del archidiácono, sino que dejaste que viniera a mí sin avisar, y eso en la noche?’. Este respondió que ni había visto a nadie ni había entrado nadie. El papa no estaba convencido. Llamó al portero y le preguntó: ‘¿No ha entrado aquí el Archidiácono Julián?’. El portero afirmó con un juramento que el archidiácono no había entrado ni salido. Entonces el papa mantuvo la paz. Cuando amaneció, el archidiácono Julián entró a rezar. El papa le preguntó: ‘¿Por qué rompiste la regla viniendo anoche a mí sin avisar, Archidiácono Julián?’. Este respondió: ‘Por las oraciones de mi señor, no vine anoche ni salí de mi propia habitación’. Entonces el gran Eulogio se dio cuenta de que a quien había visto era a Julián el Mártir instándolo a reconstruir su iglesia, que había estado en ruinas por algún tiempo y deteriorada, amenazando con caerse. El piadoso Eulogio, el amigo de los mártires, se puso manos a la obra con determinación. Al reconstruir el templo del mártir desde sus cimientos y distinguirlo con una variedad de decoraciones, dispuso un santuario digno de un santo mártir "».
Existe una carta de Eulogio a San Gregorio, que ya era papa de Roma, en la cual le llama "Papa ecuménico", cosa llamativa, pues este era un título que usaban los patriarcas de Oriente; la respuesta de Gregorio deja claro: "Deseo aumentar en virtud y no en palabras. Ser honrado en aquello que deshonra a mis hermanos. Es el honor de la Iglesia universal la que me honra, es la fuerza de mis hermanos la que me honra, y me siento honrado solo cuando veo que ningún hombre rechaza a otro el honor debido. El santo Concilio de Calcedonia y otros Padres han ofrecido este título a mis predecesores, pero ninguno de ellos lo ha usado jamás, para que guardaran su propio honor en la visión de Dios, buscando aquí abajo el honor de todo el sacerdocio".
San Eulogio reposó en Alejandría en el año 607. Entre sus escritos hay un comentario sobre las diversas sectas de los monofisitas (severianos, teodosianos, cainitas, acéfalos). También dejó once discursos en defensa de León I y el Sínodo de Calcedonia. También hay una obra contra los temistianos aprobada por el Papa Gregorio. Con la excepción de un sermón y algunos fragmentos, todos los escritos del Patriarca Eulogio han desaparecido.
El monje Gerásimo el Micragianita compuso un oficio divino festivo para San Eulogio.
Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
Adaptación propia
