Lunes de la II Semana de Lucas


Lc 4,38-44: En aquel tiempo, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella. Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían: «Tú eres el Hijo de Dios». Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto. La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos. Pero él les dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». Y predicaba en las sinagogas de Judea.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española


Lunes de la XVIII Semana


Ef 4,25-32: Hermanos, dejaos de mentiras, hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros. Si os indignáis, no lleguéis a pecar; que el sol no se ponga sobre vuestra ira. No deis ocasión al diablo. El ladrón, que no robe más; sino que se fatigue trabajando honradamente con sus propias manos para poder repartir con el que lo necesita. Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

27/09 - Calistrato el Mártir y sus 49 Compañeros


Calistrato nació a mediados del siglo III de padres cristianos que vivían en Calcedonia, una antigua ciudad en la costa opuesta a Bizancio (actual Kadiköy, Turquía). Ocoro, uno de sus antepasados, que también era soldado en el ejército romano bajo Poncio Pilato, estuvo en Jerusalén en el momento de la crucifixión, el entierro y la resurrección de Cristo.


Habiendo presenciado estos eventos de primera mano, y al escuchar la predicación de los apóstoles, creyó y fue bautizado en Pentecostés. Ocoro regresó a casa e instruyó a su familia -y a cualquiera que quisiera escuchar- en la fe cristiana. Cada generación enseñó y siguió a Cristo y Sus enseñanzas. Entre ellos se encontraba Calistrato.


Siendo voluntario para servir en el ejército romano, Calistrato se encontró a sí mismo como el único cristiano en la unidad de Calcedonia. En secreto se levantaba tarde por la noche para orar, y, secretamente, les enseñaba a otros soldados acerca de Cristo. Después de servir durante varios años, su unidad se estacionó en Roma en el año 288. Esto ocurrió durante el reinado de Diocleciano (284-305), que pasó sus primeros quince años como emperador purgando su ejército y gobierno de cristianos, lo cual fue seguido por su "Gran Persecución " de los cristianos en el año 303.


Una noche, mientras estaba en Roma, algunos de sus compañeros soldados le oyeron rezando a Jesús y trataron de convencerlo de que le ofreciera incienso y sangre a Zeus, pero fue en vano. Estando bajo las órdenes del emperador, informaron al Capitán Presentino a la mañana siguiente. Inmediatamente, Presentino hizo que Calistrato fuera llevado ante él, lo interrogó y le ordenó que obedeciera, que cumpliera con el edicto de Diocleciano y le hiciera un sacrificio a Zeus, no fuera que él, el capitán, fuera obligado a destruirlo cruelmente. Manteniéndose firme, Calistrato respondió que, si negaba a Cristo, Cristo lo negaría a él, sería excluido del Reino de los Cielos (Mateo 10:33) y sufriría el tormento eterno. El capitán rápidamente ordenó que Calistrato fuera retenido y golpeado con palos. Mientras ocho hombres se turnaban para golpearlo, Calistrato oró a Cristo para que lo fortaleciera y para que permaneciera fiel contra el maligno.


Al ver brotar ríos de sangre, Presentino ordenó a sus soldados que dejaran de golpear a Calistrato, y una vez más le dio la oportunidad de adorar a los dioses romanos para que no sufriera más. Calistrato se negó y oró para que otros de su unidad también se levantaran y alabaran a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Enfurecido por su respuesta, el Capitán Presentino hizo que sus hombres hicieran añicos fragmentos de cerámica, los esparcieron por el suelo y estiraran a Calistrato sobre las piezas afiladas para que su parte posterior fuera lacerada aún más. Luego ordenó que le colocaran un embudo en la boca y le vertieran agua en la garganta hasta que se hinchara como un odre lleno. Continuamente orando para permanecer indomable en su fe, Calistratos amonestó al capitán como un desvergonzado combatiente de Satanás y profetizó que Cristo convocaría hombres de su propia unidad, los iluminaría en la Verdadera Fe y construiría una iglesia cristiana en la ciudad. 


Presentino respondió a estas palabras que era ridículo que Calistrato pensara que podía llevar a otros a su Dios y fundar una iglesia, mientras que él mismo era un impío y se enfrentaba la muerte. Habiendo recibido órdenes de ahogar a Calistrato, el capitán ordenó meterlo en un gran saco de lino, cargarlo en un bote, transportarlo lejos de la costa y arrojarlo al mar. El Capitán Presentino y sus soldados observaban desde la orilla mientras los hombres remaban regresando hacia tierra. Mientras tanto, Calistrato oró fervientemente. Quedó atrapado entre algunas rocas afiladas que rompieron el saco. En ese momento, por orden de Dios, dos delfines lo flanquearon y lo llevaron a la orilla. Calistrato comenzó a cantar un salmo de acción de gracias, observándolo los soldados con su capitán con gran asombro.


Al llegar a Calistratos a tierra, cuarenta y nueve de los soldados se postraron ante él y profesaron su fe en Jesucristo. Entonces, Calistrato oró para que el Señor los preservara y fortaleciera. Sin embargo, Presentino juró por sus dioses y acusó a Calistratos de utilizar la hechicería para embrujar a estos hombres. Ordenando que estos cincuenta soldados fueran atados y llevados de vuelta a su base militar, Presentino se sentó en el tribunal y ordenó que cada uno de los cuarenta y nueve fuera brutalmente golpeado con varas y encarcelados junto con Calistratos. Esa noche, el capitán Presentino se preguntó qué hacer, porque la pérdida de cincuenta soldados bajo su mando era una reducción considerable de hombres en su unidad. En la prisión, los cuarenta y nueve hombres suplicaron a Calistrato que les convirtiera en cristianos y les enseñaran la palabra de Dios. Después de orar por ellos, Calistrato comenzó a instruirlos y responder sus preguntas. Un escriba que estaba cerca de la prisión escuchó y grabó sus palabras en taquigrafía. Cuando, finalmente terminó y todos callaron, Calistrato pasó el resto de la noche en oración.


Al amanecer, el capitán Presentino se sentó en el tribunal, en un gran salón donde se habían instalado estatuas de los diversos dioses romanos. Los soldados de la unidad de Calcedonia y un buen número de soldados con sus capitanes se reunieron allí. Presentino ordenó que los cincuenta fueran llevados ante él. Entonces el capitán le preguntó a Calistrato dónde había aprendido a embaucar a sus soldados, y si estaba listo para instruirlos a sacrificar a los dioses romanos y salvarse. Calistrato respondió que él ya había dado su respuesta y que no negaría a Cristo, pero que, en cuanto a los demás, eran adultos y podían responder por sí mismos. Afirmando que habían sido engañados, Presentino les preguntó si querían dejar de seguir al que consideraba un hechicero o no. A una sola voz, profesaron su fe en el Dios Trino.


Una vez más, el capitán Presentino ordenó que fueran azotados con varas verdes, atados de pies y manos y arrastrados hasta el borde de un lago. Allí Presentino les dio una última oportunidad de sacrificar a los dioses romanos o ser ahogados. Cada uno confesó su fe en Cristo y su disposición a morir por él. Justo antes de ser arrojados al lago, Calistrato suplicó al verdadero Dios que este fuera su bautismo y entrada en Su Reino para que pudieran llegar a ser colaboradores con el Espíritu Santo. Habiendo dicho simultáneamente «Amén», fueron arrojados al lago. Inmediatamente al entrar en el agua, sus ataduras se soltaron, salieron a la superficie, caminaron sobre la orilla y resplandecieron con la gracia del Espíritu Santo. Cuando salieron del agua, una luz apareció sobre sus cabezas y una voz del Cielo habló, diciendo: «¡Estad de buen ánimo, mis amados, porque yo estoy con vosotros; alegraos, porque he aquí he preparado para vosotros un lugar en Mi reino. Alegraos, porque he escrito vuestros nombres en el Libro de la Vida"». Al mismo tiempo, hubo truenos y un gran terremoto que hizo que los ídolos cayeran y se rompieran en pedazos. Al presenciar estas maravillas, ciento cinco soldados más creyeron en Jesús el Cristo.


El temeroso Presentino siguió siendo duramente insensible e incrédulo, y ordenó que los cincuenta regresaran a la prisión. Allí rezaban y, una vez más, Calistratos les enseñaba. Mientras tanto, el capitán Presentino buscó el consejo de un “vir ducenarius”, un comandante de doscientos hombres. Siguiendo su consejo, Presentino envió soldados a la prisión con órdenes de decapitar a los cincuenta. Por lo tanto, el día 27 de septiembre, se convirtieron en mártires de Cristo y recibieron coronas de gloria y vida eterna.


Los otros ciento cinco fueron bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Secretamente, por la noche, reunieron las reliquias de los cincuenta santos y les dieron un sepelio apropiado en el lugar donde más tarde construyeron una iglesia dedicada a San Calistrato. Muchas curaciones de almas y de cuerpos se produjeron en este santuario. Posteriormente se supo que esos ciento cinco soldados fueron decapitados más tarde.


LECTURAS


Gál 6,11-18: Hermanos, mirad con qué letras tan grandes os he escrito de mi propia mano. Los que buscan aparecer bien en lo corporal son quienes os fuerzan a circuncidaros; pero lo hacen con el solo objetivo de no ser perseguidos por causa de la cruz de Cristo. Pues ni los mismos que se circuncidan observan la ley, sino que desean que os circuncidéis para gloriarse en vuestra carne. En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.



Fuente: laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

I Domingo de Lucas


Reclamos de la pesca milagrosa


El lugar es la orilla del lago de Genesaret. Jesús encuentra a unos pescadores que lavan sus redes, uno de ellos es Pedro; El Señor entra en una de las dos barcas y dice a Pedro: «Lleva la barca mar adentro, y echa tus redes para pescar.» Pedro contesta: «Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada; mas, (confiando) en tu palabra, echaré las redes.»


Hoy, a la palabra dulce del Señor, la tenemos en la Biblia: ¿Quién de nosotros confía en ella? ¿Quién es conciente de que es «palabra de vida», que ha de acompañarnos, sea cual sea la ocasión?


Simón y sus compañeros, cuando correspondieron al mandato del Señor, alcanzaron gran cantidad de peces; así que llamaron a los de la otra barca para que les ayudaran. Felipe también, uno de los discípulos, apenas encontró a Jesús el Mesías, se apresuró a llamar a su amigo Natanael (Jn 1: 46).


¿Has cosechado tú algún fruto de las palabras del Señor, para llamar a tus amigos a que participen contigo de la Gracia?


Las dos barcas se llenaron a tal grado que casi se hundían. Cuando Pedro lo vio, se postró ante el Señor y dijo: «Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador.» Se dio cuenta de la incompatibilidad de sus pecados con la pureza de Jesús, se advirtió de la distancia entre su propia indignidad y la abundancia de la misericordia del Señor. ¿Quién de nosotros ha sido tan tajante en asimilar que no se trata de hacer convivir nuestros pecados con algunas ideas o ética cristianas? Nuestra religiosidad light no quiere detenerse de pedir, exigir y reclamar a Dios peces, grandes y pequeños, sin importarle que estemos en su Presencia. De tal manera los israelitas, en el Antiguo Testamento, reclamaban a Moisés y murmuraban contra su Dios: «¿Qué vamos a beber? ¿Qué vamos a comer?», en vez de bendecirlo por todo lo que les había hecho cuando los sacó de Egipto, y de llorar la pequeñez de su comportamiento ante la ternura de Dios para con su pueblo. No así Pedro. Él valoró y se prosternó.


El asombro se había apoderado de él (Pedro) y de cuantos con él estaban: La penitencia provoca también una admiración parecida; de hecho, admirar la belleza de Dios, su amor y su cercanía a nosotros forman la parte esencial de nuestra postración penitencial. San Teófano el Recluso dice: «Mientras la habitación esté inmersa en la oscuridad, jamás advertiremos su inmundicia; pero en cuanto sea iluminada con una luz vigorosa, podremos ver hasta el grano de polvo más minúsculo. Lo mismo pasa en la habitación de nuestra vida, la luz de Cristo que penetra en ella nos hace percibir de un modo verdadero nuestro pecado personal.»


A Pedro, purificado por su confesión, el Señor le dice: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres.» Como si le dijera: «Como yo te he atraído a ti, tú atraparás a muchos... No temas el ambiente pecaminoso que te rodee: eres enviado de parte del Señor: Él te dará fuerza, paz y compasión para que conquistes al alma necesitada, y la atraigas a la presencia del Cristo, y quede admirada.»


Cuando los discípulos llegaron a tierra, dejándolo todo, lo siguieron. ¿Qué son las redes, y qué las barcas, ante la belleza y la luz de este Hombre? Y tú, oh alma, ¿acaso todavía sigues cautivada en las redes de tus deseos y vanagloria, o quieres ser capturada por Cristo, pescador de hombres?


La fe del pescador y del apóstol


En el evento de la pesca milagrosa, el Señor, conforme a su costumbre, encamina al hombre del acontecimiento histórico a la esencia didáctica, de la experiencia al objetivo: para Él no es un mero acto milagroso sino una ocasión oportuna para convertir a Pedro, un pescador sencillo, en un apóstol. ¿Cuál fue la experiencia que Simón vivió, y cual fue el resultado?


Generalmente la pesca se lleva a cabo durante la noche, cuando el pescador ataca la tranquilidad del mar y sorprende a los peces con su red. Aquí Pedro, un pescador profesional, confiesa su fracaso: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada.» Mas la palabra de Dios es capaz de atraer a los peces sin consideración alguna de la hora: la red del Señor los atrapará aun a pleno día. Ésta es la experiencia del pescador Pedro. La exclamación «en tu palabra, echaré las redes» lo convierte en un pescador de hombres. Se trata de un cambio en su fe: de un judío que ve en Jesús a un rabí (maestro) cuya palabra es digna de obedecer, a un hombre que mira a Cristo como a Dios ante Quien se presenta con humillación y por Quien se deja todo.


La primera fe, la del pescador –que considera a Cristo como un maestro de religión a quien se debe dar el timón del barco para «enseñar a la muchedumbre» (Lc 5:1)– es una fe aceptable, primaria y básica para acceder a la que es más profunda, que hace de la apostolicidad nuestra constante preocupación: «la profesión del cristiano es ser cristiano», nos dice san Gregorio el Teólogo. Desde luego, esto no significa abandonar nuestros trabajos dado que el mismo Pedro no dejó la pesca. Nuestra vocación es que, estemos donde estemos, y en cualquier lugar o profesión que ocupemos, seamos siempre apóstoles y sigamos a Cristo sin interrupción.


Es bueno que demos a Cristo el timón de nuestra vida convirtiéndonos de la fe del pescador a la fe del apóstol, quien, como luz en el faro, da testimonio del deseo del Señor: «Que todos los hombres se salven y hacia el conocimiento de la verdad adelanten» (1Tim 2:4). Amén.


LECTURAS


Lc 5,1-11: En aquel tiempo, estando Jesús de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes. Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.



Fuente: iglesiaortodoxa.org.mx / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

XVII Domingo


2 Cor 6,16-18;7,1: Hermanos, ¿qué acuerdo puede haber entre el templo de Dios y los ídolos? Pues nosotros somos templo del Dios vivo; así lo dijo él: Habitaré entre ellos y caminaré con ellos; seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por eso, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor. No toquéis lo impuro, y yo os acogeré. Y seré para vosotros un padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor omnipotente. Teniendo, pues, estas promesas, queridos, purifiquémonos de toda impureza de la carne o del espíritu, para ir completando nuestra santificación en el temor de Dios.



Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española