Heb 5,11-14;6,1-8: Hermanos, sobre el particular de Melquisedec tenemos mucho que decir, aunque es difícil de explicar, porque os habéis vuelto torpes de oído. Pues, debiendo vosotros ser ya maestros, por razón del tiempo, seguís necesitando que alguien os vuelva a enseñar los primeros rudimentos de los oráculos divinos; y estáis necesitados de leche y no de alimento sólido. Quien vive de leche, desconoce la doctrina de la justicia, pues es todavía un niño. El alimento sólido es para perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben distinguir el bien del mal. Dejando aparte el mensaje inicial sobre Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin poner otra vez los cimientos, o sea: el arrepentimiento de las obras muertas, la fe en Dios, la instrucción sobre las abluciones, la imposición de manos, la resurrección de muertos y el juicio definitivo. También esto lo haremos si Dios nos lo concede. Pues a quienes fueron iluminados de una vez para siempre, gustaron el don celeste, participaron del Espíritu Santo, saborearon la palabra buena de Dios y los prodigios del mundo futuro, y, a pesar de todo, apostataron, es imposible renovarlos otra vez llevándolos al arrepentimiento, crucificando de nuevo al Hijo de Dios y exponiéndolo al escarnio. La tierra que recoge la lluvia frecuente y produce plantas útiles para los que la cultivan, recibe una bendición de Dios,pero si da cardos y espinas, es inútil, está cerca de la maldición, y acabará abrasada.
Fuente: Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
